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También publicado en: Francesca GARGALLO, “Las expertas de género y el feminismo en tiempos de globalización. Una llamada de alerta desde América Latina”, en Horacio Cerutti Guldberg y Carlos Mondragón (coords.), Resistencia popular y ciudadanía restringida, Colección política, economía y sociedad en América Latina y El Caribe n. 1, UNAM, 2006, 467 pp., pp. 263-279, ISBN: 9703231551, 9789703231553. Sobre este artículo, señala la autora: “Al terminar la segunda edición de Ideas feministas latinoamericanas, México, Universidad de la Ciudad de México, 2004, me di cuenta que algo se había quedado en el tintero, un resquemor acerca de los nuevos mecanismos de cooptación muchas veces dialogado con mis colegas del seminario “Resistencia popular y ciudadanía restringida: ¿Está en riesgo la democracia en América Latina?”. Espero con este artículo saldar mi deuda con ellas y ellos.”

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Las expertas de género y el feminismo en tiempos de globalización. Una llamada de alerta desde América Latina§

Francesca Gargallo

El 9 de junio de 2004, Unifem, el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer, invitó en la Ciudad de México a una conferencia sobre “género y economía”.[1] El público estaba conformado por unos ochenta funcionarios, una decena de los cuales eran hombres, y la reunión se hizo en la sala de conferencias de una escuela privada. Cuando mucho, por motivos étnicos y de clase, ahí estaba representado el ocho por ciento de la población latinoamericana: la blanca, culta y con acceso a la información y los servicios privados y gubernamentales. El tema, ya trillado, prometía revivir por el viraje del enfoque hacia la macroeconomía, término ambiguo que de ninguna manera significa economía política. La realidad productiva del género femenino fue abordada desde perspectivas asistenciales y “micro” económicas (proyectos productivos locales, de grupos y cooperativas) por decenios, ahora las expertas de Unifem proporcionarían las grandes cifras de la vida económica de las mujeres en el conjunto regional latinoamericano. En realidad, una ministra chilena habló de su programa estatal y una economista mexicana, de la inserción de las mujeres en todos los temas económicos del gobierno. Se me ocurrió que eso era cierto sólo en el caso de que el proyecto gubernamental fuera la pauperización masiva. Cuando una mujer levantó la mano preguntando sobre la relación entre violencia contra las mujeres y economía, fue acallada porque “ese no era el tema”: la macroeconomía es cosa de recabar datos macroeconómicos, por ejemplo levantar censos específicos por sexo.

    No salí deprimida de la reunión sólo porque no esperaba nada de ella. En realidad, no sé qué fui a hacer allá, pues ya sabía que no iba a escuchar ni una sola idea que surgiera de las demandas de las mujeres. Son por lo menos quince años que la institucionalización del feminismo y la configuración -en el marco de las instituciones del estado y las internacionales- de las “especialistas de género” no produce sino pautas de amoldamiento para las mujeres y maquillaje de cifras, datos, protestas.

    La imposición del sistema capitalista financiero como “única vía posible”, según lo pregonado por Margareth Tatcher y Ronald Reagan en la década de 1980, a lo largo de los veinte años recién transcurridos ha significado la imposición de una democracia más autoritaria que popular, donde el derecho de expresión y participación sólo puede ejercerse desde los partidos registrados, las organizaciones no gubernamentales registradas y subvencionadas, las instituciones educativas reformadas. Una democracia que explícita y legalmente excluye del derecho a la palabra a quien no se amolda al control de semejante restricción. La democracia controlada –la que permite las limitaciones a las garantías de expresión, libre circulación y organización- ha cooptado a las expertas de género, sin que éstas se dieran cuenta de haberse convertido en enemigas del feminismo como movimiento de las mujeres en diálogo y como teoría política.

    Las expertas de género organizan reuniones para que sólo puedan asistir las que se inscriban en ellas de antemano, y expulsan a las mujeres que libremente deciden participar a una parte del evento a última hora.[2] Las expertas de género sólo reconocen los conocimientos de mujeres que poseen títulos universitarios en estudios de género o teoría feminista, rechazando los aportes y las experiencias de las mujeres reunidas en colectivos o participantes en los nuevos movimientos libertarios altermundistas (o, como los llama Helio Gallardo en Costa Rica, “globalicríticos”).[3] Finalmente, las expertas de género fomentan la división por áreas de conocimiento y las políticas de la identidad por encima de las utopías feministas, separando la radicalidad lésbica del antirracismo de negras e indias, la creatividad de las artistas de la reivindicación a una salud en femenino, el ecofeminismo espontáneo de las campesinas tradicionales de la luchas contra el feminicidio -que en México[4] y Guatemala ha adquirido rasgos de genocidio-, de manera que entre sus acciones parece no existir siquiera una reflexión/acción común.

