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Francesca GARGALLO, “Mujeres en el arte. ¿De qué sirven los grupos de pintoras?”, apuntes para una reflexión conjunta con Mónica Mayer.

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Mujeres en el arte. ¿De qué sirven los grupos de pintoras?

Francesca Gargallo*

En más de una ocasión, el historiador Jorge Alberto Manrique ha dicho que en México parecen alternarse épocas de abertura, cuando las expresiones más elevadas del arte florecen, y épocas de cerrazón.[1] La revolución, con su entusiasmo y sus orígenes románticos y nacionalistas, hizo posible una Escuela Mexicana de pintura, que a mediados de los años 1950 era ya un vejestorio conservador. El Taller de Gráfica Popular fructificó en una realidad social que le correspondía, luego decayó en la pobreza expresiva de lo hecho sin ganas o forzado. A mediados del siglo XX, la pintura de Tamayo reivindicó la audacia de un estilo propio; la investigación de Carlos Mérida reinventó la geometría mesoamericana y las artesanías; y la extravagancia de Juan Soriano propuso una nueva contemplación del mundo. Luego, la soledad y vulgaridad de la reacción nacionalista. Y nuevamente el despuntar de voces magníficas: Gunther Gerzso, Alice Rahon, Leonora Carrington, Remedios Varo, entre los extranjeros que se asentaron, y Pedro Coronel, que se responsabilizaba de su circunstancia mexicana, Alberto Gironella, el dibujo de José Luis Cuevas, la iniciación gestual de Felguérez. Hoy, en “un país que cuenta con una decena de muy buenos pintores”, se mezclan tiempos históricos diversos, donde sobrevive un “romanticismo decimonónico milagrosamente conservado entre algodones para deleite de señoritas provincianas”.[2]

    He ahí que uno de los críticos más abiertos y brillantes cae en la vulgaridad de siempre: las mujeres somos la demostración viva de la cultura mojigata de los que no aceptan cambios. Provincianas por antonomasia, románticas por miedo al cambio, si el arte quedara en mano de mujeres no tendría ni originalidad ni capacidad de renovarse. Lo he escuchado de la boca de maestros durante sus clases en La Esmeralda, tengo colegas escritores por lo general muy “clásicos”, es decir sin sobresaltos ni puntas de genialidad, que lo afirman sin vergüenza alguna mientras me invitan un café (nunca entendí si me consideran una no-mujer o si, de tan mujer, no me consideran capaz de entender sus descalificaciones).

     En poesía como en la plástica, siempre han existido artistas con un desarrollo personal complejo, que supera las contradicciones inherentes a una cultura que privilegia lo masculino y sólo finge admirar la sensibilidad extrema que endilga a todas las mujeres. El frenesí del color de Olga Costa, que a mí siempre divierte, no me parece menos innovador que la crisis del nacionalismo con que lidiaron sus contemporáneos hombres; el lirismo de Lilia Carrillo, que cocinaba atentamente cada uno de los trazos de sus mundos abstractos, no desmerecía toda la corriente que se manifestaba a principios de la década de 1960; la desesperada hondura de los negros carbónicos y telúricos de Beatriz Zamora acompaña sin violentarla la ligereza y la búsqueda de equilibrio aéreo de Joy Laville; la perfecta geologicidad de Nunik Sauret alcanza la universalidad del vientre de la Madre Tierra. ¿Sin embargo, en qué libro de arte estarían de no existir un movimiento feminista que reivindica y ofrece la luz del espacio público a las mujeres? Nunca encuentro a hombres que escriben sobre mujeres más allá del espacio del favor personal; no obstante, cuando las mujeres escribimos sobre el arte de otras mujeres, la cultura oficial nos llama excluyentes.

    Cuando leí Rosa chillante. Mujeres y performance en México, de Mónica Mayer,[3] me percaté que para las mujeres que, en los años de 1970, intentaron una obra que hablara a una ciudad que se estaba desbordando -influenciadas por las luchas estudiantiles, la abertura de las artes visuales, la antipsiquiatría y el feminismo-, el trabajo grupal era indispensable. La propuesta más original de su generación muy probablemente no fue el trabajo colectivo, pero era seguramente la que brindaba a todas el sostén de la visibilidad que otra mujer les ofrecía: una con otra se convertían en voz, en propuesta de denuncia de la represión, las dictaduras y la censura que, si bien afectaban a toda América Latina, se encarnizaban contra las mujeres que no aceptaban liderazgos masculinos, jerarquías sociales o modelos estéticos.

