Archivos diarios: julio 13, 2018

Las escritoras feministas o la escritura en cuerpo propio

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Salió en el n.34 de la Revista El Comité 1973, dedicada a Feminismo, desde p.16. https://issuu.com/revistaelcomite1973/docs/el_comit__34.-feminismo

 

 

Las escritoras feministas recelan del amor y de las relaciones de pareja. Tienen razón, el amor es una cárcel, cuando no una hueva infinita, elevadas a modelo de sensibilidad y deseo.

Después de las vanguardias fascistoides o revolucionarias del primer tercio del siglo XX, el amor se transformó en una visión pop de los sentimientos, presente en todos los medios de comunicación de masa, la música, la publicidad, los carteles promocionales y la fotografía. Invadía las atmósferas de la posguerra y producía insufribles imágenes de amantes atrapados en sus dramas, mujeres satisfechas con su condición de esclavas domésticas modernas, parejas donde se esfumaban tanto las realizaciones personales de los amantes como su posibilidad de una vida social comprometida con la colectividad.

La escritura feminista, en las décadas de 1960-70, trajo el cuerpo y la sexualidad propia al ámbito de la liberación: deshacerse del pudor era un paso necesario para desarmar los mecanismos sexuales de la domesticación. Las escritoras describían su condición de vida, la evidenciaban y ponían fin a la subordinación de los propios deseos. El cuaderno dorado de Doris Lessing (1962) define al matrimonio como un refugio para mujeres cobardes,  El hostigante verano de los dioses de Fanny Buitrago (1963) se separa de los genios masculinos, a los que la autora colombiana llama narcisos y voluntades débiles,  Escándalos y soledades de Beatriz Guido (1970) abunda en las críticas a la moral corriente y en descripciones de la decadencia de las familias burguesas argentinas y los derechos de las mujeres como personas aplastadas por el peso de las ideologías, La habitación de las mujeres de Marilyn French (1977) critica duramente la monogamia y el dolor que provoca a las mujeres que no quieren o pueden sostenerla.

Esta desocultación literaria de la insubordinación de las mujeres permitió afinar la diferencia y las afinidades entre una escritura de mujeres y la escritura feminista. Las mujeres pueden plantar cara a los estereotipos de comportamiento impuesto a una clase o a la relación entre grupos étnicos, culturales y clases distintas. Hacen frente a los prejuicios académicos que desatienden sistemáticamente las obras escritas por ellas por considerarlas poco serias, no obstante, reproducen elementos del sistema de valoración patriarcal (originalidad, excelencia, marcos teóricos). Algunas desafían esos prejuicios sociales. Otras revelan la crueldad de las condiciones de vida de mujeres específicas en un sistema organizador, tan sexista como racista, y logran evidenciar, como la estadounidense Dorothy Parker,  las emociones construidas y no cuestionadas por una sociedad de clase.

La también estadounidense Toni Morrison, en 1970, publicó Ojos Azules, una novela protagonizada por Pecola, una niña solitaria que en el otoño de 1941 está por dar a luz al hijo de su padre y que se siente fea y poco querida porque es muy negra. Pecola desea ser como Shirley Temple y tener los ojos más azules para responder a la pregunta que formula en las primeras páginas: “¿Cómo lo haces? Quiero decir, ¿cómo consigues que alguien te quiera?”. Toni Morrison es una escritora afroamericana, dos características de exclusión del canon literario estadounidense: mujer y negra encara la invisibilidad. Y zurce historias a la de Pecola, la de un hombre que el sistema construye como alcohólico, sin padre, arrastrado por la vida, la de su prima Claudia que destruye las muñecas rubias como expresión de furia contra su condición, la de una madre que cuida a hijas e hijos no suyos, la de los muchos personajes de una sociedad que sale de la nada de la historia (y la narrativa) oficial. Las palabras recaen con el peso del dolor y la tristeza, los párrafos se suceden agotando, sacudiendo, asombrando a quien lee. Morrison lleva la práctica del bordado y la costura a la narrativa, actúa traduciendo un arte de mujeres a otro: cose su colcha de palabras, elabora un quilt de sentidos y experiencias que se escapa a la crítica blanca y masculina de la literatura, hasta que está obligada a recogerla.   

