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Publicado también en: Francesca GARGALLO, “1968: una revolución en la que se manifestó un nuevo feminismo”, en Le Monde Diplomatique Colombia, año VI, n. 65, marzo de 2008, http://www.eldiplo.info/mostrar_articulo.php?id=666&numero=65

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1968: una revolución en la que se manifestó un nuevo feminismo

Francesca Gargallo

 

No hay una derivación directa. No es cierto que las revueltas mundiales de 1968 inventaron la liberación femenina, ni que las feministas fueron sus mayores beneficiadas. Sin embargo, entre el movimiento de liberación de las mujeres y el cuestionamiento de la vida cotidiana, de la idea de izquierda, de las sexualidades, de la relación del individuo con los partidos, entre la reivindicación de la calle y la denuncia de la familia nuclear y del estado patriarcal, entre el asalto a la fantasía y la afirmación de que este cuerpo es mío, que estallaron en 1968, existe un nexo insoslayable.

Toda la década de 1960, fue marcada por una transformación de los paradigmas de comprensión del mundo, y una fuerte crisis de los principios de autoridad. Los jóvenes asumieron un papel protagónico en los movimientos pacifistas contra la guerra nuclear que se habían venido impulsando desde los años 1950 en Japón, Gran Bretaña y Alemania; así como en las luchas por la descolonización de África y Asia, y las críticas al burocratismo soviético que sofocaba las reivindicaciones socialistas bajo las imposiciones de estados policiaco-represivos.

Hay momentos históricos donde confluyen tantas transformaciones, que los cambios a largo plazo que provocan, no pueden ser vistos a posteriori sino como equivalentes a los de una revolución de larga duración, con raíces en momentos anteriores a los de las propias transformaciones, y ramas que se extienden hasta el presente. La píldora anticonceptiva, el rock, el beatnik, la liberación sexual, la vida política que se expresaba en las comunas urbanas y agrarias, la reivindicación de los derechos de las y los homosexuales, la lucha armada en Cuba, la independencia de Argelia y la resistencia en Vietnam contra la herencia colonialista francesa recogida por Estados Unidos, el movimiento hippy o el desencanto con la izquierda de filiación soviética y con el pensamiento socialdemócrata, cuajaron en 1968 en Francia, Checoslovaquia, México y demás países, en algunos estallaron como fiestas, en otros derivaron en tragedias.

Decir hoy, como lo hace una izquierda pazguata y el neoconservadurismo liberal-católico, que 1968 fracasó porque no logró la sustitución radical del viejo orden, ya que era insustituible en un clima de democracia, implica una veneración por parte de los grupos de poder del sistema político de partido, de la organización de las acciones sociales, del amordazamiento de las protestas. Protestas que, como descubrieron las mujeres que en esos años empezaron a reunirse en pequeños grupos de autoconciencia, se daban en todos los ámbitos de la política, eso es: en la cama, la casa y la calle.

No es casual la ofensiva de la iglesia católica contra las existencia de formas de vida que no corresponden a las de la familia nuclear, al derecho de las mujeres sobre su cuerpo y su vida, al reconocimiento de la cultura de las lesbianas y los gays, y al derecho de las niñas y niños de no sufrir mutilaciones genitales al momento de nacer si manifiestan cierta intersexualidad. Tampoco lo es la insistencia en un orden económico que ha superado la crítica al consumismo llevada a cabo por las comunas juveniles de 1968, y se manifiesta en una producción desenfrenada con mano de obra barata de los países que otrora se liberaban y que hoy son sometidos por los salarios de hambre del orden global, y en un despilfarro de recursos no renovables que nos está precipitando hacia una muy rápida debacle ecológica.

