Archivos diarios: septiembre 18, 2018

LA MEMORIA DEL DETENIDO: PRESENTE, FUTURO Y AMISTAD EN LAS CALLES DE LAS CIUDADES AJENAS DE JORGE BUSTAMANTE.

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Durante la espera vacía del horror, el poeta se narra su historia de formación: en un presente aterrador nos salvan los encuentros de la vida, las ciudades recorridas, las pérdidas y los libros.  Las calles de las ciudades ajenas (Sílaba editores, Bogotá, 2018) de Jorge Bustamante García es una de las novelas más cuidadosamente escritas sobre el secuestro y la detención ilegal cometidos por funcionarios públicos en contra de un ciudadano en un país que se dice democrático. Es el recuento de una fuga interior y de la atenta observación de la humanidad de los cómplices en un delito de estado. Por ejemplo, los soldaditos que lo escoltan en el jeep que recorre el eje cafetero colombiano, tan verde, tan bello, tan húmedo, después de una noche en una jaula diminuta escuchando la voz de una muchacha que le pasa su teléfono para que avise a su familia. Pues esos soldaditos son la encarnación de la sencillez campesina avasallada por las órdenes de estado y se sorprenden de que el detenido pueda darles respuestas simples sobre el pueblo del que siempre han oído hablar por la propaganda de la Guerra Fría, los rusos. Y preguntan si son tan borrachos como se dice, si están hechos para soportar el frío, si las mujeres, que suponen invariablemente hermosas, son fogosas o heladas.

Pero no son los desaparecedores, fiscales, inquisidores, torturadores, bien o mal vestidos, los protagonistas de esta novela que trasuda amistad y mundo. Las calles de las ciudades ajenas, en efecto, se explaya sobre tres tiempos, el presente del secuestrado, los ocho años antes, cuando su vida se acelera y define mediante una beca, un examen, el adiós a las personas amadas, el entusiasmo del estudio, y el futuro que ya ha sucedido y que se filtra en la narración con un giro muy simple: “treinta años después sabría…”. Con estos recursos, Jorge Bustamante García, que por momentos reconozco entero en el personaje Eddy, ya que nos unen más de treinta años de amistad, lecturas y encuentros, nos ofrece la destilación lentamente decantada de sus memorias y su pasión por unos escritores míticos, que también traduce al español.

Cuando a Eddy lo secuestran, le arrancan los libros que ha llevado consigo de Rusia a Colombia. Sus recuerdos brotan desde el momento mismo en que debe fugarse del pánico, a sabiendas de que fantasear sobre su futuro inmediato puede enloquecerlo, y pasan por cómo ha leído, adquirido, conocido cada uno de los libros que está perdiendo, por qué manos amigas desfilaron, qué panoramas, historias y personajes se cruzaron con él mientras los leía.

El detenido rememora su vida de estudiante de geología en la desaparecida Unión Soviética, sabiendo que en Colombia las personas que ama ya lo están buscando. No hay dudas sobre el afecto permanente de la familia en medio del caos de la violencia que extravía hasta la belleza. La familia aparece también en el recuento de un pasado que vive intenso en la pasión por la comprensión y la casi textil sensualidad de las sensaciones vividas, por momentos aterciopeladas como los ojos de Natasha T. que, al atreverse y no a amarlo, le devela los secretos de la Rusia soviética que sobrevivió a la Gran Guerra Patria y que desde entonces le teme a los extranjeros y construye sus clases medias sobre las jerarquías militares. Ojos de noche de mayo de mil novecientos setenta y siete en la dacha donde había dos jóvenes fuertes; ojos vacunados contra los celos y ardientes como el alcohol. Sin embargo, es en el algodón fresco de los vestidos de la muchacha de los ojos verdes, que va y viene, reconfortante presencia del pasado en el presente, que se asientan los días a vivir, a rememorar, a desear.

En la novela también la escritura tiene pasado, el de los libros leídos y los escritores venerados, presente, como hecho creativo e instrumento de una treta de la memoria para deshacerse de las censuras, y futuro, el de la hija que leerá la historia de Eddy en un parque que él ya conoce en una ciudad del sur de Francia. Hay tres hombres que le exigen una confesión a Eddy y éste escribe en las hojas que le proporcionan los momentos de amistad, amor y asombro por la entrañable campesinidad del mundo en proceso de transformación que nos tocó vivir a principios de la segunda mitad del siglo XX. Algo penetrantemente dolido en la escritura de Jorge Bustamante no pertenece al corpus de la narración pero la alimenta: como geólogos, tanto él como su personaje, fueron verdugos de la tierra que aman en su mineralidad compleja y misteriosa. La modernidad es depredadora, parece decirles la memoria a ambos. Es cruel y su relato sorprende, impacta y se repite porque quien busca alternativas luego no se las cuenta a nadie.

No sé si malinterpreto la feroz melancolía de la lírica geográfica de Jorge, pero leyendo esta novela de formación y propuesta, recuerdo sus recuerdos. Puedo rastrearlos en su poesía, en el porqué de sus traducciones, así como en las pláticas que hemos sostenido caminando por el campo, en la sala de su casa, en la cafetería del hotel de la colonia Roma donde él iba a entrevistar a don Sergio Pitol. Porque los recuerdos de Jorge a través de su narrativa se han hecho míos, siento que es hora de afirmar  que en el mundo actual urgen escritoras y escritores capaces de ofrecernos otra ficción para inventar la buena vida. No podemos seguir con el rollo del progreso y el espantoso discurso del amor-posesión, inventados y repetidos por 700 años de literatura europea y occidental, pero si nadie nos hace reír o llorar con palabras que engarzan los sentimientos y las geografías, los descubrimientos y la historia, el abandono de las fidelidades familiares y el rescate de los lazos de afectos profundos no tendremos de qué aferrarnos y reproduciremos una y otra vez el cuento de terror de la realidad.

Para finalizar esta breve presentación de Las calles de las ciudades ajenas, sin repetir simplemente que es un libro de un poeta que sopesa las palabras y las formas para evocar una memoria con la cual quiere cerrar las cuentas, quisiera valorar algunas de las afirmaciones del personajes que habla tras haber recuperado el derecho a la vida, liberado por los matones a los que sus hojas escritas han intrigado. Una de las últimas cosas que dice Eddy, que tras las experiencias evocadas viajará durante toda su vida como se lo pronosticó su amigo de infancia Álvaro Lewis Carrol, exiliado pero siempre acompañado, es precisamente: “Tendría que volver a inventar todo de nuevo, porque nada termina antes del fin, porque nada se muere antes de la muerte”. Pues eso es lo que hace un gran escritor que debe sobrellevar las traiciones de Marko el Innombrable, la muerte de la hermana de Natasha en un teatro, la infancia de la pequeña Sasha, la saudade por la guitarra de Nicolás Azul, los amores de Miguel el chileno en visita al Palacio de Invierno,  el examen de conocimientos para entrar a la universidad, el abrazo que no le dio a su madre en el aeropuerto, el futuro de muchos jóvenes que hoy son viejos. Si hay una larga estela de muerte entre los parques y las calles de las ciudades ajenas, ningún camino se evapora y es realmente una suerte que alguien hoy cumpla veinte años y escriba un diario donde aprenda a formar mundos con las palabras.

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