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Francesca GARGALLO, “Utilizando la metáfora del naufragio y el salvataje para explicarnos los feminismos y la autonomía feminista en el clima actual de capitalismo global. La urgencia de retomar nuestra radicalidad”, conferencia para las jornadas Feminismos en Bolivia, panel “El feminismo autónomo: explorar su trayectoria”, que promovió Conexión Fondo de Emancipación, La Paz, leída el 6 de octubre de 2011.

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Utilizando la metáfora del naufragio y el salvataje para explicarnos los feminismos y la autonomía feminista en el clima actual de capitalismo global.
La urgencia de retomar nuestra radicalidad

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Francesca Gargallo

Jornadas “Los feminismos en Bolivia”, promovidas por Conexión Fondo de Emancipación

Panel A: El feminismo autónomo: explorar su trayectoria, La Paz, 6 de octubre de 2011

A 40 años de haber emprendido importantes acciones colectivas para emanciparse de la tutela del estado, los partidos, las iglesias, los sistemas de salud, la autoridad familiar y los sistemas educativos, las feministas hoy nos percibimos como náufragas de un poderoso movimiento, donde entre las aguas revueltas se levantan cabezas de mujeres muy visibles.

No es una situación inédita en 200 años de historia feminista,[1] pero es la primera vez que cruentas y espectaculares represiones[2] contra los cuerpos de las mujeres y el accionar femenino se multiplican, mientras en todos los países se impulsan leyes que tienden al reconocimiento de los derechos de las mujeres a no ser discriminadas en la vida pública, a no sufrir violencia en la vida privada y a tener un acceso paritario a la representación política.

Estas leyes son fruto de nuestra rebeldía, no existirían de no ser que las mujeres nos tomamos las calles, las aulas, la dirección de muchos movimientos sociales, asumiendo una autonomía frente a la tradición política, familiar, social y religiosa que nos quería a la vera de una dirección masculina. No obstante, la promesa de obtener estas leyes ha sido también la zanahoria que se nos ha mostrado para que como burritas no nos desviáramos de la senda donde el patriarcado nos re-condujo después de que invadiéramos todos los caminos. Y esa senda se llama “políticas públicas”.

Más adelante voy a ahondar sobre cómo lo hizo, pero para darme a entender es indispensable que antes recuerde algo que todas sabemos. Primeramente, que el feminismo como construcción colectiva de las mujeres impulsó su autonomía como liberación de los condicionamientos de los proyectos políticos masculinos. Por ello, las feministas de la década de 1960 empezaron a indagar en la historia de las mujeres con qué identificarse, que no viniera de una definición ajena, y construyeron sus propios métodos y formas para regular su estar, participar, actuar independientemente de los hombres en todas las esferas de la realidad. Y, en segundo término, que la autonomía feminista significó un terremoto, un verdadero deslizamiento de placas tectónicas en medio de la mar océanica [para seguir con la metáfora marítima] para el ordenamiento capitalista de las sociedades, tanto en Europa y Estados Unidos como en el mundo otrora colonizado, que seguía arrastrando un acendrado racismo y una racializada misoginia.

Autonomía no es contraste, no es lucha, no es confrontación, pero bien puede implicarlas, pues quien se asume actora de su propio destino, libre del condicionamiento de una autoridad externa, si ha sido excluida de esa posibilidad, necesita rescatarlo de los poderes que la excluyen. Gracias a la autonomía feminista, las mujeres hoy son sujetos socio-políticos, pero su emancipación ha despertado una animadversión brutal en las personas e instituciones acostumbradas a regular el comportamiento femenino mediante presiones, influencias e imposiciones.

La respuesta feroz del sistema a la liberación de las mujeres ha implicado un repunte misógino que hoy se manifiesta como descarnada violencia de género en todas las sociedades y en particular en sus laboratorios sociales: México y Guatemala hoy son matrices de la actitud feminicida[3] que pugna por manifestarse en toda Nuestra América y el mundo.

Por suerte, son también matrices de una resistencia y transformación feministas sin precedentes, gracias a la reelaboración positiva del significado de las diferencias entre mujeres y al despliegue de una pluralidad de formas autogestivas y horizontales de hacer política.

En los últimos veinte años, las feministas se han dado cuenta de que la homogeneidad de las demandas facilita el control externo de las aspiraciones y, por ende, pone en riesgo la práctica de relaciones humanas alternativas a las que el patriarcado impone, sea entre mujeres, sea entre mujeres y hombres.

Un feminismo que se contrapone a las políticas públicas a favor de las mujeres  confronta las nuevas prácticas de dominio patriarcal, disfrazadas en ocasiones de acciones delincuenciales particularmente crueles contra los cuerpos, la sexualidad y la vida de las mujeres, que los medios publicitan grandemente a través de una impúdica reproducción de  imágenes de la violencia, políticas y medios que a su vez homogeneízan las demandas y necesidades de las mujeres.

Por supuesto, las políticas públicas a favor de la emancipación legal de las mujeres y de su derecho a una vida libre de violencia se sostienen sobre el paradigma dominante de que la discriminación puede revertirse mediante una legislación que la controle; pero la realidad misógina contemporánea se manifiesta precisamente en la esfera de la más atrevida violación de la legalidad.

De ahí que las diversas, dispersas, heterogéneas y, en ocasiones, subterráneas acciones feministas autónomas, buscan potenciar relaciones más que impulsar leyes, entablar diálogos más que organizar convenciones, para abrirse a destejer paradigmas dominantes de qué es la liberación para las mujeres, considerando los lugares desde dónde las concretas mujeres de Nuestra América (indígenas, desempleadas, campesinas, intelectuales, jóvenes urbanas, afrodescendientes, artistas, estudiantes, trabajadoras precarizadas) enfrentan las formas de opresión, dominación y centralización que terminan por, una vez tras otra, criminalizar su denuncia de la injusticia y su protesta.

La capacidad de los colectivos y grupos feministas de prefigurar las prácticas que pueden sustituir la violencia contra las mujeres que ha repuntado después de años de descenso, implica una perspectiva de cambio de las articulaciones sociales, de las percepciones de lo que es verdadero, bueno y bello, de las costumbres y de los entramados sociales que conllevan disensos internos y conflictividades.

