De Tryno Maldonado y mis gin and tonics

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A mi amada Natalia Toledo

 

De acuerdo, ayer a noche en La Bota fui a escuchar a seis poetas, tres de las cuales me gustan muchísimo porque evocan desde el sonido fuerte del maíz de piedra (granizo) en los tejados hasta el canto del río, con la fuerza de la denuncia y la gracia de la risa del Diixazá de Natalia Toledo, el español rico de zurcidos y variantes de Sandra Lorenzano y la melancólica evocación de la vida que transcurre de Alicia García Bergua. Las otras tres fueron sorpresa, agradable por cierto.

De acuerdo, ayer anoche me quedé a tomar uno -unos cuatro para ser precisa- gin and tonics con gente que me cayó re bien como Mariana Palerm (que no veía desde hacía tanto tiempo que tuve miedo de no ser capaz de reconocerla, pero que apenas empezamos a hablar volví a reconocer como la afable editora, inteligente difusora cultural y simpática amiga que es), el poeta Grande (Gerardo Grande, el de Furia Amanecer, en perfecto hábito de controlador de situaciones) y un agradabilísimo antropólogo que conocí en la mesa de mi amada Natalia, amigo del director de Pluralia e impulsor del premio Centzontle (chin, ¿por qué nunca recuerdo los nombres de la gente?)

Y anoche, con gin and tonics en la mano (yo, los demás le daban a sus cervezas y tequilas), hablamos de algo que está en la boca de todos: la grandeza literaria de Tryno Maldonado, al que la bajeza clasista, elitista y estúpida de Villoro sólo hace resaltar más.

Hoy por la mañana no estoy cruda, sino todavía exaltada y quiero hablar de Tryno como Natalia Toledo me pidió que hiciera.

Yo conocí a Tryno cuando estaba escribiendo La decisión del Capitán, en 1996. Él tenía 19 o 20 años y mi hija Helena un año y medio. Era un guapo muchachón enamorado de una mujer brillante, que se reivindicaba feminista en una ciudad católica y conservadora como Zacatecas, que escribía unos cuentos exquisitos (con todos los bemoles de la palabra exquisitos, entre estridentes y melifluos, no sólo muy buenos), que empezaba a molestar a todo el mundillo cultural de su ciudad porque acusaba de malos y malas escritoras a todos los supuestos seguidores de López Velarde. Era en ciernes un gran escritor, ¿el mejor de su generación? (no puedo afirmarlo porque no las y los he leído a todas/os, sólo algunos buenísimos, Guadalupe Sánchez Nettel, Heriberto Yepes, Yuri Herrera, Alerto Chimal, Eve Gil, y pocos otros). De entrada, caminando por su hermosa ciudad en ese entonces todavía no destruida por el turismo facilón y sin gusto de las ciudades y pueblos mágicos, empezamos a debatir sobre los contenidos de una literatura que debe decir algo a las lectoras y lectores, no sólo engatusar los cómodos repasos de los cursos de literatura de las academias. Temas y variaciones (Lunarena, Zacatecas, 2002), el libro que recogió cuatro años después los cuentos que me leía, en efecto era un primer trabajo bien escrito de alguien que debía superar las repeticiones de Borges y Calvino para llegar a escribir como un autor mexicano del siglo XXI. Quiero decir, un autor capaz de interpretar, recrear, explicar, construir una realidad colectiva.

Con Viena Roja (Joaquin Mortiz, 2005), la historia de Friedl Aichinger, su violinista y personaja, volvió a despertarme algunas dudas. “Tryno, le dije, no tienes por qué creer que la maldad estriba sólo en el nazismo cuando vivimos en el país de las elecciones robadas, el racismo y explotación indígena, el narco y las desapariciones de personas. No puedes lavarte las manos del presente yéndote a los parajes de la maldad ya identificada. Debes dar un paso más adelante que Jorge Volpi”. Fue un debate difícil, porque parecía que yo no festejaba el éxito de la novela, cuando en realidad no me conformaba con él, quería más, porque sabía que Tryno Maldonado podía mucho más.

Entonces Tryno fue a trabajar a una mina, entrevistó a migrantes, convivió con las y los artistas marginados de México, fue a Trieste en busca de los ambientes de su amado Italo Svevo con dos pesos en el bolsillo. En pocas palabras, se la rifó. Valiente, ingenuamente, con gran capacidad perceptiva.

