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Francesca GARGALLO, “Eros y feminismo: 1970-2009”, en Todas, suplemento de Milenio, Ciudad de México, 13 de julio de 2009, http://impreso.milenio.com/node/8607458

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Eros y feminismo: 1970-2009

Francesca Gargallo

Decíamos tantas cosas. Hacíamos un poco menos. Y mientras, aprendimos que con nuestros cuerpos podíamos tener orgasmos de los pies a las orejas. El movimiento de liberación de las mujeres y la revolución sexual se miraban uno en el espejo del otro, se guiñaban, se decían tú no sabes lo que yo sé. Y se pasaron secretos. Hasta las feministas marxistas aprendieron que no podían confiar en la estética de un economista que consideraba mejor a Balzac que a Baudelaire, y empezaron a leer a Adrienne Rich.

Algunas con el tiempo descubrieron que había más sexos que dos, y con ellos se combinaban infinidades de sexualidades. Las que dejaron de ser feministas para convertirse en especialistas en temas de género terminaron volviéndose heterosexuales o lesbianas de pareja, a veces pregonando las bondades del matrimonio. Yo nunca las he visto muy satisfechas. Pero entre muchas, hubo también verdaderas experimentadoras del erotismo más sutil, el que se consigue en la complicidad de pocas personas (dos, tres máximo) con los años, en la experimentación de las transgresiones a los roles morales de la sexualidad patriarcal (fálica, reproductiva, ligada a la dominación de uno de los miembros del contubernio), y formaron uniones que duraron el tiempo de una rebelión de las costumbres, los modelos, las economías y las epistemes reconocidas por las universidades y las especializaciones.

La revolución sexual no supo jamás lo que el feminismo, sin embargo. Por ejemplo, que el placer no sólo es múltiple, sino está ligado a la vida concreta, histórica y socialmente participativa, de las actoras sexuales. Y que eso implica compromisos con lo que no se disocia de la sexualidad sino en la mentalidad de quien separa alma y cuerpo, pensamiento y orgasmo, estudio y rebeldía: compromisos con lo vital de la experiencia humana y con la creativa dispersión de los saberes en la multiplicidad de combinaciones no duales de la experiencia humana. Y las feministas aprendimos en más 35 años a lidiar con deseos contrapuestos en la construcción patriarcal de la razón. En particular, aprendimos lentamente a revisar la formación paralela y contemporánea del sujeto individual y colectivo del feminismo, la mujer que es mientras seamos mujeres, y que necesita deconstruirse primeramente, pasando por el tamiz de la crítica a la feminidad (que constituye la esencia del género femenino en un sistema que contrapone los roles sociales asignados a los sexos y que a las mujeres no reconoce ninguna subjetividad).

Personalmente, en este trance, como historiadora descubrí que la historia es siempre sexuada y, como filósofa, que la razón no es el lugar de la negación del cuerpo, sino el discurso que sostiene que esa separación es necesaria para el mantenimiento de una racionalidad esquizoide que defiende principios abstractos y pretendidamente universales como “la vida” imponiendo concretísimas guerras, muertes maternas, limitaciones a las libertades individuales e inquisiciones (y sus postrimerías modernas; esto es, los deber ser que bendice la psiquiatría, el derecho, la higiene y la medicina).

Decía que como historiadora, específicamente como historiadora feminista de las ideas, en 35 años, es decir, de la preparatoria a mis trabajos actuales, descubrí que la historia es siempre sexuada. En efecto, ¿podríamos las historiadoras haber seguido confundiendo la humanidad con los hombres? Obviamente no. La concreción —que es el tema profundo, el sentido rector, de la historia— nos lo impidió, desde el momento mismo en que como feministas y pensadoras sexuadas tomamos conciencia de que lo concreto es la convivencia en todos los ámbitos de la vida individual y colectiva de mujeres y hombres sociales construidos sobre sexos reconocidos y no (hermafroditas diversos, XX, XY, XXY, XYY, etc.), con sus respectivos trabajos, valores, inclusiones y exclusiones simbólicas, políticas y económicas.

Puesto que no puede haber historia que no sea concreta, tampoco puede haber pensamiento que no esté ubicado. Lo cual implica que no es posible pensar una filosofía —una filosofía práctica, por ejemplo, como lo es la filosofía feminista— sin procesos de liberación y de reapropiación de la discursividad de los sujetos —individuales y colectivos— que piensan. Y ese discurso es sexuado. Se elabora desde la ubicación social que el rol atribuido al propio sexo hace aceptar o hace estallar. Nunca piensa desde la naturalidad del sexo, porque ése es un discurso que no se sostiene desde hace por lo menos medio siglo, es decir, desde que el existencialismo se interesó en la libertad humana y Simone de Beauvoir afirmó que no se nace mujer, se llega a serlo.

Así como se llega a ser otra mujer que la del patriarcado.

Este llegar a ser otras mujeres ha sido el recorrido del feminismo. Por la liberación sexual. Por el pensamiento lésbico. Por las teorías de la creación de sujetos ciudadanos múltiples, propuestos desde diversísimas perspectivas feministas: la de la diferencia sexual de Luce Irigaray, la Ley Revolucionaria de Mujeres de las zapatistas en 1994, y los estudios políticos de Judith Butler, para mencionar sólo las más evidentes.

Las feministas que fuimos jovencitas lanzadas a la experimentación de una carne en proceso de liberación de las moralinas sexuales del patriarcado (por ejemplo, que éramos los objetos del placer de los hombres y no las sujetos de nuestra propia experimentación erótica), fuimos luego personas conscientes de nuestras decisiones vitales, como definir o no una preferencia sexual, decidir o menos ser madres, vivir la pareja o la afectividad múltiple o la asexualidad, en tanto elecciones y no imposiciones.

Hoy en día existen feministas que nos reconocemos en una vocación de soltería. Ni vírgenes ni esposas ni monjas. Eso hizo estallar los cautiverios de las mujeres tan bien estudiados por la antropología de Marcela Lagarde. No obstante, también hay feministas que han reelaborado el discurso de su participación social, volviendo a los cauces del deber ser y la racionalidad escindida del patriarcado, al reivindicar el feminismo como un movimiento político de construcción de un sujeto genérico, pero no sexuado. Un sujeto que vuelve a perder concreción, historicidad, capacidad de organizar uno de esos cortes en el concebir el lugar de las personas que han hecho de la historia de la humanidad el espacio de la lucha entre la libertad de nuestros cuerpos y las morales que los reprimen.

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