Reflexiones en torno a ideas y prácticas del entre-mujeres a principios del siglo XXI [word]

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Reflexiones en torno a ideas y prácticas del entre-mujeres a principios del siglo XXI 

Francesca Gargallo Celentani

Abril de 2019 | Ediciones Desde Abajo | Bogotá, Colombia | ISBN: 9789585555037

Fotografía de la portada: Celeste Korol

 

Descarga el texto completo en Word: https://francescagargallo.files.wordpress.com/2019/06/practicas_del_entre-mujeres.docx

 

 

Ideas y prácticas del entre-mujeres a principios del siglo XXI.

 

Francesca Gargallo Celentani

 

La mejor forma de resistencia a la violencia, no es enfrentarla sola, es juntarnos, crear formas de vida y reproducción más colectivas, fortalecer nuestros vínculos y así verdaderamente, crear una red de resistencia que ponga fin a toda esta masacre.

Silvia Federici, en Uruguay, 2017

 

 

A propósito de metáforas oceánicas

La mayoría de las feministas jóvenes y muy jóvenes que se han organizado en la segunda mitad de la década de 2010 han quedado encuadradas por los medios de comunicación masiva en una metáfora oceánica, una supuesta “nueva ola feminista”, que más que a la continuidad del desplazamiento libre del oleaje debido a variaciones del nivel de las aguas remite a una rompiente anómala, un tsunami o un evento marítimo que la prensa del conformismo neoliberal se niega a entender[1]. La metáfora de las olas, con sus crecientes y sus retraimientos, sin embargo, está tan incorporada al lenguaje de los movimientos sociales con respecto al accionar feminista, que, en ocasiones, como en las décadas de 1960-70, ellas mismas dijeron empujar una segunda cresta del oleaje para marcar tanto la continuidad como la ruptura con las demandas del movimiento anterior.

La “tercera ola feminista” o la “nueva ola” son terminología periodística que de manera alguna corresponde a una clasificación histórica de las acciones feministas (considerándola desde una, de por sí equívoca, perspectiva linear).  En todo caso de trataría de una cuarta ola feminista después del despuntar de organizaciones de mujeres que cuestionaban su lugar de subordinación en las sociedades androcéntricas, en particular europeas y las originadas por las colonizaciones europeas. Estas “olas” o levantamientos encrespados se dieron en tiempos de la reflexión filosófica ilustrada y de la Revolución Francesa con sus secuelas republicanas e independentistas (feminismo liberal), en las consolidaciones de las democracias electorales y el trabajo fabril (feminismo anarquista y feminismo sufragista), en las crisis de las mismas y el cuestionamiento de los valores del progreso, el trabajo y el estado (mujeres en los movimientos independentistas de Argelia y de Indochina y movimientos de liberación de las mujeres). Igualmente podría tratarse de una quinta ola, si asumiéramos el actual accionar contra la violencia feminicida como una acción prohijada por una crítica al  individualismo e identitarismo del movimiento queer feminista, que se desarrolló en el ámbito de las reflexiones académicas de género, durante los años de repliegue de la visibilidad feminista en las calles y la atomización de su empuje político en las ONG que surgieron en las décadas de 1980-1990.[2]

Ahora bien, todas las olas caen en el seno de las olas que las preceden.  A principios del siglo XXI los vientos empujan sobre la superficie social y arrastran grandes masas de personas enojadas con el desastre sistémico al que nos han llevado las ideologías del progreso-desarrollo[3]. En particular, las mujeres sentimos la velocidad del viento de la violencia y representamos la mayor área afectada por ese viento. La profundidad del agua del patriarcado es honda, el tiempo del que ha dispuesto su viento para soplar ha sido largo, de modo que el tamaño de nuestras olas no es pequeño: necesitamos remover desde lo profundo las aguas antes de instaurar un nuevo equilibrio y hacernos atraer por la gravedad. Las feministas son olas de alta mar, de costa, de lago, su longitud es tan importante como las crestas que chocan sobre una superficie enorme y siguen moviéndose aún en sus valles. Sus periodos, frecuencia y amplitud son capaces de cambiar la fisionomía de las costas, pues no sólo remueven los materiales de fondo, sino que erosionan los litorales y tienen efecto sobre las tierras continentales.

Centrándome en las acciones feministas del último lustro (2014-2019), no creo equivocarme al afirmar que la fuerza y vitalidad de la actual ola feminista en parte proviene del hartazgo ante la violencia creciente y la crueldad progresiva hacia nuestros cuerpos.  En la calma aceitosa que el neoliberalismo quiso hacernos creer reinaba en el océano social, extinguiendo todos los alientos que podían convertirse en brisas, las irregularidades que se apreciaban siempre fueron provocadas por mujeres afectadas por la violencia del mundo global: madres de mujeres víctimas de feminicidios y desapariciones, indígenas opuestas a la desaparición de los últimos territorios comunales y la destrucción de sus fuentes de vida, ecologistas alarmadas por las derivas de la investigación biológica con fines de producción de alimentos, artistas que denuncian la migración forzada, jóvenes que han decidido ahondar en la no naturalidad de todos los actos de discriminación que de tan normalizados no se perciben: piropos, acoso, discriminaciones por su aspecto físico, dudas sobre su inteligencia y sus emociones, violaciones sexuales, obligación a la condescendencia, amenazas de violencia física, económica o de muerte cuando se expresa la propia libertad. La voluntad de romper con el contrato de género y de representar de otro modo lo asignado a lo femenino y lo masculino ha encontrado un asidero hoy y las olas crecen. Las metáforas oceánicas no están equivocadas cuando de feminismo se trata.

[1] Este no es el ámbito donde reflexionar sobre esta errónea identificación histórica, pero para Nuestramérica vale la pena revisar la tesis de maestría en Estudios Latinoamericanos de Alejandra Restrepo, Feminismo (s) en América Latina. La diversidad originaria, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, México, 2008. Personalmente, me adscribo a la idea de Eli Bartra de que en el feminismo no hay etapas separadas de activismo, sino un proceso feminista, político, estético, moral y económico, siempre crítico con las formas de la civilización patriarcal, que adquiere relevancia (y atemoriza al sistema) dependiendo del momento histórico y el lugar por donde transita, se quiebra, retoma fuerza. Ver al propósito: Eli Bartra, “Tres décadas de neofeminismo en México”, en Ana Lau, Eli Bartra y Ana M. Fernández Poncela, Feminismo en México, ayer y hoy, Universidad Autónoma Metropolitana, Ciudad de México, 2002.

[2] El fenómeno del repunte del feminismo es un hecho que la prensa ha dejado de menospreciar en 2019 y toma en consideración con interés: en España casi el 65% de las mujeres de menos de 25 años se dicen feministas. https://elpais.com/sociedad/2019/03/03/actualidad/1551638433_568255.html

[3] Progreso es un concepto que tiene que ver con el desarrollo progresivo del capitalismo y su interpretación racional. Fue introducido en política y economía por el francés Turgot en un discurso que dictó en la Sorbona del 11 de diciembre de 1750. Turgot sostenía una historia conjunta y progresiva de la humanidad que se diferencia esencialmente de la historia repetitiva de la naturaleza. El “hombre”, como él definía a la presunta totalidad de la humanidad, acumula recuerdos y por ello avanza. A.R.J. Turgot, Discursos sobre el progreso humano, traducción de Gonçal Mayos, Editorial Tecnos, Madrid, 1991.Desde entonces y hasta la crisis de la Primera Guerra Mundial, fue la palabra clave de la post ilustración, sea en su vertiente positivista, como de manera menos notoria en la de muchos proyectos socialistas, no último el del marxismo. Sirvió para justificar moralmente empresas colonialistas de expoliación humana y territorial y las dictaduras modernizadoras de América Latina en el siglo XIX. Leopoldo Zea, El positivismo en México: Nacimiento, apogeo y decadencia, Fondo de Cultura Económica, México, 1975. El concepto de progreso revela el optimismo antropomorfo sobre la posibilidad de mejorar la condición humana del individualismo europeo. La Revolución Industrial con sus influencias en el comercio y la ciencia lo justificaba y exaltaba. Se trata de un concepto autoritario, que no aceptaba críticas y descalificaba las opiniones y modos de vida de quien no se mostraba como adepto del progreso (industria, higiene, familia nuclear), en particular el campesinado, los pueblos originarios y esas corrientes anarquistas que pueden definirse como protoecologistas y animalistas.  J. B. Bury, La idea de progreso (1922), Alianza Editorial, Madrid, 1986. En el siglo XX, el concepto de progreso fue criticado por la naciente sociología científica y por el movimiento obrero organizado, pero los estados como gestores del capitalismo lo sustituyeron por el concepto de desarrollo, que incorporaba básicamente su idea de avance sobre y contra la naturaleza para mejorar la condición humana. En su vertiente socialista, el desarrollo no se enfoca únicamente a la producción económica, sino a la búsqueda de justicia igualitaria, libertad y democracia, pero no deja de imponerle una directriz al devenir histórico.  Actualmente, es un término que organismos internacionales como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe CEPAL intentan revivir: Rolando Cordera Campos, “El desarrollo ayer y hoy: idea y utopía”, consultado el 26 de marzo de 2019: https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/36955/1/RVE113Cordera.pdf   Desde principios del siglo XXI, grupos de economistas, feministas, arquitectas, economistas y biólogas, mujeres y hombres, sobre la base de las críticas poscoloniales de India, Palestina y Nuestra América a la cultura occidental,  han revelado el peligro de una ideología que permite dejar de sentir el peligro de las prácticas de expoliación de la naturaleza y lo común en las sociedades y la explotación de los recursos de la tierra. Para ello están formulando algunas teorías sobre la disminución de forma controlada y progresiva de la producción, con el objetivo de equilibrar la relación entre los seres humanos y la naturaleza. Se les conoce como Teorías del Decrecimiento. Consultado el 24/03/2029: https://iniciativadebate.org/2012/09/20/teoria-del-decrecimiento/

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Flora Tristán y Alejandra Kollontai: bastiones del feminismo socialista [VIDEO]

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Publicado el 28 may. 2019

Resaltando semejanzas, virtudes y enseñanzas de Alejandra Kollontai y Flora Tristán, Francesca Gargallo C. nos revela cualidades del feminismo en distintas épocas. Muchos retos animan las luchas de los feminismos en la época presente.

