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Francesca GARGALLO, “Las mujeres en la Revolución mexicana, un acercamiento a una participación que no se estudia”, participación en un panel con estudiantes, en el marco del curso: Ideas feministas en América latina, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2008.

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Las mujeres en la Revolución Mexicana, un acercamiento a una participación que no se estudia

Francesca Gargallo
Universidad Autónoma de la Ciudad de México

A la memoria de Nellie Campobello, la más entrañable observadora de las relaciones humanas en la revolución, muchas veces olvidada por los hombres que hablan de los escritores de esa epopeya mexicana.

La historiadora Ana Lau[1] es seguramente la mejor especialista en México sobre la historia de las mujeres en la Revolución Mexicana así como la primera intérprete académica del porqué su participación, la colaboración intelectual que tuvieron con los magonistas, los maderistas y los zapatistas, y las ideas que formularon sobre la liberación del país y de sí mismas han sido sistemáticamente silenciadas o puestas en duda por la historiografía mexicana hasta la aparición de una academia feminista en el país.

De ella aprendí que las mujeres fueron activas partícipes de todos los entramados de la vida social y política de ese México que se rebelaba ante la continuidad del régimen de represión de las protestas populares propio del porfirismo, la castrante reiteración de los rasgos coercitivos de las ideologías favorables al proyecto modernizador del dictador zapoteco –fueran éstas el positivismo racista o el catolicismo normativo de la sexualidad y el comportamiento femenino-, y la frustración de la entrega de la minería a manos extranjeras. Investigué entonces el despertar de un particular socialismo, propiamente mexicano, a caballo entre utopismo, anarquismo, indianismo y liberalismo radical, y descubrí la participación de esas intelectuales mexicanas que fueron autoras de importantes proclamas y documentos, como el prólogo al Plan de Ayala, redactado por la poeta potosina Dolores Jiménez y Muro, coronela del Ejército Liberador del Sur.

Durante toda la revolución se fundaron clubes femeniles y las mujeres realizaron servicios de espionaje y transportaron pertrechos de guerra, se alistaron en la Cruz Roja, fueron alimentadoras y acompañantes de las tropas; además disputaron a los hombres la exclusividad del espacio político de la guerra, empuñaron las armas como soldadas y obtuvieron sus grados y ascensos militares. Quedan muchos nombres de soldadas; más de 300 en un primer momento se vistieron de hombres, luego se entrenaron con faldas y con pantalones; a María Arias Bernal, se le conoció con el apodo de María Pistolas; La Valentina era la soldada Valentina Ramírez, a las órdenes de la coronela Echeverría; la coronela Petra Herrera tuvo a sus órdenes un batallón de mil mujeres; la capitana Carmen Robles después del combate de Iguala fue apodada “La Valiente”;  la coronela Rosa Bobadilla dirigió 168 acciones militares; etcétera.[2]

A pesar de ello, las heroínas más conocidas de la revolución Mexicana, aquellas cuyas huellas eran más fá­ciles de rastrear en hemerotecas, archivos y colecciones de fotografías o que habían entrado a formar parte del mito nacional, por lo general eran presentadas por la historiografía oficial de una manera que diluía la fuerza con que cuestionaron las rela­ciones tradicionales entre hombres y mujeres, los cambios que durante la guerra propiciaron en los patrones de conducta genéricos, los papeles de dirigencia que asumieron y su respuesta frente al nuevo intento de sumisión que les deparó la Asamblea Constituyente de Querétaro en 1917.

Editoras de revistas y folletos, activistas políticas, intelectuales, secretarias de dirigentes, oradoras y maestras empeñadas en la obtención de derechos civiles, políticos y aún sexuales, muchas de ellas abiertamente anticlericales, dejaron escritos de sus propias manos que demuestran que la participación femenina no fue esporádica ni reducida a los papeles tradicionales de ayudanta y colaboradora. Documentos y fotografías de la época ratifican que las mujeres fueron sujetos de un movimiento social tan original como plural, que pujaba sea por la mejora de las condiciones de vida y de trabajo de campesinos e indígenas, sea por la libertad de expresión y organización política, sea por la específica demanda de igualdad entre los sexos.