El proyecto histórico de las mujeres, el que las hace sujeto vivo de su definición público-privada, se hila y teje colectivamente. Necesita de nuestra capacidad de retomar hilos, costurar rotos, deshacer nudos, remendar distancias, zurcir conflictos para continuar el proceso de liberación de todo condicionamiento de autoridades externas. Sin embargo, ahí donde la tela se carcome por la traición del proyecto histórico feminista a través de la imposición de un paradigma dominante de liberación individual, que en realidad es una masculinización de las mujeres,[4] las mujeres vuelven a estar subsumidas en el sistema patriarcal que las utiliza contra su propio bienestar. El peligro estriba en la presentación de este paradigma como único y dominante, porque con ello se esconden las críticas a la subordinación, al autoritarismo y a las jerarquías de los proyectos feministas autónomos que han acompañado la historia del movimiento feminista de los últimos 40 años.

En efecto, como mencioné, hace poco más de cuatro décadas, la historia de las mujeres se modificó radicalmente por la voluntad de las mujeres mismas de constituirse como un sujeto socio-político, no natural, autodefinido, libre de los condicionamientos de un complejo sistema de preferencia de lo masculino, que llamaron sistema patriarcal.

Eran casi 200 años que desde posiciones políticas cuales el liberalismo y el socialismo, en Europa, y diversas gestas independentistas en América, las mujeres venían pidiendo derechos al interior del mundo patriarcal, básicamente derechos a la educación, económicos y políticos. Pero a mediados del siglo XX, se reconocieron como un sujeto colectivo, con una identidad femenina en construcción, cargada de sensibilidades políticas diversas, dependiendo de las culturas e historias nacionales, étnicas y religiosas, de la condición de pertenencia al grupo colonizador o al grupo colonizado, de la necesidad de destejer su racismo y clasismo y de la fuerza de sus propuestas epistémicas. Un sujeto que acomunó a mujeres concretas en diálogo. Un proceso de sujetización radicalizado y potenciado por el trabajo de las lesbianas y las negras…

Esta modificación de la historia de las mujeres sacudió los sedimentos patriarcales porque las feministas impulsaron un proceso emancipatorio independiente del colectivo masculino. Es decir, prefiguraron la autonomía feminista a la vez que la organizaron como su forma de hacer política.

La autonomía feminista implica el rescate de las mujeres de una humanidad binaria, es decir de una organización social escindida que menosprecia a las mujeres y vuelve invisible su economía, para exaltar toda actividad que resalta las figuras masculinas.

La humanidad binaria es compulsivamente heterosexual y obsesionada por la sexualidad entendida como ejercicio de posesión y depredación del cuerpo femenino que puede reproducir la vida. Esconde la presencia activa de las mujeres en la economía de la vida, negándole la representación de la totalidad de la misma humanidad (se pretende que hombre signifique ser humano, pero no que mujer sea su sinónimo), y construye la figura de un par dicotómico, subordinado y pasivo, del hombre, quien se abroga el derecho de suplantarlas en el ámbito público, escondiéndolas a los ojos de todas las autoridades y logrando invisibilizarlas hasta ante sus propios ojos.[5]

La autonomía trae aparejado, por lo tanto, un horizonte de cuestionamiento y cambio del sistema económico que rige todos los ámbitos de la vida. La organización de la escuela y los contenidos educativos, la práctica de la medicina, la familia nuclear moderna, las religiones eclesiales y la división social de clases (complicada en América, Asia y África por las jerarquías racistas coloniales) han sido sacudidas de distintas formas por una afirmación feminista: “Yo soy mujer, me represento a mí misma y me reconozco en otra mujer”.

Esta mirada autónoma sobre el colectivo femenino dio lugar a la posibilidad de un cambio tan profundo del sistema capitalista, que bien pudo acabar con él. Recordemos, en efecto, que durante los últimos cinco siglos el sistema capitalista -desde su fase primera de acumulación originaria hasta su actual fase final de monopolio globalizador- ha descansado sobre un trabajo que se realiza obligatoriamente de forma gratuita y que ha sido asignado a las mujeres mediante varios mecanismos represivos.[6]

Sin el indispensable trabajo de reposición de la vida, ningún sistema económico se sostiene. La reposición de la vida es el trabajo de devolverle cotidianamente vida a una clase trabajadora exhausta por la jornada laboral. Su finalidad es garantizar la alimentación, la vestimenta y el descanso de las y los trabajadores en un ambiente higiénico, y también  reproducirlos físicamente, produciendo a la vez las redes de sostén familiar que permiten resistir las crisis económicas y anímicas, así como las enfermedades, la vejez, la primera infancia y otras situaciones de dependencia.

Estas redes, verdaderas creaciones sociales del trabajo doméstico, por lo general aseguran la continuidad histórica de la sumisión femenina dentro de la familia. Son indispensables para la sobrevivencia de las y los trabajadores como clase, repiten patrones y sostienen estructuras, cristalizando las relaciones de género. Pero pueden resistirse al sentido que busca imponer el capitalismo a las familias en su fase expansiva, modernizadora y globalizante. Por ejemplo, en la actual etapa globalizadora, el capitalismo exige una “moderna” explotación de la mano de obra y de la tierra, que interviene contra las estructuras comunitarias, que ubican en un mismo lugar jerárquico actividades muy diferentes, asignadas a hombres y mujeres, pero no detenidas en ellos, y que van de la organización familiar a las festividades asociadas con la siembra y la cosecha. Para “modernizar” (ergo optimizar para incrementar) su explotación, el capitalismo desteje el entramado de relaciones público-privadas, privatiza el trabajo doméstico y explota el mundo que reconoce como público a través de volverlo su interlocutor.

No obstante las adecuaciones de las formas de explotación, durante todo el capitalismo el trabajo de reposición de la vida no ha sido pagado y se ha realizado principalmente en un ambiente que los mismos mecanismos represivos que lo asignaron a las mujeres organizaron y definieron como “privado”. Privado es lo despojado, carente, excluido y separado de la mirada y los derechos de la colectividad. Privado es ese ámbito particular de la vida al que falta representatividad.

Que el sistema capitalista en su fase actual de expoliación descarnada, cuando ha descubierto que puede utilizar doblemente a la mano de obra femenina, sometiéndola a la explotación doméstica no retribuida y a la explotación salarial formal o informal (la así llamada doble jornada), imponga a los gobiernos de todos los países que impulsen la acción política de las mujeres en el ámbito público, debería llevarnos a reflexionar acerca de por qué intenta separar nuestro accionar político del ámbito privado, sobre todo cuando el más revolucionario descubrimiento del feminismo de la década de 1960 fue la indisoluble unidad entre el ámbito privado y público para la política y la economía de las mujeres.

