Cómo escribí La decisión del capitán

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Para escribir esta novela, realicé el primero de los cuatro grandes viajes que he emprendido con mi hija Helena hasta hoy: la Gran Chichimeca; el desierto del Sahara; Mongolia, China, Tibet y Cachemira; y Abya Yala. Cuando empezamos a andar, Helena tenía año y medio, yo 39 y ambas cargábamos unas inmensas ganas de gozar de espacios abiertos. Un año y medio antes, con su padre la mecíamos leyendo La Guerra Chichimeca de Philip Wayne Powell. Nos enamoramos de los pueblos que resistieron la colonización en los desiertos y semidesiertos de la Gran Chichimeca, llamada por los colonizadores el Malpais. A Helena, por el amor que les tomamos a los pueblos del norte, la llamábamos La Guachichila, es decir la indómita, la que siempre se rebelaría a la injusticia y el encierro.

Pero ¿cómo inventarme un personaje guachichil? La verdad que era incapaz; mi propia experiencia e historia cuando mucho me permitían entender y recrear un personaje mestizo, alguien que supiera en carne propia del drama de ser y no ser, ser algo que niega lo otro que también se es. Las mestizas no tienen madre ni padre sin traicionar a uno de los dos, pero pueden tener muchas hermanas y hermanos.

Así descubrí que entre Miguel Caldera -el capitán mestizo cuya biografía histórica también abordó Powell- y yo teníamos un nexo hecho de caballos, de deseos de estar en el camino, de vientos en el pelo, de noches al lado de una fogata, de pozas de aguas termales en medio de un río, de amigos entrañables, de asombros ante la belleza del territorio, de búsquedas espirituales significantes, de ir y venir de una cultura a otra, experimentando errores y traiciones y rechazos.

Miguel es el personaje de mi literatura con el que más siento identificación: Miguel soy yo.

Yo en el camino con Helena; yo rentando una mula para que Helena no se cansara demasiado al subir al cerro del Mixtón, lugar mágico, donde Miguel nunca estuvo, pero que está a monte de su historia de zacatecano. En el Mixtón los pueblos del norte resistieron los españoles al mando del mítico dirigente cascán Tenamaxtli, y prácticamente los derrotaron. Sin embargo, un soldado portugués al servicio de los españoles ahí reconoció que los biges de guerras de zacatecos y guachichiles estaban hechos con óxido de plata. Los siguió, llegó al Cerro de la Bufa y cambió la historia de México…En 1547, los soldados del Mixtón se fueron a fundar Zacatecas, en 1548 nació Miguel de un soldado castellano y una mujer zacateca.

Miguel era yo mirando a Helena crecer, hermosa y mestiza, fuerte, amante del viento norte, montada a lomo de una mula, durmiendo con su cuerpecito pegado al mío cerca de una fogata, aprendiendo sus primeras palabras en una lenguas que escuchaba de sus amiguitas en Santa María Acapulco, entre los pames del sur. Nadie me había nunca brindado tanta confianza como Helena poniendo su manita en mi hombro y gozando así la travesía de un río. La felicidad está hecha también de que alguien confíe en ti.

Miguel era mis cientos de contradicciones…

En fin, Helena y yo viajamos por el arco de la Gran Chichimeca a pie, a caballo, en lomo de mula y muchísimo más en mi amada María, la caribe Volkswagen que nunca me abandonaba por muchos baches que tuvieran las carreteras. Helena era ligera y mis piernas fuertes, caminar con ella en los hombros me dio siempre mucha alegría. Además la pintora Teresa Chávez nos brindó hospedaje en Zacatecas y en esa hermosa ciudad yo pude escribir, escribir, escribir.

Regresé a México y La decisión del Capitán salió en editorial ERA a principios de 1997

 

La decisión del capitán

Francesca Gargallo

Para la Guachichila, sin lugar a dudas

 

 

 

“El capitán Caldera es el hombre más necesario que hay en estos reynos para la paz; ha sido el primer y principal movedor della.”

Virrey Luis de Velasco al Rey, 5 de junio de 1590

 

Aquí es una tribu chichimeca desde la edad de mis abuelos. Nuestros antiguos vivían en San Luis de la Paz y hace cosa de un siglo nosotros mismos nos fuimos orillando porque no queríamos vivir con ellos porque nos humillaban porque hablábamos la lengua y seguíamos nuestras costumbres. No nos resignamos, no es cierto que no somos civilizados; en un principio, antes, se dice que todo lo que se alcanza a ver era territorio chichimeca, ahí nos sosteníamos de carne, de plantas, de cualquier animal que se encontraba. Éramos poquitos, siempre; nos desvanecimos luego. Algunos estamos conscientes del pasado, otros lo ignoran, pero fue un gran pasado. Ahora las cosas han cambiado, pero tenemos tres tradiciones importantes: alabamos a la Virgen de Guadalupe, a San Luis Rey y al Santo Entierro. Para ello hacemos unas danzas el 11 para amanecer el 12 de diciembre y el 25 de agosto. Es una danza que se ha emparentado con la azteca; antes era con taparrabo nada más, luego nos pusimos la ropa de los aztecas.

Es una nueva tradición. Según eso, los aztecas se vinieron de México, se cargaron a Guanajuato, ahí escarbaban minas y fueron implantando sus tribus. Entonces los españoles vieron que tenían tesoros y empezaron a extenderse por todo lado. Nosotros nunca estuvimos conformes, peleamos, luego nos empujaron y llevaron a Xichu, Tierra Blanca y San Luis.

Hasta ahorita nunca se me ha olvidado la lengua. Así no se olvida. Aunque ya hay cruzados en la Misión, mi familia mantiene la lengua y la historia de que nuestros antiguos pelearon contra los españoles hasta que nos convirtió San Luis Rey y la Virgen de Guadalupe.

Para vida de saber necesitamos juntarnos. Los maestros sí saben, pero no como todos juntos. Los jóvenes tienen la intención de estudiar para saber las dos lenguas y las dos historias. Según se dice, San Luis Rey era más que los virreyes, por eso lo quisimos en la iglesia. Los frailes aprovecharon la mano de obra de los chichimecas para construir las iglesias, para bajar la cantera de los cerros a puro lomo. Veneramos las imágenes porque en ellas está el trabajo de los chichimecas, nuestro sudor. El Santo Entierro es un santito que se venera en una capillita el año nuevo. Ésa es una tradición muy grande que se hace de noche, van los voluntarios de la comunidad.

En la Misión Chichimeca diario se reúnen en un comité las mujeres y los hombres. El juez es la máxima autoridad después de la comunidad entera que lo puede cambiar si comete errores.

Presciliano Pérez Ramírez, E’znar (Jonaz Chichimeca) de Misión Chichimeca, San Luis de la Paz, Guanajuato, 5 de febrero de 1996.

 

 

 

I
LA AVENTURA

 

Entre las carretas mandadas a construir por don Martín Enríquez de Almanza, el virrey, y diseñadas en Querétaro por el mestizo Pascual Carrasco, Constanza ha olvidado el mar y se ha enamorado del desierto.

Diego de Almanza, hijo del señor de Valderrábanos, tenía trece años y muchas ganas de probar sus caballos sevillanos, cuando juntos descubrieron el paisaje yermo de la Nueva España. Si no había hidalgo que lo acompañara, bien podía hacerlo esa bastarda que se le parecía tanto. La mujer había viajado con él en la Capitana y ahora lo retaba a seguirla a galope tendido hasta Cuautitlán, hasta los jacales de los indios, hasta la salvaje hendedura del último río y la seca llanura de los indómitos.

Constanza huele su alazán y se siente invadida por ese no sabe qué que la acompaña desde entonces. No es sólo el restregarse ritmado contra la silla, el lúbrico subir de un placer que no acaba y le llena el vientre y los pulmones. A los veinticuatro años ya no es tan joven. Su masturbación virginal no le basta, para excitarse así necesita del viento, del sol que quema las pieles suaves de las mujeres recién llegadas y del nombre que atemoriza a los hombres: El Despoblado.

Nombre con olor a guerra y a plata. Toda la plata que el vasco Juan de Tolosa ha descubierto en tierra de zacatecos, debajo de un cerro, a tres días de camino de Nochistlán y a un mes dela capital del virreinato. Toda la guerra de su añejo nombre de desobediencia: treinta años de indisciplina española y rebelión chichimeca. Y de barrancos, emboscadas y desiertos.

Constanza huele la tierra que se quiebra al salir de un bosquecillo. Huele los hatos de cabras, borregos y vacas que ha comprado y con ello huele la plata. La plata del rico Cristóbal de Oñate, del apuesto Diego de Ibarra. Y por qué no la de Constanza de Andrada. La riqueza no tiene color de sangre ni apellido legítimo. La plata no sólo se saca de las minas.

El olor de los caballos sudados le impregna la entrepierna integrada a la silla de montar de hombre. El infinito caos de rocas y plantas espinadas le llena los ojos como el punzante viento del norte, las narices. Sus muslos tienen la firmeza del camino, libertad que ninguna mujer en España puede siquiera imaginar. Once años después de haber desembarcado, Constanza sigue sosteniendo que prefiere desgastar su himen en el arzón que venderlo para tener dinero. La mitad de los soldados de la frontera le debe sus armas y sus caballos y el resto está rendido a su fama de amazona. En cuanto a los indios y los bandidos, los segundos también sueñan con ella y los primeros nunca la han alcanzado.

Diego de Almanza fue repentinamente devuelto al viejo León, cerca de la frontera portuguesa; un virrey no tiene por qué sacrificar a su hijo, mejor es que rece y aguante solo la colonia. A la niña Constanza le consiguieron el capitán Francisco Cano, fundador de Saltillo y regidor de Mazapil, que con sus doce caballos y siete soldados podría mantenerla capturando y vendiendo guerreros chichimecas. El virrey la dotó personalmente, no por intimar con los súbditos, pero esa niña es como de la familia. Ella le pidió además una buena silla de montar, espuelas, casco con babera y una cobija de lana para que se los pudiera ofrecer a Cano el día de las bodas. Montó a caballo como una dama, pero pasando de Ixmiquilpan descruzó la pierna izquierda por encima del arzón y azotando a su yegua como a un burro se escabulló de la escolta virreinal.

Ahora es una mujer rica y Francisco Cano, su buen amigo. Es él quien le ha conseguido la administración del presidio de Pico de Teyra, al fondo de la ancha llanura de Mazapil, última puerta entre el desierto y el valle. Sólo necesita llegar y será la primera española en haber recorrido el camino corto, la ruta de la plata, la árida aventura de los indios hostiles, dirigiendo su propio convoy. A disposición tiene una escolta de diez hombres armados y dos patrullas volantes, suficientes para retar a cualquier soldado que intente obligarla a pagar por su protección. En los veintidós carros y carretas que dirige, atraídos por el imán del norte, van mercaderes huejotzingas, familias cholultecas, mulatos y aztecas bien educados en las leyes de nuestro señor y de su siervo en la tierra, el rey Felipe que dios guarde. Mujeres, niños y hombres dispuestos a abrir minas, a emplearse como soldados, a trabajar el campo y destinados por ello a aumentar la resistencia contra los ataques chichimecas.

Constanza se siente fuerte. Hace nueve días que ha salido de la ciudad y la euforia no se le baja, teme forzar la voluntad de la virgen pero está segura que su propia felicidad le va a atraer buena suerte. El mismo virrey supo que estaba en la ciudad. No la mandó llamar, un señor como él no manda traer a la hija de una cortesana ocho años después de que se le ha escapado, no obstante tampoco la hizo apresar. Por desobediencia, o algo peor, quizás hasta por adulterio, aunque el matrimonio no se celebró y todavía cualquier cirujano puede comprobar su virginidad. Nunca se ha enamorado. Pamplinas, eso no es cosa de mujeres como ella, se lo decía su madre. Nunca, y Diego qué. Pero no importa, el virrey no la mandó apresar. Eso también es cosa de suerte.

El caballo y los animales le han costado siete años de trabajo en Cuicillo, un mes de papeleos en la Audiencia de Guadalajara y varias semanas de viaje al borde del delirio, enamorada de la inmensa libertad de su proceder y del peligro que corría bajando a la capital por los caminos de occidente con un saco de plata y dos mulas de pie ligero. Sola. Con tres hombres armados de arcabuces y dispuestos a morir antes que dejarla caer en manos enemigas.

Constanza es una hábil prestamista y los soldados que la veneran le pagan en prisioneros el dinero que les fio para comprarse su equipo. Vende niños de pecho y mujeres jóvenes, que los guerreros y las mujeres pames son demasiado libres para servir a nadie. Ni hablar de las guachichilas y los zacatecos, que además son brujos y leen en las nubes el porvenir. Constanza los alimenta de tunas y nopales hasta que una familia de tarascos, de españoles o de otomís llega por el camino que ahora recorre y necesita brazos para levantar cercas y cuidar vacas. Entonces vende por separado a las madres y a sus hijos recomendando a los nuevos dueños que les den poco maíz y nada de carne, no se les vayan a alebrestar. A los guerreros no los acepta en pago de nada y los soldados tienen la opción de salir al desierto a matarlos, malvenderlos a los mineros o tenerlos consigo hasta que los encuentren de alguna utilidad.

Salvajes. Constanza, cuando piensa en algo más que en su propia fortuna, nunca duda de que son unos salvajes. Le ha preguntado en un par de ocasiones a fray Luis de Ampudia si es cierto que tienen alma. Tonta. Cómo creerle a un dominico. Él los bendice. Ha crecido entre ellos en los campamentos de las minas de Nuestra Señora de los Zacatecas, aunque los franciscanos le prohíben ahora acercárseles. Eso dice mucho de él. Ha acompañado a su superior en el segundo consejo de teólogos notables convocado por don Martín Enríquez en 1574, rezando, sirviendo, ordenando, que ser fraile es cosa de sufrimiento en estas tierras de dios. De pronto, su maestro levantó la voz: los españoles son invasores y agresores en la Gran Chichimeca, no tienen derecho a hacerle la guerra a los indios. Es guerra justa y obligatoria, tronó el provincial franciscano. A fuego y a sangre, lo secundó el agustino.

A fray Luis lo mandaron a Michoacán y en secreto ha vuelto. A Constanza le dijeron que es como un hombre de paz que ha perdido el sentido de la orientación y predica entre los enemigos de la fe. Él nunca le otorga su bendición cuando llega a visitarla, pero no rechaza su comida y responde a sus preguntas. En una ocasión, le ha contado de un mestizo formidable, un soldado como pocos y además buen cristiano. Un mestizo de castellano y guachichila. Exagera, fray Luis, le contestó suspirando Constanza. Pero, en fin, así son los frailes, sufren tanto durante el noviciado que después sólo les queda andar por el mundo propagando la buena nueva. Y sin jamás pecar de la carne.

Cuando llega a tales honduras, Constanza deja de pensar y empieza a gritarles a los vaqueros y los pastores para que junten el ganado, a los carretoneros para que empujen los bueyes, a los arrieros para que muevan las mulas. La vuelve a invadir el placer del mando y hostiga a los soldados diciéndoles que nunca tendrán caballos como los que ella se compra. En realidad, su alazán habría sido la envidia de Diego de Almanza. Tres días antes, en la ribera de San Juan del Río ha pasado el retén de los jueces, siempre en busca de indios que vivan en concubinato. En ese último reducto de seguridad, don Baltasar Temiño de Bañuelos, conde por derecho de conquista y por dinero sonante, fundador de Zacatecas y de Fresnillo, de bajada hacia la ciudad con trece carros de plata, le ha ofrecido seis negros fuertes por él. Hay veces que es un placer rechazar una oferta.

Don Baltasar la encontró demasiado bella para ofenderse, lo cual quizá la ofendió a ella. El viejo conquistador, orgullosamente castellano en un mundo de vascos e indios, le dijo a su paisana que antes de llegar a San Miguel el Grande se toparía con el mejor soldado de El Despoblado, el capitán Miguel Caldera, de servicio en la defensa del camino. Que le pidiera de su parte lo que fuera, que él ha combatido con su padre y lo conoce desde niño.

¿Caldera?, ha preguntado Constanza de Andrada. Siempre son buenos soldados los castellanos. Éste es aún mejor, le ha dicho el conde besando la punta de sus dedos ásperos de fronteriza. Es también un guachichil.

 


 

 

 

El capitán desmonta y se desabrocha la camisa bajo del izcahuipil. La armadura de tela, especie de túnica acolchada de algodón que los indios usan para protegerse de las flechas de los chichimecas, ha sido enriquecida por unas trenzas de piel de venado y unos chaparrales de cuero que le recubren las piernas. Hace calor y los árboles ofrecen una sombra cansada. La mañana le empasta la boca.

El virrey está en algo. Lo presiente. La epidemia de viruela entre los caxcanes ha debilitado la frontera de la Chichimeca en la Nueva Galicia y la guerra ha tomado una dimensión loca. Aun ahí donde se encuentra, al este de un territorio más grande que la mar de Europa, el aire tiembla como muslo de hembra excitada. Se respiran un ardor y una prisa que parecen montados en las yeguas que guamares y guachichiles están robándose. En cualquier parte. Caigan sobre quien caigan. La orden corre en el viento, en alas de los tambores chamanes, los búhos la gritan de noche, bígaros estridentes la difunden desde todas las alturas. Nada preciso, un carnaval febril de asaltos y retiradas, festines y alianzas, en medio de la gran sequía.

El capitán ha sentido antes esa lujuria. Su padre y sus tíos iban y venían, armados, barbudos, sudados, en fin felices, sobre sus sementales humeantes, por la angosta cañada donde con él crecía su ciudad. Años de minas abiertas, auxiliares indios con plumaje de guerra, espadas y sombreros españoles, albañiles, muleros, esclavos. Gente y más gente en la montaña sagrada, alrededor de los manantiales. Caballos, mulas y la plata que compra. Traigan vino. Y telas, brocados, seda. Recuas enteras que salen y vuelven más cargadas que al partir. Xochimilcas voluntarios, africanos esclavizados, portugueses infiltrados, hasta un griego y una puta romana. Colonos de una frontera desdeñosa de la autoridad virreinal. La mina pobre de Miguel de Ibarra se había convertido en la muy rica y leal Ciudad de Zacatecas.

Y su madre mirándolo todo.

Su madre. La mujer salvaje que había salvado la vida del soldado que fue su padre y que, en 1546, salió con él de Nochistlán, única mujer entre siete hombres, única guachichila entre vascos y castellanos.

Agua. Buscaban agua. Y luego sombra. Y finalmente oro.

El adelantado Juan de Tolosa miró a la mujer. No diría una sola palabra, de eso estaba seguro, pero había aprendido a descifrar sus gestos y la curiosidad casi materna con que seguía a su mejor soldado. Casi materna aunque durmiera con él todas las noches.

La llanura sin fin. En dos horas el sol les cocería los sesos. Don Juan cerró los ojos. Los hombres se movieron incómodos y fatigados en sus sillas. La guachichila cruzó la mirada con la del soldado, guiándola hacia unos mezquites, a medio camino entre ellos y las montañas. El castellano, como la primera vez, se sorprendió de la ayuda.

Horas después, la vida había vuelto a sonreír. Los caballos pastaban y ellos digerían los restos de un armadillo sentados al lado de una poza de agua. Vayamos hacia ese cerro, dijo don Juan. Una extraña protuberancia de doble giba en el horizonte, la sagrada puerta del águila, medio camino más cerca de cuando se estaban muriendo de sed.

Durante seis años, la guachichila vio cortar los encinos y las palmas, pisar la tierra de los cementerios. No había palabras españolas para ella, sólo ropa, casas, encierro. Nada. Una mañana olió el aire gélido de noviembre. Fue a buscar a Miguel, tomó a Hernanda de la mano, María Cid se le escapó, ni modo. Por ahí, ordenó su gesto a los niños. La guerra estalló a su alrededor. Flechas más precisas que cualquier arcabuz. Una exaltación de perros bravos. A la carrera, implacables, incansables, veloces. Con la fiebre en las venas. Chiriniquinata los guía. Muere. Otro surge. Y luego Huainotohua, señora de los totorames. Los jefes son poca cosa. Los ídolos, sólo trapos amarrados entre sí.

El capitán huele el frenesí antes que a otro le llegue siquiera el temor. Recuerda las lanzas rotas, los cascos traspasados por las delgadas flechas de punta de basalto, las ballestas arrastradas, con una mezcla de horror y de orgullo. Todas las noches rezaba por su padre, por las mañanas bendecía el sol y escrutaba las nubes. Sin embargo, es la primera vez que trabaja tan al sur. Ahora es un soldado, el mejor dicen algunos como don Baltasar que con su padre y sus tíos ha peleado para defender Zacatecas. El único que tiene noticia y conocimiento de esta tierra, afirman los estancieros. Aunque le gusta más que Gonzalo de las Casas, general en la frontera chichimeca, le haya dicho al mejor de los capitanes generales, a don Rodrigo del Río de Loza, que con soldados como él se podría hacer la guerra justa. Al capitán le encanta que hablen de él. Que digan bien de él. Que el mismo virrey sepa quién es.

Suspira. La vegetación es más abundante que al norte. Un bosquecillo mitiga el calor, pero la mañana está pesada. El capitán necesita estar solo. Nunca se deja invadir por tantos pensamientos como ahora está permitiendo que suceda. Los días confusos son así, nacen de la cabeza de uno y es mejor dejarlos pasar como las tempestades.

Entonces, da rienda suelta a su genio. Si el virrey no estuviera preocupado no concentraría a los capitanes en la ruta que lleva a México la plata de su Zacatecas natal. Don Gonzalo de las Casas le ha descrito la corte virreinal; su padre, el señor de Treviño, fue primo hermano de Hernán Cortés. No todos los que pelean en la Chichimeca son bastardos como él. Su rancio general es un hombre de letras y le gusta al virrey. Al capitán también. No así los hidalgos que el general pinta vestidos de encaje y que festejan gastando el dinero que los soldados defienden. Le da tristeza el virrey entre ellos. No sabe qué le atrae de ese hombre al que obedece y desconoce. El poder. La soledad. Es enjuto y viejo, nada apetecible. Los franciscanos del convento grande le han hablado del rey, de su necesidad de oro para seguir la guerra contra el turco, la puta inglesa y los protestantes alemanes. Le han dicho que por eso existe Zacatecas, para que con la plata de sus minas el rey pague los gastos de nuestra santa fe. Al capitán no le convence el rey. Está por gracia de dios en el trono, pero muy lejos y no entiende que si no retribuye mejor a los soldados aquí no tendrá plata ni minas para guerrear contra el señor turco allá. El virrey es otra cosa.

El capitán no toma agua durante el día para no sudar de más. Tampoco se sienta bajo un mezquite sin antes pedir al árbol que lo proteja. Pero siempre hay una primera vez y cuando se divaga tanto la inconciencia se convierte en el albur necesario para que la vida cobre valor. Y por qué no morir anónimo como la gente verdadera, atravesado por una flecha pame, no tener sepelio y vagar para siempre a caballo de los vientos del Malpais.

Se santigua. Él es un verdadero cristiano, no puede blasfemar así. Sus hombres piensan que está descansando y trabajan en la fortificación del convento de San Miguel. Los ha engañado, luego se confesará; ahora necesita examinar el territorio que han asignado a su defensa.

Sus hombres se parecen mucho a los habitantes del pueblo de misión, españoles que han llegado tarde al reparto de las riquezas de la conquista y sobreviven con sus míseros sueldos de militares, indios convertidos que visten a la española y acatan las reglas impuestas por los frailes, mestizos borrachos que sólo le temen a la voz de su superior directo. Sus veintidós hombres son a la vez todo su poder y el recordatorio permanente de sus cadenas. Sólo ama y detesta más a las mujeres.

El capitán camina y su caballo lo sigue. Un buen animal, como él, poco acostumbrado a holgazanear. Las colinas son verdes y un riachuelo fluye a pesar de que desde hace meses no llueva. La vida parece más fácil cerca del agua. Se sorprende pensando cómo sería de finalizar la guerra. Fácil, sí, muy fácil, en una zona verde sembrando hijos y maíz. Con suerte y hasta le toque un reparto de indios pacificados. Piensa en los tributos. Mantas bordadas, vasijas de barro, esmaltes para pintar los guajes. Los indios vestidos pagan así sus gabelas a los encomenderos. Qué le pediría él a la gente de su madre.

El capitán se sonríe. Su hermana, ay su hermana Hernanda, le dice que no sabe estimar lo mucho que valen. No la entiende. Le pagó el caballo y el equipo cuando a los quince años se hizo soldado y ahora que su marido ha desaparecido, que dios tenga en su gloria al mercader Balderas, vuelve a santiguarse, ahora le habla de la gente de su madre. De su madre que según ella ha muerto. Le dice que antes que los mineros y estancieros españoles juntaran a los chichimecas para cortarles a unos las narices, a otros las orejas, y las manos y un pie, y luego los curaran con aceite hirviendo, y los ahorcaran, y los hicieran esclavos, hermano mío,   tú sabes que no miento, antes de que eso sucediera los guachichiles eran gente de espíritu y así volverán a ser cuando los españoles se vayan. Ay, mi hermana Hernanda.

En realidad el capitán no tiene ningún deseo de asentarse, fantasea con ello porque así lo hacía su padre y todos los soldados que ha conocido. Él quiere seguir siendo lo que es, un nombre del desierto.

Sube por una pendiente y mira a su alrededor. El ancho vuelo de los zopilotes ronda una cañada que se abre entre los huizaches, el garambullo y los cardonales. Ningún animal cerca. Un convoy, piensa. Años de divisarlos antes de que los guerreros los ataquen. El capitán sigue mirando. En el cielo azul violento ni una nube le advierte de nada. Falta mucho para la temporada de lluvias, además de que fray Luis se enfurecería de escucharlo hablar de presagios, que él ni es santo ni es profeta para interpretarlos.

Un grupo enorme. Están a cinco leguas de San Miguel, si yo fuera un salvaje los atacaría al salir de ese matorral. Saltaría sobre las últimas carretas. Sí, corriendo. Antes de que las volteen para defenderse. Me llevaría todo a la cañada y que me encuentre quien pueda.

Los primeros carros, pesados, enormes, salen de la hondonada, seguidos por centenares de ovejas que levantan un polvo fino, rojizo. No ha pasado nada. Como una plaga, hombres, ganado y recuas se esparcen lentamente por la llanura.

El mediodía avanza, caliente, lento e impasible como un buey de arrastre. El capitán baja de la loma. Tiene sed de noticias. Ya no soy tan listo como salvaje, se dice en voz alta. Y obedeciendo a un impulso de curiosidad poco común en él, monta a caballo y se dirige hacia el convoy.

 

 

 

 

 

Los hombres empujan, los animales jalan, las mujeres incitan. La llanura en un instante se llena de polvo y los meados ácidos de las reses enlodan la tierra. El peso de los barriles de aceitunas y sardinas, de los sacos de almendras, de las barricas de vino y los fardos de alpargatas, de telas de Flandes, de guantes de Nápoles, reatas de Castilla, cuencos, hachas y machetes del país, cuchillos de Bohemia, sartenes para uso y para venta, sobre los que juegan docenas de niños de abundante cabellera, y la zaborda de millares de tapones de corcho, de agujas, dedales, azadas, testeras, herrajes, plomo, azogue, peltre, vence el suelo y hunde en él las ruedas de los carros.

Mientras se avanza, todos los días son iguales. Actos múltiples que corren del rezo matutino a las vísperas, y se suman a los deberes de la sobrevivencia. En los carros, donde conviven hasta cuatro familias, las jóvenes cuidan un fuego tenue cuyo humo las hace toser y muelen el nixtamal que han dejado en remojo durante toda la noche. De rodillas frente al metate, se recuerdan en el patio de su casa, en una tierra que no volverán a ver, y se presienten en la cocina de su futuro esposo, en una tierra que desconocen aún. Las mayores cuidan de su virginidad, las obligan a rezar para que no les sobrevenga ninguna dolencia, y tejen, con los hijos más pequeños amarrados a los hombros. Pocas manejan las riendas de las ocho mulas que las arrastran. Una sola por carro enfrenta el peligro de ir por agua cada vez que la caravana pasa cerca de un río. Vestida y calzada es una presa interesante para un chichimeca. Doncella, lo es también para los mestizos de la escolta y los soldados de las patrullas volantes.

Los hombres tampoco haraganean. Son pastores, militares a sueldo, administradores, reparan las ruedas de los carros y en sus espaldas cargan el cuajo de leche para que el queso apriete mientras la vida se empuja unas leguas más al norte. La mañana y la noche los encuentran doblados sobre tareas que no logran describir, blancos e indios libres, negros esclavos, mulatos que sólo esperan escapar y sumarse a los rebeldes de El Despoblado. Los que montan caballos, los deben. Las mulas y los bueyes los presta Constanza de Andrada que algo querrá a cambio.

Sólo ella tiene esclavos a su servicio y mujeres que le atienden el apetito. No gasta tiempo en deberes cotidianos, es dama sin dueño. Su atuendo mismo habla de una situación desconocida, a medio camino entre la extravagancia y la comodidad. Ridículo para un hombre, es atrevido encima de una mujer. De su camisa de lino reforzada sobre el pecho sobresalen unos puños de seda y las piernas duras envueltas en una veintena de pies de manta blanca, coronadas por unas botas de vaquilla dorada. Los anillos que cubrían sus dedos largos y fuertes han quedado en el Monte de Piedad de la Ciudad de México. Herencia de su madre, no los estimaba mejores que las riendas de su alazán.

Grita algo al jefe de la escolta, un español herido tantas veces por desnudos y vestidos que más parece monstruo que persona. Se tutean. Constanza sabe, porque su capitán Cano se lo ha contado cien veces frente al vaso de vino que le ofrece para que se quede a narrarle sus aventuras, que a lo largo de El Despoblado se corren mayores riesgos al salir de una hondonada. Ahí, de la nada, se materializan los salvajes, lanzando enjambres de flechas entre alaridos de espanto, desnudos como animales. Guamares, guachichiles, zacatecos, todos matan por placer y diversión. Los mismos pames asaltan por gusto.

Ordena que se junten los hombres, que los animales no se dispersen, que las carretas aprieten el paso. El mundo de polvo que la rodea no mancha la blancura de su vestimenta, el sudor de su montura no la acalora. Todo lo debe. Su escolta no lo ignora e intuye que los obligará a defender hasta la muerte la última migaja de sus pertenencias.

Nadie nota al capitán que se acerca al galope, rodea los grandes carros cubiertos, cruza por enmedio del ganado y, de repente, está frente a la mujer. El jefe de la escolta lleva la mano a la espada y se detiene. El capitán se percata de que no tiene nada que decir. La mujer es alta, bella, como él mismo. Pero no lo ha contratado, no la conoce. Ni siquiera corre peligro.

La incomodidad se ha instalado entre ellos. Constanza lo mira, el hombre la distrae. Con dificultad recupera el hilo de sus palabras y termina de hablar con su soldado. En unos instantes, la caravana entera entona un cántico de latigazos y se compacta.

Capitán Caldera, dice admirado el capitán para presentarse. Miguel, se oye a un hombre llamarlo desde lejos. Con permiso, señora. Retiene el caballo. Le da la media vuelta con sólo apretar las piernas, mezcla de habilidad y ostentación. A los pocos metros, un soldado se sonríe. Pedro. Miguel. El tono de voz, la amistad de una vida. Palmadas. Luego, como un río que arrastra las piedras a su paso, Pedro Benito empieza a hablar. Cuánto tiempo, Miguel. Demasiado, Pedro. Estaba con Carrillo Dávila. Buen capitán ése, Pedro. Sí, Miguel, pero perdí mis caballos en una emboscada y me fui a Zacatecas para ver quién me prestaba para comprar otros. Ahí me encontré a tu hermana. ¿En Zacatecas? Sí, andaba con Luis, te acuerdas del hijo de Juan de Ampudia que se hizo fraile en México, pues con él. ¿El dominico? Ese hombre no puede volver a Zacatecas, los franciscanos lo han inhabilitado. Pues andaba con tu hermana, los dos diciendo que peleamos una guerra injusta. ¿Y mi tío no la cuidaba? No, tu hermana dejó su casa en Jerez y según me dijo quería verte antes de emprender otro viaje; no entendí muy bien. El capitán se ríe. Ay, mujeres. Pedro sonríe, algo tenso. Esta vez Hernanda está exagerando, Miguel.

La caravana en tanto hiende la tierra, se arrastra furibunda cuesta arriba en un solo mugir de bueyes y rechinar de carros. Las ovejas en el centro balan empujándose unas a otras. Constanza de Andrada salta a su carro donde duerme enfermo el soldado que meses antes la había acompañado de la Nueva Galicia a la Ciudad de México. Ojea un mapa y vuelve a montar a caballo, esforzándose para no dirigir la mirada hacia el recién llegado.

Mis hermanas son mujeres de bien, Pedro. Con mi espada ha de vérselas quien opine lo contrario, Miguel, pero no las atiendes lo suficiente. Estaba en Colotlán con María Cid, antes de que nos viniéramos a defender el camino. Pero María Cid, María Cid tiene marido, Hernanda está sola. Con un hijo. Un niño, Miguel.

Unos pasos adelante, el alazán de Constanza de Andrada sufre las consecuencias de la frustración de su dueña. La mujer se yergue en su lomo como la estatua de una reina ofendida.

El capitán ha perdido algo de gallardía. ¿Por qué no me avisaste con tiempo? Eres como el aire, Miguel: nadie sabe nunca cómo alcanzarte. ¿Sabes de la epidemia de cocoliste? Sé que las minas están casi despobladas por como ha atacado a los aztecas. Y a los caxcanes, Pedro; se mueren como si los hubiera alcanzado el mal de ojo, de mil guerreros en Tecualtiche quedan doscientos. Avemaríapurísima. Sin pecado concebida. Si todos los caxcanes mueren, hasta Guadalajara va a caer en manos de los chichimecas. Sí, Pedro; y Colotlán, Jerez, mis hermanas y mis sobrinos. Tu hija también, Miguel: María te ha parido una niña hace un par de meses.

El capitán mira a su amigo. El mundo entero se ha detenido. ¿Una hija? Dos soldados lo flanquean antes de que pueda agregar una sola palabra más. La señora los requiere, dicen los escoltas. Cómo pudo olvidar la mirada de esta dama, cómo pudo dormir sin María.

La confusión del capitán no trasluce. Es un hombre silencioso, pero atento, el que avanza en medio de un campamento que parece corresponderle con la misma naturalidad con que pertenece a Constanza. Los soldados murmuran. Las mujeres de los carros se espían y los acechan. El chisme empieza a forjarse. Al fin ha encontrado quien la va a domar. Es muy blanca para él. Los hombres riñen a las mujeres sin poder quitar la vista de la pareja que avanza aparentemente serena y fuerte en la barahúnda. Envidian al capitán; ellas, a Constanza. Sólo Pedro Benito sabe que Miguel Caldera no está ahí.

Señora, no pare los carros esta noche. Avance conmigo hasta el poblado de San Miguel. El consejo de tamaño soldado no puede ser desatendido. Un esfuerzo todavía y la seguridad nos compensará de tanta fatiga, incita Constanza. Los hombres y las mujeres se persignan; Venus aparece, promesa de una muy próxima oscuridad, sobre los cerros de silueta amenazadora. Miguel escruta las líneas naranja y violeta que el sol abandona en su retirada. Tiene prisa y curiosidad: por qué el cielo le niega lo que busca en él. A lo lejos, los coyotes aúllan para asustar a los invasores.

En San Miguel podrán descansar al reparo, señora. Es importante que su gente no se fatigue tanto, el cansancio también la hace víctima de las epidemias. La mujer no quiere saber de ello. Desea que le cuente sus aventuras, que la voz del capitán la haga estremecerse de miedo y la enorgullezca de su osadía. Soy mujer que ningún hombre puede igualar, quisiera decirle. Pero Miguel calla. Su hermana, y ahora su hija. Sus mujeres son toda su vida.

Usted también es indio, capitán. ¿Por qué no se enferma? La voz de la mujer es rabia pura e intento de ofensa. Indio le dicen ustedes a quienes someten, señora. Mi padre era castellano como su merced y mi madre, guachichila como los alzados que la atemorizan. Ninguna de las naciones de mi sangre es india, señora.

El capitán vuelve a callar. Su hija además es caxcana como su madre María, heredera de un flechero al que los españoles cortaron el pulgar en la guerra del peñol del Mixtón, cuando Tenamaxtli casi los vence. Caxcana como los guerreros que se aliaron a los españoles cuando éstos les reconocieron su valor y la inviolable propiedad de sus tierras y pueblos. María le ha parido una hija. El viento de repente acaricia el rostro del capitán. Nuestra hija, María. Una sensación de placer le invade. Agradece al cielo y la tierra, siempre ha preferido a las mujeres.

Una anciana se acerca a los caballos y baja la cabeza. Viste el enredo de henequén de los pobres que la cubre hasta los tobillos y un solo huipil corto. Sus dos trenzas grises están acomodadas alrededor de la cabeza, con los extremos parados enfrente como cuernitos. El alazán de Constanza la embiste y pisa con dureza uno de sus pies descalzos. La comida, señora, dice sofocando un gemido.

El capitán la ve. Levanta la vista hacia Constanza y sin pensarlo dos veces, se despide. Pedro Benito viene conmigo, me adelanto para que los reciban con bien. La mujer lo mira con aversión. Nadie nunca la ha rechazado; siente el odio crecerle dentro. Si Pedro Benito se va, tendrá que pagarme antes sus caballos y la comida. Miguel gira la cabeza hacia su amigo. Pedro Benito la sacude. Se queda.

 


 

 

 

 

 

 

El bayo del capitán responde al galope de los caballos que le vienen enfrente con su relincho de semental. En la semioscuridad de la luna crecida, los soldados dan voces y se apresuran a circundar a su jefe. Parece un juego, la algarabía de los niños cuando encuentran al que se escondió, aunque las preguntas, reclamos subrepticios por el abandono y el temor que les ha provocado, develan una angustia que no termina de disiparse.

El capitán es más joven que algunos de ellos, pero tiene la prisa despótica con que los padres persiguen sus ideas. Qué son sus hombres sino hijos crecidos, indispensables y sin embargo molestos. No tiene tiempo ni ganas de explicarles por qué necesita salir de inmediato hacia San Felipe a hablar con el general Ponce de León. Le urge pensar qué decir para convencerlo de su imprescindible presencia en Zacatecas, pese a los ataques constantes de los guamares y guachichiles a lo largo del camino de la plata. Precisa enfrentar a Hernanda, conocer a su Isabel, así la llamará, por la reina de Castilla, pero también por la zonza de Isabel de Tapia que no quiso casarse con él; requiere hablar con los franciscanos para que protejan mejor a los indios libres que vienen del sur de las maneras de Constanza. Y de cuántos más. Es preciso, pero no sabe si suficiente para ser enviado a su tierra natal.

Lanza unas órdenes que no respetan la alegría de los veintidós soldados que han salido a buscarlo, deseosos y no de encontrarse con partidas de chichimecas en el camino, codiciosos aunque demasiado preocupados para distraerse en tomar prisioneros. Los soldados callan. Qué es un jefe sino un patrón, qué un patrón sino un padre.

A legua y media de allí, la caravana de Constanza no los oye y la castellana ordena el alto. Colinas y hondonadas han quedado atrás. En el valle los carros van disponiéndose en círculo, los hombres empiezan a desatar las mulas y los bueyes, las mujeres prenden el fuego para cocer las tortillas. La noche con su frío y silencio es también un remanso de seguridad inventado por las faenas cotidianas que se apagan. Un ataque nocturno es una fatiga inimaginable.

Entonces se hace el silencio. Un sigilo inmóvil como la luna predice un movimiento que tiene que ver con la tierra y el destino. Los caballos huelen el viento que baja y no silba, las vacas empujan a sus becerros, las mulas se apretujan. La anciana sirvienta de Constanza se acerca al carro de una mujer más joven, como ella, viuda. Cuchichean. Se esconden de los españoles porque saben que para ellos pronosticar es cosa del demonio si no se es santa; y ellas no lo son, sólo pobres, derrotadas nietas de brujos. Levantan la nariz, buscan la luna. No les temen a los jueces de los cristianos, son indias, la Inquisición no puede tocarlas, sólo a las reprimendas, a los castigos menores, las misas obligatorias, los rezos dirigidos, el trabajo forzado para los frailes. Además de qué azorarse ahora que el halo rosa de la luna promete tormentas. Se acuclillan juntas en la oscura intimidad del toldo; rezan dejando caer en el brasero granos de copal. El humo las envuelve.

Los alaridos que acompañan el ataque no las sorprenden, pero como el campamento entero tardan en reaccionar. Con torpeza se mueven los muleros, los pastores no saben dónde empujar sus animales, los soldados reensillan los caballos y se dirigen a toda prisa contra sombras que lanzan nubes de flechas. Uno cae con la garganta atravesada. Otro, amarrado a su rocín, galopa muerto con un dardo en el ojo. Los que voltean los carros para resguardarse tras ellos, descubren con terror que los asaltantes han abordado ya las carretas de carga y danzan entre trapos, riendo y robando a mansalva. Las mujeres corren de un lado a otro sin saber si salvar a sus hijos o la comida. Dos jóvenes son levantadas en hombros por los guerreros, a otra le arrancan su niño de los brazos.

El horror se apodera de Pedro Benito cuando los escucha gritar: ¡Gobal! y hacerse de los caballos, manejándolos con destreza, sin silla ni rienda. Avisa a los demás soldados: ¡Saben montar! El descontrol se vuelve absoluto. Los gritos de guerra enloquecen a indios y españoles. Los mulatos se apresuran a seguir a los atacantes y se lanzan sobre los carros de armas y plomo. Los improvisados refuerzos son aceptados sin reticencia por los chichimecas. Una mujer atrae hacia sí a los guerreros, les hace entender a gestos que está de su parte, les muestra dónde se esconden los mayores tesoros. Y cuando los ha guiado al botín, salta al carro del soldado enfermo, el único al que no han desenganchado la caballería. Constanza se abre paso azotando a los muleros que intentan retener los animales creyendo que han enloquecido. La noche pronto la envuelve.

Las grandes hachas de piedra de dos filos de los chichimecas mientras tanto abren los toldos, desventran los sacos, así como las pieles de los indios cristianizados que intentan defender sus pocas pertenencias. Los gritos van bajando de tono, levantándose nuevamente agudos sólo cuando la labor de saqueo es distraída por algún soldado. En poco tiempo, las piernas pintadas de los asaltantes están cubiertas de calzones de púrpura y tafetán, sobre sus cabelleras embijadas se ajustan sombreros de fieltro con bandas, los caballos y el ganado son reunidos y empujados hacia la negrura de la noche. Costales de armas, sal, así como seis mujeres y dos niños desaparecen con ellos. Pedro Benito es el único capaz de imponer orden a la población aterrorizada que ya pelea entre sí, cegada por el humo y el pánico. En el campo, tres españoles y siete indios muertos. Además de las prisioneras, casi todos los negros y mulatos han seguido a los asaltantes. Un solo guamar, herido, ha quedado en manos de los hispanoindios. Lo torturan para que diga dónde han ido los demás. Nadie entiende su lengua, pero se deleitan con los gemidos del hombre al que cortan los brazos y los pies. Constanza azota las mulas lanzadas hacia San Miguel el Grande con la prisa de quien puede perderlo todo. Llega bajo las espadañas de la misión sin aliento, grita que se le den hombres, caballos y armas. ¿Dónde está el capitán ese, Caldera? Lo quiero a mi servicio ahora. Los frailes corren a abrirle el portalón. Descansa hija, tranquila, que dios te ha bendecido con el regalo de la vida. Constanza no los soporta. Hermano, deme soldados. Caldera se fue hace una hora. Las patrullas volantes, el virrey ha asignado patrullas a todos los presidios. Éste es un pueblo de refugio, hija. Deme sus indios, hermano. La voz de Constanza es un escándalo. Los franciscanos la perdonan pensando en la angustia de una hija, tal vez de una madre. Aprestan gente y mulas, les permiten cargar las pocas armas de defensa del convento y se retiran a rezar por ellos.

Al finalizar la tarde siguiente sabrán que la mujer ha abandonado a los heridos para poner a salvo sus mercaderías en los carros de vivienda. Además, furioso, Pedro Benito les dirá lo que ni ella sabe: que la excomulguen sin pedir informes, sin frenarse porque es la bastarda del virrey, que al señor de Valderrábanos, don Martín Enríquez de Almanza, le quedan pocos meses en la Nueva España.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La fiesta es importante para nuestras costumbres de gente antigua. Es lo que nos quedó como promesa de reunirnos con los pames del norte, esa reunión está dentro de lo que los señores manden. No queremos que se acabe todo, que la juventud cambie con la televisión. Por eso nosotros estamos al pendiente de que lo pame no se pierda. Pronto esto se va a levantar grande, grande, como en lo muy antiguo.

Antes de la iglesia se dice que nuestros antiguos en cualquier piedra, en cualquier lugar donde se sentaban juntos, veneraban a los dioses. Los dioses eran piedras, árboles, y ellos les creían, les entregaban promesas, les pedían y exigían para no tener dificultad en lo futuro.

De aquellos tiempos no conocemos, pero dicen que no eran muchos y que eran andariegos; tenían casas o cuevas, pero buscaban águilas, se quedaban donde caían las águilas. Aquí en Santa María se cayó una, pero cuando llegaron los indígenas corriendo, se levantó y voló hasta México y nosotros nos quedamos muy atrasados. En aquellos tiempos andaban por ahí los cazadores buscando que un conejo, que un animalito modesto que anda por el monte, pero ahora ya nadie va de cacería, la carnita hay que comprarla.

Nosotros los pames somos marginados bastante. La época más dura del año es la de secas, cuando empieza a llover y ya hay agua, líquido, entonces es más fácil. Pero siempre se baila antes de una fiesta grande. Malinche es el nombre de una danza tradicional, es antigua, su origen es tradicional. En ella hay dos niñitas de ocho, diez años que andan como las reinas y practican con los danzantes. Cuando crecen dejan de danzar. En Semana Santa, la danza es de lanzas. Los chamucos fariseos traen carrizos y hacen la guerra, pelean contra Jesucristo. Los danzantes son voluntarios, ahora quieren algunos vestuarios porque llevan nada más máscaras. El Mitote es también baile de lanzas, con carrizos, y lo bailan diez o doce personas. Es danza de las ofrendas del mes de noviembre. Es un baile de participación de la comunidad. La gente, hombres pero también unas señoras, bailan agarrados de los brazos, como en una cadena. Es un baile de muy de antes. Su finalidad es ir de casa en casa, honrar a las almas. Es un baile alegre, se baila y hombres y mujeres beben caña. Ahora se prohíbe vender licor, es una ley de nosotros para que no se arriesguen vidas. A los danzantes en las casas se les recibe con comida.

Juan Martínez Izaguirre, exgobernador tradicional de los Xi’oiqi de Santa María Acapulco (pames del sur), municipio de Santa Catarina, San Luis Potosí, 14 de febrero de 1996.

 

 

 

 

II
LA FE

 

 

 

Han gastado todas las palabras que tenían sin llegar a entenderse, sin volver a coincidir. Luego ella se ha cansado y ha decretado: mañana al amanecer. Y ahora ahí están, silenciosos desde muy temprano, en el repetirse ritmado de los cascos de los caballos contra la tierra endurecida.

De repente la mujer tira de las riendas y escupe en el suelo. De aquí no pasas, hermano. Los caballos se detienen en seco. El hombre no formula palabra. Madre nunca necesitó de esto, dice la mujer quitándose la pesada falda de damasco y el collar de encaje almidonado. Un delicado crucifijo de oro y perlas cae con las prendas. Ni de esto, dice también desciñendo la silla y tirándola al piso. El hombre la mira. ¿Y tu hijo?, balbucea. Te ha escogido a ti, responde ella y espolea los flancos del animal con las piernas desnudas, partiendo al galope sobre la tierra gris de las nopaleras.

Hermana mía. Reverbera el eco del dolor en la inmediata nostalgia, pero la voz del hombre se queda atrapada en la acolchonadura del izcahuipil. Y qué te digo, hermana. Que tu hijo será tu enemigo. Qué te digo, si sabes que los caminos de madre ya los recorren carretas de trigo y vinos e indios ennoblecidos por regar tu sangre.

A madre nunca le sirvió esto, le ha dicho su hermana. Y la voz del capitán, atrapada. Su pecho atrapado. Su piel toda, cubierta de impotencia.

Hernanda al galope en la yegua que domó para ella cuando se casó con el mercader Balderas, años después de haber dejado la sierra para regresar a Zacatecas. Vayan a ver, escojan, les había dicho su madre. Hermosa su madre. Alta y de piel firme. Ya han conocido la tierra de las personas verdaderas, que guachichil no significa sólo cabeza roja, vayan a ver qué siguen construyendo tu padre y su gente. Su madre caminaba al filo de las rocas y atravesaba el fondo seco del desierto sin perder el ritmo de sus pasos. Una legua. Trescientos años después le dirían siete kilómetros, aunque en el norte de la Nueva España podían ser ocho o nueve. Dos leguas, catorce mil metros. Sin parar, hasta diez leguas en un día: quien va por tierras libres no se cansa.

El capitán no se percata de las pitahayas que en el mes de mayo engalanan los cactos, las pitahayas rojas que los acompañaron de regreso a la ciudad de su padre. El capitán está dejando ir a su hermana, todo a su alrededor es dolor. Sordo dolor y renuncia.

Hernanda, te daría lo que tengo que por ti es poca cosa. Poca cosa. Pero sólo porque el escándalo ha rebasado los muros de la casa de su tío y todo Zacatecas habla de la rebelión de su sangre salvaje, él ha vuelto a rescatarla de la rueca y las oraciones. A rescatarla de la prisión que la sierra había develado. Las mujeres y los hombres en el mundo de España no comparten ni tarea, ni cama, ni risa, decía el fraile que su padre les endilgó por preceptor. Qué sabía él. Mi madre… Hernanda, una mujer no habla en la casa de dios. Qué sabía fray Juan de Ontiveros que lo bueno para un indio no es dios sino los hombres que lo adoran, no es la ley sino la fuente donde beben.

Hermana mía.

A Hernanda le aprisionaron su largo paso de venada en faldas, pero supo de la noche en que murió su madre, lejos, esperándola con el oído atento, hasta el último instante, para saber si se había equivocado en salvar a ese hombre de la masacre, el único hombre de barba que no tenía cara de matar niños, ni cortar los pechos de las mujeres, que no usaba cuchillos para arrancarles la cara y el pelo a los hombres verdaderos. Hernanda cantó la letanía de la muerte que acompaña el alma de una mujer libre de salvar a un enemigo, libre de casarse con él. Luto guachichil en tierra de indios españoles.

Hernanda, que dios me perdone, es rebelde, Pedro. No quiere saber de decencia, se obstina en hablar esa lengua del demonio que aprendió de su madre. Fray Juan, qué me dice usted. Éstas son tierras del pecado, Pedro. Tus hijos con tus propias manos debiste matarlos al nacer. Hijos de bastardía tan grande. Fray Juan, cómo se atreve. Hernanda se escapa al corral tras las minas y escoge los caballos mejores, para liberarlos de noche al desierto.

Tómalos, madre, le decía al viento. Cuando su madre murió sin volver a ver a sus hijos, sin saber de su boca si se había equivocado, dejó de hablar. Le hubiera dicho: sólo pelear nos queda, madre, que éstos no saben de la vida. Hija, ¿me equivoqué en amarlo? No, madre, eso nunca es cosa mala.

Durante seis años, Miguel no acompañó a Hernanda cuando se escapaba de los rosarios vespertinos en alas de su memoria. Quería ser soldado. Como papá. Tampoco lo hizo después de que Hernanda escogió a Balderas. Y María Cid a González. Sus amigos. Tuvieron hijos, uno Hernanda, tres María. Y dinero. Hernanda le compró su cota, el izcahuipil, un casco, su caballo mejor. Te los debo, hermana. Madre decía que uno escoge dónde pelear. ¿Madre? Madre.

Fray Juan bautizaba, casaba y hablaba de la guerra justa, de la defensa de los indios cristianos, sus pupilos. Hernanda se fue a Jerez, que en la chichimeca las mujeres fijan la residencia, pero no así en tierras de España.

Hermana mía. Es indigno de un soldado cristiano remitirse a las ideas de una mujer. Fray Juan, de qué me sirven los consejos de un hombre que estuvo a punto de morir en el río Alhama porque su madre intentó ahogarlo para encubrir su absurdo pecado de adulterio. El capitán no ha formulado nunca con todas sus letras la respuesta que el fraile se merece, por ser hijo de español puede incurrir en un juicio inquisitorial. Su preceptor podrá alcanzar la dirección de la Provincia, pero ninguna dignidad en el mundo de España lava la deshonra de haber sido reconocido hijo legítimo a los once años de edad. Y a los treinta años el capitán es suficientemente español y bastardo para saberlo, de la misma manera que sabe que para pelear con indios hay que ser indio.

Hermana, no te vayas. Si tendrás más hijos, Hernando y yo seremos sus enemigos, con su sangre blanquearemos la nuestra. El capitán mira el desierto. Mayo es calor, mayo es sed y promesa de agua. Pitahayas. La yegua de su hermana levanta un polvo que lo llama. Capitán, sigue diciendo el polvo cuando la yegua y la hermana han desaparecido, capitán aún estás con tiempo.

Miguel siente el aroma del desierto, la risa de Hernanda en la infancia de la vida, la voz de su madre. Huele la tierra seca, el deseo de agua; ama el sol sin piedad, el placer de andar. Su caballo pisotea la falda de brocado cuando a pesar suyo, y para retenerlo inmediatamente después, hunde las espuelas en sus flancos.

El desierto. La falda se arrastra en el desierto, ropa que su hermana no se ha querido llevar porque toda prenda guarda el alma de quien la teje. Ropa que su hermana no liará con otra para convertirla en divinidad, en la fuerza de unión de un pueblo nómada que en un hatillo lleva la cohesión originaria.

Capitán Caldera. Escucha el eco sordo de su nostalgia agrandarse en su cota de manta. La vida le duele. El desierto lo llama. Piensa por un instante que puede. Nuevamente espolea el semental. Los cascos resuenan en la piedra. El viento silba entre los huizaches. Capitán Caldera, lo llama. Hermana, espérame. Retiene el animal.

No tomarán prisioneros, no violarán mujer alguna. Ofrecerles formas dignas de vida y la santa religión los alejará de nuestras ciudades. A toda falta de libertad opondrán una violencia mayor. No hay jefes entre ellos, no hay voluntad superior a la de todos. El capitán se escucha a sí mismo. Es un caudillo, el mejor.

Hermana, ya he derramado sangre de la tuya. Debería decir de la nuestra, pero no se atreve.

Nadie podrá tomar mujeres para su casa, que si ellas los acuchillan en la noche estarán en su derecho. No maten a venados ni envenenen el agua de los manantiales, mas no los dejen acercarse al ganado ni les vendan licores. Cuando disparen, que sea en el pecho.

El capitán sabe lo que hace, dicen sus hombres. Es el único que puede mantenerlos a raya. El capitán es indio, ni hablar de esponsales. Ésta es la voz de don Nicolás de Tapia. Como si él no fuera español sólo de nombre, que a unos caciques aliados les llaman españoles y a otros, hidalgos.

Don Nicolás, yo no soy indio, que la mía es nación indómita, guachichil de pura cepa, hombre del desierto y español por decisión. La prometida del capitán, Isabel de Jesús y María, hija de Tapia y de recién pacificada otomí, educada en las doctrinas de santa madre iglesia, no se atrevió a seguirlo, que tanta arrogancia parece cosa del demonio.

El capitán conoce a sus enemigos, dicen sus hombres.

Hernanda, soy mi propio enemigo. Hernanda.

El caballo se encabrita, se resbala en la piedra gris. El desierto gime. María lo ha sacado de su tristeza, lo ha cabalgado y arrufado, pero de matrimonio ni hablar.

Madre. Caen dos lágrimas en la resequedad de los alrededores. Madre, ¿puedes entenderme? Éstos se van a quedar de todas formas, cambiarán de nombre, cambiarán de rasgos, pero españoles van a seguir siendo. El desierto se sacude bajo un trueno. La voz de madre lluvia. El capitán saca su cuchillo de doble filo, desgarra el izcahuipil, abre la camisa y se rasga la carne a la altura del pecho. Un hilillo de sangre baja a la tierra. Tributo a la voz que regresa.

Madre, tú liberaste a mi padre, él no hubiera podido hacerlo.

Un rayo, enojo y pregunta.

Así son ellos, madre. Sólo sobrevivirá mi hermana por la sangre de Hernando y de Isabel, que los tuyos si no se pacifican han de morir. Por eso compraré la tierra de tu gente con bueyes y plomo y caballos. Por eso mataré sin quitar libertad alguna. Que la vida es vida y en ella campea la muerte.

Un trueno corto, iracundo.

Madre, entiéndeme.

El silencio. Las nubes se van sin dejar al capitán una gota de agua.

Madre.

Nada.

Hermana.

Al horizonte ya no se divisa ni el polvo que la mujer ha levantado. Por las nopaleras, las nubes la alcanzan. El capitán baja la cabeza: que se haga tu voluntad aquí en la tierra, señor.

 

 

 

 

 

 

Cuando el sol no concede sombra alguna, la tierra puede parecer gris de tanta luz. Entonces la tristeza se agiganta como la sed. El animal sudado resopla. Paso a paso cruza el mediodía, se arrastra por la tarde. Lento y cansado como el dolor de su dueño.

Alrededor, desconsuelo. Dos casas bajas, de piedra tallada a cuchillo, y un corral en abandono. Poco más allá, la calavera triste de una vaca. Las rancherías han sido asaltadas tantas veces en los últimos meses que nadie se atreve a vivir lejos de la ciudad. Pronto no habrá carne, ni leche, ni maíz. Las yeguas para vaquear ya escasean. El capitán atraviesa las ruinas sumido en su pecado de orgullo. Es lo único que su hermana no le ha robado. Desde hoy no permitirá que nadie más la nombre, ha muerto para el mundo de España, para santa madre iglesia. Sólo él, él la recordará en silencio.

Padre nuestro que estás en los cielos.

Agua, implora la tierra. Y el caballo que avanza cargando la contrición de su dueño. La sombra es aún más escasa. Su madre decía que en la sierra hubo muchos árboles y que las minas los devoraron. El hombre y el caballo no los han visto jamás. El nombre de su madre tampoco volverá a repetirse.

Gloria al Padre.

Un rebuzno ligero, de burro viejo, sorprende al caballero y a su montura. El fraile saluda al capitán con las palabras de paz que se acostumbran entre cristianos, pero el militar no las entiende. Sólo usted podía encontrarme aquí, fray Luis. Hay odio en su voz. Crecimos juntos, Miguel, nunca pensé que Hernanda dejaría nuestra santa fe. La indujo a ello. Un duelo de palabras, pues el religioso no usa armas, tan acre como el cruzar de espadas. ¿Ha guerreado, fray Luis, sabe con quién nos enfrentamos día tras día? Con el demonio, Miguel, el mismo que te está devorando el alma. Luego cae el silencio. Los animales siguen al paso rumbo a Zacatecas. ¿Quieres confesarte, hermano? La voz de fray Luis es la de un hombre que ha dejado de pelear.

Dichoso el que teme al señor y sigue sus caminos.

Y ahora ve a México, Miguel. El conde de la Coruña, el nuevo virrey, pide que los guachichiles sean asolados a fuego y a sangre, no entiende nada de la guerra y está convencido que el viejo Enríquez de Almanza gastó demasiado tiempo y oro en tener a raya a los rebeldes. Hazte nombrar por él, no te dejes atrapar por la Audiencia de Guadalajara. Y cásate, Miguel. Cásate, que sólo así las indias de bien serán tratadas como españolas.

Ave María Purísima.

El fraile llega a una poza de agua, desmonta y acaricia su burro. Poco más allá lo espera un indio con dos mulas. El capitán recibe la bendición. Se separan sin mayores palabras. En menos de dos horas, el militar llegará a Zacatecas, con sus hombres; y el fraile a salvo de los franciscanos de la ciudad, con fray Diego de la Magdalena, uno de ellos que como él piensa que los chichimecas dejarán la vida salvaje y aprenderán a vivir en quietud y orden cuando reciban buen tratamiento y los provechos que da la paz.

 

 

 

 

 

Antes de las lluvias, en la sierra de la Hermandad de mi Abuela, el agua de la tierra brota en medio del río. Ve ayunando hacia ella. No toques mujer, no tomes vino, sólo al anochecer muerde una biznaga y en la mañana antes de que salga el sol, tres tunas: una roja, otra naranja y la última verde. Contra el frío, quema ramas secas de huizache, nunca de mezquite ni de xotol que para ti son sagrados. Si resistes la sed, resistirás el dolor; si el hambre, tendrás la fuerza de saber lo que quieres. En el cielo está la respuesta, y en la tierra. El agua del ojo viene de madre tierra y refleja el movimiento celeste. Lávate; quítate de encima el pasado, ve limpio hacia tu futuro. Te digo esto porque presiento que no eres enemigo.

La mujer le sale al paso cuando está por entrar a la cañada. El capitán suspira. Su semental está agotado, sus hombres lo esperan, pero ése no es día para dudar y la vieja… La insolencia y el atrevimiento de los mecos han crecido tanto que no sólo nos atacan, sino que se han hecho tan fuertes y mañosos que dejan las sierras y se acercan a las ciudades, vagan por los caminos, con graves perjuicios para nuestras políticas y la santa fe. Los estancieros y los franciscanos coinciden en este análisis. El capitán mira a la mujer. Está vestida a la usanza de los aztecas pobres, tan enemigos de los mecos como cualquier español.

Yo te conozco, capitán. No nos salvaste de nada, pero desde que te vi me pareciste persona. Y cuando logramos llegar, malheridos y hambrientos pero vivos, a San Miguel el Grande, empecé a preguntar. Los siervos sabemos muchas cosas. Los indios de las misiones todavía más. El capitán reconoce el enredo de henequén, el huipil corto que no ha de protegerla del frío de Zacatecas. Eres la sirvienta de Constanza de Andrada. No, capitán; he sido abandonada por ella después del asalto a la caravana, ahora pertenezco a los franciscanos. ¿Y te permiten andar sembrando el veneno de la superstición? Capitán, a mí la Inquisición no puede tocarme porque soy india, pero tampoco me escucha si hago una denuncia. No temas. Sé que sólo el baño te libera de una religión que vas a dejar. Estás eligiendo, capitán. Y lo estás haciendo en nombre de tu dios.

El hombre se cae de cansancio, el animal huele el establo, la ciudad está tan cerca que se oyen sus voces. En otra ocasión, mujer. No hay tal, sígueme. La vieja toma las riendas del animal, pero el capitán desmonta. Caminaremos juntos, dice resignado. Ella asiente con la cabeza. Salen nuevamente a la oscuridad, los pasos se aligeran, hace frío. De pronto la mujer mueve unas ramas y entran en un corral de piedras sobrepuestas; al fondo, una choza de bajareque y poco más allá la construcción redonda de un baño de temazcal, el vapor sagrado, el íntimo espacio de la curación casera.

Deja que te atienda, capitán. ¿Por qué lo haces? Mi madre era otomí, mi padre tenochca. Nos decían chichimecas y perras en la ciudad de mi padre, pero mi madre conocía los secretos del futuro. Cuando los franciscanos nos bautizaron, con la excusa de ir a poblar la misión de fray Juan de San Miguel en Xichú, nos llevó a la sierra del río Santa María. Sus cañadas y bosques son refugio natural de E’znar y Xi’oiqi, jonaces y pames les dicen ustedes, rebeldes a la conquista y a la conversión, capitán; deberás andar con cuidado porque a ti no te darán permiso de pasar como a mi madre. Ahí ayunamos las siete hermanas y madre y padre y en la luna antes de las lluvias, al amanecer, cuando el agua hierve al salir de la tierra, se metieron primero nuestros padres, luego una a una mis seis hermanas. Yo no alcancé a entrar antes de que el cielo se abriera en un chubasco que borró el manantial, mezclándolo con las aguas del río. Soy la única que recuerda. Yo he sido bautizado al nacer, mujer, no tengo otro dios que el único, muerto en la cruz para la salvación del mundo. Eres hijo de la sierra, tu madre era muy fuerte, capitán. Rezo por ella. No hay pecado en respetar lo que no se conoce, necesitas saberlo. La mujer pasa unas ramas de mezquite alrededor del cuerpo del hombre, golpeando el aire. Le levanta la camisa de lino y le escupe agua sobre el ombligo. Piensa por qué murió tu dios.

La mujer que cura sale a prender el fuego del temazcal y regresa con una rama de ocote encendida; circunda de humo y fuego al capitán, solo e inmóvil en el centro del jacal. Las formas de los dioses son diferentes, pero es única la divinidad que los alimenta, dice. En el cerro del Tepeyac la antigua madre Tonantzin ha cedido su lugar a la nueva madre de los cristianos, ambas son la misma fuerza femenina que protege. El capitán no contesta. Dos lágrimas bajan por sus mejillas quemadas por el sol. ¿Dónde estás, hermana?, llora en silencio.

Las horas vuelan, el capitán reza. Cordero de dios que quitas los pecados del mundo. Una vez tras otra. Con la fuerza de quien busca refugio. Y algo más, la desesperada necesidad de saberle contestar a la vieja. Soy militar, no santo, se excusa por el espacio de un segundo. Cuando la mujer regresa, lo encuentra absorto. Ven, capitán, que sólo por una vez me está concedido decir tu futuro. Entran al baño. El olor a hierbas se difunde en el vapor.

Tendrás fama, oro y nietos que te amarán, cada día alguien te nombrará en sus plegarias, gran capitán, y por lo mismo enemigos que te envidiarán. Tienes cuatro oportunidades de pedir algo, cada vez que te tire agua fría en el estómago. El hombre suda. ¿Por qué te escucho? Porque como tú tengo dos sangres y los antepasados sagrados de mis pueblos eran también chichimecas y como los tuyos mis nietos serán mestizos de estas tierras. El aire está preñado de aromas a romero, ruda y albahaca, hierbas blancas en el humo indio; el calor es intenso, gotas pesadas corren por las piernas y los cuerpos. Un escalofrío repentino como el jicarazo. ¿Qué tengo que hacer? Te toca regalar una espada a un hombre muy principal, sabrás quién es cuando te pida ayuda. También regalarás tierras, y telas, y burros. No todos se convertirán, sabrás dar a quien no se bautice, ése es tu secreto. Nuevamente el calor sofocante, la espesa bruma que limpia, lo aturde. Cuando el agua lo sacude, casi grita: No entiendo, ¿qué debo hacer? ¿De verdad, capitán? Desde la mañana no has pensado en otra cosa. La paz, capitán. Tu destino es la paz. El agua otra vez. ¿Y mi hija? La vas a reconocer, capitán, y se casará honestamente como tú no harás. Tus nietos llevarán otro nombre y serán hombres de trabajo y fortuna. Poco a poco el calor se disipa, la vieja le echa una manta en los hombros, masajea sus duras piernas de jinete y le ordena descansar. Mañana será otro día, dice mientras el hombre cierra los ojos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me siento bien orgullosa de ser pame. Cuando era niña y empecé a ver, mis padres estaban vestidos más de manta que ahora. Los hombres con pantalón y camisa de manta y sombrero de palma grande y guaraches de correa. Las mujeres tenían fondo que era una falda de manta y arriba otra falda floreada y su saco de manga larga. Todas con su rebozo, el rebozo se ha usado todo el tiempo. Los guarachitos eran de tapadera de colores. Entonces todos hablaban la lengua, el pame del norte.

Ahorita los abuelos han muerto y a la juventud le da pena, porque antes los mestizos se burlaban mucho de nosotros. Decían: “esa niña es pame” y no la atendían en las tiendas, la humillaban aunque tuviera su dinerito para ir a comprar. Uno tenía miedo. Yo no bajaba a Alaquines, ni a la escuela iba. A veces los niños mestizos hasta piedras nos aventaban. Por eso no estudié y muchos de nosotros no saben defenderse. La gente se escondía. Cuando venían los médicos de la ciudad a vacunar, nos escondíamos en el cerro.

Lo único que se hacía frente a la gente de fuera eran las danzas de las ceremonias religiosas. La de la Malinche, la del Santo Entierro, patrono de Alaquines, o la de cuando bajaban la Santa Cruz. Entonces iban los mayores y los mestizos respetaban la danza, se persignaban, rezaban. Ahora la danza la bailan hasta los niños chiquitos porque se nos está quitando el temor. Hay más respeto porque ya hay maestros indígenas, un presidente municipal, otras autoridades.

Acá uno danza y le pide a Dios para que llueva, para que haya buen año, que se dé la cosecha. Para eso se saca la virgen a pasear, se ofrecen petates, comales de barro, ollas, tejidos que se hacen aquí y que son herencia de las personas pames.

Entre las costumbres que tenemos está la comida: las gordas de elote tierno molidas en el metate, las tortillas de nixtamal, los tamales con chile rojo. Aquí se cultiva mucho el chile rojo seco, el maíz, frijol, tomate de bota, tabaco y cebolla. Aunque son unos diez años que no llueve mucho y entonces la cosecha no se da y nos vamos a trabajar a otro lado, de mojados a la pizca de algodón, o a la caña de azúcar en la Huasteca, o a los cortes de leña en Aldama, Tamaulipas. Ahora ya no llueve tanto como antes, como cuando si no se sembraba, lo que había se repartía en la comunidad. Ahorita ni el maíz se da. El río de aquí ya se acaba en tiempos de seca y la mayoría del agua se la llevan para las casas de Alaquines.

Antes se tenían los hijos que Dios mandaba, ahorita yo ya planifiqué mi familia, pero en Las Guapas, en las comunidades, siguen teniendo muchos chiquitos uno tras otro. Desde muy chiquitos a los niños se les enseña a trabajar el campo. Van por agua con cubetas de plástico o con cántaros de barro, a pie y se cargan en los hombros o las mujeres en las cabezas. A la leña van con burros al cerro. Se les enseña a zadonear, a limpiar las matas de maíz cuando está chiquito.

Antes los dioses eran los santos, se hacían ofrendas el día de muertos poniendo atole, frutas, tamales. Todavía bajamos al cementerio a visitar a nuestros difuntos. El padre dice una misa y nosotros hacemos un arco de puras flores con un petate debajo donde se tiende la ofrenda. Entonces se invita a una señora que sepa rezar el rosario en la lengua.

Que yo recuerde los pames siempre vivían donde nacían, pero ahora salen a buscar la vida afuera. Hasta las señoras y las muchachas salen. Dicen que los muy antiguos también tenían unas casas de vivienda y en las secas salían a buscar la vida en los cerros, en los ríos, se volvían andariegos por un rato.

Hay personas que sí conocen de cuando la llegada de los españoles, pero no lo cuentan. A mí me contaban de la Revolución. Hay unos señores que participaron y recordaban cómo mataban a la gente. Los pames entonces enterraban sus trastes en la tierra para irse a esconder y huir de los soldados. Los soldados decían que los pames eran rebeldes. Los soldados nos martirizaban de lo feo, a las muchachas se las llevaban para hacerlas mujer y luego las mataban. Entonces las pames se escondían en las lomas y los hombres se iban a pelear. Por eso mi abuelito se fue con los revolucionarios. Duró diez años y cuando se terminó mi abuelito regresó a su tierra, pero no encontró sus cosas. Sólo después de muchos años recibió sus tierras de nuevo. Mi abuelita y las otras pames barreteaban la tierra en el monte y cuando llegaban las lluvias sembraban, a veces se iban de cacería. Así siempre han sobrevivido los pames cuando hay guerra, sólo así puede uno no rendirse.

María Rosa Montalván Hernández, auxiliar de cocina, albergue escolar José Vasconcelos, Colonia Indígena de Alaquines, San Luis Potosí, 18 de febrero de 1996.

 

 

 

 

III
LOS HOMBRES

 

Bajo el galope de potros domados por la fatiga, los pelos negros del capitán se han ido empañando como el buen nombre de muchos españoles y el agua de los ríos. Sólo el recuerdo de Hernanda y el tunal permanecen espinosos y calientes. La guerra misma es un ir y venir de ideas. Y en ella la capital, una obligación.

Completamente armado y con un arcabuz en el arzón de su silla, el capitán sale de México, atraviesa Tacuba y se promete que los caminos de su tierra serán igual de seguros. Es la tercera vez que baja a la ciudad, firma, busca hombres y se queda con los de siempre, alistados año tras año, algunos desde hace diez. Naturales de México, desbarbados por edad temprana y herencia india; nacidos en Castilla otros pocos, los más viejos, los sin dientes, los más heridos; mulato sólo hay uno, Juan Bázquez de los Reyes, con su corazón azul tatuado en el brazo derecho.

Sin embargo, esta vez el virrey lo ha mandado llamar. Es débil este conde de la Coruña. Un gran señor, pero atribulado, como si el tiempo le quemara por dentro. El capitán, tomado de sorpresa, sin saber moverse entre las tantas cosas que llenan los palacios, no supo decirle qué amarga es la paz de las armas, ineficiente la guerra rigurosa. Lo ha escuchado planear una protección de los caminos, el fortalecimiento de las guarniciones de los fuertes y ha balbuceado frases comunes sobre luchas enconadas, cuando en realidad quería defender el partido de la pacificación, el del trabajo y el comercio.

Sin darse muy bien cuenta, recibió la orden de aumentar su compañía a treinta hombres. En las tabernas y apostando en las peleas del mercado, ha escogido a un portugués y a Juan Rodríguez, natural de Amberes, en el condado de Brabán en Flandes, bien dispuesto y con la señal de que ha combatido en el labio de arriba, junto a la nariz, y a dos sevillanos habladores y alegres, y a un tuerto, un manco, otro herido en la coronilla. En fin, soldados.

En Cuautitlán ya está recuperando su seguridad y sus dudas. Niños de todas las edades, con las piernas torcidas de hambre y los mocos embarrando sus caras hundidas, aguardan de pie frente a madres nuevamente preñadas y flacas: Llévesela señor, ya sabe trabajar, tómelo a servicio, mi capitán. La misma escena ante docenas de jacales semiescondidos entre los matorrales, en espera del agua de la tarde que podría arrastrarlos. Un burrito, de repente, para sanar tanto dolor a la vista.

Pedro Benito espolea la yegua gris que acaba de comprar. También la paz tiene sus tristezas, dice al amigo que confirma sus palabras con un movimiento mudo de la cabeza. En Celaya se separarán nuevamente. Así es la vida de los hombres de a caballo. Viven casi ignorados más allá de los presidios en los que suelen parar y de repente sufren por sentimientos imprecisos, nostalgias, relámpagos de rebelión. Entonces callan o cantan. Aunque Pedro Benito siempre sabe lo que los demás ignoran, tiene para ello un sentido oculto, casi animal.

Ha alcanzado a Miguel en México, demasiado tarde para ayudarlo con el virrey, pero a tiempo para consolarlo. Lo ha llevado a la casa del caballero Manuel de Alba, un señorito de corte con sentimientos de hombre de bien, conocido en la estancia de ganado menor del bachiller Alonso Martínez en San José de la Quemada, a tres leguas de San Felipe. Frente a un vaso de vino, supo decirle las escasas palabras que los amigos necesitan para entenderse. Por una vez no han hablado de la guerra. Han reído con sus recuerdos. Se han contado los dolores que los atenazan en la espalda y las coyunturas. Y finalmente se han abierto a las dolencias del alma, esas esperanzas y urgencias que la vida y los gobernantes frustran.

Otro vaso de vino portugués y otro bocado de jamón español bajo la gran bóveda de la casa del caballero de Alba y Pedro ha soltado que el virrey no va a durar, se ha peleado con Guadalajara, nadie le obedece y gasta demasiado en armas. Tal vez lo suplante el arzobispo de México, tal vez la Audiencia. Haz la guerra, hazte pagar, pero hazla a tu manera. Además eres el mejor, lo dicen todos. ¿También Rodrigo del Río? Ve con él.

La casa de Manuel de Alba se llenó de cantos, desde su portón los hombres del capitán se dispersaron por las callejuelas y los canales de la ciudad. Noche libre. Las prostitutas indias han marcado a más de uno con su sífilis punzante, pero reincidir es un punto de honor.

Antes del amanecer, Pedro Benito y Melchor Portillo, el más joven de los soldados, se han dirigido al barrio indio de La Candelaria, el muchacho a saludar a sus padres, el otro a comprar pomadas que los franciscanos no dispensan. Entre gritos y risas de vecinos, su compañero Bernardino Despinosa salió corriendo de la casa de la que fue su mujer, ahora esposa de un mulato malencarado y presto de cuchillo.

La partida de México se hace larga; siempre hay vino, o amigos, o simplemente la cómoda seguridad de un plato de comida a cambio de dinero para retener hasta  las  mejores voluntades. Los treinta hombres salen por detrás del templo de San Agustín con el sol en lo alto.

Caballo prestado espuelas propias, reza el dicho, pero cuando de ir al norte se trata las espuelas el capitán las usa también con su bayo. Ha enviado al viejo Gaspar Alonso a la estancia de San José de la Quemada para preparar ahí, con venia del bachiller, un encuentro con el general Ponce de León. Le dirá que se regresa a su tierra, que ahí sirve más. Sus treinta y cinco años le pesan desde que ha viajado a la sierra del río Santa María, quiere defender a su hija, buscar soldados entre los indios, parecerse a Cortés. Si el principal fin de la guerra es la paz, entonces que los frailes funden monasterios, que se junten los indios cerca del agua, que unos de sus capitanejos se me alíen contra los otros.

