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Francesca GARGALLO, “¿Qué podríamos entrender por valores feministas?”, Chilpancingo, Guerrero, 15 de enero de 2008.

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¿Qué podríamos entrender por valores feministas?

Francesca Gargallo

Chilpancingo, Guerrero, 15 de enero de 2008

En 1917, Emma Goldman, escribía que la ética y las convenciones morales son una tiranía interna mucho más dañina a la vida y sus procesos que las tiranías externas contra las que luchamos para emanciparnos.[1] Detengámonos un momento sobre qué es esta tiranía, eso es si la ética es sólo un código de comportamientos hegemónicos y en qué se sostienen las convenciones morales, aquellas que vivenciamos como prisiones de nuestros deseos, como censuras a la expresión de nuestras ideas y anhelos, o bien como caminos para la buena vida, como actos que realizamos porque les damos preferencia en circunstancias concretas, sea porque los creemos buenos en sí sea por su mayor urgencia. Descubriremos entonces que éticas y convenciones se sostienen en asignaciones, difieren de cultura a cultura, pero tienden a afirmar su universalidad para justificarse. Algunas éticas entienden que su elemento universal es formal y que es un “valor”, algo que –más o menos- equiparan a un deber ser, separándose así del ser empírico, histórico y contingente.[2]  Otras pretenden sostenerse en valores pluriformes, que fundamentan un perfeccionamiento esencial de las personas, cual se desprendieran de una especie de “sentimiento intencional del valor”,[3] pero muy complejo, que enlaza las emociones con el conocimiento del bien. Finalmente hay éticas que afirman que las prácticas morales entrañan la necesidad de elegir entre varios actos posibles y que esta elección se funda en preferencias determinadas por las consecuencias que tendrán. Esta elección supone que preferimos lo que es más valioso moralmente para nosotras/os.[4]

Hace un año aproximadamente, en esta misma universidad de Guerrero, decíamos que al hablar de valores nos referimos a algo que tiene que ver con la valía, la estimación, no sólo monetaria, sino también estética, política y ética de una actitud, una vivencia, un objeto o una idea. El valor de algo se relaciona con su utilidad, su precio, la carga de respeto ciudadano, la dignidad que le es reconocida como propia. Por lo tanto, el valor es algo asignado. Nada tiene valor en sí; ni el oro que lo adquiere en el intercambio comercial por sus características de escasez, divisibilidad, pureza; ni la belleza, que lo adquiere con base en consideraciones raciales, geográficas y morales; ni lo bueno, que lo adquiere con base en un proyecto de vida humano (Sartre), la esperanza que le asignamos (E. Bloch) y su comunicabilidad (Habermas).

Lo asignado es histórico y no hay una historia sino varias, a la vez que en ellas nunca se manifiesta una concordancia de todas y todos los seres humanos. La historia no tiene naturaleza, es contingente, contradictoria, nunca predeterminada, y, sin embargo, es lo que más se acerca a la idea que lo humano se hace en el tiempo según sus cualidades, a una costumbre que nos lleva a tener ciertas respuestas frente a ciertas situaciones, a actuar de acuerdo con ciertas pautas. Todos los estímulos que provienen del quehacer humano cambian la historia, pero muchos de estos estímulos a su vez provienen del desenvolvimiento de algo previo que ya está manifiesto en la historia. Estoy intentando decir que si bien los valores son asignados por el sector dominante de una determinada sociedad a lo que aprecian, a su vez influyen en las actitudes, elecciones, posicionamientos de los grupos humanos que los sostienen, les obedecen o los enfrentan. Eso es: los valores no existen en sí, pero actúan en la historia, se transforman en costumbres y, fácilmente, en obligaciones morales, tanto como en procesos de subversión. Hay valores conservadores, es decir valores que comparten los sectores privilegiados de una sociedad, y valores subversivos, aquellos que comparten los grupos que quieren cambiar el orden dado.

