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Francesca GARGALLO, “Libertad en las sexualidades, derechos sexuales y educación afectiva”, Pachuca, Hidalgo, 25 de junio de 2010.

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Libertad en las sexualidades, derechos sexuales y educación afectiva

Francesca Gargallo

Pachuca, 25 de junio de 2010

 

Están ustedes reunidos para estudiar los derechos sexuales y reproductivos, en su dimensión política, jurídica y médica. Están estudiando si son realmente representantes de todas las expresiones culturales y su facticidad en el sistema de salud mexicano y, en particular, hidalguense. Por supuesto saben que los derechos reproductivos nacen de la idea que la maternidad debe ser, y puede serlo, libre y voluntaria, y que ello implica el derecho de toda mujer a recurrir a la interrupción voluntaria de un embarazo, por el motivo que a ella más le parezca, así como el derecho a no ser sometida ni al riesgo de embarazo ni a la imposición de una negativa ante su derecho a ser madre. Eso, que parece obvio, se complica si nos detenemos en pensar que las mujeres con VIH, o con cualquier enfermedad transmisible, tienen un irrestricto derecho a ejercer su maternidad. Las implicaciones que tiene para la biología, la medicina y los estudios en genética este derecho son múltiples. No última, la necesidad de una mayor inversión pública en la investigación, necesidad que podría implicar una obligación.

Ahora bien, supongo, que ustedes también han pensado que entre los derechos sexuales y reproductivos y la libertad en las expresiones de todas las sexualidades, hay un nexo pero que no son precisamente la misma cosa. Los derechos reproductivos se limitan a esa parte de la sexualidad que tiene fines reproductivos y se salen del campo del ejercicio de las sexualidades cuando en ellos interviene el acceso a la tecnología médica para la reproducción asistida. Nada más lejano del ejercicio de la sexualidad, por ejemplo, que una fecundación in vitro. Ni nada más lejano a los derechos reproductivos que el faje, los besos, las relaciones lésbicas u homosexuales, las prácticas sadomasoquistas, el enamoramiento infantil, la masturbación, etcétera.

Desde la Conferencia de Teheran, en 1968, y la Conferencia sobre Población de Bucarest, de 1974, las Naciones Unidas (ONU) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) han expresado la idea que las parejas y los individuos tienen derecho a la planificación familiar. En 1987, en Kenia, durante la Conferencia Internacional para Mejorar la Salud de las Mujeres y los Niños mediante la Planificación Familiar, se acuñó el concepto de “salud sexual”, que implicaba de alguna manera que los derechos sexuales, la salud sexual y los derechos humanos son implícitos en la idea de libertad y que ésta debe ser defendida por estados y leyes. Finalmente, en septiembre de 1994, el Programa de Acción de la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo, que se llevó a cabo en El Cairo, declaró que: “Los derechos reproductivos abarcan ciertos derechos humanos que ya están reconocidos en leyes nacionales, documentos internacionales sobre derechos humanos y en otros documentos aprobados por consenso. Estos derechos se  basan en el reconocimiento del derecho básico de todas las parejas e individuos a decidir libre y responsablemente el número de hijos, el espaciamiento de los nacimientos y a disponer de la información y de los medios para ello, así como el derecho a alcanzar el nivel más elevado de salud sexual y reproductiva. También incluye el derecho a adoptar decisiones relativas a la reproducción sin sufrir discriminación, coacciones o violencia, de conformidad con lo establecido en los documentos de derechos humanos”.[1]