    Trabajo grupal y performance iban de la mano, así como grupo y visibilidad de propuestas femeninas: la misma Mónica Mayer, Pola Weiss, Maris Bustamante, junto con Ana Victoria Jiménez, Yolanda Andrade, Magali Lara, Lilia Lucido y otras, se atrevieron a un arte de mujeres para todas y todos, pero con la finalidad de dirigirse preferentemente a las mujeres porque se iban buscando, encontrando, hablando, reuniendo. En pocas palabras, se hicieron colectivo porque el mundo del arte masculino no las contenía ni las reconocía. Magali Lara pintaba poemas de Carmen Boullosa, fotógrafas y actrices reivindicaron las vidas de activistas sociales, críticas de arte denunciaron el sexismo en el medio profesional. En pocas palabras, formar grupos en ese entonces se metamorfoseó en un camino para convertirse colectivamente en seres humanos plenos, con tanto de derecho a un conocimiento generado por sí mismas y al reconocimiento de iguales.

     Pero, ¿treinta años después qué queda de los grupos de artistas? Las mujeres parece que hemos perdido la posibilidad de convertirnos en las locomotoras de la revolución sexual y social, para utilizar una metáfora de Trotsky. Hemos ganado cotos privados en las universidades, curules en los parlamentos, tres premios Nobel de literatura. En fin, muy poca cosa por el precio de soledad y regreso a los roles tradicionales de enemigas del atrevimiento y el cambio en la expresión artística que estamos pagando. Sin el hombro de otra mujer, nos hemos masculinizado creyendo que nos liberábamos o hemos explotado acríticamente los clichés del eterno femenino construido por los hombres para amansarnos: la literatura latinoamericana está plagada de bodrios que se venden tanto como libros de autoayuda porque hablan de amantes encerradas en la cocina y rebeldes que se doblan por amor. Que hablan del lugar que los hombres han asignado históricamente a las mujeres.

    En este clima, o se es rescatada por una galería o una editorial exitosa que respeta nuestra expresión –lo cual se ha convertido en un sueño guajiro-, o se acepta blandamente la propia debilidad expresiva femenina, o se busca rearmar un colectivo. Pero ¿qué colectivo?

    Joy Laville, Gabriela Arévalo, Adela Trueta, Helen Escobedo, Manuela Generali, Marisa Lara, Yani Pecanins, Laura Quintanilla, Betsabée Romero, y Trini, en 2002, se presentaron en la Galería Pecanins con la intención de demostrar que se puede ser diferentes e iguales, alegres sin sacrificar intensidad, libres con identidades cambiantes, útiles, activas y vitales. Diez artistas de diferentes generaciones, técnicas y temáticas, cada una con su trayectoria propia definida, se ofrecieron para un “Autorretrato hablado”. El grupo duró el tiempo de una exposición y logró potenciar la recepción de la propuesta de cada una de ellas, mediante la presencia de las demás. Las mujeres somos en cuanto hay otras mujeres reconociéndonos y necesitamos decirlo, diciéndonos quiénes somos, autodescribiéndonos sin recurrir al lugar común ni al giro incomprensible.

    Una manera diferente de ser grupo es organizándose para conformarlo. El fin es el mismo: ofrecerse a la mirada de otras, hacerse presentes, conquistar espacios que solas no podrían transitar. La forma, y por ende el contenido, de su propuesta grupal, sin embargo, cambia.

    Desde 1994 en México se ha conformado una Coordinadora de Mujeres en el Arte, a partir de la experiencia de las músicas organizadas, conocida como COMUARTE. En 2001, la muralista Patricia Quijano se convirtió en la directora de artes visuales de la Coordinadora y decidió conformar “un grupo de artistas que ante todo creemos en la mujer”. Encaraba así la mentira, repetida hasta convertirse en verdad de tontos, que el arte no tiene sexo y exigía que se le ofreciera el Palacio de Bellas Artes –“recinto consagrado a mostrar lo mejor que en materia de cultura produce nuestro país”, según sus palabras-[4] para la exposición anual de una selección de las obras de las artistas convocadas.

