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Francesca GARGALLO, “La lava es así”, en Francesca Gargallo, La entraña del volcán. Pigmento y experimentación en Carlos Gutiérrez Angulo, Fotografía de la obra: Irma Villalobos, Instituto Mexiquense de Cultura, Toluca, México, 2004, 106 pp. ISBN 9684846037 (968-484-603-7).

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La lava es así (Carlos Gutiérrez Angulo)

Francesca Gargallo

Carlos Gutiérrez Angulo pinta. En la limpidez matutina del aire helado de Huixquilucan, sus colores se purifican al ser mezclados, empujados con fuerza rotatoria, con trazo recto, pulso preciso, una y otra vez, sobre la tela, la tabla, el papel. Su paleta, libre de cualquier discurso aprendido, se abstrae y compone sobre el plano, como un hombre que disfruta mucho andar solo en medio del bullicio y que cambia de parecer a cada rato: más que voluble, ese hombre respeta su voluntad de actuar, modifica su trayecto, se para, avanza. Si anduviera con alguien o al paso de otro, no podría expresar sus ganas.

Por el trato que sus colores reciben en la composición estética, siendo a la vez materiales y manifestación de sensaciones diversas, Carlos Gutiérrez Angulo no puede esconder la fuerza telúrica que lo anima. Como muchos pintores contemporáneos, vive en tensión por el despojo del valor de la propia creatividad y la comercialización del mundo; pero con su actividad denuncia y reniega de ambas, aun viviendo bajo su sombra. Es un artista que no hace concesiones al crear, ni en términos formales ni en términos de contenido, porque está constantemente expuesto a la fuerza evocadora de las imágenes.

Es demasiado fácil decir que vive al margen de todo el mundanal ruido cultural. Hierático, guardián del sueño de una única mujer, desnudo de oropeles como la negra tierra que lo rodea, el volcán que lo acompaña siempre tiene una oscura belleza, que se dibuja con trazos duros contra el cielo más límpido de Anáhuac. “Yo recuerdo las exhalaciones del Popocatépetl desde que era niño y desarrollo actividades cotidianas a su lado”, dice con su voz de tierra, mientras avienta cenizas y chispas de pigmentos encendidos sobre la tela.

Y de inmediato se revela la analogía entre el cráter que tiene enfrente y la boca que escupe fuego. Hay una pasión concreta, feroz, en la manera en que chorrea materiales, avienta pigmentos, mezcla tierras con las manos; un placer sensual cuando enriquece la superficie con una espátula, gira el cuadro, se deja transportar por los colores y sus sugestiones; un goce estético refinado y material, porque permite que surjan personajes, los compone, tapa, dibuja, esgrafía.

Colorista de un espectro inmenso de variedades, cuando se siente agobiado por el dominio de lo visual comercial reduce su obra a pocos palos sobre un fondo monocromo; dibujante de cada instante, cuando los galeros le piden un “estilo”, es decir una monótona repetición de formas, se rebela llevando su expresión a la mínima sensación de un horizonte que se sintetiza en un trazo horizontal. Esas rebeliones son expresiones “históricas” de su pintura, expresiones del terrenal momento de creación. Sin embargo, no determinan su acto creador porque éste es siempre un tanteo del caos, para reubicar las emociones en el mundo. Cuando las tensiones aflojan, Carlos vuelve a su particular expresionismo donde lo abstracto y lo figurativo se suman, expresándose en una paleta de variedades, nunca de contraste de color, que logran devolver al mundo la sensación de lo infinito. Recupera para ello las relaciones humanas profundas que lo conforman emocionalmente: sus personajes son hombres que cargan una barreta para romper la tierra dura, son mujeres con alas de polillas, insectos, seres que demuestran su humanidad como una realidad vegetal, animal y divina.

