En Periódico Desde Abajo, sobre feminismos

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Lunes, 25 Marzo 2019 07:38

Feminismos: cuestiones de fondo, de moda, urgentes  Destacado

Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019Foto: Fotos: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

Rodeadas por una valla de viejas feministas y defensoras de derechos humanos, de las cinco de la tarde a la medianoche del 8 de marzo, mientras desfilaba la marcha de las feministas por la Ciudad de México, un equipo de mujeres fuertes y jóvenes con cascos, arneses y palas descargaron sorpresivamente de un camión y sembraron frente al museo de Bellas Artes un “Antimonumento contra el Feminicidio” de más de tres quintales y casi cuatro metros de alto.

En la escultura metálica en forma de círculo fusionado con una cruz en cuyo centro se levanta un puño cerrado, se lee: “En México cada día son asesinadas 9 mujeres. Decimos Basta”. El emplazamiento y el mensaje resultan contundentes. Los antimonumentos son una expresión de arte político, semejantes a la okupa de un espacio público, para evidenciar un hecho represivo, como la desaparición, el genocidio o el feminicidio. Van en contra de la (des)memoria oficial y se emplazan para ser removidos cuando se cumpla su demanda.

Desde 2015, en Nuestra América el 8 de marzo ha tomado un carácter feminista masivo de denuncia. El Movimiento ¡Ni una Menos! (eso es, que ni una mujer falte al apelo por asesinato, desaparición o secuestro de la vida pública y afectiva) de Argentina, coordinó entonces su voz con la indignación mexicana contra la crueldad creciente hacia las mujeres, que desde 1995 había cuajado en la demanda ¡Ni una más! (ni una mujer asesinada más), acuñada por la poeta chihuahuense Susana Chávez Castillo, asesinada ella misma por tres hombres al salir de una cantina en su natal Ciudad Juárez, en 2011. #NiUnaMenos se ha propagado como una llamarada entre las feministas alrededor del mundo. Mítines de denuncia y marchas multitudinarias se han sucedido en Argentina, Chile, Uruguay, México, y sobre su ejemplo, en Italia, España, Francia, Estados Unidos, así como en la India, Egipto y Túnez.

Desde 2018, en varios países, el 8 de marzo se ha convertido en un día de Paro Internacional de Mujeres, o Huelga Internacional Feminista laboral, estudiantil, de consumo, de cuidados y de trabajo doméstico contra las discriminaciones sexuales y de género. La huelga feminista es apoyada por algunos sindicatos y partidos progresistas mixtos y, a pesar de la existencia de puntos de discrepancia entre las corrientes feministas, sólo ha sido rechazada por aquellos feminismos que se han deslindado totalmente de los símbolos del feminismo occidental.

El 8 de marzo es, en efecto, la fecha que la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague en 1910, a instancias de Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo, escogió para conmemorar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Lo hizo en honor de las migrantes empleadas como obreras textiles que se manifestaron en Nueva York el 8 de marzo de 1857 contra sus miserables condiciones laborales, bajo la consigna de “Pan y Rosas”. En 1911, en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza, el 8 de marzo se aprovechó para reclamar los derechos de las mujeres a votar, a ocupar cargos públicos, a trabajar, a la formación profesional y a la no discriminación laboral. En 1914, se utilizó el día para protestar contra la Primera Guerra Mundial. La Revolución Rusa estalló el 23 de febrero de 1917 día que, según el calendario juliano todavía en vigor en Rusia, coincidía con el 8 de marzo del calendario gregoriano del resto de Europa, cuando las obreras textiles de Petersburgo salieron a manifestarse y fueron seguidas por sus compañeros varones.

En 1975, la Organización de las Naciones Unidas rescató la fecha para declarar el Día Internacional de la Mujer. Sin embargo, en 2018 como en 2019, muchas campesinas, obreras de maquila, adultas que mantienen una familia monoparental, mujeres empobrecidas que no pueden darse el lujo de no cobrar un día, migrantes sin sindicatos que las respalde, pastoras, becarias, cuidadoras no profesionales y ancianas sin pensión no han podido ir a huelga, revelando que la precariedad laboral y la discriminación salarial siguen reproduciendo la pobreza femenina y la falta de derechos de las mujeres.

Cuando las mujeres se manifiestan por su libertad, demuestran su fuerza y la pertinencia de sus demandas. El sufragismo a principios de siglo XX y el movimiento de liberación de las mujeres en la década de 1970 llevaron, como las marchas feministas recientes, a salir a la calle a miles de mujeres, furiosas contra la violencia y la inequidades a las que están expuestas, y felices de sentir su colectividad, de darle voz a sus reclamos. Desde 2017, cientos de miles de mujeres han salido en masa contra los entonces candidatos y ahora presidentes Trump, en Estados Unidos, y Bolsonaro, en Brasil, evidenciando el nexo entre violencia represora, fundamentalismo religioso, neoliberalismo y misoginia. Y salen los días 8 de marzo para reclamar sus derechos y defenderlos.

 

 

Las mujeres representan el 49.6% de la población mundial y están presentes en todas las clases sociales y grupos religiosos, étnicos y nacionales, pero son el eslabón más vulnerable de sus respectivas sociedades. Los partidos de la renaciente derecha internacional, que es misógina, homófoba, autoritaria, xenófoba, en Brasil, Italia, India, Hungría, Andalucía, Estados Unidos, Austria, Arabia Saudita, Polonia, Bulgaria, Colombia, Chile, Nicaragua, noreste de Nigeria, Israel, Turquía, Zimbabue, Argentina coinciden en que las mujeres acaparan una presencia indebida en el espectro político, económico y jurídico de sus países. Pretenden reequilibrar el protagonismo femenino y poner fin a la “ideología de género”, apoyándose en ideas de una supuesta naturaleza humana binaria, heterosexual y jerárquica, provenientes de la propaganda neoevangélica, ultracatólica, islamista e hinduista que sostienen, a la vez, la inexistencia del calentamiento global, la justicia de la competitividad económica neoliberal y el derecho a cerrar las fronteras nacionales para defenderse de las migraciones.

Las derechas mundiales temen el despertar feminista porque para mantener la sociedad de clases es necesario mantener la jerarquía sexual. Obstaculizan por ello la libertad de elección sobre el propio cuerpo, prohibiendo totalmente el aborto en 26 países y limitándolo en 124; buscan reducir la libertad de las mujeres para ejercer su sexualidad y expresar sus demandas; afirman -contra toda evidencia- que la violencia contra las mujeres es un invento feminista y el creciente número de asesinatos de convivientes y ex parejas corresponde a “crímenes pasionales”.

El sistema de discriminación de las mujeres está en la base del funcionamiento capitalista, que se sostiene en la organización familiar que descansa en la pareja matrimonial subordinada. Este sistema se siente acorralado por los reclamos feministas, apela a valores falsamente religiosos acerca de la obediencia que las esposas y las hijas/osdeben a sus maridos/padres y ataca de manera explícita y directa a los principios de igualdad y a las personas que los defienden.

El presidente del partido de extrema derecha español Vox, Santiago Abascal, asegura que “las mujeres asesinadas en España lo han sido a mano de extranjeros” y que la ideología de género es una amenaza que hay que sacar de los colegios (al igual que la memoria histórica, es decir los estudios que evidencian la brutalidad de la dictadura franquista). Según él, se producen contra muchos hombres denuncias falsas por culpa de una “injusta” ley de violencia de género. En Brasil, Bolsonaro niega la evidencia que en los últimos diez años los feminicidios han crecido en un 21% y sostiene que son “mentiras feministas”. El 18 de marzo se celebrará un año del asesinato de Marielle Franco, concejala de izquierda, feminista, activista de los derechos humanos de la comunidad LGTB. El periódico O Globo vincula el asesinato de Mireille Franco con Flavio Bolsonaro, hijo del presidente, ya que ella era crítica con las intervenciones militares y policiales en las zonas más deprimidas de Rio de Janeiro, como la favela de Acari, mismas que el joven Bolsonaro sostenía, apoyando al 41° Batallón de Policía Militar. En Colombia, los feminicidios han crecido en número y crueldad en los últimos años. Según la ONU, en el país suramericano una de cada tres mujeres ha sido golpeada por su pareja actual o anterior y un gran número han sido víctimas de “desplazamiento forzado, despojo de tierras y violencia sexual en el marco del conflicto armado colombiano”. Existe, en efecto, una brecha en la aplicación de las leyes para impulsar la equidad de género que descansa en la cultura de la derecha política. Para muestra un botón: el 10 de junio de 2017, Ramón Cardona, Concejal de Santa Rosa de Cabal (Risaralda) por el Partido Conservador, declaró que “las leyes son como las mujeres, se hicieron para violarlas”.

En todos los países donde gobierna la derecha, los perfiles sociodemográficos de vulnerabilidad de las mujeres asesinadas revelan el incremento de la violencia feminicida contra mujeres empobrecidas, trans y niñas, en un ámbito de muy alta impunidad en los delitos contra las mujeres. Varios tipos de feminicidios se relacionan con la ocupación de las víctimas, su fragilidad social por ser proletarias, migrantes o pertenecientes a naciones minoritarias/indígenas, la condición de violencia generalizada en la zona de residencia, la presencia de mafias, de bandas delincuenciales o de agentes diversos (gubernamentales y no, muchas veces paramilitares) que usan los cuerpos violentados de las mujeres como mensajes para que cunda el pánico en la población y no se manifieste. Éstos feminicidios “sociales” conviven con la violencia doméstica y se suman a los asesinatos seriales y a un brote muy agresivo en la endémica epidemia de machismo, relacionado con fanatismos religiosos y con las más variadas formas de frustración masculina ante los derechos alcanzados por las mujeres, en particular su mayor visibilidad en las artes y la política y su independencia afectiva.

El fin de la violencia feminicida, en sus diferentes etapas, desde los insultos callejeros, los acosos, las amenazas, los golpes hasta el asesinato, es la reivindicación feminista más candente, alrededor del cual se organiza el mayor número de acciones, pero la lucha feminista apunta a la libertad, al placer, a los derechos de las mujeres. Eso es, a la educación igualitaria, a expresar las propias ideas, a desarrollar sus territorios, impulsando una cultura de la liberación colectiva, personal, artística y sexual, y a no sufrir limitaciones en el trabajo y en las expresiones de la propia afectividad.

Desprenderse de las identidades que el sistema patriarcal ha impuesto a las mujeres, en particular las que las obligan a complacer la mirada, el deseo y la organización social masculinas, es un camino que las feministas han emprendido desde hace ya medio siglo para la consecución de su propia libertad. Sin embargo, es precisamente sobre estos caminos de liberación que las derechas económicas, políticas y religiosas han construido un discurso, altamente ideológico, contra “la ideología de género” que, según sus portavoces, impide a las mujeres ser felices con su “naturaleza”, obligándolas a rechazar sus roles.

