Publicado también en: Francesca GARGALLO, “Escribo luego he sentido”, en Cristina Rivera-Garza (coord.), La novela según los novelistas, Fondo de Cultura Económica, México, 2007, pp.93-105. ISBN 10: 9681685024 – ISBN 13: 9789681685027.

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Escribo luego he sentido

Por Francesca Gargallo

Me he preguntado varias veces qué hace que una persona escriba, si para ser poeta hay que conocer poetas, si leer novelas sirve para la construcción de novelas, y si la narrativa es el grado más elevado del narcisismo o la cima de la dedicación a los demás. Aunque no son preguntas fundamentales para mi literatura, porque cuando escribo las olvido por completo.

Nadie toma la pluma en mano ni por la escuela ni por la lectura. Las novelas no engendran novelas, sólo la poesía es una de las componentes de la plurigestación de la obra literaria y está en cualquier parte. Hay quien escribe porque es médico, algunas novelistas fueron amas de casa, arqueólogas o ricas herederas; hay prosistas de ambos sexos: campesinos, ingenieros, vagos, cineastas, maestros y de todas las profesiones existentes. Conozco muchas personas que estudiaron literatura y que por ello mismo dejaron de escribir hasta su diario.

Durante veinte años, creí que se escribe porque hay que desahogar sensaciones, la mayoría de ellas angustiosas, así como para comunicar la paz que se encuentra tras haber transitado por el camino de diversos amores: los carnales, en primer lugar, y, con la misma intensidad, la pasión por lo que sea: el arte, la intriga, la belleza, el deporte, los estudios, los viajes. Escribir implicaba, según yo en esos tiempos, inventar mundos mejores y deshacerse de fantasmas, buscar la verdad y relatar lo visto, gozar la forma y estudiarse a fondo; en fin, la narrativa conjuraba la realidad e instauraba el diálogo.

No he desechado por completo esas ideas; las creo sustancialmente válidas, aunque algo ingenuas.

Si las tomara al pie de la letra, debería decir: escribo porque vagué de niña por las calles no de una ciudad hermosa, sino de la poesía que quedaba en cada piedra abandonada, devastada casi, de la mítica Siracusa. Hoy, cuando vuelvo a mi tierra natal, la encuentro bella, pero las sucesivas restauraciones y el turismo la han vuelto banal, inútil a las sensaciones. ¿No habrá más escritores en Siracusa? ¿Nunca más un Quasimodo, un Vittorini o una Gargallo?

Como otra novelista, Marguerite Yourcenar, no amo el arte del maquillaje y la restauración. Sin embargo, yo vagaba por las calles de Siracusa (y luego de Roma, Estambul y México) porque prefería los espacios públicos al terror de la vida privada, al miedo que me inspiraba mi padre y el desconcierto que las contradicciones de mi madre me provocaban. La antipatía hacia los ámbitos privados que deriva de ese pánico es, probablemente, uno de los motivos por los que nunca he podido vivir una relación de pareja estable, pero no lo lamento.

El miedo se vio agigantado por el poder de la mente, engendrando fantasías infantiles que persisten. Por ellas visualicé la escuela como una cárcel donde debía aprovechar el tiempo aprendiendo lo único que me serviría cuando, finalmente, saldría a la libertad. Aprendí a escribir con felicidad; y esa felicidad hábil rescató a una niña enclaustrada entre los muros, los miedos y las etiquetas de la clase alta. Fui salvada por la escritura; cortó la soga que iba a colgarme. Redondas a manuscritas, eses como serpientes: me poseyó la misma pasión que anima a una pintora al descubrir las manchas y los colores en un tiempo que la memoria, luego, no podrá recordar.

Y todo ello fue posible porque, por las tardes, las niñas y los niños de entonces no teníamos nada que hacer. La televisión era cosa de premio para los que se portaban bien (yo nunca), no existían clases de natación, ballet, y mil desviaciones más, madres y padres estaban ausentes y los hermanos eran cariñosas presencias incultas.

Belleza cubierta por el polvo del tiempo, miedo, deseo de libertad y aburrimiento, he ahí los ingredientes más antiguos de mi pasión por la escritura. No rechazo esta filiación, es fundamentalmente verdadera, pero hoy dudo de su absoluto.

