Archivos Mensuales: noviembre 2018

Desnudas en el arte popular y culto del México moderno y contemporáneo: a propósito de Eli Bartra

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Una versión reducida de este texto de presentación salió en La Jornada Semanal, del cotidiano mexicano La Jornada, el 25 de noviembre de 2018

 

El cuerpo desnudo es un cuerpo que despierta emociones. No tiene necesariamente que ser una representación de género, aunque en muchas culturas, la conmoción que acompaña la imagen humana sin más signos que los de su corporalidad ha servido como emblema de los roles sexuados en las relaciones humanas. Sin embargo, las representaciones del cuerpo desnudo son anteriores a la discriminación de género: ya existían en los tiempos que la arqueóloga Maritsa Gimbutas identificó como periodos de ideología estética, preeconómica, en  civilizaciones que sucumbieron a la guerra y al robo de la producción y reproducción que ésta significa.

Desnudo es el cuerpo de la tierra, de las divinidades, de las gestantes; representa el ser y el estar: dormido es la paz, sentado, la conciencia, de pie, una manifestación  de fuerza. El cuerpo diferencia a una persona en la colectividad, a la vez que encarna la misma comunidad. En el cuerpo desnudo se inscriben otros signos -una trenza en el pelo, el bordado de un faldellín, una pose- que revelan habilidades humanas. Ahora bien, antes de la organización de una jerarquía de géneros en el horizonte histórico de la aparición de la guerra y la esclavitud, me es difícil imaginar el desnudo como una expresión de voluptuosa sensualidad. Entonces el cuerpo no era púdico ni impúdico, simplemente era y manifestaba una condición ontológica de la vida anterior a un sistema de género binario. Su representación era tan naturalista como abstracta: estetizaba la vida y simbolizaba actividades y sentimientos.

Sin embargo, a lo largo de las transformaciones que se sucedieron con las estratificaciones sociales y la organización de los sistemas de géneros, el cuerpo desnudo pintado, esgrafiado o esculpido adquirió un uso que no había tenido antes: se convirtió en objeto de culto, expresión creativa del deseo de posesión o, como nos lo revela Eli Bartra en Desnudo y arte (Desde Abajo, Bogotá, 2018) en una “manifestación particularmente clara del imaginario de los géneros con respecto a los sujetos femeninos”.

Desnudas pero no desnudadas, en las más diversas culturas paleolíticas, neolíticas y de civilizaciones pacíficas las mujeres se autorrepresentaron o fueron representadas en su fuerza, su poder, con caderas enérgicas y pechos alimentadores. Con el devenir de las sociedades guerreras y urbanas, los cuerpos desnudos, en particular modo los cuerpos femeninos, se convirtieron en un fija e inamovible perfil de género que erotizó la subordinación femenina.

Eli Bartra en este libro portentoso, por libre, juguetón y profundo, propone que veamos el arte de las sociedades patriarcales como una forma publicitaria de las relaciones de género, en particular en el mundo Occidental que, desde principios de la Modernidad, hace unos 500 años, volvió siempre más frecuente la representación femenina para el goce voyerista de los hombres. Despojadas, desabrigadas y exhibidas, las mujeres fueron convirtiéndose en los personajes centrales del mito patriarcal que naturaliza sus reglas y se les representó cada vez con mayor frecuencia en las artes del mundo europeo y, posteriormente, colonial americano y australiano. Aunque algunas mujeres pintaron en los conventos, las casas, los talleres de sus padres y hermanos, revelando en ocasiones miradas distintas sobre la exposición de su cuerpo, como en el caso de la representación de Susana y los viejos, que Artemisia Gentileschi personifica sentada y de busto torcido, en un gesto que revela enojo y molestia ante el acoso, mientras Rubens la pinta eróticamente dispuesta a dejarse ver-poseer en un jardín mórbidamente dispuesto para la violación, las mujeres en el arte moderno han sido objetos de una narración masculina, de una falsa verdad sobre su supuesta naturaleza, de una esencialización  del deseo de convertirlas en objetos de servicio.

Ahora bien, si el libro de Eli Bartra se detuviera en estas observaciones no revelaría a la feminista que bien sabe que el deseo político de las mujeres transforma la realidad que incomoda e impide la buena vida. Tampoco descubriría a la filósofa que ha viajado constantemente al encuentro de artistas populares y cultas para dialogar con ellas acerca de su andar cotidiano, en ocasiones subversivo, por las veredas de la creación y la apropiación de temas que les conciernen, como la libertad corporal, la maternidad, la relación con la naturaleza y el placer de la amistad. En efecto, a lo largo de 250 páginas,  Eli ratifica que el arte no es neutro, que es creado por personas ubicadas en tiempos y culturas que van transformándose por la acción de las mujeres, que los sexos en las sociedades son leídos como géneros y que sus relaciones producen simbolizaciones que pueden ser cuestionadas y transformadas.

Desnudo y arte se fija en la producción de una gran cantidad de artistas mujeres y hombres que, sobre todo en el último siglo y medio, es decir, desde la eclosión de diversos momentos feministas, se han dedicado a la pintura, el grabado, la escultura, la cerámica, el bordado, la fotografía, la creación de objetos y la ilustración. Al hacerlo, pone el acento en las construcciones ideológicas de lo que debe ser el erotismo y revela cómo son desafiadas por concretas producciones artísticas, que pueden no ser entendidas fácilmente, pero que aluden a rupturas con la tradición. Las creaciones estéticas desafían, desde mediados del siglo XX, el sistema de género binario típico de la colonización occidental. Eli, por lo tanto, observa y critica la tensión entre la producción masculina de cuerpos idealizados, que posan con los brazos levantados para exponer senos inhiestos, figuras contenidas y elegantes, tendencialmente inertes o pasivas, y los cuerpos activos y relajados, lúdicos, de cualquier edad, que se liberan de la mirada masculina internalizada mostrándose en un paseo, amamantando, jugando, expresando su afectividad, propios de las mujeres.

