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Referencia: Francesca GARGALLO, “Todo sobre mi madre”, publicado como “Todo, excepto indiferencia”, en Todas, suplemento de Milenio, Ciudad de México, 10 de mayo de 2010, http://impreso.milenio.com/node/8764950

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Todo, excepto indiferencia (Todo sobre mi madre)

Francesca Gargallo

Giovanna Celentani y su sobrina nieta Giulia. Foto: Colección FG

Mi madre, Giovanna Celentani, es una de esas personas amorosas y autoritarias a la vez, que despiertan en sus hijas sentimientos encontrados: amor en la primera infancia, odio en la adolescencia, rabia, afecto, diálogo, enojo, pero nunca indiferencia.

Bióloga de profesión, ha sido por momentos paleontóloga y, en otros, hematóloga, aunque desde que conoció a mi padre hace 55 años hasta que él murió hace tres años y medio, se sumió en una relación de estúpida abnegación que opacó su genio y su alegría de vivir, permitiéndole brillar sólo cuando él no estaba. ¡Cómo la amaba, entonces! Volvía a reír y a hacernos reír a sus seis hijos (todos bastante consentidos y difíciles, por demás). En esos días que vivíamos como si estuviéramos de vacaciones, hubiera hecho lo que fuera para hacerla feliz.

Desgraciadamente ella exigía un precio impagable: que yo fuera un personaje de sus anhelos y no yo misma. Es que ella también era muy joven por esos años. Así me convertí en novelista y no me licencié en medicina como ella hubiera querido, me vine a vivir a México, me hice feminista y disidente del sistema capitalista. Para esa conservadora empedernida que es mi madre (sí, también es eso) fue duro soportar que yo prefiriera estudiar a construir una relación de pareja, una hija al matrimonio, viajar a acumular dinero. Pero lo aguantó con firmeza, dejándose escapar algún reclamo sólo cuando estaba desesperada. Aprendí de esa manera que su amor nunca excluyó la posibilidad de dejarnos libres.

A mis 53 años estoy comprendiendo lo respetable que es mi madre y aprendiendo a reconocerme amada. Para ello contribuyeron dos regalos. Primeramente, cuando dejó de pelear con mi decisión de hacerme mexicana, me regaló el departamento donde vivo, que cada vez que dejo un trabajo odioso para ponerme a escribir me da cobijo y donde ha nacido mi hija. Luego, hace dos años aproximadamente, nos regaló a todos sus hijos 20 entrañables páginas con sus memorias de infancia: la historia de una niña que sobrevivió la Segunda Guerra Mundial en una Roma ocupada por las tropas alemanas y que tenía graves dificultades para entender la caída del fascismo. Claro, se me olvida decir que mi madre pertenecía a una familia fascista.

Para describir a mi madre, nada como los dos primeros párrafos de las memorias de esa niña de 13 años que a los 81 sigue estudiando.

¡La odio, la odio! ¿Cuándo terminará esta estúpida guerra que no aguanto más? Mamá, como siempre, está nerviosa y me ha regañado, como siempre. Frau Marta, la muy maldita, le ha ido a decir cosas a mamá y le ha dicho que seguramente tendré un triste fin. Y mamá me prometió dos bofetadas, qué horror, la odio a ella también. Hace dos días volvió de Montecatini; qué extraño nombre, ¿qué será este Montecatini? Papá ha sido herido, esto me da un poco de orgullo, pero mamá se fue de inmediato, parecía aterrada. Nos ha dejado con frau Marta y con esa aburrida de la tía Luisa. Todos me persiguen, en el fondo tengo casi 14 años y ya soy mayor. ¿Qué habré hecho? Hablé en la plaza con Nicolò Pironti y nos reímos juntos por una tontería que contó; la maldita frau Marta dijo que me porté como una muchacha poco seria. ¿Qué querrá decir? Que ya no podré hablar con Nicolò porque él es mayor que yo. Qué lástima, de veras, de veras creo que estoy enamorada. Así me mofo de todos. Qué flojera; qué calor hace; hoy es el 6 de septiembre de 1943 y yo me siento realmente infeliz. Cuando crezca nunca permitiré que mis hijos sean infelices. ¿Tendré hijos?, ¿cómo podría si me prohíben ver a Nicolò? Lástima. Qué calor, aquí todo mundo está nervioso, como si sólo los adultos tuvieran problemas. Quién sabe qué estará haciendo papá. Mamá dijo que está muy mal. Mussolini ha sido tomado prisionero aquí cerca.

Qué raro, ahora todos son antifascistas, hasta el alcalde. Recuerdo cómo se pavoneaba con su ridículo uniforme. Ahora él también ha dicho que fue antifascista. Ojalá y el tío Enrico no lo haga; no, él es derecho. Qué lástima que el tío Enrico y la tía Constanza no sean mis padres, seguramente ellos son los que más me quieren. ¡Qué aburrido! Todos están cada vez más nerviosos. Papá llegó de improviso, ¿qué habrá pasado? Si no supiera que los padres no lloran, diría que ha llorado. Mamá y papá se han encerrado en su cuarto; yo siempre me pongo a escuchar lo que se dicen, por lo menos así me entero de las novedades. Papá le ha dicho a mamá: “Qué vergüenza Gilda, qué vergüenza”. ¡Los adultos tienen vergüenza! ¿Qué querrá decir? Papá nos dijo que hemos crecido y ha sido muy gentil con nosotros…

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