Archivos Mensuales: julio 2018

De Tryno Maldonado y mis gin and tonics

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A mi amada Natalia Toledo

 

De acuerdo, ayer a noche en La Bota fui a escuchar a seis poetas, tres de las cuales me gustan muchísimo porque evocan desde el sonido fuerte del maíz de piedra (granizo) en los tejados hasta el canto del río, con la fuerza de la denuncia y la gracia de la risa del Diixazá de Natalia Toledo, el español rico de zurcidos y variantes de Sandra Lorenzano y la melancólica evocación de la vida que transcurre de Alicia García Bergua. Las otras tres fueron sorpresa, agradable por cierto.

De acuerdo, ayer anoche me quedé a tomar uno -unos cuatro para ser precisa- gin and tonics con gente que me cayó re bien como Mariana Palerm (que no veía desde hacía tanto tiempo que tuve miedo de no ser capaz de reconocerla, pero que apenas empezamos a hablar volví a reconocer como la afable editora, inteligente difusora cultural y simpática amiga que es), el poeta Grande (Gerardo Grande, el de Furia Amanecer, en perfecto hábito de controlador de situaciones) y un agradabilísimo antropólogo que conocí en la mesa de mi amada Natalia, amigo del director de Pluralia e impulsor del premio Centzontle (chin, ¿por qué nunca recuerdo los nombres de la gente?)

Y anoche, con gin and tonics en la mano (yo, los demás le daban a sus cervezas y tequilas), hablamos de algo que está en la boca de todos: la grandeza literaria de Tryno Maldonado, al que la bajeza clasista, elitista y estúpida de Villoro sólo hace resaltar más.

Hoy por la mañana no estoy cruda, sino todavía exaltada y quiero hablar de Tryno como Natalia Toledo me pidió que hiciera.

Yo conocí a Tryno cuando estaba escribiendo La decisión del Capitán, en 1996. Él tenía 19 o 20 años y mi hija Helena un año y medio. Era un guapo muchachón enamorado de una mujer brillante, que se reivindicaba feminista en una ciudad católica y conservadora como Zacatecas, que escribía unos cuentos exquisitos (con todos los bemoles de la palabra exquisitos, entre estridentes y melifluos, no sólo muy buenos), que empezaba a molestar a todo el mundillo cultural de su ciudad porque acusaba de malos y malas escritoras a todos los supuestos seguidores de López Velarde. Era en ciernes un gran escritor, ¿el mejor de su generación? (no puedo afirmarlo porque no las y los he leído a todas/os, sólo algunos buenísimos, Guadalupe Sánchez Nettel, Heriberto Yepes, Yuri Herrera, Alerto Chimal, Eve Gil, y pocos otros). De entrada, caminando por su hermosa ciudad en ese entonces todavía no destruida por el turismo facilón y sin gusto de las ciudades y pueblos mágicos, empezamos a debatir sobre los contenidos de una literatura que debe decir algo a las lectoras y lectores, no sólo engatusar los cómodos repasos de los cursos de literatura de las academias. Temas y variaciones (Lunarena, Zacatecas, 2002), el libro que recogió cuatro años después los cuentos que me leía, en efecto era un primer trabajo bien escrito de alguien que debía superar las repeticiones de Borges y Calvino para llegar a escribir como un autor mexicano del siglo XXI. Quiero decir, un autor capaz de interpretar, recrear, explicar, construir una realidad colectiva.

Con Viena Roja (Joaquin Mortiz, 2005), la historia de Friedl Aichinger, su violinista y personaja, volvió a despertarme algunas dudas. “Tryno, le dije, no tienes por qué creer que la maldad estriba sólo en el nazismo cuando vivimos en el país de las elecciones robadas, el racismo y explotación indígena, el narco y las desapariciones de personas. No puedes lavarte las manos del presente yéndote a los parajes de la maldad ya identificada. Debes dar un paso más adelante que Jorge Volpi”. Fue un debate difícil, porque parecía que yo no festejaba el éxito de la novela, cuando en realidad no me conformaba con él, quería más, porque sabía que Tryno Maldonado podía mucho más.