Personalmente, ahora que me he agarrado de las raíces muy firmes del árbol de la autonomía feminista y puedo mirar hacia las aguas revueltas que ha dejado el naufragio del feminismo, veo que, empujadas hacia las políticas públicas e impulsadas por ellas, las cabezas que ahí emergen muy visibles no se ocupan, no pueden ocuparse, de lo carente de la visibilidad pública y optan por masculinizarse. [Pelos, pelos!!, digo, nombres de esas cabelleras!!]

Muchas de esas cabezas de mujeres visibles hacen descansar su fuerza pública en la actividad no remunerada, privada, de otras mujeres, seres doblemente feminizados por su trabajo invisible: campesinas, artesanas, empleadas y trabajadoras informales pauperizadas por la explotación del trabajo asalariado y la esclavitud doméstica.

Para hacerlo todavía más explícito, miro desde la copa del árbol que me sostiene que el éxito público de las mujeres visibles descansa en su posibilidad de actuar como hombres, porque tienen acceso al trabajo no remunerado o mal pagado de mujeres racializadas en sentido colonialista (en América Latina, invisibles mujeres indígenas y negras que no pertenecen a la élite blanca-mestiza y que han perdido su lugar en la cultura originaria por el despojo territorial al que fue sometida su comunidad), mujeres que migran hacia la ciudad u otros países en un clima de ilegalización sistemática de su libertad de movimiento, mujeres demasiados jóvenes o demasiado viejas para ingresar de manera competitiva al mundo de la explotación laboral asalariada.

Algunas de las cabezas femeninas emergentes todavía pueden nadar hacia las demás mujeres, agarradas de la tabla de la autodeterminación de los proyectos de las colectividades de mujeres, descentralizadas y no homogéneas, pero nadan contra la corriente. La mayoría de ellas, sin embargo, se ha cansado o sólo ha mirado hacia los barcos salvavidas desde donde las instituciones las están llamando.

Dado este panorama, que las Naciones Unidas y los organismos internacionales sostengan programas estatales de “políticas públicas” para las mujeres, ¿implica imprimirle velocidad a la corriente de privatización del trabajo no remunerado, para devolverlo al anonimato del silencio y la invisibilidad? ¿Es éste el fin último, no necesariamente explícito ni evidente ni siquiera consciente, del apoyo que el feminismo institucional da al entronizamiento de la esfera pública como rectora absoluta de las relaciones humanas?

Recordar la condición propiamente capitalista de lo considerado característico de las mujeres, es decir la condición obligatoria, condicionada y expuesta a la violencia legalizada del autoritarismo de quien hace el trabajo de reposición de la fuerza de trabajo – las mujeres que laboran en el ámbito femenino de lo doméstico-, implica recordar que esta condición no es natural ni universal; es resultado de la constante construcción y adaptación del sistema de género occidental como sistema sexista, desigual y jerárquico. No sólo no es natural, sino que debe ser continuamente forzada.

Creo que voy acercándome al porqué muchas feministas, como yo, tenemos la sensación de estar yéndonos a la deriva, mientras algunas mujeres adquieren poder dentro del sistema. Yo me sostengo de las ramas del árbol de la autonomía feminista, pero ¿cuánto puedo resistir si la corriente se lleva el bosque a mi alrededor?

Para salvar el bosque y no ser arrastrada por los flujos, necesito urgentemente visualizar las posibles causas del naufragio de nuestra historia feminista.

En la actualidad tenemos una percepción confusa, en parte ambigua y en parte transparente, de todos los movimientos sociales, y el feminismo no se escapa de ella. La primera ambigüedad que instala el capitalismo en su fase actual estriba en que, a la vez, exalta y condena lo social, mistificando las contradicciones entre su inalcanzada (inalcanzable) promesa de igualdad y prosperidad sin redistribución y sobre la constante actividad destructiva de la fuerza de trabajo (la penuria generalizada en la que vivimos desde que en la década de 1980 fueron golpeadas y aniquiladas las organizaciones gremiales y sindicales, con sus puntas extremas de pobreza femenina, es el instrumento con que el capitalismo actual azota a la fuerza de trabajo).

La segunda ambigüedad nace de la necesidad del capitalismo de esconder la dimensión global del rechazo que genera, por lo cual despliega una muy variada cantidad de luchas en el plano ideológico. Su discurso político intenta convencer al mayor número de personas de la inutilidad de la confrontación política (que algunos de sus teóricos confunden adrede con un hipotético “fin” de la historia), a la vez que impulsa una idea homogénea de educación, una estética del consumo, elementos permitidos de diversidad cultural (el así llamado “multiculturalismo”), cierta paranoia por la seguridad personal y social y una etiqueta de las relaciones afectivas. (Y el discurso de los DDHH desde donde se interpela a las mujeres como supuestas iguales, un terreno disputable pero que sigue respondiendo al patriarcado…)

Para no perdernos en los vericuetos que escarban estas ambigüedades construidas adrede, es importante darle credibilidad a nuestras sensaciones y reconocer que:

  1. El feminismo como movimiento amplio y masivo de las mujeres sigue, efectivamente, en retroceso debido al repunte del capitalismo, que se muestra más agresivo en su expansión global, y que necesita reconquistar el cuerpo femenino para extraerle el máximo de trabajo y riqueza, a través de métodos novedosos, como, por ejemplo, los ligados a las nuevas tecnologías reproductivas, que lo reducen a mero vientre, o tradicionales, como los de las migrantes reconducidas al rol de disciplinadas cuidadoras de personas ancianas o enfermas.
  2. La mayoría de las cabezas visibles del feminismo, no son tales. No se trata de mujeres que con su accionar debilitan la división sexual del trabajo, sino de especialistas y dirigentes femeninas que han obtenido el poder montándose en los hombros de las feministas a las que durante toda su escalada al poder han dado la espalda y que, una vez en el poder, intentan mediatizar, fingiéndose sus aliadas. Ninguna mujer ha llegado a la presidencia de un país, ni a la rectoría de una universidad, ni a un ministerio de salud, de educación o de seguridad por un proyecto feminista de gobierno ni apoyada por movimientos feministas. Pero ha utilizado a su favor la reivindicación de igualdad entre las mujeres y los hombres de los feminismos liberal y socialista y la impulsa como si condensara en sí todo el proyecto autónomo del sujeto feminista.
  3. En el movimiento feminista no hay ni pueden haber representantes, por lo tanto las mujeres que desde algunos Organismos No Gubernamentales se dicen tales, enarbolando agendas de trabajo para la obtención de cuotas de poder para las mujeres que votan y pueden ser votadas en el marco del empobrecimiento generalizado de la población mundial, no son feministas.