El feminismo, o más bien las políticas de los deseos de las mujeres, trasforman no sólo los comportamientos de las mujeres que se autorrepresentan, sino las prácticas sociales que se sostienen y, a la vez, sustentan las ideas estéticas. Ha revolucionado las relaciones entre mujeres y hombres al punto que asume la inexistencia de formas propiamente femeninas y masculinas de ser y sentir, ubicándolas siempre en el tiempo y las culturas, y abriéndose no sólo a la androginia de las personas, sino a expresiones de intersexualidad, transexualidad y transformismo.

Eli Bartra, retomando a Allen Weiss, sostiene que el arte siempre es erótico, pero agrega que para las mujeres la representación del cuerpo implica una conquista de la propia libertad. Por ello considera que muchas artistas ejecutan desnudos que desafían con la mirada, o que se ensimisman en un placer personal, porque retan con ello los cánones de belleza y ofrecen una mirada abierta, no conclusiva, sobre la sexualidad y el erotismo.

Las reflexiones estéticas de Eli son situadas y encarnadas, desde hace décadas desafía la identificación del arte con una producción urbana y escolarizada, habiendo trabajado no sólo diversas expresiones de arte popular, sino la propia definición de arte como concepto clasista y económicamente determinado. Durante toda su vida ha observado qué, cómo, dónde, con qué materiales las mujeres producen sus simbolizaciones y las relaciones sociales que provocan sus actividades, en el ámbito de sus familias, talleres y comunidades. Sin embargo, en los últimos siete años se ha enfocado específica, casi obsesivamente, a mirar las representaciones del desnudo. La cantidad de artistas que menciona y cuya obra describe es muy grande y proviene de diversas partes del mundo. No sólo espacia de la estética india de principios del siglo XX cuestionada por la obra de Amrita  Sher-Gil, de la Hungría de Edith Bash y la Colombia de Flor María Bouhot, sino que condensa una historia del amplísimo espectro de las expresiones creativas de las mujeres en el México del último siglo, su apropiación del erotismo y aún de la mirada pornográfica de quien se encuentra a sus anchas consigo misma.

Para finalizar esta presentación debo confesar que he cambiado personalmente mi modo de acercarme a las representaciones del arte erótico después de leer Desnudo y arte. Eli Bartra me ha hecho consciente de que como espectadora también cargo con una mirada que acusa nociones de género, de cultura, de clase, de raza que interfieren en mi percepción del cuerpo desnudo. He establecido una visión más dialogante con obras que plasman contextos que me obligo a tomar en consideración. Para mí nunca más será admirable un desnudo de formas armónicas, cuando los cuerpos representan torsos sin cabeza, objetos sin rostros con los que cruzar mi mirada; ni podré dejar de sentir malestar ante los modelos esqueléticos de cuerpos para la industria cosmética e indumentaria. Cuando un desnudo confirma la preferencia por la mirada de apropiación masculina, exponiendo un cuerpo desnudado, yacente y pasivo, inmediatamente siento molestia por su conservadurismo moral y economicista. Siempre he considerado que las mujeres cuando decimos “yo” y nos pintamos o asumimos nuestras narraciones, insertamos la rebelión de la diferencia en el pensamiento unívoco del patriarcado; gracias a Desnudo y arte ya tengo la seguridad de que la iconografía del cuerpo desnudo propuesta por las artistas que contravienen el sistema de género erotiza en sentido subversivo las relaciones humanas.

 

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Entrevista que me realizó en octubre Santiago Beltrán López de la Universidad Central

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Universidad Central

Feminismo y Música

Periodista a Cargo: Santiago Beltrán López.

Fuente: Francesca Gargallo di Castel Lentini

 

 

  1. ¿Quién es Francesca Gargallo?

Francesca Gargallo es una narradora mexicana de 61 años, de pasaporte italiano, que ha transitado entre diversas lenguas. Hoy vive en la Ciudad de México donde ha renunciado hace 5 años a la vida académica después de dedicarle varias décadas porque ha entrado en crisis con su labor en la enseñanza. Cree en la educación libre, que forma las opiniones y con ellas la subjetividad de las personas y aborrece en lo que han derivado los estudios universitarios: espacios de (de)formación de estudiantes para la explotación laboral

  1. ¿Cuáles han sido sus mayores logros en el ámbito académico?

Participar en la formación de una universidad pública, popular, centrada en la creación de saber con el estudiantado. En 2001 participó en el diseño de las carreras de Filosofía e Historia de las Ideas y de Creación Literaria en la UACM

 

  1. Siendo una mujer italiana (catalogado el primer mundo) ¿Por qué decide migrar al país de México?

Porque en 1979 se había dado la Revolución Sandinista y América Central representaba un lugar de reflexión política y cultural, con un Ernesto Cardenal en el Ministerio de Cultura, y centenares de jóvenes mujeres y hombres que pensaban el valor de la vida y la dignidad humana en un contexto de transformación material. No pude soportar el calor de Nicaragua de modo que me moví al norte y me encontré con el maravilloso altiplano del Anáhuac y su gente libre, absolutamente imprevisible y de habla gentil. Me enamoré de mi vida en México, de las oportunidades de pensar y trabajar con otras mujeres.