Una parte de las mujeres de la derecha capitalista, sobre este punto, ha desarrollado un muy especial “feminismo liberal”, que no apunta a la liberación de los roles de género heteronormados, sino a la aceptación “en libertad” de los mismos. Las feministas liberales han creado los mayores conflictos entre feministas al plantear que las mujeres tienen derecho a elegir ser prostitutas, alquilar sus úteros, quedarse en casa dependiendo de un marido que puede llegar a maltratarlas bajo un esquema de violencia normalizada.
El feminismo liberal no cuestiona el sistema capitalista, por lo tanto considera expresiones de la libertad de mercado la compraventa del cuerpo humano y las actividades forzadas por condiciones de pobreza estructurales. Desarrolla por ello un discurso altamente agresivo contra el “moralismo” de las feministas que denuncian el vientre en alquiler como una práctica de abuso, dirigida contra mujeres racializadas, empobrecidas y sin opciones de trabajo, como es el caso de las migrantes en Europa y Estados Unidos. Igualmente, en un mundo donde repuntan formas de esclavitud y trata de personas, de las cuales el 83% son mujeres y niñas obligadas a la prostitución y la pornografía, afirman que “la libertad de prostituirse” es limitada por el supuesto puritanismo de las feministas radicales. Para las “feministas liberales” los valores humanos de la integridad física y emocional de las mujeres, las opciones de trabajo remunerado en igualdad de condiciones con los hombres o de trabajo comunitario y solidario, los derechos a la vida y la afectividad que no someten las mujeres al poder económico masculino son ¡limitaciones moralistas!
Los feminismos que se expresan en las academias en muchas ocasiones toman muy en serio las descalificaciones de los movimientos de liberación de las mujeres por parte de las supuestas feministas liberales, así como tienden a radicalizar el peligro de caer en un dimorfismo social de género cuando se exige poner fin al sistema patriarcal. Éste es un sistema jerárquico que estructura la producción capitalista y la expoliación de la naturaleza, del trabajo y de la capacidad reproductiva. Negar la existencia de un sistema patriarcal que limita y cerca la libertad de las mujeres, poniéndolas en riesgo de ser agredidas, empobrecidas y constreñidas a la repetición de roles de complacencia hacia los hombres, impide pensar y aplicar políticas de búsqueda de una justicia para las mujeres. Justicia reparativa más que sistema de castigo que produzca una ley de las mujeres que nos permita no ser juzgadas ni juzgarnos negativamente en nombre de la obediencia a patrones masculinos.

No se trata de atacar a los hombres desde la radicalidad de la demanda de libertad personal, la igualdad de oportunidades ante la ley y el derecho a la propia diferencia colectiva y particular. Se trata de revelar los privilegios que ciertos hombres gozan dentro del sistema. Ahí donde existen privilegios (que siempre son particulares) los derechos (que son colectivos) no pueden ser respetados: privilegios y derechos son términos antitéticos. Las posiciones de privilegio masculinas, sobre las que se modela el androcentrismo de las sociedades patriarcales, llevan a muchos hombres a no cuestionarse y a mostrarse pasivos ante la injusticia de la desigualdad.

Ahora bien, entre el feminismo liberal que considera que las discriminaciones que viven las mujeres no son tales, sino circunstancias que les ofrecen elegir reproducir libremente una condición femenina subordinada, y la voluntad de las mujeres trans de vivir una identidad “femenina” se inscribe otro nudo de los feminismos contemporáneos.

La condición de transexualidad no es propia de las culturas occidentales modernas. Personas que no se identifican con la vestimenta, los roles y las expresiones afectivas que la propia sociedad asigna a la portación de determinadas características sexuales han sido respetadas en algunas culturas y perseguidas hasta la tortura y la muerte en otras. Las culturas cristianas han sido particularmente violentas con las mujeres y hombres transexuales, travestis y homo y bisexuales, por ejemplo. Por el contrario, en América existían sociedades que consideraban normal que las personas optasen por su propia sexualidad y su adscripción a los trabajos asignados a uno y otro sexo. La heteronormatividad obligatoria es un rasgo altamente patriarcal.

Sin embargo, para las feministas radicales que quieren erradicar todas las desigualdades sociales producidas por el sistema patriarcal capitalista es particularmente difícil reconocer sea el feminismo de la diferencia sexual, que apunta a los aportes positivos de resistencia que la condición femenina ha ofrecido al mundo histórico a través de las experiencias de las mujeres, sea el feminismo de las mujeres transexuales, que consideran que el origen de la opresión patriarcal no son los géneros en sí sino asociarlos a dos únicos sexos al interior de un sistema binario, rígido, que contrapone las mujeres a los hombres.

Si la liberación de las mujeres pasa por liberarse de los estereotipos creados por los roles económicos, sexuales y afectivos de género, estallar los géneros y reconocer la existencia de numerosos sexos permite poner fin a una sociedad binaria de hombres y mujeres “biológicamente” determinados: mujeres madres-hombres trabajadores, prostitutas-compradores, tejedoras-herreros, recolectoras-cazadores, etcétera. Existen decenas de “intersexos”, biológicos, entre el sexo XX o femenino y el XY o masculino, así como divergencias culturales, de identidad y hormonales con los sentires adjudicados a uno u otro género. La sociedad privilegia a las personas que se identifican con el género que se les ha asignado al nacer por sus genitales, la liberación según las feministas transgénero estriba en poder ejercer la propia sexualidad, la propia performatividad, los propios trabajos desde expresiones no marginadas, que no se limitan a lo femenino y lo masculino. No obstante, esta ideal transición continua entre los diversos grados de representación sexuada no es siempre real. Muchas mujeres trans arrastran características de sus privilegios masculinos a una performatividad femenina que las vuelve mucho más protagónicas que las mujeres que se identifican con su genitalidad. Asimismo, muchas mujeres trans participan de la invisibilización de las mujeres identificadas con su sexo biológico conforme a la mayor importancia que les otorgan los medios de comunicación.

Para finalizar, los feminismos que se están manifestando con fuerza después de décadas de menosprecio social constituyen al día de hoy la mayor amenaza para la continuidad de un sistema desigual, ecocida, explotador, racista y violento. Poner fin a la violencia feminicida es el primer paso para poner fin a desigualdades que impiden la expresión de libertades personales y colectivas.

 

Ciudad de México, 12 de marzo de 2019

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ANTIMONUMENTO CONTRA LOS FEMINICIDIOS. FEMINISTAS Y FAMILIARES DE VÍCTIMAS DE FEMINICIDIO DICEN YA BASTA EN LA CIUDAD DE MÉXICO

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Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

El 8 de marzo de 2019, rodeadas por una valla de viejas feministas y defensoras de derechos humanos, 8 jóvenes feministas con botas, cascos y arneses levantaron frente al Palacio de Bellas Artes un Antimonumento, es decir un recordatorio de la infamia que se quitará cuando se haga justicia. Se trata del quinto antimonumento de la Ciudad de México, el que feministas, artistas y, sobre todo, familiares de las víctimas de feminicidio y desaparición de mujeres, exigieron se levantara: 300 kilos por 3.80 metros de metal que gritan un ¡Ya basta! proporcional al hartazgo de las mujeres con la violencia que sufren por ser mujeres en una sociedad patriarcal, capitalista y jerárquica.

El levantamiento del Antimonumento contra los Feminicidios se realizó durante la jornada de huelga feminista y marcha por la libertad de las mujeres del 8 de marzo de 2019, mientras 80 000 mujeres desfilaron de La Victoria Alada (la figura mítica mal llamada Ángel de la Independencia: ¡Es un ángel con tetas!), símbolo de la ciudad, a la plaza del Zócalo, símbolo del poder político y simbólico del país.

 

 

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Foto: Brenda Santos de la C, 8M, 2019

 

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Foto: Brenda Santos de la C, 8M, 2019

 

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Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

 

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Foto: Brenda Santos de la C, 8M, 2019

 

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Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 8M, 2019

 

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Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

 

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Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

 

Entrevista de Federica Tomasello (en italiano)

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Femminismi da Abya Yala. Intervista a Francesca Gargallo

A cura di Federica Tomasello

Femminismo da Abya Yala ci restituisce un dialogo tessuto fra te e le tante donne che hai incontrato nelle comunità indigene in America Latina. Cosa ha significato per te scrivere questo libro? Quale sono le impressioni che hai raccolto durante le presentazioni?

Io credo che una delle grandi sorprese che ho avuto da Femminismo da Abya Yala è stata l’accettazione che ha ricevuto prima in Spagna, per esempio tra le donne gitane e poi qui in Italia, tra le letterate. E’ interessante che i libri del femminismo che io scrivo, influenzati ovviamente dal fatto che ho studiato filosofia e l’ho insegnata per 23 anni all’Università, abbiano avuto un riscontro positivo da donne, che in genere, in Italia, sono state le letterate, che cercano di costruire un discorso sulle maniere di difenderci e riprenderci la parola. I miei due libri sono stati tradotti da due donne che si occupano di letteratura e non di filosofia, il che è molto interessante, se vediamo la letteratura non solo come un prodotto ma come una creazione, come la possibilità di diffondere un pensiero tra un numero maggiore di persone. Valeria Manca è stata professora per anni al Magisterio di Letteratura Latinoamericana, ha tradotto delle pagine scelte di Femminismo da Abya Yala. A partire da questo lavoro è nato un dibattito su che cosa significhi che i femminismi delle differenze non siano solo femminismi delle differenze sessuali, ma siano femminismi delle differenze culturali, religiose e delle forme di organizzazione in dialogo per reciproche insegnanze. La preoccupazione principale è quella di rendere visibile l’azione femminista non come una azione individualista bensì collettiva, culturalmente ancorata nel proprio tempo.

 

Il viaggio che hai intrapreso e che ti ha portata a scrivere Femminismo da Abya Yala, ti ha permesso di incontrare tante donne che ti hanno offerto un altro punto di vista sul mondo e sul ruolo politico, sociale e culturale di noi donne all’interno dello stesso. Cosa ha significato per un’accademica e una femminista l’incontro con questi saperi, esperienze, visioni del mondo altre che troppo spesso il pensiero occidentale svaluta?

Ho impiegato 6 anni per realizzare questo libro. Sei anni che mi hanno poi portato ad una crisi e, alla fine della redazione di questo libro, a dare le dimissioni all’Università. Ho effettivamente vissuto fino in fondo una crisi rispetto all’educazione occidentale, che ho percepito come un processo di domesticazione, come uno strumento per imparare a ubbidire a dei mandati che per esempio ci impediscono di vivere fino in fondo le nostre differenze. Penso per esempio alle differenze sul come curarci, alle differenze su come vivere le relazioni sesso-affettive. In questo momento in cui la destra appella alla famiglia io mi chiedo: ma quante famiglie ci sono? Perché si parla di “la famiglia”. E’ questa dittatura del pensiero occidentale che ha costruito dal 1600 ad ora una tendenza, la tendenza ad una famiglia nucleare, onnipotente, che ci separa dalla società. In un mondo in cui tutti siamo sfruttabili allo stesso modo, il nucleo che permette questo sfruttamento perché ci distoglie dalla solidarietà del collettivo è proprio questa coppia riproduttiva che si isola da tutti gli altri, in dei cubiculi, all’interno di case sempre più piccole. Ora c’è bisogno di meno figli. In fondo siamo su una gran barca in cui oggi vivono sette miliardi di persone e se non ci ridimensioniamo un po’, affonderemo. Perché non pensare per esempio anche il diritto all’aborto come un diritto delle donne a un pensiero ecologico? Non vogliamo più avere figli perché siamo troppe. Questo non significa che tra tutte noi non vogliamo però educare e generare una futura generazione di donne giovani che non devono essere separate in famiglie, ma vivere in collettivo.

 

Continuando a ragionare intorno al collettivo, e in particolar modo alla relazione tra femminismi, collettività e comunità. Qui in Italia si parla molto poco di femminismi comunitari e soprattutto delle proposte elaborate dalle femministe comunitarie di Abya Yala. Quindi ti chiederei di raccontarci quali sono le esperienze e le proposte di queste donne e soprattutto se ha senso per te, immagino di si, apporre l’aggettivo “comunitario” alla parola femminismo. In tal caso, perché ritieni necessaria questa specificazione?

Io credo che sia necessaria anche in senso decoloniale, piú precisamente in senso anticoloniale, anticolonialista e critico. Proprio per un’epistemologia del femminile non colonialista. Ricordo che 30 anni fa in Messico le compagne dicevano che uno dei limiti del femminismo messicano era quello di non esser capace di prendere in considerazione l’individuo donna e la sua libertà individuale. Oggi invece ci ritroviamo davanti al fatto che l’apporto per tutte noi, che arriva dell’America Latina e dai popoli indigeni è proprio quello della dimensione collettiva all’interno dello spazio e delle vite che vogliamo trasformare. Per esempio, i femminismi collettivi e comunitari hanno assunto la lotta per la difesa dei territori indigeni come una difesa costruita tra uomini e donne. Questa lotta, seppur condotta con gli uomini, le porta però ad essere titolari della loro presenza territoriale nelle comunità. Poiché non esiste la proprietà privata, il diritto al lavoro e la titolarità del proprio lavoro nel territorio comunitario non viene più esercitata esclusivamente da una figura maschile ma si fa’ propria delle donne.

