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En Periódico Desde Abajo, sobre feminismos

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Lunes, 25 Marzo 2019 07:38

Feminismos: cuestiones de fondo, de moda, urgentes  Destacado

Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019Foto: Fotos: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

Rodeadas por una valla de viejas feministas y defensoras de derechos humanos, de las cinco de la tarde a la medianoche del 8 de marzo, mientras desfilaba la marcha de las feministas por la Ciudad de México, un equipo de mujeres fuertes y jóvenes con cascos, arneses y palas descargaron sorpresivamente de un camión y sembraron frente al museo de Bellas Artes un “Antimonumento contra el Feminicidio” de más de tres quintales y casi cuatro metros de alto.

En la escultura metálica en forma de círculo fusionado con una cruz en cuyo centro se levanta un puño cerrado, se lee: “En México cada día son asesinadas 9 mujeres. Decimos Basta”. El emplazamiento y el mensaje resultan contundentes. Los antimonumentos son una expresión de arte político, semejantes a la okupa de un espacio público, para evidenciar un hecho represivo, como la desaparición, el genocidio o el feminicidio. Van en contra de la (des)memoria oficial y se emplazan para ser removidos cuando se cumpla su demanda.

Desde 2015, en Nuestra América el 8 de marzo ha tomado un carácter feminista masivo de denuncia. El Movimiento ¡Ni una Menos! (eso es, que ni una mujer falte al apelo por asesinato, desaparición o secuestro de la vida pública y afectiva) de Argentina, coordinó entonces su voz con la indignación mexicana contra la crueldad creciente hacia las mujeres, que desde 1995 había cuajado en la demanda ¡Ni una más! (ni una mujer asesinada más), acuñada por la poeta chihuahuense Susana Chávez Castillo, asesinada ella misma por tres hombres al salir de una cantina en su natal Ciudad Juárez, en 2011. #NiUnaMenos se ha propagado como una llamarada entre las feministas alrededor del mundo. Mítines de denuncia y marchas multitudinarias se han sucedido en Argentina, Chile, Uruguay, México, y sobre su ejemplo, en Italia, España, Francia, Estados Unidos, así como en la India, Egipto y Túnez.

Desde 2018, en varios países, el 8 de marzo se ha convertido en un día de Paro Internacional de Mujeres, o Huelga Internacional Feminista laboral, estudiantil, de consumo, de cuidados y de trabajo doméstico contra las discriminaciones sexuales y de género. La huelga feminista es apoyada por algunos sindicatos y partidos progresistas mixtos y, a pesar de la existencia de puntos de discrepancia entre las corrientes feministas, sólo ha sido rechazada por aquellos feminismos que se han deslindado totalmente de los símbolos del feminismo occidental.

El 8 de marzo es, en efecto, la fecha que la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague en 1910, a instancias de Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo, escogió para conmemorar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Lo hizo en honor de las migrantes empleadas como obreras textiles que se manifestaron en Nueva York el 8 de marzo de 1857 contra sus miserables condiciones laborales, bajo la consigna de “Pan y Rosas”. En 1911, en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza, el 8 de marzo se aprovechó para reclamar los derechos de las mujeres a votar, a ocupar cargos públicos, a trabajar, a la formación profesional y a la no discriminación laboral. En 1914, se utilizó el día para protestar contra la Primera Guerra Mundial. La Revolución Rusa estalló el 23 de febrero de 1917 día que, según el calendario juliano todavía en vigor en Rusia, coincidía con el 8 de marzo del calendario gregoriano del resto de Europa, cuando las obreras textiles de Petersburgo salieron a manifestarse y fueron seguidas por sus compañeros varones.

En 1975, la Organización de las Naciones Unidas rescató la fecha para declarar el Día Internacional de la Mujer. Sin embargo, en 2018 como en 2019, muchas campesinas, obreras de maquila, adultas que mantienen una familia monoparental, mujeres empobrecidas que no pueden darse el lujo de no cobrar un día, migrantes sin sindicatos que las respalde, pastoras, becarias, cuidadoras no profesionales y ancianas sin pensión no han podido ir a huelga, revelando que la precariedad laboral y la discriminación salarial siguen reproduciendo la pobreza femenina y la falta de derechos de las mujeres.

Cuando las mujeres se manifiestan por su libertad, demuestran su fuerza y la pertinencia de sus demandas. El sufragismo a principios de siglo XX y el movimiento de liberación de las mujeres en la década de 1970 llevaron, como las marchas feministas recientes, a salir a la calle a miles de mujeres, furiosas contra la violencia y la inequidades a las que están expuestas, y felices de sentir su colectividad, de darle voz a sus reclamos. Desde 2017, cientos de miles de mujeres han salido en masa contra los entonces candidatos y ahora presidentes Trump, en Estados Unidos, y Bolsonaro, en Brasil, evidenciando el nexo entre violencia represora, fundamentalismo religioso, neoliberalismo y misoginia. Y salen los días 8 de marzo para reclamar sus derechos y defenderlos.