Según varios escritos de su puño y letra, la oposición de algunas mujeres al gobierno de Porfirio Díaz se inició hacia finales de la década de 1880, cuando las mujeres letradas (periodistas o maestras) empezaron a publicar artículos en periódicos y revistas donde tímidamente propugnaban sus derechos. Junto con poemas, cuentos y reflexiones personales, redactaron manifiestos, cartas y so­licitudes donde expresaron sus preocupaciones sociales y buscaron influir en una política a favor de su participación. [3]

Las Violetas del Anáhuac fue un periódico femenino fundado en 1887 y dirigido hasta 1889 por Laureana Wright de Kleinhans (1846-1896),[4] tenaz defensora del derecho a la educación de las mujeres. Por la misma época, El recreo del Hogar, fundado en Mérida por Cristina Farfán; El Album de la mujer, dirigido por la fe­minista española Concepción Gimeno de Fláquer; La Mujer Mexicana, órgano de una sociedad “Protectora de la Mujer”; El Hogar mexicano de Laura Méndez de Cuenca, ventilaron en sus páginas los problemas del sufragio fe­menino, del acceso al trabajo, de la violencia en el amor y de la igualdad de derechos para ambos sexos; periódicos regionales en Oaxaca, Monterrey, Colima y Guadalajara retomaron la iniciativa, generalizando las demandas.[5]

La reacción masculina no se hizo esperar. Contestando los puntos de vista femeninos, los portavoces del positivismo hegemónico manifestaron un pánico agresivo hacia la proliferación de publicaciones de mujeres y las demandas que esgrimían. Empezaron a recalcar que una mujer instruida sólo debía realizarse en la maternidad, contando con los elementos necesa­rios para convertirse en buena madre, ama de casa y esposa. Para los positivistas que Matilde Montoya, Guadalupe Sánchez, Columba Rivera y Soledad Régules hubiesen llegado a ser médicas y María Asunción Sandoval de Zarco y Josefina Arce abogadas, era un desacato al orden natural.  Haciendo alarde de un darwinismo social que se manifestaba como abierta segregación clasista, insistían en limitar la participación social de las mujeres de las clases pudientes a la vida privada, excluyéndolas del ámbito polí­tico, mientras aceptaban que las mujeres de los estra­tos populares transgredieran esa limitación y participaran en la vida económica para ser ex­plotadas.  Según uno de ellos, Andrés Ortega, que las mujeres mexicanas, para las cuales “el pudor es su más rico tesoro”, compartieran la vida de los hombres en las academias implicaba directamente que “lo que se llama torcidamente feminismo” las masculinizara.[6]

No obstante, a principios del siglo XX, el empleo femenino en las ciudades iba en aumento.[7] Un alto porcentaje de mujeres se incorporaba a las labores productivas en fábricas y talleres, se empleaba en trabajos informales como el servicio domés­tico y la venta callejera, o participaba en la enseñanza y la burocracia, creando las condiciones para  el incremento de su participación en asociaciones obreras y sindicatos, en grupos políticos y en los movimientos para de­rribar al gobierno de Porfirio Díaz y su gabinete de científicos.

Al estallar la revolución, su conciencia de la explotación, tanto dentro del hogar como en el trabajo, creció rápidamente, empujándolas a apoyar la causa de la no reelección y el sufragio efectivo así como de la liberación de los trabajadores agrícolas en las haciendas y de los derechos laborales en las fábricas y las minas, con los medios que tenían a su alcance. Fueron soldadas, ma­dres, esposas, hermanas, correligionarias, enfermeras, contrabandistas de armas, intelectuales orgánicas, correos, alimentadoras y espías, participando del movimiento con igual intensidad y compromiso que sus compañeros hombres. Algunas creyeron sinceramente que su participación impulsaría cambios po­líticos que democratizarían las relaciones entre las mujeres y los hombres, haciéndolas finalmente acreedoras a derechos polí­ticos.

