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Publicado también en: Francesca GARGALLO, “La misma noche en la sierra. Dos momentos”, en la sección Literatura del diario Milenio, Ciudad de México, 1 de agosto de 2009, http://impreso.milenio.com/node/8617396

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Cuentos eróticos

La misma noche en la sierra. Dos momentos

Francesca Gargallo

I

Mientras Paco preguntaba quién estaba dispuesto a llevar informes a Oaxaca, a México, Puebla, Veracruz, y aun a Estados Unidos, en una de esas pasadas que se volvían cada día más difíciles y que, sin embargo, continuaban demostrando que la más controlada de las fronteras no dejaba de ser porosa. Mientras Elisa contaba las manos levantadas y recogía las propuestas de sus paisanos. Mientras Dafne tomaba notas, Jacinta ordenaba sus ideas y Adriana se acercaba a sus nuevas amigas. Mientras todo ello acontecía, las sombras invadían los valles y el comandante de la policía vio una anuencia a sus requerimientos en el gesto cansado de Leonor al sentarse atrás de su espalda fuerte en la iglesia helada. Las piernas largas cruzadas bajo la falda blanca de lana, el pecho libre de respirar a su antojo… sin poder contenerse un instante más, le vomitó encima la más estrafalaria declaración de amor. Dijo que ella lo necesitaba, que él lo sabía, que por favor lo amara.

La bulímica que se creía fea, no lo había notado hasta entonces. Trabajaba, necesitada y obsesiva, con los reactivos para limpiar las muestras; obcecadamente, rompía las moléculas; terca, llegaba a la información sobre el núcleo. Al entrar y al salir del laboratorio era una bióloga, una gorda, una sola. Nunca tomó en cuenta los ojos negros y suplicantes del policía, ni sus nalgas redondas de hombre feliz. “Son tan raros los de aquí”, se decía rehusando buscar mayores explicaciones.

Ahora, medio acostada en una banca de la iglesia, sin sueño y sin prisa, vio a una figura transparente como el agua, a un hombre que no intentaría rebajarla con sus prejuicios de presunto intelectual. Un hombre que, además, tenía piernas torneadas y brazos morenos y fuertes bajo la camisa de percal de manga corta. Un hombre que no le temía al aire nocturno de la sierra. Un macho soberbio.

Pensó en tres cosas: el cansancio de su espalda encorvada; que no había tenido ningún ataque de hambre canina que la engordara; y que eran semanas que no tocaba a un hombre. Tres cosas, una tras otra. Sin proponérselo siquiera, a medio camino entre la decisión y la inconsciencia, desplazó su mano en el aire, acercándola a ese policía que era en realidad un indio bonito con un extraño pelo castaño. Un halago sin preaviso la trastornó. Su cuerpo fue sacudido por un deseo que subía desde las pantorrillas, convirtiéndose en un verdadero remolino en la entrepierna. Le faltó el aire por una milésima de segundo. Luego esbozó un gesto mínimo de asentimiento, imperceptible, y se fueron la una en el otro aun antes de tocarse. A pesar de que él era tira, a pesar de que andaba armado.

En el pórtico a oscuras que cerraba el lado oeste del atrio, se besaron con una gula creciente. Sus alientos de olor a menta pasaron a tener sabor a sal y saliva, a lengua espesa, capaz de recorrer escotes, tetillas, ombligos. Sus manos desabrocharon camisas y pantalones, se metieron por debajo de sostenes y calzones, se percataron de la redonda fuerza de las nalgas de Leonor y de los músculos apenas recubiertos de carne del tronco del comandante. Sus pechos se hallaron excitados y a la ofensiva, sus ombligos cuchichearon y las piernas de ella comprobaron la solidez del cuerpo de él al abrazarlo como un tronco en que treparse.

Cayeron en un montón de paja seca, puesto por un hada bienhechora bajo el último arco del pórtico. La ropa dispersa, las pieles erizadas, sus besos encarnaron torturas y delicias. Para cuando la lengua del hombre desató los gemidos de Leonor, su pelvis se levantó y suspendida en el aire recibió la embestida de un pene que hervía de excitación. Convertidos en un único cuerpo, se perdieron por los caminos que el aire respirado trazaba por arriba y por debajo de sus pieles, hasta volver siglos o instantes después.

II

Afuera y adentro de la iglesia, del pueblo, de la sierra, la espera agrandaba el terror, se convertía en la oscura presencia de un más allá imprevisible. Entonces el deseo, el suspenso de la carne viva y sus torsos desnudos se apersonaron indiferentes al futuro y Santiago atrajo hacia sí el cuerpo de Paco que se estremecía.

Se besaron con desesperación, cruzaron el umbral de sus castidades de solterones con el fuego de una primera vez absoluta. Los penes erectos empujaban las braguetas cerradas. Cada uno fue al pantalón del otro, se desvistieron brutalmente con la prisa del peligro y sus ganas. Cayeron sobre la cama de los padres de Paco. Frente a frente, sus torsos resbalaban de saliva y sudor. Paco encogió las piernas y Santiago se deslizó bajo su cadera e intentó penetrarlo sin poder entrar al ano seco del amigo. Se besaron, se lamieron, se volvieron a montar hasta que la sangre de ambas virginidades se mezcló, una y otra vez, en las sábanas de algodón crudo de los señores Méndez.

No tuvieron una noche. Un helicóptero desgarró el aire de su suspenso, mientras todavía sin palabras se tocaban, se reconocían, compartían el dolor y el placer, lamentando las horas perdidas desde que se habían vuelto a encontrar en el cobertizo para la leña.

El helicóptero recorrió la cañada y bajó rumbo a los pueblos más cercanos a la columna de patrullas que subía desde Oaxaca después de haber fotografiado sierra arriba las actividades aparentemente normales de Comaltepec. A Hernán Chávez no le hicieron caso, un indio más que caminaba. El helicóptero sólo se interesaba por los autos. El jeep del primo de José Luis, con doña Ramona y Esteban García envueltos en unos cuantos papeles, arrancó cuando el ruido de sus aspas se perdió tras la loma alta de la mina. Podría aterrizar en cualquier lado, aunque prefería sembrar el desconcierto quedando suspendido sobre las canchas de baloncesto, con sus niños mirando hacia arriba, la pelota en las manos y los calzoncillos movidos por el viento. Fracasaba sobre las casas de tejas rojas donde todo había sido escondido ya y el aroma de las sopas subía por el tiro de las chimeneas.

En el jeep tres corazones latían apresurados. La carretera poco a poco ennegreció, pero José Luis no prendió los faros. En esa misma noche sin luna, con la tira que se le venía encima, con la verdad en el laboratorio, con el pueblo en vilo, Santiago, vestido y bañado, dijo al salir de la casa de los padres de Paco:

—Cuando esto termine, quiero quedarme contigo.

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