Cómo escribí La decisión del capitán

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Para escribir esta novela, realicé el primero de los cuatro grandes viajes que he emprendido con mi hija Helena hasta hoy: la Gran Chichimeca; el desierto del Sahara; Mongolia, China, Tibet y Cachemira; y Abya Yala. Cuando empezamos a andar, Helena tenía año y medio, yo 39 y ambas cargábamos unas inmensas ganas de gozar de espacios abiertos. Un año y medio antes, con su padre la mecíamos leyendo La Guerra Chichimeca de Philip Wayne Powell. Nos enamoramos de los pueblos que resistieron la colonización en los desiertos y semidesiertos de la Gran Chichimeca, llamada por los colonizadores el Malpais. A Helena, por el amor que les tomamos a los pueblos del norte, la llamábamos La Guachichila, es decir la indómita, la que siempre se rebelaría a la injusticia y el encierro.

Pero ¿cómo inventarme un personaje guachichil? La verdad que era incapaz; mi propia experiencia e historia cuando mucho me permitían entender y recrear un personaje mestizo, alguien que supiera en carne propia del drama de ser y no ser, ser algo que niega lo otro que también se es. Las mestizas no tienen madre ni padre sin traicionar a uno de los dos, pero pueden tener muchas hermanas y hermanos.

Así descubrí que entre Miguel Caldera -el capitán mestizo cuya biografía histórica también abordó Powell- y yo teníamos un nexo hecho de caballos, de deseos de estar en el camino, de vientos en el pelo, de noches al lado de una fogata, de pozas de aguas termales en medio de un río, de amigos entrañables, de asombros ante la belleza del territorio, de búsquedas espirituales significantes, de ir y venir de una cultura a otra, experimentando errores y traiciones y rechazos.

Miguel es el personaje de mi literatura con el que más siento identificación: Miguel soy yo.

Yo en el camino con Helena; yo rentando una mula para que Helena no se cansara demasiado al subir al cerro del Mixtón, lugar mágico, donde Miguel nunca estuvo, pero que está a monte de su historia de zacatecano. En el Mixtón los pueblos del norte resistieron los españoles al mando del mítico dirigente cascán Tenamaxtli, y prácticamente los derrotaron. Sin embargo, un soldado portugués al servicio de los españoles ahí reconoció que los biges de guerras de zacatecos y guachichiles estaban hechos con óxido de plata. Los siguió, llegó al Cerro de la Bufa y cambió la historia de México…En 1547, los soldados del Mixtón se fueron a fundar Zacatecas, en 1548 nació Miguel de un soldado castellano y una mujer zacateca.

Miguel era yo mirando a Helena crecer, hermosa y mestiza, fuerte, amante del viento norte, montada a lomo de una mula, durmiendo con su cuerpecito pegado al mío cerca de una fogata, aprendiendo sus primeras palabras en una lenguas que escuchaba de sus amiguitas en Santa María Acapulco, entre los pames del sur. Nadie me había nunca brindado tanta confianza como Helena poniendo su manita en mi hombro y gozando así la travesía de un río. La felicidad está hecha también de que alguien confíe en ti.

Miguel era mis cientos de contradicciones…

En fin, Helena y yo viajamos por el arco de la Gran Chichimeca a pie, a caballo, en lomo de mula y muchísimo más en mi amada María, la caribe Volkswagen que nunca me abandonaba por muchos baches que tuvieran las carreteras. Helena era ligera y mis piernas fuertes, caminar con ella en los hombros me dio siempre mucha alegría. Además la pintora Teresa Chávez nos brindó hospedaje en Zacatecas y en esa hermosa ciudad yo pude escribir, escribir, escribir.

Regresé a México y La decisión del Capitán salió en editorial ERA a principios de 1997

 

La decisión del capitán

Francesca Gargallo

Para la Guachichila, sin lugar a dudas

 

 

 

“El capitán Caldera es el hombre más necesario que hay en estos reynos para la paz; ha sido el primer y principal movedor della.”

Virrey Luis de Velasco al Rey, 5 de junio de 1590

 

Aquí es una tribu chichimeca desde la edad de mis abuelos. Nuestros antiguos vivían en San Luis de la Paz y hace cosa de un siglo nosotros mismos nos fuimos orillando porque no queríamos vivir con ellos porque nos humillaban porque hablábamos la lengua y seguíamos nuestras costumbres. No nos resignamos, no es cierto que no somos civilizados; en un principio, antes, se dice que todo lo que se alcanza a ver era territorio chichimeca, ahí nos sosteníamos de carne, de plantas, de cualquier animal que se encontraba. Éramos poquitos, siempre; nos desvanecimos luego. Algunos estamos conscientes del pasado, otros lo ignoran, pero fue un gran pasado. Ahora las cosas han cambiado, pero tenemos tres tradiciones importantes: alabamos a la Virgen de Guadalupe, a San Luis Rey y al Santo Entierro. Para ello hacemos unas danzas el 11 para amanecer el 12 de diciembre y el 25 de agosto. Es una danza que se ha emparentado con la azteca; antes era con taparrabo nada más, luego nos pusimos la ropa de los aztecas.

Es una nueva tradición. Según eso, los aztecas se vinieron de México, se cargaron a Guanajuato, ahí escarbaban minas y fueron implantando sus tribus. Entonces los españoles vieron que tenían tesoros y empezaron a extenderse por todo lado. Nosotros nunca estuvimos conformes, peleamos, luego nos empujaron y llevaron a Xichu, Tierra Blanca y San Luis.

Hasta ahorita nunca se me ha olvidado la lengua. Así no se olvida. Aunque ya hay cruzados en la Misión, mi familia mantiene la lengua y la historia de que nuestros antiguos pelearon contra los españoles hasta que nos convirtió San Luis Rey y la Virgen de Guadalupe.

Para vida de saber necesitamos juntarnos. Los maestros sí saben, pero no como todos juntos. Los jóvenes tienen la intención de estudiar para saber las dos lenguas y las dos historias. Según se dice, San Luis Rey era más que los virreyes, por eso lo quisimos en la iglesia. Los frailes aprovecharon la mano de obra de los chichimecas para construir las iglesias, para bajar la cantera de los cerros a puro lomo. Veneramos las imágenes porque en ellas está el trabajo de los chichimecas, nuestro sudor. El Santo Entierro es un santito que se venera en una capillita el año nuevo. Ésa es una tradición muy grande que se hace de noche, van los voluntarios de la comunidad.

En la Misión Chichimeca diario se reúnen en un comité las mujeres y los hombres. El juez es la máxima autoridad después de la comunidad entera que lo puede cambiar si comete errores.

Presciliano Pérez Ramírez, E’znar (Jonaz Chichimeca) de Misión Chichimeca, San Luis de la Paz, Guanajuato, 5 de febrero de 1996.

 

 

 

I
LA AVENTURA

 

Entre las carretas mandadas a construir por don Martín Enríquez de Almanza, el virrey, y diseñadas en Querétaro por el mestizo Pascual Carrasco, Constanza ha olvidado el mar y se ha enamorado del desierto.

Diego de Almanza, hijo del señor de Valderrábanos, tenía trece años y muchas ganas de probar sus caballos sevillanos, cuando juntos descubrieron el paisaje yermo de la Nueva España. Si no había hidalgo que lo acompañara, bien podía hacerlo esa bastarda que se le parecía tanto. La mujer había viajado con él en la Capitana y ahora lo retaba a seguirla a galope tendido hasta Cuautitlán, hasta los jacales de los indios, hasta la salvaje hendedura del último río y la seca llanura de los indómitos.