Como todas las definiciones de la ONU, la de derechos reproductivos y la de salud sexual tuvieron que ser revisadas a la luz de las experiencias de las mujeres y los hombres. Todas las filósofas sabemos que la subjetividad (entendida también en su acepción de identidad) y el conocimiento se relacionan con las experiencias vividas en y desde nuestros cuerpos sexuados y la capacidad que nos otorgamos de analizarlas e incorporarlas, individual y colectivamente, al conocimiento y a los reclamos que con base en ellas podemos avanzar ante la ley, el orden, la cultura, la moral, las familias. Así, las mujeres reunidas entre sí empezaron a ampliar la reflexión sobre qué pueden ser los derechos sexuales ante la diferente experiencia de la maternidad y la paternidad frente a la ley, las instituciones de salud y en la vida cotidiana. Si a los hombres siempre se les otorgó el derecho de reconocer a su prole, ¿por qué a las mujeres se les negaba el derecho a decidir si deseaban o no tener hijas e hijos? Más aún cuando un embarazo, en muchos países, implica el riesgo de ser despedidas del empleo, de morir por las complicaciones en la gestación y el parto, o más simplemente de tener una carga de trabajo excesiva.

¿Cómo hacer que la maternidad y no sólo la paternidad se vuelva una elección, un ejercicio de la libertad de las mujeres? Esta ha sido la pregunta que sostuvo buena parte de la reflexión feminista acerca de los derechos reproductivos. Las dimensiones de sus implicaciones son variadísimas, algunas ponen en entredicho sistemas religiosos y organizaciones sociales, otras socaban prácticas de matrimonios combinados y tocan la dimensión del no tener que estar sometidas al riesgo de embarazo, mediante relaciones sexuales no requeridas ni protegidas en casos de guerra, de abuso sexual infantil en el domicilio doméstico o en la escuela, de refugio, de violación de los derechos de la población civil por parte de autoridades locales o de ejércitos enemigos, de indefensión en la intimidad matrimonial, de violencia callejera. Por supuesto formularse esta pregunta trajo a la luz el contubernio entre las tradiciones, las leyes y la violencia contra las mujeres ahí donde se impide a las mujeres abortar, privándolas de su libertad y de su derecho a controlar su cuerpo y regular su deseo de ser o no madre.

Los derechos sexuales y reproductivos, al ser reconocidos como parte de los derechos humanos, son inalienables y nos pueden ser sujetos a discriminación por edad, sexo, identidad sexual, raza, práctica sexual o condición social. Pero de nada sirve tener un cuerpo de leyes que nos defiende si no se difunde. Un esfuerzo enorme se ha desplegado desde las década de 1990 en garantizar a todas las personas la obtención de información y orientación completa, veraz, científica y suficiente sobre el propio cuerpo, sus funciones, sus derechos y sus procesos reproductivos. Desgraciadamente este derecho a la información ha sido constantemente combatido por prácticas tradicionalistas que aducen el derecho de algunos miembros de la familia (madres y padres, generalmente) a ocuparse de la educación sexual de las y los menores. Las tristemente famosas “asociaciones de padres” (sic. No de progenitores, ni de madres y padres, sino de padres, es decir de las autoridades patriarcales tradicionalmente negadoras de los derechos de las mujeres) y sus ataques contra la educación sexual en las escuelas son ejemplo de ello. De la publicidad que a sus argumentos otorgan los medios de comunicación y de la recepción que les brindan las autoridades estatales, valdría la pena detenerse en otro momento.

Paralelamente, los derechos a disfrutar de una vida sexual saludable y placentera, libre de discriminación, coacción o violencia, y el derecho a ejercer la propia preferencia sexual que, con los derechos a elegir si tener o no tener hijos y con quien tenerlos, el número de hijos y el espaciamiento entre sus nacimientos; a acceder a una atención gratuita e integral de la salud sexual y reproductiva; a acceder a métodos anticonceptivos seguros, asequibles y de calidad y elegir el que más se adapta a sus necesidades, criterios y convicciones; a obtener los métodos anticonceptivos en forma totalmente gratuita; a la intimidad, igualdad y no discriminación en la atención de la salud sexual y reproductiva; y, como ya dijimos arriba,  a recibir una educación sexual integral, conforme a derechos y información veraz, adecuada a los niveles de desarrollo de las personas, conforman el conjunto de derechos sexuales y reproductivos, son violentados en ocasiones en nombre de la moral común o son vejados por sectores de la población con la complicidad -por omisión de protección o por intervención directa- de las autoridades públicas. Pensemos, por ejemplo, tanto en la policía como en ciertos directores y directoras de hospitales que, en nombre de sus creencias religiosas, impiden informar y distribuir anticonceptivos o acceder a un aborto legal, por ejemplo, a una víctima adolescente de una violación callejera o de abuso sexual repetido en el ámbito doméstico.