Estas dirigentes de ONGs en ocasiones han sido feministas, en otras no; podemos zurcir con ellas el tejido roto de nuestras aspiraciones colectivas o debemos reconocer que han vuelto a la dependencia de los proyectos patriarcales de dominación del colectivo femenino cuando sus demandas no salen del marco normativo de la democracia formal (eso es, que los estados garanticen la no discriminación de las mujeres con base en un modelo masculino de representatividad social humana y castiguen el ejercicio de violencias diversas contra el cuerpo y la propiedad privada de las mujeres).

Nuestro cuestionamiento a la institucionalización del feminismo de los partidos y las ONGs se dirige a la homogeneidad de sus prácticas y sus demandas, como si todas debiéramos sentirnos satisfechas por su impulso a las políticas públicas. Potenciando el diálogo entre mujeres, construimos nuevamente colectividades autogestivas entre mujeres para escucharnos y no abrogarnos la representatividad de las demandas de otras. Así criticamos que desde las políticas públicas no se vislumbre la libertad sexual de las mujeres, sino que se definan derechos sexuales y reproductivos. Nos permitimos criticar que dichos derechos reestructuran sin modificarlo el lugar asignado tradicionalmente por el sistema patriarcal a las mujeres en la relación social, reduciendo nuestra autonomía a un reducido número de elecciones en el campo de la reproducción humana.

Igualmente, cuestionamos en diálogo qué significa para nosotras que sean mujeres las que se yerguen ahora como representantes de un conjunto femenino indiferenciado que no las ha elegido, pretendiendo hablar en nuestro nombre. Por el propio principio de autonomía del cuerpo y las ideas de las mujeres reunidas entre mujeres, en el feminismo ninguna mujer representa a otra, aunque todas encarnamos, sentimos, nos solidarizamos y reconocemos como algo que nos concierne lo que le pasa a otra mujer por ser mujer.

 Estos tres reconocimientos permiten cuestionar los muy publicitados avances de las políticas públicas para las mujeres y traer a luz la sensación de retroceso en las condiciones de buena vida de las mujeres que algunas feministas percibimos. Revelan, asimismo, que nos encontramos en la urgente necesidad de radicalizar la reflexión del “entre mujeres”[7] para salvar a los árboles del bosque de la autonomía feminista de la inundación que puede podrir sus raíces.

Sólo esta radicalización nos permitirá encontrar cómo no seguir expuestas a la violencia masculina y evitar que nuestra economía (trabajo productivo, intelectual, reproductivo) sea  ahora devaluada en un clima extremo de condena de la diferencia, persecución de la disidencia, criminalización de la protesta, normalización de la exclusión y exaltación de la explotación laboral de las mayorías para la concentración de la riqueza en pocas manos. Radicalización sobre las vías que ya se han abierto por el feminismo y otros movimientos que apelan a la autonomía como horizonte de desaparición de los poderes y sus jerarquías; hay que dirigir nuestra mirada hacia esa radicalización porque, si no, nos hundimos, hacemos agua y nos hundimos…

Las mujeres al no encarnar el modelo hegemónico de humanidad -construido sobre el molde del hombre occidental sano- tenemos inscritas en nuestros cuerpos las condiciones históricas para ser muy desfavorecidas con el triunfo de este clima de normalización totalitaria y única. Pero tenemos en la autonomía feminista como prefiguración de relaciones entre mujeres y entre mujeres y hombres que estén fuera de la dominación patriarcal capitalista, la posibilidad de revertir todas las jerarquizaciones sociales que la normalización envuelve.

Con la globalización del capitalismo extractivo, monopólico y antipopular (a pesar de sus ambiguas promesas de liberación en un clima de empobrecimiento real de toda la fuerza de trabajo -mujeres y hombres-), el avance del proyecto de emancipación y liberación feminista se ha llenado de dificultades. A diferencia de hace 40 años, no podemos ya caminar pisándolo todo a sabiendas que nada se resistirá a la evidencia de las injusticias del patriarcado contra las mujeres. Las cabezas que emergen del naufragio feminista, y cuya visibilidad el patriarcado subraya con todos sus medios, sirven para demostrar que la normalización en clave masculina (a la que se hace coincidir con la igualdad entre mujeres y hombres) es posible, y que si la mayoría de las mujeres no obtiene igualdad, seguridad y riqueza es porque no se esfuerza lo suficiente para lograrlas. En otras palabras, las cabezas visibles que se yerguen altas en las aguas revueltas del naufragio feminista son utilizadas por el patriarcado como pruebas de nuestra culpabilidad.

Como bien me ha explicado Lorena Cabnal, feminista comunitaria xinka de Guatemala, la existencia de un sustrato patriarcal de preferencia por lo masculino escondido tras la supuesta equivalencia o complementariedad de lo femenino y lo masculino en las cosmogonías y sistemas numéricos y filosóficos de los pueblos mesoamericanos, ha permitido que con la conquista y colonización, el patriarcado occidental se agudizara y fortaleciera en América. Este “entronque de patriarcados” entre los elementos de dominación masculina locales y el sistema misógino católico y colonialista, según la terminología de la feminista aymara boliviana Julieta Paredes, se organiza tanto de cara a la sociedad blanca-mestiza y su organización racista y clasista (donde la división por “razas” implica la de clases y radicaliza la genérica, estratificándose de manera tal que la explotación laboral más brutal recaiga sobre las mujeres de los pueblos marginados de la historia nacional moderna) como al interior de las comunidades indígenas, donde el proceso colonizador todavía en acto coincide con la sumisión de las mujeres, utilizando elementos culturales ancestrales desubicados del proyecto histórico del pueblo.

El entre-mujeres en América practica hoy la crítica de las formas de construir, entender, transmitir los mitos de una historia nacional que se pretende occidental y masculina, porque se ha detenido en entender por qué al mismo tiempo que se festeja el empoderamiento de algunas mujeres blanca-mestizas en las estructuras patriarcales de poder, se está llevando a cabo una guerra de exterminio de las mujeres pauperizadas por las prácticas de expoliación de la globalización capitalista.

Después de la autodefinición de las mujeres frente al estado para liberarse del poder que condicionaba sus actividades potenciales, el patriarcado no ha cejado un instante en su afán de ridiculizar las pretensiones de los grupos, las colectivas y las redes de mujeres de organizarse por sí mismas, buscando limitar sus posibilidades de desempeño y estudio, frenando sus logros, aterrorizándolas en su vida cotidiana mediante la impunidad que gozan los crímenes de los que son víctimas y el incremento de las penas por los delitos que considera propios de su condición sexuada (aborto, filicidio, asesinato de parejas y, en general de hombres –no importa si en condiciones de extrema violencia, que ponían en riesgo su propia vida: las mujeres como tales no tienen derecho a la legítima defensa).