 

 

Las mujeres representan el 49.6% de la población mundial y están presentes en todas las clases sociales y grupos religiosos, étnicos y nacionales, pero son el eslabón más vulnerable de sus respectivas sociedades. Los partidos de la renaciente derecha internacional, que es misógina, homófoba, autoritaria, xenófoba, en Brasil, Italia, India, Hungría, Andalucía, Estados Unidos, Austria, Arabia Saudita, Polonia, Bulgaria, Colombia, Chile, Nicaragua, noreste de Nigeria, Israel, Turquía, Zimbabue, Argentina coinciden en que las mujeres acaparan una presencia indebida en el espectro político, económico y jurídico de sus países. Pretenden reequilibrar el protagonismo femenino y poner fin a la “ideología de género”, apoyándose en ideas de una supuesta naturaleza humana binaria, heterosexual y jerárquica, provenientes de la propaganda neoevangélica, ultracatólica, islamista e hinduista que sostienen, a la vez, la inexistencia del calentamiento global, la justicia de la competitividad económica neoliberal y el derecho a cerrar las fronteras nacionales para defenderse de las migraciones.

Las derechas mundiales temen el despertar feminista porque para mantener la sociedad de clases es necesario mantener la jerarquía sexual. Obstaculizan por ello la libertad de elección sobre el propio cuerpo, prohibiendo totalmente el aborto en 26 países y limitándolo en 124; buscan reducir la libertad de las mujeres para ejercer su sexualidad y expresar sus demandas; afirman -contra toda evidencia- que la violencia contra las mujeres es un invento feminista y el creciente número de asesinatos de convivientes y ex parejas corresponde a “crímenes pasionales”.

El sistema de discriminación de las mujeres está en la base del funcionamiento capitalista, que se sostiene en la organización familiar que descansa en la pareja matrimonial subordinada. Este sistema se siente acorralado por los reclamos feministas, apela a valores falsamente religiosos acerca de la obediencia que las esposas y las hijas/osdeben a sus maridos/padres y ataca de manera explícita y directa a los principios de igualdad y a las personas que los defienden.

El presidente del partido de extrema derecha español Vox, Santiago Abascal, asegura que “las mujeres asesinadas en España lo han sido a mano de extranjeros” y que la ideología de género es una amenaza que hay que sacar de los colegios (al igual que la memoria histórica, es decir los estudios que evidencian la brutalidad de la dictadura franquista). Según él, se producen contra muchos hombres denuncias falsas por culpa de una “injusta” ley de violencia de género. En Brasil, Bolsonaro niega la evidencia que en los últimos diez años los feminicidios han crecido en un 21% y sostiene que son “mentiras feministas”. El 18 de marzo se celebrará un año del asesinato de Marielle Franco, concejala de izquierda, feminista, activista de los derechos humanos de la comunidad LGTB. El periódico O Globo vincula el asesinato de Mireille Franco con Flavio Bolsonaro, hijo del presidente, ya que ella era crítica con las intervenciones militares y policiales en las zonas más deprimidas de Rio de Janeiro, como la favela de Acari, mismas que el joven Bolsonaro sostenía, apoyando al 41° Batallón de Policía Militar. En Colombia, los feminicidios han crecido en número y crueldad en los últimos años. Según la ONU, en el país suramericano una de cada tres mujeres ha sido golpeada por su pareja actual o anterior y un gran número han sido víctimas de “desplazamiento forzado, despojo de tierras y violencia sexual en el marco del conflicto armado colombiano”. Existe, en efecto, una brecha en la aplicación de las leyes para impulsar la equidad de género que descansa en la cultura de la derecha política. Para muestra un botón: el 10 de junio de 2017, Ramón Cardona, Concejal de Santa Rosa de Cabal (Risaralda) por el Partido Conservador, declaró que “las leyes son como las mujeres, se hicieron para violarlas”.

