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Publicado también en: Francesca GARGALLO, “Qué divinidad inspira a una creadora o de la musa propia que una mujer invoca”, revista Casa del Tiempo, Universidad Autónoma Metropolitana, Vol. VI, época III, n. 40, mayo de 2002, pp. 58-60, ISSN: 0185-4275, http://www.uam.mx/difusion/revista/may2002/gargallo.pdf (o a través de Vista rápida)

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Qué divinidad inspira a una creadora o de la musa propia que una mujer invoca

Francesca Gargallo

No soy nada original. No he podido leer una sola vez las primeras quince páginas de El libro de Eli, de Anna Murià (México, Juan Pablos, 2001), sin que la garganta se me cerrara de la emoción. He compartido los ojos acuosos con dos filósofas, tres sociólogas, una poeta y dos historiadoras, a las que se las leí en voz alta. Ningún hombre ha llorado conmigo. Y es obvio. Anna Murià está al inicio del arrebato místico que empuja una creación consciente de sí, reinaugura la sacralidad de la palabra de las mujeres. Un grito no al cielo sino a la concreción matérica, vital, mortal de la divinidad: Anna Murià invoca a un pequeño dios niño, a su hija, para pedir el mérito de la milagrosa sencillez que se necesita para escribir.

Atesoro desde la secundaria los primeros versos de La Ilíada, ahí donde el ciego canto de la memoria de un pueblo pedía a una divinidad el canto mismo. Se trataba de una divinidad femenina, una musa, pero al servicio de la memoria masculina, la que necesitaba de la ira funesta de Aquiles para explayar sus razones. Con la poesía masculina siempre he vivido sentimientos dobles, amo a Aquiles sólo porque se enfureció con Agamenón y lo retó por haber usado su nombre para poder asesinar a Ifigenia, la hija de una madre. Amo a Aquiles porque es el joven aprendiz amante del guerrero pederasta Patroclo, por el que volverá a la guerra, aunque eso le signifique la muerte. Amo a Aquiles amado por su madre. Todo el resto no se lo creo. Así como nunca pude creer a ese otro canto del terror masculino que es Medea, la que mata a sus hijos por amor de un hombre, por venganza sobre un hombre. Las mujeres matamos a nuestros hijos sólo porque los amamos demasiado o porque nos son ajenos, no hay muerte por otros, hay muerte por sí.

O hay vida. Y ésta es el libro de Anna Murià. Ésta es su poética: la vida es materia, la materia canto, el canto libertad.

Libertad. La que dice no te voy a enseñar nada porque todo has de descubrirlo sola, pero te dejo mis recuerdos. Y la que hace que El libro de Eli sean dos libros: quince páginas sobrecogedoras y una novela. Buena, por cierto, pero simplemente una novela donde las palabras, los personajes, los dioses de sencillez y fuerza de las primeras quince páginas se convierten en personajes, sujetos fragmentados en diversas situaciones.

Déjenme hablar de las primeras quince, sobrecogedoras, páginas. Hay en ellas una voz femenina histórica, la que hace patente la parte de verdad que vincula nuestras vidas de mujeres a nuestras fantasías y a las fantasías que las y los demás tienen sobre nosotras. Las personas que nos rodean son tan partícipes de nuestras vidas que las viven a escondidas, como la madre de la hija ausente, y nos descubren, nos describen, nos impulsan. Tanto que vuelven cierto, y yo lo he experimentado, que la libertad sólo existe en la soledad cuando ni siquiera los ojos de las personas amadas nos rozan.

Este es el libro de la escritura de leche y libertad. El libro de la hija como la diosa, la diosa prestada, iluminadora y que, a la vez, necesita de nuestra luz. ¡Qué diferente la humanidad si las religiones se hubieran quedado en el estado maravillado del ser que despierta al milagro de la vida encarnada! Encarnada en una otra que nunca es la dadora de vida. Diosa es la hija, no la madre: este es el secreto de El libro de Eli y también la primigenia envidia del hombre. Diosa es quien encarna, ignorante y libre de su don, la totalidad de la vida y de la muerte. La totalidad de su olor a vida nueva, de su piel lisa, de su futuro abierto y de la herida que queda en la piel de la madre por saber que la divinidad es absolutamente humana y por lo tanto mortal.

Hubo días, cuando mi hija Helena vivía pegada a mis tetas, que quise, necesité, inventar una lengua para expresar lo que sentía. El italiano, el francés, el castellano, mis tres lenguas, no tenían palabras para expresar la felicidad de la entrega, la libertad del compromiso, la responsabilidad de mitigar los controles sociales que siempre quieren apresar, medir, limitar el caos de la felicidad en la relación madre-hija. Relación que la madre siente porque la hija está, pero de la cual la hija tiene derecho a sentirse libre. Entonces, me dije, hay que inventar una lengua para ello. No supe hacerlo.

Anna Murià también abandonó El libro de Eli y escribió una novela. El libro de Eli, como mi lengua no inventada, son testimonios de que la divinidad requiere silencio. Anna pide perdón a Eli por no entregarle uno a uno sus recuerdos. Por no ofrecerlos demudada como una libación a los pies de la estatua que a pesar suyo estaba erigiendo a la diosa niña. Anna era, es, demasiado libre para encadenar a quien ama a su culto. Para construir un ser libre, y en eso Anna Murià nunca perdió el hilo que hace día tras día al ser humano constructor- descubridor de la divinidad, para construir un ser libre hay que alejarse, dejarlo ser, adorarlo desde un retraimiento gozoso que no implica aniquilación del yo. Anna Murià frente a su diosa niña tuvo la misma intuición que Spinoza: la creación es la divinidad de Dios y para lograrla Dios tuvo que dar un paso atrás.

Cuando leí las primeras quince páginas de El libro de Eli a mi amiga Urania Ungo, la directora, la académica, la filósofa, la miré. Nuestros ojos estaban húmedos. No de dolor. De una felicidad que quita el aliento: había un libro, una escritura que recuperaba la experiencia silente de ser madres de diosas: un libro que nos nombraba.

Somos madres lectoras, mujeres cultas. Nos hemos emocionado con pensamientos complejos y con escrituras ágiles. Presentamos libros, escribimos ponencias, yo además soy una narradora. Pero nada hasta El libro de Eli, hasta la lengua de Anna Murià, nos había hecho tan devotas de nuestro destino.

Sé que estoy hablando de quince páginas de un libro de doscientas, pero para mí equivalen al Gilgamesh. El resto es literatura. Grandiosa por momentos, habitada por la misma voluntad de no juzgar, de dejar pistas a otras interpretaciones del hecho apenas descrito, pero literatura al fin. Como toda la buena.

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