Notlallo, vida, cuerpo y territorio en la cerámica de Elizabeth Ross

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Caja de bruja (poderes)

Caja de Bruja

¿Es la cerámica tierra y poder para re-crear la fuerza vital del maíz? Desde 1998 Elizabeth Ross le ha apostado a verse a sí misma en el espejo de la tierra y su identidad, del pasado mítico y el futuro de una alimentación relacionada con la ecología, entendida como vida de todas las especies en territorios emocionalmente importantes. Notlallo es un vocablo nahua (no tlalli) que significa tanto mi tierra como mi cuerpo y remite a uno de los conceptos centrales de los feminismos indígenas, el de cuerpo territorio, que, por ejemplo, las mujeres xinkas y maya reivindican para explicar cómo se defienden de la violencia contra las entrañas de su vida y de sus tierras.

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El 6 de abril de 2019, me recibió en el Museo de Arte Popular (Revillagigedo 11, en el centro de la Ciudad de Mëxico)  la fotografía de dos mazorcas de barro oscuro, una en impresión y la otra en bajorrelieve, de la invitación de la exposición de Elizabeth Notlallo.  Con la tierra y con el maíz es peligroso jugar, toda mazorca es una vulva dentada, una promesa de dulzura, carne del propio esfuerzo y del propio placer. En América, la humanidad es hija del maíz porque seres humanos somos lo que hacemos, lo que se nos ofrece y transformamos. El maíz que somos, la tierra en que brota, es nuestro cuerpo que se hace territorio con la fauna que lo habita, los campos, selvas o bosques, sus fuentes de agua, los espíritus que lo pueblan.

Una ceramista de la calidad de Elizabeth Ross, desde hace años dedicada también a la instalación y la fotografía, sabe que manipular la arcilla michoacana para representar la planta que conforma la base de la dieta, la agricultura y el carácter de vida de la mayoría de los pueblos de México es muy arriesgado. Como todo símbolo de vida es uno de los más representados en las artes; la originalidad, por lo tanto, queda subsumida en la capacidad de abordar con tacto y significación a una planta que de por sí encierra todos los sentidos. Por otro lado, la estética es precisamente la expresión de emociones, la transformación del dato simple en una impresión que conmueve. ¿Cómo revivir las palpitaciones de la vulva diosa, de la mazorca esfuerzo, de la piel protectora de las hojas y la diminuta humanidad despojada que los olotes encarnan?

la banda de los olotes - copia

La Banda de los Olotes

Hombrecitos olotes, descarnados hijos de la dentellada, huellas de un tiempo de plenitud que, en una sociedad urbana donde todos los medios de comunicación y ciertas lógicas cientificistas abogan por una racionalidad técnica, es menospreciado en nombre de una modernidad mecánica.

No hay tierra que no sea tierra para las mujeres, los hombres, les intersexuales y en México múltiples y diversos pueblos han cultivado por seis milenios una planta que hoy se niega a la uniformidad, es libre como el desierto, húmeda como una costa, dura como los altiplanos. Cincuenta y dos razas de maíz han generado más de dos mil variantes en el tallo, las hojas,  las inflorescencias pistiladas, las flores, el fruto y sus semillas. Son gordas, altas, delgadas, blanca, amarilla, naranja, rojizas y de un negro teñido de morado las mazorcas.  La arcilla estrujada hasta la caricia por las manos de Elizabeth Ross recoge en la manufactura de la forma  la turbación de una germinación y un crecimiento que para culminar en el fruto deben pasar por etapas tan semejantes a la formación humana que implican la seducción del polen, la espera de la madurez, el esfuerzo de la fructificación, la plenitud de la madurez fisiológica.

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La lluvia de todos los días

Colgadas de delgados hilos como una lluvia de bendiciones materiales, dispuestas sobre mesas, recogidas en canastos, acompañadas de corazones dispuestos sobre las hojas, las mazorcas de Notlallo, (la exposición permanecerá abierta del 6 de abril al 26 de mayo) simbolizan la sacralidad de la tierra y el desconcierto de la necesidad de representarlas. La divinidad que las preside es una y múltiple, la sagrada vulva de todos los mantos virginales, pero también la fuerza de la juventud y la hermandad que Ross  atribuye a la más poderosa y derrotada de las diosas mexicana, la Coyolxauhqui lunar, aquella que descabezada sigue dominando las mareas y las lluvias, las siembras, las menstruaciones, la emotividad entera, con sus susceptibilidades y sus firmes afectos, su rudeza y su ternura.

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Tocar la tierra y sentir en ella el cuerpo del maíz, su propia carne, parece haber inspirado este trabajo tan tradicional como provocador. Elizabeth Ross ha roto una vez más el prejuicio de la división entre arte popular y arte culto sobre la base de una mayor calidad del segundo. La arcilla de las vasijas primordiales es la materia misma de la estética más depurada.

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La artista y su mural Mazorcas

 

En Periódico Desde Abajo, sobre feminismos

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Lunes, 25 Marzo 2019 07:38

Feminismos: cuestiones de fondo, de moda, urgentes  Destacado

Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019Foto: Fotos: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

Rodeadas por una valla de viejas feministas y defensoras de derechos humanos, de las cinco de la tarde a la medianoche del 8 de marzo, mientras desfilaba la marcha de las feministas por la Ciudad de México, un equipo de mujeres fuertes y jóvenes con cascos, arneses y palas descargaron sorpresivamente de un camión y sembraron frente al museo de Bellas Artes un “Antimonumento contra el Feminicidio” de más de tres quintales y casi cuatro metros de alto.

En la escultura metálica en forma de círculo fusionado con una cruz en cuyo centro se levanta un puño cerrado, se lee: “En México cada día son asesinadas 9 mujeres. Decimos Basta”. El emplazamiento y el mensaje resultan contundentes. Los antimonumentos son una expresión de arte político, semejantes a la okupa de un espacio público, para evidenciar un hecho represivo, como la desaparición, el genocidio o el feminicidio. Van en contra de la (des)memoria oficial y se emplazan para ser removidos cuando se cumpla su demanda.

Desde 2015, en Nuestra América el 8 de marzo ha tomado un carácter feminista masivo de denuncia. El Movimiento ¡Ni una Menos! (eso es, que ni una mujer falte al apelo por asesinato, desaparición o secuestro de la vida pública y afectiva) de Argentina, coordinó entonces su voz con la indignación mexicana contra la crueldad creciente hacia las mujeres, que desde 1995 había cuajado en la demanda ¡Ni una más! (ni una mujer asesinada más), acuñada por la poeta chihuahuense Susana Chávez Castillo, asesinada ella misma por tres hombres al salir de una cantina en su natal Ciudad Juárez, en 2011. #NiUnaMenos se ha propagado como una llamarada entre las feministas alrededor del mundo. Mítines de denuncia y marchas multitudinarias se han sucedido en Argentina, Chile, Uruguay, México, y sobre su ejemplo, en Italia, España, Francia, Estados Unidos, así como en la India, Egipto y Túnez.

Desde 2018, en varios países, el 8 de marzo se ha convertido en un día de Paro Internacional de Mujeres, o Huelga Internacional Feminista laboral, estudiantil, de consumo, de cuidados y de trabajo doméstico contra las discriminaciones sexuales y de género. La huelga feminista es apoyada por algunos sindicatos y partidos progresistas mixtos y, a pesar de la existencia de puntos de discrepancia entre las corrientes feministas, sólo ha sido rechazada por aquellos feminismos que se han deslindado totalmente de los símbolos del feminismo occidental.

El 8 de marzo es, en efecto, la fecha que la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague en 1910, a instancias de Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo, escogió para conmemorar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Lo hizo en honor de las migrantes empleadas como obreras textiles que se manifestaron en Nueva York el 8 de marzo de 1857 contra sus miserables condiciones laborales, bajo la consigna de “Pan y Rosas”. En 1911, en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza, el 8 de marzo se aprovechó para reclamar los derechos de las mujeres a votar, a ocupar cargos públicos, a trabajar, a la formación profesional y a la no discriminación laboral. En 1914, se utilizó el día para protestar contra la Primera Guerra Mundial. La Revolución Rusa estalló el 23 de febrero de 1917 día que, según el calendario juliano todavía en vigor en Rusia, coincidía con el 8 de marzo del calendario gregoriano del resto de Europa, cuando las obreras textiles de Petersburgo salieron a manifestarse y fueron seguidas por sus compañeros varones.

En 1975, la Organización de las Naciones Unidas rescató la fecha para declarar el Día Internacional de la Mujer. Sin embargo, en 2018 como en 2019, muchas campesinas, obreras de maquila, adultas que mantienen una familia monoparental, mujeres empobrecidas que no pueden darse el lujo de no cobrar un día, migrantes sin sindicatos que las respalde, pastoras, becarias, cuidadoras no profesionales y ancianas sin pensión no han podido ir a huelga, revelando que la precariedad laboral y la discriminación salarial siguen reproduciendo la pobreza femenina y la falta de derechos de las mujeres.

