Referencia: Francesca GARGALLO, “Personajes femeninos en la novela negra contemporánea. Un análisis feminista”, en Todas, suplemento de Milenio, Ciudad de México, 14 de junio de 2010, http://impreso.milenio.com/node/8784042

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Personajes femeninos en la novela negra contemporánea. Un análisis feminista

Francesca Gargallo

 

Dos feministas muy distintas entre sí, la autónoma y radical María Galindo, activista del grupo Mujeres Creando, y la antropóloga argentina en Brasil, Rita Laura Segato, me han dado una pista para llegar a unas conclusiones totalmente personales sobre los personajes femeninos en la literatura actual, escrita por mujeres o por hombres sensibles a la condición de la mujeres. María Galindo y Rita Laura Segato me han informado acerca de la victimización de las mujeres como el más profundo rasgo de socialización de género en América Latina, un rasgo que cruza tanto por la formación de las mujeres en la cultura urbana, mestiza y de clase media, como aquella de las culturas indígenas domesticadas por la Conquista y el racismo. Socialización que se hace evidente en la descripción de los personajes literarios sea cuando son descritos desde perspectivas misóginas, abiertas o encubiertas, como las que hacen caso omiso de la condición sexual-social, sea cuando un cierto tipo de “compromiso” con la causa lleva a algunas autoras de libros a asumir víctimas triunfadoras o víctimas aniquiladas.

Víctima es una persona que no puede vivir con las cicatrices de la violencia sufrida sin convertirlas en las causantes de todos sus actos. Es quien hace de su condición de abusada, maltratada, violada, torturada, pobre, marginada, excl.+

ida, discriminada o amenazada el rasgo primero de su personalidad, su esencia totalizadora. La víctima sólo puede representar su papel de víctima. Ninguna víctima puede liberarse y arrastra su propia victimización al campo del trabajo, de la sexualidad, del goce, de los afectos y del deseo de aprender. Ser víctima se asemeja a la condición de alcohólica más que a la de una persona que ha sufrido un abuso o una violencia (física, económica, moral, sexual, educativa, que las mujeres las sufrimos todas alguna vez en nuestras vidas): ser víctima implica nunca poder dejar de serlo.

Cuando llegué a esta conclusión, después de un largo y rápido viaje que me llevó a estar sentada durante muchas horas en un avión y a comprar diversas novelas en las librerías de los aeropuertos de media Europa y México, entendí por qué Rita Laura Segato fue tan duramente criticada hace poco menos de un año por decir una de las cosas más novedosas del feminismo latinoamericano. Esta antropóloga de la Universidad de Brasilia que ha estudiado a fondo las raíces y las formas de la violencia contra las mujeres, desde las comunidades campesinas hasta Ciudad Juárez, afirmó durante una entrevista que una mujer que esté libre de la idea de que su cuerpo pertenece a un hombre (o a una institución patriarcal: padre, marido, tutor) puede sobrellevar una violación, denunciarla, y no sólo sobrevivir a ella, sino insertarla en su mundo de experiencias educadoras, conducir sus actos hacia actitudes éticas y gozar plenamente de una excelente sexualidad. Una sexualidad suya, homo o heterosexual, placentera precisamente porque no es de otra persona, no debida, propia, que ningún acto de violencia sufrido puede arrebatarle, porque no es una cosa sino una forma de ser.

Vinculé ese descubrimiento con las actividades de Mujeres Creando, uno de los grupos feministas más radicales y propositivos del mundo. En Bolivia, Mujeres Creando es una piedra en el zapato de las derechas y de las izquierdas, se organiza alrededor de una idea-eje: que putas, indias y lesbianas tienen mucho en común como rompedoras de las organizaciones sexo-sociales patriarcales, son creadoras de expresiones culturales de liberación. María Galindo me lo confirmó durante su último viaje a México, en mayo de 2010. Hablábamos durante la cena que las mujeres nos apoyamos unas en las otras para hacer salir a la luz nuestras capacidades individuales y grupales de interpretación y transformación del mundo cuando entendemos que no somos un sector de la población ni, mucho menos, un cuerpo social que tiene la obligación de exigirle al Estado —que las educa y orilla a ser víctimas— una agenda de derechos para las mujeres. Asumirnos como víctimas implica un suicidio, pues.