Constanza huele su alazán y se siente invadida por ese no sabe qué que la acompaña desde entonces. No es sólo el restregarse ritmado contra la silla, el lúbrico subir de un placer que no acaba y le llena el vientre y los pulmones. A los veinticuatro años ya no es tan joven. Su masturbación virginal no le basta, para excitarse así necesita del viento, del sol que quema las pieles suaves de las mujeres recién llegadas y del nombre que atemoriza a los hombres: El Despoblado.

Nombre con olor a guerra y a plata. Toda la plata que el vasco Juan de Tolosa ha descubierto en tierra de zacatecos, debajo de un cerro, a tres días de camino de Nochistlán y a un mes dela capital del virreinato. Toda la guerra de su añejo nombre de desobediencia: treinta años de indisciplina española y rebelión chichimeca. Y de barrancos, emboscadas y desiertos.

Constanza huele la tierra que se quiebra al salir de un bosquecillo. Huele los hatos de cabras, borregos y vacas que ha comprado y con ello huele la plata. La plata del rico Cristóbal de Oñate, del apuesto Diego de Ibarra. Y por qué no la de Constanza de Andrada. La riqueza no tiene color de sangre ni apellido legítimo. La plata no sólo se saca de las minas.

El olor de los caballos sudados le impregna la entrepierna integrada a la silla de montar de hombre. El infinito caos de rocas y plantas espinadas le llena los ojos como el punzante viento del norte, las narices. Sus muslos tienen la firmeza del camino, libertad que ninguna mujer en España puede siquiera imaginar. Once años después de haber desembarcado, Constanza sigue sosteniendo que prefiere desgastar su himen en el arzón que venderlo para tener dinero. La mitad de los soldados de la frontera le debe sus armas y sus caballos y el resto está rendido a su fama de amazona. En cuanto a los indios y los bandidos, los segundos también sueñan con ella y los primeros nunca la han alcanzado.

Diego de Almanza fue repentinamente devuelto al viejo León, cerca de la frontera portuguesa; un virrey no tiene por qué sacrificar a su hijo, mejor es que rece y aguante solo la colonia. A la niña Constanza le consiguieron el capitán Francisco Cano, fundador de Saltillo y regidor de Mazapil, que con sus doce caballos y siete soldados podría mantenerla capturando y vendiendo guerreros chichimecas. El virrey la dotó personalmente, no por intimar con los súbditos, pero esa niña es como de la familia. Ella le pidió además una buena silla de montar, espuelas, casco con babera y una cobija de lana para que se los pudiera ofrecer a Cano el día de las bodas. Montó a caballo como una dama, pero pasando de Ixmiquilpan descruzó la pierna izquierda por encima del arzón y azotando a su yegua como a un burro se escabulló de la escolta virreinal.

Ahora es una mujer rica y Francisco Cano, su buen amigo. Es él quien le ha conseguido la administración del presidio de Pico de Teyra, al fondo de la ancha llanura de Mazapil, última puerta entre el desierto y el valle. Sólo necesita llegar y será la primera española en haber recorrido el camino corto, la ruta de la plata, la árida aventura de los indios hostiles, dirigiendo su propio convoy. A disposición tiene una escolta de diez hombres armados y dos patrullas volantes, suficientes para retar a cualquier soldado que intente obligarla a pagar por su protección. En los veintidós carros y carretas que dirige, atraídos por el imán del norte, van mercaderes huejotzingas, familias cholultecas, mulatos y aztecas bien educados en las leyes de nuestro señor y de su siervo en la tierra, el rey Felipe que dios guarde. Mujeres, niños y hombres dispuestos a abrir minas, a emplearse como soldados, a trabajar el campo y destinados por ello a aumentar la resistencia contra los ataques chichimecas.

Constanza se siente fuerte. Hace nueve días que ha salido de la ciudad y la euforia no se le baja, teme forzar la voluntad de la virgen pero está segura que su propia felicidad le va a atraer buena suerte. El mismo virrey supo que estaba en la ciudad. No la mandó llamar, un señor como él no manda traer a la hija de una cortesana ocho años después de que se le ha escapado, no obstante tampoco la hizo apresar. Por desobediencia, o algo peor, quizás hasta por adulterio, aunque el matrimonio no se celebró y todavía cualquier cirujano puede comprobar su virginidad. Nunca se ha enamorado. Pamplinas, eso no es cosa de mujeres como ella, se lo decía su madre. Nunca, y Diego qué. Pero no importa, el virrey no la mandó apresar. Eso también es cosa de suerte.

El caballo y los animales le han costado siete años de trabajo en Cuicillo, un mes de papeleos en la Audiencia de Guadalajara y varias semanas de viaje al borde del delirio, enamorada de la inmensa libertad de su proceder y del peligro que corría bajando a la capital por los caminos de occidente con un saco de plata y dos mulas de pie ligero. Sola. Con tres hombres armados de arcabuces y dispuestos a morir antes que dejarla caer en manos enemigas.

Constanza es una hábil prestamista y los soldados que la veneran le pagan en prisioneros el dinero que les fio para comprarse su equipo. Vende niños de pecho y mujeres jóvenes, que los guerreros y las mujeres pames son demasiado libres para servir a nadie. Ni hablar de las guachichilas y los zacatecos, que además son brujos y leen en las nubes el porvenir. Constanza los alimenta de tunas y nopales hasta que una familia de tarascos, de españoles o de otomís llega por el camino que ahora recorre y necesita brazos para levantar cercas y cuidar vacas. Entonces vende por separado a las madres y a sus hijos recomendando a los nuevos dueños que les den poco maíz y nada de carne, no se les vayan a alebrestar. A los guerreros no los acepta en pago de nada y los soldados tienen la opción de salir al desierto a matarlos, malvenderlos a los mineros o tenerlos consigo hasta que los encuentren de alguna utilidad.

Salvajes. Constanza, cuando piensa en algo más que en su propia fortuna, nunca duda de que son unos salvajes. Le ha preguntado en un par de ocasiones a fray Luis de Ampudia si es cierto que tienen alma. Tonta. Cómo creerle a un dominico. Él los bendice. Ha crecido entre ellos en los campamentos de las minas de Nuestra Señora de los Zacatecas, aunque los franciscanos le prohíben ahora acercárseles. Eso dice mucho de él. Ha acompañado a su superior en el segundo consejo de teólogos notables convocado por don Martín Enríquez en 1574, rezando, sirviendo, ordenando, que ser fraile es cosa de sufrimiento en estas tierras de dios. De pronto, su maestro levantó la voz: los españoles son invasores y agresores en la Gran Chichimeca, no tienen derecho a hacerle la guerra a los indios. Es guerra justa y obligatoria, tronó el provincial franciscano. A fuego y a sangre, lo secundó el agustino.

A fray Luis lo mandaron a Michoacán y en secreto ha vuelto. A Constanza le dijeron que es como un hombre de paz que ha perdido el sentido de la orientación y predica entre los enemigos de la fe. Él nunca le otorga su bendición cuando llega a visitarla, pero no rechaza su comida y responde a sus preguntas. En una ocasión, le ha contado de un mestizo formidable, un soldado como pocos y además buen cristiano. Un mestizo de castellano y guachichila. Exagera, fray Luis, le contestó suspirando Constanza. Pero, en fin, así son los frailes, sufren tanto durante el noviciado que después sólo les queda andar por el mundo propagando la buena nueva. Y sin jamás pecar de la carne.