 Recordamos los nombres y las acciones que emprendieron: la poeta potosina Dolores Jiménez y Muro (1848-1925) mi­litó en el magonismo, favoreció a Madero y, por último, se unió a Zapata para combatir a Huerta, redactando el Prólogo al Plan de Ayala; Juana Belén Gutiérrez de Mendoza (1875-1942), dueña de un hato de borregos en Coahuila, esposa de un minero y madre de dos hijas, al analizar las condiciones de vida de los trabajadores se convirtió en una crítica acérrima del go­bierno de Díaz, fundó el periódico Vésper cuya imprenta compró vendiendo sus propios animales, y escribió vehementes artículos contra el régimen, siendo perseguida por ello. Juana Belén como maderista primero y como magonista después fundó clubes de mu­jeres y reivindicó positivamente el ser mujer para la creación de un mundo más solidario; su compañera de lucha Elisa Acuña y Rossetti (1887-1946) editó varias publicaciones radicales, como Fiat Lux y La Guillotina; Andrea Villarreal (1881-1963) cono­cida magonista colaboradora de Regeneración, se desem­peñó como correo y enlace de la causa en México y en los Estados Unidos y en 1909 fundó el periódico mensual indepen­diente La Mujer Moderna como órgano del “Club Liberal Leona Vicario”.

Sus escritos muestran una incipiente ideología feminista, pues combinan denuncias y reivindicaciones políticas públicas con demandas de índole privado en lo referente a la emancipación femenina. Lo interesante es que manifestaron ideas muy diversas acerca de los modos y las formas de alcanzar la liberación femenina: no todas estaban de acuerdo con obtener la igualdad con el hombre, pues algunas creían sinceramente en la superioridad moral y práctica de las mujeres en cuanto madres y educadoras.

Las liberales insertas en organizaciones que respalda­ban a Madero, se pronunciaban en documentos donde combatían la reelección de Díaz. A su lado, y rebasándolas por la izquierda, las miles de mujeres de todas las clases sociales que se incor­poraron al movimiento armado, en particular en el Ejército del Sur al mando del general Zapata, participaban de un complejo entramado de relaciones personales y políticas que las llevaría a conocer en los campamentos la pena de fusilamiento para los violadores[8] y el derecho a la palabra en las asambleas públicas.

Su actuación fue tan evidente y destacada que todos los bandos tuvieron que reconocerle algo. Discusiones y alegatos se entablaron durante las reuniones de la Soberana Convención de Aguascalientes[9] para otorgar protección a las mujeres. Los zapatistas, en 1915, emitieron un proyecto de ley sobre el ma­trimonio[10] que preveía el divorcio y borraba el estigma de ilegitimidad para los hijos. Los constitucionalis­tas, por su parte, promulga­ron en 1915 una ley de divorcio[11] y, como veremos después más a detalles, en 1917 la Ley de Relacio­nes Familiares.[12]

Estos proyectos y leyes manifiestan la preocupación que los revolucionarios mostraban para corresponder con algu­nos derechos a la participación de las mujeres y al mismo tiempo llevar a cabo  cambios que contrarrestaran los prejuicios coloniales producidos por la religión católica y las falsas verdades científicas de los positivistas que defendían la separación tajante entre los deberes “naturales” adjudicados a los sexos.

Ahora bien, como toda guerra, la revolución provocó desplazamientos, muertes, violencia sexual y contra la población civil, desmembramientos de núcleos familiares y sociales y hambrunas. Muchas mujeres quedaron desamparadas o con la carga de su familia a cuesta. Para sobrevivir, algunas se prostituyeron, mientras otras fue­ron violadas y sus hogares destruidos. Las “casas de mala nota” proliferaron ya que se abrían burdeles en los pueblos por donde pasaban las tropas; ahí, las mujeres no sólo obtenían alimentos y dinero, sino también un espacio de ambigua segu­ridad, porque si bien en ellos podían encontrar la sífilis, la violencia misógina de los villistas y las peleas de sus clientes, también desde su refugio podían encarar el abuso y las vejaciones propias de una época sin ley.[13]

Con todo, durante la lucha armada algunos papeles femeninos no tradicionales se fortalecieron, por ejemplo el de proveedora, porque muchas esposas, hijas y madres se ocuparon de las tareas de la pro­ducción agrícola mientras sus hombres peleaban, sostu­vieron con el comercio sus hogares en pueblos y ciudades y solucionaron las necesidades cotidianas de los soldados de ambos bandos, cocinándoles y lavándoles la ropa a cambio de una remuneración.

Asimismo, ciertas posiciones feministas se radicalizaron con el reconocimiento de la propia capacidad económica, política y militar. Han llegado a nuestros días documentos que nos permiten conocer las ideas políticas de muchas mujeres, así como sabemos que más de 80 de ellas participaron en 1916 en los dos Congresos Feministas en Yucatán.