Los místicos saben que la voz se limpia pronunciando un mantra o un rezo en el tiempo infinito de la elevación y el vacío que permiten vislumbrar lo divino; el cuerpo se purifica en una posición perfectamente equilibrada, y la mente en la liberación de lo contingente. No importa la religión, el credo. Carlos Gutiérrez Angulo enfrenta telas apoyadas en la pared o tablas ensambladas en el medio de su estudio. Mira, quizá sonríe. Su pelo negro, su perfecta cara rojiza adquieren de repente la intensidad del olvido, ese aquí y ahora absorto en lo absoluto. Desaparecen el loro estridente de la jaula, las rosas y los ciruelos que desde el jardín elevan sus perfumes a los ventanales abiertos, el jardín y el estudio mismos.

Carlos se despabila y compone. Lo visto en sus paseos por las montañas, la grieta de la acera recorrida en el centro de la Ciudad de México, lo imaginado mientras rociaba las rosas o podaba los ciruelos, ese mismo acto de cortar, la mano suave alrededor de las tijeras, todas las formas percibidas a la sombra de su volcán se reportan presentes. Y el día comienza a tener sentido.

Ha conectado el contestador desde que, por la mañana, el teléfono lo ha molestado con su vulgar insistencia. Nunca responderá a las llamadas que reciba, pero le divertirá saber quién se ha acordado de él. Luego, no ahora. No mientras está por atacar la materia, el aire, los suspiros y la forma que se le presentan. Podrá cambiar la tela y ensamblar recortes de madera, o unir tejamaniles antiguos recogidos de casas en demolición, o tensar lino, yute, recortar con las tijeras de podar planchas de aluminio o latas viejas. Podrá simplemente agarrar el pincel e insertar seres patas arriba en los intensos cielos del Altiplano para que la ironía subraye su claro rechazo a la mojigatería del arte para la venta, los órganos para la venta, las vidas para la venta.

En la obra pictórica de Carlos Gutiérrez Angulo seres deformes equilibran, porque la ridiculizan, esa malsana división entre el cielo y la tierra fijada hace siglos por el horizonte discursivo y que hoy sigue repitiéndose en la distribución arquitectónica de la pintura. Carlos delinea una superposición de planos, sus trazos cruzan del cielo a la tierra, desmontan los techos y traspasan paredes. Animales humanos, domésticos y feroces a la vez, felinos perfectos y charritos amanerados se acoplan a las siluetas de instrumentos de una tecnología nacida muerta.

Con los colores se cuelan noticias, elementos discernidos mientras la vida había que sobrellevarla porque la pintura no llegaba, emociones, ideas. Todo lo visto, lo escuchado, lo sufrido y lo reído pertenece a la dinámica pictórica de este artista, al que sólo le calman sesiones de diez horas de luz de día en su estudio.

La luz del día, sí. La eléctrica la reserva para cenar con Amelia, para mirar sus ojos serenos cuando ella vuelva de la universidad. La luz del día es la mayor de sus inspiraciones y, a la vez, su único espacio de trabajo. La luz mortecina del día nublado, la lluvia negra y azul, las hojas de graves encinas y el color del lodo se fusionan repentinamente en la imagen cónica del volcán. La luz sofocante del día caluroso y una, dos, tres veces el terremoto se fija en la tela tirada sobre el piso del estudio. La luz sonriente del día de febrero y aparecen decenas de sombreritos sobre figuras humanas que cabalgan la tierra, la rica, la gorda, la húmeda tierra que alimenta a todos, aun a esos pueblos que han dejado de trabajar la tierra. Tierra marrón, tierra amarilla, tierra sucia, tan sucia como los colores cuando plasman formas rumbo a su purificación. Todos los artistas somos a la vez pueblerinos y universales.

