Feminismo y políticas feministas en tiempos de terremoto

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Charla sostenida con estudiantes y público en general en la Universidad Católica de Córdoba, Argentina, el 27 de septiembre de 2017

 

Perdonen si para hablar de políticas feminista voy a hacer referencia a mi país y a mi ciudad, fuertemente golpeados en este mes por una serie de terremotos y huracanes y cuyas fuerzas sociales se han revitalizado en la ayuda mutua, comunitaria, profundamente solidaria. El terremoto que sacudió la Ciudad de México, una semana después de otro que golpeara la costa de Oaxaca y Chiapas, y que ha tenido más de 1000 réplicas, ocurrió precisamente el mismo día de otro que la conmovió hace 32 años, el 19 de septiembre.  En 1985 a la mayoría de las mujeres se nos impidió colaborar en las labores de rescate; tras 32 años, hoy mujeres de todas las edades laboran junto con hombres para salvar vidas, son fotografiadas por la prensa y reconocidas por la sociedad. Un periódico de tirada nacional llegó a publicar en su portada la fotografía de una joven rescatista, rotulándola con un verso del himno nacional, cambiado en femenino: “Un soldado en cada hija nos dio”.

Hace 32 años yo era una de las pocas mujeres que participó del primer grupo de Topos, en Tlatelolco, hoy estoy lejos de casa mientras mi hija se desplaza en su bicicleta entre los escombros para llevar lo antes posible la ayuda que una vieja señora coordina por internet, reproduciendo los mensajes que fotógrafas, activistas y trabajadoras de diversa índole le envían desde sus recorridos de socorro diarios. Una Brigada de Rescate Feminista está activa desde pocas horas después del sismo. Las integrantes de la brigada feminista, con sus botas de punta de acero y sus cascos, han sido las mayores defensoras de la vida de las trabajadoras de una fábrica textil, víctimas de omisión en prestación de ayuda y, con anterioridad, de ese trabajo mal pagado donde encuentran su nicho laboral las migrantes sin documentación. Son ellas las brigadistas que se han enfrentado a la policía, defendiendo la labor de sus compañeras en el rescate, hasta que, al final, la policía las repelió y sacó de la plaza para meter maquinaria pesada y remover los escombros antes de tener la seguridad de que nadie estuviera con vida bajo de ellos. Un muchacho que trabajó con las brigadistas en el cruce de las calles Chimalpopoca y Bolívar, declaró a una improvisada reportera de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, donde estudia mi propia hija: “He sacado botes de escombros junto con ellas, sin descanso, por tres días. Desde hoy, si escucho a alguien llamarlas feminazis, le rompo la cara”.

Bueno, la referencia es obligada porque en las últimas tres décadas las mujeres han adquirido autonomía no sólo de los partidos políticos, sino también en las formas de organización solidaria de emergencia gracias a que  los modos feministas de relación y las ideas y prácticas políticas de las feministas que se explayan en las organizaciones vecinales, barriales, políticas, se han fortalecido: las mujeres han dejado de obedecer esos mandatos familiares, escolares y publicitarios que les imponen la debilidad y la obediencia.

La autonomía de las mujeres y de los planteamientos feministas ha despertado también reacciones moralizantes, violentas y descalificadoras que revelan que el sistema patriarcal se siente amenazado y es capaz de aliarse con todas las formas políticas conservadoras y, en ocasiones, también con las estructuras políticas de la izquierda (partidista y no). Los hombres de esas agrupaciones no tienen empacho en denunciar con virulencia las injusticias sociales, la corrupción de estado, el racismo y el sistema capitalista, pero se muestran tolerantes, cuando no complacientes hasta devenir cómplices, cuando se trata de hombres que tratan de controlar la sociedad a través de la opresión del trabajo, la sexualidad y la vida de las mujeres. Machos, machirulos, nachos progres, a pesar de 50 años de convivencia con las políticas feministas en el espacio público, la docencia y las relaciones afectivas, siguen dando a entender -cuando no lo sostienen abiertamente- que la lucha de las mujeres es secundaria.