En efecto, en un contexto revolucionario y de construcción de una sociedad laica, bajo la égida del gobernador socialista Salvador Alvarado, se llevaron a cabo el Primer Congreso Feminista de Yucatán, realizado en enero de 1916, y el Segundo, en noviembre del mismo año, convocados conjuntamente por las feministas de la localidad y el Gobierno del estado. Las conclusiones de estos congresos constituyen una verdadera plataforma progresista para la época, pues no presentan ninguna perspectiva de defensa de la familia a través de la educación femenina, ni hacen hincapié en la supremacía del valor de la maternidad en la vida de las mujeres. Sus propuestas giraron en torno a la separación del Estado y la Iglesia, la educación laica y de fácil acceso para las mujeres, el derecho al trabajo y a la plena ciudadanía, así como a la enseñanza de métodos anticonceptivos. En la declaración final del congreso de enero, las feministas yucatecas reclamaban al estado que le abriera todas las puertas para librar a la par del hombre su lucha por la vida; además, afirmaron: “Puede la mujer del porvenir desempeñar cualquier cargo público que no exija vigorosa constitución física, pues no habiendo diferencia alguna entre su estado intelectual y el del hombre, es tan capaz como éste de ser elemento dirigente de la sociedad”.[14]

Contradictoriamente, entre uno y otro congreso, en marzo de 1916 la Secretaría de Guerra desconoció de un plumazo a todas las mujeres que habían participado como soldadas y oficialas en la gesta armada, para que no devengaran una pensión.

Igualmente, y a pesar de que en Mérida bajo la égida de un segundo gobernador socialista, Felipe Carrillo Puerto, se eligiera a una mujer como concejal del municipio, tres mil kilómetros más al norte, durante la Asamblea reunida en 1917 en Querétaro para redactar la Constitución que brotaría de una gesta revolucionaria donde habían participado miles de mujeres, se discutieron temas como la educación y los derechos laborales de las mujeres,[15] pero las catorce feministas que alegaron personalmente o por carta que el voto de las mujeres no sería una concesión, sino un asunto de estricta justicia, ya que si las mujeres tenían obligaciones con la sociedad también debían tener derechos, no lograron ser tomadas en serio.[16] Sus peticiones fueron rechazadas sin mucha discusión, bajo el pretexto de que las mujeres se desenvolvían dentro de sus hogares y no les interesaba  participar en los asuntos políticos. El miedo a que el voto atentara contra sus privilegios y contra la “unidad familiar”, llevó a Félix Pallavicini a preguntar, el 26 de enero de 1917, si negar la existencia de un movimiento colectivo interesado en los derechos políticos, para decretar la exclusión de las mujeres, no provocaría “el peligro” de que éstas se organizasen para votar y ser votadas.

Sin embargo, hundiéndose aún más en las contradicciones de una misoginia culposa, en abril de 1917, dos meses después de promulgada la Constitución, el presidente Carranza (cuya secretaria era la feminista y constitucionalista Hermila Galindo) instauró un moderado camino de reformas presidenciales. La Ley sobre Relaciones Familiares, reformaba el código civil de 1870 y declaraba la igualdad de obligaciones y derechos personales entre la mujer y el hombre al interior del matrimonio. Igualmente garantizaba el derecho de las mujeres casadas a mantener y disponer de sus bienes, a ser tutoras de sus hijas e hijos, a extender contratos, a participar en demandas legales, a establecer un domicilio diferente del cónyuge en caso de separación, a volverse a casar después del divorcio y a comparecer y defenderse en un juicio.

Después de esa derrota ligada a la voluntad masculina de devolver a las mujeres a su  servicio personal en el ámbito de lo doméstico, las principales representantes del feminismo en la Revolución siguieron pugnando por la obtención de sus derechos. Constitucionalistas como Hermila Galindo y socialistas como Elvia Carrillo Puerto se unieron en ligas para el sufragio, mientras las anarquistas y feministas radicales como Ana Belén Gutiérrez se desempeñaron en la prensa, la educación y la reivindicación de formas alternativas de maternidad, afectividad y construcción social.

