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Publicado también en: Francesca GARGALLO, “El terrorismo de las lógicas patriarcales”, en Triple Jornada, suplemento feminista del diario La Jornada, Ciudad de México, 1 de octubre de 2001, http://www.jornada.unam.mx/2001/10/01/arts_38/38_chesca.htm.

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El terrorismo de las lógicas patriarcales

 

Francesca Gargallo

 

En un pueblo del medio oeste estadounidense, un hombre de 75 años empuja su auto contra una mujer de origen paquistaní, islámica sunita, reconocible como tal por usar un velo que le cubre la cabeza. Veteranos de guerra franceses declaran a la televisión que ellos apoyarían a Estados Unidos en una guerra contra el Islam porque Estados Unidos los ayudó, a ellos, en su guerra contra el nazismo (en realidad dijeron “contra los alemanes” y masacraron después argelinos). La periodista estadounidense islámica Reshma Memon Yaqub se siente obligada a escribir que ella no es el enemigo en las páginas de un periódico español, El País, porque nadie la quiere publicar en Estados Unidos. ¿Su pecado? Afirmar que los seis millones de musulmanes estadounidenses no están detrás del nuevo enemigo de las lógicas de guerra que acompañan la nueva necesidad de expansión del capital en el mundo.

El 11 de septiembre de 2001 la mayoría de las y los ciudadanos del mundo fuimos asaltados por las imágenes de una noticia de horror indecible proveniente de Nueva York, así como 28 años antes lo fuimos por una proveniente de Santiago de Chile. Aviones cargados de seres humanos, niñas, mujeres, hombres, trabajadores, enamoradas, madres, hijos, artistas, enfermos, amantes, vacacionistas, fueron aventados como proyectiles contra las dos torres de la Babel contemporánea, la Babel del capital que pretende unir en su voz todas las voces del mundo, en su moneda todas las economías y en su forma de vida todas las tradiciones. En las dos torres del World Trade Center de Nueva York habían millares de trabajadores de los dos sexos, múltiples nacionalidades, religiones diferentes y una condición común: eran empleados.

Una red de televisión que vende imágenes noticiosas reportó los hechos entre exclamaciones de horror, llamados a dios, gritos de auxilio, preguntas sobre quién pudo ser el monstruo que hacía “eso”. Unas horas después, pasaría como si fueran fotogramas del presente una grabación de 1991 en las que habitantes de la Palestina árabe, enfrentados desde hace 52 años a la discriminación mundial contra los países no centrales y a la doble moral de las Naciones Unidas, festejaban no como se intentó manifestar la muerte de miles de víctimas estadounidenses, sino el inicio de la guerra que los iraquíes en 1991 llamaron la Madre de Todas las Batallas. Falsos periodistas, tendenciosos manipuladores del video que nunca han enfrentado un reportaje o una investigación. También habían mentido por omisión el día anterior, cuando no informaron del n ataque británico-estadounidense contra Bagdad, durante el que murió una decena de niñas, ancianos, trabajadores, amantes, artistas, estudiantes, morenos, musulmanes, pobres.

¿Terrorismo? Sí y sin lugar a dudas. Eso es el instrumento del capital de los fuertes sobre los débiles (los que no han alcanzado el desarrollo porque, según una justificación atroz, “no quieren”, “deben ser educados” -¿a qué?, ¿por quién?-, “no han superado sus atavismos”). Terrorismo del dinero que fabrica armas y las vende a ejércitos formales y a bandas armadas. Pero igualmente terrorismo como el arma última de los débiles, que se resguardan detrás de las posiciones más violentas y manipuladas de sus culturas, las más misóginas y antihumanas, y asumen que son empujados a la muerte, a la pérdida del sentido de la sacralidad de la vida y del deseo de proteger la felicidad de otros, por culpa de su “enemigo” (un enemigo absoluto que, a la vez, es enemigo de su fe, es decir de una creencia extraterrena, extravital, de sus pueblos, entendidos como el conjunto de hombres portavoces de la fe y de las leyes represivas que de ella deriven, y de su vida, cómo si ellos la defendieran).

Venga de donde venga su ataque, el terrorismo es siempre una negación violenta del derecho a la vida, entendida necesariamente como vida física, de personas que toman decisiones y sienten afectos, y de la naturaleza en la que se inserta la vida humana. Es, por lo tanto, la negación homicida de la diferencia, que sólo una lógica política masculina ha podido considerar contraria al derecho a la igualdad de trato frente a la ley. La ley, de hecho, sólo se desprende de una autoridad legítima cuando ésta reconoce las diferencias entre las personas, sus procederes, sus sexos y sus sexualidades, sus aspiraciones y sus manifestaciones económicas, afectivas, culturales. Sin reconocimiento del valor positivo de la diferencia no hay creatividad ni justicia; la equiparación necesaria de todas las personas a un modelo único de proceder y de ser, es siempre el primer peldaño para el racismo y las desigualdades de sexo y de clase.

Hoy las mujeres y los hombres del mundo sentimos que estamos frente al abismo. ¿Qué va a decidir el país que se cree el más poderoso del mundo y que así quiere que los demás lo crean? Soplan vientos de guerra. Soplan vientos patriarcales. Y por doquier -menos en la voz de artistas y de mujeres y hombres enmudecidos que se preguntan por qué, a raíz de qué se desató esta masacre- se oyen reflexiones sobre el deber de la venganza y de la represión.

Las feministas de todo el mundo, desde más de un siglo, nos hemos manifestado por una cultura de la paz, esto es una cultura de la vida y de los derechos del cuerpo sexuado. Hoy en día hay quien dice que defender una ataque “moderado” de Estados Unidos a Afganistán puede redundar en beneficio de las mujeres afganas que desde hace diez años denuncian la inhumana situación en que están viviendo y la falta de respaldo popular del gobierno de esos estudiantes de islamismo -talibán- que los Estados Unidos, con su aliado anticomunista Arabia Saudita, habían armado y convertido en “héroes de la libertad”, así como lo hicieran con la “contra” nicaragüense que mataba niños en la frontera con Honduras.

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