Archivos diarios: febrero 24, 2020

El Segundo Sexo, un libro de filosofía que durante 70 años ha marcado un hito en el pensamiento feminista

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Cuando en 1949, la editorial Gallimard lanzó los dos volúmenes de El Segundo Sexo, “Los hechos y los mitos”, el primero, y “La experiencia vivida”, el segundo, Simone de Beauvoir era una reconocida filósofa y escritora de 41 años que se había propuesto analizar qué significaba ser mujer en su sociedad y zanjar con ello una “querelle” sobre las mujeres que, por lo menos en Francia, había involucrado a los pensadores de los últimos cinco siglos. Sostuvo que la condición de las mujeres era diferente a la de los hombres porque todas las ciencias, las costumbres y las ideologías les exigían ser sus otras y las empujaban a internalizar una sensación de incapacidad. El éxito de ventas del libro reveló el hambre de su generación por una reflexión semejante. De Beauvoir había destapado con claridad un problema social que siempre había estado ante los ojos de todos.

En la cultura europea, la disputa sobre las mujeres doctas y las autoras había constituido uno de los debates más recurrentes de la producción intelectual masculina tardomedieval y renacentista. Cristine de Pisan la enfrentó en 1405, en La cité des dames, donde demostraba que las mujeres pueden opinar con razón, derechura y justicia, revelando su calidad literaria, filosófica, política y moral. A favor, pero más frecuentemente en contra, los hombres no dejaron de disputar por ello sobre la calidad y capacidad de la cultura de las mujeres. Los revolucionarios en 1789 no les otorgaron la plena ciudadanía, Napoleón las definió como reproductoras y hasta un anarquista como Proudhon desafió el igualitarismo de sus correligionarios para definirlas inferiores. Sin embargo, las mujeres pelearon por sus derechos a la educación, la custodia de los hijos, la autonomía económica y el voto hasta que los fascismos, que se expandieron sobre Europa desde 1922, echaron para atrás los logros alcanzados por ellas desde finales del siglo XIX, tildándolos de disparates socialistas. A mediados del siglo XX, era necesario impulsar una crítica ética a la antropología, la sicología, el marxismo, la medicina y la filosofía porque obligaban a las mujeres a definirse a partir de su sexo, eso es, de su relatividad, de su no ser hombre y cargar con un cuerpo y una definición alternativos al representante de la humanidad. Desde esta perspectiva, de Beauvoir enunciaba su teoría de la alteridad como una categoría fundamental del pensamiento, funcional para el dominio, ya que implicaba la imposibilidad de pensarse sin enunciar a otro frente a sí. Revelaba asimismo que dicha alteridad es hostil a todo pensamiento y conciencia alternativa.

Como existencialista, Simone de Beauvoir decidió afirmar una existencia histórica, emotiva y racional de los comportamientos y decisiones de las mujeres. Su estudio acerca de cómo se fue conformando lo “femenino” contestaba todo determinismo biológico y desmentía que las mujeres tienen un camino preestablecido del que no pueden separarse: “el Ser no existe y no debe de confundirse con llegar a ser, el ser, según la filosofía existencialista, es siempre un sujeto tal como se manifiesta. Para los seres humanos, para los hombres como para las mujeres, el ser no es algo, ninguna esencia definitiva: No se nace mujer; se llega a serlo” (El segundo sexo, editorial  Cátedra-Universitat de València, Madrid, 2005, p.371)

Si todo educa, como decía el misógino Rousseau, ¿cómo no iba a educar la imposición de normas de conducta moral que influían en la vestimenta, el comportamiento, la vocación de servicio, las decisiones y los pensamientos de las mujeres y los hombres? Contra esa pedagogía totalizante, El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir hacía descansar en la conciencia y la toma de decisiones informadas la posibilidad de las mujeres de liberarse de ideologías negativas como la feminidad y los mitos del eterno femenino y el deseo de maternidad.

De Beauvoir hurgó en los mensajes educativos subliminales y las afirmaciones aplastantes que recaían sobre las mujeres, desde la cultura popular, la academia, la religión y desde las ciencias naturales, la antropología, el psicoanálisis freudiano y el marxismo. De manera paralela a Maurice Merleau Ponty, analizó cómo el cuerpo no es una máquina que soporta el pensamiento libre, sino que constituye la vida toda, la hace existir, incluyendo la vida intelectual. El cuerpo liberado es un cuerpo que se piensa a sí mismo y actúa en consecuencia.