Así nació Golo, el artista marginado, hermoso como un dios y sucio como la divinidad misma. Golo, el protagonista de Temporada de caza del león negro (Anagrama, 2008), una novela que empieza a latir con la inteligencia de su época, su crisis, su mundo. Fue una revelación para un gran escritor, sensible viajero, intérprete de la política internacional y del chisme social de su época, que había regresado a su natal Veracruz y estaba fungiendo como uno de los mejores editores mexicanos, don Sergio Pitol. De esa novela dijo Pitol: “Tryno Maldonado logra con extraordinaria maestría enlazar y fundir una literatura divertida y hasta delicada con un personaje irrespetuoso, subversivo, feroz y a la vez radiante. Un príncipe del sexo”.

¡Ah, de los moralinos envidiosos! El reconocimiento del maestro se convirtió en rabia, furia ciega, ñeñerismo capitalino resentido, de bequistas de segunda que se creen con derecho de nacimiento y geografía al reconocimiento público en el mundo de las letras. De inmediato las malas lenguas empezaron a decir que Tryno publicaba en Anagrama no por su calidad (que ponían en entredicho con la mala fe de los mediocres), sino por ser amante del maestro Pitol. ¡Víboras sexófobas, capullos catolicantes, predicadores de la homofobia disfrazada de crítica literaria! Cuando me enteré del chisme, mandé al fregado culo de su padre aún a viejas amigas.

Mientras tanto, Tryno Maldonado se había mudado de Zacatecas a Oaxaca. Donde escribía, escribía, escribía, cosechando amistades, debates, paseos y una gran cantidad de novias jovencitas de las que mi hija, como buena hermana de Tryno, siempre dijo que eran víctimas de la seducción de su hermano. También se convirtió en un sirirí profesional, es decir, un chingaquedito contra todos los privilegios de quienes tienen eco a sus palabras para sostener el statu quo. Trabajó un rato en la naciente Almadía, luego como muchas y muchos otros escritores, percibió que la editorial oaxaqueña iba transformándose para decaer en un proyecto más del mundillo literario y rompió con ella.  Cuando venía a la Ciudad de México, en las pocas noches en que no daba rienda suelta a su sana juventud en los bares del centro, pintaba en la mesa de la cocina con mi hija y me contaba de su decepción.

2006, el año del levantamiento de Oaxaca, de la resistencia de Atenco, del robo de las elecciones a López Obrador y de la despiadada represión del movimiento popular oaxaqueño, de las y los anarquistas mexicanos que lo apoyaron, de las y los maestros, estudiantes, campesinas/os y población que se resistía a la turistificación forzada de la verde Antequera, sus costas y sus pueblos de grandes comunidades de artistas populares. 2006, el escenario de la gran novela de Tryno Teoría de las Catástrofes (Alfaguara, 2008), la única novela mexicana hasta el momento que se haya atrevido a contar la represión desatada por el estado contra la población oaxaqueña en clave de la catástrofe de las relaciones de pareja, de amistad, de confianza en el estado.

Vino luego el recuento de cuentos experienciales-reflexivos-emotivos sobre las vidas y educación de los machos en el norte del país, explotados por la minería y el narco. Metales pesados (Alfaguara, 2011), cuentos de terror cotidiano cuyos personajes son mineros, desempleados, niños de violencia inusitada y frustrada contra los animales, hombres que odian a las mujeres, todos víctimas y todos victimarios.

Inmediatamente después volvió (más bien se intensificó) la tragedia nacional de las desapariciones forzadas, inaugurada en México durante la década de 1970 con  la Guerra Sucia, reflotada por la Guerra al narco del presidente sin legitimidad que fue Calderón y continuada por el gobierno sin timón de Peña Nieto. En el clima de represión y reformas neoliberales a la educación, en el estado de Guerrero, policía, ejército y narco asaltaron durante la noche del 26 de septiembre de 2014 unos camiones de transporte público en los que se desplazaban hacia la Ciudad de México para la marcha del 2 de octubre un número importante de estudiantes de la Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa. Dispararon ráfagas, mataron nueve personas, entre ellos un niño futbolista, secuestraron y torturaron hasta la muerte al joven Julio César Modragón y desaparecieron a 43 estudiantes.

 

Los estudiantes de Ayotzinapa marcan un giro en la percepción política del país. Conmueven las conciencias de todos y todas las estudiantes, normalistas y universitarias. La opinión pública mundial voltea la mirada hacia el horror mexicano. Y también marcan la conciencia y el deseo de saber, acompañar, revelar qué pasa en su tiempo y su país de Tryno Maldonado.

En el mes de noviembre viene a la Ciudad de México, vuelve en febrero, acompaña a mi hija y a las y los estudiantes y profesores de la UACM que han acumulado volúmenes para la biblioteca de Ayotzinapa. Las y los Uacemitas se quedan tres días, Tryno acompañará durante nueve meses a las y los familiares (a los que terminará llamando tías, tíos, sobrinas) de los estudiantes desaparecidos. Ayotzinapa. El rostro de los desaparecidos (Planeta, 2015) es un libro entrañable de literatura política, de biografías que encarnan la violencia estructural contra las mujeres y hombres indígenas, mestizos, pobres que en su vocación como profesores rescatan las fuerzas vitales de México. Es un libro sobre el dolor de madres y padres, de hermanas, hijas, esposas, redactado por una pluma solidaria y empática.