    ¿Podemos hablar de grupo de artistas en este caso o debemos referirnos a la capacidad de convocatoria de un grupo de promotoras culturales que, entre otras actividades, también son artistas? La pregunta es interesante porque introduce lo político, lo reivindicativo externo, en la propuesta artística de las mujeres. COMUARTE, en efecto, consagra cada año su exposición plástica –así como los conciertos de sus integrantes y los premios Xochipilli que, desde el 2000, otorga a creadoras de cada disciplina artística- al reconocimiento de “todas las mujeres que han luchado por nuestros derechos, y nos referimos no sólo a aquellas nombradas por la historia sino a las que con piedras pequeñitas, desde el anonimato y la lucha cotidiana, son responsables de que las nuevas generaciones asuman con naturalidad principios de equidad en otros tiempos impensables”.[5]

    A muchas de las pintoras, escultoras y fotógrafas que desde hace cinco años exponen en Bellas Artes, no las hubiera conocido de no existir esta convocatoria de COMUARTE; no obstante, es cierto que no las une un estilo, ni una paleta ni la calidad, si acaso el sexo y el deseo de expresarlo. Maritza Morillas Medina manifiesta en sus cuerpos oscuros en abandono una especie de agonía, de desdicha vital. Los óleos apastelados de Aliria Morales ofrecen la posibilidad de celebrar el color sobre soportes no convencionales. La misma Patricia Quijano lucha a través de sus grandes formatos, que acusan la depredación del cuerpo femenino con una dureza que arremete. Erika Martínez juega con las técnicas de la ilustración de libros infantiles. La morelense María Luisa Reid talla en madera dura sus semillas de vida. Las demás no son menos diversas, ni menos solemnes.

   Obviamente se trata sólo de dos formas, distantes y sin embargo similares, de conformar grupos para lograr la visibilidad de sus integrantes, alrededor de una idea de grupo mayor, imaginado e inalcanzable, que abarca la mitad, o más, del género humano: las mujeres. Un grupo mayoritario con que no se identifican ni los hombres ni la mayoría de las mujeres quienes, en cambio, no manifiestan ninguna dificultad para identificarse con los hombres, esa mitad que representa al todo, que excluye a las mujeres (y las tacha de excluyentes si se reconocen unas a otras), que impone las reglas de lo bello y afirma la modernidad insuperable de lo original.

    No me atrevería a decir que el surgimiento de los grupos en la década de 1970 fue un parteaguas en la historia del arte, pero impulsó la libertad de decir, de unir paleta y narratividad, y propició una aceptación paulatina de tendencias ajenas a las de escuelas consagradas que, de tan vistas, se habían convertido en una norma del gusto. Los grupos aparecían y desaparecían, porque giraban en torno de una idea que podía mostrarse vana después de haberse expresado. Pop art, arte sexuado, expresionismo, neofiguracionismo, informalismo, geometrismo, performance, arte no objetual y conceptual reunieron a las artistas de un modo distinto que a los artistas con quienes, en ocasiones, ellas compartían la pertenencia a un grupo. Las mujeres no fundaron ni mafias ni escuelas, se descubrieron con placer, sin competitividad.

    Sin embargo, en los años de 1990, la desmemoria feminista, ese velo que oculta la historicidad de las mujeres y de sus ideas a las mujeres que les suceden, había empezado a actuar en detrimento de lo logrado. Las integrantes de Coyolxauhqui articulada, en 1996, se presentaron en la librería El Juglar como ¡el primer grupo de arte feminista en México!  La decepción que ese hecho generó actúa todavía contra la confianza de las mujeres para considerarse un colectivo. Hoy en día creo que sólo La ira del Silencio sigue siendo un grupo de pintoras articulado por la idea de que el arte puede ser, asimismo, un instrumento de autoconciencia y de reflexión acerca de temas que conciernen a las mujeres, su fuerza y la represión a la que están siempre expuestas.

 


* Novelista y feminista es miembro fundador de la Asociación Iberoamericana de Filosofía y Política, de la Sociedad de Estudios Culturales de Nuestra América, y docente del área de historia de las ideas en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

[1] Jorge Alberto Manrique, Arte y artistas mexicanos del siglo XX, Lecturas Mexicanas, CONACULTA, México, 2000

[2] Jorge Alberto Manrique, “El rey ha muerto: viva el rey”, en Estudios sobre arte. Sesenta años del Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, 1998, p. 443

[3] CONACULTA-FONCA-AVJ-Pinto mi Raya ediciones, México, 2004

[4] VI Encuentro Internacional de Mujeres. Folleto de la exposición de artes visuales “Mujer, sensibilidad y talento”, CONACULTA-INBA, México, 2002

[5] Ibid.

 

 

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