“Hay más en común entre una mujer jueza que absuelve un violador y el violador, que entre la mujer jueza y la mujer violada”, escribió María en el número 2 de Mujer Pública, una revista absolutamente autónoma, sin financiamientos, que vive del trabajo intelectual y físico de mujeres en diálogo entre sí, de una punta a otra de Bolivia y de una punta a otra del mundo. Una mujer violada va a encontrar en los escraches de “putas, indias y lesbianas juntas, revueltas y hermanadas” (como se definen a sí mismas Mujeres Creando) que denuncian al violador en los muros de su habitación, en los programas de radio, con el megáfono por las calles de su barrio, una solidaridad activa mucho mayor que la que puede encontrar en una ley contra la violencia de género que la jueza interpreta de manera patriarcal.

De paso, esos escraches y denuncias públicas van a darle la oportunidad de tomar en sus manos su destino, convertirlo en su creación y —¿por qué no?— liberarse de las cicatrices que por una estética patriarcal deberían afear (que la afeen es un mandato patriarcal) su sexualidad. La víctima de violación se convierte así en una activista contra la violación, una mujer plena a pesar de la violación, que le da un lugar feminista a esa actividad compulsiva del patriarcado que es la violación, sin culparse por ella ni renunciando a su placer sexual. Paralelamente, la mujer que se libera de ser víctima libera a los hombres de ser victimarios, porque en los hechos los convierten en aliados en la lucha contra el patriarcado. Con ello, hace tambalear el sistema entero.

En los libros que leí durante mis viajes me he topado con la trilogía Millenium (Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con un cerillo y un galón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire) del sueco Stieg Larsson, un periodista pacifista experto en los grupos de extrema derecha y sus vínculos con las cúpulas políticas y financieras que extrañamente murió de un infarto a los pocos días de haber entregado los tres manuscritos a su editorial, así como con el principal de sus personajes masculinos, Mikael Blomkvist, un periodista financiero que devela la relación entre las riquezas que se han acumulado rápidamente en un clima de globalización neoliberal y las mafias masculinas de hombres que odian a las mujeres, las maltratan, las asesinan, gozan con su dolor y su sumisión.

Mikael Blomkvist tiene a una mejor amiga que, a la vez, es su amante desde el colegio, mantiene relaciones civilizadas con una ex esposa y una hija que manifiesta debilidad por algunas corrientes religiosas y se relaciona con una flaca y genial hacker que colabora con él en develar crímenes internacionales. Muchas mujeres se acuestan con él por su voluntad y él ama hacer el amor siempre y cuando no implique ningún lazo de estabilidad ni violencia o coerción alguna. La moral no es cosa de con cuántas personas te acuestas, sino una práctica de no imposición y respeto de la plena humanidad de otra persona, lo cual implica respeto de sus sentimientos, sensaciones y voluntad; es decir, implica también dar y recibir placer.

Por supuesto, Mikael Blomkvist lava los platos y prepara café, pero sobre todo al darse cuenta de que a una amiga periodista los directivos masculinos de la televisión para la que trabaja la han marginado de las entrevistas, cuando se vuelve famoso sólo acepta ser entrevistado por ella.

Las mujeres protagonistas de las novelas de Stieg Larsson pasan por todo tipo de violencia y todas conciben respuestas a la misma. Por supuesto las hay asesinadas que ya no pueden actuar, pero las demás actúan también por ellas. Sus acciones van desde la fantasía —entendida como una posibilidad de aferrarse a la vida en situaciones de impotencia durante una violación o una tortura, mediante la fuga de la propia realidad en las ideas de venganza o de felicidad— hasta la defensa, cuando no la agresión física que emplean para sustraerse de la presencia del victimario. Pasan por otras miles de posibilidades, por supuesto: fugas, venganzas, denuncias.