    Las feministas, desde mediados del siglo XX, no quisimos ser iguales a los hombres sino instaurar el no-límite de órdenes distintos en la explicación de la realidad y la organización de la política. No quisimos instaurar el multiculturalismo,[5] sino informar a la cultura de nuestra diferencia, volverla plural, esto es, realmente universal. Quisimos el no-límite del nomadismo filosófico, nunca más atado a un solo discurso originario. El no-límite de múltiples economías, del no armamentismo, de la ecología como historia de un sujeto no violento, del abandono del modelo opresor-depredador patriarcal al que igualarse sin poderlo lograr nunca y que es ordenador, cósmico, único, masculino, clasista, racista, religiosamente jerárquico, en fin colonizador. Esto las expertas de género pretenden que se borre de la memoria colectiva de las mujeres organizadas.

   Sin embargo, las expertas en género son producto del feminismo, de una desviación o una pérdida de rumbo de la parte mayoritaria del movimiento, no brotaron por generación espontánea. Tres pasos fueron necesarios para llegar a ellas. Durante toda la década de 1990, en las academias latinoamericanas se desecharon categorías e investigaciones que no se limitaban al análisis del sistema de género, entendido como un sistema binario como el que contrapone el caos al cosmos; además se descalificó sistemáticamente a quienes insistían en el análisis de la política de nosotras en relación con nosotras mismas y de lo que nuestra específica cultura de mujeres, con el sino de la historia puesto en el otro lado de la agresión, puede instalar en el mundo.

    Se encumbró el estudio de un sistema de género leído necesariamente desde la cultura occidental, con su idea común de origen bíblico-evangélico-platónica que, sin embargo, asumía la idea de racionalidad aristotélica y la exclusión de las mujeres de la misma. Un sistema de género que las agencias de cooperación no hubieran tenido la fuerza de imponer a las intelectuales feministas, de no ser porque algunas de ellas ya se estaban encargando de difundirlo: Teresita de Barbieri, Beatriz Schmukler, María Luisa Femenías, Montserrat Sagot, Lorenia Parada, Sara Poggio y Marta Lamas,[6] entre las más conocidas. Un sistema de género tan cerradamente aceptado por la academia que descalificó no sólo a las feministas de la diferencia sexual, a aquellas que como Amalia Fischer y yo insistimos siempre en el carácter trasgresor de la idea feminista y a las activistas que afirmaban que construían pensamiento desde su acción, sino también a las feministas que querían llevar el análisis de la relación de género hasta a) la crítica del dimorfismo sexual que informa toda la educación y b) la idea de diferencia posmoderna. Éstas, por lo tanto, cuestionaban la poca profundidad con que la universidad latinoamericana y las expertas en políticas públicas sobresimplificaron la categoría de género.[7]

   Finalmente, la parte del movimiento que optó por el análisis de género fincó su práctica en las “políticas públicas”, esto es en acciones divorciadas del movimiento de las mujeres, que implicaban que las mujeres dejáramos de estar entre nosotras, construyendo el significado de la política para las mujeres.[8] La conversión de algunas mujeres feministas en expertas al interior de programas de cooperación internacional o de los diversos gobiernos de América Latina o, también, en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, llamados de políticas públicas, ha sido acompañada de una brutal descalificación de la mirada que, desde nuestra realidad sexuada, las feministas echamos sobre nuestro específico estar en el mundo; específico y por ende diferente en unas y otras, todas mujeres que al haber tomado conciencia de nosotras nunca más seremos iguales. La realidad sexuada está históricamente situada en órdenes simbólicos que el feminismo reelaboraba desde nuestras palabras; y está geográficamente ubicada en nuestro cuerpo y en nuestros placeres y sexualidades.

