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Francesca GARGALLO, “Un mural de ires y venires”, Huajuapan de León, 31 de julio de 2008.

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Un mural de ires y venires

Francesca Gargallo

 

Huajuapan de León, 31 de julio de 2008

 

Ondula en semicírculos que integran colores. Acopla el blanco de tres caballos desbocados a los rojos densos de matices de las sangres y los fuegos de la conquista y la pasión. Encabalga el revuelo de las telas de faldas y blusas de mujeres, las banderas que el viento precursor de la muerte despliega, el necesariamente presente grupo de notables, los deportistas en su algarabía de acciones e uniformes, el músico y la poeta. Ondea, caracolea el corazón del mural frontal del Palacio Municipal de Huajuapan de León, alrededor de su puerta de oro, la esculpida boca de la serpiente originaria. Asimismo está contenido a los lados por dos imágenes verticales, idílica e ingenua en los orígenes la Ceiba que duplica el cuerpo erecto del joven padre mixteco, casi enmarcado por los símbolos y escrituras de un mundo americano originario, y densa de movimientos circenses y una expresión desencajada -¿parodia del comics recuperado por el arte fronterizo californiano?- la final escena del circo de la vida donde mueren los sueños y se retratan las expresiones de un divertimento amargo- risa forzada, ritual gesto de saludo del migrante del sur, impulso del cuerpo que sube al trapecio.

José Luís García se ha tardado veinte años en terminar el mural que lo titula definitivamente el pintor de su ciudad. Veinte años durante los cuales ha transitado de una paleta de aguas y aires al manierismo de la sobreposición de colores calientes, ardientes casi, hasta llegar en la frialdad de las pinceladas de un solo verde o un blanco circular rodeado de carboncillo a la expresión de una época contemporánea tan cool como lo es la necesidad de unos pantalones holgados y la mano agarrada al fajo de dólares.

Veinte años en la vida de un pintor inquieto, un apasionado recorredor de los mundos de la imagen y los materiales, dejan marcas que pueden leerse en la pérdida de la ingenuidad originaria y en la exhuberancia demostrativa de estilos y habilidades (puerta de estuco dorado en hoja, bajos y altorrelieves en cerámica, afán integrativo del arte en escritura braille). El experto retratista que con sanguínea y carboncillo ataca el telón de tierras amarillas del teatro de la vida, en el muro que se divisa desde las escaleras internas del palacio municipal, para reproducir la soledad de los cuerpos y las edades, la infancia y la vejez del andar con la propia indumentaria por una Mixteca que engloba triquis y tacuates, hilanderos y tejedoras, cargadores y mulas, es el mismo colorista que mezcla los metales pesados y óxidos a la cera virgen de abeja, el copal y el aceite de espliego para perfumar y fijar las imágenes que deben verse en un continuo histórico desde la plaza central de Huajuapan, bajo un sol implacable que borraría los tintes naturales, el caracol púrpura y la grana cochinilla, preferidos por García para su obra de caballete, minimalista y abstracta como un trazo sobre la arena o un glifo cuya capacidad de lectura se haya perdido.

Hay placer en demostrar la propia habilidad y una generosidad de tiempos y espacio público en la elaboración de los que fuimos y lo que somos. Por tres meses, tres veces a la semana, durante dos horas por la mañana y dos por la tarde, los tres mejores alumnos de todas las escuelas primarias de Huajuapan de León han llegado a la plaza donde José Luís, Lola, sus dos hijos y los tres ayudantes les han enseñado cómo dejar la huella de sus manos, de sus pies y de sus fantasías en la terracota. Ahora, cocidos en los hornos de las artesanas ceramistas que se han reunido en la asociación Polvo de Agua, esas marcas del estar en el mundo de niñas y niños como danzantes del arte neolítico de todos los continentes, esas manos extendidas que sostienen estrellas y ríos, se han convertido en los ladrillos de la base de una obra que también puede leerse en sentido vertical, de abajo hacia arriba, geométricamente dispuesta.

Al servicio de una narración de hechos que recorren el tenue hilo que une y separa el mito de la cientificidad histórica, según una propuesta implícita a todo mural, las expresiones pictóricas acumuladas en los veinte años que van de los inicios de la obra, a mediados de la década de 1980, a 2008, y sobre todo durante los quince años de suspensión, durante los cuales José Luís García pasó de copiar las imágenes de sus conciudadanos y de los árboles de la Mixteca, a recorrer el neoexpresionismo alemán, el realismo costarricense, las diversas expresiones de los artistas mexicanos, la recuperación un tanto cínica de las obsesiones francesas por el arte “local”, pues las expresiones pictóricas de José Luís se explayan con cierta grandilocuencia en los colores más densos de la pasión de un Cristo que no sólo cumple con los milagros que el pueblo le encomienda, sino que también encarna el arte, la pasión individual que se hace regalo público, el esfuerzo que se logra en la esperanza de sobrevivir.

No obstante, es en los colores tenues, los blancos y los aires y las aguas, donde se manifiestan las diferencias actuales ante los orígenes de una pintura que se volcaría entera sobre la imprimitura del muro, como en los papeles más variados, y las telas de algodón coyuche y lino. José Luís García nunca ha jugado con su pintura, parecería más bien que se ha buscado constantemente a través de ella, en un afán de infinito que involucra a todas las personas que lo rodean. Es un perfeccionista que ha boceteado su proyecto en más de 200 metros cuadros de papel. Un buscador que recorrió los rincones de su tierra para divisar rostros distintos. Un llenador de cuadernos, servilletas, papeles arrancados, que carga tintas y muele tierras en los molcajetes que hasta ese momento sólo habían molido el nixtamal de las tortillas que alimentan su espíritu. Por ello, quizá, los colores del edén que hace veinte años todavía poblaban su mente se han hecho densos, dejando el llamado del caracol al aire, y cargándose de revuelos, de síncopes, de una cierta ansiedad desconocida a su pintura inicial. Como si un afán de excelencia lo devorara, José Luís ha perdido en sus tonos más ligeros la simpleza fecunda del agua que corre. Ya no hay mundos incontaminados en su paleta, el aire mismo carga la densidad del desperdicio contemporáneo, la sobre posición neobarroca de elementos distintos. Universal desde que ha vuelto a la Mixteca para ver en ella lo que no divisaba antes de irse, una fiebre de éxito cosmopolita devora la estudiada composición de los cuerpos de sus conciudadanos cuando posan para el pintor-amigo que interactúa con la ciudad desde los andamios. José Luís se traiciona, se castiga y renace en la entrega suprema: lo bello alcanzado por la pérdida de la paz.

Sufrido y ansioso, el pintor se relaja en la investigación histórica, cuando puede explayar la ironía que sostiene las imágenes de una narración que no responde a la realidad sólo si quiere ser escuchada en clave de bondad inexistente. Antonio de León era un aprovechado que le quitó el apelativo de República de Indios a la Ciudad que bautizó con su nombre. Su rostro, hierático y falso como el de una moneda, se pierde entre las imágenes de un pueblo capaz de verdadera heroicidad. La independencia adquiere así el rostro de una mujer mestiza, de pelo crespo como una afrodescendiente, tez morena y nariz prominente y fuerte. Por supuesto está sola, pues debe congregar a los héroes a través de su presencia.

 

 

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