 

Questi femminismi comunitari che mirano alla producción e reproducción de lo común, alla salvaguardia del comune, un comune che non annulla la singola, ma anzi ne vede la realizzazione anche e soprattutto nell’incontro e confronto con le altre e gli altri, in un contesto collettivo, è uno spiraglio di luce rispetto a quella che definisci la modernità emancipata?

Certo. I concetti storici non sono di una sola cultura, la storia ha degli usi e costumi che ci arrivano dall’800 tedesco. Lì più o meno si decise che la storia inizia con la scrittura e che la modernità comincia con il commercio transcontinentale, con l’invasione dell’America. La modernità inizia nel 1492. Ma cos’è che chiamiamo modernità? E che similitudini ci sono tra l’Europa, l’America, l’Australia, l’Africa, l’Asia? Ovviamente essa rappresenta l’espansione coloniale di una piccola parte del mondo, che in realtà appartiene geograficamente a uno spazio molto grande che potremmo chiamare Eurasia (in cui l’Europa è la parte minore ed è anche la meno popolata). Ma da questa parte estremamente occidentale dell’Eurasia, avviene un’espansione di tipo coloniale, commerciale, che tende a costruire sempre di più l’idea che quello che decide la cultura di questa parte del mondo è universale. La modernità emancipata è la modernità che accetta gli universali europei come validi, per esempio l’idea di progresso, per esempio l’idea di individuo, di individuo sovrano, di individuo che ha più diritti della collettività. Solo con questa astrazione di una idea universale si può pensare che è possibile “esportare” il proprio modello politico e economico (sistema di generi opposti e inconciliabili, proprietá privata, superioritá umana sulla natura, rappresentativitá, ecc.) e che una sola storia comprenda tutto. Il femminismo comunitario mette in discussione proprio questo universale, quello dell’individuo al di sopra del territorio, dell’ecologia del territorio, della vita, della comunità e delle persone. In che modo io mi posso liberare, se mi trovo in una condizione di non libertà generale o di sfruttamento o di negazione del valore del mio sapere? Perché il sapere deve passare dall’Accademia, deve passare dalla ratificazione occidentale o non é tale. Il sapere deve essere attraversato da un tipo di razionalità completamente occidentale, che vuole un diritto che sia individuale, non collettivo. Un diritto che deve sempre porre delle ammende quando altri popoli dicono: “questa è la vostra idea, non è l’idea di tutti”. Credo che ciò che ci insegnano le comunità originarie, soprattutto quando si ribellano, penso alla rivolta dei Nasa del 1973 e alla lotta Zapatista dei popoli Maya dal 1994, è che non si può usare la terra come se non fosse viva, perché è lì che viviamo. Noi dovremmo vivere in accordo con la terra e non contro di lei e questo pensiero viene comunicato e condiviso dalle donne in maniera molto forte. Poco tempo fa ero con una architetta veneziana che mi diceva delle cose straordinarie: lei di fronte alla progressiva totale cementificazione delle città italiane, sentiva delle vere e proprie angosce corporali, in senso ecologico profondo. Lei diceva di provare la necessità di tendere la mano alle altre donne per dire insieme “no! basta cemento! basta autostrade! non vogliamo più nuove case! Vogliamo una vita migliore!”. Questo discorso ha avuto su di me un impatto molto forte perché, in qualche modo, questa architetta mi diceva ciò che mi avevano detto anche delle contadine in Guatemala.

 

Hai fatto riferimento alla necessità di vivere in armonia con la terra e non contro di lei. Questo mi ha rimandato al concetto di corpo-territorio che i femminismi comunitari e le donne di Abya Yala stanno discutendo. Un concetto che richiama alla vulnerabilità della vita umana e alla nostra indissolubile ecodipendenza. Un concetto, quello di corpo-territorio, che per il timore di ricadere nella trappola dell’essenzializzazione della natura femminile, rischia di non essere compreso qui in occidente?

Credo che una delle prime risposte negative al concetto di corpo-territorio che ho sentito (soprattutto in Italia, molto meno in Francia e ancora meno in Spagna) è legata all’immediata accezione del corpo-territorio come corpo-natura, come corpo non cultura, come corpo biologizzato in qualche modo. In realtà il territorio è un concetto molto complesso, per il quale si usano diverse parole, diverse perifrasi, dipendendo dalle 607 lingue che si parlano in America Latina e che cercano in qualche modo di esprimere che cos’è un territorio. Un territorio in nessun modo è solo la terra. Il territorio è sì la terra, però è anche l’aria, l’aria che si respira, l’aria che porta alla vita comunitaria, collettiva. Il territorio è l’acqua. La maggior parte delle ribellioni indigene contemporanee, avvengono per la difesa dell’acqua che é in sé ed é anche per il bosco, per le persone, per gli animali. Per cui il territorio è terra, è acqua, è aria, ma è anche flora e fauna, è anche la comunità umana con la sua cultura, con la sua spiritualità, che lì abita. Non è pensabile il territorio come una terra da suddividere o da possedere. Il territorio è lo spazio della vita. Per cui la donna che difende il suo territorio, per esempio una montagna dalla violenza invasiva delle ruspe, e per farlo impiega per fermarle il suo corpo (il corpo di una persona che vive in collettività) è una donna che ha una relazione politica ed ecologica con il territorio in cui vive. E’ una donna che ha una relazione con il territorio in cui vive, appunto, perché è lì che vuole fare la sua vita, è lì che vuole trasformare la vita delle donne in senso positivo, è lì che non vuole essere ammazzata, è lì che vuole essere riconosciuta, è lì che vuole incidere sulla sua cultura, sulla sua lingua, sulle relazioni, sul diritto alla sua sessualità e ad avere o non avere figli.

 

Sappiamo che in Messico sono in aumento i casi di femminicidio ma anche che il movimento femminista si sta organizzando e sta crescendo, ti chiederei, per concludere, di raccontarci meglio la situazione, anche nell’ottica di costruzione di ponti fra esperienze e resistenze.

I movimenti femministi sono fondamentali, soprattutto perché siamo un continente di mega città. Città del Messico e San Paolo credo siano le 2 città più grandi d’America. Sono mega città in cui si sta producendo una cultura urbana che è molto spaventata dalla generazione urbana stessa di violenza, specificamente prodotta contro le donne. La prima città di “maquila”, cioè la prima città di un’industria di assemblaggio è Città Juarez, nella frontiera tra il Messico e gli Stati Uniti, iniziata da Kennedy nel ’67 e presentata come la grande proposta per i paesi più poveri da parte dei paesi più ricchi. Non è una proposta di oggi, è una proposta che viene dal ‘67, con quest’idea che i messicani e le messicane potessimo lavorare meno caro e quindi rendere più facile la vita ai capitalisti statunitensi. Questa situazione fa sì che le città perdano molto della loro cultura, per diventare città delle culture esplose: una grande migrazione interna verso questi poli che non hanno richezza propria, in cui il municipio stesso non ha nessun ingresso perché le aziende non pagano le tasse. Un Municipio in cui non si pagano le tasse è un Municipio povero, anche se genera molta ricchezza a dei privati e questo è Città Juarez. Città Juarez è un Municipio poverissimo che per esempio non può investire nella luce elettrica perché destina tutta la ricchezza prodotta all’industria statunitense che non paga imposte. Così il Municipio ha un pessimo servizio di trasporto pubblico, un pessimo servizio di illuminazione, delle pessime fogne, una pessima distribuzione dell’acqua potabile. Tra le altre cose è in mezzo al deserto. Per cui in una città poverissima si genera la maggior parte della ricchezza per l’industria statunitense ma non solo, anche per l’industria europea. Le industrie europee sfruttano terribilmente il lavoro mal pagato e non protetto dei lavoratori e delle lavoratrici dell’America, l’Asia e l’Africa nelle cittá di produzione di assemblaggio. Questo lavoro è fondamentalmente un lavoro femminile, che rende libere le donne dal lavoro non pagato nelle produzioni familiari e agricole anche se molto sfruttate. Guadagnano molto poco, però guadagnano per conto proprio. In genere poi lasciano la famiglia nel luogo d’origine, quindi non hanno legami di controllo sulla loro sessualità, sulla loro vita affettiva, sui loro comportamenti. Per cui magari vengono mal pagate, però durante il fine settimana possono comprare una bottiglia di vino, invitare compagne di lavoro, di casa e anche uomini e vivere una vita propria, non determinata da strutture di controllo, come possono esserlo le famiglie contadine. A Ciudad Juárez, nel 1993, cominciano a succedersi degli omicidi di donne per il fatto di essere donne, accompagnate anche da sparizioni lungo la frontiera. Sono le madri di queste ragazze morte, sparite, che cominciano a denunciare e coniano il termine femminicidio in una lingua latina. In inglese preesisteva la parola, ora, data l’ampiezza del fenomeno in Messico, femminicidio è diventata la parola che il paese ha coniato per il mondo. Il femminicidio non è sempre e pura violenza domestica, è vero che la maggior parte della violenza che le donne soffrono nel mondo, compreso in Italia, è una violenza che esercitano contro di loro membri delle loro famiglie o conoscenti, però è una violenza contro le donne che è sistemica e sociale: per cui uomini che non trovano lavoro, per esempio, si vendicano sul corpo delle donne perché loro lo trovano. C’è una vendetta del collettivo maschile nei confronti del femminile che lo spiazza nella vita pubblica. C’è anche molto risentimento. Uomini che uccidono donne perché perdono il loro potere, perché le donne non dipendono più economicamente da loro, o perché effettivamente prendono delle decisioni o hanno delle idee che non sottopongono al controllo della struttura patriarcale, del collettivo di uomini e donne che gli sono fedeli, come per esempio le suocere. E tutto questo è enormemente doloroso perché dal ‘90 a oggi il femminicidio in Messico è cresciuto del 400%. C’è un 400% di omicidi di donne in più rispetto a 20/30 anni fa. Oggi si registra una situazione di emergenza perfino nei posti dove credevamo di essere più in salvo, per esempio in città. Oggi Città del Messico sta vivendo cose che prima vivevano le province messicane: incremento della mortalità delle donne per essere donne, sparizioni, assassinati, un maggior numero di impunità di fronte a questi delitti. Però c’è anche una maggiore e più forte risposta femminista. Non solo c’è il movimento Ni una más (ovvero non una donna assassinata in più) ma anche il risveglio di un femminismo molto giovanile, di ragazze di meno di 30 anni, che si riuniscono, agiscono dai loro collettivi, nella difesa della vita di tutte le persone, nella difesa del primo diritto, che è quello alla vita personale e collettiva. La cosa preoccupante è che attualmente si sta generando una cultura della paura delle donne per togliere loro i diritti ottenuti dal movimento di donne negli ultimi 100 anni. La destra mondiale, che si sta organizzando come una vera internazionale di destra, e produce discorsi molto simili in tutto il mondo e in tutte le religioni contro la libertà delle donne, discorsi che toccano proprio la vita delle donne: “muoiono perché vogliono, dovrebbero stare a casa alle 10:00 di sera, sono assassinate perché non vogliono più fare figli agli uomini”. E’ un discorso che solo 20 anni fa avremmo considerato delirante e che invece adesso sentiamo per esempio in Argentina o in Italia da personaggi che menzionano per esempio il totalitarismo di genere. Assistiamo a un discorso di estrema destra che cerca di far coincidere (in modo molto strano) il pensiero femminista con il grande nemico delle destre che è il pensiero marxista. Come se il femminismo derivasse dal marxismo. Credo che invece il femminismo preceda come pensiero della liberazione il pensiero marxista e io proprio come esempio porto sempre questo: noi crediamo che la frase Operai di tutto il mondo unitevi! sia di Marx, e invece no, tre anni prima la disse Flora Tristan, socialista e femminista franco-peruviana. Nel suo libro, L’Unione Operaia, del 1843 dice che le operaie sono le sfruttate degli sfruttati. Lei muore per avvelenamento da piombo, perché non le poterono togliere la pallottola che le sparò il marito quando chiese il divorzio. Flora Tristan, grande teorica del socialismo utopico, di ritorno dal Perù, ricomincia la sua vita politica scrivendo sulle donne come sfruttate degli sfruttati, donne operai, della classe operaia. Lei dice: “Non ci può essere una liberazione operaia se non c’è una liberazione delle operaie. Non c’è liberazione senza liberazione femminile.”

http://www.iaphitalia.org/femminismi-da-abya-yala-intervista-a-francesca-gargallo/

http://semanal.jornada.com.mx/2019/01/20/literatura-y-feminismo-2249.html

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Literatura y feminismo

Los poemas de Aralia López eran capaces de producir imágenes tan prodigiosas como “la nieve, menstruación de la luna” y los títulos de sus libros de análisis literario podían ofrecernos pistas sobre cómo la espiral se vuelve círculo si la reiteración adquiere el carácter de una comprobación de los hechos. Aralia escribía como si estuviese bordando el nombre de la persona amada en un pañuelo, con una sensibilidad estética y analítica que daba valor al carácter epistémico y creativo de las características del amor: cuidado, atención e interés.