Si corres tanto vas a llegar antes que Gaspar Alonso, espeta Pedro Benito. El capitán le sonríe: No sé ir despacio, contesta mientras retiene el caballo y se distensa en la silla. Pura fachada. A pesar del calor, sabe que por las tardes las lluvias los retendrán en alguna cueva y esta certeza le proporciona entre rabia y consuelo. Rabia porque ya quisiera estar con el general. Y tiempo, consuelo de los sabios, para terminar de construir en su cabeza la demanda, nada clara, de volver a Colotlán y acercarse a los caxcanes. Lo está pensando desde hace meses, quizás desde antes, desde que la epidemia los ha vuelto indispensables. Además, Pedro le ha dicho que su nombre vuela por la frontera como el de un indio español. Quién pudo nombrarlo. Los estancieros no, pagan y se quieren servidos por ello; los guachichiles menos, su propia hermana lo ha llamado traidor. Sólo don Nicolás, la gente de Mecatabasco y Juchipila, los caxcanes a quienes ha robado María.

Amigo es también quien sabe acompañar callando y Pedro se da cuenta que el capitán se ha escapado tras sus fantasías. Ni las lluvias lo pararán. Hasta Tepeji, o más allá, Miguel es así.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los muros de San José de la Quemada cobijan al alto mando por el espacio de unas cuantas horas. Los caballos desensillados comen. Los soldados rasos se lavan en el agua que brota tibia de un manantial cercano. En la sala de arcos sucesivos, fresca a pesar de que a las dos de la tarde el sol rompe las piedras en el patio anterior, el general Ponce de León interpela a Miguel y a los capitanes Cifuentes y Santoyo. El bachiller, para dejar a los militares a sus anchas, se ha ido a San Felipe con tres esclavos a vender su cosecha de cebada. Es la cuarta tarde sin lluvia y está muy preocupado.

El general conoce a sus capitanes. Sin la naturalidad de los galopes en las patrullas a campo abierto o la cercanía en las cantinas de las estancias que les dan cobijo, pero con la atención que respalda su rigor. Y por Miguel ha tenido siempre una punta de curiosidad; se la ha heredado Gonzalo de las Casas y fortalecido Rodrigo del Río, aunque él la ha alimentado con una observación puntillosa. Ese rostro hermoso y tan poco común, moreno claro y de ojos negrísimos, esa nariz tan pequeña y perfecta que ni en España ni en Flandes la tuviera hombre alguno, esos pómulos altos, siempre más quemados que el resto de su cara, y ese bigote espeso sobre la barba rala, le llaman poderosamente. Los mestizos de la ciudad no se le parecen, ni los bastardos de las estancias. Sólo era así el hijo de una española que prefirió morir combatiendo con los guamares que ser rescatada por el capitán Carrillo Dávila. Y además las manos de Miguel toman la pluma con una liviandad extraña a la fuerza que se les nota cuando levanta la silla. Su caligrafía es fuerte, inclinada a la derecha, con trazos descendentes redondos. Una caligrafía culta, de humanista. Y su cuerpo alto, igual de desarrollado en los hombros, la cintura y las caderas. En fin, es uno de los americanos más bellos que el general haya visto nunca y quisiera tenerlo cerca. Muy cerca, aunque, que dios me ampare, es mejor que se vaya, que se haga la voluntad del señor en sus tierras del norte, ahí donde los guaynamotecos acaban de levantarse y matar a dos franciscanos, fray Andrés de Ayala y el bueno de Francisco Gil, que hablaban su lengua y levantaron un convento, tan sólo porque les habían dado una reprimenda por sus vicios carnales. Sí, que vaya Caldera, con su espada, antes de que Guadalajara mande a Juan de Zayas que siempre hace de las suyas, idiota y más fiel a la audiencia que al virrey. ¿A cuál virrey? En fin, por suerte él es general nombrado por el rey en España, que vaya Caldera y, si dios quiere que se vuelvan a ver, que luego le cuente de los mitotes de los salvajes, ese baile que dicen hacen abrazados los hombres, sudados, encendidos, quizás briagos, del amanecer a la noche que los envuelve. Ahoga un suspiro. Capitán, deje el cuidado del camino a Cifuentes, el 4 de agosto la provincia guaynamoteca se ha levantado en rebelión. Los indios han tomado los cálices de plata de la iglesia y los han transformado en adornos para los guerreros, los distribuyen como regalos entre los vecinos y los invitan a sus mitotes. La voz del general deshace las conjeturas dispuestas por el capitán. Es una orden, aunque dada con la gracia de un hombre enamorado.

A Mecatabasco, al amanecer, contesta Miguel a Gaspar Alonso cuando el soldado se le acerca al verlo examinar la caballería. Hay que herrar unas bestias, separar las yeguas preñadas, disponer las cargas de las mulas. Todavía aturdido por la libertad que el general acaba de otorgarle, el capitán apoya la mano en el brazo de su hombre y así caminan, cercanos, hablando del canibalismo de los rebeldes, de sus deseos de riqueza en tierras de chichimecas, de las necesidades que tendrán en el camino. Paso tras paso, llegan al manantial, a la alegría que el agua ofrece a los hombres del desierto. Se zambullen con los demás.

Luego el viento mece el bigote del capitán tumbado en la hierba. Los soldados apoyan sus cabezas húmedas en la tierra y miran el cielo. El de Brabán cuenta de la guerra contra los alemanes protestantes, sus compañeros si acaso lo escuchan entre sueños. Es dulce el descanso, conserva el sabor de la última María que los ha cobijado, de la Carmen que les confió su preñez, del hijo que alguna vez levantaron en brazos y ya no saben qué edad tiene. Y dura poco.

Cuando la tarde se enfría y el color de la luz se opaca, los rangos retoman su necesaria rigidez. Vestido, el capitán es el hombre que dispone, los demás obedecen. Media arroba, seis kilos le dirán dos siglos después los constituyentes franceses que humanizando a los reyes deificaron a la razón, media arroba de maíz por caballo montado y mula de carga, y un cuarto para las bestias desensilladas, que cada soldado disponga de tres porque el camino rápido las agota. Una arroba de pólvora por arcabuz, y plomo, y además dos pares de herraduras, seis libras de tortillas secas, orejones y una calabaza del polvo de carne que los indios llaman majaz, machaca.

Así da inicio el baile de los preparativos, el temor que al ocultarse se vuelve fiebre, la agitación de la guerra que tanto se parece al enamoramiento. El herrero no descansa, Gaspar Alonso cuenta las arrobas de maíz, escoge las mulas, separa la carne, sólo Melchor Portillo se atreve a acercarse al capitán: ¿Y el agua, señor? Miguel le perdona por su joven edad. Qué no te han dicho que soy hijo de una guachichila, muchacho. Iremos de poza en poza y donde no la haya, beberemos la sangre de los caballos. Frente al asombro del cadete, sonríe y agrega: No te preocupes, estamos en temporada de lluvias.

La noche es víspera del amanecer que los verá en camino. Dicen que los generales duermen antes de las batallas, Miguel mira el techo de la estancia que lo cobija y repasa mentalmente la ruta que en una ocasión, y en fragmentos, don Rodrigo del Río le ha descrito. El Tunal Grande, desierto entre las sierras, y el palmar que lleva a Zacatecas. No tiene tiempo, si acaso diez días. El atajo pasa por el yermo territorio de los guachichiles. Una vez más la gente de su madre. Se persigna. El pueblo de su hermana. Reza. Que conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora.

El bachiller ofrece su bendición de señor a los soldados, cuando los gallos aún descansan. Inmediatamente la compañía arranca al trote silencioso que la desvía del camino real hacia las cuestas de los garambullos y las cenizas planicies de nopales y biznagas. La ruta de la prisa ha sido ablandada por las lloviznas, flores diminutas se abrazan de la tierra, la gobernadora expande su aroma medicamentoso en el aire, y a la sombra de las torcidas palmas de brazos levantados, los cardenches han templado sus espinas. Los hombres se pican con los nopales y se encomiendan a la virgen cuando los cascabeles de las serpientes se escuchan cerca de sus caballos. En cada agua se paran; les está prohibido cargar más de una botella, que los animales no pueden con lo que llevan.

El silencio es compañero del apremio. Hasta los andaluces callan y los almuerzos son rápidas paradas en que animales y hombres se reponen para seguir andando. La voz del capitán es más fuerte por lo mismo: Estamos en su territorio. Todos saben de quiénes habla. No nos atacarán porque en las lluvias se van tierra adentro, pero llevamos armas que los atraen. Mejor suéltenles una mula o dos y corran que no podemos distraernos.

Si hay decepción, no se transparenta. Vuelven a montar y pronto la inmensidad del cielo y la tierra invade los corazones de los castellanos, el sol aturde a los mestizos, la resequedad cansa al mulato. Dios les invade el alma y oran al ritmo sincopado del trote.

Al segundo día, aparece una sierra baja. Oscura y fuerte como el dorso de una mula, compacta y cubierta de piedras rodadas. Gaspar Alonso llama la atención del capitán: zopilotes. Algún animal grande, porque son muchos, comenta. Entonces debe haber una fuente. No hay más que decir, la compañía se encamina. Un bosque repentino. Es un placer andar bajo los árboles. Los andaluces se gastan una broma, otros prometen obligarlos a comer lo que les van a robar a los rapaces.

El hedor los alcanza con una ráfaga de viento y poco después el horror los vuelve a enmudecer. Caballos y hombres están en los huesos, semisepultados por un alud de piedras. La calavera que despunta del cuello de una cota lleva todavía un ojo abierto y una grotesca sonrisa descarnada. Poco más allá un brazo ha sido arrastrado por un coyote y en el cielo los zopilotes dan vueltas a la espera de que los recién llegados les permitan volver a su festín. No hay papeles para saber los nombres de los muertos, ni anillos o adornos con que identificarlos. Las armas y las botas han sido robadas, así como las sillas y los enseres, pero no se ven flechas ni rastros de combate. Sólo queda al capitán ordenar su cristiana sepultura y contemplar las cruces de madera que pronto se levantan al pie de los cerros… ahora y en la hora de nuestra muerte amén. El fin, el olvido, no hay soldado que no podría ser uno de esos desconocidos.

Al volver al camino, el de Brabán se yergue de repente en la silla: Hay que vengarlos, afirma. Una parte del desconsuelo se alivia con aquella promesa de acción que le ha sido inculcada desde niño como justa respuesta a un mal sufrido. Algunos soldados lo secundan. Vengarlos significa desquitarse con la muerte; les ofrece recobrar su hombría y además les asigna un enemigo concreto. La sierra a su alrededor adquiere la categoría de guarida y el paso de los caballos, el del fuego de una hoguera que limpia los pecados de un alma impía. Los mestizos, el capitán y Gaspar Alonso guardan silencio, pero los dos andaluces y el portugués hierven como el brabante con la pasión de los autos de fe. La noche no los aplaca. Revisan el filo de sus espadas, cargan los arcabuces, hablan entre sí con la golpeada seguridad de los inquisidores. Cuando el viejo Alonso les pregunta si están seguros de que los muertos han sido asesinados y no han caído por la escarpada, se abalanzan sobre él como sobre un hereje. El capitán interviene: No hay tiempo, el cabildo de la ciudad de Zacatecas sabrá a quién mandar cuando le presente el informe. Es un pretexto, ruge el de Brabán. Miguel Caldera desenvaina y apoya la punta de su pesado espadón sobre la manzana de adán del soldado. Consideraré la situación para no castigarte, Juan Rodríguez. Los ánimos se enfrían al hielo de las jerarquías, pero no se apacientan. El orden suple todo compañerismo.

A la madrugada siguiente, el desierto se les abre desde las alturas. Una llanura larga, estrecha y reverberante de calor los separa de la sierra que se empina oscura en el horizonte. A medio camino entre ellos y la arena seca, un bosquecillo. Luego, sólo Miguel es capaz de discernir a lo lejos unos pocos mezquites. Dejen que los animales se refresquen, ordena en el riachuelo del bosque. Les ha llevado tres horas llegar ahí. ¿Podrán cruzar El Despoblado en un día? El sol ya está en lo alto. Esperaremos la noche, ordena en fin. La mayoría de los hombres se mantiene armada y atenta mientras de dos en dos se meten al agua. Hay vestigios de fogatas, un cuenco de barro estrellado al fondo del arroyo y, al otro lado del cañón, cinco cuevas como ojos abiertos. La tarde los sorprende exaltados de cansancio y la luna les blanquea un camino de pánico.

El frío de la noche cala los huesos como quema el calor del día. Los caballos trotan nerviosos atrás de los sementales montados y se encabritan con las espinas de los cactos que se enredan en el pelo de sus patas. Miguel escruta la pista, un ojo al suelo y otro a los cerros. Gaspar Alonso, en la retaguardia, arrea las mulas. Por encima de sus cabezas, las estrellas brillan nítidas a pesar de la luna casi llena. Entonces el viento se levanta arrastrando un ritmo de tambores y sonajas que les congela la sangre.

 

 

 

 

 

 

Han turnado sus animales a la razón de uno cada dos leguas. El capitán no imaginaba que la sierra escondiera el altiplano que atraviesan. La tierra es gris, pero nopales y pitahayas refrescan las bocas de los hombres sedientos. Cerritos como dunas dificultan la ubicación en línea recta, escondiendo aun parajes muy cercanos.

De repente, unas charcas cintilean al sol. Los caballos tiran sobre las riendas, las mulas huelen el agua. Cuando el galope es irrefrenable, Gaspar Alonso grita al capitán: ¿No son casas ésas? El de Brabán lo oye y con el esfuerzo de sus piernas gruesas, logra que su caballo se dirija sobre cinco cubos de barro de los que salen huyendo media docena de mujeres y un par de niños. Una anciana con una larga lanza enfrenta impasible el galope del animal; la espada de Juan Rodríguez le parte el torso y ávida de sangre prosigue hacia las fugitivas. El disparo de Miguel tumba al soldado sobre la silla; su bayo aterrado no se detiene y, como las mujeres, desaparece entre los médanos. Los demás se zambullen en el agua lodosa que la recua entera sorbe en la orilla. Al fin y al cabo, el capitán está en su derecho. Por ley de guerra la desobediencia se castiga con la muerte.

Gaspar Alonso es el único que se arrodilla. No reza por el alma de su compañero, unas dudas fragorosas le han nacido en el pecho y casi lo sofocan. Dios mío, si éstas son casas, éste es un pueblo, y si tienen pueblos entonces los desnudos son hombres de razón. Ha escuchado cien veces a los frailes decir que la guerra es justa porque sus enemigos no tienen moral ni morada. Y ahora, ahora toda su vida… Desabrocha la babera, se quita el casco y hunde las manos en la tierra. Un grito sacude el aire cuando un alacrán amarillento le pica la muñeca. Luego la lengua se le hincha y la vista se nubla.

El capitán corre hacia el anciano que se retuerce. Ve al escorpión escapar con la cola todavía parada y recuerda cuando uno lo picó de niño. Sin perder un instante, se arranca el calzón y mea en la boca del soldado. Ahora sí que sus hombres lo miran asombrados. Gaspar se sosiega; Miguel lo levanta en vilo y lo lleva a la sombra. El capitán sí es indio, afirma entonces Melchor. Su abuela le decía que el orín de las mujeres embarazadas es antídoto contra la mordedura de las serpientes, hasta ahora nunca le había creído.

La tarde se alarga, mientras la fiebre de Gaspar Alonso sube y baja. Sus compañeros van del agua al árbol bajo el cual descansa. Temen un regreso de las mujeres; muchas atacan los caminos junto con los hombres, no son de confiar. Cuando abre los ojos, el viejo sabe que los demás desean su muerte. Déjeme aquí, capitán. Pero Miguel sacude la cabeza. En un par de horas, podrás montar. Sólo necesitas beber de tu propia pis.

 

 

 

 

Algo hay en el aire que vuelve más liviano el andar. La salud de Gaspar Alonso y la muerte del brabante son hechos tan contradictorios que no pueden explicar la repentina flaqueza, los movimientos ligeros y el descuido que los sorprenden después de cruzar unas salinas, cuando un viento frío hace piafar a los caballos.

Estamos llegando a casa, explican sencillamente los hermanos Juan y Francisco Hernández. A pesar de sus escasos veinte años han combatido tanto cerca de Zacatecas que se han vuelto hombres de la región, laboriosos e ingenuos.

Entonces el capitán reconoce el suelo rojizo de su tierra. Nos has enviado, señor, un pan del cielo que encierra en sí toda delicia y satisface todos los gustos. Su voz está llena de júbilo, como si la ciudad fuera el cielo. Gaspar Alonso, todavía dolorido, se le acerca. Miguel, he firmado por un año, pero concédame licencia para retirarme en el convento de San Francisco. La felicidad del capitán resiente las palabras como una punzada oscura. No, quisiera gritar, tú no. Le duele y le enorgullece a la vez que el viejo le pida una concesión para dejarlo. Conferirla es prerrogativa de señores y los señores saben ser generosos y arbitrarios, según les venga en ganas. Sí, no. Finalmente otorga un sí ofendido, inmediatamente seguido de la orden lanzada a todo pulmón de galopar hasta la ciudad, a mínimo seis leguas de ahí. Algo hay que sufrir para llegar a dios, querido Gaspar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si supiéramos de nuestro pasado, si estuviéramos bien fundados en lo pame, dejaríamos estos trajes, hablaríamos siempre la lengua madre, porque es bueno distinguirse. Pero el traje yo no lo conocí siquiera, aquí hace mucho que se dejó. Tampoco conocí la historia de los antiguos, sólo frases o mitos, algunos dicen que fueron muy libres, que los españoles, como no tenían miedo de nada, trajeron a la Virgen de Guadalupe de España para enseñarles el miedo y que se establecieran dejando la guerra.

Hoy las tradiciones son que para las bodas, los muchachos cuando se conocen le dicen a una persona de confianza que pida la mano de la muchacha a sus padres. Éstos ponen cierta fecha y entonces las dos familias van a la iglesia y exponen sus retratos para que el cura les dé la fecha de la boda. Le compran su vestido a la muchacha, blanco si es señorita, o amarillo, rosa o azul si estuvo casada o se la llevó el novio antes. Cuando hacen la ceremonia, va mucha gente y la felicitan en la iglesia, luego en la casa se ofrece mole de guajolote, o guisado de puerco, o matan una vaca y hacen barbacoa seca y sopa de arroz.

En la fiesta siempre hay música de vara. Ésta es de dos violines, Un primero y un segundo, y una guitarra, a veces dos. En las bodas o en las fiestas grandes se hacen encuentros de varas en los que unos músicos les lanzan versos a otros músicos que deben responderles. La gente baila zapateado, sin que el hombre toque a la mujer. Dicen que más antes, se casaban sin hacerse novios; los padres del muchacho mandaban a pedir la muchacha enviando prendas de compromiso, si la muchacha mandaba un pañuelo al muchacho entonces se celebraba la boda. También, más antes, si la muchacha no había estado casada y no era señorita el muchacho la regresaba. Ahora ya nadie le hace pasar esa vergüenza.

Los niños nacen en las casas con la partera. Ella cuida de la mamá y del niño. A la madre, la ayuda a sanar, le da hierbas hervidas tanto para dar a luz pronto como para que se recupere. La partera pide a un santito que madre e hijo salgan con vida, luego le corta el cordón al niño. Antes las mamas se quedaban cuarenta días en cama y sus padres les daban de comer, les cuidaban la dieta, les daban tés de hierbas para la leche, tortillas tostadas para que no se les dañara el estómago, atoles para las fuerzas, sopas. Sus padres también atendían la familia de la mujer, no la dejaban lavar ni barrer ni que anduviera en el aire. Después de los cuarenta días, la mujer podía volver a salir a caminar y comer todo lo que quería. En nuestra comunidad, al niño lo amamantan hasta los dos años. Durante todo ese tiempo la mujer no tiene menstruaciones y así tiene el tiempo de criar a su hijo antes de encargar a otro. Entre los antiguos era un honor esperar entre un hijo y otro, los hombres aguantándose o las mujeres conociendo de hierbas, porque así criaban bien a sus hijos.

Al año se bautiza el niño. Le buscan sus padrinos y lo llevan a la iglesia. Salen de misa y los papás dan comida, vino y música a los padrinos.

Cuando muere una persona grande o chica, la familia desocupa un cuarto y allí acomoda el ataúd. Van las amistades a acompañar la velación en la noche y se ofrece a cada persona café con pan o galletas y vino. Hay mujeres que rezan las alabanzas para el difunto. Al otro día otras personas van al cementerio a excavar la fosa y ya hecha regresan a la casa de los dolientes que les dan una comida de mole. Se bebe mucho en las muertes, se tiene pesar y se toma. Cuando llega la hora de sepultarlo, al difunto lo acompaña mucha gente que le reza en la capilla del cementerio. Terminado el rezo, lo sepultan y le ponen flores a la tumba. Al tercer día de muerto, se inicia un rezo de nueve días, durante el cual las personas que acompañan a los dolientes reciben cigarros y vino. Al noveno día se les da atole y tamales en agradecimiento de que los acompañaron hasta lo último. A la mañana siguiente se lleva la cruz al cementerio. La cruz se hizo durante la noche de la velación. Así entran y salen las personas en nuestra comunidad.

María Bibiana García Aguilar, directora del albergue escolar José Vasconcelos de Colonia Indígena de Alaquines, San Luis Potosí, 18 de febrero de 1996.

 

 

 

 

IV
LOS PACTOS

 

 

Miguel quiere quedarse el tiempo de cambiar la caballería y dirigirse a toda prisa hacia el fresco sureste de la Caxcana, pasando por el más poderoso de los imanes: los tibios muslos de María, los brazos de su hija Isabel y la cocina de María Cid. Pero Zacatecas es su ciudad, ahí están los amigos de infancia, Alonso Hernández que ya es bachiller y minero, el hermano cojo de Pedro Benito. También las roñas burocráticas y sus deberes, sus quereres, sus dolores.

Se despide de Gaspar con la cabeza descubierta, signo de arrepentimiento por su altivez y de respeto. Como él, los demás mestizos ruegan a su antiguo compañero que rece por la salud de la compañía, mientras los andaluces divulgan por las tabernas la audacia de su capitán. En seguida, entrega un informe detallado al cabildo, omitiendo que la causa de la muerte de Rodríguez fue un disparo suyo en la espalda. Los valientes no necesitan dar explicaciones y él es el héroe de una nueva ruta, de sólo cinco días, entre San Felipe y la Muy Noble y Leal Ciudad de Nuestra Señora de los Zacatecas, aquella donde el trabajo vence todas las adversidades. Y, por qué no, esconde algunas infamias.

A Alonso le cuenta de su último encuentro con Pedro Benito, pues la juventud forja amistades que perduran más allá de las diferencias de carácter y formas de vida. Se ríen juntos del chismerío de su amigo e, impulsado por la proximidad, Miguel confía sus planes al bachiller. La admiración de éste crece con las palabras de aquél y la ufanía del primero con la afirmación entusiasta del segundo. Como siempre desde que se supo inteligente pero cobarde, la bolsa de Alonso Hernández se abre a las necesidades de su atrevido camarada. Que con ella compre los paños, sayales, frazadas, huipiles, enaguas, jubones, sombreros y camisas que los caxcanes exigirán para aliársele. Aunque vete con cuidado, Miguel, que no todos los españoles quieren la paz. Habla, Alonso, quién. Constanza de Andrada y el cabildo de Mazapil. Miguel suspira. Tan bella como víbora, dice. Qué le has hecho, Miguel. Demasiado poco, para que me considere bien.

Luego soldados, muleros y capitán salen hacia el fuerte del Malpaso, donde Juan de la Hija es caudillo. Bajo las frondas de unos sauces, los capitanes se abrazan. Sus soldados los miran; no se trata de envidia, están curiosos. Desean la posición de los dos hombres, saben que han sido rasos como ellos y se preguntan si necesitan algo más que coraje. Juan de la Hija pide que traigan un garrafón de vino de Jerez. Felicidades Miguel, la hija de Hernán González se casa con Pedro, el hijo del mismísimo capitán Carrillo Dávila. Qué viva el tío, gritan los soldados y Miguel no puede remediar el lance de unos maravedíes a la salud de su sobrina María, que la familia adquiere lustre y hasta el bolo lo paga el bachiller.

Y las monedas compran vino, el vino trae fiesta, ésta el sacrificio de un chivo, y la panza llena otorga placer y sueño. Miguel se acerca a los hermanos Hernández que dormitan bajo los sauces del fuerte, ordenándoles ponerse en marcha tan pronto como llegaran a despertar. Salta sobre su bayo con la agilidad del muchacho que fue, del exaltado que es, inconsciente, feliz de lanzarse solo hacia la casa que más considera suya. La que cobija a María la caxcana y que su hermana María Cid gobierna. Que en esta Nueva Galicia no hay mujer que no se llame María.

Cuando la noche cae, es fría y tan negra que caballo y jinete tropiezan con sombras que no pueden dilucidar y que al tacto resultan ser árboles y montañas. Una punta de temor toca las entrañas del hombre, murciélagos gigantes rozan su pelo y las lechuzas lo persiguen con sus aullidos. En la oscuridad los fantasmas andan sueltos. A cuantos descansan en Cristo, concédeles señor el lugar del consuelo, de la luz y de la paz. Pero qué hacer con los espectros de los rebeldes, con sus almas enfurecidas. Ha olvidado los conjuros de su madre, nunca tuvo el plumero de los chamanes para limpiar el aire. Desmonta y acuclillado al lado de su caballo enfrenta los gritos de los búhos y el aullar de los coyotes. Sólo la luz blanquecina del alba, helada y sin embargo bendita, le ofrece un par de horas de sueño.

Una lluviecita despierta la tierra que se llena de campánulas y al capitán. Su caballo pasta, los cenzontles en las ramas de un encino le cantan su agradecimiento al árbol que los cobija. El mundo en su instante es soberbio, perfecto. Suspira de placer y en ese momento empieza a desear intensamente a María.

 

 

 

Percibe Colotlán desde el bosque de álamos. Ahí viven todas sus mujeres, todas aquellas que reconoce todavía. Y el hijo de la otra, de su innombrable Hernanda. Se lanza cuesta abajo gritando y el galope de su bayo asusta a las carretas de los vinateros que llegan a descargar en el patio de María Cid.

Es él. María no tiene dudas. Es él. Y Hernando, el tío Cristóbal, la prima Isabel, la pequeña Isabel, María Cid y su hija María, Pedro Cid, Hernán González, el tío Melchor, y, sorprendentemente pero no tanto, Pedro Benito, salen al patio, gritan, ríen. Unas manos serviles se llevan el caballo, otras más felices le arrancan el izcahuipil.

Don Pedro llega mañana. Qué hiciste, Miguel. Otro vaso de vino para el capitán. Pasos que corren ligeros sobre el piso de tierra batida. Siempre tan flaco, hermano. María Cid trae un cocido de maíz blanco y carne de puerco. A que no podías perderte la fiesta, la manaza de Hernán González le cae sobre la espalda. Está aquí de pura casualidad, lo delata Pedro Benito.

Finalmente la tibia sombra envuelve el jergón de paja y María lo abraza. Miguel, Miguel. No le pide que se quede, no lo amenaza con el recuento de su soledad. Lo atrapa con sus piernas fuertes de antigua caminante, lo envuelve en sus cinco o seis huipiles sobrepuestos de india rica y lo lame, lo moja con todas sus salivas, le muerde el cuello, le devora la lengua. Miguel, Miguel. Lo monta con la audacia de una amazona, lo vuelca, lo ama.

Cuando el último gemido se ha disuelto en el aire, María acurruca la cabeza en el pecho de Miguel. Algunos de los míos, dice entonces, se han escapado de los pueblos. No los busques a ellos, los demás sabrán servirte. Miguel suspira. ¿Me amas, María? La duda de todo soldado. Ella afirma con la cabeza antes de volverlo a morder, a sentir, a estrujar. Miguel grita, suda, tiembla. ¿Me amas, María? Sí, sí, mas no te les acerques, déjalos en paz, no todo ha de ser España. María, te lo prometo, pero dime dónde están. No puedo, Miguel, ellos no te molestarán, sólo quieren seguir siendo. Luego el placer ahoga las palabras, la respiración se rompe y el gozo los rinde.

Su abrazo cansado tiene la misma inconciencia que sus jadeos locos y los niños de la estancia mueven las cortinas de lana burda para espiar la mano del hombre sobre el pecho desnudo de la mujer. Más tarde, sentados a la espera de la sopa, dicen a Isabel: Bien que la vimos a la puta de tu madre, y se ríen imitando los gestos del coito.

La niña empieza a llorar. Inútil llamar a madre. Los adultos están en los preparativos de la fiesta. Llora y su soledad se le agiganta, su cuerpecito se sacude. Entra a la cocina el primer contingente de huéspedes, un niño que la dobla en edad reconoce la pena de Isabel. Se le acerca. Algún día no te dejaré nunca sola, dice. Su abuelo fue don Diego Pérez de la Torre, ese hidalgo extremeño que del virrey Antonio de Mendoza recibió el encargo de aprisionar a Nuño de Guzmán, el sangriento conquistador del norte, y terminó quedándose para siempre en la Nueva Galicia, hasta morir en la Guerra del Mixtón atravesado por una flecha caxcana. Su abuelo, aunque su padre lo ha tenido fuera del matrimonio, que mucho amaba a su madre, pero ella no era virgen.

La tía María Cid lo escucha. Pero qué dices Juan, Isabelita sólo tiene siete años, y le acaricia el pelo apresurada. Los huéspedes saludan a grandes voces. Son amigos de su futuro consuegro. Lleven los animales al muladar. Traigan la comida. Toda fiesta es una sarta de órdenes lanzadas. De medias frases recogidas: Que va a venir el general del Río de Loza. Que no. Que le han matado un hermano fraile los guachichiles. Que el virrey Villamanrique se ha enemistado con Guadalajara, para variar. Sólo Isabelita no pierde el punto: ¿De verdad? Y Juan le toca el hombro con la punta de los dedos: Nunca, niña, para que no llores más.

 

 

 

Los hombres del capitán llegan a media tarde, todavía borrachos. En la sementera que separa la casa del comerciante Hernán González de la de su vecino, se levantan las fogatas y un par de tendajones para que tengan reparo de las lluvias. El resto del pueblo son ramas y barro y una iglesia. Los pocos indios, tlatelolcas, llevados a poblar la frontera, cultivan las milpas de los escasos mestizos y españoles escondiéndose de las armas que es su deber empuñar contra los chichimecas. Su deber, que con él compran tierra.

Pronto las cocineras llaman a los soldados de Miguel, y los que fueron pastores sacrifican los corderos, los que sólo han sido militares se dedican a perseguir el puerco que chilla horriblemente al ser arrastrado. La fiesta de la carne. Frente al comal seis mujeres cuecen las tortillas. Otra prepara el caldo y dos nombres excavan el horno de tierra para la barbacoa de res.

La familia trabaja al ritmo de las recepciones. María Cid corre al cuarto en que duermen todas las doncellas de la casa, hijas y sirvientas sin distinción, para revisar los detalles del vestido de María hija. En la puerta de la cocina controla una sorpresiva descarga de tres carros provenientes de Mazapil, con dos quintales de maíz que envía la comercianta Constanza de Andrada. Se ríe: ay, qué le hará Miguel a las mujeres. Las carretas de Zacatecas llegan abarrotadas de vinos y dulces regalados por el bachiller Alonso Hernández; así son los amigos. Los hombres y los niños se deleitan con probaditas de carne en salmuera y de pan de horno, mientras reciben a los huéspedes que siguen llegando. Capitanes, comerciantes, frailes y bachilleres, casados algunos, otros con sus hijos. Las bodas de esa envergadura son el mejor pretexto para hacer negocios y entablar relaciones. Fray Andrés entra y sale, María Cid ha regalado a la iglesia para la ocasión un candelero de plata y un medallón con la efigie del buen pastor.

¿De dónde sacas tanto dinero, Hernán?, pregunta Miguel a su cuñado. Ahorros, hermano, y deudas que sólo una vez se te casa una hija. Si tienes suerte, agrega y le guiña un ojo. María Cid pasa corriendo y lanza un ay, hombres, a su marido y su hermano. Pedro Benito va hacia ellos conduciendo la comitiva de su antiguo capitán. Los Carrillo Dávila son una docena entre familiares y amigos. El novio se reconoce por su andar ufano y la ropa nueva, la madre por su cara preocupada. ¿Dónde pondrán a don Luis de Velasco?, inquiere tras revisar las diez casas bajas y pobres del poblado. ¿El hijo del segundo virrey?, pregunta Miguel. Y Pedro Benito, antes de que cualquiera se le adelante, profiere: Ha regresado a México y lo han hecho general; ser hijo de virreyes abre muchas puertas. Pero además éste es bueno, conoce el terreno que pisa. Dicen que viene a encontrarse con don Rodrigo del Río que no llegará, agrega. Viene a la boda de mi hijo, lo corrige molesta la mujer de Carrillo Dávila. Nosotros también somos gente de alcurnia.

La noche cae sobre el cansancio de los anfitriones, los cuchicheos de las muchachas sentadas por última vez en la cama de soltera de María, María que ya huele a novia, María que… suspiran todas, y el jolgorio de los jóvenes hombres en la tienda de campo. Juan de la Torre ha jugado toda la tarde con los de su edad, pero ahora que ellos duermen se acerca a Miguel, el padre de Isabelita. ¿Me lleva con usted, capitán? ¿No vas a entrar al seminario, muchacho? Ya no, señor. Entonces unas manos fuertes caen sobre los hombros de Juan: Qué horas son éstas de andar despierto, lo reta su padre.

 

 

 

 

 

La misa de once es la adecuada para las bodas y en esta ocasión como en las demás recibe a mujeres y hombres hambrientos, que todos quieren comulgar. Fray Andrés levanta la voz. A la novia le tiemblan las rodillas, a la madre la sacude el llanto, a las cocineras les gana la prisa. Luego estallan los gritos, los cohetes, la música y quien ayunó se desquita hasta quedar rendido a media tarde, a la sombra de un cedro, con el calzón reventado.

Don Luis de Velasco le hace honor a los modales de la frontera y se limpia la boca con la manga blanquísima de su camisa de lino. A Miguel pregunta de repente: ¿Es cierto que usted es de los de don Rodrigo, quiero decir de los del bando de la paz? Como siempre al capitán lo intimida la cercanía con un grande de España, aunque en esta ocasión está entre su gente. Muy señor mío, la guerra, nuestra guerra en particular, no ha dado resultado alguno y necesitamos a los indios pacificados para poder trabajar, responde. Trabajar, trabajar, vosotros no pensáis en otra cosa, bromea don Luis. Enseguida se pone serio: Coincido, sin embargo. Tanta sangre derramada es una vergüenza a los ojos de dios. ¿Cuál es su plan para lograr la paz? Regalos, señor, unos frailes que les enseñen la santa religión, y unos protectores que los instruyan en la labranza de sus tierras. Por unos años el rey nuestro señor pagará yuntas de bueyes, maíz y vestidos, siempre costarán menos que las armas.

Un sacudir afirmativo de cabezas y el alboroto de un carro que entra al poblado, acompañan las palabras de Miguel. Cuando el general y los capitanes vuelven al vino y las damas los atraen al baile, Constanza de Andrada está caminando hacia ellos. Quién la ha invitado, se oye preguntar. Es del bando de la guerra, otra voz. Pero, mira, camina como si el viejo Enríquez de Almanza la hubiese reconocido. Otra más. Lo trae en la sangre, interviene una mujer.

Constanza no sabe a ciencia cierta qué hace en esa fiesta. Sólo que nadie se lo cuestionará. Porque ahí están todos. Porque es la costumbre. Presiente que don Luis es demasiado peligroso para una bastarda, pero como ella es hijo  de un virrey y debe ayudarla a afianzar el poder que el cabildo de Mazapil no se atreve a reconocerle. Por mujer. Cobardes, el verdadero poder sabrá reconocer lo que valgo.

Las miradas de Luis y Constanza se encuentran y la mujer reconoce en la del hombre lo acostumbrado: la mezcla hispana de deseo y pudor. Nada más, ni el menor guiño de complicidad. Muy señor mío, lo saluda tendiéndole la mano. Don Luis si acaso la levanta, el beso se reserva a las esposas de alcurnia.

Sin caballo que apretar entre las piernas, la rabia de Constanza se convierte en la dolorosa frustración que de niña experimentaba en la Capitana. Damas y caballeros pasaban a su lado cuando don Martín Enríquez distraídamente le preguntaba algo, luego la llamaba con un nombre equivocado. Como entonces, en la boda no tiene padre, ni aliado ni sirviente. Está sola y espléndida.

Miguel reconoce a la señora del convoy, la enemiga que lo persigue desde entonces por la frontera y en la capital. Su fama se ha acrecentado, pero todavía cantan sus bellezas los poemas de salón y las baladas de los borrachos. Suspira. Por un instante ve en el gesto de la mujer la tristeza de su Isabelita. Luego la visualiza defendiendo  el bando de la guerra en el cabildo de Zacatecas. Con la fuerza de un hombre y la audacia de un coyote. Hideputa. La sangre se le ha encendido. Nunca admitirá que es deseo, aunque para Constanza la rabia es un tributo de amor. Atrapa a su María del talle y la lleva al establo.

Constanza lo ve, también lo reconoce. Ha venido por él, por su temple de hombre. Eres más que don Luis, estúpido, y por una caxcana como ella te me fuiste, quiere gritarle en la cara. Sólo la venganza sofocará el calor que le bulle bajo el brocado de española que viste. No puede llorar. Baila perdida entre las miradas de admiración de los hombres, húmedas de lascivia. Y las de las mujeres, ávidas de imitar sus gestos. Pobres envidias que la llenan de menosprecio para con sus congéneres.

Mientras tanto los abrazos de Miguel levantan las faldas almidonadas que María ha vestido para la fiesta. El estruendo se ha quedado afuera, su voz de secreto murmura al oído de su mujer: Pronto te mandaré traer. Y con los últimos besos antes de salir a buscar a sus hombres para emprender la marcha sin despedirse de nadie más, vuelve a prometerlo.

María la caxcana resplandece de placer gozado al volver a la fiesta, unas hebras de heno en el pelo. Entonces Constanza, consciente de la perfecta caída de sus hombros y de la castiza suavidad de sus ojos color de avellana, le sonríe a don Luis. Baila hacia él, se cruza. A estos indios, señor, sólo la guerra los va a educar. El general en jefe pierde el paso, se disculpa. Constanza sigue bailando. En la siguiente vuelta, agrega: Cuando quiera dignarse, mi casa está a su disposición en Mazapil. Es su riqueza, su segura caja repleta de inmigrante, la que le habla para recobrar dignidad.

Desde la fortaleza rocosa del altiplano, pocos guachichiles miran al capitán salir rumbo al sur. Una mujer se acerca a un árbol grande y llama a aquellos que han muerto antes que ella. Son los antiguos y están ahí, esperando hacer ceremonias para la vida. Miguel encabeza la compañía a caballo y la mujer grita sin mirarlo. Hermanos, hermanas, yo también iré adonde ustedes están. Allá voy. La tierra da un brinco. Danos las frutas que están en el árbol, estamos muy hambrientos. Los antiguos se ponen muy alegres. El sonido del galope de Miguel se aligera en el aire y así la música de la boda. La mujer en el altiplano da cinco pasos. El árbol se sacude. Caen frutos a la tierra. Buena vida tendrá tu sobrina, dicen los guachichiles a la mujer.

 

 

 

 

 

A dos días de trote sin tregua, el estrecho valle de Mecatabasco recibe la compañía con los perfumes que el calor y los árboles regalan a la tierra. Por entre la vegetación se distingue la capilla de piedra levantada por los franciscanos y se escucha el fluir de un río. Melchor Portillo y los hermanos Hernández rodean al capitán, para sentirse protegidos por su presencia más que con el afán de escudarlo con sus cuerpos. Nos esperan, dicen. Para confirmar sus palabras, doce guerreros con las lanzas emplumadas flanquean a los jinetes y empiezan a escoltarlos en silencio.

La compañía cruza por el frente de la iglesia vacía, donde una mesa ha sido dispuesta con vasijas de pinole hervido, tortillas y canastas de frutas. En una plazuela redonda a espaldas de la construcción española, don Nicolás está sentado solo en una piedra central. Un paso al frente, una anciana principal acompañada de su nieta fuma. Cinco ancianos más, en círculo alrededor de ellos, también fuman platicando con los dioses. Todos han ayunado por varios días y sacuden sus penachos de plumas de loro y sus adornos de urraca con el ritmo lento de una danza ceremonial. Los guerreros se disponen a su alrededor dejando afuera del círculo a los hombres del capitán. Don Nicolás entonces empieza a cantar y levanta del suelo cinco mazorcas de maíz y cuatro haces de flechas emplumadas.

Durante largo tiempo ora cantando sin dirigir la palabra a Miguel y sus hombres. Los hermanos Hernández se arrodillan, el capitán desmonta y los andaluces y el portugués rezan a media voz los conjuros contra toda brujería. La vieja y su nieta bailan a intervalos regulares. Los ancianos despiden nubes al fumar.

Cuando aparece la primera estrella, el hermano mayor de todos los seres humanos, una inmovilidad total se apodera del valle de Mecatabasco. Finalmente, don Nicolás encara a la compañía. Pasen, dice en castellano y los guerreros los introducen al círculo. Miguel es llevado frente a la anciana que le toca la cabeza. Ahora comeremos todos juntos, afirma la vieja tras terminar su inspección.

Don Nicolás retoma la palabra: Miguel, dice, los de Mecatabasco, Juchipila, Tecualtiche y Teúl te seguirán a las órdenes de nuestro capitán Martín García, que los frailes han bautizado. Yo aquí me quedo, cautivo de la alianza que contigo pacto. A un gesto de su capitán, los soldados descargan las mulas y extienden los presentes al centro del círculo. Los guerreros se eclipsan para regresar con la mesa de las ofrendas.

Tenemos prisa, dice entonces Miguel. Pero don Nicolás sacude la cabeza. Contra los de Guaynamota tendrás mejor aliado que nosotros, le contesta. ¿Cómo sabes? El ayuno regala sueños. ¿Quién, entonces? El gran Nayarit, señor de los Coras, desde hace tiempo quiere castigar a sus antiguos tributarios por su desobediencia.

La fiesta acerca a los hombres. Se come al son de un tambor y se intercambian armas y conocimientos. Miguel confía a don Nicolás que acaba de ver a María. El viejo contesta que lo sabe. ¿Cómo?, pregunta nuevamente el capitán y el anciano guerrero, acercándose a su oído le sopla: Tienes dos sangres, Miguel, escucha también la de tu madre de vez en cuando.

Antes del amanecer, los guerreros de los pueblos caxcanes Despiertan a los soldados y les indican el camino para llegar a las pozas de agua caliente de Apozol, donde el gran Nayarit se ha bañado. Lleva el penacho de plumas de águila y de cuervo, el bastón de mando en la mano derecha y el cinturón de oro y cuentas de jade amarrado alrededor de las caderas. Miguel siente el poderío del cora y antes de enfrentarlo, se quita el izcahuipil y viste su reluciente cota de malla. En la cintura la espada cuelga limpia y aceitada. Cuando los dos hombres se encuentran, se desata un duelo de poderes inmediatamente percibido por todos los súbditos. Qué se dicen, lo ignoran, pero ven a Miguel desabrocharse el pesado espadón y ofrecerlo al Nayarit. Así como admiran al señor de los Coras bajar a una poza de agua, arrodillarse y recibir un chorro en la frente de mano de Miguel. Luego, su voz resuena en el valle: Ha venido el capitán Caldera, me ha dado su espada y me ha bautizado con el nombre de Francisco Nayarit.

 

 

 

 

 

Los guaynamotecos no vigilan la entrada a sus tierras bajas y calurosas. Libres de andar nuevamente por la sierra, han vuelto a cargar sus cosas en los hombros y a comerciar. En pequeños grupos, llevan sal y carne seca de su pueblo a los minerales de Santa María, óxidos de metales y piedras de las minas a los grupos cercanos, dejando los niños al cuidado de la comunidad. Los vecinos les compran y los dioses parecen contentos.

Cuando don Francisco Nayarit y Miguel Caldera se aparecen de repente desde el sur, la masacre es inevitable. En nombre de dios gritan coras y españoles, cargando sobre el adoratorio redondo y las casuchas de caña de los rebeldes. El capitán intenta aplacar el frenesí de sus soldados, pero en unos breves momentos el divino castigo se transforma en un correr de mujeres y hombres con hachas, cuchillos y arcos, un rodar de cuerpos entre las piedras que representan a los antepasados, un gritar de maldiciones contra los traidores. En fin, en un baño de sangre.

Por la noche, Miguel cuenta cuatrocientos veinte cadáveres en el pueblo en llamas y setecientos prisioneros. Se siente confuso. La primera expedición mixta de paz ha resultado una matanza digna de Nuño de Guzmán. Los fugitivos han sido alcanzados y destazados, los niños han desaparecido. Las mujeres detenidas se arrancan el pelo, los hombres se arañan las caras y los pechos.

A la vez, está orgulloso de haber llegado a Guaynamota antes que Juan de Zayas; idiota ha llamado al capitán neogallego el general Ponce de León y realmente ha de serlo, piensa mientras revisa el desastre, ya que no pudo llegar desde Guadalajara antes que él que para hacerlo dio la vuelta a medio virreinato. Le envalentona su próxima llegada triunfal ante la Audiencia y saborea el placer que tendrá imponiéndole victoria y aliados.

Para organizar su declaración busca entre los prisioneros alguien que sirva de traductor. Empieza a interrogar a los jefes. Poco después manda un par de hombres a las ruinas de la iglesia; descubren las cabezas y los huesos de los frailes, cocidos y limpios de toda carne, colgados ahí donde estuvo el altar. Sus enemigos son imperdonables. Se santigua. Que los guaynamotecos sean deportados y la Audiencia decida cómo ajusticiarlos y venderlos. El escarmiento ha de ser ejemplar.

Mientras Miguel ordena la pronta salida hacia la capital de la Nueva Galicia, en las afueras del poblado don Francisco y los coras festejan la victoria con un mitote que culmina en el esperado banquete de carne infantil. Los guaynamotecos conocen la costumbre, es la suya propia, reclaman, gritan, piden que los huachos intervengan en favor de sus hijos, pero los soldados juran que ningún bautizado haría algo semejante. En Guadalajara, antes de entregarlos como esclavos a estancieros y jesuitas, la Audiencia manda azotar a aquellos de Guaynamota que manchan la reputación de los aliados del honorable capitán Caldera. Sólo fray Luis, que ha llegado a toda prisa de Michoacán, escucha sus confesiones y les cree. Luego el virrey marqués de Villamanrique sostendrá su opinión: Que de aquí adelante, dictamina para que una vez más Guadalajara hierva de rabia, hasta que su majestad o yo en su real nombre o los demás virreyes que por tiempo fueren manden otra cosa, ningún teniente de capitán general ni capitán, caudillo, ni soldado ni otro ministro de guerra en toda esta Nueva España, así en el distrito de su gobernación como en el del nuevo reino de Galicia, Nueva Vizcaya, nuevo reino de León y otras cualesquiera partes donde haya indios de guerra, no los puedan dar ni den por esclavos por ningún tiempo de pocos ni muchos años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De los antepasados que vivían aquí se sabe porque teníamos un documento. Un señor de nosotros lo cuidaba y era muy antiguo. Ese documento los amparaba como una escritura. Cuando se vino la revolución en el 10, lo guardaron en una cerca. Se llamaba Juan Palomo quien lo guardaba y luego fue su hijo Jesús. Él lo enseñó a las autoridades cuando vino la paz y el gobierno devolvió las tierras como ejido, ya no como propiedad de todos.

Ahora el documento está en el INI [Instituto Nacional Indigenista], donde lo guardan y nosotros tenemos una fotocopia. Esa escritura del terreno indígena está en el idioma pame antiguo. El indígena, cuando tiene sus autoridades, el gobierno las respeta. Por ello, los indígenas eran la base del censo. Ahora como que nos quieren desconocer, pero no puede ser porque los mestizos no son los herederos de la tierra y no pueden cambiar las reglas.

Antes, todo el municipio era indígena, con sus autoridades, y los antiguos no pagaban al gobierno. Ahora pagamos el fisco y al ejido lo cortaron para acá, para el barrio de San José, en realidad fueron la gente de razón, los que no hablan el idioma, quienes nos cortaron para una orilla. Como que razonan más que nosotros, conocen las leyes de los que hablan el español y siempre intentan hacernos a un lado, como si nosotros no razonáramos, no entendiéramos. Pero los comisarios de aquí somos gente indígena y no queremos que los próximos sean gente de razón. Nosotros le vamos a hacer la lucha para estar mejor. Ya logramos el agua, al rato va a haber luz.

Somos indios, nos dicen testarudos. Pues sí, somos fieros. No supimos de dónde vino la tradición, no nos dimos cuenta de cuándo nos impusieron el idioma español. La única tradición que veneramos aquí es la católica y la hacemos en nuestra lengua. Los ancianos se frecuentaban como dueños de la iglesia, hoy organizan los permisos y las misas con un cura. Pero las fiestas son nuestras como la tierra. En Semana Santa se hacen procesiones, se pone una huerta donde Jesús estaba orando cuando lo prendieron. Se hace el simulacro de los fariseos prendiendo a Jesús. Entonces hay unos cargadores que lo llevan como prisionero a la cárcel. La madre de Jesús sale por la puerta mayor de la iglesia y Jesús agarra el camino de un costado. Se encuentran en la puerta de la iglesia los cargadores de Jesús y las cargadoras de la virgen. Las mujeres se inclinan para que la virgen mire lo que le hicieron los fariseos a su hijo. Luego se van juntos, llegan al templo y ponen a Jesús en un calvario, una compostura que se hace con carrizo verde. A las tres del viernes lo bajan, lo echan en una urna y sale de nuevo la procesión. Hay danzas en todas las estaciones. Cuando en la noche vuelve a salir la virgen sin Jesús, eso lo llamamos La Soledad. La Soledad va al sepulcro, pero no encuentra a Jesús, ya ha resucitado. El sábado se hace una velación para abrir la Gloria que es a las doce de la noche. Luego amanece el domingo. Los fariseos se retiran del templo donde han estado tres días haciendo de las suyas y deben bajar al pueblo a quemar monos que dicen que son diablos, pero es una referencia nada más.

Las cargadoras visten las imágenes y corren a los fariseos que tienen sus garrochas adornadas de papel. Durante las fiestas también habemos cuatro señores con matracas que sirven para llamar a las procesiones porque las campanas están amarradas. Repicamos tres veces con las matracas para que salgan las procesiones. Y los fariseos para asustarlas dan vueltas con sus tamboras también tres veces.

Durante toda la cuaresma los fariseos han andado con sus tamboras asustando a la gente y buscando a Jesús. Luego son ellos quienes les cobran a los vendedores que ponen sus puestos durante la Semana Santa. Esas limosnas van a la iglesia y los ancianos deciden cómo se usan para beneficio de todos. Hasta la fecha la tradición de Semana Santa es de pura gente indígena.

Don Procopio de la Cruz Armadillo, anciano pastor de la comunidad pame del norte del Barrio de San José, Ciudad del Maíz, San Luis Potosí, 20 de febrero de 1996.

 

 

 

 

V
PIRATAS

 

Entonces sucede lo que desde siempre era una posibilidad. Los corsarios que la puta inglesa ha ennoblecido vuelven a atacar. Apóstatas, ligeros, sin más órdenes que las del viento, saquean Santo Domingo y dirigen sus velas hacia las murallas de Cartagena. Luego, su capitán, Francis Drake, el dragón que dieciocho años antes había enfrentado al virrey don Martín Enríquez de Almanza, saboreando el plomo que el apuesto caballero en escarnio le envió de mano de la niña Constanza, bastardilla bien amada y armada de una antorcha para prender la mecha del cañón de la Capitana, pues ese capitán se acuerda de la derrota veracruzana y abandonando las aguas tibias del Caribe neogranadino, sube a toda prisa hacia el Golfo de México, destruye los muros de Campeche y se instala frente el fuerte de San Juan de Ulúa, baluarte de la ciudad de la Vera Cruz.

Don Álvaro de Villamanrique es más joven y emotivo que don Martín, pero no menos decidido. En dos días ordena el retiro de fondos de la frontera chichimeca y catorce mil soldados salen hacia las costas mexicanas y a la defensa de Cuba, Puerto Rico y Portobello. Para quien sólo conoce el desierto es la oportunidad de vivir la emoción que depara el aire salobre y el cansancio que la humedad provoca. Para Constanza, que sin haber perdido el porte está dejando de ser la musa de cuanto soldado hay en la frontera, en parte por su edad y en parte por el dinero que ha acumulado y la vuelve demasiado respetable, la noticia es una oleada de recuerdos; la mano derecha va al bolsillo para sostener con su donativo la guerra y la izquierda se desliza por los senos todavía duros. Mientras sus coetáneas cuidan a la docena de hijos que las aturden, ella se deja llevar por el sabor de una brisa que ha vuelto a su memoria tan repentina como el nunca confesado deseo por el hijo del virrey, su hermano.

Para Miguel Caldera, varado desde hace meses en una Guadalajara que lo adula y desconoce a la vez, es tiempo de actuar. La llegada del otoño es el fin de las aguas. Época de flores que precede el frío y la sequía, marcando el inicio de los ataques chichimecas. Tiempo de dejar el convento franciscano donde se ha dedicado a leer, de mandar llamar a Pedro Benito, y de recibir como portaestandarte a Juan de la Torre que lo ha alcanzado y no se le despega. Tiempo, en fin, de dirigirse a Mecatabasco y emprender el camino hacia el este ardiente, la tierra de su madre, el Malpais o Tunal Grande.

Sus soldados han vuelto a ser sus veintidós hijos de siempre. A los andaluces y al mulato se los ha llevado la aventura marina y a Gaspar Alonso lo sustituye el portugués. Juan de la Torre le ha dicho: En la Biblia los jóvenes que no tienen con qué pagar las arras para obtener la mano de sus esposas se quedan al servicio del padre de éstas. Sí, hijo, ha contestado Miguel y la palabra se le ha atragantado. María acaba de perder al niño que de nacer la habría podido cuidar, el hermano de Isabelita. Fray Andrés diario visita a la enferma, pero se niega a darle la absolución si ella no reniega de su relación con el capitán. Que dios te perdone porque yo no puedo, cura del demonio. Hijo, Miguel vuelve a llamar a Juan y lo abraza.

De la casi estática monotonía urbana al viaje, no hay sino un momento. Y el ritmo del trote los transporta. En Mecatabasco dos mil guerreros se les unen. En Colotlán María Cid y Hernán González ven cómo los ojos de María la caxcana se llenan de vida con la promesa renovada de Miguel de llevársela algún día. Isabelita juega con el que le jura amor eterno. Pedro Benito alcanza a la compañía con once caballos y tres mestizos en Jerez. Los vecinos reunidos se enteran así que de lograr la paz entre caxcanes y guachichiles el virrey otorgará a Miguel el título de alcalde mayor de la villa.

Nuevamente a caballo, el capitán pregunta a su amigo cómo lo ha logrado. Pedro Benito, envanecido y contento, contesta: ¿Recuerdas al caballero de Alba? Pues le he contado tus sueños, los que tú le has confesado a Alonso Hernández en Zacatecas. Miguel se echa a reír. Con amigos como tú, empieza a decir, pero no termina. Los ojos se le llenan de lágrimas. Pedro Benito lo ve y repentinamente serio agrega: No me sobreestimes, Miguel. El virrey necesita reducir los soldados en la chichimeca por culpa de los piratas y tu idea de una diplomacia de paz le vino como un anillo al dedo. Además tiene conflictos con la Audiencia de la Nueva Galicia y no le disgusta la idea de fastidiar a los oidores de Guadalajara con una jugada que los atemoriza.

Miguel calla. Los caminos de la política se le hacen ríspidos. Él quiere la paz porque está harto. Nunca ha soportado el llanto de las madres en los bandos de la guerra, las duras guachichilas y las suaves españolas tienen los mismos ojos de locas cuando sus hijos les son arrebatados por los guerreros. Miguel piensa en Hernanda. Nuevamente pisa una tierra tan seca como aquella que los vio separarse para siempre. Piensa en sus años de soldado raso, cuando capturó y vendió mujeres como ella. Repara en su ineptitud para frenar a los arqueros del gran Nayarit. Benito, hermano: ¿y si no fuera yo capaz?

 

 

 

 

 

Para consolarse, el capitán necesita estar solo, perderse, oler el desierto. Cuanto más lo desea, más se percata que sus huestes comen como langostas y ninguna poza de agua les alcanza. Nunca antes se ha movido con tanta gente, y aun así ansía ordenar el alto. Desde un campamento nocturno, divisa el promontorio donde de niño vio a los chamanes entrar a un adoratorio y fumar luego en silencio, mirando el humo subir al cielo, volverse nubes, agua, vida. Años más tarde, volvió ahí huyendo de la epidemia de viruela y su saldo de ciegos y cadáveres. No le temía tanto a la muerte como a la miseria y al desamparo de los enfermos. Lejos de los hombres se sintió mejor.

Los caxcanes lo ven salir. Pedro Benito también. El capitán galopa hacia una meseta formada por una de esas fallas geológicas que dan la impresión de ser fortalezas naturales. No va a nada, sólo a estarse un rato. A mirar el cielo. Desmonta, camina. Gestos que repite cada vez que el desierto lo llama. Respira hondo. En la inmensidad no hay otra realidad.

Tiene un reflejo de fastidio cuando percibe la mula de fray Luis y poco más allá al fraile meando. Hermano, lo saluda sin embargo. El religioso deja caer su saya, cubriendo unas piernas tan fuertes como las del hombre de a caballo. Por la decisión de Hernanda de volver con los guachichiles no ha dejado de culparlo de la pérdida de su hermana, pero se conocen desde que en las chozas techadas de los franciscanos de Zacatecas aprendieron a escribir. Se tuteaban entonces, y dios era único y severo como un comandante militar. Todopoderoso. Fray Luis recuerda a Miguel decirle: Soy mestizo, si tomara los hábitos indios y españoles no me creerían, no me queda sino la vida militar. Y Miguel rememora a Luis saliendo hacia el seminario. Como los inspirados hablaba y comía poco. Hernanda en ese entonces apoyaba cualquiera de sus decisiones.

¿Adónde vas, capitán?, pregunta el fraile. Lo sabe de sobra, por eso está ahí. A hacer la paz, hermano. ¿Igual que en Guaynamota? La pregunta es una estocada. Es usted peor que mi hermana, fray Luis. Ambos suspiran. Pero el fraile no tiene tiempo que perder en recuerdos. Miguel, dice, debes hacerte acompañar por religiosos en tus campañas, no puedes solo. El capitán sostiene la mirada de su antiguo camarada. ¿Vendrá conmigo? Bien sabes que los franciscanos no me lo permiten, actúan como dueños de estas tierras. ¿Entonces? Aun entre ellos hay algunos que son verdaderos hombres de paz. Sí, hermano, pero otros sólo son emisarios de su congregación. Y después de un silencio agrega: Como los dominicos en Chiapas y cualquier tierra que se les abra.

Fray Luis no contesta, sube a la mula. Que dios te bendiga, Miguel. El capitán lo deja ir, se sienta en el piso y vuelve a oler la inmensidad del cielo. La tierra caliente le templa el cuerpo y las articulaciones dolidas se le relajan. Un bienestar enorme lo acoge.

 

 

 

 

En Cuicillo, don Rodrigo del Río de Loza espera a Miguel con preocupación. Los vecinos han rechazado un ataque de los guachichiles y no quieren saber de un loco que va a llevarles paños y sustento con sus auxiliares indios. Interpelan al general, le recuerdan la muerte de su hermano a manos de los salvajes cuando el franciscano iba a llevar el sacramento a un soldado moribundo. Han robado tantas yeguas y caballos, se lamentan, que han despoblado nuestras haciendas. Y las mujeres: Elija capitanes que sean gente de razón que esta tierra se pierde por causa de los dichos indios de guerra. Don Rodrigo tiene a su favor el cargo, sus riquezas y muchos años de lidiar con cabildos aterrorizados. La sola mirada de un general acalla a más de un vecino, pero está intranquilo. Y Miguel no llega.

Pasan las horas. Finalmente, loado seas señor, una polvareda delata la venida de millares de personas. En la plaza, soldados y civiles rodean los sacos de maíz, pinole y carne seca dispuestos para la hambrienta compañía. Alonso Ponce, comisario franciscano, está ahí de casualidad pero, ya que dios así lo quiso, también espera.

Los de Mecatabasco y Juchipila a la vista del presidio se adelantan, unos a pie y otros afirmados sobre los estribos de sus monturas, al grueso del ejército caxcán. Su fiesta es un circo de gritos con las plumas al viento, de risas y meneos de las cabezas y los arcos. Un grotesco teatro de las maneras chichimecas que involucra espectadores, caballos y militares. La villa no aprecia tanto humor macabro y fray Alonso Ponce debe intervenir al lado del general del Río para que a Miguel y los suyos no los apedreen. Capitán, se cobra de inmediato la ayuda el franciscano, ¿qué siervo de dios los acompaña? Y, diplomático, Caldera contesta: El que usted me recomiende, mi muy dulce hermano.

Con su general el trato es más directo: están de acuerdo. Miguel se pone de pie en la silla de la yegua pinta que le ha regalado Pedro Benito y proclama a la población reunida que necesita del apoyo de todos para llevar a los indómitos la promesa de amnistía, alimentos, ropa, tierras para establecerse y plena protección de sus personas y derechos, a cambio de que renuncien a la guerra. Los soldados lo secundan, la tajante prohibición virreinal de la esclavitud les ha quitado su mayor fuente de ingresos. Los demás son propietarios de tierras y minas, dudan del método, pero la paz les urge.

Antes de que los peros se expresen, fray Alonso Ponce toma la brida del caballo de Miguel. Con su poderosa voz de predicador y la habilidad política que ha aprendido en el oficio de su comisión, agrega: Para que estos chichimecos acepten la enseñanza cristiana y afirmen su lealtad a la corona de Castilla, fray Francisco Vallejo, mi querido discípulo, no tendrá reparo en acompañar y dirigir espiritualmente en sus conquistas de paz al capitán Caldera.

El capitán asiente, el cabildo no chista, los soldados se disponen a comer. El general del Río entrega armas y dinero a Miguel y le dice a manera de despedida que don Luis de Velasco le ha comentado haberlo conocido en la boda de su sobrina. Es un honor, ¿no piensa usted? Luego espolea su semental y treinta hombres armados lo rodean. El polvo rojizo de su tierra natal lo envuelve.

En la noche, del presidio se levantan cantos indios que los guachichiles, reunidos en un cerro que marca el límite de su territorio con el de los zacatecos, reconocen. Nunca han sido amigos de los caxcanes, jamás les han rendido tributos y los brujos de Tecualtiche han sacrificado a sus rígidos dioses más de una cabeza roja en escarmiento. Llevarlos hasta allá implica una declaración de guerra. Maxcorro la exige, de inmediato, al amanecer, a todos los guerreros. Pero Guazcalo duda y Xale lo secunda: Hay que ayunar primero, sacrificarnos al alba del quinto día. Los ancianos de inmediato separan los hombres de las mujeres y les piden que comiencen el ayuno cuando la estrella de la mañana desaparezca en la luz del día para que todos tengan el mismo sueño y una respuesta. La noche entonces envuelve de muy distinta manera el sueño de los cristianos y el rezo de los guachichiles.

 

 

 

 

Fray Francisco es joven y su manera de montar delata una noble cuna. Por la mañana se levanta temprano y acompaña al capitán en la revisión de los carros que transportan alimentos y regalos. La solidez de las ruedas, el engrasado de los arneses, la resistencia de los toldos, todo lo verifica con gestos de conocedor, dando a entender que no molestará pero que nada se le escapa. Luego bendice el desayuno y toma para sí un poco de pan y una taza de agua. Al verlo sentado junto a Miguel, Juan de la Torre debe reprimir un ataque de celos.

La larga marcha que inician inmediatamente después no tiene tiempos ni destino. El enemigo, o más bien los amigos, nadie sabe dónde están. A veces retan a la compañía atacando un rancho a menos de una legua de donde ha descansado, otras dejan ofrendas de plumas en el camino de Miguel. Por la noche pueden sentirse tambores y bígaros, así como sólo percibirse los pasos furtivos de un coyote. Martín García, capitán de los caxcanes, está nervioso y ofendido; los soldados, frenéticos. De Cuicillo rumbo a la Sierra de Pinos, de ahí de nuevo hacia arriba, de las Salinas a Charcas, luego hacia el asentamiento que hay Diego de la Magdalena, un franciscano viejo y pobre, ha logrado levantar en Mexquitic. Y a Maticoya, al río seco de los venados, y hacia abajo, por los cerros del armadillo. En ocasiones la compañía recibe noticias: los han visto beber a tres días de camino. En otras, el silencio de religiosos, indios convertidos y vecinos es total. Pero Miguel está sereno, Pedro Benito escribe cartas, Fray Francisco reza y Juan de la Torre cabalga absorto en sus sueños de niño. Nadie los perturba. Adelante, aunque sea durante meses.

Una noche el capitán hace prender una fogata de llamaradas muy altas con la última leña que les queda. Frente a ella se yergue desnudo y grita en la lengua de su madre: Vengan, sé que ahí están, todos los mezquites han sido cosechados. Luego la oscuridad envuelve el campamento hispanoindio. Por la mañana una yegua blanca con un penacho de plumas de gorrión amarrado a la testada llega trotando. El pájaro sagrado de los guachichiles y el animal que tomaron de los invasores. Miguel sale con doce caxcanes y una arroba de maíz que deposita en la base de un cerro. Antes de retirarse pide a los guerreros de Martín García que ofrezcan sus flechas en signo de paz.

No pasa nada. Otra semana de espera, hasta que la escasez de agua mueve a la gente de Caldera hacia el este. De repente, docenas de hombres pintados de blanco y de negro, colores de luto y de duda, muchas veces usados en las guerras contra los que se consideran hermanos, aparecen en el horizonte inmediato. Cuando los caxcanes se lanzan a su persecución, desaparecen dejando en su lugar cinco montones de panes de mezquite dispuestos a los cuatro puntos cardinales y su centro.

Iré solo, dice un día fray Francisco y se encamina hacia la sierra. Nunca imaginó estar tan cerca de Mexquitic. Alrededor de la capilla de enramadas y piedras sobrepuestas construida por fray Diego de la Magdalena, los ancianos y las ancianas guachichiles, atanatoyas, copuces y salineros, fuman en silencio. Fray Francisco se les acerca. Maxcorro habla por todos en voz alta: Yo no quiero la paz, su capitán trajo aquí a nuestros enemigos; pero mis hermanos quieren dialogar. ¿Te convertirás, hijo? Maxcorro estalla en una risa furiosa: ¿Me conoces, fraile?, No son acaso los vestidos como tú que dicen que no tenernos religión. Se inclina hacia una vasija y se embadurna el pelo de rojo: Mis hermanos hablarán con el mestizo Caldera, dicen que tiene su sangre. Yo y mi gente no creemos en sangres.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los caxcanes no están conformes, las palabras que reporta fray Francisco los han encendido. Ellos son guerreros, los guachichiles sus enemigos, no entienden por qué ofrecerles la paz. El capitán va y viene entre ellos. Yo soy guachichil, mi hija una de ustedes. Mujeres siempre nos han robado. Ustedes están a mis órdenes, así lo han decidido los ancianos. Martín García lo reconoce: Miguel ha sido investido de autoridad. Enfrentar al consejo de ancianos es perder el nexo con las raíces, extraviar la propia humanidad. Se retira a hablar con los de Tecualtiche que tienen fama de ser los guardianes de la tradición. Los demás guerreros callan esperando a su capitán. Cuando Martín García regresa al centro de la reunión, la paz es un hecho.

Con la cruz en alto, fray Francisco avanza a pie. Montado en la yegua blanca, le sigue Miguel con su cota de malla. Luego vienen Juan de la Torre con el estandarte, Pedro Benito y el portugués. Los soldados a caballo llevan sus arcabuces en el arzón y los caxcanes, cuyas flechas emplumadas despuntan de los carcajes, han amarrado sus arcos alrededor del cuerpo.

Frente a ellos, los guerreros guachichiles están embijados y tocados de plumas de gorrión, los zacatecos tienen el cuerpo y el pelo teñidos de negro, los salineros se han pintado de blanco, los copuces y los atanatoyas han vestido las prendas que los franciscanos les han enseñado a llevar.

Hablar no es fácil entre tantas lenguas. Miguel sabe que las palabras son sagradas cuando hay gestos que las acompañan. Reconoce en Xale un jefe. Desmonta y lo abraza. Martín García se adelanta con los guerreros caxcanes, deposita su carcaj frente a sí y ordena a sus hombres que lo imiten. Con palabras altisonantes invita a los guerreros enemigos a seguirlos hasta sus tierras. El abrazo sella el pacto.

La caravana se encamina. Cruzar el desierto y la sierra es un rito. Nadie come sal ni bebe agua sino al mediodía. Cada noche, los cantos se entonan, monótonos y persistentes, hasta la madrugada, cuando los hombres y las mujeres que han rezado y bailado sin descanso empiezan a caminar en silencio hasta el alto sucesivo. En Juchipila, el calor y el agua abruman a los guerreros del desierto. Fray Francisco no ha dejado un día de predicar su religión de amor. Muchas mujeres se le han acercado. No entienden por qué las rechaza. Don Nicolás les habla del ayuno sexual que todos los pueblos del norte conocen: el fraile está siempre preparado para un rito. El abrazo se repite frente a las piedras de la plaza ceremonial de Mecatabasco, los antepasados miran y aprueban. La ceremonia dura cinco veces cinco días. Luego la vuelta al Tunal Grande se emprende entre sahumerios y cantos indios, con la bendición católica del fraile.

De vez en cuando Miguel recibe regalos de los vecinos y los reparte entre la población que se desplaza con él, otras con su pobre sueldo de soldado compra víveres y ropa para que siempre naya distribución de premios. Poco a poco, para los principales vestirse se convierte en un símbolo de autoridad. Las mujeres se cubren los pechos con los huipiles de las indias del sur que los comerciantes llevan al norte para repartirlos entre las cristianizadas. Los bautizos se suceden. Unos pocos grupos familiares se niegan a ello y se desprenden del contingente de noche, cuando nadie se da cuenta. Otros preguntan por los animales de los blancos, quieren saber cómo obtenerlos. También se interesan por el maíz, las ollas y las armas.

A su llegada a Mexquitic, Miguel tiene un hervor de planes y de ideas resueltas a medias en su cabeza. Para asentar a los pacificados funda un poblado en honor de San Luis cerca de las aguas de Tequisquiapan y manda llamar de la frontera de Colotlán a cuanto sembrador pueda enseñarles a labrar la tierra. Necesita hombres de trabajo, maestros, comerciantes, sin embargo de Zacatecas llegan soldados y frailes. Pronto, ahí donde los guachichiles acostumbraban concentrarse en las épocas de agua, surgen Bocas de Maticoya, Las Salinas, así como los conflictos por las mejores tierras, los trabajos forzados para los indómitos, la prohibición de que los indios monten a caballo.

Miguel no descansa, preso de una obsesión, da vueltas a los asuntos de paz y de justicia, se enloquece por los errores de los españoles, las riñas de los soldados, el celo de los frailes, esos millares de detalles que podrían volver a estallar la guerra. La idea de mandar traer tlaxcaltecas de México le brilla de repente, como una luz en la oscuridad de sus aprensiones. Fray Francisco, hay que ir por ellos ya, insiste una y otra vez. Por una vez el fraile pide tiempo: Espérese capitán, mis hermanos no van a soltar tan fácilmente sus corderos. Pero si los guachichiles se mezclasen con ellos, sería mucho más fácil asegurar la paz en estas tierras. Rece, capitán, que hace mucho no pide a dios sosiego.

 

 

 

 

Las noches y los días se suceden, como las fugas de los pacificados a los que se exige demasiado. De vez en cuando, esporádicos ataques a estancias de ganado vuelven a despertar el temor entre los colonos. Miguel pregunta a Xale dónde van los escapados y el viejo guerrero levanta los hombros: Tú lo sabes. De hecho, él como cualquiera puede imaginarlo. Las casas se construyen, aunque la pobreza campea en ellas. El virrey mantiene su ofrecimiento, pero no tiene prisa de enviar mulas, bueyes y aperos para una tierra tan seca que las calabazas a duras penas se dan en ella. Al mismo tiempo, la viruela ataca a los cristianizados y la tos sacude los pechos de los niños de las mujeres asentadas, como si los dioses estuvieran furiosos. Xale repite despacio: Tú lo sabes, capitán, y a Miguel no le cabe duda de que los fugitivos huyen del mundo que los españoles les han arruinado.

Una mañana, antes de que el sol marque el inicio de su ir y venir por los asentamientos y los repartos de agua y labranzas, el capitán es despertado por un indio alto, de hermosas facciones, con el cuerpo pintado de amarillo brillante, color de la paz y la bienaventuranza. Me envía tu hermana, capitán. A Miguel se le seca la boca en el acto. Para que la emoción no se transparente, sale con el indio al campo. El portugués los ve caminar y tras un instante de indecisión empieza a seguirlos a escondidas. Algo, algo en el brillo del rostro y el pecho del recién llegado le recuerda sus años de minero en las tierras del vizconde de Vila Nova.

Entonces Hernanda está viva, dice mientras tanto Miguel. Sí y me ha enviado para que me mires bien y a cambio de mi secreto dejes a su pueblo en paz, que si no te das cuenta que com­prar a la gente verdadera es tan cruel como matarla. Miguel lanza un grito de rabia: Está loca, completamente loca. El indio lo interpreta como un rechazo: No necesitábamos nada de lo que tú nos regalas, capitán. Nada, para ser como siempre fuimos. Se da la media vuelta y empieza a correr cuando el portugués se le para enfrente. Capitán, capitán, llama a grandes voces: El embije de este hombre, mire. Pasa su mano por el pecho del indio. Qué no entiende, capitán. ¡Éste es óxido de oro!

 

 

 

 

 

Antes se caminaba mucho, a todo lado se iba caminando. Al aclarar salíamos con mi madre y mi abuelita e íbamos de arroyo en arroyo, en los magueyes sacábamos aguamiel, en un fueguito que prendíamos hacíamos atole y ya almorzadas seguíamos el camino. Para llegar a Zacatecas eran unos tres días. No había caballos para nosotros los más pobres, los más indios. Ahora tampoco hay dinero para carros. Caminábamos. Para visitar a la hermana de mi madre era un día. Para ir más lejos, dormíamos en el cerro y antes de las cinco de la mañana echábamos a andar. No era muy cansado. Tengo cuarenta y cinco años y me acuerdo muy bien. También con mis hijas salía a caminar. Pero ya menos, ellas salen a la carretera y piden “raid”.

Eduviges, mestiza de Las Salinas, Zacatecas, 1 de marzo de 1996.

 

 

 

 

VI
MINEROS Y MIGRANTES

 

 

Las cartas se cruzan. La de Miguel pidiendo mil tlaxcaltecas a Villamanrique corre a caballo rumbo a México al tiempo que dos misivas del rey se embarcan en Sevilla, una destinada al mismo marqués, agradeciéndole sus servicios, y la otra a don Luis de Velasco, nombrándolo virrey de la Nueva España sin quitarle su título de capitán general. Las de Miguel a los amigos, casi cifradas, llevadas en burro por iletrados, hablan de darse prisa, sin decirle nada a nadie. Han sido escritas a la luz de una vela, con la misma precipitación que el mensaje que despacha a su lugarteniente Diego de Huelva, imponiéndole la expropiación de un carro grande y cómodo a Diego de Monroy, carretero real en el camino de la plata, para traer a la mayor brevedad a María y a su hija. Y mando al dicho Diego de Monroy, subraya el desesperado capitán, que así lo haga y cumpla, y si a ello se opusiera, oblígalo.

Y como las cartas se cruzan los chismes. Las subidas a las colinas de Tangamanga, el hecho que de repente el portugués empiece a ser llamado por su nombre, Baltasar de Chávez, el indio se vuelva el amigo Guaulaname, y Pedro Benito calle sus conversaciones con Pedro de Anda y Gómez Buitrón, despiertan muchas suposiciones entre los franciscanos que construyen su convento aprovechando la mano de obra y el fuerte lomo de los guachichiles. Muy pronto éstas son avivadas por la llegada del escribano de Charcas, Francisco Beltrán y, a los pocos días, del enfermo y tullido tío Cristóbal de Jerez en un caballejo, de Hernán González desde la lejana Colotlán y del caudillo Juan de la Hija de Malpaso.

Los frailes rondan con toda clase de excusas la casa de Caldera, que si lo van a acompañar en la distribución de las ochenta y dos fanegas de maíz que llegaron de Salinas, que falta aceite para las lámparas del santísimo, que hay que cubrir las vergüenzas de las mujeres con paños más pesados, que no salga a pacificar sin ellos. Los guerreros se dedican a distraerlos con sus preguntas, como si de repente el interés por la nueva religión fuese fundamental en sus vidas, y los soldados de lo que resta de la compañía, a pasearlos de un rancho a otro con el pretexto de una conversión, un bautizo o una extremaunción.