Cuando llega a tales honduras, Constanza deja de pensar y empieza a gritarles a los vaqueros y los pastores para que junten el ganado, a los carretoneros para que empujen los bueyes, a los arrieros para que muevan las mulas. La vuelve a invadir el placer del mando y hostiga a los soldados diciéndoles que nunca tendrán caballos como los que ella se compra. En realidad, su alazán habría sido la envidia de Diego de Almanza. Tres días antes, en la ribera de San Juan del Río ha pasado el retén de los jueces, siempre en busca de indios que vivan en concubinato. En ese último reducto de seguridad, don Baltasar Temiño de Bañuelos, conde por derecho de conquista y por dinero sonante, fundador de Zacatecas y de Fresnillo, de bajada hacia la ciudad con trece carros de plata, le ha ofrecido seis negros fuertes por él. Hay veces que es un placer rechazar una oferta.

Don Baltasar la encontró demasiado bella para ofenderse, lo cual quizá la ofendió a ella. El viejo conquistador, orgullosamente castellano en un mundo de vascos e indios, le dijo a su paisana que antes de llegar a San Miguel el Grande se toparía con el mejor soldado de El Despoblado, el capitán Miguel Caldera, de servicio en la defensa del camino. Que le pidiera de su parte lo que fuera, que él ha combatido con su padre y lo conoce desde niño.

¿Caldera?, ha preguntado Constanza de Andrada. Siempre son buenos soldados los castellanos. Éste es aún mejor, le ha dicho el conde besando la punta de sus dedos ásperos de fronteriza. Es también un guachichil.

 


 

 

 

El capitán desmonta y se desabrocha la camisa bajo del izcahuipil. La armadura de tela, especie de túnica acolchada de algodón que los indios usan para protegerse de las flechas de los chichimecas, ha sido enriquecida por unas trenzas de piel de venado y unos chaparrales de cuero que le recubren las piernas. Hace calor y los árboles ofrecen una sombra cansada. La mañana le empasta la boca.

El virrey está en algo. Lo presiente. La epidemia de viruela entre los caxcanes ha debilitado la frontera de la Chichimeca en la Nueva Galicia y la guerra ha tomado una dimensión loca. Aun ahí donde se encuentra, al este de un territorio más grande que la mar de Europa, el aire tiembla como muslo de hembra excitada. Se respiran un ardor y una prisa que parecen montados en las yeguas que guamares y guachichiles están robándose. En cualquier parte. Caigan sobre quien caigan. La orden corre en el viento, en alas de los tambores chamanes, los búhos la gritan de noche, bígaros estridentes la difunden desde todas las alturas. Nada preciso, un carnaval febril de asaltos y retiradas, festines y alianzas, en medio de la gran sequía.

El capitán ha sentido antes esa lujuria. Su padre y sus tíos iban y venían, armados, barbudos, sudados, en fin felices, sobre sus sementales humeantes, por la angosta cañada donde con él crecía su ciudad. Años de minas abiertas, auxiliares indios con plumaje de guerra, espadas y sombreros españoles, albañiles, muleros, esclavos. Gente y más gente en la montaña sagrada, alrededor de los manantiales. Caballos, mulas y la plata que compra. Traigan vino. Y telas, brocados, seda. Recuas enteras que salen y vuelven más cargadas que al partir. Xochimilcas voluntarios, africanos esclavizados, portugueses infiltrados, hasta un griego y una puta romana. Colonos de una frontera desdeñosa de la autoridad virreinal. La mina pobre de Miguel de Ibarra se había convertido en la muy rica y leal Ciudad de Zacatecas.

Y su madre mirándolo todo.

Su madre. La mujer salvaje que había salvado la vida del soldado que fue su padre y que, en 1546, salió con él de Nochistlán, única mujer entre siete hombres, única guachichila entre vascos y castellanos.

Agua. Buscaban agua. Y luego sombra. Y finalmente oro.

El adelantado Juan de Tolosa miró a la mujer. No diría una sola palabra, de eso estaba seguro, pero había aprendido a descifrar sus gestos y la curiosidad casi materna con que seguía a su mejor soldado. Casi materna aunque durmiera con él todas las noches.

La llanura sin fin. En dos horas el sol les cocería los sesos. Don Juan cerró los ojos. Los hombres se movieron incómodos y fatigados en sus sillas. La guachichila cruzó la mirada con la del soldado, guiándola hacia unos mezquites, a medio camino entre ellos y las montañas. El castellano, como la primera vez, se sorprendió de la ayuda.

Horas después, la vida había vuelto a sonreír. Los caballos pastaban y ellos digerían los restos de un armadillo sentados al lado de una poza de agua. Vayamos hacia ese cerro, dijo don Juan. Una extraña protuberancia de doble giba en el horizonte, la sagrada puerta del águila, medio camino más cerca de cuando se estaban muriendo de sed.

Durante seis años, la guachichila vio cortar los encinos y las palmas, pisar la tierra de los cementerios. No había palabras españolas para ella, sólo ropa, casas, encierro. Nada. Una mañana olió el aire gélido de noviembre. Fue a buscar a Miguel, tomó a Hernanda de la mano, María Cid se le escapó, ni modo. Por ahí, ordenó su gesto a los niños. La guerra estalló a su alrededor. Flechas más precisas que cualquier arcabuz. Una exaltación de perros bravos. A la carrera, implacables, incansables, veloces. Con la fiebre en las venas. Chiriniquinata los guía. Muere. Otro surge. Y luego Huainotohua, señora de los totorames. Los jefes son poca cosa. Los ídolos, sólo trapos amarrados entre sí.

El capitán huele el frenesí antes que a otro le llegue siquiera el temor. Recuerda las lanzas rotas, los cascos traspasados por las delgadas flechas de punta de basalto, las ballestas arrastradas, con una mezcla de horror y de orgullo. Todas las noches rezaba por su padre, por las mañanas bendecía el sol y escrutaba las nubes. Sin embargo, es la primera vez que trabaja tan al sur. Ahora es un soldado, el mejor dicen algunos como don Baltasar que con su padre y sus tíos ha peleado para defender Zacatecas. El único que tiene noticia y conocimiento de esta tierra, afirman los estancieros. Aunque le gusta más que Gonzalo de las Casas, general en la frontera chichimeca, le haya dicho al mejor de los capitanes generales, a don Rodrigo del Río de Loza, que con soldados como él se podría hacer la guerra justa. Al capitán le encanta que hablen de él. Que digan bien de él. Que el mismo virrey sepa quién es.

Suspira. La vegetación es más abundante que al norte. Un bosquecillo mitiga el calor, pero la mañana está pesada. El capitán necesita estar solo. Nunca se deja invadir por tantos pensamientos como ahora está permitiendo que suceda. Los días confusos son así, nacen de la cabeza de uno y es mejor dejarlos pasar como las tempestades.

