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Francesca GARGALLO, “Filosofando desde la pasión por la comprensión y la acción”, presentación del libro de Horacio Cerutti Guldberg, Filosofando y con el mazo dando, (Biblioteca Nueva-Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México-Madrid, 2009), Ciudad de México, 2009.

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Filosofando desde la pasión por la comprensión y la acción

Francesca Gargallo Celentani

 

Yo diría, si me permites, que esa filosofía [latinoamericana] y la literatura latinoamericana se complementan, que son formas discursivas necesarias y que, más aún, deberían esforzarse por establecer un reencuentro permanente.

Arturo Andrés Roig

 

El pasado 9 de enero, Horacio Cerutti escribía para el suplemento de Educación que publica la UACM en La Jornada, que “afirmar que podríamos vivir sin pensar, sería como afirmar que podríamos vivir sin ideas, sin conceptos, sin reflexionar, sin caer en la cuenta de lo que hacemos[y] para qué lo hacemos”. Al releer a la luz de estas palabras su exhaustivo trabajo sobre cómo piensa la realidad Arturo Andrés Roig, me queda la convicción que de él aprendió, como Solón de Atenas, que filosofando se recorren muchas tierras para ver cosas. Eso es, que de Roig su alumno y colega aprendió que comprender la realidad implica responder a las preguntas que nos formulamos a partir del estudio y de la observación de las “cosas” vistas, es decir de los contextos en que acaecen.

Filosofando y con el mazo dando no es sinónimo de Filosofando a chingadazos, como dice un amigo, sino de filosofando desde el esfuerzo, filosofando desde una praxis que visualiza la transformación del pensamiento desde un nosotros que se hace en la historia. Esa es la idea que Cerutti tiene de la laborar llevada a cabo durante más de sesenta años por Roig.

Su libro hurga en los textos de Roig para develar su esfuerzo creativo, historiando la compleja formación de su filosofía en un autor que, ante todo, es maestro y que, por ello, ha educado a una entera generación de filósofas y filósofos en Nuestra América a ver con seriedad y rigor las maneras en que actos permanentes terminan por percibirse como situaciones naturales. Este análisis de procesos de ideologización muy eficientes (que desembocan, por ejemplo, en la naturalización de la agresión imperialista o de la sumisión de las mujeres), en Roig no deriva en la inutilidad de la cultura, mucho menos en el fin de la búsqueda de la verdad, como acontece con ciertas corrientes posmodernas europeas y estadounidenses, sino implica distinguir cómo la historia del propio pensar situado alcanza la identificación de sujetos no arbitrarios, sino comprometidos, responsables de la construcción de un futuro mediante un quehacer tenaz, una utopía práctica que exige trabajar duramente para alcanzar el fin que se propone desde el diálogo con otros sujetos.

Para Cerutti la formación y las ideas de Roig han sido dirigidas por un objetivo que se ha ido esclareciendo mientras filosofaba: el de repensar la Modernidad en los espacios y tiempos americanos, con la finalidad de dar  a entender que no hay posibilidad de moralizar la historia –es decir de actuar en ella para transformarla en diálogo con las fuerzas necesitadas de una justicia radical- sino apreciando la historicidad de las ideas, la interpretación que subyace a las interpretaciones.

Mientras leía las páginas de Filosofando y con el mazo dando, no sólo visualizaba el interés por la filosofía de un maestro que muchas de nosotras leemos en clases a nuestro alumnado para enamorarlo de la praxis filosófica, sino que me preguntaba cuánto de ese maestro es la proyección de lo que Horacio es capaz de exigirse a sí mismo. Que quién me está escuchando me perdone esta íntima divagación, pero resulta que Horacio es mi maestro, y el de una entera generación de filósofas y filósofos que nos hemos formado en México gracias no sólo a sus enseñanzas sino también por su ejemplo. No creo que yo sería capaz de rehacer el recorrido de su pensamiento entre libros, escuelas, reflexiones localizadas en su entorno, exilios, nuevos maestros, sufrimiento y querencias –aunque no dudo que María de Rayo sepa hacerlo-, pero no puedo evitar pensar en las veces que en seminarios y clases Horacio Cerutti nos ha llevado a dialogar sobre cómo se construyen discursiva y prácticamente las identidades nuestroamericanas a partir de sujetos diversos, absolutamente concretos, todos construidos a partir de la realidad que viven. Entonces ¿cuánto del esfuerzo roigiano por entender “la construcción discursiva de la sujetividad en el marco de identidades epocalmente coloreadas” ha pasado a la testaruda convicción ceruttiana de revalorar a quienes cumplen con una acción transformadora de la realidad, en el contexto de su indiandad o criollidad en época de necesaria rebelión ante el neoliberalismo colonizador?