De la misma forma me ha impresionado la lectura de la intensísima denuncia de los abusos del sistema de protección de la infancia británico contenida en la novela Vento scomposto (Viento descompuesto) de la escritora anglo-siciliana Simonetta Agnello-Hornby, quien toma las partes de un padre acusado de abusar a su hija de tres años por una maestra paranoica que pide ayuda a los servicios sociales. En la novela, los dos personajes masculinos, el supuesto abusador, antipático por rico, prepotente y controlador, y el abogado solidario con las mujeres que llegan a pedirle ayuda tanto contra los maridos violentos como contra el Estado que, en nombre de su bienestar, las amenaza con quitarles los hijos, son sostenidos por decenas de personajes femeninos, todos activos contra todos los tipos de violencia, ilegales y legales.

De estas novelas, las escritas por un hombre solidario con las mujeres y la escrita por una mujer solidaria con los hombres, me ha impresionado el acento puesto en la defensa y no en la victimización que las mujeres pueden emprender tras sufrir un abuso. Como Galindo y Segato, Larsson y Agnello afirman que es factible no convertirse en víctimas aun habiendo sufrido una agresión espantosa en un clima social de naturalización de la violencia contra las mujeres. Ahora bien, no convertirse en víctima me parece la estrategia feminista más radical que podamos imaginar.

La diferencia entre esta literatura y la que el selecto grupo de machos novelistas mexicanos y latinoamericanos que han escogido el mundo del narcotráfico para deleitarse en historias donde la violencia es una reina incontestada (Elmer Mendoza, Sergio Ramírez, Mario Mendoza y una docena de escritores menores), es impresionante. Estos últimos son los más grandes defensores del status quo patriarcal. La narconovela, como ellos mismos la definen, vende y vende muy bien porque no propone ninguna alternativa a la realidad, pues la reproduce cual si fuera el ingrediente preciso de una erótica de la aniquilación. Como en las gestas de la Conquista reportadas por los cronistas, las mujeres son botín, “indias fermosas”, víctimas de un destino que las rebasa, víctimas de un destino controlado por otros.

Si para algunos de ellos la narcoliteratura de los autores latinoamericanos contemporáneos representa un segundo boom literario regional será porque es tan excluyente de la experiencia femenina como el primero, donde novelas de autoras geniales, como Los recuerdos del porvenir de Elena Garro, para dar un ejemplo, no fueron tomadas en consideración.

En realidad, la preeminencia de la violencia y el narcotráfico como eje de la narrativa de Elmer Mendoza, para dar un ejemplo de alguien que escribe bien, no es sino la continuación de la exaltación de las víctimas del destino, como esos Buendía de Cien años de soledad —novela del macho clasista y enaltecedor de la prostitución de muchachitas campesinas García Márquez—, que no tenían otra posibilidad de ser que la de lanzarse cabeza abajo en el páramo de la desolación de su país de víctimas de la violencia política nacional y de la explotación económica imperialista.

La diferencia entre la narconovela y un libro de denuncia de las mafias como, por ejemplo, Gomorra de Roberto Saviano, es que los capos de las mafias de la literatura latinoamericana son héroes débiles y prepotentes que someten; son personajes venerados por las víctimas de la injusticia cuya bajeza moral se mezcla con llantos, crisis, deseos de paternidad, violencia contra las mujeres para mantenerlas en el orden de la puta, la esposa, la hermana, la enemiga. Eso es, son prototipos de género, perpetuadores de la victimización latinoamericana, así como de la imposibilidad de cambio en las relaciones entre las personas.

Por mucho que mi querido Paco Ignacio Taibo II diga que en los países latinoamericanos la corrupción gubernamental y la infiltración de las mafias en todas las esferas del poder hace que sea imposible conocer los hechos en toda su dimensión de no ser por las reconstrucciones de la novela negra, entendida como un sustituto cercano de la verdad ausente, desde su doña Eustolia con tanto de cuchillo cebollero, él tampoco ha vuelto a identificar su deseo de cambio político con un personaje femenino enfrentado a la victimización de género, un personaje que reivindique la humanidad activa de mujeres y hombres.

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