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Francesca GARGALLO, “A propósito de nuestros propósitos. El 8 de marzo y la conmemoración de las confrontaciones de las mujeres con el poder”, Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad Universitaria, D.F., 12 de marzo de 2010.

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A propósito de nuestros propósitos. El 8 de marzo y la conmemoración de las confrontaciones de las mujeres con el poder

Francesca Gargallo

12 de marzo de 2010, Ciudad Universitaria

El 3 de mayo de 1908, la Federación de los Clubes de Mujeres Socialistas de Chicago convocó a la celebración de unas jornadas de reflexión y acción denominadas Woman’s Day (Día de la Mujer), en el teatro The Garrick, con el fin de evidenciar su lucha a favor de la educación de la clase trabajadora y su defensa incansable del derecho de las mujeres al sufragio, a gozar de derechos en el trabajo y a luchar en contra de la guerra. En esa ocasión, el conferencista invitado, Ben Hanford, rescató la tesis de Engels en  El Origen de la Familia, de la Propiedad y del Estado, según la cual: “Las más explotadas son las madres de nuestro pueblo. Ellas están de manos y pies amarradas por la dependencia económica. Son forzadas a venderse en el mercado de la boda, como sus hermanas prostitutas en el mercado público.”

La conmemoración de 1908 había sido tomada de forma autónoma por las mujeres, de modo que la estructura oficial del Partido Socialista para el 28 de febrero de 1909 corrió a los reparos y organizó en Nueva York una conmemoración, que se pretendía nacional, del Día de la Mujer, con el fin de “obtener el derecho de voto y abolir la esclavitud sexual.” El panfleto de convocatoria subrayaba que: “La realización de la revolución de las mujeres es uno de los medios más eficaces para la revolución de toda la sociedad.”

Cómo se había llegado a la necesidad de realizar una conmemoración de las mujeres socialistas en Estados Unidos se explica sólo a través del reticulado de sucesos que concernían la vida y las luchas de las mujeres de finales del siglo XIX y principios del XX, en particular aquellas enfocadas a la obtención de derechos paritarios a los de los hombres en el mundo laboral, educativo y doméstico. En Estados Unidos como en Europa y en América del Sur, en efecto, anarquistas, socialistas y liberales se manifestaban de modos diversos para liberarse de un yugo que se le hacía cada vez más difícil de soportar. Y no sólo en el ámbito estrictamente ligado a la remuneración del propio trabajo.

Así que, si bien hay una tendencia que busca hacer coincidir el primer movimiento feminista con la lucha por la obtención del voto, y por lo tanto construye cierta sinonimia entre el movimiento sufragista y el movimiento feminista, dada la importancia de la reivindicación de la plena ciudadanía mediante el acceso al sufragio por parte de las feministas liberales, también es cierto que, en la misma época, las anarquistas en su búsqueda de liberación equiparaban el patrón al marido y la fábrica a la estructura familiar y a la organización de partido, mientras por su lado las socialistas tendían a subrayar exclusivamente las características materiales del trabajo en sus demandas de igualdad.

La periodista chilena Victoria Aldunate, desde una perspectiva autónoma del feminismo, ha evidenciado huelgas que fueron definitivas para la consolidación del movimiento feminista de principios del siglo XX, como la de las obreras de las fábricas de porcelana de Limoges, en 1905, en que las demandas laborales tenían por propósito el fin del acoso sexual en el trabajo, y no sólo la igualdad salarial. El 8 de marzo en su columna virtual “Portadas”, Aldunate ironizó acerca de que los historiadores socialistas nunca hablan de esa huelga contra el acoso sexual de los capataces porque echa por tierra la teoría que las obreras sólo se rebelaban por la explotación de clase:

Llevaban meses denunciando a la patronal que había capataces que las acosaban sexualmente, pero los patrones no escuchaban, por eso el 28 de marzo las obreras del taller de pintura del empresario de porcelana Haviland, en Limoges, Francia, declaran la huelga. Su objetivo: que terminen los abusos sexuales de los capataces. Violencia sexual de hombres que eran de su misma clase social. Hombres que se aprovechan del escaso poder que el patrón les entregaba y lo usaban contra quienes vienen directamente ‘bajo ellos’ en la escala patriarcal: las mujeres de su clase. […] Otros talleres de mujeres se plegaron a la huelga contra el acoso. Veinte días más tarde, el 17 de abril, no habiendo logrado que las insurrectas desistieran, la patronal envió soldados a disolver la huelga. Dispararon. Quedaron varias heridas y una asesinada: Camille Vardelle. Sólo sabemos de ella que era una joven obrera, e imaginamos que si hubiese sido un hombre, alguna cantata, varios poemas y numerosos trozos de la historia, la mencionarían, pero fue una mujer…

No es lo mismo una huelga de obreras que una marcha de sufragistas; sin embargo, algo tenían en común: lo propiamente femenino, lo intrínsecamente no equiparable a lo masculino de sus reivindicaciones, que no es entendido ni reivindicado por las disciplinas académicas que estudian la acción de las mujeres en la historia o su pensamiento político. Sabemos, por ejemplo, que la mayoría de las mujeres del Partido Socialista consideraban al movimiento sufragista como un movimiento de mujeres blancas y de clase media y que las mujeres anarquistas no veían ningún sentido en la lucha por el voto, ni de las mujeres y ni de los hombres. El medio para construir una nueva sociedad y la igualdad entre mujeres y hombres, en la visión anarquista era la acción directa revolucionaria, como por ejemplo la reivindicación del amor, de los afectos, del intercambio de ideas, de la solidaridad, mediante la supresión del matrimonio, del dinero y del estado.

Esto era cierto tanto en América como en Europa, aunque las historias de ambos continentes no coincidan en las formas de expresión feminista. En Alemania, por ejemplo, el movimiento de las mujeres socialistas, liderado por Clara Zetkin, manifestaba muchas contradicciones y dudas. En la II Internacional se sostenía que la lucha por el derecho al voto femenino era una forma de desviar las fuerzas revolucionarias de las mujeres; sin embargo, durante la Primera Conferencia Internacional de las Mujeres Socialistas, en 1907, en Stuttgart, 58 delegadas de 14 países elaboraron una proposición que comprometía a varios Partidos Socialistas a exigir el sufragio femenino. La resolución fue elaborada, en la víspera, en la casa de Clara Zetkin por ella y dos camaradas, sus huéspedes: Rosa Luxemburgo y la única rusa de la Conferencia, Alexandra Kollontai.

Tres años después, en 1910, el Partido Socialista estadounidense organizó, por segunda vez, el Día de la Mujer en el último domingo de febrero, en Nueva York. El objetivo del día estaba impreso sin rodeos en la invitación: “Enrolar a las mujeres en el ejército de los camaradas de la revolución social”. Las modistas de la ciudad el 15 de febrero de 1910 habían ganado una huelga por el derecho a tener un sindicato reconocido, iniciada el 22 de noviembre de 1909. Una dura y larga huelga marcada por la represión violenta de la policía, que durante los tres meses que duró detuvo a más de 600 personas. Concluida la huelga las modistas participaron activamente de la preparación y de la realización del Día de la Mujer. Dos meses después, en mayo, en el congreso del partido, realizado en Chicago, se deliberó que el partido americano enviaría delegadas al Congreso de la Internacional, a celebrar en agosto con la tarea, entre otras, de proponer al plenario que el Día de la Mujer fuera asumido por la Internacional. Ese día debería hacerse el Día Internacional de la Mujer y ser celebrado por todos los socialistas, en el último domingo de febrero de cada año.

En agosto de 1910, en Copenhague, Dinamarca, la Segunda Conferencia Internacional de las Mujeres Socialistas aprobó la propuesta de las delegadas de Estados Unidos, cuando Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo declararon la necesidad de la realización anual del Día Internacional de la Mujer.

