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Escribir como placer del deseo y como frustración del tiempo

Francesca Gargallo

México DF, 22 de octubre de 2006

Hay una palabra en italiano sumamente liviana, que en mis oídos sigue sonando como un brinco, como una repentina mañana de sol en el mes de abril: ragazza, muchacha. Deriva del árabe ragaz, bailarín.

En esa lengua, como en muchas otras aunque no de forma tan explícita, la juventud y la danza se asocian, convirtiéndose en una categoría de lo humano que nada tiene que ver con la triste y pseudocientífica palabra adolescente. De hecho, en mis fantasías de escritora, una ragazza y un ragazzo son personajes felices; ninguna autora les negaría alguna cuita de amor, pero los haría capaces de ir en bicicleta de un pueblo a otro, de buscar una vestimenta que ponga en evidencia un cuerpo que se individualiza en el deseo, de estudiar y sobre todo de desplazarse por la vida sobreponiéndose a los horrores de la guerra, las ambigüedades de los designios adultos, las traiciones de la política. Como gotas de rocío en las hojas de un olivo, los ragazzi pueden caer al suelo, pero brillan en el instante que están en el aire como esos bailarines de pueblo capaces de sentir la música desde la planta de los pies.

Yo siento mucho que haya tan pocos ragazzi en la vida cotidiana de las ciudades, sólo triste adolescentes vestidos como ejércitos de uniformados multicolores y sufrientes de faltas que endilgan como culpas a los demás.

Yo fui más una adolescente que una ragazza, de hecho bailo muy mal y la música, a menos que no esté tocada en vivo o que salga de un aparato ubicado lejos de mi estudio, me molesta. Más bien, me satura. Detesto desde siempre las tiendas departamentales por muchos motivos políticos, económicos y de trato vital, pero temo que uno de los iniciales proviene del malestar infantil por su música idiota, constante y mamarracha, que me llevaba a visualizar señoras con el pelo recogido, la sonrisa congelada, el perfume por encima del vestidito de seda con el cual salían a la calle, mientras manoseaban camisetas de nylon al son de violines, se probaban zapatos con un fondo de Mozart electrónico y no veían a nadie, ni a la vendedora, convertida en empleada y por ello mismo despojada de personalidad, ni a las demás infelices de su hato empujado por el pastor mercado.

Cuando en los años setenta, desde una izquierda más bien libertaria, una serie de ragazze se convirtieron en feministas, yo me acerqué a ellas porque no vestían extraños sostenes que dibujaban tetas puntiagudas bajo sueteritos de angora. Sobre todo no se teñían el pelo y eran lujuriosamente morenas, como la verdadera  humanidad. Usaban ropa que recordaba comodidades de bailarina en calentamiento o de nadadora invernal tras la cruzada del canal de la Mancha. Unas pintaron sus bicicletas de rosa, otras exigieron entrar a estudiar ingeniería, todas nos empezamos a reunir con otras mujeres. Fui ragazza con ellas, di brincos tan osados que ningún bailarín pudo recogerme jamás.

    Nuestra actividad era principalmente la de darle nombre a todas las cosas que nos rodeaban, a todas las relaciones sociales, a nuestros sentires, malestares y felicidades. Como Adán en el paraíso, las feministas íbamos nombrando la vida guiadas por la divinidad, sólo que ésta era colectiva, era un Nosotras escrito con mayúscula.  Todas teníamos historias terribles que recordar: padres violentos, miedos en la calle, acosos en las escuelas, denegaciones de trabajos, ofensas, obligaciones, pero a la par todas teníamos ganas de brincar. Y de hacerlo sin una acartonada coreografía que nos pretendía objetos en las manos de hombres que nos lanzaban, nos recogían, nos daban vueltas. Bailar como brujas una música de aquelarre, con unos címbalos de toque  más antiguo que el del saber que se aprende en escuelas organizadas para el orden capitalista del mercado y las familias consumidoras de los hombres. Éramos las más rebeldes, porque dejamos de creer que la modernidad era algo bueno.

Yo escribía desde siempre, es decir desde que en primero de primaria me obsequiaron el instrumento de mi expresión resumido en unos signos con los que todo puede decirse. Pero hasta el feminismo escribí mi tristeza de niña mayor en cuentos donde la única luz era el deseo de quedar huérfana, o poemas adolescentes a hombres que no existían y encarnaban a la vez el deseo y su rechazo. De hecho, hasta mi experiencia feminista a los diecinueve años, lo único realmente feliz que escribí fueron unos versos a una compañera de escuela que a los trece años aparecía como una hada por la ventana del salón de química que daba al jardín. Sus pasos, la esbeltez escurridiza de su figura, su larga trenza negra que descansaba en una espalda recta provocaron versos que desgraciadamente cayeron en manos de una monja que me reportó a la dirección y ésta a mis padres y éstos a una psiquiatra y ésta a un encierro sin cuadernos ni lápiz que me impulsó a escribir con los dedos sobre el polvo y con una pluma imaginaria en el aire.

Cuando conocí a las feministas, me gustaban los hombres, pero no los soportaba, y a los pocos que amaba no los deseaba, pero ellos se sentían ofendidos de que yo quisiera ser “sólo” su amiga. Las otras ragazze eran infinitamente más inteligentes que los hombres y yo siempre he sido dominada por la pasión por la inteligencia.

