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Francesca Gargallo, “A 40 años del primer cuestionamiento de la maternidad por las feministas en México”, conferencia para el ciclo de mesas redondas 40 Años de feminismo en México, 1971-2011, abierto al público en general y organizado por Debate Feminista. Corresponde a la mesa “Lo que ató”, que se realizó en la Casa de las Humanidades de la UNAM, Coyoacán, Ciudad de México, el 18 de mayo de 2011.

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A 40 años del primer cuestionamiento de la maternidad por las feministas en México

Francesca Gargallo

 

Repasar  la historia del feminismo es siempre un hecho muy grato. En tiempos de estudios de género y de evaluaciones de proyectos, recordar cómo las mujeres hemos sido capaces de organizarnos de forma espontánea para dotarnos de nuestros métodos y fines, sin obedecer a ningún criterio externo, para lograr nuestra liberación y romper con un sistema global y totalitario de control sobre nuestros cuerpos -su libertad de movimiento y sus derechos al placer- y sobre las elecciones que tomamos al respecto, nos ofrece una bocanada de aire fresco. Y quizá nos vuelva a inspirar…

El 9 de mayo de 1971, hace 40 años, cuando yo tenía 14, me reunía con mis amigas a la salida de la escuela y vivía lejos del México de la represión de los estudiantes y trabajadores críticos, cuando los socialistas gobernaban en Chile y los rusos habían invadido Checoslovaquia, cuando Rossana Rossanda escribía en Il Manifesto denunciando el machismo de la política y sus horarios masculinos (también los de los dirigentes del movimiento estudiantil de 1968), cuando Angola y Mozambique luchaban contra el colonialismo portugués, cuando en las universidades y las escuelas se pensaba en la educación de masa y se actuaba la autogestión en el diseño de los propios planes de estudio y cuando surgían grupos feministas de un nuevo tipo, que desechaban la idea de emancipación e igualdad con el hombre, para decirle al mundo que entre mujeres podían volver a nombrar la realidad en femenino y actuar en consecuencia (para darnos una idea, grupos como el muy politizado Mujeres en Acción Solidaria, de México), pues el 9 de mayo de 1971 sucedió algo espectacular.

Quinientas mujeres que se nombraban feministas, que tenían entre 17 y 45 años, que habían actuado en sus casas, en sus lugares de trabajo, en sus estudios, en sus relaciones amorosas, para lograr que sus amigos y sus enemigos no se rieran de ellas cuando hablaban de la liberación de las mujeres, cuando cambiaban las llantas ponchadas de sus autos, cuando construían con serrucho y martillo sus libreros, cuando aprendían a conducir las motos, cuando hablaban en femenino, cuando se enojaban por los piropos callejeros y las miradas lascivas de los hombres que las querían devolver a las casas donde maltratarlas sin ser juzgados y cuando denunciaban la violación como un acto de odio y la maternidad como una imposición social que no tiene nada de natural… quinientas mujeres se dirigieron a las 12 del día al parque Sullivan de la Ciudad de México, en cuyo frente campea una pesada estatua art déco conocida como el Monumento a la Madre.

Y ahí se manifestaron, un día antes del día inventado por el periódico Excélsior y la tienda departamental Palacio de Hierro como Día de la Madre (inventado para contrarrestar el avance de las mujeres que cuatro décadas antes manifestaban su sufragismo post revolucionario, pues durante el gobierno de Cárdenas, muchas de las feministas de principios del siglo XX creyeron sinceramente que obtendrían ese derecho al voto activo y pasivo que la Asamblea Constituyente de 1917 les había negado con el pretexto que la política no era de interés para las mujeres, a pesar de su masiva participación en el proceso revolucionario).

Un día antes de ese día que desquicia las calles, las tiendas y los restaurantes de México, quinientas feministas dijeron que la maternidad no es natural, que es una opción en la vida de las mujeres, y reivindicaron su derecho al aborto libre y gratuito en caso de quedar embarazadas contra su voluntad.

Han pasado 40 años desde ese día memorable en que las feministas mexicanas empezaron a deshacer el mito de la mamacita que nos quiso antes de conocernos (como si fuera posible querer a alguien que no se conoce). Y con eso reivindicar que las mujeres somos y podemos ser muchas cosas más que madres.

En el resto del mundo, el feminismo se manifestaba masivamente en las calles de París, Roma, San Francisco, Berlín, Nueva York. Lo intentaba también en Santiago, Buenos Aires y Bogotá, pero en América Latina, eran increpadas por sus “compañeros”, hombres revolucionarios que las acusaban de querer romper la unidad del pueblo en su lucha contra el capitalismo por reivindicaciones pequeñoburguesas. Los curas católicos por primeras vez se hicieron eco de las condenas de los comunistas. Y los secundaron médicos, legistas, padres, maridos y otras alimañas.