Entonces, da rienda suelta a su genio. Si el virrey no estuviera preocupado no concentraría a los capitanes en la ruta que lleva a México la plata de su Zacatecas natal. Don Gonzalo de las Casas le ha descrito la corte virreinal; su padre, el señor de Treviño, fue primo hermano de Hernán Cortés. No todos los que pelean en la Chichimeca son bastardos como él. Su rancio general es un hombre de letras y le gusta al virrey. Al capitán también. No así los hidalgos que el general pinta vestidos de encaje y que festejan gastando el dinero que los soldados defienden. Le da tristeza el virrey entre ellos. No sabe qué le atrae de ese hombre al que obedece y desconoce. El poder. La soledad. Es enjuto y viejo, nada apetecible. Los franciscanos del convento grande le han hablado del rey, de su necesidad de oro para seguir la guerra contra el turco, la puta inglesa y los protestantes alemanes. Le han dicho que por eso existe Zacatecas, para que con la plata de sus minas el rey pague los gastos de nuestra santa fe. Al capitán no le convence el rey. Está por gracia de dios en el trono, pero muy lejos y no entiende que si no retribuye mejor a los soldados aquí no tendrá plata ni minas para guerrear contra el señor turco allá. El virrey es otra cosa.

El capitán no toma agua durante el día para no sudar de más. Tampoco se sienta bajo un mezquite sin antes pedir al árbol que lo proteja. Pero siempre hay una primera vez y cuando se divaga tanto la inconciencia se convierte en el albur necesario para que la vida cobre valor. Y por qué no morir anónimo como la gente verdadera, atravesado por una flecha pame, no tener sepelio y vagar para siempre a caballo de los vientos del Malpais.

Se santigua. Él es un verdadero cristiano, no puede blasfemar así. Sus hombres piensan que está descansando y trabajan en la fortificación del convento de San Miguel. Los ha engañado, luego se confesará; ahora necesita examinar el territorio que han asignado a su defensa.

Sus hombres se parecen mucho a los habitantes del pueblo de misión, españoles que han llegado tarde al reparto de las riquezas de la conquista y sobreviven con sus míseros sueldos de militares, indios convertidos que visten a la española y acatan las reglas impuestas por los frailes, mestizos borrachos que sólo le temen a la voz de su superior directo. Sus veintidós hombres son a la vez todo su poder y el recordatorio permanente de sus cadenas. Sólo ama y detesta más a las mujeres.

El capitán camina y su caballo lo sigue. Un buen animal, como él, poco acostumbrado a holgazanear. Las colinas son verdes y un riachuelo fluye a pesar de que desde hace meses no llueva. La vida parece más fácil cerca del agua. Se sorprende pensando cómo sería de finalizar la guerra. Fácil, sí, muy fácil, en una zona verde sembrando hijos y maíz. Con suerte y hasta le toque un reparto de indios pacificados. Piensa en los tributos. Mantas bordadas, vasijas de barro, esmaltes para pintar los guajes. Los indios vestidos pagan así sus gabelas a los encomenderos. Qué le pediría él a la gente de su madre.

El capitán se sonríe. Su hermana, ay su hermana Hernanda, le dice que no sabe estimar lo mucho que valen. No la entiende. Le pagó el caballo y el equipo cuando a los quince años se hizo soldado y ahora que su marido ha desaparecido, que dios tenga en su gloria al mercader Balderas, vuelve a santiguarse, ahora le habla de la gente de su madre. De su madre que según ella ha muerto. Le dice que antes que los mineros y estancieros españoles juntaran a los chichimecas para cortarles a unos las narices, a otros las orejas, y las manos y un pie, y luego los curaran con aceite hirviendo, y los ahorcaran, y los hicieran esclavos, hermano mío,   tú sabes que no miento, antes de que eso sucediera los guachichiles eran gente de espíritu y así volverán a ser cuando los españoles se vayan. Ay, mi hermana Hernanda.

En realidad el capitán no tiene ningún deseo de asentarse, fantasea con ello porque así lo hacía su padre y todos los soldados que ha conocido. Él quiere seguir siendo lo que es, un nombre del desierto.

Sube por una pendiente y mira a su alrededor. El ancho vuelo de los zopilotes ronda una cañada que se abre entre los huizaches, el garambullo y los cardonales. Ningún animal cerca. Un convoy, piensa. Años de divisarlos antes de que los guerreros los ataquen. El capitán sigue mirando. En el cielo azul violento ni una nube le advierte de nada. Falta mucho para la temporada de lluvias, además de que fray Luis se enfurecería de escucharlo hablar de presagios, que él ni es santo ni es profeta para interpretarlos.

Un grupo enorme. Están a cinco leguas de San Miguel, si yo fuera un salvaje los atacaría al salir de ese matorral. Saltaría sobre las últimas carretas. Sí, corriendo. Antes de que las volteen para defenderse. Me llevaría todo a la cañada y que me encuentre quien pueda.

Los primeros carros, pesados, enormes, salen de la hondonada, seguidos por centenares de ovejas que levantan un polvo fino, rojizo. No ha pasado nada. Como una plaga, hombres, ganado y recuas se esparcen lentamente por la llanura.

El mediodía avanza, caliente, lento e impasible como un buey de arrastre. El capitán baja de la loma. Tiene sed de noticias. Ya no soy tan listo como salvaje, se dice en voz alta. Y obedeciendo a un impulso de curiosidad poco común en él, monta a caballo y se dirige hacia el convoy.

 

 

 

 

 

Los hombres empujan, los animales jalan, las mujeres incitan. La llanura en un instante se llena de polvo y los meados ácidos de las reses enlodan la tierra. El peso de los barriles de aceitunas y sardinas, de los sacos de almendras, de las barricas de vino y los fardos de alpargatas, de telas de Flandes, de guantes de Nápoles, reatas de Castilla, cuencos, hachas y machetes del país, cuchillos de Bohemia, sartenes para uso y para venta, sobre los que juegan docenas de niños de abundante cabellera, y la zaborda de millares de tapones de corcho, de agujas, dedales, azadas, testeras, herrajes, plomo, azogue, peltre, vence el suelo y hunde en él las ruedas de los carros.

Mientras se avanza, todos los días son iguales. Actos múltiples que corren del rezo matutino a las vísperas, y se suman a los deberes de la sobrevivencia. En los carros, donde conviven hasta cuatro familias, las jóvenes cuidan un fuego tenue cuyo humo las hace toser y muelen el nixtamal que han dejado en remojo durante toda la noche. De rodillas frente al metate, se recuerdan en el patio de su casa, en una tierra que no volverán a ver, y se presienten en la cocina de su futuro esposo, en una tierra que desconocen aún. Las mayores cuidan de su virginidad, las obligan a rezar para que no les sobrevenga ninguna dolencia, y tejen, con los hijos más pequeños amarrados a los hombros. Pocas manejan las riendas de las ocho mulas que las arrastran. Una sola por carro enfrenta el peligro de ir por agua cada vez que la caravana pasa cerca de un río. Vestida y calzada es una presa interesante para un chichimeca. Doncella, lo es también para los mestizos de la escolta y los soldados de las patrullas volantes.

Los hombres tampoco haraganean. Son pastores, militares a sueldo, administradores, reparan las ruedas de los carros y en sus espaldas cargan el cuajo de leche para que el queso apriete mientras la vida se empuja unas leguas más al norte. La mañana y la noche los encuentran doblados sobre tareas que no logran describir, blancos e indios libres, negros esclavos, mulatos que sólo esperan escapar y sumarse a los rebeldes de El Despoblado. Los que montan caballos, los deben. Las mulas y los bueyes los presta Constanza de Andrada que algo querrá a cambio.

