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Publicado también en: Francesca GARGALLO, “Amamantar o de los placeres de la maternidad”, en Todas, suplemento de Milenio, Ciudad de México, 10 de mayo de 2010, http://impreso.milenio.com/node/8764955

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Amamantar o de los placeres de la maternidad

Francesca Gargallo

Francesca y Helena - Foto: Colección de FG

Para quien la haya experimentado no hay lugar a duda que la succión de los pezones, sea por la boca de una hija/o o de un/a amante, despierta una serie de sensaciones placenteras y excitantes que, al incrementarse el tiempo de la succión, pueden llegar al orgasmo, de no ser que, en sí, constituyan un orgasmo.

Los senos -en particular los pezones- y los labios son zonas erógenas reconocidas. Muchos amantes proceden, en sus juegos sexuales, desde la estimulación oral de los pezones hasta el amamantamiento, y en algunas parejas lésbicas el amamantamiento mutuo es una expresión familiar de afecto. ¿Será por ello que en esas décadas sexófobas de la posguerra mundial algunos médicos y psiquiatras muy estrictos recomendaban no tocar a las y los bebés y no alimentarlos naturalmente en aras de una supuesta educación higiénica? ¿O era porque había que vender los nuevos productos lácteos deshidratados?

Los médicos sexófobos se parecían bastante a esos teólogos medievales, tan metidos en la vida cotidiana de las personas obligadas a creerles, que llegaron a postular que el o la recién nacida, cuando aúlla de hambre, peca de concupiscencia y había que castigarla retardándole la alimentación materna. A quién castigaban la teología y la medicina sexófoba: ¿a la madre, a la hija/o o a ambas?

Todavía en la actualidad se mantiene escondido lo que toda comadrona sabe: que el circuito neuro-hormonal del placer y del orgasmo es el mismo que el del parto y la lactancia. Está regulado por las llamadas “hormonas del amor o de la felicidad”: las endorfinas, la oxitocina y la prolactina, cuyo objetivo es convertir los procesos reproductivos en fuente de placer, bienestar y comunicación profunda. Desgraciadamente, tenemos tan reprimidos y encorsetados el placer y la sexualidad que muchas parejas con hijas/os recién nacidas/os se abstienen de la succión de los pezones como práctica erótica por miedo a invadir el campo del sagrado deber de la reproducción con un juego sexual libre de la expresión coital obligatoria.

La condena bíblica “¡parirás con dolor!” ha provocado que muchas mujeres occidentales identifiquen todo lo que tenga que ver con la maternidad con el padecimiento, esfuerzo, sufrimiento, pérdida de la libertad, gordura y limitación. No amamantan porque son mejores esposas que madres, porque dicen no tener leche, porque creen que son incapaces de alimentar a sus hijas/os, porque no quieren que sus tetas hinchadas las delaten como cuerpos gozosos, porque siguen patrones de indumentaria social y se pierden el placer del dejarse arrastrar por un cuerpo que goza y es capaz de sentir comunicación, contacto, descubrimiento, placer, amor, conocimiento, vinculación.

Propongo condenar toda aquella ciencia, teología, ideología o moda que prive a las mujeres de un placer y revisar uno de los mayores goces de la maternidad: el amamantamiento.

Amamantar es un acto de amor que involucra por lo menos a dos personas, sea desde la perspectiva de la lactancia materna sea desde la perspectiva erótica. La lactancia materna es la forma más sana y primaria de alimentación de los recién nacidos de la especie humana. La leche es un alimento ideal para su crecimiento y desarrollo, y la cercanía que durante el amamantamiento se establece entre la madre (o la persona que amamanta: un nodriza, por ejemplo) y la niña o niño ejerce una influencia afectiva inigualable, así como la posibilidad de desarrollar lazos mutuos de seguridad, afecto y comprensión. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que los niños y las niñas sean alimentadas hasta los seis meses de vida exclusivamente con leche materna, pues hasta esa edad no necesitan ningún otro alimento ni líquido, ni siquiera agua, porque la leche materna es suficiente para alimentarlas y calmarles la sed. A la vez, muchos pediatras recomiendan la lactancia materna prolongada para evitar alergias a alimentos e infecciones de diversos tipos.

Roy J. Levin, en Sexual and Relationship Therapy, insiste que más allá del placer, de la salud de la persona recién nacida y de la construcción de un vínculo amoroso entre la madre y su hija/o, la estimulación del pezón reduce en todas las mujeres la incidencia del cáncer de mama.

Sin embargo, algunas mujeres por razones psicológicas, por presiones sociales de orden moral represivo o por el dolor físico que provocan las grietas que, ocasionalmente, acompañan el inicio de la lactancia, pierden la capacidad de ser excitadas mientras amamantan.

Aunque parezca inconcebible, en algunas sociedades occidentales particularmente represivas del cuerpo y las expresiones afectivas, el amamantamiento es considerado una forma de exhibicionismo y ha habido casos de madres que han tenido problemas legales por amamantar a sus hijos en público. Así, las parejas sentimentales que practican la lactancia erótica lo mantienen en secreto incluso de sus amigos y familiares.

Quizá esta mirada perversa sobre el amamantamiento incida en que, por mucho que se hayan divulgado los beneficios que la lactancia materna tiene para la madre y las hijas/os, algunas le tengan miedo, o asco, o pereza.

Según la médica homeópata María Fuentes Caballero, todos los estudios realizados hasta la fecha indican que los factores más determinantes para el éxito o el fracaso de la lactancia materna son de índole social y, en la medida en que lo social está estrechamente ligado a lo anímico, también son de índole psicosocial.

La familia, el sistema sanitario, los celos que la pareja experimenta hacia la relación intensa que una mujer tiene con su hija/o y los grupos de amigas y conocidas intervienen tanto como los horarios de trabajo y de desplazamiento en limitar el derecho de las madres a sentir placer y continuar con el amamantamiento, transformándolo en una obligación más o una carga que no quieren o pueden soportar.

Para mí, amamantar a mi hija durante dos años fue el mayor de los placeres: sensual, afectivo, me ofreció el tiempo del conocimiento de la persona amada, me brindó la posibilidad de conocer mi cuerpo y mi sexualidad de otra manera que en la soledad o en la pareja; me permitió controlar mi peso sin dejar de comer, me ayudó en la reducción del tamaño del útero. Amamantar me liberó de la tiranía de los biberones y de las angustias de la desinfección del agua y los chupones. A mi hija le di un acceso total a mi cuerpo, en un primer momento, y después a un diálogo seguro, con una persona íntimamente conocida. Entre las dos aprendimos a movernos, a viajar (de paso: succionar la teta de su mamá le quita a los niños y niñas las molestias en los oídos que sienten al despegar los aviones), a acoplarnos ante situaciones peligrosas o incómodas para hacerles frente. Como la amamanté a libre demanda, nunca me preocupé si subía tantos gramos en cada comida: me sentía muy segura de que si no comía ahora, comería después. Por supuesto, tuve que lidiar con el derecho de las madres a acceder a clases y a los lugares de trabajo acompañadas de sus hijas/os (un derecho que debería ser reconocido), pero pude controlar mi fertilidad y jugar con los tiempos de mi vuelta a una eroticidad de pareja, tiempos de reinvención de la misma completamente manejados por mí.

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