En México, desde 1993, cuando periodistas y activistas por los derechos de las mujeres empezaron a contar los asesinatos de mujeres en la zona fronteriza de industria de ensamblaje (maquila, se le dice en México) concentrada en Ciudad Juárez, Chihuahua, los asesinatos de mujeres por ser mujeres se han incrementado vertiginosamente, dando origen a la descripción de la violencia feminicida por parte de una reconocida antropóloga feminista, Marcela Lagarde:

El feminicidio es el genocidio contra mujeres y sucede cuando las condiciones históricas generan prácticas sociales que permiten atentados violentos contra la integridad, la salud, las libertades y la vida de niñas y mujeres.

En el feminicidio concurren en tiempo y espacio, daños contra niñas y mujeres realizados por conocidos y desconocidos, por violentos, -en ocasiones violadores-, y asesinos individuales y grupales, ocasionales o profesionales, que conducen a la muerte cruel de algunas de las víctimas. No todos los crímenes son concertados o realizados por asesinos seriales: los hay seriales e individuales, algunos son cometidos por conocidos: parejas, ex parejas, parientes, novios, esposos, acompañantes, familiares, visitas, colegas y compañeros de trabajo; también son perpetrados por desconocidos y anónimos, y por grupos mafiosos de delincuentes ligados a modos de vida violentos y criminales. Sin embargo, todos tienen en común que las mujeres son usables, prescindibles, maltratables y desechables. Y, desde luego, todos coinciden en su infinita crueldad y son, de hecho, crímenes de odio contra las mujeres.[8]

En Guatemala, después de la firma de los acuerdos de paz en 1991, que pusieron fin a tres décadas de una violencia política y militar muy marcada por el racismo,[9] empezaron a registrarse prácticas de tortura, asesinato y vejación del cadáver femenino típica de las tropas de elite del ejército contra las aldeas maya. Según la costarricense Ana Carcedo, de 1995 a 2004, si bien la violencia se disparó de manera generalizada, en el país más grande y violento del istmo centroamericano, los homicidios de hombres aumentaron en un 68% y los de mujeres en 144%,[10]vinculando los femicidios[11] a una cultura de la guerra más allá de la guerra, una guerra contra las mujeres que manda mensajes de terror a todo el pueblo. En Honduras, donde el golpe de estado de junio de 2009 ha desatado una ola de asesinatos selectivos de dirigentes campesinos, indígenas, sindicales y de la resistencia, la violencia femicida ha registrado un aumento constante.[12]

En el mismo lapso de años/tiempo, paralelamente al genocidio de mujeres en acto, pero sin que se le pueda vincular en lo más mínimo, un puñado de presidentas de países occidentales[13] que al terminar su mandato se vuelven funcionarias internacionales, unas cuantas especialistas, menos de un centenar de dirigentes de Organismos No Gubernamentales que pactan con financiadoras que reciben fondos de empresas, bancos y farmacéuticas qué debe hacerse obligatorio para el funcionamiento de un sustrato internacional de la legalidad para las mujeres para presionar a las instancias administrativas mundiales, y deciden impulsar “agendas feministas” mediante prácticas de presión política o lobby, se han convertido en los periódicos, la televisión y los discursos de la elite política en “feministas de profesión” o “feministas internacionales” o “especialistas en género”.

Estas profesionales han secuestrado en los medios masivos de (in)comunicación el debate sobre el proyecto autónomo de las mujeres, volviendo invisible la experimentación política del entre mujeres feminista y las alternativas al sistema patriarcal que genera en los diferentes espacios de vida.

Para hacer frente a esta agresión tan bien orquestada contra la libertad de movimiento, de definición y de organización de las mujeres, sólo las diversas colectividades de mujeres pueden cuestionar el totalitarismo de lo público como espacio único de vida económica. Necesitamos hacer circular entre nosotras las ideas que generamos al mirarnos en un colectivo tan diverso y potencialmente creativo como para hacer temblar la organización capitalista. Necesitamos deliberar acerca del significado político de nuestros deseos.

Para que eso sea posible debemos volver a nuestra radicalidad y terminar de peinar la lana de nuestro tejido para deshacer los nudos, históricos y concretos, que impiden la realización de nuestro proceso de liberación:

a)      El nudo de la occidentalidad, que es la forma de colonialismo interno aprendida de los privilegios que gozan las mujeres blancas y blancas-mestizas en la organización del saber y la distribución económica mundial.

b)      El nudo de la representatividad, que es la pretensión de las mujeres que han adquirido voz reconocida en la academia, en la política y en los medios de comunicación de interpretar las demandas de mujeres que no escuchan, organizándoles “agendas” a defender ante las instituciones de la política nacional e internacional.

c)      El nudo del bienestar, que es la homogeneización de las formas de buena vida según estándares occidentales y urbanos, y que impiden considerar modos de vivir bien que se derivan de la vida campesina, comunitaria, silvícola o nómada.

d)     El nudo de la plataforma mínima de derechos a lograr, que es una manera de nombrar la agenda feminista, y que implica que ciertas demandas concretas sean consideras más urgentes que otras para todas las mujeres. Este nudo se relaciona con los tres primeros, concretando la imposibilidad de diálogo entre mujeres que éstos generan.

e)      El nudo simbólico de nuestra historia pasada y reciente.

A pesar de todo lo que las feministas hemos sido capaces de instalar en la cultura femenina y masculina gracias a la actividad dialogal, autogestiva, de reconocernos y construirnos como diferentes de lo que una autoridad externa pretendía, estos nudos dificultan el rescate de nuestra presencia y el diseño de nuestro futuro. Se suman a las estratégicas ambigüedades del capitalismo sobre el lugar que podemos desempeñar las mujeres en la economía contemporánea y nos confunden hasta paralizarnos como colectivo.

Son muy funcionales a la idea que las mujeres no podemos organizarnos de manera autónoma, pues nos destruimos entre nosotras. Una idea que se concreta en una imagen de desorden, soledad, violencia autodestructiva e impotencia que un complejo sistema mediático desea que las mujeres tengamos de nosotras mismas.