Pero las mujeres, tercas como indios, jugándose la vida en un acto como ellos, a sabiendas que no tenían más chance que ese, se encogieron de hombros ante sus reclamos, y se reunieron entre sí, nombraron el mundo en diálogo entre mujeres, fundaron revistas, invadieron las universidades. En pocas palabras, hicieron de su autonomía de los partidos, de las iglesias y los estados, la forma de rebelarse al status quo misógino del patriarcado en el que estaban (y están) inmersas. Se lanzaron al mundo generando desde el seno de su movimiento ideas y modos que no eran sujetos a los criterios establecidos desde fuera de su estar entre mujeres.

En unos años de algarabía y propuestas múltiples, su rebelión alcanzó lo cotidiano y se volvió parte del modo de vivir de una entera generación de mujeres. Entonces el estado, garante de los derechos de los privilegiados, ya no la pudo impedir y, en vez de reprimirlas, intentó gobernarlas.

En México, lo hizo antes que en otros lados. En 1975 el estado mexicano, ese estado priista que durante 70 años tapó las más brutales represiones con un discurso sui generis que apelaba a los valores revolucionarios para no permitir la manifestación de nada que le fuera extraño, clamó por la ayuda nada menos que de la Organización de las Naciones Unidas y con ella se hizo cargo de las primeras jornadas mundiales sobre los derechos de las mujeres, para mediatizarlas.

Muchas feministas se manifestaron en el escenario que levantó la ONU en México para dar inicio a la primera Década de la Mujer. Por primera vez una lesbiana, la poeta Nancy Cárdenas, se hizo portavoz del derecho a una sexualidad no determinada por la relación con un hombre para las mujeres; las mujeres trabajadoras de los sectores populares no reconocidos se hicieron presentes en la voz de Domitila Chungara; antropólogas, médicas, amas de casa manifestaron su malestar ante el acoso cotidiano de un sistema que las discriminaba en masa, sin distinciones.

De inmediato, el estado mexicano respondió concediendo a las mujeres mexicanas el derecho a pasar su nacionalidad a las hijas e hijos, aunque los tuvieran con un padre extranjero y fuera de las fronteras nacionales. Nada mal, considerando que un derecho parecido las italianas y las francesas lo lograrían más de una década después y las suizas no lo tienen aún hoy en día. Pero poca cosa considerando el reclamo de las feministas a una vida digna; y, sobre todo, cosa peligrosa porque instaló la práctica que los gobiernos pueden conceder a las mujeres algo a cambio de regular sus demandas y reconducir sus movimientos a la gobernabilidad.

Quince años después, el movimiento feminista mexicano no existía más. En su lugar, las feministas se habían dispersado en un sinnúmero de Organismos No Gubernamentales, asociaciones, grupos de servicios, escuelas, organizaciones sociales y otras instituciones de y para las mujeres que recibían dinero a cambio de implementar políticas sociales que servían al estado para reconducir a las mujeres a los objetivos del estado.

Claro está, que esto implicó que el estado hiciera concesiones, que ofreciera equidad entre los sexos, perdón entre los géneros (se me olvidaba, para reconducir a la razón a las mujeres el sistema fue muy hábil: así como logró que el lenguaje político desterrara la terminología que remitía a la lucha de clases apelando al concepto gramsciano de sociedad civil, hizo que el lenguaje feminista dejara de hablar de los antagonismos entre mujeres y hombres y recondujera a las mujeres a la relación con el hombre, relación social, por lo demás, generalizando la categoría feminista de “géneros” –gender, en inglés- que de hecho las volvía a invisibilizar). En fin, que el estado pusiera a las mujeres a trabajar para autojustificarse o autoinculparse de sus males.

Mientras… Bueno, en los últimos 24 años en México han sido asesinadas por mano de hombres 36.000 mujeres, pero si las feministas nos atrevemos a denunciar el feminicidio generalizado e impune que esto significa, los medios de comunicación masiva y los politólogos y los especialistas por ellos invitados a opinar sobre nosotras, nos responden que tal cosa no existe, que las mujeres mueren en menor cantidad que los hombres en el clima de violencia en que estamos todos sumergidos.

Hoy en día, dado el retroceso que las mujeres experimentamos en nuestra buena vida y que se evidencia en la trata masiva de jóvenes y niñas para la prostitución forzada, en la impunidad con que la justicia confronta la violencia y los asesinatos de las mujeres, el hecho que la derecha se venga sobre nuestro derecho a tomar decisiones soberanas sobre nuestros cuerpos y castiga la obtención del aborto legal en la Ciudad de México condenando a las mujeres fértiles de 17 estados a llevar a cabo un gestación aún en casos de violación, riesgos para la salud e incompatibilidad con el propio proyecto de vida, hoy en día siento el despertar de un nuevo feminismo autónomo.