La mañana del dos de marzo ni un solo hombre responde al llamado de las campanas del convento. El capitán, sus amigos, sus parientes y los indios principales, a caballo y con picas y barretas, han descendido hasta las estribaciones de la sierra, atravesado la planicie y subido a catear el cerro principal de Tangamanga. El día tres los franciscanos escriben a sus hermanos de la Provincia del Santo Evangelio, en México, que les informen de cuanto plan de paz llegue del norte sin haber salido de la Custodia de San Francisco de Zacatecas. El día cuatro, cuando se acuestan en una gruta a ras del suelo para protegerse del calor del mediodía, Pedro de Anda y Juan de la Torre juguetean con la tierra rojiza hasta que una planchuela amarilla les cae en las manos. Tanto trabajo y para qué, aquí no hay sino un poco de cobre, bromea Pedro al tiempo que la rompe. Entonces se levanta de un brinco. ¡Esto es un Potosí!, grita. Oro y plata están a la vista.

A esa mina, cuyo óxido ha sido cosechado para la preparación de pinturas rituales por generaciones de chichimecas, la bautizan La Descubridora y el cerro lo encomiendan a San Pedro, pues les está entregando las llaves para ingresar al paraíso de los mineros. El día cinco, sudados, nerviosos y ofendidos, fray Francisco Vallejo y fray Francisco Franco llegan a bendecir La Guachichila, que el escribano asienta de inmediato como propiedad del capitán Caldera. Día tras día, a lo largo de un mes, se suceden las apariciones: La Amiga, La Jerezana, La Profunda, La Leona conllevan la formación de compañías para la explotación del mineral y el levantamiento en un monte que toma su nombre de la hacienda de beneficio de Caldera, ahí donde agua y leña no escasean y él puede quedarse con el monopolio del carbón para los hornos.

Cuando María llega a Mexquitic, Miguel le tiene preparadas dos cajas de ajuar y ropa fina, pepitas de oro y pajuelas de plata, cuarzos, mulas de buen andar y sirvientas. Enamorado y rico al fin, se arrodilla frente a ella. ¿Quieres casarte conmigo? Se sobresalta cuando ella contesta: Jamás por la iglesia a la que sirve fray Andrés; tenemos muchos ritos para unirnos frente a los dioses, por qué creerle a quien nos quiso separar. En el cuarto contiguo, Juan de la Torre recibe de Isabel una respuesta más fácil de entender: Sí.

 

 

 

 

 

 

Dos días antes de alistarse para volver a Sevilla, don Álvaro Manrique de Zúñiga, marqués de Villamanrique y todavía virrey de la Nueva España, manda llamar al provincial de los franciscanos y sondea la posibilidad del envío de unas cuatrocientas familias tlaxcaltecas para la colonización del norte. Dos semanas después de haber asumido su cargo, don Luis de Velasco lo vuelve a llamar. El fraile ya puesto sobre aviso temporiza, expone las dudas de los tlaxcaltecas, negocia. Quiere ventajas para los migrantes, pero también para los que van a quedarse en Tlaxcala, su tierra predilecta, la de sus pupilos.

Los peligros de la Gran Chichimeca son tan notorios que en el centro del país los indios llaman guachichilas a las avispas más aventadas y los tlaxcaltecas han sido siempre los favoritos de los frailes por haber prestado una ayuda inconmensurable a Cortés a la hora de la conquista. Fray Gerónimo de Mendieta, el cronista, interviene: La paz no durará y nuestros amados indios serán corderos inmolados por los salvajes. Los capitanes de Tlaxcala exigen poder organizar ellos la expedición. Los señores, que en sus barrios no entren españoles. Los principales, que las tierras, ríos, pastos, montes, pesquerías, salinas y molinos que reciban en repartimiento no se les puedan quitar por despobladas. El virrey negocia. La paz sostenida por Caldera se mantiene. Finalmente don Luis capitula y el seis de mayo firma:

Que todos los indios que así fuesen de la dicha ciudad y provincia de Tlaxcala, a poblar de nuevo con los dichos chichimecos, sean ellos y sus descendientes, perpetuamente, hidalgos, libres de todo tributo, pecho, alcabala, y servicio personal, y en ningún tiempo, ni por alguna razón, se les pueda pedir ni llevar cosa alguna de esto. Que los indios principales puedan tener y traer armas y andar a caballo ensillado sin incurrir en pena, y para hacer el viaje se les dé el bastimento necesario y ropa, y por espacio de dos años se les ayude en eso, y con romper las tierras para las sementeras.

Miguel llega a galope tendido. El 18 de junio está con el virrey en las afueras de la Ciudad de México esperando la gran caravana. Don Luis de Velasco está feliz de desquitarse de los problemas que le han llovido desde el principio de la organización del viaje. Ha cancelado las deudas de los tlaxcaltecas inscritos en las listas de colonos, ha castigado a quien se oponía al viaje difundiendo mentiras y temores, ha liberado a los indios de los obrajes y hasta se ha peleado con los despechados padres franciscanos. Con cierta ironía confiere a Miguel el título de Primer Justicia Mayor de su Majestad en la Frontera. Y con la voz suficiente para que sólo el capitán lo escuche, dice: El problema es todo suyo, amigo Caldera. A ver cómo los ampara.

Los capitanes tlaxcaltecas escogidos para escoltar a su pueblo hasta el norte se adelantan a los más de cien carros, cuatrocientas veinte mujeres, ciento ochenta y siete niños y trescientos cuarenta y cinco hombres casados que han salido de Tlaxcala diez días antes. Necesitamos mayor cantidad de agua, conminan. Y que nos den más mulas para cargar nuestras cosas, ordenan. Y dos carros para los enfermos que hay que separar de las familias, exigen. El virrey se ríe: Son enteramente suyos capitán, vuelve a decir. Y con paso firme se dirige a un templete levantado bajo un arco de flores trenzadas. Bendice a la expedición en nombre del rey Felipe que dios guarde y en el suyo particular.

Una vez más el caballo de Miguel patea la ruta de la plata, su larga historia de asaltos y riquezas, sus aguas escasas, los animales sedientos, los bueyes de arrastre, las estancias ganaderas que se abren, los presidios abandonados, el bullicio de los campamentos, las peleas de los borrachos, los chismes de las mujeres. Si no le dolieran los huesos y el ansia por sus minas, el capitán se sentiría como el joven soldado que desde Zacatecas fue enviado a San Felipe, en los años en que guachichiles y guamares eran inaprensibles como el viento, feroces como el fuego. El rechinar de los ejes de las carretas y el polvo son los mismos, aunque nunca caravana tan grande ha partido jamás ni fue recibida con iguales ceremonias a lo largo del camino. A caballo el capitán se ha tardado dieciséis días de San Miguel Mexquitic a México, ahora lleva más de un mes avanzando y está a la mitad del recorrido. Un sentimiento nuevo lo acompaña: tiene nostalgia, pena de rico, no sólo de enamorado.

Juan de la Hija lo alcanza poco antes de que llegue al punto de reunión con los capitanes protectores y el general del Río. Antes de llevarse un contingente de tlaxcaltecas hacia Mexquitic, le acrecienta la angustia: Miguel, ¿tienes enemigos? ¿Quién está libre de ellos? No es broma, un soldadito, un don nadie, dice que él ha sido el pacificador de los guachichiles. Es ridículo, Juan. Sí, pero ya sabes qué significa en estas tierras ser hijo legítimo de padres españoles. En Cuicillo, a punto de entregar los tres contingentes restantes a sus respectivos capitanes protectores, Pedro Benito lo interpela nuevamente: ¿Conoces a Fuenmayor? Sí, Gabriel Ortiz de Fuenmayor, un mayordomo de estancia. Un envidioso de mierda, querrás decir. Cuídate de él, Miguel, es amigo de Constanza de Andrada.

La distribución de los tlaxcaltecas para que vayan a civilizar con su ejemplo Charcas, San Luis, Mexquitic, Saltillo, Chalchihuites, Colotlán y la reconfortante compañía del general del Río de Loza, aunque viejo y enfermo, lo distraen. Entre discursos, bailes y ceremonias recuerda que su María lo ha esperado durante tantos años, qué son para ella unos meses. Piensa también que Fuenmayor es un arrogante, quién puede creerle.

Don Rodrigo habla, su religiosidad ha crecido con la edad y a pesar de su cota más parece santo que soldado. Miguel, le dice, ya has sembrado el ejemplo, un buen hombre, el capitán Juan Morlete, en Mazapil, está pacificando guachichiles. Y en Saltillo igual cosa hace el capitán Francisco de Urdiñola. Por favor dale tu apoyo, sobre todo al primero que una mujer lo ataca todo el tiempo y la secundan algunos soldados. La curiosidad de repente es más fuerte que la decencia: General, ¿conoce usted a Gabriel Ortiz?, pregunta. Un arribista, hijo. No te preocupes por él.

 

 

 

 

 

 

Miguel rechaza la invitación de Hernán González de pasar unos días en Colotlán. Qué más quisiera, la presencia de su hermana María Cid es para él un tónico; pero no puede desestimar una segunda petición del general de ayudar a Morlete. A pesar del tiempo transcurrido de la boda de su sobrina, recuerda perfectamente a la mujer que lo ataca. Bella y venenosa como una coralillo. Como su dinero. Como las cartas que envía al virrey: Que los colonos estamos preocupados por el declinar de las ganancias en esta paz y los soldados desertan sin el incentivo de la esclavitud de los salvajes. Evoca la sensación de ardor que le provocó verla bailar, el odio que le inspiró cuando la conoció en el camino a San Miguel el Grande. El vehemente deseo de prevenir al entonces legendario capitán Cano y alejarlo de ella, de sus gestos, de su olor a zorrillo en celos, agresivo y penetrante como una daga. Sus muslos, sus dientes, su porte entero. Iba montada en un alazán digno de una reina.

María, María, suspira, mientras el desafío que vio catorce años antes en los ojos de la española le vuelve a la memoria. Se aferra del nombre de su mujer porque ella es el único anclaje a su realidad de mestizo rico, capitán indispensable, magnate sin descendencia. María, María, para no perderse en el deseo de volver a tener treinta años aunque ni un solo peso ni a su alrededor ese estruendo de feria de ganado, ese ir y venir de capitanes, carros, familias que se despiden, y que en realidad es el inicio de la paz en la Nueva España, su creación, su fama, su orgullo.

Ensilla y a los dos capitanes guachichiles que para honrarlo se han hecho bautizar Miguel el Caldera y Capitán Miguel Caldera, como si nombre, apellido y grado fuesen un solo apelativo, les ordena que busquen a cinco arcabuceros españoles para que lo alcancen en Zacatecas, armados de todo punto.

El galope lo ensordece, amortiguándole la mezcla de angustia y rabia que siente por alejarse de su casa. Hernán González le ha dicho demasiadas cosas: que María Cid lo echa de menos, pues así son las hermanas, que igual cosa siente María la caxcana, pero cómo pensar que no lo haría, y también que Juan de la Hija para no equivocarse ha mandado parar el trabajo de sus minas mientras no regrese. Por qué será que no puede ocuparse primero de lo suyo. Juan de la Torre ha sido más hábil: Querido suegro, me consagraré a los atanatoyas como un padre, pero jamás me separaré de Isabelita, y así diciendo se ha llevado a su hija, su niña que ya va a ser madre, su retoño que de rodillas en la iglesia ha esperado que el padre llegara de una más de sus misiones para dar el sí. ¿Serán suficientes catorce años para eso? Nuevamente siente que demasiados pensamientos lo asaltan a la vez. Como entonces.

Se deja caer en la casa de Alonso Hernández, para eso son los amigos. No importan los huéspedes españoles, no importan las damas y los jueces, los comerciantes, los mineros y el gordo de fray Antonio en su saya marrón de franciscano pobre. Miguel ha llegado a puerto y bebe con una prisa que lo acomuna a los indios que pacifica. Grandes tragos de vino, uno tras otro, de prisa, sin respiro, hasta perder la razón de ser, el recuerdo de sí. Y grita: María, María, y luego solloza porque no sabe contestar a pregunta que no formula: Por qué envejezco señor, por qué la muerte no me ha llevado antes de estas canas, de estos dolores. Bebe y bebe, avienta el vaso, se deja caer sobre la mesa. Como si un resorte lo empujara, de repente se levanta y toma más. Qué viva la fiesta, aúlla con una mezcla de dolor y placer que se vuelve quejido: Ay ay ay. El capitán es indio, lo justifica el bachiller, su amigo, su financiador, su socio. Los españoles sacuden la cabeza con reprobación, los criollos levantan los hombros, resignados. Ambos comercian un brandy barato que Castilla, Nápoles y Sicilia no compran y fabrican en tierra de indios sauza un destilado de agave que venden a quien antes de la paz sólo bebía el tesgüino de las borracheras sagradas, esos carnavales que al término de los castigos y el ayuno alegran a los dioses.

Porque esa mujer me la pela, babea en los brazos de Alonso que lo acuesta en un jergón. Me la pela. El bachiller tiene prisa de volver a atender a sus huéspedes. Además de qué mujer está hablando. Hará cosa de diez años que nadie le conoce otra que María. Me la pela Alonso, entiendes. Sí, Miguel, sí.

Despertar es un dolor de ojos. Los oídos estallan, la náusea sube y las piernas flaquean. Hasta su yegua blanca recula al olerlo. Los soldados que lo alcanzan a la salida de Zacatecas no se atreven a formular una palabra. Perdón diosito santo, se santigua Miguel pasando frente a una ermita. Y paso a paso avanza, mientras las olas del alcohol se rompen contra el acantilado de su cabeza, incesante flujo y reflujo de asco y tristeza. Al caer la tarde han andado sólo ocho leguas, pero los soldados saben que acampan en el último riachuelo antes del pedregal y que mañana el capitán tendrá ganas de bañarse.

 

 

 

 

Constanza de Andrada avanza hacia la sede del cabildo, el antiguo presidio levantado por Francisco Cano. Su rica falda de damasco se arrastra por la calle, aunque está ligeramente levantada por delante, dejando entrever botines de vaqueta y un pantalón de manta. El corpiño no se ciñe demasiado a la cintura y los hombros y los brazos descansan holgados en la tela carísima que, aun en plena calle, ninguna mantilla recubre. Para protegerse del sol, la mujer lleva un sombrero de palma ancho, apenas más pequeño que el de los hombres. Unos pasos atrás la siguen sus tres sirvientes de confianza.

Señores, dice entrando, como no hay marido ni hermano ni hijo que pueda representarme, yo misma expondré los motivos por los cuales hemos de rechazar la política del capitán Morlete. Los estancieros, mineros y comerciantes han aprendido a sus expensas a no reírse de ella y por ello mismo la odian, la desean y la temen. Esa mujer que se manda traer joyas con los muleros que cargan ultramarinos en Veracruz y México y tiene dispensa papal para montar a caballo como hombre, no conoce amor, compasión ni misericordia, pero ocupa toda su atención, los embelesa y les permite esperar que de obedecerle podrán algún día escapar de las prisiones domésticas, sus hijas vírgenes, sus esposas quejumbrosas, sus hermanas envejecidas, y partir al galope y con ella revolcarse, gemir, gritar, perderse hasta la muerte, hasta la vuelta a su prisión, sus dependencias vitales, sus deberes.

Señora, ya la instamos a no reunirse con nosotros. Constanza estalla en una risa argentina y fresca, más feroz que las palabras de los cabildos. Ya sé, pero como sus mercedes no saben escribir aquí tengo para mandarla al virrey la carta con que expondremos los motivos por los cuales la zona de Mazapil al pico de Maticoya puede no figurar en la comarca pacificada y seguir nosotros haciendo entradas en territorio de los salvajes y a no pagar alcabalas por el transporte del ganado. Juan Morlete entra en ese instante. Los demás miembros del cabildo le dirigen una mirada cuestionadora. Señora, le ruega el joven capitán, estime por favor la paz que dios nuestro señor ama y el virrey defiende.

Quien por Cristo muere la vida alarga, capitán; luchar contra los indios de guerra es defender nuestra santa religión. Y llenar sus bolsillos de esclavista, asevera Miguel Caldera. Su voz es fuerte y pausada. Juan Morlete suspira, el cabildo escruta al recién llegado, Constanza se da la vuelta como para medir a quién arrastrará con el fuete que lleva siempre colgando del brazo derecho, en lugar del abanico.

Catorce años antes habían estado frente el uno a la otra, a caballo, todavía jóvenes, pero no tan fuertes ni bellos. No hay rastro de la borrachera en las facciones de Miguel, la soledad no ha amargado las líneas de Constanza. El duelo es el arte de los golpes que se asestan con elegancia. Un paso al lado de las largas y fuertes piernas del caballero, el movimiento de la falda que se desliza sobre la tierra pisada del presidio. Un baile de desafíos imperceptibles, el intensificar de una mirada, la cuadratura de la quijada. Entonces Constanza deja caer la primera estocada: Claro está, capitán, que usted ha encontrado en la paz cómo hacerse rico; dicen por las estancias de San Felipe que de cada recua que entrega a sus protegidos se queda con la mula mejor. Nunca nadie ha dudado de la honestidad de Miguel, así que en ese campo él se cree invencible: Nombres señora, que de sus fechorías tengo por testigos a frailes e indios principales. Constanza no se amedrenta: Un capitán que usted ha querido opacar por envidia de bastardo, el criollo Ortiz de Fuenmayor.

Un murmullo se levanta del cabildo. Un punto a favor de Constanza. Mi bastardía, señora, no es de tan elevada cuna corno la vuestra, pero nunca me ha llevado a abandonar mujeres y heridos en manos enemigas pudiendo salvarlos. Los miembros del cabildo se miran en silencio. ¿Fechas quieren?, pues el 14 de abril de 1580, a siete leguas de San Miguel el Grande.

El señor es compasivo y misericordioso, interviene Juan Morlete, y la cristiandad del capitán no puede ser puesta en duda ya que por la paz está arriesgando sus propios negocios. La defensa es más que acertada en un pueblo de frontera. Constanza queda sola. Con dignidad levanta la cola de su vestido y sale del presidio. El capitán detiene a sus tres sirvientes con un gesto de la mano y va tras ella. Como antaño parece dueño de todo lo que ella posee. Señora, empieza a decir. Constanza gira sobre sus talones y le cruza la cara de un fuetazo. Ahora podemos hablar, capitán. De acuerdo, dice él tomándola de la muñeca.

En la ancha estancia de muros de adobe y techos bajos, Constanza se ríe. Bendito seas capitán, ya que me pruebas que la sangre es más fuerte que el bolsillo. El capitán se desconcierta. Si dejas a tu india, me casaré contigo; te vendrá bien blanquearte un poco ahora que eres rico. El capitán está tan cerca de ella que puede oler la mirada que le lanza y tiene sabor a fuego y rabia, a ironía esforzada, a derrota asumida con orgullo. Sí mujer, lo que tú digas. Constanza tiende otro movimiento hacia él. Sus senos redondos y maduros quedan a portada de la mano del capitán. Dime que la dejas. La dejo. El cordón que cierra el escote se afloja en la mano del capitán. Y a la bastardilla que te alejó de mí. También la dejo, mujer. Las salivas se juntan y los alientos. El sabor de la carne dura del capitán y el placer de perder la virginidad. Quítame la falda. Prefiero levantártela. La mano de la mujer por la entrepierna enardecida del hombre. Las lenguas por las orejas, los cuellos, los pechos. Sé que tu hermana se te fue, le decían Atenahué sus paisanos. El capitán se separa bruscamente de la mujer que ahora ríe vulgarmente. Tener esclavos te da la oportunidad de escuchar sus chismes. Habla, mujer del demonio. Demuéstrame qué amante eres. Amante no es palabra que puedas mencionar, grita Miguel tirándola al suelo. Qué poco te controlas, capitán; tu hermana ha sido más brava. Dicen que se sacrificó en los adoratorios del altiplano que domina Colotlán, dejando que la tierra bebiera hasta la última gota de su sangre. Dicen y no lo dudo, la superstición de los indios es enorme. Miguel ve repentinamente negro. No te tocaré, mujer, morirás sin saber qué es un amante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El verdadero médico tradicional es el que cura con las plumas, el que aleja los males y chupa las enfermedades del cuerpo. La hierba es tradición también, porque se ha venido acostumbrando a curarse con ellas desde nuestros antepasados.

Quien cura puede hacerlo porque tiene un don. A veces uno no sabe que lo tiene, hasta que le sucede algo que se lo descubre, entonces el curandero puede decidir si comprometerse con el camino que tiene. Yo empecé a echarle ganas a la medicina porque me puse malísimo de los riñones. Entonces estudié las plantas, las que podía aprovechar y las que no me servían. Probé sobre mí mismo, y encontré recetas en libros antiguos, así como en la tradición de mi abuela y de mi madre que siempre nos curaron con plantas. Me hice un jarabe y me di cuenta que las hierbas curan y además no intoxican, no tienen drogas.

Aprendí mucho en los libros de plantas medicinales, ahí vienen un montón de hierbas que uno no conoce. Yo las comparaba con las que tenía en mi zona y hacía práctica. También hubo plantas que me vinieron a la mente en el momento que las necesitaba, como si alguien me dijera cómo y cuál utilizar. También el barro, el agua, curan.

Por lo general una verdadera cura se hace entre dos. Primero los enfermos van con el curandero que les hace una limpia con unas flechas y plumas y con rezos. Ahí el curandero ve si tienen una enfermedad maligna y si es así se dedica a retirarles la enfermedad. Es un trabajo muy peligroso porque el mal puede tocar también al curandero si es muy fuerte. O ve si es trabajo del hierbero o del sobero, éste cuando se trata de un empacho, o del huesero. Cuando los enfermos llegan conmigo yo veo si es cosa de darles un té, o una pomada, o de prepararles un jarabe o una tintura. Cuando se trata de personas con varios problemas de salud, les recomiendo una dieta y les quito los alimentos que les hacen daño.

Ahora los médicos tradicionales de la sierra del Nayar estamos organizados y hemos logrado, exigiendo la ayuda del INI y con la firma de todos, que el presidente de la república nos donara un hospital donde todos podemos participar. Ahí curamos con igual capacidad que los otros médicos y queremos enseñar. A mí en mi labor toda mi familia me ayuda, espero también enseñarle a quien se me acerque en las reuniones de los médicos tradicionales, alguien que tenga el don de la curación, porque no siempre la planta sola va a curar.

Cuando yo veo a un paciente muy grave, de momento me viene a la mente cómo atenderlo. Debe existir ese don para que la medicina actúe. A mí quizás me vino de mi madre y de mi abuelita que curaba con puras plantas. Cuando se empieza a conocer y a creer en las plantas, éstas le responden a uno. Por eso no hay que decirle a cualquiera los secretos de la medicina tradicional. El camino del hierbero es una vía de respeto a la naturaleza.

José Navarrete, yerbero de la comunidad nayari (cora) de Jesús María, Nayarit, 20 de marzo de 1996.

 

 

 

 

VII
EL DOLOR

 

 

La angustia encubre el dolor por miedo de sentirlo. Es urgida y cobarde, una pésima consejera. El capitán galopa hacia Mexquitic con la cabeza atestada de pensamientos tan fugaces e inútiles como su deseo de no saber. Señor, padre santo, dios todopoderoso y eterno que no sea cierto, por favorcito que no lo sea. De nada valen los consejos de Morlete: Cuídese, que guachichiles y salineros cuando huyen se atrincheran en la Sierra del Cobre y bajan hasta el camino a Zacatecas para atacar. Ni la rabia. Sólo puede calmarlo ver a María, a Isabel, interrogar a Guaulaname, mandar por María Cid, Hernán, sus sobrinos. Pedro Benito, tú que todo lo sabes, dónde estás. La familia, último refugio de los desesperados, primer peldaño de la tiránide. Los cinco españoles galopan tras él aterrorizados y sedientos. Su capitán no habla y de la planicie desolada despuntan repentinos cactos como sombras de guerreros, enormes y espinosos. Cuando el sueño los vence, permite un alto histérico, durante el cual se acuesta sin poder dormir y del que se levanta como un gallito hambriento. Los caballos enflacan a la vista. Cámbienlos tantas veces como sea necesario, es la orden.

Los nervios son tales que sólo el incesante andar impide que estallen. Cuando los seis hombres desmontan frente a la casa de adobe del capitán, no se percatan del desorden que campea en el pueblo. Veinte casas semiconstruidas están siendo abandonadas por tlaxcaltecas que se separan con abrazos y fuertes gritos de sus connacionales, los frailes corren por las calles polvorientas intentando retenerlos, los mineros van y vienen a caballo seguidos por docenas de hombres encadenados y sucios. A la par, donde antes se levantaba la choza de Gómez de Buitrón, han sido descargadas carretas de cantera y arquitectos españoles y maestros aztecas erigen un palacio; alrededor de la hacienda de Pedro Benito se yergue arrogante una muralla de piedra gris; y la mujer del portugués Baltasar de Chávez, una mestiza de carnes firmes, se pasea entre hileras de indias enteramente vestidas de blanco como ella.

Con la primera copa de vino frío que les llevan los sirvientes de María, los arcabuceros españoles empiezan a pelear entre sí. Cobarde. Coño de tu madre. Los espadazos vuelan. Así una oreja. Y más insultos. Miguel ni los oye. Grita como loco al cruzar la puerta: María, María: ¿dónde está Guaulaname? La mujer con mirarlo siente al hombre atormentado, algo que no sabe qué es y que sin embargo lo sobrecoge y lo derrota, volviéndola a ella pequeña e impotente. Calla su propio dolor, la separación de su hija, las punzadas que en la madrugada la despiertan. Lo abraza. Miguel, le murmura en el oído. El tiempo se suspende por un instante. Enlazados ambos tienen un sentido. Luego poco a poco, María lo acaricia: Ya eres abuelo, capitán. Un varoncito, Melchor, como tu tío. Los músculos del hombre se aflojan. Somos abuelos, viejita, dice con ternura. Pero cuando Pedro Benito entra corriendo, la zozobra del viaje lo atenaza nuevamente. ¿Dónde está Guaulaname?, pregunta con tanta angustia que la cintura y los hombros se le tensan dolorosamente sacándole un quejido. María mira al amigo, inquieta. Ha muerto, contesta Pedro Benito. Nadie sabe qué animal lo ha atacado en los cerros de Tangamanga, porque tenía el pecho, el pene y las muñecas arañadas, sin una gota de sangre. ¡Entonces es cierto!, hipa Miguel doblándose sobre sí mismo.

 

 

 

 

 

 

De manera confusa los días recuperan una apariencia de cordura. El trabajo suspendido en las minas y la hacienda de beneficio se reanuda sin mayores esfuerzos, que los guachichiles prefieren trabajar para el capitán y no en los obrajes de sus parientes. Miguel va y viene en una mula de buen andar; María lo acompaña y a veces intercambian opiniones, muchas otras callan. Pedro Benito también siente el peso del silencio. Trabaja con su amigo en la construcción de los hornos que transforman la madera de las palmas en el carbón indispensable para la fundición del mineral, pero no parlotea. Una congoja hostil enluta sus secretos.

Fray Francisco Vallejo llega hasta la hacienda de beneficio del monte de Caldera para despedirse de su antiguo compañero de aventura. ¿Quieres confesarte, capitán? No, hermano. Sin embargo los saludos son cariñosos y los deseos de éxito sinceros. Uno más que se va, suspira el capitán luego de que el fraile se ha perdido en el horizonte.

Se siente solo, suspira María. Necesita una limpia, le contesta Miguel el Caldera, que por muy bautizado que sea no deja de confiar en las curas de los cantadores guachichiles. La mujer afirma con un gesto de la cabeza; también lo cree. Sólo hay que cuidarnos de los franciscanos, insiste el guachichil. Yo busco al curandero.

El capitán accede a los ruegos de su mujer, pero exige que nadie lo acompañe. Hace años decidí ser sólo católico para que mis hombres pudieran obedecerme, no quiero arrepentirme frente a nadie. María se encoge de hombros, ni ella ni Pedro Benito entienden qué pasa. Poco antes del rito, Isabelita viene a ver a su padre, con el niño en los brazos y los ojos rodeados de círculos oscuros. Juan de la Torre como siempre está con ella. No se separen nunca muchachos, les dice el capitán y ellos tampoco alcanzan la hondura de su tristeza. Parten ofendidos por el escueto recibimiento que el abuelo ha ofrecido a su hijo. Finalmente, los signos se manifiestan y casi a escondidas, Miguel sale de la hacienda por la mañana arrastrando dos vaquillas para el curandero. No hay fuerza en sus brazos robustos, ni en su corazón. Avanza porque sus piernas saben conducir un caballo casi a su pesar y ayuna porque para comer se necesitan ganas. Gaspar siente acercarse la pesadumbre del capitán antes de divisar su figura encogida en la silla. Hace años era hermano de Xale, luego partió con Maxcorro y finalmente se quedó solo en las montañas para proteger a su gente con la fuerza de los cantos heredados y los sacrificios. Ha visto al capitán en varias ocasiones cuando el diálogo sobre las formas que tendría la paz se efectuaba a la luz de los fuegos sagrados y de las velas católicas. Ha oído hablar de él muchas más veces. Hombres tan conocidos son difíciles de curar, su vida atrae envidias y su propia fuerza impide que las bendiciones los protejan.

El encuentro no tiene formalidad alguna. Las reses pasan de mano, el capitán es conducido bajo un árbol y olvidado ahí. Cuando Gaspar enarbola las flechas emplumadas y baila a su alrededor, lo hace sin prevenirlo, sin pedirle nada. Y pasan las horas. Gestos iguales, pasos ritmados y silenciosos, una vez y otra. Chupa de su espalda el dolor, lo escupe al viento de la sierra. Vuelve, lo sacude, lo espolvorea. Lentamente entona un canto que acompaña movimientos más cadenciosos e igual de inexplicables. El sol cruza el arco del día, la noche se extiende sobre la tierra, la luna sube plateada, la aurora reaparece roja. Horas y horas, hasta que Gaspar se sienta a los pies del árbol y se duerme de sopetón.

Miguel respira mejor, puede alargar los dedos de las manos y pensar en su hermana. La recuerda, ya no está en él. Y como años antes lo hizo su madre, despierta al cantador y pregunta: ¿Me he equivocado? Gaspar mira al cielo y contesta: Hay cuatro dioses, nuestra madre tierra y nuestra madre agua, nuestro padre sol y nuestro padre viento, y estás tú. Los otros dioses reciben de los cinco los sacrificios que se hacen para que la vida fluya como un venado corre. Tú has sacrificado mucho, pero desde hace tiempo has olvidado volver a la tierra, escuchar el viento. Cuando Guaulaname te ofreció su secreto lo rechazaste. Miguel sonríe: Me lo concedió de todas formas. Acaricia la bolsa de oro que cuelga de su cinturón. No capitán, Guaulaname no pudo decirte que era tu hermano, que por eso Atenahué lo envió. ¿Mi hermano? Miguel tiembla. Capitán, nadie decide una sola vez, nadie olvida para siempre, nadie sabe todo. Tus hermanos se han inmolado y a ti te toca vivir todavía.

Gaspar se levanta y se estira. Poco más allá, recoge un hatillo con las tortillas y comienza a tostarlas: Come capitán, que yo ya tengo hambre y a ti te esperan.

 

 

 

 

 

La noticia del levantamiento de San Andrés llega a la hacienda de beneficio del Monte como una trompeta del destino. Desde que ha vuelto de la sierra, Miguel baja seguido a San Luis con el alcalde mayor de las minas del Potosí, Juan de Oñate, fundando y refundando los asentamientos guachichiles y tlaxcaltecas y los barrios españoles, inventando plazas, abriendo minas, canalizando el agua para los beneficios. Se reparten los mejores solares, tantos para mi gente, tantos para la tuya, yo por esforzado y tú por tu rica cuna. Regresan a sus casas satisfechos y orgullosos. María, que ha dado la orden a sus sirvientes de no comentar sus males con el patrón, se levanta de la cama para atenderlo y gozar de su presencia. Pedro Benito corre entonces con sus caballos mejores de Mexquitic al cerro y llega alborotando indios, mestizos y españoles con chismes calientes y rumores políticos. La paz ha durado cinco temporadas de sequía, el virrey está contento, otro nieto aguarda en las entrañas de Isabel y todo parece indicar que el luto por Hernanda se está cicatrizando.

Entonces, el rayo. En un día de rebelión, han muerto setenta tlaxcaltecas y cuarenta guachichiles cristianos, todos ellos emigrados bajo la supervisión del capitán, con la bendición del virrey y la oposición de los franciscanos. El ataque ha sido sorpresivo, algunos de los de San Andrés se han unido a sus asaltantes, quizás reconociéndolos, o hartos de los malos tratos los han llamado. Nadie sabe. El rey ha sido puesto sobre aviso por fray Jerónimo de Mendieta, el cronista: Bien se acordará que en una de las cartas que de Tlaxcala escribí a V.S. cuando andaba solicitando el despacho de los cuatrocientos indios, decía que temía no me quedase de aquel negocio que llorar el tiempo que me durase la vida, lo que bien se ha verificado en este desgraciado suceso. Don Rodrigo del Río ha renunciado a su comisión de Capitán General de la Nueva Galicia y soportado que don Diego Fernández de Velasco, con mejor nombre que capacidad militar, lo suplante. Constanza de Andrada y Ortiz de Fuenmayor se han reunido en Guadalajara, atizando en la Audiencia el recuerdo de cómo don Luis de Velasco pasó por encima de ella en la designación de Miguel para guardián de la paz.

No hay de otra. Convencer a su majestad de que están en lo justo, implica que sean guachichiles los que castiguen a los revoltosos. Capitán y virrey lo saben. El treinta de abril Miguel llega a México y compra huipiles, camisas tejidas, frazadas y cuchillos de arpón para halagar a los caciques asentados en Charcas, Mexquitic y Colotlán. El doce de mayo habla con ellos, el catorce recolecta el maíz que a toda prisa le ha juntado Juan de la Hija, el veintiuno en Zacatecas recoge el ganado para la expedición. Y el veintitrés, doscientos guachichiles, el capitán de los tlaxcaltecas don Francisco, y Juan de la Hija, Diego de Huelva, Pedro Gómez de Mójica, Andrés de Fonseca, Hernán Buitrón y, por primera vez sin Isabel, Juan de la Torre, salen con él hacia Huejúcar y las sierras en las que el Gran Nayarit recibe a cuanto chichimeca logre huir, que está muy arrepentido de la ayuda dada a los españoles. Para desconsuelo de Pedro Benito y su gran sorpresa, Gabriel Ortiz de Fuenmayor se queda con el encargo de servir San Luis y Mexquitic en las ausencias de Caldera. Así no habrá dudas de que es mi subordinado, explica el capitán al amigo. Ay Miguel, qué ingenuo eres.

En Colotlán, María Cid sale corriendo de su casa para recibir al hermano. Reconocería entre miles al jinete que sigue mimando como a un niño. Él la mira llegar desde su posición de avanzada. Han pasado los años, los ve en ella, en su rengueo acentuado por la gordura, en la caída de sus hombros y las canas que manchan sus trenzas; los siente en sí mismo, en la añoranza per Hernanda, en su incapacidad de imaginarla envejecida. Es un hombre tímido el que salta de caballo y abraza a la señora grande de Colotlán. Un hombre incapaz de decirle que en los cerros que se divisan imponentes y oscuros como una fortaleza, su hermana ha muerto sacrificándose a los dioses de su madre. Por primera vez no se deja arrastrar hacia la cocina, mira el suelo, inventa excusas; entonces María Cid con un hilo de voz dice: Se trata de Hernanda, ¿verdad? La bulliciosa entrada de Hernán González no logra que los hermanos se distraigan de su dolor.

 

 

 

 

 

Luego la guerra es la guerra, la misma persecución idiota desde el inicio de los tiempos. De San Andrés a Acaponeta, a lo largo de todo el extremo occidental del arco chichimeca, rastreadores que corren por los cerros, disparos, resistencia, ataques. Por momentos se divisan las grandes pasiones que fascinan a los poetas, en otros sólo se logra oler el tufo de la carne quemada de los muñones cauterizados. Todo entre plegarias franciscanas, trompetas y lejanos sonidos de bígaros. Nadie duda de que los españoles han abusado de los guachichiles, tepeques y usiliques. Los prisioneros hablan de derechos violados, de las entradas a sus casas para tomar cualquier cosa, de las invasiones de sus huertas y sembradíos por los bueyes, mulas y caballos que los carreteros dejan pastar, de los oficiales que a cada rato llegan a sus ranchos a imponer impuestos. El destrozo de los rebeldes, sin embargo es magnificado. Los franciscanos cuentan de los reyes nayaritas de la meseta y tiemblan. La paz nuevamente se compra: Díganme quién es el jefe y tendrán otro pueblo, más tierras, ganado, nuevos vecinos.

Y mientras se funda Huejuquilla con zacatecos y guachichiles traídos de lejos, y tepehuanes y huicholes que se acercan curiosos, mientras se ofrecen mayores garantías de seguridad a los tlaxcaltecas, mientras se juega a los dados bajo las enramadas, Miguel recorre la sierra. Paso a paso de su caballo, mira las piedras en las que los indios esgrafían historias de caza y símbolos sacros. Descubre las plataformas cuadrangulares de las necrópolis. Percibe caminos en los bosques. Con su espada destapa la entrada de grutas que contienen adoratorios abiertos a los precipicios. Se detiene a mirar el cielo, juguetea con las ofrendas de plumas y madera dejadas en los altares.

De pronto siente la presencia de su enemigo. Finalmente Maxcorro está a su lado en la cima del Cerro de la Chiva, embijado de rojo y blanco, guerra y muerte. ¿Sabes que cuatro caballos te desmembrarán en un crucero? No puedes imponerme la pena para los traidores porque yo nunca reconocí tu señorío. Miguel suspira. No hay nadie conmigo, vete. No puedo abandonar mi camino. El jefe hace un gesto con la mano y se sienta frente a un paisaje inmenso, solo, al borde del abismo. Su voz es pausada. Cuando me ejecutes, dile a todos en guachichil y en español que no me he rendido, que me has tomado prisionero. ¿Por qué quieres que la guerra siga? Porque nos gusta hacerla, se ríe Maxcorro. No mientas. Entonces el jefe mira al capitán: Tus hermanos creían que era posible convivir sin tocarse, mantenernos a pesar de tu avanzada. Ofrecieron su sangre a la tierra por ello. Su sacrificio fue grande, pero sólo nuestros arcos te mantendrán lejos de nuestro suelo. Miguel lo golpea en la nuca con el hacha que el guerrero ha dejado en el suelo al sentarse.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay que ir a las aguas, arrancar las hierbas y desde las cuatro de la mañana moler el nixtamal en el metate para hacer las tortillas. A veces una está bien cansada, pero igual debe levantarse a las cuatro, si no la familia no come. Siempre se ha comido chile, frijoles y calabaza, y hay que acompañarlos con tortilla. Tortear es el único trabajo que sólo las mujeres hacen. Cazar es el único que hacen sólo los hombres. Aunque casi siempre son hombres los que van por leña, pescan, más bien pescaban en el río, porque antes sacaban mucho pescado, hasta camarones de agua dulce; yo le echo la culpa a la rociada, a los venenos y los fertilizantes: los rociadores lavan sus tanques en el río y matan todo.

Las muchachas ahora ya ni saben hilar. Antes yo tenía borregos y sacaba lana negra y blanca y con ello hacía bolsas para el elote y la calabaza. Todos los coras llevan bolsas cuando salen de sus casas, en ellas meten todo lo que recogen, los guamúchiles, las compras. Yo hilaba la lana y tejía la tela, la lana negra la hilaba muy fina, con ella podía bordar. Algunas bolsas las vendía.

Desde que me quité de mis padres y me junté con mi hombre, me enseñé a mantenerme: hacía las bolsas y también ollas de barro cocidas con leña. Al campo van mujeres y hombres, yo siempre trabajaba con mi esposo en el coamil. Tumbaba los árboles con hacha Pira sembrar el maíz. Eso se hace antes, muy antes de las aguas. Luego de tumbar, se seca y se quema el coamil y en junio con las primeras lluvias se siembra. Yo siempre sembré con la coa, es que los terrenos son muy en pendiente. También para no separarme de él me enseñé a pegar piedras, hacer las mezclas; antes, cuando se construían muchas casas, yo trabajaba con él. Y los niños nos seguían a veces; su hermana mayor los cuidaba. Pronto aprendió a tortear y eso me dejaba libre de ir con mi esposo. Ahora ya no hay trabajo y los coras somos pobres, muchos se van. Claro que vuelven, para nosotros es muy importante volver a la tierra. Uno se enferma si deja mucho tiempo de volver, si no cumple con la tierra.

En las fiestas tradicionales los hombres tocan. Hay un violín primero y los otros músicos lo secundan. Las mujeres nunca tocan, sólo la flauta, pero bailan en el mitote y muelen para la comunidad en Semana Santa, y rezan. Yo hubiera podido ser buena curandera, pero me dio miedo comprometerme más. Es que el compromiso es muy fuerte y es muy peligroso curar, ayudar a los demás. Tengo un compadre curandero en la Mesa del Nayar, es un hombre bueno, yo sé qué significa su sacrificio. Las mujeres y los hombres no deben pelear, son como los colores, la tierra y el cielo, la virgen María y el señor Jesús.

Doña María Valentín Solís, anciana nayari (cora) del municipio de Jesús María, Nayarit, 20 de marzo de 1996.

 

 

 

 

VIII
EL FIN

 

 

El jefe ha huido monte arriba, informa el capitán cuando regresa de la sierra. Poco a poco los rebeldes se acercan a los nuevos poblados. La entrega de tierras y presentes se efectúa entonces con la solemnidad acostumbrada y los frailes pregonan que con el favor divino los hicieron volver a la paz. La campaña ha durado setenta y cinco días y no una misa como ellos afirman, pero para qué exasperarse. Miguel tiene prisa, Juan de la Torre brama por regresar a casa, las aguas caen y con ellas se hunden los primeros socavones en el Cerro de San Pedro. Las ansias que se comen son de amor y por cuestiones muy materiales, de todas formas exigen que la compañía avance muy rápidamente hacia Mexquitic.

En Zacatecas sin embargo es imposible no detenerse. El general Diego de Velasco y don Rodrigo del Río, ahora gobernador de la Nueva Vizcaya y a punto de partir hacia ella, exigen la presencia del capitán. Las fiestas para los vencedores son parte de un ritual tan repetitivo como la guerra misma. Miguel no es quién para rechazar halagos. Los vinos, los saludos, las mujeres. Los discursos, las medallas, los desfiles. Satisface escuchar el propio nombre retumbar entre tambores por los muros de la ciudad natal. Su séquito está igual de airoso, espejeando la fortuna que el discurso oficial produce. Arrogantes y soberbios, los esforzados impartidores de justicia amigos de Miguel reciben honores, cuentan sus andanzas y lloran sus penas en los pechos de matronas y prostitutas. Sólo Juan de la Torre, al recibir la paga, salta sobre su yegua para correr a Maticoya.

Cuando Pedro Benito llega a la capital de la plata, los laureles coronan una cabeza que deja de pensar en sus minas cuando su posición oficial es adulada, aunque sabe que sin el real del Cerro de San Pedro su crédito en la frontera no estaría tan alto. Los verdaderos amigos son pocos, Pedro Benito, lo abraza Miguel. El parlanchín, el chismoso, no sabe contestar. ¿Qué pasa? , ¿te molesta mi triunfo? No, hermano, responde con un hilo de voz y corre a casa de Alonso Hernández. Díselo tú, por favor. Yo no puedo. La noche se escurre en silencio. Desde Maticoya podrían oírse el grito de Juan de la Torre, el vagido de Marcos, su segundogénito, y los pasos de las procesiones fúnebres de Isabel y su madre María la caxcana.

 

 

 

 

 

 

Los mineros, los trituradores, lavadores y separadores de plata, los setenta carboneros, las cientotrés cargadoras de leña, los esclavos africanos, los soldados, las ocho cocineras, los sembradores, los muleros, las cuadrillas de albañiles, camineros, hidráulicos, los fogoneros, los fuelleros, indios, españoles, medias castas, todos los trabajadores de la hacienda del Monte reciben al capitán con la mirada fija en el suelo. Él inclina la cabeza agradeciéndoles su condolencia. Se ha arrastrado en el barro de los caminos, ha llorado abrazando las piedras. El sol no ha logrado secarlo, el aire le ha partido los labios. Le duelen los huesos, la mano derecha se crispa sobre las riendas. Para qué, para qué, gime. Sin embargo, es el patrón y por mucho que desee no tener otro día, bendice a su gente y le pide que duplique sus esfuerzos ahora que la señora ha muerto.

Bajo los cielos cargados de septiembre y la luz fría de octubre, Miguel Caldera trabaja. De la mañana a la noche, la construcción de la paz se ha vuelto una triste rutina burocrática. Y los días que pasan iguales, con el caballo al paso de una mina a otra, de la estancia de Armadillo a las Bocas de Maticoya, de la presencia de su yerno a la de su amigo, tienen la constancia de las funciones monásticas. De vez en cuando piensa en fray Luis. Sabrá de la muerte de su hermana, de su dolor. No lo recuerda con rabia; él como todo está envuelto en un manto de tristeza, clara conciencia de la temporalidad humana.

Don Luis de Velasco todavía lo requiere. Está dispuesto a hacerle concesiones, a callar las voces que lo describen acabado y por ello le regala estancias de ganado, bosques, ríos. Que el señor te bendiga desde Sion, que veas la prosperidad de Jerusalén, todos los días de tu vida. El capitán se persigna y cumple. Acompaña a los nuevos protectores, instruye a Ortiz de Fuenmayor para que le suceda como Justicia Mayor. Quién mejor que él, Pedro Benito. Me tiene tanta envidia, que para que lo amen será capaz de superarme. Y distribuye maíz en Nieves, ropa en Pinos, arados en Mexquitic. Las autoridades de Zacatecas, San Luis y México lo honran por lo mucho y bien que ha servido. A veces en su labor, se encuentra con veteranos de guerra que como él sienten el peso de la edad. A los que conoce, se atreve a preguntar cómo han sobrevivido al aniquilamiento de su mundo, y éstos responden con evasivas, dudando entre el propio escaso entendimiento y la cordura del capitán. Cuando le llega la noticia de la muerte de fray Francisco de Vallejo todavía es capaz de estremecerse: Pedro Benito, muchas de nuestras desgracias se deben a que en el Monte no hay iglesia. Deberíamos levantar una, no crees.

Y de repente, la última tristeza. Con la rapidez de las velas, llega la orden de que el virrey Velasco se embarque para el Perú. Amigo Caldera, la despedida tiene mil confusiones. Don Luis se va, sus veinte años se quedan en la Gran Chichimeca, pero sus glorias se forjan en la espera del oro del Alto Perú, el verdadero Potosí. Amigo Caldera, la mano del grande de España se pierde en la artrítica del mestizo, sus gafas redondas se empañan. Pero no hay más tiempo, las congregaciones lo despiden, los poetas lo saludan, la llegada del conde de Monterrey, su sucesor, lo arroja del suelo donde nació.

Hasta Acapulco Miguel no lo acompaña. Debe continuar la construcción de misiones y la enseñanza de la agricultura, alimentar a los asentados y sosegar a los dudosos. El único virrey que conoció en persona la guerra y la paz de la Gran Chichimeca, al llegar al puerto escribe sudando en su ropa negra:

Cuando llegué a este reyno, le hallé con harta dificultad en lo que era la quietud y paz de los indios de guerra. Se debe dar sin limitación, pues jamás por larga mano que en esto se tenga no llegará el gasto de la paz al de la guerra.

Del pacificador mestizo ni una palabra: su tarea ha concluido.

 

 

 

 

 

Papá, el abuelo ya no es el mejor jinete de México, hoy se ha caído de caballo. Melchor describe el paseo que han efectuado rumbo a las minas, detrás de las lomas que circundan los campos arados y las huertas. Miguel le acaricia el pelo. La estancia de las Bocas de Maticoya es enorme, fresca y más rica de lo que jamás imaginó. Al lado de la casa patronal, la tumba de Isabel, que el padre ha visitado, cada mañana atrae los pasos del viudo, que sólo el intendente español trata todavía de convencer de volverse a casar. La tristeza de la muerte es mitigada por la riqueza; la vejez, por la sonrisa de los nietos, Juan, quisiera que trajeras aquí a Miguel de Arévalo, el escribano de San Luis. Sabes, debo pasar revista de mi pasado antes de comparecer en el juicio final. Hay una calma inesperada, casi divertida, al disponer el testamento: Que la virgen me ampare y mi cuerpo se entierre en Colotlán, del que soy alcalde mayor; que se cante por mi alma una misa de réquiem y por las ánimas de mis padres en el monasterio de San Francisco de Zacatecas se digan doscientas. Ordeno que a los indios que me han servido en mis haciendas se les paguen sus servicios, tomando en cuenta que son gente sencilla y dócil a la que es fácil engañar. Es mi voluntad que en todo lo que debo por recibos y otras cuentas, nadie entre en gastos de pleito, pues no es apropiado que gasten su dinero de ese modo. Mira a su yerno y levantando la voz: Ítem, declaro que yo no he sido casado ni obligado a sujeción de matrimonio ni tengo padre ni madre porque son difuntos. Dejo y nombro por mis sucesores a Marcos y Melchor, mis nietos, hijos de Juan de la Torre y de Isabel Caldera, mi hija difunta. A Pedro Cid, mi sobrino, las diez mulas que suelo llevar en mis viajes con mis criados, ocho caballos, dos cotas de malla, dos arcabuces, sillas de montar, un rebaño de cincuenta vacas mansas y todas las yeguas que sean de mi propiedad entre aquí y Zacatecas. Ya las sobrinas de Pedro Benito, para ayudarlas a casarse, cuatro mil pesos. Empieza a firmar, pero sólo le sale Migu de sus dedos tullidos. De acuerdo Arévalo, termine usted, ordena con voz fuerte. Luego se levanta. Juan tiene los ojos rojos, el escribano la mano dolida. No me entristezcan muchachos, que debo llegar a México. Suspira: Donde ya nadie me conoce. Marcos le sonríe: No se vaya, abuelo. Y el viejo, como si de repente recordara algo, dice: Qué raro, este muchacho sacó los ojos verdes de mi padre. Luego cae al suelo con un grito de dolor, un encogerse de huesos, un ladearse de labios. La baba lo moja, el dolor lo atonta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Les dijimos a los franciscanos que no volvieran. ¿Qué vienen a hacer? A contarnos muchas historias, pero los ancianos también saben muchas y son las nuestras. No nos interesan las otras historias, las ajenas. Los franciscanos sabían la fecha de construcción de la iglesia, pero querían cambiar nuestros ritos. Y pues ahí están los santos que son los patronos, ahí está la iglesia. Cuándo la hicieron no nos importa. Dios sólo sabe por qué ha hecho tantas creencias, tantas lenguas, si la sangre humana es una sola. Por eso les dijimos que no volvieran, que nosotros les respetamos sus creencias y que ellos respeten las nuestras.

A veces es muy difícil seguir la costumbre. El dios nos dice qué hacer, luego no sé por qué es tan difícil hacerlo. Tenemos la costumbre del venado, de ofrendar la vida y la sangre del venado a la tierra en todas las fiestas grandes. El venado es la naturaleza y hay que seguirlo adonde sea, hasta fuera de nuestro territorio, hasta que se entrega a los cazadores. Y eso los policías no lo entienden. Una vez cazamos un venado y me agarraron, ahí por Monte Escobedo. Me interrogaron y para eso sí que son buenos: dan miedo, preguntan y preguntan. Y qué va a explicarle uno, ¿que el venado es la ofrenda mayor? No lo entienden. Nos apresaron a todos los que íbamos de cacería. Nos incautaron las armas y nos entambaron durante nueve horas.

El venado no puede acabarse, es como si se acabara todo, la vida. Puede irse lejos, pero acabarse no. Hoy es más difícil cazarlo, porque los téwaris (los no huicholes) no entienden que hay que seguirlo y alcanzarlo donde sea. Apenas si las autoridades nos aceptan lo del jícuri (peyote), que al fin es parte de nuestra tradición y sólo es una planta que está ahí, esperándonos.

Todo lo que hacemos es caminando, siempre caminando. Al coamil, a las compras, a Mezquitic  para pelear las tierras. Antes iba al mar con mi familia, cargando a los niños, a las cosas. Eran siete días para llegar a Jesús María, veinte para la peregrinación a Real de Catorce. Hoy en día hay caminos, se cruzan camionetas. Por eso creo que los jóvenes ya no saben caminar.

Antonio Candelario, Consejo de Vigilancia de la comunidad wirrárica (huichola) de Tuapurie, Cuescomatitlán Santa Catarina, municipio de Mezquitic, Jalisco, 6 de abril de 1996.

 

 

 

 

IX
EL AMIGO

 

 

virrey se ha aburrido rápidamente del palacio y juega a caballo con las denuncias de Ortiz de Fuenmayor: Que el capitán Caldera ha favorecido a su séquito; que el capitán Caldera es desleal competidor en los beneficios; que el capitán Caldera está moribundo. Los gobernadores otomís de Querétaro no saben nada de dicho capitán y el virrey se pasea por las aguas termales de El Despoblado con la magnificencia de una corte ansiosa de diversión y alcurnia. ¡Qué hastío! Entonces Ortiz, ¿al norte queda algo? Preguntas de rutina, del rutinario deseo de ser conquistador. Juan de Oñate ha descubierto Nuevo México. Respuesta de lacayo. ¿Acaso no hay nada más para mí?

Miguel se incorpora como puede. Necesita hablar con el conde de Monterrey, recomendarle a los capitanes Juan de la Hija y Diego de Huelva, contarle del valor y la lealtad de Pedro de Anda. El bigote entrecano ha crecido durante la enfermedad, cubriéndole el labio ladeado. Lástima que la dicción haya quedado torcida. Se apoya en el espaldar de una silla de nogal. Debo, debo, debo. Da un paso, luego otro. Jamás camino alguno le ha costado tanto. Arrastra el hombro derecho por los muros de adobe y piedra. Llega a las cuadras, escoge los caballos. Pedro Benito lo encuentra ahí. No te vas a ir solo, amigo mío.

El conde de Monterrey visita las ruinas de los presidios que don Martín Enríquez mandó construir, Villamanrique abandonar, y Velasco custodiar. Así que usted es originario de San Felipe, Ortiz. Ganadero, eh. Qué bien, qué bien. Lástima que deba yo volver a México, ahora ya todo es paz.

Miguel se manda construir un bastidor que, amarrado a la silla, le sostenga la espalda mientras cabalga. Me duele, Pedro, pero no me arrepiento. Quizás mi hermana tenía razón y hubiese sido mejor que nuestros pueblos no se tocasen, aunque la verdad es que prefiero haber hecho la paz, al precio que fuera, antes que ganarme el pan con los toques de trompeta. Alonso Hernández siempre ha dicho que eras demasiado soñador para volverte rico. Los dos hombres se ríen y se ven en el mismo camino tan contentos como la primera vez que escoltaron una caravana, la primera noche que se revolcaron con una doncella mexica huida de los carros de su familia. ¿Recuerdas? El perfume de los jazmines sembrados en San Miguel, los cantos de los soldados alrededor de las fogatas. Y sus caras morenas de grandes dientes blancos, sus ojos como una sorpresa. Pedro Benito, si volvieras a nacer, ¿volverías a tirar todo tu dinero en el pozo sin fondo de la paz. ¿Te lo he dicho alguna vez, amigo mío? Sin ti la vida no me habría gustado tanto.

Los caminos convergen en Querétaro. Ortiz vuelve, Pedro Benito y Miguel avanzan lentamente. Ese pobre idiota, dice en una taberna el joven capitán; ninguno de los parroquianos le hace caso. Los pasos de los caballos de los dos amigos no se detienen, a su alrededor niños y mujeres mendigas, prostitutas viejas, ciegos. Que dios te lo pague, graznan cada vez que una moneda les cae en la mano. La prosperidad de las estancias ganaderas necesita de la pobreza de unos cuantos. Los vaqueros sueñan con encontrar su propio Potosí.

El virrey en el palacio revisa las cuentas de la paz. Es un alto servidor real, qué puede hacer para matar tanta aburrición, para agradar al soberano. Ordeno y mando una pesquisa minuciosa de los fondos imperiales. Es necesario ver si se pueden reducir tales gastos, o si pueden eliminarse por completo sin poner en peligro la paz en la tierra.

Miguel está convencido: en México, dirá al conde de Monterrey que le aumente el sueldo a los capitanes protectores, que muchos les dan a sus indios incluso lo que ellos mismos necesitan. Pedro Benito asiente. Ha estado con Francisco Beltrán y su esposa noches enteras velando a los chichimecas durante una epidemia.

El agua brilla al sol en San Juan del Río con la misma alegría que les brindaba el laguito de Zacatecas cuando de muchachos regresaban del desierto con un venado cruzado sobre su silla. Descansemos. Por aquí censé a los tlaxcaltecas, recuerda Miguel: Creo que me trae buena suerte. Voy por vino, ofrece Pedro Benito. Luego se arrepiente: Para qué, mejor durmamos. Sí. Es la última palabra de Miguel. Sus ojos se quedan abiertos sobre el cielo que se tiñe de rojo.

 

 

 

 

A MANERA DE EPÍLOGO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El 19 de julio de 1599, a sólo siete años de la fundación de San Luis del Potosí, una chamana guachichila es acusada de brujería, condenada y ahorcada en el arco de veinticuatro horas. Decepcionada por las promesas de los españoles, tras la muerte de su hija y viendo la situación en que guachichiles y tlaxcaltecas, o sea todos los indios, viven en los barrios de las ciudades españolas, ha derribado los altares de dos iglesias y llamado a sus hermanos y hermanas de sangre a sublevarse y a huir hacia el lugar mítico de La Laguna. Ahí, viviendo según sus antiguas costumbres, los indios recobrarían número, fuerza y libertad.

Miguel Caldera ha muerto dos años antes y su rival, el envidioso Gabriel Ortiz de Fuenmayor, es el Justicia Mayor de San Luis. La manda ahorcar porque teme su llamado y la fuerza de las mujeres entre los antiguos chichimecas, subrayada cuarenta años antes por el cronista y general Gonzalo de las Casas.

Para ese entonces, a los antiguos indómitos chichimecas les estaba destinada una mezcla forzosa para que se domesticasen e ynstruiensen en la vida política y christiana. Para evitarla, eludiendo con ella su desaparición y esclavitud, muchos de ellos se retiraron a los despoblados o a los cerros inaccesibles del norte y de la Sierra del Nayar. Se mezclaron entre sí y aceptaron en su seno a los esclavos africanos que escapaban de las minas, así como a los españoles que huían de la inquisición y el sistema colonial; no obstante mantuvieron sus rasgos culturales dominantes.

Luego la rebelión chichimeca se trasladó al norte. Durango, Nayarit, Sonora, Chihuahua, Arizona fueron los escenarios de una lucha que, según los testimonios de los sobrevivientes de los antiguos chichimecas, pames, jonaces, huicholes, coras y mestizos (sus denigrantes nombres en castellano), no se ha acabado. Hoy en día se manifiesta como reivindicación política de su alteridad en un mundo plural en el que la riqueza, la tierra y la justicia no deben repartirse tan arbitrariamente.

Cuatro siglos de resistencia de Tenamaxtli el caxcán a Jerónimo el apache, cinco mil años de cultura. Antes, durante y después de los españoles, los E’znar, Xi’oiqi, Wirrárika y Nayari se han relacionado con su entorno, del cual sacan a sus dioses. Reclaman que en otra parte, sin que tengan que ver con ello, alguien o algo les está destruyendo las lluvias, las tierras, los truenos, el sol y el cielo. Ahora luchan contra el desastre ecológico.

Huir, esconderse, rebelarse cuando es posible, llenar de tradiciones antiguas la nueva religión, mezclar con las antiguas palabras los conceptos del español, caminar, sembrar, dedicarse a la ganadería, han dado pie a unas vivas culturas indígenas. Nuevas en muchos sentidos, pero de origen y fuerzas tan antiguas que en ellas no se separan conceptualmente las actividades ceremoniales de las físicas.

 

 

 

 

Agradecimientos

 

 

 

 

 

 

Todo libro y éste como cualquiera es fruto de una serie de inspiraciones, ayudas y deducciones. Es a la vez obra de una escritora y de su entorno. Quiero agradecer por lo tanto a algunos de los que me insuflaron y sostuvieron la pasión por Miguel Caldera y su tierra. Primeramente, a Luis de la Torre, amigo, dibujante e historiador de su Querencia. En las interminables sesiones del taller literario del Alfil Negro, desgraciadamente asesinadas por el desarrollo urbano de la Ciudad de México, me convenció que Zacatecas era mucho más que el territorio de mis paseos turísticos predilectos y que sus hijos tenían una historia particular. Inmediatamente después, a dos libros: La guerra chichimeca y Capitán Mestizo del historiador norteamericano Philip Waine Powell. Mientras leía el primero, nació mi bella Helena, que su padre y yo apodamos de inmediato La Guachichila, por su hermosura y su carácter indómito.

Muchas gracias también al Instituto Zacatecano de Cultura, en la persona de su director, Luis Félix Serrano, músico excepcional y maestro, que me ha proporcionado el financiamiento necesario para recorrer durante tres meses el arco de la Gran Chichimeca, del actual estado de Hidalgo a la Sierra del Nayar. Y a mis amigos Eduardo Langagne, Eduardo Mosches y Julio César Javier Quero que apadrinaron el proyecto de la novela.

Finalmente, muchas gracias a quienes me prestaron sus casas, sus orejas, sus lenguas y sus computadoras: entre otros muchos, la comunidad xi’oiqi de Santa María Acapulco; Tere Chávez Montes y Efraín Gutiérrez de la Isla en Zacatecas; Nacho Delgadillo en San Luis Potosí; Roxana Spinolo y Felipe de la Torre en Mezquitic; Cristina Renaud, Aurelio Fuentes, Ignacio de Cerega y el colectivo feminista Chillis Willis -Adela Hernández, Salvador Mendiola y Gloria Hernández- en la Ciudad de México; las autoridades y las familias de Tuapurie, Cuescomatitlán Santa Catarina; y a Carmen Ros que siempre se ha llamado a sí misma Hija de la Gran Chichimeca.

 

 

 

 

Pie de página para puntillosos

 

 

 

 

 

 

El capitán Caldera era muy guapo. Con el resto de la información histórica he jugado a mi antojo. Sé que la migración de familias tlaxcaltecas al norte de la Nueva España se efectuó antes del descubrimiento de las minas del cerro de San Pedro, que nunca nadie se ha puesto de acuerdo si Guaulaname avisó al capitán o a fray Diego de la Magdalena de la presencia del oro en la sierra de Tangamanga, que probablemente María no era caxcana. Asimismo acorté los documentos oficiales y castellanicé las oraciones para insertarlos en cursivas en el texto.

Se desconoce si Hernando Balderas era hijo de una hermana o un hermano de Miguel, por lo tanto Hernanda es la contraparte ficcional de su hermano histórico. La campaña contra los rebeldes de San Andrés sucedió en 1592, dos años antes de la ubicación que yo le doy en la novela. Constanza de Andrada sólo fue una prestamista de los soldados del capitán Cano en Mazapil. Algunos historiadores subrayan el papel positivo de la evangelización franciscana.

Pueden buscar más detalles, insistir en que Miguel Caldera era hijo de una zacateca y no de una guachichila, que María Cid nunca fue buena cocinera y que el entonces capitán general don Luis de Velasco no asistió a la boda de su hija en Colotlán. Sostengan si quieren que Juan de la Torre fue un pésimo marido. Ni ustedes ni yo lo sabemos y ésta es una novela.

 

 

 

 

Índice

 

  1. LA AVENTURA
  2. LA FE

III. LOS HOMBRES

  1. LOS PACTOS
  2. PIRATAS
  3. MINEROS Y MIGRANTES

VII. EL DOLOR

VIII. EL FIN

  1. EL AMIGO

A MANERA DE EPÍLOGO

Agradecimientos

Pie de página para puntillosos

 

Y a propósito del imprescindible n.133 de BLANCO MÓVIL, Desaparecidos, que presentamos en el Centro Cultural Elena Garro

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Desaparecidos, imprescindible n. 133 de Blanco Móvil

 

Hay en el verbo aparecer un no sé qué de aterrador: la aparición es mágica, por ende inesperada, fuera de la capacidad de ser entendida, conlleva cambios en la vida de la persona a la que algo o alguien se le parece y por lo general es aprovechada por las religiones. Su antónimo, construido sobre la misma palabra precedida de des, prefijo de origen latín que significa negación o contrario, es aún más ominoso. Si la aparición de la virgen ha marcado la vida de varios niños en Fátima como en Croacia, la desaparición de hijas, hijos, amigas y maestros ha marcado la vida de generaciones enteras en diversos lugares del mundo, hoy precisamente en México.

Las guerras de cifras acompañan el horror. La tendencia de dar a la baja la muerte y desaparición de los propios enemigos o aliados es un instrumento que casi siempre devela de qué lado está el portavoz de la cifra. Así hoy en México el gobierno y los medios de prensa afines afirman que hay 27 659 personas desaparecidas en el territorio nacional, mientras las madres de las y los migrantes que recorren el país año tras año en busca de sus hijos hablan de aproximadamente 80 000 migrantes eclipsados en el territorio nacional, las organizaciones de familiares de desaparecidos denuncian decenas de miles y hay quien rumora que la misma Cruz Roja Internacional, de forma extraoficial, sostiene que en México han desaparecido más de 300 000 personas en los últimos 10 años. Yo nunca olvido la valentía de las madres de las mujeres secuestradas, desaparecidas, torturadas y asesinadas en Ciudad Juárez, quienes en 1993 pusieron por primera vez el dedo en la llaga de las desapariciones de personas al mencionar que por cada mujer víctima de feminicidio había 8 más de las que no se conocía el paradero. La cifra enorme de la violencia feminicida, es reflejo de la cifra enorme del ocultamiento de la verdad con respecto al destino de las personas.

Junto con el muchacho comerciante que habla con su mamá por celular mientras recorre una carretera en Coahuila y de repente no responde más a las palabras de la madre y nunca más lo hará por años y años, desaparecen en México especies animales, derechos consagrados, medicinas en los hospitales públicos, monumentos arquitectónicos de barrios devorados por la empresa edilicia, editoriales que se la juegan por un autor o autora desconocida aún, eso es posibilidades y recuerdos que construyen la memoria personal y colectiva de una nación que otrora estuvo abierta a la solidaridad hacia quienes sufrían las consecuencias de políticas siniestras. ¿Dónde ha quedado el México que acogía a las pintoras surrealistas? ¿Dónde la nación que alimentaba a los niños huérfanos de la guerra civil española?

Desaparecidos, el número 133 de Blanco Móvil, apela a muchas formas de la memoria y el derecho a la vida, a lo que no quiere apagarse y lo que se resiste a la constatación de la impermanencia de las imágenes y personas que tocan nuestra conciencia. Coordinado por Cynthia Pech, este número de nuestra revista apela al recuerdo, al des-olvido, y al hacerlo no sólo mantiene la dignidad humana sino engendra la narración como forma de escritura y oralidad que permite el conocimiento de una historia. Es poesía épica, como el Lamento por la vida de David, de Mercedes Alvarado, que sostiene la imposibilidad de llorar la muerte de quien no ha muerto, de quien nadie ha dicho que ha muerto, de quien se adueña del silencio de la casa, de quien no ha encontrado el tiempo de volver. Es denuncia política del sistema económico que transforma cualquier acto en la oportunidad de mayores ganancias para los más ricos del mundo, avasallando el último resquicio de ética de los sectores medios, como en la irónica narración  de La Liga de los Muertos Extraordinarios de Gerardo Amancio. Es la poesía civil de Juan Domingo Argüelles y su país de pesadilla. Son los estudiantes de Ayotzinapa de Coral Bracho y David Huerta.  Tanto como el tiempo desaparecido de Marcela London, quien añora a la niña que alimentaba a los pájaros, el cuerpo yerto y limpio de carnes que evoca Margarita Drago al hablar del mar mancillado por los vuelos de la muerte, la fecha de un día cualquiera, cotidiano, caminado, donde los instantes del pasado se pierden y la hija pequeña que se lleva de la mano permite captar el tiempo perdido con las hijas mayores, evocado por Rubén Don.

Han desaparecido los derechos laborales tanto como los periódicos impresos, los antes de nuestra vida, como cuando el agua no costaba, que Adolfo Castañón enumera con la fuerza de la voz poética: entre paréntesis nos dice que cuando todos los días son los mismos muertos, recordamos que éramos tan felices cuándo usábamos “las muertas” como título de novela. Al desaparecer, las personas, las imágenes, las construcciones de un esfuerzo colectivo, los árboles y los jaguares sangran y el aullido que nos despierta su ausencia nos desgarra hasta la ropa. Por ello Jorge Boccanera enumera preguntas violentas como: “Quién cubrió sus nombres con escombro y navaja creyendo en la inmortalidad del albardán histrión bufo risible de todo lo obediente?”.

José Ángel Leyva, el solidario poeta duranguenses, el enamorado del verso amigo, con sus odas a la joven que descendió del autobús en Ciudad Juárez y fue tragada por la tierra, y a los migrantes que “no estuvieron aquí camino al otro lado”, que “nunca pasaron por aquí” porque “hay peregrinos que dejan de existir para no ser prisioneros”, hizo que al leerlo se me cerrara la garganta con un nudo de dolor y emoción. Algo que hace unas semanas me sucedió en el Museo de la Memoria Indómita cuando me perdí entre las decenas y decenas de zapatos de madres, hermanos, padres, hijas, familiares de personas que en todos los rincones de México no cejan en la búsqueda de sus hijas desaparecidas y sus hermanos sustraídos por la nada. Alfredo López Casanova, el escultor y activista, en efecto ha grabado las suelas de los calzados corroídos por la búsqueda, imprimiendo en ellos las historias de amores y esperanzas que alimentan la resistencia de quien en México exige a la vida un mundo donde caminar por las calles no sea sinónimo de peligro.  Entre las hojas impresas en verde, color de la esperanza de encontrarlos con vida, y los zapatos de sus madres, me sentí como en el maso adormilado que llora las estrellas que heredó en los poblados yaqui, en el cañón donde es preferible arrojarse antes que caer prisioneros que la memoria Vicam enaltece a través de los versos de Juan Manz Alaniz.

Si vivir sin dolor es imposible, que el silencio de la pesadilla se rompa en historias e imágenes, con sus solidaridades y sentires compartidos, para permitirnos saber, como humanidad consciente, que la desaparición no es un destino impostergable. Un futuro de paz también nace de las letras comprometidas con las emociones que regresan cada noche y que con Blanca Pulido deseamos no sean más como los árboles talados, sino como la fortaleza del bosque.

 

Francesca Gargallo Celentani

Ciudad de México, 2 de junio de 2016

Y esto es lo que compartí en mayo en Riverside

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Una experiencia de latinoamericanismo feminista en la academia.

 

Francesca Gargallo Celentani

Riverside, 17 de mayo de 2016

 

Voy a presentarme, aunque no vaya a hablar de mí. Soy una latinoamericanista que, además, es feminista y escritora. Eso es, me ocupo de las ideas de las mujeres de un continente que ha sido colonizado por países ibéricos, España y Portugal, que se ha independizado de la colonia en un periodo más o menos común y que hasta la fecha, a pesar de haber producido pedagogías humanistas, reflexiones ontológicas, epistemologías situadas, literaturas antropológicas, éticas del compromiso político y una plástica innovadora, no ha resuelto problemas fundamentales como: 1) la dependencia económico-ideológica de centros comerciales y financieros que no dudan en expoliar sus territorios, 2) un racismo que toca todos los ámbitos de la vida de las personas y 3) comportamiento misóginos que se justifican en nombre de “tradiciones”.

A estos rasgos característicos nada positivos se asocia hoy una violencia creciente, de crueldad excesiva. Esta violencia crece en los recurrentes periodos de inestabilidad política; en los últimos diez años, se ha convertido en una plaga continental que mata a más de un centenar de personas al día. Además, deja en la impunidad crímenes de feminicidio, tortura, secuestro, desaparición, violación que no es muy claro sin son cometidos por agentes de los estados o por delincuentes, en ocasiones encarnados en las mismas personas.

Sin embargo, en ese mismo continente se generan utopías civilizatorias muy osadas y prácticas de resistencia vital, cultural y ecológica que se sostienen en prácticas indígenas de trabajo colectivo, como el tequio. En la mayoría de los casos, éstas son encabezadas por mujeres. México, para hacer un ejemplo, es a la vez el país de los narcotraficantes más buscados y la nación de Las Patronas, mujeres mestizas veracruzanas que desde hace años preparan y distribuyen personalmente comida que lanzan a las y los migrantes que cruzan el país encaramados en un tren mercantil apodado La Bestia.

Ser una feminista latinoamericanista implica, por lo tanto, un ejercicio de disciplinas humanísticas abiertas, que se hibridan constantemente, para entender las confluencias y diferencias de las acciones de las mujeres y las formas que adquiere la política de la buena vida.

Voy a contarles un trabajo que hicimos en colectivo y que ejemplifica lo innovador que puede ser pensar la historia de las mujeres entre feministas, académicas, escritoras de países y experiencias distintas.

Un par de años antes del segundo centenario del inicio de las luchas de independencia, en 2008, una casa editorial de gran peso me encomendó una antología de los escritos feministas más relevantes para la historia del feminismo latinoamericano. No doy el nombre de la casa editorial porque, a pesar de haber yo entregado casi 1200 páginas de documentos en diciembre de 2009, la antología sigue inédita.

Para realizarla, en un primer momento pensé que debería viajar de país en país, de México a Chile y de Argentina a México –con escalas portuarias en Haití, Cuba y Dominicana- para escarbar bibliotecas públicas, privadas y de fundaciones y grupos feministas.  Me dijeron de inmediato que no había dinero para sufragar un gasto semejante. Luego caí en cuenta de que la casi total producción ideológica y política de las mujeres no blancas del siglo XIX y la primera mitad del XX no está inscrita en literatura alguna, pues eran formalmente analfabetas, aunque productoras de un pensamiento y una cultura que se transmitían y se transmiten por vía oral.[1]

Por ejemplo, a finales del siglo XVIII, los actos de Baraúnda, esposa del líder garífuna Satuyé, una protofeminista negra y caribe, fueron legendarios para su pueblo, pero la memoria de sus ideas y acciones anticolonialistas sólo se encuentra en algunas canciones que las mujeres garífunas cantan todavía en Honduras y Belice.[2] Algo parecido sucede con la historia y las ideas de las comuneras de los movimientos protoindependentistas de Colombia y Paraguay, así como con las mujeres que participaron en los cientos de levantamientos indígenas durante la Colonia, y de los movimientos de Tupac Amaru y Micaela Bastidas y de Tupac Catari y Bartolina Cisa en los Andes,[3] de Atanasio Tzul y Felipa Tzoc[4] entre los quichés de Guatemala y, ya en el siglo XX, de las soldadas y soldaderas de la revolución mexicana[5] y las revolucionarias de los movimientos de Sandino en Nicaragua y de Farabundo Martí en El Salvador: sus historias se transmitieron de boca en boca, convirtiéndose en mitos, canciones, refranes, pero no quedan testimonios de su participación escritos por ellas.

Además la historia “oficial”, la que mantiene los registros y escoge qué es digno de registrarse, hizo un esfuerzo enorme para ocultarlas. En la política subterránea de las exclusiones femeninas hay que interpretar documentos que a los historiadores hombres pasan desapercibidas: desde las cartas que simples ciudadanos dirigieron a las insurgentes afirmando que ellas habían participado en las gestas de Independencia como esposas y no por conciencia política, hasta actos como el realizado por la Secretaría de Guerra y Marina de México que canceló de sus registros, de un plumazo, a las soldadas y oficialas constitucionalistas, zapatistas y villistas el 18 de marzo de 1916. La historia de los hombres parece dirigida a negar la existencia misma de las mujeres.

Para salvar el doble obstáculo de la imposibilidad de viajar y la imposibilidad de recoger diversas ideas feministas del pasado, acudí al principal motor de la reflexión nuestroamericanista[6] y de la episteme feminista, eso es, a la práctica del diálogo de ideas. Diálogo de ideas de México a Argentina, de Venezuela a Honduras y de Brasil a Guatemala,  mediado por el conocimiento académico o por el activismo feminista, a veces capaz de dirimir enfrentamientos latentes debidos a posturas personales frente al significado mismo de lo que es, debe ser, puede ser un feminismo de Nuestra América. En otras palabras, recurrí al tejido de la tradición dialógica de la filosofía latinoamericana alrededor de sus temas recurrentes: la educación, la política y la estética. Necesitaba de otras mujeres para el rescate de los materiales para compilar la antología.

A lo largo de un año, una red de conocidas cruzó e intervino en la reflexión y el trabajo de las afines y de quienes participaron simplemente de un mismo horizonte temporal, compartiendo los sustratos materiales que obligan a las personas a tener intereses por las mismas cosas, aunque sea desde posiciones ideológicas y políticas divergentes.

Fue así que en los textos rescatados para la Antología encontramos que, a caballo entre el siglo XIX y el XX, todas aquellas mujeres que reivindicaban con sus escritos y sus acciones el derecho a ser sí mismas y a explayarse eran feministas, fueran liberales anticlericales o católicas, librepensadoras o moralistas, socialistas, anarquistas o nacionalistas. Igualmente,  nosotras que enfrentamos la tarea de rescatar sus escritos éramos feministas autónomas, académicas, promotoras de políticas públicas, mujeres necesitadas de replantearse su relación con lo masculino, integrantes de pueblos originarios que cuestionan el colonialismo del feminismo académico y lesbianas radicales.