¿Por qué el despliegue de una estrategia mediática tan compleja y totalizante para construirnos la idea de que no somos capaces de emanciparnos de la tutela del estado? Para que dejemos de creer en nosotras, para que no pensemos nuestra realidad con nuestros propios ojos, para que no nos propongamos como autoras de nuestra política. Eso es, para no articularnos ni esperar ya nada de nuestra organización autónoma ni de las acciones que podemos emprender entre mujeres desde abajo para mejorar nuestras condiciones de vida.

Una imagen que redunda en la censura de todo proyecto educativo no hegemónico. Pues sirve para impedir pensarnos desde fuera de la ciencia, la academia, la economía y la política escolarizadas, generadas durante 500 años de normalización educativa de la misoginia capitalista.

Una alternativa a la imposición de esta imagen, la ofrece repensar nuestra historia y mirarnos en el lugar donde estamos gracias a ella.

Por “nuestra historia” entiendo historias diversas, no la historia de un indefinido colectivo “mujeres” que termina siempre por coincidir con un falso universal europeo o blanco-mestizo americano. Nuestra historia no es siquiera una historia nacional de las mujeres, sino la de los colectivos que pueblo por pueblo, grupo por grupo, desde identificaciones propias, han recuperado de su pasado, prefigurando con ella las relaciones que quieren vivir desde ya en un futuro.

En Bolivia, supongo, como en México y en los demás países de Nuestra América, “nuestra historia” implica las historias de colectivos de mujeres en construcción, algunos negados en el pasado, otros exaltados en el presente, en constante redefinición, pero todos con un grado de autonomía de la historia nacional, que tiene a hombres de los grupos hegemónicos como protagonistas oficiales.

Y por autonomía, en primer término, entiendo independencia –no antagonismo, sino libertad de sus mandatos- de los proyectos masculinos, que siempre subsumen la presencia, el trabajo, la reflexión de las mujeres en un “nosotros” falsamente neutro e incluyente, que busca someter todo sujeto socio político a su voluntad totalizadora.

Pensemos, por ejemplo, en los proyectos nacionales. En América Latina no hay un solo país que no enarbole a una heroína independentista. Bolivia, en particular, tiene en Juana Azurduy la más paradigmática de ellas: el mismo Bolívar dijo que el país no debería tener su nombre sino el de la coronela de Chuquisaca; no obstante, Juana murió en la pobreza y el abandono oficial. En México, Leona Vicario, primera periodista del país, arrojada defensora del derecho de los pueblos a su autodeterminación, mujer que regaló su fortuna a la causa, fue marginada por los gobiernos conservadores que sucedieron a la gesta independentista. En Colombia, Policarpa Salavarrieta por suerte fue fusilada por los españoles si no hubiera corrido la suerte de la coronela Manuela Sáenz, tratada como una paria y arrojada del país. Todos los gobiernos independentistas no les reconocieron derechos, redujeron su participación a una posición subsidiaria de los sentimientos por sus maridos, padres o amantes, borraron sus decisiones y, sobre todo, se encargaron que sus hijas y nietas no pudieran seguir sus pasos en la senda del protagonismo político.

Hasta el surgimiento de grupos de escritoras, fundadoras de revistas, obreras sindicalistas, a finales del siglo XIX, de grupos de campesinas organizadas contra los latifundios, maestras y socialistas, a principios del siglo XX, y de grupos de mujeres de los pueblos originarios a finales del siglo XX y principios del XXI, que se definieron como grupos de mujeres en diálogo entre sí en búsqueda de una mejora en sus condiciones de mujeres en su pueblo, su clase, su proyecto, las mujeres parecen ausentes de la historia de los países que sostienen con su trabajo y cuyos habitantes reproducen.

En la actualidad, estas historias “nuestras”, historias de mujeres que, repito, no son narraciones de hechos del pasado, sino proyectos que se realizan en el presente con base en la revisión de un pasado común y miras en un futuro a alcanzar, necesitan ser revisadas una vez más, porque aunque aparentemente las mujeres hemos alcanzado más derechos que nunca en el sistema capitalista dominante, estamos siendo golpeadas con una violencia comparable sólo a la de otros momentos de profunda agresión contra los sectores populares, cuales el surgimiento del capitalismo en Europa y la colonización de los pueblos de América.

Pobreza, pérdida de derechos y precarización de la educación básica y superior; incremento de la violencia misógina hasta llegar al asesinato masivo de mujeres por ser mujeres; impunidad de estado ante los delitos contra las mujeres y excesivo rigor en la aplicación de las penas por los delitos que ellas cometen; estéticas para el consumo del cuerpo femenino por los hombres, agresivas contra la salud y la autopercepción, como las que postulan una extrema delgadez; trata de mujeres para el mercado sexual y del trabajo ilegal, invisible, doméstico y esclavo en clima de liberación de patronas masculinizadas por la explotación de un modernizante sistema capitalista globalizado; nuevas condenas de las iglesias a la libertad de movimiento, decisiones, sexualidades y autodeterminación de las mujeres, son la medida de la pérdida real de lo logrado por las mujeres durante cuarenta años de proyección colectiva del derecho a nuestra autonomía del sistema que nos ha intentado definir como secundarias, inexistentes, ahistóricas, silentes, impreparadas o peligrosas.

En 1991, la estadounidense Susan Falludi definió la política de los gobiernos conservadores de su país como una “guerra contra las mujeres”, pues implica una violenta reacción contra el feminismo como movimiento de liberación, y contra el cuerpo y la vida de las mujeres mediante la propagación de estereotipos negativos de todas aquellas que no reproducen un modelo dependiente de feminidad.[14] Una guerra de hipócritas que sostienen que el lugar de la mujer está en el hogar, al cuidado de los niños, pero cuyas esposas son madres trabajadoras, explotadas en el trabajo y fácilmente culpadas del fracaso de la familia y, en última instancia, de la vida social del país por no quedarse en la casa. En 2011, esta guerra ha empeorado. Según la argentina Rita Laura Segato, está en acto “una transformación contemporánea de la violencia de género, vinculada a las nuevas formas de guerra” que se ensaña con los cuerpos femeninos y feminizados, y este “ensañamiento se difunde y se expande sin contención” de tal modo que:

La rapiña que se desata sobre lo femenino se manifiesta tanto en formas de destrucción corporal sin precedentes como en las formas de tráfico y comercialización de lo que estos cuerpos puedan ofrecer, hasta el último límite. La ocupación depredadora de los cuerpos femeninos o feminizados se practica como nunca antes y, en esta etapa apocalíptica de la humanidad, es expoliadora hasta dejar solo restos.[15]

Sólo volviendo al esfuerzo de organizar entre mujeres una historicidad nuestra, proyectándonos hacia un futuro diferente al del capitalismo donde el patriarcado se ha afianzado, podemos salvar una disyuntiva sin salida que parece presentársenos en la actualidad, la de amoldarnos a un renovada y estetizante moral patriarcal, según códigos de conducta que no hemos pactado y que nos limitan el derecho de movilidad y la autonomía para la generación de ideas y formas de lucha mediante el control de nuestro derecho de reunión o de presentar nuestras demandas ante autoridades que nos rebasan, perdiendo nuevamente nuestro proyecto histórico.

