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Francesca GARGALLO, “El agua, la raya, la cueva y una mano izquierda con lápiz, sobre Gabriela Arévalo”, acerca del mural Una raya en el agua, de Gabriela Arévalo, en la Galería Metropolitana, Universidad Autónoma de México, Ciudad de México, mayo-julio de 1999, UAM, CONACULTA-INBA-CENART, 32 pp.,  p. 101.

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El agua, la raya, la cueva y una mano izquierda con lápiz, sobre Gabriela Arévalo

Francesca Gargallo

Gabriela Arévalo, pintora y mujer desmedida, asume positivamente la crisis de la modernidad y la cultura del límite para armarse de un lápiz, un bolígrafo, un poco de acrílico blanco y su mano izquierda para trazar las más húmedas rayas que hayan cruzado papel alguno.

La imagen del agua remite al vértigo: el de la lluvia que al caer fertiliza, pero también el que provoca la ola que ahoga y arrastra. Vértigo marino del insomnio, del deseo, de la uterina iniciación a la vida.

Los cincuenta papeles hechos a mano que Gabriela Arévalo raya con la izquierda, no siendo zurda, resuman de una constante firmeza de gota que agujerea conciencias y montañas. Sus imágenes líquidas se escapan del horizonte, son frías miradas perdidas, búsquedas de afectos amamantadores que se fugan de papel en papel. En los dípticos El alimento del futuro y La pescadora pescada se alcanza la contradictoria dimensión de un presagio con ironía.

Pero el papel rayado, listado, renglonado, salpicado de tildes azules como llantos, de círculos grises como torbellinos, de pautas de grafito como horizontes, narra historias de amor y ansias de amor, avecina la pintora al espectador e impone a todos la descripción de la fatiga de vivir y, también y sin contradicción, de las amistades alimentadas por la lluvia y la lejanía.

Con el solo recurso del dibujo sobre papel, logra un acomodo de ideas no lineal, de montón, de mar, La cueva de Gabrielascauxes, un cajón de dos metros por cuatro, en el que se entra con una lámpara para encontrarse con el dibujo de la mano y de las vacas gordas que representa el deseo de atrapar al espíritu de la suerte, remite al tríptico y a los dos dípticos de las vacas gordas que desencadenan la idea de la fortuna y sus fantasmas mexicanos: la llorona, el señor de los cielos, el ánima de Sayula y mi ángel de la guarda. Todos vivimos en la gruta, en el llanto de la leche derramada desde los sueños, hundidos en la depresión del derrame, de la caída, del desperdicio; sin embargo, seguimos preguntando: ¿a qué hora me toca la vaca gorda?, ¿a qué hora me hace justicia la Revolución? En los dibujos de Gabriela Arévalo hay grutas como interiores, ventanas como trípticos, intimidades terrenales en dos partes y también oasis: oasis de tierra firme, de materia, en medio del líquido deambular de la mano izquierda. Los dos Nidos vacíos, suspendidos en el aire, tocan una intimidad material que termina siendo una salida a tierra firme.

Mi inconsciente está en chino, en blanco y negro, signo y agua, secreto y develación, hace juego con Universo interior de cuyas rayas en círculo —olas concéntricas levantadas por una gota de lluvia sobre la superficie de un lago— se abre el libro de la vida cotidiana.

Finalmente, entre todas las posibles combinaciones que el trazo ingenuo del bolígrafo y la carga oscura del lápiz proponen, la capa semitransparente del acrílico blanco que Gabriela les sobrepone ofrece una abertura no dual, una respuesta a la pregunta siempre más acuciosa de qué puede hacerse con la otra parte de cada uno de nosotros-nosotras, qué debe hacerse con nuestra humedad germinal. Gabriela Arévalo inaugura así una raya de otra lógica.

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