Entonces Tryno fue a trabajar a una mina, entrevistó a migrantes, convivió con las y los artistas marginados de México, fue a Trieste en busca de los ambientes de su amado Italo Svevo con dos pesos en el bolsillo. En pocas palabras, se la rifó. Valiente, ingenuamente, con gran capacidad perceptiva.

Así nació Golo, el artista marginado, hermoso como un dios y sucio como la divinidad misma. Golo, el protagonista de Temporada de caza del león negro (Anagrama, 2008), una novela que empieza a latir con la inteligencia de su época, su crisis, su mundo. Fue una revelación para un gran escritor, sensible viajero, intérprete de la política internacional y del chisme social de su época, que había regresado a su natal Veracruz y estaba fungiendo como uno de los mejores editores mexicanos, don Sergio Pitol. De esa novela dijo Pitol: “Tryno Maldonado logra con extraordinaria maestría enlazar y fundir una literatura divertida y hasta delicada con un personaje irrespetuoso, subversivo, feroz y a la vez radiante. Un príncipe del sexo”.

¡Ah, de los moralinos envidiosos! El reconocimiento del maestro se convirtió en rabia, furia ciega, ñeñerismo capitalino resentido, de bequistas de segunda que se creen con derecho de nacimiento y geografía al reconocimiento público en el mundo de las letras. De inmediato las malas lenguas empezaron a decir que Tryno publicaba en Anagrama no por su calidad (que ponían en entredicho con la mala fe de los mediocres), sino por ser amante del maestro Pitol. ¡Víboras sexófobas, capullos catolicantes, predicadores de la homofobia disfrazada de crítica literaria! Cuando me enteré del chisme, mandé al fregado culo de su padre aún a viejas amigas.

Mientras tanto, Tryno Maldonado se había mudado de Zacatecas a Oaxaca. Donde escribía, escribía, escribía, cosechando amistades, debates, paseos y una gran cantidad de novias jovencitas de las que mi hija, como buena hermana de Tryno, siempre dijo que eran víctimas de la seducción de su hermano. También se convirtió en un sirirí profesional, es decir, un chingaquedito contra todos los privilegios de quienes tienen eco a sus palabras para sostener el statu quo. Trabajó un rato en la naciente Almadía, luego como muchas y muchos otros escritores, percibió que la editorial oaxaqueña iba transformándose para decaer en un proyecto más del mundillo literario y rompió con ella.  Cuando venía a la Ciudad de México, en las pocas noches en que no daba rienda suelta a su sana juventud en los bares del centro, pintaba en la mesa de la cocina con mi hija y me contaba de su decepción.

2006, el año del levantamiento de Oaxaca, de la resistencia de Atenco, del robo de las elecciones a López Obrador y de la despiadada represión del movimiento popular oaxaqueño, de las y los anarquistas mexicanos que lo apoyaron, de las y los maestros, estudiantes, campesinas/os y población que se resistía a la turistificación forzada de la verde Antequera, sus costas y sus pueblos de grandes comunidades de artistas populares. 2006, el escenario de la gran novela de Tryno Teoría de las Catástrofes (Alfaguara, 2008), la única novela mexicana hasta el momento que se haya atrevido a contar la represión desatada por el estado contra la población oaxaqueña en clave de la catástrofe de las relaciones de pareja, de amistad, de confianza en el estado.

Vino luego el recuento de cuentos experienciales-reflexivos-emotivos sobre las vidas y educación de los machos en el norte del país, explotados por la minería y el narco. Metales pesados (Alfaguara, 2011), cuentos de terror cotidiano cuyos personajes son mineros, desempleados, niños de violencia inusitada y frustrada contra los animales, hombres que odian a las mujeres, todos víctimas y todos victimarios.

