Turismo y domesticación

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Desde hace años experimento oleadas de una mezcla de antipatía, temor y odio, verdadero odio, hacia el turismo y sus destrucciones: social, ecológica, del espíritu. El turismo en efecto es la más contaminante de las industrias.

Hace por lo menos 10 años que no volvía a Mazunte, donde no me apeteció regresar después de que asfaltaran el hermoso camino entre pochotes que llevaba de Puerto Ángel a esta extendida playa que, hace 30-25 años, bordeaba una bahía con pocas construcciones de pescadores y agricultoras. Hace quince años ya iban desplazando un centro de conservación de tortuga donde antes había habido un centro de pesca y comercialización de carne y hueva de tortuga. Hoy es un lugar cualquiera donde una lugareña cualquiera te espeta que no espera turistas de poco dinero porque con poco dinero no se debe viajar. Mentalidad de capitalista trasnochada, de colonizada de la cultura del consumo, de aporófoba en riesgo de ser rechazada. El derecho a unos días frente al mar es para quien se puede pagar un avión, no vaya a ser que los viajeros de autobús o de combi arruinen el comercio de las vacaciones denunciando un asalto en carretera. Pendeja, mil veces pendeja, la maldije por mis adentros. Pero no es la única.

Tours, vendedores de tours te persiguen: caballos, lagunas luminiscentes, motocicletas, cascadas mágicas… Mucho ruido para quien quiere estar sola frente a las olas del mar, escuchar su sonido eterno. Insisten los vendedores de tours: cascadas mágicas. Y la palabra “mágicas”, tan mal usada en México para destruir atmósferas y alegrías sutiles de pueblos y ciudades campesinas y coloniales, de repente me hace enfurecer. ¡Es horrible Mazunte, lo mágico se lo han quitado usted y la secretaría de turismo y todos y todas estas idiotas que ni saben en qué país están vacacionando!

Tengo ganas de llorar y de pegarle a alguien, dos actitudes que me hacen parecer como una loca. Pero en 60 años he visto colonizar por el turismo hasta el más recóndito lugar frente a la playa de Italia y de México, de Grecia, de Turquía, Honduras y España y yo odio el colonialismo. El libre espacio común muere ahogado por palapas falso tropicales con piso de loseta de terracota, carteles de free wifi, cafés expresos de italianos desesperados y ladrones que creen que su modo de preparar el café es el mejor del mundo y no aceptan cuestionamientos. Turismo colonial, colonialidad de los turistas y de las y los ofrecedores de servicios turísticos.

Miradas de desprecio a las viejas, los viejos, los gordos, las gordas: el mar como pasarela de aceptación transnacional o discriminación.

Pescadores desplazados y barcos-fábrica en alta mar donde agonizan sofocados por la plástica todos los animales del océano.

Alegres cocineras convertidas en sirvientas de chefs de apellido estrafalarios.

Happy hours para una borrachera que te da vergüenza pegarte en un viernes a la salida de la oficina.

Muchachos y muchachas que sonríen con sus blancos dientes, más blancos aún por el resalte de la piel tostada, pensando que algún día, si se esfuerzan mucho, si no gozan ni un segundo trabajando duro frente a su propia playa, podrán maltratar a otro muchacho o muchacha de diente blancos en medio de una hermosa piel tostada en otro rincón del mundo que no saben dónde está, por quién es habitado, qué gobierno tiene, pero campea en la siguiente página de los volantes que reparten en la entrada del pueblo.

Mierda, mierda, mierda. Mi resistencia hoy no va más allá de ser una gorda feliz arruinándole su paisaje y tirándose al mar sin contratar tours. Cuando alguien me ayude, quemaremos las pinches palapas de México hasta la India y le haremos brujerías a los vendedores de tours de Italia hasta Nepal.

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Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis 62 años (soy de noviembre de 1956) cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tengo menos fuerzas que hace 20 años, me canso más y cargo menos, pero sigo creyendo que el mundo se conoce caminándolo, cruzando fronteras físicas que se quisiera desaparecer, subiendo y bajando de vehículos, burros, zapatos, carretas jaladas por yaks (animales simpáticos, por cierto). Desconfío y evito las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: a los 55 años he dejado la academia porque está tan controlada que no deja pensar críticamente ni escribir con placer: el aprendizaje autónomo es un camino hacia la libertad

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  1. Muy cierto, apenas fui a Mazunte y a mi que me gusta ir de mochilazo y acampar, encontré el letrero “prohibido acampar”, la verdad sentí horrible, precisamente por lo que comentas: a veces viajar parece que está destinado a un mercado de consumidores mainstream con wifi a la mano :(

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