Secundaria ante qué y en dónde son preguntas que me brotan espontáneas cuando los escucho. Por ejemplo no es secundaria para librarnos del capitalismo. La economía feminista ha descrito cómo la asignación de ciertos trabajos no pagados pero indispensables para la “producción de la vida que produce”, ha sido determinada por la discriminación de género de las mujeres. Si las mujeres dejaran de realizar las tareas de cuidados, de reproducción y de reposición de la vida el sistema económico dominante colapsaría, pero no hay hombre de izquierda que quiera deshacerse del capitalismo si para ello tuviera que perder los beneficios del trabajo femenino impago.

Desde 1975, cuando publicó “Salarios contra el trabajo doméstico”, Silvia Federici ha venido analizando el vínculo entre sistema capitalista y la división sexual del trabajo; en la actualidad, sigue estudiándolo y denunciándolo también en relación con la migración y las nuevas agresiones contra las propiedades y los derechos a las tierras comunales, amenazadas por el neocolonialismo minero y de los megaproyectos de ingeniería.[1] Las mujeres migrantes hoy son víctimas de una refeminización de los trabajos domésticos, ya que su función es sustituir a muy bajo precio a las mujeres de los países de llegada que han ingresado al sistema de trabajo salarial en competencia con los hombres, sin haber transformado la cultura del trabajo indispensable (el doméstico) ni analizado cómo la revolución tecnológica va acompañada de una pérdida de importancia de las relaciones afectivas y de las garantías laborales. La opresión de las trabajadoras migrantes, así como la opresión de quien realiza los trabajos de reposición de la vida, son inherentes al sistema capitalista.

Para volver a mi ciudad y a mi país, que ahora me pesan en el corazón y que extraño con la virulencia de las tripas, por supuesto las diversas feministas que están actuando hoy en los estados y las ciudades afectadas por los sismos, no pertenecen a un solo grupo etario, ni a una única clase social ni a un solo pueblo. Muchas ni siquiera saben que en México y en Nuestramérica podríamos hacer remontar la historia de las reivindicaciones feministas por lo menos a la época de las revoluciones de Independencia. Hoy en las calles actúan feministas y mujeres que encaran de diversas maneras la actividad política, algunas están en partidos, otras consideran que la política es sinónimo de partidocracia y que ésta es sinónimo de corrupción, otras participan desde ONG de diversos cuños, algunas más provienen de círculos de mujeres y de asociaciones independientes o de colectivas autónomas. Entre ellas hay académicas, abogadas, arquitectas, jóvenes del movimiento contra el feminicidio, comerciantes, artesanas, feministas anarquistas, mujeres organizadas contra el acoso callejero, artivistas, burócratas, todas afectadas, de una manera u otra, por la reorganización neoliberal del trabajo, la pérdida de empleos por la tecnología y la desaparición de las garantías laborales.

En las ciudades, pueblos y comunidades afectadas de Oaxaca, Chiapas, Morelos y Puebla las mujeres organizadas desde asociaciones de artesanas, comerciantes y de médicas tradicionales actúan en la recepción y distribución de las ayudas según el cargo que le otorgan las y los ancianos de sus pueblos. Muchas organizaciones de mujeres convergen en la CONAMI, Coordinadora Nacional de Mujeres Indígenas, que en 2017 cumplió 20 años. Sólo una parte de ellas apoya la candidatura independiente de María de Jesús Patricio, médica tradicional nahua de Jalisco, para que represente a los pueblos de México en las elecciones presidenciales de 2018, pero María del Jesús representa un cambio en las relaciones políticas impensable hace tan sólo 20 años. Es una bofetada al racismo partidista y a la hegemonía mestiza blanquizada de las representaciones nacionales, por ejemplo.