En 1949, Europa estaba saliendo de su Segunda Guerra “Mundial” y los gobiernos intentaban quitarles protagonismo económico y social a las mujeres que sostuvieron la producción en la época de beligerancia. Había constantes llamados e insinuaciones en el cine, la literatura, la radio, el teatro, y no sólo en las iglesias y los partidos, al “natural” deseo de ser madres de las mujeres sanas. La salud mental debía ser, en efecto, desear repoblar Europa. De Beauvoir se rebeló contra esa imposición reproductivista estudiando y escribiendo. Denunció en El Segundo Sexo el retroceso ideológico que se acompaña de adelantos tecnológicos para “facilitar” una carga que recae entera en los hombros de las mujeres, la de cuidar y educar en la continuidad de los roles de género a las generaciones que iban naciendo de sus entrañas porque estados y sociedades no les daban otras oportunidades para ser y vivir.  Sus conclusiones son las de una filósofa que no cuestiona los soportes ideológicos de la modernidad como el progreso, la cultura, el dominio de la naturaleza. Se niega a la reproducción por decisión racional y no simpatiza con los elementos culturales “femeninos”, para ella es la propia dedicación a la reproducción lo que ha alejado a las mujeres del progreso, entendido como dominio de la naturaleza.

Dos décadas después de la aparición de El Segundo Sexo, del sofoco que experimentaron las hijas de las mujeres apresadas por el regreso al hogar de la posguerra, brotó un movimiento feminista que utilizó el estudio de Simone de Beauvoir como sostén ideológico. A través de él, se releyeron los textos marxistas en clave feminista y analizaron las relaciones con los hombres durante la revolución sexual (que se derivó de la escolarización y salida de la estructura familiar de las mayorías europeas). Simone de Beauvoir se declaró feminista en 1972, cuando decidió manifestarse en las calles en favor del aborto y los derechos de las lesbianas.

Posteriormente, en la década de 1980, una serie de gobiernos conservadores se esforzaron en limitar los grandes avances del movimiento feminista logrados en las décadas de 1960 y 1970. Entonces el feminismo encontró su refugio en las aulas de las universidades. Ahí resistió los años de hielo del conservadurismo y se enfrentó a la terrorífica agresión misógina que se expresó en el incremento de los feminicidios y la violencia mundial contra las mujeres refugiadas y migrantes de los países no europeos. Fue en las academias de todo el mundo donde el concepto de alteridad de Beauvoir produjo reflexiones diversas sobre la construcción de los géneros, por fuera de los modelos producidos por la sociedad heteropatriarcal. Las académicas feministas lucharon al interior de sus propias universidades para tener sus espacios, publicaciones, encuentros, mientras hacían suyas teorías provenientes de diversas corrientes contemporáneas. La teoría crítica de la escuela de Frankfurt, la fenomenología, el posestructuralismo, el psicoanálisis lacaniano, la semiótica, los estudios culturales, las teorías poscoloniales, el neomarxismo y el posmarxismo pasaron por el filtro de la alteridad y la historicidad del devenir mujer.  Sin la pregunta acerca de cómo se ha fundamentado la dominación de las mujeres, por ejemplo, no habría existido un texto como Tráfico de Mujeres, de la antropóloga estadounidense Gayle Rubin, que en 1975, cuestionando el marxismo y la antropología estructuralista, llegó a la formulación del sistema de sexo-género.

El giro academicista de los feminismos occidentales durante las décadas de 1980-2000, los ligó o subordinó, de alguna manera, a distintas ideologías y teorías. Debatieron sobre los aportes de las mujeres a las construcciones de género que esas perspectivas asentaban, diversificando las interpretaciones acerca de la subordinación femenina, pero sin fuerza para actuar una acción de transformación social contundente.

La situación de impasse académico se rompió en 2015, cuando las feministas volvieron a las calles en marchas multitudinarias e inesperadas contra la violencia y la opresión en Argentina, Polonia, México, Chile. Estas manifestaciones no tenían un equivalente movimiento político mixto, como sucedió en los anteriores momentos de auge del feminismo. Hoy son una corriente de avanzada del retorno de la política a la sociedad. Entre otras cosas, ofrecen a los sindicatos y a las organizaciones sociales nuevas formas de pensar la huelga (la “huelga de cuidados” de las mujeres en las estructuras de convivencia es realmente novedosa, pues subraya la extracción de plusvalía del trabajo doméstico que las políticas obreras nunca quisieron reconocer). En la actualidad, el auge feminista de masa y la reiniciación de la política callejera impulsan la crítica a la cultura del desarrollo, el rechazo al extractivismo y frenan el racismo contra los movimientos migrantes. Al cumplirse 70 años de El Segundo Sexo, vuelven al centro de la política muchos cuestionamientos existencialistas y feministas sobre la elección consciente de las propias acciones. Los problemas sobre los que Simone de Beauvoir reflexionó en 1949 no han desaparecido a pesar de que los estudios se han especializado, la diferencia sigue produciendo alteridad y ésta desigualdad. Releer hoy El Segundo Sexo nos mantiene alerta acerca de las complejas construcciones ideológicas que construyen la subordinación.