En todos los países donde gobierna la derecha, los perfiles sociodemográficos de vulnerabilidad de las mujeres asesinadas revelan el incremento de la violencia feminicida contra mujeres empobrecidas, trans y niñas, en un ámbito de muy alta impunidad en los delitos contra las mujeres. Varios tipos de feminicidios se relacionan con la ocupación de las víctimas, su fragilidad social por ser proletarias, migrantes o pertenecientes a naciones minoritarias/indígenas, la condición de violencia generalizada en la zona de residencia, la presencia de mafias, de bandas delincuenciales o de agentes diversos (gubernamentales y no, muchas veces paramilitares) que usan los cuerpos violentados de las mujeres como mensajes para que cunda el pánico en la población y no se manifieste. Éstos feminicidios “sociales” conviven con la violencia doméstica y se suman a los asesinatos seriales y a un brote muy agresivo en la endémica epidemia de machismo, relacionado con fanatismos religiosos y con las más variadas formas de frustración masculina ante los derechos alcanzados por las mujeres, en particular su mayor visibilidad en las artes y la política y su independencia afectiva.

El fin de la violencia feminicida, en sus diferentes etapas, desde los insultos callejeros, los acosos, las amenazas, los golpes hasta el asesinato, es la reivindicación feminista más candente, alrededor del cual se organiza el mayor número de acciones, pero la lucha feminista apunta a la libertad, al placer, a los derechos de las mujeres. Eso es, a la educación igualitaria, a expresar las propias ideas, a desarrollar sus territorios, impulsando una cultura de la liberación colectiva, personal, artística y sexual, y a no sufrir limitaciones en el trabajo y en las expresiones de la propia afectividad.

Desprenderse de las identidades que el sistema patriarcal ha impuesto a las mujeres, en particular las que las obligan a complacer la mirada, el deseo y la organización social masculinas, es un camino que las feministas han emprendido desde hace ya medio siglo para la consecución de su propia libertad. Sin embargo, es precisamente sobre estos caminos de liberación que las derechas económicas, políticas y religiosas han construido un discurso, altamente ideológico, contra “la ideología de género” que, según sus portavoces, impide a las mujeres ser felices con su “naturaleza”, obligándolas a rechazar sus roles.

Una parte de las mujeres de la derecha capitalista, sobre este punto, ha desarrollado un muy especial “feminismo liberal”, que no apunta a la liberación de los roles de género heteronormados, sino a la aceptación “en libertad” de los mismos. Las feministas liberales han creado los mayores conflictos entre feministas al plantear que las mujeres tienen derecho a elegir ser prostitutas, alquilar sus úteros, quedarse en casa dependiendo de un marido que puede llegar a maltratarlas bajo un esquema de violencia normalizada.
El feminismo liberal no cuestiona el sistema capitalista, por lo tanto considera expresiones de la libertad de mercado la compraventa del cuerpo humano y las actividades forzadas por condiciones de pobreza estructurales. Desarrolla por ello un discurso altamente agresivo contra el “moralismo” de las feministas que denuncian el vientre en alquiler como una práctica de abuso, dirigida contra mujeres racializadas, empobrecidas y sin opciones de trabajo, como es el caso de las migrantes en Europa y Estados Unidos. Igualmente, en un mundo donde repuntan formas de esclavitud y trata de personas, de las cuales el 83% son mujeres y niñas obligadas a la prostitución y la pornografía, afirman que “la libertad de prostituirse” es limitada por el supuesto puritanismo de las feministas radicales. Para las “feministas liberales” los valores humanos de la integridad física y emocional de las mujeres, las opciones de trabajo remunerado en igualdad de condiciones con los hombres o de trabajo comunitario y solidario, los derechos a la vida y la afectividad que no someten las mujeres al poder económico masculino son ¡limitaciones moralistas!
Los feminismos que se expresan en las academias en muchas ocasiones toman muy en serio las descalificaciones de los movimientos de liberación de las mujeres por parte de las supuestas feministas liberales, así como tienden a radicalizar el peligro de caer en un dimorfismo social de género cuando se exige poner fin al sistema patriarcal. Éste es un sistema jerárquico que estructura la producción capitalista y la expoliación de la naturaleza, del trabajo y de la capacidad reproductiva. Negar la existencia de un sistema patriarcal que limita y cerca la libertad de las mujeres, poniéndolas en riesgo de ser agredidas, empobrecidas y constreñidas a la repetición de roles de complacencia hacia los hombres, impide pensar y aplicar políticas de búsqueda de una justicia para las mujeres. Justicia reparativa más que sistema de castigo que produzca una ley de las mujeres que nos permita no ser juzgadas ni juzgarnos negativamente en nombre de la obediencia a patrones masculinos.

No se trata de atacar a los hombres desde la radicalidad de la demanda de libertad personal, la igualdad de oportunidades ante la ley y el derecho a la propia diferencia colectiva y particular. Se trata de revelar los privilegios que ciertos hombres gozan dentro del sistema. Ahí donde existen privilegios (que siempre son particulares) los derechos (que son colectivos) no pueden ser respetados: privilegios y derechos son términos antitéticos. Las posiciones de privilegio masculinas, sobre las que se modela el androcentrismo de las sociedades patriarcales, llevan a muchos hombres a no cuestionarse y a mostrarse pasivos ante la injusticia de la desigualdad.

