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Publicado también en: Francesca GARGALLO, “México: el racismo que no se nombra”, en Masiosare, suplemento del diario La Jornada, n. 413, 19 de noviembre de 2005, http://www.jornada.unam.mx/2005/11/19//mas-gargallo.html

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México: el racismo que no se nombra

Francesca Gargallo

 

Nadie en México admite ser racista, así como nadie quiere verse más oscuro de lo que un canon no dicho de aceptación social exige. Según el Consejo Nacional para prevenir la Discriminación (Conapred), 40% de los mexicanos está dispuesto a organizarse con otras personas para solicitar que no se establezca cerca de su comunidad un grupo de indígenas. Y es lógico, pues 43% opina que los indígenas tendrán siempre una limitación social por sus características raciales.

La declaración del presidente Vicente Fox sobre los trabajos que ni los negros quieren, declaración de la que nunca se retractó, demuestra el vergonzante racismo que todos padecemos.

¿Qué es el racismo para que la mayoría de las personas se sientan intimidadas frente a su sola mención? La Real Academia ofrece dos definiciones: “exacerbación del sentido racial de un grupo étnico, especialmente cuando convive con otros”, la primera; y “doctrina antropológica o política basada en este sentimiento y que en ocasiones ha motivado la persecución de un grupo étnico considerado como inferior”, la segunda. Dicho de esta forma, el racismo parecería algo casi limpio, libre de connotaciones económicas, de género o de acceso a los servicios públicos. Peor aún, una especie de locura o de fobia, individual o colectiva: una “enfermedad” de la que ninguna persona es plenamente responsable.

Por ello, una amiga en París pudo soltar durante una cena: “De Bush puede decirse cualquier cosa, menos que sea racista. Mira que nombrar a una mujer negra en la Secretaría de Estado…”. Según ella no existe razón alguna para llamar racista a un presidente que redujo los fondos para la manutención de los diques de Nueva Orleáns: fue un mal cálculo económico que sería tendencioso relacionar con el hecho que la capital de Luisiana estaba habitada precisamente en 80% por población negra y pobre.

Las dos definiciones tampoco explican el racismo que no se nombra en México. No hay corriente o partido político que reivindique algún tipo de superioridad racial y la oficial definición de México como país mestizo acalla cualquier exaltación de un grupo étnico. No obstante, es indudable que los habitantes de los 62 pueblos indios y las minorías negra y asiática de México sufren discriminación, invisibilización, pauperización y difícil acceso a los servicios públicos como consecuencia de una discriminación racial tan difusa como negada.

Durante el Foro Regional de México y Centroamérica sobre Racismo, Discriminación e Intolerancia, que se llevó a cabo en la ciudad de México en noviembre de 2000, Ariel Dulitzky afirmó que la discriminación racial es negada en América Latina y que este afán por ocultar, tergiversar o encubrir el racismo dificulta las medidas efectivas que pueden tomarse en su contra. La igualdad, sea racial, de género, étnica, religiosa u económica, dista aún de ser vista en la región como un requisito esencial y fundacional de la democracia. Todo acto de racismo es, por lo tanto, negado -“aquí no estamos en Europa donde queman a los migrantes”-, interpretado -“decir que los indios no tienen cultura no es racismo, es que no tienen acceso a la escuela”- o justificado -“sí, se les metió a la cárcel, pero no entendíamos qué decían, no hablan español”.

Los chistes, en México, ridiculizan todos los grupos raciales y étnicos que no sean el mayoritario o el de elite (blancos ricos), subrayando algunas de las características propias de su condición de marginados. Al mismo tiempo que no puede verse un solo comercial televisivo o cartel publicitario en el que aparezca un bebé o niño de rasgos indígenas, ser indio es sinónimo de ser inculto y portarse como ranchero es demostrar timidez o poco savoir faire; los negros se cenan entre sí y nadie puede diferenciar a un chino de otro. Todos los lugares comunes del racismo están comúnmente en nuestras bocas y no hay familia que no esgrima un abuelo español, una tía inglesa o un primo francés para subir de categoría social.

