Archivos Mensuales: enero 2019

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Literatura y feminismo

Los poemas de Aralia López eran capaces de producir imágenes tan prodigiosas como “la nieve, menstruación de la luna” y los títulos de sus libros de análisis literario podían ofrecernos pistas sobre cómo la espiral se vuelve círculo si la reiteración adquiere el carácter de una comprobación de los hechos. Aralia escribía como si estuviese bordando el nombre de la persona amada en un pañuelo, con una sensibilidad estética y analítica que daba valor al carácter epistémico y creativo de las características del amor: cuidado, atención e interés.

Conocí a Aralia López porque mi gran amiga de esos años, Elizabeth Maier, me dijo que al escucharla en El Colegio de México había descubierto la más inteligente voz sobre la cultura de las mujeres. Han pasado más de treinta años y, por lo tanto, no recuerdo las palabras precisas, pero fue algo como que Aralia era la latinoamericanista que mejor entendía que la literatura de mujeres cruza las anécdotas con lo más profundo del discurso sociohistórico: la vida personal.

En 1989, el lanzamiento del número 40 de la revista Blanco Móvil, dedicado al feminismo, me ofreció la ocasión de conocerla personalmente. En la mesa había varias escritoras, recuerdo concretamente sólo a Ethel Krauze y a Aralia López, que debatían desde posiciones encontradas: Ethel afirmaba que, para la escritura, el hecho de ser mujer es una condición secundaria, como la estatura o el color de la piel, mientras Aralia sostenía que la condición femenina produce la comprensión de lo que la supuesta universalidad de los cánones literarios masculinos deja al margen y niega como aporte artístico. Su pasión por Rosario Castellanos la llevaba a entender que los temas en literatura no son nada inocuos y que en la escritura, de no cuidarse la estructura, la forma y el contenido, se reproduce el poder masculino, ese poder difuso que supone una sesgada visión histórica y crítica. Como si de tomar partido se hubiera tratado, yo me encontré dando un paso decidido hacia el bando de Aralia, y me quedé ahí hasta el 4 de diciembre de 2018 cuando mi amada ensayista, poeta y narradora nacida en Cuba y miembra en México del Taller de Teoría y Crítica Literaria Diana Morán, desde su fundación en 1984, falleció después de haber sufrido un malestar en la uam-Iztapalapa, la universidad donde pudo dar rienda suelta a su placer de enseñar literatura de mujeres y dialogar con todo tipo de estudiantes.

 

El feminismo ecuménico de Aralia

 

Aralia, en efecto, amaba a los seres humanos. Los había padecido, parte de su vida personal alimentaba su literatura, que hubiera podido ser tenebrosa, ácida y maldita, pero ella prefirió vivir la positiva enseñanza que recibió del encuentro con cada mujer, hombre o intersexual con quien se fue topando. En su casa era factible cruzarse con las mentes más brillantes de Cuba, Puerto Rico y México, sin ninguna discriminación de clase, sexo o, menos aún, raza. En efecto, nunca creyó que la inteligencia de la vida era una condición académica. Le rendía culto al antiguo valor de la hospitalidad y a la amistad de corazón a corazón; era capaz de adoptar amorosamente a jóvenes cuya brillantez intuía y de guiar a mujeres diversas al encuentro con su inteligencia. Conocí con ella a escritoras, directores de cine, cantantes, vendedores de paquetes turísticos, cocineros, maestras, periodistas y médicos –sí, por algún extraño motivo adoraba a los médicos; quizá, como la filósofa Vera Yamuni, les atribuía el conocimiento desnudo del ser humano. Por motivos laborales, tuve el placer de cruzarme luego con muchas de sus antiguas alumnas y alumnos, algunas excelentes escritoras como Adriana González Mateos y otras filósofas como Antonieta Hidalgo, todos y todas atentas a los detalles en las relaciones, a no ofender, a sostener lazos de comprensión y de valorar la palabra y sus formas.

En el horrible, neurótico y voraz mundo de la competencia académica, Aralia fue capaz de enseñar a cruzar ideas, a crecer en grupos de reflexión, a entretejer interpretaciones psicoanalíticas, estudios históricos, teorías del feminismo de la diferencia y análisis literarios, hasta llegar a un tejido de interpretaciones que puede compartirse. Lo hizo en El Colegio de México, en la uam y en los talleres y tertulias no institucionales que formaba o en los que participaba. Era muy radical cuando nos urgía a desmantelar la confrontación destructiva. Por ello mismo, su feminismo era ecuménico y profundo, una sutura entre los sectores construidos y separados por el patriarcado y la misoginia clasista y sexófoba.

Si para muestra de su amplitud de mirada es suficiente un botón, lo primero que leí de ella no fue un ensayo sobre literatura femenina sino un largo artículo fechado en 1986, en el número 15 de Blanco Móvil, sobre la novela del ’68 en México, que ella llamó “Literatura tlatelolca”. Una mirada de escalpelo sobre un tema histórico, parteaguas como el ’68: analizó en ese artículo no únicamente lo escrito por María Luisa Puga y María Luisa Mendoza, sino también por Arturo Azuela, Luis González de Alba, Juan García Ponce y Gustavo Sainz. Apuntaba a que la novela tlatelolca, como antes la novela de la Revolución mexicana, y después la novela feminista, narra los efectos de la realidad en la conciencia, haciendo del tiempo y el espacio concretas estructuras del sentido.

