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Francesca GARGALLO, “El trabajo y las mujeres”, abril de 2007.

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El trabajo y las mujeres

Francesca Gargallo

El trabajo de las mujeres ha sido definido desde dos perspectivas, que si bien no son  excluyentes, tienden a no cruzarse en el análisis de los economistas. La primera es la visión feminista del trabajo como actividad humana que otorga lugares diferenciados en la sociedad a las mujeres y los hombres, con base en el valor social que esa diferencia confiere al trabajo mismo. La segunda, es la visión del empleo que genera ingresos relativos a la educación y calificación de la persona que vende su fuerza de trabajo.

La perspectiva feminista desató la reflexión sobre las actividades de las mujeres, los conocimientos necesarios para llevarlas a cabo, la ubicación social del cuerpo de las trabajadoras y el valor económico que se les reconoce. Según ello, las “tareas” y los “deberes” que la sociedad impone a las mujeres por el hecho de serlo son trabajo invisibilizado, obligatorio y no remunerado. Implican un desgaste físico que disminuye el “capital” corporal de las mujeres jóvenes y atractivas, cruzan las fronteras entre lo que se considera público o privado (fronteras erigidas, como todas, sobre un territorio único e indiferenciado), imponen reglas de sumisión a un orden difícilmente cuestionable y separan a las trabajadoras entre sí mediante mecanismos de competencia manipulados por quien niega valor de cambio al trabajo de reposición de la mano de obra y de reproducción de la especie.

Desde esta perspectiva, el trabajo no asalariado de las mujeres abarca aproximadamente el 60% de toda la producción humana especializada. No obstante, se le considera como una actividad “natural” de las mujeres, ya que esa naturalización sirve para evitar que sea remunerada. El trabajo de las mujeres es, por lo tanto, el remanente del trabajo esclavo en la sociedad capitalista, misma que se sostiene en él.

La segunda perspectiva de lo que es el trabajo femenino toma en cuenta la participación de las mujeres en los mercados de trabajo del mundo, que durante las décadas de 1980 y 1990, según la Organización Internacional del Trabajo, aumentó sustancialmente. Esta perspectiva analiza el derecho laboral, la remuneración de las empleadas y su posibilidad de alcanzar la independencia económica. Obsesionada por la medición de la “equidad” (entendida más o menos como sinónimo de justicia entre dos entes diferentes), esta perspectiva estudia si las mujeres que quieren emplearse logran hacerlo, si les resulta más difícil obtener un puesto que a los hombres, si hay diferencias en el tipo de trabajo realizado por mujeres y hombres, y si los sueldos son iguales según capacitación y educación.  Se desinteresa por el trabajo como expresión de la cultura, del bienestar, de la libertad de los colectivos femenino y masculino como autónomos uno del otro, porque no cuestiona la cultura patriarcal cuando arguye que la vida no tiene precio y, por lo tanto, no hay porque pagar por su cuidado.

En muchos países, la propuesta de algunas corrientes feministas de que el trabajo doméstico sea remunerado, conlleva que sea pagado independientemente de si lo desempeña una mujer o un hombre, ya que la construcción de ghettos laborales según el sexo es una estrategia última del capital para no pagar el valor real de las actividades consideradas femeninas. No es casual que, a pesar del progreso hacia una distribución de las responsabilidades familiares, en los países económicamente desarrollados tanto como en los menos favorecidos en la distribución internacional de la riqueza, cuando las mujeres trabajan remuneradamente, son las encargadas de buscar soluciones que permitan mantener un equilibrio con la crianza de las hija/os y con la atención de las anciana/os.

Las condiciones de vida contemporáneas y la revisión de las pautas de conducta iniciada por el movimiento de liberación de las mujeres hace cuarenta años permiten visualizar claramente lo indispensable del trabajo doméstico. No sólo se trata de lavar vajillas, sino del cuidado de enfermos e inválidos en un mundo donde disminuye la seguridad social, del valor de la administración familiar en un contexto de inestabilidad laboral, de la capacidad de reponer la fuerza de trabajo que enfrenta una explotación creciente, de la reproducción de la clase dirigente (la reproducción de las clases no privilegiadas no es fomentada ni considerada necesaria desde que ha aumentado la población mundial). La economía de mercado no podría sostenerse sin el trabajo doméstico, pero se niega a la socialización de sus funciones (peor aún, clausura guarderías, comedores escolares y laborales, hospitales públicos, etcétera) e insiste en su carácter gratuito.

