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Francesca GARGALLO, “Luz sin sombras de Soledad Tafolla”, texto para la artista.

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La luz sin sombras de Soledad Tafolla

Francesca Gargallo

 

Cuando febrero amanece, helado y luminoso, sobre los árboles desnudos y los techos de ciudades antiguas, esparce una luz sin sombras, divina y, por ello mismo, cargada de la ingenuidad propia de quien desconoce los estragos del tiempo. Soledad Tafolla, frontalmente atada a los colores vivaces y oscuros de las montañas michoacanas, se ha ido a la ciudad blanca por excelencia: Siracusa. La ciudad que fue rescatada del olvido por el más atormentado, oscuro y sensual de los pintores barrocos: Caravaggio.

    Frente al mar violentamente azul que inspiró la resistencia a los romanos, con el templo de Apolo enmarcando la entrada a su barrio, al lado de una Santa Lucía de plata mexicana y peruana -que sigue luciendo los adornos de la más antigua Demeter, a pesar de las marcas de tortura cristiana-, sobre los techos y al interior de patios medievales, renacentistas y barrocos de la única ciudad antigua que pudo compararse con Atenas, Tafolla ha esparcido la luz de los dioses mediterráneos, niños de infame belleza, y los colores de la terrenal y comprometida tierra madre americana.

    Se suceden en la serie de óleos ejecutados en Siracusa, sillas de madera oscura, libros, berenjenas y naranjas que sostienen el paso del tiempo con la misma dignidad que las cúpulas de la iglesia del Carmen y los baños judaicos de la fuente de Aretusa. El pescado de los mercados matutinos, a orillas del puerto, está inmóvil, expectante y frío; sólo se compara a la incorrupta muerte de las niñas santas, las flores cortadas para adornar un rincón, las cafeteras y las frutas en el mantel de la mesa. En los interiores, hay rincones donde la Afrodita Landolina resalta como una imagen religiosa de culto doméstico. Por doquier, campean el papel tapiz y las ventanas, pinturas dentro de la pintura, intimidad que pierde el aliento frente a la imagen externa.

    La inexistencia de sombras, la luz que llega desde todos los espacios, la pincelada precisa que no deja su marca, puede que expresen algo más que la directa representación de colores: reproducen la divina sonrisa de las olas del mar cuando corroen, indiferentes, la belleza efímera de lo humano.

 

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