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Francesca GARGALLO, “La filosofía de América Latina:¿para qué estudiarla?”, Colima, 17 de junio de 2006.

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La filosofía desde América Latina: ¿para qué estudiarla?

Francesca Gargallo

Colima, 17 de junio de 2006

Agradezco enormemente haber sido invitada por la Universidad de Colima a dialogar con las y los estudiantes de filosofía acerca de nuestra común función de estudiosos y productores de pensamiento desde América Latina. Considero que es de suma importancia reflexionar juntos acerca de qué hacemos y qué función tiene; amén de que me permite ratificar con ustedes de que lo útil es económico, pero no necesariamente mercantil. Eso es, que la esperanza es útil y permite reconocer en sus manifestaciones concretas las diferencias de raíz con los modelos construidos en los centros de poder, diferencias en las que se cifra la libertad humana.

La vergonzosa imposición de motivos mercantiles para emprender una carrera universitaria, que conlleva la creencia de que sólo se justifica el estudio para adquirir habilidades dirigidas a actividades laborales rentables, ha llevado al rechazo de la filosofía como estímulo para la actividad de pensar de un sujeto que se ubica (y al hacerlo interviene) en una realidad siempre cambiante y, a la vez, arraigada en la experiencia de su tiempo, de su sexo y su identidad sexual, de su geografía política y de su pertenencia étnica. El igualitarismo de la sumisión a las necesidades del mercado, se impone hoy como un recrudecimiento de los ataques al valor de la reflexión autónoma y encarnada; a pesar de que, moderno Leviatán, el mercado, al imponerse como modelo incuestionable, permite una enorme diversidad de manifestaciones ideológicas atomizadas, sucesivas separaciones de los problemas ontológicos, éticos y políticos, que no al no reflexionarse conjuntamente no ofrecen solución(es) a la sumisión de las necesidades humanas.

Como estudiantes de filosofía, ustedes más que yo hace treinta años, sufren una doble agresión del paradigma dominante del valor supremo del mercado: se les dice que sus estudios no son útiles (donde utilidad y rentabilidad económica se convierten en sinónimos), a la vez que se les impone el seguimiento de un “método” para alcanzar una visión científica de lo que puede ser la verdad, método que rechaza los aportes de la reflexión desde y  sobre la contingencia y la vida. En otras palabras, con el parámetro de lo que es “científico”, una corriente (que es dominante únicamente en la filosofía empresarial y en algunas universidades) pretende imponer la supremacía de lo objetivo y medible como universal, por encima de lo histórico y cualitativo. Se trata de una derivación del positivismo decimonónico, cuestionada no sólo por la física cuántica y la teoría del caos, sino por sucesivas corrientes filosóficas, muy diversas entre sí, que coinciden en el pensamiento situado histórica y sujetivamente: la fenomenología, el historicismo, el existencialismo, el marxismo, la hermenéutica, el feminismo, el postestructuralismo y, en general, el pensamiento latinoamericano.

La mayoría de los estudiosos del lenguaje y del conocimiento, vengan de la física, de la historia o de la antropología, parecen coincidir en que no se conoce sino lo que se reconoce; esto es, que no es posible siquiera ver algo que se nos ofrece a la vista sin la mediación de nuestra experiencia o de la dirección de alguien experimentado en revelar, mostrar, desentrañar lo que se está percibiendo, sea éste una chamana, una maestra o un guía. Despreciar el estudio de la filosofía implica desperdiciar la posibilidad de develar lo que está frente a nuestros ojos y cuyo conocimiento puede sernos más útil que el propio mercado.

La experiencia necesaria para reconocer el mundo –entendiendo por mundo el conjunto de saberes y realidades que lo conforman, por ejemplo: la herencia filosófica universal y la geografía, las economías y las relaciones de parentesco- proviene del espacio y el tiempo histórico-cultural en el que nos desenvolvemos, así como de nuestra decisión de intervenir en él. La filosofía, que Marx conceptuaba como un instrumento para comprender y para transformar la realidad, es también una antena para advertir el clima cultural en el que un paradigma (esa muleta que se impone para transitar al reconocimiento de la realidad y que impide otras formas de andar) coloniza la percepción que los sujetos tienen del bien y del mal, de los amigos y los enemigos, de lo necesario y lo superfluo.