En 2008 las mujeres debemos trabajar, en 1968 parecía que queríamos hacerlo. Casi casi somos responsables de que el sistema nos explote, de que se nos asesine en las zonas de maquila, que seamos víctimas de agresiones sexuales. Los que quieren sepultar el enorme proceso de abertura hacia horizontes político-vitales sofocados por siglos de ordenamientos estatales, eso es los portavoces de la tendencia contrarrevolucionaria que desvaloriza el accionar de un movimiento que cuestionaba los planteamientos lineales de la ideología del progreso, y que por ello mismo se abría a una algarabía de propuestas de liberación, hoy se manifiestan  como “recuperadores” o “rescatadores” de los valores dominantes de un  sistema que hacía fuerza sobre la separación de los mundo público e íntimo-privado, la identificación de su civilización con la civilización, y con la universalidad de su ideología religiosa y económica, así como en una nueva sumisión a la idea de vida como deber, como castigo, como responsabilidad impositiva. Esta tendencia contrarrevolucionaria está presente en los regímenes neoliberales, en los socialdemócratas y en la mayoría de los organismos supranacionales. Daniel Ortega vuelve al poder en 2007 no sólo pactando con la burguesía empresaria de su país, sino sobre todo con el fundamentalismo católico que le exigió en prenda la vida de las mujeres, la prohibición del aborto terapéutico, la impunidad de los golpeadores y violadores, la patria potestad en la familia católica.

En 1968, las jóvenes universitarias, las obreras de las fábricas europeas, las campesinas que empezaban a organizarse, reclamaban un trato de persona no limitada por la existencia de un otro que las calificaba como aptas para los roles principales de madres y esposas, o los roles marginales de prostituta y trabajadora. Querían ser libres de la mirada calificadora del hombre y por ello mismo debían verse a sí mismas. El feminismo, que tenía una larga historia que se remontaba a las reivindicaciones de igualdad de de los anabaptistas durante las revoluciones religiosas del siglo XVI, de los comuneros en los Andes, de los jacobinos franceses, de las anarquistas y de las sufragistas, cuajó en una reivindicación difusa de libertad de movimiento, de expresión, y, en general, de liberación de las costumbres y de la relación entre los sexos. Hombres y mujeres denunciaban la relación entre propiedad privada y matrimonio y las feministas analizaron y combatieron todas las formas de apropiación del trabajo, la sexualidad, la capacidad reproductiva, la libertad de pensamiento de las mujeres. Recuperaron su historia y su presente y se reivindicaron brujas, solas, lesbianas, libres, en colectivo, hermanas, hijas y madres. La diferencia sexual dejó de ser la marca de la desigualdad y se elaboró como la única posibilidad de concebir el mundo desde una perspectiva no patriarcal, eso es no normativa, ni determinista en favor del colectivo masculino con poder.

La liberación sexual se vivenció entonces desde un cuerpo que se de-sexuaba en el trabajo y el estudio y se re-sexuaba en la reflexión desde sí mismo. Un cuerpo que pensaba la realidad toda sin recurrir a un sujeto abstracto, para identificarse con el sujeto mujer del que era portador y reclamaba sus derechos al placer, a la independencia, al descanso en las agotadoras jornadas del trabajo doméstico, al juego.

Paralelamente, la incorporación masiva de las mujeres al mundo del trabajo, impulsaba desde el ámbito de la igualdad salarial y el derecho al propio destino económico los roles asignados de madre de familia y esposa. La autonomía de las mujeres fue por lo tanto hija de la combinación de la reflexión libre y sexuada con la acción laboral. La liberación se convirtió en un proceso sin fin, una reflexión-acción continua de cuestionamiento de los sistemas educativo, de salud, productivo, legal y familiar (y que sigue en acto hoy en día, aunque enfrente todo tipo de acciones contrarrevolucionarias por parte del estado y las iglesias instituidas, y las y los intelectuales que les son afines en las academias y en los medios masivos de comunicación).

El control de la maternidad, ligado a la comercialización de la píldora anticonceptiva, fue determinante en este sentido. Acompañó las campañas en favor del divorcio, del derecho al aborto, de la igualdad de salarios y la no discriminación por razones de sexo.