El mestizaje encubridor

Mestiza es la persona que nació de madre y padre con fenotipos distintos o pertenecientes a etnias de culturas diversas. En México y Centroamérica es la persona hija de europeo y amerindia, aparentemente sin preferencia hacia ninguna de sus raíces. No obstante, el mestizaje encubre una gran mentira, la de la armonía entre grupos étnicos y raciales gracias a la violencia sexual colonial, que sigue siendo cimiento de las jerarquías de género y de raza en la actualidad. De hecho, el papel de las mujeres indígenas y negras es rechazado en la formación de la cultura nacional; la desigualdad entre hombres y mujeres es erotizada; y la violencia sexual contra las amerindias y negras ha sido convertida en un romance, como en el caso de Cortés y la Malinche. Según la brasileña Ángela Gilliam, a este conjunto de prácticas culturales, a la vez sexistas y racistas, se le podría llamar en América “la gran teoría del esperma blanco en la formación nacional”. Quizá por eso entre los mestizos ser güero es poder reivindicar un padre o bien creerse superior, hermoso y con derechos.

Al fin y al cabo, conquista, colonización y racismo han sido indisociables y la cultura colonialista no ha desaparecido con la independencia política. La violencia es hija de esta tríada que hambrea, mata y ofende por segregación.

El colombiano Carlos Arocha Rodríguez insiste: la idea que todos somos mestizos, todos somos café con leche, todos tenemos sangre indígena o negra, impide el desarrollo y la identificación de grupos raciales específicos. Mientras este mito se utiliza para impedir el desarrollo de identidades y reivindicaciones propias, no se le utiliza para conseguir mayor grado de igualdad e integración social. La ideología oficial del mestizaje transforma a la diversidad en invisible, niega el derecho al disenso y permite, al mismo tiempo, la exclusión de todos aquellos que quedan fuera de la norma del mestizo. De hecho, aunque todos seamos mestizos, a los más blancos les va mejor.

En México, el mestizaje fue una “invención” de los liberales criollos cuando, al finalizar la guerra de Independencia, tuvieron que construir al “ciudadano” para no reconocer a los pueblos indios ni su protagonismo ni sus derechos ancestrales, que eran incompatibles con el proyecto capitalista. Mestizo era alguien que no se identificaría con lo indio, a la vez que era descartado como blanco. Desde entonces, el imperativo categórico de los que querían llegar lejos era el de “mejorar la raza”, que se traducía en “casarse con una güerita”. Hoy la Iglesia católica ha venido a reforzarles el poder de la confusión: ha beatificado al indio Juan Diego, cuyo retrato oficial lo muestra tan barbado como un español.

Según Sueli Carneiro, las que podrían ser consideradas historias o reminiscencias del periodo colonial permanecen vivas en el imaginario social y adquieren nuevos ropajes y funciones en un orden social supuestamente democrático que mantiene intactas las relaciones de género -según el color, la raza, la lengua que se habla y la religión- instituidas en el periodo de los encomenderos y los esclavistas.

La extensión y perdurabilidad de estas prácticas, que acompañan el mito de la democracia racial de los mestizos, llevan a que la población en general esté poco dispuesta a explicar las disparidades sociales en términos de inequidades raciales, prefiriendo las explicaciones basadas en disparidades económicas. La primera Encuesta Nacional sobre Discriminación en México, de 2005, revela que uno de cada tres mexicanos opina que lo único que deben hacer los indígenas para salir de la pobreza es no comportarse como indígenas.

En 1994, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial de la OEA observó que México “no parece percatarse de que la discriminación latente que padecen 56 grupos de indígenas (…) queda comprendida en la definición de discriminación racial… Es inadecuada la descripción de la difícil situación de esos grupos como una mera participación desigual en el desarrollo socioeconómico”. Amnistía Internacional hoy ratifica que en la base de las desapariciones, invasiones de tierras, encarcelamientos arbitrarios, violencia contra las mujeres, pobreza y baja escolaridad en las zonas indígenas de México está el racismo.