La gravedad de las violaciones a los derechos sexuales y reproductivos, desgraciadamente, ha centralizado la atención de las organizaciones de derechos humanos, en particular la de los derechos humanos de las mujeres. Por ello, hoy se ha perdido la contundencia de las reflexiones acerca del derecho a la libertad sexual en todas sus expresiones y, mucho menos, nos detenemos a reflexionar acerca del analfabetismo del que todas y todos somos víctimas en términos de educación afectiva.

Y es del amor, de cómo aprendemos a identificar el amor, que quiero hablar hoy con ustedes. Estos son los riesgos de invitar a una feminista a hablar en un taller de derechos sexuales y reproductivos. Una feminista que además es filósofas y escritora. Quiero hablar con ustedes de cómo aprendemos a malquerer y a hacer de esa mala querencia el paradigma del amor en general, y del amor sexuado en particular. Hoy quiero que reflexionemos juntas y juntos sobre la relación entre violencia y expresión de la afectividad. Sobre la infelicidad que nos provoca, sobre las consecuencias que tiene en nuestra vida cotidiana y para los sistemas médico y de impartición de la justicia.

 Voy a intentar con ustedes ordenar una reflexión que pone en diálogo mis experiencias, las experiencias de las mujeres que he escuchado y con quien he entablado una reflexión durante más de 30 años, la cultura y la educación de mujeres y hombres.

Muchas mujeres que han recibido maltratos graves en sus domicilios, cuando se atreven a analizarlos, dan cuenta de cómo, después de una paliza, el victimario (marido, amante o novio) vuelve a seducirlas para mantenerlas presas de una relación pasional que incluye tanto los golpes, los insultos y las amenazas de muerte, como las rosas, los mariachis y las declaraciones de amor.

En la actualidad, la educación afectiva es, aunque parezca improbable, peor que la educación primaria y secundaria. No hay tiempo y no se invierten recursos en aprender a querer y quererse de manera responsable, respetuosa y constructiva. La carrera, las ganas de coger, las prisas por crecer, la angustia frente a un futuro incierto, la necesidad de imponerse en el ámbito laboral hacen que hombres y mujeres, a pesar de los cambios obvios experimentados en las últimas décadas en sus condiciones laborales, educativas y de movimiento, repitan lo aprendido de padres y madres dominantes, abandonadores o violentos. Progenitores que pensaban que unas nalgadas en el momento justo enderezarían las vidas de sus hijas e hijos, justificando con ello sus abusos.

El resultado es que hoy las mujeres y los hombres no saben enamorar ni enamorarse sin ceder su propia autonomía o imponer su autoritarismo. “Me vas a querer así como soy” es una frase común en los noviazgos hetero, bi y homosexuales y en todos los casos implica que quien la pronuncia no está dispuesta o dispuesto a amoldar sus tiempos, sus intereses, sus saberes, sus necesidades y sus atenciones para que la relación con una o varias personas (aunque por lo general los noviazgos son de pareja, no deben olvidarse las triejas y los demás grupos amorosos-sexuales) sea creativa, propositiva y, sobre todo, feliz.

Pero a malquerer se aprende: nadie malquiere de forma natural. En ese aprendizaje se consolidan los modelos de género: las mujeres malquieren soportando y los hombres malquieren imponiendo un maltrato que arranca del reclamo y llega al asesinato en nombre del amor.