 

  1. ¿Cuáles han sido las principales razones que la han conducido hacía la lucha constante por los pueblos indígenas?

Nada más que un mínimo de lógica y la identificación que como siciliana tenía y tengo con otros pueblos a los que se les ha intentado arrebatar el territorio, la lengua y la historia y que resisten creando otras formas de pensar la convivencia y la política. Digo un mínimo de lógica y quisiera hacer hincapié que hablo de lógica histórica y lógica política: analizar la política, las ideas, las formas de organización de los pueblos y comunidades del Abya Yala permite ver que el sistema democrático formal colonizador del occidente euro-estadounidense no es el único válido y no tiene por qué ser impuesto a todos los pueblos. Con las mujeres de diversos pueblos, pero sobre todo leyendo y escuchando a las mujeres mayas de diversos pueblos de Guatemala, también descubrí el agua tibia: que los feminismos responden a opresiones específicas, no sólo de clase y raza, sino también al interior de diversos sistemas de relación de género. Las mujeres, según nuestras historias, no somos todas iguales, por lo tanto nuestros procesos de liberación pueden dialogar y aprender unos de otros, pero no pasan por las mismas demandas ni tienen las mismas estrategias, aunque la finalidad sea la buena vida en un mundo sin explotación del trabajo y los territorios. De todas formas, nuestras formas de acción pueden ser muy variadas.

 

  1. Es claro que las diferencias entre la mujer indígena y la mujer urbana son grandes por sus experiencias de vida y el ámbito en el que se nace, pero la esencia sigue siendo la misma, la de mujer, sin embargo ¿cuál es el factor diferencial entre las dos?

No creo que exista una esencia del ser mujer ni una esencia política de la femineidad. Las mujeres que viven en ciudades tienen diferencias de clase, educación, percepción política, aceptación o rechazo social; algunas han sufrido la violencia paterna por motivos de educación, por ejemplo: las mujeres de las clases altas en ocasiones obtienen privilegios carísimos, que pasan por prohibiciones y verdaderas torturas educativas. Por otro lado, muchas mujeres de sectores populares han sufrido represión patriarcal y carencias al mismo tiempo. Tampoco las mujeres de los sectores medios reciben todas la misma disposición a relaciones de género más igualitarias y placenteras. Sin embargo, por lo general, en las ciudades las mujeres están más alejadas de la materialidad de la agricultura y la silvicultura, que proporcionan grandes enseñanzas. Tienen más introyectada una educación a los derechos liberales y tienden a creer que la igualdad, y no la justicia, o la buena vida, o la repartición de derechos, sea una meta política del feminismo. Las mujeres de los pueblos originarios cuando viven en sus territorios ancestrales (muchas han tenido que emigrar a las ciudades por motivos de represión política o desgaste ecológico) tienen otras formas de participar u otras luchas para poder participar. Cambian de pueblo en pueblo. Lo que tienen en común todas las mujeres de los pueblos originarios es que su condición de género pasa por el no reconocimiento de los derechos a la tierra, una economía no de mercado, la propiedad comunal y formas de organización política comunal que no son las del estado-nación mestizo hegemónico.

 

 

  1. ¿Qué es el “Feminismo Patriarcado”?

No tengo idea. Es la primera vez que oigo hablar del feminismo patriarcado. El o, más bien, los feminismos son teorías y prácticas de mujeres, diversamente organizadas, para poner fin a las prácticas patriarcales, de colectivos de hombres hegemónicos, de despojo del trabajo de cuidado, el control de la capacidad reproductiva, la libertad de movimiento, creación y palabra, las sexualidades de las mujeres. Feminismos y patriarcado son términos antagónicos.

 

  1. ¿Por qué se le desmerita tanto a la mujer negra?

Porque para garantizarse la dominación sobre los pueblos conquistados y las poblaciones tratadas desde África, los colonizadores europeos en América inventaron el racismo moderno, que naturaliza de manera jerárquica diferencias fenotípicas entre las personas. Este racismo ha servido a todos los colonialismos posteriores y hoy es vigente también en Europa. Las mujeres negras son por lo tanto blancos de una doble, más bien múltiple, discriminación material, simbólica y cultural, que redunda en mayor violencia de género, económica y física.

 

  1. En su trabajo de campo, desarrollado en tribus indígenas, ¿Cuál ha sido su mayor aporte a aquellas mujeres que buscan un cambio dentro de su comunidad?

En realidad he vivido poco con pueblos que se definen tribales, casi siempre he vivido con naciones indígenas numéricamente importantes y con complejas formas de gobierno y cultura. En ellas he aprendido sobre la relatividad del conocimiento científico y filosófico. Igualmente sobre los límites de la cultura liberal del individualismo. Las mujeres mayas, nasa y zapotecas me han enseñado mucho acerca de la dualidad dialogante en la construcción cultural del mundo y las relaciones sociales. No creo que ninguna mujer de una comunidad con tierras colectivas, por ejemplo, desee liberarse a través de la propiedad privada que parcelaría sus bienes comunes, sino a través del reconocimiento igualitario de su participación en y para la comunidad y la desaparición de la supremacía cultural masculina en el diálogo con el mundo mestizo del estado y sus representantes.

 

  1. ¿A qué le denomina usted el “Fenotipo de la desgraciada”?