La justificación de la discriminación por motivos de clase antes que de raza es un corolario de la premisa de la democracia racial y la máscara ideológica de las sociedades monolíticamente mestizas, con sus supuestas ausencias de prejuicios y discriminación. Si existe armonía racial porque hay sólo una raza (la mestiza), todas las diferencias deben explicarse en función de la pobreza, estatus social, educación. Nunca debe inferirse que la ausencia o escasez de servicios públicos a una determinada comunidad por su pertenencia étnica sea el factor que provoca su baja escolaridad, pobreza y marginación. Según Dulitzky, el sólo planteamiento de la cuestión racial es visto como algo foráneo mediante el cual se procura traer al país problemas que pertenecen a Estados Unidos (modelo del odio racial frente al que todas las demás organizaciones sociales deben ser comparadas).

El racismo en pocas palabras

El dirigente maya Genaro Serech Sem describe al racismo en estos términos: “una creencia, una imaginación de las diferencias creadas en provecho de los explotadores contra el pueblo maya, para justificar sus privilegios y agresiones. El racismo en su esencia expresa prejuicios desfavorables, repugnancia, miedo, desconfianza, desprecio, hostilidad y odio hacia el pueblo maya, como mecanismo para esconder el estado de dominación, opresión y explotación que se ha cometido contra nuestro pueblo”.

Nueve de cada diez indígenas entrevistados por el Conapred opinan que en México son discriminados por su condición, que tienen menos oportunidades para conseguir trabajo y para ir a la escuela que el resto de las personas. Dos de cada tres aseguran que son nulas las posibilidades de mejorar sus condiciones de vida y que no se les respetan sus derechos. A uno de cada cinco se le ha negado trabajo por el simple hecho de ser indígena.

La mayoría de los representantes indígenas del país, al hablar de racismo, enumeran las discriminaciones de sus prácticas culturales, religiosas, médicas y jurídicas, en el plano educativo y en el acceso a la salud, así como la opresión por parte de las autoridades, en particular el ejército y la policía, y las invasiones de sus tierras por parte de ganaderos. No faltan las denuncias de genocidio y de encarcelamiento de indígenas en Oaxaca, como “forma habitual del sistema social y político”.

En general, las personas que no aceptan la existencia del racismo en México, frente a las denuncias indígenas y sus reivindicaciones de autonomía, aluden a la resistencia de los indios a la igualdad, les exigen que se vuelvan “mexicanos”, que se porten como mestizos oscuros, sin sus indumentarias, sin su historia, sin ninguna dignidad, como hijos del avasallante universalismo colonizador con el cual los racistas se identifican.

En México, la población indígena se concentra en el centro y sur del país. En 803 municipios hay 17 mil localidades eminentemente indígenas que, por su tamaño y dispersión, por el desinterés de la federación y el desvío de recursos, cargan con elevados grados de pobreza y aislamiento, carencias de servicios públicos y escasa comunicación. Resienten de manera grave las consecuencias de la descapitalización del campo, la falta de inversión productiva, los altos niveles de erosión del suelo, la escasa o mala calidad de la educación pública y la ausencia de servicios médicos. Las comunidades negras de Oaxaca, Guerrero y Veracruz padecen de los mismos males y, como las indígenas, son culpadas de ser sus causantes.

El racismo en la vida cotidiana

Recuerdo la impresión que me provocó hace unos diez años haber llegado a la farmacia de Huejuquilla el Alto, Jalisco, atiborrada de personas que esperaban ser atendidas. Fui llamada de inmediato al mostrador. Cuando dije que había muchos antes que yo, la dueña me explicó que los demás eran huicholes, es decir indios. Todavía lamento no haber tenido el coraje de aguantarme el dolor de muelas y salirme.