Cuando las mujeres se manifiestan por su libertad, demuestran su fuerza y la pertinencia de sus demandas. El sufragismo a principios de siglo XX y el movimiento de liberación de las mujeres en la década de 1970 llevaron, como las marchas feministas recientes, a salir a la calle a miles de mujeres, furiosas contra la violencia y la inequidades a las que están expuestas, y felices de sentir su colectividad, de darle voz a sus reclamos. Desde 2017, cientos de miles de mujeres han salido en masa contra los entonces candidatos y ahora presidentes Trump, en Estados Unidos, y Bolsonaro, en Brasil, evidenciando el nexo entre violencia represora, fundamentalismo religioso, neoliberalismo y misoginia. Y salen los días 8 de marzo para reclamar sus derechos y defenderlos.

 

 

Las mujeres representan el 49.6% de la población mundial y están presentes en todas las clases sociales y grupos religiosos, étnicos y nacionales, pero son el eslabón más vulnerable de sus respectivas sociedades. Los partidos de la renaciente derecha internacional, que es misógina, homófoba, autoritaria, xenófoba, en Brasil, Italia, India, Hungría, Andalucía, Estados Unidos, Austria, Arabia Saudita, Polonia, Bulgaria, Colombia, Chile, Nicaragua, noreste de Nigeria, Israel, Turquía, Zimbabue, Argentina coinciden en que las mujeres acaparan una presencia indebida en el espectro político, económico y jurídico de sus países. Pretenden reequilibrar el protagonismo femenino y poner fin a la “ideología de género”, apoyándose en ideas de una supuesta naturaleza humana binaria, heterosexual y jerárquica, provenientes de la propaganda neoevangélica, ultracatólica, islamista e hinduista que sostienen, a la vez, la inexistencia del calentamiento global, la justicia de la competitividad económica neoliberal y el derecho a cerrar las fronteras nacionales para defenderse de las migraciones.

Las derechas mundiales temen el despertar feminista porque para mantener la sociedad de clases es necesario mantener la jerarquía sexual. Obstaculizan por ello la libertad de elección sobre el propio cuerpo, prohibiendo totalmente el aborto en 26 países y limitándolo en 124; buscan reducir la libertad de las mujeres para ejercer su sexualidad y expresar sus demandas; afirman -contra toda evidencia- que la violencia contra las mujeres es un invento feminista y el creciente número de asesinatos de convivientes y ex parejas corresponde a “crímenes pasionales”.

El sistema de discriminación de las mujeres está en la base del funcionamiento capitalista, que se sostiene en la organización familiar que descansa en la pareja matrimonial subordinada. Este sistema se siente acorralado por los reclamos feministas, apela a valores falsamente religiosos acerca de la obediencia que las esposas y las hijas/osdeben a sus maridos/padres y ataca de manera explícita y directa a los principios de igualdad y a las personas que los defienden.

El presidente del partido de extrema derecha español Vox, Santiago Abascal, asegura que “las mujeres asesinadas en España lo han sido a mano de extranjeros” y que la ideología de género es una amenaza que hay que sacar de los colegios (al igual que la memoria histórica, es decir los estudios que evidencian la brutalidad de la dictadura franquista). Según él, se producen contra muchos hombres denuncias falsas por culpa de una “injusta” ley de violencia de género. En Brasil, Bolsonaro niega la evidencia que en los últimos diez años los feminicidios han crecido en un 21% y sostiene que son “mentiras feministas”. El 18 de marzo se celebrará un año del asesinato de Marielle Franco, concejala de izquierda, feminista, activista de los derechos humanos de la comunidad LGTB. El periódico O Globo vincula el asesinato de Mireille Franco con Flavio Bolsonaro, hijo del presidente, ya que ella era crítica con las intervenciones militares y policiales en las zonas más deprimidas de Rio de Janeiro, como la favela de Acari, mismas que el joven Bolsonaro sostenía, apoyando al 41° Batallón de Policía Militar. En Colombia, los feminicidios han crecido en número y crueldad en los últimos años. Según la ONU, en el país suramericano una de cada tres mujeres ha sido golpeada por su pareja actual o anterior y un gran número han sido víctimas de “desplazamiento forzado, despojo de tierras y violencia sexual en el marco del conflicto armado colombiano”. Existe, en efecto, una brecha en la aplicación de las leyes para impulsar la equidad de género que descansa en la cultura de la derecha política. Para muestra un botón: el 10 de junio de 2017, Ramón Cardona, Concejal de Santa Rosa de Cabal (Risaralda) por el Partido Conservador, declaró que “las leyes son como las mujeres, se hicieron para violarlas”.

En todos los países donde gobierna la derecha, los perfiles sociodemográficos de vulnerabilidad de las mujeres asesinadas revelan el incremento de la violencia feminicida contra mujeres empobrecidas, trans y niñas, en un ámbito de muy alta impunidad en los delitos contra las mujeres. Varios tipos de feminicidios se relacionan con la ocupación de las víctimas, su fragilidad social por ser proletarias, migrantes o pertenecientes a naciones minoritarias/indígenas, la condición de violencia generalizada en la zona de residencia, la presencia de mafias, de bandas delincuenciales o de agentes diversos (gubernamentales y no, muchas veces paramilitares) que usan los cuerpos violentados de las mujeres como mensajes para que cunda el pánico en la población y no se manifieste. Éstos feminicidios “sociales” conviven con la violencia doméstica y se suman a los asesinatos seriales y a un brote muy agresivo en la endémica epidemia de machismo, relacionado con fanatismos religiosos y con las más variadas formas de frustración masculina ante los derechos alcanzados por las mujeres, en particular su mayor visibilidad en las artes y la política y su independencia afectiva.

El fin de la violencia feminicida, en sus diferentes etapas, desde los insultos callejeros, los acosos, las amenazas, los golpes hasta el asesinato, es la reivindicación feminista más candente, alrededor del cual se organiza el mayor número de acciones, pero la lucha feminista apunta a la libertad, al placer, a los derechos de las mujeres. Eso es, a la educación igualitaria, a expresar las propias ideas, a desarrollar sus territorios, impulsando una cultura de la liberación colectiva, personal, artística y sexual, y a no sufrir limitaciones en el trabajo y en las expresiones de la propia afectividad.

Desprenderse de las identidades que el sistema patriarcal ha impuesto a las mujeres, en particular las que las obligan a complacer la mirada, el deseo y la organización social masculinas, es un camino que las feministas han emprendido desde hace ya medio siglo para la consecución de su propia libertad. Sin embargo, es precisamente sobre estos caminos de liberación que las derechas económicas, políticas y religiosas han construido un discurso, altamente ideológico, contra “la ideología de género” que, según sus portavoces, impide a las mujeres ser felices con su “naturaleza”, obligándolas a rechazar sus roles.

Una parte de las mujeres de la derecha capitalista, sobre este punto, ha desarrollado un muy especial “feminismo liberal”, que no apunta a la liberación de los roles de género heteronormados, sino a la aceptación “en libertad” de los mismos. Las feministas liberales han creado los mayores conflictos entre feministas al plantear que las mujeres tienen derecho a elegir ser prostitutas, alquilar sus úteros, quedarse en casa dependiendo de un marido que puede llegar a maltratarlas bajo un esquema de violencia normalizada.
El feminismo liberal no cuestiona el sistema capitalista, por lo tanto considera expresiones de la libertad de mercado la compraventa del cuerpo humano y las actividades forzadas por condiciones de pobreza estructurales. Desarrolla por ello un discurso altamente agresivo contra el “moralismo” de las feministas que denuncian el vientre en alquiler como una práctica de abuso, dirigida contra mujeres racializadas, empobrecidas y sin opciones de trabajo, como es el caso de las migrantes en Europa y Estados Unidos. Igualmente, en un mundo donde repuntan formas de esclavitud y trata de personas, de las cuales el 83% son mujeres y niñas obligadas a la prostitución y la pornografía, afirman que “la libertad de prostituirse” es limitada por el supuesto puritanismo de las feministas radicales. Para las “feministas liberales” los valores humanos de la integridad física y emocional de las mujeres, las opciones de trabajo remunerado en igualdad de condiciones con los hombres o de trabajo comunitario y solidario, los derechos a la vida y la afectividad que no someten las mujeres al poder económico masculino son ¡limitaciones moralistas!
Los feminismos que se expresan en las academias en muchas ocasiones toman muy en serio las descalificaciones de los movimientos de liberación de las mujeres por parte de las supuestas feministas liberales, así como tienden a radicalizar el peligro de caer en un dimorfismo social de género cuando se exige poner fin al sistema patriarcal. Éste es un sistema jerárquico que estructura la producción capitalista y la expoliación de la naturaleza, del trabajo y de la capacidad reproductiva. Negar la existencia de un sistema patriarcal que limita y cerca la libertad de las mujeres, poniéndolas en riesgo de ser agredidas, empobrecidas y constreñidas a la repetición de roles de complacencia hacia los hombres, impide pensar y aplicar políticas de búsqueda de una justicia para las mujeres. Justicia reparativa más que sistema de castigo que produzca una ley de las mujeres que nos permita no ser juzgadas ni juzgarnos negativamente en nombre de la obediencia a patrones masculinos.

No se trata de atacar a los hombres desde la radicalidad de la demanda de libertad personal, la igualdad de oportunidades ante la ley y el derecho a la propia diferencia colectiva y particular. Se trata de revelar los privilegios que ciertos hombres gozan dentro del sistema. Ahí donde existen privilegios (que siempre son particulares) los derechos (que son colectivos) no pueden ser respetados: privilegios y derechos son términos antitéticos. Las posiciones de privilegio masculinas, sobre las que se modela el androcentrismo de las sociedades patriarcales, llevan a muchos hombres a no cuestionarse y a mostrarse pasivos ante la injusticia de la desigualdad.