Gracias a Eduardo Mosches y a Pedro Miguel, que la querían y procuraban con frecuencia, llegué a hacerme amiga de tamaña maestra. 
Ir a verla, encontrarme con ella, leerla era una fuente de alegría y de compromiso intelectual. Me dio a leer su difícil novela Sema o las voces, que publicó en 1987 y dedicó a “los que tienen confianza en el sentido”. Me costó entender su triste ironía con respecto a los héroes, pero definitivamente hoy me resulta comprensible su descripción de Hércules. “Sí, el problema 
era muy diferente, pues Hércules buscaba el 
sí mismo en la maza, objeto cargado de prestigio que lo identificaba soberanamente de acuerdo con la ideología dominante a la que pertenecía.”

Hablamos mucho de narrativa; en una ocasión me confesó que mis novelas le recordaban la prosa de Rosario Castellanos porque ambas éramos escritoras y filósofas, y organizábamos como tales el relato de la conciencia. Una declaración tan grande de mi valor literario me coloreó las mejillas como un tomate: Rosario Castellanos es mi escritora mexicana favorita, tal como era para ella. Se dio cuenta de que me había intimidado y sin mediar palabra me pasó su ensayo “Narradoras mexicanas: utopía creativa y acción”, donde reflexionaba sobre la utopía, como lo hacían por esos años los filósofos Horacio Cerutti y María del Rayo Ramírez Fierro, con quienes nos reuníamos mensualmente. La matriz imaginaria de la utopía –escribió Aralia– es precisamente lo que la hace posible, permitiendo que transite por las violencias, confusiones, fragmentaciones, derrotas y logros hasta suscitar otros deseos, otras utopías.

Luego me dio a leer La espiral parece un círculo. La narrativa de Rosario Castellanos. Análisis de “Oficio de tinieblas” y “Album de familia”, que la uam publicó en 1991. De él, su amada maestra-amiga-colega Yvette Jiménez de Báez dijo que era una lectura que abría al diálogo, un hijo de la sensibilidad y la inteligencia. Aunque a Yvette no le gustara tanto, a mí me encantó la insistencia de Aralia en las ideas y los contextos históricos en los cuales se construyeron las obras literarias de Rosario Castellanos. Más fácil y menos intimidador me resultó leer y escuchar de su boca su poesía, que me llegaba llena de matices memoriosos, animaciones y regalos.

 

Mi ateo nombre/ tan lleno de ventanas”

 

Hay mucha poesía inédita de Aralia, que espero se publique pronto en un par de tomos que reúnan todas sus obras dispersas, literarias y de análisis (si algún editor/a lee estas líneas, que se dé por enterado) para que lectoras/es y estudiantes tengan acceso a un mundo creativo personal y dialogante que ha marcado una época y transformado la concepción misma de canon literario y de análisis crítico. De sus libros publicados, el que más éxito ha tenido seguramente es Un país sin invierno, de 1998, que inaugura nombrándose: “Esta manía de contarles,/ contarme;/ decir mi ateo nombre/ tan lleno de ventanas…”

Después de leer ese poemario, donde la luna menstrúa y el calor es solar e iluminador, le regalé una cortina blanca de lino bordado para que, ligera, se moviera en su ventana. Pensé que si “el curso del tiempo retrocede”, entonces todas podemos reencontrarnos niñas ante una ventana en la que una cortina se sacude en la brisa marítima. Al final de cuentas yo, como Aralia, pertenezco, luego soy, de una isla.

Sin embargo, no me gustaron menos El agua en estas telas, publicado dos años antes por Praxis, ni la edición cartonera de Cercanías y barcos, de 1997. El porqué Aralia dejó de luchar para conseguir que le publicaran sus poemas tiene que ver quizás con que la fama nunca le interesó. No obstante que los editores no corrieran tras las obras de una escritora tan profunda y gentil, tiene que ver precisamente con lo que Aralia López siempre denunció en sus estudios: el poder de la forma masculina y su manera de nombrar lo que sostiene el poder que oprime. Aralia, a todas luces, escribía fuera del canon y producía literatura desde la libertad creativa, propia de la utopía feminista en proceso de realización. Por ello llamaba a toda la humanidad a germinar: “De sangre el riego/ germina la pisada/ granos y frutos/ antevísperas estériles/ impacientes ya de la paciencia/ aumentan los regalos/ quiero creer lo que dice la higuera/ el itinerario del polen/ en el vestido que me teje el aire.”