La filósofa marroquí Fátima Mernissi, en Un libro para la paz, describe cómo el desconocimiento de las historias (en su triple sentido de hechos del pasado, narraciones fantásticas e historiografías), no podemos entablar en el presente el diálogo que nos permitirá salir de la trampa del otro como enemigo, como necesario terrorista que amenaza mi seguridad de temerosa habitante del deber ser cotidiano.[1]

Conocer las historias implica volver a narrarlas, no tanto para imponerlas como metarrelatos explicativos e incuestionables de los sucesos del pasado que rigen necesariamente nuestro presente, sino para a incorporarlas a nuestro quehacer filosófico, entendido como guía racional de nuestras prácticas sujetivas.

El paradigma del mercado implica la imposición de la creencia en el consumo necesario, en particular de armas, que sólo se sostiene si desde el paradigma mismo se construye como enemigo a cualquier nicho humano, que por motivos culturales, ecológicos o históricos no se pliega al mercado. Así a los campesinos de la India se les impone con la destrucción militar de sus sembradíos el consumo de la soya transgénica;[2] a las mujeres que reflexionan acerca del valor de uso producido por el trabajo doméstico, se las convierte en el enemigas del mercado que hay que reducir sea por la vía de su incorporación a la producción de mercancías, sea por la vía de su aniquilación o feminicidio;[3] a los indios americanos se les invisibiliza para quitarles la tierra y convertirlos en indigentes urbanos.[4]

En la actualidad, el mercado (su presunta necesidad ontológica y autorregulación) se presenta como el paradigma del realismo, mediante el cual se somete a revisión la historia, las ideologías y sobre todo las alternativas, para tacharlas de inconsistentes, autoritarias o imposibles. No obstante, la experiencia latinoamericana de lo que es el mercado (sus formas de producción, sus leyes y su política) no permite una apreciación ética, económica y política favorable del mismo, dados los concretos efectos de pauperización, concentración de la riqueza, pérdida de esperanzas de vida, incremento de la violencia, destrucción ecológica y étnica que ha provocado. El sujeto latinoamericano para reconocer la realidad que vive debe rehacerse a un paradigma anterior al de mercado, que le proporciona la historia, o a experiencias creativas de conocimiento a las que se acerca ubicándose en su realidad y recurriendo a valores éticos, estéticos y sociales, que están afuera (al margen) del paradigma del mercado.

Estudiar filosofía abre a la posibilidad de pensar desde la realidad reconocida como propia, reconstruir el camino mediante el cual la idea rectora de una forma económica se convirtió en paradigma de comprensión de toda la realidad, decodificar los mensajes que provienen de su imposición, y someterlos a la crítica de los sujetos pensantes ubicados en su realidad exterior y en su sentir y actuar para con ella.

Según el filósofo uruguayo Yamandú Acosta, por filosofía latinoamericana debe entenderse un pensar radical, estructurado desde la particularidad de los modos de actuar y de sentir de un sujeto. Este sujeto de la filosofía se constituye autónomo y auténtico en la articulación de las circunstancias que determinan las tareas de su incumbencia y, como consecuencia de esa articulación, es capaz de producir conceptos y categorías.[5]

Yamandú, y antes que él Arturo Ardao[6] y Arturo Andrés Roig,[7] coinciden en la necesidad de una historia de las ideas como punto de partida para reconocerse y lanzarse en cuanto latinoamericanos a la radicalidad de pensarse como interlocutores válidos e indispensables en la reconstrucción del logos filosófico, desde la propia pluralidad y heterogeneidad cultural. No hay pensamiento universal si no recoge las experiencias reflexivas de los sujetos pensantes, que son tales en cuanto ubicados, comprometidos, en tensión con la realidad concreta que piensan.

Según el filósofo argentino-mexicano Horacio Cerutti, la tensión entre lo dado y lo deseado sirve para desentrañar la relación entre lo cotidiano y el fin (u horizonte) utópico que lleva al filósofo o filósofa a operar en la historia.  La utopía y lo utópico, para Cerutti, se relacionan con la posibilidad de pensar radicalmente la esperanza y el futuro despojándose de las ataduras de los paradigmas vigentes, sin perder de vista que quien piensa es siempre un ser humano que experimenta la historia.[8]

