A propósito de Naxiña’ Ruli’ Ladxe Rojo Deseo de Irma Pineda

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Rojo Deseo, presencia humeante en la estética vital de Irma Pineda

2 de marzo de 2018, a dos años del asesinato de la feminista lenca y ambientalista Berta Cáceres en Intibucá, Honduras,  se leyó la poesía de Irma Pineda en lengua diidaxa’ en la Feria del Libro de Minería, en la Ciudad de México (tuvieron que cambiarnos de sala porque, a despecho de lo que piensan los organizadores urbanos de los eventos culturales, la poesía en lengua diidaxa’ tiene muchas y muchos entusiastas seguidores)

 

Entre las recomendaciones de la tía y el silencio en que se decanta el recuerdo, corren los versos de un apetito de cuerpo individualizado que se adorna y aromatiza. Naxiñá Rului’ Ladxe’ Rojo Deseo de Irma Pineda (Pluralia, México, 2018), escrito en dos lenguas que la poeta usa saltando de un ritmo emotivo a otro, el diidxazá y el español, es un conjunto de versos de amor carnal, un hablar franco de piernas, lenguas y un cuerpo que se abre y sacude ante el embate, la herida, el gemido de una concentrada relación de a dos. La poeta le habla directamente a un hombre que encarna todos los seres del deseo, le dice para decirlo a todas que el placer revuelve las censuras del inquisidor para derrotarlo. La amante actúa, coexiste, llama a que le toquen el sueño y se encienda, es la olla misma del chocolate. ¿Quién está libre de caer en las redes del amor?

La poesía más conocida de Irma es seguramente la que se tiñe de historias sentidas en la piel, donde el ciclo vital de la lucha de su pueblo, el binnizá, confronta la resistencia de tradiciones y personas, de recuerdos personales, de dolores históricos. Sin embargo, como todo canto al ciclo vital, es también la poesía del deseo de vivir. Los maullidos del gato son el dolor, son la vida, son el eco del placer.

 

Brota música de la cama de pencas

Suena el tablado

Suena la piel

Suenan los gemidos

Es un ritmo que la noche reconoce

como el maullido de los gatos

o el canto de los grillos

Es el antiguo son

con que invocamos la vida

 

La invocación en efecto es parte de la poesía más antigua, la que llama al deber y a la inspiración que alimenta la vida. En ella se repiten las palabras de las abuelas y se crea algo totalmente personal y colectivo. Remite al campo húmedo, a la lluvia que reverdece, a la lengua que bien puede decir o lamer, sorber o besar, acariciar. Invocando el amor, se latiguea la esperanza y se hace del cuerpo un país entero. La voz plena de Irma Pineda trepida por la lengua y aletea como los colibrís que revolotean por sus sentidos, conocidos y siempre nuevos.

No es necesaria una imagen desconocida, sino la fuerza para sobrellevar la mañana cuando todo ha pasado; poco importa la originalidad cuando de la cotidianidad puede reproducirse el perfil de la madrugada o del campo labrado, el acto conocido de sembrar para ver florecer. Develar es decirse en el otro, es un modo de unir la tierra y el mar, avanzar hacia los días que son futuro en el presente.

 

La sal del camino es un delgado velo que el aire desvanece

Cierro los ojos para recordar la piel erizada

los sexos húmedos

la frente sudorosa

la danza de nuestros cuerpos

la agitada respiración

la inflamada piel de tu sexo

la miel que derrama entre mis labios

No quiero detenerme

no quiero dejar de sentir cómo tu carne se funde con la mía

Somos un solo ritmo

Mi cuerpo se ha vuelto un mar que sobre ti se derrama

y tu sangre agitada recorre todos los ríos bajo la epidermis

hasta desembocar en este mar

 

La voz de Irma, como la caracola que reproduce el sonido del mar, no se dirige a un espíritu privilegiado, sino particulariza lo que puede compartirse y se hace eco: todos los hombres son un taganero, todos los cuerpos pueden tatuar una claridad en la memoria. Así la poeta trascribe el camino que puede andarse a la luz de las estrellas y al despertar, a la luz del día, mantiene el ritmo del deseo de ser, tomar y entregarse.  Por supuesto sabe que “de los puertos como de los amores/hay que saber marcharse a tiempo”, pero vuelve a la canción del torso húmedo, de la figura del cuerpo de mar y la fotografía del recuerdo, pues ella dibuja remolinos, reconoce el epicentro y la sacudida, mujer de tierra, yegua, piedra.

Quisiera ser capaz de leer en susurros la poesía de Irma en diidxazá, pero lo hago en español que para mí como para ella es una lengua aprendida que se ha hecho voz; descubro así que Irma para decir escucha al silencio y en él a lo largos besos encendidos. Como todas las muchachas, también pasea, esparce sonrisas, aprisiona sus redondeces en los vestidos; pero sola descubre la cura del mal de amores, del mal de los amores que es el que provoca quien es tú, íntimo e individuable, tú al que un yo de carne y fuerza devoraba los labios.

La afirmación del propio poder de sobreponerse es quizá la característica más impactante de la poesía política de Irma Pineda, pero es sorprendente reconocer el testimonio de la misma fuerza de sobrevivencia en quien deja partir a la persona que lleva en su lengua el sabor del placer compartido. La poesía de Irma revela una vez más lo que las feministas descubrieron para liberarnos a todas y todos de la dictadura de lo importante, es decir que lo personal es político, que se vive en la pasión como en la dignidad.

 

Buen viaje corazón

Aunque nunca te dije que te quiero

lo sabes pues tus ojos de águila

siempre me leyeron como un libro abierto

Cuida los recuerdos de las noches húmedas

que con nuestros amaneceres yo me quedo

 

No hay puntos finales para quien es manantial de las mañanas y, a la vez, voz fuerte para los hermanos. La venada no se entrega en sacrificio, es la cerbatilla en cuyos ojos se leen la nostalgia y la promesa de otra primavera. La erótica de Irma Pineda apela a la pasión, por ende, hace de la memoria la hamaca desde la cual volver a salir a la vida. La pausa, el silencio indispensable para que el canto sea.

 

 

 

 

 

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Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis 62 años (soy de noviembre de 1956) cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tengo menos fuerzas que hace 20 años, me canso más y cargo menos, pero sigo creyendo que el mundo se conoce caminándolo, cruzando fronteras físicas que se quisiera desaparecer, subiendo y bajando de vehículos, burros, zapatos, carretas jaladas por yaks (animales simpáticos, por cierto). Desconfío y evito las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: a los 55 años he dejado la academia porque está tan controlada que no deja pensar críticamente ni escribir con placer: el aprendizaje autónomo es un camino hacia la libertad

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