Ahora bien, entre el feminismo liberal que considera que las discriminaciones que viven las mujeres no son tales, sino circunstancias que les ofrecen elegir reproducir libremente una condición femenina subordinada, y la voluntad de las mujeres trans de vivir una identidad “femenina” se inscribe otro nudo de los feminismos contemporáneos.

La condición de transexualidad no es propia de las culturas occidentales modernas. Personas que no se identifican con la vestimenta, los roles y las expresiones afectivas que la propia sociedad asigna a la portación de determinadas características sexuales han sido respetadas en algunas culturas y perseguidas hasta la tortura y la muerte en otras. Las culturas cristianas han sido particularmente violentas con las mujeres y hombres transexuales, travestis y homo y bisexuales, por ejemplo. Por el contrario, en América existían sociedades que consideraban normal que las personas optasen por su propia sexualidad y su adscripción a los trabajos asignados a uno y otro sexo. La heteronormatividad obligatoria es un rasgo altamente patriarcal.

Sin embargo, para las feministas radicales que quieren erradicar todas las desigualdades sociales producidas por el sistema patriarcal capitalista es particularmente difícil reconocer sea el feminismo de la diferencia sexual, que apunta a los aportes positivos de resistencia que la condición femenina ha ofrecido al mundo histórico a través de las experiencias de las mujeres, sea el feminismo de las mujeres transexuales, que consideran que el origen de la opresión patriarcal no son los géneros en sí sino asociarlos a dos únicos sexos al interior de un sistema binario, rígido, que contrapone las mujeres a los hombres.

Si la liberación de las mujeres pasa por liberarse de los estereotipos creados por los roles económicos, sexuales y afectivos de género, estallar los géneros y reconocer la existencia de numerosos sexos permite poner fin a una sociedad binaria de hombres y mujeres “biológicamente” determinados: mujeres madres-hombres trabajadores, prostitutas-compradores, tejedoras-herreros, recolectoras-cazadores, etcétera. Existen decenas de “intersexos”, biológicos, entre el sexo XX o femenino y el XY o masculino, así como divergencias culturales, de identidad y hormonales con los sentires adjudicados a uno u otro género. La sociedad privilegia a las personas que se identifican con el género que se les ha asignado al nacer por sus genitales, la liberación según las feministas transgénero estriba en poder ejercer la propia sexualidad, la propia performatividad, los propios trabajos desde expresiones no marginadas, que no se limitan a lo femenino y lo masculino. No obstante, esta ideal transición continua entre los diversos grados de representación sexuada no es siempre real. Muchas mujeres trans arrastran características de sus privilegios masculinos a una performatividad femenina que las vuelve mucho más protagónicas que las mujeres que se identifican con su genitalidad. Asimismo, muchas mujeres trans participan de la invisibilización de las mujeres identificadas con su sexo biológico conforme a la mayor importancia que les otorgan los medios de comunicación.

Para finalizar, los feminismos que se están manifestando con fuerza después de décadas de menosprecio social constituyen al día de hoy la mayor amenaza para la continuidad de un sistema desigual, ecocida, explotador, racista y violento. Poner fin a la violencia feminicida es el primer paso para poner fin a desigualdades que impiden la expresión de libertades personales y colectivas.

 

Ciudad de México, 12 de marzo de 2019

ANTIMONUMENTO CONTRA LOS FEMINICIDIOS. FEMINISTAS Y FAMILIARES DE VÍCTIMAS DE FEMINICIDIO DICEN YA BASTA EN LA CIUDAD DE MÉXICO

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Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

El 8 de marzo de 2019, rodeadas por una valla de viejas feministas y defensoras de derechos humanos, 8 jóvenes feministas con botas, cascos y arneses levantaron frente al Palacio de Bellas Artes un Antimonumento, es decir un recordatorio de la infamia que se quitará cuando se haga justicia. Se trata del quinto antimonumento de la Ciudad de México, el que feministas, artistas y, sobre todo, familiares de las víctimas de feminicidio y desaparición de mujeres, exigieron se levantara: 300 kilos por 3.80 metros de metal que gritan un ¡Ya basta! proporcional al hartazgo de las mujeres con la violencia que sufren por ser mujeres en una sociedad patriarcal, capitalista y jerárquica.

El levantamiento del Antimonumento contra los Feminicidios se realizó durante la jornada de huelga feminista y marcha por la libertad de las mujeres del 8 de marzo de 2019, mientras 80 000 mujeres desfilaron de La Victoria Alada (la figura mítica mal llamada Ángel de la Independencia: ¡Es un ángel con tetas!), símbolo de la ciudad, a la plaza del Zócalo, símbolo del poder político y simbólico del país.

 

 

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Foto: Brenda Santos de la C, 8M, 2019

 

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Foto: Brenda Santos de la C, 8M, 2019

 

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Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

 

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Foto: Brenda Santos de la C, 8M, 2019

 

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Foto: Brenda Santos de la C, 8M, 2019

 

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Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 8M, 2019

 

Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 8M, 2019

 

Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 8M, 2019

 

Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

 

Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

 

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Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

 

Entrevista de Federica Tomasello (en italiano)

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Femminismi da Abya Yala. Intervista a Francesca Gargallo

A cura di Federica Tomasello

Femminismo da Abya Yala ci restituisce un dialogo tessuto fra te e le tante donne che hai incontrato nelle comunità indigene in America Latina. Cosa ha significato per te scrivere questo libro? Quale sono le impressioni che hai raccolto durante le presentazioni?

Io credo che una delle grandi sorprese che ho avuto da Femminismo da Abya Yala è stata l’accettazione che ha ricevuto prima in Spagna, per esempio tra le donne gitane e poi qui in Italia, tra le letterate. E’ interessante che i libri del femminismo che io scrivo, influenzati ovviamente dal fatto che ho studiato filosofia e l’ho insegnata per 23 anni all’Università, abbiano avuto un riscontro positivo da donne, che in genere, in Italia, sono state le letterate, che cercano di costruire un discorso sulle maniere di difenderci e riprenderci la parola. I miei due libri sono stati tradotti da due donne che si occupano di letteratura e non di filosofia, il che è molto interessante, se vediamo la letteratura non solo come un prodotto ma come una creazione, come la possibilità di diffondere un pensiero tra un numero maggiore di persone. Valeria Manca è stata professora per anni al Magisterio di Letteratura Latinoamericana, ha tradotto delle pagine scelte di Femminismo da Abya Yala. A partire da questo lavoro è nato un dibattito su che cosa significhi che i femminismi delle differenze non siano solo femminismi delle differenze sessuali, ma siano femminismi delle differenze culturali, religiose e delle forme di organizzazione in dialogo per reciproche insegnanze. La preoccupazione principale è quella di rendere visibile l’azione femminista non come una azione individualista bensì collettiva, culturalmente ancorata nel proprio tempo.

 

Il viaggio che hai intrapreso e che ti ha portata a scrivere Femminismo da Abya Yala, ti ha permesso di incontrare tante donne che ti hanno offerto un altro punto di vista sul mondo e sul ruolo politico, sociale e culturale di noi donne all’interno dello stesso. Cosa ha significato per un’accademica e una femminista l’incontro con questi saperi, esperienze, visioni del mondo altre che troppo spesso il pensiero occidentale svaluta?

Ho impiegato 6 anni per realizzare questo libro. Sei anni che mi hanno poi portato ad una crisi e, alla fine della redazione di questo libro, a dare le dimissioni all’Università. Ho effettivamente vissuto fino in fondo una crisi rispetto all’educazione occidentale, che ho percepito come un processo di domesticazione, come uno strumento per imparare a ubbidire a dei mandati che per esempio ci impediscono di vivere fino in fondo le nostre differenze. Penso per esempio alle differenze sul come curarci, alle differenze su come vivere le relazioni sesso-affettive. In questo momento in cui la destra appella alla famiglia io mi chiedo: ma quante famiglie ci sono? Perché si parla di “la famiglia”. E’ questa dittatura del pensiero occidentale che ha costruito dal 1600 ad ora una tendenza, la tendenza ad una famiglia nucleare, onnipotente, che ci separa dalla società. In un mondo in cui tutti siamo sfruttabili allo stesso modo, il nucleo che permette questo sfruttamento perché ci distoglie dalla solidarietà del collettivo è proprio questa coppia riproduttiva che si isola da tutti gli altri, in dei cubiculi, all’interno di case sempre più piccole. Ora c’è bisogno di meno figli. In fondo siamo su una gran barca in cui oggi vivono sette miliardi di persone e se non ci ridimensioniamo un po’, affonderemo. Perché non pensare per esempio anche il diritto all’aborto come un diritto delle donne a un pensiero ecologico? Non vogliamo più avere figli perché siamo troppe. Questo non significa che tra tutte noi non vogliamo però educare e generare una futura generazione di donne giovani che non devono essere separate in famiglie, ma vivere in collettivo.

 

Continuando a ragionare intorno al collettivo, e in particolar modo alla relazione tra femminismi, collettività e comunità. Qui in Italia si parla molto poco di femminismi comunitari e soprattutto delle proposte elaborate dalle femministe comunitarie di Abya Yala. Quindi ti chiederei di raccontarci quali sono le esperienze e le proposte di queste donne e soprattutto se ha senso per te, immagino di si, apporre l’aggettivo “comunitario” alla parola femminismo. In tal caso, perché ritieni necessaria questa specificazione?