No creo haber usado nunca esa expresión, o espero no haberlo hecho. Sin embargo, la jerarquía de los fenotipos creados por el sistema racista moderno americano, de origen colonial, evidentemente construye fenotipos de personas a las que se les conceden privilegios a la hora de los repartos de tierras, bienes materiales, trabajos bien remunerados, y fenotipos de personas sobre las que recae toda la carga de trabajo. El trabajo explotado es una desgracia, es una carga no repartida, es una forma de despojo, si alguien por su fenotipo es condenado a trabajos muy explotados, su fenotipo lo convierte en una persona con desgracia.

 

  1. ¿A qué se le llama “Estética Feminista de la liberación”?

La forma con que las mujeres asumen su creatividad en sus obras sin depender del juicio masculino para considerarlas propias y válidas. La estética feminista es principalmente una valoración de la propia libertad corporal para crear libres de los parámetros masculinos y expresarse en el mundo, por ello es un instrumento de liberación. Pensar estéticamente el placer del propio cuerpo, la libertad de construir la propia justicia, el juego sin competencias, la coordinación, las simbologías de lo femenino como expresión poderosa de la subjetividad de las mujeres, sin tener que ponerla en contraposición con los valores masculinos de lo bello y lo sublime.

 

 

 

  1. ¿Cuál ha sido su experiencia feminista en Colombia?

He ido a Colombia siempre con grandes ganas de conocer su territorio (me parece unos de los países más intensamente bellos del mundo, desde la perspectiva de sus aguas, bosques, flora y fauna) y de dialogar con mujeres muy diversas, sea por su cultura propia, sea por su ubicación política contra la violencia sistémica que ha creado situaciones de injusticia de género, clase y raza muy fuertes. En Colombia conocí expresiones artísticas de mujeres ecologistas en los Andes hace más de treinta años, así como una algarabía de movimientos y colectivos muy diversos en Cali y Bogotá que pensaron en clave feminista sea el sicoanálisis como el derecho a la salud y al trabajo desde la década de 1980. Desgraciadamente, la violencia de la explotación agraria, la inexistencia de una reforma agraria, la persecución de los pueblos originarios en el Cauca y otras regiones, la pésima redistribución de la riqueza, la violación de los derechos a la tierras comunales, la presencia de empresas mineras y petroleras brutalmente ecocidas han obligado a una parte mayoritaria de los grupos feministas a pensar cómo resolver la violencia a la que están expuestas las mujeres colombianas cuando deben huir de paramilitares, militares y otros hombres en armas; por su género y por su ser colombianas son mujeres muy expuestas a ser violentadas.

 

  1. ¿De qué forma la globalización ha influido en el movimiento feminista?

Como todos los movimientos políticos y las corrientes de pensamiento, los feminismos son influidos por los macrosistemas y sus cambios. La globalización, entendiendo con ella la ampliación del mundo capitalista en todo el globo y la aparición del internet y la comunicación por red, ha influido los feminismos positiva y negativamente. Positivamente ha puesto en debate las prioridades de occidente, imponiendo a los grupos culturales que se consideraban centrales y dominantes el conocimiento de las culturas y propuestas de transformación económica, relacional y política que no provienen de Europa y Estados Unidos, es decir ha puesto en crisis la occidentalización iniciada en el siglo XVI con la invasión de África y América. Negativamente, influye en la horrible sensación de ser controladas por un sistema de vigilancia de la vida de cada una y de cada comunidad que es francamente opresiva.

 

  1. Para nadie es un secreto que la guerra, el narcotráfico y la corrupción política en Colombia ha afectado notoriamente los derechos humanos de la mujer indígena, sin embargo ¿Considera que ha sido más difícil el proceso feminista en Colombia a diferencia que en los países de Centroamérica? ¿Por qué?

 

La violencia que los estados como Colombia y México, y algunos países centroamericanos, han desplegado contra su población con la excusa del narcotráfico ha creado verdaderos narcogobiernos con narcopolicías y narcoideologías de lo que es la seguridad, porque el poder corruptor del dinero no legal es mayor que el poder del dinero que pasa por los filtros de la legalidad. Por supuesto, México, El Salvador y Colombia son países con altísimas tasas de feminicidios, que cambian las dinámicas de la violencia doméstica que no ha sido frenada en ningún país que no haya decidido actuar contra la misoginia. Por ejemplo, en México y Colombia es común el asesinato de mujeres por ser las mujeres de un grupo o de un dirigente delincuencial (en el sentido de parejas) o por trabajar en los niveles más bajos de los grupos delincuenciales. Esta violencia que queda impune ha favorecido que delincuentes de diversas índoles agredan, violen, torturen, desaparezcan, traten, prostituyan y maten a mujeres de los sectores populares y, en particular, a las mujeres de comunidades agrícolas e indígenas, con la casi seguridad de que sus crímenes queden impunes.

 

 

  1. ¿Cuál fue el detonante para haber escrito el libro “Las ideas Feministas Latinoamericanas”?

Ser una filósofa latinoamericanista que se dedica a la historia de las ideas que influyen en el pensamiento y las ideologías. Las ideas feministas latinoamericanas tienen una larga historia, se han desarrollado desde el interior de las luchas políticas desde antes de las Guerras de Independencia y por influencia internacionalista en los siglos XIX y XX, generando corrientes muy importantes de feminismos de la liberación desde mediados del siglo XX. Hoy son los feminismos nuestroamericanos los que dirigen la lucha de las mujeres hacia el derecho a la vida, la libertad de movimiento y el derecho a una relación entre las mujeres y sus territorios. La importancia de las marchas del movimiento ¡Ni una Menos!, en Argentina, y ¡Ni una más!, en México, ha llegado a Italia, Francia y España después de haber despertado al continente americano entero.