Su ejemplo personal fue determinante para las mujeres de México y de Nuestramérica. Hermila Galindo, por ejemplo, fue tal y como lo vimos al principio y como la mayoría de las revolucionarias mexicanas, un personaje fascinante y una figura histórica olvidada por la historia oficial de su país hasta que el feminismo nuestroamericano la rescató. Nacida en 1896 en Ciudad Lerdo, Durango, a los 15 años se acercó a los opositores del régimen de Porfirio Díaz y se trasladó a la Ciudad de México para trabajar para la causa maderista de reforma política a través de las elecciones y, después del golpe de Victoriano Huerta, en la resistencia militar en su contra. En 1914, formó parte del comité de bienvenida del Ejército Constitucionalista y conoció a Venustiano Carranza, de quien se convertiría en secretaria y consejera política, promoviendo la convocatoria al Congreso Constituyente. Durante los debates constituyentes, en diciembre de 1916, presentó la propuesta de otorgarles el voto a las mujeres. Otras trece mujeres harían lo mismo, pero el Congreso argumentó en su contra que las actividades de las mexicanas habían estado restringidas a la casa y la familia y, por tanto, no habían desarrollado la conciencia política necesaria para no dejarse manipular por los sacerdotes y los conservadores. Finalmente, la Constitución entró en vigor el 5 de febrero de 1917 sin contemplar los derechos ciudadanos de las mujeres. Hermila no se dio por vencida en su lucha por la igualdad entre mujeres y hombres. Inmediatamente, se presentó como candidata a diputada y, aunque no logró ninguna curul, sembró un ejemplo que las mujeres en las décadas de 1920 y 1930 recogieron. Fundó el diario La Mujer Moderna, publicando poemas, cuentos y artículos donde acusaba al poder eclesiástico de contribuir ideológicamente a la subyugación de las mujeres. Asimismo, promovió la educación sexual en las secundarias públicas para liberar a las mujeres de los embarazos no deseados, defendió la educación laica y el derecho de las mujeres a ejercer libremente su sexualidad, sosteniendo que al igual de los hombres las mujeres tienen legítimos deseos sexuales. Esta posición le acarrearía el repudio de los sectores feministas más conservadores. Durante el gobierno del presidente Adolfo Ruíz Cortines, Hermila fue la primera mujer nombrada congresista en México y en 1953 logró finalmente ver incluida en la Constitución la plena ciudadanía de las mujeres, mediante su derecho al voto pasivo y activo. Murió en la Ciudad de México un año después, el 18 de agosto de 1954, casi como si hubiese esperado ver concluida la labor de una vida para poder hacerlo.

De manera aparentemente contradictoria, pero igualmente valiente, la vida de Ana Belén Gutiérrez muestra la misma determinación feminista. Juana Belén nació en San Juan del Río, Durango, el 27 de enero de 1875. Fue una mujer autodidacta que se dedicó al periodismo político de combate por decisión propia, aprendiendo por ello a escribir y a imprimir. Como ya vimos, publicó su propio periódico, Vésper, el cual tuvo varias etapas. Estuvo en la oposición  al gobierno de Porfirio Díaz, primero apoyando a Madero, luego militando en el liberalismo radical con los hermanos Flores Magón. No obstante, con los Flores Magón tuvo varias peleas, por las que, inclusive, fue acusada de “safismo” por Ricardo, lo cual para la época representaba una descalificación política de hecho. Durante la revolución, se unió al Ejército Liberador del Sur del general Zapata, yendo a vivir  a Morelos. Tuvo dos hijas, con quienes dialogaba y participaba políticamente. Al término de la revolución, lejos de quedarse en la ciudad se fue de maestra misionera laica a Zacatecas. Durante los años treinta participó con otras mujeres en los Congresos de Obreras y Campesinas y en el Frente Único Pro Derechos de la Mujer. Durante esa época, junto con Concha Michel, redactaron y publicaron  un opúsculo, La República Femenina, s.p.i. 1936. En él proponían que la liberación femenina debía sustentarse en la propia naturaleza de las mujeres, es decir en su capacidad de creación, y no en la imitación de las actividades masculinas. Algunas de sus ideas se adelantaron 40 años a las corrientes más críticas del Feminismo de la Diferencia, planteando la necesidad de una liberación de las mujeres de los modelos masculinos, más allá de la emancipación y la consecución de una igualdad legal. En su época, esta actitud implicó que no otorgara mayor importancia al sufragio femenino y que por ello fuera acusada de conservadora por las feministas posrevolucionarias, en particular por Elvia Carrillo Puerto, única hermana de Felipe Carrillo Puerto que sobrevivió al fusilamiento de todos los hombres de su familia, y que por su dedicación a la causa socialista fue bautizada la Monja Roja. Ana Belén no le dio la menor importancia a las acusaciones de las sufragistas, siguiendo con su vida de diálogo político entre mujeres. Terminó sus días en 1942, cuando vivía en Michoacán, donde llevaba a cabo un proyecto indigenista de educación para las mujeres.