Io credo che sia necessaria anche in senso decoloniale, piú precisamente in senso anticoloniale, anticolonialista e critico. Proprio per un’epistemologia del femminile non colonialista. Ricordo che 30 anni fa in Messico le compagne dicevano che uno dei limiti del femminismo messicano era quello di non esser capace di prendere in considerazione l’individuo donna e la sua libertà individuale. Oggi invece ci ritroviamo davanti al fatto che l’apporto per tutte noi, che arriva dell’America Latina e dai popoli indigeni è proprio quello della dimensione collettiva all’interno dello spazio e delle vite che vogliamo trasformare. Per esempio, i femminismi collettivi e comunitari hanno assunto la lotta per la difesa dei territori indigeni come una difesa costruita tra uomini e donne. Questa lotta, seppur condotta con gli uomini, le porta però ad essere titolari della loro presenza territoriale nelle comunità. Poiché non esiste la proprietà privata, il diritto al lavoro e la titolarità del proprio lavoro nel territorio comunitario non viene più esercitata esclusivamente da una figura maschile ma si fa’ propria delle donne.

 

Questi femminismi comunitari che mirano alla producción e reproducción de lo común, alla salvaguardia del comune, un comune che non annulla la singola, ma anzi ne vede la realizzazione anche e soprattutto nell’incontro e confronto con le altre e gli altri, in un contesto collettivo, è uno spiraglio di luce rispetto a quella che definisci la modernità emancipata?

Certo. I concetti storici non sono di una sola cultura, la storia ha degli usi e costumi che ci arrivano dall’800 tedesco. Lì più o meno si decise che la storia inizia con la scrittura e che la modernità comincia con il commercio transcontinentale, con l’invasione dell’America. La modernità inizia nel 1492. Ma cos’è che chiamiamo modernità? E che similitudini ci sono tra l’Europa, l’America, l’Australia, l’Africa, l’Asia? Ovviamente essa rappresenta l’espansione coloniale di una piccola parte del mondo, che in realtà appartiene geograficamente a uno spazio molto grande che potremmo chiamare Eurasia (in cui l’Europa è la parte minore ed è anche la meno popolata). Ma da questa parte estremamente occidentale dell’Eurasia, avviene un’espansione di tipo coloniale, commerciale, che tende a costruire sempre di più l’idea che quello che decide la cultura di questa parte del mondo è universale. La modernità emancipata è la modernità che accetta gli universali europei come validi, per esempio l’idea di progresso, per esempio l’idea di individuo, di individuo sovrano, di individuo che ha più diritti della collettività. Solo con questa astrazione di una idea universale si può pensare che è possibile “esportare” il proprio modello politico e economico (sistema di generi opposti e inconciliabili, proprietá privata, superioritá umana sulla natura, rappresentativitá, ecc.) e che una sola storia comprenda tutto. Il femminismo comunitario mette in discussione proprio questo universale, quello dell’individuo al di sopra del territorio, dell’ecologia del territorio, della vita, della comunità e delle persone. In che modo io mi posso liberare, se mi trovo in una condizione di non libertà generale o di sfruttamento o di negazione del valore del mio sapere? Perché il sapere deve passare dall’Accademia, deve passare dalla ratificazione occidentale o non é tale. Il sapere deve essere attraversato da un tipo di razionalità completamente occidentale, che vuole un diritto che sia individuale, non collettivo. Un diritto che deve sempre porre delle ammende quando altri popoli dicono: “questa è la vostra idea, non è l’idea di tutti”. Credo che ciò che ci insegnano le comunità originarie, soprattutto quando si ribellano, penso alla rivolta dei Nasa del 1973 e alla lotta Zapatista dei popoli Maya dal 1994, è che non si può usare la terra come se non fosse viva, perché è lì che viviamo. Noi dovremmo vivere in accordo con la terra e non contro di lei e questo pensiero viene comunicato e condiviso dalle donne in maniera molto forte. Poco tempo fa ero con una architetta veneziana che mi diceva delle cose straordinarie: lei di fronte alla progressiva totale cementificazione delle città italiane, sentiva delle vere e proprie angosce corporali, in senso ecologico profondo. Lei diceva di provare la necessità di tendere la mano alle altre donne per dire insieme “no! basta cemento! basta autostrade! non vogliamo più nuove case! Vogliamo una vita migliore!”. Questo discorso ha avuto su di me un impatto molto forte perché, in qualche modo, questa architetta mi diceva ciò che mi avevano detto anche delle contadine in Guatemala.

 

Hai fatto riferimento alla necessità di vivere in armonia con la terra e non contro di lei. Questo mi ha rimandato al concetto di corpo-territorio che i femminismi comunitari e le donne di Abya Yala stanno discutendo. Un concetto che richiama alla vulnerabilità della vita umana e alla nostra indissolubile ecodipendenza. Un concetto, quello di corpo-territorio, che per il timore di ricadere nella trappola dell’essenzializzazione della natura femminile, rischia di non essere compreso qui in occidente?

Credo che una delle prime risposte negative al concetto di corpo-territorio che ho sentito (soprattutto in Italia, molto meno in Francia e ancora meno in Spagna) è legata all’immediata accezione del corpo-territorio come corpo-natura, come corpo non cultura, come corpo biologizzato in qualche modo. In realtà il territorio è un concetto molto complesso, per il quale si usano diverse parole, diverse perifrasi, dipendendo dalle 607 lingue che si parlano in America Latina e che cercano in qualche modo di esprimere che cos’è un territorio. Un territorio in nessun modo è solo la terra. Il territorio è sì la terra, però è anche l’aria, l’aria che si respira, l’aria che porta alla vita comunitaria, collettiva. Il territorio è l’acqua. La maggior parte delle ribellioni indigene contemporanee, avvengono per la difesa dell’acqua che é in sé ed é anche per il bosco, per le persone, per gli animali. Per cui il territorio è terra, è acqua, è aria, ma è anche flora e fauna, è anche la comunità umana con la sua cultura, con la sua spiritualità, che lì abita. Non è pensabile il territorio come una terra da suddividere o da possedere. Il territorio è lo spazio della vita. Per cui la donna che difende il suo territorio, per esempio una montagna dalla violenza invasiva delle ruspe, e per farlo impiega per fermarle il suo corpo (il corpo di una persona che vive in collettività) è una donna che ha una relazione politica ed ecologica con il territorio in cui vive. E’ una donna che ha una relazione con il territorio in cui vive, appunto, perché è lì che vuole fare la sua vita, è lì che vuole trasformare la vita delle donne in senso positivo, è lì che non vuole essere ammazzata, è lì che vuole essere riconosciuta, è lì che vuole incidere sulla sua cultura, sulla sua lingua, sulle relazioni, sul diritto alla sua sessualità e ad avere o non avere figli.

 

Sappiamo che in Messico sono in aumento i casi di femminicidio ma anche che il movimento femminista si sta organizzando e sta crescendo, ti chiederei, per concludere, di raccontarci meglio la situazione, anche nell’ottica di costruzione di ponti fra esperienze e resistenze.