 

  1. ¿Cuál es el “Patriarcado Latinoamericano”?

Es un fenómeno de múltiples rostros, muchos de ellos ancestrales, propios de pueblos guerreros con gobiernos centralizados, pero la mayoría producido por la imposición del sistema de género eurocristiano, que diferencia el valor, los derechos y la moral de las mujeres y los hombres, sin permitir ninguna confusión entre ellos ni la vida y los derechos de personas intersexuales, homosexuales o indiferentes al género. El patriarcado no tiene un solo rostro, pero en general podríamos decir que en América hoy hay una lucha entre los viejos patriarcas a lo Pedro Páramo y los nuevos machines que se creen liberados pero exigen sumisión ideológica y económica a las mujeres. Ambos matan, el patriarcado es asesino.

 

  1. ¿Cree usted que en el movimiento feminista se debe integrar al hombre? ¿Por qué?

No lo creo. Los movimientos feministas se gestan al interior de un mundo mixto que no ha tratado a las mujeres de la misma forma que a los hombres, poniéndolas en un lugar jerárquico inferior. Así que temo que la exigencia de muchos hombres de penetrar los activismos feministas tiene que ver con su deseo de preservar un lugar de importancia entre las mujeres. Los hombres que no quieren ser patriarcales y desean acompañar a las mujeres en la construcción de un mundo sin jerarquías de género tienen la enorme oportunidad que les ha ofrecido el surgimiento de los feminismos de organizarse entre sí para deshacerse de la masculinidad tóxica que les ha impuesto el patriarcado.

 

 

  1. Para Francesca ¿qué es la familia?

Si por familia pensamos en la convivencia obligatoria de personas vinculadas por lazos de sangre o jurídicos, organizada alrededor de una pareja exclusiva y excluyente, la familia es para mí una manera tóxica de convivir. No obstante, me encanta otras formas de construir relaciones sociales de convivencia y apoyos mutuos, no necesariamente sexualizados, sino que se sostienen en el placer de cuidarse, ayudarse mutuamente y que no son ni fijas ni permanentes: relaciones familiares de personas unidas por vínculos no hjerárquicos, por ejemplo, hermanas, hermanos, tías, sobrinos; y personas que asumen las relaciones con otras por simpatía y comunidad de ideas. Personalmente, me constaría muchísimo no sólo vivir con un hombre patriarcal, sino también con una mujer sin la menor sensibilidad ecológica.

 

  1. Si en pleno siglo XXI lo que se busca es la equidad de género ¿qué se debe implementar desde el núcleo familiar para generar un cambio a futuro?

La equidad de género sería solo un primer paso hacia una sociedad sin jerarquías; eso es, sin una valoración escalonada de una cultura agraria o una urbana, del nacimiento de una niña o un niño, de un estereotipo de belleza o fealdad. Creo que lo que urge es reconocer nuestras diferencias, valorar sus aportes, y respetar sus formas. Para ello, la base es el fin de la violencia sexual y la discriminación racista y geográfica y de la explotación territorial y laboral. No puede haber equidad de género donde el asesinato de las mujeres por ser mujeres queda impune o donde las mujeres ganan menos que los hombres por el mismo trabajo o un trabajo equivalente pero identificado con el ámbito de lo femenino. En el siglo XXI lo que urge es poner fin a un mundo donde el 1% de la humanidad es cada día más rico, impone sus gustos y expone a las mujeres y hombres a ser sólo carne de trabajo obediente.

 

 

 

 

Turismo y domesticación

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Desde hace años experimento oleadas de una mezcla de antipatía, temor y odio, verdadero odio, hacia el turismo y sus destrucciones: social, ecológica, del espíritu. El turismo en efecto es la más contaminante de las industrias.

Hace por lo menos 10 años que no volvía a Mazunte, donde no me apeteció regresar después de que asfaltaran el hermoso camino entre pochotes que llevaba de Puerto Ángel a esta extendida playa que, hace 30-25 años, bordeaba una bahía con pocas construcciones de pescadores y agricultoras. Hace quince años ya iban desplazando un centro de conservación de tortuga donde antes había habido un centro de pesca y comercialización de carne y hueva de tortuga. Hoy es un lugar cualquiera donde una lugareña cualquiera te espeta que no espera turistas de poco dinero porque con poco dinero no se debe viajar. Mentalidad de capitalista trasnochada, de colonizada de la cultura del consumo, de aporófoba en riesgo de ser rechazada. El derecho a unos días frente al mar es para quien se puede pagar un avión, no vaya a ser que los viajeros de autobús o de combi arruinen el comercio de las vacaciones denunciando un asalto en carretera. Pendeja, mil veces pendeja, la maldije por mis adentros. Pero no es la única.

Tours, vendedores de tours te persiguen: caballos, lagunas luminiscentes, motocicletas, cascadas mágicas… Mucho ruido para quien quiere estar sola frente a las olas del mar, escuchar su sonido eterno. Insisten los vendedores de tours: cascadas mágicas. Y la palabra “mágicas”, tan mal usada en México para destruir atmósferas y alegrías sutiles de pueblos y ciudades campesinas y coloniales, de repente me hace enfurecer. ¡Es horrible Mazunte, lo mágico se lo han quitado usted y la secretaría de turismo y todos y todas estas idiotas que ni saben en qué país están vacacionando!