En diálogo con ella a pesar de ser comunista, Concha Michel  fue un de las primeras mexicanas que viajó a la lejana Unión Soviética y a los países socialistas, compositora de corridos revolucionarios, compiladora de la música popular del México profundo, activista política y militante de izquierda perteneció al Partido Comunista Mexicano desde 1918, aunque criticó las actitudes machistas de sus dirigentes, y más generalmente la misoginia que imperaba en la izquierda. [17] Su amistad con Juana Belén Gutiérrez es un hito de la colaboración entre feministas radicales, más allá de su vinculación a partidos. El libro Dios-principio de la pareja es un texto radical en el que Concha Michel, desde una posición de reivindicación de los valores de las mujeres, postula su programa para erradicar la discriminación contra las mujeres, así como para manifestarse contra todas las opresiones e injusticias. En este libro Concha Michel construyó su filosofía desde el diálogo feminista con Juana Belén Gutiérrez, con la filosofía marxista, el pensamiento de los Rosacruz y la filosofía mesoamericana originaria.

Para concluir, me resta decir que como muchos revolucionarios mexicanos, las feministas tuvieron repercusión en el pensamiento y las acciones de la primera mitad del siglo XX en otros países de Nuestramérica. Así como la poeta chilena Gabriela Mistral fue a México en 1923 para trabajar a favor de la educación pública femenina en la Secretaría de Educación Pública presidida por Vasconcelos, otras mujeres de América Latina fueron a visitar a sus colegas o las invitaron a sus países. Para remitirnos al Ecuador, primer país de América Latina en reconocer el sufragio femenino en 1929, las mujeres laicas que defendían los derechos políticos, culturales y vivenciales de las mujeres, invitaron a las revolucionarias para debatir públicamente sus ideales. Es conocido que cuando la escritora feminista y socialista Zoila Ugarte de Landívar, como presidenta fundadora del Centro Feminista Anticlerical de Quito, en enero de 1930 invitó a la “notable mexicana y atea” Belén de Sárraga a dictar dos charlas en Quito, la iglesia católica local lanzó una furibunda pastoral en su contra y movilizó a los fanáticos y beatas que, al grito de “Al Ejido”, pedían la hoguera para ambas. El clero señaló como Hora Santa la misma en que Sárraga disertaría, para que el pueblo se reuniera en las iglesias a rezar. Lo interesante es que las dos mujeres no se asustaron, siguieron hablando en defensa de la fundamental igualdad social de las mujeres y los hombres y con el ejemplo de su valor lograron que el ejército las defendiera de las hordas católicas.


[1] Ana Lau es una historiadora feminista, comprometida con el rescate del hacer y pensar colectivo de las mujeres de los siglos XIX y XX. Interesada en la actividad política de las mujeres, ha investigado sobre sindicalistas y obreras, y tiene varios libros y artículos sobre las mujeres en la Revolución Mexicana.  Cfr: “Las mujeres en la Revolución Mexicana. Un punto de vista historiográfico”, en Secuencia, Revista de Historia y Ciencias Sociales del Instituto Mora, México, septiembre-diciembre de 1995, vol. 33, pp.85-102; “Las precursoras: mujeres en la oposición porfirista” en “Más allá de la Adelita. Las mujeres en la Revolución”, en Proceso. Bi-Centenario, México, núm. 3, junio 2009; “De cómo las mujeres se fueron a la Revolución” en Bicentenario, El ayer y hoy de México, Instituto Mora, México, enero-marzo 2009, Vol. 1, nùm.3, pp. 52-59; “Las luchas por transformar el status civil de las mexicanas: las organizaciones pro sufragio femenino. 1919-1930”, en Nicolás Cárdenas García y Enrique Guerra Manzo  (coords.) Integrados y marginados en el México posrevolucionario. Los juegos de poder local y sus nexos con la política nacional, Porrúa/UAM-Xochimilco, 2009, pp. 297-347; “Historia de las mujeres, ¿Un nuevo acercamiento al discurso histórico o sólo un suplemento?”, en Patricia González Gómez y Alicia V. Ramírez Olivares,(eds.), Confluencias en México. Palabra y Género, México, Fomento Editorial BUAP, 2007; “El feminismo mexicano: balance y perspectivas” en Liz Maier y Natalie Lebon (comps.) De lo personal a lo político: 30 años de agencia feminista en América Latina, México, LASA/UNIFEM/Siglo XXI, 2006. pp. 181-194; “Expresiones políticas femeninas en el México del siglo XX: el Ateneo Mexicano de Mujeres y la Alianza de Mujeres de México (1934-1953)” María Teresa Fernández, et.al, Orden social e identidad de género. México, siglos XIX y XX,  CIESAS/Universidad de Guadalajara, 2006, pp. 93-124; “El movimiento feminista en México. ¿Una liberación posible?”, en GénEros, Colima, Universidad de Colima/Asociación Colimense de Universitarias/Centro Universitario de Estudios de Género, febrero de 2001, año 8, núm. 23, pp. 18-26; “Una vida singular: Juana Belén Gutiérrez de Mendoza”, en Sólo Historia, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (INEHRM), número 8, abril-junio 2000, pp. 9-14; Mujeres y Revolución, en coautoría con Carmen Ramos, México, INEHRM/INAH, 1993.