En el Seminario Permanente de Filosofía Nuestroamericana (coordinado por María del Rayo Ramírez Fierro, Rosario Galo Moya, David Gómez y yo desde 2006 hasta 2009), y en el Seminario Recuperando el Sujeto Mujeres: Feminismo y Política en Nuestramérica (que coordinamos desde 2008 hasta 2010 Norma Mogrovejo Aquise, Mariana Berlanga Gayón y yo, en la maestría en Derechos Humanos) de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, fue dialogando que se nos ocurrió implementar una dinámica colectiva para el rescate, el análisis y la presentación de los materiales para la Antología del Pensamiento Feminista Nuestroamericano, a través de redes informales de investigadoras, estudiantes y activistas feministas.

Mediante el correo (postal y virtual) iniciamos la aventura de convocar a las estudiantes, bibliotecarias, investigadoras, maestras y activistas de Centroamérica, Perú, Chile, Colombia, Venezuela, Brasil, el Caribe, Surinam, Ecuador, Argentina, Bolivia.

Único requisito: la pasión por el saber de las mujeres, por la historia de nuestras ideas feministas y por la historia del continente en el que nuestras antepasadas actuaban y pensaban. Esta pasión es un motor insustituible para impulsar cualquiera de las acciones e ideas feministas actuales, pues es de nuestro  pasado que viene la fuerza –y la debilidad- que tenemos en el presente. Es en la historia que aprendemos a reconocernos en las otras y agradecerle sus aportes, sus luchas, sus dudas y sus seguridades. Si no recogemos textos, ideas, proclamas; si no los introducimos en nuestro aprendizaje formal, podríamos quedarnos con el análisis patriarcal de que la sumisión de las mujeres redundó en el aniquilamiento de su pensar el mundo (y pensarse en el mundo) desde sí mismas, con el subsiguiente error de creer que debemos iniciar de cero un camino que es ya difícil de recorrer partiendo desde donde hemos llegado juntas.

Más que de madres simbólicas, buscamos los textos de nuestras autoras, las mujeres-autoridades o mujeres-referencia de nuestro pensamiento continental, nuestras fuentes para la crítica del feminismo entendido como filosofía práctica de las mujeres y nuestras fuentes para ampliar el panorama de lo que es la reflexión y el pensamiento nuestroamericano (que quedaría truncado de valorar únicamente autores masculinos o temáticas determinadas por la experiencia y los intereses de los hombres).

Logramos hacer de esta invitación-petición algo entendible, aunque las mujeres somos fértiles en ideas y cada una de nosotras fantaseó con una antología distinta. Hubo colaboraciones maravillosas, se escribieron y rescataron artículos y textos y aun enteras genealogías de mujeres productoras de la teoría crítica feminista e inteligentísimos ensayos, como el de Irma Saucedo acerca del contradiscurso que puso en tela de juicio la naturalidad de la condición subalterna de la mujer, durante la segunda mitad del siglo XX.[7] Desgraciadamente quedaron excluidos porque no eran precisamente “rescates” de textos históricos escritos por feministas en los siglos XIX y XX, sino reflexiones contemporáneas sobre sus contenidos y alcances.

De cualquier modo, Urania Ungo y Yolanda Marco desde Panamá; Melissa Cardoza, Jessica Isla y Zoila Madrid en Honduras; Marisa Muñoz, Liliana Vela, Estela Fernández y Dora Barrancos en Argentina; Livia Vargas y Alba Carosio en Venezuela; Maya Cu, Gladys Tzul Tzul y Ana Silvia Monzón revisando la historia maya y la historia mestiza y criolla de su común Guatemala; marian pessah, tzusy marimon y clarisse castilhos en Brasil;  Madeleine Pérusse y Norma Mogrovejo en Perú; Pablo Rodríguez y Alejandra Restrepo en Colombia; Ochy Curiel desde su productiva revisión del feminismo de las afrodescendientes del Caribe y de Brasil y Colombia; Yuderkis Espinoza gracias a su nomádica vida intelectual entre Dominicana y Argentina; todas las ecuatorianas involucradas desde México por la chilena Gloria Campos y encabezada en Quito por Maricruz Bustillo, así como Jenny Londoño y Jorge Núñez Sánchez; Gabriela Huerta Tamayo, Alejandro Caamaño Tomás, Claudia Llanos, Concepción Zayas, Rosario Galo Moya, Eli Bartra, Marta Nualart, Sandra Escutia, Eulalia Eligio González y Ana Lau en México; todas y todos se pusieron manos a la obra para ubicar y rescatar textos de escritoras, activistas, maestras, periodistas, campesinas, médicas, artistas, científicas y comuneras que por su compromiso con las mujeres, su libertad y sus derechos, son identificables con la historia del continente por su vocación feminista. Al trabajo de todas ellas, se sumó la paciencia y la entrega de Sandra Escutia, Cecilia Ortega, Eulalia Eligio González, Gabriela Huerta Tamayo y Rosario Galo Moya quienes fueron a identificar fondos especiales en los más diversos archivos, escribieron y presentaron cartas para poder acceder a ellos y una vez obtenidos los permisos correspondientes, transcribieron los textos que leímos juntos y consideramos de importancia para la historia de nuestras ideas feministas.

Si les he contado las formas del gran trabajo de reunir una antología que todavía no ha visto la luz, no es porque sea una anécdota digna de una novela, sino porque prueba la existencia de algo así como una koiné latinoamericana que va más allá del uso del español y el portugués como lenguas coloniales comunes.

Para mi trabajo personal de investigación, además, la antología implicó un momento muy importante, ya que se sitúa entre la redacción de Ideas Feministas Latinoamericanas, una historia de las ideas filosóficas, literaria y políticas producidas por los feminismos continentales desde el siglo XIX, y el trabajo de investigación bibliográfica que me llevaría a buscar el diálogo con las mujeres de diversos pueblos indígenas para reportar sus propias teorías feministas, en ocasiones confrontadas con los postulados de los feminismos urbanos y los postulados de la liberación individual. Ideas feministas latinoamericanas, en efecto, tuvo una primera edición en 2004 y una segunda en 2006 (la de 2014 es una reimpresión) y Feminismos desde Abya Yala fue editado por primera vez en Colombia en 2012. Si el primer libro nació de una urgencia de deslindar la autonomía de las teorías feministas de las políticas públicas y la defensa de los derechos humanos de las mujeres, el segundo respondió a otra exigencia, la de recorrer los difíciles caminos de la superación de la discriminación que los feminismos urbanos ejercen ante los pensamientos y acciones de liberación y buenas vida de las mujeres de pueblos que desconocen, a pesar de convivir con ellos desde hace 500 años.

Para las alumnas y maestras de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, las colegas, amigas y activistas de diversas corrientes del feminismo, participar en la Antología significó hurgar en sus casas, en sus universidades, en las bibliotecas públicas de sus comunidades y en las de sus grupos para reunir la más amplia bibliografía posible acerca del -y desde el- feminismo nuestroamericano para rescatar los aportes teóricos, metodológicos y argumentativos de su pensamiento.

Juntas, hicimos nuestra la idea de la genealogía del pensamiento y la acción feminista, postulada en Chile durante la dictadura por Margarita Pisano. Asumimos que “citar es un hecho político”, como afirma Urania Ungo en Panamá, y presentamos los escritos de mujeres feministas originarias del continente o nacidas en otras latitudes que vivieron y pensaron su feminismo desde Nuestra América. Logramos así presentar un corpus teórico propio de la región. La bibliografía reunida no pretendió ser exhaustiva, sino ofrecer un referente acerca de la cantidad y calidad de los textos necesarios para poder historiar el pensamiento feminista latinoamericano sin tener que recurrir a análisis exteriores para hacerlo.

De ninguna manera quisimos proponer algo así como una “autarquía” bibliográfica; más bien, ofrecimos un instrumento colectivo (la producción de todas) para facilitar pasarnos la palabra entre nosotras mismas. Dada la amplitud de nuestro pensamiento regional, no tuvimos que recurrir a la interpretación euro-estadounidense de la liberación de las mujeres; tampoco reconocernos en una experiencia femenina sesgada por experiencias histórico-epistemológicas determinadas por la colonialidad del saber nuestroamericano; ni porqué recoger enfoques producidos desde percepciones de la realidad sexuada provenientes de la cultura mundial hegemónica. Reunimos textos para construir una herramienta que sirviera a una academia nuestroamericana necesitada de referentes bibliográficos para la actualización del estado de la cuestión feminista en Nuestramérica.

De entrada, descartamos la idea de definir qué textos son “realmente” feministas. En semejante definición se colaría una idea hegemónica de lo que es el feminismo (emancipador o de la liberación, liberal o socialista, progresista, individualista, autónomo, institucional). Simplemente reportamos en la bibliografía los libros que tratan temas de importancia para las mujeres en cuanto mujeres, desde una perspectiva de las mujeres y no de las disciplinas académicas formales.

Si me lo permiten, sólo voy a contarles dos problemas que enfrentamos y resolvimos dialogando.

Con la filósofa del arte Gabriela Huerta Tamayo nos enfrentamos a los “anónimos”, es decir a esos escritos no sabemos si de mujeres –muy probablemente- o de hombres que no los firmaron. A principios del siglo XIX (según una tradición política que acomunaba las libertinas  del siglo XVII y las ilustradas  del XVIII en Europa, con las criollas disidentes de la dominación española en América) muchos anónimos expresaron  ideas sobre la libertad de las mujeres, su derecho al estudio y su igualdad –cuando no superioridad- con los hombres. Algunos de ellos, como un rescatado por la propia Gabriela Huerta, cruzaron el mar de Francia a México y de México a Brasil, en traducciones hechas a propósito para las revistas de mujeres, pues nuestro anónimo artículo se publicó originalmente  en el Journal des femmes. Gymnase littéraire (París, 1832-1837), del que también se tradujeron otros para la Revista de las Señoritas Mejicanas, (imprenta de Vicente García Torres, Ciudad de México, 1811-1894), misma que en ocasiones ¡publicó artículos sobre la natural servidumbre de la mujer!

Definitivamente, la lectura de los textos originales evidencia las contradicciones del discurso sobre las mujeres, que al inicio de su expresión feminista cargaba con todas las rebeliones, y también con todas las anuencias, a la misoginia de la cultura dominante. Los documentos develan que muchas reflexiones del feminismo en América tuvieron una originalidad y radicalidad que el desconocimiento de su historia no permite rescatar.

Según Laura Suárez de la Torre, en “La producción de libros, revistas, periódicos y folletos en el siglo XIX”, entre 1821 y 1855 hubo varios momentos en que se llevó a la práctica la libertad de imprenta pregonada por los ideales de la Independencia, lo cual dio un gran impulso a la producción editorial de toda América Latina.[8] Sin embargo, la mezcla entre falta de tradición periodística y control eclesiástico, como en Chile, o las contradicciones entre liberales y conservadores, como en Argentina, o los gobiernos dictatoriales, cerraban esos procesos, tal como sucedió con Antonio López de Santa Anna en México entre 1853 y 1855, y en varias asonadas militares y de grupos conservadores o liberales en Colombia, Venezuela, Argentina. Es en este clima que hay que leer la aparición de revistas para mujeres editadas por hombres, como El semanario de las señoritas mejicanas, publicado por Vicente García Torres en 1841 y 1842; El presente amistoso dedicado a las señoritas mejicanas, editado por Ignacio Cumplido en 1847, suspendido durante la invasión y expoliación estadounidense a México y vuelto a publicarse en 1851 y 1852; y La semana de la señorita mejicana (1850-1852), de Juan Navarro, responsable en un segundo momento, en 1853, de La Camelia. Semanario de literatura, variedades, moda, etc. Dedicado a las señoritas mejicanas.

Lucrecia Infante Vargas piensa que: “El carácter que define a todas estas publicaciones: recreativo, didáctico y difusor de un prototipo femenino asociado al ámbito de la vida privada se expresa con claridad en uno de los artículos de  El presente amistoso dedicado a las señoritas mejicanas:

Formado el carácter moral de una señorita, con la religión y la virtud, debe adornar sus entendimientos con algunos conocimientos, que aun cuando no sean profundos, sean útiles. Debe huir de dos extremos igualmente desagradables, y son, el de una ignorancia grosera, y el de una vana ostentación de su saber. Aquel proviene de no saber nada, y éste de saber mal, acompañado de un indiscreto deseo de lucir. Una señorita instruida en las primeras letras, con nociones de aritmética, de geografía, de historia y de algún idioma vivo, con una conversación fácil y una modestia genial, encanta a cuantos la tratan”.[9]

 

El segundo problema al que nos enfrentamos con Mariana Berlanga Gayón y María del Rayo Ramírez Fierro fue si debíamos reunir los textos por regiones o por épocas históricas. No era una decisión cualquiera: existe una producción muy dispar de las acciones y las teorías feministas en los países y regiones nuestroamericanas, en la que predominan las criollas, las blancas emigradas y las mestizas urbanas de los países más grandes y ricos (Argentina, México, Brasil). Cierto es que existen esfuerzos tendientes a balancear esta situación: Urania Ungo, Grace Prada y Eugenia Rodríguez Sáenz han impulsado los estudios histórico-filosóficos de la acción y el pensamiento de las mujeres centroamericanas,[10] y existen importantes análisis efectuados en Colombia por investigadoras de la Universidad de Antioquia y de la Universidad Nacional.[11] En Venezuela, el gobierno bolivariano ha apoyado las investigaciones historiográficas de Alba Carosio, quien ha rescatado ideas y prácticas de mujeres muy diversas. Un estudio regional daría razón de estas disparidades y quizá denunciaría que, a la par de lastres como el racismo, los estudios en América arrastran la carga de la mayor importancia otorgada a los hechos y las ideas de las elites económicas y culturales; hechos e ideas que remiten a cierta semejanza con Europa (en el siglo XX, siempre más frecuentemente, con Estados Unidos) y cuya visibilidad es impuesta por el nivel de alfabetización de sus autoras, la riqueza de las elites cultas y el poder del lugar de emisión.

No obstante, la presentación cronológica de los textos escritos o recogidos por las mujeres nuestroamericanas ofrece otras ventajas. Por ejemplo, da idea de cómo ciertas tendencias atravesaban el continente entero, en épocas muy semejantes y con logros casi concomitantes, a pesar de la diversidad de horizontes y situaciones concretas de cada país.

Los primeros escritos que ofrecieron una descripción, acompañada por una denuncia, de la condición de las mujeres mestizas, mulatas e indígenas de América fueron los de la peruana Flora Tristán quien, tras escribir en Lima Peregrinaciones de una paria,[12] volvió en 1834 a París –en donde había nacido de madre francesa y padre peruano- para emprender una campaña a favor de la emancipación de la mujer, los derechos de los trabajadores y en contra de la pena de muerte.

Ahora bien, en Mesoamérica preexistía una poesía escrita por mujeres, como Macuilxochitl, perteneciente a la clase dirigente mexica, que describe la valentía de las mujeres en su sociedad. Después de la Conquista muchas mujeres de los pueblos originarios derrotados se hicieron de los instrumentos legales para testar, como de la voz de los misioneros para dejar un testimonio de su cultura en el momento de una transición dolorosísima a una situación desconocida. Igualmente, mujeres españolas, en escasas ocasiones, ocuparon cargos considerados masculinos por los que tuvieron que escribir, o demandaron para ellas o sus maridos derechos a propiedades, con un afán de reclamo de derechos.

Durante la Colonia, además, existió en México y Perú una escritura femenina que recogía en cartas, panfletos y hojas periodísticas la opinión de las mujeres sobre el matrimonio con un hombre o con Dios, así como recetas, poemas, opiniones acerca de la religión o sobre los cargos administrativos que deberían desempeñar en el caso –maravilloso, para la mayoría de ellas- de quedar viudas siendo ricas y jóvenes. Gracias al trabajo diplomático y paleográfico realizado por Concepción Zayas en el Archivo de Indias, por ejemplo, podemos publicar una carta de una poeta mística poblana de finales del siglo XVI, acusada de herejía, por haber hecho circular en la Nueva España un largo poema de tintes erasmianos.

A mediados del siglo XIX, y con mayor fuerza después de la mitad del siglo, algunas mujeres  blancas y mestizas de alcurnia comenzaron a expresar posiciones discordantes con la educación católica dominante y los ideales de sumisión femenina tradicionales, exponiendo argumentos feministas, es decir, abiertamente favorables a una emancipación de las mujeres, en publicaciones periódicas de señoras, ahora editados por mujeres de la burguesía y ya no por hombres aleccionadores. En Brasil como en México, en Argentina como en Colombia, Uruguay y Perú, redactaron poemas, recetas, y artículos de opinión sobre temas como la patria potestad, la guerra, los sentimientos maternos, el derecho al estudio, la educación, la moral y la libertad, la inteligencia, la sensibilidad y los valores femeninos. Si estas revistas publicaron algunos textos anónimos, en su mayoría recogieron los escritos de señoritas, señoras y viudas fácilmente ubicables en la sociedad de entonces. En Chile, El eco de las señoras de Santiago, de 1865, fue una publicación radicalmente politizada en cuyas páginas algunas escritoras discutieron la ley de tolerancia de cultos; y La Mujer, de 1877, dirigido por Lucrecia Undurraga, abogaba por elevar la condición de las mujeres. En el México republicano, después del Calendario de las Señoritas Megicanas para el año de 1838, de Mariano Galván, aparecieron otras cuatro o cinco publicaciones. Varias de ellas llevaban mensajes feministas, sobre todo en torno a la educación –pocos eran los artículos que abordaban el tema de las mujeres en la política. En Argentina, el Album de Señoritas, pensado, escrito y publicado por la liberal Juana Paula Manso de Noronha, en 1854 afirmaba que “todos mis propósitos serán consagrados á la ilustración de mis compatriotas, y tenderán á un único propósito –Emanciparlas de las preocupaciones torpes y añejas que les prohibían hasta hoy hacer uso de su inteligencia, enagenando su libertad y hasta su conciencia, á autoridades arbitrarias, en oposicion á la naturaleza misma de las cosas, quiero y he de probar que la inteligencia de la muger, lejos de ser un absurdo, ó un defecto, un crímen, ó un desatino, es su mejor adorno, es la verdadera fuente de su virtud…”.[13] Y en el Brasil a caballo entre el Imperio y la República, en 1873, apareció O bello sexo en Minas Gerais, donde se abogaba abiertamente por la educación de las jóvenes de las clases más altas con el fin de que  en caso de orfandad y viudez, no quedaran desamparadas a la merced de hombres que quisieran abusar de su timidez.

Podría seguir hablando por horas de qué escribían en el siglo XIX esas mujeres que nadie recuerda. Encontramos cientos de textos. No quiero que se aturdan, sin embargo. Sólo deseo dejar en claro con este ejemplo que hay una pertinencia de los estudios nuestroamericanos o latinoamericanos, que corresponde a metodologías que son propias de las formas de establecer relaciones entre activistas y académicas. El diálogo de ideas en ocasión de la preparación de la Antología  propició un trabajo colectivo; sin embargo, éste ya era una práctica recurrente en Nuestramérica. Sólo rescatamos para las mujeres una tradición de la filosofía continental. Tampoco fuimos las primeras. Las filósofas y las historiadoras que habían vivenciado los exilios de las décadas de 1970-80, así sortearon los límites económicos y construyeron puentes entre realidades regionales para superar problemas comunes al continente entero.

 

[1] Quizá con el fin de dar permanencia a la voz de las mujeres, las antropólogas feministas, desde tan temprano como la década de 1930, no sólo se ocuparon de reportar la vida, los saberes, la organización y el estatus de las mujeres al interior de las comunidades y culturas que estudiaban, sino que en ocasiones recogieron y transmitieron por escrito las narraciones orales de actoras culturales y sociales de los pueblos originarios de América. Por ejemplo, en 1936, Ruth Underhill publicó “The Autobiography of a Papago Woman” en Memoirs of the American Anthropological Association, n.46, Mensaha, Wisconsin, en la que le prestó la pluma a María Chona quien, de 1931 a 1933, le contó su vida de mujer y sus recuerdos de niña, hija  del jefe Conquián, gobernador de Raíz de Mezquite. Asimismo, en la actualidad, la vida y pensamientos de la feminista qichua Dolores Caguanco Quilo, conocida como Mama Dulu Caguanco, madre del pueblo indio, secretaria general de la primera organización de los pueblos originarios del Ecuador, la Federación Ecuatoriana de Indios, que en los años entre 1930 y 1970 y durante sus 101 años de vida expresó oralmente los conocimientos y los motivos políticos de su lucha por el acceso a una justicia en todos los ámbitos de la vida (la expresión de una justicia indígena y los derechos de las mujeres en su comunidad y sus familias), los conocemos por entrevistas e historias de vida recogidas por Raquel Rodas (Dolores Caguango. Pionera en la lucha por los derechos indígenas, Comisión Permanente de Conmemoraciones Cívica, Quito, 2007).

[2] Garífuna o garínagu es el nombre de las y los caribes negros, una nación descendiente de los caribes autóctonos y de los negros cimarrones de las Antillas, expulsada por los británicos de la isla de Saint Vincent, en las Granadinas, en 1797 y que actualmente vive en Honduras, Belice, Guatemala y Nicaragua.

[3] En el caso de la gesta neo-incaica de 1782-83 se recuerdan los actos y los nombres de varias levantadas, entre ellas las esposas de los dos líderes del Bajo y Alto Perú, organizadoras del avituallamiento de sus tropas: Micaela Bastidas y Bartolina Cisa, ambas ejecutadas por los españoles. De Micaela Bastidas quedan cartas y proclamas; en las escuelas primarias peruanas las maestras y maestros ponen de relieve la importancia de sus consejos, y aun de su insistencia, para que Túpac Amaru se levantara finalmente en armas.

[4] Felipa Tzoc (a veces nombrada como Josefa o como Teresa) es recordada por algunas mujeres quichés de Totonicapán como una verdadera transgresora: al inicio del levantamiento, entró a la parroquia de Santa Cecilia, le quitó la corona a la santa y se la puso en la cabeza para consagrarse como dirigente de los mayas. La historiadora Ana Silvia Monzón me comentó en una carta personal: “He leído breves líneas sobre ella, con el nombre de Felipa Tzoc, en una Historia General de Guatemala donde apuntan que era esposa de Atanasio Tzul y que fueron declarados reyes cuando se alzaron contra los tributos de los españoles en 1820”. En una carta subsiguiente agregó: “Lo que se registra es que la población coronó rey a  Atanasio Tzul indio principal y a Lucas Aguilar, macehual, como Presidente, en uno de los frecuentes alzamientos contra las autoridades coloniales, en el altiplano occidental. Esto fue el 12 de julio de 1820 en Totonicapán”.

[5] Durante toda la revolución se fundaron clubes femeniles y las mujeres realizaron servicios de espionaje y transportaron pertrechos de guerra, se alistaron en la Cruz Roja, fueron alimentadoras y acompañantes de las tropas; además disputaron a los hombres la exclusividad del espacio político de la guerra, empuñaron las armas como soldadas y obtuvieron sus grados y ascensos militares. Quedan muchos nombres de soldadas; más de 300 en un primer momento se vistieron de hombres, luego se entrenaron con faldas y con pantalones; a María Arias Bernal, se le conoció con el apodo de María Pistolas; La Valentina era la soldada Valentina Ramírez, a las órdenes de la coronela Echeverría; la coronela Petra Herrera tuvo a sus órdenes un batallón de mil mujeres; la capitana Carmen Robles después del combate de Iguala fue apodada “La Valiente”;  la coronela Rosa Bobadilla dirigió 168 acciones militares; etcétera. Ver: “La mujer en la revolución”, Publicación mensual de la revista Proceso, Fascículo coleccionable n.3, serie Bi-centenario, México, junio de 2009.

[6] Dudé entre “latinoamericanista” y “nuestroamericanista”, y terminé prefiriendo definirla nuestroamericanista, a pesar del valor histórico que en el siglo XX adquirió la definición de América Latina, porque el “nosotras/os” al remitir a la utopía histórica de Nuestra América pregonada por José Martí, abre el nominativo a los pueblos y culturas que quedan fuera de la raíz lingüística latina, principalmente los pueblos originarios y afrodescendientes, así como a los grupos de migrantes asiáticos, para que se incorporen al “nosotros/as” desde su voluntad de pertenecer a un colectivo incluyente.

[7] Irma Saucedo, “Teoría crítica feminista. Breve genealogía”, mimeo, 2005.

[8] Laura Suárez de la Torre, “La producción de libros, revistas, periódicos y folletos en el siglo XIX”, en Belém Clark de Lara, Elisa Speckman Guerra (editoras), La república de las letras: publicaciones periódicas y otros impresos, UNAM, México, 2005, p. 11.

[9]Lucrecia Infante Vargas, “De lectoras y redactoras. Las publicaciones femeninas en México durante el siglo XIX”, en Belém Clark de Lara y Elisa Speckman Guerra (editoras), La república de las letras: publicaciones periódicas y otros impresos, op.cit.,  p.187.

[10] Cfr. Urania Ungo, Para cambiar la vida: política y pensamiento del feminismo en América Latina, Instituto de la Mujer de la Universidad de Panamá, Panamá, 2000;  Eugenia Rodríguez Sáenz (editora), Entre silencios y voces. Género e Historia en América Central (1750-1990), Editorial de la Universidad de Costa Rica, San José, 1997; Grace Prada Ortiz, Mujeres forjadoras del pensamiento costarricense, Euna, Heredia, 2005.

[11] Por ejemplo: Magdala Velázquez Toro (directora), Las mujeres en la historia de Colombia, dos tomos, Norma, Bogotá, 1995; Iraida Vargas Arenas, Historia, Mujer, Mujeres. Origen y desarrollo histórico de la exclusión social en Venezuela. El caso de los colectivos femeninos, Ministerio para la Economía Popular, Caracas, 2006; Eugenia Rodríguez Sáenz, Entre silencios y voces. Género e historia en América Central (1750-1990), Instituto Nacional de las Mujeres/Universidad de Costa Rica, San José, 2000; Grace Prada Ortiz, Mujeres forjadoras del pensamiento costarricense. Ensayos femeninos y feministas, Euna, Heredia Costa Rica 2005.

[12] La recepción del libro en Perú fue terrible. Su tío, Pío Tristán, lo quemó en la plaza pública de Arequipa, y luego quitó a la escritora la pequeña pensión que se comprometió a darle, tras desconocerla como heredera legítima de su padre. Según Analía Efrón, también era cierto que la censura en Perú tenía su tradición: “La ciudad de Lima había sido asiento de la Santa Inquisición, que prohibía libros y lecturas y en una fecha tan tardía como 1832 asistió a la quema pública de Peregrinaciones de una paria, el libro de Flora Tristán. Como segunda mujer escritora que desafiaba a la ciudad, Juana Manuela Gorriti tuvo que soportar los embates del sector prohibicionista, que, sin embargo, a estas alturas estaba en minoría. Las Peregrinaciones de un alma triste, que Juana Manuela escribió a lo largo de varias décadas en Lima, expresó en el título la continuación del combate femenino contra la censura”, en Analía Efrón, Juana Gorriti. Una biografía íntima, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1998, p. 102.

 

[13] Album de Señoritas. Periódico de Literatura, Modas, Bellas Artes y Teatros, Presentación del primer número por “La Redacción” y firmado Juana Paula Manso de Noronha, N.1, 1 de enero de 1854, pp.1-2.

Para no olvidar el encuentro de estudiantes de historia en Tijuana, va la ponencia: La estética feminista y sus cambios en los últimos 50 años

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La estética feminista y sus cambios en los últimos 50 años

 

Francesca Gargallo Celentani

Tijuana, 20 de abril de 2016

 

En un mundo donde el lenguaje y el nombrar las cosas son poder, el silencio es opresión y violencia

Adrienne Rich

 

 

 

Las y los invito a que consideremos un hecho evidente: que, debido a una construcción sexuada de la sociedad, donde la existencia de mujeres, hombres e intersexuales es considerada la base de la organización económica de la vida, ser mujeres u hombres o intersexuales no es un dato irrelevante para la historia. Y demos un paso más: veamos que en la actualidad la construcción sexuada de la vida sigue siendo desigual.

En la totalidad de las sociedades organizadas por un estado (eso es, pueden haber sociedades organizadas desde nacionalidades no dominantes, por lo general minoritarias, que no responden a esta generalización estructural), la preferencia por los hombres y la construcción ideológica que se les asocia, la masculinidad, son privilegiadas, lo cual provoca que el diseño de la sociedad misma tienda a organizar el bienestar de los hombres y enfoca sobre de ellos la mayor parte de su atención.

Imaginar las finalidades de la vida como logros masculinos, otorgarles responsabilidades que conllevan consensos, reconocerles un lugar privilegiado en las religiones y los deportes, las escuelas y los ejércitos, tiene consecuencias. De ahí que una mujer que descuella en la sociedad o que transforma la percepción social sobre el trabajo y el lugar de las mujeres sea un dato aún más relevante. Es una demostración de que la organización misma de la sociedad es un hecho histórico. Eso es, que puede ser cambiada por las prácticas humanas.

Festejar a las mujeres hacedoras, las que no participan de la masculinidad porque encarnan el 50 por ciento de la humanidad invisibilizada, fue el motivo del rescate de la memoria que la obra The Dinner Party (1974-79) de la artista estadounidense Judy Chicago quiso inaugurar, convirtiéndose en un ícono del arte feminista del siglo XX. Esta obra de escultura, instalación, bordado, grabado y diseño marcó un rescate festivo de la feminidad, organizando un banquete ceremonial, una elaboración colectiva y una afirmación vital de la creación femenil, con sus 39 lugares en la mesa del reconocimiento y sus pisos ilustrados por los 999 nombres de figuras femeninas históricas y mitológicas. Judy Chicago resignificó diosas y mujeres de un pasado que se recordaba de manera dispersa; le dio un lugar simbólico en la memoria colectiva. Conectando a través de la plástica el pasado mítico con el presente histórico, organizó el reconocimiento de las mujeres como sujetas activas y ocasionó una revolución epistémica.

La memoria despierta al sujeto, funda nuevas maneras de comprender. Hace medio siglo el feminismo empezó a rescatar los recuerdos de las mujeres para construir una acción política que se deslindara de la opresión vivida. Las artistas feministas fueron las más activas artífices del quiebre en la continuidad histórica de la sumisión femenina en un sistema de representaciones androfílicas.

Si bien los recuerdos pueden sucumbir bajo la presión del registro y las trampas del reconocimiento, la memoria es capaz de resurgir para validar propuestas políticas y filosóficas. Un ejemplo muy claro de ello ha sido el rescate de la historia de las mujeres y de la historia del arte a partir de las críticas feministas a la memoria masculina. Para Walter Benjamin el pasado se entiende desde la representación y la percepción de espacios que se transmutan a través del arte. Desde esta perspectiva, la relación de la historia de las mujeres con el arte se manifiesta como una relación política: la memoria de su presencia en la reelaboración estética implica proteger el pasado de las mujeres para que se proyecten en el presente. [1]

Sin embargo, la historiografía ha trabajado desde todos sus lugares de validación para esconder la producción creativa de las mujeres en las artes. Los ejemplos de desaparición o subordinación de las mujeres a los hombres se suceden en la historia del arte, de manera que no sólo la presencia sino también la ausencia de una mujer ahí donde debería estar presente tiene relevancia para la historia.

Cuando en 1625 en Palermo moría a los 93 años, Sofonisba Anguissola había pintado sin cesar desde los 15. Hija mayor de una familia de la pequeña nobleza de Cremona, en lo que hoy es el norte de Italia, tuvo cuatro hermanas y un hermano a los que les abrió las puertas de los talleres de su época. Su actividad pictórica era poco habitual, la aristocracia reconocía propias de su clase actividades menos tangibles como la poesía y la música. Pero la pasión de Sofonisba por la pintura fue intensa y secundada por su padre, de modo que pudo viajar en busca de maestros. En Roma fue reconocida por Miguel Ángel y apareció en las Vidas Ejemplares de Giorgio Vasari. No podía cobrar por sus obras, más por su condición de noble que de mujer, pero cambió el sentido del retrato en la pintura, dotándolo de cercanía y afectividad. En sus obras resalta en particular la ternura como sentimiento estético, que aparece gracias a la minuciosidad de ciertos detalles de vida cotidiana.

Coincidió con el duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, entonces comandante en jefe de las fuerzas de Italia, virrey de Nápoles y capitán general de Milán, durante uno de sus viajes a Milán. A través del duque, Felipe II llegó a conocer la obra de Sofonisba y reclamó la presencia de la pintora en la corte más poderosa de la Europa de entonces. No obstante, Sofonisba llegó a España como dama de honor de la tercera esposa de Felipe II,  Isabel de Valois, gran amante de las artes y la música, porque el reconocimiento de una actividad práctica como la pintura no era adecuada para una joven aristócrata. La artista de Cremona permaneció en España catorce años (1559-1573), viajando a Sicilia para casarse con un príncipe Moncada cuando ya tenía 40 años. Pintó a la mayoría de los miembros de la familia real (la reina y el rey, el príncipe don Carlos, las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela) y de la nobleza de corte. La calidad de su obra era tal que siendo ya muy vieja, Anton van Dick fue a buscarla para aprender sus técnicas. Como historiadoras e historiadores lo que debemos preguntarnos ante esto es por qué entonces, durante mucho tiempo, sus obras han sido expuestas en museos bajo el nombre de otros grandes pintores del momento, como Tiziano, Antonio Moro, Antonio Sánchez Coello o Juan Pantoja de la Cruz. ¿Era realmente impensable en la Modernidad europea que una mujer fuera una gran pintora o había una voluntad de borrar la huella, la memoria misma, de la presencia femenina en la artes?

Como dice Griselda Pollock, “el arte es constitutivo de la ideología, no es meramente una ilustración de ella”.[2] ¿Acaso la ideología de la masculinidad se ha organizado evitando el reconocimiento de la capacidad y de la calidad femeninas?

La defensa ideológica de la supuesta superioridad de los hombres ha requerido, en efecto, de todos los instrumentos de la construcción imaginaria y filosófica, entre ellos la historia como disciplina de la memoria.

Otras artistas renacentistas vivieron una negación semejante a la de Sofonisba, mezcla de sexismo y clasismo, desinterés por la pintura femenina y oscurantismo, por ejemplo Lavinia Fontana y Fede Galizia. Fue hasta el barroco que se reconoció a Artemisia Gentileschi, romana, nacida en 1593, hija del pintor Orazio Gentileschi, influido por los claroscuros de Caravaggio y la perspectiva de la escuela de Bolonia. Al ser huérfana de madre desde los doce años, fue educada en el taller del padre y después de 1614 en la Accademia del Disegno de Florencia. A los 17 años produjo el espectacular cuadro Susana y los viejos (1610), hoy en el castillo de Weissenstein en Pommersfelden.  El malestar por el acoso que sufre la joven Susana revelado por la torsión del busto y el gesto de la cara  de la heroína bíblica, su postura sentada y la completa desnudez celada a duras penas por un paño blanco, el brazo tenso rechazando la persecución de los dos viejos que la instan al silencio, evidencian una sensibilidad marcadamente femenina y una diversidad de composición y de estilo con Rubens y sus demás contemporáneos hombres que pintaron el mismo tema bíblico.

Sin embargo, el reconocimiento profesional y la independencia económica Artemisia los lograría después de sufrir una violación y ser traicionada por el padre.

Algunas biógrafas contemporáneas de Artemisia[3] sostienen que a pesar de ser peor pintor que Orazio y ella misma, a los 19 años el padre la puso bajo la instrucción del pintor Agostino Tassi para que profundizara sus estudios sobre la perspectiva. Tassi en ese entonces efectivamente trabajaba con Orazio Gentileschi en la decoración del Casino delle Rose del Palacio Pallavicini Rospigliosi. En 1612, el supuesto maestro violó a Artemisia, siendo descubierto por el padre de la joven. Para que su amigo se calmara prometió casarse con ella, pero Orazio lo denunció ante el Tribunal Papal. Un proceso humillante y doloroso llevó a la joven pintora a ser torturada mediante torsión de los dedos para comprobar la veracidad de su acusación. Se conservan los registros del tribunal sobre el crudo testimonio de la violación presentado por Artemisia. Durante el proceso resultó que Tassi estaba casado y que intentó asesinar a su esposa, a la cual había conseguido también por violación (era recurrente que la víctima de violación fuera obligada a casarse con su victimario). Además cometió incesto con su cuñada e intentó robar unos cuadros de Orazio. Fue condenado por ello al exilio de los Estados Pontificios y a un año de reclusión.

Poco después del juicio, para restablecer su honorabilidad Artemisia se vio obligada a casarse con un pintor menor, Pier Antonio Stiattesi, con el cual viajó a Florencia donde pintó un fuertísimo cuadro de Judith decapitando a Holofernes (1612-13), en el cual se puede leer la determinación de Judith en obtener la salvación a través del asesinato de su enemigo. La amargura y la determinación de Artemisia se revelaron después de que su padre y Agostino Tassi volvieron a trabajar juntos cuando su violador recuperó la libertad.

En Florencia, Artemisia tuvo cuatro hijos y una hija, Prudenzia, que no fueron suficientes para retenerla al lado de su marido. Buscando temas, reconocimiento y un buen mercado, viajó a Roma, donde ingresó en la Accademia dei Desiosi, se desplazó a Venecia, donde adquirió un dominio impresionante en las técnicas de iluminación propias de la escuela pictórica de esa ciudad, finalmente fue a Nápoles, aunque antes pasó un breve periodo en Londres.  La calidad de su pintura fue reconocida y alabada.  A diferencia de las demás pintoras no era una retratista (el Retrato de un gonfaloniere es su único ejemplar de retrato, actualmente en Bolonia) aunque se realizara varios autorretratos, de los cuales uno de sí misma como alegoría de la pintura.

Son muy interesantes sus diversas versiones de la escena mítica de Judith cortándole la cabeza al general asirio Holofernes, entre ellas vale la pena detenerse en Judith con su doncella, que revela más allá de la maestría de sus claroscuros a través de los efectos de la iluminación con velas,  un gesto de solidaridad entre mujeres que rompe las barreras de clase (hoy en el Detroit Institute of Arts). La libertad de interpretación de las conductas femeninas en Artemisia la lleva a representar la capacidad de seducción mediante la rendición en Esther ante Asuero (hoy en Nápoles) y  la fuerza a través de un cuerpo poderoso, casi manierista, en Lucrecia. Tanto en las escenas mitológicas como en las representaciones religiosas, los cuerpos femeninos revelan un conocimiento del deseo y de los límites, así como de la fuerza concreta de las mujeres, impensables en las representaciones de los pintores barrocos hombres.

Sin embargo, después de su fallecimiento en Nápoles durante la epidemia de cólera de 1656, Artemisia fue prácticamente olvidada. Destino de artistas, escritoras, aún de innovadoras políticas, como si en cada generación las mujeres tuvieran que emprender desde cero el camino de su liberación o del registro de su presencia, a través de un muy bien construido “hábito de desmemoria”: una repetida acción de no registro de la presencia e influencia femenina. Apenas en el año de 1916, Roberto Longhi en un ensayo titulado Gentileschi, padre e hija[4] rescata de manera muy cuestionable a Artemisia definiéndola “la única mujer en Italia que alguna vez supo algo sobre pintura, colorido, empaste y otros fundamentos”. Su esposa, Anna Banti, en cambio escribió una cálida y delicada reconstrucción de la vida de Artemisia,[5] insistiendo sobre los efectos psicológicos de la violación y la repercusión que ésta tuvo sobre su obra y su necesidad de imponerse en el mundo. Esta versión adquirió relevancia cuando el movimiento feminista empezó a rescatar las obras de mujeres que pudieran inspirar a escritoras, dramaturgas y cineastas.

En realidad podría decirse que no existió una historia del arte de las mujeres mientras no hubo una afirmación feminista del valor de las mujeres, y por ende de sus acciones, sus trabajos y sus obras, en la historia y un esfuerzo de recuperación de la memoria de las mujeres por las mujeres mismas.

Hace unos 50 años en Europa y América se inició un movimiento político radical que no sólo buscaba la igualdad jurídica de las mujeres con los hombres, sino una afirmación de la historicidad del ser mujeres en condiciones precisas. La definición de feminismo, en efecto, no se resuelve solo en la de teoría y práctica de la liberación de las mujeres. Implica también una historiografía, con todo y su revisión de las fuentes y el estudio crítico de las bibliografías. La historiografía feminista se cuestiona sobre los sujetos de historias particulares, analiza los lugares de acción de las mujeres, la economía de sus vidas y critica la subalternidad a la cual fueron empujadas por los mecanismos de dominación de los hombres como artífices de un sistema que articula los sexos con la ley, la moral con la producción, la estratificación de clases con la discriminación racial, la libertad de movimiento con la violencia.

Esta historiografía no sólo rescató del olvido la presencia de algunas mujeres en la historia del arte, sino que se preguntó por su ausencia. ¿Dónde estaban las pintoras, grabadoras, mezcladoras de colores en un mundo que exigía el silencio de las mujeres? ¿Cuántas hermanas, esposas, madres, hijas, sobrinas de pintores trabajaron gratuita y anónimamente en los talleres de sus parientes masculinos reconocidos?

Acercándose al estudio de figuras más cercanas al presente, reportó cómo las artistas en muchos casos fueron tildadas de locas. A Camille Claudel su hermano y su madre, hipercatólicos, la mandaron recluir para sofocar el escándalo de sus amoríos con su maestro Rodin. Seraphine de Senlis, una campesina pobre que trabajaba como doméstica, fue ridiculizada porque se atrevió a pintar por mandato de la virgen, desafiando con sus técnicas y su calidad autodidacta la estructura de clases de la Francia de principios del siglo XX. Muchas surrealistas fueron encerradas y medicalizadas, entre ellas Leonora Carrington. En Estados Unidos, las familias de casi todas las poetas del movimiento beatnick prefirieron considerarlas locas y encerrarlas, sometiéndolas a tratamientos crueles y dolorosos, antes que aceptar su rebelión ante un sistema de género que las oprimía.

Hace unos cincuenta años, las artistas feministas reivindicaron su vital diferencia y no comparación con los hombres. Louise Bourgeois representó a la madre araña como un ser protector y antipaterno; Georgia O’ Keeffe pintó flores desbordadas de color porque le provocaban emociones sobre el tiempo y el valor de la mirada. A la par, la crítica de arte feminista detectó que cuando un cambio en un arte o una disciplina era desatado por una artista mujer ésta nunca era reconocida como iniciadora de una corriente que se imponía, buscando siempre atribuir la inauguración de una tendencia a una figura masculina.

El caso recién descubierto de la danesa Hilma af Klint, que con sus más de 250 obras a caballo entre los siglos XIX y XX revolucionó el concepto mismo de pintura, introduciendo la abstracción de la forma, la geometricidad del trazos, la monumentalidad de lo simbólico, la sutileza del color para resaltar la emoción de lo oculto y la belleza de la impresión, revela no solo la obediencia a su última voluntad de mantener escondida su producción después de la marginación que vivió por parte de la Academia Sueca de Arte al producirla, sino también el desacato por la influencia que ejerció sobre  sus colegas masculinos. Ni el lituano Ciurlonis con sus pinturas no figurativas de 1904, ni los rusos Vasili Kandinsky, al que se reputa padre del abstraccionismo de tintes esotéricos, y Malevich, supuesto descubridor de la abstracción geométrica y el suprematismo, ni el holandés Piet Mondrian hicieron el menor intento de nombrar a Hilma af Klint, que al parecer conocían, como la primera de ellos.

De manera análoga, en México, donde desde la primera mitad del siglo XX las pintoras se sucedieron en los museos y las galerías, creando una verdadera corriente de pintura femenina de fuertes y poderosos trazos, como lo demuestra que 9 de los fundadores del Salón de la Plástica Mexicana en 1948 eran mujeres, el paso del arte figurativo al abstracto fue dado por la obra de Cordelia Urueta. Esta extraordinaria pintora capitalina, quien en 20 años entre la década de 1940 y la de 1960, pasó de la reproducción de la figura humana a la superación de los detalles y la eliminación de todo lo que consideraba superfluo para la vibración del color, apenas en 2010 fue reconocida como “la gran dama” del arte abstracto en México, pero nunca como su iniciadora o por lo menos como el eslabón indispensable entre la escuela mexicana de pintura y la generación de La Ruptura.

Por supuesto, ella no fue la única en sufrir la disminución de su capacidad innovadora por parte de sus colegas. Experiencias terribles como la carta que Siquieros y Rivera enviaron a la Secretaría de Educación Pública para que María Izquierdo no fuera contratada para pintar el mural del palacio de gobierno de la Ciudad de México pesan enormemente sobre la cabeza de esos dos despreciables patriarcas. En efecto, el 9 de febrero de 1945 María Izquierdo firmó con el jefe del Departamento Central del Distrito Federal, Javier Rojo Gómez, un contrato para pintar al fresco la escalera monumental y los plafones correspondientes del Palacio de Gobierno. Izquierdo levantó los andamios para acometer la obra de 225 metros cuadrados, contrató al químico Andrés Sánchez Flores y al albañil David Barajas, históricos ayudantes de Diego Rivera. El tema para los muros verticales sería “La historia y el desarrollo de la ciudad de México” y en los plafones plasmaría unas alegorías de la Música, el Teatro, la Danza y el Cine. Cuando iba a empezar se le comunicó que la obra no podría realizarse. Rojo Gómez recibió del secretario de educación pública una recomendación de que no se encargara a una mujer una obra tan importante, ya que Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros le había escrito para externar que consideraban excesivo el trabajo para una artista de nula experiencia en el muralismo, que siendo una mujer no resistiría el cansancio de la obra. La artista jalisciense para demostrar que sí podía acometer la empresa pintó en tableros transportables la Música y la Tragedia y en 1954 los depositó en la Basílica de San Juan de los Lagos. Ahí quedaron olvidados hasta que Carmen Marín de Barreda los rescató en 1971 y consignó al Instituto Nacional de Bellas Artes

Desde ese rescate, el arte feminista, las curadurías de las obras de mujeres, las presiones sobre los museos para exponer obras de artistas que utilizan su cuerpo y sus simbólicas para exponer sus sentimientos, experiencias sociales y pensamientos, han minado la histórica resistencia de las escuelas mexicanas de arte a la expresión de la diferencia de las mujeres y su importancia en la constitución de ideologías antipatriarcales. La artista Mónica Mayer no sólo ha recorrido ese camino por más de treinta años, como pionera del performance, reutilizadora de materiales diversos, dibujante e impulsora de actos simbólico-plásticos sobre la maternidad, sino que su obra más reciente es la configuración de un archivo de arte de mujeres en México que lleva a cabo con el colectivo Pinto Mi Raya, que integra junto con Víctor Lerma (su compañero de vida desde hace 41 años).

Videastas, directoras de cine, performanceras en el espacio público urbano, se han unido a las pintoras, grabadoras y escultoras para romper la dicotomía entre sensibilidad y razón en la comprensión de la creatividad. En Guadalajara hoy se debate sobre el trans-arte, es decir un arte que transita hacia la superación de los géneros en la sociedad; en Oaxaca se actúa contra el racismo en la comercialización del arte; en la Ciudad de México las artistas feministas como “artivistas” participan de acciones por la paz que han adquirido un peso político de rebeldía al status quo.

En medio siglo de existencia, la crítica del arte feminista ha transitado del rescate de las mujeres a su construcción como sujetos y como creadoras, exhibiendo el sexismo en los programas y las prácticas académicas que limitaban el conocimiento del arte de las mujeres y el desarrollo de la creatividad de las estudiantes. Las resistencias ideológicas en su contra, sin embargo, son muchas. Hay que individuarlas, estudiarlas y analizarlas como expresiones de conservadurismo ideológico. Ninguna historiadora o historiador del arte podría hoy seguir considerando el manual de Gombrich como una bibliografía válida, precisamente porque no toma en cuenta a la mitad de la humanidad, descartándola de manera esencialista y ahistórica de la producción de arte.

En la actualidad, Eli Bartra estudia cómo superar la clasificación sexista y clasista del arte popular, en particular el producido por mujeres indígenas y negras, y lograr una compresión del arte de las mujeres en su complejidad. Karen Cordero apunta a una crítica del arte constructivista. La imaginería femenina se ha liberado de las imposiciones moralizantes y Patricia Mayayo la estudia desde un posicionamiento político. El análisis histórico feminista del arte de las mujeres deja ver no sólo que la presencia de una mujer es relevante para la historia, sino que las teorías feministas son relevantes para toda la historia de la cultura y las ideas.

 

Bibliografía

Banti, Anna, , Artemisia, SE, Milán,  2015

Benjamin, Walter, Cuadros de un pensamiento, Imago Mundi, Buenos Aires, 1992

Butler, Judith, El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad, Paidós, Barcelona, 2007.

Chicago, Judith, “What is feminist art?”, http://www.judychicago.com/wp-content/uploads/2015/07/what-is-feminist-art.pdf

“Made in California”, http://www.judychicago.com/wp-content/uploads/2015/07/made-in-california.pdf

“Why study Feminism?”, http://www.judychicago.com/wp-content/uploads/2015/07/why-study-feminism.pdf

“Feminist Art”, en el sitio The Art History Modern. Modern Art Insight: http://www.theartstory.org/movement-feminist-art.htm

Longhi, Roberto, Gentileschi. Padre e figlia, Abscondita, Milán, 2011

Mayayo, Patricia, Historias de mujeres, historias del arte. Ediciones Cátedra. Madrid 2003.

Pollock, Griselda, “La heroína y la creación de un canon feminista. Las representaciones de Artemisia Gentileschi de Susana y Judit”, en Karen Cordero e Inda Sáenz (Compiladoras), Crítica feminista en la teoría e historia del arte,, Universidad Iberoamericana – Conaculta, México, 2001

[1] Cfr. Walter Benjamin, Cuadros de un pensamiento, Imago Mundi, Buenos Aires, 1992.

[2]  Griselda Pollock, “La heroína y la creación de un canon feminista. Las representaciones de Artemisia Gentileschi de Susana y Judit”, en Karen Cordero e Inda Sáenz (Compiladoras), Crítica feminista en la teoría e historia del arte, , Universidad Iberoamericana – Conaculta, México, 2001, p.168

[3] Diversas biografías, noveladas y no, de Artemisa Gentileschi han sido editadas a partir del  interés por su obra demostrado por la historia del arte feminista. En español pueden leerse: Anna Banti, Artemisia, Ediciones Cátedra, Madrid, 1992; Rauda Jamis,  Artemisia Gentileschi, Circe Ediciones, Barcelona, 1998; y Alexandra Lapierre, Artemisia (novela) Editorial Planeta, Madrid, 1999, 2000 y 2006. La obra de teatro  Life Without Instruction que Sally Clack escribió en 1988 sobre su vida fue estrenada en el Teatro Plus de Toronto en 1991

[4] Roberto Longhi, Gentileschi. Padre e figlia, Abscondita, Milán, 2011, p.

[5] Anna Banti, Artemisia, SE, Milán,  2015

De mi amigo Juan Antonio Rosado: su opinión de LOS EXTRAÑOS DE LA PLANTA BAJA

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LA OTREDAD DE LA PLANTA BAJA

SEGÚN GIOVANNA LANDOLINA

 

Juan Antonio Rosado*

 

 

Lo extraño, lo extranjero, lo otro, la otredad, lo ajeno, lo distinto… casi siempre resultan ser el enemigo. Tolerarlo implica soportarlo, mas no respetarlo. En unas ocasiones, nos enfrentamos a ello por necesidad; un ejemplo: los viajes. Así se inicia Los extraños de la planta baja, de Francesca Gargallo, quien nos presenta —nombrándolos— a un conjunto de “mentirosos compulsivos”.  La narradora se remonta a la Argentina de 1944, con un microrrelato  sobre el elefante que le ganó el abuelo a un cirquero en una apuesta, texto que funciona como unidad. De repente, leer esta obra es como entrar en una galería donde cada sección aparece como imagen completa, dinámica, que narra cierta secuencia familiar, experiencia interior o urbana, algún ideal no cumplido, o anécdota terrible e impredecible. Quien le otorga unidad a todos los elementos es Giovanna Landolina, la narradora-protagonista y testigo a la vez. El viaje, por consiguiente, se dirige hacia el interior. Introspecciones y retrospecciones recrean dolorosos pasados, muertes en cascada de amigos y conocidos, masacres contra los otros, injusticia… En fin, la gente como enemiga del poder autoritario.

El yo se descubre e interpreta, narra y describe desde su punto de vista, sea producto de la emotividad, de la razón, de la vacua generalización, de la ansiedad, indignación, inquietud o idealización. Lo anterior es común en géneros autobiográficos como memorias o diarios íntimos, donde la primera persona gramatical fortalece la subjetividad, a menudo en detrimento de otros puntos de vista. Se trata, en definitiva, de  una novela monológica e intensa en su profundización del yo, pero también del otro a través de la mirada del yo.

Los temas van desde la violencia de la guerra hasta las actuales guerras calladas y callejeras, o las guerrillas de idealistas, o el peso siniestro del neoliberalismo, o la exhibición de la vida cultural de otros tiempos, con sus personajes mitificados o desmitificados. Francesca Gargallo emplea los recursos descriptivos con mesura, a fin de que sus personajes, atmósferas, secuencias y situaciones encarnen, cobren vida, y no sean como tantos personajes acartonados que son sólo su nombre porque los malos escritores que los trazan justifican su mediocridad o falta de talento diciendo que no describen porque quieren “dejarle todo a la imaginación del lector”, cuando en el fondo revelan su propia carencia de imaginación. Habría que decirles a esos autores que cualquier puede narrar, y que en el Ministerio Público hay excelentes narraciones, pero no cualquiera podría convertirlas en obras de arte literarias. A veces, con pocas pinceladas, con el simple tono y ritmo que implican la sintaxis y el léxico, Gargallo nos muestra un carácter o una imagen tan completa como intensa, que se dirige a los sentidos y dispara emociones. Para ejemplificar lo anterior, cito la siguiente secuencia enumerativa:

Entonces yo olvidé que una semana antes dos policías miserables, de esos de chamarra de cuero negro y lentes oscuros, se habían regodeado al mirar detenidamente mi cara cuando, uno tras otro, abrieron los cajones metálicos que contenían los cadáveres de mendigos aplastados por autos veloces, muchachos asesinados con cuatro perforaciones de bala, albañiles accidentados, víctimas de rituales satánicos, antes de presentarme su cuerpo muerto con una tarjeta atada al dedo gordo del pie izquierdo y abierto en canal por el tajo de la autopsia.

 

El muerto es Simón, uno de los más persistentes objetos de la mirada de Giovanna. Él aparece cerca de la muerte, con sus historias y, sobre todo, con su amistad. También aparece la hondureña Malicia, como le llama Simón, algo desdibujada porque el punto de vista es el de Giovanna. Sin embargo, Malicia conserva el sentido irónico en su —en apariencia—  apelativo alegórico.

La violencia es recurrente, cíclica, incluso en el interior de los personajes, como cuando la protagonista afirma: “Quería morir, porque en realidad quería vivir otra vida”. Ella sufrió miedo por la autoritaria figura paterna, trauma del que no se deshace, a pesar del ritmo del oleaje catártico de palabras y frases que la atrapa y nos atrapa en emociones e ideales truncados. Como se trata de una obra monológica y no polifónica, nada puede reprochársele a esta especie de autobiografía, pero es factible analizar la personalidad de la protagonista, quien llega a interpretar el supuesto código compartido por “todos” los varones: según ella, el respeto de la “común masculinidad”. Este juicio proviene de una deducción emanada de las circunstancias de Giovanna. Siempre somos, como diría el filósofo español, nosotros y nuestras circunstancias. Un ejemplo claro es la siguiente proposición provocativa, y si lo es, se debe a que resulta unilateral e incluso infantil, aunque se haga pasar por general. Cito: “La solidaridad masculina es misógina y se sostiene sobre la necesidad constante de justificar como natural y válida cualquier acción de un hombre”. Bastaría enlistar cierta cantidad de excepciones para derrumbar tal proposición general, y también debe recordarse que el machismo y la misoginia suelen ser impulsados desde la infancia por la propia madre sometida, que es justamente la circunstancia en que vivió la madre de Giovanna. En la realidad no siempre ocurre de esa manera: no todos los hombres padecemos de dicha “solidaridad”. Como dice el refrán: “Cada quien habla como le va en la feria”. El personaje central padece a veces de lo mismo que la mayoría de los críticos: parten de un puñado de casos particulares para sostener una proposición general que, sin embargo, sólo se adecua a dichos casos. Es comprensible dicha actitud de Giovanna contra lo que ella se figura como “lo masculino”, debido a la violencia que sufrió en la infancia por parte de su padre, y al sometimiento de la madre. Lo esencial es que se trata de un personaje convincente, porque la autora le otorgó dimensiones históricas y sicológicas. La interpretación de Giovanna —portadora de la visión general, la que nos otorga el panorama de los hechos— llega al extremo cuando un hombre se enamora de una feminista. Este ser afortunado se abstiene de la complicidad con otros de su mismo sexo sólo por serlos. La visión reduccionista sobre los hombres por parte de la profesora Giovanna es clara y se resume en la frase: “En el fondo todos [los hombres] son como mi padre”. Por fortuna, después matiza su juicio: “casi todos, algunos, en fin, casi ninguno”. Esta última frase aleja a la mujer de la proposición general y la vuelve más humana. La maestra llega también a referirse a “la estupidez” de los compañeros masculinos. Para que dejen de serlo, al parecer deben ser ungidos por la certera e irrefutable inteligencia feminista. Tal es la posición que se infiere tras leer la obra. Hay otra frase significativa: “entre hombres se entienden”. Pero literariamente el personaje es convincente. Predomina su visión; su largo monólogo es centro rector del mundo representado. El gineceo mismo tiene una lectura alegórica: dicho espacio —gobernado por mujeres— implica paz y serenidad, sin importar el hacinamiento. Cito: “El gineceo nos protege de las represalias contra los sindicatos, de los golpes de estado en Honduras, de las masacres de migrantes indocumentados en la frontera México y Estados Unidos”. La palabra gineceo se resignifica y adquiere resonancias de seguridad y placidez: ¿microutopía feminista?

Simón, el único personaje masculino delineado desde diversas ópticas por Giovanna, a pesar de las sonoridades independentistas de su apelativo, resulta física y mentalmente débil; es alcohólico e impulsivo, poco racional, aunque capaz de serlo. Tal vez sólo el abuelo sea el único hombre rescatado, y quizá también el Caderón, aunque lo conocemos poco, pese a que fue narrador relevo en un par de páginas, y pese a que gracias a él conocemos el nombre de la protagonista.

La obra me deja con muchos motivos de reflexión y esto se agradece. Siempre he estado convencido de que debe morir, de una vez por todas, la supremacía de lo masculino, pero sólo en la misma medida en que debe morir (o nunca nacer) la supremacía de todo lo demás. No se trata de sustituir un logos por otro, sino de eliminar el logocentrismo, de dejar a un lado traumas, sean paternales o maternales, y ponerse a trabajar en un humanismo de la otredad, que por supuesto empezaría con una revisión crítica del humanismo tradicional a partir de Erasmo y Moro. En este sentido, para mí no se trata de erigir al feminismo, al indigenismo, al regionalismo o a la postura homosexual en nuevos logos sociales o políticos. Por ello, el humanismo de la otredad se remontaría históricamente al cruel asesinato de Hipatia y a la quema de brujas, pasando por las múltiples persecuciones contra el otro. Este humanismo bebería de las raíces teóricas del jainismo, en particular de la doctrina Anekantebada, que postula la no-violencia y la ausencia de una verdad única, pero también de la filosofía materialista Lokayata, del taoísmo, de Spinoza, Nietzsche, Bataille, Emmanuel Levinas, Karlheinz Deschner, Foucault, Todorov, Enrique Dussel  y la heterología en general; de la historia de la vida privada y de las mujeres; de lo mejor y más lúcido del feminismo, indigenismo, regionalismo, negrismo y marxismo; de Jacques Lacan y Maurice Blanchot; del filósofo y economista bengalí Amartya Sen; de la “ecosofía” o ecología profunda (y no la ecología tradicional, que mantiene la visión antropocéntrica), así como de la filosofía y teología de la liberación, siempre y cuando esta última ni siquiera intente ungirnos con la idea de su dios como logos. Ya basta de logocentrismos. Tampoco me interesa el Sogol que evoca Doufour en su libro Locura y democracia.

Independientemente de las cuestiones sexuales o sexistas, un aspecto esencial de Los extraños de la planta baja es su función crítica, la denuncia contra el machismo, el autoritarismo, la policía protectora de asesinos, la prensa sensacionalista y la misoginia del sistema de justicia. También denuncia el sistema educativo privado, el asesinato de travestis, la discriminación de jotos y la violencia contra marimachas. Es un clamor por la inclusión del otro, de la otredad en un lugar donde —cito— “nadie respeta la abundancia de pocas ahí donde todas no tienen nada”. La experiencia centroamericana, llena de genocidio y catástrofes, constituye una parte fundamental de dicho clamor.

Y más allá de la cuestión sexual, la racial me parece medular y se cifra en la siguiente frase: “Descubrir el racismo que te beneficia es seguramente otra cosa que descubrirlo por la discriminación, pero de todos modos no es placentero para quien lo desea erradicar en todas sus formas”. De esa frase podría salir un ensayo.

La autora plasma la otredad. Más que feminista o indigenista, más que reducirla a eso, yo la quisiera percibir —toda proporción guardada— como percibo a Jorge Icaza, Rosario Castellanos, José María Arguedas, Federico García Lorca, Víctor Jara o Eduardo Galeano, es decir, como a una humanista de la otredad, cuya preocupación no es sólo la condición femenina en una sociedad patriarcal y machista, sino también lo que suele ser el otro en dicha sociedad conservadora, llámese homosexual, travesti, inválido, negro, indígena, mujer, anciano, guerrillero, indigente, judío, ateo, albañil accidentado, palestino, mendigo atropellado, gitano, agnóstico, pobre, perseguido, inmigrante, gaucho o llanero discriminado, y también naturaleza y animales… Rosalba Campra hablaba de los arquetipos de la marginalidad. Algunos sufren violencia familiar; otros, violencia política, religiosa o militar. Todo poder implica violencia, porque sólo así puede mantenerse. Ni feminista ni indigenista ni revolucionaria, sino todo eso al mismo tiempo, resumido en la frase humanista de la otredad, porque el autor de la otredad escribe sobre quienes sufren el poder opresivo o discriminatorio y la violencia que implica, y un hombre puede sufrirlo en manos de una mujer. Un autor de la otredad jamás defendería a un indígena violador sólo por su raza, como tampoco justificaría a una madre que golpea a sus hijos, o a una intransigente “feminazi” sólo porque es mujer. Puede explicar su comportamiento, pero no justificarlo. El término “feminismo” además proviene de femina, palabra despectiva inventada por los primeros cristianos (hombres) para designar a un ser (la mujer) con menos fe (fe-minus) que el hombre. De esa palabra (femina) proviene el español “hembra”, y llegó a sustituir al clásico vocablo “mulier” (mujer), de signo positivo o neutral.

Pero feminismo, indigenismo o negrismo son actividades necesarias en nuestro ámbito, aunque especializadas y a veces reduccionistas. El humanismo de la otredad las contempla y abarca mucho más que los aspectos sexuales, hormonales, traumáticos, raciales, étnicos o de edad. A muchos se nos olvida, además, que el machismo es en gran medida invención de las madres que educan a sus hijos varones de ese modo, para que sean machos. En gran parte se trata de una cuestión cultural, más que hormonal o sexual. También se nos olvida que hay mujeres tan (o incluso más) celosas que muchos hombres, y que también padecen del deseo irrefrenable de controlar al otro. Yo he padecido a mujeres de este tipo. ¿Y quién no recuerda a la Mataviejitas, célebre asesina serial? ¿Quién no recuerda a las hermanitas Valenzuela, conocidas como las Poquianchis, que hicieron trata de blancas durante más de 20 años con la complicidad de las autoridades y con el solo fin de enriquecerse y explayar su sadismo?

Más allá de su tesis feminista, Los extraños de la planta baja nos otorga una visión personal, subjetiva, y allí radica su valor. Es una obra semiautobiográfica en que son identificables diversas situaciones reales; obra que nos muestra un mundo donde es difícil desafiar las “reglas del miedo impuesto”, pero también a una Guatemala como país del eterno genocidio o a los encajuelados “al mejor estilo mexicano”.

Acaso la palabra clave de esta novela sea la palabra “huella”, que sintetiza la continuidad y el cambio. Hay una o muchas historias detrás la huella que deja la narradora, pero su permanencia se nutre del espacio: allí está siempre, recordándonos el tiempo y la persistencia de sus desastres. La huella es la identidad: la huella que alguien imprime en la espalda del asesino, como en la película de Fritz Lang; la huella de los ismos reduccionistas y también de la otredad perenne; la huella de la hondureña Malicia y la del sol; la huella de la violencia y la conciliación.

Para concluir, cito un breve texto que escribí hace ya tiempo, pero que considero pertinente: “Todo tipo de discriminación (contra los ateos o personas de otras religiones en un país de católicos hipócritas que le tienen miedo a lo que sería un orgullo: la excomunión; contra los homosexuales en un país de machos y gays de clóset capaces de darle la espalda a su amante frente a su mujer de adorno; contra los izquierdistas en un reino de recalcitrante y podrida ultraderecha, con cada vez menos oportunidades y una creciente depauperación; contra las mujeres en un país de misóginos que las controlan, suprimen su libertad y las convierten en menores de edad desde que nacen hasta que mueren; contra los minusválidos cuando se les quita espacios y oportunidades, y se les humilla por su condición; contra los drogadictos al confundirlos con negociantes y privarlos de la libertad en lugar de encontrar vías para sacarlos del hoyo; contra los indígenas cuando sólo se admira su pasado prehispánico y se olvida su presente de explotación…). Toda discriminación —como decía— en el fondo no es sino producto del mismo miedo a lo largo de la historia: el miedo al otro, a la otredad, a lo que no somos y no cuadra con la sociedad consumista-cristiana-patriarcal-masculina. EL otro es el enemigo de esa sociedad, y ese miedo siempre lo excluye, lo segrega, lo encarcela y a menudo lo mata, lo suprime de una vez por todas, para que prevalezca una sola visión, y la sociedad  —aparentemente   cohesionada—  pueda   ser   más controlable por el Poder (eclesiástico, político, económico, militar, jurídico, cultural…)”.

Gracias por su atención.

* Narrador y ensayista. Doctor en Letras por la UNAM. Autor de la novela El cerco, del libro de cuentos Las dulzuras del limbo, y de diversos libros de ensayos, entre los cuales cabe mencionar El engaño colorido; Erotismo y misticismo; Bandidos, héroes y corruptos o nunca es bueno robar una miseria; Juego y revolución, y Cómo argumentar. Pronto aparecerán sus libros Avatares literarios en México y Grandezas de Liliput. Fue dos veces becario del Fonca y Premio de ensayo Juan García Ponce. Ha participado en varios proyectos de investigación; el último fue una edición crítica y anotada de Clemencia y El Zarco, de Ignacio Manuel Altamirano.

Plan Campesino con solteras. Novela completa

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Plan campesino con solteras

 

 

 

Francesca Gargallo Celentani

 

 

Para Armín Reimers, el médico de mi salud.

Para mi tía Lía Laganopoulos, la química, que me enseñó el valor del agua y las semillas, de la comunicación y la memoria.

Para mi madre la bióloga, por supuesto.

 

 

 

 

 

Mentira que todos mueren.

Duermen, maduran lentamente.

Sólo hay una verdad sobre la tierra:

la semilla.

 

Enriqueta Ochoa, Bajo el oro pequeño de los trigos

 

 

 

 

 

 

 

No hay experiencia más silenciosa que manejar por la mañana, cuando la luz se asoma al interior de un auto que corre. La noche recién pasada es apenas una sensación pastosa en la boca y los demás tienen la consistencia de los caracteres azules del tablero que brilla fosforescente en la madrugada opaca. 7.09 a.m. 13/6/2001 16° 130kmxh. Medio tanque de gasolina, el radiador y el aceite del motor sin problemas. También es azul la direccional y titila. Las cuatro pasajeras miran hacia adelante, el hombre conduce, ninguna expresión en los rostros, como si nadie estuviera realmente despierto.

Las montañas, el auto, la curvas. Los números en el tablero parpadean. 7.47 13/6/2001 18°.  Al salir de un barranco, aflora el calor y un tono amarillo, enceguecedor, borra el centelleo de las cifras azules. Las curvas siguen sobreviniendo.

Un árbol a la izquierda,  despuntan de un montículo los órganos a la derecha. Finalmente, la recta de tierra roja. Al fondo, la corpulencia del convento de Yanhuitlán. El pie de quien conduce pisa a fondo el acelerador. Los cantos expuestos, inermes, del templo parecen estarle llamando.

Separadas de su mole de piedra por un jardín polvoriento, las demás construcciones de Yanhuitlán se desdibujan en la oxidada llanura. En la plaza, un almacén recibe de la mañana a la noche a hombres tristes y a mujeres de mandil desgastado. Al tercer trago de mezcal, el único pintor de la ciudad espeta ahí algunas palabras acerca de la creación y la vida. Todos saben que, en realidad, el campanero sube a la torre del convento dominico para doblar a mujer, nueve redobles de campana chica y aguda, o a hombre, siete golpes anchos, muertos.

Se estacionan y descienden. La luz presagia el calor a venir. 8.21 13/6/2001 19°. Cada uno de los tres biólogos del Instituto Nacional de la Nutrición presta atención a un detalle distinto: la soledad de las calles, el color rojizo de las piedras, las bardas de órganos.

Leonor Ruiz divisa a un guerrero tallado, custodio solemne de una acequia mucho más antigua que la catedral; su maestra, el rápido escabullirse en la sombra de los habitantes. Santiago Báez, al pisar la tolvanera blanca que recubre la calle, percibe la inutilidad de su vida impecable y siente por vez primera desde que eligió sostenerse según las pautas de una metódica soltería, el deseo de abrazarse a un cuerpo para que le brinde alguna palpitación.

Con ellos van Dafne Castoriadis y Adriana, la nieta de ocho años de la profesora de biología molecular de plantas. No ha llovido. Es junio y no ha llovido. Las cuatro mujeres y el hombre caminan hacia una alargada construcción de adobe que cierra el lado este del jardín. Dos escopetas apoyadas contra la pared del vestíbulo, un AK47 sobre los cuadernos de la mesa de recepción y el desaliño de los guardias atrincherados al resguardo del sol desentonan con el flamante Range Rover estacionado bajo los arcos del patio trasero.

Suben por una herida escalera de mármol blanco. En el muro de apoyo las cicatrices de balas tienen edades distintas. Detrás de una puerta de mezquite, el presidente municipal está manipulando su celular y gruñe unas cuantas palabras al escuchar el llamado de sus nudillos; no es a ellos a quien espera.

Recibe de mano de la maestra Jacinta Vargas la carta que los acredita como investigadores del Instituto Nacional de la Nutrición y se parapeta detrás de una montaña de papeles. Titubea, reacio a recibirlos e incapaz de negarles explícitamente su ayuda. Mira ora la carta, ora la puerta, y hace un gesto irritado al secretario cuando su rostro aparece entre los batientes.

La periodista griega se desplaza hacia la ventana. El secretario le avisa que está prohibido tomar fotos. La apremia con un gesto brusco a retirarse con sus amigos. Entra con ellos al salón del cabildo a tiempo para escuchar al viejo funcionario sacar a palmadas a tres campesinos vestidos de blanco. Perros, piensa; los está sacando del salón como a perros de un corral. De las vigas cuelgan no sabe si bolsas o nidos de oropéndolas.

Tras una espera silenciosa, durante la cual puertas lejanas se abren y se azotan, el  munícipe les llama nuevamente a su oficina. Que lo disculpen, pero no puede moverse: el deber se lo impide. Jacinta Vargas no ha desatendido su laboratorio para que un burócrata de pueblo la eche de su oficina. Se levanta de la silla y apoya ambas manos en el escritorio del presidente.

– Quisiera recordarle que el nuestro es un proyecto de investigación nacional. ¿Sabe usted a qué se enfrenta por no facilitarnos la información sobre granos para la alimentación y la siembra?

Le tiembla la quijada de la rabia; su voz materializa la autoridad. Hasta las piedras parecen enderezarse. Los batientes de una ventana se azotan por el impulso de un aire repentino. El hombre se ancla a su sillón.

 

Al bajar por la escalinata de mármol, el sol en el cenit. Los policías han embrazado sus armas y vestido chalecos antibalas y botas antes de calarse un pasamontaña negro sobre la cara. Manchas oscuras en el fulgor del día.

Muy pocos campesinos se mueven por los parajes secos del pueblo. Los tres biólogos los siguen con la mirada.  La visita al palacio municipal les ha confirmado algunas dudas y ahora se dirigen a los aldeanos como hacia una deidad necesaria. Santiago y Leonor idolatran, en teoría, la vida del campo; para ellos la niña y la periodista, en el mejor de los casos, son testigos invitados.

Con cada lento paso que dan los biólogos, los campesinos se retraen más hacia el silencio. Se escucha el silbido del viento caliente. Los pasos desplazan el polvo. La boca lo mastica. Jacinta chasquea la lengua y pregunta algo. Los hombres del pueblo se encierran en la lengua mixteca para no contestar en español.

Por detrás de la escena hay ojos de niños que la siguen. Parecen no oír, pero corren a referir lo escuchado a sus madres. Cuando el sol parece aplastar las cosas y sus sombras, las mujeres salen a las ventanas y los patios. Siguen con la vista el desfile de esa tropa ajena que va acercándose como mendigos.

Yanhuitlán ha conocido otros tiempos, muchos otros tiempos desde que fue el gran señorío ñu saavi del valle. Los arcos de las verandas, los árboles polvorientos traen a la memoria jardines, vida, carros… Canceles floridos de hierro forjado se sostienen aún en sus goznes. Junto a unos alambres de púas, hay lienzos de piedras grandes y, luego, muros. En la última vía, de una derruida cerca una mujer de pequeña estatura despide rápidamente a su hijo.

Guadalupe Martínez no tiene edad, sólo un vestido estampado bajo el delantal. Las bolsas repletas de cosas le abultan el vientre. Se acerca a Santiago, el hombre del equipo, y empieza a susurrarle, bajito y de lado, balbuceando como si se enfrentara al cura en un confesionario:

– Vinieron hace cuatro días del gobierno y nos recomendaron no hablar con nadie.

Santiago conoce esa mezcla de lenguaje campesino y burocrático. Son las formas aprendidas de dar respuesta a agentes de la iglesia o del estado: las órdenes se acatan, las bendiciones se reparten y la lengua se formaliza en medio de insultos y palabras sin sentido. La verdad está en los gestos.

Guadalupe orienta sus labios hacia las milpas, los frunce e indica con ellos el campo: – De esto, pues…

Calla, esperando un aliciente. Santiago, a su vez, no sabe qué decir. El silencio se vuelve tan espeso que la mujer retoma su confesión.

– Pero yo voy a hablar, porque a mí me da vergüenza lo que ha sucedido.

Dice que le angustia la milpa. Sus mazorcas se han vuelto raras. Todas de granos iguales, redondos, todas de treinta y seis  hileras.

– No resisten la sequía, se chupan refeo.

De repente, se le escapa un sollozo y empieza a hablar llorando. – Y ya no se mantienen buenas de cosecha a cosecha. Y se llenan de gorgojo a los tres meses. Y a su alrededor no crecen quelites ni hierbitas. Y en épocas de lluvia, ni un huitlacoche. Y, y, y…

Guadalupe se seca la nariz con el dorso de la mano. La tierra devastada es a la vez su semblante y su trabajo. Suspira antes de decir que ha oído que allá arriba  – vuelve a levantar la boca y fruncir los labios para indicar un punto vago en el horizonte-, allá en la Sierra, está pasando algo parecido. Pero ellos sí lo han denunciado. Ellos, los innombrables, como los enemigos y las esperanzas.

– ¿Es verdad?

Pregunta retórica; Guadalupe no espera una respuesta para proseguir con su jaculatoria de pecados y explicaciones.

– De haber sabido, no habría sembrado los granos de la tienda del gobierno…  Si alguien me hubiera descreído de que ese maicito no sólo era bien rendidor, eso no habría pasado. El maíz es como nosotros, es nuestra carne. Qué vergüenza, Dios mío, qué vergüenza. En la tienda nos engañaron, lo ofendieron y nosotros no supimos defenderlo. Ay, Dios mío, tan bueno que es el maicito. Dios mío, dejamos que lo humillaran.

 

 

 

 

 

Los biólogos son pésimos sociólogos, Santiago se siente perdido ante esa revelación. La periodista interviene. ¿Podría contarnos más? Algo en esos acentos parece removerle los vagos temores que la han llevado hasta México.

Doña Guadalupe pasito a pasito los conduce hacia una casa de piedra; flores y plantas de adorno cuelgan de las ventanucas y del techo. – Entren, entren. Sírvanse.