I movimenti femministi sono fondamentali, soprattutto perché siamo un continente di mega città. Città del Messico e San Paolo credo siano le 2 città più grandi d’America. Sono mega città in cui si sta producendo una cultura urbana che è molto spaventata dalla generazione urbana stessa di violenza, specificamente prodotta contro le donne. La prima città di “maquila”, cioè la prima città di un’industria di assemblaggio è Città Juarez, nella frontiera tra il Messico e gli Stati Uniti, iniziata da Kennedy nel ’67 e presentata come la grande proposta per i paesi più poveri da parte dei paesi più ricchi. Non è una proposta di oggi, è una proposta che viene dal ‘67, con quest’idea che i messicani e le messicane potessimo lavorare meno caro e quindi rendere più facile la vita ai capitalisti statunitensi. Questa situazione fa sì che le città perdano molto della loro cultura, per diventare città delle culture esplose: una grande migrazione interna verso questi poli che non hanno richezza propria, in cui il municipio stesso non ha nessun ingresso perché le aziende non pagano le tasse. Un Municipio in cui non si pagano le tasse è un Municipio povero, anche se genera molta ricchezza a dei privati e questo è Città Juarez. Città Juarez è un Municipio poverissimo che per esempio non può investire nella luce elettrica perché destina tutta la ricchezza prodotta all’industria statunitense che non paga imposte. Così il Municipio ha un pessimo servizio di trasporto pubblico, un pessimo servizio di illuminazione, delle pessime fogne, una pessima distribuzione dell’acqua potabile. Tra le altre cose è in mezzo al deserto. Per cui in una città poverissima si genera la maggior parte della ricchezza per l’industria statunitense ma non solo, anche per l’industria europea. Le industrie europee sfruttano terribilmente il lavoro mal pagato e non protetto dei lavoratori e delle lavoratrici dell’America, l’Asia e l’Africa nelle cittá di produzione di assemblaggio. Questo lavoro è fondamentalmente un lavoro femminile, che rende libere le donne dal lavoro non pagato nelle produzioni familiari e agricole anche se molto sfruttate. Guadagnano molto poco, però guadagnano per conto proprio. In genere poi lasciano la famiglia nel luogo d’origine, quindi non hanno legami di controllo sulla loro sessualità, sulla loro vita affettiva, sui loro comportamenti. Per cui magari vengono mal pagate, però durante il fine settimana possono comprare una bottiglia di vino, invitare compagne di lavoro, di casa e anche uomini e vivere una vita propria, non determinata da strutture di controllo, come possono esserlo le famiglie contadine. A Ciudad Juárez, nel 1993, cominciano a succedersi degli omicidi di donne per il fatto di essere donne, accompagnate anche da sparizioni lungo la frontiera. Sono le madri di queste ragazze morte, sparite, che cominciano a denunciare e coniano il termine femminicidio in una lingua latina. In inglese preesisteva la parola, ora, data l’ampiezza del fenomeno in Messico, femminicidio è diventata la parola che il paese ha coniato per il mondo. Il femminicidio non è sempre e pura violenza domestica, è vero che la maggior parte della violenza che le donne soffrono nel mondo, compreso in Italia, è una violenza che esercitano contro di loro membri delle loro famiglie o conoscenti, però è una violenza contro le donne che è sistemica e sociale: per cui uomini che non trovano lavoro, per esempio, si vendicano sul corpo delle donne perché loro lo trovano. C’è una vendetta del collettivo maschile nei confronti del femminile che lo spiazza nella vita pubblica. C’è anche molto risentimento. Uomini che uccidono donne perché perdono il loro potere, perché le donne non dipendono più economicamente da loro, o perché effettivamente prendono delle decisioni o hanno delle idee che non sottopongono al controllo della struttura patriarcale, del collettivo di uomini e donne che gli sono fedeli, come per esempio le suocere. E tutto questo è enormemente doloroso perché dal ‘90 a oggi il femminicidio in Messico è cresciuto del 400%. C’è un 400% di omicidi di donne in più rispetto a 20/30 anni fa. Oggi si registra una situazione di emergenza perfino nei posti dove credevamo di essere più in salvo, per esempio in città. Oggi Città del Messico sta vivendo cose che prima vivevano le province messicane: incremento della mortalità delle donne per essere donne, sparizioni, assassinati, un maggior numero di impunità di fronte a questi delitti. Però c’è anche una maggiore e più forte risposta femminista. Non solo c’è il movimento Ni una más (ovvero non una donna assassinata in più) ma anche il risveglio di un femminismo molto giovanile, di ragazze di meno di 30 anni, che si riuniscono, agiscono dai loro collettivi, nella difesa della vita di tutte le persone, nella difesa del primo diritto, che è quello alla vita personale e collettiva. La cosa preoccupante è che attualmente si sta generando una cultura della paura delle donne per togliere loro i diritti ottenuti dal movimento di donne negli ultimi 100 anni. La destra mondiale, che si sta organizzando come una vera internazionale di destra, e produce discorsi molto simili in tutto il mondo e in tutte le religioni contro la libertà delle donne, discorsi che toccano proprio la vita delle donne: “muoiono perché vogliono, dovrebbero stare a casa alle 10:00 di sera, sono assassinate perché non vogliono più fare figli agli uomini”. E’ un discorso che solo 20 anni fa avremmo considerato delirante e che invece adesso sentiamo per esempio in Argentina o in Italia da personaggi che menzionano per esempio il totalitarismo di genere. Assistiamo a un discorso di estrema destra che cerca di far coincidere (in modo molto strano) il pensiero femminista con il grande nemico delle destre che è il pensiero marxista. Come se il femminismo derivasse dal marxismo. Credo che invece il femminismo preceda come pensiero della liberazione il pensiero marxista e io proprio come esempio porto sempre questo: noi crediamo che la frase Operai di tutto il mondo unitevi! sia di Marx, e invece no, tre anni prima la disse Flora Tristan, socialista e femminista franco-peruviana. Nel suo libro, L’Unione Operaia, del 1843 dice che le operaie sono le sfruttate degli sfruttati. Lei muore per avvelenamento da piombo, perché non le poterono togliere la pallottola che le sparò il marito quando chiese il divorzio. Flora Tristan, grande teorica del socialismo utopico, di ritorno dal Perù, ricomincia la sua vita politica scrivendo sulle donne come sfruttate degli sfruttati, donne operai, della classe operaia. Lei dice: “Non ci può essere una liberazione operaia se non c’è una liberazione delle operaie. Non c’è liberazione senza liberazione femminile.”

http://www.iaphitalia.org/femminismi-da-abya-yala-intervista-a-francesca-gargallo/

http://semanal.jornada.com.mx/2019/01/20/literatura-y-feminismo-2249.html

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Literatura y feminismo

Los poemas de Aralia López eran capaces de producir imágenes tan prodigiosas como “la nieve, menstruación de la luna” y los títulos de sus libros de análisis literario podían ofrecernos pistas sobre cómo la espiral se vuelve círculo si la reiteración adquiere el carácter de una comprobación de los hechos. Aralia escribía como si estuviese bordando el nombre de la persona amada en un pañuelo, con una sensibilidad estética y analítica que daba valor al carácter epistémico y creativo de las características del amor: cuidado, atención e interés.

Conocí a Aralia López porque mi gran amiga de esos años, Elizabeth Maier, me dijo que al escucharla en El Colegio de México había descubierto la más inteligente voz sobre la cultura de las mujeres. Han pasado más de treinta años y, por lo tanto, no recuerdo las palabras precisas, pero fue algo como que Aralia era la latinoamericanista que mejor entendía que la literatura de mujeres cruza las anécdotas con lo más profundo del discurso sociohistórico: la vida personal.

En 1989, el lanzamiento del número 40 de la revista Blanco Móvil, dedicado al feminismo, me ofreció la ocasión de conocerla personalmente. En la mesa había varias escritoras, recuerdo concretamente sólo a Ethel Krauze y a Aralia López, que debatían desde posiciones encontradas: Ethel afirmaba que, para la escritura, el hecho de ser mujer es una condición secundaria, como la estatura o el color de la piel, mientras Aralia sostenía que la condición femenina produce la comprensión de lo que la supuesta universalidad de los cánones literarios masculinos deja al margen y niega como aporte artístico. Su pasión por Rosario Castellanos la llevaba a entender que los temas en literatura no son nada inocuos y que en la escritura, de no cuidarse la estructura, la forma y el contenido, se reproduce el poder masculino, ese poder difuso que supone una sesgada visión histórica y crítica. Como si de tomar partido se hubiera tratado, yo me encontré dando un paso decidido hacia el bando de Aralia, y me quedé ahí hasta el 4 de diciembre de 2018 cuando mi amada ensayista, poeta y narradora nacida en Cuba y miembra en México del Taller de Teoría y Crítica Literaria Diana Morán, desde su fundación en 1984, falleció después de haber sufrido un malestar en la uam-Iztapalapa, la universidad donde pudo dar rienda suelta a su placer de enseñar literatura de mujeres y dialogar con todo tipo de estudiantes.

 

El feminismo ecuménico de Aralia

 

Aralia, en efecto, amaba a los seres humanos. Los había padecido, parte de su vida personal alimentaba su literatura, que hubiera podido ser tenebrosa, ácida y maldita, pero ella prefirió vivir la positiva enseñanza que recibió del encuentro con cada mujer, hombre o intersexual con quien se fue topando. En su casa era factible cruzarse con las mentes más brillantes de Cuba, Puerto Rico y México, sin ninguna discriminación de clase, sexo o, menos aún, raza. En efecto, nunca creyó que la inteligencia de la vida era una condición académica. Le rendía culto al antiguo valor de la hospitalidad y a la amistad de corazón a corazón; era capaz de adoptar amorosamente a jóvenes cuya brillantez intuía y de guiar a mujeres diversas al encuentro con su inteligencia. Conocí con ella a escritoras, directores de cine, cantantes, vendedores de paquetes turísticos, cocineros, maestras, periodistas y médicos –sí, por algún extraño motivo adoraba a los médicos; quizá, como la filósofa Vera Yamuni, les atribuía el conocimiento desnudo del ser humano. Por motivos laborales, tuve el placer de cruzarme luego con muchas de sus antiguas alumnas y alumnos, algunas excelentes escritoras como Adriana González Mateos y otras filósofas como Antonieta Hidalgo, todos y todas atentas a los detalles en las relaciones, a no ofender, a sostener lazos de comprensión y de valorar la palabra y sus formas.

En el horrible, neurótico y voraz mundo de la competencia académica, Aralia fue capaz de enseñar a cruzar ideas, a crecer en grupos de reflexión, a entretejer interpretaciones psicoanalíticas, estudios históricos, teorías del feminismo de la diferencia y análisis literarios, hasta llegar a un tejido de interpretaciones que puede compartirse. Lo hizo en El Colegio de México, en la uam y en los talleres y tertulias no institucionales que formaba o en los que participaba. Era muy radical cuando nos urgía a desmantelar la confrontación destructiva. Por ello mismo, su feminismo era ecuménico y profundo, una sutura entre los sectores construidos y separados por el patriarcado y la misoginia clasista y sexófoba.

Si para muestra de su amplitud de mirada es suficiente un botón, lo primero que leí de ella no fue un ensayo sobre literatura femenina sino un largo artículo fechado en 1986, en el número 15 de Blanco Móvil, sobre la novela del ’68 en México, que ella llamó “Literatura tlatelolca”. Una mirada de escalpelo sobre un tema histórico, parteaguas como el ’68: analizó en ese artículo no únicamente lo escrito por María Luisa Puga y María Luisa Mendoza, sino también por Arturo Azuela, Luis González de Alba, Juan García Ponce y Gustavo Sainz. Apuntaba a que la novela tlatelolca, como antes la novela de la Revolución mexicana, y después la novela feminista, narra los efectos de la realidad en la conciencia, haciendo del tiempo y el espacio concretas estructuras del sentido.

Gracias a Eduardo Mosches y a Pedro Miguel, que la querían y procuraban con frecuencia, llegué a hacerme amiga de tamaña maestra. 
Ir a verla, encontrarme con ella, leerla era una fuente de alegría y de compromiso intelectual. Me dio a leer su difícil novela Sema o las voces, que publicó en 1987 y dedicó a “los que tienen confianza en el sentido”. Me costó entender su triste ironía con respecto a los héroes, pero definitivamente hoy me resulta comprensible su descripción de Hércules. “Sí, el problema 
era muy diferente, pues Hércules buscaba el 
sí mismo en la maza, objeto cargado de prestigio que lo identificaba soberanamente de acuerdo con la ideología dominante a la que pertenecía.”