Tengo ganas de llorar y de pegarle a alguien, dos actitudes que me hacen parecer como una loca. Pero en 60 años he visto colonizar por el turismo hasta el más recóndito lugar frente a la playa de Italia y de México, de Grecia, de Turquía, Honduras y España y yo odio el colonialismo. El libre espacio común muere ahogado por palapas falso tropicales con piso de loseta de terracota, carteles de free wifi, cafés expresos de italianos desesperados y ladrones que creen que su modo de preparar el café es el mejor del mundo y no aceptan cuestionamientos. Turismo colonial, colonialidad de los turistas y de las y los ofrecedores de servicios turísticos.

Miradas de desprecio a las viejas, los viejos, los gordos, las gordas: el mar como pasarela de aceptación transnacional o discriminación.

Pescadores desplazados y barcos-fábrica en alta mar donde agonizan sofocados por la plástica todos los animales del océano.

Alegres cocineras convertidas en sirvientas de chefs de apellido estrafalarios.

Happy hours para una borrachera que te da vergüenza pegarte en un viernes a la salida de la oficina.

Muchachos y muchachas que sonríen con sus blancos dientes, más blancos aún por el resalte de la piel tostada, pensando que algún día, si se esfuerzan mucho, si no gozan ni un segundo trabajando duro frente a su propia playa, podrán maltratar a otro muchacho o muchacha de diente blancos en medio de una hermosa piel tostada en otro rincón del mundo que no saben dónde está, por quién es habitado, qué gobierno tiene, pero campea en la siguiente página de los volantes que reparten en la entrada del pueblo.

Mierda, mierda, mierda. Mi resistencia hoy no va más allá de ser una gorda feliz arruinándole su paisaje y tirándose al mar sin contratar tours. Cuando alguien me ayude, quemaremos las pinches palapas de México hasta la India y le haremos brujerías a los vendedores de tours de Italia hasta Nepal.

Las elecciones en Brasil

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Las de Pilato: lavarse las manos en las elecciones de Brasil como rebelión e inconciencia
Desde Abajo (Colombia)
La antesala de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil sacó a flote pulsiones y fuerzas que habían estado contenidas o invisibles en el espectro de las relaciones sociales y mediáticas del país. Animados por el discurso de odio del ultraderechista Jair Bolsonaro, sentimientos y posiciones que se tenían por “superadas” salieron del armario haciendo fiesta: intimidación, acoso, xenofobia, discursos de odio, racismo, homofobia, misoginia, nazismo, fascismo, apología de la tortura y de la muerte… Fin de la hipocresía democrática.

El viernes 26 de octubre, mientras celebrábamos el cierre del 10mo Seminario Brasilero en Teoría e Historia de la Historiografía en uno de los campos de la Universidad Federal de Ouro Preto (UFOP) en la ciudad de Mariana, nos informaron que un grupo de estudiantes de Derecho de la UFOP estaba siendo sitiado por la Policía Militar por el hecho de haber colocado dentro de las instalaciones universitarias una pancarta contra el retorno de la dictadura. Ese mismo día, durante la plenaria del evento, fuimos informadxs de que varixs profesorxs y colegas fueron amenazadxs, atacadxs por estudiantes afines a Bolsonaro y/o denunciadxs ante los organismos de seguridad del Estado por sus posiciones políticas e ideológicas.

Desde que se conocieron los resultados de la primera vuelta electoral, las agresiones fueron creciendo. En Salvador de Bahía, la mera noche entre el 7 y el 8 de octubre, el maestro capoeirista Moa do Katendê fue asesinado por un fanático bolsonarista solo por haber criticado al candidato ultraderechista. Durante la misma noche, hombres neo-nazistas atacaron a una joven marcando su piel con la cruz esvástica, solo porque vestía una franela con la frase ELE NÃO. En los días siguientes, la joven transexual Laysa Fortuna fue asesinada por un fanático conservador afín a Bolsonaro. Estudiantes universitarixs han sido atacadxs en diversas ciudades por su afinidad con movimientos y organizaciones sociales de izquierda. Integrantes de pueblos indígenas, lesbianas y homosexuales de diversas ciudades, así como grupos de mujeres que salieron sin la compañía de hombres fueron amenazados de muerte en las calles.

Tiempos oscuros se anuncian en Brasil. Con 57,7 millones de votos (55,1 %), el pasado domingo 28 el candidato ultraderechista Jair Bolsonaro (PSL) conquistó el triunfo como Presidente de la República en la segunda vuelta de una de las elecciones más polémicas y manipuladas en los últimos años. Mientras, el centro-izquierdista Fernando Haddad (PT) obtuvo un total 47 millones de votos (44,9%), quedando 10 puntos por debajo en el total de los votos válidos. Para muchxs, la batalla electoral no fue una contienda entre candidatxs de dos partidos con sus respectivos programas de gobierno, sino la disputa entre la preservación del marco democrático, por un lado, y el avance de un proyecto abiertamente autoritario, xenofóbico, misógino, homofóbico, racista y ultraneoliberal, que bien puede tildarse de fascista, por el otro. Mientras Haddad representó la defensa de las garantías democráticas y de las conquistas sociales, políticas y económicas, Bolsonaro capitalizó el discurso de la “anticorrupción”, el anticomunismo, el antiabortismo, la seguridad, el racismo y la defensa de la “familia”.