Desde la literatura, el teatro, el canto y otras formas de educación del comportamiento social durante siglos se ha venido enseñando que la seducción va aparejada de la violencia contra las mujeres. Shakespeare ha sido para las occidentales de la Modernidad  mucho más dañino que decenios de concursos de belleza y publicidades sexistas. Su Fierecilla domada es una propuesta de seducción matrimonial, una enseñanza para la convivencia doméstica, una imposición de patrones culturales de dominación para que el matrimonio tenga un jefe masculino incuestionable. Muchos de sus hermosísimos sonetos contienen ideas de qué es y qué debe ser el amor. Sus versos supuestamente amorosos enseñan pautas de una etiqueta (una pequeña, común, cotidiana ética) amorosa de la dominación, volviéndola hegemónica, casi absoluta. Shakespeare nunca duda de la inteligencia de las mujeres, por eso impone literariamente que esté al servicio de la empresa amorosa, que es siempre y únicamente la de conquistar a un hombre (y sólo a uno). Las mujeres no deben, bajo ningún pretexto, invertir sus saberes en nada más que en aplanarle el camino a un hombre para que las pueda poseer.

¿Y quién es tan atrevido como para decir que Shakespeare, sobre cuya obra se han vertido ríos de tinta, es en realidad un misógino asqueroso, funcional a un sistema de enseñanza dominante, reverenciado en Occidente porque sostiene una cultura de la violencia? Sólo las feministas, porque hasta hoy han sido las analistas más críticas de las conductas sociales y los mecanismos de enseñanza-aprendizaje dominantes.

Shakespeare no sólo es el organizador de las ordenanzas amorosas de la Modernidad occidental, es también un perpetuador y fijador de paradigmas antisemitas, racistas (El Moro de Venecia no es asesino porque es moro sino porque es celoso, sin embargo no es casual que sea un moro quien no pueda racionalmente dominar sus celos), colonialistas y clasistas. Por supuesto, todos esos rasgos se insertan en la enseñanza del malquerer dominante.

Doblegadas por un subrogado del amor que implica el chantaje sexual, afectivo, económico y la amenaza física, las mujeres han aprendido desde pequeñas que amar es dejarse dominar y que para ello deben primero ser seducidas. Los “me pega porque me quiere”, de no tan remota memoria, son una consecuencia lógica del deber ser seducidas.

Sin lugar a dudas, en cuarenta años el feminismo ha cundido en la conciencia pública y muchas mujeres obvian hoy las relaciones de pareja como opción para su proyecto de vida afectiva. No obstante, muy pocas pueden decir que tras haberse enamorado no han sufrido algún tipo de violencia (amén de haber sufrido violencia callejera misógina anónima: piropos ofensivos, agresiones, violaciones y feminicidios comprueban que una violencia no excluye la otra). Desde las niñas de secundaria ofendidas por muchachitos que en el recreo construyen su machismo en el juego del rechazo público a las niñas que les gustan, hasta las universitarias que esperan que les llame el compañero con el que acaban de pasar una intensa y rica noche de sexo, la mayoría de las mujeres piensa que no ser requerida implica  no ser amada. En ello intervienen los tabús hacia la acción de requerir por parte de las mujeres. Y también otras formas de violencia: a muchas mujeres en alguna ocasión sus novios, amantes o maridos les han castigado el deseo y el goce sexual tachándolas de exigentes, voraces o insaciables. Es decir han transformado su poca performatividad sexual (o, paradójicamente, el deseo y el gusto que su buena performatividad despierta) en una excusa para la ofensa. “Hoy no tengo ganas” no ofende, mientras “eres insaciable” implica una condena moral mediante el rechazo de la expresión sexual femenina. Los hombres que se sentirían rebajados por admitir que no tienen ganas, se sienten con derechos a limitar las ganas de una mujer.

