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Francesca GARGALLO, “Sexismo”, en Horacio Cerutti Guldberg (director), Diccionario de filosofía latinoamericana, Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe (antes Centro Coordinador y Difusor de Estudios Latinoamericanos), UNAM, 2000, http://www.cialc.unam.mx/pensamientoycultura/biblioteca%20virtual/diccionario/sexismo.htm

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Sexismo

Francesca Gargallo

SEXISMO. En América Latina se utiliza sobre todo como sinónimo de machismo, entendido como rechazo violento o desinterés y menosprecio por todo lo femenino. No obstante, se trata de una categoría elaborada por el feminismo internacional de los años sesenta, con analogía a la palabra racismo, para definir el orden político y simbólico que construye el modelo de lo humano con un sexo, discriminando al otro.

El sexismo es el conjunto de prácticas sociales que mantienen en situación de subordinación y explotación a un sexo, valorando positivamente al otro. El sexo que sufre el menosprecio sistemático en todos los ámbitos de la vida y las relaciones humanas es el femenino.

El desequilibrio sexual del poder, la represión de la sexualidad femenina y la división del trabajo por sexos son las manifestaciones más evidentes del sexismo. La sexualidad femenina es tan menospreciada en las culturas sexistas que sólo se le define como la contraparte de la actividad fálica. Asimismo, la división sexista del trabajo utiliza la función de cada sexo en la procreación para condenar a las mujeres a actividades repetitivas y ahistóricas consideradas naturales, y respetar la socialización del trabajo masculino.

Las culturas sexistas reconocen valor sólo a las actividades remuneradas. Las carreras, cargos y profesiones clasificados para hombres y para mujeres, se diferencian no tanto por su nivel de responsabilidad sino por la desigualdad de salarios y, por lo tanto, de reconocimiento.

En el lenguaje, el sexismo se manifiesta en refranes, insultos, proverbios, chistes y piropos que rebajan el cuerpo y la vida de las mujeres, sus pensamientos, actividades y relaciones afectivas. El mestizaje latinoamericano, construido sobre la apropiación del cuerpo de las americanas por parte del conquistador europeo, ha construido a una terminología denigrante del mestizaje como fruto de una violación. Por ejemplo, el término chingar en México significa violar y los mexicanos se insultan entre si llamándose “hijos de la chingada”.

Asimismo, la estructura profunda de las lenguas neolatinas sustentan la idea de que el modelo es el hombre; el género masculino domina siempre sintácticamente. “Parece que directa o indirectamente, el hombre ha querido dar su genero al universo, como dio nombre a sus hijos, a su mujer o a sus bienes. El peso de esta condición en las relaciones entre los sexos en el mundo, en las cosas, en los objetos, es inmenso” (Irigaray, 1992: 29).

La antropología de las mujeres, al definir el sexismo como una “economía política del sexo”, lo engloba en la categoría de sistema de sexo-género. El sistema de sexo-género es “el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, y en el cual se satisfacen esas necesidades humanas transformadas” (Rubin, 1976: 97). Es la transformación de una diferencia biológica en desigualdad social. Para las comunicólogas, simbólicamente esta desigualdad se convierte en un androcentrismo u orden simbólico falogocéntrico, el cual implica que en “la actual civilización únicamente hay sujetos sociales masculinos; no pueden haber mujeres reales, porque el sujeto sólo existe y se piensa a partir de la diferencia sexual producida por el narcisismo del pene y su discurso” (Hernández y Mendiola, 1995: l 16).

Según la filósofa Celia Amorós, el sexismo es una ideología que influye en el discurso filosófico de dos maneras: a) como condicionante inmediato del modo como la mujer es pensada y categorizada en la sistematización filosófica de las representaciones ideológicas, y b) como condicionante mediato de la mala fe de un discurso que se constituye como la forma por excelencia de relación conscientemente elaborada con la concreta historicidad del hombre y procede a la exclusión sistemática de la mujer de ese discurso. La ideología sexista se manifiesta, por lo tanto, en las formas que emplea el discurso filosófico para escamotear la humanidad plena de las mujeres, convirtiéndolo en un discurso limitado, “resentido de la falsedad que lleva consigo la percepción distorsionada de la misma, precisamente para un discurso que se pretende a sí mismo el discurso de la autoconciencia de la especie” (Amarás, 1982).

Bibliografía

Amorós, Celia. “Rasgos patriarcales del discurso filosófico: notas acerca del sexismo en filosofía”, en Hacia una crítica de la razón patriarcal, Antropos, Madrid, 1982. Hernández R., Ma. Adela y Mendiola, Salvador. Apuntes de Teoría de la Comunicación, UNAM, México D. F., 1995. Irigaray, Luce. Yo, tú, nosotras, Cátedra, Madrid, 1992. Rubin, Gayle. “El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo”, Nueva Antropología, vol. VIII, núm. 30, México D. F. noviembre de 1986. Sau, Victoria. Un diccionario ideológico feminista, Icaria, Barcelona, 1981.

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  1. hola, no entiendo muy bien, este fragmento “Asimismo, la división sexista del trabajo utiliza la función de cada sexo en la procreación para condenar a las mujeres a actividades repetitivas y ahistóricas consideradas naturales, y respetar la socialización del trabajo masculino”
    ¿de qué manera el trabajo asalariado crea y hace análoga la relación entre procrear para definir las actividades del trabajo?

  2. El trabajo de la procreación ha sido considerado en el sistema sexista hegemónico un trabajo que necesita de atributos de dedicación, falta de remuneración. Ha sido básicamente naturalizado, es decir se le han quitado adrede de la definiciones de la historia: ensayo, aprendizaje, transformación, voluntad; estas misma definiciones de la historicidad humana han sido atribuida solo a los trabajos y pensamientos de las personas que no se dedicaban a la reproducción, básicamente hombres y monjas

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