No olvidemos que hace 50 años el feminismo se reactivó después de un periodo de represión de la libertad y actividad de las mujeres, particularmente violento después de la II Guerra Mundial, para acabar con el sexismo, porque iban tomando conciencia de la naturaleza de la dominación masculina y la subordinación femenina. En ese entonces las mujeres descubrieron que su vida privada y aún su vida íntima tenían un vínculo con la opresión y sus mecanismos legales y económicos. Lo personal es político fue más que un lema del movimiento de liberación de las mujeres, fue su percepción política más revolucionaria.

Según bell hooks, en el caso de Estados Unidos, “Ya fuera en el contexto de las mujeres blancas que luchaban en nombre del socialismo, mujeres negras que luchaban a favor de los derechos civiles y la liberación de la población negra o mujeres nativas estadounidenses que luchaban por los derechos indígenas, estaba claro que los hombres querían ser los líderes y que querían que las mujeres los siguieran”.[2] En su vida personal, que por supuesto es política, en las ciudades como en los pueblos, las feministas mexicanas hoy actúan en conformidad. La Ley Revolucionaria de las Mujeres, presentada por el Frente Zapatista de Liberación Nacional en diciembre de 1993, sostiene la autonomía corporal y afectiva de las mujeres a quien nadie puede obligar a casarse si no quieren. En una época de repunte criminal de la trata de mujeres y adolescentes, relacionada con la desaparición de personas y con la impunidad en la comisión de delitos contra las mujeres, la Ley de las zapatistas adquiere una vigencia continental.

Ahora bien, en las ciudades, según fue evolucionando el feminismo, las mujeres idearon formas diferentes de convivencia y relaciones afectivas y familiares. La mayoría de las rescatistas mexicanas del sismo de 2017 conviven con amigas, otras en pareja, algunas son hijas de familia, madres y hasta abuelas. Las mujeres de comunidades indígenas migrantes intentan convivir en un edificio o en barrios, para poder sostener sus fiestas y vínculos con la tierra y sus rituales. Asimismo, muchas de las mujeres mestizas y blancas que tienen los medios económicos para hacerlo, viven solas. En las tareas de rescate, nahuas, mestizas, zapotecas, mixes, blancas y mayas mezclan sus cuerpos, cruzan sus lenguas, se intercambian saberes y en los momentos de descanso comparten comidas, en ocasiones preparadas por hombres.

Desgraciadamente, no todas las rescatistas reportan actitudes positivas hacia su participación. La policía y el ejército, en particular, intentan sacarlas de las actividades visibles de rescate. La justificación para rechazar su ayuda en las zonas de desastre es que deben protegerlas, dando por supuestas su debilidad y necesidad de tutelaje y protección. A la vez, crudos testimonios de mujeres que participan solas o en pequeños grupos en brigadas mixtas en las labores de rescate revelan que la violencia sigue siendo una de las formas más comunes de relación intergenérica. Un testimonio en Facebook, el 26 de septiembre, decía: “laboramos junto a hombres que nos saltan en las cadenas, que nos dicen ‘toma una escoba, que con eso ayudas’, que hacen cara de asco cuando hay que pasar toallas sanitarias, que nos manosean, que nos dicen que no podemos cargar, que cuando ven que sí podemos nos llaman machorras, que nos intentan violar cuando regresamos del trabajo de brigadeo”.

La amenaza de violación por parte de hombres que ven amenazado su protagonismo por parte de las mujeres, es una amenaza política, obviamente. Más aún en un país donde fue preciso que las madres de las jóvenes trabajadoras y estudiantes desaparecidas y asesinadas de la ciudad donde se inauguró la industria de ensamblaje (la así llamada maquila), Ciudad Juárez, en 1993, tuvieron que adaptar al castellano la palabra feminicidio para entender qué tipo de delito se estaba cometiendo contra sus cuerpos y sus derechos a la vida. Más aún en un país donde se cometen 7 feminicidios por día y donde 7000  mujeres han desaparecido en los últimos 5 años, muchas de ellas víctima de la trata con fines de prostitución forzada, pornografía, trabajo esclavo y tráfico de órganos. Violencia sistémicas, que sin embargo se duplicaron después de 2006. Y que crecieron también con las violencias que en el país se cometen contra las migrantes centroamericanas después del golpes de estado que derrocó el gobierno legítimo de Honduras en 2008.

