Me urgen 5 minutos de reflexión y calma. Nos urgen a las feministas universitarias, las mujeres que estamos hartas de acosos, amenazas, violaciones y feminicidios impunes

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Me urgen 5 minutos de reflexión y calma. Nos urgen a las feministas universitarias, las mujeres que estamos hartas de acosos, amenazas, violaciones y feminicidios impunes. Nos urgen a las mujeres que estamos desesperadamente acostumbradas a que nuestras palabras (reflexiones, denuncias, opiniones, informes) no sean tomadas en consideración. Y que estamos justamente indignadas frente a ello.

Nos urgen porque necesitamos reflexionar sobre la ira, sobre la violencia verbal, sobre las descalificaciones que podemos usar para sacarnos la espina de la rabia que nos provoca la impunidad.

Hoy por la mañana, me tomó por sorpresa una denuncia: mujeres feministas de una agrupación política mixta, Pan y Rosas, desacreditaron las palabras de otra mujer, una estudiante, que escribió y colgó de un “tendedero” o un “muro” de denuncias una carta sobre el abuso sufrido hace tres años durante una noche de borrachera por parte de su amigo y profesor. Había estado hablando con dos amigas acerca de cuántas de nosotras han sido molestadas alguna vez por un amigo o un familiar durante una fiesta. Y decidió escribir cómo se sintió abusada por un hombre con el que se besaba, con el que pensaba salir, al que dejaba dormir en su cama. Todas acciones que revelan afecto, deseo de sentirse acompañada, confianza. Y que no se merecían como respuesta una acción machista de abuso. Sí, como ella dice, un hombre que quiere desmontar su machismo no desnuda y toca alguien que está dormida, no toca a quien está llorando, no se disculpa sin enmendar.

¿Por qué desacreditar esas palabras? ¿Por qué arrancar esa carta de un muro, que seguramente visibilizaba al compañero, en ese entonces profesor de asignatura? ¿Por qué defenderlo de manera que la carta trascendiera hasta adquirir una importancia semejante a la de una denuncia formal? La acción de Pan y Rosas fue antifeminista y, además, bastante imprudente políticamente. Seguramente no han apoyado a su compañero de organización política, lo han enlodado. Han permitido que de forma vehemente las feministas que las denuncian digan algo que la alumna abusada nunca dijo, es decir que es un abusador sexual serial, como su colega Seymur Espinoza Camacho, y que se aprovechó de la asimetría de poder existente entre un profesor y una alumna, por motivos académicos y de género.

En la UNAM, como en todos los espacios laborales, educativos, deportivos, el acoso sexual es una realidad cotidiana. ¿Cómo no creerle a una mujer y por qué cuestionar su testimonio? ¿Qué impide sentir empatía hacia el malestar que experimentó al sentirse traicionada por un amigo? ¿Por qué no ayudarla a comprender su situación y acompañarla en un proceso de sanación? La conversación, el diálogo, el lograr juntas entender por lo que pasamos al ser vejadas sexualmente y lo que nos ha marcado sirven para alcanzar una sensación de justicia mucho más que los castigos penales.

Las indignadas denuncias de ochos grupos feministas coordinados en la Red No Están Solas, muy diversos, todos juveniles, todos rabiosos, que “con asco y rabia” gritaban contra la violencia sexual ejercida por Sergio Moissen, docente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), tampoco se detuvieron en el dolor y la necesidad de sanar de la mujer que después de colgar una carta se ha visto cuestionada por compañeras que le preguntaban airadas por qué denunciaba después de tres años, qué fines perseguía al hacerlo y qué problemas psicológicos tiene.

Hoy quien ha sido víctima de un abuso, y ha sido re-victimizada por mujeres y hombres que se han negado a creerle, tiene una furiosa sed de venganza, desea que el profesor sea cesado, que la sociedad le pague por el dolor soportado.

Y es al llegar a este punto cuando quiero mis 5 minutos de paz y reflexión.

Quiero detenerme para reflexionar acerca de las sensaciones de malestar que en una relación con un amigo pueden ser provocadas por acciones y formas de relación que apelan a la violencia verbal, psicológica, de presión de poder académico y sexual. Pero también pueden ser provocadas por decepciones afectivas, políticas, alejamientos ideológicos. Durante el tiempo en que una persona elabora esas decepciones, puede ser que necesite verbalizarlas, quizás escribirlas. De hecho, en muchas terapias se escriben los traumas para sacarlos de sí, alejarlos, y empezar a elaborarlos. ¿Y si eso era lo que necesitaba la mujer que escribió la carta en que le reclamaba a un amigo una actitud de abuso? Sacar, verbalizar, sanar, volver a confiar, a sonreír, a tener relaciones sexuales placenteras…

Sé bien de la importancia de creerle a una mujer que denuncia. Pero no la tildo de inmediato de víctima. Creo que debido al dolor y la impotencia ante la impunidad y el descreimiento de lo que nos pasa a las mujeres, muchas feministas pedimos un castigo antes que una sanación.

A este propósito quiero pensar en la función del escrache. El escrache es un importante medio de visibilización y denuncia de un asesino impune, un torturador, un acosador intocable. Pero convertirlo en un sustituto de la denuncia formal y/o del trabajo de grupo para entender qué nos pasó, puede convertirse en un peligroso medio de difamación. Del escrache nadie puede defenderse, sea o no culpable. La persona escracheada no tiene derecho a réplica. Y de ser culpable –como casi siempre es- no pasa por un proceso que contemple su regeneración.