En un segundo momento, el miedo despertó en mí la única forma sana de buscar venganza, se transformó día tras día en un deseo de justicia anticlasista, libertario, feminista, y en ese trance se manifestó la narrativa. Yo, como todos los verdaderos amantes de la literatura, prefería la poesía, la capacidad de decir lo inmortal, pero como todos los militantes de algo necesitaba explicarme. Narrar no es sino dar a conocer algo que se conoce o se cree conocer. Más antigua que la filosofía, la narrativa nunca ha alcanzado la sabiduría de la poesía, ligándose para siempre a la historia.

Mi padre recuerda que cuando yo tenía siete años y estaba en segundo de primaria, durante una de esas tardes de inverno en que, fuera por un repentino arranque de afecto o por su costumbre de control, entró sorpresivamente a mi cuarto, me encontró doblada sobre un cuaderno. “¿Qué haces?”, me preguntó. Yo simplemente le contesté: “Escribo una novela”.

No conservo esas hojas, pero supongo que contenían algunos de los cuentos maravillosos que mi hija ahora escribe y hablan de fantasmas, sombras, niñas heroínas, murciélagos sin miedo, brujas amistosas. Mi hija tiene nueve años, pinta, juega fútbol, escucha rock y casi siempre impide que entre a su cuarto, pero de noche se pasa a mi cama. ¿Escribirá profesionalmente cuando crezca?

No hay recetas. No hay escuelas. No hay prohibiciones ni apoyos que valgan. Hoy sostengo que quien escribe no podría no hacerlo y que ningún novelista inspira a otro. Cuando era una preadolescente, en secundaria, creía sinceramente que después de la Ilíada era inútil cualquier otro cuento: ¿quién se atrevería a narrar de la amistad después de haber leído cómo los amigos buscaban en el campo de batalla a los sobrevivientes? Luego leí el Gilgamesh, la Chanson de Roland, el Lai du chèvrefeuil de Marie de France; cuando llegué a la Divina Commedia de Dante me convencí de que todo había sido dicho. Sin embargo, nunca dejé de escribir poemas apasionados (por suerte los quemé todos), cuentos iracundos y cartas desesperadas y sin destinatarios. Yo no competía con Dante, lo consideraba definitivo y, sin embargo, no podía no escribir.

¿Me habría suicidado, habría enloquecido de no llenar cuadernos de signos? Probablemente, pero no se escribe para huir de la locura. De hecho hay escritores esquizofrénicos, maniáticos depresivos, alcohólicos, sadomasoquistas y Primo Levi se suicidó tras haber aparentemente desahogado el horror de los campos de exterminio nazistas en novelas inmortales.

¿Qué lleva a una persona a escribir, pues? Seguramente no el placer de la lectura, ni siquiera de la lectura inteligente de los mejores autores. No es leyendo Orlando de Virginia Woolf que empecé a escribir, aunque me encantó, por el mismo motivo que mirando a la Santa Lucia de Caravaggio no me hice pintora ¡Y sólo las diosas saben cuánto me gusta Caravaggio, qué parecidos se me hacen su vida y sus sentimientos a los más íntimos de los míos!

Para escribir se necesitan muchas cosas y ninguna en especial. Nadie puede escribir si no ama conocer y no se interesa en algo, de por vida o sucesivamente no importa. Conozco escritores que fueron expertos en geografía oceánica del siglo XVI mientras escribían una novela y se convirtieron en maestros en la alimentación luterana de Dinamarca en el siglo XIX para ambientar un cuento. Personajes míos me han llevado de la mano por las calles de varias ciudades; fui sólo para darles donde pasear a ellos. Estudié las mañas de las tipografías, las rutas coloniales mexicanas, la mentalidad de la izquierda de los años 1970, los reportes hemerográficos sobre las matanzas de niños de la calle en Brasil, el incremento de la violencia en Colombia y las implicaciones de su discurso. Di vuelta a los archivos de San Luis Potosí y Zacatecas, escuché a campesinas y sembradores en los campos de Oaxaca, molesté a biólogos y agrónomas. En una ocasión conviví con los pescadores de camarón del puerto de Mazatlán. Cada imagen de un cuento o una novela implica una investigación, sistemática o no. Cada frase esconde el placer de haber sido conocida y escrita.