Inmediatamente después volvió (más bien se intensificó) la tragedia nacional de las desapariciones forzadas, inaugurada en México durante la década de 1970 con  la Guerra Sucia, reflotada por la Guerra al narco del presidente sin legitimidad que fue Calderón y continuada por el gobierno sin timón de Peña Nieto. En el clima de represión y reformas neoliberales a la educación, en el estado de Guerrero, policía, ejército y narco asaltaron durante la noche del 26 de septiembre de 2014 unos camiones de transporte público en los que se desplazaban hacia la Ciudad de México para la marcha del 2 de octubre un número importante de estudiantes de la Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa. Dispararon ráfagas, mataron nueve personas, entre ellos un niño futbolista, secuestraron y torturaron hasta la muerte al joven Julio César Modragón y desaparecieron a 43 estudiantes.

 

Los estudiantes de Ayotzinapa marcan un giro en la percepción política del país. Conmueven las conciencias de todos y todas las estudiantes, normalistas y universitarias. La opinión pública mundial voltea la mirada hacia el horror mexicano. Y también marcan la conciencia y el deseo de saber, acompañar, revelar qué pasa en su tiempo y su país de Tryno Maldonado.

En el mes de noviembre viene a la Ciudad de México, vuelve en febrero, acompaña a mi hija y a las y los estudiantes y profesores de la UACM que han acumulado volúmenes para la biblioteca de Ayotzinapa. Las y los Uacemitas se quedan tres días, Tryno acompañará durante nueve meses a las y los familiares (a los que terminará llamando tías, tíos, sobrinas) de los estudiantes desaparecidos. Ayotzinapa. El rostro de los desaparecidos (Planeta, 2015) es un libro entrañable de literatura política, de biografías que encarnan la violencia estructural contra las mujeres y hombres indígenas, mestizos, pobres que en su vocación como profesores rescatan las fuerzas vitales de México. Es un libro sobre el dolor de madres y padres, de hermanas, hijas, esposas, redactado por una pluma solidaria y empática.

Durante los meses de redacción de los retratos literarios rescatados de la memoria oral de los familiares de los desaparecidos de Ayotzinapa (que se suman a un cifra enorme, indeterminada, siempre creciente, quizás de más de 100 000 desaparecidas/os y lanzan la luz de su notoriedad sobre todos ellos), a Tryno lo golpea la noticia de que su madre está enferma de cáncer. Mi hija Helena lo acompaña cuando la familia viene a la Ciudad de México para realizarse exámenes médicos, dona sangre y pide a sus compañeros que donen sangre para la madre de su hermano. La señora no puede hablar y en la mirada de Tryno yo veo dibujarse el dolor personal, no sólo colectivo. Cuando su madre muere, las cartas de condolencias de sus tías y tío de Ayotzinapa impiden que el escritor se hunda.

Tryno es para mí mucho más que un brillante escritor, es un hombre joven que quiero y admiro, con el cual discuto y, en ocasiones, me peleo. Fui muy crítica de su constante golpeteo contra Juan Villoro, del cual yo decía que no era la misma canalla que Krauze y los otros escritores de la derecha neoliberal mexicana (probablemente estaba influida por el hecho que Juan y yo nos conocimos de jóvenes y que me gusta cómo habla del teatro, que ama y conoce). Por ejemplo, argumentaba que su apoyo a la campaña para el registro de la candidata a la presidencia del CIG, María de Jesús Patricio Martínez, me parecía honesto. Ahora me retracto de esas palabras. Sí, Juan Villoro en un artículo ruin que intentó disfrazar de ficción, ocultando los nombres de Tryno Maldonado y de don Sergio Pitol sólo para revelarlos en un burdo ejercicio de ironía, estalló demostrando que es incapaz de aguantar una crítica y, sobre todo, que no puede evitar encarnar el espécimen de una casta que no acepta ser cuestionada por nadie, mucho menos por un excelente escritor que evidencia su mediocridad y que, de vez en cuando, gana becas que son derecho de todas y todos los escritores que compiten por ellas.

Representante de una renovada casta divina, desde sus remuneraciones exageradas (por lo menos 164 000 pesos mensuales) como miembro del Colegio Nacional, desde su título de hijo criollo de un filósofo reconocido, desde su ropa estirada de habitante de ciertas zonas de la Ciudad de México, Juan Villoro atacó a un escritor que se sostiene en su escritura, sin apoyos familiares, de clase o institucionales.

