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Francesca GARGALLO, “Reflexión ante la pedofilia”, en Todas, suplemento de Milenio, Ciudad de México, 11 de enero de 2010, http://impreso.milenio.com/node/8701468

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Reflexión ante la pedofilia

Francesca Gargallo

 

Recuerdo cuando salió Memorias de mis putas tristes que, con Melissa y otras escritoras, decidimos hacerle un boicot porque trataba de una forma realmente irrespetuosa a las mujeres jóvenes, las campesinas jóvenes, desposeídas de sus derechos por pobres, por mujeres y por jóvenes (por mujeres, por jóvenes y por pobres, o por jóvenes, por pobres y por mujeres, siempre y cuando las tres cosas sean vistas como una).

En ese entonces me cayeron encima acusaciones de feminista tonta, escritora ideológica, que perdía de vista la libertad de expresión (y eso desde amigos, amantes, colegas con los que por lo general creía tener un intercambio de ideas). Quizá detrás de ello esté que en cinco años no haya encontrado editor para mis tres novelas… olvidaba que mi editorial de toda la vida, ERA, fue la que publicó a García Márquez y que yo vendía, cuando los vendía, 2 mil ejemplares y él millones. En fin, yo misma me cuestioné si la literatura puede, debe tener límites.

No sé todavía. La censura me da horror, es el inicio del amordazamiento del pensamiento, de la libertad de reflexión en diálogo.

Pero ¿vamos a censurar a unas y permitir cualquier barbaridad a otros? ¿Vamos a censurar a las mujeres que se defienden y defender la libertad de expresión de los hombres que transforman la violación en romance?

Por ejemplo, ¿vamos a defender contra la nuestra la libertad de un premio Nobel, es decir, de una persona cuya obra tiene autoridad, poder, porque él es un autor, esto es, el portador de una autoridad para su público lector.

También tengo dudas con la palabra pedofilia, con las contradicciones que me despierta la pederastia. No creo que toda persona adulta que se enamore de un menor sea un violador, un obispo acosador de monaguillos, ni un abusador de niñas. Creo que hay amores, así en plural, y atracciones entre personas de edades totalmente dispares y que las niñas, los niños y las adolescentes también se enamoran de personas de todas las edades. Tengo amigas que se iniciaron sexualmente con placer, cariño, juego y excitación a los 14, 15 y 16 años con amigos de su padre y su madre y que nunca sufrieron desbarajustes emocionales por ello.

Creo que en ocasiones las feministas hemos ideado nuevos pecados, nuevas morales y nuevos traumas.

Sin embargo, si bien la atracción, el amor, el deseo pueden darse entre personas de edades totalmente diferentes, y por mucho que me niego a ver en las menores de edad a personas no ciudadanas ni derechohabientes, creo que es muy importante ver cuánto hay de abuso por el poder de compra, por la objetivación del otro, por la violencia implícita en forzar a quien no quiere (y lo dice, lo demuestra, aunque tenga tres, cuatro o 15 años). La novela de García Márquez habla de un abusador viejo, un putero viejo, un abusador viejo (viejo carcamán por muy dignificado que esté como personaje por la tristeza y la nostalgia, y que se ha hecho viejo en la costumbre del abuso y la compra de sexo en burdeles), que se junta con una proxeneta (el 89% de los proxenetas son hombres, pero ¡cómo y cuánto le gusta a la literatura relatar la senil putería de las “madames”…!) para violar a una joven campesinita con las manos sonrosadas por el trabajo extenuante del campo.

Hay en la novela una reptante y constante violencia contra la mujer, contra la persona objetivada por ser mujer, contra la voluntad de la niña de sustraerse de la mirada, del deseo, del enamoramiento del viejo carcamán. ¿Cómo se mostrará esta sutil presencia del desprecio en el cine, sino a través de una lascivia incitante?

No me arrepiento de haber boicoteado ese libro, lo sigo haciendo, aun en clases. Creo que es el caso de hacerse todas las preguntas que se hace Lydia Cacho acerca de qué mueve a moralistas como los de Televisa, y al propio Nobel, a filmarla con el apoyo de un gobernador que ha violado la integridad de la periodista que lo acusaba con pruebas de sus conexiones con redes de pedófilos en el país (la quinta red a nivel de América Latina, la vigesimoctava en el mundo). Y creo que hay que saber escoger entre expresar las propias ideas y soportar las acusaciones de quien defenderá el derecho de un premio Nobel a escribir su propia literatura.

Y eso sin escandalizarse ante el amor entre una mujer madura o un hombre adulto y una o un adolescente, ni prohibiendo a las niñas y niños masturbarse (creo, más bien, que habría que dejarlos ser y enseñarles si lo pidiesen, porque tan violenta y con consecuencias de por vida es la represión de la eroticidad de la infancia como el abuso que pueden sufrir las niñas y los niños por ser tocados contra su voluntad), ni negándole acceso a niñas, niños y adolescentes a toda la información sobre sexualidad, placer y modos de procurárselo, enseñándoles también cómo no correr el riesgo de caer en manos de un hombre o una mujer (o una red) que los vuelva objetos de sus ganancias y sus obsesiones de poder por ello.

Repensar todas las expresiones de la sexualidad patriarcal desde el feminismo no es una tarea fácil.

 

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