Como maestra, escritora, feminista y persona atenta a los derechos humanos me niego a creer que la justicia sea venganza y que las personas no puedan ser reeducadas. Es muy peligroso e injusto que una persona escracheada sea condenada socialmente sin obtener el beneficio de la duda y el derecho a una terapia para aprender a relacionarse de una forma no agresiva con las mujeres. Pienso sinceramente que la reeducación no es sólo un derecho sino una acción necesaria para zurcir la red social desgarrada por la violencia. Los hombres deben tomar conciencia de sus privilegios y reconocer los abusos que cometen para garantizárselos. Negarnos a dialogar, a aceptar en un círculo de estudios, a escuchar a un hombre que ha ejercido violencia contra una mujer y que desea saber cómo no volver a ejercerla, es negarnos a suturar la herida social del patriarcado.

No podemos sanar una sociedad sin reeducar a las personas. Sin reeducarnos. Sin dialogar. Los procesos de sanación sólo son posibles ahí donde se escucha, se habla, se confronta. Si aislamos a alguien porque ha sido denunciado por acoso sexual, no ayudamos a las mujeres, no sanamos a la sociedad, sólo hacemos que ese individuo no entienda su castigo y acreciente su resentimiento y violencia.

Creo que Sergio Moissen debe salir a decir qué pasó, a defenderse o a pedir disculpas; no puede permitir que las mujeres de Pan y Rosas agredan a otras mujeres para defenderlo. Eso es reproducir formas de relación patriarcales. A la vez, estoy convencida que la ira que hemos mostrado las feministas en este caso responde a nuestra impotencia ante el sistema que nunca recoge nuestras denuncias. Hemos acusado a un profesor de asignatura, joven, activista político, lo hemos hecho pedazos, porque contra el sistema no podemos hacer nada…

Siento mucho malestar ante este hecho. Por ello necesito seguir usando mis cinco minutos de reflexión. Quisiera pensar que un tendedero de cartas de denuncia es también un muro donde colgamos nuestras dudas, nuestros cuestionamientos y esas preguntas a las que no hemos encontrado una respuesta.

Creo que la acción de Pan y Rosas contra la carta escrita por una mujer para desahogarse y hacer visible un abuso vuelve a demostrar que no se puede ser feminista y preferir la defensa de un hombre porque se comparte con él un ideario político “universal”. Considero que haber sobreactuado CONTRA la compañera que describió en una carta un sentimiento de malestar, perplejidad y reclamo ha exacerbado los ánimos de muchas feministas universitarias. Nos ha vuelto rabiosas, iracundas, incapaces de visualizar una solución. Nos impide buscar formas alternas de conseguir nuestro bienestar, de plasmar nuestra idea de justicia.

Verbalizar un hecho no es lo mismo que denunciarlo. Cuando verbalizamos algo empezamos a entenderlo. Sacamos frustraciones, elucubraciones, rabias y muchos sentimientos convulsos. Interrumpir la comprensión de lo que nos sucede para pasar a una acción autodefensiva violenta, de corte vengativo o reivindicativo, no nos ayuda, nos empuja a una espiral de demandas sin fin, que nos confrontan una vez tras otra con la impunidad.

Creo en el dolor de una mujer que denuncia haberse sentido abusada; sin embargo, no sé si su denuncia describe hechos que pueden ser imputados legalmente a una persona. ¿Qué va a pasar cuando el sistema legal deseche su denuncia o la descalifique o demuestre que no tiene fundamento? Mucho menos sé si ella no hubiera podido sentirse mejor, dialogar y resolver en sí misma la decepción y la frustración de no haber sufrido de entrada el rechazo a su versión de los hechos por otras mujeres.

La carta que colgó al muro de denuncias por acoso en la UNAM, muy probablemente -supongo, no lo sé-, corresponde a un momento del proceso de sanación, un momento inicial de toma de conciencia. Ojalá ella hubiera tenido el tiempo de terminar ese proceso de autoconciencia, empezado una noche con dos amigas al hacerse una pregunta fundamental, que nos atañe a todas, antes de haber divulgado las sensaciones que le provocó el abuso de Sergio Moissen. Por haber participado en largos procesos de sanación feminista, me permito suponer que ahora se sentiría mucho mejor.

Moissen ha sido despedido por la UNAM, que se aprovechó de su situación de acusado informalmente para deshacerse de un profesor incómodo, por crítico, no por acosador. No le importó saber si la denuncia de abuso era verdadera o falsa, le ofreció la oportunidad de descalificarlo como docente y como hombre comprometido con la crítica al sistema capitalista. Y esto mientras otros profesores, que tienen denuncias formales por acoso en su contra, siguen campantes en diversas facultades de la UNAM.

Francesca Gargallo Celentani, 1 de junio de 2017

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Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis 59 años cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tampoco amo mucho las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: he dejado la academia porque ahora no deja pensar con libertad ni escribir con placer

Un comentario »

  1. Me alegra mucho haber encontrado este espacio necesario de una representante del feminismo actual. Ojalá me urgieran 5 minutos, me urge toda la vida. Un saludo afectuoso.

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