Conocí a Aralia López porque mi gran amiga de esos años, Elizabeth Maier, me dijo que al escucharla en El Colegio de México había descubierto la más inteligente voz sobre la cultura de las mujeres. Han pasado más de treinta años y, por lo tanto, no recuerdo las palabras precisas, pero fue algo como que Aralia era la latinoamericanista que mejor entendía que la literatura de mujeres cruza las anécdotas con lo más profundo del discurso sociohistórico: la vida personal.

En 1989, el lanzamiento del número 40 de la revista Blanco Móvil, dedicado al feminismo, me ofreció la ocasión de conocerla personalmente. En la mesa había varias escritoras, recuerdo concretamente sólo a Ethel Krauze y a Aralia López, que debatían desde posiciones encontradas: Ethel afirmaba que, para la escritura, el hecho de ser mujer es una condición secundaria, como la estatura o el color de la piel, mientras Aralia sostenía que la condición femenina produce la comprensión de lo que la supuesta universalidad de los cánones literarios masculinos deja al margen y niega como aporte artístico. Su pasión por Rosario Castellanos la llevaba a entender que los temas en literatura no son nada inocuos y que en la escritura, de no cuidarse la estructura, la forma y el contenido, se reproduce el poder masculino, ese poder difuso que supone una sesgada visión histórica y crítica. Como si de tomar partido se hubiera tratado, yo me encontré dando un paso decidido hacia el bando de Aralia, y me quedé ahí hasta el 4 de diciembre de 2018 cuando mi amada ensayista, poeta y narradora nacida en Cuba y miembra en México del Taller de Teoría y Crítica Literaria Diana Morán, desde su fundación en 1984, falleció después de haber sufrido un malestar en la uam-Iztapalapa, la universidad donde pudo dar rienda suelta a su placer de enseñar literatura de mujeres y dialogar con todo tipo de estudiantes.

 

El feminismo ecuménico de Aralia

 

Aralia, en efecto, amaba a los seres humanos. Los había padecido, parte de su vida personal alimentaba su literatura, que hubiera podido ser tenebrosa, ácida y maldita, pero ella prefirió vivir la positiva enseñanza que recibió del encuentro con cada mujer, hombre o intersexual con quien se fue topando. En su casa era factible cruzarse con las mentes más brillantes de Cuba, Puerto Rico y México, sin ninguna discriminación de clase, sexo o, menos aún, raza. En efecto, nunca creyó que la inteligencia de la vida era una condición académica. Le rendía culto al antiguo valor de la hospitalidad y a la amistad de corazón a corazón; era capaz de adoptar amorosamente a jóvenes cuya brillantez intuía y de guiar a mujeres diversas al encuentro con su inteligencia. Conocí con ella a escritoras, directores de cine, cantantes, vendedores de paquetes turísticos, cocineros, maestras, periodistas y médicos –sí, por algún extraño motivo adoraba a los médicos; quizá, como la filósofa Vera Yamuni, les atribuía el conocimiento desnudo del ser humano. Por motivos laborales, tuve el placer de cruzarme luego con muchas de sus antiguas alumnas y alumnos, algunas excelentes escritoras como Adriana González Mateos y otras filósofas como Antonieta Hidalgo, todos y todas atentas a los detalles en las relaciones, a no ofender, a sostener lazos de comprensión y de valorar la palabra y sus formas.

En el horrible, neurótico y voraz mundo de la competencia académica, Aralia fue capaz de enseñar a cruzar ideas, a crecer en grupos de reflexión, a entretejer interpretaciones psicoanalíticas, estudios históricos, teorías del feminismo de la diferencia y análisis literarios, hasta llegar a un tejido de interpretaciones que puede compartirse. Lo hizo en El Colegio de México, en la uam y en los talleres y tertulias no institucionales que formaba o en los que participaba. Era muy radical cuando nos urgía a desmantelar la confrontación destructiva. Por ello mismo, su feminismo era ecuménico y profundo, una sutura entre los sectores construidos y separados por el patriarcado y la misoginia clasista y sexófoba.

Si para muestra de su amplitud de mirada es suficiente un botón, lo primero que leí de ella no fue un ensayo sobre literatura femenina sino un largo artículo fechado en 1986, en el número 15 de Blanco Móvil, sobre la novela del ’68 en México, que ella llamó “Literatura tlatelolca”. Una mirada de escalpelo sobre un tema histórico, parteaguas como el ’68: analizó en ese artículo no únicamente lo escrito por María Luisa Puga y María Luisa Mendoza, sino también por Arturo Azuela, Luis González de Alba, Juan García Ponce y Gustavo Sainz. Apuntaba a que la novela tlatelolca, como antes la novela de la Revolución mexicana, y después la novela feminista, narra los efectos de la realidad en la conciencia, haciendo del tiempo y el espacio concretas estructuras del sentido.

Gracias a Eduardo Mosches y a Pedro Miguel, que la querían y procuraban con frecuencia, llegué a hacerme amiga de tamaña maestra. 
Ir a verla, encontrarme con ella, leerla era una fuente de alegría y de compromiso intelectual. Me dio a leer su difícil novela Sema o las voces, que publicó en 1987 y dedicó a “los que tienen confianza en el sentido”. Me costó entender su triste ironía con respecto a los héroes, pero definitivamente hoy me resulta comprensible su descripción de Hércules. “Sí, el problema 
era muy diferente, pues Hércules buscaba el 
sí mismo en la maza, objeto cargado de prestigio que lo identificaba soberanamente de acuerdo con la ideología dominante a la que pertenecía.”

Hablamos mucho de narrativa; en una ocasión me confesó que mis novelas le recordaban la prosa de Rosario Castellanos porque ambas éramos escritoras y filósofas, y organizábamos como tales el relato de la conciencia. Una declaración tan grande de mi valor literario me coloreó las mejillas como un tomate: Rosario Castellanos es mi escritora mexicana favorita, tal como era para ella. Se dio cuenta de que me había intimidado y sin mediar palabra me pasó su ensayo “Narradoras mexicanas: utopía creativa y acción”, donde reflexionaba sobre la utopía, como lo hacían por esos años los filósofos Horacio Cerutti y María del Rayo Ramírez Fierro, con quienes nos reuníamos mensualmente. La matriz imaginaria de la utopía –escribió Aralia– es precisamente lo que la hace posible, permitiendo que transite por las violencias, confusiones, fragmentaciones, derrotas y logros hasta suscitar otros deseos, otras utopías.

Luego me dio a leer La espiral parece un círculo. La narrativa de Rosario Castellanos. Análisis de “Oficio de tinieblas” y “Album de familia”, que la uam publicó en 1991. De él, su amada maestra-amiga-colega Yvette Jiménez de Báez dijo que era una lectura que abría al diálogo, un hijo de la sensibilidad y la inteligencia. Aunque a Yvette no le gustara tanto, a mí me encantó la insistencia de Aralia en las ideas y los contextos históricos en los cuales se construyeron las obras literarias de Rosario Castellanos. Más fácil y menos intimidador me resultó leer y escuchar de su boca su poesía, que me llegaba llena de matices memoriosos, animaciones y regalos.

 

Mi ateo nombre/ tan lleno de ventanas”

 

Hay mucha poesía inédita de Aralia, que espero se publique pronto en un par de tomos que reúnan todas sus obras dispersas, literarias y de análisis (si algún editor/a lee estas líneas, que se dé por enterado) para que lectoras/es y estudiantes tengan acceso a un mundo creativo personal y dialogante que ha marcado una época y transformado la concepción misma de canon literario y de análisis crítico. De sus libros publicados, el que más éxito ha tenido seguramente es Un país sin invierno, de 1998, que inaugura nombrándose: “Esta manía de contarles,/ contarme;/ decir mi ateo nombre/ tan lleno de ventanas…”

Después de leer ese poemario, donde la luna menstrúa y el calor es solar e iluminador, le regalé una cortina blanca de lino bordado para que, ligera, se moviera en su ventana. Pensé que si “el curso del tiempo retrocede”, entonces todas podemos reencontrarnos niñas ante una ventana en la que una cortina se sacude en la brisa marítima. Al final de cuentas yo, como Aralia, pertenezco, luego soy, de una isla.

Sin embargo, no me gustaron menos El agua en estas telas, publicado dos años antes por Praxis, ni la edición cartonera de Cercanías y barcos, de 1997. El porqué Aralia dejó de luchar para conseguir que le publicaran sus poemas tiene que ver quizás con que la fama nunca le interesó. No obstante que los editores no corrieran tras las obras de una escritora tan profunda y gentil, tiene que ver precisamente con lo que Aralia López siempre denunció en sus estudios: el poder de la forma masculina y su manera de nombrar lo que sostiene el poder que oprime. Aralia, a todas luces, escribía fuera del canon y producía literatura desde la libertad creativa, propia de la utopía feminista en proceso de realización. Por ello llamaba a toda la humanidad a germinar: “De sangre el riego/ germina la pisada/ granos y frutos/ antevísperas estériles/ impacientes ya de la paciencia/ aumentan los regalos/ quiero creer lo que dice la higuera/ el itinerario del polen/ en el vestido que me teje el aire.”