Este preámbulo viene al caso porque hoy, finalmente, reconocemos que no existe un feminismo, sino diferentes prácticas y teorías feministas que se relacionan tanto con el origen social, étnico y político de las feministas, como a condiciones históricas, a sistemas económicos y a preferencias sexuales. Todas ellas intentan subvertir y ofrecer valores alternativos a los asignados a las mujeres en la sociedad. No obstante, hay valores sumamente respetado por algunas feministas, a los que otras dan menos importancia. Las liberales de mediados del siglo XIX  y las feministas institucionales de finales del XX, por ejemplo, se relacionan con una idea de igualdad a la que otorgan un valor positivo absoluto, mientras que las feministas que reivindican una positiva diferencia de la cultura de las mujeres para con los parámetros de la hegemonía cultural masculina no valoran la igualdad como una cualidad política en sí, sino tan sólo como un instrumento de no discriminación necesario para acceder a la expresión de la propia diferencia. Su posición podría resumirse en un lema semejante: iguales ante la ley, pero jamás negadas como colectivo por la igualdad con los hombres.

Así las cosas es tan difícil definir los valores feministas como los valores morales en sí; aunque podemos asumir en lo general que los feministas son valores políticos que se relacionan con la necesidad de subvertir toda cultura de opresión, pues se erige sobre la base de la supremacía masculina.

Las feministas coinciden en que la superioridad masculina es un acto de prevaricación, que la violencia contra las mujeres es fruto de un pacto de impunidad entre los estados conservadores, las iglesias y los individuos de sexo masculino en contra de la autonomía de las mujeres, que no existen naturalezas femeninas y masculinas y por lo tanto que, fueran heroicos o de santidad, cuando una cultura determinada –y todas lo hacen-  asigna a los miembros, las instituciones y las prácticas de su sociedad valores “masculinos”, casi todos ellos activos y dominantes, y valores “femeninos”, es porque necesita “naturalizar” la sumisión, obediencia, abnegación, abstinencia de las mujeres como grupo, logradas a través de su represión. Esta naturalización subyace al proceso de asignación de los valores conservadores que las feministas, desde diferentes perspectivas, intentan subvertir.

De tal modo, los valores feministas se manifiestan como un conjunto de acciones de transformación y no como palabras de un ordenamiento tendientes a lograr conductas, discursos y prácticas deseadas por figuras de autoridad. Los valores feministas se relacionan con la historia de resistencia de las mujeres a su discriminación.

Cuando retoman esos valores que muchas sociedades consideran universales, lo hacen para resignificarlos radicalizándolos. Más allá de admitir su necesidad porque sirven para poner freno a la violencia y permitir una convivencia humana pacífica, de intercambio y de respeto mutuo, dan un valor material, fáctico, histórico a la honestidad, la equidad, el respeto a la vida y la libertad. Las feministas vuelven a la raíz[5] del valor de la vida, la relacionan con el derecho a vivir libres de violencias físicas, emotivas y morales, y, por ende, radicalizan el pacifismo como corriente política, mismo que se ha manifestado una y otra vez en la historia de las mujeres como colectivo no dominante. Igualmente, vuelven a la raíz de la justicia y fundamentan la equidad como acción para la rectificación de la ley cuando demuestra su incapacidad para superar el sexismo, el racismo, el clasismo y la supremacía de los sectores urbanos alfabetizados que les son inherentes.

Como todo movimiento de liberación, los feminismos cuestionan los valores de la sociedad en que se manifiestan, y actúan políticamente para redefinirlos. Según Marta Monasterio Marín, “el feminismo, como concepto, como fenómeno, como ideario, como movimiento social y político -independientemente de sus múltiples y diferentes perspectivas y estrategias- ha supuesto desde incluso antes de que fuera conceptualizado, un movimiento que se enfrentaba- y se enfrenta- al patriarcado, el sistema de dominación más antiguo de la historia de la humanidad y, posiblemente, al más sutil y difícil de identificar en algunos momentos. En este sentido, las mujeres que desafían al patriarcado se convierten en sujetos políticos que cuestionan las estructuras de poder y de opresión, a la vez que libran una batalla moral, o ética, porque su propia existencia plantea una crítica a los valores establecidos”.[6]

Valores y objetivos feministas se afinan en la práctica de liberación. Ahí donde la libertad deja de ser un concepto absoluto trascendente y adquiere una dimensión corporal sexuada, su búsqueda es a la vez una práctica de autonomía, un valor de equidad y un proyecto porque pasa por la crítica profunda, radical, del patriarcado y encamina sus esfuerzos al reconocimiento de la política de las mujeres.