    Las políticas públicas, para tener legitimidad, debieron ocultar lo obvio: que a pesar del fortalecimiento de las estructuras de dominio en el proceso de globalización, la igualdad entre mujeres se daba sólo cuando éramos todas igualmente oprimidas por el sistema patriarcal. Desde hace cuatro décadas, hay voces femeninas diferentes que se escuchan en el mundo bisexuado, no precisamente porque se hayan asimilado al discurso de la homogeneización patriarcal, sino por la autoridad que les reconocen otras mujeres. Son voces que se han dado la palabra entre sí.[9]

    En el pensamiento occidental existe un verdadero pánico a la hermenéutica del poder porque pone en desequilibrio la construcción del uno masculino. Esta hermenéutica del cómo se organiza la autoridad para conformar un grupo y una idea de poder que se alimentan a sí mismas -desde la exclusión del “otro” con base en una construcción de la virtud-, estuvo implícita en el quehacer intelectual del feminismo desde que se planteó que para las mujeres el hombre no era un modelo, sino su “otro” en un sistema complejo de “otredades”.[10] Hoy, empujar a las mujeres de América Latina a pelear por el poder de espacios recortados en el ámbito de las políticas públicas, remite a las mujeres latinoamericanas, doblemente capaces de impulsar una hermenéutica del discurso del poder (por ser mujeres y por ser parte de una población oprimida por la occidentalización), al lugar que el poder (que se recicla) le quiere asignar.

    Parlamentarias en traje sastre, académicas que habían desechado el análisis económico, activas esposas de presidentes,[11] altas ejecutivas sorprendentemente flacas y unas cuantas jovencitas en la televisión, desde finales del milenio pasado, hicieron aparecer como “viejas” feministas a todas aquellas mujeres que no olvidaban a las pacifistas alemanas muertas en los campos de concentración, a las trabajadoras que pelearon a la vez contra la patronal y contra la mentalidad patriarcal de sus sindicatos que las acusaban del abaratamiento de la mano de obra y del desempleo masculino, a las cientos de hispanoamericanas pobres asesinadas en la frontera entre México y Estados Unidos, a las miles de muertas por abortos inseguros y clandestinos en condiciones extremas de injusticia social.

   Junto con la desaparición paulatina de los derechos laborales en la relación capitalista que garantiza la plusvalía para la patronal, la seguridad e integridad física de las trabajadoras pobres, la educación y una salud equitativa para todas las clases sociales y la represión de la crítica política, el cuestionamiento de las políticas públicas y la libertad de expresión, en el sistema económico y político unipolar pregonado como la “única vía” era necesario destruir las esperanzas de un cambio radical en la cultura popular y alternativa: destruir el proyecto civilizatorio del feminismo -que en América Latina se atrevía a repensar el mestizaje forzado en el cuerpo de las americanas, la violencia privada como instrumento de dominación social, la pobreza como producto de un sistema de concentración de la riqueza- era urgente e indispensable. Para ello podían traducirse algunas demandas feministas de equidad entre los géneros: puede aceptarse una presidenta de la república, mientras las mayorías de mujeres pobres sean recicladas como excedente poblacional.

     Las expertas de género, siendo en su mayoría funcionarias, manejan sin cuestionar actos cotidianos de exclusión social, mediante el método más ampliamente utilizado –lo cual lo vuelve semi-imperceptible[12]– y que en América Latina adquiere tintes groseros: el uso del dinero, su gasto intimidante. Los desayunos en restaurantes exclusivos, los traslados en avión, las reuniones en hoteles de categorías turísticas internacionales, son privilegios que las expertas de género gozan como si fueran un derecho, según el modus operandi de toda la “clase” política, no importando el partido y la ideología que sustentan. Este gasto, en sí, implica una preferencia, una elección del sector de la población con que y a favor del que se trabaja para legislar: las mujeres pobres son intimidadas, cooptadas o excluidas, mientras las mujeres de la academia y los sectores medios hacen esfuerzos para no mostrarse igualmente vulnerables que las pobres, y las más ricas se portan como las verdaderas conocedoras del modelo de uso del dinero que las funcionarias reproducen. De tal forma, la diferencia y la jerarquía de clase se refuerzan entre mujeres.

    En buena medida, las expertas de género son al feminismo lo que los aparatos gubernamentales de los países del “socialismo real” fueron al movimiento comunista: ese tipo de mediatizadoras que, en el momento necesario, pueden convertirse en sus represoras. Con el agravante que las expertas de género se afirman en la escena política en un momento agresivo del capitalismo financiero imperialista que globaliza su derecho a la ganancia. En la globalización, el estado renuncia a su función de garante del bien común, cediendo al sistema mercantil, que este capitalismo organiza y domina, el ejercicio de las funciones públicas; se convierte así en un instrumento de control y represión local de todas las manifestaciones políticas que no se expresan por los canales que reconoce-impone como válidos. Las expertas en una categoría de análisis occidental (que eso es “género”) no pueden tener la ductilidad, el potencial revolucionario y la propositividad del feminismo; por ello éste fue desaparecido de la escena política mediante su sustitución por el “enfoque de género”.