En mayo de 1968, cuando en la televisión en blanco y negro de mi casa en Roma, aparecieron unos muchachos flacos y franceses lanzando bombas molotov contra la policía y reivindicando el derecho a lo imposible, yo tenía 11 años y medio, cursaba primero de secundaria y vivía con una familia ilustrada y conservadora de la posguerra: padre de familia liberal y madre de familia fascista. Nadie intentó explicarme de qué se trataba. Roma era una ciudad conservadora de burócratas, pero con una importante presencia del Partido Comunista Italiano, el más grande de la Europa occidental y segundo sólo al de la URSS. Ni los conservadores ni los comunistas estaban muy contentos con las formas juveniles de lo que ellos consideraban sólo críticas al gaullismo francés, unos y otros decían que los estudiantes franceses no respetaban a sus mayores, al partido, a la iglesia, a las buenas costumbres…  Cuando en octubre del mismo año las universidades italianas estallaron y los estudiantes marcharon contra la presencia de los estadounidenses en Vietnam, contra los “barones” universitarios, contra las altas colegiaturas de ciertas carreras (medicina era especialmente costosa, recuerdo), yo estaba en segundo de secundaria y con mis compañeras bajamos hasta la universidad de Roma (en ese entonces había una sola) para ver lo inconcebible: los estudiantes se habían tomado los edificios, dialogaban en las escaleras, hacían carteles, se besaban entre varios -hombres con hombres, mujeres y hombres, mujeres con mujeres, y todos juntos-, se reunían por horas en las aulas magnas y por las escaleras de filosofía habían pintado a un profesor desnudo con el pene en erección. Un particular instinto de sobrevivencia nos llevó, a mis compañeras y a mí, a callar nuestras incursiones universitarias con nuestras familias y con nuestros profesores, menos con el de arte, que era un pintor bastante viejo que nos habló de las bondades del anarquismo, del movimiento hippie en Estados Unidos, de las revueltas estudiantiles de Berkeley en 1963 y, finalmente, de que cuando un sistema llega a la podredumbre surgen los sectores sociales que se encargan de desarticularlo.

Pronto la televisión nos mostraría otras escenas: las de una ciudad checa, Praga, cuyos jóvenes enfrentaban el estado con la misma fuerza que en París y Roma, sólo que en un estado del socialismo de la órbita soviética. Entonces, inexplicablemente, nuestros padres y madres empezaron a decir que los estudiantes tenían derecho a la libertad. Y nosotras les decíamos que sí, pero no precisamente por lo que ellos querían, sino porque habíamos escuchado en la universidad que los jóvenes en Praga pedían un socialismo como un día de primavera, un socialismo alegre y de voluntad popular, algo que asociábamos a sus pelos largos sobre los hombros, a su andar por una ciudad bella y gris, y, pronto, a la represión. Luego vino otra represión, está documentada por una periodista italiana a la que la policía disparó, Oriana Fallaci, una habilísima entrevistadora cuya conversión al racismo antiislámico entonces era imprevisible. Habían matado estudiantes en una plaza de una ciudad de nombre mágico, México, que para mí en ese entonces estaba del otro lado del mundo, de un mundo que los estudiantes unificaban.

¿Por qué cuento todo esto? Porque yo no participé del movimiento estudiantil de 1968 por el simple motivo de que era demasiado joven, pero me formé en su espíritu. Es decir pertenezco a ese grupo de personas que fueron educadas políticamente por un conjunto de rebeldías al sistema que lograron darle nombre a la crisis de los partidos tradicionales, decretaron el fin de la credibilidad de los mayores y, sobre todo, llevaron al descreimiento generalizado en una naturaleza femenina subordinada a los hombres. Rossana Rossanda, encargada de cultura del partido comunista italiano a principios de la década de 1960, expulsada en 1968, y fundadora de Il Manifesto, todavía hoy sostiene que, durante las revueltas estudiantiles, las mujeres entendieron que tenían una voz propia no sólo para reivindicar los derechos a la ciudadanía, tal y cómo lo había hecho el sufragismo liberal y socialista del siglo anterior, sino para pensarse a sí mismas, entre sí, libres de la mirada y la aceptación de sus compañeros y que era hora de cambiar los tiempos de la política.