El verbo narrar, así como la persona que lo pone en acto -la narradora- y el objeto que la acción produce -la narración-, tienen todos un origen etimológico que los hace remontar al sustantivo latino gnarus, el que conoce, el hábil, experto y familiarizado con una temática, y más lejos aún a la raíz sánscrita gná, que significa conocer.

La etimología evidencia, como toda disciplina histórica, la mentalidad del presente; por ende, revela una huella poderosísima de las emociones e ideas de un pasado sacralizado por un poder contemporáneo que puede cambiar. De no saberlo, yo también atribuiría un carácter sobrehumano a una voz del pasado y, con ello, podría jugar un rato a construir venganzas lexicales contra las y los filósofos e historiadores que me han marginado por ser yo una narradora, una escritora de “ficciones”. Soy una filósofa de la historia (eso estudié y no literatura) y tengo conciencia de todo lo que interviene en las construcciones humanas y, por lo tanto, no me atrevo a decir, sólo sobre la base de un verbo romano, que todo el que no cuenta es un ignorante. Sin embargo, narro en latín significa lo mismo que en castellano: cuento, relato, y para el orador romano así como para los capitanes de navíos, las mujeres que agitaban sus brócolis en el mercado, los campesinos y las tejedoras, el ignaro o ignorante era aquel que no podía contar porque desconocía la realidad.

La relación entre narración y conocimiento es para mí obvia y muchas veces la he visto expresarse positiva o negativamente en la vida de pueblos muy diversos: el cantador entre las y los wixarica es la persona de sexo masculino que relata los acontecimientos reales y míticos, sin distinción, que hacen de su pueblo un creador de cultura consciente de su importancia; en el dialecto de la Roma contemporánea un “ignorante” no es sólo la persona que desconoce algo, que lo ignora, sino aquella que manifiesta su hostilidad, su falta de interés por los demás, su egoísmo a través de no comunicarse verbalmente: es quien contesta con monosílabos o rehúsa dar explicaciones. Esta definición dialectal me atrae mucho, porque implica que quien no transmite sus saberes es un ignorante o un maleducado.

Así que, para escribir narrativa, es necesario querer transmitir algo que se sabe o comunicar algo que se inventa. De niña, yo fui muy fantasiosa y de joven, una gran mentirosa; pero no creo que una mentira implique siempre la comunicación de una falsa realidad.

Escribir es un ejercicio de la voluntad, una expresión de la libertad humana. Recuerdo las clases de Paleografía Latina del profesor Armando Petrucci, en la Universidad de Roma, cuando intentaba hacerme reconocer una caligrafía carolingia diferenciándola de una sorboniana del siglo XIII, de lo cual yo era incapaz. Un día me tomó del brazo y me dijo: “Entiende, sin escritura no hay historia, no por los afanes de control de los gestores de la memoria, sino porque el esfuerzo para construir un mundo de signos tan complejos, con que darnos a entender sin la presencia física de un transmisor del mensaje, es lo que nos ha convertido en todo lo que somos”.

La persona que escribe es en sí conocedora y comunicante. Pero ¿qué conoce la persona que como yo escribe ficción, qué necesita comunicar? Sinceramente no lo sé.

En la Sierra Huichola, en el norte de Jalisco, he tenido el honor de escuchar a un cantador que no se interrumpió durante una tarde y buena parte de la noche. Frente a un grupito de cinco personas, el anciano relató el origen de la tierra, de la verdad, del fuego; habló de personas, de héroes, de dioses; describió viajes, pasos, animales. En fin, reinventó, dándonoslo a conocer, el mundo. No sabía escribir, sabía hablar, pero era cuanto de más semejante he conocido a un escritor de ficción. Conocía de lo que hablaba y, por ende, inventaba. Según la visión académica del antropólogo que nos acompañaba, el cantador nos mintió, según la escritora que yo soy el anciano nos permitió participar de su grandioso proceso de creación. Hiló el cuento, nunca se contradijo aunque introdujo contradicciones entre los personajes y las situaciones que nos presentaba, resolvió los conflictos de entendimiento, manejó lo mítico atándolo con lo inexistente y con lo cotidiano y, finalmente, retuvo nuestra atención, nos convenció. Todos, menos el antropólogo, sentimos que esa tarde y noche habíamos presenciado algo que cambiaba en parte nuestras vidas.