Según Roberto Vallarino, Carlos Gutiérrez Angulo ha transitado de un expresionismo abstracto a un figurativismo zoomorfo en cuyo desarrollo quedan manifiestas las necesidades de exorcizar a los demonios personales de la imaginación[1]. Estoy convencida de que en la obra de Carlos no hay tal tránsito. La abstracción sigue siéndolo todo para este pintor porque coincide con la opulencia cromática de cada centímetro cuadrado del soporte y evoca la aventura de la vida. Cuando a las arrugas y a los hundimientos de sus pigmentos se les encima una figura, Carlos ama decir que es por su necedad dibujística, un algo entre la costumbre y el placer que no riñe con la pintura: un exceso, nunca lo esencial. De hecho, la figura termina confundiéndose con la fecunda abundancia de los materiales y la coloración. Si se le mira de cerca, puede ser una mancha más, un trazo, una áurea.

El trabajo de Carlos es profusión de color, de líneas, de texturas; para él, la riqueza de la pintura se sitúa aparte de lo figurativo. El tema no tiene que ver con una obra que se sostiene en términos estéticos, ni ideológicos ni de formas, porque su pintor compone, no piensa en imágenes o conceptos cuando asalta las superficies. Primero vive el gusto por la materia y por la abstracción, y sólo cuando un valle se ha expresado en una línea, en el horizonte se perfila la presencia de las figuras.

No puede copiar, de la realidad sólo recuerda aquello que le agrada o repugna en extremo porque lo único que respeta es la pintura, todo lo demás le provoca una aversión que va del tedio a la furia. Es aquello que esta memoria selectiva filtra, lo que plasma permitiendo que fluyan olores, colores, ruidos, formas. Por ello su abstracción remite de inmediato a una sensación de poder, no obstante la pobreza de los materiales y la agitación eruptiva de los múltiples elementos que su síntesis mnemónica origina. Poderosa abstracción tan devoradora como la pasión que todo lo excluye.

Este hombre vehemente que afirma que los demás no tienen por qué tolerarlo y sólo busca a sus amigos cuando no está pintando, si sabe que vendrá a visitarlo alguien que quiere -“A mi casa nunca ha entrado gente que no quiero, para ver a la mayoría está la calle”, dice- ni siquiera sube al estudio. Se queda en el patio, pone unas cervezas a enfriar y se prepara para encantarlo con su charla socarrona. Ama sus montañas verdes, si está de buenas puede arrastrar a un pobre diablo sedentariamente urbano por colinas y lechos de río, o aturdir acompañantes de compradores con fotos de principios del siglo XX en las que Huixquilucan, estado de México, figura como refugio de poetas, y por la noche es capaz de retener a un crítico de arte con gastritis frente a un mole verde para seguirle hablando de su pueblo. Si la situación se repite por más de un día, llega a sentirse verdaderamente acosado por la mala suerte, debido a la pérdida de tiempo que la sociabilidad implica, pero se esfuerza para no demostrarlo.

La primera vez que tomamos el sol de la mañana en su patio de jardinero abstruso, entre la pila del agua, el estudio y la casa decimonónica, Carlos Gutiérrez Angulo me dijo con su aire de niño provocador:

– Yo no leo, me aburre.

– Yo no dibujaría ni una casita, le contesté.

Hace ocho años de ello, pero conservo la imagen intacta. Carlos y Amelia se convirtieron ese día en mis modelos, pasaron a representar para mí una variación de la norma urbana del arte. Habían cumplido mi deseo yéndose de la ciudad y no dejando de ser ellos mismos, un pintor y una socióloga, lejos de los mundillos gregarios, encarecidamente pareja, celosos, rezongadores, amantes.

Todavía en la actualidad, ella escribe en un cuartucho diminuto que ha arreglado cuidadosamente al fondo del jardín, mientras él ha invadido el estudio de dos pisos, la cocina, la casa, los portales, el cercado, el antecomedor y el patio. La lava es así; acomete, avanza.


[1] Roberto Vallarino, “Un pintor atrapado en la tela, el color y la materia”, en En  el centro de la telaraña: Carlos Gutiérrez Angulo, México, Museo Universitario del Chopo, agosto-septiembre de 1997.

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