[2] Cfr: “La mujer en la revolución”, Publicación mensual de la revista Proceso, Fascículo coleccionable n.3, serie Bi-centenario, México, junio de 2009.

[3] Cartas, escritos y peticiones se pueden encontrar en Ana Lau y Carmen Ramos (compiladoras), Mujeres y Revolución 1900-1917, México, INEHRM/INAH, 1993.

[4] Violetas del Anáhuac. Periódico literario, redactado por señoras, México, Tipografía de Aguilar e Hijos, 1888.  Cfr. Nora Pasternac, “El periodismo femenino en el siglo XIX. Violetas del Anáhuac” en Ana Rosa Domenella y Nora Pasternac (eds.) Las voces olvidadas. Antología crítica de narradoras mexicanas nacidas en el siglo XIX, México, El Colegio de México/PIEM, 1991, pp. 399-448.

[5] Las publicaciones de y para mujeres no nacieron con la revolución. De las lectoras de las primeras revistas de cultura, no he encontrado datos fidedignos, pudieron ser veinte o veinticinco cuando en 1826 el litógrafo Claudio Linati con sus colaboradores Heredia y Galli publicaron El Iris. Periódico Crítico y Literario ;[5] pero del Semanario de las señoritas mejicanas, gracias a sus listas de suscriptores, se sabe que durante 1841 fueron distribuidos más de mil ejemplares en diecinueve estados del país. A pesar de que los nombres de los suscriptores son masculinos en su mayoría, por lo menos un 40 por ciento de los lectores del Semanario, si no más, eran mujeres. Otro tanto distribuyó en 1896 Guadalupe Fuentes, viuda de Gómez Vergara, cuando publicó El periódico de las señoras, pero ahora muchas mujeres pagaban sus suscripciones. Un número menor de subscritoras siguió al director de Panorama, Vicente García Torres, un periodista de signo liberal cuando, entre otras publicaciones, fundó el periódico El siglo XIX, de características políticas generales. Por lo general, las revistas de las mujeres de las elites apelaban a la elegancia, a la capacidad de aprendizaje y la cultura, al nacionalismo de las mujeres, sin desdeñar las referencias a su pureza y su alcurnia; a la vez, introducían a señoras y señoritas al ámbito de la literatura, que se convirtió en una presencia constante en los espacios de convivencia femenina, como el bordado y la costura, y pronto las empujaron hacia una sociabilidad determinada por la lectura y la escritura, como lo fueron las tertulias y, aun, las asociaciones literarias mixtas, importantísimas para el fortalecimiento de las “letras nacionales”. De ninguna manera estas revistas se circunscribieron a las ciudades capitales.  La Violeta. Quincenal de literatura, social, moral y de variedades dedicado a las familias, era editado por las poetas Ercilia García y María Garza González en la nororiental ciudad de Monterrey entre 1887 y 1894, y La siempreviva. Revista quincenal. Órgano oficial de la sociedad de su nombre. Bellas artes, ilustración, recreo, caridad. Redactada exclusivamente por señoras y señoritas, primera publicación mexicana enteramente dirigida por una mujer, Rita Cetina Gutiérrez, y escrita por mujeres salía desde 1870 en la sureña ciudad de Mérida. Las publicaciones de mujeres eran bien vistas por los sectores progresistas aun en provincias consideradas conservadoras. Por ejemplo, el 15 de febrero de 1888, La Violeta publicaba entre otras ocho que le habían llegado a la redacción para felicitarla, una carta de un periódico de Guadalajara, El Espejismo: ““La Violeta”. Así se titula un periódico quincenal escrito por señoritas que vé la luz pública en Monterrey, Nuevo León, y del que hemos recibido dos números. Amantes como somos de la ilustración del bello sexo, felicitamos cordialmente á las redactoras del periódico referido, con el cual establecemos el cambio de costumbre.”. Ese mismo día, El Instructor, periódico de los maestros de Aguascalientes, hacía referencia a otros periódicos de mujeres, entre ellos uno de Oaxaca, La voz de la mujer, “redactado por las Señoritas Rafaela S. Sumano y Leonor Zanabria, que se ha consagrado á la instrucción de la mujer en la clase proletaria”.