Hubo muchos otros antes y después en mi vida, parecidos al que viví en la Sierra Huichola hace ocho años. Como bien saben los paleógrafos, la lectura y la escritura son dos procesos distintos. Existen y existieron siempre personas que firman un documento que no pueden leer, así como lectores que no podrían escribir una carta. Yo en primero de primaria descubrí la escritura, el placer de plasmar palabras, y durante muchos años escribí sin leer casi nada: escribí cuentos antes de haber terminado el libro de gramática. Fue al finalizar la secundaria que me arrojé sobre los libros de la biblioteca como un niño hambriento sobre un canasto de pan de dulce. Comí las conchas buenas y los cuernitos podridos, los bolillos mal cocidos, los duros y los sabrosos, las chilindrinas mordisqueadas por otros, los bollos salados y los panqués desabridos. Estaba triste y leía. Me aburría y leía. Peleaba con mis padres y leía. Cuando a los catorce años obtuve una moto y me lancé a las calles sobre dos ruedas, dejé de leer un rato. El mundo era hermosísimo y yo iba al centro de la ciudad, a pueblos cercanos, a los pies de las montañas y caminaba, es decir leía mis pasos sobre el vasto libro que es el mundo. En esos meses adolescentes, escribí menos que en ningún otro periodo de mi vida. Me sucedió algo parecido cuando descubrí el sexo en los brazos de un coetáneo afectuoso; esos eran los años en que creímos que las mujeres y los hombres son iguales y tienen un igual derecho al placer. Fueron años con la utopía a la portada de nuestras manos, años rebeldes y, por lo mismo, amorosos.

Todavía hoy en día cuando leo no escribo y cuando escribo, no leo. Sin embargo, la lectura ha definitivamente influenciado mi modo de escribir. Así como, en México, los han hecho las reuniones que teníamos entre varios escritores, en un viejo club de ajedrez de la colonia Roma. Las bautizamos tertulias del No-Taller del Alfil Negro. Durante más de diez años, capitaneados por el dibujante y ajedrecista Luis de la Torre, mujeres y hombres de edades, proveniencias geográficas y de clase, preferencias sexuales distintas, nos escuchamos, comimos pozole, hablamos de gramática, descorchamos botellas de vino imbebible, leímos en voz alta, nos enamoramos y escribimos. Ahí forjé amistades para la vida y mejoré mi español, desde entonces mi instrumento de escritura. Y del Alfil Negro salimos escritores tan distintos como Ricardo Chávez Castañeda, Guadalupe Lizalde, Leonardo da Jandra, y yo. Jamás tuvimos una línea y nunca formamos una escuela, pero juntos, al leernos conscientemente, mejoramos el cómo de nuestra literatura, afilamos nuestras lenguas, supimos qué podíamos romper y qué debíamos transformar.

Todo influye sobre el saber de las personas, cualquier cosa que atrae su atención las educa, incrementa su conocimiento. Se conoce con los cinco sentidos y lo transmitido por otros nos permite reconocer lo que estamos tocando, viendo, saboreando, oliendo, escuchando. Leí Los Buddenbrock de Tomas Mann en el pasillo del hospital donde estaba muriendo mi abuelo. Sentada en una silla esperaba que me llamaran para poderlo ver. Yo amaba tiernamente a mi abuelo materno. Desde entonces, ninguna información sobre Mann ha incrementado o disminuido mi sensación que el escritor alemán fue el amigo que me consoló del primer dolor de separación de mi vida, porque fue capaz de describir a la familia y sus muertes.

Ese día descubrí que entre leer y escribir existe una relación y que ésta se cifra en una persona, la que lee; es decir, quien escribe tiene en el público que lo lee el fin de su necesidad. La escritora da a conocer, escribe para sí y para alguien más.