 

En el suplemento  La Jornada Semanal, Ciudad de México, 20 de enero de 2019

Se me fue un amigo, adiós Saul Ibargoyen

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Su hija Itzel me escribió hace tres días algo así como “o vienes a despedirte del poeta o ya nunca más podrás hacerlo” y yo me lancé a la casa donde él vivió los últimos 20 años de su vida, con el último gran amor de su vida, Mariluz Suárez.
Estaba en Ciudad Nezahualcoyotl, leyendo una tesis de un joven amigo; es probable que aprendí de Saúl a estar siempre dispuesta a a leer a los más jóvenes, a escucharlos, a reconocer su fundamental importancia para la literatura. De ahí me lancé a Coyoacán cambiando tres metros y una pesera porque de Saúl yo recibí afecto a lo largo de casi cuatro décadas, así como enseñanzas y mi inserción en el mundo literario mexicano. Fue el primero que me publicó un artículo y que insistió en que siguiera escribiendo literariamente a pesar de estar estudiando una maestría y trabajando.
Saúl ha sido mi amigo por 38 años, a veces tan cercano que según algunos de nuestros amigos de Plural, fuimos pareja, por ahí de 1981-1982, en otras ocasiones más distanciados, pero nunca distantes, nunca sin interés uno por el otro, cuidando nuestras letras y nuestras emociones. Recuerdo muchos momentos de la vida de Saúl que no fueron solo literarios, la operación de trasplante de hígado de su hija Itzel a los 18 años, por ejemplo, cuando caminaba de un punto a otro de un cuarto y me hablaba de ella como “una mujer fuerte” para no llamarla niña o hija u otras palabras que la disminuyeran. Le aterraba que viviera una vida rodeada de medicinas, estaba luego muy orgulloso de cómo asumió su salud. Supongo que una de las últimas alegrías de su vida ha sido saber que estaba embarazada.
Recuerdo igualmente otros momentos fundamentales en su vida: su decisión, primero, de volver a Uruguay al final de la dictadura y, luego de ocho años, de retornar a México, su país de elección y amor a la vida. Era un hombre dual, un pisciano, un poeta comunista, un latinoamericano con heterónimo árabe, un amante de la literatura al que le devoraba seguir escribiendo, un narrador que elevó los lenguajes fronterizos a la novela. Era un ser dual, quizás en eso residía también su pasión por México: muchas veces revisamos literatura acerca de que en estas altas tierras del Anáhuac, las divinidades eran mujer y hombre, vitales y mortíferas, diurnas y oscuras y se regían por la regla de que todo es dos y solo se piensa si se dialoga.
Nunca fue mi maestro, debo ser una de las pocas amigas suyas que nunca fue su alumna, pero fue un guía y uno de los primeros hombres de mi vida que no me trató con displicencia o con la arrogancia masculina del escritor ya famoso hacia una joven que inicia. Lo he visto en muy pocos hombres, quizás sólo en Eduardo Mosches con mi hija, a la que quiere porque la conoce desde que la tomó en brazos, pero que respeta como joven narradora.
Compartimos los momentos de trabajo y entusiasmo por las revoluciones centroamericanas, nunca entendió la radicalización de mis posturas feministas, en particular mi opción por la autonomía, temía que perdiera la sensualidad de la vida y el trato con el mundo. Por el contrario, fue de las personas que entendió con más sensibilidad mi crisis de producción literaria, en los años en que trabajé en la UACM y  los inmediatamente sucesivos. Creo que fue la única época en que sintió pena por mí. Se compadecía de mi crisis creativa, pero no me dejó sola. Nos vimos algunas veces en un café de Coyoacán y me dijo en una ocasión que lo que más deseaba era que le dijera que había vuelto a escribir. Me faltó tiempo para contárselo.
En fin, un pilar en mi vida, el querido Saúl Ibargoyen que nos dejó ayer. José Angel Leyva había decidido hacer un programa de radio en la Secretaría de Cultura de la ciudad dedicado a su producción  poética y yo llevaba en el morral algo así como 15 libros suyos (apenas una probadita de su inmensa producción) cuando el tráfico provocado por la crisis de abasto de combustible en la lucha contra el Huachicoleo me impidió llegar a San Ángel desde la Santa María la Ribera. Chin, el Metrobus mismo, a pesar de su carril especial, no se movía.
Saúl seguramente fue un pilar en la vida de muchas otras personas, tuvo una constante actividad de tallerista, redactor, poeta, conferencista. A lo largo cuarenta años me he encontrado con alumnas suyas, mujeres y hombres como Juan Carlos Castrillón, que me han revelado que gracias a él nunca cayeron en una poesía sin más sentido que el orden y la asonancia de las palabras.  Igualmente conocí a alumnas suyas que pudieron concienciarse sobre su cursilería gracias a que Saúl ejerció con ellas una ironía falta de agresividad, casi amorosa.
En menos de dos meses, perdí a dos grandes amigos de vida y de letras, mi amada Aralia López, maestra feminista, poeta casi minimalista, y a Saúl, a quien llamaron con cierta sarcástica mala leche “la coneja de la poesía uruguaya” (él se reía mucho del apodo, que en el fondo le gustaba) por su enorme producción. Vivir es también un constante aprendizaje de desprendimiento.

El miedo lejano y otras fobias: Los repugnantes, maravillosos, increíbles cuentos de Juan Antonio Rosado

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El miedo lejano y otras fobias: Los repugnantes, maravillosos, increíbles cuentos de Juan Antonio Rosado

El miedo lejano 1

Francesca Gargallo Celentani

De 1980 a 2015 Juan Antonio Rosado ha seleccionado y reunido 20 cuentos diferentes, alrededor de tres elementos: cuatro discurren sobre el tiempo, siete le guiñan el ojo a la urbanidad y nueve relatos apelan a la pureza, no entiendo bien si porque el autor encuentra honorable la descarnada referencia a los juegos eróticos o porque entre vómitos, fantasías socio-pornográficas, asesinatos, secreciones y familias funcionales a la disfuncionalidad de las relaciones de parentesco, se carcajea de las higiénicas entregas al coito pagado.

No hay que buscar continuidad temática, ni siquiera estilística, en El miedo lejano y otras fobias (Praxis, Ciudad de México, 2017), porque no es un libro de cuentos, sino una recopilación nada complaciente de las obsesiones afectivas y sexuales de un narrador que durante tres décadas no se ha esforzado en resultar cómodo a ningún colectivo político ni literario. Cuenta con soltura, encuadra vigorosos escenarios…

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Desnudas en el arte popular y culto del México moderno y contemporáneo: a propósito de Eli Bartra

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Una versión reducida de este texto de presentación salió en La Jornada Semanal, del cotidiano mexicano La Jornada, el 25 de noviembre de 2018

 

El cuerpo desnudo es un cuerpo que despierta emociones. No tiene necesariamente que ser una representación de género, aunque en muchas culturas, la conmoción que acompaña la imagen humana sin más signos que los de su corporalidad ha servido como emblema de los roles sexuados en las relaciones humanas. Sin embargo, las representaciones del cuerpo desnudo son anteriores a la discriminación de género: ya existían en los tiempos que la arqueóloga Maritsa Gimbutas identificó como periodos de ideología estética, preeconómica, en  civilizaciones que sucumbieron a la guerra y al robo de la producción y reproducción que ésta significa.

Desnudo es el cuerpo de la tierra, de las divinidades, de las gestantes; representa el ser y el estar: dormido es la paz, sentado, la conciencia, de pie, una manifestación  de fuerza. El cuerpo diferencia a una persona en la colectividad, a la vez que encarna la misma comunidad. En el cuerpo desnudo se inscriben otros signos -una trenza en el pelo, el bordado de un faldellín, una pose- que revelan habilidades humanas. Ahora bien, antes de la organización de una jerarquía de géneros en el horizonte histórico de la aparición de la guerra y la esclavitud, me es difícil imaginar el desnudo como una expresión de voluptuosa sensualidad. Entonces el cuerpo no era púdico ni impúdico, simplemente era y manifestaba una condición ontológica de la vida anterior a un sistema de género binario. Su representación era tan naturalista como abstracta: estetizaba la vida y simbolizaba actividades y sentimientos.

Sin embargo, a lo largo de las transformaciones que se sucedieron con las estratificaciones sociales y la organización de los sistemas de géneros, el cuerpo desnudo pintado, esgrafiado o esculpido adquirió un uso que no había tenido antes: se convirtió en objeto de culto, expresión creativa del deseo de posesión o, como nos lo revela Eli Bartra en Desnudo y arte (Desde Abajo, Bogotá, 2018) en una “manifestación particularmente clara del imaginario de los géneros con respecto a los sujetos femeninos”.

Desnudas pero no desnudadas, en las más diversas culturas paleolíticas, neolíticas y de civilizaciones pacíficas las mujeres se autorrepresentaron o fueron representadas en su fuerza, su poder, con caderas enérgicas y pechos alimentadores. Con el devenir de las sociedades guerreras y urbanas, los cuerpos desnudos, en particular modo los cuerpos femeninos, se convirtieron en un fija e inamovible perfil de género que erotizó la subordinación femenina.

Eli Bartra en este libro portentoso, por libre, juguetón y profundo, propone que veamos el arte de las sociedades patriarcales como una forma publicitaria de las relaciones de género, en particular en el mundo Occidental que, desde principios de la Modernidad, hace unos 500 años, volvió siempre más frecuente la representación femenina para el goce voyerista de los hombres. Despojadas, desabrigadas y exhibidas, las mujeres fueron convirtiéndose en los personajes centrales del mito patriarcal que naturaliza sus reglas y se les representó cada vez con mayor frecuencia en las artes del mundo europeo y, posteriormente, colonial americano y australiano. Aunque algunas mujeres pintaron en los conventos, las casas, los talleres de sus padres y hermanos, revelando en ocasiones miradas distintas sobre la exposición de su cuerpo, como en el caso de la representación de Susana y los viejos, que Artemisia Gentileschi personifica sentada y de busto torcido, en un gesto que revela enojo y molestia ante el acoso, mientras Rubens la pinta eróticamente dispuesta a dejarse ver-poseer en un jardín mórbidamente dispuesto para la violación, las mujeres en el arte moderno han sido objetos de una narración masculina, de una falsa verdad sobre su supuesta naturaleza, de una esencialización  del deseo de convertirlas en objetos de servicio.

Ahora bien, si el libro de Eli Bartra se detuviera en estas observaciones no revelaría a la feminista que bien sabe que el deseo político de las mujeres transforma la realidad que incomoda e impide la buena vida. Tampoco descubriría a la filósofa que ha viajado constantemente al encuentro de artistas populares y cultas para dialogar con ellas acerca de su andar cotidiano, en ocasiones subversivo, por las veredas de la creación y la apropiación de temas que les conciernen, como la libertad corporal, la maternidad, la relación con la naturaleza y el placer de la amistad. En efecto, a lo largo de 250 páginas,  Eli ratifica que el arte no es neutro, que es creado por personas ubicadas en tiempos y culturas que van transformándose por la acción de las mujeres, que los sexos en las sociedades son leídos como géneros y que sus relaciones producen simbolizaciones que pueden ser cuestionadas y transformadas.

Desnudo y arte se fija en la producción de una gran cantidad de artistas mujeres y hombres que, sobre todo en el último siglo y medio, es decir, desde la eclosión de diversos momentos feministas, se han dedicado a la pintura, el grabado, la escultura, la cerámica, el bordado, la fotografía, la creación de objetos y la ilustración. Al hacerlo, pone el acento en las construcciones ideológicas de lo que debe ser el erotismo y revela cómo son desafiadas por concretas producciones artísticas, que pueden no ser entendidas fácilmente, pero que aluden a rupturas con la tradición. Las creaciones estéticas desafían, desde mediados del siglo XX, el sistema de género binario típico de la colonización occidental. Eli, por lo tanto, observa y critica la tensión entre la producción masculina de cuerpos idealizados, que posan con los brazos levantados para exponer senos inhiestos, figuras contenidas y elegantes, tendencialmente inertes o pasivas, y los cuerpos activos y relajados, lúdicos, de cualquier edad, que se liberan de la mirada masculina internalizada mostrándose en un paseo, amamantando, jugando, expresando su afectividad, propios de las mujeres.

El feminismo, o más bien las políticas de los deseos de las mujeres, trasforman no sólo los comportamientos de las mujeres que se autorrepresentan, sino las prácticas sociales que se sostienen y, a la vez, sustentan las ideas estéticas. Ha revolucionado las relaciones entre mujeres y hombres al punto que asume la inexistencia de formas propiamente femeninas y masculinas de ser y sentir, ubicándolas siempre en el tiempo y las culturas, y abriéndose no sólo a la androginia de las personas, sino a expresiones de intersexualidad, transexualidad y transformismo.

Eli Bartra, retomando a Allen Weiss, sostiene que el arte siempre es erótico, pero agrega que para las mujeres la representación del cuerpo implica una conquista de la propia libertad. Por ello considera que muchas artistas ejecutan desnudos que desafían con la mirada, o que se ensimisman en un placer personal, porque retan con ello los cánones de belleza y ofrecen una mirada abierta, no conclusiva, sobre la sexualidad y el erotismo.