Para Roig como para Cerutti la historia no se reduce a la recolección de datos, de notas eruditas acerca de cuándo aparecieron ciertas ideas y cuándo se intentaron llevar a la práctica constructos ideológicos, sino implica la reconstrucción que cada pensador/a hace de lo pensado, de lo planeado, de lo dialogado en su desarrollo para llegar a una acción; en otras palabras, implica qué va a hacer esa pensador/a con lo que está recuperando en el presente de lo hecho en el pasado, ese ya hecho que la conforma y cuya recuperación la impulsa a actuar.

La historia de la formación del pensamiento de Roig -con todo y sus aristas platónicas, la relectura de Hegel en sentido propositivo, la discursividad del mundo en que las ideas se inscriben y las críticas materialistas a los planteamientos académicos pretendidamente universales-, en el libro de Cerutti sigue una precisa concatenación de elementos de que van presentándose y desenvolviéndose a partir del descubrimiento roigiano de la toma de conciencia de la cuestión social para conceptualizar el mundo tal y como debería ser.

Sólo en un segundo momento, Cerutti nos introduce las consecuencias de un pensamiento que se permite nuestroamericanizar la filosofía desde la necesidad de recuperar las hablas americanas para captar un hecho y comunicarlo, más aún para entender que detrás de todo  hecho hay un sujeto que al referirlo se encuentra en inevitable posición de discurso; eso es, en íntima relación con la función comunicadora del habla y con la naturaleza comunicativa del sujeto inmerso en su cultura.

Para Cerutti es fundamental que Roig haya demostrado que las ideas no existen si no son expresadas en un discurso y que, por lo tanto, la comunicación discursiva media entre los sujetos históricos y la realidad concreta, volviéndola inteligible. Esta mediación es dialogal e inevitable, supone la cultura pero no la entroniza como un todo, implica al otro como coautor de nuestra comprensión del contexto, en fin nos humaniza y nos permite discernir entre un discurso hegemónico opresor y un discurso liberador, que fundamenta la posibilidad de superar la opresión, decodificándola.

Asumiendo que las ideas no existen si no son expresadas, filosofar es  elaborar discursos que anticipen el poder de desestructurar el discurso hegemónico, mediante el reconocimiento del contexto histórico de su emisión para no someternos a la repetición acrítica de los hechos en el tiempo ni a la esterilidad del desconocimiento del pasado. Estos discursos conllevan una ineludible característica utópica, ya que propone una liberación y expresan el deseo de modos no opresivos de convivencia humana. Personalmente leo esta tensión entre lo real y lo posible, entre la decodificación del discurso hegemónico y la formulación de un discurso plural, en las ideas feministas cuando expresan el diálogo entre mujeres, convirtiéndolo en una fuente viva de propuestas de realidad.

Ahora bien, y con esto termino, aunque en realidad muchísimas de las reflexiones adelantadas por Cerutti sobre los desafíos presentados a la filosofía por el discurso utópico, histórico y moral-político de Roig mantienen el deseo de continuar hablando, creo que uno de los aterrizajes más interesantes de este discurso es el de la liberación, en particular cuando incluye la interlocución para la construcción de un derecho a la diferencia. Liberarnos permite rehumanizarnos en la medida que nos permite ver una realidad alternativa a ese antropomorfismo que paradógicamente degrada  la dignidad humana al manipular la naturaleza, ordenándola sobre principios de una moral reductiva que nos lleva a identificarnos mediante un acto de negación de la naturaleza, mismo que nos permite someter a otros seres humanos que identificamos con la naturaleza. El dislocarnos ante ese antropomorfismo implica vernos inmersas en una naturaleza que es históricamente vivida como recuperable, y que nos lleva a ver a su interior con la posibilidad de una independencia política y una emancipación mental de los lastres del colonialismo moderno, racista y excluyente. La idea de semejante disloque aterriza en una filosofía liberacionista de múltiples rostros, no últimos los de una filosofía intercultural, capaz de enfrentar el racismo y, sobre todo, el patriarcado “como categoría omnicomprensiva de todas las formas de dominación y subordinación humana”.

 

 

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