El lector no determina el momento mismo de la creación, pero está presente sin estarlo. Los signos de la escritura desde su origen presuponen la construcción de un código que puede ser descifrado por otra persona. Ontológicamente la escritura es un medio de transmisión de informaciones vitales: ¡no pasen por ahí, el rió está crecido!, ¡corran tras el vellocino de oro!

Aldous Huxley, en su obra de ficción, inventó mundos, situaciones más que angustiosas, creó personajes de sentimientos que probablemente espejeaban los suyos, grandezas humanas subyugadas por el control infinito de las burocracias cientificistas, y constantemente nos tuvo presentes, a nosotras y nosotros los lectores posibles a quienes quería prevenir. Pero Aldous Huxley no escribió porque yo, quizás, en un futuro lo leería, mucho menos por el público lector que construye una empresa editorial, ni por un afán de protagonismo; escribió porque su forma de participar del mundo era la escritura.

Clarice Lispector, que constante aunque no exclusivamente usó el monólogo, ponía en boca de sus personajes, siempre inquietantes, una historia de sensaciones en primera persona que se lanzaba al mundo como el borbotar de los locos en las calles de las grandes ciudades. Desgranaba mensajes con la misma intensidad con que una mística pronuncia el nombre de Dios y, a través de la exasperación de las sensaciones, nos ha comunicado un entero mundo interior que buscaba decirse. De paso, al hacerlo ha transformado la literatura latinoamericana, abriéndola a algo más que al histórico realismo, mágico y no.

Marvel Moreno recorrió el camino inverso. Hizo de la historia de las relaciones entre mujeres, en una Colombia devastada por las convenciones clasistas, el espacio literario de una voluntad libertaria, tan intimista cuanto revolucionaria.

Cada día en el mundo alguien toma la pluma o la computadora y empieza a escribir una carta, un cuento, un poema o una novela. Cada día una escritora o un escritor se inician en el afán de comunicar partiendo de sí mismos. Algunos pensarán que si son dotados se volverán ricos y famosos y el mundo será capaz de entender sus sentimientos; otros ni se fijan en ello y sólo llenan páginas y páginas de palabras: no hay nada más pasivo y obediente que una hoja de papel en blanco. La mayoría absoluta dejará la tarea sin acabar. Algunos terminarán su primer escrito. Menos aún lograrán publicarlo. Sólo una minoría restringida enfrentará un segundo o un tercer empeño literario. De ésta saldrán los escritores.

Simone de Beauvoir, no sé ya en qué texto, recordaba que uno de los “nouveaux philosophes” expresó su enojo a Sartre porque no le habían publicado su libro más reciente y ella le repuso que todos los escritores famosos, en un principio, habían sido rechazados por las editoriales. Yo iría más lejos y diría que únicamente la escritora o escritor que es capaz de superar la frustración del primer, el segundo, el tercer y hasta el cuarto rechazo es un verdadero escritor. Y lo es porque su seguridad en lo que tiene que comunicar persiste en ella o él a pesar de la falta de comprensión, como en el filósofo platónico que ha visto la realidad y se esfuerza en darla a entender a sus congéneres, que la rechazan porque quedaron atados en la caverna. En América Latina, se ha convertido en un hecho mítico, arquetípico casi, que Cien años de soledad de García Márquez haya sido rechazado en primera instancia.

Así que para escribir hay que tener confianza en sí misma y tolerancia a las frustraciones, amén de no poder dejar de hacerlo. Eso ya limita la cantidad de personas que serán escritoras.

Un elemento ulterior, que sin ser fundamental también representa algo en esa capacidad de ser, es el elemento material. No es el dinero lo que hace a un escritor, aunque la angustia por la sobrevivencia puede acallar a una gran voz. Sin embargo, es obvio que demasiado apego a los bienes materiales no ayuda a que una persona pueda dedicar su vida a la escritura. Escribir es un oficio de sencillez, que requiere de sopa de lentejas y amigos íntimos.

Yo soy una narradora que necesita viajar mucho, soy una caminante de las palabras, una descriptora de la emoción de andar; claro está que si yo requiriera de un hotel para dormir no podría haber escrito todas mis páginas. De hecho he escrito porque las posadas, las estaciones de ferrocarril y de camiones, los techos de grutas y cabañas, las casas amigas que me abrieron sus puertas, me han cobijado. Dormí en palacios y chabollas, sin preferencias ni afán de obtener más hospitalidad en los primeros que en las segundas.