     Ahora bien, la década de los años 1990 vio también el surgimiento de acciones contrarias al control de la población y sus aspiraciones filosóficas y políticas. El movimiento de respuesta a la imposición de una forma de liberalismo (desligado de la función liberadora de las garantías individuales y de las condiciones sociales del respeto a los derechos al trabajo, la salud, la educación y la cultura) que se ha manifestado con mayor impacto y que ha sido más duramente reprimido por las policías de los estados nacionales de casi todo el mundo, sin lugar a duda ha sido el movimiento altermundista. En ninguna de sus actividades se han apersonados expertas de género, aunque en él se expresan mujeres de todas las edades y situaciones sociales, construyendo posibilidades políticas de liberación.

    Al grito de “otro mundo es posible”, el altermundismo expresa necesariamente una posición internacionalista, pero no responde a los lineamientos de una teoría política ni de una clase específica: ecologistas, defensores de los derechos humanos, sindicalistas enfrentados a despidos y desaparición de plazas de trabajo, campesina/os, pueblos indígenas de los cinco continentes, feministas, organizaciones espontáneas de jóvenes y de personas ancianas, filósofa/os, pacifistas, artistas y anarquistas manifiestan de formas novedosa una inconformidad muy antigua contra la concentración del poder en pocas y exclusivas manos.

     El mundo que amanece después de la revuelta de Seattle de 1999 es muy distinto al que mana de mayo de 1968. No estamos frente a una revolución sexual, social y simbólica dirigida por estudiantes críticos de escuelas públicas. El actual es un mundo desesperado que acepta que debe aprender las tácticas de resistencia de los pueblos amerindios, de las mujeres y de los palestinos para desafiar el poder económico capitalista, que maximiza las ganancias para beneficio de empresas monopólicas cuya cabeza está ubicada en Estados Unidos.[13] Resistir significa: demostrar la propia existencia, sobrevivir, traicionar sistemáticamente el sistema de negación de la dignidad humana,[14] golpear, retroceder sin ceder.

     En el movimiento altermundista las feministas no participan como movimiento,[15] pero la vida y la política de las mujeres son uno de los modelos para la organización alternativa.  Feministas históricas y jóvenes feministas de pequeños grupos autónomos, feministas anarquistas, ecofeministas, neopaganas, lesbianas libertarias y artistas feministas, se mezclan en él, enarbolando o no precisas reivindicaciones feministas en su seno, como si hubieran vuelto a la idea, ya expresada a principios del feminismo de mediados del siglo XX (que pregonaba la liberación –entendida como crecimiento constante de la propia sujetividad crítica- más que la emancipación), que puede existir una participación de las mujeres, desde la autonomía, en la sociedad general. Ninguna feminista acepta ya redactar las proclamas de sus compañeros dirigentes, como sucedió en 1968. La diferencia sexual es positivamente aceptada: la diferencia es necesaria para tener los pies anclados en la población mundial. Si el altermundismo se propone desmontar todas las jerarquías entre los seres humanos porque toda jerarquía responde a un proceso de exclusión criminal, no puede mantener en su interior una subordinación en la repartición del trabajo y las responsabilidades entre mujeres y hombres.

     Con cuidado: el movimiento altermundista no es un movimiento feminista, así como no es socialista. Es un movimiento que construye alternativas al status quo mundial, porque de no haberlas éste se legitima como necesario. Las feministas que participan en él lo saben; sin embargo, muchas más, radicalmente autónomas, lo rechazan como un espacio dominado por las perspectivas masculinas.

     Entre las características más sobresalientes del sistema de capital globalizado está la sustitución del principio vida por el principio ganancia. La vida humana tiene valor exclusivamente en relación con su capacidad de generar ganancias. No se trata ya sólo de explotar la fuerza de trabajo de la gente, sino de utilizar también su cuerpo como instrumento de placer, de intercambio de órganos, de material genético. El incremento de los asesinatos de mujeres por ser mujeres, con características de violencia específicas –torturas sexuales, violación, sufrimiento prolongado para el placer masturbatorio del asesino, explotación comercial del mismo vía la filmación, y gozo de la impunidad- demuestran que, en esta sustitución, son las vidas históricamente más débiles las primeras en sufrir la degradación. Las niñas indias o negras pobres son las más afectadas.

