Lo sutil de las preferencias

Francesca Gargallo
Roma, el 11-12-13

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Ya entendí que hay detrás de la literatura de mujeres bien aceptadas por las editoriales y porque muchas me parecen repetitivas, aburridas, peligrosas. Lo que las une es su androcentrismo. Sí, escriben sobre si, sus tías, madres y hermanas (sus bildungsroman bien pueden ser clases de cocina como en México o relatos de la infancia que se fue en el mundo aristocrático que se fue como en Italia), pero la mirada está siempre dirigida a explicar, apapachar, adorar, resaltar su relación con los hombres, como verdaderos pilares de sus vidas.
Acabo de cerrar el tercer libro que he leído de Simonetta Agnello Hornby y por tercera vez probé ese sentido de disgusto por algo muy bien manufacturado, como por los libros de la Mastretta.
¿Qué me molesta? El primero era un libro muy bien escrito sobre una familia probada por la denuncia de acoso sexual que una maestra levanta contra un padre de la clase alta londinense. Toda la familia se atrinchera en defensa del padre contra la ley, el sistema de ley, que no acepta escuchar ni a la niña, ni a la madre, ni al padre. En un principio me gustó mucho. No porque los hombres son la mayoría absoluta de los violadores, pederastas, acosadores y abusadores familiares todos los hombres lo son por el solo hecho de ser hombres. Por supuesto que no. Liberarse de la opresión del sistema judicial me pareció un gesto literario en favor de la libertad.
Simonetta Agnello es abogada, fue magistrada y escribe muy limpio. Las primeras páginas me atrajeron hace 6 años. Luego la novela se volvió una horrible diatriba contra la maestra, no contra el sistema judiciario. Entonces entendí: la novelista estaba defendiendo al hombre de familia.
Luego leí dos novelas más: La tía marquesa y Calle XX de septiembre (no sé si han sido traducidos al castellano). La Sicilia, mi Sicilia adorada, sus calles, sus olores, sus prejuicios tan misóginos y sexófobos, sus familias, sus sabores y su extraordinaria pastelería son las protagonistas. Dos novelas, la primera más que la segunda, excelentemente bien escritas. Pero con un tono repetitivo: las mujeres sufren y gozan en las familias patriarcales, pues las familias patriarcales están llenas de padres, maridos, primos, sirvientes que son lo que realmente vale la pena rescatar. Lo que vale la pena amar, y por ende narrar.
La educación al pacto misógino puede ser muy sutil. Las mujeres que no aman a los hombres por encima de sí mismas son raras, su literatura no es de masa, no le habla al público, es peligroso imprimirla, nadie va a leerla.
Por supuesto que esta misoginia es también clasista. Ni las mujeres de Ángeles Mastretta ni las princesas de Agnello Hornby son mujeres que no pertenecen al nivel más alto de la jerarquía social patriarcal-capitalista. Las nanas, cocineras, choferes son personajes secundarios de una narración de clases que sin ellas no tendría lugar, tal como las mujeres descritas son los personajes que resaltan a los hombres que brillan por luz propia, en una esquina, aún detrás de una cortina.
Sí, el pacto misógino de las editoriales es el que hace que estas mujeres sean las que más vendan. Un pacto muy parecido al de las televisoras mexicanas: no vaya a ser que si cambiamos programación luego debamos aceptar los cambios culturales que la libertad de opciones conlleva. En América, la nana habrían estado marcadas no sólo por la extracción social sino también por su descripción en otro orden inamovible (según las conservadoras): el de su racialización. Las dulces nanas de la niña bien sería descritas como una india tímida, una voz melodiosa de una lengua que no vale la pe3na aprender aunque se ame su sonido. La cocinera sería una fogosa matrona mestiza, la sirivienta una joven negra, etc. etc. Lo común es que siempre estaría subordinadas a la voz narradora.
En fin, me gusta leer a mujeres. En ellas siento la rebelión, pero también percibo la continuidad en la obediiencia al orden que, de vez en cuando, rescata, usa y tira a una de las mujeres que educa. La escritura de la diferencia sexual, ni violenta ni sumisa, dificilísima, me parece la verdadera revolución. Estos bildungsroman de burguesas y princesas, 50 años después del bildungsroman femenino que sacudía (desafiaba rabiosamente, en realidad), la innombrabilidad del patriarcado no me gustan. Han sido reapropiados por el sistema.

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