Los resultados expresan un ascenso importante y peligroso del neoconservadurismo, el ultraneoliberalismo y el patriarcado, cuya legitimidad parece respaldada por la mayoría de la población brasileña. Las apariencias esconden, sin embargo, un dato no subestimable: el 30% de lxs electorxs optó por abstenerse (21,3%), votar nulo (7,4%) o votar blanco (2,1%). Teniendo en cuenta el carácter obligatorio del ejercicio del voto en Brasil, estamos hablando de un número significativo que pudo haber cambiado el resultado electoral y que, además, nos lleva a poner en cuestión la idea según la cual Bolsonaro cuenta con el respaldo de más de la mitad de la población brasileña. Dicho esto, no desconocemos el preocupante despliegue del espíritu de odio, misoginia, homofobia y racismo que, junto con la proscripción de la candidatura del expresidente Lula y el entramado de alianzas entre los grandes medios, el poder judicial y los poderes económicos, llevaron al poder al candidato ultraderechista.

Con el carácter plebiscitario de las elecciones, algunxs consideraron que quienes optaron por la abstención, el voto nulo o el voto blanco se lavaron las manos frente a lo que estaba en juego. Sin embargo, para este 30% las dos opciones electorales estaban en el mismo nivel de rechazo, de modo que la opción electoral no plebiscitaria les permitió manifestar su descontento contra la corrupción, contra las medidas de aumento de pasaje y la ley antiterrorista implementadas por el gobierno del Partido de los Trabajadores, así como su inmovilismo ante el empeachment golpista de 2016 contra la presidenta Dilma Roussef. Se abstuvieron porque, más allá del candidato, votar contra Bolsonaro implicaba votar por un PT que había decepcionado a la derecha y la izquierda parlamentarias con políticas aparentemente “mesuradas” que evitaron el enfrentamiento en las calles a las últimas medidas contra los derechos laborales aprobadas e implementadas durante el gobierno golpista de Temer.

La señora Victoria fue una de los varios millones de personas que engrosó ese 30%. Nunca había votado y esta vez tampoco lo haría. Para ella, el “estado de excepción” (autoritarismo, racismo, violencia, represión…) que se impondría bajo el gobierno de Bolsonaro constituía la regla de una cotidianidad que, hasta ahora y según ella, se había mantenido invisible para la cotidianidad “central” de la vida democrática en Brasil. Respondiéndole a unxs estudiantes que andaban militando puerta a puerta para intentar revertir la tendencia a favor de Bolsonaro, expresó: “Quién sabe si con universitarios desapareciendo, periodistas siendo torturados, hijos de rico apareciendo morados y flotando en un río, eso comience a ser discutido de verdad y ahí, quién sabe, si tenemos suerte, nuestra vida entre en esa discusión, porque hasta ahora solo entró para servirles a ustedes (…). Yo perdí a mi hijo de 14 años, joven, con un tiro de fusil en la cabeza. Estaba con el uniforme de la escuela y una mochila”.

Las medidas más antipopulares implementadas durante los dos años del gobierno de facto de Michel Temer son aquellas que limitan los derechos laborales y el gasto público. De hecho, por 20 años en Brasil no podrán incrementarse gastos públicos; es decir, los gastos en educación, salud, cultura, administración tendrán recortes de hecho, impidiendo la investigación universitaria, la educación primaria, mientras los salarios de parlamentarios y jueces aumenta. Esta es la Propuesta de Enmienda a la Constitución (PEC) para determinar un techo presupuestario a la inversión pública. Si bien es una medida del gobierno golpista de Temer, Bolsonaro promete mantenerla y hasta profundizarla. Frente a estas políticas de recorte y desmejora de beneficios y derechos sociales, el PT optó por una estrategia parlamentaria, sin llevar adelante una política de agitación y de consulta popular que permitiese frenar la medida mediante la presión de calle.

Las políticas mediáticas del gobierno golpista, en alianza con el Tribunal Superior de Justicia, enfocaron la atención hacia una política armamentista de seguridad contra la violencia en un país que, con 209.000.000 habitantes, mantiene una media de homicidios de 4250 por mes y, simultáneamente, llevaron adelante la condena de Lula por corrupción así como su proscripción como candidato presidencial, potenciando aún más y con fuerza la imagen de descomposición del PT.

Si bien Bolsonaro gana las elecciones con más de la mitad de los votos válidos, no es todo Brasil el que vota a favor de sus políticas familistas, ultraneoliberales y conservadoras. Los resultados electorales expresan y ratifican la misma división territorial con la que es gestionada y distribuida la desigualdad social y económica del país.

Bolsonaro obtiene sus votos fundamentalmente del Sur (Paraná, Santa Catarina y Río Grande del Sur), el Sudeste (Río de Janeiro, São Paulo, Minas Gerais y Espíritu Santo) y el Centro-Oeste (Goiás, Mato Grosso do Sul y Mato Grosso), regiones en las que se concentra el mayor índice de ingreso per-cápita de Brasil y donde se encuentran los principales centros urbanos, agropecuarios, silvícolas y mineros. Pero también los obtiene de algunos estados de la zona Norte (Roraima, Acre, Rondonia y Pará), estados en los que habitan comunidades indígenas, se concentran las más importantes reservas ambientales y donde el capital invierte fuertemente en la agricultura extensiva de monocultivo, la ganadería y la minería, todas ellas perjudiciales para la conservación de los territorios y la sobrevivencia de los pueblos indígenas, amenazando directamente la Amazonía. En el norte, Bolsonaro gana utilizando un discurso xenófobo para incrementar el rechazo a la migración venezolana, a la que desde agosto pasado quiere encerrar en un campo de refugiados. Bolsonaro ha pedido revocar la ley de migración, una de las más avanzadas del mundo, según especialistas de la ONU, sosteniendo enfáticamente que Brasil no puede ser un país de fronteras abiertas.