Les ofrece tortillas y frijoles. Insiste al punto que cualquier rechazo sería una afrenta. Una vez que los ha sentado a su mesa, les propone llevarlos a la milpa. Con ellos irán sus hijos, dos muchachos fuertes. – Todavía hay luz, verán lo que les digo… Todos asienten, sólo el más pequeño de sus hijos se enconcha cuando Adriana intenta jugar con él.

 

De los ranchos, conforme los ven pasar, salen mujeres gordas, enclenques, viudas de migrantes muertos al intentar cruzar el desierto y las vallas de la frontera norte, viejas que han sufrido golpes en cada borrachera de su hombre. Muchas mujeres solas, algunas más seguras que otras.

– Tuvimos exceso de incultura, ahora no queremos guardarnos la ignorancia- suspira una de ellas, Olga, con el cansancio del trabajo esculpido en el cuerpo. Guadalupe la llama comadre.

El año en que el hielo de diciembre quemó los pocos tallos que habían sobrevivido a la sequía, Olga visitó el cementerio. Se sentó en la tumba de su madre y no se atrevió a hablarle por miedo de que su voz la traicionara. Quería decirle que se iría, que no daba más, que lo dejaría todo. Ya basta de cargar fatigas para nada, para nadie. Pero se quedó sentada tanto tiempo sin proferir palabra que el frío le entumió los dedos. Cuando se masajeó las manos, no pudo soltarse de la tumba de su madre ni abandonar la tierra en que descansaba. Ese año sembró un poco del maíz comprado en la distribuidora nacional de alimentos; no le quedaba un solo grano.

– No fui la única, otros también lo plantaron. Quisimos probar la semilla. Nadie nos dijo que ese maíz no debe sembrarse, porque a nosotros nadie nos dice nada.

Las palabras de Olga provocan pequeños gestos de aprobación. Cada historia es tan semejante a la de su vecina que se las han guardado en el seno como la tristeza por los hijos que se van. Pero de repente llegan unos oídos extraños y esas mujeres silenciosas se apresuran a narrar sus cuitas como si su relato tuviera una urgencia vital. Sus voces rozan la intensidad de un coro de tragedia.

La ronda destapa, denuncia, ratifica que no logran comercializar su maíz blanco. En la tienda encuentran uno a un precio tan bajo que, por momentos, se les quitan las ganas de seguir sembrando. La milpa suave que da quelites en junio y luego, durante seis meses, ejotes, calabazas, espigas, chile y, finalmente, maíz y frijol enlazados, está estirando la pata como la gente, como los motivos para trabajar.

– Yo no sé- levanta finalmente su voz sobre las otras Guadalupe – pero como que al presidente municipal le da alegría que nos muramos de hambre…

Sobreviene el silencio que sigue las confesiones. Solo una voz agrega:

– Y no llueve. Miren el cielo, miren. Junio y ni una nube.

Los biólogos levantan la vista al espacio despejado. Leonor Ruiz recuerda que la traducción de ñuu savi corresponde más o menos a pueblo de las nubes. Ese cielo azul, piensa, ha de serle ajeno.

Cuando Olga retoma la palabra, todas han esperado que alguna lo hiciera. La mujer ha sembrado en la parcela el grano comprado durante varios años. Obtenía una mayor producción y los bichos no se lo comían. Necesitaba más agua, agua que cargaba en cántaros del pueblo a la sementera. Luego se percató de que el maíz estaba raro –bonita la planta, pero los granos no brillaban y eran todos iguales: amarillos y sin sabor. Preguntó por aquí y por allá. Dio por fin con unos serranos que iban a la feria de Huajuapam.

Ellos tienen un laboratorio -dice.

Olga sacude la cabeza para que le crean, sabe que se trata de una cosa enorme: – Un laboratorio de ellos– repite.

Entonces Santiago musita – Sí, lo sé.

Su maestra enarca una ceja.

– En ese laboratorio vieron que el maicito que han cosechado en los últimos años, así como que no es natural aunque nazca de la madre tierra. Y que lo envían a California y que allí le confirman que tiene algo así como… modificaciones.

– Sí, modificaciones dijeron – interviene Guadalupe.

Gestos afirmativos con la cabeza.

– Si nos hubieran avisado que no debíamos sembrar ese maíz, si lo hubieran escrito con letras grandes en las bolsas que distribuyen, esto no estaría sucediendo- vuelve a decir después de un momento Olga.

La voz del coro le hace eco:

– Al maíz esto no se le puede hacer; es como matarnos.

 

 

La oscuridad cubre los sembradíos y las estrellas despuntan en la bóveda. Las campesinas de Yanhuitlán han empujado a los tres biólogos y a la periodista de una milpa a otra. La niña las ha seguido, incapaz de sustraerse al dolor de sus voces. Una fiebre de denuncia posee a las mujeres del pueblo; jalan frente a Jacinta los pelos del elote, rompen sus hojas en la cara de Santiago, prueban la resistencia de los tallos.

Leonor necesita creer que la necesitan. Con sus manos, que pocas veces han trabajado fuera del laboratorio, intenta sentir el calor de la vida subir por los brotes enraizados.

– ¿Cuánto tiempo se tarda en crecer su milpa?, pregunta.

Las mujeres empiezan a confundirse.

– Pues, eso también es raro- dice por fin Guadalupe. – Antes cosechábamos cada nueve meses. Sembrábamos en abril con las primeras lluvias y recogíamos en diciembre, a más tardar en enero. Ahora la mazorca brota cuando el sol está todavía bravo y la quema.

-¿Todas las plantitas crecen al mismo tiempo?- vuelve a preguntar Leonor. – En el camino hemos encontrado mazorcas verdes cuando deberían estar brotando.

Jacinta le sonríe, Santiago da un paso de aprobación hacia su compañera de estudios.

– No. Algunas maduran antes y las otras siguen verdes.

Los investigadores asienten con la cabeza. Nadie los ve.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las mujeres de la mañana emergen de sábanas blancas

Salen plenas de luz del fondo de la sombra

Y llevan una brisa de perfumes

Y de historias cotidianas

 

Yorgos Moleskis, El agua de la memoria

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Otra mañana, principios de mayo. Estaba a tres metros por encima del mar, plano, nuevo como en cada primavera, a punto de que despuntara el alba.

Entonces la ola helada salpicó el pecho de Dafne Castoriadis, mientras una rótula de titanio giraba en su gozne y los batientes de esa cosa con forma de ala de avión que sostenía la vela se cerraban. El catamarán planeaba sobre las aguas a cuarenta nudos por hora. El viento de la velocidad y el gris azulado del aire encarnaban la fiesta de los sentidos, pero ella tenía frío, tenía sueño, se sentía incapaz de cualquier movimiento. En un barco para ganar carreras no hay dónde descansar, y sus fatigados cuarenta y cinco años no deseaban compartir con los muchachos que la rescataron de un bar en Sevilla, el palpitar de la emoción física que los agitaba.

Era una zorra vieja en cuanto a su oficio; detectaba los peligros en el aire y encaraba impávida los acontecimientos más desgarradores. Sin embargo, el vaso de whisky le había temblado en la mano cuando los cinco jóvenes se le acercaron. Levantó los ojos hacia ellos con la bravura de los acorralados. Seis horas antes, un policía de negro había descargado varios golpes de macanas en la cabeza y la espalda de una fotógrafa francesa. Otro guardia había gritado: ¡Ésa, ésa es la puta de los campesinos!, señalándola con su garrote. Cuatro policías más la persiguieron hasta perderla en medio de una multitud atosigada por los gases lacrimógenos.

Había sido una tarde larga y caliente. Hasta hacía muy poco, unas muchachas saltimbanqui bailaban dando vuelta a bolas de fuego; seis jóvenes sobre zancos sostenían una manta; miles de voces coreaban: ¡Otro mundo es posible! Doce campesinos sembraban semillas naturales en un parque. ¡No a los transgénicos, no a los organismos genéticamente modificados, no al salmón frankenstein! Luego la violencia: inesperada, excesiva. Sólo la rapidez del grupo de manifestantes que la rodeó, permitió a Dafne escapar ilesa. El carné de prensa ya no protegía a nadie.

– Tranquila, también somos ecologistas- le dijeron los muchachos en el bar.

Su capitán la había reconocido. Sonrisas, todos hablaban la misma lengua, todos eran muy guapos. Dafne dejó de mirar el fondo ocre de su vaso de whisky como si fuera un pozo secado por el tiempo y las catástrofes. Terminó bailando. Luego se la llevaron a las Baleares; y de ahí, en tres días, de Mallorca a Patras. Días y noches de mar y velas. Para su capitán, Niko Andreakis, ése era el barco del futuro: una esperpéntica red entre dos canoas de cuatro millones de euros. Pura fuerza eólica, fría, limpia. Para Dafne aquello era una pesadilla.

A cada movimiento brusco de ambos cascos, el agua le salpicaba el rostro; los brazos y la piel se le enchinaban. Como Odiseo, se había amarrado del mástil y escuchaba el zumbido del viento y sus recuerdos recientes.

En Sevilla le tocó a ella. Tres meses antes en Toulouse un ejército de policías había descargado su furia contra ecólogos y pacifistas. También en Sacramento y Sídney y Nueva Delhi sus amigos recibieron golpes cada vez más violentos.

Le desesperaba la vastedad del mar a cruzar. Tenía prisa de sentarse a escribir. Esos empresarios y biotecnólogos entusiastas, sordos al reclamo de la realidad del hambre, decían cosas que fascinaban a las revistas de moda, que los alimentos son productos científicos, que la naturaleza ha quedado superada. Sordos a los campesinos furiosos, a los ambientalistas apaleados, las ciudades en paro, los jóvenes sin trabajo, la escandalosa riqueza de los suyos, tan sordos como la rabia sorda que se levanta, masa de pan en una cocina olvidada.

Los muchachos deshicieron el nudo que les permitiría bajar la vela y no estrellarse contra la escollera. Estaban tensos, a merced de la velocidad del viento y de las decisiones de su capitán. Su fuerza mojada se enfrentaba al reto como a una computadora, como a las pesas de su gimnasio, como al éxtasis de su discoteca. Con los músculos dibujados bajo la camiseta empapada de mar y de sudor, de miedo y de gloria, sostenían un cabo. Si uno cedía, los otros perdían las manos. Mil doscientos metros cúbicos de velamen. El peso de la vida en el ángulo de deriva. Finalmente, la maroma en la boa, un enfrenón seco, atracaron.

– Eres la mejor- le dijo Niko Andreakis al abrazarla, rubio, bronceado y vestido de azul.

-No te entiendo, dijo ella. En el muelle, se sostenía de su bolso como de un canasto, asida a una carga en la tierra.

– De veras, eres la mejor; escribe sobre esto: no hemos usado una gota de gasóleo y llegamos más rápido que una lancha del ejército.

– Sí, sí, tu barco es una esperanza- se repuso entonces ella.

Para escaparse de la contundencia de su afirmación, lo abrazó efusivamente y corrió a tomar un taxi.

–  Atenas.

Dada la indicación, se dejó ir en el asiento del Mercedes como en un sillón, durmiéndose al fin.

 

 

Dafne Castoriadis no soñó con su travesía marítima. En sueños atravesaba la tierra reverdecida por las lluvias de abril. Cruzaba por bosques de troncos gruesos y torcidos que llegaban al mar. Y bajo las copas de los olivos, ella sintió las pequeñas hojas apretadas golpearle el rostro. Era placentero y terrible, al principio un recuerdo; y luego, un malestar que nunca había experimentado de niña y que la empujó a estrechar entre los brazos los aceitunos. Fuerte, fuerte como a un abuelo que se queda en la casa, como a un hermano del que te arrancan, “porque el árbol es mío, es mi savia”. Un militar subió por las ramas entre las hojas cada vez más coriáceas. Eran más, muchos soldados más y había gente que lloraba, mujeres vestidas de negro, una familia. Un buldócer tumbó su árbol y ella cayó, cayó.

Nadie se cae en un sueño hasta tocar tierra, dicen que los simios que fuimos perdían el equilibrio en las ramas pero de abatirse al suelo se hubieran muerto. Soñamos el descenso, pero no el porrazo, porque somos los descendientes de los que sobrevivieron a las caídas. Al despertar, Dafne mantuvo los ojos cerrados. El taxista escuchaba las noticias a bajo volumen para no molestarla. Era dueña de una belleza de antigua matrona. Sus hombros anchos estaban cubiertos por una piel suave y aceitunada, que se escapaba del escote torcido del suéter azul. Color de marinera. El hombre ojeaba el asiento trasero, las caderas poderosas y el rostro definido de la mujer. Se sentía compelido a evitar los baches para protegerla, no como a una muñeca, más bien como a la gran señora que, sin saberlo él, se había hecho periodista, una de las pocas enteramente dedicada a cubrir el mundo rural.

Los barcos, el mar cabían apenas en el universo de Dafne. Igual la guerra que andaba por todos lados. Y el rico y desfasado hijo de un armador que la adoptara en Sevilla porque era griega. En un bar: – De manera que eres tú; dicen que no hay otra mejor para escribir de campesinos. Y ella: – No serás amigo de mis hermanos, ¿verdad?

 

 

Dafne intentaba descifrar los cuentos que paso a paso le echaban viejas y niños. Hacía entrevistas y tomaba notas en campiñas y a orillas de los bosques. Preguntaba cosas que hacían suspirar a personas acostumbradas al trabajo y de repente oía narraciones que nadie escuchaba. Por supuesto que después no lograba creerle a ministros, banqueros y directores de la FAO. El trabajo le había brindado noches alumbradas por una lámpara de petróleo y, al reportar, frases épicas de indignación. El periodismo la llevó también a la televisión nacional, donde entrecruzaba las investigaciones sobre el derecho a los policultivos de las culturas campesinas ancestrales con los problemas ecológicos de Europa, que le valieron los títulos de rata anarquista y enemiga del progreso, otorgados por los amigos de sus hermanos.

Despertó del todo.

 

Te hace falta una libra de cinismo, le dijo en una ocasión el director del New York Times.  Dafne sonrió y se cambió de ciudad. Usted es blanca, así que entiende de qué lado le conviene estar, le insinuó en otro momento un joven subsecretario de desarrollo rural de Brasil. También sonrió y echó a andar hasta la frontera con Paraguay y empezó a bajar los ríos del Mato Grosso, las cañadas de selvas desaparecidas, los miles de kilómetros de sembradíos rociados de plaguicidas con su gente adentro, niños que tosen, mujeres guaranís con el bebé cubierto de pústulas en los hombros y la voluntad de no reproducirse en el vientre. Soya, un mar de soya transgénica, un océano con islitas de un maíz tan triste que ni los animales lo comen, maíz para biodiesel, carne para ser quemada. Y de vez en cuando un bosquecillo que no es sino otro cultivo, teca para la industria de los pavimentos de lujo. Durante cinco semanas, devastación adentro, aterrorizada por dormir en cabañas de techos de yerba mala donde el mordisco de una vinchuca inocula el mal de Chagas, por los venenos vertidos en el agua que no tenía cómo dejar de beber, por la lepra de montaña que desde la arena de los campos esterilizados por la sobreproducción ataca los tobillos. Cruzó anchos brazos de agua donde creyó que las pirañas la devorarían. Sollozó desconsolada cuando se le agotaron las pilas, el fuego no se encendió y el rugir de quién sabe qué animal más asustado que ella no la dejó ni dormir ni comer por el pánico. Sin embargo, llegó al fin a un campamento del Movimiento de los Sin Tierra. Algunos campesinos ahí reunidos lucían tan cotidianos y poco heroicos como ella; pero, según todos sus relatos, era infinitamente mejor organizarse en una toma de tierras que volver a vivir con un patrón que se emborrachaba con ellos, cierto, como también era cierto que les dejaba de pagar sin motivo alguno la miseria de salario que les tenía asignado en los campos de soya que según él ya no los necesitaban, que no les permitía irse y que se acostaba con cuanta mujer no deseara morir. Sólo los hombres con poder -aquellos que añoran tenerlo sin límites- pueden creer que todo tiempo pasado fue mejor.

 

 

El taxi cruzó por el canal de Corinto. La ciudad se le vino encima desde orillas del puerto, extendida hasta los tanques de gasolina para los barcos. Un sol tímido amenazaba con estallar una luz invasora. Giraron a la izquierda. Para llegar al centro era indispensable rodear las plazas de la rebelión juvenil. La furia de los despidos, la represión policiaca. Nadie debería actuar creyendo que al quitarle su modo de vida a un pueblo éste se quedará tranquilo.

– A Placa cruzando por  Agya Paraskevi – dijo Dafne; pero el taxista no conocía la ciudad y cientos de estudiantes habían bloqueado la avenida Mesogeion. Escuchó a alguien gritar que la policía en la plaza Syntagma había golpeado a Manolis Glezos. El taxista blasfemó:

– Tiene 90 años nuestro héroe, hijos de puta.

Dafne subió el volumen del radio. Hablaba Mikis Teodorakis: “Estoy a punto de tomar parte en las manifestaciones, junto con Manolis Glezos, el héroe que, en el pasado, arrancó la cruz gamada de la Acrópolis, hecho que marca el comienzo de la resistencia contra Hitler, no sólo en Grecia, sino en toda Europa. Hoy en día, nuestras calles y nuestras plazas serán inundadas con cientos de miles de ciudadanos que van a demostrar su ira contra el gobierno”.

– Defendidos por viejitos, eso es; sólo los viejos saben qué está pasando, insistió el taxista.

Mundo de mierda, pensó Dafne ordenando que acelerara por la subida de la calle Patission para salvar al taxi y al taxista de las molotov: – A su izquierda, rápido.

Luego los callejones de Plaka, aparejados para los turistas como una mesa de boda repetitiva y triste La calma chata de la ignorancia que acompaña el viaje organizado. Dafne guió el taxista por las calles del centro hasta dar con la suya, tranquila, con un arbolito, a pesar de las terrazas de los cafés y los coches estacionados en doble fila.

Por las escaleras, le dolían los hombros. Por suerte no había vecinos a la vista. Cada vez que regresaba a su casa sola, por muy excitante que hubiese sido la calle, volvía a sentir  que el futuro era una mortecina vida sin esperanza, millones de sinsentidos y de furia, de adolescentes que matan a su madre para cobrar el seguro de vida y se convierten en vecinos bulliciosos que preguntan, en el descanso de la escalera, cómo te fue.

Me he convertido en una vieja amargada, se dijo metiendo la llave en la chapa. Sacudió la cabeza: el futuro, carajo, su futuro. Cuando caía en reflexiones circulares, en ese punto preciso del conflicto de su vida, Dafne suspiraba. El futuro. Otra cosa había sido antes. Ahora pensaba en él como en una próxima artritis, fatiga, terror al Alzheimer.

Se dejó caer en el sofá; había abandonado la maleta a un costado de la puerta. Miró sus cuadros uno a uno, sus tesoros. Los había arrastrado de una ciudad a otra hasta volver a instalarse en el corazón de su Atenas. La ciudad que la salvaba de Europa. Caótica, caliente. Y tan familiar como la crema de leche con canela.

Sus cuadros la miraron cada uno con su recuerdo, desde su lugar escogido. Paredes cuyo encalado se veía vivificado por el negro de un cuervo de humo y carbón sobre el fondo al óleo azul con rayas doradas de un cielo nocturno y nórdico; su propio retrato al carboncillo; una pareja gigante, la mujer con alas de polilla, el aire blanco, las siluetas verdes, brindando con conos de volcanes entre agaves.

El gusto se forma a lo largo de los años gracias a la libertad de juicio, le había dicho en una ocasión un crítico de arte al que ella había invitado a tomar una copa después de la cena. Cerró los ojos. El crítico había resultado un fracaso. El sofá, bajo su peso, era mullido; las duelas de madera, con olor a viejo. De noche crujían. Su departamento era un refugio al que siempre quiso renunciar; no tener nada, ser libre de apegos y evocaciones, pero al que volvía con un objeto más, un canasto de Somalia, un arcón español, una olla naranja de esa Mixteca mexicana donde a cada paso sentía latir en la tierra dos mil años de trabajo en barro.

El futuro era volver una y otra vez a ese hogar abrasador en verano, sola como una prófuga, sin motivos para levantarse de su jergón por la mañana. Sola como quien debe inventar cualquier tarea para sentirse viva. Sola como un atleta perdedor en un estadio vacío, como un soldado invasor.

Pensó en los hijos de sus hermanos. No los conocía, nunca siquiera se había cruzado con ellos en la calle. Se los imaginaba según la idea deformada de los hijos de ricos que había construido sobre el recuerdo de su infancia. Sobrinos hermosos, sin derecho de opinión ni libertad alguna. Ya educados a no expresar sus sentimientos, a decir ¡hola tía! como si no les dolieran las muelas o no tuvieran ganas de un chapuzón en el mar fresco que los esperaba a la vuelta del jardín. Niños incapaces hasta de reconocer su propia tristeza. Pero niños al fin, a lo mejor habitados por esperanzas y sueños que llegarían como su hijo de armador a dirigir un barco creyendo que éste es la salvación de la humanidad.

Bello el tal Niko: rubio y, sin embargo, moreno. Perfecto. Perfectamente estúpido. Como un sobrino que apareciera de repente.

Por asociación pasó de los sobrinos a los ecologistas, sus nuevos héroes, y de éstos al recuerdo de su primer amante, en el primer paso de un huir constante hacia lo más lejos de su origen. Ya la dispersión de su mente no tenía freno, sus ideas iban al galope en un caballo desbocado.

 

 

Las mujeres del sur no saben tomar decisiones, le dijo veintisiete años atrás el alemán. Ella sonrió: su forma de asentir y disentir. La sonrisa agrada. Pocas palabras con una sonrisa en la boca: el consejo supremo que su abuela dispensó a todas sus nietas. Así se atrapan a los hombres… así se sienten halagados.

Y si Dafne prefería un restaurante italiano o uno turco, a ella,  quien consideraba la mesa como el lugar de las rencillas, la pérdida de tiempo y las indigestiones, le pareció una pregunta insufrible, a la que no convenía otorgarle más tiempo que un me da igual. Recordó que le molestaba tomar decisiones, la obligaban a desechar y a escoger lo que quizá no convenía, lo ofensor, lo inapropiado. Sonrió nuevamente mientras la respiración se le entrecortaba. El alemán tampoco tomaba decisiones. Demasiado cortés él también. O crítico. O racista: Ustedes, las del sur.

En lugar de tragar duro y hablar, en lugar de poderse dar cuenta de que esa molestia que por momentos se teñía de miedo era cosa del pasado, de cuando las reprimendas de su madre si sus gustos no coincidían, de cuando las bofetadas de su padre, en lugar de todo eso sólo vivió el recuerdo de un general francés, duro, formal e infeliz, que le confesó a su abuela cómo su madre lo había educado desde la primera infancia a comer lo que no le gustaba. Día tras día en su plato se sucedieron sabores aborrecidos, texturas abominables, grasas vomitivas, hasta que la tortura se extinguió y él pudo no sentir nada, sólo su propio deglutir. Cuando se retiró del servicio, a los sesenta y cinco años, pactó unas vacaciones separadas con su esposa, rentó una cabaña en Guyana, se tendió en una hamaca y se dejó morir de inanición, finalmente feliz.

Entonces ella miró al alemán con los ojos secos y la boca cerrada. Se dijo a sí misma que fue una niña enferma de comer, de aquéllas cuya voluntad se quebró también a lo largo de quince larguísimos años con una sola orden perentoria: ¡Come! Pero ella no sabía nada de ese Georg. Había escuchado de boca de la única escritora suiza que llegó a dar una conferencia en su colegio que su abuelo había sido regalado a una campesina rica para que lo hiciera trabajar a cambio de techo y comida. ¿Y si ella era una niña rica del sur y él, un pobre niño del norte? La historia al revés. A lo mejor el alemán tenía hambre, un hambre de siglos, un hambre de campesino amordazado por la nieve, la noche, el aullido del viento.

Me da igual lo que quieras comer, amigo mío, porque de todas formas yo odio sentarme a la mesa para que me sirvan lo que no apetezco. Sólo me gustan las alubias y el chocolate, y eso es algo que no está en los menús italianos y turcos. En realidad no lo dijo; sólo sonrió. Todavía –y durante mucho tiempo más- no podría decir la verdad.

El alemán siguió con sus cavilaciones sobre los motivos que privaban a las mujeres del sur de su capacidad de decisión: padres omnipresentes, sexualidad reprimida, escasez monetaria… Era molesto, un mosquito sabihondo; no obstante, seguía teniendo la gracia de las caras llanas de los hombres del norte, tan sin malicia. Era una elegante niña del sur destinada al matrimonio. Georg tenía razón en eso. No sabía cuánta. Pero no se había escapado el día antes de su boda. Faltaba el pretendiente adecuado y Dafne decidió no esperarlo: tomó el tren.

La grandilocuencia del alemán era imparable:

– Decidir es el único acto que nos revela la libertad, porque la libertad no existe en sí, sólo es cuando un ser humano la hace ser.

Gracias, Georg, quiso decirle Dafne. Sus palabras, pronunciadas con un aire docto, ridículo, de muchacho que quiere sentirse hombre, a ella se le convirtieron en ese mismo instante en la consigna que sostendría sus acciones. Y gracias porque, mientras las pronunciaba, pasó el brazo por encima de su hombro y la hizo sentir, a pesar suyo, inmediatamente protegida.

A la vuelta de la esquina apareció un restaurante. Odiaba más que a todas las demás la cocina española, su pescado omnipresente y hediondo, sus verduras demasiado cocidas, sus inevitables carnes de puerco ahogadas en tres dedos de aceite de oliva frito. Odiaba la carne de puerco, odiaba todas las carnes menos el cordero. Pero el alemán la cobijaba y dirigía con su brazo, le hablaba, le caía bien. Dafne lo escuchaba para sentirse en su aquí y ahora. Como lo hizo cuatro días antes, cuando el tren se paró en medio del campo italiano por una huelga. Entonces escuchó al muchacho rubio que, alelado, miraba la perfecta simetría de los cipreses que recortaban las colinas sembradas de viñedos, decir a otro vecino del compartimiento que iba a Sevilla. Dichos: la cultura de una niña bien se cifra en la estulticia de los refranes, rimas que le han enseñado a falta de conocimientos: Sevilla-maravilla.

– ¿Puedo acompañarte?- preguntó entonces.

– Sólo si tienes el dinero suficiente.

– No he matado a mi abuelita, pero he roto su alcancía.

No se rió como todos sus conocidos por la referencia a la necesidad de heredar. Dafne lo adoró.

Se sentaron a la mesa. Era temprano para España, pero el alemán sentía hambre a las doce y media precisas, y sólo para agradar a su nueva amiga se esperaba media hora antes de preguntarle qué quería comer. Tus pasos, le dijo Dafne el primer día. Georg entendió que tenían muchas dificultades para comunicar al cruzar tres idiomas: el suyo, el griego de Dafne y el español que usaban como lengua franca.

Frente a ellos, un mesero mal encarado acababa de ponerse el saco negro de servicio. Hacía calor. Zumbaban un par de moscas. Georg esperaba que Dafne terminara de ordenar. Ella desde la mañana estaba ansiosa. Una ansiedad de nada, sólo una desesperación por un sentir innombrable, un deseo sin objeto que le cortaba la respiración. No se sentía atenta con su compañero de viaje.

– Pide algo- dijo el alemán.

– Un café y una natilla- solicitó entonces.

Había leído la palabra en una novela colombiana. Natilla: un término flotante pero denso, ligero y no obstante pesado.

– Esto no es una cafetería, joder.

La voz del mesero se había levantado unos decibeles por encima de la decencia. El hombre se balanceaba sobre sus piernas. Obviamente su trabajo no le gustaba. Dafne lo miró con irritación.

– La natilla está en la carta- insistió.

– ¿Es que no va a comer nada?- La voz del mesero subió nuevamente de tono.

– Las natillas se comen.

– La gracia que me hace trabajar por un duro.

– ¿Y por qué putas me has de gritar?- bramó entonces Dafne con una voz de rabia que se desconocía a sí misma.

– No levante la voz.

– Yo levanto lo que se me viene en gana.

Subió el plato por encima de su cabeza y lo estrelló al piso. Salió dejando a los dos hombres con la boca abierta y su bolsa, con su pasaporte y su dinero, en el respaldo de la silla de Georg.

Desde la madrugada siguiente, caminaría por tres semanas, pero esa tarde se quedó dando vueltas por Sevilla. Luego, como los maleantes de poca monta, nunca entraría en las ciudades. Las veía desde lejos y empezaba a rodearlas. Si entonces se topaba con una autopista se sentía perdida. Toda la vida, las autopistas seguirían produciéndole esa misma sensación de desperdicio y desdén. La imposición de lo brutalmente nuevo sobre la vida, la antigua vida que late y puede morir bajo seis carriles de asfalto. Tampoco sabía si irse a la derecha o a la izquierda para encontrar un puente por dónde cruzar y el esfuerzo de tomar esa decisión la agotaba hasta obligarla a dormirse bajo un árbol. Se figuraba que iba rumbo al norte, porque hacia el sur ya habría encontrado el mar. De todas formas no iba a ninguna parte, sólo iba.

Georg la encontró antes de que saliera de Sevilla. La honestidad es una virtud nórdica; por ello, no pudo quedarse con sus cosas. Y la curiosidad por esa mujer de color aceitunado, suave y, sin embargo, resuelta como un condenado a muerte, se le había metido bajo la piel: indiscreción, atracción creciente o una brutal necesidad de serle al mismo tiempo leal y de que ella le pidiera una disculpa. Por eso no pudo entregar su bolso a la policía.

La halló recién bañada. Dafne conservaba esa forma de caminar y mirar de las niñas de buena familia por la cual ningún portero de un club se atrevería a pedirle la credencial de socia. Así se había deslizado en las regaderas del gimnasio de la sociedad de polo. Tras una larga ducha fría, se arregló la ropa con las manos y se peinó. En la terraza del bar, pidió un gin and tonic a un mesero afable, y sonrió a dos señoras que le devolvieron el saludo intentando recordar dónde la habían conocido.

Por la noche, se sentó en las gradas de una fuente de mármol; en el aire cobraba aliento un perfume de jazmín, y la brisa erizaba la superficie plana de un espejo de agua. Sintió llegar a Georg sin necesidad de darse la vuelta.  La discreción es otra virtud del norte, fue Dafne quien lo increpó:

– ¿Qué quieres saber?

En esa ocasión Georg respondió como ella:

– Lo que quieras decirme.

Él habló más que la mujer. Ella tenía un hambre de saber infinita. ¿Cómo se vive con un salario? Pues, si lo tienes no tan mal. Pero ¿cómo? Pues, como todos. ¿Todos? Ay, amigo mío, yo vengo de un mundo donde el dinero o se hereda o se hurta o se obtiene vendiendo. Primero las sobras, departamentos en barrios pobres, una hectárea reseca, luego poco a poco todo, tu hija, tu finca, tu honor, pero trabajar… ah, eso no, eso no es para la gente decente. Georg la miraba con los ojos abiertos; empezó a admirarla, a amarla, a compadecerla. Dafne se guardó casi todos los ejemplos en el pecho; eran tantos y, a la vez, tan poca cosa para entender. Lo fue abrazando. Desde afuera hasta adentro.

Más noche, Georg le preguntó por qué no le había dicho que era virgen, que él no podía imaginárselo. Dafne quiso preguntarle por qué no podía, pero sólo sonrió y dijo que no tenía la menor importancia. Cuando la luna hubo terminado de cruzar la bóveda celeste y la oscuridad se hizo densa, despertó con la idea de inscribirse en la universidad y buscar trabajo. El alemán roncaba suavemente, como un gato que ronronea. Su barbarie rubia se veía hermosa en la vulnerabilidad del sueño; sus manos fuertes agarraban la almohada como Odiseo tuvo que aferrarse al talle de Nausica, a la vez necesitado, inerme y satisfecho. Dafne cerró sus ojos frente a tanta belleza. Estuvo a punto de besarlo. Se vistió con prisa y, para no hacer ruido al salir, dejó la puerta abierta.

 

 

 

 

 

 

 

En la noche caliente de mayo, el murmullo de los bares presagiaba el verano. Dafne se durmió recordando cómo había sido joven. No quería tener nostalgias, no podía. Ahora los trenes habían sido descontinuados y los alemanes se habían convertido en inversionistas o en acontecimientos banales. Sevilla misma le parecía uno más de los lugares de la represión y los barcos del futuro, demasiado incómodos.

El teléfono timbró. Jacinta Vargas llamaba desde México, a ocho horas de huso horario, a años luz de sus recuerdos. En la meseta mexicana, las sombras envolvían los ruidos de la gran urbe, mientras infiltrándose por los postigos el sol en Atenas se reflejaba de pared encalada en pared encalada hasta dar con los ojos de Dafne.

La periodista amaba a esa bióloga de casi setenta años, que crió a cinco hijos mientras estudiaba y que aún podía caminar sin quejarse, con su mochila al hombro. Era su admiración. De ser yo más joven, se decía a veces, me enamoraría de esa mujer. El juego verbal que tenía con su propia edad era una manera de alejar lo que más temía y no podía remediar: el paso del tiempo, la inmortal superioridad de Cronos.

Dafne en su infancia había sido programada contra todo apasionamiento. No tener intereses verdaderos o amores profundos es una condición indispensable para la vida aristocrática, pues la insistencia en un atractivo despierta la inteligencia y ésta reorganiza siempre los valores. Habían fracasado con ella, por cierto. Pero la desidia, una especie de indolencia del alma, retenía a veces a Dafne. En el campo del amor, más que casta, era una mujer floja. Le daba pereza tanto desvestirse como enamorarse, y miraba desde lejos todas las formas del afecto, sin condenar ni escoger ninguna. A veces algún hombre la excitaba; entonces ella lo gozaba, contenta pero ajena a la situación. Si él se mostraba demasiado atento, Dafne prefería cortar.

Con diversos ecologistas, le sucedía algo similar. Se sentía muy a gusto en sus casas, rodeada de cultivos orgánicos y aparatos caseros para reciclar el agua. Jugaba con sus hijos ignorantes de la televisión y el fast food. Pero no pertenecía a la banda. Se dormía leyendo sin culpas por el consumo de energía eléctrica y llevaba repelente contra los moscos al campo.

Vargas era especial, una científica que no creía sólo en la productividad de las semillas. Dafne la conoció a inicios de las investigaciones genómicas, quince años atrás. En ese entonces la bióloga torcía la nariz frente a la promesa de un jitomate que ayudara a retrasar el proceso de envejecimiento, un tabaco anticaries y las papas dietéticas. ¿Y qué nos producirán a cambio?, preguntaba en 1985 Jacinta a sus colegas.

Pinche vieja tan cerrada, sacudían ellos sus cabezas, exasperados. Odiaban tener que explicar su trabajo. Con tono de hombre cuerdo frente a una idiota, midiendo cada sílaba, repitieron en coro que ningún alimento es totalmente balanceado. Y se santiguaron frente a Santa Ciencia porque ella se negó a reconocer que la biotecnología era una herramienta muy poderosa para promover el abasto alimentario mundial. Entonces Jacinta apretó los labios: – No me han contestado. Y decidió seguir investigando, a veces dentro y a veces fuera de su laboratorio, la viabilidad del consumo de transgénicos.

 

Las dos mujeres no se veían desde el verano anterior y Dafne no esperaba una llamada intercontinental de cortesía. Había estado registrando las consecuencias de la transformación de Andalucía en una tierra cubierta por viveros plásticos que impedían la absorción de la humedad por el suelo. Además intuía vagamente que el uso de agua potable para el riego podía estar relacionado con la disminución del régimen de lluvias y de la jugosidad de las uvas. En diez años la producción de uvas orgánicas para vino había bajado en un treinta por ciento. Mientras investigaba el fenómeno, decidió apoyar la marcha de los ambientalistas de Sevilla. Quizá sólo por ello estaba ya de regreso en casa.

La obsesión por el agua de los cultivos era como una firma oculta en sus reportajes. Jacinta Vargas conocía esa preferencia.

– Tú entiendes bien lo que es el desplazamiento de una especie- afirmó por ello.

– Sí- contestó Dafne.

Entonces Jacinta carraspeó y dejó caer su as en la manga:

– Pues, esta vez contaminará los ríos.

Dafne esbozó una sonrisa.

– ¿Dijiste la palabra mágica?- bromeó.

Del otro lado del teléfono, la vieja bióloga se sonrojó. Incapaz de disculparse por el intento de manipulación, abrumó a su amiga con una perorata. Le contó de las gotas de lluvia que fertilizan una tierra de millones de kilómetros cuadrados quemados por el sol y el viento, de los torrentes secos, de los ríos que se desbordan. Le habló de la desertificación que avanza, de las nuevas tormentas que nacen en el mar y sobre la tierra de bosques talados arrasan con todo, de los árboles que mueren de un ventarrón en la montaña y quedan con las raíces al aire y la copa verde en el suelo, aplastando los retoños. Pasó al millón y medio de productores que en México heredaron de sus abuelos siete mil años de sabiduría acerca de cómo seleccionar las semillas para la próxima siembra, que saben el destino que cada grano de maíz merece, que conocen los suelos y dialogan con las nubes.

La ansiedad le cortó dolorosamente la respiración. Tenía los ojos húmedos cuando dijo que las trasnacionales de la industria del agro se niegan a pasar información acerca del uso de tecnologías biológicas.

– Entiéndeme, Dafne, el maíz transgénico está contaminando las tierras de cultivo de los maíces tradicionales, cincuenta razas y cientos de variedades y colores en México, una por cada tipo de suelo, clima y régimen de lluvia.

Jacinta las recordaba desde niña. En las fiestas de cosecha su padre le ofrecía los ricos granos morados, negros, blancos, amarillos, naranjas, rojos de los elotes, y cada uno tenía un sabor particular, una textura y un tamaño distintos. Pensó en un mundo de maíces amarillos, todos iguales, largos e insípidos, y de la tristeza hipó.

– De acuerdo- dijo Dafne. – ¿Yo qué tengo que ver?

Jacinta se tardó en contestar.

– No logramos poner sobre aviso a la gente. No sé darme a entender.

Dafne acusó la falsa modestia de la bióloga.

– ¿No?

– Tampoco escuchan a mis colegas de Guatemala, de Honduras y Colombia.

– ¿Puro tercer mundo?

– Los porcicultores del sur de Estados Unidos han descubierto que cuando sus animales se nutren de maíz transgénico tienden a los embarazos ficticios.

– ¿Y en los seres humanos?-  preguntó Dafne exasperada.

– Se gastan millones para ocultar los datos.

Dafne se retorció en el sofá.

– Los lectores están acostumbrados a niños descuartizados por bombas inteligentes, así que contarles el drama de las chanchas histéricas no logrará mover a las masas contra los peligros de las biotecnologías.

Jacinta la había desacomodado. Estaba en su sillón, carajo. Se lamía las heridas. Soñoleaba sobre  compuestas amarillas, chiribitas de mil rostros que se abren al sol y la lluvia en septiembre, girasoles, manzanillas, margaritas. Carajo. Prefería dormitar que sentirse conminada a escribir sobre lo que incrementaría su condición de inadaptada.

 

 

 

Jacinta no era la primera en pedirle ayuda acerca de la difusión de los peligros que corría el agro por causa del uso de semillas modificadas. Durante el coctel de inauguración de la Cumbre de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sustentable, se había peleado con el representante inglés del World Wildlife Found cuando le había recomendado que no se preocupara.

– La única amenaza a la biodiversidad es la destrucción de los bosques- agregó el hombre. – Los incendios forestales en Brasil son provocados por los campesinos para ganarle terreno a la selva.

Ella sintió que un enfado feroz le rugía en el pecho.

– Terratenientes y ganaderos- lo corrigió. – Soya transgénica para el mercado y pastos para sus rebaños. Son enemigos de los campesinos, no son campesinos.

El inglés balbuceó un intento de frase humorística y la dejó en medio del salón atiborrado de vestidos elegantes.

Se sirvió cuatro bocadillos para ahogar el berrinche.

Masticaba furiosamente cuando una voz a su espalda la increpó.

– Frente al panorama mundial sólo nos queda incrementar a diario nuestra radicalidad- bufó un francés fornido y de escasos pelos rubios en la cima de una calva rosácea.

Tenía un saco de cuadros azules y, alrededor del gaznate, una corbata de mariposa. Además gesticulaba con una copa de vino tinto en la mano derecha y un sándwich en la izquierda.

– Señora Castoriadis, hay quien argumenta que la demanda de alimentos aumenta a medida que crece la población mundial, que la capacidad de expandir los terrenos agrícolas en el sureste asiático y en Europa es limitada, que la tierra está ya degradada por la sobreexplotación y la desertificación. Por lo tanto, que al incremento del hambre en el mundo sólo las biotecnologías pueden proporcionar una salida.

Levantó la copa y bebió. Luego la empujó hacia la mesa de servicio donde se hizo escanciar más vino.

– Ahora bien, usted sabe que esta última no es la posición de los campesinos- le guiñó el ojo y prosiguió. – ¿Por qué no los ayuda denunciando que muchas semillas mejoradas no pueden reproducirse y condenan la tierra a caer en manos de tan sólo seis grandes consorcios agrícolas?

Un escalofrío recorrió sus hombros, el placer de saberse reconocida por un extraño, y la amenaza que ese reconocimiento implicaba para una periodista incómoda al sistema.

 

 

De Jacinta no podría zafarse como lo había hecho con el francés, al que proporcionó un teléfono y una dirección inexistentes, pensando que más tarde investigaría quién era.

– Te veo a las ocho de la mañana en mi departamento el próximo miércoles, cortó la llamada la mexicana.

Como si no tuviera yo nada qué hacer. Apretó las mandíbulas. ¿Qué se cree?, dijo en voz alta, ronca. Qué se cree, repitió con la misma impotencia que había experimentado frente a las órdenes de su madre. ¡Abusiva!, mientras la rabia, el odio y el amor la sacaron de su mullido sofá para llevarla a dar trancos furiosos por el departamento.

Dos horas más tarde estaba reservando su boleto en Air France; pasar por París era inevitable.

 

 

 

 

Ojos de nubes bicolores

inundan las arrugas de na Tacha.

La sombra que la dibuja está llena de fisuras

y de vocación dual.

Los vientos la transforman en el Calvario

convirtiéndola en un perro

golpeado por sus víctimas y por su madre

 

Natalia Toledo, Na Tacha curandera y nahual

 

 

 

Jacinta Vargas había cerrado la carpeta sobre los reportes biogenéticos de la Universidad de California cuando oyó a su hija cruzar el umbral de la casa con un paso duro, cargado de celos. La tempestad se aproximaba con la prisa que tienen los nubarrones en las tardes de agosto. Jacinta quiso recordar a su pequeña tomada de la mano del hermano mayor, pero Alejandra no le dejó lugar a dudas: había dejado de ser una niña para convertirse en la hija frustrada de una madre inteligente, la que odia a su hermana por haber nacido, la que quiere el auto de su hermano y el amor de mamá todo para sí. Era una máquina de reclamos, una carga de dinamita en manos de un ciclotímico.

Vociferó muy alto que a Jacinta los hijos le importaban menos que sus estudios. Que ella no quería hacerse cargo de una madre anciana incapaz de descansar. Que su hermana no la ayudaba en nada y que sus hermanos eran incapaces de entender que ella cargaba con todas las responsabilidades de la familia. Alimentaba su furia con cientos de rabietas, aburrimientos y fiascos, mezclados a tal punto que eran imposibles de separar.

A Jacinta le contristaba que su hija fuera infeliz y la humillaba que no supiera hacer otra cosa que ensayar intereses erráticos. La literatura francesa, el amante pintor y la biología marina siguieron al montañismo y al novio banquero, todos ellos con su carga ansiosa de ser tomada en cuenta. Luego se había aliado con su hermano mayor contra el novio de la hermana, y con éste contra el hermano menor.

La primera vez que su madre le exigió que dejara fluir la vida de los demás sin entorpecerla, decidió adelgazar dieciséis kilos tomando pastillas para inhibir el hambre. A las dos semanas, en un piano bar, se peleó con el médico que acababa de conocer en una cita a ciegas concertada por su tía, la misma que alabó su figura esbelta. Estrelló la botella de whisky recién iniciada contra el espejo del mostrador, abofeteó a la mujer de la mesa contigua que la miraba con pavor y tiró una patada a los genitales del hombre que intentó defenderla. A las tres de la mañana una desganada abogada de oficio estaba llamando a los teléfonos de la familia. Su hermano mayor, primero, y su hermano menor, después, fueron recibidos al grito de: “¡Sácame de aquí, que me van a matar!”. A su hermana le aceptó un calmante y al otro hermano, un sándwich con jamón y queso. Su madre estaba en una práctica de campo. Cuando regresó, tuvo que soplarse seis sesiones de terapia, durante las cuales Alejandra no dejó de culparla de su tensión con un siquiatra cincuentón, al que acariciaba el tobillo con la punta del pie descalzo.

A los meses, Jacinta se percató de las nuevas intrigas de su hija mayor y decidió dejar que el agua corriera bajo los puentes. Entonces la llamaron del hospital; con la voz entrecortada por el hipo y los sollozos, Alejandra le pedía perdón por no lograr comprender por qué ella nunca la consideró algo más que una molestia para sus estudios. Su cuñado bebía café en el corredor, mientras un médico le explicaba que se la podía llevar a casa porque ya ningún laboratorio fabrica somníferos capaces de provocar la muerte.

Jacinta se encogió de hombros. Su hija era bellísima y exaltada, tan alta como en su familia sólo había sido el abuelo, según los recuerdos de su madre que vio desaparecer al padre en la bola de la Revolución cuando niña. Apretó los párpados: hoy le daría la razón a su hija. No le interesaba para nada cualquier cosa que viniera a decirle. Sabía que los otros cuatro estaban en paz y a ésta anhelaba mandarla a Alaska con tal de que la dejara reflexionar con calma sobre los flujos genéticos que pueden establecerse entre las variedades modificadas y las variedades tradicionales de cultivo de maíz. Tenía una prisa vital, de jovencita enamorada, por salir hacia el laboratorio del Instituto.

Sin embargo, soportar es la suerte de las madres, aun cuando las hijas tengan cuarenta años. Alejandra desempacó dos bolsas del supermercado y empezó a guardar las verduras en el refrigerador con el aliento entrecortado.

– Y te compré carne- se desgañitó hacia el cuarto contiguo a la cocina – porque no puede ser que te alimentes tan mal.

Jacinta pensaba, a pesar de los gritos, que necesitaba las secuencias del ADN del maíz oaxaqueño para esa misma noche.

– Y mañana deberás venir conmigo a Cuernavaca, he rentado una casa para reunirnos los fines de semana, porque ya lo tengo claro: en esta familia de pequeños burgueses nadie me visita porque no estoy casada- seguía vociferando Alejandra.

Jacinta enlazaba una idea con la otra: deben compararse esas secuencias con las de variedades tradicionales.

– Es una casa que me va a costar un ojo de la cara, pero a ver si así me toman en cuenta.

Variedades tradicionales de dentro y de fuera de México que crecen de acuerdo con la precipitación pluvial, las condiciones del suelo, la temperatura, el viento, la insolación, la altitud.

– ¿Se puede saber por qué ni siquiera contestas, mamá?

Alejandra fue a la sala y la encontró vacía. Al abrir la puerta de entrada, vio esfumarse la luz del elevador que iba bajando.

 

 

En la calle, Jacinta respiró hondo. El aire estaba sucio y seco, pero no dejó de pensar en qué datos arrojaría la investigación. Gerardo Castillo, su asistente, era un hombre entrecano al que la Universidad no abría un concurso de oposición para la docencia y que el Instituto de Nutrición no consideraba investigador titular. La esperaba ansioso.

Como cada vez que experimentaba una emoción, el parpadeo del ojos derecho se le volvía incontrolable. De un lado a otro del laboratorio, sus zapatos rechinaban sobre las losetas grisáceas. Fragmentos de ADN característicos de dos variedades transgénicas de maíz, en el diez por ciento de los granos de variedades nativas de la sierra zapoteca. ADN que incorpora el gen de un bacilo que produce una toxina insecticida y otro resistente a los herbicidas, en milpas cultivadas a distancias de entre cinco a veinte kilómetros de la carretera asfaltada más cercana. Y un fragmento de un virus de la coliflor utilizado como vector para modificar el maíz… Jacinta debía saberlo, debía saberlo ya.

– Los cabrones de la revista  Nature tenían razón. Y ahora ¿qué santo le va a creer a un gobierno que dice que esos maíces se contaminaron por polinización desde la frontera norte? ¡Ja! Tres mil kilómetros… ni que fuéramos estúpidos. ¡Ja!

 

 

 

Los autos corrían por la tarde del viernes que iba oscureciéndose entre hojas arrastradas, polvos de plomo y excrementos secos. Los buses repletos no paraban en las esquinas, sino a media calle, vomitando gente cansada y nerviosa sobre un carril donde los autos se veían obligados a frenar entre pitazos y maldiciones. De un taxi libre, ni sus luces. Jacinta caminaba y rumiaba, intentando alcanzar un medio de transporte cualquiera. No había aprendido a manejar, pero nunca como ahora la ciudad le pareció un monstruo inabarcable y deforme, cuyos miembros se multiplicaban de manera convulsa. Caminar ya no le provocaba placer, sólo sobresaltos. Muchos niños lloraban en autos manejados por señoras histerizadas, mientras los hombres al volante se desanudaban la corbata aplastando el acelerador y el claxon. Todos querían llegar a casa, sólo ella corría hacia su laboratorio. El trabajo, Gerardo Castillo, el maíz transgénico. Con tal que a Alejandra no se le ocurriera regalarle un teléfono celular para reclamarle su frustración hasta en la calle.

Las luces de neón de los pasillos del Instituto aplanaban los rostros y las ojeras de los pocos que deambulaban por ellos, con más prisa por irse que los conductores de autos que Jacinta acababa de dejar en la calle. Corría en sentido contrario a ellos, cuando se dio cuenta de que cojeaba un poco por culpa de la cadera, del lado derecho. Suspiró, por lo menos no le dolía. Abrió la puerta del laboratorio, mientras terminaba de abrocharse la bata. Gerardo Castillo empezó a tartamudear ansiosamente algo respecto de la Universidad de California.

– Tenían razón, los muy cabrones. El… el… el maíz está, sí…, sí…, contaminado, en Oaxaca, desde la frontera ¿Quién les va a creer?

Sacudía unos resultados y la jaló del brazo hacia la computadora. Mientras tanto, entraron por la puerta trasera Leonor Ruiz y Santiago Báez, sus jóvenes pasantes del doctorado en biología molecular de plantas, dos bichos raros, tránsfugas del mundo frenético de los equipos que quieren crear plantas como máquinas o transferir flavonoides de las uvas al jitomate. Tránsfugas del éxito.

La excitación cundía. Leonor, histérica como siempre, gritó:

– ¿Por qué los campesinos les creen más a los gringos que a nosotros, eh? ¿Por qué nosotros sólo podemos confirmar sus datos?

Jacinta Vargas, pálida, revisaba las secuencias.

– No, querida, esos campesinos mandaron a los gringos lo que ellos mismos descubrieron- le contestó a su alumna.

Todo coincidía, los temores se confirmaban. Sí, se pueden establecer flujos genéticos entre las variedades híbridas comerciales y las variedades tradicionales, ya que el maíz es una especie de polinización cruzada y abierta, y el viento es el principal vector del polen. Gerardo tosió para calmarse.

– Si el organismo vivo modificado se cruza con variedades criollas – dijo con voz grave-, los genes transferidos le dan tal ventaja a la variedad receptora que la llevan a desplazar a todas las otras. Además, las secuencias completas de ADN extraño que se insertan en las variedades tradicionales se mantienen en el maíz de una generación a la siguiente.

 

 

 

A las tres de la mañana, Leonor estaba sentada con las rodillas apretadas y los pies abiertos a los dos lados de la silla. A la cuatro, la misma Leonor experimentaba una rabia convulsa por ser mexicana, por tener un marido que la odiaba y por la mierda que le parecía el laboratorio del Instituto. El furor tenía que ver con su futuro, mitad egoísta y mitad desconsolado. Era inútil estudiar en un país donde nadie creía en su prójimo y las investigaciones se subordinaban a otras pesquisas, a paradigmas externos, a conveniencias gubernamentales o a las industrias en búsqueda de mercados potenciales. Autonomía, eso quería. Y también reconocimiento, o por lo menos la posibilidad nacional de obtenerlo sin sacrificar su propia vía de investigación.

Gerardo estaba apoyado en el respaldo del sillón de Jacinta; eran los mayores, los que debían decidir qué hacer. Pero él se sentía poca cosa, un mero analista que cumplía con las intuiciones de una mujer vieja que le quitaba, con su obstinación por seguir trabajando, un puesto que le daría un título con que enfrentar las críticas de sus hijos adolescentes.

A Santiago el cansancio le atenazaba las piernas y quería estar en su cama de sábanas perfumadas. Sólo Jacinta seguía analizando qué convendría hacer con la confirmación que tenían. En cinco días llegará Dafne, pensó. ¿Qué decir mientras tanto? A las cinco de la mañana sacudió la cabeza, despertó a Santiago y dijo:

– Aunque sea sábado, mañana a las seis de la tarde convocaremos a una conferencia de prensa. México es el punto de origen del maíz, es la primera vez que la contaminación genética llega a un centro de origen. Las posibles consecuencias de la pérdida de su diversidad ponen en riesgo la seguridad alimentaria del mundo.

Luego se quitó la bata y exigió que Gerardo Castillo la llevara a casa. Vieja abusiva, a esta hora, pensó el asistente, que vivía a tan sólo tres cuadras de ella. Leonor gimió todavía:

– ¿Qué les hemos hecho nosotros a los campesinos?

Santiago bostezó, apagó las luces y volvió a bostezar. Un remedo de caballerosidad lo obligó a ofrecerse para acompañar a su colega.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Llovía. Crachard, le dicen al escupitajo fino y persistente que cae frío, húmedo y sempiterno sobre París. Sus hombros tostados por el sol andaluz se encresparon. Recogió la mochila de la banda, mientras una piara de compatriotas con sus maletas firmadas fingía no reconocerla. Se dirigió al primer bar para tomar dos cafés, uno tras otro. Qué lunes. Había logrado enviar su artículo a las tres de la mañana, empacado la maleta a las cuatro y enfilado hacia el aeropuerto a las cinco. Desde ahí había llamado al primer canal de televisión y recomendado una entrevista con Niko Andreakis:

– Pues sí, el del barco del futuro, ¿por qué no?

– El futuro, ¿a quién le importa?

– No usaron ni una gota de gas a cuarenta nudos-. Todo mundo en Grecia sabía qué significaban cuarenta nudos, menos ella que los había experimentado. Repitió: – A cuarenta nudos.

– ¿Y ellos cómo son?-, preguntó por fin la productora.

–  Muy fotogénicos, no te preocupes.

Y me tocará hablar con Jean-Bernard hasta altas horas de la noche, pensó antes de pedir un tercer café. La mirada le recayó sobre los zapatos. Suspiró: ya sabía en qué y dónde se consolaría del cansancio. Comprar zapatos era un placer que la reconfortaba de todo.

Se deslizó en el metro y el ruido del tren la adormiló apenas. Fue al Instituto Pasteur y recogió varios números de La  Rechèrche. “Ah, ah”,  dijo mientras el doctor Couvain, de la Unidad de Agentes Antibacterianos, le explicaba que el gen blatem-1 del maíz transgénico en el tubo digestivo del ser humano podría implicar una resistencia a los antibióticos de todas las bacterias ahí alojadas. “Ah, ah”, asintió en voz alta. Y el químico, serio, en bata blanca:

– El hecho preocupante es que las bacterias patógenas que tendrían mayores posibilidades de incorporar el gen de resistencia son responsables de algunas de las infecciones que afectan al creciente sector de la población mundial que padece inmunodeficiencia.

– ¿Entonces tiene reales riesgos para la salud?- preguntó Dafne.

El investigador asintió con la cabeza.

– El desarrollo de la resistencia a los antibióticos en los microorganismos es una de las mayores amenazas a las que la humanidad deberá enfrentarse en el siglo XXI- le confirmó.

– ¿Alguna relación con la incurabilidad de la pulmonía atípica?

El hombre se encogió de hombros.

– ¿Por qué no lo prohíben y ya?- insistió ella.

Couvain volvió a encogerse de hombros. Estiró los labios cerrados hacia adelante, acompañando el gesto con un bufido teatral.

Llegó a casa de Jean-Bernard Dupoète tres horas antes que él y se dirigió directamente a su cama. Aplastó la cabeza en la almohada del hombre que considerara el más bello del mundo, pensó que de amarlo se moriría de celos y pasó al reino de Morfeo con el olor del cuero curtido de sus zapatos nuevos todavía en la nariz.

 

 

 

Jean-Bernard era nieto de una francesa, haitiano por sus otros tres costados y vivía en París porque trabajaba en la UNESCO. Pocas personas conocían las culturas, las lenguas y los problemas del Caribe mejor que él, pero su amistad con Dafne era frugal, descansaba en la confianza y en algunos paseos que compartían sin necesidad de hablar.

Al entrar en su casa a las ocho, Jean-Bernard vio la mochila y los zapatos en el suelo. Cerró la puerta despacio, corrió por un vino italiano que acababa de probar y por pan, quesos y chocolate. Sólo por un instante dudó si no era mejor un grand cru, por ejemplo un Clos-de-Vougeot. Nada de nacionalismo, se dijo, pero que los frijoles se los coma en México.

Cuando Dafne abrió los ojos, había velas en la diminuta sala y la mesa de trabajo estaba cubierta por un largo mantel bordado a mano por las mujeres del interior haitiano. Su amigo la abrazó por la espalda y le susurró en el oído que por lo general preparaba cenas íntimas para mujeres mejor peinadas que ella. Rieron y bromearon un rato en el sofá hasta que Dafne jugó a disculparse.

– Espero realmente que no tuvieras otra invitada por la noche. Debería aprender a llamarte antes de venir, ¿verdad?

Él la apretó contra sí de manera que le importara un bledo cualquier respuesta y le dio la razón: Deberías. Luego se volcaron sobre la cena entre dentelladas y sorbos de vino, un rojo transparente, rubí claro, de sabor ligeramente afrutado y de nombre impronunciablemente campestre, Ciliegiuolo.

Dafne le explicó los motivos por los que estaba yendo a México. Jean-Bernard giró apenas la silla y se enfrentó a su librero repleto de carpetas amarradas con elásticos transparentes.

– Espera, espera- dijo.

Tras pasar el dedo oscuro por varias de ellas, se golpeó la frente con la palma de la mano abierta.

– Claro que me acuerdo- dijo al fin. – En México se firmó en 1998 una moratoria en el cultivo de maíz transgénico, hay veinte años de cárcel para quien almacena, experimenta o siembra semillas modificadas.

Dafne asintió y Jean-Bernard agregó sacudiendo la cabeza:

– Por polinización no se cruzan miles de kilómetros. Es un misterio cómo han llegado los elementos del transgénico al maíz de los campesinos. A menos que no recurras al complot ecocida y la corrupción.

– Temo decepcionarte, Jean-Bernard, hay explicaciones menos policiacas. No sembrar no significa no comprar y los estadounidenses se niegan a separar los granos biológicos de los modificados a la hora de la venta.

– Las autoridades mexicanas están dejando que se siembre el maíz comprado para luego modificar la ley…

– O para que su gente no pueda seguir sembrando de manera libre. Sólo Europa, Canadá y Estados Unidos subvencionan la agricultura, el resto de los países son cada vez más dependientes de la producción masiva de cereales de los países que más transgénicos plantan.

Se miraron en silencio.

– Dime- dijo ella después de un rato haciendo rodar su silla hasta alcanzar la de su amigo: – ¿La corrupción americana es tan grave como la africana?

Un nuevo silencio, esta vez húmedo de saliva y sudor, los envolvió largo rato.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Leonor Ruiz prendió la luz mientras se quitaba los zapatos y tiraba certeramente el bolso al centro del sofá. Se estiró y percibió el jalón que le daban los chocolates que había refundido en un rincón del refrigerador para no sentirse tentada por ellos. Desde hacía años peleaba contra las harinas y el cacao que le disparaban los pocos ataques de bulimia que todavía no controlaba. El médico se lo dijo en varias ocasiones: No los compre, no los tenga en su casa.

Ella lo había admitido finalmente en las sesiones de terapia colectiva. Como sin control, sin gula, sin deseo; como cualquier cosa, a cualquier hora, al margen de toda referencia a tiempo y lugares; como porque odio engordar. La ropa se encoge, el cuerpo se deforma, nada de lo que me toque me gusta, la tela es tan pesada, las manos me agreden.

Ahí conoció a su marido. Suspiró, no tenía ganas de acostarse con él ahora.

Dos chocolates y un vasito de licor de naranja aunque sean las cinco y media de la mañana, así de poco, nada más una probadita para dormir tranquila. Y los pasos se dirigieron a la cocina. El chocolate de Oaxaca no lo contamina nadie, musitó con una punta de histeria en la voz. Qué va, yo no bebo, yo me controlo. Y ya había abierto la nevera, la caja de cartón, el papel plateado y tenía en la boca un sabor amargo y dulce, profundo y suave, afrutado al centro. Otro bombón porque éste no había terminado de experimentarlo. Y uno más porque la aflicción la embargaba. Y el siguiente, que se había picado. Luego la botella en la mano, pesada, cuadrada y el cuello en la boca. Y luego las sobras de los espaguetis del día anterior, tres medios huevos duros con mayonesa, un pedazo de pan con mantequilla, dos tantos de queso. Abrió una lata de fabada fría, hundió las manos en la gaveta en busca de galletas rancias, pan duro, dulces viejos. Hurgó en el horno y en el bote de la basura. Estaba perdida, enojada, ansiosa e incapaz de parar.

Qué asco, qué asco, qué asco de mí, sollozó al rato con la cabeza sobre el excusado. Soy una caníbal, soy una puerca, soy inmundicia.

Se quedó apoyada en la pared del baño. Ir a la cama implicaba que su marido despertara. Que la mirara, le dijera ¿Son éstas las horas de volver a casa? ¿Sólo tu trabajo importa? Suponía explicarle al hombre lo que él no quería entender, porque le valía un comino cualquier cosa que no fuese él mismo, cualquier cosa que a Leonor pudiese apasionarle. La mujer no quería verlo, oírlo, olerlo. Lo temía con la misma fuerza con que se odiaba a sí misma por no dejarlo, por tomar a escondidas la píldora anticonceptiva y por no decirle lo poca cosa que era. Obedecía sus estúpidas obsesiones por los miércoles de cine, los jueves de concierto, los viernes de cantina, con tal de que no le reclamara una explicación que invariablemente culminaría en la exigencia de más sexo y más atención. Con tal de que no le hablara más de lo estrictamente necesario.

Sonreía para no gritar cuando la hermana del hombre repetía ufana: ¿Ves cómo te quiere?, porque él llegaba a casa con una caja de chocolates o un pastel de natas al día después de que ella volviera a ir al médico. La tarde en que la oculista le confirmó que los gases de un experimento habían dañado la capa superficial de la retina y necesitaría llevar lentes, ella se ablandó y lloró en los brazos del hombre. Le contó de cuando era niña y su orgullo era ser la que podía ver más lejos y más profundamente, y de cómo le gustaban sus ojos almendrados y grandes, y de la pena que le daban sus compañeros de escuela cuando los fortachones en el recreo se reían de ellos llamándolos ¡cuatrojos! A los dos días, el tacaño de su marido llegó con unas monturas Giorgio Armani y el recado: Para que los luzcas todo el día.

De verdad no quería ir a la cama. Odiaba recordar que hace tiempo las piernas demasiado delgadas del hombre se habían enredado en las suyas para ocasionarle un deseo y unos orgasmos envenenadores. No quería oírlo roncar ni oler su pesado aliento a cenas con personajes reverenciados. No quería que su voz somnolienta le interrumpiera la mezcla de ideas sin destinatario que le rondaban por la cabeza. El descubrimiento de la noche, el interés que sentía por ese estudio, el dolor que le proporcionaba la conciencia de no ser nadie en la biología molecular, nadie para poder exigir acciones en contra de las modificaciones genéticas a través de la biotecnología… Nadie, ni siquiera alguien con quien quieran acudir unos campesinos harapientos. Sollozó.

La mañana la encontró dormida en las losetas del baño, abrazada a una toalla, con la marca de las lágrimas secas en la mejilla.

Con el lápiz labial más caro, su marido había escrito en el espejo: Me fui sin desayunar. La cama no estaba tendida a pesar de que ella no había dormido ahí. Se arrastró del baño al sofá y se sentó a pensar un rato. Preparó un café como para levantar a un muerto y lo tomó a pequeños sorbos. Lo pensó nuevamente. Suspiró hondo. Fue a la bodega y retiró tres maletas grandes. Llamó a un servicio de mudanzas y cuatro horas después estaba rentando, de una señora en bata, la cochera de un destartalado caserón de periferia para guardar sus muebles. Quién sabe cuándo tendría ganas de rentar un departamento para sí. La dueña del garaje sacudió la cabeza de un modo que ni afirmaba ni negaba.

– Tienes razón, hija, sólo las ganas cuentan.

Por la tarde, en el laboratorio, con las ojeras cubiertas de maquillaje, preguntó a Jacinta Vargas:

– Doctora, ¿podría quedarme en su casa por unos días?

– Mientras sepa qué decir ante la prensa, puede quedarse con mi cama si lo desea.

Gerardo Castillo chilló contra su propia voluntad, devorado súbitamente por los celos:

–  ¿Por qué a mí no me invita siquiera a cenar?

Jacinta levantó los ojos de la pantalla, lo miró profundamente.

– Creo que usted se parece tanto a mi hija que debería divorciarse para casarse con ella. Luego yo les conseguiría trabajo a ambos en Alaska.

Cuando Santiago Báez llegó con la cara fresca de quien ha descansado a gusto, Jacinta sintió que la tensión se relajaba. Ese muchachón tranquilo, menos brillante que Leonor pero tampoco tonto, le proporcionaba la misma paz que un día de campo.

– Vamos- dijo y se apoyó en su brazo. Le vino la imagen de una lejana mañana de agosto sacando un elote tierno de las brasas. Se sacudió ese recuero antes de entrar en la sala de prensa del Instituto y decir, transida por el dolor lúcido de los científicos:

– Señores, el maíz criollo que nos fue enviado por la Unión de Comunidades Zapotecas Chinantecas y por sus vecinos de la Sierra Norte de Oaxaca, está contaminado con transgénicos producidos por la industria agrobiotecnológica.

 

 

 

 

 

El miércoles a las ocho, el aliento de Dafne ya estaba cargado de tres cafés. Al entregar su pasaporte en el aeropuerto Benito Juárez, de su mochila había caído una hoja doblada de papel reciclado. Reconoció la escritura de Jean-Bernard.

Mi amor.

Dafne experimentó una punta de fastidio. ¿Una noche juntos le permitía a su amigo hablarle de esa manera? Ni modo.

Mi amor, si en África la corrupción se mezcla con los intereses de los señores de la guerra, en América se confunde con aquéllos de los grandes narcotraficantes y la trata de personas. Todas las policías están compradas.

Qué demonios tiene que ver el maíz con el narcotráfico… La teoría del complot, claro. Su teoría. Yo no puedo encontrar mis razones por mí misma. Hombre, al fin.

Cruzó la calle para no tomar los taxis caros del aeropuerto. Se enfrentó a la ciudad plúmbea. Se detuvo en un supermercado para las frutas del desayuno. Mientras esperaba en la cola de la caja, examinó las etiquetas de los productos de maíz: las tortillas, la harina y las palomitas no especificaban si estaban elaboradas con granos naturales o transgénicos. Luego pidió al taxi que la dejara a tres cuadras de la casa de su amiga y cruzó por un parque donde los niños corrían hacia la escuela y los hombres hacían ejercicios entre árboles enfermos de plomo y ozono. De la fuente manaba un agua verde y maloliente.

Tocó el timbre. Hasta la puerta llegaba el inconfundible olor de un café fuerte. Sonrió, indudablemente su amiga la estaba esperando. Pero una mujer joven y desconocida fue a abrirle la puerta. Se midieron al presentarse. Leonor notó los zapatos nuevos de la extranjera con una punta de envidia. Dafne, mientras le sonreía, se preguntó si la joven le había ganado la cama acolchonada del cuarto del fondo.

El desayuno, sin embargo, fue agradable en la casa aún caliente de sueño. El maíz era el tema y cada una lo abordaba desde su obsesión particular. Leonor, que no había tomado sino agua, desvariaba acerca de por qué no fue ella quien dio el anuncio en la Comisión Intersecretarial de Bioseguridad y Organismos Genéticamente Modificados, sino un gringo de la revista  Nature, un cabrón que al tener a su hermano como asesor de los campesinos de la Sierra Norte de Oaxaca se había ganado la primicia, un pinche emigrante que había llegado a la Universidad de California.

– Un maíz localizado en Oaxaca y yo ni en cuenta, como nadie más, nadie, en absoluto nadie en este país.

– Ése no es el problema- la interrumpió repentinamente Jacinta. – El problema es que en este país compramos seis millones de toneladas de granos al año, cuando hace cincuenta años éramos autosuficientes. Todavía producimos un millón y medio de toneladas de maíz blanco al año, que no se comercializan para poder importar doscientos mil a un precio tan bajo que los agricultores mexicanos no pueden competir contra él.

Para consolarse, engulló una pera.

Por su canto, Dafne se había subido al recado de Jean-Bernard como a un gramo de coca y perseguía sus ideas a mil por hora, pregunta tras pregunta, sin explicar su razonamiento, volviéndose incomprensible. Exigía saber si el punto, de casualidad, no era que los narcotraficantes querían desplazar el maíz tradicional comprando y sembrando de contrabando semillas patentadas para que, en un afán extremo de pureza, los pueblos indígenas abandonaran sus campos y ellos obtuvieran tierras y mano de obra baratas para sus sembradíos. Ésa era una de las cien explicaciones que intentaba dar al recado de Jean-Bernard.

También preguntaba si era posible transferir genes de la coca, la marihuana y la amapola al maíz para que ninguna avioneta del ejército pudiera reconocer y destruir sus sembradíos. Si los campesinos estaban amenazados. Si los narcos tenían acceso a los laboratorios de las instituciones de salud y alimentación mexicanas. Un espantoso ruido interno la mantenía  ansiosa como ante una crisis de abstinencia.

Jacinta arqueó la ceja derecha. Leonor la miró con desdén, pero la periodista seguía sus pistas sin prestarles atención:

– Las aduanas y puertos mexicanos no tienen control sobre la calidad y la cantidad de semillas, no existe ninguna normatividad para detectar las contaminadas y la mayoría de los tráficos de alimentos es legal: nada más fácil.

Se calló de repente. Las tres sacudieron la cabeza. Una melodía de organillo invadió la casa por la ventana. La ciudad a su alrededor adquirió una dimensión desesperada de cosa antigua y en desuso, un sonido escanciado de notas lánguidas. Entonces tocaron a la puerta.

 

 

 

La hija menor de Jacinta, Mónica, pidió perdón por molestarlas. Era una mujer de formas redondas. Su cuerpo daba una sensación de amorosa seguridad; sin embargo, tenía deformado el rostro por una expresión de angustia. La niña que la acompañaba se le parecía como una gota de agua, aunque sus gestos la volvían diferente.

De pie frente a la mesa, la madre tenía prisa y pena de dejar a la hija.

– Tengo que ir por él- dijo la mujer.

El marido, el hombre al que sus entrañas reclamaban, su amor, se había ido. ¿Otra mujer, una crisis, una prueba? No sabía, no le importaba saber, únicamente alcanzarlo. Doce años juntos, interminables meses de verano, largas noches de invierno. Necesitaba caminar con él, tomarle la mano, escucharlo y sentirse con vida.

Jamás la cama contigo me pareció una obligación, nunca me aburrí de tu voz ni encontré feos tus pies: requería urgentemente decirle cosas parecidas.

Jacinta había sido una esposa satisfecha y de Mario Puga, su marido, guardaba recuerdos afectuosos. Quizá por ello creyó necesario contar lo que generalmente se calla frente a los hijos. O fue porque la tristeza por los efectos de la importación de maíz le daba una fuerza agresiva a sus palabras. O simplemente porque hay momentos así. Se levantó de la silla y fue a abrazar a su hija, la preferida de su padre, Moniquita, tan grande ahora, ya madre. Las palabras le salieron como si se tratara de una narración ajena.

Al levantarse de la cama para apagar la televisión que había quedado prendida, encontró a su marido muerto con el control remoto en una mano y en la otra la pastilla contra la taquicardia. En un primer momento, un momento que duró semanas, sintió que la vida no iba a tener sentido. Luego, al volver a trabajar, empezó a experimentar tanta felicidad como nunca desde que se casara.

Sin parpadear siquiera, narró el placer de descubrirse viuda y dueña de decisiones fundamentales, viuda y patrona de sus movimientos, convaleciente de una larga enfermedad que ni siquiera había detectado, un virus insidioso que poco a poco había minado sus fuerzas, requiriendo del cuerpo afectado, un esfuerzo enorme para dar cada paso.

La hija menor no se inmutó.

Leonor y Dafne, testigos de una intimidad que no les pertenecía, con la respiración suspendida, miraban ora a la madre, ora a la hija.

– Te creo- contestó entonces Mónica. – Pero yo lo amo.

Sin más palabras, Jacinta miró a su nieta y replicó:

– ¿Qué quieres que haga con mi chiquita? Estamos por irnos a Oaxaca.

Un instante de silencio. Jacinta había tomado una decisión por todas, sin preámbulos y, sin embargo, previsible. Dafne y Leonor afirmaron con la cabeza. Mónica Puga Vargas miró la mesa del desayuno, divisó tras las lágrimas que empezaban a brotarle los rostros de dos mujeres desconocidas y el de su madre. A su lado sintió la presencia reconfortante de la niña, su mano pequeña que buscaba la suya, esa hija que era todo, pero que en ese momento no la colmaba. Entonces inhaló ruidosamente el aire.

– Llévatela; en la escuela le darán permiso, es muy buena estudiante- dijo y salió corriendo.

El amor, gimió Leonor y, para destensar el ambiente, giró el índice alrededor de la sien derecha. La niña la vio sin sonreír; se sentó y empezó a comer.

– Mi mamá tiene razón- afirmó al cabo de un momento. – Dice que tiene que buscarlo porque se va a sentir culpable si lo deja ir.

El hombre, su padre, era un vago objeto de atención; Mónica, su carne viva. El apoyo incondicional que la niña brindaba a su madre desorientó a Dafne; no supo dónde la tocó para que le doliera tan profundamente. Atinó a preguntarle, con una media sonrisa estúpida:

– ¿Te gusta el campo?

Jacinta contestó por la niña, con tono de fastidio:

– Claro que sí; Adriana es mi nieta.

– Por supuesto- asintió Dafne mientras se le cruzaba un oscuro pesar por el pecho, una tristeza enturbiada por la fatiga, un agotamiento de jet lag y un hueco afectivo. – Voy a descansar- agregó.

Los ojos, rojos de sueño y café, se desbordaron de lágrimas: un río sin destinatario, un mar de asquerosa autoconmiseración.

El mundo en que había crecido estaba determinado por algo más sofocante y definitivo que el racismo. En él vivió aplastada por la prepotente soberbia de sus padres, una mujer y un hombre que encaraban con displicencia ser diferentes de la mayoría de los mortales y se ocupaban de unos pocos obsesos por el uso correcto del tenedor y del cuchillo. A ellos no les era necesario afirmar la inferioridad de nadie; para ellos no existía el mundo. Su realidad era inalcanzable como la piel de un esquizofrénico, ajena a toda intimidad física agradable. Eran perfeccionista en cosas sin importancia. Hablaban para oír la idoneidad de su tono, comían porque era necesario reconocer el gusto y los nombres de los platillos. Siempre al acecho de una oportunidad, eternamente enojados con la suerte que no les deparaba más bienes de los que no sabrían gozar. Y así habían parido un hijo tras otro, casi con hostilidad hacia la relación sexual que los engendraba. Amar a sus padres, lo que se dice amarlos, a Dafne siempre le pareció inútil.

Leonor, a su vez, se estremeció. Frente a testigos, cuando las palabras se agotaban, la mesa se volvía para ella un lugar abominable, tentador y repugnante. Muy pronto, en el comedor sólo quedaron la abuela y su nieta.

 

 

 

 

 

 

 

Gerardo Castillo sonreía como un idiota. Su maestra iba a analizar las causas y los efectos de una siembra ilegal. Él quedaría a cargo del laboratorio a tan sólo cuatro días de haber dado a conocer un escándalo suficiente para semanas de denuncias. O más. ¿Por qué no para el Convenio de Diversidad Biológica, la Asamblea Mundial de la Alimentación, la Cumbre de la Tierra?

En la Universidad, desde que su equipo hizo la denuncia frente a la prensa, los maestros eméritos comenzaron a saludarlo, algunos con el odio agudo que se siente por quien te desbarata un plan perfecto. La inquina que es garantía de que has dado en el blanco de sus intereses.

El teléfono no paraba de sonar en el laboratorio del Instituto sobre el que señorearía solo. Levantaba la bocina con fruición. Miraba a sus lados para asegurarse que las actividades se detuvieran. Repetía, con un tono cada vez más enfático, el esquema explicativo que se había trazado en la cabeza antes de que fuera otra persona la designada para hablar en la rueda de prensa. Lo repetía para que los periodistas rescataran su nombre del anonimato y el presidente del Instituto Nacional de Ecología le pidiera consejo. Lo repetía para castigar a la maestra que había preferido que su alumna ofreciera las explicaciones a la televisión.