Jovencitas y viejas activistas que se negaron al contubernio con la gubernabilidad del “género femenino”, están volviendo al diálogo entre mujeres. Les vale un bledo que en Chile las académicas hablen de “feminismo sin mujeres” y que las financiadoras presionen para que en los encuentros feministas las y los transgéneros sean considerados del “género femenino”. Ellas vuelven a sus cuerpos, los escuchan, reconocen su historia en ellos. Las que aman sus menstruaciones y las que las detestan intercambian sus sentires, intercambian sus conocimientos acerca de la fabricación de toallas de tela no desechables, dialogan acerca de la medicalización forzada de sus ciclos vitales.

Los pequeños grupos de feministas, muchas de ellas de la periferia de las grandes ciudades, hijas de la migración del campo o desempleadas fabriles, y también universitarias que quieren expresarse contra la lógica que pretende que los estudios son una especie de carrera para cumplir con cuotas de egreso y no la posibilidad de construir y adueñarse del propio saber, todas ellas manifiestan su molestia antes las carísimas reuniones que las especialistas de género realizan en los grandes hoteles de las ciudades capitales o turísticas. Se reúnen en una sala, reacomodan un garaje, se hacen de una cafetería solidaria y, sobre todo, se niegan a comprar su comida sólo en lugares donde puedan emitirles una nota fiscal: le compran a la señora de al lado, buscan las cooperativas agrícolas femeninas para tener acceso a productos ecológicos y baratos. Ante el recorte de sus tiempos que ha implicado el trabajo en las condiciones impuestas por el neoliberalismo, dialogan por internet y planean sus reuniones como un día de fiesta.

En Chihuahua, las madres de las mujeres asesinadas junto con feministas que reivindican el derecho a una vida libre de violencia como primer paso para una liberación de nuestros cuerpos en el espacio público y privado, se enfrentan al estado, le reclaman derechos y acciones, a la vez que se juntan y reconfiguran sus modos propios de ser mujeres. Así, en todo el país, y a pesar del baño de sangre en que está sumergido, las mujeres de los más diversos grupos vitales empiezan a ver en las políticas sociales que el sistema dominante les ofrece como limosna algo que no les gusta; eso es, empiezan a ver las políticas sociales como lo que son: un mecanismo sustancial de la modalidad renovada de dominación mundial del capital transnacional, donde gobiernos, Banco Mundial, ONU, alianzas militares internacionales, Fondo Monetario Internacional, ONGs y organizaciones que promueven las políticas sociales están coludidos de una forma u otra para gobernarlas.

Hoy las mujeres vuelven los ojos a lo obvio: no somos una masa indefinida, no tenemos derechos por nosotras mismas, no somos todas iguales y los privilegios de los hombres y de todo aquello que se asocia con la masculinidad no han sido tocados. El surgimiento de diversas formas de feminismos autónomos entre las jóvenes de las barriadas urbanas y de los pueblos indígenas habla muy bien de la insumisión de las mujeres.

Por supuesto, la pertenencia a un pueblo o a una nación originaria es condición para la acción feminista tanto como lo es la pertenencia a cualquier estado nacional. Las mujeres no inician un proceso de lucha por sus derechos, reivindicando su cuerpo, su imaginario, su espacio y sus tiempos en la revisión total de la política porque son francesas o mixes, mexicanas o mapuches, suecas o zapotecas, sino porque un sistema que otorga privilegios a los hombres, y a lo que considera proprio de ellos, las oprime. La acción feminista es una confrontación con la misoginia, la negación y la violencia contra el espacio vital de las mujeres, que emprendemos cada vez que nos reconocemos en el espejo una de la otra y dialogamos entre nosotras.

En otras palabras, a 40 años de ese histórico 9 de mayo de 1971, cuando 500 mujeres se dirigieron al Monumento a la Madre en la Ciudad de México reclamando el derecho a una maternidad libre y voluntaria, el feminismo sigue siendo una acción del entre-mujeres ahí donde el entre-mujeres es mal visto, menospreciado, impedido, es objeto de burla o de represión. El feminismo hoy como hace 40 años es un acto de rebeldía al status quo que da pie a teorizaciones y a muchas prácticas.

Las mujeres occidentales trabajando por sí mismas en colectivo han impulsado esos cambios sobre sus derechos al estudio, el trabajo, la participación política que hoy los estados occidentales intentan adjudicarse y, al hacerlo, mediatizar o cooptar. Pensar que el mundo occidental, el capitalismo, el cristianismo (o la laicidad construida sobre sus parámetros), son más favorables a las mujeres que la vida comunitaria en la reivindicación de su reconocimiento es una falacia, implica negar la movilización feminista y constituye la marca de un pensamiento colonizado o de un afán colonizador.

 

 

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