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Francesca GARGALLO, “Creía soñar despierta: la erótica literaria analizada en Ellas y nosotras. Estudios lesbianos sobre literatura escrita en castellano de Elina Norandi”, texto leído en la presentación de este libro (E. Norandi (coord.), Ed. Egales, Barcelona, 2009, 202 pp., ISBN: 978-84-92813-09-4), en Ellas Nosotras Espacio Cultural, Ciudad de México, 12 de agosto de 2010.

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Creía soñar despierta: la erótica literaria analizada en Ellas y nosotras. Estudios lesbianos sobre literatura escrita en castellano de Elina Norandi

Francesca Gargallo Celentani

 

En el México antiguo, vivieron más de 200 naciones que, junto con sus lenguas, tenían diferentes enfoques de lo que son las mujeres, los hombres y sus múltiples sexualidades. Al lado de los machines tenochcas y los rígidos texcocanos, capaces de matar a una reina por adulterio y apedrear a un hombre por homosexual, los mayas tuvieron prácticas  que recuerdan la variedad de modalidades de vida amorosa contemporánea, los zapotecas consideraban que mujeres y hombres representaban las esferas de lo femenino y lo masculino sin por ello inscribirlos en cuerpos de genitales masculinos o femeninos, y los totonacas vivían sexualidades distintas según los momentos y apetitos de sus vidas. Sobre la base de una dualidad que abarcaba todos los aspectos de la realidad cósmica, había pueblos que contraponían el día y la noche, el calor y el frío, lo húmedo y lo seco y otros que los combinaban en las más variadas formas de complementariedad. No todos ellos escribían, de los pocos que lo hacían durante la Conquista se quemaron sus libros, y seguramente la narrativa occidental, que se sostiene en los mitos tríadicos de las lenguas indoeuropeas, no tenía similitud con las formas de narración mesoamericana. De manera que no sabemos nada de las literaturas eróticas mesoamericanas y tenemos que reinventar historias de efebos, viejitos de pito parado y amigas que se besan y acarician de los dibujos de los vasos y ollas de cerámica que han llegado a nuestros días.

Y como se necesitan más de mil palabras para explicar una imagen, y todas las palabras son interpretaciones que se hacen en el presente de la hablante, mejor nos abocamos a leer la literatura erótico-amorosa que nosotras producimos hoy en esta lengua colonial que hemos transformado en nuestra.

Nos urge en efecto seguirle los pasos a la poética de Concha García, quien exige a sus versos sembrar las semillas de una ritualidad femenina en las oquedades y briznas de un día que en el patriarcado nunca llegará para las mujeres, pero que ética y eróticamente sacraliza el “yo te necesito” de una mujer por otra mujer. Gracias a María Castrejón, en efecto, descubrí que esa falla que mis actitudes abrían debajo de los pies míos y de mis maestros en el tránsito de la infancia a la juventud, tuvo en mi contemporánea cordobesa Concha García la fuerza de una revelación profunda de vida y una universalidad expresiva del tamaño de toda la sexualidad femenina reprimida cuando se libera. Y me sentí en sus versos, me sentí en la diferencia de su literatura.

No nos hagamos ilusiones, mientras las mujeres no ganemos lo mismo que los hombres y la sociedad persista en sus morales sexuadas racistas y clasistas, ninguna escritora será reconocida y alabada como los perpetradores de las poéticas patriarcales, mujeres u hombres que sean. No obstante, los esfuerzos para vernos, visibilizarnos, de-patologizarnos y de-generarnos que encontramos no sólo en la fuerte y clara literatura de Cristina Peri Rossi, cuando habla de la performatividad de su género u objetiva el cuerpo de la amada para transformarlo en una iglesia en penumbra, sino también en quien la estudia y reconoce como una constructora de las formas de decir el deseo sin por ello asentarse en el poder, como Nora Almada, nos informan sobre qué somos capaces de declarar como seres humanas que se construyen su propio derecho a ser.

Gracias a la compilación e introducción a los nueve estudios que componen Ellas y Nosotras. Estudios lesbianos sobre literatura escrita en castellano (Egales Editorial, Barcelona-Madrid, 2009, pp. 199), de Elina Norandi, con quien comparto la idea que la escritura lésbica escrita en castellanos no puede interpretarse desde teorías elaboradas en otros ámbitos lingüísticos, y que por lo tanto no podemos reconocer nuestros anhelos en la literatura lesbiana anglosajona ya que todo sistema de género se elabora a partir de economías del sexo que se expresan en las lenguas de los pueblos que las actúan (hieródula no es lo mismo que puta, por ejemplo, y tortillera es una definición que acepto sólo desde que las mujeres la re-significamos); pues gracias a esta compilación, finalmente tenemos acceso a un diálogo entre nosotras, donde las otras son las imágenes literarias que nos clasifican, a la vez que las mujeres que no son capaces todavía de reconocer la presencia histórica de las lesbianas.