     Las feministas debaten en sus pequeños grupos la vinculación entre la pobreza y la violencia contra las mujeres. En países donde el feminicidio no es perseguido –y por ello mismo es fomentado- como México y Guatemala, las desaparecidas[16] y las asesinadas son trabajadoras sin derechos en centros de trabajo donde prima la impunidad frente a los delitos laborales de las empresas (maquiladoras, campos de explotación agraria intensiva, pornoindustria), desempleadas, indígenas, agentes de corporaciones de protección privadas y mujeres empujadas a formas de vida semi-delincuenciales por la miseria. La extrema indefensión de las pobres adquiere un cariz particularmente crítico debido a la creciente feminización de la pobreza -y al incremento de la pobreza misma- en el seno de un sistema que repite machaconamente que la naturaleza y las culturas han sido superadas.[17]

     No obstante, las feministas de muchos pequeños grupos de la Ciudad de México y las lesbianas organizadas de Ciudad Guatemala no limitan su análisis a esto. Denuncian y toman cartas en el asunto desde acciones irreverentes y efectivas: se desnudan en las plazas centrales, invaden las salidas de las estaciones de metro con una muestra pictórica, proponen debates entre las corrientes feministas, organizan tocadas frente a centros nocturnos para “sólo varones”, apoyan legalmente a las prostitutas y a las mujeres presas, inundan de cartas a los funcionarios que consideran culpables de omisión en la procuración de la justicia, se enseñan unas a otras técnicas de defensa feminista,[18] componen canciones con letras que no incitan a la violencia contra las mujeres, producen sus propios absorbentes reciclables para el ciclo menstrual y enseñan a fabricarlos, organizan formas de distribución de bienes indispensables, etcétera.

    Un poder político no institucional se refuerza con de estas acciones. Se trata de la política de las mujeres, eso es de la búsqueda dialogal de alternativas a las políticas públicas impuestas sobre y para las mujeres. La política de las mujeres no prevé dirigentes (las presuntas “líderes”) ni representantes. En la práctica, se desinteresa en las acciones que emprenden las expertas y las feministas de ONGs institucionalizadas porque actúa desde la conciencia de que entre métodos y fines hay la misma relación que en un texto existe entre forma y contenido. Sobre todo no tiene ningún afán igualitarista con el mundo y las prerrogativas de los hombres. La política de las mujeres se sustenta en un reconocimiento de la diferencia –de deseo, de clase, sexual, histórica- así como en la superación de la perspectiva occidental que la única forma de corporalizar la percepción histórica de la diferencia es a través de la sexualidad. Todo cuerpo es sexuado, pero no es sólo sexuado; afirmar lo contrario responde a la obsesión por la genitalidad derivada de la doble matriz cultural de las leyes romanas y eclesiásticas.[19] Todo cuerpo encarna la diferencia sexual en cuanto todos somos diferentes: los hombres son diferentes, las lesbianas son diferentes, las heterosexuales, las indias, los mestizos, las negras, los minusválidos, los niños, las ancianas, los blancos, las transexuales son diferentes: sólo es igual la violencia que el sistema ejerce contra quien manifiesta políticamente esta diferencia positiva.

 La separación de posiciones en el seno del feminismo se ahonda también porque las mujeres activamente atentas a la realidad inmediata no consideran que las expertas y funcionarias de género aporten nada a la liberación de las mujeres, entendidas en su conjunto como agentes constitutivas de la humanidad. Ahora bien, ¿cómo sobrellevar el malestar que provoca en las reflexiones de las mujeres independientes la posición del grupo Epikeya, dirigido por Isabel Vericat, quien afirma que no debe levantarse la denuncia del asesinato de mujeres en todo México porque eso desviaría la atención de Ciudad Juárez? Cuando algunas funcionarias en diálogo con las feministas independientes, como la abogada Alicia Elena Pérez Duarte, han manifestado la opinión que Ciudad Juárez es un paradigma del asesinato masivo de mujeres, que se lleva a cabo en cualquier lado donde la impunidad y la cultura patriarcal de represión excedente[20] lo fomentan, Vericat desautoriza sus voces apoyándose en sus relaciones al interior del aparato del estado y en los medios de comunicación masiva. Forma y contenido: autonomía y diálogo o institucionalización y autoritarismo.