Santiago Báez no reconoció las actitudes del asistente de su cátedra de adscripción. Era un hombre meticuloso, pero ajeno a las obsesiones de los académicos. Llegó por la mañana como transido y se ofreció para acompañar a Jacinta. El corazón de Gerardo dio un brinco de la emoción: en la ciudad, en esa capital que en México es todo porque no produce sino palabras y humo, en ese ombligo que es centro y cicatriz a la vez, él sería la única voz del laboratorio más ridículo del Instituto, el único cuya directora repetía sin cesar: Todo conocimiento es propiedad de la humanidad; nada de patentes.

Recuperó el aplomo para organizar la entrega de la camioneta y los viáticos por parte del Instituto. Despidió a sus colegas. En el estacionamiento acató las últimas órdenes y prodigó consejos. Era un tlatoani espurio, sin embargo: el primo mentecato de una reina a la que no sabía si desear la muerte para heredar el cetro u ofrecer su vida para salvarla.

A las pocas horas, no resistió la tentación de apersonarse en los pasillos de los demás laboratorios, como si haber participado en la denuncia de un peligro colectivo le confiriese el lugar que nunca sintió suyo en el mundo. Tachó de envidiosos a los colegas que no lo reconocían. Se irguió altanero frente a los médicos y biólogos que mandaban saludar con él a la doctora Vargas.

Repartió el dinero del seguro de la camioneta del Instituto entre sus hijos. ¿Qué iba a pasarle a su maestra? Los hijos intuyeron que pronto podrían pedir más.  Con la esposa fue a cenar y ella por primera vez le prestó atención.

El placer le duraría muy poco, un par de noches cuando mucho. Soñó el tibio despertar de cuando siendo niño creía estar sentado en la taza del baño. Intentó levantarse, avergonzado de haber mojado las sábanas, pero recayó sobre su esposa que lo llevó a tiempo al hospital, donde lo entubaron y sedaron. En dos semanas, sus hijos fueron a visitarlo una vez. Jacinta se enteraría de que había tenido que abandonar su puesto en el Instituto, cuando intentó obtener un apoyo desde México que nunca conseguiría.

 

 

 

 

 

 

 

Los biólogos guardaban silencio. Al internarse en la Mixteca, se imponía la inquietante emoción de la búsqueda de una verdad. Un resplandor rojo teñía el cielo detrás de las montañas. Entre su abuela y Leonor, Adriana se sentía partícipe de la investigación y asintió con la cabeza cuando las dos decidieron seguir el camino de la historia del maíz e investigar en veinte pueblos desde Tehuacán, en el centro de una árida llanura que sus aguas minerales, entubadas al nacer, no alcanzaban bañar, hasta Comaltepec, La Trinidad, Ixtlán, Calpulalpam y Xiacuí, esos pueblos que, encaramados en sus montañas, tenían demasiado que ver con la denuncia.

Mientras los adultos preparaban el viaje, la niña había escudriñado los sitios de internet donde los paleobotánicos asentaban sus avances en los estudios del origen del cultivo y los historiadores los reutilizaban según venía al caso.

– Abue, debemos empezar en la cuenca del Río Balsas: ahí empezaron a sembrar maíz hace seis mil años- había dicho al subirse a la camioneta.

La abuela y su asistente lograron convencerla de que Tehuacán, con sus escasos cuatro mil seis cientos años de horticultura, estaba camino a Oaxaca.

– También leí sobre Tehuacán, aceptó al fin la niña.

En el asiento delantero, Dafne se negaba a entender que el nexo entre los narcotraficantes  y la siembra de maíz transgénico era una elaboración suya. Se prohibía reconocer que Jean-Bernard le había deslizado en el bolso la respuesta a la pregunta sobre los mecanismos de la corrupción que ella le formulara poco antes de besarlo.

A ambos lados de la carretera, los chimalayos, cactus viejos y largos, y los jiotillos, con sus manos espinosas de dedos levantados, parecían centinelas de hondonadas sin fin. Un par de halcones cruzaron  el cielo  manchado de nubes blancas como la cal. Con la ciudad a sus espaldas, la tierra mexicana mostraba su rostro imponente, un paisaje que como el arte de sus habitantes revelaba la presencia de las diosas, la sobrecogedora soberanía de lo terrible sobre el gusto humano. Una belleza pesimista y dolorosa que a veces, por su propio absoluto, apremiaba la destrucción.

Dafne interpeló directamente a Santiago. Las palabras, al romper el hechizo de la vista, provocaron en el hombre una oscura desazón. La mujer necesitaba llenar de sonido el silencio, de construcciones el vacío.

– Podrían empujar la cosa mucho más lejos- dijo como si Santiago hubiese escuchado su discurso interno. – Podrían estar experimentando ellos también con las siembras. El EPSide, por ejemplo, está elaborando un maíz espermicida para ser usado como anticonceptivo; son años que el plástico verde se produce a partir de la película de los granos; Pine Land Company ha desarrollado una semilla incapaz de reproducirse en cultivos subsiguientes. Y Dupont, Dau, Aventis, Monsanto y Pulsar bien podrían haber perdido, en manos de narcotraficantes, experimentos sobre las virtudes alucinógenas del maíz.

– ¿Como cuáles?- la interrumpió, irónico y molesto, Santiago.

Dafne rememoró sus terapias con LSD, en los años felices en que la corniola del trigo ofrecía su ácido a sicólogos y sicodélicos. Recordó cómo ese experimento magnífico se había convertido al cabo de poco tiempo en gotitas que se vendían en las puertas de las discotecas, cortadas con estricnina para incrementar su volumen. Su primo mismo, el hermoso Yorgos de pelo ensortijado, de la intoxicación quedó medio estúpido.

– No hay ácido lisérgico en el maíz.

– ¿Y qué si el maíz anticonceptivo se empieza a cruzar con las plantas silvestres y se dispersa?- preguntó Dafne, mirándolo como si de propósito él se negara a comprender. – Podría ocasionar la esterilidad del género humano, se contestó a sí misma, con la voz desesperada de una maestra frente a un alumno bobo.

– Y de los rumiantes y equinos- agregó llanamente Santiago.

– ¿Te da risa?- La voz de la griega rayaba en la histeria.

– De ninguna manera- contestó el microbiólogo. – Ahora tú dime  ¿qué nexo hay entre el narcotráfico y el maíz anticonceptivo?

Dafne se quedó el silencio. El cielo era ahora de un azul intenso, tan limpio como enceguecedor. Con acrimonia pensó que Santiago se parecía a Niko Andreakis. Su negativo: piel blanca y pelo negro.

Leonor, mientras Adrianita se le acurrucaba en el regazo para dormirse, divisó en la mochila abierta de la niña un trozo de pastel de chocolate. Inhaló el aire de la ventanilla que abrió nerviosamente. Había mucha gente en la camioneta, aunque nadie le prestara atención. No puedo, se dijo. No debo, enfatizó. Y entre el ritmo de la respiración y las órdenes que se mandaba, logró impedirse el robo del pastel. Pasaron unos minutos. A la doctora se le cerraban los ojos. Santiago y Dafne discutían. Nadie se daría cuenta. Esta es la premisa. ¡No, no es cierto! La negativa estalló en su cerebro como una súplica enojada, un rezo, una demanda. No es cierto, la premisa es que yo, yo, dios mío, yo no sé resistirme al pan, al pan nuestro de cada día, señor, que tantas veces, señor, recibí a regañadientes, dios, dios mío, déjame en paz. Suspiró para no llorar, pero el reclamo seguía galopando por su mente. Y no sé resistir al chocolate, a la mantequilla, a las latas de atún, las ollas del día anterior, dios mío cómo te odio: por qué, por qué me lo das a mí y no a los niños que se mueren de hambre en Etiopía, por qué, por qué, infame, desgraciado dios mío. El abatimiento siguió a esa descarga de palabras agolpadas y silenciosas.

Santiago, Adriana y Jacinta ignoraban las tribulaciones de sus dos compañeras de ruta. La niña gozaba el placer de ser considerada grande. El discípulo y la maestra se creían investidos de un deber: pasar a la sociedad los conocimientos que adquirirían sobre las responsabilidades de la industria biotecnológica.

A despecho de su extrañez por el ajetreo del mundo, Santiago sabía mucho acerca de las maniobras de Novartis en la Sierra Norte. La compañía farmacéutica suiza había financiado el laboratorio de los campesinos, a cambio del permiso para investigar las propiedades medicinales de las plantas que crecían en sus bosques mesófilos. Se lo había contado su amigo Paco Méndez cuando le llamó, unas horas antes de ofrecerse para manejar la camioneta de su maestra.

Mientras estudiaban biología, años atrás, Paco Méndez ya lo había puesto al tanto sobre la Sierra. Paco era uno de esos hombres que asustan a los otros hombres por la suavidad de su trato y la ternura de sus abrazos. Había crecido en Xiacuí y en las largas tardes de estudio, durante su licenciatura, cuando lo oscuro de la lluvia se confundía con el anochecer, recordaba los cultivos en los claros de los bosques, hablaba de los conejos de su tío y del aroma del pan de harina recién molida. Sobre todo, Paco Méndez no quería olvidar los fresnos y los pinos que las comunidades de la Sierra de Juárez rescataron para la explotación y protección comunitaria en 1988. Una larga lucha, sí. Las mujeres se acostaban en las carreteras para cerrar el paso a los camiones y abrazaban los árboles que Papel Tuxtepec quería cortar. Los hombres, a veces, temblaban de miedo.

Después de presentar su tesis, Paco Méndez había regresado a la Sierra para trabajar en el laboratorio comunitario. Lo animaba la lealtad de los niños y un verdadero horror por lo que consideraba malo. Se había formado en la cultura de la reciprocidad y le era fácil obedecer y proponer. Cuando Santiago llamó desde México, repitió varias veces: Amigo mío, qué gusto de oírte. Luego, le contó del biólogo que asesoraba a los agricultores y madereros de las comunidades desde hacía años: prefería los análisis del ADN de los hongos y las flores a los estudios taxonómicos.

A Santiago Báez el laboratorio pagado por una empresa de ingeniería genética le hacía más ruido que un panal de abejas en mayo.  ¡Carajo!, siempre algo se le quedaba afuera. Cierto es, se decía, que algunas setas cuestan más del doble que otras muy parecidas y saberlas diferenciar para comunidades que comparten la riqueza forestal es de vital importancia. Pero los estudios sobre la biodiversidad para la herbolaria médica llevados a cabo por Novartis le producían un escozor semejante a un mal presentimiento.

– ¿Qué bien a cambio de qué mal?- se atrevió a preguntarle a su amigo Paco.

El biólogo comunitario alabó el inventario de los hongos de los bosques, el estudio de su simbiosis con las orquídeas, la importancia de que cada comunidad tuviera su vivero y su banco de germoplasma. Poco a poco, el entusiasmo del serrano fue contaminándose con el silencio dubitativo de su antiguo compañero de escuela. Al finalizar la conversación, a punto de colgar, Paco volvió a tomar aliento.

– Ven- le rogó a Santiago. – Creo que nos va a servir hablar contigo. Avisaré a mis compañeros para que nos reunamos.

No le había dicho nada a la doctora. ¿Traicionaría a Paco? Lo retuvo una mezcla de sensaciones suaves y resistentes como la más alocada esperanza. Deseaba proteger el derecho del pueblo de su amigo a tener un laboratorio propio. En algún momento no sólo los habitantes de La Trinidad y Xiacuí, sino también la doctora Vargas y los agrónomos, médicos y biólogos del mundo entero, habían creído que conocimiento y tecnología iban de la mano en el camino sin retorno del progreso. Él mismo dudó de la ciencia sólo cuando vio que sus maestros abandonaban las universidades públicas para fundar empresas de biotecnología para el sector químico. La perplejidad creció con los informes prohibidos del doctor Pusztai sobre las papas modificadas. El desasosiego absoluto sobrevino al descubrir que las promesas de milagros biotecnológicos se sostenían en investigaciones clandestinas y que los temas ligados a la bioseguridad se hallaban estrechamente ligados a la política de la ciencia, a qué demonios significa ciencia. No, no estaba dispuesto a descargar un golpe sobre el único equipo moderno que pertenecía a campesinos.

 

 

 

 

 

 

La superficie seca de la Mixteca Alta se cruzó del estado de Puebla al de Oaxaca manteniendo la diversidad cromática de sus tierras, aquí rojas como el oro y allá salinas. Se divisaban entre matorrales secos, yucas, biznagas y cactos unas milpas, antigua palabra que significó maíz y que hoy indica el campo cultivado. Pocas, resecas y alejadas de la carretera. Podían haberse sembrado con granos de la cosecha anterior. O con las semillas compradas cuando la producción propia se había acabado y el hambre empujó a los campesinos a las distribuidoras gubernamentales de alimentos.

Jacinta y Santiago rastrearían al azar las milpas de diversas comunidades desde Tehuacán hasta la Sierra de Juárez, donde esperaban dialogar con los productores de la Unión de Comunidades Zapotecas Chinantecas. El equipo del laboratorio no estaba al corriente de sus intenciones. Sólo la niña concebía el plan como una aventura.

– Abuelita, debemos desviarnos- le recordó Adriana.

Leonor se despabiló: – Yo manejo- dijo.

Santiago y Dafne se pasaron al asiento trasero y la vieron arrancar a su izquierda rumbo a las caleras y las salinas de Zapotitlán, metiéndose hacia Los Reyes Metzontla, antes de poder preguntar adónde iban.

La brecha se internó en una sierra casi lunar. La pista estaba en buen estado dada la sequedad misma del terreno y, despacio pero sin saltos, el auto avanzaba entre pitayos y yucas. El desierto fue cediendo poco a poco. Mezquites y huisaches alternaban con grandes tabachines de flores anaranjadas. De repente,  un amate blanco con su tronco y sus hojas de oro claro, las raíces embarradas en una pendiente de roca. En las hondonadas donde se concentraban las aguas, bosquecillos de sabinos, enebros y sauces destacaban verdes en la inmensidad amarillenta. Entre las montañas,  pequeños valles con sus cultivos de jamaica, cebada y trigo, rojos, grises y amarillos en esa época del año. Magueyes gigantescos, verde-azulados, pequeños arroyos, yucas cargadas de racimos de flores blancas y soporíferas, parecían haber sido distribuidos entre las quebradas por un pintor muy parco.

Adriana  tenía que hacer pipí, y también necesitaba mirar y oler.

– ¿Dónde estamos?- preguntó Dafne. El paisaje no se correspondía con las palabras que detallaban una pobreza y abandono casi congénitos a la condición campesina, empleadas por los funcionarios de la Secretaría de Agricultura al describir Oaxaca.

– Para los burócratas todo el campo debería desaparecer y convertirse en una fábrica con asalariados vestidos iguales- le explicó Leonor.

– Imbéciles- espetó Santiago y Jacinta asintió.

Tomaron café de un termo y desplegaron un mapa militar. Por entre la serranía, como hilos de arañas, corrían senderos de mula, brechas y antiguos caminos reales que conducían a valles estrechos. Desde el punto mismo donde se habían detenido, Leonor se adentró en el campo y Jacinta marcó una cruz en el plano. Una hora después la microbióloga volvió con unos tallos, hojas, inflorescencias masculinas y estilos femeninos ya fecundados; así como con algunas mazorcas inmaduras.

– ¿Estamos robando los frutos del trabajo campesino?- preguntó Dafne.

– Estamos yendo hacia el próximo pueblo para saber si hay tiendas de gobierno que venden maíz de importación para la alimentación humana- arrancó el auto Leonor.

Trujuapan tenía un almacén de la Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productores del Campo.

– Éstos deberían ser los buenos- aclaró Leonor.

– Oh sí -dijo la periodista con acritud-, estamos en una película de los buenos contra los malos.

Todo intento de Santiago de hablar con alguien fue en vano. El mediodía cegador tenía a la gente recluida en sus casas. A pesar de que los carteles colgados en la puerta de la tiendita permitían conjeturar que los agricultores saldrían al encuentro del cualquier forastero con ánimos de defender su producción -¡Alto a la importación!, ¡Comercializa el maíz mexicano!- nadie fue hacia ellos.

Kilómetros más adelante volvieron a internarse en las milpas más alejadas de la carretera asfaltada. Las rancherías que cruzaban se mostraban abandonadas. En Calecilla, un perro macilento aulló a su paso y de una casa alguien le aventó un palo sin mostrarse. La tierra entera se había despoblado. Se pararon en cuatro cultivos. De ese microcosmos alimenticio que fue la vieja milpa, donde se entrelazaron el maíz y el frijol con los quelites y se escondieron los chapulines, no quedaban sino mazorcas cerradas, verdes aún y ralas.

Poco antes de Mexquitlahuaca, se detuvieron bajo un árbol negro y torcido. El cansancio y el calor los aplastaban.

– Quítense de ahí- gritó un hombre enjuto y arrugado que les hizo señas con su bastón. – Quítense de ahí: del Palo de la Mala Sombra caen unas arañas verdes y transparentes que pican como el demonio: ese árbol lo hizo Dios en un día en que estaba cansado.

Por muchas preguntas que le hicieron cuando se recuperaron del asombro de verlo aparecer, el hombre repitió siempre que, de tan vieja, la Mixteca se andaba muriendo.

– Ya no nace nadie y los pocos que todavía tienen fuerzas se van.

 

 

Al finalizar la tarde, una periferia ruidosa y desordenada los acompañó hasta el mero centro de Huajuapam, una verdadera ciudad.

– Aquí es seguro que si encontramos pruebas de contaminación, no han de venir del aire- sostuvo Adrianita con aire docto. La periodista esbozó una triste sonrisa.

Comieron en el mercado, la decepción no siempre quita el hambre. Sólo Leonor inventó una excusa para no sentarse a la mesa. Es más fácil que la bulimia se case con la anorexia que con un sano apetito. Deambuló por las calles hasta dar con la plaza y el palacio municipal. En la escalinata principal, un pintor retocaba su mural: una pareja de campesinos, el sol flechado por el primer mixteco, el agua, las nubes y, campeando sobre todos los demás elementos, una mazorca que se desprendía de sus granos para alimentar a la humanidad.

Al salir del palacio, un anciano señalaba los dibujos a un par de niños muy chicos.

– Miren, hijos, somos el pueblo de las nubes, los que detuvimos al sol en el cielo para que haya día y haya noche y recibimos de las diosas el primer grano de maíz para sembrar…

Leonor se detuvo frente a una tienda de dulces tradicionales, amarillos, rojos, blancos, cristalizados y borrachos, todos ellos perfumados como un patio en día de verano; no entró, se detuvo frente a la vidriera para que nadie la viera llorar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Yo tengo un árbol aquí en el pecho

lleno de frutas y canciones que me nutren

y crece y crece con las voces que dijeron:

sobre el mapa de tu tiempo está tu trazo y el

nuestro

 

Melissa Cardoza, Textos zafados

 

 

 

 

 

 

Las mujeres de Yanhuitlán ofrecen sus casas. La tarde oscurece el aire y el calor mengua, pero nadie se quiere separar aún, cual si las preguntas de los biólogos y las respuestas de las campesinas hubieran tejido un lazo entre ellos.

Adriana y su abuela se encaminan hacia la casa de Guadalupe; a Leonor, le destinan  la muy cercana vivienda de Olga; y a Dafne, una tercera mujer se la lleva del brazo. Con Santiago las mujeres dudan. Es comprometedor invitar a dormir a un hombre joven en una tierra donde los maridos emigran y las camas quedan vacías por años. Pero, acaso, ¿no es más grave faltarle al deber de hospitalidad? Leonor entiende de repente. Toma a su insípido colega de un brazo y dice que lo va a cuidar a las campesinas que la rodean. Miradas de entendimiento se cruzan entre las yanhuitlecas, hasta que todas se ríen y Santiago se siente incómodo.

Envuelta en una cobija en la casa de Guadalupe, Adriana saca su videojuego de la mochila. Resplandece una luz en sus manos que rápidamente se desplazan por un teclado diminuto. A cada victoria, vibran sonidos electrónicos. El hijo de Guadalupe se le acerca. Compiten hasta quedarse dormidos.

Sólo las pulgas del perro impiden que Dafne al acostarse se sienta absoluta y totalmente feliz. Cuando era niña, había sido amada por la pareja que trabajaba para su familia en la finca que todavía poseían en el Peloponeso. La trataban como a la hija del patrón, por deber; y también con una indecible pena, un sentimiento de solidaria conmiseración que le curaba la piel en las temerosas caricias que le propiciaban y la calentaba como una sopa cuando se sentaban frente al fuego. Mentían para ayudarla. No la hemos visto, decían, hasta que su madre, a quien la niña temía como al dolor y a la muerte, se olvidaba de ella, de lo que quería decirle, de lo que iba a exigirle. Comían el pan con la boca destentada y abierta, le daban vino en agua, la dejaban vagar descalza. Para ellos, todavía, Dafne guarda un agradecimiento sin edad y una nostalgia semejante a la que, en terapia, algunas personas manifiestan por el seno materno. Las risas y los problemas campesinos, compartidos en casas sin luz eléctrica, fueron sus tetas; tetas barridas de su vida primero por la necesidad de dinero de sus padres, que vendieron las tierras de sus ancestros, luego por la modernidad, que llegó tarde a su país y que, por ello mismo, llegó con una prisa que lo arrasó todo.

Por su cabeza se cruzan la resistencia y el señorío de Yanhuitlán con las excursiones infantiles entre bosques de olivos que terminaban en el mar. Intenta organizar mentalmente su reportaje, pero sueña con ninfas diáfanas que se desdibujan sobre el fondo de la campiña griega. Nadie sabe dónde empiezan los sueños, cuándo las visiones aparecen y con ellas se enhebran las historias. Cruzando por la razón adormilada de Dafne, las ninfas se transforman en cerros, cactos, hondonadas oscuras, hasta que en la mano de la mujer culebra las diosas depositan la primera semilla de maíz y en la mano del primer hombre, la coa para sembrarla. Semilla que no se dispersa sola, amarrada a una mazorca dura que sólo dedos humanos pueden desgranar y difundir sobre valles y colinas, dibujando el mapa de un largo poema sobre la tierra.

La noche enfría el silencio que se ha recostado bajo un manto de estrellas claras. Las once en Yanhuitlán: inmovilidad y sueño. Sólo el viento se deja escuchar.

El estallido y las llamas de la camioneta frente al portal de la Presidencia Municipal sobresaltan a Santiago y despiertan hasta al hombre de la choza más lejana. La doctora Vargas siente una punzada en la cadera al dar un brinco en la cama y se da cuenta de que no podrá correr. La edad la alcanzó mientras dormitaba en el colchón de lana de Guadalupe.

Una sensación de dolorosa impotencia. Tras un intento, se resigna a quedarse cuidando el sueño de su nieta, en espera de que alguien llegue a decirle qué sucede. Presiente que la explosión tiene que ver con su presencia en el pueblo. Dios mío, ¿a qué habré traído a mi pequeñita?, suspira masajeándose el anca. Adriana se remueve serena en el sueño bajo la mirada de la abuela.

Leonor cruza jadeando el umbral de la casa de Guadalupe Martínez.

– Prendieron fuego a nuestra camioneta- dice. Luego pregunta: – ¿Por qué, si ya todo mundo sabe?

Jacinta sacude la cabeza.

– Ojalá que no haya nada de cierto en las obsesiones de Dafne.

Lo dice para espantar un espectro, pero logra que Leonor suelte los fantasmas de sus celos.

– ¿A qué trajo a esa, esa…  periodista? ¿De qué nos va a servir?

La vieja doctora sonríe: puede reconocer las pasiones y prejuicios de una científica dura  desde que era estudiante.

– Verás qué buena es armando un escándalo- reprende a su discípula.

A Dafne sus narcotraficantes le han asaltado el sueño mitológico como un bombardero no tripulado a una boda afgana. Se incorpora de un brinco. De pie en la estancia vacía, experimenta el terror de quien espera una segunda arremetida.

Muy pronto empero la invade el entusiasmo ansioso que devora a los periodistas cuando creen haber dado con la noticia. Corre hacia el centro del pueblo. Divisa las llamas del auto al tiempo que unas sombras se escabullen tras los arcos posteriores al parián. Hombres, sin lugar a duda. Tres, máximo cuatro, y vestidos de blanco.

No sabrá explicar qué la empuja a seguirlos, si la curiosidad profesional o una inconsciencia alimentada por la necesidad de encontrar una pista. Calcula mal el peligro o, más bien, no lo calcula para nada. Al empezar a correr la roza la imagen de una futura charla con Jean-Bernard: ella recostada en sus piernas le cuenta como dio con una banda de corruptores del estado mexicano. A grandes trancos alcanza las sombras que se pierden entre los maizales; el aire frío la envuelve y la noche se cierra sobre el campo al alejarse del fuego y la electricidad.

Santiago distingue la silueta de la griega cuando tuerce detrás de las casuchas vacías que cierran el pueblo al sur. Quiere alcanzarla, pero frente a él se concreta la figura maciza del presidente municipal. Dos guardias vestidos de negro y armados de escopeta, vienen detrás y lo encañonan.

– ¿Qué hacemos?- preguntan mientras le apuntan al pecho.

El flujo sanguíneo de las piernas de Santiago se vuelve ardiente plomo líquido. Está a la merced de una autoridad absurda en medio de un pueblo semifantasma. Aprieta los dientes y endurece los músculos; el presidente municipal adivina su terror y un escalofrío de placer le recorre la entrepierna.

– A ver machín, ¿de qué institución dices que eres funcionario?

Las escopetas se desplazan. El primer tiro se incrusta a tres centímetros de su pie izquierdo, el segundo se pierde en el aire.

Leonor sale corriendo desde la casa de Guadalupe Martínez. Actúa como una heroína de película antigua y se interpone entre las escopetas y el hombre, pero, una vez plantada frente a la sonrisa hijoputesca del munícipe, no puede hablar ni lograr que las piernas dejen de temblarle. La imagen, en su grotesco, le provoca unas ganas estúpidas de reír. Ahí está.

Una voz de tiple y un asomo de afirmación, de exhorto, algo sorprendente sale de la boca de Santiago.

– Éste es un delito federal, nosotros somos investigadores del gobierno- alcanza a decir con un último aliento de dignidad, empujado por el antiguo deber masculino de proteger a los suyos.

Los policías entienden que él es autoridad. Dándose vuelta sin bajar las escopetas, las dirigen hacia el presidente municipal quien grita con su vozarrón:

– ¡No me estén apuntando, pendejos!

El tendero sale con sendas botellas de Coca Cola y, tras agitarlas, dirige la espuma a las llamas que se apagan.

 

 

 

La doctora Vargas entra a la plaza del brazo de Guadalupe Martínez. Su hijo despierta a Adriana apenas ellas han cruzado la esquina.

– Vamos; luego no van a contarnos nada.

Así también los niños penetran en la noche enardecida; nadie atestigua su fuga. Cuando las patrullas de la Policía Ministerial de Oaxaca llegan de Huajuapan, casi los arrollan en la carretera principal.

– ¿Ves?, para ellos somos invisibles.

El muchacho se sobresalta.

– No digas esas cosas de noche; es peligroso.

Mira hacia la oscuridad y un escalofrío lo sacude de pies a cabeza.

– ¿Qué pasa?- pregunta en voz muy baja Adriana.

El niño se encoge; sólo mediante un esfuerzo del que Adriana no puede dejar de percatarse susurra:

– Tú y yo no somos invisibles, no debes decir esas cosas, tú…- baja aún más la voz y la mira a los ojos. – Tú y yo somos normales- agrega y echa a correr hacia el centro del pueblo.

Llegan a los portales, mientras los policías se dispersan por el pueblo. El comandante interroga una vez más al equipo de investigación. Adriana se acerca a su abuela. La presencia de conocidos la conforta,  tiene miedo aunque no esté segura de qué. Leonor es su cómplice,  Santiago una especie de tío.

– ¿Dónde está Dafne?- pregunta.

– Dafne- musita Jacinta.

– Dios mío- le responde Santiago.

– ¿Qué?- dice Leonor.

– No está- contesta Jacinta.

– ¿Quién?- inquiere el comandante de la ministerial.

Santiago recuerda haberla visto correr hacia las afueras del pueblo y el policía pregunta si anda armada.

– No- contestan en coro los biólogos y la niña.

Al poco rato, sólo Dafne importa. Las patrullas salen por las veredas con las luces prendidas, desde las pocas casas habitadas los hombres se alistan para buscarla en las milpas, y a los niños les toca un coscorrón por andar en la calle a esas horas de la noche.

El comandante mira a Leonor; tiene las piernas fuertes dibujadas bajo el ligero camisón de seda y el escote descubierto. El comandante se sabe guapo, su pelo castaño le cae sobre los hombros anchos y el pistolón le cuelga del cincho. Pasea su mirada sobre Santiago. ¿Cómo puede dejar que él, el irresistible Carmelo Montes, mire a su mujer vestida así? En ese instante el joven biólogo rompe a llorar. El policía sacude la cabeza. Maricón, suelta entre dientes.

Sentada al lado de su colega en la banqueta del palacio municipal, Leonor le pasa un brazo alrededor de la cintura. La seda del camisón se desliza dejando al descubierto un par de muslos bien torneados y brillantes. Qué hembra para tan poco macho, resopla el comandante, inhalando el aire que le infla el pecho como a un guajolote.

 

 

 

Las horas pasan. La escarcha hiela en la madrugada. Guadalupe Martínez camina hasta la plaza por tercera vez desde su casa, con una taza de atole caliente. Beban, beban que les hará bien. Sus huéspedes obedecen a pequeños sorbos. El comandante ha ido tras sus hombres, ha vuelto para llenar papeles y se ha ido nuevamente. La luz morada anuncia el alba tras las montañas al este.

– La mataron- suspira de repente Jacinta.

Santiago sacude negativamente la cabeza.

– Ay no, doctora, nunca me lo perdonaría.

Cuando el cielo se transparenta, vuelven las patrullas, a la media hora regresan los hombres. Nada. Dafne se ha esfumado.

– Hay que avisar a los retenes de los caminos y pedir refuerzos de Tlaxiaco- ordena el comandante.

Sobre el camisón, Leonor lleva ahora una cobija de lana gruesa. El oficial lo cree un gesto de desaprobación y repentino recato, como si su fracaso en la búsqueda de la griega le quitara ese poder de seducción que cree inherente a su masculinidad armada. Leonor mira a Santiago para prevenir cualquier gesto de desesperación de ese hombre que empieza a querer como a un hermano. De edad parecida, hace lo mismo que ella; lo apoya por una primaria comunidad de intereses. El comandante conoce sus nombres, el número de sus documentos de identidad; en realidad, no sabe nada de ellos. Así que las atenciones de Leonor a Santiago le duelen como una afrenta al sentimiento que lo empuja sin razones ni derechos hacia la mujer y le remueve la sangre. Y que es nuevo, inesperado, sin sentido.

– ¡Muévete!- grita histérico a su segundo.

Radian un mensaje con una confusa descripción de la periodista griega mientras la camioneta de José Luis García entra al pueblo. Dafne está sentada a su lado y se sostiene con la  mano derecha el brazo izquierdo, empapado de sangre. Se apean  en la plaza. Todos los miran.

–  La encontré mientras venía para acá- dice García.

– Cayó del cielo – agrega Dafne. Y dirigiéndose hacia Jacinta: – Ésos no eran narcos: me hirieron con un machete porque los seguí. Los narcotraficantes llevan otro tipo de armas.

–  Así es- responde Jacinta. – Eran campesinos asustados.

Luego abraza a su amiga y se la lleva hacia la casa de Olga para curarla.

 

 

 

 

 

 

El pintor entra con su pasito medio saltarín a la cocina de Guadalupe.

– No son de aquí -dice.

La mañana disipa las brumas de la madrugada y él necesita un café para sobrellevar la desvelada.

– Eran campesinos, – dice Olga la comadre.

– Sí- contesta el pintor. – ¿Y qué más iban a ser?

Se quedan en silencio. Las mujeres limpian unos quintoniles para el almuerzo y él dobla la cabeza sobre la taza humeante.

Del otro lado de la calle, el estudio de José Luis García se desvanece al igual que las chozas a la sombra de la mole del convento colonial. Su historia ha crecido allí. Él es el pintor que jamás pudo olvidar su tierra. Ni en Berlín, donde pintó las huellas de sus pasos de rosa y verde entre su casa y la galería. Ni borracho en Moscú, donde amarró un mecate del hotel a la cantina para no extraviarse en el hielo y poder regresar a Oaxaca al final de su exposición.

José Luis García sólo acepta perderse entre las comunidades de alfareras y tejedores, pintoras y arquitectos, que dan vida al arte del pueblo de las nubes, el pueblo del polvo de agua. Va y viene de las tierras rojas de Nochistlán a las cuevas de Apuala, de los talleres de San Jerónimo al mercado de Coixtlahuaca. Sube a las cumbres de Tilantongo donde Sahuindanda flechó el sol. En Yanhuitlán, no hay mujer que no le ofrezca un asiento en su cocina.

Ahí lo encuentra el hermano de Olga, un hombre robusto, muy moreno, que viste una bata blanca.

– A su amiga no le va a pasar nada, tuvo suerte: no se detuvieron para matarla, sólo querían que dejara de seguirlos. Seis puntos derechitos; si cicatriza bien, casi no van a verse, la herida no se ha infectado- dice.

Su voz, sin embargo, no es totalmente clara, como si escondiera un fastidio. José Luis clava los ojos en el rostro del médico.

– ¿Y qué, pues?- pregunta luego de un rato.

– Pues, que no me gusta nada; esos hombres son de por ahí, de Tlaxiaco, y llegaron a la presidencia municipal para decir lo que todos aquí ya sabemos.

– ¿Qué, pues?- insiste José Luis.

– Que es mejor dejar el campo, que la tierra ya no vale nada; en fin, cosas que desde hace tiempo nos vienen repitiendo los del gobierno y también esos tipos raros de las mineras y las maquilas.

Las mujeres se encogen de hombros; los hombres se buscan la mirada. No son sembradores: ¿cómo van el médico y el pintor a opinar sobre ese propósito? El silencio en la casa de adobe pesa. El sentimiento de impotencia de los dos crece hasta invadir todo el ambiente.

– Si dejamos de creer en la tierra, nos morimos- dice entonces Olga.

Nadie contesta sus palabras, son demasiado grandes. Además, semejantes a sombras en pleno sol, en ese momento se acercan las mujeres que el día anterior han acompañado a los biólogos a la milpa. Vienen en grupo. Detrás de ellas, caminan tres hombres maduros, dos de ellos tuertos y el tercero bizco: quien tiene problemas en los ojos no puede entrar a los Estados Unidos. Se detienen en la puerta.  Guadalupe se acerca a sus paisanas.

– Pasen.

Las mujeres sacuden la cabeza.

– No, Lupe, sólo venimos a avisarte que don Nacho ha dispuesto las sillas en el patio y nos espera.

Don Ignacio Sol Hernández ha sido el último mayordomo de la fiesta de Santo Domingo, antes de que a su devoción la pararan la falta de recursos y la muerte de un hijo en el norte. Después de él, nadie se ha ofrecido y la fiesta ahora corre a cargo de una comisión. Los pocos habitantes de Yanhuitlán, sin embargo, siguen reconociendo la autoridad de don Ignacio.

– También a sus amigos del gobierno- agrega uno de los tuertos; – no son como los otros y él cree que tienen de qué hablarnos.

Luego lanzan una mirada a José Luis García y al doctor.

– Ustedes pueden venir- dice otro hombre.

Cuando están por irse, la más alta bisbisea: – Ni una palabra con el presidente municipal.

 

 

 

En el silencio recobrado, la voz de Guadalupe suena como un llamado a la realidad.

– Almorcemos primero.

Como si hubieran esperado su orden para moverse, todos se dispersan a buscar a la familia que aún falta y a los extraños.

Dafne llega acompañada por Leonor. Los niños, en la huerta detrás de la casa, las ven acercarse, pero siguen hablando de los fantasmas de Yanhuitlán, de los nahuales que son hombres capaces de salir de sí mismos para desplazarse en el aire, y nadie sabe si harán un acto bueno o uno tremendamente malo, y pueden ser visibles o invisibles.

– ¿Crees que la atacó un nahual?- pregunta emocionada Adriana apuntando el dedo hacia Dafne.

– Qué va, niña- dice el hijo de Guadalupe-, el machete lo manejan brazos de músculos, pero…- el niño mira hacia enfrente.

– ¿Sí?- susurra Adriana.

Hablar de esas cosas rezuma un miedo excitante.

– Pues, esa mujer es rara-. El niño calla por un instante como si buscara la definición de su rareza. – Yo no me hubiera atrevido a perseguir a tres hombres que huyen fuera de la ciudad durante un incendio; pues, lo más seguro es que ellos le prendieron fuego a su camioneta.

Adriana asiente con la cabeza y agarra unas piedras del suelo para lanzarlas y atraparlas en el aire.

Cuando su abuela y Santiago llegan, Guadalupe sale a la puerta y grita:

– ¡Niños, vengan a comer!

Entonces su hijo mira fijo a Adrianita.

– ¿Tú también te vas a ir?- pregunta.

– Sí.

– A mí me gustaría que te quedaras.

– ¿Por qué?

– Eres bien bonita.

Adriana siente una furia irrefrenable. Cómo es posible que los niños no sepan tener amigas. Se levanta de un brinco y tira lejos las piedritas con fuerza.

 

 

 

 

Quintoniles en salsa verde y unos puñetes de frijoles bien cocidos en el comal, y luego todos se van hacia la casa de don Nacho. Sólo el niño se queda en el patio rumiando lo pendejas que son las niñas, aun las de ciudad.

Guadalupe y Olga abren la marcha. José Luis le ha ofrecido el brazo a Jacinta Vargas y el médico se interesa en la herida de Dafne. Cruzan el pueblo sin pasar frente al Palacio Municipal y llegan a una casa antigua, limpia y muy cuidada, con un mezquite al centro del patio. Bajo su sombra, han sido dispuestas una veintena de sillas de paja con el respaldo de madera pintado de colores vivos.

Don Nacho no es más viejo que la mayoría de los hombres, aunque a todas luces es el más rico. Sus hijas atienden la única comercializadora de semillas, que a la vez es la tienda grande del pueblo; sus hijos han emigrado a Estados Unidos y cada año le envían remesas suficientes para que él pueda sufragar sus gastos de presidente de la comisión para la fiesta del 4 de agosto. Por su patio andan graznando patos, gallinas y dos pequeños nietos, todos picoteando del suelo. Los hombres de Yanhuitlán no se han atrevido a pedirle consejo, porque temen que don Nacho defienda la tienda de sus hijas, pero éstas también han llegado a la reunión.

Cuando Jacinta cruza la cerca del patio, don Ignacio va a su encuentro. La trae al centro de la reunión para que hable. La vieja bióloga se siente más intimidada por las miradas expectantes de los campesinos mixtecos, que por la rueda de prensa en el Instituto.

– Sólo sabemos que muchas más milpas de las que se han estudiado han sido contaminadas por un maíz genéticamente modificado que se ha sembrado por error- dice al fin. Y una lluvia de preguntas recae sobre ella.

– Hay que evitar la siembra del producto comprado, pues no es de una variante que se adapta a nuestros suelos y puede ser que desplace al maíz criollo- vuelve a insistir antes de que Leonor, transida por una especie de frenesí, le arrebata la palabra temblando.

– Cada año, los productores mexicanos tienen un excedente de seiscientas mil toneladas de maíz blanco. Es decir, ustedes producen más de lo que todos consumimos. Resulta que no se logra comercializar. No obstante, se importan doscientas mil toneladas de maíz blanco de Estados Unidos.

Las lágrimas inundan su cara.

– Ése es el maíz que está amenazando nuestras milpas.

La voz se le quiebra. Antes de dejarse caer en su silla, alcanza a preguntar todavía:

– ¿Por qué no se detienen esas importaciones y se comercializa el maíz mexicano tradicional?

Los campesinos dirigen la vista hacia las hijas de don Nacho.

– ¿Por qué?- preguntan en coro.

Las dos mujeres les sostienen la mirada, sin culpas, pues el gobierno les envía los granos sin especificar su proveniencia.

– Eso ya no va a pasar- dice la mayor.

Entonces, Leonor vuelve a gritar, fuera de sí:

– El desprecio de las autoridades de agricultura hacía nuestro maíz ha llevado al abandono la agricultura campesina, al total desconocimiento de las variedades mexicanas y, ahora, a su contaminación con variedades transgénicas.

Jacinta cierra los ojos.

– ¿Es cierto?- susurra don Nacho.

Él se ha preguntado por qué los camiones que transportan maíz, dejan caer tantos granos por el camino. Desprecio, es la palabra. ¿Inconsciencia también? Porque en su suelo seco el maíz puede no tener la suerte de germinar, pero en la Sierra Norte, donde las nubes humedecen a diario la tierra, cualquier grano brota y las espigas transgénicas pueden polinizar las milpas tradicionales.

– Claro que sí- suspira Jacinta-, lo que ella dice es cierto; pero ¿adónde los va a llevar con esos gritos?

– Usted no cree que nosotros somos capaces de reflexionar y controlarnos, ¿verdad? La muchacha sólo se ha exaltado, se le pasará.

Dafne se levanta y pasa el brazo sano sobre los hombros de Leonor. Cuando siente que se ha calmado, vuelve a ser la periodista de siempre.

– ¿Y ustedes qué tienen que decirnos? Estamos aquí para escucharlos.

Los mira. Son lo que queda de un pueblo de magníficos agricultores. Desdentados, tristes. No falta mucho para que alguno se levante y diga que ya es un fantasma. Que el suyo es un pueblo de fantasmas. Desde hace cientos de años combinan con sabiduría sus cultivos para proporcionar a los terrenos un equilibrio que los proteja de las sequías y las plagas. Pero su voz, diezmada por la migración y la edad, cuenta la historia de errores recientes.

Se incorpora el bizco, alto y pesado.

– Además, llegan otros campesinos a decirnos que es mejor que vendamos, que la tierra no vale nada, que pronto el gobierno nos la quitará de todas maneras.

Don Nacho asiente gravemente.

– Dime, Aurelio, ¿tú los escuchaste?

– Sí, don Ignacio, a esos tres, los que hirieron a la señorita, ellos hablaban de un plan del gobierno para hacer que estas tierras fueran como fábricas del campo… y que nosotros no tendríamos nada que hacer en ellas.

Algunas mujeres afirman con la cabeza.

– Dijeron también que si vendemos ahora- continúa Aurelio – vamos a conseguir mejores precios.

– Están locos. ¿Quién compraría?- lo interrumpe una vieja.

Muchos se encogen de hombros, pero Olga contesta:

– El presidente municipal.

 

 

 

Al final, el polvo de los campos recae sobre los caminos. Los extraños vuelven a las casas que los han hospedado para recoger sus cosas. Adrianita mira hacia el patio, el hijo de Guadalupe se ha esfumado. Desempaca el videojuego y lo deja en la mesa de la cocina. Luego se apresura para alcanzar a su abuela en la plaza.

José Luis García aguarda, apoyado en una de las bancas de piedra. Dos patrullas esperan. El pintor insiste que los biólogos no se marchen con la policía a Oaxaca.

– Todavía no, duérmanse en mi casa por esta noche.

Antes de morir, su madre le enseñó que hospedar a los caminantes es una forma de demostrarle agradecimiento a Dios por la vida y la propia abundancia. Cocinar para ellos es además un honor. José Luis le ha pedido a Olga que mate y desplume dos pollos; ella es soltera y bien puede preparar una comida ceremonial, que exige de quien la guisa por lo menos cuatro días de abstinencia sexual.

La casa y el estudio de José Luis están cercados por un muro de adobe y un seto de buganvilla de flores rojas, naranjas y blancas. El último refugio de un mundo que se esfuma; se respira en él la pasión de un artista. Dafne pasea por el jardín y entra a la cocina. José Luis y Olga agregan achiote al pollo cocido en sal para darle color y lo sazonan con hojas de acuyo. Le añaden chile seco, tostado y molido y la masa de nixtamal disuelta en agua fría, para que espese un mole amarillo y perfumado.

Dafne respira hondo y va a sentarse en la veranda, en una butaca de mimbre grueso y cojines de algodón salvaje. La mirada se le va tras las luces del atardecer. Prende un cigarro y mientras el humo se levanta no dice una sola palabra. A su alrededor van congregándose los demás. Los azules cerúleos cambian a cobalto y la noche índigo avanza sobre el cielo. Una delgada línea morada se divisa en la última luz, cuando Dafne propone lentamente:

– Bien, es hora de que hablemos.

Su brazo descansa en un pañuelo verde amarrado al cuello. Parece no molestarle; se ve serena. Nadie toma de inmediato la palabra, como si a pesar de que el momento ha llegado, la calma chicha de la espera quisiera preservar el refugio que proporciona contra la tempestad del mundo.

– Qué tarde- dice al fin Jacinta.

– Eh, sí- le hacen coro Leonor y Santiago.

Otro instante de silencio, levísimo. Luego Santiago irrumpe diciendo: – Nos toca tomar una decisión. Si vamos a Oaxaca para denunciar el incendio es probable que el Instituto nos retire de la investigación porque es peligrosa para nuestra seguridad. Si nos dirigimos a la Sierra de Juárez sin hacer la denuncia, quizá ya no seamos considerados investigadores oficiales por las autoridades de Salud, lo cual puede implicar desde que perdamos el trabajo hasta que simplemente no nos devuelvan los gastos de renta de coche y gasolina. ¿Qué hacemos?

– Qué concreto eres- se mofa Dafne.

Una sonrisa asoma en los rostros de las cinco personas sentadas. De la cocina, la luz y el aroma del mole amarillo se expanden por la casa cuando José Luis abre la puerta. Huéspedes y anfitriones se sientan a la mesa, aplazando momentáneamente toda decisión. Olga calienta las tortillas y ofrece frío chocolate en agua para la sed. Hay risas, chistes. El pintor es un cuentista nato y un chismoso de malicia suave, erótica, nada agresiva. Deja caer un comentario sobre las miradas que las mujeres le lanzan a Santiago, un piropo para Dafne, un chascarrillo que involucra a Leonor y un comentario gracioso acerca de lo mucho que don Nacho habló con Jacinta.

Por primera vez en años, Leonor come sin remordimientos. Adrianita devora su porción, se acurruca en los brazos de la abuela y se duerme. Dafne se relame los labios, se levanta ligera y feliz y da un par de pasos de baile, el brazo sano en alto, silbando. Y si la guerra estalla que nadie diga que no he sido feliz en vida, canta en su lengua.

Después de varios tragos de ese mezcal ahumado y seco que libera el cerebro y tuerce las rodillas, Dafne manifiesta que si todos deciden volver a la ciudad, ella seguirá el viaje por su cuenta ya que, de todas formas, debe desquitar el precio del boleto de avión a México.

Jacinta la ha mandado llamar y sabe que la afirmación de su amiga es un reclamo contra su cobardía, pero le duele el cuerpo, no sabe qué hacer y carga con la niña.

– Yo te acompaño- propone José Luis.

Santiago y Leonor dirigen las miradas hacia su maestra.

– Si nos corren, ¿de qué va a servir nuestra investigación?- les pregunta la vieja bióloga. -Sólo si confirmamos los datos desde un lugar público podremos incidir en las políticas de defensa de la biodiversidad en el agro- argumenta todavía.

– Doctora- dice entonces Santiago – yo siempre supe del laboratorio de La Trinidad; quisiera conocerlo y hablar con la gente.

Jacinta mira a Dafne.

– De la denuncia me ocupo yo, si ustedes me pasan los datos- la anima la periodista.

– Con la camioneta se quemaron todas las pruebas ya recogidas- alega la bióloga.

– ¿Con cuánta gente trabajas tú?- interpela Dafne a José Luis.

– Dieciséis comunidades.

– ¿Te son suficientes para monitorear los maíces de la Mixteca?

La voz de Dafne se ha vuelto dura. Tiene en sus manos la oportunidad de que Jacinta continúe con la pesquisa y no va a dejar que se rinda. No mientras ella pueda demostrar que su fuente implica hacer periodismo de verdad.

Leonor Ruiz siente en ese instante que toda su vida ha buscado un motivo, un indefinible objeto que le demuestre que es algo más que una máquina de aprender datos. No, no volverá a casa con la frustración golpeándole la boca del estómago, sola frente a una cocina enemiga, frustrada como el fondo de un paquete de chocolate.

– Entiéndame doctora, no es que no me interese el Instituto, pero yo me voy con ella.

– De acuerdo, muchachos; entonces no los voy a dejar, menos después del amago de ayer-  cede al fin Jacinta.

José Luis vuelve a sonreír.

– En mi camioneta cabemos todos.

Jacinta Vargas se yergue sobre la cadera doliente, derecha y vieja como una jefa de tribu.

– No cantes tan pronto victoria, amigo mío, en seis días necesito una doble muestra tanto de los maíces de la Mixteca como de los del Valle y del Istmo de Tehuantepec, la primera en La Trinidad y la segunda con Gerardo Castillo en el Instituto Nacional de la Nutrición de la Ciudad de México.

Un general que asume el comando de sus tropas. Camina recto hacia el cuarto donde le han preparado la cama con sábanas guardadas entre flores de poleo.

– Y todos se van a ocupar de la seguridad y de las tareas de Adrianita- establece antes de cerrar la puerta.

 

 

 

Interponen una denuncia por daños contra la nación. La camioneta era del Instituto y ellos, funcionarios públicos. No piden la intervención de abogado alguno y envían el documento ministerial a la Ciudad de México por fax. El mayor problema que enfrentan es la tajante negativa del agente de seguros de ir por la camioneta.

– Se lo repito –insiste el hombre: – no existe una póliza que los ampare. Nadie la ha pagado.

Pasan la mañana en una lóbrega delegación de policía. Los oficiales que han velado la noche entera se estiran cansados, con ganas de irse a dormir y sin hacerlo. Una especie de inercia de la voluntad los mantiene clavados frente a una taza de café desabrido. Los agentes que llegan a su turno de guardia no terminan de ajustarse al ritmo apresurado de las contingencias y de sus denunciantes. Las ventanas del Ministerio Público filtran una luz que se abrillanta instante tras instante, aunque no ilumina el espacio. Los años de denuncias, tristezas y miedos vertidos sobre las máquinas de escribir arrumbadas en un rincón de la oficina flotan en el aire, ennegreciéndolo. Además no hay dinero, nadie saca un peso de sus bolsillos para sus refrescos. Ni órdenes perentorias. Éstos no son amigos del gobernador ni del dueño del periódico local. Parecen gente, no funcionarios. A los oídos de los biólogos llegan el chirriar de los frenos de las patrullas que salen del estacionamiento y, de vez en cuando, los gritos desgarradores de una mujer o un hombre cuyo hijo se ha perdido. – Señora, su hija se ha ido con el novio, no está desaparecida, regresará a casa –oyen que dice un policía. Otro regaña al padre de un muchacho: -Estará intentando llegar a Estados Unidos por las veredas del desierto. Ya saben que es peligroso, no podemos hacer nada.

El ministerio público no da crédito que una directora de departamento no pida ayuda al aparato burocrático de su institución. Menos aún que viaje sin seguro. Las sospechas recaen sobre Jacinta, aunque nadie se salva de su amenazante desdén.

– Voy a averiguar quiénes son ustedes –amenaza el comandante.

La vieja maestra se encoge de hombros.

– Hágalo.

 

 

Mientras tanto Dafne y Adriana se desperezan en la casa de un pintor coronado por una aureola de cabellos blancos a cuya puerta José Luis ha tocado quedo, como para no despertarlo por completo.  La mirada extrañada a la mujer y a la niña que lo acompañan no le quita lo parlanchín y afable; el maestro al que ha ido a ver es uno de esos gordos que con cada gesto demuestran su entrega a los placeres de la vida. Ha pasado la noche en vela; no sabe explicárselo, no cree en presentimientos, sin embargo no puede dejar de pensar que se quedó esperando a alguien que no sabía quién sería.

Acomoda un par de sillones de paja bajo el arco de cantera verde que cierra el patio al este. Deposita café y mezcal en una mesita. Los mira refocilarse, luego, taza en mano, les ofrece un recorrido por su obra.

Dafne y José Luis son personas diurnas, despiertos moradores de las madrugadas. Sobrellevar un desvelo con tanto aplomo rebasa sus habilidades. Por lo mismo, miran fascinados al pintor que, sorbiendo su café cortado, habla de la ciudad de piedra verde que los cobija. Veinte calles reticuladas donde se han guarecido los pintores de México y Centroamérica, como si los fresnos de su plaza central los protegieran contra las bombas de los tiempos.

El aire del amanecer transporta aún el eco de bandas trasnochadas, mientras el rugir de los camiones de la Coca Cola ya hace temblar las calles aledañas. Dafne circula por el estudio de su anfitrión. Una serie de seis puertas en arco, abiertas de par en par, deja entrar la luz verde del jardín y la luz amarilla del patio. Una claraboya de cristal azula las paredes de adobe claro. Apoyadas al muro del fondo, se amontonan grandes telas donde sillas de colores intensamente oscuros forman triángulos o ruedan en círculos perfectos. Flotan, en la superficie restante, parejas y letras que resumen en un plano las propiedades de las figuras. La pared de su cuarto, en Placa, necesita de un movimiento así, fuerte y geométrico. Requiere que combine los rojos con los verdes y las tierras con las aguas. Lo precisa porque ella, una vez de regreso a Grecia, sentirá una estúpida nostalgia por esta mañana cordial.

Compra la tela cuando empieza a sentir la añoranza anticipada. Un arrebato; ¿qué importa el dinero si la imagen se esfuma, si la luz se pierde? No sabe siquiera cómo se atreve a pedirlo: nadie se explica cómo llega a besar una boca, a decir te amo. Luego, presa de una timidez agolpada, se precipita hacia un café internet. Que José Luis resuelva en compañía de su colega cómo remitirle el cuadro en Atenas.

Adriana colabora en el internet con Dafne, copiando letra por letra los mensajes que la griega apunta en lenguas desconocidas. La periodista, para probar su nuevo teléfono digital, marca el número de Jean-Bernard. Se enfrasca en una llamada que la lleva al patio trasero de la tienda, la acurruca detrás de una fuente de cantera, entre macetas de barro y malvones. Se escucha pronunciar palabras que creía desterradas de su vida. Palabras simples, cómo me haces falta, estoy cansada de estar sola.

 

 

 

 

 

El calor zumba, se hace uno con las moscas. La salida a la carretera de la Sierra está flanqueada por edificios chatos como guardias de honor a los amores clandestinos. Hay hombres que parecen hablar solos al volante. Cruzan el arco de un portón a la izquierda y se esconden entre muros anchos que absorben susurros y gritos de placer. Largas cortinas engomadas ocultan sus autos a las miradas. Los moteles tienen nombres altisonantes: La Hacienda o El Marquesado, o evocan placeres campiranos: El Buen Camino, Las Aguas y Tu Nido. Calenturas diurnas se explayan en sus camas.

La carretera serpentea cuesta arriba. Encinas y oyameles, hondonadas frescas, riachuelos infinitos que sirven de criaderos de truchas. Las orquídeas empenachan las crestas de las hayas.

– Mira los cielos, abuela, son tan hermosos que parecen dos ojos mirándote desde el mundo de los árboles.

Un Ford azul de vidrios ahumados revienta las imágenes que la niña evoca. Flanquea agresivo la camioneta de José Luis. Su máquina brama, las llantas delanteras brincotean en los sucesivos apretones de acelerador. En su interior un hombre envuelto en un gabán se sacude de la risa. En la entrada de una curva, el Ford pega con furia el costado izquierdo de la camioneta donde los seis viajan y acelera. José Luis sostiene el volante; logra detenerse antes del barranco. De la tensión le duelen los brazos y la respiración se le acelera.

El golpe sólo le ha provocado una ligera abolladura al coche, pero la ansiedad hace presa de todos. Detenidos a orilla de la carretera, hombres y mujeres inhalan y expelen el aire con un quejido. Nadie atina a registrar las placas del auto de doble tracción cuyo motor ruge cuesta arriba a cien, doscientos, trescientos metros de distancia, entre curvas cada vez más cerradas.

– Hay que denunciarlo- dice Santiago.

Leonor calla. La doctora Vargas asiente. Dafne no está de acuerdo. Qué eficacia tiene una denuncia que no está acompañada por la visibilización de los hechos. Además publicitar su investigación pondría sobre aviso a los sectores del gobierno cercanos a las trasnacionales de las semillas modificadas. Desaparecerían pruebas, confundirían pistas. Claro, también les sería más difícil matarlos impunemente.

– Por aquí nos han identificados – dice. – ¿Dónde podemos dormir sin que nos delaten?

José Luis entiende que Dafne está pidiéndole a él que les encuentre una guarida, pero no sabe qué contestar. Confía en la gente de la Sierra aunque sea un mixteco celoso; sin embargo, le cuesta menos relacionarse con un galerista alemán que con un músico de banda zapoteca. El silencio se impone.

– Podemos pedir posada al director de la radio comunitaria de Guelatao, pero hay que llegar por separados a su casa- dice después de un rato.

Rumbo a Lachatao, José Luis hace descender del auto a Santiago, Leonor y Dafne. El recodo está protegido por altos pinos muy tupidos. Con Adriana y Jacinta prosigue hacia el pueblo.

– Los turistas visitan el templo y el convento, comen  tamales de yuca y de frijol tierno al lado del semiderruido muro atrial –dice. -Nos la vamos a pasar bien.

 

 

Poco antes de encarar un abrupto sendero de montañista, Dafne vuelve a llamar a París.

– No juegues con la policía mexicana- la aconseja Jean-Bernard. – Los muertos en el país se cuentan al día por docenas, matan a poetas en sus casas y a mujeres que se dirigen a sus trabajos. Robo, trata, narcotráfico, venganzas, todo se mezcla. Contra los migrantes y contra los pueblos indígenas son particularmente despiadados. Se sabe de autos con más de dos mil agujeros de bala. Ser periodista ahí es casi una condena de muerte. Nadie sabe cuánta de la gente que se esfuma es víctima de una persecución política disfrazada.

No quiere darle miedo a la mujer, pero él es caribeño, americano hasta la médula, y ella no, él debe ponerla sobre aviso.

– Mañana- continúa- la FAO lanzará un mensaje acerca del peligro que corre el maíz en la  Sierra y los declarará sus investigadores. Dos atentados en cinco días no son una broma.

Dafne trastabilla y al apoyar la mano para no caerse apaga la comunicación. La tierra cambia de color bajo sus pies y, durante nueve silenciosas horas, con Santiago y Leonor miran las hierbas, los arbustos de poleo, las mariposas, los margaritones y los lejanos amarillos oscuros de pequeños campos de trigo. Saludan –buenas tardes, buenas tardes- a dos niños perfectamente vestidos y descalzos, con el sombrero bien calado. Turistas, se dicen los chiquillos al dejarlos atrás.

Las tinieblas encuentran sus pasos más cansados y lentos. De la tierra mojada un frío húmedo les sube hasta las rodillas fatigadas y las nubes envuelven árboles y camino. En el momento más oscuro de la noche, al doblar por un recodo, aparecen algunos pórticos encerrados por la penumbra de dos faroles. Detrás se perfila la escalera para subir a la plaza. El pueblo de Guelatao está recogido en su polvo de agua y en el silencio de las casas entregadas al sueño. Dafne, Santiago y Leonor atraviesan la explanada del monumento a Juárez, el pastor del pueblo, el presidente de México, el benemérito de las Américas, así en plural.

Se adentran en el bosquecillo de la laguna. Doblan frente a la escuela. Suben hasta la casa de adobe y madera de Eusebio Soles. El músico, obedeciendo las costumbres de su comunidad, ya ha ofrecido cobijo a doña Jacinta y a sus acompañantes.

Del coche, ni su sombra. José Luis le guiña el ojo a Santiago.

– No voy a dejar que me lo quemen, con lo que me costó comprarlo.

Luego dirige la mirada hacia la mesa y ofrece un mezcal a cada uno de los agotados caminantes.

 

 

 

Duermen, sin mayores precauciones. “Si se los quieren chingar tan evidentemente como para entrar a mi casa de noche, lo van a hacer aunque nos turnemos en la guardia”, había dicho Soles. Los huéspedes y la familia asintieron. Ahora están acostados juntos y sueñan entre los pedos y ronquidos que corresponden al nivel del cansancio de cada quien.

El frío cala hondo sobre los techos. La nube se condensa de noche, envuelve a su pueblo. Los mestizos la llaman neblina porque no saben. Zá quiere decir nube y hasta los estúpidos nahuas cuando los derrotaron conservaron el Zá en su nombre, el sagrado nombre del Binigula’zá, la lengua de las zapotecas, las mujeres que hablan y paren nimbos.

Por la mañana, arriba de las nubes bajas con olor a copal y fogatas, despierta el sol. Eusebio sale muy temprano. Todavía envuelto en su cobija, se lleva a Santiago a tomar mezcal para que el pueblo los vea en una venta de casa grande. Mientras, las cuatro mujeres se esconden bajo el toldo de la camioneta del director de la banda de Santa Catalina. Y José Luis saca la camioneta de una carpintería y enfila hacia la capital del Estado, protegido, delante y detrás, por dos camiones cargados de troncos.

Treinta kilómetros más arriba, el director de la banda de Santa Catalina le ofrece el brazo a Jacinta. Han llegado al laboratorio de La Trinidad, en el edificio de la agencia municipal.

– Con gusto me quedaría a su disposición, pero un asunto urgente –subraya la palabra alzando la voz- me requiere en Oaxaca.

De alguna manera es cierto: le cuesta irse. Por una obligación indefinida o por un cariño súbito, siente que no ha hecho lo suficiente para esas cuatro desconocidas que, por el sólo hecho de estar en su tierra, se han convertido en sus huéspedes.

– Discúlpeme tantito- dice y se lanza escalera abajo.

Vuelve con Elisa Suárez, una agrónoma alta, seca y morena que está a cargo de la instalación durante la mañana.

– Se las encomiendo mucho- insiste ceremoniosamente el hombre. – Atiéndalas como se merecen.

El director de la banda de Santa Catalina vuelve al camino. Pasa por el taller mecánico, se detiene a saludar a un amigo. Así checa que nadie lo esté siguiendo. Desde Guelatao, en la cabina viajan con él una campesina y su nieta a quienes pidió por favor que intercambiaran sus ropas con las de Jacinta y Adrianita. Se sienten tranquilas y charlan; a final de cuenta van a la capital por negocios y las están llevando gratis.

 

 

 

José Luis ha cambiado su camioneta, ya demasiado vista, por el todoterreno de su compadre, cuando se reúne con el músico en el barrio de La Esperanza.

La idea de disfrazar a la señora y a su niña ha sido ocurrencia de José Luis. Ahora los dos hombres caminan por las calles anchas de la ciudad como esos amigos que vuelven a encontrarse después de algún tiempo de no verse. Se acompañan con la alegría del reencuentro, sin necesidad de gastar muchas palabras. En realidad, sólo tienen en común la orden de llegar a una casa de ventanas insonorizadas. Allí, un par de estudiantes de periodismo los escuchan largo rato, tomando notas en libretas que apoyan en sus rodillas.

Cuando el músico y el pintor salen nuevamente a la calle, de las casas se esparce el perfume de los guisados para el almuerzo. Las dos muchachas cortan la música y radian a todo el Estado la noticia de que el laboratorio de la Sierra tiene el apoyo de un comité internacional que hay que proteger. Santiago escucha el mensaje en la casa de Eusebio Soles, borracho como una cuba.

 

 

 

 

 

 

En la orilla del camino a Nochistlán, la radio se escucha fuerte. El agua de la acequia escurre sin ruidos y el comandante de la policía ministerial de Huajuapam mira cómo arrastra unas pajitas. No sabe qué hacer. Le han propinado una semana de permiso por el arresto de un gringo acusado de pornografía infantil. Siete días de vacío. Siete días para bajar la furia y aburrirse. Un castigo disfrazado de premio.

Y eso le pasa porque es buen policía. Demasiado bueno.

El comandante había visto en la estación de camiones a un hombre alto, con unos ojos verdes de bestia. No le gustó. Nadita. ¿Por qué? Vete tú a saber.

El hombre alto se detuvo para hablar con los dos niños cargadores que esperaban a un cliente en la puerta de salida; sin embargo, no llevaba maleta. El comandante entró a comprar un refresco para acercarse y escuchar. El hombre contaba unos chistes; los niños se reían de su español. Los invitó a desayunar. El comandante se sentó en la mesa contigua y vio cómo la plata brillaba en las manos del gringo, cómo jugaba a mostrarla y esconderla.

– ¿Quién quiere ganársela?- propuso.

Los ojos de bestia se desplazaban de un muchacho flaco y duro como el acero a un niño suave, con la sonrisa de un ángel desprotegido.

– ¿De veras, les sobra el dinero? –insistió.

Tras el cobertizo de las herramientas, el comandante agarró al gringo con los pantalones en las rodillas. Al niño flaco, ya le había roto la cabeza con una piedra; y el pequeño ángel lo miraba aterrado, con las manos levantadas y en la boca una mueca de miedo que le torcería la sonrisa para siempre.

El comandante odiaba a los hombres que les roban la infancia a los niños. Se peleaba con las vendedoras del mercado porque sacaban a sus hijas de la escuela para ponerlas a trabajar en la cocina del puesto. ¿Cómo no iba a darle con las botas en la boca del estómago a ese hijo de puta? Un rodillazo en las costillas, cuando encontró las fotos. Otro derechazo. Los ojos de bestia se apagaron bajo la sangre que manó de sus cejas rotas.

– ¿A quién le vendes estas fotos?

El comandante despedazó la cámara del gringo contra el suelo. Le dio duro al hombre que había caído al intentar subirse los pantalones: con la cacha de la pistola, con los nudillos, con la rabia de quien bien pudo ser uno de esos cuerpos retratados en el momento del miedo y el dolor para que viejos panzones se la jalaran en el baño.

Lo odiaba. Lo medio mató. El comandante es un policía irregularmente bueno. Porque también fue un niño feliz que correteaba por esos pueblos con su cuerpo ágil de indiecito bonito.

Y sigue siendo bonito. Lo sabe; se lo dicen todas. Leonor también debe haberlo notado. Esa mujer fuerte, de tetas y piernas redondeadas. No, no puede ser que sea la mujer de ese mequetrefe con voz de tiple que se dejó quemar la camioneta. Ése es puto, puto, los conoce bien él. Sube el volumen de la radio.

Las mujeres de la emisora hablan de las setenta y dos comunidades de la Sierra que apoyarán al grupo de investigación. El comandante de policía sacude la cabeza. Es sabido que esa unidad tan cacareada por los serranos es propaganda, que en realidad tienen tantas rivalidades cuantas alianzas han roto.

No lo reflexiona detenidamente. No tiene nada que hacer, nadie que cuidar, sólo siete días de descanso obligatorio. En su vida, en ese instante, no existe nada más que su deseo inmediato.

El cepillo de dientes y la chamarra están en su camioneta nueva de asientos de cuero. Emboca rumbo a Guelatao, pues si hay una radio involucrada en eso, puede estar seguro, la de Eusebio Soles es la madre de la noticia.

E, igualmente, puede jurarlo, la mujer esa, la bióloga de la ciudad, lo necesitará pronto.

 

 

 

 

Tres hombres muy distintos se encuentran en el sendero que sube a la casa de Eusebio Soles en Guelatao, después de que tres autos extraños se estacionaran en la plazoleta del monumento a Juárez. De la carpintería los han visto entrar al pueblo. Silban. En la subida, la dueña del expendio suena la campana. En la plaza, un anciano, con mano firme, está pintando algo que probablemente a su más eximio coterráneo, el héroe del liberalismo mexicano, poco le habría gustado: “En esta comunidad no existe la propiedad privada”. Detiene su tarea y empieza a golpear el suelo con la tapa de la lata de pintura.

De todas las ventanas del pueblo, las mujeres espían la marcha de los fuereños. Ahora, sus maridos bajan a la calle para averiguar a qué han venido.

Los extraños se cruzan y José Luis y el comandante se reconocen, deteniéndose apenas para saludarse. El tercer hombre, rápido como una cabra, salta la barda del jardín de Soles, abre la puerta de cristal de la sala y agarra a Santiago de la camisa, arrastrándolo detrás del cobertizo donde el músico guarda la leña.

– Santiago, Santiago- le susurra al oído: – Dos cabrones te andan buscando.

Santiago abre con fatiga los ojos enrojecidos por el mezcal.

– ¿Paco?, ¿Paco Méndez Juárez?- se aviva reconociendo a su amigo.

Un vuelco en el corazón. De pronto una alegría absoluta, un gozo sin aliento que lo transporta más allá de su borrachera y su miedo. Están tan cerca, casi acostados uno sobre las piernas del otro. Sudan en el frío. El mundo alrededor es verde, y rojo y amarillo como lo habían platicado en las noches de estudios, muchos años antes, allá abajo, en México.

El mundo es verde y huele a estercolero abierto. Dos hombres entran al jardín de Eusebio Soles gritando ¡Santiago! Paco cubre con el suyo el cuerpo del amigo para protegerlo.

¡Santiago!, vuelven a gritar el comandante y José Luis cuando no lo encuentran en la casa.

Al biólogo lo conmueve el peso del amigo, su entrega. Siente un calor dentro, unas ganas de llorar, un sentirse querido que jamás había valorado. Se despabila y, tomando a Paco de la mano, sale del cobertizo.

– Aquí estoy, es un amigo.

Parados en la verja, diez comuneros con palos y azadones miran la escena. Vuelven camino abajo sólo cuando Eusebio Soles regresa de la emisora de la Sierra y les dice que muchas gracias, de veras muchas gracias.

 

 

 

La tarde termina de aclararse y los tres hombres explican, como pueden, qué hacen ahí. Paco sonríe. El comandante se escuda detrás de una mirada hosca. José Luis chacotea.

Entonces Eusebio se remueve en la silla. Una necesidad imperiosa de quedarse solo lo asalta. Sin otro síntoma de fastidio, deja de tolerar los ruidos provocados por las voces y las vibraciones de la respiración ajena. Un ritmo, las palabras que lo acompañan, la mezcla entre sonidos y conjunciones empiezan a brotarle en el cerebro, tan inesperados como urgidos de soledad y silencio para ser escuchados. Se encierra en un cuartito aislado al fondo del jardín, a unos pocos pasos del bosque. Con el lápiz sigue la métrica acompasada que corretea por su cerebro. Su mujer y sus hijos no le hacen caso, es obvio que al músico alejarse de los demás le es necesario como el aire.

– Es un artista-. Ninguna otra explicación es necesaria.

Los huéspedes se dispersan. Paco y Santiago van a sentarse a orillas del charco en que se ha transformado durante la temporada seca la laguna. El comandante termina de un trago la botella de mezcal que Eusebio ha dejado abierta sobre la mesa. Se acerca a José Luis que pasea a orillas del bosque. Desea la complicidad de su paisano. Primero en voz baja y luego con ritmo creciente de bolero quejumbroso, empieza a balbucear.

– Puto, yo sabía que ese es puto. Es parte de mi trabajo, los reconozco con una sola ojeada. Y la pobre mujer ¿qué?, ¿no se da cuenta?

Busca con los ojos la mirada de José Luis.

– Ésa, la científica; ya sabe de quién hablo, ¿verdad? Tan bonita, ¿cree usted que la podrá satisfacer un puto?

José Luis no se esperaba una charla íntima. Se pregunta si el policía está borracho o si quiere sacarle información. Finge una atención confabulada que le permita ahorrarse las palabras. El comandante, por el contrario, no puede dejar de hablar, está preso de una compulsión que a él mismo le parecería ridícula. Mezcla prejuicios con amores, deseos con reconocimientos. Claro como el agua que la noche en Yanhuitlán no ha sido para él de rutina. Dice cosas extrañas que José Luis duda que haya pensado solo. Frases entreveradas de respeto hacia la científica, lo que no debe serle habitual, semejantes a que: “El pueblo tiene derecho a saber;  no todos los funcionarios son corruptos; pongo mi pistola a disposición de quien trabaja de verdad”.

Con gestos repetidos de la cabeza, José Luis asiente. La parte más sólida de su conciencia le ordena no confiar: un tira es siempre un tira.

Conforme el alcohol se le va bajando, el comandante se pone melancólico. Sacude su largo pelo extrañamente castaño y termina confesando que está allí por ella, exclusivamente por ella. Nadie sabe dónde está, hasta ha apagado la radio. ¿Estima José Luis que ella lo reconocerá? De hombre a hombre, ¿qué debe decirle cuando la vea?

Desconcertado, el pintor no le cree y sí le cree. Un policía enamorado es más de lo que su fantasía alcanza. Y enamorado de una mujer que cree comprometida con otro, al que no toma en cuenta porque desprecia a los homosexuales. O que considera homosexual porque se siente más digno de esa mujer a la que no ha dirigido la palabra. O porque únicamente estimándolo homosexual puede no imaginarlo metido en la cama de la mujer que lo obsesiona, la única forma de no enloquecer. José Luis se pasa la mano por el pelo.

La noche vuelve a bajar, tan helada como la anterior. La esposa de Eusebio Soles sale al terraplén frente a su casa. Los reflejos morados de las nubes dibujan tempestades en el suelo del valle. De considerarlo siquiera posible, la mujer se olvidaría hoy de atender a los hombres. El viento frío le enrojece los pómulos y el ocaso le provoca una felicidad extraña, teñida del deseo de volver a ser joven, de gustarle a su marido. De gustarle a cualquiera. Se pasa la mano por el pelo, con un gesto absolutamente distinto al de José Luis. Las canas son tan sedosas como los fueron sus largas trenzas de muchacha. Se pasa la mano por los labios. Suspira. La mano se desplaza hacia el pecho. Los pezones, endurecidos por una emoción inesperada, rozan el algodón tosco de su camiseta.

Por un instante en el cielo se arremolina un mundo poblado de trenes, caballeros y ciudades azules. Azul mar, casi negro, terrible y seductor como una pesadilla. La mujer de Eusebio Soles retiene la respiración y el tiempo. Un escalofrío le recorre la espalda y baja hasta las pantorrillas. Siente miedo; qué es ese no estar dispuesta a los demás; desde cuándo se imagina al centro de sus fantasías. Vocea a los hombres para que suban a servirse una sopa caliente. Al llamarlos, se muerde un labio.

El músico sigue escribiendo en el cuartucho, envuelto en una cobija de lana y no se inmuta. Paco y Santiago llegan caminando despacio, deteniéndose en el camino para contarse algo más antes de sentarse a la mesa. Tienen dibujada en el rostro una felicidad inconsciente.

José Luis entra a la casa detrás del policía. Y se pregunta qué hacía él ahí. Carajo, ¿y a mí qué…?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La casa que los comuneros de La Trinidad han ofrecido al equipo de investigación está sumida en el denso sigilo que las personas crean cuando descansan. Entre Dafne y la abuela, duerme Adriana. Hacia la medianoche, la niña se apretuja contra el cuerpo de la griega murmurando “mamá, mamá”. En una cama individual pegada a la pared de enfrente, Leonor bufa presa de una convulsión tan soñada como real. Delira, agoniza, gime.

Un orgasmo implica siempre un clímax. Cuando los estertores se calman, una sonrisa suave se dibuja en el rostro dormido. La periodista levanta la cabeza para ver las reacciones de Jacinta, pero la vieja duerme tan profundamente como su alumna y su nieta.

Bosteza; el sueño se le ha espantado y está despierta. Se cubre con la chamarra rompevientos y, prendiendo uno de esos cigarrillos que guarda en el fondo de la mochila, se sienta en los escalones de la puerta de entrada. En el valle brillan las luces de la iglesia y del ayuntamiento.

El silencio se mantiene hasta el alba, cuando un carro empieza a chirriar a lo lejos, bajo el peso de los instrumentos de labranza. Entonces los perros se despabilan, los gallos cantan, las puertas se abren y unos cuantos pasos suenan sobre el empedrado. Dafne reconoce una a una todas las emociones que le provocan los sonidos del despertar.

A las seis de la mañana, se seca una lágrima con el dorso de la mano y agradece a un joven de rostro ancho y dientes grandes el pan de huevo que del horno de Calpulalpam le manda doña Matilde, la panadera más joven. Un perfumado pan consolador, redondo, amarillo, caliente. Entra a la casa y pone el café y la leche en el fuego para el desayuno. Prende la radio justo a tiempo para escuchar al vicesecretario de agricultura afirmar que si los ecologistas no estuvieran movidos por oscuros intereses, festejarían los avances de la investigación agroquímica. Un mensaje con destinatario: – Nosotros-, dice en voz alta, para sí.

Apoyada en el quicio de la puerta, Leonor también contesta a la voz de la radio.

– Hijo de puta, oscuros intereses los de tus amiguitos.

Y dirigiéndose hacia Dafne: – ¿Ya viste cómo viven aquí? Pues, éstos son campesinos ricos, imagínate a los otros.

La griega se encoge de hombros. Preferiría discutir a solas con el aparato.

– Pensar que en menos de diez años de libre comercio, seis grupos de productores ganaron veinticinco mil millones de dólares, aprovechándose de las compras subsidiadas de granos, sobrepasando los cupos de importación permitidos, y dejando pudrir la cosecha nacional- continúa Leonor.

– Hijos de su sucio culo- dicen en coro y hunden sus bocas en las humeantes tazas de café.

Adrianita despierta triste. Quiere a su mamá, quiere ir a la escuela, quiere a su papá, a sus amiguitos y su computadora. El café no le gusta, apenas muerde el pan.