Ahora bien, entre el feminismo liberal que considera que las discriminaciones que viven las mujeres no son tales, sino circunstancias que les ofrecen elegir reproducir libremente una condición femenina subordinada, y la voluntad de las mujeres trans de vivir una identidad “femenina” se inscribe otro nudo de los feminismos contemporáneos.

La condición de transexualidad no es propia de las culturas occidentales modernas. Personas que no se identifican con la vestimenta, los roles y las expresiones afectivas que la propia sociedad asigna a la portación de determinadas características sexuales han sido respetadas en algunas culturas y perseguidas hasta la tortura y la muerte en otras. Las culturas cristianas han sido particularmente violentas con las mujeres y hombres transexuales, travestis y homo y bisexuales, por ejemplo. Por el contrario, en América existían sociedades que consideraban normal que las personas optasen por su propia sexualidad y su adscripción a los trabajos asignados a uno y otro sexo. La heteronormatividad obligatoria es un rasgo altamente patriarcal.

Sin embargo, para las feministas radicales que quieren erradicar todas las desigualdades sociales producidas por el sistema patriarcal capitalista es particularmente difícil reconocer sea el feminismo de la diferencia sexual, que apunta a los aportes positivos de resistencia que la condición femenina ha ofrecido al mundo histórico a través de las experiencias de las mujeres, sea el feminismo de las mujeres transexuales, que consideran que el origen de la opresión patriarcal no son los géneros en sí sino asociarlos a dos únicos sexos al interior de un sistema binario, rígido, que contrapone las mujeres a los hombres.

Si la liberación de las mujeres pasa por liberarse de los estereotipos creados por los roles económicos, sexuales y afectivos de género, estallar los géneros y reconocer la existencia de numerosos sexos permite poner fin a una sociedad binaria de hombres y mujeres “biológicamente” determinados: mujeres madres-hombres trabajadores, prostitutas-compradores, tejedoras-herreros, recolectoras-cazadores, etcétera. Existen decenas de “intersexos”, biológicos, entre el sexo XX o femenino y el XY o masculino, así como divergencias culturales, de identidad y hormonales con los sentires adjudicados a uno u otro género. La sociedad privilegia a las personas que se identifican con el género que se les ha asignado al nacer por sus genitales, la liberación según las feministas transgénero estriba en poder ejercer la propia sexualidad, la propia performatividad, los propios trabajos desde expresiones no marginadas, que no se limitan a lo femenino y lo masculino. No obstante, esta ideal transición continua entre los diversos grados de representación sexuada no es siempre real. Muchas mujeres trans arrastran características de sus privilegios masculinos a una performatividad femenina que las vuelve mucho más protagónicas que las mujeres que se identifican con su genitalidad. Asimismo, muchas mujeres trans participan de la invisibilización de las mujeres identificadas con su sexo biológico conforme a la mayor importancia que les otorgan los medios de comunicación.

Para finalizar, los feminismos que se están manifestando con fuerza después de décadas de menosprecio social constituyen al día de hoy la mayor amenaza para la continuidad de un sistema desigual, ecocida, explotador, racista y violento. Poner fin a la violencia feminicida es el primer paso para poner fin a desigualdades que impiden la expresión de libertades personales y colectivas.

 

Ciudad de México, 12 de marzo de 2019

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ANTIMONUMENTO CONTRA LOS FEMINICIDIOS. FEMINISTAS Y FAMILIARES DE VÍCTIMAS DE FEMINICIDIO DICEN YA BASTA EN LA CIUDAD DE MÉXICO

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Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

El 8 de marzo de 2019, rodeadas por una valla de viejas feministas y defensoras de derechos humanos, 8 jóvenes feministas con botas, cascos y arneses levantaron frente al Palacio de Bellas Artes un Antimonumento, es decir un recordatorio de la infamia que se quitará cuando se haga justicia. Se trata del quinto antimonumento de la Ciudad de México, el que feministas, artistas y, sobre todo, familiares de las víctimas de feminicidio y desaparición de mujeres, exigieron se levantara: 300 kilos por 3.80 metros de metal que gritan un ¡Ya basta! proporcional al hartazgo de las mujeres con la violencia que sufren por ser mujeres en una sociedad patriarcal, capitalista y jerárquica.

El levantamiento del Antimonumento contra los Feminicidios se realizó durante la jornada de huelga feminista y marcha por la libertad de las mujeres del 8 de marzo de 2019, mientras 80 000 mujeres desfilaron de La Victoria Alada (la figura mítica mal llamada Ángel de la Independencia: ¡Es un ángel con tetas!), símbolo de la ciudad, a la plaza del Zócalo, símbolo del poder político y simbólico del país.

