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Publicado también en: Francesca GARGALLO, “Ojos para volar, palabras para evocar: la fotografía de Graciela Iturbide en el Centro de la Imagen”, revista Examen, n. 156, año XIX, febrero de 2008, pp. 72-75, http://www.pri.org.mx/bancoinformacion/files/Archivos/Pdf/2644-1-18_47_49.pdf

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Ojos para volar, palabras para evocar: la fotografía de Graciela Iturbide en el Centro de la Imagen

Francesca Gargallo

 

El Centro de la Imagen de la Ciudad de México, el 6 de diciembre de 2007, ha inaugurado Ojos para Volar, una retrospectiva de 56 fotografías capturadas entre 1969 y 1999 por Graciela Iturbide, una mexicana legendaria en India como en Italia, en Francia y en Estados Unidos que ha retratado desde su asfixiante y experimentado dolor por la muerte hasta sus idealizaciones de las mujeres campesinas, pastoras y mercaderes, pasando por los personajes de una vida rural que resiste la barbarie de la occidentalización forzada.

Ojos para Volar es básicamente una antología visual, una exposición que recoge la selección de un libro editado por Bill Wittliff en la Universidad de Texas (Eyes to fly with, Albek Library Special Collection, 2006) y es el preludio de otro libro de Marta Gili, Graciela Iturbide, que verá la luz el próximo año en ediciones Taschen.

Ha sido, asimismo, precedida por una larga entrevista con la escritora Fabienne Bradu. Ésta cuenta que en Ojos para Volar por primera vez se expone-publica la fotografía que define la atmósfera fúnebre de una obra de muy diversas temáticas, aunque obsesivamente transparente, diría yo casi fantasmal. Se trata de “La muerte en el cementerio”, también conocida como “Mr. Death” (1978), “una imagen mítica en la vida y la obra de Graciela Iturbide, que había quedado inédita por el temor que le despertaba.”

En efecto, en 1970, a raíz de la muerte de su hija de sólo seis años de edad, comenzó a fotografiar los ataúdes de los “angelitos”, los niños difuntos. Paseaba por los cementerios rurales, se metía en los velorios, robaba imágenes del instante que precede la desaparición, cuando el cuerpo está todavía aunque la vida ya se ha ido. Así, en 1978, Graciela Iturbide se topó con el cadáver de un hombre abandonado en la vereda de un cementerio. Según Bradu, entonces “sintió que de tanto perseguir la muerte, quizá la había alcanzado en esta imagen que sacó y se negó a imprimir y dar a conocer. Se trata de un hombre que yace atravesado en la entrada de un cementerio, vestido y como si hubiese caído después de una noche de borrachera, cuyo rostro ha sido comido por los pájaros, dejando al descubierto la calavera que cifra el horror de la corrupción”.

La fuerza de esa imagen no sería tan contundente sin la excelencia del manejo del blanco y negro, la desesperada composición cinematográfica de su abandono, la recuperación del escenario. Éstas dotes la fotógrafa se las debe tanto a sus estudios en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la Universidad Nacional Autónoma de México, de 1969 a 1972; como a los años en que fue la asistente y acompañó a Manuel Álvarez Bravo (1970-71) por los pueblos y los parajes de un México venerado con el que identificó su fotografía.

En Ojos para Volar todas las imágenes son lo suficientemente elocuentes como para convertirse en la semilla del mito que otros contarán. En particular las mujeres de Oaxaca -esas reinas zapotecas que cargan iguanas como una corona y esos ángeles mixtecos que van de la sombra al desierto con sus largos cabellos y una radio en la mano- serán la iconografía con que varias escritoras tejerán la leyenda de un matriarcado perdido. Iturbide no se preocupa, ella retrata matronas no matriarcas y lo sabe muy bien.

Su México es una tierra en blanco y negro como su vida y su mirada dispersamente penetrante. Es el retrato de una infancia que se reduce a una niña con estrella; el recorrido de una viajera por el territorio alargado de América Latina, una chilanga que en Panamá se mira en una “Mujer Guaimie” (1974), en Cuba en una fotógrafa ataviada para la fiesta del recuerdo (….), y en cualquier lado como una flacuchenta pareja desadorna.

Sin embargo su México le sirve también como contrapeso para el resto del mundo. Un París que se reduce a pocos y ajenos animales disecados, un Madagascar interpretado por “El maestro de geometría” (1991), con su sombrero de fieltro y su camisa sobre las piernas flacas, y, en las manos, su escuadra, compás y transportador. Y, sobre todo, como espejo de la India, un territorio recorrido con pasión de sedienta, ternura de moribunda y apetito de imágenes: pájaros, mujeres veladas, campos desolados, rituales fúnebres.

Visitando los autorretratos reunidos en Ojos para Volar, sobre todo el que inspira el título de la exposición y que se resume en el rostro de Graciela Iturbide semicubierto por las manos que extraen de sus ojos dos pájaros muertos que reviven (pero también el de la mudez de un pez clavado sobre su boca, el de su cuerpo lentamente babeado por caracoles panteoneros y el de la pintura corporal seri sobre su rostro serio) confirmo que el dicho que una imagen vale por mil palabras debe ser reelaborado: son las palabras las que pueden calificar una imagen, describirla, aunque en ocasiones se quedan mudas frente a la atmósfera que la imagen invoca.

Así el señor de los pájaros, la mujer tendida en una cama cubierta de flores, la pastora con su cuchillo entre los dientes, los perros perdidos sobre una loma de Rajastán cuando la luz del día se va oscureciendo, son todos momentos que, como lo afirma la poesía de Nezahualcoyotl, están ahí sólo para pasar, se detienen apenas el tiempo de una flor y un canto, el breve suspiro del arte.

La autora de Los que viven en la arena (1981) y Juchitán de las mujeres (1989), ha retratado su país por todas partes, lo ha alabado como quien es grande, y lo ha rescatado como a un niño que puede perderse. En ocasiones ha dicho que fotografiarlo ha sido la manera sujetiva que ha tenido de conocerlo en sus culturas diferentes. “Cuando hice mi libro de Juchitán, por ejemplo, mucha gente me decía, pero así no es Juchitán, pero yo les contestaba bueno, para mí es la manera en que yo vi, en que yo sentí que así era Juchitán. Porque yo no podría dar una idea clara de lo que es cada lugar, porque son culturas diferentes, yo pertenezco a una cultura diferente. Entonces es lo que yo veo, lo que yo siento, y la complicidad que hay entre ellos y yo”.

Lo mismo podría decirse de los personajes, los autores reconocidos que retrata. En Ojos para Volar, escritores y pintores son lo que la intensidad de la tierra que ama Francisco Toledo le provoca; o un mortuorio y sepultado José Luis Cuevas. Julio Galán encarna el ángel que cae por el peso de sus propias alas, mientras Edouard Boubat se deja fotografiar y Gabriel García Márquez anhela caerle bien a todo mundo con su expresión desamparada de hombre demasiado sonriente detrás de las ventanas que lo sofocan.

Sin embargo, es en una fotografía inicial, “Ciudad de México” (1969), donde la mirada de la fotógrafa -que hace de la profundidad el espacio de una luz melancólica y fuerte a la vez- se expresa en toda su desesperación: la sonrisa de la prostituta borracha es oblicua y representa la vida que se ríe de sí misma cuando se recarga en el mural de una calavera en cuyos huecos oculares se hunden la cama matrimonial y las camas de los hospitales.

 

 

 

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