Las reflexiones estéticas de Eli son situadas y encarnadas, desde hace décadas desafía la identificación del arte con una producción urbana y escolarizada, habiendo trabajado no sólo diversas expresiones de arte popular, sino la propia definición de arte como concepto clasista y económicamente determinado. Durante toda su vida ha observado qué, cómo, dónde, con qué materiales las mujeres producen sus simbolizaciones y las relaciones sociales que provocan sus actividades, en el ámbito de sus familias, talleres y comunidades. Sin embargo, en los últimos siete años se ha enfocado específica, casi obsesivamente, a mirar las representaciones del desnudo. La cantidad de artistas que menciona y cuya obra describe es muy grande y proviene de diversas partes del mundo. No sólo espacia de la estética india de principios del siglo XX cuestionada por la obra de Amrita  Sher-Gil, de la Hungría de Edith Bash y la Colombia de Flor María Bouhot, sino que condensa una historia del amplísimo espectro de las expresiones creativas de las mujeres en el México del último siglo, su apropiación del erotismo y aún de la mirada pornográfica de quien se encuentra a sus anchas consigo misma.

Para finalizar esta presentación debo confesar que he cambiado personalmente mi modo de acercarme a las representaciones del arte erótico después de leer Desnudo y arte. Eli Bartra me ha hecho consciente de que como espectadora también cargo con una mirada que acusa nociones de género, de cultura, de clase, de raza que interfieren en mi percepción del cuerpo desnudo. He establecido una visión más dialogante con obras que plasman contextos que me obligo a tomar en consideración. Para mí nunca más será admirable un desnudo de formas armónicas, cuando los cuerpos representan torsos sin cabeza, objetos sin rostros con los que cruzar mi mirada; ni podré dejar de sentir malestar ante los modelos esqueléticos de cuerpos para la industria cosmética e indumentaria. Cuando un desnudo confirma la preferencia por la mirada de apropiación masculina, exponiendo un cuerpo desnudado, yacente y pasivo, inmediatamente siento molestia por su conservadurismo moral y economicista. Siempre he considerado que las mujeres cuando decimos “yo” y nos pintamos o asumimos nuestras narraciones, insertamos la rebelión de la diferencia en el pensamiento unívoco del patriarcado; gracias a Desnudo y arte ya tengo la seguridad de que la iconografía del cuerpo desnudo propuesta por las artistas que contravienen el sistema de género erotiza en sentido subversivo las relaciones humanas.

 

Entrevista que me realizó en octubre Santiago Beltrán López de la Universidad Central

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Universidad Central

Feminismo y Música

Periodista a Cargo: Santiago Beltrán López.

Fuente: Francesca Gargallo di Castel Lentini

 

 

  1. ¿Quién es Francesca Gargallo?

Francesca Gargallo es una narradora mexicana de 61 años, de pasaporte italiano, que ha transitado entre diversas lenguas. Hoy vive en la Ciudad de México donde ha renunciado hace 5 años a la vida académica después de dedicarle varias décadas porque ha entrado en crisis con su labor en la enseñanza. Cree en la educación libre, que forma las opiniones y con ellas la subjetividad de las personas y aborrece en lo que han derivado los estudios universitarios: espacios de (de)formación de estudiantes para la explotación laboral

  1. ¿Cuáles han sido sus mayores logros en el ámbito académico?

Participar en la formación de una universidad pública, popular, centrada en la creación de saber con el estudiantado. En 2001 participó en el diseño de las carreras de Filosofía e Historia de las Ideas y de Creación Literaria en la UACM

 

  1. Siendo una mujer italiana (catalogado el primer mundo) ¿Por qué decide migrar al país de México?

Porque en 1979 se había dado la Revolución Sandinista y América Central representaba un lugar de reflexión política y cultural, con un Ernesto Cardenal en el Ministerio de Cultura, y centenares de jóvenes mujeres y hombres que pensaban el valor de la vida y la dignidad humana en un contexto de transformación material. No pude soportar el calor de Nicaragua de modo que me moví al norte y me encontré con el maravilloso altiplano del Anáhuac y su gente libre, absolutamente imprevisible y de habla gentil. Me enamoré de mi vida en México, de las oportunidades de pensar y trabajar con otras mujeres.

 

  1. ¿Cuáles han sido las principales razones que la han conducido hacía la lucha constante por los pueblos indígenas?

Nada más que un mínimo de lógica y la identificación que como siciliana tenía y tengo con otros pueblos a los que se les ha intentado arrebatar el territorio, la lengua y la historia y que resisten creando otras formas de pensar la convivencia y la política. Digo un mínimo de lógica y quisiera hacer hincapié que hablo de lógica histórica y lógica política: analizar la política, las ideas, las formas de organización de los pueblos y comunidades del Abya Yala permite ver que el sistema democrático formal colonizador del occidente euro-estadounidense no es el único válido y no tiene por qué ser impuesto a todos los pueblos. Con las mujeres de diversos pueblos, pero sobre todo leyendo y escuchando a las mujeres mayas de diversos pueblos de Guatemala, también descubrí el agua tibia: que los feminismos responden a opresiones específicas, no sólo de clase y raza, sino también al interior de diversos sistemas de relación de género. Las mujeres, según nuestras historias, no somos todas iguales, por lo tanto nuestros procesos de liberación pueden dialogar y aprender unos de otros, pero no pasan por las mismas demandas ni tienen las mismas estrategias, aunque la finalidad sea la buena vida en un mundo sin explotación del trabajo y los territorios. De todas formas, nuestras formas de acción pueden ser muy variadas.

 

  1. Es claro que las diferencias entre la mujer indígena y la mujer urbana son grandes por sus experiencias de vida y el ámbito en el que se nace, pero la esencia sigue siendo la misma, la de mujer, sin embargo ¿cuál es el factor diferencial entre las dos?

No creo que exista una esencia del ser mujer ni una esencia política de la femineidad. Las mujeres que viven en ciudades tienen diferencias de clase, educación, percepción política, aceptación o rechazo social; algunas han sufrido la violencia paterna por motivos de educación, por ejemplo: las mujeres de las clases altas en ocasiones obtienen privilegios carísimos, que pasan por prohibiciones y verdaderas torturas educativas. Por otro lado, muchas mujeres de sectores populares han sufrido represión patriarcal y carencias al mismo tiempo. Tampoco las mujeres de los sectores medios reciben todas la misma disposición a relaciones de género más igualitarias y placenteras. Sin embargo, por lo general, en las ciudades las mujeres están más alejadas de la materialidad de la agricultura y la silvicultura, que proporcionan grandes enseñanzas. Tienen más introyectada una educación a los derechos liberales y tienden a creer que la igualdad, y no la justicia, o la buena vida, o la repartición de derechos, sea una meta política del feminismo. Las mujeres de los pueblos originarios cuando viven en sus territorios ancestrales (muchas han tenido que emigrar a las ciudades por motivos de represión política o desgaste ecológico) tienen otras formas de participar u otras luchas para poder participar. Cambian de pueblo en pueblo. Lo que tienen en común todas las mujeres de los pueblos originarios es que su condición de género pasa por el no reconocimiento de los derechos a la tierra, una economía no de mercado, la propiedad comunal y formas de organización política comunal que no son las del estado-nación mestizo hegemónico.

 

 

  1. ¿Qué es el “Feminismo Patriarcado”?

No tengo idea. Es la primera vez que oigo hablar del feminismo patriarcado. El o, más bien, los feminismos son teorías y prácticas de mujeres, diversamente organizadas, para poner fin a las prácticas patriarcales, de colectivos de hombres hegemónicos, de despojo del trabajo de cuidado, el control de la capacidad reproductiva, la libertad de movimiento, creación y palabra, las sexualidades de las mujeres. Feminismos y patriarcado son términos antagónicos.

 

  1. ¿Por qué se le desmerita tanto a la mujer negra?

Porque para garantizarse la dominación sobre los pueblos conquistados y las poblaciones tratadas desde África, los colonizadores europeos en América inventaron el racismo moderno, que naturaliza de manera jerárquica diferencias fenotípicas entre las personas. Este racismo ha servido a todos los colonialismos posteriores y hoy es vigente también en Europa. Las mujeres negras son por lo tanto blancos de una doble, más bien múltiple, discriminación material, simbólica y cultural, que redunda en mayor violencia de género, económica y física.

 

  1. En su trabajo de campo, desarrollado en tribus indígenas, ¿Cuál ha sido su mayor aporte a aquellas mujeres que buscan un cambio dentro de su comunidad?

En realidad he vivido poco con pueblos que se definen tribales, casi siempre he vivido con naciones indígenas numéricamente importantes y con complejas formas de gobierno y cultura. En ellas he aprendido sobre la relatividad del conocimiento científico y filosófico. Igualmente sobre los límites de la cultura liberal del individualismo. Las mujeres mayas, nasa y zapotecas me han enseñado mucho acerca de la dualidad dialogante en la construcción cultural del mundo y las relaciones sociales. No creo que ninguna mujer de una comunidad con tierras colectivas, por ejemplo, desee liberarse a través de la propiedad privada que parcelaría sus bienes comunes, sino a través del reconocimiento igualitario de su participación en y para la comunidad y la desaparición de la supremacía cultural masculina en el diálogo con el mundo mestizo del estado y sus representantes.

 

  1. ¿A qué le denomina usted el “Fenotipo de la desgraciada”?

No creo haber usado nunca esa expresión, o espero no haberlo hecho. Sin embargo, la jerarquía de los fenotipos creados por el sistema racista moderno americano, de origen colonial, evidentemente construye fenotipos de personas a las que se les conceden privilegios a la hora de los repartos de tierras, bienes materiales, trabajos bien remunerados, y fenotipos de personas sobre las que recae toda la carga de trabajo. El trabajo explotado es una desgracia, es una carga no repartida, es una forma de despojo, si alguien por su fenotipo es condenado a trabajos muy explotados, su fenotipo lo convierte en una persona con desgracia.

 

  1. ¿A qué se le llama “Estética Feminista de la liberación”?

La forma con que las mujeres asumen su creatividad en sus obras sin depender del juicio masculino para considerarlas propias y válidas. La estética feminista es principalmente una valoración de la propia libertad corporal para crear libres de los parámetros masculinos y expresarse en el mundo, por ello es un instrumento de liberación. Pensar estéticamente el placer del propio cuerpo, la libertad de construir la propia justicia, el juego sin competencias, la coordinación, las simbologías de lo femenino como expresión poderosa de la subjetividad de las mujeres, sin tener que ponerla en contraposición con los valores masculinos de lo bello y lo sublime.

 

 

 

  1. ¿Cuál ha sido su experiencia feminista en Colombia?

He ido a Colombia siempre con grandes ganas de conocer su territorio (me parece unos de los países más intensamente bellos del mundo, desde la perspectiva de sus aguas, bosques, flora y fauna) y de dialogar con mujeres muy diversas, sea por su cultura propia, sea por su ubicación política contra la violencia sistémica que ha creado situaciones de injusticia de género, clase y raza muy fuertes. En Colombia conocí expresiones artísticas de mujeres ecologistas en los Andes hace más de treinta años, así como una algarabía de movimientos y colectivos muy diversos en Cali y Bogotá que pensaron en clave feminista sea el sicoanálisis como el derecho a la salud y al trabajo desde la década de 1980. Desgraciadamente, la violencia de la explotación agraria, la inexistencia de una reforma agraria, la persecución de los pueblos originarios en el Cauca y otras regiones, la pésima redistribución de la riqueza, la violación de los derechos a la tierras comunales, la presencia de empresas mineras y petroleras brutalmente ecocidas han obligado a una parte mayoritaria de los grupos feministas a pensar cómo resolver la violencia a la que están expuestas las mujeres colombianas cuando deben huir de paramilitares, militares y otros hombres en armas; por su género y por su ser colombianas son mujeres muy expuestas a ser violentadas.

 

  1. ¿De qué forma la globalización ha influido en el movimiento feminista?

Como todos los movimientos políticos y las corrientes de pensamiento, los feminismos son influidos por los macrosistemas y sus cambios. La globalización, entendiendo con ella la ampliación del mundo capitalista en todo el globo y la aparición del internet y la comunicación por red, ha influido los feminismos positiva y negativamente. Positivamente ha puesto en debate las prioridades de occidente, imponiendo a los grupos culturales que se consideraban centrales y dominantes el conocimiento de las culturas y propuestas de transformación económica, relacional y política que no provienen de Europa y Estados Unidos, es decir ha puesto en crisis la occidentalización iniciada en el siglo XVI con la invasión de África y América. Negativamente, influye en la horrible sensación de ser controladas por un sistema de vigilancia de la vida de cada una y de cada comunidad que es francamente opresiva.