Es esta historia vivida, y los deseos que de ella se desprenden, lo que lleva a la filósofa venezolana Carmen Bohórquez a definir la filosofía latinoamericana como una síntesis de expresiones narrativas en la que se expresan las utopías libertarias, religiosas, identitarias y revolucionarias. Más aún, esta historia de la vida del sujeto que piensa es, para la mexicana María del Rayo Ramírez Fierro, el origen de la propuesta ética y teorética de una fecunda dinámica de reproducción cultural, que por estar enfocada al futuro retoma el pasado y lo repropone en contra del paradigma del determinismo de mercado.[9]

Como feminista, mi visión del mundo no puede ser sino histórica so pena de caer en un falso ontologismo de la situación femenina (una supuesta naturaleza o destino del ser mujer) o en un determinismo social que impediría la visión –utópica, y por ende impulsora de acciones- de una sociedad sin jerarquías que se reproducen sobre la jerarquía entre hombres y mujeres. De Simone de Beauvoir recupero, a diferencia de la Butler, no la crítica al género, entendido como lo que desde fuera construye a las mujeres como tales, sino la libertad existencialista de convertirse en sujeto de la propia decisión de enfrentar la inferiorización de las mujeres en una sociedad histórica e ideológicamente construida.[10]

Como feminista sé que para llegar a una teoría fue necesario el encuentro de las mujeres entre sí, para hablar como sujetos de su propia condición histórica y expresar en un compromiso de vida la voluntad de enfrentar lo que se consideraba un paradigma incuestionable: el de la superioridad masculina. Cuando en 1972 Carla Lonzi nos invitó a “escupir sobre Hegel”, en uno de sus más célebres escritos sobre liberación femenina, nos pedía a la mujeres actuar como sujetos de nuestro propio pensamiento, asumiendo el riesgo de “salir al descubierto, en momentos en que predominaba el desdén porque había comprendido que la cultura masculina en todos sus aspectos había teorizado la inferioridad de la mujer. Por tal razón, su inferiorización parece completamente natural”.[11]

Desde mi cuerpo que me sujetiviza con todas sus particularidades de sexo, color, fuerza, salud, desde el lugar en que vivo (que bien es mi clase social como mi ubicación geográfica, mi grado académico y mi acceso a los servicios de salud), desde la perspectiva de futuro que puedo visualizar a partir de mi condición histórica, la utilidad del estudio de la filosofía se me presenta como la posibilidad de aportar una crítica a los paradigmas que dejan afuera las diferencias positivas de la humanidad en nombre de la atomización de diversidades ahistóricas construidas a partir de las fragmentaciones lingüísticas. Frente a mi concreta realidad de mujer que estudia filosofía en América Latina, y que se enfrenta a la urbanización descontrolada, la sequía, los desastres ecológicos, la violencia misógina, las leyes discriminadoras, y que con todo ello es capaz, en diálogo con otras, de aportar una diferencia con el paradigma que pretende naturalizar esta discriminación, pensar radicalmente implica reconocer una utilidad no mercantilista a mi propia actividad.

El feminismo como cuerpo teórico producido por la reflexión de los sujetos mujeres se presenta como una mirada filosófica situada para enfrentar el modelo paradigmático del mercado. Obviamente el feminismo no surgió de mujeres abstractas, tiene aportes que vienen de la posibilidad de reconocer diferencias no sólo para con los hombres, sino para con las realidades sociales que enfrentan los sectores de acaparamiento de la riqueza de aquellos que ese proceso empobrece. Las mujeres somos un sector empobrecido por las leyes que nos excluyeron históricamente de la riqueza y por las ideologías que nos siguen excluyendo del derecho a la riqueza. Al reconocernos en esta realidad histórica, somos capaces de reconocer todos los demás mecanismos de empobrecimiento de países, continentes, sectores y clases, así como las ideas que subyacen y justifican la acción de los mismos. El racismo tiene elementos semejantes a la misoginia, así como el clasismo esgrime supuestas superioridades de los grupos privilegiados para mantenerse. Sólo el sujeto que se piensa desde su realidad concreta es capaz de visualizarlos y denunciarlos, para construir un camino diferente al que racismo y clasismo tratan de justificar.