Por supuesto siguen existiendo escritoras que, sobre todo si gozan de privilegios por sus amistades y relaciones masculinas, encarnan a subordinadas representantes de la cultura patriarcal que las ha formado. El caso de la joven novelista mexicana Valeria Luiselli, alabada en la década de 2010 por la conservadora revista Letras Libres y, por consiguiente, columnista en periódicos de prestigio y editada por casas exclusivas, es paradigmático: desconoce el entramado teórico de los feminismos, entonces lo reduce a una aburrida necesidad de defenderse. Siente ganas de bostezar cuando se ve expuesta a las acciones feministas. Construye personajes femeninos a través de sus preferencias por los hombres que decantan condiciones femeninas tradicionales: joven rebelde, madre amante pero encerrada, escritora solipsista, etcétera. Descalifica a las escritoras de su venerada cultura anglosajona, como la misma Toni Morrison, cuando manifiestan un pluralismo juguetón o una deconstrucción explícita de la sociedad dominante, dejando de responder a un canon que define qué es bueno y valioso en la tradición literaria blanca, de formación clásica masculina.

La filósofa Hilde Hein, en “El papel de la estética feminista en la teoría feminista”, sostiene que:

El feminismo crea nuevas formas de pensar, nuevos significados y nuevas categorías de reflexión crítica; no es una mera extensión de viejos conceptos a nuevos dominios. Es obvio que había mujeres antes de que hubiera feminismo, así como individuos que las amaban y las odiaban singular y colectivamente. Sin embargo, no consideramos a los mujeriegos o misóginos como feministas porque amen u odien a las mujeres. El término “feminismo” no se refiere a las mujeres como objetos de amor o de odio, ni siquiera de (in-)justicia social, sino que se fija en la perspectiva que las mujeres traen a la experiencia como sujetas, una perspectiva cuya existencia ha sido ignorada hasta ahora.

Personalmente, cada vez que estoy a punto de afirmar la inexistencia de una escritura femenina, termino por reconocer propiedades de la narrativa, la dramaturgia y la poesía de las mujeres. Cierta subversión de la norma. Una conciencia incrédula. Expresiones al margen de la aceptación general de los paradigmas sociales.

No creo que lo femenino sea lo propio de las mujeres, sino lo que se les atribuye. La construcción de lo femenino fue posible porque a las mujeres casi todas las sociedades les atribuyeron características que extrapolaban de la existencia de personas con vulva, senos, caderas anchas y que menstruaban y se podían embarazar. ¿Lo masculino se construyó en contraposición a lo femenino? ¿Existiría si enteras sociedades no hubiesen querido dotar de significación a quien no posee vulva?

Diosas todopoderosas, esclavas domésticas, grandes y poderosas señoras, vientres para la reproducción, trabajadoras invisibles, las mujeres en casi ninguna sociedad son iguales a los hombres, por lo tanto sus expresiones artísticas, sus emociones, sus creaciones tampoco lo pueden ser.

Además, si los hombres representan la norma social o son considerados los representantes de la humanidad, puede ser que lo femenino sea algo más que una marca que los hombres imponen a las mujeres: afirma lo que no es masculino, lo que no quiere serlo y lo que no pude ser reconducido a los valores de la masculinidad: encarna la posibilidad de una disidencia.

Los estudios de Eli Batra sobre el desnudo en la historia del arte ponen de relieve la diferencia entre los desnudos y las desnudas, la autorrepresentación de las pintoras, fotógrafas, grabadoras y escultoras y lo conmovedor que aparecen los cuerpos de las mujeres reales, con sobrepeso, cabellos blancos, marcas de cirugías y de partos, lentes, miradas fuertes realizados por las mujeres. Ser mujer es una condición que posibilita una conciencia política del propio lugar en el mundo. De tal modo que la escritura feminista que expresa una innovación semántica del significado de la palabra escritura y de la palabra mujeres.

La escritura feminista se ha diferenciado, ha crecido y se ha difundido dando validez a las experiencias históricas de las mujeres, creándole una identidad literaria negada por la cultura patriarcal (que, sin embargo, todavía construye los cánones literarios de lo “clásico” y lo “nacional”). Sin embargo, la escritura de las mujeres precede y corre paralela a la escritura feminista. Las historiadoras chilenas Joyce Contreras, Damaris Landeros y Carla Ulloa sostienen que las escritoras fueron más allá de los estrechos límites de la sociedad blanca poscolonial del siglo XIX y tuvieron el coraje y el tesón para instalarse en un territorio discursivo que legal y prácticamente les era vedado.

Actualmente, temática, estilística, conceptual y estéticamente las escrituras de ciertas mujeres se relacionan con las nuevas formas de pensar que los feminismos han hecho posibles. El debate sobre la escritura de todas las mujeres como portadora de emociones propias, liberadas de la masculinidad dominante, en las últimas décadas del siglo XX, sirvió enormemente para dotar la crítica literaria del propósito de destacar las formas de construcción de los personajes y las escritoras en cuanto dotadas de una experiencia específica y revelar las contradicciones al interior de las personas y grupos en proceso de liberación.

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