Según Virginie Despentes, la violación es un programa político preciso, pues sirve para sostener el capitalismo, ya que representa de la manera más cruda y directa el ejercicio de poder.[3] No obstante, los estudios de Rita Laura Segato en las cárceles de Brasil, revelan que la violación es también una práctica de algo que Hannah Arendt habría llamado la banalidad del mal, es decir una práctica recurrente de relación de los hombres con las mujeres que perciben como indefensas porque no tuteladas-apropiadas por otros hombres. Según Rita Laura, la violación es un acto de moralización, un ejercicio de autoritarismo de género. El violador, nos dice, no es un enfermo ni un hombre consciente de su maldad. Es alguien que representa a todas las fuerzas controladoras y conservadoras que actúan en la sociedad. Es un castigador y un repetidor de esquemas que considera que la presencia misma de las mujeres en el espacio público es un desvío, un desacato al sistema patriarcal que le otorga a él por ser hombre la centralidad y la libertad de movimiento.[4]

Desde esta perspectiva son los modelos de masculinidad los que producen las políticas conservadoras, primeras entre ellas las políticas de la división binaria de género, que fácilmente se cruzan y fortalecen con políticas racistas y clasistas de descalificación y discriminación de grupos mayoritarios de la población.

No obstante, existe una tercera hipótesis sobre el significado político sistémico de la violación y ha sido elaborada en Guatemala, país de mayoría maya que vivió hasta 1996 una larga represión de los sectores blancos de izquierda y de las poblaciones indígenas por ser indígenas. El equipo del Centro para la Acción Legal en Derechos Humanos (CALDH) plantea que la violación, y los feminicidios que la acompañan con siempre mayor frecuencia, son actos de represión parecidos al genocidio. Se trata de agresiones dictadas por una construcción de género que implica la existencia de hombres armados, militares, paramilitares o delincuentes. Son las formas de la violencia contra el cuerpo de las mujeres las que revelan una política represiva común a la masculinidad dominante y la represión de estado, que por 40 años acompañó políticas de discriminación racista y represión de los sectores progresistas. CALDH y las feministas guatemaltecas tienen claro que las mujeres estamos en todas partes, conformamos cualquier clase y todas las naciones y pueblos, somos las creadoras y sostenedoras de las redes sociales familiares y comunitarias, de manera que violar o amenazar de violar a una mujer es una manera de agredirla personalmente y, a la vez, de poner en alerta a la mitad de la población. Para las feministas de Guatemala, la violencia que ocurre en el ámbito doméstico, entre familiares o personas con las cuales existe o ha existido una relación, así como la que sucedió en contextos de violencia generalizada en espacios públicos o privados, y la asociada con crímenes seriales o con otras modalidades delictivas relacionadas con el crimen organizado, tienen en común que afectan la vida social de las mujeres víctimas y de las mujeres que las conocen o conviven en su misma sociedad. Su objetivo es revelado por las formas de crueldad con que se realiza una violación o un feminicidio, pues pretende aterrar, criminalizar, castigar e imponer la inmovilidad, el no cambio y la manutención de la represión para todas.[5] Relegar a las mujeres a la permanencia en un lugar confinado es una forma de invisibilizarlas y de poder afirmar en consecuencia que la vida femenina es intrínsecamente apolítica o no política.