Ahora bien, si ya sabemos eso ¿por qué, en cuarenta años, las feministas no hemos podido acabar con la violencia misógina en las relaciones amorosas (ni siquiera cuando son lésbicas)? La filósofa argentina Ana María Bach, en su reciente libro Las voces de la experiencia. El viraje de la filosofía feminista (Biblos, Buenos Aires, 2010), propone entre otras cosas dirigir la mirada a la voz universal del sujeto de la Modernidad (sujeto implícitamente activo y masculino) desde el conjunto de las experiencias de las mujeres. Estas experiencias nos revelan que, al cambiar, producen nuevos conocimientos y que estos informan las acciones sociales de las mujeres. Es decir, nuestras experiencias conforman nuestra subjetividad de manera continua, de manera que nosotras somos las promotoras del cambio en el patriarcado y podemos valorizar nuestras acciones al reconocer nuestras propias experiencias.

Ahora bien, al haber escogido el ámbito público para el accionar feminista a finales de la década de 1980, las feministas dejamos de experimentar nuevas formas de relaciones afectivas, de analizarlas y de producir conocimientos sobre ellas. Atrapadas en la denuncia pública de la violencia misógina, reproducimos el esquema del amor como construcción patriarcal, sin experimentar otra relación de pareja que la que denunciamos. En el caso de las relaciones heterosexuales, los hombres no visualizan qué interés tendrían en experimentar un cambio en las formas de relación afectiva; en el caso de las relaciones lésbicas, las mujeres no analizan sus experiencias para salir del patrón de pasión-sufrimiento-violencia-seducción aprendido de las relaciones heterosexuales hegemónicas.

Parecería que no hay escapatoria a las ofensas en la intimidad, a la violencia intrafamiliar, a los abusos de poder, la discriminación laboral y las comparaciones degradantes entre mujeres. Las experiencias de liberación de las mujeres han puesto sobre aviso al sistema económico patriarcal que recaba parte de sus ganancias en la repetición de patrones de seducción-dominio-gasto masculino y subordinación-gasto para la invitación a la seducción femenino. Para ello, éste ha invertido en la propuesta –que ofrece de manera reiterada, casi obsesiva en el cine, la televisión, la publicidad, el teatro y la literatura- de modelos femeninos dependientes del amor para reforzar la educación de apropiación de los hombres. La divulgación por todos los medios de estereotipos de belleza femenina racistas y clasistas imposibles o difícilmente alcanzables (mujeres blancas, o negras y asiáticas con rasgos occidentales, flacas pero alimentadas, altas, maquilladas y ajenas al mundo social) constituye un bombardeo constante del por qué los hombres tienen el derecho a perpetuar sus modelos de seducción.

De ahí que nueve de cada diez mujeres que se atreven a compartir el relato de sus experiencias de violencia, aun las más extremas, dan cuenta de periodos de seducción que se interponen entre dos sucesos violentos. El muchacho que desaparece de manera injustificada de la vida de una adolescente y tres meses después le envía una rama de flores o llega a su puerta con un libro de poemas para decirle que nunca la ha olvidado, actúa exactamente como el marido que golpea con una plancha a su esposa para luego llevarla llorando al hospital pidiéndole al doctor que la salve porque no puede vivir sin ella.

Las experiencias de estas mujeres (y el reconocer en ellas una parte de nuestras propias experiencias) son las que pueden informarnos de la urgencia de un cambio en nuestra educación afectiva. No se trata de renunciar a la actividad sexual y al afecto (renuncia que gozosamente han asumido muchas de mis amigas, sobre todo las mayores de 50 años) para no tener que renunciar a la propia libertad de movimiento, expresión y reflexión; más bien se trata de ocuparnos de una educación afectiva que no implique que las mujeres se vean forzadas a una actitud determinada por la voluntad de otra persona. Esto es, una educación a experiencias afectivas respetuosas, que produzcan nuevos conocimientos acerca de las relaciones interpersonales, en particular las íntimas, las que se relacionan con el libre ejercicio de las sexualidades y el respeto a los derechos sexuales y reproductivos.

 


[1] Programa de Acción de la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo, El Cairo, Egipto, 5–13 de septiembre, 1994, Doc. de la ONU A/CONF.171/13/Rev.1 (1995).

 

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