 

 

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Foto: Brenda Santos de la C, 8M, 2019

 

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Foto: Brenda Santos de la C, 8M, 2019

 

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Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

 

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Foto: Brenda Santos de la C, 8M, 2019

 

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Foto: Brenda Santos de la C, 8M, 2019

 

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Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 8M, 2019

 

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Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 8M, 2019

 

Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

 

Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

 

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Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

 

Entrevista de Federica Tomasello (en italiano)

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Femminismi da Abya Yala. Intervista a Francesca Gargallo

A cura di Federica Tomasello

Femminismo da Abya Yala ci restituisce un dialogo tessuto fra te e le tante donne che hai incontrato nelle comunità indigene in America Latina. Cosa ha significato per te scrivere questo libro? Quale sono le impressioni che hai raccolto durante le presentazioni?

Io credo che una delle grandi sorprese che ho avuto da Femminismo da Abya Yala è stata l’accettazione che ha ricevuto prima in Spagna, per esempio tra le donne gitane e poi qui in Italia, tra le letterate. E’ interessante che i libri del femminismo che io scrivo, influenzati ovviamente dal fatto che ho studiato filosofia e l’ho insegnata per 23 anni all’Università, abbiano avuto un riscontro positivo da donne, che in genere, in Italia, sono state le letterate, che cercano di costruire un discorso sulle maniere di difenderci e riprenderci la parola. I miei due libri sono stati tradotti da due donne che si occupano di letteratura e non di filosofia, il che è molto interessante, se vediamo la letteratura non solo come un prodotto ma come una creazione, come la possibilità di diffondere un pensiero tra un numero maggiore di persone. Valeria Manca è stata professora per anni al Magisterio di Letteratura Latinoamericana, ha tradotto delle pagine scelte di Femminismo da Abya Yala. A partire da questo lavoro è nato un dibattito su che cosa significhi che i femminismi delle differenze non siano solo femminismi delle differenze sessuali, ma siano femminismi delle differenze culturali, religiose e delle forme di organizzazione in dialogo per reciproche insegnanze. La preoccupazione principale è quella di rendere visibile l’azione femminista non come una azione individualista bensì collettiva, culturalmente ancorata nel proprio tempo.

 

Il viaggio che hai intrapreso e che ti ha portata a scrivere Femminismo da Abya Yala, ti ha permesso di incontrare tante donne che ti hanno offerto un altro punto di vista sul mondo e sul ruolo politico, sociale e culturale di noi donne all’interno dello stesso. Cosa ha significato per un’accademica e una femminista l’incontro con questi saperi, esperienze, visioni del mondo altre che troppo spesso il pensiero occidentale svaluta?

Ho impiegato 6 anni per realizzare questo libro. Sei anni che mi hanno poi portato ad una crisi e, alla fine della redazione di questo libro, a dare le dimissioni all’Università. Ho effettivamente vissuto fino in fondo una crisi rispetto all’educazione occidentale, che ho percepito come un processo di domesticazione, come uno strumento per imparare a ubbidire a dei mandati che per esempio ci impediscono di vivere fino in fondo le nostre differenze. Penso per esempio alle differenze sul come curarci, alle differenze su come vivere le relazioni sesso-affettive. In questo momento in cui la destra appella alla famiglia io mi chiedo: ma quante famiglie ci sono? Perché si parla di “la famiglia”. E’ questa dittatura del pensiero occidentale che ha costruito dal 1600 ad ora una tendenza, la tendenza ad una famiglia nucleare, onnipotente, che ci separa dalla società. In un mondo in cui tutti siamo sfruttabili allo stesso modo, il nucleo che permette questo sfruttamento perché ci distoglie dalla solidarietà del collettivo è proprio questa coppia riproduttiva che si isola da tutti gli altri, in dei cubiculi, all’interno di case sempre più piccole. Ora c’è bisogno di meno figli. In fondo siamo su una gran barca in cui oggi vivono sette miliardi di persone e se non ci ridimensioniamo un po’, affonderemo. Perché non pensare per esempio anche il diritto all’aborto come un diritto delle donne a un pensiero ecologico? Non vogliamo più avere figli perché siamo troppe. Questo non significa che tra tutte noi non vogliamo però educare e generare una futura generazione di donne giovani che non devono essere separate in famiglie, ma vivere in collettivo.

 

Continuando a ragionare intorno al collettivo, e in particolar modo alla relazione tra femminismi, collettività e comunità. Qui in Italia si parla molto poco di femminismi comunitari e soprattutto delle proposte elaborate dalle femministe comunitarie di Abya Yala. Quindi ti chiederei di raccontarci quali sono le esperienze e le proposte di queste donne e soprattutto se ha senso per te, immagino di si, apporre l’aggettivo “comunitario” alla parola femminismo. In tal caso, perché ritieni necessaria questa specificazione?