Las actitudes amenazadoras de los hombres en la calle, aún en medio de una masiva acción solidaria, no revelan sólo una mentalidad conservadora, sino una reacción violenta a los logros de las mujeres comprometidas desde la década de 1990 con la igualdad de género. Las igualitaristas y las funcionarias públicas que dirigen las políticas de género en México como en el resto de Nuestramérica son las feministas menos radicales, las que no van más allá de exigir el mismo salario por el mismo trabajo y, a veces, el reparto de las labores domésticas. No tocan siquiera la estructura de la familia nuclear y de la economía de pareja, por eso en su momento fueron sostenedoras no tanto de la revolución sexual sino del matrimonio entre personas del mismo sexo (que ofrece al sistema financiero vigente las mismas garantías que un matrimonio heterosexual, por ejemplo para los créditos de compra de vivienda y automotores). En general son mujeres urbanas, formadas académicamente, de sectores medios, blancas, lo cual las hace más propensas a aparecer en los medios masivos de comunicación, donde se manifiestan contra la violencia doméstica. No obstante, los sectores masculinos más conservadores consideran aún a estas feministas privilegiadas que han dejado de tener en cuenta las perspectivas feministas revolucionarias desde la década de 1990 como peligrosas enemigas de los hombres. De los hombres, y no de sus privilegios.

No sé qué sucederá con los millones de mexicanas y mexicanos de todas las edades que se han volcado a las calles para brindar desde sus contradicciones y capacidades ayuda a las personas más afectadas física, económica y emocionalmente. No sé qué sucederá con las jóvenes camioneras que han manejado hasta puertos y pueblos que el derrumbe de los puentes ha cortado del contacto con las ciudades para entregar cobijas, lonas, alimentos, medicinas y agua potable bajo las lluvias que arrecian en este momento. No me imagino a las brigadistas que han roto losa a mazazos aceptar esas legislaciones tan sofisticadas que para defender su derecho a una vida libre de violencia en realidad las exponen a la imposibilidad de brindarle justicia. Dudo que las ciclistas que llevaron esmeriles, mazos, palas, cuerdas de un punto a otro de la ciudad, a cualquier hora, pasando por encima de túmulos de detritos se acomoden ahora a las reformas educativas que prevén la exclusión de un sinnúmero de estudiantes de las universidades públicas. En 1985 la solidaridad popular una vez terminada la etapa de rescate fue encausada hacia actividades sociales emergentes, reconstrucciones ambiguas entre el trabajo colectivo y el financiamiento vía ONG, los brillos de un neoliberalismo que promovía la teoría de los financiamientos para el desarrollo empresarial. Aún así de aparentemente controlada la población de la Ciudad de México nunca volvió a votar el partido que por años embridó y reprimió los movimientos populares, sindicales y productivos del país. La Ciudad de México se convirtió en una isla progresista en medio de un país que el neoliberalismo empujaba al conservadurismo y la violencia.

Las feministas en las calles de las ciudades y pueblos del México probablemente dejarán una huella emotiva en diversos sectores de mujeres, permitiéndoles reconocer las expresiones patriarcales como formas de un único sistema de dominación. Las profesoras que descreían de sus alumnas al verlas actuar de manera coordinada y solidaria puede ser que vuelvan a considerar los estudios de las mujeres como una acción política de construcción de una episteme diversa.

No sé qué sucederá; como historiadora de las ideas feminista sólo puedo recordar que el feminismo es un movimiento de mediana duración, con más de 200 años de historia y diversas etapas, algunas revolucionarias, otras de resistencia y otras bastante reformistas. El movimiento de liberación de las mujeres que se manifestó hace medio siglo en todo el mundo fue su momento más revolucionario. En muchos países de Nuestramérica -en Venezuela, Costa Rica, México, Chile y Brasil en particular modo-,  las mujeres examinaron el pensamiento y las actitudes sexistas y buscaron la transformación de nuestras creencias sobre los roles impuestos por un sistema, sin dejar de reconocer y fortalecer los propios deseos. Sus ideas germinaron de diversas formas en todos los pueblos de Nuestramérica, ubicándose y transformándose. Las tendencias antimovimentistas de los controles estatales de los años 1990-2000, con el surgimiento de numerosas ONG destinadas a dividir las demandas del feminismo, orientándolas a logros específicos en el marco legal, más que a la transformación de la sociedad en su conjunto, así como la reubicación de las teorías feministas, primero de las mujeres, luego de los estudios de género y los estudios queer, en la academia ubicaron las reivindicaciones feministas en cierto reformismo liberal, decepcionando a las mujeres más radicales. Hubo un tiempo que parecía que el feminismo no era más que una asignatura en la curricula de las carreras de Ciencias Sociales. Entonces los hombres que temían perder sus privilegios reaccionaron diciendo que las mujeres teníamos más derechos que ellos, que nuestras prerrogativas sobre la maternidad los excluían de la afectividad, que el feminismo no tenía razón de ser.