– Me aburro- dice al fin. – Ustedes tienen qué hacer, yo no.

La abuela se altera, la niña rompe a llorar.

– Tu mamá, tu mamá- se exaspera Jacinta.

– Es una niña de ocho años, ¿no te das cuenta?- interviene Dafne.

– Allá afuera hay diez millones de niños que no tendrán escuela, ni madre ni comida si no denunciamos la competencia desleal de las importaciones agropecuarias- grita la anciana bióloga.

– Esta niña no es un número, es tu nieta- brama más alto aún la periodista y sale dando un portazo.

Leonor corre hacia la puerta para retenerla, pero la griega se aleja a grandes trancos camino arriba. En la casa, Adriana llora en un rincón y la abuela, sentada en la mesa. La joven bióloga molecular de plantas toma su ropa de la silla y en silencio se encierra en el baño para vestirse. Rumbo al laboratorio, veinte minutos después, nadie pronuncia una palabra.

 

 

 

 

Los hombres llegan cuando la maestra y su asistente ya están trabajando al lado de Elisa Suárez. En el laboratorio reina un mutismo exasperado. Las biólogas sacan del congelador unos tubos de ensaye cónicos que van acomodando en la centrífuga para diluir el germen del maíz. Meticulosas y rutinarias se desplazan entre los caros y precisos instrumentos de un recinto modelo: un servibar al lado del congelador de menos de 80°, la ultracentrífuga redonda y el amplificador de DNA con su forma de caja registradora.

Cerca de los matraces con sustancias coloreadas y gradillas con tubos de ensaye de remembranzas brujeriles, hay más caros y menos obvios aparatos: el secuenciador con su placa gelatinosa sostenida por una segunda placa, metálica, sobre la que la corriente eléctrica corre lanzando las sustancias analizadas hacia los polos positivo o negativo, una fuente de luz ultravioleta y una cámara polaroid.

Una sombra oscura ha bajado sobre las primeras luces de la mañana. Como las malas noticias, el malhumor pesa sobre el ambiente. Adrianita se ha cansado de lloriquear, levantarse, sentarse y volver a lloriquear. Las investigaciones se han convertido en prácticas mecánicas de algo aprendido en una escuela que rebasa los saberes y las ganas de una niña. Y el hartazgo no es siquiera lo peor. Le falta entender el sentimiento de morriña que la posee. Un anhelo urgente, perentorio casi, de estar cerca de la madre y hacer cosas cotidianas, repetitivas y nítidas como prepararse el desayuno, intercambiar un beso en la entrada de la escuela, volver a verse a las pocas horas. Tiene miedo de nunca regresar a su rutina y, a la vez, conciencia de que no es precisamente eso lo que añora. Se siente dentro y fuera de sí misma, al interior de un día que la expulsa hacia donde ella debe dejar de ser niña aunque no lo quiera.

El humor de Adriana no aplaca la determinación cada vez más ansiosa de la abuela, cargada de una gravedad de preocupación universal que la hace actuar como un autómata neurótico. Santiago se acerca a su maestra, que ni siquiera lo ha saludado. Paco se instala en su lugar habitual a lado de Elisa.

– Contrastemos resultados- dice.

Entonces el comandante, Adriana y José Luis salen a la calle. Sus zapatos hacen un ruido feo en el breve pasillo frente a la escalera. Taconean y rechinan como los pasos de  alguien que se aleja sintiéndose inútil y no deseado.

El comandante, que se llama Carmelo Montes y se hace llamar comandante porque no le gusta su nombre, no se ha presentado, llegando al laboratorio como si no quisiera la cosa, incapaz de explicar su presencia en el lugar. José Luis decide que ése no es problema suyo.

A Carmelo Montes le habría gustado que José Luis ingeniara algo, pero sabe que ya no son niños. Que un hombre no defiende a otro, no miente ni inventa cuentos para él, sólo porque han pasado una tarde juntos. Y si José Luis hubiese dicho la verdad, si lo hubiese presentado con un: El comandante está aquí porque se enamoró de Leonor, lo habría odiado por delator. Con un odio de niño, un coraje de niño, una vergüenza de niño.

A Carmelo Montes le provoca una indefinible melancolía no ser ya, no volver nunca más a ser un mocoso. Suspira: qué bella hubiese sido su vida de ser para siempre el hijo amado por su madre, su tía, su abuela y su madrina. Ay, sus mujeres, muertas cuando acababa de cumplir los diecinueve años. Las había perdido a todas, junto con la antigua casa donde vivían para complacerlo, mimarlo, plancharle sus camisas y alabarle su ocho en matemáticas, su destreza con la bicicleta y la primera novia que exhibió como un trofeo la noche del baile de San Isidro Labrador. Un terremoto. Un terremoto más de su tierra bailarina.

Su madre nunca lo hubiera dejado para ir a buscar a otro hombre, aunque éste fuera su padre. Por ello siente que Adriana está sola y tiene ganas de convertirse en su hermano mayor, su cómplice; quisiera llevarla a jugar a la antigua casa de su abuela y, antes, de la abuela de su abuela. Recuerda con dolor que el caserón de su infancia aguantó en firme las lluvias del verano, pero, reblandecido, cayó sobre las cabezas dormidas de las mujeres que Carmelo Montes amaba, cuando los siete grados de la escala de Richter sacudieron sus cimientos en un terrible mes de septiembre de muchos años antes.

Casi inmediatamente después, sus amigos de la primaria emigraron y él se inscribió en la academia de policía de la Ciudad de México. ¿Quería ser un paladín de la justicia? No se lo preguntó siquiera. Necesitaba irse del pueblo donde nunca antes había estado solo, del hogar que sepultó a su madre.

Convivió con jóvenes que no pasaron por el amor y su infierno, la infancia y su nostalgia: muchachos que medían los beneficios en relación con el riesgo y el esfuerzo. Ellos no perdían oportunidades, eran hombres sin un solo recuerdo de sus abuelas y nunca vivieron en casas donde todas las mujeres competían para volver imperceptible el paso del tiempo. Estudió con jóvenes adultos que querían dinero. Más bien: dinero, poder e impunidad. Ni uno de ellos se convirtió en su amigo, pero él casi sin darse cuenta empezó a parecérseles. Cuando, años después, fue nombrado comandante gozó eróticamente del poder de ser obedecido, a la vez que de una autonomía ética no siempre muy legítima.

Desde que entró a la academia de policía, de su vida desapareció el niño que le presta las canicas al recién llegado para tantear si será su amigo. Ese niño, sin embargo, saltó desde el centro mismo de su ombligo cuando al terminarse la botella de mezcal de Eusebio Soles le contó a José Luis cómo las piernas de Leonor lo habían arrollado la noche en Yanhuitlán, cuando ése, ése, ese mequetrefe se había dejado incendiar la camioneta y la griega loca pensó bien en perseguir a tres hombres armados. Qué grupo, Dios mío, qué grupo.

Ahora camina por el aire límpido de la Sierra Madre de Oaxaca con José Luis – ¿será mi amigo, será mi amigo?- y la nieta de una bióloga. Una chiquilla preciosa, de gesto decidido. Una niña de verdad, tan sola sin su mamá como desganada sin sus amigos.

Pasan frente al edificio de la escuela, con el jardín cercado para el recreo y muchos dibujos pegados en los vidrios de las ventanas. Adriana busca con la mirada la presencia de otros niños. No, ella no quiere estar sola. Frunce las cejas para penetrar las paredes y divisar las bancas de madera, los juguetes, las cabezas cercanas dobladas sobre un libro grande. Parpadea por el esfuerzo.

No hay necesidad de una sonrisa ni de un comentario, por alguna de sus intuiciones el comandante es buen policía. Toma en brazos a Adriana.

– ¿Te gustaría estar en clases?

Sin esperar respuesta, Carmelo entra al salón de tercero con la niña que empieza a sonreír. Se dirige hacia la maestra que, al verlo cruzar la puerta, se le para enfrente. El comandante duda por un segundo de su capacidad de seducirla. Esboza un saludo. En la Sierra ninguna profesora le teme a un policía. En el padre, el marido y el cura se agotan los poderes masculinos, la autoridad pública no impone.

Suerte es que el pelo castaño y suave de Carmelo Montes se meza de repente por el aire que entra de la puerta abierta. Y que ella lo mire a los ojos. Y que él sonría al hablar. Suerte, porque a los cinco minutos Adriana está sentada en la segunda fila y él ha recobrado su seguridad de niño amado por las mujeres.

– Vamos- dice saliendo del edificio escolar. José Luis se ha sentado en un mojón de carretera, con un lápiz imaginario en la mano. Mide el paisaje que observa, dibuja la brisa.

– Vamos- insiste el comandante, transido por la inconsciente confianza del seductor: – La chiquilla está contenta y nosotros debemos encontrar a la que se perdió esa noche. Dafne, se llama así, ¿verdad?

 

 

 

 

 

 

 

 

Dafne baja de la montaña. Ha caminado con paso rápido por las cuestas altas, hasta expulsar con las gotas de sudor toda su rabia. Cómo explicarse ese oscuro sentimiento de indefensión frente a una amiga, si sus emociones de infancia son una verdad clandestina, a la que ella misma tiene acceso en pocas ocasiones. Está triste y enojada, Adrianita le cae bien, no pudo prever que una niña lograría alterar su rutina de narradora de lo real inmediato. Por años justificó sus sentimientos de impotencia recurriendo al espíritu del tiempo, esa posguerra indecible en la que había nacido, madre de la educación oficial y del mito del desarrollo. Pero ahora se siente incapaz de escribir y no hay reclamo al hado maligno que le robó la tierra que le valga de consuelo.

Para no llorar, la periodista marcha. Un, dos, yo puedo, yo puedo. Salta un tronco caído, remueve las hojas, brinca un riachuelo. Así, poco a poco, le perdona a Jacinta su rígida catalogación de las buenas y las malas actitudes de una criatura que ha empujado lejos de su casa sólo porque no sabe estarse quieta. Tus proezas no son menos que tu nieta… Desanda veredas a trancos veloces. Qué terca eres Jacinta, mi maravillosa gigante. Finalmente puede aminorar el paso. Suspira, siente la transpiración de su piel. Entonces se acuerda de que carga el teléfono.

Está a un centenar de metros por encima del punto de la carretera donde el comandante se reúne con el pintor. No sabe que se preocupan por ella, que quieren buscarla. Se siente enteramente arropada por los árboles. Y su celular es potente no tanto porque la enlaza con el otro lado del océano sino porque cruza la espesa cortina del bosque. Se mete la mano en el bolsillo y encuentra un papelito que desdobla. Sonríe al leer el número de Niko Andreakis. ¿Por qué no? Estará en alta mar lanzando órdenes, se dice.

 

 

Intercambian palabras frívolas con el acento nasal y cantado de los muchachos bien de Neón Psikikó. Luego Niko la sorprende: habla de la lucha contra la globalización, del derecho al bienestar y agrega que navegará hacia Honduras para encontrarse con un ecólogo.

– Ah, sí- dice como toda respuesta Dafne.

– ¿No te gusta?- se preocupa Niko.

– Mucho, de veras, sólo que no me esperaba que estas cosas te interesaran.

– Tú también me crees un idiota- se entristece Niko.

– No, no, de veras.

Rápidamente el muchacho cambia de tono, las dudas se le disipan pronto.

– ¿Y quién es Anna Castoriadis, eh?- pregunta coqueto.

Dafne recuerda a una tía abuela con ese nombre. Debe haber muerto. Pero, qué tonta, sí: una sobrina. Necesariamente Anna Castoriadis es su sobrina.

– Muy bien, tía- a Niko se le escapa una risita excitada. – ¿Nos alcanzas en Honduras?

Cuando cuelgan, Dafne se pregunta si es el caso de conocer a su sobrina vía su amante de último momento. Un hombre rico. Un barco del futuro. ¿Y si su hermano no lo sabe, si su sobrina se ha escapado con un amigo guapo por la simple emoción del viaje? Bufa como si se hubiese equivocado de sensación. Ya estoy pensando como vieja, ¿a mí qué? Se regaña a sí misma mientras un gusto raro se le esparce por la boca, como si esa inesperada Anna Castoriadis la remitiese a un sabor sanguíneo, oxidado. Un asqueroso sabor a familia.

El primer impulso es volver a caminar taconeando por el bosque, rehaciendo para atrás los pasos dados. De pronto siente flojera y se apoya a un pino altísimo. Llama a Jean-Bernard. No contesta. Para consolarse marca a su amiga del Canal Uno de televisión. Está deseando enlazarse con alguien que la saque del ritmo español de la lengua. Mentira: con alguien que la salve del miedo de no estar a la altura de lo que su amiga Jacinta le pide.

– Te estás volviendo importante y te olvidas de mí- le dice Rita Angelopoula.

– ¿Importante yo?-  pregunta Dafne.

– Por aquí dicen que has tenido varios atentados, eso es ser importante ¿o no?

– ¿Quién carajo…?

– Rumores; no voy a revelarte mis fuentes- se ríe la griega en Atenas. – Pero, pero…- sigue coqueteando con Dafne,  – ¿si te mando un camarógrafo, qué noticias vas a conseguir para mi programa?

– Ninguna novedad, ya todo mundo sabe que aquí hay maíz transgénico.

– ¿Nada más?

– Un maíz que puede desplazar a todas las variedades autóctonas y que nos va a dejar sin defensas en la próxima infección, pero nada verdaderamente letal.

Ese cinismo suyo es nauseabundo; su amiga Rita simula no prestarle atención.

– Te lo mando igual: está en Guatemala porque han matado a media docena de defensores de los derechos humanos.

La cifra exagerada tiene el fin de imitar la obscena, impudente, andanada de desprecio y tristeza de la primera.

– ¿Eso es noticia para ti?

– Algo.

– Algo diferente a CNN- la corrige Dafne.

– Exactamente: me gusta la exclusiva marca reflexión.

Ambas levantan su ceja: buen punto.

– Mándamelo, cuando menos tendrás hermosas imágenes del paisaje mexicano- cede Dafne. Intuye que una mueca por teléfono no puede ser vista, pero igualmente significa algo.

 

 

José Luis y el comandante pasan a pocos metros de ella sin detenerse, confundiendo el sonido del griego con el del binigula’zá. La periodista retoma con calma su paseo; podría ir hacia cualquier lado, así que emboca un sendero secundario y va a dar con la casa de una pareja de viejos.

El señor acostumbra sacar aguamiel de los magueyes que crecen en los linderos del bosque, luego lo fermenta con piloncillo. Eso dice la anciana cuando le ofrece un vaso grande del jugo refrescante y ligeramente alcohólico. – Siéntese, descanse un poco. Limpia las plantitas que tiene en las macetas al frente de la casa y la mira de vez en cuando. Cuando Dafne termina su tepache de pulque, le sirve otro y se sirve uno. Tiene ganas de hablar y el aguamiel le desencadena una orgía de palabras que van y vienen. El señor se le acerca y mueve afirmativamente la cabeza cada vez que su esposa aborda un nuevo recuerdo, cómo diez años antes ha llegado al pueblo la carretera,  que han abandonado el viejo molino de agua, que rara vez alguien llega a su casa para escucharlos.

La vieja extraña el molino; las noches de su adolescencia trascurrieron a la espera de su labor. Las palas movían lentamente dos pesadas piedras circulares que en doce horas molían cincuenta kilos de grano. Recuerda los ruidos de las aspas, su chapoteo. Afuera el silencio se hacía gigante y adentro chirriaba la máquina. Luego amanecía al lado del río y pasaban los pastores. Dios, qué de añoranzas. Por los ojos de la vieja cruza un pasado de mujer bonita, una arcadia americana.

– ¿Qué se le va a hacer? Ahora ya no tengo que esperar, hay un molino eléctrico que en dos horas muele una tonelada.

– ¿Tanto produce usted?- pregunta Dafne.

– No- contesta la vieja.

El marido va del huerto a la veranda, del cobertizo al sendero del bosque. Se ausenta por una decena de minutos y vuelve a pasar cerca de ellas sin emitir palabra. De pronto dice unas palabras en zapoteco a su esposa y ésta coge la mano de la periodista.

– Hay dos hombres que parecen buscarla, ¿los conoce?

Miran por una rajadura en las maderas de la cocina hacia el camino real. Ahí pasean José Luis y el comandante. Dafne la tranquiliza, sí son conocidos. Se sonríen.

 

 

 

 

 

 

 

Recupera

su integridad la anaconda sagrada de la vida

 

Orlando Guillén, Versario pirata

 

 

 

 

 

 

 

 

Decenas de muestras de maíz llegan en los siguientes dos días de la Mixteca, del Istmo de Tehuantepec y de la Sierra de Tuxtepec. Paco y Elisa encuentran resultados positivos de contaminación en todas ellas.

Hay un momento de parálisis ante la tan temida confirmación. Hasta ahora han sospechado sin saber, esperando que sus ideas fijas fueran hijas del miedo. Se acarician las bocas con la palma abierta de la mano; se estrujan la frente. ¿Por qué ellos?, ¿por qué su tierra? Ni siquiera saben cómo transmitir la noticia a sus compañeras que han salido para el almuerzo. Gesticulan, limitándose a hacer ruido con sus bocas, gestos para demostrarle al otro lo que ya sabe: que su dolor va transformándose en ira. Conforme se levantan de los bancos donde han dejado caer sus cuerpos, su enojo se convierte en urgencia de actuar.

De México no llegarán confirmaciones. Gerardo Castillo está tendido en su cama de hospital y no puede evitar que los materiales procedentes de Oaxaca pasen de laboratorio en laboratorio hasta que, en uno de ellos, una orden girada por el subsecretario de agricultura logre impedir que las dobles hélices del ADN del maíz sean analizadas. Es perentoria: “Está prohibido ratificar las falsedades que un grupo de ecologistas contrarios al progreso difunde desde un laboratorio de muertos de hambre, incapaces de producir de manera moderna”.

A Gerardo Castillo los médicos lo sedan durante dos días más. Por seguridad, señora; el agotamiento tiene efectos incontrolables sobre las coronarias, le dicen a su esposa. Al despertar se encuentra con la noticia que los laboratorios de la universidad en el Estado de Guanajuato lo reclaman como investigador titular. El Instituto Nacional de la Nutrición cierra la dirección a cargo de Vargas, pues no hay nadie en sus instalaciones y la directora anterior tiene una demanda pendiente por haber desestimado las precauciones necesarias a la seguridad de su personal, ni siquiera ha pagado el seguro de la camioneta del laboratorio. Poco importa si desde otros países los datos sobre la corrupción del maíz se convalidan; los otros países no cuentan. Los otros países bien pueden ser modelos imposibles de alcanzar como naciones de extranjeros perniciosos, sin alteraciones en el tono de la voz de los funcionarios de la Secretaría de Agricultura.

Al subsecretario, que el maíz criollo contaminado con genes de variedades transgénicas ponga en evidencia la falta de comunicación con respecto a la coordinación de las investigaciones en el gobierno federal, más que preocuparlo lo alegra en lo más íntimo. Para cuando la Secretaría del Medio Ambiente compruebe la dimensión del contagio, él y sus amigos habrán encontrado modo de volver legal la siembra de granos modificados genéticamente. Para ello hay científicos que claman por el derecho a la libertad de investigación y la venta de patentes. Cada voz de botánico que haga énfasis en que la diversidad genética debe ser protegida porque es fundamental para evitar una hambruna de dimensiones catastróficas, enfrenta a diez biólogos moleculares sin trabajo dispuestos a afirmar las ventajas de la biotecnología en agricultura. Por cada recomendación de especialista favorable al control del mejoramiento genético a través de la biotecnología, ofrecerán decenas de puestos a agrónomos resueltos a declarar que la contaminación del centro de origen de uno de los tres granos más importantes para la alimentación mundial no es un hecho preocupante. Y a filósofos, y a médicos, todos amantes irrestrictos del progreso, de la ciencia para la industria.

– Aquí no es necesario que llegue la guerra- dice el vicesecretario mostrando sonriente las fotos del periódico- para que nos convirtamos en liberales agrícolas. Suficiente con darle trabajo a una docena de hijos de papá para demostrar científicamente que todos se mueren de hambre y que la industria de los alimentos transgénicos nos convertirá en competidores de la Unión Europea y África.

Emitido su juicio, el vicesecretario regresa al Caribe para terminar sus vacaciones, que una información caída del cielo ha interrumpido. Se merece una media semana de sol y vodka, antes de presentar su plan frente a una cámara de diputados a medio camino entre el desconcierto y los intereses pecuniarios.

 

 

 

 

Paco Méndez abre su computadora y una información proveniente de Bangladesh le provoca un temor supersticioso. Constatar que el boletín reporta algo que dista de su problemática inmediata no lo tranquiliza. Más bien le impone el presentimiento que Gerardo Castillo defraudará a la doctora Vargas. Es totalmente incapaz de hilar una derivación lógica entre su pronóstico y el mensaje proveniente del otro lado del mundo, pero es como si alguien, muy dentro de él, le esté diciendo que no puede confiar. Ningún funcionario, desde la ciudad, los respaldará.

Cuando Santiago entra al cuarto donde su amigo mira el techo sentado frente a la computadora, ve la mueca que le tuerce la boca. Se coloca a espaldas del amigo, apoya una mano en su hombro derecho y lee el correo con una curiosidad urgente.

Aquí Ubinig. Hemos recibido información acerca de que no sólo las transnacionales petroleras, sino también la industria de los alimentos transgénicos quiere lucrar con la guerra contra el tercer mundo. Estas empresas intervienen en la ayuda humanitaria a través de la distribución de alimentos que no han sido evaluados y que fueron desechados por otros.

– ¿Qué es esto?, ¿por qué te preocupa?- pregunta.

– ¿Quieren lucrar? Explícame qué significa. ¿Quiere decir que producimos más ganancias cuando nos morimos de hambre y nos transformamos en mendigos?

La voz de Paco se le va enronqueciendo hasta convertir cada palabra en un reclamo hiriente. De un brinco, encara a Santiago.

-¿Quiere decir que para ustedes en las ciudades los campesinos sólo debemos ser una masa obediente?

Santiago sale dando un portazo. Se siente agredido y sin respuestas. Ganas de llorar le atiborran el pecho y la cabeza, mezclándose a justificaciones que elabora una tras otra, como si debiera justificarse ante su amigo y su pueblo. “Se acabó”, se dice deteniéndose en seco en la calle para gesticular su enojo. “Yo también trabajo aquí”, musita a un interlocutor inexistente. A pesar de sí, unos lagrimones le mojan la camisa.

Paco por primera vez en su vida se encoge de hombros ante su propia descortesía. Entre la certeza de los datos recabados con Elisa y la seguridad de que alguien bien colocado en México frenará su difusión por intereses económicos, llega a la conclusión que sólo La Soltera puede ayudarlo.

Elisa es conocida como La Soltera. Un apodo simple, que remite a un defecto de amabilidad para con los hombres. Tan soltera como todas esas benditas viejas que han llegado al laboratorio. Ha vivido con la tía materna hasta su muerte y ahora es dueña de una casa grande, una huerta de cuatro hectáreas y cosechas de peras y duraznos. Las plantas, el agua que corre por las hojas nuevas, el bramido de los venados en el bosque despiertan en ella una pasión que ningún prospecto de marido le ha provocado jamás. Un par de campesinos ricos han intentado acercársele; ella nunca les abrió las ventanas al escuchar sus cantos por la madrugada, ni les regresó el saludo en la calle. El maestro rural de Xiacuí, un borracho del que nadie sabe dónde ha encontrado el dinero para comprarse un Ford azul de doble tracción -un cochazo que lanza contra los otros carros en las curvas para estremecer a conductores y familias- se le ha enfrentado como si su soltería lo ofendiera. Elisa prometió una merienda de fruta y mermeladas en su huerta, y todos los niños de Xiacuí se pasaron a la escuela de La Trinidad, donde las maestras los acogieron entusiastas.

La Soltera no permite que las dudas la asalten cuando toma una resolución. Es dura y confiable, según la opinión de todos. Ella, a veces, cerrando la puerta de su casa, tiene la impresión que entrega su vida al trabajo a cambio de una conmiseración que preferiría ver transformada en un gesto de amistad, en una caricia no necesariamente sexuada.

En estos días tensos, le parece que Paco es capaz de ver en ella algo más que su metódica responsabilidad. Se siente querida sin temer el acoso, a cambio de lo cual ofrece su consejo con una espontaneidad consoladora. Ha encontrado a un igual. Por él recorre las cocinas de ochenta casas. Come pan recién horneado y les recuerda a las mujeres cómo han trabajado para recuperar sus montes y salvar el bosque veinte años atrás.

Paco Méndez se para en la orilla de la carretera y espera la bajada de los coches de los mercaderes. Sube a los viveros donde los campesinos se turnan en el trabajo comunitario. Camina rumbo a la escuela con los maestros y mezcla harina, sal y azúcar con los panaderos. Habla con todos.

Por la noche, bajo la techumbre de alfarjes de madera de la iglesia de San Martín, solemne, compacta y majestuosamente acogedora, se reúnen cuatro comunidades, los hombres con sus sombreros y las mujeres envueltas en sus rebozos. El comandante pide permiso para asistir. El cura le ordena que entre desarmado, de tal manera que deja la pistola en un hueco de la fachada de piedras blancas y va a sentarse al fondo de la asamblea, bajo la mirada adusta de una santa vestida de flores. Leonor, exhausta, se deja caer a su lado.

Mientras Paco pregunta quién está dispuesto a llevar copias de los resultados a Oaxaca, México, Puebla, Veracruz, y aun a Estados Unidos, en una de esas pasadas que se vuelven cada día más difíciles y que, sin embargo, continúan demostrando que la más controlada de las fronteras no deja de ser porosa. Mientras Elisa cuenta las manos levantadas y recoge las propuestas de sus paisanos. Mientras Dafne toma notas, Jacinta ordena sus ideas y Adriana se acerca a sus nuevas compañeras de clases. Mientras todo ello acontece, el comandante ve en el gesto de Leonor una anuencia a sus requerimientos. Sin poder contenerse un instante más, Carmelo Montes le vomita encima la más estrafalaria declaración de amor. Dice que ella lo necesita, que él lo sabe, que por favor lo ame.

Leonor Ruiz, la bulímica que se cree fea, no lo ha notado siquiera. Trabaja con los reactivos para limpiar las muestras; obcecadamente, rompe las moléculas y llega a la información sobre el núcleo. A la salida del laboratorio, nunca ha reparado en los ojos negros y suplicantes del policía que llegó con el pintor, ni sus nalgas redondas de hombre feliz. Son tan raros los de aquí, se dice rehusando buscar mayores explicaciones.

Ahora, medio acostada en una banca de la iglesia, sin sueño y sin prisa, divisa la figura de un hombre que no intentará rebajarla con sus prejuicios de presunto intelectual. Un hombre que, además, tiene piernas torneadas y brazos morenos y fuertes bajo la camisa de percal de manga corta. Un hombre que no le teme al aire nocturno de la Sierra. Un macho soberbio.

Piensa en tres cosas: el cansancio de su espalda encorvada; que no ha tenido ningún ataque de hambre canina que la engorde; y que son semanas que no toca a un hombre. Tres cosas, una tras otra, sumándose. Sin proponérselo siquiera, a medio camino entre la decisión y la inconsciencia, desplaza su mano en el aire, acercándola al indio bonito con un extraño pelo castaño. El halago sin preaviso la trastorna. Su cuerpo es sacudido por un deseo que sube desde las pantorrillas, convirtiéndose en un verdadero remolino en la entrepierna. Le falta el aire por una milésima de segundo. Luego esboza un gesto mínimo de asentimiento, imperceptible. Se van la una en el otro aún antes de tocarse. A pesar de que él es tira, a pesar de que anda armado.

En el pórtico a oscuras que cierra el lado oeste del atrio, Leonor Ruiz y Carmelo Montes se besan con una gula creciente. Sus alientos ligeros pasan a tener sabor a sal y saliva, a lengua espesa, capaz de recorrer escotes, tetillas, ombligos. Sus manos desabrochan camisas y pantalones, se meten por debajo de sostenes y calzones, se percatan de la redonda fuerza de las nalgas de Leonor y de los músculos apenas recubiertos de carne del tronco de Carmelo. Sus pechos se hallan excitados y a la ofensiva, sus ombligos cuchichean y las piernas de ella comprueban la solidez del cuerpo de él al abrazarlo como un tronco en que treparse.

Caen en un montón de paja seca, puesto por un hada bienhechora bajo el último arco del pórtico. La ropa dispersa, las pieles erizadas, sus besos encarnan torturas y delicias. Para cuando la lengua de Carmelo desata los gemidos de Leonor, su pelvis se levanta y suspendida en el aire reciba la embestida de un pene que hierve de excitación. Convertidos en un único cuerpo, se pierden por los caminos que el aire respirado traza por arriba y por debajo de sus pieles, hasta volver siglos o instantes después a la oscura brisa de la noche, húmedos y, a la vez, exhaustos y dispuestos a desearse más.

 

 

 

Incapaces de decir una palabra, asidos el uno de la otra, los amantes son los primeros en ver a Alcibíades Phaphoutis cuando se apea de un taxi y husmea el silencio vacío del pueblo. Divisando una luz amarillenta por debajo del portón de la iglesia, el hombre se dirige hasta ahí con paso firme y silencioso. Pocos metros antes de la entrada, baja al suelo su mochila y empieza a montar lo que poco a poco el comandante va reconociendo como una subametralladora.

Phaphoutis enrolla su cañón al cajón de los mecanismos, acomoda la caña sobre un corto afuste. El comandante aprieta todavía más contra el suyo el cuerpo de Leonor. Luego, sacudiéndose de encima el deseo animal de proteger sólo, únicamente, a su hembra, la empuja al rincón más oscuro de la sombra del pórtico. Se enfunda los pantalones y corre en silencio hacia su pistola, que descansa en el hueco de piedra blanca de la fachada de la iglesia de San Martín de Calpulalpam.

Phaphoutis levanta su videocámara y se encara al cañón de la nueve milímetros del comandante.

– Prometí defenderlos- profiere el hombre armado.

Alcibíades Phaphoutis levanta las manos. La cámara se cae al suelo de piedra del atrio. Un golpe seco que desplaza el lente. En otra situación, Phaphoutis blasfemaría contra la suerte, pero está paralizado, a la espera del proyectil que cortará su vida bajo un manto de estrellas aterciopeladas, hermosas, lejanísimas. La intensidad del peligro poco a poco va transformando el miedo fulminante en una aterrada conciencia del ridículo. Alcibíades ha presenciado tantas guerras, ha entrevistado a presidentes y asesinos y ahora morirá porque un hombre armado y descalzo se interpone a un simple reportaje sobre unos campesinos organizados.

El comandante entonces profiere:

– Policía. No se mueva.

Phaphoutis blasfema al fin. Insulta al comandante. Chilla maldiciones.

Por sus gritos el pueblo se dispone a la defensa dentro de la iglesia. Los viejos y los niños son empujados hacia los cuerpos laterales del templo, escondidos en los confesionarios y bajo los ropones de los santos. A los dos lados del portón, los comuneros de Comaltepec organizan a las mujeres y a los hombres jóvenes. Los zapotecos obedecen enarbolando candelabros, horquetas, reclinatorios. El cura pide calma.

Paco toma la palabra.

– Padre, lo único que nos sorprende es que hayan llegado tan pronto.

Los habitantes de la Sierra saben a qué se enfrentan. Lo conocen por su piel, por su historia. Es siempre la misma. Si el cura es su pastor, que lo sepa de una vez: resistir es enfrentar la muerte.

José Luis, Santiago y Dafne cruzan la nave y se suman a los jóvenes del pueblo. Con candelabros y palos en mano, se preparan para reivindicar el honor de sus pueblos. Adriana y Jacinta se encuentran entre los viejos y los niños, bajo un altar sobre el que descuella un magnífico retablo de una virgen barroca coronada de flores. La abuela abraza a su nieta.

– Si me hieren, tú sálvate, no pienses en mí.

Poco después todos emiten el olor acre del sudor del miedo y la espera. La decisión de resistir los ha convertido en una sola voluntad. Cuando se enteran de que sólo ha llegado el camarógrafo que esperaba Dafne y notan que el comandante está descalzo y a torso desnudo, la unidad está hecha. Y no la deshace ni siquiera la carcajada que rompe el miedo y es mitad histeria, mitad gozo.

 

 

 

Alcibíades Phaphoutis ha desacomodado algo más que un lente: sea lo que sea ese plan campesino que va urdiéndose por las montañas enarboladas, él le ha quitado la sorpresa. La productora del canal Uno de la televisión griega no lo contactó en Guatemala, donde había terminado su trabajo, sino en el bar de un hotel de cuatro estrellas en una islita del Caribe mexicano. Su teléfono celular sonó mientras él hablaba con un simpático funcionario de gobierno. Joven, blanco, algo fofo para su edad, pero definitivamente buen bebedor. Un subsecretario de agricultura, un hombre de veras exquisito. Buscaba escabullirse de sus hijos, por ello había ido por hielo a la sombra de una techumbre de palmera para uso exclusivo de los adultos. Alcibíades estaba en su tercer whisky, como todo periodista que se respete. Le contó lo que la productora le dijo. Y agregó de su cosecha: “Para que denunciemos de una vez por todas a estos cerdos neoliberales que ensucian el mundo para incrementar sus ganancias”. Se rió mostrando el paladar equino. El subsecretario registró cada palabra; siguió sonriendo e invitó otra y otra y otra ronda de copas.

Luego Phaphoutis se tiró al sol y olvidó con quien había bebido y por qué despertaría con un horrible dolor de cabeza. En el bolsillo de su pantalón de lino encontró las instrucciones de su jefa y se aprestó a volar hacia Oaxaca.

En el atrio de la iglesia con las manos medio levantadas, la bragueta mojada y sus treinta y tantos años de alcoholes resentidos, Dafne lo ve y piensa con un sentimiento esnob de molestia, casi una antipatía de clases, que no se ve muy joven, pero seguramente ha de ser pendejo.

El comandante ya no lo encañona, más bien soporta una andanada de insultos, bajo la vista de los comuneros y la escondida, pero mucho más viva, mirada de Leonor. Improperios gratuitos. Dafne califica al comandante como un hombre en quien confiar y fustiga al recién llegado con el desprecio de una gran reportera mal pagada hacia un técnico con sueldo fijo y pensión de vejez garantizada.

– Espero que sepa arreglar su videocámara- dice arrogantemente a su paisano. Y se aleja sin esperar respuesta.

– Gracias, comandante- musita tomando del brazo al policía para alejarlo del portal de la iglesia. Huele su esfuerzo de cumplir contra su propia voluntad y envidia por un instante la suerte de Leonor. No duda en identificar el motivo de esos pies descalzos, ese tórax desnudo. Un sentimiento de afecto se hace presente. Sí, siente cariño por la joven tan exaltada que pronto abrazará otra vez a ese macho espectacular, mezclará su pelo negro con el pelo extrañamente castaño del hombre, jadeará nuevamente en la espera de una satisfacción que llegará como premio. Ya no en sueños.

En el interior de la iglesia, las mujeres se agrupan nuevamente del lado del retablo de la virgen y los hombres bajo el púlpito barroco. Algunos han aprovechado la confusión para justificar su retirada. Paco llama desde el altar a los restantes a la cordura.

– Que hable la doctora Vargas.

Silencio. La doctora Vargas ha desaparecido. Lívida de pánico, Adrianita, de pie al lado del altar lateral, no logra decir nada. Santiago y Dafne van hacia ella. La niña está petrificada, apenas se le mueve la nariz al inhalar el aire pesado. Los campesinos ven desaparecer el cuerpo alto de Santiago por debajo de la peana de piedra labrada.

– Traigan agua, la doctora Vargas se ha desmayado- pide con su voz de tiple.

Dafne abraza a la niña que, al escuchar al biólogo, se deja arrastrar por un llanto de miedo disipado.

Alguien acomoda una cobija bajo la cabeza de Jacinta que vuelve en sí con la desagradable sensación de no estar recordando en qué momento el mareo le borró los colores, apagó las voces y dobló sus rodillas. Se ha sumido en la nada cuando cerró los ojos por más tiempo que los oídos y ha vuelto en sí al escuchar la opinión de una mujer. “¡Qué desconsiderados sus estudiantes; se la la llevan de un lado para otro, pobre viejita!” Ha oído también a Paco implorar: “No, Dios mío no”, como si esa vieja, que es ella misma, le fuera importante y querida.

Abre los ojos al fin. Busca a Leonor entre la gente y no la encuentra. Ve, a cambio, los ojos rojos de José Luis. Carraspea; no sabe si puede hablar. ¿Puedo, no puedo? No se atreve a intentarlo porque la duda es mejor que la certeza, inspirada por el terror, de haber quedado paralizada. Pasan segundos de inmovilidad expectante, eternos, que se quiebran de repente en el movimiento de los dedos de un pie.

– No es nada, sólo me faltó el aire- dice entonces con su nítida, perfecta voz de siempre.

Del brazo de Santiago llega hasta el altar. El cura le da su silla y la vieja Jacinta, a quien Dafne mira con devoción agigantada, empieza a explicar que el tipo de contaminación que han detectado en el treinta por ciento del maíz de todo el estado de Oaxaca es semejante, lo cual implica que los cultivadores no han comprado de firmas distintas las semillas, sino que éstas se difunden mediante un mismo distribuidor criminal.

– Produzcan más- termina diciendo. – No compren nada, cada vez que compran, sin saberlo atentan contra su propio patrimonio ancestral.

Las palabras son rebuscadas, quizás un error de la fatiga, pero su significado es claro. José Luis asiente con un gesto tímido de la cabeza. Levanta su mano acostumbrada a sostener el pincel y, acompañando sus frases con el movimiento ritmado de quien distribuye colores sobre una tela, dibuja en el aire una tierra devastada, con campesinos desesperanzados y hambrientos a orillas de los campos. Explica que aún menos que comprar hay que recibir donaciones.

– La ayuda humanitaria a los países pobres es un arma para las relaciones públicas de las compañías agroquímicas. A la vez que permite desplazar el excedente de granos que tienen, contamina nuestra tierra de manera que nuestras semillas queden rezagadas.

En el silencio anuente de la iglesia, un hombre se levanta.

– Es cierto- dice. – En Estados Unidos han empezado antes que aquí y ya casi se ha eliminado la agricultura familiar. Allí los campesinos son blancos, pero tenían sus tierritas, su casa, sus animales. Ahora están en las orillas de las ciudades, desesperados, sin nada que hacer. Dicen que fuimos nosotros a quitarles el trabajo; Dios no me dejará mentir: nos odian.

El hombre cojea porque, en un bar de Nebraska, seis granjeros embargados por el Agricultural Bank decidieron que los había ofendido al llegar a bailar con una campesina blanca empobrecida.

Dafne se dirige hacia Phaphoutis.

– ¿Ha podido grabar esto?

El camarógrafo comprueba que su compatriota lo trata peor que a todos los ahí reunidos. Una jodida aristócrata sin dinero.

Dafne va hacia los muchachos de la radio de Eusebio Soles: – Ayúdenlo, ése no será capaz de arreglar nada.

Los periodistas de la Sierra, sin mediar palabras, arrancan la videocámara de las manos de Phaphoutis y se la llevan a su estudio de Guelatao.

Elisa, Paco, José Luis y Santiago se quedan hasta la madrugada en la iglesia. El cura les trae agua, pan y manzanas. Dafne conduce a Jacinta y a su nieta a La Trinidad y vuelve a Calpulalpam. En todos los pueblos, al cobijo de las gruesas paredes de sus casas, los comuneros y los fuereños se acomodan a una comunión somnolienta: el merecido descanso tras un día agotador y en la antesala de la batalla. Adrianita se acurruca al lado de su abuela que tarda en dormirse, asustada todavía por su desmayo en la iglesia. La niña tampoco descansa de inmediato; no se atreve a preguntar nada. El miedo se alimenta de sigilos.

Sólo Carmelo y Leonor cruzan la noche de aires fríos en el calor de su abrazo. No duermen, no hablan y, en el silencio de las montañas ataviadas de nubes, su pasión alcanza la línea clara de la aurora que despunta violeta en el horizonte del valle.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Llueve. El bosque, cada árbol y los trigales, alfalfares y milpas resplandecen cobrizos unos y esmeraldas otros. A las ocho de la mañana, la montaña es un inmenso vaivén verde. Al son de bandas y canciones de protesta, la radio comunitaria de Guelatao ha despertado a la Sierra húmeda. Eusebio tararea y pone los discos en los platos de la cabina. Sus muchachos regresan a Calpulalpam con dos videocámaras bajo sus ponchos de hule: la de Phaphoutis, que entregan al griego, y otra, que ocultan, de un camarógrafo independiente, tan calvo en la parte superior de la cabeza como de largos pelos alrededor.

– Eusebio confía en él- explican a Dafne levantando la barbilla hacia El Greñas. – Nadie más que nosotros sabe que está aquí.

– Bien.

Bajo los almendros de la plaza, Dafne se estremece a veces por una gruesa gota que, tras haber recogido el agua de varias hojas, se desprende gorda, redonda, para caerle en el pelo y escurrírsele por el cuello de la camisa, empapándola tercamente. Día mojado que pone fin al calor de la semana anterior.

– No contamos con la gente de Ixtlán por el momento- agregan los muchachos de la radio.

Dafne abre las manos; no entiende bien a bien qué significa. El comandante y Leonor aparecen detrás de ella.

– Era de esperarse- dice el policía a los muchachos.

Los zapotecos lo miran con el doble recelo que le pueden tener a un tira y a un mixteco. Sólo cuando José Luis los alcanza con su sonrisa pícara, a la vez cómplice y censora, se dan cuenta de que con esos dos hombres del valle comparten mucho más que un peligro inmediato.

– Grábalo todo- le dice Dafne al camarógrafo independiente. – Todo, aun lo que parece sin importancia y antes de editarlo para ti mismo manda los materiales a Rita Angelopoula al canal Uno, en Atenas. Te pagará.- Sonríe: – Tarde o temprano.

– Hay un problema- dicen los muchachos de Eusebio entonces.

Todos los demás levantan las cejas interrogativamente.

– La policía estará aquí en la nochecita o a más tardar mañana por la madrugada.

El comandante sacude, pensativo, la cabeza.

– Es una orden que viene de alguien muy arriba, quizá del gobierno federal. En Ixtlán hay dos colegas de la ministerial y casi nunca nadie enviado de fuera pasa de ahí sierra arriba. En los hechos, ésta es una tierra a la que se le reconoce su autonomía- sonríe cortésmente a los muchachos.

Vehemente como siempre, hermosa de amor recién estrenado, Leonor le arrebata la palabra.

– Una autonomía no legalizada que se parece a la tolerancia, a un castigo postergado, no al respeto.

– Pues sí.

Eso es lo que comparten los serranos con los dos hombres del valle, una represión siempre latente. La que persigue a los chamanes. La que rebaja su trabajo. La que los llama indios, así, sin más, todos igualitos y sin nombre: indios. No importa de dónde sean ni qué trabajo hagan. Policías, campesinos, pintores, biólogos, todos muertos de hambre, todos ignorantes, todos indios, todos de un lugar al que han cambiado el nombre. También la rabia; sí, comparten una rabia al rojo vivo que debe pelear contra la sensación de que resistir es en vano. Y lo hace, caray si lo pelea, para no convertirse en el sordo rencor de los perdedores. Para hacer frente al presente.

En la densa atmósfera que se respira bajo los almendros, Dafne no aguanta la curiosidad.

– ¿Ustedes cómo lo saben?

Los muchachos se miran sonriendo.

– Discúlpennos comandante- se dirigen a Carmelo y, casi riendo, agregan: – La mitad de los soldados de este país son zapotecos y ya saben que el ejército no se lleva mucho con la policía.

José Luis inclina la cabeza de un lado y se echa a reír. El comandante se encoge de hombros, pero los pómulos y las orejas se le tiñen de rojo.

 

 

 

 

En la plazoleta de La Trinidad, una veintena de kilómetros Sierra arriba, la enfermera del centro de salud de Calpulalpam acompaña a Elisa Suárez a sacarle una muestra de sangre a la doctora Vargas.

– No es necesario, muchachas- dice la maestra al verlas entrar.

– Sí lo es- contesta la bióloga más joven.

Adriana inclina la balanza hacia la razón: – A mí no me dejarías opinar, abuelita; así que hazte los análisis como ellas dicen.

A dos cuadras de ahí, Paco y Santiago fotocopian las escaleras de electroforesis y demás resultados impresos. Una copia para doña Ramona que se va en camioneta a Puebla para entregarla a un periodista. Otra para Esteban García, a Tuxtepec en el próximo camión y de ahí a Veracruz en el auto de la cooperativa de la piña. Otra más para Juana Villegas, a la radio de Oaxaca. Y para Hernán Chávez, a los zapotecas de Juchitán, aunque tenga que llevársela corriendo. Todavía otra para México, en la ropa de Adrianita, que a ella no la tocarán. Y tres más, decreta Paco, para que se vayan al norte: con el hermano de nuestro asesor, con las organizaciones chicanas y con la red ecologista.

En el salón de actas pegado al laboratorio, el presidente municipal dispone:

– Resistencia pasiva. No insulten, no disparen, no tiren piedras. Finjan que no pasa nada, caminen por en medio de la carretera, siéntense donde están. Así de simple: no los dejen llegar fácilmente al laboratorio, pa’ que no sospechen.

Diez minutos más tarde, con la sangre en el tubo de ensaye listo para entrar a la ultracentrífuga, Elisa empieza a organizar dónde llevar ese equipo que quien envía a la policía considera un peligro, un enemigo a desaparecer, pues está en manos de indios.

Los comuneros nunca toman órdenes de nadie, pero ahora no hay tiempo de reunirse. Y lo que ella dice es cierto, lo saben: – No permitirán nunca que volvamos a tener un laboratorio, si logran destruirlo.

– Los policías son como nosotros, no saben nada de ciencia, Elisa- le contesta un gordo. – Así que démosle lo que ellos consideran un laboratorio, lo más barato.

Elisa bufa; le molesta perder un par de gradillas con sus tubos de ensaye simple, pero quizá si los llenan de colores….

En un segundo concibe el plan: el ultramplificador de DNA al horno de la casa de los García; la fuente de luz ultravioleta y la cámara Polaroid a la tienda de don Ernesto, el fotógrafo del pueblo; el secuenciador de DNA, con sus láminas de gel, que se disfrace de algo en el taller del mecánico; el congelador y el ultracongelador a la heladería de doña Carmela.

– Hoy es día de construir maquetas- ordenan las maestras a sus niños, poniéndolos a trabajar.

De un cartón liso que endurecen y abrillantan con resina y aguarrás, arman una  caja registradora con teclas y agujeros, alrededor de un rectángulo de vidrio negro. Vienen de siglos de arte popular, tienen manos de carpinteros y se saben todos los secretos de las alfareras. En otro salón, inventan una máquina redonda, con una tapa circular que se levanta.

– Cuiden bien los bordes- especifican las maestras; – que parezcan de verdad.

Las niñas mezclan los colores; Adriana supervisa los tonos. Los hornos de Calpulalpam levantan grandes volutas de humo blanco. Con el pan se cocinan extrañas formas de barro: medio alambiques medio copones para pintarse.

Cuando Santiago y Paco llegan al laboratorio, Elisa les pide tiempo para culminar los análisis de la doctora, luego todo debe cambiarse de lugar. Al ver los resultados, sacuden la cabeza.

– Puede que sea sólo un poco de azúcar alta- insinúa Santiago.

– No te mientas- le contesta Elisa Suárez.

– Ni tú ni yo somos médicos ¿sí?- se quiebra su voz de oboe histerizado.

En Calpulalpam, Dafne envía a Phaphoutis hacia cualquier punto turísticamente interesante. Le aconseja además de que se dirija a Ixtlán al finalizar, para enviar sus imágenes y entrevistas a Grecia. El presidente municipal, el director de la oficina de bienes comunales y la encargada del molino suspenden sus actividades para hablar con él, lo pasean por las sementeras, le dan a beber el agua de las montañas en el cuenco de sus manos. Sonríen. Explican. Divulgan lo que saben que el gobierno federal cree que saben.

Al mismo tiempo, los muchachos de la radio comunitaria y el camarógrafo independiente se apostan en las curvas de la carretera, en el campanario, bajo el puente. Dafne escribe sin cesar ya no a Jean-Bernard su amor, Jean-Bernard el amante del chocolate y los paseos, sino a Monsieur J.B. Dupoète, funcionario de la UNESCO, acerca de los usos que las compañías transnacionales hacen de las fuerzas policiales nacionales para reprimir la difusión de todo conocimiento que ponga en entredicho la legalidad de sus acciones. Monsieur J.B. Dupoète transmite la información a la sala de traducciones y a las oficinas de la FAO y los Organismos No Gubernamentales registrados. En francés, chino, árabe, inglés y ruso, burocráticas y eficientes las palabras de la reportera griega llegan a contagiar los escritorios de funcionarios internacionales que, para seguir considerándose honestos, las ceden a la prensa, y ésta lacónicamente informa a los lectores de Ucrania, Sri Lanka, Dinamarca, Paraguay que, según fuentes oficiales, ya no existe derecho internacional ni defensa contra la manipulación genética de las semillas.

A las tres de la tarde, las pantallas de ambas computadoras se borran y los teléfonos de la Sierra son cortados. Jean-Bernard se deja caer en el respaldo de su sillón; cierra los ojos y reza para que los dioses del camino, del agua y de los vientos protejan a esa viajera empedernida que en medio de América, sin entender verdaderamente nada, se está convirtiendo en parte de la triste historia de su continente. A esa amiga que él, en la cama, ya ha sustituido por una francocanadiense de diecinueve  años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Leonor y Carmelo  aguantan la respiración para no decirse lo obvio. Solos e inmóviles en medio de una actividad que ocupa a todos de manera sincrónica, esperan un milagro sin esperarlo. Ahora que los acontecimientos los alcanzan, él vuelve a ser un policía, aunque un policía incomprensible, un tira más raro que un perro guardián sin casa. Ella es nuevamente una investigadora, el miembro de un equipo.

A media mañana Leonor se sacude la congoja que le entorpece las decisiones.

– Ve a La Trinidad y dile a la doctora que te la llevas a México con la niña.

La voz le duele por la proximidad de la separación.

– ¿Y tú?

– No los dejaré.

– Yo prometí protegerlos- sostiene entonces, con una leve esperanza de morir pero no irse, el comandante.

– No- dice Leonor inhalando: – yo aquí me quedo, tú te vas.

– Vendré por ti.

Ella afirma con la cabeza y sonríe mordiéndose el labio inferior. El comandante prende el motor de su camioneta de asientos de cuero, su camioneta cara de hombre que ha gustado estar al borde de la impunidad.

El motor ruge cuesta arriba mientras el mismo aire que el auto sacude se quiebra en el pecho de Leonor en cien astillas de deseo interrumpido. Luego, sorprendida porque la sangre no ha llegado a su boca, la mujer se incorpora a sus tareas. Las que sean.

 

 

Reunidos con la doctora en el laboratorio del primer piso de la agencia municipal de La Trinidad, Paco y Elisa esperan que al dejar de llover el sol levante una neblina clara del asfalto húmedo. Un muchachito gordo entonces sube corriendo con la noticia que los teléfonos han sido cortados. El comandante se ha sentado con Adriana en los escalones más alto del edificio. Se levanta para dejar pasar al mensajero jadeante y lo escucha. En medio de su aturdida pena de amor, que lo hace actuar sin una conciencia total de lo que causa, la voz de alerta suena como una sirena en la niebla de un puerto. Es un profesional. Da un paso al centro del laboratorio.

– Ya van a subir. No hablen de nada importante por el celular ni por más de minuto y medio. Si quieren conocer las noticias, pónganles pilas a la radio.

Los biólogos miran a su maestra.

– No me voy a ir, muchachos.

– Está usted enferma- intenta disuadirla Santiago.

– Lo sé; quizá sea mejor así, ya no tengo nada que perder. En México me creerán, pero van a sofocar la información de mil maneras, cuestionando que haya venido aquí sin permiso.

Hace entrar a su nieta y la toma de ambas manos. La ve bellísima, igualita que su pequeña Mónica, la hija preferida de su papá, muchos años antes.

– Mi amor, el comandante te va a llevar a casa, con tu mamá, como querías.

La niña aprieta con fuerza las manos de la abuela. Busca con la mirada a Leonor y a Dafne, pero sus aliadas no están.

– ¿Y tú, abue?

– Yo me quedo, pero tú vas a llevar mis estudios a México. Somos equipo ¿o no?

La niña se siente importante, se siente perdida, piensa en su madre, en su escuela, en sus amigos, todo al mismo tiempo.

– Y Leonor, y Dafne ¿dónde están? Abuela: mamá quizá quiera estar sola con papá. ¿Y yo…,  yo qué hago en México sin ti?

Las palabras le salen con ganas de irse y de quedarse, de serle fiel a unas y a otras, a sabiendas de que es imposible pero sin encontrarle una verdadera contradicción. Por fin, las ansias de ver a su mamá y de ser importante, las dos poderosísimas, y las ganas de viajar en el coche de cuero y rugidos del comandante, dominan la timidez de estar sola con un hombre y la pena de separarse de la abuela.

– Rápido- interviene entonces Carmelo Montes- mi carro, si es que pasa, será el último que baje hasta Oaxaca hoy. Quizá José Luis pueda intentar el camino de la Sierra y rodeándola ir de Tuxtepec a Huautla y de ahí a Veracruz o a Puebla, pero depende de él si quiere arriesgarse.

El pintor dirige a su paisano la mirada de ofendido reclamo que los niños más débiles les lanzan a sus amigos fortachones cuando éstos no los creen capaces de seguirlos en una aventura. El policía baja la vista.

– Claro que sí, tú puedes- se exculpa.

Una vez más el motor de su coche ruge, ahora montaña abajo. Frente a Calpulalpam, el comandante no orienta su mirada hacia la plaza. Al interior de las oficinas municipales, Leonor detiene sus manos sobre los paquetes de maíz que va confeccionando; el ruido del auto, de su velocidad desesperada, suena como un sello al aplastarse sobre la cera y el papel. El sello que destierra un amor imposible de su vida.

Ahora volveré a ser yo misma, suspira. Pero, mientras se lo dice, siente una vez más el abrazo del hombre cuyo sudor aún le humedece  la piel.

 

 

 

 

 

A las cinco de la tarde, Alcibíades Phaphoutis da por terminada su tarea. Es hora de cumplir con informar a Atenas y regalarse un trago menos rasposo que el mezcal casero de la fonda de don Abelardo. Aspira voluptuosamente el aire húmedo pensando que en el bar de Ixtlán, a la sombra, sin prisa, podrá invitar a una muchacha a bailar, mientras los hielos de su whisky se diluyan en el vaso. Busca al taxista frente al palacio municipal. No es más frívolo que la mayoría de sus colegas y está satisfecho con la información recogida. En Atenas, Rita Angelopoula hará una buena edición con sus historias a medio camino entre el folclore y la ecología.

Baja a sesenta kilómetros por hora rumbo al retén policial, dos horas después de que el comandante engañara a sus colegas.

– Nada nuevo; sólo aprovechaba el permiso para darle seguimiento a una investigación acantonada- había dicho Carmelo Montes con la cara impávida de quien habla con un igual.

Otro hombre grande como él, vestido de negro, se apoyó a la lámina de su coche. Carmelo fingió no darse cuenta de que el otro fingía no mirar hacia el interior. Entre colegas no se hace. Pero la niña asentía sonriendo a su lado; triste, bonita, bien peinada: su sobrina. Se saludaron.

– Entonces, ¿nada extraño?

– No, nada.

Y con la mano izquierda fuera de la ventanilla, el comandante saludó a los otros hombres vestidos de negro. Veintidós, contó. Ni una cara conocida, nadie de Oaxaca, todos más o menos blancos. Aceleró y el motor bramó un insulto orgulloso cuesta abajo: él es un chingón, que esos cabrones desteñidos lo sepan.

La niña y el policía enfrentaron más curvas, suspirando ambos. Compraron un helado en Oaxaca para ponerse contentos. Tomaron la autopista a México para llegar rápido. Cruzaron las calles de la gran ciudad con la Guía Roji en mano, hasta la casa mostaza en la colonia Narvarte; una casa de clase media, acomodada, sin excesos.

 

 

Tocan a la puerta, cansados. Adrianita baila sobre su pie izquierdo de la emoción. Se le sale por los ojos la ansiedad de olerla, de mirarla, de besarla: mamá, mamá. Vuelven a tocar, pero la campanilla no timbra. Reculan un paso para ver si hay luces en la casa. Entonces oyen los gritos medio sofocados, un gran golpe contra la pared, el cristal de la ventana estrellarse.

– A un lado, niña.

Una patada sola y el comandante tira la puerta frente a la cual alguien ha arrastrado el sofá. Salta por encima de cosas rotas, platos, un reloj.

Sube las escaleras de madera crujiente pisando el desparramado contendido de una bolsa de mujer. Golpes y forcejeos resonaron detrás de otra puerta cerrada. Carmelo se mete al cuarto con la fuerza de un viento que rompe goznes y herrajes; de un bofetón certero tira al suelo al papá de Adriana que intenta golpear la cabeza de su mamá contra la pared. Por eso es policía, para pegar donde duele.

– ¿Y éste de dónde chingados sale?- grita el padre de Adriana, los ojos rojos, la nariz sangrando, borracho y, sin embargo, levantándose como una víbora pisada en la cola, derecho contra Mónica, los puños adelante. – Pinche puta.

No puede volver a repetirlo. Carmelo Montes también ha perdido el control de sí mismo. Desde hace demasiadas horas sofoca su dolor por haber dejado a Leonor y su rabia por no haber sabido decirle que no, que él no se iría. Cargado de odio, libera sus manos y se justifica diciéndose que él a los hombres que golpean a las mujeres no los traga. Se le ahogan los ojos de lágrimas porque recuerda cuánto él amaba a su mamá, a su abuela, a sus tías y, en este preciso instante, aún más, ama a una mujer que se ha quedado en la Sierra, sin hombre, y que quizá uno de sus colegas la golpeará porque es bióloga y el maricón de voz de tiple no será capaz de protegerla.

Mientras se atraganta de mocos con todo eso, Carmelo Montes le da con los nudillos en la nariz al papá de Adriana, le rompe las gafas de montura cara, le mancha de sangre la camisa de lino, le hunde la rodilla en las costillas.

– Hijo de tu pinche madre, ¿por qué no te metes con los de tu tamaño?

Él es el fortachón de la escuela, el que se ha atrevido a mirar a José Luis García como a un incapaz de correr riesgos. No es un buen tipo. Por ello le propina otra sacudida al papá de Adriana y lo levanta por la solapa. Hasta que Mónica se seca las lágrimas, retoma el aliento, ve a su hija aterrada en el quicio de la puerta. Entonces le dice al comandante:

– Párele ya; por favor, cálmese.-

Carmelo se va serenando, ella le acaricia la mano y agrega: – Sería bueno que me acompañara, quiero denunciar a este cabrón por violencia intrafamiliar.

El comandante se ilumina. Ahora sí, su palabra tendrá algún valor. Él tambiéb dice: – Vamos.

Arrastra por las escaleras a un hombre sin fuerzas que ha intentado matar a su esposa porque ella quería volver con él. Un hombre que  harto de su vida que decidió convertir en un infierno la de su mujer. Detrás de él, Mónica abraza a su Adrianita.

– Niña mía, caíste del cielo, mi amor, mi amor…

Ambas se sienten fuertes. La madre, la increíble madre que ella echaba de menos en la Sierra, la tiene en sus brazos. No importan las magulladuras de los labios ni las cejas rotas, no importan los moretones ni el miedo. No importan; su mamá es capaz de levantarse, de denunciar al hombre sin valor alguno que es su padre, que bien puede amarlo, pero no así, no contra su madre, no contra sí misma.

– Mamá, luego, debemos ayudar a la abuela- afirma Adrianita. Una niña gigante, piensa la madre y la aprieta aún más fuerte contra su cuerpo.

 

 

A la misma hora, Alcibíades Phaphoutis está parado fuera del taxi en el retén. Unos hombres vestidos de negro le tiran al piso la cámara; el lente vuelve a desplazarse. Le preguntan para quién trabaja. Él se mete una mano en el bolsillo para sacar su credencial. Uno de los veintidós hombres vestidos de negro le tuerce el brazo.

– Soy reportero de la televisión griega- levanta la voz ofendido.

– Ah sí, ¿y quién te da el permiso de decir mentiras?- mientras le golpean los hombros y él levanta el brazo libre para protegerse la cabeza.

 

 

A la misma hora, Dafne Castoriadis se culpa por haberle tendido una trampa tan fea a su colega y paisano. Se reprocha que el hombre esté enfrentando lo que no pudo prever porque ella se lo ha mantenido en secreto. Probablemente él la traicione, sería lógico, después de todo ella es una mierda y se lo merece.

 

 

 

A la misma hora, Paco Méndez y Santiago Báez se encuentran solos en Xiacuí. Deambulan por la casa de los padres de Paco que ahora dormita grande y vacía, con sus tres camas sin huéspedes, limpia de personas y de documentos, de maquinaria y de papeles. Todo ha ido a parar a la casa de esos vecinos que el pueblo dirá que le tienen envidia a Paco, que han tenido problemas de linderos con sus papás y que ahí, por 1974, sus vacas le han comido la milpa.

Paco y Santiago están cansados de cargar cajas y cajas y, de tan sudados, se han quitado las camisas empapadas y siguen frente a la ventana que inmiscuye una luz plateada de tarde en el interior oscuro de una habitación que sufre de abandono y silencio. Deben volver al laboratorio, pero no pueden moverse. Están frente a la ventana.

La familia de Paco ha emigrado a los Estados Unidos: primero su hermano mayor, y tras él, uno por uno, sus hermanas, su madre y el padre. El viejo, cuando terminó de pagar los estudios de Paco en México, acarició los muebles que habían sido de sus padres, colgó los aperos de una viga y regaló sus gallinas. La Unión de Migrantes Mixtecos Zapotecos le presentó a quien lo ayudaría en la pasada de esa frontera que, como una divinidad guerrera, exige la sangre de uno de cada cinco migrantes.

En la casa no hay nadie más que ellos. Tienen igual miedo de lo que vendrá, miedo de estar solos y miedo de no decirse lo que en el pecho de ambos remolonea como un niño que mata el tiempo con tal de no terminar la tarea.

En el momento en que Mónica, Adriana y Carmelo Montes llegan a la delegación de policía; en que Phaphoutis recuerda que es hijo de un militante socialista que enfrentó con la cabeza erguida la carga de los militares contra su sindicato durante la dictadura de los coroneles; en que Dafne agarra del brazo a El Greñas y lo conmina a grabar la llegada de la policía y recular para no caer en sus manos hasta la casa de los campesinos que cada mañana preparan tepache de aguamiel; en ese momento Santiago carraspea.

Afuera y adentro la espera agranda el terror, se convierte en la oscura presencia de un más allá imprevisible. Entonces el suspenso de la carne viva y sus torsos desnudos se apersonan indiferentes al futuro y Santiago atrae hacia sí el cuerpo de Paco que se estremece.

Se besan, se tocan, cruzan el umbral de sus castidades con el fuego de una primera vez absoluta. Los penes erectos empujan las braguetas cerradas. Cada uno va al pantalón del otro, se desvisten brutalmente con la prisa del peligro y las ganas. Caen sobre la cama de los padres de Paco. Frente a frente, sus torsos resbalan de saliva y sudor. Paco encoge las piernas y Santiago se desliza bajo su cadera e intenta penetrarlo sin poder entrar al ano seco del amigo. Se besan, se lamen, se vuelven a montar hasta que la sangre de ambas virginidades se mezcla, una y otra vez, en las sábanas de algodón crudo de los señores Méndez.

No tienen una noche como Leonor y Carmelo. A su tiempo lo recorta el helicóptero que desgarra el aire de su suspenso, mientras todavía sin palabras se reconocen, comparten el dolor y el placer, lamentando las horas perdidas desde que se han vuelto a encontrar en el cobertizo para la leña de Eusebio Soles.

El helicóptero recorre la cañada y baja rumbo a los pueblos más cercanos. La columna de patrullas sube desde Oaxaca. Del helicóptero se fotografían sierra arriba las actividades aparentemente normales de Comaltepec. A Hernán Chávez no le hacen caso, un indio más que camina. El helicóptero sólo se interesa por los autos. El jeep del primo de José Luis, con doña Ramona y Esteban García envueltos en unos cuantos papeles, arranca cuando el ruido de sus aspas se pierde tras la loma alta de la mina. Puede aterrizar en cualquier lado, aunque prefiere sembrar el desconcierto quedando suspendido sobre las canchas de baloncesto, con sus niños mirando hacia arriba, la pelota en las manos y los calzoncillos movidos por el viento. Fracasa sobre las casas de tejas rojas donde todo ha sido escondido ya y el aroma de las sopas sube por el tiro de las chimeneas.

En el jeep tres corazones laten apresurados. La carretera poco a poco ennegrece, pero José Luis no prende los faros. En esa misma noche sin luna Santiago, vestido y bañado, afirma al salir de la casa de los padres de Paco:

– Cuando esto termine, quiero quedarme contigo.

 

 

 

 

 

 

 

 

La policía invade las calles, entra a los palacios municipales, irrumpe en los molinos y los hornos de pan, viola las puertas de las casas de los dirigentes campesinos. Allana cada una de las sedes comunitarias. El Greñas graba a escondidas sus manos torpes removiendo herramientas, sacos de granos, ropa limpia en los cajones. Graba a los consejeros municipales encogiéndose de hombros ante sus preguntas; a las mujeres sacudiendo las cabezas; a los niños rodeándolos. Cada vez se adelanta a los movimientos de la fuerza pública.

Cruza corriendo por entre una multitud de cabezas masculinas con sombrero y de hombros de mujer envueltos en rebozos; una multitud que lo esconde tras sus siluetas, permitiéndole enfilar hacia el lecho del río. El Greñas desciende los rápidos de la curva grande de la mina, mientras las lavanderas interrumpen la corrida de las patrullas bajando a media calle los canastos de la ropa. Se esconde tras los muros de piedra de casas donde, a su paso, se apagan los quinqués para que la sombra no lo delate. Por el tronco fuerte de un capulín, sube al techo de la agencia municipal de La Trinidad, carga la película de infrarrojos, emplaza el lente en un hueco de la ventana y se queda esperando.

Siete policías se apostan alrededor del edificio, tres por la escalera, dos entran en el salón de juntas donde interrumpen el juego de dominó de cuatro jóvenes con sus botellas de cerveza al lado de la mesa. Desde la iglesia al fondo de la cañada, las campanas responden a los campanarios de San Martín y poco a poco repican las de San Andrés, San Antonio y cada cencerro de ahí a Yalalag, por un lado de la Sierra, y hasta la Mixe, por el otro. Decenas de viejitas salen a las calles, las cabezas cubiertas, el rosario en la mano. Ay Dios, dicen al ponerse frente a las patrullas; ay Dios, al preguntarle a los hombres vestidos de negro adónde van; ay Dios, a los guardias apostados alrededor de la agencia municipal de La Trinidad, distrayendo su atención, permitiéndole así a El Greñas grabar.

El otro hombre grande como Carmelo Montes, el mandón vestido de negro como sus hombres y que no es de Oaxaca sino medio blanco, hace una seña con la cabeza a los tres de la escalera que entran empujando a Jacinta Vargas sentada en su sillón giratorio, a Elisa Suárez con la mano en la portezuela abierta de un aparato con lucecitas rojas, a Leonor Ruiz frente a un cazo blanco lleno de un líquido grisáceo.

– ¡No se muevan: policía!- gritan.

Una ráfaga, antes de que los que cargan fusiles dejen caer sus culatas sobre el aparato blanco del que salen centenares de filamentos azules, sobre el cazo que se rompe esparciendo un olor apestoso, sobre una gradilla de madera con tubos de vidrio llenos de líquidos rojos y verdes, sobre la cuadrada caja de una computadora apagada que lanza chispazos tan violentos que alcanzan la toma de electricidad del laboratorio y hacen estallar otros cubos blancuzcos de los que salen más hilitos azules y foquitos. El cuarto entero empieza a llamear y humear. Las tres mujeres sollozan.

– ¿Qué hacen, por Dios, qué hacen?

La doctora Vargas, más coja que nunca, se apoya en un bastón esgrimiendo su edad y la credencial del Instituto Nacional de la Nutrición. Elisa se agarra de uno de los policías, en un muy ensayado ataque de histeria creciente. Lo empuja hacia las llamas de su pretendido condensador pidiéndole que la ayude, que ése es el laboratorio de un pueblo de trabajadores, que se lo salven por favor. Mientras, le hace bajar la mano armada hacia unos filamentos que se funden al calor y que se le pegan a la piel. Entre gritos de terror, Leonor esparce los materiales encendidos por todo el laboratorio. Pide auxilio con tal estruendo de voces que su maestra le exige que se calme.

– No haga tanto escándalo, señorita Ruiz, es usted una funcionaria.

Los policías se detienen. El laboratorio es una ruina, no queda un alambique entero, la centrífuga en el suelo cruje bajo sus botas con un ruido a barro cocido que no saben reconocer. La palabra funcionaria, la credencial de un instituto federal, la edad de Vargas, los obligan a dudar por un instante. Entonces el estallido del condensador de la luz suena como un cañonazo sobre las olas. En la oscuridad ruidosa de la calle, las viejitas con sus rosarios rodean a los demás policías al grito de Ay, Dios, qué pasa.

El rostro del capitán se pierde en la sombra del bosque sin luna. El hombre sube las escaleras de tres en tres, con una lámpara en la mano. Apunta el chorro de luz a los ojos de la doctora Vargas que lo encara desde los achaques de sus setenta años.

– ¿Qué sucede, oficial?

El helicóptero ronda sobre La Trinidad. El Greñas logra deslizarse desde el techo por el tubo del agua y escapar hacia los linderos del bosque. Dos faros traspasan la noche, barriendo el edificio de la agencia municipal y las callejuelas empinadas.

Santiago y Paco corren hacia el laboratorio. Su destino es el de los habitantes de los pueblos de la Sierra: enfrentar una noche de insomnio y nervios.

El helicóptero va y viene en busca de personas dispersas como un perro ovejero. Al amo empistolado que sigue sus movimientos desde las ventanas de la agencia municipal, muestra al hombre desprevenido que viene arrastrándose por los senderos y a las viejitas reunidas frente a la iglesia. Encuentra en la entrada del pueblo a los dos biólogos, los ilumina y, como si de repente se diera cuenta de que hay más ovejas descarriadas, se lanza por la carretera zigzagueando en el aire, transformándose de perro en moscardón.

En el jeep, José Luis, Esteban García y doña Ramona callan. Los tres no entienden el motivo por el cual los portadores de las noticias deben ser tantos y dirigidos a puntos diversos. Cuando se habían remitido las primeras muestras a Estados Unidos, éstas habían viajado fácilmente, precedidas por los resultados obtenidos en la Sierra enviados por internet. Los biólogos del laboratorio de La Trinidad, tal como José Luis en las comunidades de artistas de la Mixteca, han insistido hasta el cansancio que todas y todos sepan usar los medios de comunicación más modernos, aunque sólo sea para enviar a las tiendas de arte los precios de su producción más reciente. El uso de teléfonos celulares también ha roto con el vicio atávico de cobrarle más a los más pobres: era común que los dueños de las casetas de teléfonos, en los poblados alejados, reclamaran cifras intercontinentales para comunicar a campesinos y pastores con sus hijos en los pueblos cercanos. Sin embargo, una sensación de angustia más que de perplejidad, un miedo inexplicable, hace brotar la duda en los viajeros del  jeep de que esa facilidad es un arma de dos filos.

Ramona carga su celular apagado en el bolso. Elisa Suárez, al acomodarle los papeles bajo la ropa, le dijo que las señales de la telefonía satelital pueden ser rastreadas.

– ¿Pero cómo, si no tienen cable?- había insistido una y otra vez Ramona.

Tras decirle que no sabía, y no sabía, y no sabía, Elisa terminó por encogerse de hombros y contestar: – Brujería, doña Ramona.

Esteban García se incomoda más que su madrina por la respuesta de la bióloga. “Ni que seamos pendejos para creer que no sabe”, ha mascullado entre dientes. Aunque, la verdad, es que no entiende por qué entregar a la Universidad de Veracruz los resultados de sus estudios. Los veracruzanos no los quieren y ellos menosprecian a los veracruzanos. Indios patarrajadas, les dicen aquellos. Pinches negros, les contestan éstos. Sin embargo, aprieta contra su costado los papeles; no acostumbra cuestionar las decisiones de la comunidad.

El helicóptero los alcanza como un asaltante repentino. No perciben el ruido de las aspas en la noche silenciosa. El monstruo alado los sorprende tras una colina, encendiendo de repente sus faros sobre el coche que huye a oscuras. El altoparlante dicta la ley.

– ¡Deténganse ahí donde están!

José Luis acelera para llegar a las copas de unos árboles inmensos y frondosos que cubren la carretera desde lo alto. Que Esteban y doña Ramona se deshagan de sus paquetes, aventándolos al barranco. Del helicóptero sale una ráfaga de disparos que hace impacto en el asfalto y el motor del jeep. José Luis aprieta el pedal del freno y el jeep empieza a deslizarse hacia la pendiente.

Por fin se detiene. Los dos hombres y la mujer, inmóviles, esperan otros disparos, la muerte. El helicóptero aterriza sobre el asfalto. Dos policías corren hacia ellos, cada uno con una subametralladora de fabricación israelí bajo el brazo. Un interrogatorio furioso, a rajatabla, empieza desde antes de que el jeep sea evacuado.

– ¿Adónde pensaban huir, hijos de puta?

Algo, en esa misma violencia, permite que aflore no tanto el valor como la indiferencia del pintor y de los campesinos: si los van a matar, qué más da. Así que caminan mudos y tiesos hacia el helicóptero con las manos en alto. Esperan el tiro en la espalda que no llega. Suponen luego  que los lanzarán al vacío, pero tampoco. Y a los papeles ni siquiera se los buscan encima; regresan con ellos a La Trinidad y los queman en el fogón de su casa después de doce horas de prisión.

Hernán Chávez se agacha bajo los pinos, a pesar de que el helicóptero no puede divisarlo, tan lejos al este de su camino. Al verlo volar bajando hacia la carretera, piensa en los tres paisanos que viajan en auto, y aguza sus oídos al escuchar la ráfaga. Se santigua: primero Dios, él llegará al Istmo, aunque sea para honrar la memoria de sus muertos.

 

 

 

 

 

 

 

 

En la Ciudad de México, el subsecretario de agricultura se mueve con precisión. La noche anterior, ha cenado en el último piso de un edificio circular con el presidente de la comisión de desarrollo agrícola del Senado. Un sorbo de vino, apenas para acompañar el mero a la  peruana, mientras calcula las palabras de su acompañante. Por la mañana, ha desayunado en un jardín florido con los comisionados de la Cámara. Y ahora tiene prisa, pues considera propicio el momento. Sus amigos deben aprovechar la calma chicha de una victoria aparente de la oposición en materia escolar, para que sus diputados vuelvan, como si se tratara de un asunto sin importancia, a proponer la libertad de siembra en el territorio mexicano.

Libertad de siembra, o sea sustitución de variedades criollas, migración de campesinos a las maquilas y compra de tierras para la producción extensiva. Hay científicos en la universidad que reclaman el derecho a la investigación sin restricciones; tal y como está la ley, cualquier investigador puede ser juzgado por contravenir la orden de no procesar el germen del maíz.

Pues así, más fácil. Defenderé la libertad de estudio, el crecimiento del país, la modernidad. El subsecretario se ha formado en Berkeley, en los laboratorios equipados por compañías farmacéuticas y agroindustriales que patentan los resultados de sus estudios. Los diputados que presentarán su propuesta al pleno no necesitan ser comprados: han estudiado en universidades parecidas, pertenecen al mundo de sus intereses, comparten con él las riquezas del país y la visión de la realidad. El tiempo de las corrupciones ha quedado atrás. Además el campo, ¿a quién le importa el campo? El desarrollo lo traen las inversiones, no los alimentos.

 

 

 

Phaphoutis escucha al comandante de policía comunicarse por el teléfono del hotel de Ixtlán con la Secretaría de Agricultura. Escucha como éste describe, se disculpa, pide órdenes.

Ya que sólo menciona a los biólogos y a los campesinos, deduce que no han encontrado a Dafne, aunque hayan interceptado el auto de José Luis. No tiene otras válvulas de escape para la inquietud que lo devora que no sean sus fantasías; falso libre, falso preso, sin instrumentos, sin teléfono, sin auto. Está aterrado.

No vuelven a golpearlo. Los policías se exculpan por los malos tratos, esgrimiendo la excusa de su seguridad para retenerlo, pero no le regresan la videocámara ni su computadora portátil.

El subsecretario ha recibido ya las imágenes de su reportaje y Phaphoutis no abre boca acerca de la presencia de Dafne en la Sierra. Heroico Phaphoutis, capaz de atrasar la venganza contra esa mujer insoportable.

El subsecretario se ríe de él y de la televisión extranjera. Está particularmente satisfecho con la destrucción del laboratorio y con la constatación de que, una vez más, los campesinos son tan estúpidos como para no confiar en un extranjero, un pobre idealista como el periodista griego.