Muchas feministas sentimos que las “políticas públicas” son una estrategia para volvernos a imponer un modo de hacer política, una estructura de nuestro deseo de cambio, un corsé ideológico, eso es que una autoridad externa ha vuelto a condicionar la gestión de nuestras necesidades. Hasta ahora me he atenido a la metáfora del naufragio para describir un sentimiento de pérdida que provoca pánico, debería pasar a la imagen de una boa constrictor para delinear la sensación de pérdida de libertad que atenaza la circulación de las ideas de liberación generadas en diálogo entre nosotras.

Vuelvo a la imagen de estar agarrada de la copa del árbol de la autonomía feminista y quererme salvar y salvarlo, salvando el pequeño bosque al que pertenece. Cuando las aguas se retiren, para que las raíces de mi árbol no se pudran deberé abonarlas con prácticas de interacción, destejiendo los nudos que nos impiden vernos en nuestra feminidad liberada y propician la reestructuración de la misoginia contemporánea.

Somos náufragas fuertes, sabemos nadar porque aún antes de salir a la océana mar las mujeres nunca habíamos estado en un puerto seguro, y hemos aprendido a cruzar las fosas más profundas. Las aguas del dique abierto por la malintencionada vuelta de tuerca patriarcal contra nuestra libertad de palabra, pensamiento, acción y ejercicio sexual, las  sorteamos llegando al bosque de los árboles de la autonomía feminista. Estamos mojadas, quizá algunas tiriten, pero ya estamos pensando cómo abonarlo con múltiples, diversos, creativos cuestionamiento de las formas homogeneizantes de vernos en la realidad contemporánea. La guerra contra las mujeres tiene momento más violentos que otros, éstos coinciden con el reconocimiento (y el miedo que éste provoca) de nuestros procesos de liberación.

Hoy nos toca seguir analizando qué es la pérdida del cuerpo, la dignidad humana que se encarna en nuestro cuerpo, para sentirnos a gusto en nuestra condición de sujetos políticos que buscan a la vez liberarse de la explotación laboral y la opresión sexual.  Esta, en América, tiene en la estrategia ideológica del blanqueamiento occidental, entendido como mecanismo organizativo de la guerra contra las diferencias vitales de las mujeres americanas, un instrumento que nos aleja unas de otras, a la vez que informa a la escuela y la educación informal sobre el lugar que cada una debe tener en el sistema cada vez más misógino y racista de la globalización.


[1] Cuando Madame de Staël se convertía en la escritora más importante de Francia, Napoleón les quitaba a las mujeres francesas todos los derechos conquistados durante los primeros años de la Revolución; cuando Harriet Beecher Stowe publicaba La cabaña del tío Tom, novela que fue considerada el garrote ideológico del esclavismo en el mundo occidental, los liberales abolicionistas de Estados Unidos rechazaban el voto a las mujeres que los habían apoyados; cuando las independentistas veían a sus compañeros de lucha asumir los cargos más altos de las nuevas repúblicas, las constituciones que éstos redactaban las despojaban de todos los derechos; cuando las sufragistas inglesas, estadounidenses y ecuatorianas obtuvieron el voto, los medios exaltaron su rol de madres, esposas e hijas abnegadas y, en Italia y en Alemania, Mussolini e Hitler las declaraban incapaces de enseñar historia y filosofía y de trabajar sin el consentimiento del padre o del marido.

[2] Hubiera podido usar “espectaculares violaciones”, pero no quería incurrir en reduccionismos: la violación sexual es una forma de represión de las mujeres y no la única. La violación sexual, el feminicidio, la tortura de las mujeres, la violencia intrafamiliar, el irrespeto de los cadáveres, la violencia verbal contra las mujeres y las actividades consideradas femeninas son mecanismos  represivos que el sistema implementa, utilizando una especie de sicariato o delincuencia parapolítica (¿paramilitar?) de corte misógino, cuyos miembros son maridos, policías, jueces, delincuentes y, potencialmente, cualquier hombre no consciente de que la violencia contra las mujeres es una violencia social que tarde o temprano se le va a revertir.

[3] Actitud de violencia social sexualmente dirigida. Implica que esté siempre abierta la posibilidad de cualquier hombre de dar muerte a la mujer que no se amolda al lugar que le impone la sociedad patriarcal. Este poder de los hombres de castigar hasta la muerte a las mujeres por ser hombres es la base del patriarcado; en las sociedades actuales, es seguramente estratificado y diversificado, pero lucha desesperadamente por sobrevivir y se manifiesta de manera descarnada contra el cuerpo de las mujeres vivas y muertas, según métodos de guerra que suponen la voluntad de someter: actos de depredación aprendidos en la historia de la colonización del mundo. Trae aparejada, siempre, una interpretación misógina del mundo, una actitud de odio a las mujeres por ser mujeres, por pensarse, vivirse, enamorarse, relacionarse, estudiar, trabajar y educar como mujeres. Segato explora también la hipótesis de que los feminicidas  matarían mujeres por amoldarse al deber ser patriarcal: cualquier mujer está en la mira. Su hipótesis del  “mandato de violación” explicaría –en parte- el por qué jóvenes hijas de familia, no necesariamente trabajadoras de la maquila, independientes económicamente, también serían asesinadas por desconocidos…

[4] Así como se pretende la existencia de una globalización que en realidad es una imposición sobre todas las culturas de la cultura dominante euro-estadounidense, se publicita una liberación de las mujeres que en realidad es la imposición de los tiempos, necesidades y actuaciones masculinas en la vida de mujeres y hombres de todas las culturas.