Durante los meses de redacción de los retratos literarios rescatados de la memoria oral de los familiares de los desaparecidos de Ayotzinapa (que se suman a un cifra enorme, indeterminada, siempre creciente, quizás de más de 100 000 desaparecidas/os y lanzan la luz de su notoriedad sobre todos ellos), a Tryno lo golpea la noticia de que su madre está enferma de cáncer. Mi hija Helena lo acompaña cuando la familia viene a la Ciudad de México para realizarse exámenes médicos, dona sangre y pide a sus compañeros que donen sangre para la madre de su hermano. La señora no puede hablar y en la mirada de Tryno yo veo dibujarse el dolor personal, no sólo colectivo. Cuando su madre muere, las cartas de condolencias de sus tías y tío de Ayotzinapa impiden que el escritor se hunda.

Tryno es para mí mucho más que un brillante escritor, es un hombre joven que quiero y admiro, con el cual discuto y, en ocasiones, me peleo. Fui muy crítica de su constante golpeteo contra Juan Villoro, del cual yo decía que no era la misma canalla que Krauze y los otros escritores de la derecha neoliberal mexicana (probablemente estaba influida por el hecho que Juan y yo nos conocimos de jóvenes y que me gusta cómo habla del teatro, que ama y conoce). Por ejemplo, argumentaba que su apoyo a la campaña para el registro de la candidata a la presidencia del CIG, María de Jesús Patricio Martínez, me parecía honesto. Ahora me retracto de esas palabras. Sí, Juan Villoro en un artículo ruin que intentó disfrazar de ficción, ocultando los nombres de Tryno Maldonado y de don Sergio Pitol sólo para revelarlos en un burdo ejercicio de ironía, estalló demostrando que es incapaz de aguantar una crítica y, sobre todo, que no puede evitar encarnar el espécimen de una casta que no acepta ser cuestionada por nadie, mucho menos por un excelente escritor que evidencia su mediocridad y que, de vez en cuando, gana becas que son derecho de todas y todos los escritores que compiten por ellas.

Representante de una renovada casta divina, desde sus remuneraciones exageradas (por lo menos 164 000 pesos mensuales) como miembro del Colegio Nacional, desde su título de hijo criollo de un filósofo reconocido, desde su ropa estirada de habitante de ciertas zonas de la Ciudad de México, Juan Villoro atacó a un escritor que se sostiene en su escritura, sin apoyos familiares, de clase o institucionales.

Nunca creí que tendría que decirle públicamente a Tryno Maldonado cuánto lo quiero y admiro, porque  nuestra relación lo deja por sentado, pero ahora agradezco al clasista y viejo (tiene mi edad exacta, clase 1956) Juan Villoro por haberme obligado a hacerlo. No estoy defendiendo a Tryno, su obra lo hace mucho mejor que yo, estoy expresando mi indignación ante la casta cultural criolla que se manifestó como lo que es a través de la falsa sátira (una burla injusta y ruin, como ya dije) de Juan Villoro aparecida en el periódico Reforma. Mucho menos estoy defendiendo a don Sergio Pitol a quien tuve el honor de acompañar en ocasión de una entrevista que le hizo el excelente narrador y poeta colombiano Jorge Bustamante García. Pasé una mañana entrañable en un parque de la colonia Roma, escuchando con atención a esos dos hombres que conocieron a fondo los países del este europeo antes de la caída del muro de Berlín. Muchos años después, don Sergio me invitó a escribir la introducción de La Conciencia de Zeno (sí, ¡el libro preferido de Tryno cuando era joven!), traducido por Guillermo Fernández, quien fue luego asesinado en Toluca, y que publicó en la Universidad Veracruzana. A don Sergio lo respaldan su obra de escritor, diplomático, editor y un cretino como Villoro no puede hacerle mella.

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Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis 62 años (soy de noviembre de 1956) cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tengo menos fuerzas que hace 20 años, me canso más y cargo menos, pero sigo creyendo que el mundo se conoce caminándolo, cruzando fronteras físicas que se quisiera desaparecer, subiendo y bajando de vehículos, burros, zapatos, carretas jaladas por yaks (animales simpáticos, por cierto). Desconfío y evito las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: a los 55 años he dejado la academia porque está tan controlada que no deja pensar críticamente ni escribir con placer: el aprendizaje autónomo es un camino hacia la libertad

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