Nunca creí que tendría que decirle públicamente a Tryno Maldonado cuánto lo quiero y admiro, porque  nuestra relación lo deja por sentado, pero ahora agradezco al clasista y viejo (tiene mi edad exacta, clase 1956) Juan Villoro por haberme obligado a hacerlo. No estoy defendiendo a Tryno, su obra lo hace mucho mejor que yo, estoy expresando mi indignación ante la casta cultural criolla que se manifestó como lo que es a través de la falsa sátira (una burla injusta y ruin, como ya dije) de Juan Villoro aparecida en el periódico Reforma. Mucho menos estoy defendiendo a don Sergio Pitol a quien tuve el honor de acompañar en ocasión de una entrevista que le hizo el excelente narrador y poeta colombiano Jorge Bustamante García. Pasé una mañana entrañable en un parque de la colonia Roma, escuchando con atención a esos dos hombres que conocieron a fondo los países del este europeo antes de la caída del muro de Berlín. Muchos años después, don Sergio me invitó a escribir la introducción de La Conciencia de Zeno (sí, ¡el libro preferido de Tryno cuando era joven!), traducido por Guillermo Fernández, quien fue luego asesinado en Toluca, y que publicó en la Universidad Veracruzana. A don Sergio lo respaldan su obra de escritor, diplomático, editor y un cretino como Villoro no puede hacerle mella.

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Descarga eBook: Los desbordes desde abajo 1968, de Raúl Zibechi, prólogo de Francesca Gargallo

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Zibechi-Gargallo001-Portada-Los-desbordes-desde-abajo-1968

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Raúl Zibechi -Los desbordes desde abajo 1968 en América Latina. Prólogo de Francesca Gargallo

Colección: Persistencia memoria

Formato (en papel): 17 x 24 cm, 134 páginas

Publicación: 2018

Editorial: Ediciones Desde Abajo – Bogotá D. C., Colombia

ISBN 978·958-8926-74·2

Índice

Prólogo / Francesca Gargallo 9

Introducción 15

Capítulo 1. Por qué hablamos de revolución mundial 21

Capítulo 2. El 68 latinoamericano 29

  1. Los desbordes de abajo 30
  2. La lenta y vacilante creación de lo nuevo 42

Capítulo 3. Una nueva generación de movimientos 57

Capítulo 4. Nuevas ideas, nuevos actores 75

Capítulo 5. Cambios en la larga duración 99

  1. Una profunda mutación sistémica 99
  2. Los desafíos al patriarcado 101
  3. Los de más abajo en el centro del escenario político 104
  4. Las culturas políticas legadas por la revolución de 1968 105
  5. Las formas de lucha 108

Apéndice 1. Manifiesto de Tiwanaku 111

Apéndice 2. ABC del quilombismo 121

Bibliografía 129

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Enlace a la página de Editorial Desde Abajo: https://www.desdeabajo.info/component/k2/item/34089-los-desbordes-desde-abajo-1968-en-america-latina.html

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Las escritoras feministas o la escritura en cuerpo propio

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Salió en el n.34 de la Revista El Comité 1973, dedicada a Feminismo, desde p.16. https://issuu.com/revistaelcomite1973/docs/el_comit__34.-feminismo

 

 

Las escritoras feministas recelan del amor y de las relaciones de pareja. Tienen razón, el amor es una cárcel, cuando no una hueva infinita, elevadas a modelo de sensibilidad y deseo.

Después de las vanguardias fascistoides o revolucionarias del primer tercio del siglo XX, el amor se transformó en una visión pop de los sentimientos, presente en todos los medios de comunicación de masa, la música, la publicidad, los carteles promocionales y la fotografía. Invadía las atmósferas de la posguerra y producía insufribles imágenes de amantes atrapados en sus dramas, mujeres satisfechas con su condición de esclavas domésticas modernas, parejas donde se esfumaban tanto las realizaciones personales de los amantes como su posibilidad de una vida social comprometida con la colectividad.