Sólo ella tiene esclavos a su servicio y mujeres que le atienden el apetito. No gasta tiempo en deberes cotidianos, es dama sin dueño. Su atuendo mismo habla de una situación desconocida, a medio camino entre la extravagancia y la comodidad. Ridículo para un hombre, es atrevido encima de una mujer. De su camisa de lino reforzada sobre el pecho sobresalen unos puños de seda y las piernas duras envueltas en una veintena de pies de manta blanca, coronadas por unas botas de vaquilla dorada. Los anillos que cubrían sus dedos largos y fuertes han quedado en el Monte de Piedad de la Ciudad de México. Herencia de su madre, no los estimaba mejores que las riendas de su alazán.

Grita algo al jefe de la escolta, un español herido tantas veces por desnudos y vestidos que más parece monstruo que persona. Se tutean. Constanza sabe, porque su capitán Cano se lo ha contado cien veces frente al vaso de vino que le ofrece para que se quede a narrarle sus aventuras, que a lo largo de El Despoblado se corren mayores riesgos al salir de una hondonada. Ahí, de la nada, se materializan los salvajes, lanzando enjambres de flechas entre alaridos de espanto, desnudos como animales. Guamares, guachichiles, zacatecos, todos matan por placer y diversión. Los mismos pames asaltan por gusto.

Ordena que se junten los hombres, que los animales no se dispersen, que las carretas aprieten el paso. El mundo de polvo que la rodea no mancha la blancura de su vestimenta, el sudor de su montura no la acalora. Todo lo debe. Su escolta no lo ignora e intuye que los obligará a defender hasta la muerte la última migaja de sus pertenencias.

Nadie nota al capitán que se acerca al galope, rodea los grandes carros cubiertos, cruza por enmedio del ganado y, de repente, está frente a la mujer. El jefe de la escolta lleva la mano a la espada y se detiene. El capitán se percata de que no tiene nada que decir. La mujer es alta, bella, como él mismo. Pero no lo ha contratado, no la conoce. Ni siquiera corre peligro.

La incomodidad se ha instalado entre ellos. Constanza lo mira, el hombre la distrae. Con dificultad recupera el hilo de sus palabras y termina de hablar con su soldado. En unos instantes, la caravana entera entona un cántico de latigazos y se compacta.

Capitán Caldera, dice admirado el capitán para presentarse. Miguel, se oye a un hombre llamarlo desde lejos. Con permiso, señora. Retiene el caballo. Le da la media vuelta con sólo apretar las piernas, mezcla de habilidad y ostentación. A los pocos metros, un soldado se sonríe. Pedro. Miguel. El tono de voz, la amistad de una vida. Palmadas. Luego, como un río que arrastra las piedras a su paso, Pedro Benito empieza a hablar. Cuánto tiempo, Miguel. Demasiado, Pedro. Estaba con Carrillo Dávila. Buen capitán ése, Pedro. Sí, Miguel, pero perdí mis caballos en una emboscada y me fui a Zacatecas para ver quién me prestaba para comprar otros. Ahí me encontré a tu hermana. ¿En Zacatecas? Sí, andaba con Luis, te acuerdas del hijo de Juan de Ampudia que se hizo fraile en México, pues con él. ¿El dominico? Ese hombre no puede volver a Zacatecas, los franciscanos lo han inhabilitado. Pues andaba con tu hermana, los dos diciendo que peleamos una guerra injusta. ¿Y mi tío no la cuidaba? No, tu hermana dejó su casa en Jerez y según me dijo quería verte antes de emprender otro viaje; no entendí muy bien. El capitán se ríe. Ay, mujeres. Pedro sonríe, algo tenso. Esta vez Hernanda está exagerando, Miguel.

La caravana en tanto hiende la tierra, se arrastra furibunda cuesta arriba en un solo mugir de bueyes y rechinar de carros. Las ovejas en el centro balan empujándose unas a otras. Constanza de Andrada salta a su carro donde duerme enfermo el soldado que meses antes la había acompañado de la Nueva Galicia a la Ciudad de México. Ojea un mapa y vuelve a montar a caballo, esforzándose para no dirigir la mirada hacia el recién llegado.

Mis hermanas son mujeres de bien, Pedro. Con mi espada ha de vérselas quien opine lo contrario, Miguel, pero no las atiendes lo suficiente. Estaba en Colotlán con María Cid, antes de que nos viniéramos a defender el camino. Pero María Cid, María Cid tiene marido, Hernanda está sola. Con un hijo. Un niño, Miguel.

Unos pasos adelante, el alazán de Constanza de Andrada sufre las consecuencias de la frustración de su dueña. La mujer se yergue en su lomo como la estatua de una reina ofendida.

El capitán ha perdido algo de gallardía. ¿Por qué no me avisaste con tiempo? Eres como el aire, Miguel: nadie sabe nunca cómo alcanzarte. ¿Sabes de la epidemia de cocoliste? Sé que las minas están casi despobladas por como ha atacado a los aztecas. Y a los caxcanes, Pedro; se mueren como si los hubiera alcanzado el mal de ojo, de mil guerreros en Tecualtiche quedan doscientos. Avemaríapurísima. Sin pecado concebida. Si todos los caxcanes mueren, hasta Guadalajara va a caer en manos de los chichimecas. Sí, Pedro; y Colotlán, Jerez, mis hermanas y mis sobrinos. Tu hija también, Miguel: María te ha parido una niña hace un par de meses.

El capitán mira a su amigo. El mundo entero se ha detenido. ¿Una hija? Dos soldados lo flanquean antes de que pueda agregar una sola palabra más. La señora los requiere, dicen los escoltas. Cómo pudo olvidar la mirada de esta dama, cómo pudo dormir sin María.

La confusión del capitán no trasluce. Es un hombre silencioso, pero atento, el que avanza en medio de un campamento que parece corresponderle con la misma naturalidad con que pertenece a Constanza. Los soldados murmuran. Las mujeres de los carros se espían y los acechan. El chisme empieza a forjarse. Al fin ha encontrado quien la va a domar. Es muy blanca para él. Los hombres riñen a las mujeres sin poder quitar la vista de la pareja que avanza aparentemente serena y fuerte en la barahúnda. Envidian al capitán; ellas, a Constanza. Sólo Pedro Benito sabe que Miguel Caldera no está ahí.

Señora, no pare los carros esta noche. Avance conmigo hasta el poblado de San Miguel. El consejo de tamaño soldado no puede ser desatendido. Un esfuerzo todavía y la seguridad nos compensará de tanta fatiga, incita Constanza. Los hombres y las mujeres se persignan; Venus aparece, promesa de una muy próxima oscuridad, sobre los cerros de silueta amenazadora. Miguel escruta las líneas naranja y violeta que el sol abandona en su retirada. Tiene prisa y curiosidad: por qué el cielo le niega lo que busca en él. A lo lejos, los coyotes aúllan para asustar a los invasores.

En San Miguel podrán descansar al reparo, señora. Es importante que su gente no se fatigue tanto, el cansancio también la hace víctima de las epidemias. La mujer no quiere saber de ello. Desea que le cuente sus aventuras, que la voz del capitán la haga estremecerse de miedo y la enorgullezca de su osadía. Soy mujer que ningún hombre puede igualar, quisiera decirle. Pero Miguel calla. Su hermana, y ahora su hija. Sus mujeres son toda su vida.