Ninguna sociedad ha menospreciado la tarea de otorgar a su gobierno una valoración positiva y hasta las dictaduras han construido sus imposiciones como acercamientos a normas virtuosas de convivencia. Los racismos siempre han construido jerarquías entre grupos humanos basados en entelequias como, precisamente, las razas, es decir rasgos fenotípicos a los que daban una valencia superior o inferior, en nombre de que esta jerarquía era buena por necesaria y justa. El trabajo de las filósofas/os siempre fue el de denunciar estos ejercicios de valoración como falsos. La denuncia filosófica de un error conceptual implica la deconstrucción de la argumentación, mediante una revaloración ética y política (y revela la función política y ética de la argumentación misma).

Ahora bien, todas las sociedades conocidas son patriarcales, en el sentido que prefieren, en diversos grados, las razones y las características laborales, económicas, físicas, de los hombres, convirtiéndolas en hegemónicas. La subyugación de las mujeres se deriva de ello. La labor feminista es afirmarse positivamente mujeres, revirtiendo esta subyugación y liberando al colectivo femenino –y a todos los grupos feminizados por la cultura, como los son los y las niñas, las culturas no hegemónicas,[7] las sexualidades que no responden al afán reproductivo masculino-, lo cual implica valores subversivos de la moral dominante y sus estereotipos, así como metas y objetivos específicos que enfrentan tradiciones, a la vez que recuperan las que fueron negadas en los procesos de dominación (los usos y costumbres de pueblos sometidos por el colonialismo), y proponen formas flexibles de convivencia.

Los valores políticos de los feminismos no se restringen al ámbito de lo público y a las decisiones de partidos políticos, instituciones o gobiernos, pues impregnan todos los aspectos de nuestras vidas, se encuadran en el marco de la acción privada, social y de relación. “Lo personal es político” no fue sólo un lema del movimiento de liberación de las mujeres en las décadas de 1960-70, sino una radiografía de la política en general, que sólo la mirada no hegemónica de las mujeres podía descifrar. El valor dado por las mujeres a lo personal, que históricamente fue el único ámbito de relación que no le ha sido prohibido, reveló que la política toda es trabajo de día a día, que se efectúa en cada espacio, en cada momento, con las ideas de las personas de todos los grupos sociales, con sus actos y sus cuerpos. En la actualidad, hay actitudes conservadoras que pretenden devolver un espacio específico, masculino y económicamente dominante, a un grupo o “clase” política, especializada y separada de las experiencias cotidianas. Este remite su acción a valores atemporales y descorporalizados, cual si existiera una justicia en sí, y no una actitud de justicia para con los seres humanos concretos de cada sociedad y del mundo. Urge recuperar el impulso de decodificación y radicalización de las prácticas éticas que en política significan diluir las fronteras de lo privado y público, mezclarlos y alimentarlos de sus respectivas experiencias. Se trata de actuar políticamente los valores del feminismo, acción política que Hannah Arendt relacionaba con el momento en el que el ser humano desarrolla la actividad que lo diferencia del resto de los animales, la capacidad de ser libre, de trascender lo dado e iniciar algo nuevo.[8]

Hannah Arendt no era una feminista, nunca se identificó con su cuerpo sexuado, sin embargo hacía filosofía política desde la crítica a las hegemonías (que ella llamaba totalitarismos), y por lo tanto conceptualizaba a la política en términos muy semejantes a los feministas, resultando atractivo aplicar sus puntos de vista a las mujeres en cuanto individualidades que actúan incidiendo en el mundo en el que viven. Pensarse libre como mujer, por lo tanto, implica una relación entre pensamiento y acción, entre proyecto de liberación y actividad política que refrenda que “la libertad se muestra en la acción, en la intervención en el mundo para hacer aparecer algo que previamente no existía. Pensar es un ejercicio en soledad y, en cambio, ser libre es actuar, lo que requiere la participación de otros seres humanos”.[9]

Los valores políticos que se expresan en las teorías y las prácticas feministas son asignados por las mujeres a la acción ética tendiente a la construcción de relaciones sociales, personales y colectivas, flexibles, no dominantes, multidisciplinarias y, sobre todo, emancipatorias. Son valores anticapitalistas en cuanto se oponen a todas las valoraciones positivas de las opresiones y desigualdades que el capitalismo necesita y fomenta para que su estructura de dominio no pierda efectividad. A la vez, son valores antisistémicos en cuanto plantean la autonomía y la libertad como virtudes fácticas de las personas en armonía con su entorno natural y social.