En cambio, Haddad gana en el Nordeste (Bahía, Maranhão, Piauí, Ceará, Pernambuco, Sergipe, Alagoas, Río Grande del Norte y Paraíba) y en algunos estados del Norte (Amazonas, Amapá, Tocantin), una región históricamente excluida de las políticas sociales y económicas de Brasil.

El mapa electoral muestra, así, la desigualdad estructural sobre la cual se erigen estos dos Brasil-es. El Nordeste, la tercera región más extensa de Brasil y la segunda con mayor densidad poblacional, contiene en su territorio una alta población negra e indígena y es considerada una de las regiones más pobres del país, con mayores niveles de desigualdad y de analfabetismo. Sus niveles de pobreza tienen sus orígenes en la Colonia. De sustentar la economía brasilera con la exportación del azúcar, el polo económico nordestino fue desplazado, en un primer momento, por el mercado del oro y, posteriormente, por el mercado cafetalero, ambos mercados ubicados en la región del Sudeste. Pero fue el salto industrial desplegado en el Sudeste –con mano de obra fundamentalmente nordestina– durante las primeras décadas del siglo XX, el que terminó de consolidar el abandono social y económico hacia el Nordeste, que solo fue parcialmente revertido a partir del gobierno de Lula, quien llevó adelante políticas de asistencia social que consiguieron mejorar la calidad de vida del pueblo pobre nordestino.

El racismo brasileño, que había estado escondido bajo el manto de la “democracia racial”, salió del closet, mostrando un país profundamente dividido, desigual y violento. Las políticas de cotas raciales, que intentan aminorar los índices de desigualdad en el ingreso a la educación pública universitaria, han sido cuestionadas y su derogación forma parte de las promesas del nuevo presidente electo.

En su discurso, Bolsonaro deja bien clara su política antindigenista: “ni un solo milímetro” de tierra para las comunidades indígenas, cuyas nacionalidades rondan aproximadamente las 380. La negación de los derechos ancestrales y territoriales de las poblaciones indígenas le garantiza el apoyo de los expansivos ganaderos y talamontes del norte, porque implica echar para atrás las políticas de demarcación de tierras indígenas y su inviolabilidad por parte de empresas ecocidas y mineras.

Políticas contra los derechos laborales, que ya vienen siendo implementadas por el gobierno golpista de Michel Temer con la Reforma Trabalhista y la Propuesta de Enmienda Constitucional que congela el gasto público por 20 años, son parte del paquete programático del futuro gobierno de Bolsonaro.

Del lado de las fuerzas democráticas, la resaca poselectoral viene impregnada con una fuerte carga de tristeza, miedo y desesperanza, y no es para menos. A tres días de los resultados electorales, las fuerzas conservadoras, patriarcales y ultraneoliberales representadas en la imagen del nuevo presidente electo comienzan a tomar posiciones en el ajedrez político, social y administrativo del país. La madrugada del pasado lunes 29 de octubre fueron incendiados una escuela y un puesto de salud en la aldea Bem Querer de Baixo, perteneciente al territorio indígena de los Pankararus del estado de Pernambuco.

Bolsonaro y Temer se reunirán la primera semana de noviembre para intentar aprobar este mismo año la Reforma de la Providencia con la cual se pretende, entre otras cosas, eliminar las jubilaciones de lxs trabajadorxs; asimismo, el presidente electo anunció la fusión del Ministerio de Agricultura con el Ministerio del Ambiente, dando claras señales de su compromiso ecocida con el gran capital. Con una política de caza de brujas, el propio Bolsonaro, junto con la diputada catarinense Ana Carolina Campagnolo, convidó a lxs estudiantes a filmar y denunciar a lxs docentes que estuviesen usando las aulas de clase para “adoctrinar”, y justo hoy se debate en la Cámara de diputados el proyecto de ley llamado “escuela sin partido”, con el cual se pretende cercenar la libertad de cátedra y de pensamiento que ha prevalecido en los espacios de formación y educación.

Sin embargo, otros espíritus, sentimientos, actitudes y fuerzas se movilizan. El día 30 de octubre en la avenida Paulista de la ciudad de São Paulo, gracias a una convocatoria realizada por el Frente Pueblo sin Miedo, miles de personas se movilizaron para manifestar su determinación a luchar contra el avance del fascismo en Brasil. El lunes 29, en la Universidad de São Paulo, cientos de estudiantes y profesorxs realizaron una marcha para hacer frente al acto de celebración de los resultados electorales convocado por estudiantes afines al ultraderechista Bolsonaro. El mismo lunes, a un día de la segunda vuelta electoral, se ha conformado una Plenaria de Resistencia Antifascista en Río de Janeiro que reúne a miles de trabajadorxs, jóvenes y estudiantes.

Frente a los tiempos oscuros que se anuncian con el ascenso del neoconservadurismo y el ultraneoliberalismo bajo el gobierno de Bolsonaro, las fuerzas democráticas, antipatriarcales, antifascistas, antirracistas, feministas y anticapitalistas se manifiestan en los espacios públicos. Se vienen tiempos de reinvenciones.

Este artículo fue publicado en el el periódico Desde Abajo de Bogotá.

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