Para saberse ubicar en la propia decisión de romper desde el pensamiento con la sumisión al paradigma del mercado, recuerdo el llamado de mi maestra Graciela Hierro quien, desde la cátedra en Filosofía Feminista en la UNAM, nos instaba a saber reconocer el propio placer: placer de saber y de gozar desde el propio cuerpo en una relación consciente con los demás. La no subordinación da placer. No subordinarse equivale a no ser para otros, a no enajenarse; eso es, a rebelarse frente a las imposiciones que vienen de una moral útil al poder, pero no a los sujetos históricos. También recuerdo las ideas de la chilena Margarita Pisano cuando insistía que la vida vale la pena sólo cuando es buena vida, es decir cuando mi placer de vivir coincide con lo que quiero alcanzar para no estar expuesta al malestar de las demás personas. No es ética la persona que cierra los ojos frente a la realidad, porque no es lógico actuar como si lo que no enfrento no existiese, pero aún más porque no es lógico negar el malestar que la infelicidad de los demás me produce.

Para finalizar, quisiera externarle que estudiar me ha producido placer, leer me ha consolado muchas veces de los dolores de la vida, dialogar con mis maestras y maestros me ha abierto perspectivas. El derecho a la educación debería medirse con estos parámetros y no con los del éxito terminal o el éxito monetario. Creo sinceramente que todas y todos deberíamos tener acceso a una universidad incluyente, una universidad de masas que no se cierre a un número de estudiantes visualizados como “inversiones” y no como sujetos. Franz Hinkelammert, quien acaba de recibir el primer Premio Libertador al Pensamiento Crítico, se ha preguntado últimamente si es racional una racionalidad económica que destruye las bases de nuestra vida. Con él y con ustedes pretendo construir el derecho de reflexionar acerca de la utilidad profunda de los conceptos de una racionalidad que no puede seguir rigiéndose por un mercantilismo acrítico o “una idea de progreso que se está transformando en un salto en el vacío”.[12]


[1] Fatema Mernissi, Un libro para la paz, El Aleph Editores, Barcelona, 2004

[2] Cfr. Los trabajos de la feminista india Vandana Shiva, en particular: Cosecha robada. El secuestro del suministro mundial de alimentos, Paidós, Barcelona, 2003 y Abrazar la vida. Mujer, ecología y supervivencia, Instituto del Tercer Mundo, Montevideo, 1991

[3] La relación entre feminicidio y represión ideológica, feminicidio y cuestionamiento del orden económico, feminicidio y miedo de los hombres a la libertad de movimiento, económica y de reflexión de las mujeres ha sido subrayada por varias autoras y organizaciones, entre ellas Amnistía Internacional (“Informe de crímenes contra mujeres en Guatemala”, enero-diciembre de 2003), el Centro para la Acción Legal en Derechos Humanos (Caldh), la antropóloga mexicana Marcela Lagarde, la filósofa argentina Diana Maffía, etcétera.

[4] Cfr. Silvia Rivera Cusicanqui, Las fonteras de la coca. Epistemologías coloniales y circuitos alternativos de la hoja de coca. El caso de la frontera boliviano-argentina, Instituto de investigaciones sociológicas Mauricio Lefebvre-Universidad Mayor de San Andrés-Ediciones Aruwiyiri, La Paz, Bolivia, 2003

[5] Yamandú Acosta, Sujeto y Democratización en el contexto de la Globalización. Perspectivas críticas desde América Latina, Editorial Nordan-Comunidad, Montevideo, 2005, p.13

[6] En  Filosofía de lengua española, Alfa, Montevideo, 1936

[7] En Teoría y crítica del Pensamiento latinoamericano, FCE, México, 1981

[8] Cfr. Filosofar desde nuestra América. Un ensayo problematizador de su modus operandi, UNAM-Miguel Angel Porrúa, México, 2000

[9] Cfr. Utopología desde nuestra América, tesis de maestría en Filosofía, Facultad de Filosofía y letras de la UNAM, enero 2005

[10] En El segundo Sexo, Simone de Beauvoir no afirma sólo que “no se nace mujer, llega una a serlo”, sino que urge a las mujeres el cuestionamiento del carácter accidental de la historia, recomendándole discutir la soberanía del macho, y cuestionar el lugar de “inesencial” que él le ha impuesto, para superar su posición de Otro convirtiéndose en sujeto. Cfr. El Segundo Sexo, I. Los hechos y los mitos, Ediciones Siglo XX, Buenos Aires, 1981, pp.14-17

[11] Carla Lonzi, Escupamos sobre Hegel y otros escritos sobre liberación femenina, La Pléyade, Buenos Aires, 1975, p.9

[12] Franz Hinkelammert, El sujeto y la ley. El retorno del sujeto reprimido, Fundación editorial el perro y la rana, Caracas, 2006, p.31

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