No es casual que el libro se abra con una serie de retratos en sepia realizados por Angie Simonis acerca de las imágenes literarias de las lesbianas españolas a principios del siglo XX: ahí se lee cómo los hombres y las mujeres escriben, describen y leen a las mujeres que no corresponden a las normas de la matrimonialidad y reproductividad que toda sociedad patriarcal impone. Por lo tanto, tenemos acceso a leernos como transgresoras por el sólo hecho de ser lectoras de las palabras que nos permiten construir un contraesterotipo, un sujeto cuyas experiencias vitales constituyen la base de su identidad político-erótica. Simonis nos señala el derecho que tenemos a saber que este contraestereotipo tiene una historia, que desde Ramón Gómez de la Serna y Ángeles Vicente hubo miradas de simpatía hacia las relaciones homoeróticas y afectivas entre mujeres. A la vez que nos demuestra cómo, a principios de siglo y ahora, son las mujeres que estereotipan a otras mujeres y sancionan literariamente a las transgresoras, como Carmen de Burgos, las que pueden tener un acotado éxito en el mundo del imaginario patriarcal.

Luego vienen las identidades elaboradas por la poesía de Gloria Fuertes, de la que Elena Castro describe los subterfugios vitales para nunca negarse como lesbiana y sobrevivir escribiendo durante la dictadura franquista, gracias a su capacidad de mirarse en el mundo sabiéndose diferente; el análisis muy butleriano que Nora Almada elabora de los versos de Cristina Peri Rossi; la brillante descripción que de la cama como lugar de determinación y símbolo de la maternidad milenaria hace María Castrejón [“La cama. Yo nací en una cama antigua. Era la de mi bisabuela”, se lee en Miamor.doc de Concha García]; la revisión que de las identidades nacionales, de género, literaria y sexual de la narradora, confesora, lectora y amante argentino-catalana-española Flavia Company hace Meri Torras, quien subraya la importancia de dejarse seducir por la lectura de una mujer capaz de expresar su deseo inscribiendo en la mirada de la narradora una corporeidad activa, azarosa, hecha de infidelidades a todo modelo, de ironías, de interconexiones insospechadas, que se confronta a la pasividad de la novela de género anclada en los modelos narrativos del siglo XIX.

El sexto capítulo es un abordaje de la propia Elina Norandi a Las razones de Jo de la escritora catalana Isabel Franc. Confieso que la lectura de esa novela, que me regaló Norma Mogrovejo hace unos años, a mí me permitió hacer las paces con mi infancia, cuando una tía solterona siempre me comparaba con la independiente, intelectual y rabiosa Jo de Mujercitas de Louisa May Alcott, personaje con quien yo misma amaba compararme, pero a la que no perdonaba haberme traicionado al casarse. La definición de “cancelación del patriarcado” con que Norandi describe la estrategia narrativa de Isabel Franc, quien con el seudónimo de Lola Van Guardia publicó también, entre 1997 y 2002, la muy exitosa trilogía barcelonesa de  Con Pedigree, Plumas de doble filo y La mansión de las tríbadas, es cuando menos seductora. En efecto, según Norandi en la escritura de Isabel Franc los hombres, su mundo simbólico y su presencia pública, no dan miedo, no existen, no determinan lo que las mujeres hacen con su cuerpo, sus secretos, su sexualidad, sus trabajos y sus acercamientos a la política; pues los hombres son sólo los responsables de una desfachatez cotidiana que obliga a las mujeres a no bajar la guardia. Inspectoras como la madrileña en Barcelona Emma García, casas para turismo campirano sólo para mujeres, deportistas, bailarinas, parejas lesbianas, protagonistas maduras, jovencitas, grupos feministas, configuran el espacio de una narrativa que revisa críticamente la transformación de la realidad protagonizada por el feminismo.

Les siguen la apropiación que de las parodias narrativas de Jennifer Quiles hace María Ángeles Toda Iglesia, con su nombre ad hoc para el ejercicio (así como el de los personajes Luci Fer, Lago Manso y Zorra de la novela Rápida Infernal de la propia Quiles); el estudio de Jackie Collins sobre la importancia de la seguridad individual en el desarrollo de una narrativa de “ambiente” en la obra de Libertad Morán, quien al revelar la realidad social de las marginadas frente a la clase dominante da un lugar destacado a la politicidad de las mujeres como sujetos de deseo; y, finalmente, la rareza lesbiana como poética de un contexto latinoamericano que, según Violeta Barrientos, se ve transformado y liberado gracias a las creadoras. El estudio de Barrientos se centra en la poesía de autoras recientes que tiene como tema central la relación lésbica y plantea que todo texto de poesía lésbica no sólo es erótico y sexual, sino también político, aunque este aspecto fundamental no es siempre voluntario.

El libro culmina con un índice bibliográfico de la literatura lesbiana en lengua castellana elaborado por Thais Morales que tiene el acierto de llevarnos por una pista sobre la cual podemos encontrar muchos más indicios –es decir, libros, poemas, obras- que los apuntados por la autora y que nos introduce en el mundo de las todavía poco conocidas editoriales gays y lesbianas que existen en América Latina y en el país español.

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