Quedó a cargo de cada país escoger la fecha que mejor le convenía para la conmemoración, según lo redactó el 29 de agosto Clara Zetkin en La Igualdad, el periódico que había fundado y dirigía: “Las mujeres socialistas de todas las naciones organizarán un Día de las Mujeres específico, cuyo primero objetivo será promover el derecho de voto de las mujeres. Es preciso discutir esta propuesta, conectándola a la cuestión más amplia de las mujeres, en una perspectiva socialista.” La propuesta de conmemorar el Día de la Mujer junto con la fecha de la lucha obrera, el 1º de Mayo, fue descartada porque la mayoría opinó que el Día de la Mujer debía ser conmemorado en un día propio, específico.

En Europa, varios países empezaron a celebrar el Día Socialista de las Mujeres el 19 de marzo de 1911, por decisión de la Secretaría de la Mujer Socialista, órgano de la Internacional. Alexandra Kollontai propuso la fecha para conmemorar un levantamiento de mujeres proletarias prusianas el 19 de marzo de 1848. En Estados Unidos la tradición de realizar el Día de la Mujer en el último domingo de febrero se repitió en 1911, 1912 y 1913. Sólo en 1914, se cambió la fecha al 19 de marzo para coincidir con las compañeras de ultramar. En México, se organizó una conmemoración de las mujeres en lucha por sus derechos que coincidiera con los internacionales, hasta 1916, en la ciudad de Mérida.

En 1914, por primera vez, en Alemania, Clara Zetkin y las mujeres socialistas definieron la fecha del Día de la Mujer para el 8 de marzo. No se explicó el porqué de esa fecha, al parecer era un detalle sin interés. Sin embargo, tendría consecuencias importantes para la Revolución Rusa.

El primer Día de la Mujer en Rusia fue conmemorado el 3 de marzo de 1913. En 1914 todas las organizadoras del Día de la Mujer cayeron presas y no hubo conmemoración. En plena Guerra Mundial, en 1917, las mujeres socialistas decidieron, sin embargo, realizar su Día de la Mujer el 23 de febrero, por el calendario ruso, u 8 de marzo, según el calendario occidental.

Según Alejandra Kollontai: “El día de las obreras, el 8 de Marzo, fue una fecha memorable en la historia. Ese día las mujeres rusas levantaron la antorcha de la revolución.” León Trotsky, como ella en ese entonces miembro del Comité Central del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, en su Historia de la Revolución Rusa, lo ratificaría:

El 23 de febrero era el Día Internacional de la Mujer. Los elementos socialdemócratas se proponían festejarlo en la forma tradicional: con asambleas, discursos, manifiestos, etc. A nadie se le pasó por las mentes que el Día de la Mujer pudiera convertirse en el primer día de la revolución. Ninguna organización hizo un llamamiento a la huelga para ese día. La organización bolchevique más combativa de todas, el Comité de la barriada obrera de Viborg, aconsejó que no se fuese a la huelga. Las masas -como atestigua Kajurov, uno de los militantes obreros de la barriada- estaban excitadísimas: cada movimiento de huelga amenazaba convertirse en choque abierto. Y como el Comité entendiese que no había llegado todavía el momento de la acción, toda vez que el partido no era aún suficientemente fuerte ni estaba asegurado tampoco en las proporciones debidas el contacto de los obreros con los soldados, decidió no aconsejar la huelga, sino prepararse para la acción revolucionaria en un vago futuro. Tal era la posición del Comité, al parecer unánimemente aceptada, en vísperas del 23 de febrero. Al día siguiente, haciendo caso omiso de sus instrucciones, se declararon en huelga las obreras de algunas fábricas textiles y enviaron delegadas a los metalúrgicos pidiéndoles que secundaran el movimiento. Los bolcheviques -dice Kajurov- fueron a la huelga a regañadientes, secundados por los obreros mencheviques y socialrevolucionarios. Ante una huelga de masas no había más remedio que echar a la gente a la calle y ponerse al frente del movimiento. Tal fue la decisión de Kajurov, que el Comité de Viborg hubo de aceptar. “La idea de la acción había madurado ya en las mentes obreras desde hacía tiempo, aunque en aquel momento nadie suponía el giro que había de tomar.” Retengamos esta declaración de uno de los actores de los acontecimientos, muy importante para comprender la mecánica de su desarrollo. Dábase por sentado, desde luego, que, en caso de manifestaciones obreras, los soldados serían sacados de los cuarteles contra los trabajadores. ¿A dónde se hubiera ido a parar con esto? Estábamos en tiempo de guerra y las autoridades no se mostraban propicias a gastar bromas. Pero, por otra parte, el “reservista” de los tiempos de guerra no era precisamente el soldado sumiso del ejército regular. ¿Era más o menos peligroso? Entre los elementos revolucionarios se discutía muchísimo ese tema, pero más bien de un modo abstracto, pues nadie, absolutamente nadie -como podemos afirmar categóricamente, basándonos en todos los datos que poseemos- pensaba en aquel entonces que el día 23 de febrero señalaría el principio de la ofensiva declarada contra el absolutismo. Tratábase -en la mente de los organizadores- de simples manifestaciones con perspectivas vagas, pero en todo caso sin gran trascendencia. Es evidente, pues, que la Revolución de Febrero empezó desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias; con la particularidad de que esta espontánea iniciativa corrió a cargo de la parte más oprimida y cohibida del proletariado: las obreras del ramo textil, entre las cuales hay que suponer que habría no pocas mujeres casadas con soldados. Las colas estacionadas a la puerta de las panaderías, cada vez mayores, se encargaron de dar el último empujón. El día 23 se declararon en huelga cerca de 90.000 obreras y obreros. Su espíritu combativo se exteriorizaba en manifestaciones, mítines y encuentros con la policía. El movimiento se inició en la barriada fabril de Viborg, desde donde se propagó a los barrios de Petersburgo. Según los informes de la policía, en las demás partes de la ciudad no hubo huelgas ni manifestaciones. Este día fueron llamados ya en ayuda de la policía destacamentos de tropa poco numerosos al parecer, pero sin que se produjesen choques entre ellos y los huelguistas. Manifestaciones de mujeres en que figuraban solamente obreras se dirigían en masa a la Duma municipal pidiendo pan.

La Revolución de Febrero empezó venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias y corrió a cargo de  las obreras del ramo textil.

En 1921 se realizó, en Moscú, la Primera Conferencia de las Mujeres Comunistas que adoptaría el día 8 de Marzo como fecha unificada del Día Internacional de las Obreras. A partir de esa Conferencia, la recién creada Tercera Internacional esparció la fecha 8 de marzo como la adecuada para las conmemoraciones de la lucha de las mujeres.

En esta época de centenarios y bicentenarios, cuando todas estamos alborotadas porque finalmente unas cuantas historiadoras nos sacan del olvido al que nos han orillado la historia y las conmemoraciones oficiales de la patria y la revolución, ¿cómo no recordar que las mujeres socialistas reunidas en Copenhagen en 1910 nos dieron un día de conmemoración de nuestras luchas y para la identificación de nuestras necesidades?

Por supuesto, así como ninguna fecha nos va a terminar de convencer acerca del inicio de los movimientos independentistas de América Latina (¿por qué no reivindicar que los movimientos que culminarían en las Independencias americanas de España se iniciaron en 1782, con  la revolución indianista de Tupac Amaru, Micaela Bastidas, Tupac Catari y Bartolina Cisa en Perú y Bolivia; por qué no considerar que la primera independencia latinoamericana es la de Haití, iniciada en 1792 y culminada en 1805; por qué no tomar en cuenta los movimientos de liberales españoles antimonárquicos de 1808?), tampoco nos dejará satisfechas cualquier explicación del porqué se conmemora el 8 de marzo. Sin embargo, parece más que documentado que el origen de la conmemoración de las mujeres es de cuño socialista. Entonces ¿por qué el movimiento feminista de la década de 1960 olvidó este rasgo y reivindicó una lucha sufragista como móvil primer del propio movimiento, inventándose de paso una huelga nuevayorkina de 1857 de la cual no hay rastro documental?