 

  1. Para nadie es un secreto que la guerra, el narcotráfico y la corrupción política en Colombia ha afectado notoriamente los derechos humanos de la mujer indígena, sin embargo ¿Considera que ha sido más difícil el proceso feminista en Colombia a diferencia que en los países de Centroamérica? ¿Por qué?

 

La violencia que los estados como Colombia y México, y algunos países centroamericanos, han desplegado contra su población con la excusa del narcotráfico ha creado verdaderos narcogobiernos con narcopolicías y narcoideologías de lo que es la seguridad, porque el poder corruptor del dinero no legal es mayor que el poder del dinero que pasa por los filtros de la legalidad. Por supuesto, México, El Salvador y Colombia son países con altísimas tasas de feminicidios, que cambian las dinámicas de la violencia doméstica que no ha sido frenada en ningún país que no haya decidido actuar contra la misoginia. Por ejemplo, en México y Colombia es común el asesinato de mujeres por ser las mujeres de un grupo o de un dirigente delincuencial (en el sentido de parejas) o por trabajar en los niveles más bajos de los grupos delincuenciales. Esta violencia que queda impune ha favorecido que delincuentes de diversas índoles agredan, violen, torturen, desaparezcan, traten, prostituyan y maten a mujeres de los sectores populares y, en particular, a las mujeres de comunidades agrícolas e indígenas, con la casi seguridad de que sus crímenes queden impunes.

 

 

  1. ¿Cuál fue el detonante para haber escrito el libro “Las ideas Feministas Latinoamericanas”?

Ser una filósofa latinoamericanista que se dedica a la historia de las ideas que influyen en el pensamiento y las ideologías. Las ideas feministas latinoamericanas tienen una larga historia, se han desarrollado desde el interior de las luchas políticas desde antes de las Guerras de Independencia y por influencia internacionalista en los siglos XIX y XX, generando corrientes muy importantes de feminismos de la liberación desde mediados del siglo XX. Hoy son los feminismos nuestroamericanos los que dirigen la lucha de las mujeres hacia el derecho a la vida, la libertad de movimiento y el derecho a una relación entre las mujeres y sus territorios. La importancia de las marchas del movimiento ¡Ni una Menos!, en Argentina, y ¡Ni una más!, en México, ha llegado a Italia, Francia y España después de haber despertado al continente americano entero.

 

  1. ¿Cuál es el “Patriarcado Latinoamericano”?

Es un fenómeno de múltiples rostros, muchos de ellos ancestrales, propios de pueblos guerreros con gobiernos centralizados, pero la mayoría producido por la imposición del sistema de género eurocristiano, que diferencia el valor, los derechos y la moral de las mujeres y los hombres, sin permitir ninguna confusión entre ellos ni la vida y los derechos de personas intersexuales, homosexuales o indiferentes al género. El patriarcado no tiene un solo rostro, pero en general podríamos decir que en América hoy hay una lucha entre los viejos patriarcas a lo Pedro Páramo y los nuevos machines que se creen liberados pero exigen sumisión ideológica y económica a las mujeres. Ambos matan, el patriarcado es asesino.

 

  1. ¿Cree usted que en el movimiento feminista se debe integrar al hombre? ¿Por qué?

No lo creo. Los movimientos feministas se gestan al interior de un mundo mixto que no ha tratado a las mujeres de la misma forma que a los hombres, poniéndolas en un lugar jerárquico inferior. Así que temo que la exigencia de muchos hombres de penetrar los activismos feministas tiene que ver con su deseo de preservar un lugar de importancia entre las mujeres. Los hombres que no quieren ser patriarcales y desean acompañar a las mujeres en la construcción de un mundo sin jerarquías de género tienen la enorme oportunidad que les ha ofrecido el surgimiento de los feminismos de organizarse entre sí para deshacerse de la masculinidad tóxica que les ha impuesto el patriarcado.

 

 

  1. Para Francesca ¿qué es la familia?

Si por familia pensamos en la convivencia obligatoria de personas vinculadas por lazos de sangre o jurídicos, organizada alrededor de una pareja exclusiva y excluyente, la familia es para mí una manera tóxica de convivir. No obstante, me encanta otras formas de construir relaciones sociales de convivencia y apoyos mutuos, no necesariamente sexualizados, sino que se sostienen en el placer de cuidarse, ayudarse mutuamente y que no son ni fijas ni permanentes: relaciones familiares de personas unidas por vínculos no hjerárquicos, por ejemplo, hermanas, hermanos, tías, sobrinos; y personas que asumen las relaciones con otras por simpatía y comunidad de ideas. Personalmente, me constaría muchísimo no sólo vivir con un hombre patriarcal, sino también con una mujer sin la menor sensibilidad ecológica.

 

  1. Si en pleno siglo XXI lo que se busca es la equidad de género ¿qué se debe implementar desde el núcleo familiar para generar un cambio a futuro?

La equidad de género sería solo un primer paso hacia una sociedad sin jerarquías; eso es, sin una valoración escalonada de una cultura agraria o una urbana, del nacimiento de una niña o un niño, de un estereotipo de belleza o fealdad. Creo que lo que urge es reconocer nuestras diferencias, valorar sus aportes, y respetar sus formas. Para ello, la base es el fin de la violencia sexual y la discriminación racista y geográfica y de la explotación territorial y laboral. No puede haber equidad de género donde el asesinato de las mujeres por ser mujeres queda impune o donde las mujeres ganan menos que los hombres por el mismo trabajo o un trabajo equivalente pero identificado con el ámbito de lo femenino. En el siglo XXI lo que urge es poner fin a un mundo donde el 1% de la humanidad es cada día más rico, impone sus gustos y expone a las mujeres y hombres a ser sólo carne de trabajo obediente.

 

 

 

 

Turismo y domesticación

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Desde hace años experimento oleadas de una mezcla de antipatía, temor y odio, verdadero odio, hacia el turismo y sus destrucciones: social, ecológica, del espíritu. El turismo en efecto es la más contaminante de las industrias.

Hace por lo menos 10 años que no volvía a Mazunte, donde no me apeteció regresar después de que asfaltaran el hermoso camino entre pochotes que llevaba de Puerto Ángel a esta extendida playa que, hace 30-25 años, bordeaba una bahía con pocas construcciones de pescadores y agricultoras. Hace quince años ya iban desplazando un centro de conservación de tortuga donde antes había habido un centro de pesca y comercialización de carne y hueva de tortuga. Hoy es un lugar cualquiera donde una lugareña cualquiera te espeta que no espera turistas de poco dinero porque con poco dinero no se debe viajar. Mentalidad de capitalista trasnochada, de colonizada de la cultura del consumo, de aporófoba en riesgo de ser rechazada. El derecho a unos días frente al mar es para quien se puede pagar un avión, no vaya a ser que los viajeros de autobús o de combi arruinen el comercio de las vacaciones denunciando un asalto en carretera. Pendeja, mil veces pendeja, la maldije por mis adentros. Pero no es la única.

Tours, vendedores de tours te persiguen: caballos, lagunas luminiscentes, motocicletas, cascadas mágicas… Mucho ruido para quien quiere estar sola frente a las olas del mar, escuchar su sonido eterno. Insisten los vendedores de tours: cascadas mágicas. Y la palabra “mágicas”, tan mal usada en México para destruir atmósferas y alegrías sutiles de pueblos y ciudades campesinas y coloniales, de repente me hace enfurecer. ¡Es horrible Mazunte, lo mágico se lo han quitado usted y la secretaría de turismo y todos y todas estas idiotas que ni saben en qué país están vacacionando!

Tengo ganas de llorar y de pegarle a alguien, dos actitudes que me hacen parecer como una loca. Pero en 60 años he visto colonizar por el turismo hasta el más recóndito lugar frente a la playa de Italia y de México, de Grecia, de Turquía, Honduras y España y yo odio el colonialismo. El libre espacio común muere ahogado por palapas falso tropicales con piso de loseta de terracota, carteles de free wifi, cafés expresos de italianos desesperados y ladrones que creen que su modo de preparar el café es el mejor del mundo y no aceptan cuestionamientos. Turismo colonial, colonialidad de los turistas y de las y los ofrecedores de servicios turísticos.

Miradas de desprecio a las viejas, los viejos, los gordos, las gordas: el mar como pasarela de aceptación transnacional o discriminación.

Pescadores desplazados y barcos-fábrica en alta mar donde agonizan sofocados por la plástica todos los animales del océano.

Alegres cocineras convertidas en sirvientas de chefs de apellido estrafalarios.

Happy hours para una borrachera que te da vergüenza pegarte en un viernes a la salida de la oficina.

Muchachos y muchachas que sonríen con sus blancos dientes, más blancos aún por el resalte de la piel tostada, pensando que algún día, si se esfuerzan mucho, si no gozan ni un segundo trabajando duro frente a su propia playa, podrán maltratar a otro muchacho o muchacha de diente blancos en medio de una hermosa piel tostada en otro rincón del mundo que no saben dónde está, por quién es habitado, qué gobierno tiene, pero campea en la siguiente página de los volantes que reparten en la entrada del pueblo.

Mierda, mierda, mierda. Mi resistencia hoy no va más allá de ser una gorda feliz arruinándole su paisaje y tirándose al mar sin contratar tours. Cuando alguien me ayude, quemaremos las pinches palapas de México hasta la India y le haremos brujerías a los vendedores de tours de Italia hasta Nepal.

Las elecciones en Brasil

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Las de Pilato: lavarse las manos en las elecciones de Brasil como rebelión e inconciencia
Desde Abajo (Colombia)
La antesala de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil sacó a flote pulsiones y fuerzas que habían estado contenidas o invisibles en el espectro de las relaciones sociales y mediáticas del país. Animados por el discurso de odio del ultraderechista Jair Bolsonaro, sentimientos y posiciones que se tenían por “superadas” salieron del armario haciendo fiesta: intimidación, acoso, xenofobia, discursos de odio, racismo, homofobia, misoginia, nazismo, fascismo, apología de la tortura y de la muerte… Fin de la hipocresía democrática.

El viernes 26 de octubre, mientras celebrábamos el cierre del 10mo Seminario Brasilero en Teoría e Historia de la Historiografía en uno de los campos de la Universidad Federal de Ouro Preto (UFOP) en la ciudad de Mariana, nos informaron que un grupo de estudiantes de Derecho de la UFOP estaba siendo sitiado por la Policía Militar por el hecho de haber colocado dentro de las instalaciones universitarias una pancarta contra el retorno de la dictadura. Ese mismo día, durante la plenaria del evento, fuimos informadxs de que varixs profesorxs y colegas fueron amenazadxs, atacadxs por estudiantes afines a Bolsonaro y/o denunciadxs ante los organismos de seguridad del Estado por sus posiciones políticas e ideológicas.

Desde que se conocieron los resultados de la primera vuelta electoral, las agresiones fueron creciendo. En Salvador de Bahía, la mera noche entre el 7 y el 8 de octubre, el maestro capoeirista Moa do Katendê fue asesinado por un fanático bolsonarista solo por haber criticado al candidato ultraderechista. Durante la misma noche, hombres neo-nazistas atacaron a una joven marcando su piel con la cruz esvástica, solo porque vestía una franela con la frase ELE NÃO. En los días siguientes, la joven transexual Laysa Fortuna fue asesinada por un fanático conservador afín a Bolsonaro. Estudiantes universitarixs han sido atacadxs en diversas ciudades por su afinidad con movimientos y organizaciones sociales de izquierda. Integrantes de pueblos indígenas, lesbianas y homosexuales de diversas ciudades, así como grupos de mujeres que salieron sin la compañía de hombres fueron amenazados de muerte en las calles.

