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Publicado también en: Francesca GARGALLO, “A propósito de lo queer en América Latina”, revista Blanco móvil, Ciudad de México, núms. 112-113, otoño-invierno, 2009, pp. 94-98. En línea en: http://www.blancomovil.com/numerosatrasados.html.

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¿Existe, se expresa de algún modo el pensamiento queer en América Latina?

Francesca Gargallo

Desde que me atreví a formular esta pregunta a mis amigas de las redes de escritoras feministas y de feministas autónomas he tenido que reescribir cinco veces esta reflexión. En un principio me atreví a sostener que, en América Latina, habemos un montón de raritas, más o menos desobedientes a no se sabe que (porque somos obedientísimas a casi todas las ordenes, siempre y cuando se nos disfracen de libertad contraponiéndolas al orden que obedecimos anteriormente), un montón de disidentes de un modelo aceptando otros diez modelos, y algunas verdaderas apartadas del ordenamiento hegemónico del consumo de ideas (si nos da tiempo, luego hablaremos de por que algunas de estas rarezas son verdaderamente inspiradoras, y otras trampas del falo feminista). Y eso implicaba que, en América Latina, no hay un movimiento queer.

No obstante, la existencia de pequeños grupos como Cu (culo) en Bahía, de jóvenes lesbianas de barrios de la ciudad de México, y de círculos lésbicos radicales en San Paulo y Buenos Aires debe ser valorada. Asimismo, existen expresiones teóricas y prácticas de una posición radicalmente rebelde a la identidad de género en algunas feministas: la dominicana Yuderkis Espinosa, que en la década de 1990 pensó performativamente la identidad; o la brasileña Guacira López Louro, que resiste el mundo afirmándose queer porque lo entiende como el lugar del no lugar; o la física argentina fundadora de la revista barrullera: una tromba lesbiana feminista que, con su pelo parado y sus camisetas sin mangas, construye durante sus clases paralelos entre la verdad científica y la imposición de género; o la costarricense Susana Aguilar que inicio su búsqueda de una identidad queer en la literatura y termino afirmando que el rechazo feminista a lo queer es un problema etario, un conflicto entre quienes aprendieron a reconocer e identificarse con los géneros, y temen que lo queer les borre lo que significa ser mujer, y las mas jóvenes que “conceptualizan lo queer como un giro en el sentir, pensar y expresarse de una forma libre, sin el problema de identificarse como hombre o como mujer, como lo femenino o lo masculino”. A ellas lo queer les hizo olvidar los binomios, las ayudo a no pensar en dos sentidos sino desde los sentidos, les permitió incluir en su política lo porno, lo erótico, lo sexual y los deseos, liberando las fantasías y fetichismos.

Con este reconocimiento, tuve que enfrentar a las compañeras de debate que me increparon por hablar de lo queer, una teoría que, según muchas feministas, encubre el poder de lo masculino, su capacidad de normar su derecho a la opresión, sus sexualidades de la violencia y su exaltación de la pornografía.

Me di repentinamente cuenta de que unas y otras de mis compañeras obviaban el debate de la traducción de los términos de nuestras propuestas, lo que conlleva una reflexión sobre lo colonizado de las lenguas de la occidentalización forzada que hablamos en América; lenguas coloniales siempre dispuestas a encontrar mas fashion lo que no se dice como insulto, ni siquiera para recuperarlo desde la lucha, sino lo que se importa, aunque tergiversando su expresión.

En síntesis, no hay un movimiento queer latinoamericano, porque todo movimiento implica una identidad y una diferenciación; se expresan pequeños grupos e individuas que sostienen que si algo se instituye hay que moverse de ahí (eso es, hay que convertirse en nómades atravesando permanentemente el no lugar del cuestionamiento); y, además, por las contradicciones propias de la relación de las clases altas (pos)coloniales con sus lenguas, en algunos círculos muy exquisitos de la intelectualidad y la disidencia sexual la gente se dice queer en reemplazo de LGBTTT.

No obstante, como latinoamericanista me pregunto si es realmente posible una crítica desestabilizadora a las concepciones de identidad, ahí donde las identidades americanas están en debate y son parte de la búsqueda del propio ser en contraposición con el racismo, la exclusión, la negación y la explotación material. Ubicándome en el contexto de la América que intenta sacudirse la exclusión de sus mayorías nativas (toda minorización de los pueblos originarios mediante definiciones hibridas como mestizaje, implica un mecanismo de ocultamiento) y un racismo que en Guatemala como en Perú llega al etnocidio, no me sorprende que de rascarle un poco a la reivindicación del abandono de la identidad sexual, terminaríamos encontrando a alguien que intenta definir la identidad queer.

En América Latina hay muy poco que se parezca al movimiento queer de las sadomasoquistas californianas encabezadas por Gayle Rubin y Pat Califia, videos y blogs nomas, nadie que juegue con el dominio y la sumisión, quitando a estas dos expresiones de la sexualidad a través de la representación teatralizada toda posible esencialidad y, sobre todo, la característica del privilegio social que tienen en las relaciones patriarcales; nadie que radicalice el derecho a la amoralidad de las expresiones sexuales.

