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Francesca GARGALLO, “El marxismo para el feminismo en 2008”

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El marxismo para el feminismo en 2008

Francesca Gargallo

 

La emancipación verdadera de la mujer es
imposible en el terreno de la miseria socializada.

León Trotsky, La revolución traicionada

 

Después de que en 1998, a menos de diez años de la “caída” del Muro de Berlín, leí Iustitia Interrupta,[1] de la feminista estadounidense Nancy Fraser, pensé que había bien poco que agregar a su propuesta de recuperación de la política de las mujeres en época “postsocialista”. En debate con las teorías postmodernas afirmaba la necesidad de una acción concreta y compleja, cultural sin dejar de lado la normatividad del derecho, de la lucha por el conjunto de demandas sociales que la hegemonía del pensamiento capitalista liberal contemporáneo intenta descalificar y minimizar. En particular, Fraser ponía el acento sobre el problema de la valoración de las diferencias culturales, tan importantes para una política antihegemónica e igualitaria, que el liberalismo ha hecho crecer como si se tratara de un problema ajeno al de la redistribución de la riqueza, tanto entre clases como entre géneros.

Para Fraser no ha surgido una nueva visión progresista omnicomprensiva que ocupe el lugar del socialismo. Es decir, no existe hoy una visión alternativa al liberalismo global, una posición teórica y práctica que no considere la economía política como ajena a la democracia radical y, por ende, no escinda la política cultural de la política social. Esta falta de un proyecto emancipatorio amplio y creíble es la condición postsocialista: un horizonte de desconfianza hacia las identidades y los programas políticos, los compromisos y los marcos conceptuales en nombre de un particularismo generalizado, una escisión entre diversas necesidades de reconocimiento: sexuales, étnicas, culturales.

Creo que lo único que le faltó al texto de Fraser era un análisis que historizara cómo la caída de un sistema político en una parte del mundo implicara el descreimiento en una teoría política mucho más amplia, el marxismo. Y le faltaba aún más porque ésta, precisamente, tuvo muchas dificultades para comprender –criticar o justificar, según las posiciones de quien se mantuvo al margen de la estatización del marxismo o quien la manipuló para su beneficio- con la práctica de esa parte del mundo, exactamente porque hizo coincidir el análisis de la realidad con una sola, única y rígida forma de analizarla.

Más duro es ahora el post socialismo porque durísima fue la cárcel conceptual de un tipo de marxismo economicista que desligó los procesos individuales de los programas de una colectividad inexistente pero actuante, eso es una idea impuesta de lo que la colectividad –sin personas, deseos, cuerpos- debe ser y debe hacer. Como lo dice Frei Beto:

El socialismo cometió el error, al socializar los bienes materiales, de
privatizar los simbólicos, por eso confundió la crítica constructiva con
la contrarrevolución, cercenó la autonomía de la sociedad civil al enganchar al
partido los sindicatos y los movimientos sociales, cohibió la creatividad
artística por el realismo socialista; permitió que la esfera de poder se
transformase en una casta de privilegiados distantes de los anhelos
populares, y cedió a la paradoja de obtener grandes avances en la carrera
espacial sin ser capaz de suprimir debidamente el mercado minorista de
géneros de primera necesidad.[2]

La autonomía feminista, es decir la necesidad de las mujeres que buscaban manifestar en colectivo su idea de sí y del mundo, se topó y enfrentó de manera radical desde la década de 1960 las prácticas partidistas del marxismo estatizado, pues por la importancia del lugar del cuerpo de las mujeres en la historia de su opresión y de su liberación no podía obedecer los mandato de un grupo político que controlaba-dirigía el funcionamiento del colectivo despersonalizado. El feminismo marxista, una de las muchas corrientes del feminismo en los siglos XIX y XX, tuvo importantes teóricas que pensaron la opresión femenina en el horizonte de la teoría de la liberación y que vincularon la opresión con la explotación laboral, sexual, corporal y cultural. De la Rowbotham a la Spivack, de Estados Unidos a la India, el feminismo marxista aportó al marxismo que entraba en crisis lo que más pudo renovar el marxismo entero. Pero, una vez más, conforme al exclusivismo de las fratrías masculinas que el estalinismo recuperó en su contrarrevolución, las feministas fueron tachadas de separatistas y, sobre todo, de desobedientes.

 Hasta 2006, cuando me acerqué a la perspectiva de la argentina Andrea D’Atri, que comparte conmigo y con muchas feministas latinoamericanas de diversas tendencias, la idea que la pertenencia de género no es condición suficiente para una política de las mujeres que antagonice los altos niveles de explotación y de opresión a los que han sido sometidas las mujeres en el mundo capitalista y patriarcal; hasta la lectura de su Pan y Rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo,[3] más bien, no pensé que podría volver a asomar a una visión feminista que recuperara el marxismo como marco de comprensión de los antagonismos de clase en el capitalismo y los antagonismos sexuales en el patriarcado.


[1] Nancy Fraser, Iustitia Interrupta. Reflexiones críticas desde la posición “post socialista”, Siglo del Hombre Editores, Bogotá, 1997

[2] Frei Betto, Socialismo: El nombre político del amor, http://vulcano.wordpress.com/2008/04/17/socialismo-el-nombre-politico-del-amor/ – 35k

[3] Andrea D’Atri, Pan y rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo, Fundación Editorial El perro y la rana, Caracas, 2006

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