Hablamos mucho de narrativa; en una ocasión me confesó que mis novelas le recordaban la prosa de Rosario Castellanos porque ambas éramos escritoras y filósofas, y organizábamos como tales el relato de la conciencia. Una declaración tan grande de mi valor literario me coloreó las mejillas como un tomate: Rosario Castellanos es mi escritora mexicana favorita, tal como era para ella. Se dio cuenta de que me había intimidado y sin mediar palabra me pasó su ensayo “Narradoras mexicanas: utopía creativa y acción”, donde reflexionaba sobre la utopía, como lo hacían por esos años los filósofos Horacio Cerutti y María del Rayo Ramírez Fierro, con quienes nos reuníamos mensualmente. La matriz imaginaria de la utopía –escribió Aralia– es precisamente lo que la hace posible, permitiendo que transite por las violencias, confusiones, fragmentaciones, derrotas y logros hasta suscitar otros deseos, otras utopías.

Luego me dio a leer La espiral parece un círculo. La narrativa de Rosario Castellanos. Análisis de “Oficio de tinieblas” y “Album de familia”, que la uam publicó en 1991. De él, su amada maestra-amiga-colega Yvette Jiménez de Báez dijo que era una lectura que abría al diálogo, un hijo de la sensibilidad y la inteligencia. Aunque a Yvette no le gustara tanto, a mí me encantó la insistencia de Aralia en las ideas y los contextos históricos en los cuales se construyeron las obras literarias de Rosario Castellanos. Más fácil y menos intimidador me resultó leer y escuchar de su boca su poesía, que me llegaba llena de matices memoriosos, animaciones y regalos.

 

Mi ateo nombre/ tan lleno de ventanas”

 

Hay mucha poesía inédita de Aralia, que espero se publique pronto en un par de tomos que reúnan todas sus obras dispersas, literarias y de análisis (si algún editor/a lee estas líneas, que se dé por enterado) para que lectoras/es y estudiantes tengan acceso a un mundo creativo personal y dialogante que ha marcado una época y transformado la concepción misma de canon literario y de análisis crítico. De sus libros publicados, el que más éxito ha tenido seguramente es Un país sin invierno, de 1998, que inaugura nombrándose: “Esta manía de contarles,/ contarme;/ decir mi ateo nombre/ tan lleno de ventanas…”

Después de leer ese poemario, donde la luna menstrúa y el calor es solar e iluminador, le regalé una cortina blanca de lino bordado para que, ligera, se moviera en su ventana. Pensé que si “el curso del tiempo retrocede”, entonces todas podemos reencontrarnos niñas ante una ventana en la que una cortina se sacude en la brisa marítima. Al final de cuentas yo, como Aralia, pertenezco, luego soy, de una isla.

Sin embargo, no me gustaron menos El agua en estas telas, publicado dos años antes por Praxis, ni la edición cartonera de Cercanías y barcos, de 1997. El porqué Aralia dejó de luchar para conseguir que le publicaran sus poemas tiene que ver quizás con que la fama nunca le interesó. No obstante que los editores no corrieran tras las obras de una escritora tan profunda y gentil, tiene que ver precisamente con lo que Aralia López siempre denunció en sus estudios: el poder de la forma masculina y su manera de nombrar lo que sostiene el poder que oprime. Aralia, a todas luces, escribía fuera del canon y producía literatura desde la libertad creativa, propia de la utopía feminista en proceso de realización. Por ello llamaba a toda la humanidad a germinar: “De sangre el riego/ germina la pisada/ granos y frutos/ antevísperas estériles/ impacientes ya de la paciencia/ aumentan los regalos/ quiero creer lo que dice la higuera/ el itinerario del polen/ en el vestido que me teje el aire.”

 

En el suplemento  La Jornada Semanal, Ciudad de México, 20 de enero de 2019

Se me fue un amigo, adiós Saul Ibargoyen

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Su hija Itzel me escribió hace tres días algo así como “o vienes a despedirte del poeta o ya nunca más podrás hacerlo” y yo me lancé a la casa donde él vivió los últimos 20 años de su vida, con el último gran amor de su vida, Mariluz Suárez.
Estaba en Ciudad Nezahualcoyotl, leyendo una tesis de un joven amigo; es probable que aprendí de Saúl a estar siempre dispuesta a a leer a los más jóvenes, a escucharlos, a reconocer su fundamental importancia para la literatura. De ahí me lancé a Coyoacán cambiando tres metros y una pesera porque de Saúl yo recibí afecto a lo largo de casi cuatro décadas, así como enseñanzas y mi inserción en el mundo literario mexicano. Fue el primero que me publicó un artículo y que insistió en que siguiera escribiendo literariamente a pesar de estar estudiando una maestría y trabajando.
Saúl ha sido mi amigo por 38 años, a veces tan cercano que según algunos de nuestros amigos de Plural, fuimos pareja, por ahí de 1981-1982, en otras ocasiones más distanciados, pero nunca distantes, nunca sin interés uno por el otro, cuidando nuestras letras y nuestras emociones. Recuerdo muchos momentos de la vida de Saúl que no fueron solo literarios, la operación de trasplante de hígado de su hija Itzel a los 18 años, por ejemplo, cuando caminaba de un punto a otro de un cuarto y me hablaba de ella como “una mujer fuerte” para no llamarla niña o hija u otras palabras que la disminuyeran. Le aterraba que viviera una vida rodeada de medicinas, estaba luego muy orgulloso de cómo asumió su salud. Supongo que una de las últimas alegrías de su vida ha sido saber que estaba embarazada.
Recuerdo igualmente otros momentos fundamentales en su vida: su decisión, primero, de volver a Uruguay al final de la dictadura y, luego de ocho años, de retornar a México, su país de elección y amor a la vida. Era un hombre dual, un pisciano, un poeta comunista, un latinoamericano con heterónimo árabe, un amante de la literatura al que le devoraba seguir escribiendo, un narrador que elevó los lenguajes fronterizos a la novela. Era un ser dual, quizás en eso residía también su pasión por México: muchas veces revisamos literatura acerca de que en estas altas tierras del Anáhuac, las divinidades eran mujer y hombre, vitales y mortíferas, diurnas y oscuras y se regían por la regla de que todo es dos y solo se piensa si se dialoga.
Nunca fue mi maestro, debo ser una de las pocas amigas suyas que nunca fue su alumna, pero fue un guía y uno de los primeros hombres de mi vida que no me trató con displicencia o con la arrogancia masculina del escritor ya famoso hacia una joven que inicia. Lo he visto en muy pocos hombres, quizás sólo en Eduardo Mosches con mi hija, a la que quiere porque la conoce desde que la tomó en brazos, pero que respeta como joven narradora.
Compartimos los momentos de trabajo y entusiasmo por las revoluciones centroamericanas, nunca entendió la radicalización de mis posturas feministas, en particular mi opción por la autonomía, temía que perdiera la sensualidad de la vida y el trato con el mundo. Por el contrario, fue de las personas que entendió con más sensibilidad mi crisis de producción literaria, en los años en que trabajé en la UACM y  los inmediatamente sucesivos. Creo que fue la única época en que sintió pena por mí. Se compadecía de mi crisis creativa, pero no me dejó sola. Nos vimos algunas veces en un café de Coyoacán y me dijo en una ocasión que lo que más deseaba era que le dijera que había vuelto a escribir. Me faltó tiempo para contárselo.
En fin, un pilar en mi vida, el querido Saúl Ibargoyen que nos dejó ayer. José Angel Leyva había decidido hacer un programa de radio en la Secretaría de Cultura de la ciudad dedicado a su producción  poética y yo llevaba en el morral algo así como 15 libros suyos (apenas una probadita de su inmensa producción) cuando el tráfico provocado por la crisis de abasto de combustible en la lucha contra el Huachicoleo me impidió llegar a San Ángel desde la Santa María la Ribera. Chin, el Metrobus mismo, a pesar de su carril especial, no se movía.
Saúl seguramente fue un pilar en la vida de muchas otras personas, tuvo una constante actividad de tallerista, redactor, poeta, conferencista. A lo largo cuarenta años me he encontrado con alumnas suyas, mujeres y hombres como Juan Carlos Castrillón, que me han revelado que gracias a él nunca cayeron en una poesía sin más sentido que el orden y la asonancia de las palabras.  Igualmente conocí a alumnas suyas que pudieron concienciarse sobre su cursilería gracias a que Saúl ejerció con ellas una ironía falta de agresividad, casi amorosa.
En menos de dos meses, perdí a dos grandes amigos de vida y de letras, mi amada Aralia López, maestra feminista, poeta casi minimalista, y a Saúl, a quien llamaron con cierta sarcástica mala leche “la coneja de la poesía uruguaya” (él se reía mucho del apodo, que en el fondo le gustaba) por su enorme producción. Vivir es también un constante aprendizaje de desprendimiento.

El miedo lejano y otras fobias: Los repugnantes, maravillosos, increíbles cuentos de Juan Antonio Rosado

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El miedo lejano y otras fobias: Los repugnantes, maravillosos, increíbles cuentos de Juan Antonio Rosado

El miedo lejano 1

Francesca Gargallo Celentani

De 1980 a 2015 Juan Antonio Rosado ha seleccionado y reunido 20 cuentos diferentes, alrededor de tres elementos: cuatro discurren sobre el tiempo, siete le guiñan el ojo a la urbanidad y nueve relatos apelan a la pureza, no entiendo bien si porque el autor encuentra honorable la descarnada referencia a los juegos eróticos o porque entre vómitos, fantasías socio-pornográficas, asesinatos, secreciones y familias funcionales a la disfuncionalidad de las relaciones de parentesco, se carcajea de las higiénicas entregas al coito pagado.