   La política dialogal de las mujeres fortalece a las feministas que se manifiestan en los espacios mixtos (como los movimientos altermundistas), reclamando su diferencia en la consecución de un bien común. Los grupos de lesbianas anarquistas o de lesbianas radicales lo demuestran: nadie puede avanzar coherentemente la duda de que su participación esté subordinada a una dirección masculina, como en ocasiones han dicho las feministas asustadas por la invisibilización de la especificidad feminista en los movimientos populares, indígenas y altermundistas. El colectivo Mujeres Creando de Bolivia, por ejemplo, participó en el levantamiento popular contra la venta del gas a las transnacionales estadounidenses de octubre de 2003, sin renunciar a su definición lésbica, india y feminista, por el simple hecho que, al romper con la aceptación de una cultura heterocentrada, ha encontrado una lógica propia para la transformación de la cotidianidad y la manifestación pública de sus decisiones autónomas.

    Si a muchas nos es claro que desde las instituciones no vamos a sostener una utopía feminista ni la construcción de un orden civilizatorio no cimentado en la dominación de algunos seres humanos sobre la naturaleza y otros seres humanos, también es cierto que nos sigue costando amoldar nuestro horizonte utópico a la realidad social cambiante -y a los movimientos rebeldes emergentes.[21] Articular positivamente las diferencias entre las feministas de diversas posturas no institucionales -y aún con aquellas que han hecho de su actividad feminista la base de trabajos institucionales sin perder la dialogicidad con las mujeres independientes-, es un proyecto necesario que, constructivamente, nos permitirá apropiarnos del proceso de renovación de semejante horizonte.


  • §  Al terminar la segunda edición de Ideas feministas latinoamericanas, México, Universidad de la Ciudad de México, 2004, me di cuenta que algo se había quedado en el tintero, un resquemor acerca de los nuevos mecanismos de cooptación muchas veces dialogado con mis colegas del seminario “Resistencia popular y ciudadanía restringida: ¿Está en riesgo la democracia en América Latina?”. Espero con este artículo saldar mi deuda con ellas y ellos.

[1]  En realidad la señora Marijkee Velzeboer-Salcedo, directora de UNIFEM para América Latina y el Caribe, la Subsecretaria de temas globales de la SRE Patricia Olamendi, la doctora en economía María Elena Cordero y la ministra del Servicio Nacional de Mujeres de Chile Cecilia Pérez debían presentar el libro Economía y Género que nunca llegó a la mesa. La obra prometía “recopilar los esfuerzos de las mujeres por introducir la perspectiva de género en la agenda macroeconómica”. La presentación estuvo programada como pre-inauguración de la Novena Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe, de la CEPAL, que se efectuó  en México del 10 al 12 de junio de 2004 y cuyos ejes temáticos fueron: “Empoderamiento, desarrollo institucional y equidad de género” y “Pobreza, autonomía económica y equidad de género”.

[2]  En ocasiones justifican esta actitud aduciendo que deben “defenderse” de los ataques de la derecha y de los grupos fundamentalistas, según una lógica de prevención excluyente del delito que se asemeja a la lógica de la prevención de los ataques terroristas mediante la censura, la restricción de las garantías individuales y la detención preventiva. Ahora bien, es cierto que ni siquiera las posiciones de las “expertas de género” son aceptadas como válidas y que exponentes femeninas de los grupos pro-vida hablan de la “dictadura” de las posiciones feministas en la búsqueda de soluciones para los problemas de las mujeres. Sin embargo, es sintomática la similitud entre el rechazo de las expertas de género de las posiciones feministas radicales, que acusan de retrasar los avances en la consecución de la democracia para las mujeres, y las posiciones de los intelectuales otrora de izquierdas que se defienden de las demandas populares en nombre de los peligros que representa la derecha para la débil democracia latinoamericana.

[3] Globalicríticos: “los muy plurales sectores sociales en todo el mundo que sienten que en la violenta y codiciosa rebatiña por ganancias que hoy impera no existe cabida para el ser humano y que la posibilidad de éste pasa por la transformación radical de las actuales condiciones de opresión, vulgaridad y muerte, en condiciones y posibilidades gratificantes de creación y vida”. Helio Gallardo, “Prólogo”, de George I. García, Las sombras de la modernidad, Arlequín, San José de Costa Rica, 2001, p. 15

[4] En noviembre de 2004, la Secretaría de Desarrollo Asocial de México arrojó la cifra de 5200 mujeres asesinadas al año en el país, dos de cada tres en el ámbito doméstico. Se trata de una cifra oficial.