Usted también es indio, capitán. ¿Por qué no se enferma? La voz de la mujer es rabia pura e intento de ofensa. Indio le dicen ustedes a quienes someten, señora. Mi padre era castellano como su merced y mi madre, guachichila como los alzados que la atemorizan. Ninguna de las naciones de mi sangre es india, señora.

El capitán vuelve a callar. Su hija además es caxcana como su madre María, heredera de un flechero al que los españoles cortaron el pulgar en la guerra del peñol del Mixtón, cuando Tenamaxtli casi los vence. Caxcana como los guerreros que se aliaron a los españoles cuando éstos les reconocieron su valor y la inviolable propiedad de sus tierras y pueblos. María le ha parido una hija. El viento de repente acaricia el rostro del capitán. Nuestra hija, María. Una sensación de placer le invade. Agradece al cielo y la tierra, siempre ha preferido a las mujeres.

Una anciana se acerca a los caballos y baja la cabeza. Viste el enredo de henequén de los pobres que la cubre hasta los tobillos y un solo huipil corto. Sus dos trenzas grises están acomodadas alrededor de la cabeza, con los extremos parados enfrente como cuernitos. El alazán de Constanza la embiste y pisa con dureza uno de sus pies descalzos. La comida, señora, dice sofocando un gemido.

El capitán la ve. Levanta la vista hacia Constanza y sin pensarlo dos veces, se despide. Pedro Benito viene conmigo, me adelanto para que los reciban con bien. La mujer lo mira con aversión. Nadie nunca la ha rechazado; siente el odio crecerle dentro. Si Pedro Benito se va, tendrá que pagarme antes sus caballos y la comida. Miguel gira la cabeza hacia su amigo. Pedro Benito la sacude. Se queda.

 


 

 

 

 

 

 

El bayo del capitán responde al galope de los caballos que le vienen enfrente con su relincho de semental. En la semioscuridad de la luna crecida, los soldados dan voces y se apresuran a circundar a su jefe. Parece un juego, la algarabía de los niños cuando encuentran al que se escondió, aunque las preguntas, reclamos subrepticios por el abandono y el temor que les ha provocado, develan una angustia que no termina de disiparse.

El capitán es más joven que algunos de ellos, pero tiene la prisa despótica con que los padres persiguen sus ideas. Qué son sus hombres sino hijos crecidos, indispensables y sin embargo molestos. No tiene tiempo ni ganas de explicarles por qué necesita salir de inmediato hacia San Felipe a hablar con el general Ponce de León. Le urge pensar qué decir para convencerlo de su imprescindible presencia en Zacatecas, pese a los ataques constantes de los guamares y guachichiles a lo largo del camino de la plata. Precisa enfrentar a Hernanda, conocer a su Isabel, así la llamará, por la reina de Castilla, pero también por la zonza de Isabel de Tapia que no quiso casarse con él; requiere hablar con los franciscanos para que protejan mejor a los indios libres que vienen del sur de las maneras de Constanza. Y de cuántos más. Es preciso, pero no sabe si suficiente para ser enviado a su tierra natal.

Lanza unas órdenes que no respetan la alegría de los veintidós soldados que han salido a buscarlo, deseosos y no de encontrarse con partidas de chichimecas en el camino, codiciosos aunque demasiado preocupados para distraerse en tomar prisioneros. Los soldados callan. Qué es un jefe sino un patrón, qué un patrón sino un padre.

A legua y media de allí, la caravana de Constanza no los oye y la castellana ordena el alto. Colinas y hondonadas han quedado atrás. En el valle los carros van disponiéndose en círculo, los hombres empiezan a desatar las mulas y los bueyes, las mujeres prenden el fuego para cocer las tortillas. La noche con su frío y silencio es también un remanso de seguridad inventado por las faenas cotidianas que se apagan. Un ataque nocturno es una fatiga inimaginable.

Entonces se hace el silencio. Un sigilo inmóvil como la luna predice un movimiento que tiene que ver con la tierra y el destino. Los caballos huelen el viento que baja y no silba, las vacas empujan a sus becerros, las mulas se apretujan. La anciana sirvienta de Constanza se acerca al carro de una mujer más joven, como ella, viuda. Cuchichean. Se esconden de los españoles porque saben que para ellos pronosticar es cosa del demonio si no se es santa; y ellas no lo son, sólo pobres, derrotadas nietas de brujos. Levantan la nariz, buscan la luna. No les temen a los jueces de los cristianos, son indias, la Inquisición no puede tocarlas, sólo a las reprimendas, a los castigos menores, las misas obligatorias, los rezos dirigidos, el trabajo forzado para los frailes. Además de qué azorarse ahora que el halo rosa de la luna promete tormentas. Se acuclillan juntas en la oscura intimidad del toldo; rezan dejando caer en el brasero granos de copal. El humo las envuelve.

Los alaridos que acompañan el ataque no las sorprenden, pero como el campamento entero tardan en reaccionar. Con torpeza se mueven los muleros, los pastores no saben dónde empujar sus animales, los soldados reensillan los caballos y se dirigen a toda prisa contra sombras que lanzan nubes de flechas. Uno cae con la garganta atravesada. Otro, amarrado a su rocín, galopa muerto con un dardo en el ojo. Los que voltean los carros para resguardarse tras ellos, descubren con terror que los asaltantes han abordado ya las carretas de carga y danzan entre trapos, riendo y robando a mansalva. Las mujeres corren de un lado a otro sin saber si salvar a sus hijos o la comida. Dos jóvenes son levantadas en hombros por los guerreros, a otra le arrancan su niño de los brazos.

El horror se apodera de Pedro Benito cuando los escucha gritar: ¡Gobal! y hacerse de los caballos, manejándolos con destreza, sin silla ni rienda. Avisa a los demás soldados: ¡Saben montar! El descontrol se vuelve absoluto. Los gritos de guerra enloquecen a indios y españoles. Los mulatos se apresuran a seguir a los atacantes y se lanzan sobre los carros de armas y plomo. Los improvisados refuerzos son aceptados sin reticencia por los chichimecas. Una mujer atrae hacia sí a los guerreros, les hace entender a gestos que está de su parte, les muestra dónde se esconden los mayores tesoros. Y cuando los ha guiado al botín, salta al carro del soldado enfermo, el único al que no han desenganchado la caballería. Constanza se abre paso azotando a los muleros que intentan retener los animales creyendo que han enloquecido. La noche pronto la envuelve.

Las grandes hachas de piedra de dos filos de los chichimecas mientras tanto abren los toldos, desventran los sacos, así como las pieles de los indios cristianizados que intentan defender sus pocas pertenencias. Los gritos van bajando de tono, levantándose nuevamente agudos sólo cuando la labor de saqueo es distraída por algún soldado. En poco tiempo, las piernas pintadas de los asaltantes están cubiertas de calzones de púrpura y tafetán, sobre sus cabelleras embijadas se ajustan sombreros de fieltro con bandas, los caballos y el ganado son reunidos y empujados hacia la negrura de la noche. Costales de armas, sal, así como seis mujeres y dos niños desaparecen con ellos. Pedro Benito es el único capaz de imponer orden a la población aterrorizada que ya pelea entre sí, cegada por el humo y el pánico. En el campo, tres españoles y siete indios muertos. Además de las prisioneras, casi todos los negros y mulatos han seguido a los asaltantes. Un solo guamar, herido, ha quedado en manos de los hispanoindios. Lo torturan para que diga dónde han ido los demás. Nadie entiende su lengua, pero se deleitan con los gemidos del hombre al que cortan los brazos y los pies. Constanza azota las mulas lanzadas hacia San Miguel el Grande con la prisa de quien puede perderlo todo. Llega bajo las espadañas de la misión sin aliento, grita que se le den hombres, caballos y armas. ¿Dónde está el capitán ese, Caldera? Lo quiero a mi servicio ahora. Los frailes corren a abrirle el portalón. Descansa hija, tranquila, que dios te ha bendecido con el regalo de la vida. Constanza no los soporta. Hermano, deme soldados. Caldera se fue hace una hora. Las patrullas volantes, el virrey ha asignado patrullas a todos los presidios. Éste es un pueblo de refugio, hija. Deme sus indios, hermano. La voz de Constanza es un escándalo. Los franciscanos la perdonan pensando en la angustia de una hija, tal vez de una madre. Aprestan gente y mulas, les permiten cargar las pocas armas de defensa del convento y se retiran a rezar por ellos.