Todas las personas que escriben necesitan un buen nivel de vida, pero lo bueno no lo determina la cantidad de dinero. Si yo pudiera vender los libros suficientes como para no vender mi fuerza de trabajo a una universidad o una fábrica, seguramente dejaría de presentarme a las nueve de la mañana en mi lugar de trabajo. Pero, sin lugar a duda, prefiero vender mi fuerza de trabajo que mis ganas de decir lo que necesito decir. Y prefiero hacerlo porque me deja soportar con mayor lucidez y dignidad mis crisis. Entre Marcha seca y Verano con lluvia pasaron cuatro años de vacío: una persona que escribe en algunas ocasiones puede ser una persona que sufre porque no puede escribir. No depender en lo económico de la página escrita, me salvó de publicar cualquier porquería. Ése es el riesgo que corre quien obtiene una beca o un contrato editorial aparentemente apetecible.

Pero no nos confundamos. Las becas en sí no son un mal ni un bien, son un instrumento. En tres ocasiones pedí una beca y en dos la obtuve. Con la primera, durante seis meses pude redactar mi tesis de doctorado en historia contemporánea de América latina, sin tener que perder el tiempo yendo a trabajar. En la segunda ocasión, recorrí, con mi hija de año y medio en los hombros, todo el arco de la Gran Chichimeca para ambientar mi novela sobre el capitán Caldera. El resultado final es hijo de esos pasos dados en libertad económica. De no obtener esas becas, no habría escrito lo que escribí sino, probablemente, otra cosa.

Vivir de becas, sin embargo, se me haría inmoral: a ningún campesino le subvenciona su placer de sembrar y ninguna literatura se alimenta del desconocimiento del mundo del trabajo. Una buena escritora necesita de un café con los amigos, de una cerveza en la cantina y de muchos pasos frente al mar, tanto como de conocer el desgaste rutinario de las colas para tomar un camión, la prisa y el miedo de llegar tarde, el deseo de encerrarse en el baño para leer una novela y olvidar al jefe. Aun los escritores de ciencia ficción necesitan tener los pies anclados en la tierra y nada nos ancla más que la economía.

He renunciado muchas veces a un trabajo bien remunerado para terminar una novela, que a veces publiqué y otras no. Jamás pedí una beca en esas ocasiones, viví de mis ahorros y de la paciencia de mis amigas, cuando no de los regalos de mi mamá, esperando que cuando terminara de hacer lo que debía hacer alguien me volviera a ofrecer un empleo. El trabajo, como la escuela, es una cárcel donde aprender lo que nos será necesario cuando salgamos de ella. Además tiene pausas, permisos: cuando estoy de vacaciones, yo dejo fluir el tiempo sin hacer nada. En el campo o frente a una bahía, miro las gaviotas volar desde una hamaca, camino unos pasos, duermo la siesta, me acuesto a las ocho de la noche y me despierto con el alba para seguir gozando del ocio. De repente, algo podría meterse en mí, la semilla de un cuento, una novela o un sueño con los ojos abiertos.

Si eso realmente sucede, empezaré a escribir en una hoja de cuaderno, en el revés de una servilleta, tomaré notas, me llenaré de emoción, buscaré por doquier datos para seguir adelante. Aun a sabiendas de que mi novela durará más que el tiempo de las vacaciones y la terminaré entre los horarios de la oficina y las clases, la prisa por la redacción de un texto de presentación del libro de una desconocida, la obligación moral de mi militancia, las idas y venidas de la escuela de mi hija, la lavadora, el trapeador y la cocina, la tarea de matemáticas, el dentista y el contar los centavos para llegar a fin de mes. Todo ello aderezado por las ganas de caminar en silencio con un amigo, leer un poema húngaro o un libro de historia chileno, mirar una película de Kiarostami o un cuadro de Carlos Gutiérrez Angulo.

Así también se construye la libertad de decir. Aquélla que vive del deseo y es, como la poesía, ingrediente de toda literatura.

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