[5] El multiculturalismo confunde. Baraja las ideas de igualdad y diferencia con una multiplicidad excluyente de realidades donde las mujeres están nuevamente todas divididas entre sí: blancas, negras, latinas, jóvenes, viejas, lesbianas, heterosexuales, islámica, laicas, judías, como siempre lo han estado debido al sistema patriarcal que ha construido su poder sobre su separación. El multiculturalismo las agrega, aparentemente en un nivel de igualdad, alrededor de la figura que las analiza sin perder su hegemonía, las devuelve a las culturas del patriarcado que las amordazan, mutilan, violentan. De tal manera, en el multiculturalismo la diferencia sexual de las mujeres no informa la cultura que sigue monosexuada, en masculino, mientras el sistema patriarcal se disgrega en sus partes sin perder su dominancia para no reconocer igualdad alguna que no sea la del modelo con el modelo.

[6] Estas mujeres han escrito fundamentalmente en Costa Rica, México y Argentina.

[7] Pienso en Yanina Ávila e Isabel Barranco en México y en Lissette González en Guatemala cuando, en un sentido semejante a lo expresado en favor de las transgresiones materiales contra “la vieja cárcel binaria” por la estadounidense Kate Soper (“El posmodernismo y sus malestares” en Debate feminista, n.5, México, marzo de 1992, pp.176-190) plantean que se necesita una revolución cultural que nos salve de los modos de conceptualización a partir de los cuales hemos construido las identidades de género. Eso es, plantean la necesidad de escapar de la cárcel binaria del género y de la teoría de la diferencia sexual. Estas mujeres no publican mucho, pero constantemente aportan a las ideas del movimiento feminista desde talleres, cursos, charlas, documentos, conversatorios o artículos periodísticos.

[8] No estoy descalificando que las feministas apoyen o impulsen demandas en los espacios públicos, aun que las privilegien durante el momento de su consecución; estoy criticando el intento de confundir estas acciones con el feminismo. Todas las mujeres nos veremos beneficiadas por el derecho al aborto, por el castigo de la violencia en nuestra contra, por la obtención de una justicia equitativa, por el reconocimiento de la pareja lésbica y el fin de la familia patriarcal, por la paz.

[9]  La oralidad es un instrumento de resistencia y transmisión de cultura rebelde en América Latina y se inserta en todos los ámbitos de la vida que la cultura escrita no coopta: Martin Lienhard, La voz y su huella, Casa de la Cultura de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, 2004

[10]  Esta idea vertebra el libro de Carla Lonzi, Escupamos sobre Hegel y otros escritos sobre Liberación Femenina (La Pléyade, Buenos Aires, 1975), escrito originalmente para Rivolta femminile en 1969

[11]  Durante el encuentro de la CEPAL, éstas se reunieron con la esposa del presidente de México, Marta Sahagún, quien les propuso sentirse “co-gobernantes” de sus esposos como medida de autoestima para el propio “empoderamiento”. Recuerdo, a este propósito, la valiente pregunta que la socióloga y novelista Sara Sefchovich le formulara hace unos años a la señora Sahagún “¿Señora, pero a usted quién la eligió?”

[12] O perversamente justificado, a través de expresiones tales como “las mujeres nos lo merecemos”, que dan a entender que, habiendo sido explotadas y oprimidas por años, todas las mujeres deben sentirse gratificadas porque algunas de ellas –las que pretenden ser sus representantes- tienen muestras monetarias (de status) de su nueva autoridad.

[13]  En aproximadamente un 80 por ciento.  Todo el comercio de semillas y granos está en manos de seis comercializadoras, cinco de las cuales son estadounidenses: Cfr Vandana Shiva, Cosecha robada. El secuestro del suministro mundial de alimentos, Paidós, Buenos Aires, 2003.  De las siete grandes compañías petroleras sólo Shell es holandesa y BP británica; además, Estados Unidos en 2003 ha invadido Irak, uno de los tres países que todavía mantienen el control nacional sobre su producción petrolera. De las once mayores empresas del mundo dos son japonesas, dos europeas, una coreana y seis estadounidenses, Cfr. Naomi Klein, No logo. El poder de las marcas, Paidós Ibérica, Barcelona, 2001. A pesar de la relativa importancia de la industria farmacéutica europea y del virtual giro asiático de la industria automotriz, el patrón de control imperial estadounidense sobre la economía globalizada es un hecho financiero que descansa en el poder militar y en la amenaza de su uso (concreta después de las invasiones a Afganistán e Irak).