 

En el suplemento  La Jornada Semanal, Ciudad de México, 20 de enero de 2019

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Se me fue un amigo, adiós Saul Ibargoyen

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Su hija Itzel me escribió hace tres días algo así como “o vienes a despedirte del poeta o ya nunca más podrás hacerlo” y yo me lancé a la casa donde él vivió los últimos 20 años de su vida, con el último gran amor de su vida, Mariluz Suárez.
Estaba en Ciudad Nezahualcoyotl, leyendo una tesis de un joven amigo; es probable que aprendí de Saúl a estar siempre dispuesta a a leer a los más jóvenes, a escucharlos, a reconocer su fundamental importancia para la literatura. De ahí me lancé a Coyoacán cambiando tres metros y una pesera porque de Saúl yo recibí afecto a lo largo de casi cuatro décadas, así como enseñanzas y mi inserción en el mundo literario mexicano. Fue el primero que me publicó un artículo y que insistió en que siguiera escribiendo literariamente a pesar de estar estudiando una maestría y trabajando.
Saúl ha sido mi amigo por 38 años, a veces tan cercano que según algunos de nuestros amigos de Plural, fuimos pareja, por ahí de 1981-1982, en otras ocasiones más distanciados, pero nunca distantes, nunca sin interés uno por el otro, cuidando nuestras letras y nuestras emociones. Recuerdo muchos momentos de la vida de Saúl que no fueron solo literarios, la operación de trasplante de hígado de su hija Itzel a los 18 años, por ejemplo, cuando caminaba de un punto a otro de un cuarto y me hablaba de ella como “una mujer fuerte” para no llamarla niña o hija u otras palabras que la disminuyeran. Le aterraba que viviera una vida rodeada de medicinas, estaba luego muy orgulloso de cómo asumió su salud. Supongo que una de las últimas alegrías de su vida ha sido saber que estaba embarazada.
Recuerdo igualmente otros momentos fundamentales en su vida: su decisión, primero, de volver a Uruguay al final de la dictadura y, luego de ocho años, de retornar a México, su país de elección y amor a la vida. Era un hombre dual, un pisciano, un poeta comunista, un latinoamericano con heterónimo árabe, un amante de la literatura al que le devoraba seguir escribiendo, un narrador que elevó los lenguajes fronterizos a la novela. Era un ser dual, quizás en eso residía también su pasión por México: muchas veces revisamos literatura acerca de que en estas altas tierras del Anáhuac, las divinidades eran mujer y hombre, vitales y mortíferas, diurnas y oscuras y se regían por la regla de que todo es dos y solo se piensa si se dialoga.
Nunca fue mi maestro, debo ser una de las pocas amigas suyas que nunca fue su alumna, pero fue un guía y uno de los primeros hombres de mi vida que no me trató con displicencia o con la arrogancia masculina del escritor ya famoso hacia una joven que inicia. Lo he visto en muy pocos hombres, quizás sólo en Eduardo Mosches con mi hija, a la que quiere porque la conoce desde que la tomó en brazos, pero que respeta como joven narradora.
Compartimos los momentos de trabajo y entusiasmo por las revoluciones centroamericanas, nunca entendió la radicalización de mis posturas feministas, en particular mi opción por la autonomía, temía que perdiera la sensualidad de la vida y el trato con el mundo. Por el contrario, fue de las personas que entendió con más sensibilidad mi crisis de producción literaria, en los años en que trabajé en la UACM y  los inmediatamente sucesivos. Creo que fue la única época en que sintió pena por mí. Se compadecía de mi crisis creativa, pero no me dejó sola. Nos vimos algunas veces en un café de Coyoacán y me dijo en una ocasión que lo que más deseaba era que le dijera que había vuelto a escribir. Me faltó tiempo para contárselo.
En fin, un pilar en mi vida, el querido Saúl Ibargoyen que nos dejó ayer. José Angel Leyva había decidido hacer un programa de radio en la Secretaría de Cultura de la ciudad dedicado a su producción  poética y yo llevaba en el morral algo así como 15 libros suyos (apenas una probadita de su inmensa producción) cuando el tráfico provocado por la crisis de abasto de combustible en la lucha contra el Huachicoleo me impidió llegar a San Ángel desde la Santa María la Ribera. Chin, el Metrobus mismo, a pesar de su carril especial, no se movía.
Saúl seguramente fue un pilar en la vida de muchas otras personas, tuvo una constante actividad de tallerista, redactor, poeta, conferencista. A lo largo cuarenta años me he encontrado con alumnas suyas, mujeres y hombres como Juan Carlos Castrillón, que me han revelado que gracias a él nunca cayeron en una poesía sin más sentido que el orden y la asonancia de las palabras.  Igualmente conocí a alumnas suyas que pudieron concienciarse sobre su cursilería gracias a que Saúl ejerció con ellas una ironía falta de agresividad, casi amorosa.
En menos de dos meses, perdí a dos grandes amigos de vida y de letras, mi amada Aralia López, maestra feminista, poeta casi minimalista, y a Saúl, a quien llamaron con cierta sarcástica mala leche “la coneja de la poesía uruguaya” (él se reía mucho del apodo, que en el fondo le gustaba) por su enorme producción. Vivir es también un constante aprendizaje de desprendimiento.