Tiempos oscuros se anuncian en Brasil. Con 57,7 millones de votos (55,1 %), el pasado domingo 28 el candidato ultraderechista Jair Bolsonaro (PSL) conquistó el triunfo como Presidente de la República en la segunda vuelta de una de las elecciones más polémicas y manipuladas en los últimos años. Mientras, el centro-izquierdista Fernando Haddad (PT) obtuvo un total 47 millones de votos (44,9%), quedando 10 puntos por debajo en el total de los votos válidos. Para muchxs, la batalla electoral no fue una contienda entre candidatxs de dos partidos con sus respectivos programas de gobierno, sino la disputa entre la preservación del marco democrático, por un lado, y el avance de un proyecto abiertamente autoritario, xenofóbico, misógino, homofóbico, racista y ultraneoliberal, que bien puede tildarse de fascista, por el otro. Mientras Haddad representó la defensa de las garantías democráticas y de las conquistas sociales, políticas y económicas, Bolsonaro capitalizó el discurso de la “anticorrupción”, el anticomunismo, el antiabortismo, la seguridad, el racismo y la defensa de la “familia”.

Los resultados expresan un ascenso importante y peligroso del neoconservadurismo, el ultraneoliberalismo y el patriarcado, cuya legitimidad parece respaldada por la mayoría de la población brasileña. Las apariencias esconden, sin embargo, un dato no subestimable: el 30% de lxs electorxs optó por abstenerse (21,3%), votar nulo (7,4%) o votar blanco (2,1%). Teniendo en cuenta el carácter obligatorio del ejercicio del voto en Brasil, estamos hablando de un número significativo que pudo haber cambiado el resultado electoral y que, además, nos lleva a poner en cuestión la idea según la cual Bolsonaro cuenta con el respaldo de más de la mitad de la población brasileña. Dicho esto, no desconocemos el preocupante despliegue del espíritu de odio, misoginia, homofobia y racismo que, junto con la proscripción de la candidatura del expresidente Lula y el entramado de alianzas entre los grandes medios, el poder judicial y los poderes económicos, llevaron al poder al candidato ultraderechista.

Con el carácter plebiscitario de las elecciones, algunxs consideraron que quienes optaron por la abstención, el voto nulo o el voto blanco se lavaron las manos frente a lo que estaba en juego. Sin embargo, para este 30% las dos opciones electorales estaban en el mismo nivel de rechazo, de modo que la opción electoral no plebiscitaria les permitió manifestar su descontento contra la corrupción, contra las medidas de aumento de pasaje y la ley antiterrorista implementadas por el gobierno del Partido de los Trabajadores, así como su inmovilismo ante el empeachment golpista de 2016 contra la presidenta Dilma Roussef. Se abstuvieron porque, más allá del candidato, votar contra Bolsonaro implicaba votar por un PT que había decepcionado a la derecha y la izquierda parlamentarias con políticas aparentemente “mesuradas” que evitaron el enfrentamiento en las calles a las últimas medidas contra los derechos laborales aprobadas e implementadas durante el gobierno golpista de Temer.

La señora Victoria fue una de los varios millones de personas que engrosó ese 30%. Nunca había votado y esta vez tampoco lo haría. Para ella, el “estado de excepción” (autoritarismo, racismo, violencia, represión…) que se impondría bajo el gobierno de Bolsonaro constituía la regla de una cotidianidad que, hasta ahora y según ella, se había mantenido invisible para la cotidianidad “central” de la vida democrática en Brasil. Respondiéndole a unxs estudiantes que andaban militando puerta a puerta para intentar revertir la tendencia a favor de Bolsonaro, expresó: “Quién sabe si con universitarios desapareciendo, periodistas siendo torturados, hijos de rico apareciendo morados y flotando en un río, eso comience a ser discutido de verdad y ahí, quién sabe, si tenemos suerte, nuestra vida entre en esa discusión, porque hasta ahora solo entró para servirles a ustedes (…). Yo perdí a mi hijo de 14 años, joven, con un tiro de fusil en la cabeza. Estaba con el uniforme de la escuela y una mochila”.

Las medidas más antipopulares implementadas durante los dos años del gobierno de facto de Michel Temer son aquellas que limitan los derechos laborales y el gasto público. De hecho, por 20 años en Brasil no podrán incrementarse gastos públicos; es decir, los gastos en educación, salud, cultura, administración tendrán recortes de hecho, impidiendo la investigación universitaria, la educación primaria, mientras los salarios de parlamentarios y jueces aumenta. Esta es la Propuesta de Enmienda a la Constitución (PEC) para determinar un techo presupuestario a la inversión pública. Si bien es una medida del gobierno golpista de Temer, Bolsonaro promete mantenerla y hasta profundizarla. Frente a estas políticas de recorte y desmejora de beneficios y derechos sociales, el PT optó por una estrategia parlamentaria, sin llevar adelante una política de agitación y de consulta popular que permitiese frenar la medida mediante la presión de calle.

Las políticas mediáticas del gobierno golpista, en alianza con el Tribunal Superior de Justicia, enfocaron la atención hacia una política armamentista de seguridad contra la violencia en un país que, con 209.000.000 habitantes, mantiene una media de homicidios de 4250 por mes y, simultáneamente, llevaron adelante la condena de Lula por corrupción así como su proscripción como candidato presidencial, potenciando aún más y con fuerza la imagen de descomposición del PT.

Si bien Bolsonaro gana las elecciones con más de la mitad de los votos válidos, no es todo Brasil el que vota a favor de sus políticas familistas, ultraneoliberales y conservadoras. Los resultados electorales expresan y ratifican la misma división territorial con la que es gestionada y distribuida la desigualdad social y económica del país.

Bolsonaro obtiene sus votos fundamentalmente del Sur (Paraná, Santa Catarina y Río Grande del Sur), el Sudeste (Río de Janeiro, São Paulo, Minas Gerais y Espíritu Santo) y el Centro-Oeste (Goiás, Mato Grosso do Sul y Mato Grosso), regiones en las que se concentra el mayor índice de ingreso per-cápita de Brasil y donde se encuentran los principales centros urbanos, agropecuarios, silvícolas y mineros. Pero también los obtiene de algunos estados de la zona Norte (Roraima, Acre, Rondonia y Pará), estados en los que habitan comunidades indígenas, se concentran las más importantes reservas ambientales y donde el capital invierte fuertemente en la agricultura extensiva de monocultivo, la ganadería y la minería, todas ellas perjudiciales para la conservación de los territorios y la sobrevivencia de los pueblos indígenas, amenazando directamente la Amazonía. En el norte, Bolsonaro gana utilizando un discurso xenófobo para incrementar el rechazo a la migración venezolana, a la que desde agosto pasado quiere encerrar en un campo de refugiados. Bolsonaro ha pedido revocar la ley de migración, una de las más avanzadas del mundo, según especialistas de la ONU, sosteniendo enfáticamente que Brasil no puede ser un país de fronteras abiertas.

En cambio, Haddad gana en el Nordeste (Bahía, Maranhão, Piauí, Ceará, Pernambuco, Sergipe, Alagoas, Río Grande del Norte y Paraíba) y en algunos estados del Norte (Amazonas, Amapá, Tocantin), una región históricamente excluida de las políticas sociales y económicas de Brasil.

El mapa electoral muestra, así, la desigualdad estructural sobre la cual se erigen estos dos Brasil-es. El Nordeste, la tercera región más extensa de Brasil y la segunda con mayor densidad poblacional, contiene en su territorio una alta población negra e indígena y es considerada una de las regiones más pobres del país, con mayores niveles de desigualdad y de analfabetismo. Sus niveles de pobreza tienen sus orígenes en la Colonia. De sustentar la economía brasilera con la exportación del azúcar, el polo económico nordestino fue desplazado, en un primer momento, por el mercado del oro y, posteriormente, por el mercado cafetalero, ambos mercados ubicados en la región del Sudeste. Pero fue el salto industrial desplegado en el Sudeste –con mano de obra fundamentalmente nordestina– durante las primeras décadas del siglo XX, el que terminó de consolidar el abandono social y económico hacia el Nordeste, que solo fue parcialmente revertido a partir del gobierno de Lula, quien llevó adelante políticas de asistencia social que consiguieron mejorar la calidad de vida del pueblo pobre nordestino.

El racismo brasileño, que había estado escondido bajo el manto de la “democracia racial”, salió del closet, mostrando un país profundamente dividido, desigual y violento. Las políticas de cotas raciales, que intentan aminorar los índices de desigualdad en el ingreso a la educación pública universitaria, han sido cuestionadas y su derogación forma parte de las promesas del nuevo presidente electo.

En su discurso, Bolsonaro deja bien clara su política antindigenista: “ni un solo milímetro” de tierra para las comunidades indígenas, cuyas nacionalidades rondan aproximadamente las 380. La negación de los derechos ancestrales y territoriales de las poblaciones indígenas le garantiza el apoyo de los expansivos ganaderos y talamontes del norte, porque implica echar para atrás las políticas de demarcación de tierras indígenas y su inviolabilidad por parte de empresas ecocidas y mineras.

Políticas contra los derechos laborales, que ya vienen siendo implementadas por el gobierno golpista de Michel Temer con la Reforma Trabalhista y la Propuesta de Enmienda Constitucional que congela el gasto público por 20 años, son parte del paquete programático del futuro gobierno de Bolsonaro.

Del lado de las fuerzas democráticas, la resaca poselectoral viene impregnada con una fuerte carga de tristeza, miedo y desesperanza, y no es para menos. A tres días de los resultados electorales, las fuerzas conservadoras, patriarcales y ultraneoliberales representadas en la imagen del nuevo presidente electo comienzan a tomar posiciones en el ajedrez político, social y administrativo del país. La madrugada del pasado lunes 29 de octubre fueron incendiados una escuela y un puesto de salud en la aldea Bem Querer de Baixo, perteneciente al territorio indígena de los Pankararus del estado de Pernambuco.

Bolsonaro y Temer se reunirán la primera semana de noviembre para intentar aprobar este mismo año la Reforma de la Providencia con la cual se pretende, entre otras cosas, eliminar las jubilaciones de lxs trabajadorxs; asimismo, el presidente electo anunció la fusión del Ministerio de Agricultura con el Ministerio del Ambiente, dando claras señales de su compromiso ecocida con el gran capital. Con una política de caza de brujas, el propio Bolsonaro, junto con la diputada catarinense Ana Carolina Campagnolo, convidó a lxs estudiantes a filmar y denunciar a lxs docentes que estuviesen usando las aulas de clase para “adoctrinar”, y justo hoy se debate en la Cámara de diputados el proyecto de ley llamado “escuela sin partido”, con el cual se pretende cercenar la libertad de cátedra y de pensamiento que ha prevalecido en los espacios de formación y educación.

Sin embargo, otros espíritus, sentimientos, actitudes y fuerzas se movilizan. El día 30 de octubre en la avenida Paulista de la ciudad de São Paulo, gracias a una convocatoria realizada por el Frente Pueblo sin Miedo, miles de personas se movilizaron para manifestar su determinación a luchar contra el avance del fascismo en Brasil. El lunes 29, en la Universidad de São Paulo, cientos de estudiantes y profesorxs realizaron una marcha para hacer frente al acto de celebración de los resultados electorales convocado por estudiantes afines al ultraderechista Bolsonaro. El mismo lunes, a un día de la segunda vuelta electoral, se ha conformado una Plenaria de Resistencia Antifascista en Río de Janeiro que reúne a miles de trabajadorxs, jóvenes y estudiantes.

Frente a los tiempos oscuros que se anuncian con el ascenso del neoconservadurismo y el ultraneoliberalismo bajo el gobierno de Bolsonaro, las fuerzas democráticas, antipatriarcales, antifascistas, antirracistas, feministas y anticapitalistas se manifiestan en los espacios públicos. Se vienen tiempos de reinvenciones.

Este artículo fue publicado en el el periódico Desde Abajo de Bogotá.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de las autoras mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.