Se la ha creído, pensó Phaphoutis. Niño rico que sostiene sus prejuicios, tanto como él ingenuamente cayó en la trampa de sus deseos.

– Así está bien, comandante. Aguántense nada más hasta pasado mañana para dejar la Sierra. Pase lo que pase, en dos días esas semillas serán legales- se alegra por teléfono el subsecretario.

Sin embargo,  Alcibíades Phaphoutis sólo escucha anuencias monótonas: – Sí señor; de acuerdo, señor; a primeras horas, señor.

El camarógrafo griego desea ser protagonista de una historia que contar. La de un testigo. Un aventurero que presencia el asalto a los últimos representantes de una economía campesina preocupada en conservar el grano hasta la siguiente cosecha. Poco importa que sea verdadera en los detalles. Ésa es la historia de la humanidad y él  su cronista. Personaje de la narración de un modo de vida.

¿Para qué hado se trabaja? La pregunta no le roza la sesera, de haberlo hecho se habría quedado en la cama. Phaphoutis recela de sus pensamientos. La gente llama supersticiosa a su actitud; él se siente atravesado por la conciencia de que las grandes acciones conllevan dolores que sólo un héroe soporta. No es un cobarde, aunque ¿héroe?

Tampoco su paisana pasaría por donde acaba de cruzar un gato negro, él lo sabe sin ninguna necesidad de comprobarlo. Además teme la realidad y sus interpretaciones, la clara luz de la mañana y la sombra de la luna, la súbita aparición de las dudas y la inconsciente sonrisa de un rostro hermoso. Cada conocimiento que adquiere, le aporta nuevos temores. El karma indio, la envidia mexicana, el mal de ojo turco, la magia simpática se suman a sus supercherías sin que nada  aplaque su pánico, ni un dios único, ni una acción humana y redentora. Todo puede ser premonitorio para quien sobreinterpreta el cosmos, aunque nunca ha dado muestra de presciencia.

Ni de prevención. Debería saber que en México ser periodista es peligroso y que la censura adquiere con la muerte de los informadores una eficacia indudable. Pero para qué hados se trabaja es algo que nunca se piensa cuando vendría bien hacerlo. Al escuchar la conversación del comandante, cree que le ha llegado el momento de demostrar a su madre que el hijo es digno de su padre. Aunque, la verdad sea dicha, el padre era un hombre anodino. Regresaba cansado del trabajo a una casa con olor a tomillo y aceite de olivo, olores buenos. Un hombre que nunca se dio cuenta de que con él vivía un niño a quien, cada mañana, una madre triste recordaba que tenía suerte, y pan, y escuela. Él era el niño que no había vivido las razias italianas, los bombardeos alemanes, los combates casa por casa, la traición inglesa. “La dictadura de los coroneles apenas te ha rozado al nacer. Ay, porque en nuestros tiempos…”

Para nadie más que para su madre, su padre era un héroe.

– ¿Por qué?, si no le ha pasado nada- decía Alcibíades cuando chico.

– No lo digas ni en broma, no atraigas la mala suerte- contestaba invariablemente su madre.

Su padre fue el héroe impronunciable, tan incomprensible e innombrable como un dios, mientras él se construía con miedo a mencionar cualquier aspecto de la realidad para que los hados no lo tocaran. Jamás desafió en juego a las olas del mar en verano. Nunca subió a la cima de las colinas bajo el sol ardiente del mediodía.

Se transformó en un joven con la suerte de encontrar trabajo -y no pudo creer que la fortuna le sonriera bajo pena de perder su estrella. En un enamorado que no siguió a la mujer de sus sueños -tanta felicidad se le habría volteado en contra. Y ahora… Phaphoutis va hacia un destino inefable porque al escuchar la conversación de su carcelero se le revela su grama existencia.

La madre se la había construido así de indigna la vida, piensa, al amar a un estúpido sindicalista del montón durante una dictadura que, una vez más, presentaba a Grecia como un pedacito de tierra empobrecida pegado a la cola de Europa.

Afuera, el mundo germina bajo el sol con su movimiento imperceptible.

En Ixtlán la gente se ha incomodado con la llegada de la policía, pero lo que hacen los comuneros de Calpulalpam y Xiacuí no les importa mucho. Que los castiguen un poco, a esos pendejos que no les han podido explicar por qué otorgaron a Novartis el permiso para investigar las plantas medicinales del bosque. Pos sí, cabrones, ¿a poco ellos no eran los que aguantaban en firme cada vez que la policía dejaba entrar a los taladores clandestinos? Qué, pues, ¿acaso el bosque no es de todos?

Ocho años de no hablarse de frente. Orgullos de aldeanos y muchas historias de competencias han envenenado las relaciones entre las comunidades. Antes, cuando muchos eran jóvenes y la carretera no había sido asfaltada aún, juntos habían recuperado el bosque de la papelera. Veinte años antes. Que se frieguen los cabrones esos con su laboratorio, piensan en Ixtlán.

No opinan lo mismo en Guelatao. Ni en la radio que se desplaza de un lugar a otro de la Sierra en una camioneta, previniendo que la policía la intervenga. Poco a poco, Ixtlán reacciona. Ellos igualmente son zapotecos, y comuneros, y defensores de la propiedad colectiva. A ellos nadie les ordena que no salgan de su pueblo. Y, menos, van a decirles a quiénes deben traicionar.

Cuando Phaphoutis no responde al alto del policía vestido de negro que lo sorprende saliendo del atrio de la iglesia. Cuando el griego queda tendido arriba de su sangre roja en la tierra grisácea, muerto porque no se ha detenido en pensar para qué hado trabaja. Cuando el disparo resuena en el aire, Ixtlán entero apresa al agente, lo golpea, entra al hotel, se posesiona del teléfono, habla con la televisión universitaria y la radio de los maestros. Ixtlán completo requisa la patrulla y el autobús de línea que la policía ha detenido al llegar a la plaza del pueblo. Ixtlán sube a Calpulalpam, captura a los dos guardias que el capitán ha dejado en la plaza y, con los comuneros, de ahí se encamina hacia La Trinidad.

 

 

 

 

 

 

 

El comandante no recibe alarma alguna de los hombres que ha dejado en el palacio municipal de Calpulalpam, pues el pueblo los sorprende mientras comen. Se apresta a entretenerse con los juguetes que mandó encerrar en la agencia municipal. Soy el macho alfa que hay que temer. Se chupa los labios y siente la verga hinchársele bajo la bragueta. Presagia el placer de castigar a los dos maricones amarrados en la sala de juntas del municipio. Resopla de excitación con la idea de vengarse de las tres putas biólogas encerradas en el laboratorio. Las ha espiado, a la pinche vieja y a sus achichincles; sí, caray, la ha visto comer, cagar y dormir entre los escombros. Brama de gusto con la idea de poner a cuatro patas al puto presidente municipal, hacerse servir por el cura zopilote, solazarse con el hambre del cuidador de los viveros y del encargado del banco de germoplasma que ha confinado a la sacristía.

– ¿Qué esconden, terroristas, indios cabrones, comunistas?- se desgañita el hombre que hay que temer Y pega, Le gusta pegar, le divierte. – ¿A quién creen dar miedo, pendejos muertos de hambre? ¿Qué pueblo de putos es éste?

Más pasan las horas, más es presa de un ardor peligroso, a medio camino entre la histeria y la acción reptil. Ha perdido el control, se lanza contra todo. No necesita razones para actuar. Disfruta al insultar y goza del miedo de sus prisioneros, su quebrarse sobre sí mismos, el gesto de protección que dispensan a su cuerpo o a la gente amada. Se reserva el derecho de conceder el alimento o la hambruna, el descanso y la fiebre, el dolor, la muerte, la injuria. Le gusta suministrar la agonía sin motivo. Otorgar la muerte es el sucedáneo imperfecto, el consuelo a la imposibilidad de crear la vida. Todopoderoso, sí; sobre ese microcosmo de parias a los que nadie echa en falta.

– Un gueto, eso son los pueblos: un gueto sobre el que disparar cuando se levanta y sale. Indios, maricones y putas.

Se desabrocha la bragueta y se masturba echando al suelo un semen blancuzco y ardiente junto con sus vituperios blenorrágicos. Luego abre la puerta y grita. Sus hombres lo escuchan en pie de guerra. Los aldeanos aguardan: el peligro mayor está siempre al acecho cuando falta poco para el desquite. Como quien aguanta, confían sólo en su capacidad de esperar.

 

 

El viejo y la vieja que preparan tepache de aguamiel por la mañana, bajan al pueblo cada par de horas, uno a la vez, a vender pan o a comprar panela. Regresan a su casa como los ancianos que son, como los puede ver cualquiera. Se acercan al cobertizo de la leña, porque en casa tienen frío. Mueven los palos más altos y les cuentan a Dafne y a El Greñas cómo al pueblo no entra un solo vehículo y el comandante hostiga a sus amigos.

– ¿Y la doctora Vargas cómo está?- se preocupa Dafne.

– Como los demás, sólo que más vieja.

Van a la cocina y le suben el volumen al programa de radio. El Greñas y Dafne escuchan atentos.

– Pues sí, señor- dicen al policía que pasa frente a la cerca-, es lo único que se oye aquí y nosotros ya estamos algo sordos.

Los muchachos de la radio han logrado volver a Guelatao por los senderos de la montaña y no son testigos de la mortificación de Calpulalpam y La Trinidad. Las beatas envueltas en sus rebozos y rosarios piden por el párroco durante una noche y media mañana, luego se retiran a sus casas. La plaza ha quedado en mano de las fuerzas públicas, pero éstas no parecen contentas. El helicóptero se levanta en vuelo por ratos para demostrar que sigue patrullando unas montañas paralizadas de miedo.

José Luis no logra recuperarse del terror de la ráfaga en el motor del jeep de su primo y es el único hombre que vaga sin que nadie lo moleste de una calle a otra. Si se apoya en la patrulla, los policías no dejan de hablar entre sí. El miedo lo ha embobado, lo consideran menos que una cosa sin voluntad ni memoria.

Los escucha contar cómo, allí en el norte, cerca del pueblo de uno de ellos, el presidente municipal se ha vuelto rico con la venta de las tierras de los campesinos que le han dado la espalda a la siembra: tan seca la tierrita, tan inútil. Él se la ha comprado, como si de hacerle un favor se tratase. Poco antes habían pasado por ahí unos paisanos de otro pueblo, contando cómo la tierra ya no valía nada, y convencieron a mucha gente de irse para el norte. Algunos le firmaron la cesión al presidente municipal a cambio de los boletos para viajar con toda la familia a la ciudad.

– Pues, imagínate la suerte del cabrón- sigue refiriendo el policía- a los pocos meses, que llegan los dueños de la maquila y que le compran la tierra al triple de lo que acababa de pagar.

– Que suerte ni que ocho cuartos -contesta el otro agente tras escupir a los pies del pintor- a ése ya le habían ventilado que por ahí levantarían las maquilas.

– O le dieron el dinero los narcos. Ya ves que ahora invierten.

– Mientras a ningún pendejo se le ocurra hacerles la guerra, que nos matan a todos.

– No, todos los gobernadores reciben dinero de los narcos. No podrían hacer nada sin esa plata.

– Después de los gobernadores, es a los presidentes municipales a quienes los dueños de las ensambladoras les pagan para obtener todos los servicios sin impuestos.

José Luis escucha y los ojos se le llenan de lágrimas. Entiende al fin qué está pasando en Yanhuitlán, pero comprender no le sirve de nada. Es un trapo, un hombre roto, nunca más tendrá el valor para enfrentar la realidad de abusos que lo rodea. Piensa en Yanhuitlán. Está tan lejos de casa. Tan distante de cualquier deseo.

– Sht, sht -lo ahuyentan como a un perro los policías.

José Luis arrastra los pies camino arriba. Se sienta con los hombros doblados en el mojón donde, cinco días antes, ha encarado el paisaje con un pincel imaginario en la mano.

Así lo divisa al bajar el viejo del aguamiel. Y así lo vuelve a encontrar a su regreso. Ha comprado una botella de mezcal y toma al pintor del brazo.

– Acompáñeme, joven; no sea malito.

El viejo tiende un par de cobijas en el suelo del cobertizo, le quita la camisa y los zapatos a José Luis y lo fricciona por horas, cantando alabanzas al señor, pidiendo la intervención de los santos, demandando la fuerza de la madre tierra. Le pasa trapos de agua fría por los costados, le pega con ortigas en los brazos y las piernas y, al finalizar, lo escupe con el licor helado que sale impulsado de sus labios semi cerrados. José Luis suspira y un sueño arrasador le pega los ojos.

– Así se cura el espanto- explica El Greñas a Dafne mientras el pintor empieza a roncar y el aguamielero lo tapa amorosamente.

– ¿Y por qué lo hizo?- pregunta Dafne.

El Greñas la mide con la mirada.

– ¿De veras no sabes?

Ella sacude la cabeza: -No.

– Pues, porque quien tiene el poder está ligado al servicio; si el viejo sabiendo curar no curara, todo se le voltearía en su contra.

 

 

 

 

 

 

Los gestos de la vida cotidiana se recuperan con rapidez. Un día es suficiente para engullir el honor malherido y volver a la milpa o al mercado. En un pueblo nadie tiene derecho a quedarse paralizado o a rumiar el miedo y la rabia. La vida empuja. Si la victoria no se asoma, es necesario fingir que nadie la estuvo esperando y hundirse en la normalidad más anodina, ese trabajo rutinario que borra del rostro tanto las esperanzas como la frustración. Puede que no sea valiente, se explican tras el asalto de la policía las señoras de La Trinidad al reunirse en la cocina, pero hay que barrer las calles, cocinar las hierbas, pasar la harina por el cedazo, que a eso vinimos al mundo.

Sus maridos se sobresaltan al escuchar el motor del camión que entra por la curva del norte. En realidad, mujeres y hombres han estado esperando el milagro: un prodigio tan grande que ni siquiera se han atrevido a pedirlo. Doña Ramona saca la sopa del fogón para escuchar mejor. Esteban García se queda con la pala del pan en la mano, suspendido en vilo, aguardando el momento soñado de aplazar la necesidad y apersonarse en la venganza.

Con parsimonia, los viejos del tepache destapan a Dafne y a El Greñas. La griega se arrodilla cerca de José Luis y lo mira dormir. Aventura un gesto, una caricia que no lo toca. Desde lejos, puede escuchar el camión de Ixtlán que ruge como un león cuesta arriba. Detrás del motor, los gritos de una multitudinaria furia humana que la metralla del helicóptero no dispersa, apenas si la empuja hacia las zanjas que bordeaban el camino. La rabia crece como un torrente en el deshielo cuando la sangre de una mujer alcanzada por un tiro en la cabeza toca el suelo. Joven ella, madre de tres hijos. El furor rompe los cauces porque una bala arranca el brazo de una viejecita de rebozo. Se desborda por la pierna quebrada de un estudiante y el hombro ensangrentado de un minero desempleado.

Se trata de una fiereza de machetes, azadones, hachas, que arrincona a los policías debajo de la escalera del laboratorio de la agencia municipal. Los desarma con el sólo terror que les provoca. Una cólera impetuosa que lanza una piedra certera y rompe cuatro dientes al comandante que empuña ya no su miembro fláccido sino una pistola impotente. Y lanza la segunda, a su entrecejo. Y la tercera que le abre el pómulo. Y la cuarta, la quinta, la sexta hasta que el presidente municipal rompe a patadas la puerta del cuarto donde aquél lo tenía prisionero y sale a gritarle a su gente: ¡Ya estuvo, hermanos! ¡Ya estuvo!

Es tarde para pedir calma. El helicóptero, con la soberbia de los más fuertes, o quizá con el imperativo desesperado de rescatar a los suyos, baja sobre la multitud enardecida mostrando su portezuela abierta, con un hombre embrazando la metralleta, listo para abrir fuego. Las piedras vuelan, mientras una reata y otra y otra enganchan el patín del helicóptero cuando baja para que el francotirador identifique un líder sobre quien disparar. Muchos hombres se agarran de la cuerda. Con la fuerza de una ola, jalan: un, dos tres; vuelven a jalar: un, dos, tres; más fuerte, con más gente: un, dos, tres. Los comuneros se excitan y fortalecen con sus gritos: ¡Duro, duro, duro! Hasta que todo el ruido de la masa cuaja en un rugido de victoria y las aspas del helicóptero se estrellan en el suelo.

Al interior de la agencia municipal, Santiago toma la mano de Paco y la besa. La doctora Vargas abraza a Leonor y Elisa se santigua. Cuando Dafne llega corriendo, la puerta del laboratorio se abre para dejar salir a sus héroes. El cura se yergue en el barandal y El Greñas lo graba con la mano levantada, absolviendo a su pueblo de toda culpa, omnipotente por ser tan sólo uno más de ellos.

 

 

 

 

 

En el silencio que sigue a esa victoria sorprendente y rapidísima, a Dafne le regresan las ganas de escribir. Empezará diciendo: La cultura del maíz se mantiene viva, se transforma y se reinventa cada vez que unas manos campesinas siembran, intercambian y cruzan las semillas que ha guardado durante generaciones, conservando o creando nuevas variedades adaptadas a sus gustos y a las variaciones de las condiciones climáticas en las que viven. Por eso no basta con conservar congelados, en los bancos, los genes de las variedades locales de maíz. Es necesario mantener la libertad de las manos que construyen día tras día un modo de vida inquebrantable.

Elisa se lo viene dictando en ese preciso momento. En el desbarajuste del triunfo La Soltera ha llegado al lado del cura. Toda su comunidad ha inclinado la cabeza a la hora de la absolución. Ella es la única capaz de levantarla cuando el silencio cae como una ducha fría entre los de Ixtlán, los de Calpulalpam y los de Xiacuí. Entonces su voz grave, todavía ronca por el encierro, agradece lentamente a los comuneros de Ixtlán por haber salvado el plan de los campesinos de la Sierra alta. Pide a las mujeres y a los hombres de su comunidad que les cuenten a sus compañeros ixtlanecas cuál ha sido la estrategia, los invita a sus casas para ofrecerles el pan horneado. Ofrece mezcal y los cuentos de los niños.

En el movimiento titubeante que originan sus palabras, se insertan los camiones que vienen entrando por el camino del sur. En la cabina del primero, está sentado Hernán Chávez, con el rostro desfigurado por la angustia y por haber corrido ciento diez kilómetros cerro arriba y cerro abajo. Dos días y dos noches sin detenerse, sin comer, bebiendo el agua de los charcos hasta llegar al Istmo, con el bazo a punto de reventar, los pies llagados y los ojos ya sin lágrimas.

Ha llamado a las comunidades zapotecas de los Loxichas y a los mixes de la Sierra, Hernán Chávez. Y todos le creyeron porque a cada paso oró por sus muertos abrazando los documentos que le había fajado bajo la ropa Elisa. Los mismos documentos que habían pasado por el scanner de la unión de vendedoras del mercado de Tehuantepec, llegando desde ahí a los correos de todas las universidades del país y a los periodistas amigos, a las organizaciones ambientalistas, a las asociaciones de compradores de productos orgánicos y a las terminales de la secretaría de agricultura cuyos técnicos intervienen todas las líneas de internet, abriéndose cuando por ellas cruza la palabra transgénicos.

Nuevamente Elisa Suárez sabe qué hacer. Lo llama héroe de todos y agradece a los mixes y a sus hermanos del Istmo por haberlo acompañado de regreso. Los chinantecos empiezan a bailar. Los presidentes municipales de las cuatro comunidades van por Hernán Chávez a la cabina y lo toman en brazos y lo llevan al lado del cura, quien con un gesto de la mano, manda al sacristán a la iglesia para que suelte las campanas. Un repique vivo y rápido de fiesta, de domingo de gloria, de boda, que espanta las palomas gordas de las plazas, por horas y horas.

Los que han apagado sus celulares, los prenden. Vuelan llamadas a México, a Atenas, a París y llega el helicóptero de una televisión privada que se atreve a decir que los serranos se han rebelado contra la autoridad por los apoyos que los indios insurrectos reciben de los parlamentarios europeos. Los camiones de radios de Oaxaca y la Ciudad de México llegan a entrevistar a la gente para desmentir la televisión más que para dar a conocer la verdad.

Mientras tanto, frente al Congreso, Greenpeace enciende dos enormes bocinas por las que se escucha la voz de Jacinta. Una valla de policía mantiene fuera a cientos de manifestantes. Policías y más policías: pueblo y autoridades no han de mezclarse. Mónica flanqueada de Adrianita y de varios ex-alumnos de su madre, sin embargo, interpelan a los diputados que pretenden emitir una ley que siente las bases para la siembra y la comercialización indiscriminada de organismos genéticamente modificados.

– Por supuesto que si México es signatario del Protocolo de Bioseguridad de Cartagena- grita la hija de la mujer que ha sido apresada durante tres días por la policía enviada por el subsecretario de agricultura – por supuesto, que debe detener cualquier importación  de granos, semillas y otros materiales modificados ante la falta de un reglamento y de una política de bioseguridad.

– ¿Qué hay de malo en el progreso?- gritan unos diputados jóvenes del partido de gobierno.

– A los ecologistas habría que encerrarlos en el zoológico- se avienta otro, sin lograr que nadie se ría. Adrianita aprieta la mano de su madre.

– La liberación al ambiente y el consumo de cultivos transgénicos implica riesgos de salud que aún desconocemos; urge que se aplique el principio precautorio ante el uso y la investigación genética de plantas- contesta Mónica.

– ¡Pinche vieja!- dicen por lo bajo el director de un centro de investigaciones de la escuela politécnica y un diputado, pero una legisladora de la oposición los oye y los encara a gritos.

– ¿Por qué, cabrones? ¿Porque les arruinó sus ganancias fáciles?

Afuera del recinto legislativo empiezan a llegar los contingentes de más de cuarenta organismos no gubernamentales, mujeres y hombres de sus casas, taxistas curiosos, estudiantes, feministas, jubilados. Los indigentes arrastran bultos de ropa y sus cartones y botellas vacías, corriendo hacia todas las direcciones, asustados por el escándalo de las patrullas que llegan con las sirenas desplegadas.

La Ciudad de México es tan grande que engulle sus protestas. Por la noche hay quien al entrar a su casa bufa que no entiende qué pudo provocar un tráfico tan espantoso. Burócratas y burguesas dicen que hay que prohibir las manifestaciones, que qué gobierno tan cobarde frente a los revoltosos. La tele no pasa la noticia. Pero sus hijos siguen en sus lap tops las imágenes de un periodista griego muerto de un tiro, un comandante de policía resguardado por una fuerza del orden compuesta por comuneros armados de machete, una vieja medio torcida del dolor que levanta los resultados de una investigación de campo que comprende a todo el territorio oaxaqueño, en la agencia municipal de un poblado donde un helicóptero de la policía yace en tierra destruido.

Gracias a la labor del señor Dupoète, la UNESCO esa noche tiene listo un desplegado que compara la contaminación del maíz con un atentado a la cultura de México y al patrimonio colectivo de la humanidad. Sin embargo, Jean-Bernard no llama al celular de Dafne y ésta entiende que ya no tendrá casa donde llegar en París.

La televisión griega tiene la primicia sobre el desarrollo de los sucesos: ha puesto el muerto y es la heroína. Desde Atenas se levanta una condena internacional por los abusos policíacos contra un modelo agrícola milenario, provechoso y ambientalmente válido. Rita Angelopoula tiene la oportunidad de vender a todas las emisoras europeas las imágenes de El Greñas, videasta independiente, y la música de Eusebio Soles, impenitente compositor borracho y teórico de la comunalidad.

Desde Londres, la organización mundial de periodistas realiza un acto conmemorativo a la labor de Phaphoutis, entrega a su madre una medalla  y vuelve a denunciar que México es el país con el mayor número de asesinatos, desapariciones forzadas y secuestros de informadores, con 111 periodistas y ocho trabajadores de prensa victimados en los últimos 28 años, 83 de ellos en los últimos diez años, todos absolutamente impunes.

Un par de magistrados intentan decir que la justicia sólo debe proporcionarla el Estado a través de sus instituciones. Ni el presidente de la república les hace caso. Está entre la espada de los defensores de los derechos humanos y la pared de sus promesas de venta libre a las trasnacionales de fertilizantes, herbicidas, plaguicidas, nuevas semillas y tierras para las maquilas en un corredor que va del estado de Puebla hasta toda Centroamérica.

En un bar de Tlaxiaco, Carmelo Montes mira a la mujer con quien ha vivido la intensidad absoluta de la pasión y el abandono en menos de 24 horas: sale de la puerta del laboratorio demacrada y sucia y busca con los ojos entre la multitud. Es la sexta vez que la televisión repite esas imágenes, pero él ha estado toda la mañana investigando un caso. La cámara enfoca luego a la doctora Vargas y a Elisa; él sabe que la bióloga lo anda buscando. A él.

Está de servicio. El estómago le duele por el esfuerzo de contenerse. Pide una cerveza. Leonor buscándolo y él detenido, sin siquiera poder dedicarle desde lejos la condena del presidente municipal de Yanhuitlán que, está seguro, es el mandante de la quema de su camioneta, y contra el cual no ha obtenido una sola prueba. Leonor buscándolo y él incapaz de mandar todo a la chingada para correr con ella. Leonor sola. Leonor con frío. Leonor demasiado flaca. Empina la cerveza y la cámara enfoca al capitán de la policía judicial, desfigurado a pedradas. De la que me salvé, se ríe para no echarse a llorar. Luego ve a José Luis García entre Dafne y la doctora Vargas y piensa que ese hombre es su amigo.

Alejandra también está frente a la televisión, en su casa de Cuernavaca, alquilada para poder demostrar a su familia que es una triunfadora. Un pie descalza al otro y de una patada envía la sandalia de tacón grueso contra la pantalla. Su pinche madre, y ahora su pendeja hermana, siempre son más personajes que ella.

Sólo Gerardo Castillo llora de rabia en ese día. Ni siquiera el subsecretario de agricultura. El subsecretario impreca contra el comandante que ha enviado desde la capital por incompetente y se retira del Congreso para no quedar atrapado por los manifestantes. La ley pasará apenas las aguas se calmen, de eso se encargará personalmente… Al llegar a su casa se esconde tras un whisky doble en las rocas.

Gerardo Castillo, por el contrario, se dobla sobre sus maletas a medio hacer, sobre su plaza en Guanajuato, sobre su sueldo duplicado cuando escucha a la doctora Vargas, en el momento solemne de la denuncia y la gloria, agradecerle los años de colaboración en el Instituto, recordándolo por televisión como a un hombre cabal y un excelente biólogo.

– Nunca me lo dijo antes la muy hija de puta- solloza.

 

 

 

 

 

 

 

 

Qué difícil es

acechar paciente

el ocaso venidero

 

Melba Guariglia, Sublevación del silencio

 

 

 

 

 

Niko Andreakis atraca en Tela, la playa más bella de Honduras. Su cabello rubio, trenzado por el viento, descansa sobre una sonrisa medio ida. Ya no se parece a la portentosa mezcla de Teseo con un futbolista, sino a cualquier hombre enamorado. Los amigos que lo rodeaban en Sevilla han disminuido. Una mujer lo agarra de la mano para descender a tierra. Quieren comer.

Caminan por la playa con sus bellezas a cuesta, dioses perdidos en un paraíso ajeno. Se miran, se sueltan y sus largos miembros bronceados vuelven a juntarse pocos pasos más adelante. Anna Castoriadis tiene hambre, el hambre plena de las mujeres satisfechas por la mañana, cuando a los veinte años creen en el amor y se aferran de él para inventarse un futuro. Niko comerá lo que ella quiera.

Llegan a una cabaña al final de la playa, grande, de troncos pulidos a machete, cuya terraza es levemente barrida por la brisa. Un museo, se ríen al leer el cartel de la entrada. Una mujer alta y fuerte, absolutamente negra y, sin embargo, de pelo lacio, los invita a probar comida garífuna. Cruzan por el corredor de paredes pintadas con la historia de un pueblo indómito, mitad caribe y mitad africano, y van a sentarse entre objetos de arte y de uso cotidiano en el mirador suspendido entre la playa y la laguna. Les sirven pescado, té de pimienta, pan de yuca en grandes platos de madera dura.

Descansan en un paraíso apenas diferente al de la playa. Igualmente ajeno, prestado, incapaz de requerirles cualquier compromiso. Hasta que la mujer prende la televisión a todo volumen. Entonces, tras la publicidad de gaseosas y licores, aparece la cara de Dafne enmarcada por el fresco y urgido paisaje de alta montaña.

La fiesta se está apagando demasiado aprisa en Calpulalpam y Niko no se ha siquiera enterado. Pocas televisiones extranjeras prestan todavía atención a una revuelta campesina; más bien, atacan a sus defensores después de que la Secretaría de Agricultura de México lograra demostrar la baja producción de los cultivos tradicionales. Dos minutos, la voz de Dafne hablando una vez más de los derechos campesinos. La imagen se esfuma para dar paso a una visión de infierno: jóvenes baleados en las calles de San Pedro Sula, campesinos atrincherados en el Aguán, venganzas contra la policía de Tegucigalpa que adquieren las características de un tiro de gracia en la sien a centenares de desconocidos en los autobuses urbanos, una figura presidencial sin representación, mandatario espurio, listo para un golpe de estado, dictamina el exterminio de todo aquel que llevara un tatuaje en su piel.

El horror acalla a los dioses. Niko y Anna se agarran de las manos, impotentes, urgidos de protección, repentinamente conocedores de la fragilidad de sus vidas. Tienen cita en La Ceiba con un francés gordo y calvo y con un muchacho que, como ellos, llena sus casas de libros sobre el apocalipsis ambiental.

– La que acabas de ver es tu tía – comenta entonces Niko con un hilo de voz, mientras libera su mano derecha de la de Anna y hace gestos a la encargada de la cocina del museo para que le baje el volumen a la televisión.

Anna lo mira meterse un pedazo de pargo a la pimienta, deglutir, darle un sorbo al té y clavar su mirada en sus ojos negros. Le toca a ella reaccionar, fingir que no han llegado al futuro pronosticado por los pesimistas veinte años antes.

– ¿La conoces?

Niko arquea las cejas.

– Es fantástica.

Anna sonríe.

– En mi casa es una especie de leyenda. A mi padre literalmente le sudan las manos cuando le preguntan por el parentesco; pero es también una piedra de toque: a ver quién es capaz de imitarla, a ver quién tiene sus ovarios.

Niko olvida los muertos de Tegucigalpa para recordar el rincón de la barra de madera oscura donde estaba sentada en Sevilla esa mujer con los ojos rojos y el whisky en la mano. Dura como una piedra y, sin embargo, herida.

Acercársele y protegerla con su dinero y su barco, había sido el gesto más libre de su vida. Y un triunfo. La mujer indefendible, la roca inexpugnable, bailó con él y sus amigos para no llorar. Él lo supo siempre, porque también disfrazaba de alegría el dolor. Luego conoció a esa morena delgada que se le parecía en el gesto y que tenía muchos años menos que ella.

Anna, por Dios, te amo porque antes que tú Dafne me fascinó. No, no será tan estúpido como para decirle la verdad a la diosa que venera. Menos aún en esa tierra sin leyes, donde un policía de Sevilla podría confundirse con un defensor de la justicia. Anna, Dios santo, ¿dónde te he llevado?

La televisión hondureña sigue mostrando escenas de pánico entre músicas bailables, muertos y asesinos en traje de baño, publicidad, ron, cigarros, autos y mujeres arrastradas por los cabellos. Más ron, más muertos y también sindicalistas organizadas en manifestaciones, plantones, mítines.

 

 

 

Dafne de repente piensa en Niko. De haberle conocido veinte años antes le habría dado el biberón, qué lástima, carajo. Se sorprende deseando que la rescate nuevamente. A final de cuenta ella nunca ha tenido un príncipe azul y en ese mismo continente, a dos mil kilómetros de las manos de Niko y Anna enlazadas para sobrellevar la masacre de los humanos supernumerarios que ha empezado en Honduras, está herida y sola.

Por la mañana, el Instituto Nacional de la Nutrición ratifica el cierre del departamento de investigación en biología molecular de plantas. Han jubilado a su amiga y reubicado a sus dos doctorandos en otros equipos de investigación. Por la importancia de sus aportes a la biología mexicana se le otorga la Medalla Marie Curie a la Excelencia en Divulgación Científica, han redactado los directores de dos universidades en el informe que le es remitido a la doctora Vargas en la presidencia municipal de Xiacuí. Una medalla, un diploma para ocultar que, en realidad, la están jubilando para sacarla de la jugada.

Un clima adverso echa un manto de invisibilidad sobre lo ocurrido. Dafne detecta las maniobras de desinformación desde que era una niña, cuando la madre la presentaba como si la quisiese a otras madres, quienes igualmente utilizaban a sus hijas para mantenerse a flote en la tempestad sonriente de las noches de buena sociedad. Ahora, reconoce las noticias intencionalmente manipuladas: mentiras contadas con la verdad, invariables promesas de represión.

Qué moda han desatado. La tele entrevista a biólogos. Decenas de biólogos se pelean entre sí para explicar en los telenoticieros que la modificación de plantas utiliza el material genético de un virus o una bacteria para conseguir la incorporación de nuevo material genético en un organismo huésped. Desean cinco minutos de gloria. Según la tele, mujeres que nunca se han preguntado por los ingredientes de las galletas que dan a sus hijos entenderán ahora que la mejora genética de plantas tiene como fin último obtener genotipos que produzcan fenotipos mejor adaptados a las necesidades humanas del momento. ¿Biólogos versus telenovelas? Si nadie los entiende parecerán más inteligentes. Rematan sus intervenciones insistiendo en el aumento de la capacidad productiva potencial de los individuos o en el éxito de la incorporación del insecticida a la planta para que ésta sea más eficiente en la lucha contra determinados parásitos como el taladro del maíz, que no se combaten de forma eficaz con la distribución de insecticidas por vía externa.

Con la esperanza de causar asombro, los promotores de las modificaciones genéticas dictan a la prensa páginas y páginas de datos para defender la domesticación de nuevas especies, transformando a las silvestres en cultivadas con utilidad y rentabilidad. Atacan abiertamente la falta de visión económica de los ecologistas, esos turistas de la política y las ciencias. Una universidad agrede a la otra, un instituto al instituto de al lado, una facultad a su vecina.

Elisa Suárez atrasa la reinstalación del laboratorio en La Trinidad por la presencia de la Policía Federal Preventiva. Por supuesto no es noticia. No obstante está urgida de que alguien escuche su denuncia: la Federal se ha instalado en los municipios y arma a sus colaboradores con la excusa de proteger la autonomía de las comunidades.

Mientras tanto, Leonor da vueltas por Calpulalpam. Incapaz de detenerse, come sin cesar pan de huevo, chocolates, quesos, frutas, todo lo que puede cargar en la mano y morder caminando de un lado a otro. A cada mordisco, un inútil y por ello mismo más violento paso contra la tierra, para bajar las calorías engullidas. Por instantes se para y habla en voz alta, completamente sola, sin asidero.

Paco y Santiago viven su luna de miel. Nadie en el pueblo cuestiona su decisión de mudarse a la casa de los padres de Paco, ni la de firmar juntos todos los desplegados.

– Los huevos se demuestran en los hechos y no en la cama- corta las dudas del cura el presidente municipal.

– Debo irme- dice por la noche a sus amigos Dafne.

Las sombras bajan lentamente sobre la sierra enrojecida donde se han apagado los ruidos de los aserraderos y de las carpinterías comunales. Se sosiegan los pueblos y la carretera queda desierta. El pan ha vuelto a hornearse tres veces por semana y las piedras del molino a girar en las madrugadas. José Luis, embarcado el jeep de su primo en un tráiler, ocasiona una despedida dolorosa y lenta a orillas de la casa de los viejos del tepache de pulque. La emoción impide que sus amigos emitan una palabra y él tampoco habla, sólo con la mano acaricia la cicatriz del brazo de Dafne.

– Creo que te llevas una igual en el corazón.

Se abrazan.

– Ahí te llevo a ti también- le responde al oído ella.

Hernán Chávez vuelve a su trabajo de comerciante. Cada vez que se adentra en la Sierra con su pick up suspira porque ya nada es como antes: “No llueve ahora ni siquiera en el mes de julio, ay, Señor”.

– Necesito irme- repite Dafne por la mañana.

Sin embargo, se siente incapaz de armar su maleta y despedirse. Abúlica y pasiva como las hijas de familia frente al pretendiente impuesto por la madre. Como los deprimidos. Las excusas para atrasar su necesidad de volver a trabajar son muchas y aparentemente válidas: una entrevista, una reunión en la Mixe, un encuentro de campesinos. Vaga por las orillas del bosque, a veces olvida recargar su teléfono celular, no contesta su correo electrónico. Y por la noche se tira vestida sobre la cama, sin fuerzas.

 

 

 

Anna y Niko llegan a La Ceiba en un coche blindado de vidrios polarizados. Se encuentran con un ecólogo y un defensor de los derechos humanos parapetados detrás de las rejas de una casa con sistemas de alta seguridad. En ese momento, Dafne acaba de sentarse en la butaca de la oficina de la presidencia municipal. Es el final de una tarde hermosa, azul, sólo demasiado luminosa para quien espera la lluvia para sembrar.

Se dobla hacia delante para recoger las hojas de un cuaderno que se le han caído debajo del escritorio del presidente municipal. En una de ellas ha anotado el número de teléfono de Niko. Se sonríe; Niko siempre aparece en los momentos menos esperados.

Entonces explota el vidrio de la oficina del munícipe de Calpulalpam. Tres tiros y ve caer hacia atrás a los dos hombres con quien ha estado charlando. Se les va abriendo una estrella roja en el pecho. Sólo uno de ellos alcanza a gemir mientras un encapuchado cuerpo de atleta vestido de negro abandona su fusil de alta precisión en el tejado de la casa vacía del sindicato de mineros.

– ¡Lo vi! ¡Puta madre, lo vi! –grita Dafne.

Sin esperar un segundo marca el número de su niño bonito. ¡Que venga a defenderme, que mande alguien a rescatarme, que llame a Rita Angelopoula, carajo que alguien me ayude, han matado a dos hombres! Niko palidece al oír los gritos de su heroína por teléfono. Con una mueca de espanto traduce a sus compañeros palabra por palabra lo que Dafne le está diciendo. Anna sacude la cabeza al son de un no puede ser, no puede ser. El francés deglute y su gaznate se mueve de arriba abajo antes de proferir: – Fallaron, es a ella a quien quieren matar.

 

 

 

Los topiles entran al salón del presidente municipal, armados de escobas. Son todos los hombres que regresan de la limpieza colectiva de las calles y escuchan los gritos de terror de Dafne. Dos de ellos se tiran sobre la mujer y la sacan protegida de enfrente de los ventanales. La Policía Federal Preventiva llega, entre sirenas y vestidos negros idénticos al del asesino, gritos, pistolas. Los munícipes han muerto. Los llantos se levantan por el pueblo, las campanas doblan por ellos en el aire de la tarde.

Dafne se niega a los interrogatorios y a quedarse sola con la policía. La mirada desencajada por el terror anteriormente experimentado por José Luis se ha vuelto la suya. Cuando la doctora Vargas llega con Elisa y Leonor, la periodista se refugia en sus brazos.

– Lo vi, lo vi claramente- les dice en voz baja. – Era un policía, abandonó el arma.

Pero el fusil ha desaparecido del techo. Santiago Báez llega a la misma conclusión que el francés.

–  La quieren callar- le dice a Paco.

Va a la cabina telefónica de Calpulalpam a investigar el número de la embajada de Grecia. Luego se acuerda de El Greñas y lo busca con Eusebio Soles; el camarógrafo tiene el contacto con la televisión de Atenas, pero no está en ningún lado.

– Debemos protegerla. No sólo los narcotraficantes compran a las autoridades, las comercializadoras de granos han pasado al ataque.

 

 

 

 

Niko regresa a su barco en Tela con la conciencia cabal de que la ecología es más peligrosa que navegar sin gasóleo y que él todavía no entiende nada. Maneja en silencio y a toda prisa, con Anna a su lado y el francés en el asiento posterior. El hondureño no tiene un pasaporte que le sirva para entrar a México sin una visa. Empieza a llover mientras enfilan rumbo al noroeste. El viento silba fuerte y el velamen tiene que ser reducido a la mitad.

– Que nadie vomite que trae mala suerte- ordena Niko antes de encerrarse a estudiar la ruta en la cabina que ahora aletarga a su barco. Anna se queda con el francés, entumido de miedo al mar.

– Conocí a su tía- recuerda el hombre para entablar una conversación cualquiera.

– Yo nunca- lo corta la muchacha.

El sordo ruido del viento, de las velas y la lluvia se apodera de ellos. Niko sale de la cabina.

– Desplieguen el velamen, no hay tiempo que perder.

 

 

 

 

 

 

 

Las mujeres con quien Dafne ha pasado las últimas semanas de su vida, la separan de la policía. Con ellas se siente arropada, pero no la dejan pensar. Los cuerpos de las biólogas se han erigidos en escudos y le evitan la necesidad de preguntar por los dos hombres con quien estuvo charlando de una cosa y de otra hasta que les brotó en el pecho una flor roja de sangre.  Han muerto y ella no. ¿De qué estaban hablando?

Poco a poco recuerda que al finalizar la mañana salieron del pueblo por el sendero antiguo. Iban contando anécdotas, riéndose por los recuerdos que les venían a la mente acerca de camiones atascados y de mulas revolcadas, historias muy parecidas a las que ella había escuchado en todos los pueblos donde acababan de asfaltar los caminos. Habían pasado por la vieja calera, torcido por debajo de un acantilado y allí se habían detenido a mirar una cascada. Hacía calor.

Los tres se habían sentado en el piso. Ella escarbaba con las manos el suelo. Un juego, una manía, en realidad un gesto sin ninguna finalidad explícita. De improviso, aparecieron unas piedras. Un ángulo rectángulo perfecto, una forma inexistente en la naturaleza. Había preguntado si por ahí hubo casas y los dos hombres sacudieron las cabezas. Siguió escarbando y apareció un murito de piedra tallada. Los munícipes empezaron a ayudarla,  interesados.

– Esto es una pirámide- dijeron.

Ella agarró un palo con que remover la tierra. Las horas transcurrieron sin que se percataran del esfuerzo y el hambre, sudaban en silencio, totalmente absortos en su labor. Sacaron a la luz una pequeña construcción cuadrada al centro de la  cual había un gran hoyo y del lado de la cascada, subiendo de las aguas, tres escalones.

– Un altar- dijo ella.

– De los antiguos- hicieron coro ellos.

Y ahora han muerto. Eran tan felices de haber descubierto un monumento y nadie lo sabrá. De eso hablaban en la oficina municipal, de cómo decirle al pueblo que habían encontrado un altar de los antiguos a  pocos metros de donde la comunidad empezaría a construir un hotelito después de las lluvias. Estaban realmente contentos cuando entraron en la presidencia municipal.

Dafne suspira. ¿Para qué contar estas cosas? El celular timbra en un bolsillo de su saco de pana; lo pasa a la Soltera. ¿Para qué  hablar?

La Soltera se despega de Dafne, ladea la cabeza y con una mano tapa su boca ante la bocina del celular. Jacinta y Leonor no le prestan atención. El dolor de la muerte anestesia los demás sentimientos y entre ellas se limitaban a un deambular vagamente blancuzco entre las decisiones a tomar y las necesidades. Matar a dos hombres es un delito; acusar a un policía de haberlo hecho es un suicidio, se dice Dafne.

– Debes denunciarlo.

-Tienes que hacerlo.

Dafne jadea. En ese preciso instante, nada más quiere seguir viviendo. El aire se le ha vuelto espeso, le cuesta inhalarlo. La policía ministerial de Ixtlán sube con las sirenas desplegadas.

– Ésta es mi zona- le dice el que parece el jefe al jefe de los federales – y ella está bajo mi custodia.

Paco y Santiago se disponen al lado de su policía. Poco después, con el pelo revuelto y las ojeras oscuras, Leonor le dice algo al jefe de la ministerial.

– Por favor, avise a su colega de Nochistlán. El comandante Montes va a ser el único escolta que la señorita Castoriadis va a aceptar.

 

 

 

 

 

 

 

 

Las horas se suceden nocturnas y oscuras, pero sin sueño. Niko sortea la tempestad en altamar. Los cartílagos de Jacinta se endurecen dolorosamente por la tensión. Leonor se muerde las uñas.

Únicamente La Soltera se mueve aún en la lonja donde la ministerial ha recluido a Dafne para que nadie tenga acceso a ella. La Policía Federal Preventiva rodea a la ministerial, creando un cerco alrededor de la plaza central.

Elisa se escabulle hacia la casa que la comunidad presta a las investigadoras, dobla la ropa de la griega, recoge sus papeles y guarda todo en la maleta que se ha comprado durante un viaje a la Ciudad de México. Luego, con dos mudas y seis de sus propios libros, llena la mochila de Dafne. Vuelve al cuarto de guardia. Jacinta y Leonor le abren la puerta y le presentan al cónsul griego, un hombre que se resume en una barba gris y el pelo revuelto. Lo acompaña el agregado militar; el encargado de prensa se ha quedado en la plaza. Niko llama. La Soltera contesta y le pasa el teléfono al cónsul. Luego lo retoma y, envolviéndolo con su mano izquierda, camina hacia una esquina de la antigua bodega.

– ¿Dónde vas a atracar?

– ¿Qué quieren que haga?- grita Dafne desde el otro rincón del cuarto.

La voz le duele, asustada, altísima. El jefe de la ministerial abre la puerta, arma en mano. Paco y Santiago empuñan un azadón.

– No es nada, no es nada- se apresura a decir Jacinta.

– ¿Dónde está el comandante Montes?- pregunta nuevamente Leonor.

El policía sonríe, el chisme ha llegado a sus oídos.

– No vendrá.

La Soltera confirma la noticia sacudiendo la cabeza.

– ¿Quién es ése?,- pregunta el cónsul.

– Un amigo- responde Jacinta y el cónsul se da por satisfecho, retomando el hilo de sus deberes de protector oficial de los ciudadanos de su país. Su obligación es salir bien librado, ojalá y eso signifique también alguna remuneración.

– Señora Castoriadis, tengo que tramitar su extradición; puede no declarar, pero será entregada a las autoridades griegas y no podrá volver a México mientras no sea probada su inocencia.

– ¿De qué?- preguntan en coro las cuatro mujeres.

– Asesinato- responde el cónsul.

– Es ridículo-, vuelve a levantarse, histérica, la voz de Dafne.

Jacinta Vargas tose hasta atragantarse.

– Es peor que ridículo; es la manera en que el vicesecretario de agricultura ha decidido lavarse las manos. Tú – impulsa su índice derecho hacia el pecho de Dafne – serás, oficialmente, quien ordenó la muerte de los munícipes y de Phaphoutis, para atraer la atención sobre el problema ecológico que se está viviendo en la Sierra.

Jacinta aprieta la mandíbula, antes de continuar.

– Eres una loca, una exaltada, contarán cómo te fuiste de tu casa, demostrarán tu desequilibrio emocional, expondrán las fotos de tus amantes.

La Soltera sale nuevamente. Pide al patrullero de la ministerial que la lleve a la caseta telefónica del pueblo. Éste le ofrece su celular.

– No, gracias, necesito buscar un número en el directorio.

Marca a Yanhuitlán apenas el policía la deja sola en el cuartucho de adobe donde se concentran seis teléfonos en casi desuso. En el gran estudio de José Luis García, el timbre repica varias veces.

– Ve a buscar a Montes – dispone cuando el pintor contesta al fin.

Elisa hace luego un rápido recuento de los hechos y corta de pronto.

– No cambies de plan ni llames a mi celular, toda telefonía móvil puede rastrearse casi de inmediato.

En la lonja frente a cuya puerta se ha quedado el jefe de la ministerial, preso con sus custodiados por el cerco de policías federales, a su vez observados desde la torre del palacio municipal por el encargado de prensa y el agregado militar de Grecia, Jacinta y Leonor ponen sus manos en los hombros de Dafne.

– Si nos permite- le dicen al cónsul y se retiran a una esquina.

– Tú sabes cuál es tu deber- indica la anciana.

– Pero tu seguridad está primero- agrega la más joven.

La Soltera entra y se acerca al coro de mujeres.

– Aquí no- corta cruzando un dedo sobre sus labios.

Dafne pide papel y lápiz. Se recarga en la pared. Después de unos minutos empieza a escribir. Sus cuatro acompañantes salen. La Soltera se fuma un cigarrillo con el policía ministerial, el cónsul pasea por el patio desconchabado.

– ¿Volverá con ella a la Ciudad de México?- le preguntan a la doctora Vargas Santiago y Paco.

– Ya dejen de cuidarme, muchachos. Vendré a la clínica tradicional de Calpulalpam.

– ¡Son poco más que brujos!- se escandaliza Santiago.

– ¿Y qué es un científico?- le contesta la vieja bióloga enojada.

La noche pasa en vela. Al perfilarse las primeras líneas de un violeta tenue en el lomo  de las montañas, el policía pone fin a la espera.

– Levantemos el acta en Ixtlán; el homicidio no es un delito federal. Está en mi jurisdicción.

– Dispararon con un arma de uso exclusivo del ejército- lo corrige Leonor. Ese sí es un delito federal.

Un silencio desesperado cala sobre las piedras húmedas, cortadas a cincel, de la plaza. Un sigilo  inmóvil. No hay nada qué hacer.

– Tiene razón el oficial- se despabila de repente Jacinta. – Una primera denuncia asentará los hechos.

– Usted sí que entiende- le sonríe el policía.

El cónsul dormita en el asiento trasero de su auto; el agregado militar revisa los uniformes de la federal; el encargado de prensa vuelve del palacio municipal. Dafne se ha recostado sobre una docena de hojas garabateadas en español y griego y duerme. La Soltera la despierta.

– Te vamos a acompañar.

La griega acepta con un gesto de la cabeza, resignada a lo inevitable. Sigue a sus amigas en la madrugada neblinosa. El cónsul con los dos agregados de embajada dispone su auto detrás de la policía ministerial, que lleva a las mujeres. El capitán de la Policía Federal Preventiva los mira hacer, preso de una sensación molesta de ansiedad. Ordena a los hombres que tiene cerca que sigan a esa comitiva con dos patrullas, a unos trescientos metros de distancia, a sabiendas de que no tiene derecho de ordenarlo ni que puede dejar de hacerlo. De la iglesia de San Martín se levantan las voces en falsete de las plegarias para los muertos. Dafne se santigua con un gesto que a las mexicanas parece equivocado, como hecho al revés.

– Aquí está mi declaración- dice la periodista entregando las hojas a Jacinta. Los ojos rojos, la boca pastosa. – Soy una cobarde, no puedo decir más. Además, el que disparó tenía el rostro cubierto, no podría identificarlo.

El policía ministerial prende la radio; la música tapa la conversación del asiento posterior. La Soltera reza por sus muertos. Leonor, rabiosa, la increpa.

– ¿Qué son para ti dos campesinos?

– Licenciada Ruiz, no tiene usted derecho- trona Jacinta.

Dafne no se mueve, siente que no se merece esa pregunta, pero es incapaz de defenderse. La lágrima se le seca. Lo sabe. Desde que se fue de su casa, nunca ha dejado de ser una niña rica para los demás. Aunque se muriera de hambre.

En una curva cerrada, a setecientos metros de la entrada de Ixtlán, cerca de los aserraderos, un camión cargado de troncos se ladea peligrosamente, invadiendo la pista contraria entre el coche de la ministerial y el del cónsul. Los griegos frenan, blasfeman y retoman el camino cuando la policía federal ya los ha alcanzado.

Recordando el desconcierto de su capitán, los patrulleros disminuyen la velocidad para ofrecer nuevamente al cónsul la sensación de no ser perseguido. Del otro lado de la curva, una camioneta negra se cruza por la carretera, dos hombres bajan pistola en mano; los dos policías ministeriales empuñan otras armas.

– ¡Las están raptando!- grita el agregado militar desde lejos.

El cónsul frena y su auto resbala sobre el asfalto mojado mientras ve desde la ventanilla cómo dos mujeres son arrastradas hacia la camioneta, la mochila de la griega en la mano de un hombre empistolado.

– No tiren, no la pongan en riesgo- aúlla el cónsul desde la ventanilla de su auto a la policía ministerial.

La camioneta arranca, la placa cubierta de tierra, la niebla por encima del camino. La Policía Federal Preventiva llega por detrás, frena a pocos centímetros de los dos coches parados. La ministerial ordena a sus colegas:

– Corran, se las han llevado, agárrenlos- sin mover la patrulla de en medio del asfalto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dafne termina de dictar su denuncia de los hechos al Ministerio Público, la firma con la pluma fuente del hombre que la ha escuchado y sale a la plaza grande de Ixtlán. Del otro lado de los arcos, Hernán Chávez está apoyado en su pick up, con una taza de atole en la mano. Jacinta, Paco y Santiago se han sentado cerca, dejándose calentar por los rayos del sol.

El jefe de la ministerial los alcanza al salir de su oficina.

– La señorita Castoriadis es una testigo esencial, debe quedar a disposición- dice y se da la media vuelta.

Hernán Chávez se encoge de hombros.

– Ni modo, comandante, usted ya sabe: necesito que alguien me acompañe, el camino es largo.

El oficial en ese preciso instante comienza a gritarle a un niño que se baje del cofre de su coche y no lo escucha. Tampoco ve qué camino toman para cruzar la Sierra, pocos instantes después de que Dafne le pida a su vieja amiga que abrace por ella a la pequeña Adriana. La maleta de La Soltera va en la cabina del pick up.

– Llámame de vez en cuando; quién sabe cuándo podré regresar.

– Ésta es tu casa- contesta la vieja.

 

 

 

 

A la entrada de Oaxaca, las patrullas de la policía federal y el coche del consulado de Grecia alcanzan la camioneta de Carmelo Montes. El comandante está abrazado a la mujer de sus sueños. En el asiento trasero, José Luis García y Elisa Suárez calculan cuánto tiempo ocuparán Olga y Guadalupe Martínez para ir de Yanhuitlán al funeral de los dos munícipes de Calpulalpam.

 

 

A la misma hora, Niko llama por radio pidiendo a la capitanía de puerto el permiso para atracar.

– ¿Qué coño es eso?- pregunta el capitán tras otorgarlo.

El catamarán entra a la desembocadura del río Papaloapan en la laguna de Alvarado con sus mil doscientos metros cúbicos de velamen desplegado. Hasta los tiburones se detienen para contemplarlo.

 

Benque Viejo del Carmen, Belice, agosto de 2001- abril de 2012

 

A MANERA DE AGRADECIMIENTOS

 

Esta es la primera de una serie de tres novelas en las que intenté expresar la dimensión biológica y narrativa de la vida.

Mi pasión por la Madre Tierra es tan antigua como mis primeros recuerdos, y quién sabe desde dónde más viene. De niña era feliz, en verano y en invierno, cuando podía tirarme de espalda en la hierba o la nieve y no había carne en la mesa. Si la mar estaba cerca, el gozo era total. Y sí, es cierto, odio con toda mi alma las autopistas y el asfalto en general, lo cual provoca mucho desconcierto entre mis amigos y amigas. Puedo no volver nunca más a un lugar que amé sólo porque han asfaltado el camino para llegar.

Es esta pasión espontánea por los desiertos y las selvas, la agricultura y la vida nómada, la que me ha llevado a concebir unos puentes entre la literatura, en sus expresiones clásicas, aunque no trabajadas poéticamente, de la épica, la tragedia y la lírica, y las ciencias de la vida y del ser, la biología, la física y la geología.

El inspirador inconsciente de estas páginas es el poeta colombiano Jorge Bustamante García quien, en una luminosa mañana de 1989, caminando en las cercanías del Lago de Cuitzeo, empezó a mostrarnos a su hija Natalia, entonces de 12 años, a mí y a Olga, la belleza de la Tierra, lo mineral de la vida, los colores de las piedras. Como Goethe y Novalis, Jorge es un verdadero geólogo.

La relación inextricable entre Tierra, humanidad, amor y trabajo se la debo entera a don Inocente Morales Baranda, Teuctli, anciano guardián de la tradición chichimeca de Milpa Alta, último reducto agrícola de la Ciudad de México.  Luego Lorena Cabnal, la feminista xinka, me explicó que territorio es tierra, agua, aire, bosque, gente y espíritu.

Francisco Hernández Zamora ni siquiera sabe la impresión tan honda que han provocado en mí sus geoglifos, esas pinturas gigantescas de conchas y piedras que, con la ayuda de enteras comunidades de campesinas y pescadores del desierto frente al mar, ha trazado sobre los promontorios de Baja California. Francisco, con su ballena de seiscientos metros de largo y su venado, relaciona lo telúrico con el océano, el pasado de la tradición desconocida de Nazca con el futuro de nuestro regreso a la tierra.

Melissa Cardoza, la poeta;  Perla Betanzos Gondar, la tlazoltéotl; Carlos Lenkensdorf, el transmisor de los conceptos tojolabales de la filosofía; Carlos Gutiérrez Angulo, el pintor; Iván Amezcua, biólogo, activista político y amante irrestricto de todo lo mineralmente vivo, me han regalado su tiempo y sus saberes.

La entrega de dos personas apasionadas, la física india Vandana Shiva, cuya defensa de la Madre Tierra abarca el intento de explicar las formas y utilidad de las comunidades campesinas del mundo que resisten sin saberlos al capitalismo globalizado, el derecho de los árboles, la vida del agua, hasta llegar a ser una con el todo, y el caleño José Zuleta Ortiz, en las páginas de cuya aventura, la revista de poesía Clave, encontré los versos de Smohalla, en medio de una hermosísima colección de poesía indígena americana, de La Pampa a Alaska, han sido mis inspiradores lejanos.

Jaime Martínez Luna está seguro de que hay “una necesidad diabólica del mercado: su modelo arroja la producción a la basura y al campesino, a la ciudad”, por ello dirige una radio comunitaria en Guelatao y hospeda a los amigos que quieren conocer la vida comunitaria de la Sierra de Juárez en Oaxaca. En esa Sierra siguen entrando camiones con hombres enviados por las papeleras para llevarse a los comuneros y talar los montes; las mujeres de los pueblos continúan en la resistencia. Cerca de Ixtlán,  a dos de ellas, en septiembre de 2003, estos mercenarios les dieron patadas en los vientres hasta hacerlas abortar.

Es saber popular que en México los policías obedecen a los poderosos y no las leyes; sin embargo, algunos de ellos, aquí como en Bolivia, se saben parte de su pueblo.

La generosa hospitalidad del pueblo de Calpulalpam de Méndez implica haber comido pan de huevo de sus hornos, bebido el tepache de pulque en sus bosques, almorzado en casa de Paco y Lisette, dormido en la de don Antonio, con quien efectivamente encontramos una construcción antigua, probablemente un altar, frente a una cascada, mientras platicábamos acerca del trabajo del campo.

El biólogo Sergio Luna, el escritor para niños -y en gran medida niño él también- Óscar Martínez Vélez, el cocinero lector Coquena, la estricta amante de la novela francesa Carmen Ros, y mi viejo y exaltado lector de literatura heroica Ángel Mario Trías, han sido solidarios con mi épica biológica. Me hubiera encantado tener un amigo marinero, pero no.

Hace cuatro años, Karla Ortega Rocha me prestó todas sus guías, artículos y libros sobre Mongolia. En lugar de ponerme a ahorrar para viajar, empecé a escribir. Al estudiante de filosofía que dejó sus elucubraciones para dedicarse a las matemáticas aplicadas, Martín Márquez, le debo que haya explicado a una maestra de Historia de las Ideas, es decir a mí, la Ley de Faraday y de Ampere. Pero es a la atención de Carlos Ruiz Suárez que debo el entendimiento de lo relacional que es la física, sus imbricaciones con la química y con el pensamiento humano, amén de que haya soportado e intentado poner en orden todos mis desvaríos filosóficos sobre el tiempo como espacio del ser, calmando en parte mi terror hacia los efectos de nuestro enloquecido desarrollo científico-industrial. Desarrollo que sigo visualizando hijo del raciocinio cuantificador y opresivo de la legislación romana que pretende que todos seamos iguales y medibles bajo su férula.  Una ciencia para una ley que niega el saber si no le es propicio.

 

A todos y todas, gracias.

BERTA CACERES UCCISA DALLA MACCHINA PRODUTTIVA CAPITALISTA

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BERTA CACERES UCCISA DALLA MACCHINA PRODUTTIVA CAPITALISTA

Francesca Gargallo Celentani

Traduzione: Lorenzo D’Innocenzo

 

La macchina produttiva capitalista non ha alcun limite, ne’ ecologico-ambientale, ne’ il rispetto della vita umana. Necessita continuare producendo e per questo necessita estrarre (quel che sia: carbone, oro, petrolio, diamanti, magnesio e qualunque altra cosa esista nelle rocce, nella terra, nell’acqua, nella sabbia, nel corpo umano, la flora, la fauna) e generare guadagni, non importa que il guadagno si mangi i boschi del mondo e produca più gas da effetto serra che le auto, gli aerei e le barche insieme. Chi prova a fermare questo affamato lavoro produttivista è un nemico. Un pericoloso elemento sovversivo. Un agente di qualcosa peggiore del terrorismo. Vale tutto per distruggerlo.

Questo è il motivo per cui in 2 anni hanno assassinato 300 ambientaliste, la maggior parte delle quali indigene, e decine sono state/i sequestrate/i o arrestate/i con accuse inesistenti. Il 4 marzo, per esempio, per difendere la zona di Semuk Champey in Guatemala furono catturate le autorità q’eqchi Crisanto Asig Pop e Ramiro Asig Choc. Furono intercettati da persone armate, fatte salire con la violenza in un pick up e dopo consegnati alla polizia. Della legalità in America Centrale nessuno se ne ricorda.

Berta Càceres, la dirigente lenca che imparò ad ascoltare ed a parlare con il rio Gualcarque, dove risiede lo spirito femminile dalla cosmovisione del popolo lenca, sapeva che le “bambine” custodiscono i fiumi, l’alimentazione, le piante medicinali e l’acqua che loro compartiscono tra le persone. Berta Càceres organizzò il suo popolo contro le grandi opere delle idroelettriche che dopo il golpe del 2009 hanno ricevuto 47 concessioni per costruire dighe nel paese.

In particolare nel 2006, dopo la visita di diversi membri della comunità di Rio Blanco, i quali furono a denunciare, senza sapere i loro obiettivi, la presenza e l’attività di una macchinaria da opera pesante nel suo territorio, alla tessta del Consejo Civico de Organizaciones Populares e Indigenas de Honduras- COPINH- Berta Càceres accese la resistenza affrontando la costruzione della diga Agua Zarca.

Agua Zarca stava per essere costruita dalla più grande impresa idroettrica cinese, la Sinohydro Corporation, insieme alla costruttrice locale DESA. Immaginava la cacciata del popolo lenca dai suoi territori e lo sfruttamente delle acque sacre de rio Gualcarque. La lotta implicò sangue e sforzo, un dirigente contadino assassinato, minacce, intenti di incolparla di delitti inesistenti, fino a che nel 2013 la grande transnazionale cinese abbandonò la opera denunciando il contratto con il governo honduregno, allegando la continua e persistente resistenza comunitaria.

Berta e il COPINH fermarono il progetto, inspirando la resistenza di tanti popoli di Honduras e del mondo.  Per questo lavoro instancabile ricevette il premio ambientalista Goldman nel 2015.

Nonostante tutto, oggi la impresa DESA sta progettando nuovi piani per ricominciare la aggressione contro il Gualcarque. “Io personalmente incolpo la impresa DESA, costruttrice della diga idroelettrica Agua Zarca nella comunità di Rio Blanco, che in reiterate opportunità la minacciarono indirettamente o direttamente” affermò Berta Isabel Zuniga Càceres, figlia della coordinatrice del COPINH, dopo che due sicari entrarono in casa sua il 3 di Marzo all’una di notte e le spararono quattro colpi. Ospite di Berta quella notte era un altro dirigente ambientalista centroamericano, il chiapaneco Gustavo Castro, che ricevette uno sparo in faccia ed è curato in un ospedale privato honduregno; sicuramente è vivo perchè lo credettero morto.

A Berta la uccisero perchè la temevano e il potere odia chi gli provoca la paura per la quale la sua incessante produttività può essere fermata. Le spararono nel sonno dopo la prima giornata di un foro sulle energie alternative dal punto di vista indigeno; ossia, la uccisero mentre partecipava insieme ad altri compagni e compagne ad una scommessa per la vita davanti ad un mondo insostenibile che cade a pezzi.

Più che utopica Berta era concreta, terrena, cosciente della difficoltà di difendere i diritti dei popoli indigeni nella sua terra. Si afferava la volontà collettiva e della storia. Mi ha detto in varie occasione che le donne devono tornare a riconoscere che siamo streghe, che siamo capaci di dare la vita, di occuparci della salute, di conoscere e di sostenere la memoria di un popolo. Insisteva che questo di essere streghe oggi si chiama essere femministe e nel COPINH, che aveva cofondato con altre compagne ed altri compagni nel marzo del 1993, non solo si doveva lottare per la difesa dei diritti umani e del territorio del popolo lenca, contro la presenza militare del commando sud statunitense in Honduras e in favore del ritorno alla democrazia annichilita con il colpo di Stato del Giugno 2009, senza sforzarsi quotidianamente per la buona vita delle donne, il fine della violenza domestica e del riconoscimento degli apporti culturali ed economici femminili. “E’ tanto difficile lottare contro il maschilismo quando con i compagni si vuole anche costruire un mondo migliore”, ricordo che mi disse nell’accogliermi in casa di sua madre in Intibucà nel 2008.

Più che di se stessa, Berta voleva parlarmi di sua madre, Austraberta Flores, una ostetrica e attivista sociale del popolo lenca che fu deputata del congresso nazionale e sindaco di La Esperanza. Austraberta nel decennio del 1980 accolse rifugiati della guerra civile in El Salvador, sempre protesse donne che fuggivano dalle case dove il marito o il padre le menavano, aiutò a partorire chi non poteva permettersi un medico privato e insegnò a sua figlia il valore della difesa della vita e della solidarietà. In altre parole, Berta era orgogliosa di discendere da una progenie di donne poderose. Austraberta Flores davanti alla salma di sua figlia dichiarò che il crimine non rimarrà impunito e ancora: “L’assassinio di mia figlia è l’inizio di una lotta; alziamo la voce e lottiamo per uscire da un’impunità così tremenda che ci tiene in una situazione così difficile”

La compositrice interprete honduregna Carla Lara le dedicò una canzone al Gualcarque dove dice” Una si chiede da dove tanta forza, da dove Marcelina, da dove tanta Berta…Mi hanno raccontato un segreto, sono spiriti ancestrali che danno la vita ai corpi, che danno forza ai lenca…”. In realtà, nel paese più pericolo dell’America Centrale, dove una media di 13 persone sono assassinate ogni giorno, dove 109 ambientalista son stati assassinati negli ultimi 5 anni e dove i femminicidi si moltiplicano in numero e crudeltà, Berta era un’ambientalistra di sorprendente valore. Si muoveva per tutto il paese, tanto appoggiava una comunità marittima della costa Pacifica come denunciava lo sfruttamente che soffrono dalle imprese turistiche le coste garifunas dell’Atlantico. Aveva attuato misure preventive con due delle sue figlie e del suo figlio dovuto a che in varie occasioni era stata minacciata e aggredita. Comunque, festeggiava l’allegria, le piaceva la festa, mai si stancava di dialogare con chi credeva poteva apportarle idee, aiuti, soluzioni.

Il coordinatore del Movimento Madre Tierra Honduras, Juan Almendares, qualificò il suo assassinio come un crimine di lesa umanità, già che Berta era, ai suoi quasi 45 anni (non li compì per un giorno) “la massima leader nella storia della lotta ambientale in Honduras, una martire”. Non è l’unico che riconosceva il coraggio di Berta. Le femministe honduregne la hanno chiamata “nostra Berta”. Le poetesse, i membri del represso movimento LGTB, le organizzazioni del popolo garifuna e maya chorti, hanno manifestato contro l’impunità e le menzogne che possono girare intorno la morte di una donna difficile da ridurre con un solo aggettivo. Suo fratello Gustavo Càceres, come lei ambientalista, dichiarò a La Esperanza: “Le multinazionali l’hanno fatta uccidere”, al ricevere gli ambasciatori di Stati Uniti, James Nealon, e dell’Unione Europea, Ketil Karlsen, quando furono a mostrare la loro solidarietà alla famiglia durante il funerale che è stato realizzato nella sua città natale.

 

BERTA CÁCERES ASESINADA POR LA MAQUINA PRODUCTIVA CAPITALISTA

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BERTA CÁCERES ASESINADA POR LA MÁQUINA PRODUCTIVA CAPITALISTA

Francesca Gargallo Celentani

 

La máquina productiva capitalista no tiene límite alguno, ni el ecológico-ambiental, ni el respeto a la vida humana. Necesita seguir produciendo y por ende necesita extraer (lo que sea: carbón, oro, petróleo, diamante, manganeso y cualquier otra cosa esté en las rocas, la tierra, el agua, las arenas, el cuerpo humano, la flora, la fauna) y generar ganancias, no importa que el ganado se coma las selvas del mundo y produzca más gases de efecto invernadero que los autos, los aviones y los barcos juntos. Quien intenta parar esta hambrienta carrera productivista es un enemigo. Un peligroso elemento de subversión. Un agente de algo peor que el terrorismo. Todo se vale para aniquilarlo.

Este es el motivo del por qué en dos años han sido asesinados 300 ambientalistas, la mayoría de ella/s indígenas, y decenas más han sido secuestrada/os o arrestada/os con cargos inexistentes. El 4 de marzo, por ejemplo, por defender la zona de Semuk Champey en Guatemala fueron capturadas las autoridades q’eqchí Crisanto Asig Pop y Ramiro Asig Choc. Fueron interceptados por particulares armados, subidos con violencia a un pick up y luego entregados a la policía. De la legalidad en América Central nadie ya se acuerda.

Berta Cáceres, la dirigente lenca que aprendió a escuchar y hablar con el río Gualcarque, donde reside el espíritu femenino desde la cosmovisión del pueblo lenca, sabía que las  “niñas” custodian los ríos, la alimentación, las plantas medicinales y el agua que ellos proporcionan a la gente. Berta Cáceres organizó a su pueblo contra los proyectos de las hidroeléctricas que después del golpe de 2008 han recibido 47 concesiones para construir represas en el país.

En particular, en 2006, después de la visita de diversos miembros de la comunidad de Río Blanco, quienes fueron a denunciar, desconociendo sus objetivos, la presencia y actividad de una maquinaria de obra pesada en su territorio, a la cabeza del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras –COPINH- Berta Cáceres emprendió la resistencia frente a la construcción de la represa de Agua Zarca.

Agua Zarca iba a ser ejecutada por la mayor empresa hidroeléctrica china, Sinohydro Corporation, junto con la constructora local DESA. Suponía el desplazamiento de población lenca de sus territorios y la afectación de las aguas sagradas del río Gualcarque. La lucha implicó sangre y esfuerzo, un dirigente campesino asesinado, amenazas, intentos de culparla de delitos del fuero común, hasta que en 2013 la mayor transnacional china en construcción de represas abandonó la obra tras denunciar su contrato con el gobierno hondureño, alegando la continua y persistente resistencia comunitaria.

Berta y el COPINH detuvieron el proyecto, inspirando la resistencia de más pueblos de Honduras y del mundo. Por ese trabajo de conducción incansable ella recibió el premio medioambiental Goldman en 2015.

No obstante, hoy la empresa DESA está fraguando nuevos planes para reiniciar la agresión contra el Gualcarque.    “Yo personalmente responsabilizo a la empresa DESA, constructora de la represa hidroeléctrica Agua Zarca en la comunidad de Río Blanco, que en reiteradas oportunidades la amenazaron indirectamente o directamente”, afirmó Berta Isabel Zúñiga Cáceres, hija de la coordinadora del COPINH, después de que dos sicarios entraran a su casa el 3 de marzo a la una de la mañana y le sorrajaron cuatro tiros. Huésped de Berta esa noche era otro dirigente ambientalista centroamericano, el chiapaneco Gustavo Castro,  quien recibió un tiro que le rozó el cuello y le llenó la cara de sangre (ha sido atendido en un hospital privado hondureño, pero en la madrugada del 6 de marzo le fue impedido salir hacia México); seguramente está vivo porque lo creyeron muerto.

A Berta la mataron porque la temían y el poder odia a quien le provoca el miedo de que su productividad incesante pueda ser detenida. Le dispararon en el sueño después de la primera jornada de un foro sobre energías alternativas desde la visión indígena; es decir, la asesinaron mientras participaba junto a otros compañeros y compañeras de una apuesta por la vida ante un mundo insostenible que se cae a pedazos.

Más que utópica Berta era concreta, terrena, consciente de la dificultad de defender los derechos de los pueblos indígenas a su territorio. Se aferraba de la voluntad colectiva y de la historia. Me dijo en varias ocasiones que a las mujeres nos toca volver a reconocer que somos brujas, que somos capaces de poner fin a la violencia contra nuestros cuerpos tanto como somos capaces de dar la vida, de atender la salud, de conocer y de sostener la memoria de un pueblo. Insistía en que eso de ser brujas hoy se llama ser feministas y que en el COPINH, que había cofundado con compañeras y compañeros en marzo de 1993, no sólo se debía luchar por la defensa de los derechos humanos y del territorio del pueblo lenca, contra la presencia militar del comando sur estadounidense en Honduras y en favor del regreso a la democracia aniquilada con el golpe de estado de junio de 2008, sino que había que esforzarse diariamente por la buena vida de las mujeres, el fin de la violencia doméstica y el reconocimiento de los aportes culturales y económicos femeninos. “Es tan difícil luchar contra el machismo cuando con los compañeros también se quiere construir un mundo mejor”, recuerdo que me dijo al acogerme en la casa de su madre en Intibucá en 2010.

Más que de sí misma, Berta quería hablarme de su madre, Austraberta Flores, una partera y activista social del pueblo lenca que fue diputada al congreso nacional y alcaldesa de La Esperanza. Doña Austraberta en la década de 1980 acogió  a refugiados de la guerra civil en El Salvador, siempre protegió a mujeres que huían de las casas donde el marido o el padre las golpeaba,  ayudó a parir a quien no podía acudir a un médico particular y enseñó a su hija el valor de la defensa de la vida y la solidaridad. En otras palabras, Berta estaba orgullosa de descender de una progenie de mujeres poderosas. Doña Austraberta Flores ante el féretro de su hija declaró que el crimen no quedará impune y más aún: “El crimen de mi hija es el inicio de una lucha; levantemos la voz y luchemos en grande para salir de la impunidad tan tremenda que nos tiene en una situación tan difícil”.

La compositora e intérprete hondureña Carla Lara le dedicó una canción al Gualcarque donde dice: “Una se pregunta de dónde tanta fuerza, de dónde Marcelina, de dónde tantas Bertas… Me contaron un secreto, son espíritus ancestros que le dan vida a los cuerpos, que le dan fuerza a los lencas…”. En realidad, en el país más peligroso de América Central, donde un promedio de 13 personas son asesinadas al día y donde los feminicidios se multiplican en número y crueldad, Berta era una ambientalista de sorprendente valor y arrojo. Se movía por todo el país, tanto apoyaba a una comunidad marítima la costa Pacífica como denunciaba el acoso que sufren por parte de las empresas turísticas las costas garífunas del Atlántico. Tenía medidas cautelares junto con dos de sus hijas y su hijo debido a que en varias ocasiones había sido amenazada y agredida.  Sin embargo, festejaba la alegría, le gustaba la fiesta, nunca se cansaba de dialogar con quien creía podía aportarle ideas, ayudas, soluciones.

El coordinador del Movimiento Madre Tierra Honduras, Juan Almendares, calificó su asesinato como “un crimen de lesa humanidad”, ya que Berta era, a sus casi 45 años (no los cumplió por un día), “la máxima líder en la historia de la lucha ambiental en Honduras, una mártir”.  No es el único que reconocía el coraje de Berta. Las feministas de Honduras la han llamado “nuestra Berta”. Las poetas, los miembros del muy golpeado movimiento LGTB, las organizaciones del pueblo garífuna y maya chortí, se han manifestado contra la impunidad y las mentiras que puedan rodear la muerte de una mujer difícil de reducir a un solo calificativo. Su hermano Gustavo Cáceres, como ella ambientalista, declaró en La Esperanza: “Las transnacionales la mandaron a matar”, al recibir a los embajadores de Estados Unidos, James Nealon, y de la Unión Europea, Ketil Karlsen, cuando fueron a mostrar su solidaridad a la familia durante el velorio que se ha realizado en su ciudad natal.

 

Para Berta Cáceres por su pasión por la vida

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Para Berta Cáceres, por su pasión por la vida como un todo

 

No hay silencio en la madrugada violenta

no lo habrá a continuación

la vida por el bien de la humanidad y de este planeta

no merece la acallada sordina del dolor

No hay tregua ni agua detenida

los espíritus femeninos del Gualcarque

reclaman la voz indignada

la enérgica progenie de las mujeres lencas

Hay llantos, esos sí, por la sonrisa de Berta

borrada de cuatro tiros

la noche de un día de fiesta cuando hablar de tecnologías

era llenarse de ideas alegres

Ningún minuto de silencio es posible

donde una vida reclama

cantos gritos decisiones concordadas

La  palabra en el inicio y en la continuidad

para saber

para permanecer en el cargo.