La violencia recrudeció, mientras ingresábamos en los ejércitos, las policías y los más masculinos, enajenantes y mal pagados trabajos de los hombres como carne para el acoso y la demostración de que no somos más pacíficas ni menos violentas que ellos. Fue cuando las madres de las trabajadoras pobres de Ciudad Juárez se unieron para denunciar las condiciones en que sus hijas desaparecían y algunas eran encontradas asesinadas en el desierto. 1993: el año en que se organizaron las Madres de Juárez, trayendo al vocabulario feminista el término feminicidio, es decir el asesinato de una mujer por el hecho de ser mujer. 1993: el año en que un pequeño grupo de feministas intervino en VI Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe en El Salvador para decir que había que ser autónomas de los mandatos de acción de género que llegaban del neoliberalismo vía las financiaciones internacionales. 1993: el año en que las mujeres mayas del EZLN se reunieron para elaborar una ley que ahora ha logrado que en los caracoles y comunidades zapatistas todos los cargos estén repartidos en un 50% de mujeres y un 50% de hombres.  No sé qué nacerá de los escombros de México, pero es cierto que este terremoto aconteció cuando las feministas de diversos cuños y formas de organización ya se habían activado contra la inseguridad fomentada por la impunidad y el conservadurismo neoliberal. Puede ser que empuje radicalizándolo este nuevo momento feminista. Puede que la acción de las brigadistas sea una expresión de que este despertar es una realidad.

 

 

[1] Silvia Federici, Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas, traducción de Carlos Fernández Guervós y Paula Martín Ponz, Traficantes de sueños, Madrid, 2013.

[2] bell hooks, El feminismo es para todo el mundo, Traficantes de sueños, Madrid, 2017, pp.22-23.

[3] Virginie Despentes, Teoría King Kong, traducción del francés de Marlene Bondil, Editorial El Asunto, Buenos Aires, 2012.

[4] Rita Segato, Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos, Prometeo, Buenos Aires, 2003.

[5] Cfr: Centro de Acción Legal para la Defensa de los Derechos Humanos, Los asesinatos de mujeres: una expresión del feminicidio en Guatemala, CALDH, Ciudad Guatemala, 2005. Ver asimismo Yolanda Aguilar y Amandine Fulchiron, “El carácter sexual de la cultura de violencia contra las mujeres”, en Las violencias en Guatemala. Algunas perspectivas, Unesco, Guatemala, 2005; y Laura Montes, La violencia sexual contra las mujeres en el conflicto armado: un crimen silenciado, CALDH, Ciudad Guatemala, 2006.

Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis 62 años (soy de noviembre de 1956) cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tengo menos fuerzas que hace 20 años, me canso más y cargo menos, pero sigo creyendo que el mundo se conoce caminándolo, cruzando fronteras físicas que se quisiera desaparecer, subiendo y bajando de vehículos, burros, zapatos, carretas jaladas por yaks (animales simpáticos, por cierto). Desconfío y evito las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: a los 55 años he dejado la academia porque está tan controlada que no deja pensar críticamente ni escribir con placer: el aprendizaje autónomo es un camino hacia la libertad

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