Construidas social y culturalmente, las mujeres como los hombres sufren la asignación de valores a sus conductas y ubicaciones sociales por parte de los grupos hegemónicos, pero al afirmarse como colectivo autónomo enfrentan esos valores mediante la reelaboración de la idea de sí y de la idea de mundo. Este enfrentamiento es una decodificación, una desnaturalización, una historización de los valores que se realiza cuando el diálogo se abre a la posibilidad de nombrar el mundo desde otro lugar que el sitio en una jerarquía fija asignado a las personas por los valores hegemónicos. Hablar entre mujeres como mujeres de un mundo visto desde el cuerpo de una mujer sigue siendo hoy una actitud política subversiva que atañe a toda la definición de ser humano en el mundo.  

Si bien a lo largo de la historia a las mujeres como colectivo se nos ha asignado una posición subordinada y se nos han adjudicado una forma de ser y unos roles que condicionan nuestras vidas, el feminismo al recuperar el valor de quien no ha debido ni podido perpetuar el poder de dominación, nos ha convertido en esos sujetos políticos que tienen la posibilidad de radicalizar las posturas no fundamentalistas, libertarias y críticas de lo humano que no se identifica con lo masculino dominante, y que puede reconocer como valores políticos y éticos una libertad y una justicia relacionadas con lo personal, lo afectivo y lo no violento de la búsqueda del consenso mediante la mediación entre personas, culturas y con los otros seres vivos del planeta.


[1] Goldman, Emma, “The tragedy of woman’s emancipation”, en Anarchism and other Essays, Londres, Mother Earth Publishing Association, New York A. C. Fifield, 1917, en: http://sunsite.berkeley.edu/Goldman/

[2]Por ejemplo, ver el neokantismo de Heinrich Rickert, Ciencia cultural y ciencia natural, Espasa-Calpe Argentina, Buenos Aires, 1945 (2 edición en español, la primera prologada por Ortega y Gasset en 1922).

[3] Por ejemplo, para  Scheler ética y teología casi coinciden, ya que afirma la realidad de los valores como esencias que son y valen por sí mismas, trascendentes al ser humanos, universales, absolutos y eternos. Max Scheler, Ética, 2 vols., Revista de Occidente, Madrid, 1941.

[4] A pesar de que Adolfo Sánchez Vázquez, así como otros filósofos y feministas latinoamericanas (Arturo Andrés Roig, Margarita Pisano, etcétera) subrayan la diferencia entre moral y ética con base en sus problemas, aquí –por motivos exclusivamente expositivos- utilizo en sentido general la palabra “ética” para referirme al conjunto de normas y valores que dirigen la acción moral. En cuanto a una moral práctica de la elección, ver: Adolfo Sánchez Vázquez, Ética, tratados y manuales Grijalbo, México, 1969, pp. 114-115.

[5] Retomo de Andrés Arturo Roig y Horacio Cerutti la idea que radicalizar es volver a la raíz de algo, es reasignarle un significado que lo sostenga.

[6] Marta Monasterio Marín, “¿El feminismo es una teoría política o una ética?”, Instituto Complutense de Estudios Internacionales, VII Magíster en Género y Desarrollo, Madrid,  2005 www.mujeresenred.net/iberoamericanas/IMG/doc/Feminismo_y_politica_-_Ensayo_Modulo_I.doc

[7] Recordemos que en el imaginario colonial, que se reproducía en dibujos y tropos literarios, América era una mujer a dominar (bella y brutal como caníbal), los indios débiles como niños y, frecuentemente, “sodomitas” a enderezar.

[8] Hannah Arendt, La condición humana, Paidós editorial, Barcelona, 1998, p. 200.

[9] Maite Larrauri, La Libertad según Hannah Arendt. Filosofía para profanos nº 3, Tándem edicions, Valencia,  2001, p. 24.

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