Con ellas cambió el repertorio de mis lecturas, aprendí a moverme por las calles sin miedo, recuperé deseos de viajar enterrados desde las amenazas familiares, pero sobretodo me sentí libre de estudiar lo que quería, de buscar sin la obligación de encontrar, de desplazarme por el saber y de escribir desde otro lado, uno que inventaba sobre la marcha, con lo que caía en mis manos y lo que inventaba la caldera de mis pensamientos. Empezaron a nacer personajes reconstruido con partes de Safo y de Simone de Beauvoir, de fantasías cósmicas y críticas existencialistas, de danzas brutales despertadas como la primavera por las estridencias de Strawinsky y deseos carnales. Personajes que dejaban sus casas, que si sufrían lo hacían hasta el fondo, que se recuperaban de los golpes de la vida, que morían con todas su gente en el intento.

¿Era un acto de felicidad escribir en ese entonces? No creo que más que ahora, aunque la danza feminista ha sido horriblemente coreografiada por mujeres que repiten el patrón de la masculinidad. No creo que menos que ahora, aunque con la edad la conciencia de la muerte y la pérdida se vuelve una experiencia tangible.

Escribir sigue siendo para mí una necesidad, y como tal un empuje y un límite; a la vez, deseo, horizonte, vuelo y ansiedad, dolor, dificultad. No puedo hacerlo sin mi cuerpo de mujer que me lleva a experienciar fantasías y realidades, a visualizar el horror de la destrucción de la madre tierra como si cada espantosa carretera asfaltada fuera una costra sobre mi propio cuerpo, a imaginar relaciones sin violencia, tan placenteras como una taza de té por la mañana temprano.

Claro está que escribir es también frustración.

Y voy a hablar de la frustración. Yo sí estoy convencida que sin el empuje inicial de algo que a falta de mejor palabra llamaré inspiración no hay escritura, es decir que sin el impulso de narrar una historia que como un pelotazo cruza frente a tu puerta no hay motivos para ese entrenamiento cotidiano, constante, esforzado que es la escritura en sí. Ahora bien, la inspiración viene del vacío, de la libertad del tiempo, del aburrimiento que empuja a la fantasía.

Para inspirarme yo necesito de tardes sin nada que hacer, de silencio, del inmenso correr del viento sobre las rocas y las arenas de desiertos que se expanden frente a mi vista, del sonido de los pasos sobre la tierra. También la mar sirve, siempre y cuando no sea imaginada como una frívola playa de veraneo: yo no sé imaginar infierno peor que Cancún, por ejemplo. Y lo digo en sentido personal y ecológico, porque ya no puedo separar los dos niveles de comprensión.

Carecer de ese tiempo libre que nace de la no imposición de deberes autoasumidos es lo que más añora mi deseo de escribir. Es donde encalla la palabra sin inspiración. Donde mi cuerpo detiene el orgasmo de la fantasía para embridarlo en la parcelación del tiempo de clases, de ensayos académicos, de presentaciones de libros, de conferencias.

Creo que la escritura es deseo y, por lo tanto, política. Política de la vida enfrentada al status quo del determinismo. La escritura es además instrumento de recuperación de lo vital, lo histórico entendido como una decisión colectiva que puede desviar el rumbo de lo previsto desde el poder. Por ello, jamás pensaré que la frustración de una escritora está en no poder vender su obra a editoriales que se parecen a tiendas departamentales con su nauseabunda musiquita de fondo: por el pasillo número uno ciencia ficción, en el dos novelas de amor con todo y compact disc, los clásicos en el cuatro, cinco y seis. Contaré por qué salí para no volver de una de ellas: la directora de ventas a rajatabla espetó que a ella no le importaba si escribía yo bien o mal, porque me convertiría en un personaje que vende de cualquier forma.

No, la frustración no está en la denegación de la fama como capacidad de mercadeo. Es estropeo del derecho al tiempo para imaginar. Es falla del deseo. Es ese desengaño por la vida que te invade cuando la noche te alcanza en el metro de regreso a casa sin haber hecho otra cosa que trabajar, cuando has escuchado las excusas de decenas de estudiantes tan hartos como tú del reloj y de los gastos de colegiaturas, comidas escolares, vestimentas juveniles, cuando vives la responsabilidad no como una forma de amor y libertad sino como una dictadura.

La frustración que como escritora vivo al no poderme dormir con las gallinas y despertar con el sol (yo soy un ser totalmente diurno, obligado por glamour y socialidad a desvelarse) es distinta a la de mis madres y abuelas, pero puede llegar a callar mi boca como lo hizo con las suyas. La prisa occidental, eso es la simbólica del reloj, de la compra de diversión, del consumo de originalidades, de la rapidez como sinónimo de una belleza convertida en prueba de eficiencia, es el nuevo instrumento del mercado global para golpear por igual a las artistas, las campesinas y las madres, denegándole el tiempo de la duda, la prueba y los afectos que es el tiempo necesario para de repente levantarse y dar un brinco de ragaz, de bailarina de la vida.

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