Al finalizar la tarde siguiente sabrán que la mujer ha abandonado a los heridos para poner a salvo sus mercaderías en los carros de vivienda. Además, furioso, Pedro Benito les dirá lo que ni ella sabe: que la excomulguen sin pedir informes, sin frenarse porque es la bastarda del virrey, que al señor de Valderrábanos, don Martín Enríquez de Almanza, le quedan pocos meses en la Nueva España.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La fiesta es importante para nuestras costumbres de gente antigua. Es lo que nos quedó como promesa de reunirnos con los pames del norte, esa reunión está dentro de lo que los señores manden. No queremos que se acabe todo, que la juventud cambie con la televisión. Por eso nosotros estamos al pendiente de que lo pame no se pierda. Pronto esto se va a levantar grande, grande, como en lo muy antiguo.

Antes de la iglesia se dice que nuestros antiguos en cualquier piedra, en cualquier lugar donde se sentaban juntos, veneraban a los dioses. Los dioses eran piedras, árboles, y ellos les creían, les entregaban promesas, les pedían y exigían para no tener dificultad en lo futuro.

De aquellos tiempos no conocemos, pero dicen que no eran muchos y que eran andariegos; tenían casas o cuevas, pero buscaban águilas, se quedaban donde caían las águilas. Aquí en Santa María se cayó una, pero cuando llegaron los indígenas corriendo, se levantó y voló hasta México y nosotros nos quedamos muy atrasados. En aquellos tiempos andaban por ahí los cazadores buscando que un conejo, que un animalito modesto que anda por el monte, pero ahora ya nadie va de cacería, la carnita hay que comprarla.

Nosotros los pames somos marginados bastante. La época más dura del año es la de secas, cuando empieza a llover y ya hay agua, líquido, entonces es más fácil. Pero siempre se baila antes de una fiesta grande. Malinche es el nombre de una danza tradicional, es antigua, su origen es tradicional. En ella hay dos niñitas de ocho, diez años que andan como las reinas y practican con los danzantes. Cuando crecen dejan de danzar. En Semana Santa, la danza es de lanzas. Los chamucos fariseos traen carrizos y hacen la guerra, pelean contra Jesucristo. Los danzantes son voluntarios, ahora quieren algunos vestuarios porque llevan nada más máscaras. El Mitote es también baile de lanzas, con carrizos, y lo bailan diez o doce personas. Es danza de las ofrendas del mes de noviembre. Es un baile de participación de la comunidad. La gente, hombres pero también unas señoras, bailan agarrados de los brazos, como en una cadena. Es un baile de muy de antes. Su finalidad es ir de casa en casa, honrar a las almas. Es un baile alegre, se baila y hombres y mujeres beben caña. Ahora se prohíbe vender licor, es una ley de nosotros para que no se arriesguen vidas. A los danzantes en las casas se les recibe con comida.

Juan Martínez Izaguirre, exgobernador tradicional de los Xi’oiqi de Santa María Acapulco (pames del sur), municipio de Santa Catarina, San Luis Potosí, 14 de febrero de 1996.

 

 

 

 

II
LA FE

 

 

 

Han gastado todas las palabras que tenían sin llegar a entenderse, sin volver a coincidir. Luego ella se ha cansado y ha decretado: mañana al amanecer. Y ahora ahí están, silenciosos desde muy temprano, en el repetirse ritmado de los cascos de los caballos contra la tierra endurecida.

De repente la mujer tira de las riendas y escupe en el suelo. De aquí no pasas, hermano. Los caballos se detienen en seco. El hombre no formula palabra. Madre nunca necesitó de esto, dice la mujer quitándose la pesada falda de damasco y el collar de encaje almidonado. Un delicado crucifijo de oro y perlas cae con las prendas. Ni de esto, dice también desciñendo la silla y tirándola al piso. El hombre la mira. ¿Y tu hijo?, balbucea. Te ha escogido a ti, responde ella y espolea los flancos del animal con las piernas desnudas, partiendo al galope sobre la tierra gris de las nopaleras.

Hermana mía. Reverbera el eco del dolor en la inmediata nostalgia, pero la voz del hombre se queda atrapada en la acolchonadura del izcahuipil. Y qué te digo, hermana. Que tu hijo será tu enemigo. Qué te digo, si sabes que los caminos de madre ya los recorren carretas de trigo y vinos e indios ennoblecidos por regar tu sangre.

A madre nunca le sirvió esto, le ha dicho su hermana. Y la voz del capitán, atrapada. Su pecho atrapado. Su piel toda, cubierta de impotencia.

Hernanda al galope en la yegua que domó para ella cuando se casó con el mercader Balderas, años después de haber dejado la sierra para regresar a Zacatecas. Vayan a ver, escojan, les había dicho su madre. Hermosa su madre. Alta y de piel firme. Ya han conocido la tierra de las personas verdaderas, que guachichil no significa sólo cabeza roja, vayan a ver qué siguen construyendo tu padre y su gente. Su madre caminaba al filo de las rocas y atravesaba el fondo seco del desierto sin perder el ritmo de sus pasos. Una legua. Trescientos años después le dirían siete kilómetros, aunque en el norte de la Nueva España podían ser ocho o nueve. Dos leguas, catorce mil metros. Sin parar, hasta diez leguas en un día: quien va por tierras libres no se cansa.

El capitán no se percata de las pitahayas que en el mes de mayo engalanan los cactos, las pitahayas rojas que los acompañaron de regreso a la ciudad de su padre. El capitán está dejando ir a su hermana, todo a su alrededor es dolor. Sordo dolor y renuncia.

Hernanda, te daría lo que tengo que por ti es poca cosa. Poca cosa. Pero sólo porque el escándalo ha rebasado los muros de la casa de su tío y todo Zacatecas habla de la rebelión de su sangre salvaje, él ha vuelto a rescatarla de la rueca y las oraciones. A rescatarla de la prisión que la sierra había develado. Las mujeres y los hombres en el mundo de España no comparten ni tarea, ni cama, ni risa, decía el fraile que su padre les endilgó por preceptor. Qué sabía él. Mi madre… Hernanda, una mujer no habla en la casa de dios. Qué sabía fray Juan de Ontiveros que lo bueno para un indio no es dios sino los hombres que lo adoran, no es la ley sino la fuente donde beben.

Hermana mía.