En este punto, valdría la pena intersecar las dos perspectivas del análisis del trabajo femenino. En efecto, la explotación del cuerpo de las mujeres como espacio del desgaste laboral doméstico debe analizarse hoy en día a la luz de la imposición de un doble ingreso para las economías familiares desde la década de 1980. De manera que si se sigue obviando el valor económico del trabajo tradicional de las mujeres, su condición de trabajadoras de bajos ingresos no les permite lograr la autonomía personal, sino apenas complementar las necesidades monetarias de un núcleo familiar del que no pueden independizarse.

Dado que la familia es el espacio donde se reproducen con mayor frecuencia las pautas tradicionales de explotación y discriminación de las mujeres, volverlas a atar a ella como consecuencia de salarios inequitativos, es una treta para que no se liberen del trabajo no remunerado de la reposición doméstica.

El análisis efectuado en marzo de 2007 por la OIT sobre las tendencias mundiales del empleo de las mujeres es muy revelador de cómo no siempre éste es fuente de una mayor calidad de vida.

En números absolutos, más mujeres que nunca antes participan en los mercados de trabajo del mundo, pero más mujeres que nunca antes están desempleadas y su tasa de participación en la fuerza de trabajo dejó de crecer en la última década, y en algunas regiones bajó.

Si bien en América Latina hay 69 mujeres activas por cada 100 hombres, las mujeres tienen más probabilidades que los hombres de estar desempleadas, así como más dificultades para superar la pobreza, se les viola más fácilmente su derecho fundamental al estudio, no consiguen mejorar sus oportunidades de empleo (el sector de los servicios genera la mayoría de sus empleos, seguido por la agricultura) y la segregación de las ocupaciones por sexo está cambiando muy lentamente.

Durante la última década, el número de mujeres migrantes registró un importante aumento. A nivel mundial, 95 millones de mujeres han emigrado de su país de origen por causas económicas, aunque algunas unen el afán de encontrar mejores condiciones laborales a la posibilidad de fugarse de matrimonios forzados o violentos. Sin embargo, la creciente criminalización de la migración de quien se traslada a un país receptor sin un visado de trabajo, es uno de los muchos mecanismos para no cumplir con sus derechos laborales y con la obligación de superar la discriminación salarial de las trabajadoras.

La mayoría de las cuidadoras, cajeras, cocineras, personal de limpieza y oficinista es empleada por pequeñas empresas, o por familias, donde no existen los sindicatos y las mujeres no tienen poder de negociación con la patronal. Contadoras, programadoras informáticas, docentes y enfermeras desarrollan ocupaciones altamente calificadas, pero incluso en este tipo de empleos el salario promedio de las mujeres equivale a 88 por ciento del de los hombres.

La creciente informalidad en los mercados de trabajo impulsa el uso de trabajadores temporales en lugar de personal estable. Muchas mujeres viven situaciones dramáticas en las épocas del año en que la producción disminuye y los empleadores las ponen en receso. Durante esos periodos, la familia de origen o, en su defecto, familias de reemplazo las reubican en el ámbito del trabajo doméstico, con su correlato de explotación y falta de protección.

Para finalizar, es indispensable saber que toda mujer trabaja, aunque en América Latina sólo el 47 por ciento de ellas esté inserto en el mercado laboral. Trabajo es la actividad social que nos da un lugar en el mundo, que es valorada por un colectivo y que es indispensable para nuestra autodefinición. Siempre tiene un valor económico, aunque no necesariamente éste se traduce en un salario. Igualmente, es necesario recordar que el desfase entre el tipo de empleo y las calificaciones de las mujeres, así como las barreras para la entrada de las mujeres jóvenes con estudios al mercado laboral, son formas de reproducir una cultura que, cuando ya no pudo evitar la participación femenina en el ámbito económico monetario, aprendió a invisibilizar sus aportes al desarrollo mundial.

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