Io credo che sia necessaria anche in senso decoloniale, piú precisamente in senso anticoloniale, anticolonialista e critico. Proprio per un’epistemologia del femminile non colonialista. Ricordo che 30 anni fa in Messico le compagne dicevano che uno dei limiti del femminismo messicano era quello di non esser capace di prendere in considerazione l’individuo donna e la sua libertà individuale. Oggi invece ci ritroviamo davanti al fatto che l’apporto per tutte noi, che arriva dell’America Latina e dai popoli indigeni è proprio quello della dimensione collettiva all’interno dello spazio e delle vite che vogliamo trasformare. Per esempio, i femminismi collettivi e comunitari hanno assunto la lotta per la difesa dei territori indigeni come una difesa costruita tra uomini e donne. Questa lotta, seppur condotta con gli uomini, le porta però ad essere titolari della loro presenza territoriale nelle comunità. Poiché non esiste la proprietà privata, il diritto al lavoro e la titolarità del proprio lavoro nel territorio comunitario non viene più esercitata esclusivamente da una figura maschile ma si fa’ propria delle donne.

 

Questi femminismi comunitari che mirano alla producción e reproducción de lo común, alla salvaguardia del comune, un comune che non annulla la singola, ma anzi ne vede la realizzazione anche e soprattutto nell’incontro e confronto con le altre e gli altri, in un contesto collettivo, è uno spiraglio di luce rispetto a quella che definisci la modernità emancipata?

Certo. I concetti storici non sono di una sola cultura, la storia ha degli usi e costumi che ci arrivano dall’800 tedesco. Lì più o meno si decise che la storia inizia con la scrittura e che la modernità comincia con il commercio transcontinentale, con l’invasione dell’America. La modernità inizia nel 1492. Ma cos’è che chiamiamo modernità? E che similitudini ci sono tra l’Europa, l’America, l’Australia, l’Africa, l’Asia? Ovviamente essa rappresenta l’espansione coloniale di una piccola parte del mondo, che in realtà appartiene geograficamente a uno spazio molto grande che potremmo chiamare Eurasia (in cui l’Europa è la parte minore ed è anche la meno popolata). Ma da questa parte estremamente occidentale dell’Eurasia, avviene un’espansione di tipo coloniale, commerciale, che tende a costruire sempre di più l’idea che quello che decide la cultura di questa parte del mondo è universale. La modernità emancipata è la modernità che accetta gli universali europei come validi, per esempio l’idea di progresso, per esempio l’idea di individuo, di individuo sovrano, di individuo che ha più diritti della collettività. Solo con questa astrazione di una idea universale si può pensare che è possibile “esportare” il proprio modello politico e economico (sistema di generi opposti e inconciliabili, proprietá privata, superioritá umana sulla natura, rappresentativitá, ecc.) e che una sola storia comprenda tutto. Il femminismo comunitario mette in discussione proprio questo universale, quello dell’individuo al di sopra del territorio, dell’ecologia del territorio, della vita, della comunità e delle persone. In che modo io mi posso liberare, se mi trovo in una condizione di non libertà generale o di sfruttamento o di negazione del valore del mio sapere? Perché il sapere deve passare dall’Accademia, deve passare dalla ratificazione occidentale o non é tale. Il sapere deve essere attraversato da un tipo di razionalità completamente occidentale, che vuole un diritto che sia individuale, non collettivo. Un diritto che deve sempre porre delle ammende quando altri popoli dicono: “questa è la vostra idea, non è l’idea di tutti”. Credo che ciò che ci insegnano le comunità originarie, soprattutto quando si ribellano, penso alla rivolta dei Nasa del 1973 e alla lotta Zapatista dei popoli Maya dal 1994, è che non si può usare la terra come se non fosse viva, perché è lì che viviamo. Noi dovremmo vivere in accordo con la terra e non contro di lei e questo pensiero viene comunicato e condiviso dalle donne in maniera molto forte. Poco tempo fa ero con una architetta veneziana che mi diceva delle cose straordinarie: lei di fronte alla progressiva totale cementificazione delle città italiane, sentiva delle vere e proprie angosce corporali, in senso ecologico profondo. Lei diceva di provare la necessità di tendere la mano alle altre donne per dire insieme “no! basta cemento! basta autostrade! non vogliamo più nuove case! Vogliamo una vita migliore!”. Questo discorso ha avuto su di me un impatto molto forte perché, in qualche modo, questa architetta mi diceva ciò che mi avevano detto anche delle contadine in Guatemala.