 

[6] Andrés Ortega, “El feminismo. Discurso pronunciado por el Sr. Lic. D. Andrés Ortega en el acto de ser recibido como socio en la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, el jueves 13 de junio de 1907”, en Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, México, 5a. época, Tomo II, 1907, p.333., en  Ana Lau y Carmen Ramos, (Introd. y Compilación), Mujeres y Revolución …, op. cit, pp. 91-100.

[7] En 1895  había 183 293 mujeres empleadas en actividades fabriles y en 1910 el número había ascendido a 199 287. Cfr., Vivian Vallens, Working women in Mexico during the Porfiriato, 1880-1910, San Francisco, R&F Research Associates, 1978.

[8] Más tarde, en los debates del Congreso Constituyente esta experiencia llevó al proyecto del artículo 22, que proponía la pena de muerte para el violador, y que fue desechado junto con las demandas de sufragio femenino.

[9] Florencio Barrera Fuentes, Crónicas y debates de las sesiones de la Soberana Convención revolucionaria, México, INEHRM, 1965, 3 vols.

[10]  “Proyecto de ley sobre el matrimonio” en Martha Eva Rocha, (Comp.) El Album de la mujer. Antología ilustrada de las mexicanas. El porfiriato y la Revolución, México, INAH, 1991, vol IV, (Col. Divulgación), p. 268.

[11] En Ana Lau y Carmen Ramos (Comps), Las mujeres…, op. cit., pp. 311-326.

[12] Ibidem, pp. 327-349.

[13] Cfr., Martha Eva Rocha Islas, “Nuestras propias voces. Las mujeres en la Revolución Mexicana”, en Historias, México, Dirección de Estudios Históricos del INAH, octubre 1990-marzo 1991, núm. 25, pp. 120-121, y Francisco l. Urquizo, Recuerdo que…, México, INEHRM, 1985.

[14] Luis Vitale,  Historia y sociología de la mujer latinoamericana, Editorial Fontamara, Barcelona, 1981, p.48.

[15] Y, de hecho, en el artículo 3 se estableció la educación laica (que liberaría a las mujeres de la influencia de la iglesia católica) y en el 123 se dispuso que el salario mínimo fuese igual para mujeres y hombres, así como una jornada laboral de 8 horas, la protección a la maternidad y la prohibición de trabajos insalubres y peligrosos para las mujeres y los menores de 16 años. Sin embargo, los intentos de reformar el artículo 22 para decretar  la pena de muerte por el delito de violación y el 34 para reconocer la ciudadanía de las mujeres, fueron rechazados.

[16] Esta tesis, muy parecida a la de Olimpia de Gouges en su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana (“si la mujer puede subir al cadalso, debe poder subir a la Tribuna”) fue sostenida, entre otras, por Hermila Galindo, feminista radical que en Yucatán había alegado por el reconocimiento de la sexualidad femenina y se había pronunciado por la reforma del Código Civil con el propósito de eliminar la discriminación de las mujeres. En 1918, se postuló como candidata a diputada y cuando el Colegio Electoral no le reconoció que había obtenido la mayoría de los votos, exhibió el atropello ante la opinión pública.

 [17] Gracia Molina-Enríquez y Carmen Lugo Hubp,  Mujeres en la Historia, Historia de Mujeres, Ediciones Salsipuedes, México, 2009, p. 315.

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