Recuerdo unas caminatas por algunos jardines costarricenses de hace casi diez años, con una amiga, una filosofa de la Universidad Nacional, que se sentía atraída por lo queer porque le permitía abstraerse de la necesidad de definir/asimilar una identidad sexual, lo cual era muy nómade, pero inmediatamente después abogaba por una separación de las feministas y las lesbianas porque las primeras no se definían en su sexualidad, lo cual era una incongruencia… Pienso en las y los compañeros de Letra S cuando se afirman queer e inmediatamente después denuncian la pedofilia como si fuera sinónimo de violación de infantes… Me encuentro con la palabra queer como sinónimo de LGBTTT, en documentos de algo que llamaría irrespetuosamente el feminismo atontado de las agendas internacionales, y donde no hay asomo de una critica lúdica a todas sus identidades, sino un conjunto muy correcto de deberes seres de los hombres homosexuales, las lesbianas, las y los bisexuales, las transgenero, travestis y transexuales, disfrazando con ello un deseo enorme que todas y todos fueran asexuales. Descubro que en la Universidad de Buenos Aires existe un departamento de Estudios de Genero y un Departamento de Estudios Queers… ¿Qué onda?

Es que desde hace unos diez anos, en América Latina lo queer suena muy novedoso, muy moderno, porque desconocemos adrede el impulso antisistémico de su historia. En Estados Unidos y Gran Bretaña lo queer se conformo, a mediados de los años 1980, de la reunión de lesbianas sadomasoquistas, heterosexuales disidentes de los modelos monogámico y reproductivo de la heterosexualidad, de hombres homosexuales leather, de homosexuales feministas que reivindican la multiplicidad actitudinal de las mujeres, de las y los promiscuos, de las putas que gozan su trabajo y lo consideran liberador de los prejuicios sobre sexo por dinero y cuerpo como herramienta… En fin, lo queer se conformó de la reunión de quien se sentía —y era, concretamente era— víctima de una persecución por el ejercicio de sus sexualidades, implementada desde parámetros muy rígidos del derecho, la medicina y la moral común (entre ella, la feminista y la gay que empezaban a exigir una autovigilancia acerca de sus actividades sexuales a los miembros de sus comunidades). Además lo queer, y la teoría queer que acompañaba la agolpada reunión de raritos y raritas angloparlantes, activistas de la deconstrucción de los roles de genero, se manifestó en un momento en que la epidemia del sida imponía un verdadero terror a la sexualidad y un retorno a morales de control y autocontrol.

Lo queer era practico y la teoría queer se alimentaba de esas prácticas así como de pensamientos filosóficos y sociales muy atrevidos, provenientes de la antropología feminista de Gayle Rubin, o de la historia arqueológica de las relaciones de poder de Michel Foucault, y aun de la aburridísima —según yo— futurista Judith Butler, con sus extraños géneros que quieren ser y no son aun algo cambiado. A lo queer se sumaron a lo largo de la década de 1990 otras posiciones, como las prácticas contrasexuales performativas pregonadas por Beatriz Preciado y su crítica a la normativización de cualquier identidad, volviendo así muy dinámico lo que queer pueda significar.

De todo ello encuentro poco en la producción teórica, en la practica política, en las motivaciones para la conformación de grupos, si no pequeños, tímidos atisbos en América Latina. En palabras de Norma Mogrovejo:

Lo queer ha tenido una muy mala interpretación en el español; como dice la Preciado, suena fashion, pero en ingles es una palabrota muy fuerte. La mala traducción ha llevado a errores de interpretación, mientras en Gringolandia lo queer surge como una respuesta a la naturalización genérica y a la carrera institucionalizante del movimiento lgtttb con la búsqueda del matrimonio, hijos, derechos patrimoniales, etc., aquí son justamente los lgttb los que se asumen como queer, pero por falta de información (ignorancia), bajo la bandera queer Letra S y demás piden matrimonio homosexual, dinero para prevenir y curar el sida, campanas contra la pedofilias y demás acciones políticamente correctas.

Lo interesante de lo queer es el reto de la desnaturalización genérica a la política de las identidades fijas, así como a la reacción a la carrera institucionalizante y mercantil del movimiento gay. Lo más cercano en América Latina a esa experiencia ha sido la autonomía lésbica, que sin embargo ha planteado críticas a la política queer porque esta ha colaborado en desestructurar el sujeto estable del feminismo y nos ha vendido un nuevo sujeto supuestamente performático, que como bien dice la dominicana Yuderkis Espinosa, recicla una nueva masculinidad porque no ha desestructurado los sistemas binarios de valoración. Más aun, desde esta perspectiva lo queer colabora en fijar los roles binarios, porque su centralidad, rescatada mediante el cambio o la reasignación del sexo, atrae nuevamente a la definición política el asunto de la naturalización de los roles genéricos y la biología.