 

Hai fatto riferimento alla necessità di vivere in armonia con la terra e non contro di lei. Questo mi ha rimandato al concetto di corpo-territorio che i femminismi comunitari e le donne di Abya Yala stanno discutendo. Un concetto che richiama alla vulnerabilità della vita umana e alla nostra indissolubile ecodipendenza. Un concetto, quello di corpo-territorio, che per il timore di ricadere nella trappola dell’essenzializzazione della natura femminile, rischia di non essere compreso qui in occidente?

Credo che una delle prime risposte negative al concetto di corpo-territorio che ho sentito (soprattutto in Italia, molto meno in Francia e ancora meno in Spagna) è legata all’immediata accezione del corpo-territorio come corpo-natura, come corpo non cultura, come corpo biologizzato in qualche modo. In realtà il territorio è un concetto molto complesso, per il quale si usano diverse parole, diverse perifrasi, dipendendo dalle 607 lingue che si parlano in America Latina e che cercano in qualche modo di esprimere che cos’è un territorio. Un territorio in nessun modo è solo la terra. Il territorio è sì la terra, però è anche l’aria, l’aria che si respira, l’aria che porta alla vita comunitaria, collettiva. Il territorio è l’acqua. La maggior parte delle ribellioni indigene contemporanee, avvengono per la difesa dell’acqua che é in sé ed é anche per il bosco, per le persone, per gli animali. Per cui il territorio è terra, è acqua, è aria, ma è anche flora e fauna, è anche la comunità umana con la sua cultura, con la sua spiritualità, che lì abita. Non è pensabile il territorio come una terra da suddividere o da possedere. Il territorio è lo spazio della vita. Per cui la donna che difende il suo territorio, per esempio una montagna dalla violenza invasiva delle ruspe, e per farlo impiega per fermarle il suo corpo (il corpo di una persona che vive in collettività) è una donna che ha una relazione politica ed ecologica con il territorio in cui vive. E’ una donna che ha una relazione con il territorio in cui vive, appunto, perché è lì che vuole fare la sua vita, è lì che vuole trasformare la vita delle donne in senso positivo, è lì che non vuole essere ammazzata, è lì che vuole essere riconosciuta, è lì che vuole incidere sulla sua cultura, sulla sua lingua, sulle relazioni, sul diritto alla sua sessualità e ad avere o non avere figli.

 

Sappiamo che in Messico sono in aumento i casi di femminicidio ma anche che il movimento femminista si sta organizzando e sta crescendo, ti chiederei, per concludere, di raccontarci meglio la situazione, anche nell’ottica di costruzione di ponti fra esperienze e resistenze.