No hay que buscar continuidad temática, ni siquiera estilística, en El miedo lejano y otras fobias (Praxis, Ciudad de México, 2017), porque no es un libro de cuentos, sino una recopilación nada complaciente de las obsesiones afectivas y sexuales de un narrador que durante tres décadas no se ha esforzado en resultar cómodo a ningún colectivo político ni literario. Cuenta con soltura, encuadra vigorosos escenarios…

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Desnudas en el arte popular y culto del México moderno y contemporáneo: a propósito de Eli Bartra

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Una versión reducida de este texto de presentación salió en La Jornada Semanal, del cotidiano mexicano La Jornada, el 25 de noviembre de 2018

 

El cuerpo desnudo es un cuerpo que despierta emociones. No tiene necesariamente que ser una representación de género, aunque en muchas culturas, la conmoción que acompaña la imagen humana sin más signos que los de su corporalidad ha servido como emblema de los roles sexuados en las relaciones humanas. Sin embargo, las representaciones del cuerpo desnudo son anteriores a la discriminación de género: ya existían en los tiempos que la arqueóloga Maritsa Gimbutas identificó como periodos de ideología estética, preeconómica, en  civilizaciones que sucumbieron a la guerra y al robo de la producción y reproducción que ésta significa.

Desnudo es el cuerpo de la tierra, de las divinidades, de las gestantes; representa el ser y el estar: dormido es la paz, sentado, la conciencia, de pie, una manifestación  de fuerza. El cuerpo diferencia a una persona en la colectividad, a la vez que encarna la misma comunidad. En el cuerpo desnudo se inscriben otros signos -una trenza en el pelo, el bordado de un faldellín, una pose- que revelan habilidades humanas. Ahora bien, antes de la organización de una jerarquía de géneros en el horizonte histórico de la aparición de la guerra y la esclavitud, me es difícil imaginar el desnudo como una expresión de voluptuosa sensualidad. Entonces el cuerpo no era púdico ni impúdico, simplemente era y manifestaba una condición ontológica de la vida anterior a un sistema de género binario. Su representación era tan naturalista como abstracta: estetizaba la vida y simbolizaba actividades y sentimientos.

Sin embargo, a lo largo de las transformaciones que se sucedieron con las estratificaciones sociales y la organización de los sistemas de géneros, el cuerpo desnudo pintado, esgrafiado o esculpido adquirió un uso que no había tenido antes: se convirtió en objeto de culto, expresión creativa del deseo de posesión o, como nos lo revela Eli Bartra en Desnudo y arte (Desde Abajo, Bogotá, 2018) en una “manifestación particularmente clara del imaginario de los géneros con respecto a los sujetos femeninos”.

Desnudas pero no desnudadas, en las más diversas culturas paleolíticas, neolíticas y de civilizaciones pacíficas las mujeres se autorrepresentaron o fueron representadas en su fuerza, su poder, con caderas enérgicas y pechos alimentadores. Con el devenir de las sociedades guerreras y urbanas, los cuerpos desnudos, en particular modo los cuerpos femeninos, se convirtieron en un fija e inamovible perfil de género que erotizó la subordinación femenina.

Eli Bartra en este libro portentoso, por libre, juguetón y profundo, propone que veamos el arte de las sociedades patriarcales como una forma publicitaria de las relaciones de género, en particular en el mundo Occidental que, desde principios de la Modernidad, hace unos 500 años, volvió siempre más frecuente la representación femenina para el goce voyerista de los hombres. Despojadas, desabrigadas y exhibidas, las mujeres fueron convirtiéndose en los personajes centrales del mito patriarcal que naturaliza sus reglas y se les representó cada vez con mayor frecuencia en las artes del mundo europeo y, posteriormente, colonial americano y australiano. Aunque algunas mujeres pintaron en los conventos, las casas, los talleres de sus padres y hermanos, revelando en ocasiones miradas distintas sobre la exposición de su cuerpo, como en el caso de la representación de Susana y los viejos, que Artemisia Gentileschi personifica sentada y de busto torcido, en un gesto que revela enojo y molestia ante el acoso, mientras Rubens la pinta eróticamente dispuesta a dejarse ver-poseer en un jardín mórbidamente dispuesto para la violación, las mujeres en el arte moderno han sido objetos de una narración masculina, de una falsa verdad sobre su supuesta naturaleza, de una esencialización  del deseo de convertirlas en objetos de servicio.

Ahora bien, si el libro de Eli Bartra se detuviera en estas observaciones no revelaría a la feminista que bien sabe que el deseo político de las mujeres transforma la realidad que incomoda e impide la buena vida. Tampoco descubriría a la filósofa que ha viajado constantemente al encuentro de artistas populares y cultas para dialogar con ellas acerca de su andar cotidiano, en ocasiones subversivo, por las veredas de la creación y la apropiación de temas que les conciernen, como la libertad corporal, la maternidad, la relación con la naturaleza y el placer de la amistad. En efecto, a lo largo de 250 páginas,  Eli ratifica que el arte no es neutro, que es creado por personas ubicadas en tiempos y culturas que van transformándose por la acción de las mujeres, que los sexos en las sociedades son leídos como géneros y que sus relaciones producen simbolizaciones que pueden ser cuestionadas y transformadas.

Desnudo y arte se fija en la producción de una gran cantidad de artistas mujeres y hombres que, sobre todo en el último siglo y medio, es decir, desde la eclosión de diversos momentos feministas, se han dedicado a la pintura, el grabado, la escultura, la cerámica, el bordado, la fotografía, la creación de objetos y la ilustración. Al hacerlo, pone el acento en las construcciones ideológicas de lo que debe ser el erotismo y revela cómo son desafiadas por concretas producciones artísticas, que pueden no ser entendidas fácilmente, pero que aluden a rupturas con la tradición. Las creaciones estéticas desafían, desde mediados del siglo XX, el sistema de género binario típico de la colonización occidental. Eli, por lo tanto, observa y critica la tensión entre la producción masculina de cuerpos idealizados, que posan con los brazos levantados para exponer senos inhiestos, figuras contenidas y elegantes, tendencialmente inertes o pasivas, y los cuerpos activos y relajados, lúdicos, de cualquier edad, que se liberan de la mirada masculina internalizada mostrándose en un paseo, amamantando, jugando, expresando su afectividad, propios de las mujeres.

El feminismo, o más bien las políticas de los deseos de las mujeres, trasforman no sólo los comportamientos de las mujeres que se autorrepresentan, sino las prácticas sociales que se sostienen y, a la vez, sustentan las ideas estéticas. Ha revolucionado las relaciones entre mujeres y hombres al punto que asume la inexistencia de formas propiamente femeninas y masculinas de ser y sentir, ubicándolas siempre en el tiempo y las culturas, y abriéndose no sólo a la androginia de las personas, sino a expresiones de intersexualidad, transexualidad y transformismo.

Eli Bartra, retomando a Allen Weiss, sostiene que el arte siempre es erótico, pero agrega que para las mujeres la representación del cuerpo implica una conquista de la propia libertad. Por ello considera que muchas artistas ejecutan desnudos que desafían con la mirada, o que se ensimisman en un placer personal, porque retan con ello los cánones de belleza y ofrecen una mirada abierta, no conclusiva, sobre la sexualidad y el erotismo.

Las reflexiones estéticas de Eli son situadas y encarnadas, desde hace décadas desafía la identificación del arte con una producción urbana y escolarizada, habiendo trabajado no sólo diversas expresiones de arte popular, sino la propia definición de arte como concepto clasista y económicamente determinado. Durante toda su vida ha observado qué, cómo, dónde, con qué materiales las mujeres producen sus simbolizaciones y las relaciones sociales que provocan sus actividades, en el ámbito de sus familias, talleres y comunidades. Sin embargo, en los últimos siete años se ha enfocado específica, casi obsesivamente, a mirar las representaciones del desnudo. La cantidad de artistas que menciona y cuya obra describe es muy grande y proviene de diversas partes del mundo. No sólo espacia de la estética india de principios del siglo XX cuestionada por la obra de Amrita  Sher-Gil, de la Hungría de Edith Bash y la Colombia de Flor María Bouhot, sino que condensa una historia del amplísimo espectro de las expresiones creativas de las mujeres en el México del último siglo, su apropiación del erotismo y aún de la mirada pornográfica de quien se encuentra a sus anchas consigo misma.

Para finalizar esta presentación debo confesar que he cambiado personalmente mi modo de acercarme a las representaciones del arte erótico después de leer Desnudo y arte. Eli Bartra me ha hecho consciente de que como espectadora también cargo con una mirada que acusa nociones de género, de cultura, de clase, de raza que interfieren en mi percepción del cuerpo desnudo. He establecido una visión más dialogante con obras que plasman contextos que me obligo a tomar en consideración. Para mí nunca más será admirable un desnudo de formas armónicas, cuando los cuerpos representan torsos sin cabeza, objetos sin rostros con los que cruzar mi mirada; ni podré dejar de sentir malestar ante los modelos esqueléticos de cuerpos para la industria cosmética e indumentaria. Cuando un desnudo confirma la preferencia por la mirada de apropiación masculina, exponiendo un cuerpo desnudado, yacente y pasivo, inmediatamente siento molestia por su conservadurismo moral y economicista. Siempre he considerado que las mujeres cuando decimos “yo” y nos pintamos o asumimos nuestras narraciones, insertamos la rebelión de la diferencia en el pensamiento unívoco del patriarcado; gracias a Desnudo y arte ya tengo la seguridad de que la iconografía del cuerpo desnudo propuesta por las artistas que contravienen el sistema de género erotiza en sentido subversivo las relaciones humanas.