Lorenza Gutiérrez, de Huechapan, una comunidad mixta de Puebla, recuerda que en la escuela las niñas se diferenciaban por su ropa, por la lengua que hablaban y por cómo se peinaban, aunque el color de la piel y el tamaño eran iguales. Durante toda la primaria, cada día, una de sus compañeras de salón le jaló las trenzas para ver cómo se aguantaban las indias. Hoy participa en organizaciones productivas de mujeres y afirma que la verdadera condición de indio es la de pobre, más aun “aquí sólo el indio pobre es indio”.

En mayo de 2005, un domingo por la mañana, Juanita Pérez Martínez, tojolabal de Las Margaritas, Chiapas, tuvo un día libre durante un taller para mujeres indígenas que se impartía en la ciudad de México. Decidió salir a pasear con tres compañeras con quienes se encontró en Tacubaya. Desde que se subieron al metro, la discriminación se hizo patente y adquirió varios matices de racismo: un grupo de jóvenes que iba rumbo a Chapultepec se mofó de ellas por su indumentaria; dos hombres mayores les instaron para no demorarse en las escaleras mecánicas; una señora les gritó desde el andén opuesto que necesitaba una sirvienta y se ofendió cuando le contestaron que no buscaban trabajo. Una vez en Xochimilco, a la más joven de ellas el lanchero intentó seducirla y hasta la jaló de un brazo; cuando ella se alejó con sus amigas, el hombre le gritó “india fea” y “desagradecida”.

En 1986, el antropólogo Iván Gomezcésar, en el centro de San Cristóbal de las Casas, saludó a unas muchachas tzotziles que se disponían a vender dulces caseros en el suelo de la plaza; poco después, un grupo de muchachitos coletos les arrebató sus mercancías, frente a la mirada indiferente de dos policías, para desafiar al “chilango” que fraternizaba con los indios. Poco después, esperando hacer una llamada, vio como en una farmacia vendían a los hombres formados en fila “Aceite Huapo”, un veneno en forma de alcohol, para que se envalentonaran y “hablaran castilla”.

Al hoy filósofo tzotzil Miguel Hernández, quien habla y escribe tzeltal y chol además de su lengua, al inscribirse en primaria le dijeron que no sería capaz de aprender nada porque no era “hombre de razón”, pues no se expresaba en español.

No vayamos más lejos, todos hemos escuchado a alguien así: la mamá en el restaurante al niño que acaba de tirar la botella de refresco: “šNo seas indio!”. El padre de familia explicando al compadre que por las tareas que desempeña le pagan muy mal: “Trabajo como negro”. La vendedora en la farmacia convenciendo a una clienta que la crema es realmente blanqueadora: “Se va a ver como güera”. La joven saliendo de la maternidad donde fue a conocer al recién nacido de su mejor amiga: “Lástima que sea morenito”. La clasemediera entrada en años atrincherada detrás de su parasol en la playa: “Es que el sol me hace daño, me quedo renegrida como costeña”. La mujer en la peluquería: “Si tengo pelos en las piernas es porque no soy india”.

Frente a actitudes como éstas (cualquier persona que quisiera abrir ojos y oídos podría percibirlas a su alrededor, pues son cotidianas), es evidente que seguir diciendo que en México no hay racismo es la mejor forma para no enfrentarlo y seguirlo tolerando. La discriminación como determinante de la pobreza y la desigualdad es un tema obviado; ya es hora de afirmar que es un verdadero impedimento para la vida democrática.

 

 

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  1. Excelente aporte de esta sutil y a todas luces evidente manera de vivir el racismo, la discriminación. Es eso y no otra acepción para tales ejemplos. Que bien que sea para puntualizar la realidad que no queremos muchos mirar. Sin duda hace falta decirlo con toda claridad como en este texto.

    • Mirar el racismo, describirlo, no regodearse con él, evitar los chistes, reflexionar sobre su historia, verlo en las curricula escolares, en la elección de las autoras que leemos, en los estereotipos de moda que nos proponen… todas debemos pensar cómo superarlo, acabar con él

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