I movimenti femministi sono fondamentali, soprattutto perché siamo un continente di mega città. Città del Messico e San Paolo credo siano le 2 città più grandi d’America. Sono mega città in cui si sta producendo una cultura urbana che è molto spaventata dalla generazione urbana stessa di violenza, specificamente prodotta contro le donne. La prima città di “maquila”, cioè la prima città di un’industria di assemblaggio è Città Juarez, nella frontiera tra il Messico e gli Stati Uniti, iniziata da Kennedy nel ’67 e presentata come la grande proposta per i paesi più poveri da parte dei paesi più ricchi. Non è una proposta di oggi, è una proposta che viene dal ‘67, con quest’idea che i messicani e le messicane potessimo lavorare meno caro e quindi rendere più facile la vita ai capitalisti statunitensi. Questa situazione fa sì che le città perdano molto della loro cultura, per diventare città delle culture esplose: una grande migrazione interna verso questi poli che non hanno richezza propria, in cui il municipio stesso non ha nessun ingresso perché le aziende non pagano le tasse. Un Municipio in cui non si pagano le tasse è un Municipio povero, anche se genera molta ricchezza a dei privati e questo è Città Juarez. Città Juarez è un Municipio poverissimo che per esempio non può investire nella luce elettrica perché destina tutta la ricchezza prodotta all’industria statunitense che non paga imposte. Così il Municipio ha un pessimo servizio di trasporto pubblico, un pessimo servizio di illuminazione, delle pessime fogne, una pessima distribuzione dell’acqua potabile. Tra le altre cose è in mezzo al deserto. Per cui in una città poverissima si genera la maggior parte della ricchezza per l’industria statunitense ma non solo, anche per l’industria europea. Le industrie europee sfruttano terribilmente il lavoro mal pagato e non protetto dei lavoratori e delle lavoratrici dell’America, l’Asia e l’Africa nelle cittá di produzione di assemblaggio. Questo lavoro è fondamentalmente un lavoro femminile, che rende libere le donne dal lavoro non pagato nelle produzioni familiari e agricole anche se molto sfruttate. Guadagnano molto poco, però guadagnano per conto proprio. In genere poi lasciano la famiglia nel luogo d’origine, quindi non hanno legami di controllo sulla loro sessualità, sulla loro vita affettiva, sui loro comportamenti. Per cui magari vengono mal pagate, però durante il fine settimana possono comprare una bottiglia di vino, invitare compagne di lavoro, di casa e anche uomini e vivere una vita propria, non determinata da strutture di controllo, come possono esserlo le famiglie contadine. A Ciudad Juárez, nel 1993, cominciano a succedersi degli omicidi di donne per il fatto di essere donne, accompagnate anche da sparizioni lungo la frontiera. Sono le madri di queste ragazze morte, sparite, che cominciano a denunciare e coniano il termine femminicidio in una lingua latina. In inglese preesisteva la parola, ora, data l’ampiezza del fenomeno in Messico, femminicidio è diventata la parola che il paese ha coniato per il mondo. Il femminicidio non è sempre e pura violenza domestica, è vero che la maggior parte della violenza che le donne soffrono nel mondo, compreso in Italia, è una violenza che esercitano contro di loro membri delle loro famiglie o conoscenti, però è una violenza contro le donne che è sistemica e sociale: per cui uomini che non trovano lavoro, per esempio, si vendicano sul corpo delle donne perché loro lo trovano. C’è una vendetta del collettivo maschile nei confronti del femminile che lo spiazza nella vita pubblica. C’è anche molto risentimento. Uomini che uccidono donne perché perdono il loro potere, perché le donne non dipendono più economicamente da loro, o perché effettivamente prendono delle decisioni o hanno delle idee che non sottopongono al controllo della struttura patriarcale, del collettivo di uomini e donne che gli sono fedeli, come per esempio le suocere. E tutto questo è enormemente doloroso perché dal ‘90 a oggi il femminicidio in Messico è cresciuto del 400%. C’è un 400% di omicidi di donne in più rispetto a 20/30 anni fa. Oggi si registra una situazione di emergenza perfino nei posti dove credevamo di essere più in salvo, per esempio in città. Oggi Città del Messico sta vivendo cose che prima vivevano le province messicane: incremento della mortalità delle donne per essere donne, sparizioni, assassinati, un maggior numero di impunità di fronte a questi delitti. Però c’è anche una maggiore e più forte risposta femminista. Non solo c’è il movimento Ni una más (ovvero non una donna assassinata in più) ma anche il risveglio di un femminismo molto giovanile, di ragazze di meno di 30 anni, che si riuniscono, agiscono dai loro collettivi, nella difesa della vita di tutte le persone, nella difesa del primo diritto, che è quello alla vita personale e collettiva. La cosa preoccupante è che attualmente si sta generando una cultura della paura delle donne per togliere loro i diritti ottenuti dal movimento di donne negli ultimi 100 anni. La destra mondiale, che si sta organizzando come una vera internazionale di destra, e produce discorsi molto simili in tutto il mondo e in tutte le religioni contro la libertà delle donne, discorsi che toccano proprio la vita delle donne: “muoiono perché vogliono, dovrebbero stare a casa alle 10:00 di sera, sono assassinate perché non vogliono più fare figli agli uomini”. E’ un discorso che solo 20 anni fa avremmo considerato delirante e che invece adesso sentiamo per esempio in Argentina o in Italia da personaggi che menzionano per esempio il totalitarismo di genere. Assistiamo a un discorso di estrema destra che cerca di far coincidere (in modo molto strano) il pensiero femminista con il grande nemico delle destre che è il pensiero marxista. Come se il femminismo derivasse dal marxismo. Credo che invece il femminismo preceda come pensiero della liberazione il pensiero marxista e io proprio come esempio porto sempre questo: noi crediamo che la frase Operai di tutto il mondo unitevi! sia di Marx, e invece no, tre anni prima la disse Flora Tristan, socialista e femminista franco-peruviana. Nel suo libro, L’Unione Operaia, del 1843 dice che le operaie sono le sfruttate degli sfruttati. Lei muore per avvelenamento da piombo, perché non le poterono togliere la pallottola che le sparò il marito quando chiese il divorzio. Flora Tristan, grande teorica del socialismo utopico, di ritorno dal Perù, ricomincia la sua vita politica scrivendo sulle donne come sfruttate degli sfruttati, donne operai, della classe operaia. Lei dice: “Non ci può essere una liberazione operaia se non c’è una liberazione delle operaie. Non c’è liberazione senza liberazione femminile.”

http://www.iaphitalia.org/femminismi-da-abya-yala-intervista-a-francesca-gargallo/