Así, frente a una izquierda que demandaba la acción conjunta de estudiantes, obreros y campesinos para la transformación de la realidad toda, y que enarbolaba la libertad sexual como el elemento distintivo de su cultura, las mujeres se reunieron entre sí para dialogar en pequeños grupos de autoconciencia. Identificaron colectivamente su frustración y descubrieron su capacidad de reclamar ya no la igualdad con el hombre sino, precisamente, su diferencia con él, su derecho a no tenerlo como modelo. Reivindicando sus capacidades diferentes y las mismas oportunidades, las mujeres desenterraron su particularidad, su subjetividad individual y colectiva, y se negaron a ser el polo opuesto de los hombres. En julio de 1970, Rivolta Femminile sostenía: “Identificar a la mujer con el varón significa anular la última posibilidad de liberación. Para la mujer liberarse no quiere decir aceptar idéntica vida a la del varón, que es invivible, sino expresar su sentido de la existencia”.[1]

El feminismo era, entre todos los movimientos que confluyeron en 1968, el que contaba con la historia de resistencia más antigua, a la vez que el más incómodo para el sistema. De hecho, era el estallido de las ganas de vivir de la mayoría de la humanidad. No se amoldaba a las formas tradicionales de hacer política. No tenía representantes. Ni siquiera enfocaba en el ámbito público su principal interés, pues ubicaba la principal trampa del patriarcado contra la vida de las mujeres en el privilegio legal-político de los espacios públicos de la política y la producción. De manera esquemática, su resurgimiento en ese entonces podría resumirse así: un grupo de mujeres se encontró entre sí, se reconoció en el derecho de estar juntas, se arrogó la facultad de analizar y transformar el lenguaje que hablaban, reclamó la autoridad de las mujeres y definió la falocracia, o androcracia, o patriarcado, como el sistema de dominación de los hombres y del simbolismo del falo sobre las mujeres.

Falocrático o patriarcal era el orden global que abarcaba desde la experiencia religiosa hasta las reglas económicas, desde la dimensión binaria del yin y el yan hasta la cliterectomía, desde la explotación de clases hasta el racismo, el colonialismo y las hambrunas. Su poder se sustentaba en que había logrado imponer su autoridad como la única legítima: el hombre era el dueño de todos los instrumentos de poder y para todos encontraba justificación. El hombre era el paradigma de la humanidad y encarnaba el sujeto del humanismo. Pero era un paradigma que de-sexuaba a la humanidad, que le impedía reconocer la existencia de sexos distintos en su historia y de una diferente percepción sexuada del mundo real y simbólico.

Al sentirse descubierto, el sistema falocrático contraatacó utilizando todos los mecanismos institucionales e ideológicos a su alcance para desacreditar el índice femenino que lo señalaba. En América Latina proclamó al “hombre nuevo”.[2] Las mujeres serían -nuevamente- sus apéndices, aunque tal vez más igualitariamente tratadas. Así, el hombre nuevo y el hombre pospatriarcal europeo (su émulo) empezaron a descalificar la rabia de las mujeres hacia los hombres, pretendiendo que el patriarcado brutal que denunciaban estaba en decadencia, e intentaron insuflar el gusanillo de una nueva identidad en las mujeres.

 


[1] “Manifiesto”, en Carla Lonzi, Escupamos sobre Hegel y otros escritos sobre liberación femenina, La Pléyade, Buenos Aires, 1975, p.15

[2] Para resaltar que las feministas nunca creyeron en el hombre nuevo son reveladoras las sátiras que hicieron de él. En una pinta de las calles de La Paz, Bolivia, podía leerse: “El hombre nuevo no sabe cocer un huevo”, del colectivo autónomo Mujeres Creando.

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