[5] Esta humanidad binaria no es común a toda la humanidad, donde no siempre los pares son dicotómicos, como no lo eran en las culturas americanas originarias. No obstante, acompaña la estructura misma de la dominación occidental, es colonizada y colonizadora. Muchas antropólogas feministas han trabajo la práctica masculina de asumir la voz de la colectividad como actitud propia del sujeto masculino patriarcal y el silencio femenino como una caracterización de las mujeres en el patriarcado. Mi madre, en Italia, una mujer muy patriarcal, pedía permiso a mi padre para votar al partido que a ella le gustaba. En Belice, cuando me perdí en una comunidad menonita, las mujeres me pidieron que preguntara a los hombres por el camino de salida porque “ellos son los que saben”; cabe subrayar que el territorio que ellas desconocían era tan reducido que no abarcaba más de una docena de cuadras. Rita Laura Segato, en “Género y colonialidad: en busca de claves de lectura y de un vocabulario estratégico descolonial”  (de próxima aparición en Aníbal Quijano y Julio Mejía Navarrete (editores), La cuestión descolonial, Universidad Ricardo Palma-Cátedra América latina y la Colonialidad del Poder, Lima, 2011), nos habla de la superinflación de los hombres en todo ambiente comunitario debido al “totalitarismo de la esfera pública”, que continúa y profundiza hoy el proceso colonizador, y que construye la masculinidad del sujeto que se conduce como portavoz del conjunto.

[6] Enviar las mujeres a casa fue una tarea que el capitalismo emprendió sistemáticamente en todos los territorios y culturas que ha incorporado a su sistema de dominación. Necesita de la negación del valor social de lo consignado como femenino y descansa sobre el miedo que los hombres y lo masculino deben provocar a las mujeres. Las religiones eclesiales desplegaron varios sistemas de represión muy efectivos a tal efecto: la inquisición y sus equivalentes tribunales protestantes, en el mundo cristiano, quemaron a millones de mujeres acusándolas de ser brujas, de tener poderes sobre la capacidad reproductiva de las mujeres, satanizando su sexualidad autónoma – por ello, persiguieron a madres solteras y prostitutas, a solteras y hasta a viudas independientes. En el mundo islámico, Fatima Mernissi nos ha informado acerca de los usos misóginos de las leyes coránicas para la exclusión de las mujeres de las decisiones políticas. Prácticas coloniales como la violación sistemática de las mujeres de los pueblos invadidos y dominados, también sirvieron para que ellas buscaran retirarse “al interior” de su organización comunitaria, cediendo a los hombres la representatividad social para no exponerse a la violencia sexual racializada.

[7] El entre mujeres ha sido nuestro instrumento de construcción epistémica: es la práctica de construcción de conocimientos que se da en el darnos la palabra, escucharla, discutirla, retomarla, darla vuelta, significarla en femenino. En el entre mujeres se construye el lenguaje del sujeto histórico de la autonomía feminista.

[8] Marcela Lagarde y de los Ríos, “Antropología, feminismo y política: violencia feminicida y derechos humanos de las mujeres”, en Margaret Bullen y Carmen Diez Míntegui (coordinadoras); Retos teóricos y nuevas prácticas,

http://www.campoalgodonero.org.mx/sites/default/files/documentos/Violencia%20feminicida.pdf.

Personalmente, me inclino también a ver la crueldad contra las mujeres como “crímenes de odio”, aunque Laura Rita Segato no lo hacía, porque su objetivo era sacar del ámbito de lo “doméstico” la discusión legal y médica de los feminicidios donde los violadores no conocen a las mujeres que asesinan. En realidad me pregunto sobre estas conexiones del odio hacia las mujeres, no sólo con nuestra autonomía e independencia, sino con lo que es relevante para oprimirnos: porque somos o podemos ser madres.

[9] Más de 200 mil personas de los pueblos mayas fueron masacradas durante el gobierno golpista de Ríos Montt en 1982. Cfr. Santiago Bastos Amigo y Roddy Brett (compiladores), El movimiento maya en la década después de la paz (1997-2007), FyG Editores, Guatemala, 2010. Para la marca que este genocidio dejó en las mujeres, ver: Tejidos que lleva el alma. Memoria de las mujeres mayas sobrevivientes de violación sexual durante el conflicto armado, Equipo de Estudios Comunitarios y Acción Psicosocial (ecap)-Unión Nacional de Mujeres Guatemaltecas (unamg), en el marco del Consorcio Actoras de Cambio (2004-2008), FyG Editores, Guatemala, 2009

[10] Ana Carcedo (coordinadora), No olvidamos ni aceptamos: femicidio en Centroamérica 2000-2006, CEFEMINA; San José de Costa Rica, 2010

[11] Me permito aventurar aquí la hipótesis que la guerra existente entre feministas centroamericanas y mexicanas por el uso de las palabras “feminicidio”, en México,  o “femicidio”, en Centroamérica, más allá de la excelente definición de feminicidio dada por Marcela Lagarde, ha llegado a proporciones ridículas, tratándose de la definición de un mismo fenómeno. Proporciones propias de un conflicto no resuelto, propiciado por la xenofobia de las autoridades migratorias mexicanas contra las y los migrantes centroamericanos, y sobre las que pende la acusación no comprobada de que entrega a las personas que detiene a bandas de traficantes internacionales de personas asentadas en territorio mexicano. Este conflicto no se nombra, no se ventila ni discute entre mujeres, de modo que no se ha sanado todavía.

[12] “Cada 18 horas una mujer es asesinada en Honduras, crímenes de los cuales aproximadamente el 98% permanecen impunes. Todos los días aparecen en los periódicos notas que tienen a las mujeres hondureñas como víctimas, y victimarios en libertad. Entrevista a la feminista hondureña Jessica Sánchez:  “La impunidad agudiza los feminicidios en Honduras, Jessica Sánchez”, en Revistazo.com La verdad al descubierto, http://www.revistazo.biz/cms/index.php?option=com_content&view=article&id=1436:la-impunidad-agudiza-los-femicidios-en-honduras-jessica-sanchez&catid=41:femicidios&Itemid=80

 [13] Es decir, fundamentalmente americanos y europeos. Sólo en 18 países han sido elegidas presidentas: Argentina, Brasil, Chile, Panamá, Nicaragua, Ecuador, Costa Rica y Bolivia, Irlanda, Malta, Letonia, Finlandia e Islandia,  pero también de la India, Filipinas, Liberia, Sri Lanka e Indonesia.

[14]Susan Faludi, Reacción. La guerra no declarada contra la mujer moderna, Anagrama, Madrid, 1993

[15] Rita Laura Segato, “Género y colonialidad: en busca de claves de lectura y de un vocabulario estratégico descolonial”. De próxima aparición en Aníbal Quijano y Julio Mejía Navarrete (editores), La cuestión descolonial, Universidad Ricardo Palma/Cátedra América Latina y la Colonialidad del Poder, Lima, 2011.

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