La tendencia, cada vez más enajenante, de eliminar el contenido histórico de las fechas conmemorativas sirve a un propósito perverso: a la asimilación y, por ende, a la desaparición del impulso libertario que les dio origen. Cuando algo pierde su contenido simbólico deja un espacio hueco en el que se puede colocar cualquier cosa, por absurda o insultante que sea. Y es precisamente eso lo que se pretendió sucediera con el 8 de marzo cuando estados, universidades, compañías dulceras, fabricantes de tarjetas, programas de radio, etcétera, empezaron a celebrar en ese día un falsa esencia mujeril o una fiesta del sexo. Pero no, el 8 de marzo es un día para que la memoria reviva y la dignidad se sacuda.

En este 2010, al cumplirse 100 años de esta conmemoración, las condiciones laborales de la gran mayoría de mujeres en el mundo entero siguen siendo deplorables, y en América Latina están ligadas a la explotación y a la presión por emigrar enfrentando toda suerte de privaciones y faltas de derechos. La división sexual del trabajo perdura y orilla a muchas mujeres y niñas a una situación que bien podemos llamar de esclavitud, tanto laboral como sexual. Las mujeres que han logrado incorporarse al mercado de trabajo formal ganan un 70% del salario de los hombres, a pesar de realizar las mismas funciones y de estar, en muchos casos, mejor calificadas. Los derechos de las mujeres se sostienen en el papel y no se llevan a la práctica las medidas que podrían hacer efectiva la no discriminación y una vida libre de violencia.

Sé que cuando se menciona la violencia parece que todas las demás violaciones a la equidad y a la libertad disminuyan de importancia, lo cual no es cierto. Pero es inevitable mencionarla. Pues, es suficiente con mirar los titulares de los diarios para sentir un escalofrío y saber que no se ha logrado el derecho a la vida para las mujeres. Los feminicidios, es decir los asesinatos de mujeres por el hecho de ser mujeres, aumentan a un ritmo vertiginoso. Y el ensañamiento de los asesinos es utilizado para fomentar el amarillismo de algunos medios de comunicación, convirtiendo a las víctimas en carne de portada; eso es, en víctimas de una nueva violencia, la de la desaparición de su dignidad humana.

Según la bióloga y poeta costarricense Gabriela Arguedas, parece que las mujeres seguimos a prueba, como si tuviéramos la obligación de ganarnos cada día nuestra condición de humanas y de ciudadanas.

A pesar de ello, me gustaría resaltar, como lo hace la historiadora guatemalteca Silvia Monzón, que hace cien años muchas de las mujeres socialistas que decidieron que tenían un derecho más allá del derecho a percibir un mejor salario, un derecho a ser sí mismas, eran migrantes que habían llegado a “tierras americanas” huyendo del hambre, con apenas unos sueños y unas pocas monedas en la maleta.  Cientos de miles se sumaron a la mano de obra que requerían las fábricas en pleno desarrollo industrial. Y muchas otras, a los más diversos oficios que han sido reservados a las mujeres.

Cien años después, las mujeres migrantes, las latinoamericanas, las asiáticas, las africanas que derriban los muros levantados en su contra por los países europeos y Canadá y Estados Unidos, como hace cien años están expuestas a los abusos, la explotación y la impunidad. Pero también, como entonces, están despertando y organizando las luchas por los derechos de las migrantes.

 Paralelamente, muchas mujeres del campo, en particular las que manifiestan una seguridad acerca de la importancia de su trabajo, están encontrándose para resistir los embates de una agricultura tecnocrática que las margina y destruye las relaciones paritarias que han mantenido o logrado construir en sus lugares de origen a través del esfuerzo constante que despliegan en la producción.

Migrantes y campesinas, ayer y hoy, nos transmiten su fuerza, y construyen la historia de las mujeres todas, la nuestra también.

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