La escritura feminista, en las décadas de 1960-70, trajo el cuerpo y la sexualidad propia al ámbito de la liberación: deshacerse del pudor era un paso necesario para desarmar los mecanismos sexuales de la domesticación. Las escritoras describían su condición de vida, la evidenciaban y ponían fin a la subordinación de los propios deseos. El cuaderno dorado de Doris Lessing (1962) define al matrimonio como un refugio para mujeres cobardes,  El hostigante verano de los dioses de Fanny Buitrago (1963) se separa de los genios masculinos, a los que la autora colombiana llama narcisos y voluntades débiles,  Escándalos y soledades de Beatriz Guido (1970) abunda en las críticas a la moral corriente y en descripciones de la decadencia de las familias burguesas argentinas y los derechos de las mujeres como personas aplastadas por el peso de las ideologías, La habitación de las mujeres de Marilyn French (1977) critica duramente la monogamia y el dolor que provoca a las mujeres que no quieren o pueden sostenerla.

Esta desocultación literaria de la insubordinación de las mujeres permitió afinar la diferencia y las afinidades entre una escritura de mujeres y la escritura feminista. Las mujeres pueden plantar cara a los estereotipos de comportamiento impuesto a una clase o a la relación entre grupos étnicos, culturales y clases distintas. Hacen frente a los prejuicios académicos que desatienden sistemáticamente las obras escritas por ellas por considerarlas poco serias, no obstante, reproducen elementos del sistema de valoración patriarcal (originalidad, excelencia, marcos teóricos). Algunas desafían esos prejuicios sociales. Otras revelan la crueldad de las condiciones de vida de mujeres específicas en un sistema organizador, tan sexista como racista, y logran evidenciar, como la estadounidense Dorothy Parker,  las emociones construidas y no cuestionadas por una sociedad de clase.

La también estadounidense Toni Morrison, en 1970, publicó Ojos Azules, una novela protagonizada por Pecola, una niña solitaria que en el otoño de 1941 está por dar a luz al hijo de su padre y que se siente fea y poco querida porque es muy negra. Pecola desea ser como Shirley Temple y tener los ojos más azules para responder a la pregunta que formula en las primeras páginas: “¿Cómo lo haces? Quiero decir, ¿cómo consigues que alguien te quiera?”. Toni Morrison es una escritora afroamericana, dos características de exclusión del canon literario estadounidense: mujer y negra encara la invisibilidad. Y zurce historias a la de Pecola, la de un hombre que el sistema construye como alcohólico, sin padre, arrastrado por la vida, la de su prima Claudia que destruye las muñecas rubias como expresión de furia contra su condición, la de una madre que cuida a hijas e hijos no suyos, la de los muchos personajes de una sociedad que sale de la nada de la historia (y la narrativa) oficial. Las palabras recaen con el peso del dolor y la tristeza, los párrafos se suceden agotando, sacudiendo, asombrando a quien lee. Morrison lleva la práctica del bordado y la costura a la narrativa, actúa traduciendo un arte de mujeres a otro: cose su colcha de palabras, elabora un quilt de sentidos y experiencias que se escapa a la crítica blanca y masculina de la literatura, hasta que está obligada a recogerla.   

Por supuesto siguen existiendo escritoras que, sobre todo si gozan de privilegios por sus amistades y relaciones masculinas, encarnan a subordinadas representantes de la cultura patriarcal que las ha formado. El caso de la joven novelista mexicana Valeria Luiselli, alabada en la década de 2010 por la conservadora revista Letras Libres y, por consiguiente, columnista en periódicos de prestigio y editada por casas exclusivas, es paradigmático: desconoce el entramado teórico de los feminismos, entonces lo reduce a una aburrida necesidad de defenderse. Siente ganas de bostezar cuando se ve expuesta a las acciones feministas. Construye personajes femeninos a través de sus preferencias por los hombres que decantan condiciones femeninas tradicionales: joven rebelde, madre amante pero encerrada, escritora solipsista, etcétera. Descalifica a las escritoras de su venerada cultura anglosajona, como la misma Toni Morrison, cuando manifiestan un pluralismo juguetón o una deconstrucción explícita de la sociedad dominante, dejando de responder a un canon que define qué es bueno y valioso en la tradición literaria blanca, de formación clásica masculina.