La mayoría de quienes usan el término queer en América Latina, lo hace de la misma manera en que las feministas que prefieren dialogar con Estados e Instituciones Internacionales antes que con mujeres empezaron a utilizar el término gender o género, en la década de 1990, y las y los homosexuales el término gay, diez años antes. Son términos más limpios, en english fashion, nada callejeros, que definen la propia diferencia del modelo heteronormativo sin implicar revueltas sociales contra el modelo capitalista y la pos-modernidad neoliberal.

A diferencia de lo fuerte que suena en el mundo de habla anglosajón, queer en América Latina sirve para confundir acerca de lo que significa des-esencializar, dando a entender que puede entenderse como despolitizar o despojar a los movimientos identitarios sea de la rabia por la injusticia que viven desde su condición, sea del deseo de explotar en algo distinto a lo sublimado (respetabilidad, ternura, igualdad, salud), sea de la construcción de políticas que deshagan de una vez por todas las persecuciones por la diferencia del modelo misógino, heterocentrista, racista y anaerotico del capitalismo controlador.

Queer en América Latina implica aquí sostener, como lo hacen las financiadoras, que las transexuales son mujeres —es decir no personas con una crítica encarnada en el propio cuerpo, profundamente revolucionarias de las pautas de normalidad que los sexos generizados imponen, sino mujeres: uno de los dos sexos reconocidos por el registro civil—. Lo queer aquí sostiene que no puede haber sexo, sexualidad, deseo entre personas de una edad pre ciudadana (las y los menores) y las y los ciudadanos (mayores de 18 anos) porque toda esa sexualidad se inscribe en relaciones de abuso de poder y en violación o imposibilidad de consenso de una de las partes, descontextualizando y des-historiando por completo el significado de pederastia (cual si todos los amantes menores de mayores fueran monaguillos violados por el cura o el obispo).

Es decir, queer en América Latina se utiliza para hablar de sexos raritos en un clima de términos bonitos, donde no hay putas, ni maricones ni tortilleras, sino de todo un poco sin pornografía y con un mercado turístico, antristico y hotelero que paga impuestos y no se toma las calles.

Yo no soy queer porque mi sadomasoquismo es saltuario, sea en relaciones hetero que lésbicas, paso por temporadas asexuales, pero no me gustan mucho los dildos, y me reprimo de silbarle a unos culos maravillosos de chavas enfundados en faldas rojas o torsos musculosos de adolescentes en camisetas militares. Con ello no quiero hacer movimiento. Creo además que todo ello es mucho más “normal” de lo que la normalidad quiere reconocer, más aun ahora que está en crisis e intenta domesticar a las y los raritos. Yo soy política y vitalmente una feminista, es decir una mujer que cuestiona los determinismos de una biología a la medida de un sistema jurídico a la medida de una moral que se sostiene en la división sexual del trabajo para la explotación de la capacidad productiva y reproductiva de todas las mujeres asignadas a los trabajos femeninos.

Como feminista considero que no hay sexualidades normales y otras raras, sino que todas las sexualidades son. Estoy en contra de todas las opresiones, en particular las que se escudan detrás de los deber ser de las morales, y que informan al derecho y a las miradas científicas. Me encantan, por ello, mis amigas brasileñas cuando publican falsos artículos con títulos llamativos: “Científicos homosexuales descubren el gen del cristianismo”, por ejemplo. Analizo el trabajo domestico como una forma de explotación no remunerada e indispensable para el sistema capitalista. Me reúno con otras mujeres feministas para ponerle fin al sistema que une el sexo a la invención de razas humanas (racismo) y a la jerarquía de clases (clasismo) para la opresión de las mayorías. Como feminista escribo, pienso en dialogo, construyo un conocimiento relacional y no objetual con las personas y la realidad social y física, canto, bailo, gozo, me movilizo. Por supuesto, analizo el control sobre la reproductividad de las mujeres y la “salud” de los productos como parte de un sistema económico opresivo de la libertad humana. Igualmente como feminista asumo una responsabilidad con la madre tierra; si identifico algo de mí con ella, es porque me siento parte de un mundo más complejo del que solo le da la primacía a los seres humanos. Si siento algo religioso en esta identificación, algo mágico, espiritual, sobrecogedor, probablemente es porque entre las raritas habemos más que solo sadomasoquistas.

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  1. Francesca, me gustaría contactarte para invitarte a una semana socio-cultural LGBT en la ciudad de Saltillo Coahuila y organizada por dos colectivos Hazte visible Colectivo LGBT y sinArmarios, yo dirijo éste último. El evento se llevará a cabo del 12 al 17 de noviembre y nos gustaría ponernos en contacto contigo para hablar de tu posible participación y hablarnos sobre la teoría queer en México. Para cualquier cosa ed.morquecho@gmail.com o sinarmarios@live.com, te dejo este mensaje porque no conseguí otra manera de contactarte. Un Saludo. Espero puedas contestar.

    • Perdón, apenas ahora accedo a los comentarios. Me hubiera encantado ir a Coahuila contigo pero en esos días deberé estarme preparando para ir a la montaña en Guerrero. Cualquier otra invitación, por favor, escríbeme a mi correo: francesga@yahoo.com o llámame por teléfono. Un abrazo y que te vaya muy bien en tu evento lésbico-gay o des-generado.
      Francesca

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