[14]  “Mediante la estrategia de globalización, este sistema ha negado y condenado la dignidad humana. La ha pisoteado. … Toda la estrategia de  globalización es una negación de la dignidad humana. La eliminación de las distorsiones del mercado es justamente eso: la eliminación de la dignidad humana”, escribieron en 2003, Ulrico Duchrow y Franz Hinkelammert, quienes explicaron: “La pérdida de la sujetividad se transforma en agresión contra sí mismo. Del ser humano no se deja más que un ‘ser para la muerte’ que impulsa la muerte, inclusive la propia”: Alternativas a la dictadura global de la propiedad, DEI, San José de Costa Rica, 2003, pp.158-160

[15] Por lo menos desde 1993, las feministas latinoamericanas afirmamos que no hay un movimiento feminista, sino múltiples corrientes y diversos feminismos Cfr. Francesca Gargallo, Las ideas feministas latinoamericanas, Desde Abajo, Bogotá, 2004, p.29 (segunda edición, citada, UCM, México). Últimamente, me he atrevido a afirmar la existencia de un feminismo de derecha, mismo que se justifica mediante la agresiva búsqueda de inserción de las mujeres empoderadas en el sistema de injusticia imperante: Entrevista de Karla Ochoa, La Guillotina, mayo de 2004. Las feministas de derecha no entienden el empoderamiento como un potenciamiento de las calidades humanas de las mujeres, sino como el uso instrumental del poder masculino por parte de las mujeres.

[16] Hay una tendencia a confundir desaparecidas con secuestradas en la prensa y en la información policial. El secuestro puede centrarse contra mujeres de los sectores hegemónicos, ya que una de sus finalidades es la obtención de un rescate. Es cierto que en muchas ocasiones las secuestradas se convierten en desaparecidas o asesinadas (las familias pagan mucho menos frecuentemente un rescate para la liberación de un miembro femenino que de uno masculino), pero no son lo mismo. La finalidad principal de la desaparición es la represión, el control social; en muchos casos es un instrumento del terror de Estado.

[17]  Es importante subrayar que ciertas feministas intelectuales y radicales estadounidenses, que centran su análisis de la liberación en la superación o reelaboración de las diferencias sexuales, postulando el cuerpo-máquina o cyborg por encima de los cuerpos femeninos, masculinos y hermafroditas, coinciden por momentos con las compañías de modificación genética de las semillas al grito de ¡la naturaleza ha quedado atrás! El peligro de semejante posiciones estriba en su antiecologismo y su ahistoricidad combinados.

[18] La revista Bruxas ( a veces escrito: Brujas, otras Bruhas) de lesbianas punks feministas anarquistas autónomas , que tiene una salida menstrual en la Ciudad de México, en su número uno menos enseña mediante dibujos y palabras a evitar el ataque de un hombre conocido que te sujeta improvisamente de la cintura para abusar de tu cuerpo, mediante un golpe con la mano derecha con la palma abierta en la base de la nariz de él;  en su número dos menos, contra alguien que nos agarra por la garganta, recomienda levantar las manos, aferrar sus dedos meñiques con energía, tirar de ellos hacia fuera e intervenir mediante un rodillazo en la ingle.

[19]  Hay muchos placeres, aun sensuales y eróticos, que no tienen que ver con la genitalidad: tocar la tierra húmeda a la hora de sembrar una planta, por ejemplo, puede ser una experiencia corporal sumamente gozosa. Asimismo, todos los derechos humanos se leen en el cuerpo, no sólo los sexuales: los hombros caídos de una niña desnutrida demuestran la violación a su derecho a la salud y la alimentación, la tortura se lee en los moretones y las heridas, etcétera.

[20]  “Sociedad patriarcal de represión excedente y clasista”es una categoría de los estudios de la masculinidad, según la corriente profeminista de Michael Kaufman y Gad Horowitz. Se trata de una sociedad donde se acumulan grandes cantidades de ansiedad y hostilidad que necesitan ser liberadas y que el patriarcado ha enseñado a descargar con violencia contra las mujeres, sí mismo y los otros hombres, en ese orden. Cfr. Michael Kaufman,  Hombres. Placer, poder y cambio, CIPAF, República Dominicana, 1989

[21]  La utopía no es ucrónica,  pues sólo se le concibe en la historia; eso es, cambia por las condiciones de su construcción y por la acción humana. Cf. Horacio Cerutti Guldberg y Oscar Agüero (coord.), Utopía y nuestra América, Ediciones Abya-Yala, Cayambe, Ecuador, 1996

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