La filósofa Hilde Hein, en “El papel de la estética feminista en la teoría feminista”, sostiene que:

El feminismo crea nuevas formas de pensar, nuevos significados y nuevas categorías de reflexión crítica; no es una mera extensión de viejos conceptos a nuevos dominios. Es obvio que había mujeres antes de que hubiera feminismo, así como individuos que las amaban y las odiaban singular y colectivamente. Sin embargo, no consideramos a los mujeriegos o misóginos como feministas porque amen u odien a las mujeres. El término “feminismo” no se refiere a las mujeres como objetos de amor o de odio, ni siquiera de (in-)justicia social, sino que se fija en la perspectiva que las mujeres traen a la experiencia como sujetas, una perspectiva cuya existencia ha sido ignorada hasta ahora.

Personalmente, cada vez que estoy a punto de afirmar la inexistencia de una escritura femenina, termino por reconocer propiedades de la narrativa, la dramaturgia y la poesía de las mujeres. Cierta subversión de la norma. Una conciencia incrédula. Expresiones al margen de la aceptación general de los paradigmas sociales.

No creo que lo femenino sea lo propio de las mujeres, sino lo que se les atribuye. La construcción de lo femenino fue posible porque a las mujeres casi todas las sociedades les atribuyeron características que extrapolaban de la existencia de personas con vulva, senos, caderas anchas y que menstruaban y se podían embarazar. ¿Lo masculino se construyó en contraposición a lo femenino? ¿Existiría si enteras sociedades no hubiesen querido dotar de significación a quien no posee vulva?

Diosas todopoderosas, esclavas domésticas, grandes y poderosas señoras, vientres para la reproducción, trabajadoras invisibles, las mujeres en casi ninguna sociedad son iguales a los hombres, por lo tanto sus expresiones artísticas, sus emociones, sus creaciones tampoco lo pueden ser.

Además, si los hombres representan la norma social o son considerados los representantes de la humanidad, puede ser que lo femenino sea algo más que una marca que los hombres imponen a las mujeres: afirma lo que no es masculino, lo que no quiere serlo y lo que no pude ser reconducido a los valores de la masculinidad: encarna la posibilidad de una disidencia.

Los estudios de Eli Batra sobre el desnudo en la historia del arte ponen de relieve la diferencia entre los desnudos y las desnudas, la autorrepresentación de las pintoras, fotógrafas, grabadoras y escultoras y lo conmovedor que aparecen los cuerpos de las mujeres reales, con sobrepeso, cabellos blancos, marcas de cirugías y de partos, lentes, miradas fuertes realizados por las mujeres. Ser mujer es una condición que posibilita una conciencia política del propio lugar en el mundo. De tal modo que la escritura feminista que expresa una innovación semántica del significado de la palabra escritura y de la palabra mujeres.

La escritura feminista se ha diferenciado, ha crecido y se ha difundido dando validez a las experiencias históricas de las mujeres, creándole una identidad literaria negada por la cultura patriarcal (que, sin embargo, todavía construye los cánones literarios de lo “clásico” y lo “nacional”). Sin embargo, la escritura de las mujeres precede y corre paralela a la escritura feminista. Las historiadoras chilenas Joyce Contreras, Damaris Landeros y Carla Ulloa sostienen que las escritoras fueron más allá de los estrechos límites de la sociedad blanca poscolonial del siglo XIX y tuvieron el coraje y el tesón para instalarse en un territorio discursivo que legal y prácticamente les era vedado.

Actualmente, temática, estilística, conceptual y estéticamente las escrituras de ciertas mujeres se relacionan con las nuevas formas de pensar que los feminismos han hecho posibles. El debate sobre la escritura de todas las mujeres como portadora de emociones propias, liberadas de la masculinidad dominante, en las últimas décadas del siglo XX, sirvió enormemente para dotar la crítica literaria del propósito de destacar las formas de construcción de los personajes y las escritoras en cuanto dotadas de una experiencia específica y revelar las contradicciones al interior de las personas y grupos en proceso de liberación.