A Hernanda le aprisionaron su largo paso de venada en faldas, pero supo de la noche en que murió su madre, lejos, esperándola con el oído atento, hasta el último instante, para saber si se había equivocado en salvar a ese hombre de la masacre, el único hombre de barba que no tenía cara de matar niños, ni cortar los pechos de las mujeres, que no usaba cuchillos para arrancarles la cara y el pelo a los hombres verdaderos. Hernanda cantó la letanía de la muerte que acompaña el alma de una mujer libre de salvar a un enemigo, libre de casarse con él. Luto guachichil en tierra de indios españoles.

Hernanda, que dios me perdone, es rebelde, Pedro. No quiere saber de decencia, se obstina en hablar esa lengua del demonio que aprendió de su madre. Fray Juan, qué me dice usted. Éstas son tierras del pecado, Pedro. Tus hijos con tus propias manos debiste matarlos al nacer. Hijos de bastardía tan grande. Fray Juan, cómo se atreve. Hernanda se escapa al corral tras las minas y escoge los caballos mejores, para liberarlos de noche al desierto.

Tómalos, madre, le decía al viento. Cuando su madre murió sin volver a ver a sus hijos, sin saber de su boca si se había equivocado, dejó de hablar. Le hubiera dicho: sólo pelear nos queda, madre, que éstos no saben de la vida. Hija, ¿me equivoqué en amarlo? No, madre, eso nunca es cosa mala.

Durante seis años, Miguel no acompañó a Hernanda cuando se escapaba de los rosarios vespertinos en alas de su memoria. Quería ser soldado. Como papá. Tampoco lo hizo después de que Hernanda escogió a Balderas. Y María Cid a González. Sus amigos. Tuvieron hijos, uno Hernanda, tres María. Y dinero. Hernanda le compró su cota, el izcahuipil, un casco, su caballo mejor. Te los debo, hermana. Madre decía que uno escoge dónde pelear. ¿Madre? Madre.

Fray Juan bautizaba, casaba y hablaba de la guerra justa, de la defensa de los indios cristianos, sus pupilos. Hernanda se fue a Jerez, que en la chichimeca las mujeres fijan la residencia, pero no así en tierras de España.

Hermana mía. Es indigno de un soldado cristiano remitirse a las ideas de una mujer. Fray Juan, de qué me sirven los consejos de un hombre que estuvo a punto de morir en el río Alhama porque su madre intentó ahogarlo para encubrir su absurdo pecado de adulterio. El capitán no ha formulado nunca con todas sus letras la respuesta que el fraile se merece, por ser hijo de español puede incurrir en un juicio inquisitorial. Su preceptor podrá alcanzar la dirección de la Provincia, pero ninguna dignidad en el mundo de España lava la deshonra de haber sido reconocido hijo legítimo a los once años de edad. Y a los treinta años el capitán es suficientemente español y bastardo para saberlo, de la misma manera que sabe que para pelear con indios hay que ser indio.

Hermana, no te vayas. Si tendrás más hijos, Hernando y yo seremos sus enemigos, con su sangre blanquearemos la nuestra. El capitán mira el desierto. Mayo es calor, mayo es sed y promesa de agua. Pitahayas. La yegua de su hermana levanta un polvo que lo llama. Capitán, sigue diciendo el polvo cuando la yegua y la hermana han desaparecido, capitán aún estás con tiempo.

Miguel siente el aroma del desierto, la risa de Hernanda en la infancia de la vida, la voz de su madre. Huele la tierra seca, el deseo de agua; ama el sol sin piedad, el placer de andar. Su caballo pisotea la falda de brocado cuando a pesar suyo, y para retenerlo inmediatamente después, hunde las espuelas en sus flancos.

El desierto. La falda se arrastra en el desierto, ropa que su hermana no se ha querido llevar porque toda prenda guarda el alma de quien la teje. Ropa que su hermana no liará con otra para convertirla en divinidad, en la fuerza de unión de un pueblo nómada que en un hatillo lleva la cohesión originaria.

Capitán Caldera. Escucha el eco sordo de su nostalgia agrandarse en su cota de manta. La vida le duele. El desierto lo llama. Piensa por un instante que puede. Nuevamente espolea el semental. Los cascos resuenan en la piedra. El viento silba entre los huizaches. Capitán Caldera, lo llama. Hermana, espérame. Retiene el animal.

No tomarán prisioneros, no violarán mujer alguna. Ofrecerles formas dignas de vida y la santa religión los alejará de nuestras ciudades. A toda falta de libertad opondrán una violencia mayor. No hay jefes entre ellos, no hay voluntad superior a la de todos. El capitán se escucha a sí mismo. Es un caudillo, el mejor.

Hermana, ya he derramado sangre de la tuya. Debería decir de la nuestra, pero no se atreve.

Nadie podrá tomar mujeres para su casa, que si ellas los acuchillan en la noche estarán en su derecho. No maten a venados ni envenenen el agua de los manantiales, mas no los dejen acercarse al ganado ni les vendan licores. Cuando disparen, que sea en el pecho.

El capitán sabe lo que hace, dicen sus hombres. Es el único que puede mantenerlos a raya. El capitán es indio, ni hablar de esponsales. Ésta es la voz de don Nicolás de Tapia. Como si él no fuera español sólo de nombre, que a unos caciques aliados les llaman españoles y a otros, hidalgos.

Don Nicolás, yo no soy indio, que la mía es nación indómita, guachichil de pura cepa, hombre del desierto y español por decisión. La prometida del capitán, Isabel de Jesús y María, hija de Tapia y de recién pacificada otomí, educada en las doctrinas de santa madre iglesia, no se atrevió a seguirlo, que tanta arrogancia parece cosa del demonio.

El capitán conoce a sus enemigos, dicen sus hombres.

Hernanda, soy mi propio enemigo. Hernanda.

El caballo se encabrita, se resbala en la piedra gris. El desierto gime. María lo ha sacado de su tristeza, lo ha cabalgado y arrufado, pero de matrimonio ni hablar.

Madre. Caen dos lágrimas en la resequedad de los alrededores. Madre, ¿puedes entenderme? Éstos se van a quedar de todas formas, cambiarán de nombre, cambiarán de rasgos, pero españoles van a seguir siendo. El desierto se sacude bajo un trueno. La voz de madre lluvia. El capitán saca su cuchillo de doble filo, desgarra el izcahuipil, abre la camisa y se rasga la carne a la altura del pecho. Un hilillo de sangre baja a la tierra. Tributo a la voz que regresa.

Madre, tú liberaste a mi padre, él no hubiera podido hacerlo.

Un rayo, enojo y pregunta.

Así son ellos, madre. Sólo sobrevivirá mi hermana por la sangre de Hernando y de Isabel, que los tuyos si no se pacifican han de morir. Por eso compraré la tierra de tu gente con bueyes y plomo y caballos. Por eso mataré sin quitar libertad alguna. Que la vida es vida y en ella campea la muerte.

Un trueno corto, iracundo.

Madre, entiéndeme.

El silencio. Las nubes se van sin dejar al capitán una gota de agua.

Madre.

Nada.

Hermana.

Al horizonte ya no se divisa ni el polvo que la mujer ha levantado. Por las nopaleras, las nubes la alcanzan. El capitán baja la cabeza: que se haga tu voluntad aquí en la tierra, señor.

 

 

 

 

 

 

Cuando el sol no concede sombra alguna, la tierra puede parecer gris de tanta luz. Entonces la tristeza se agiganta como la sed. El animal sudado resopla. Paso a paso cruza el mediodía, se arrastra por la tarde. Lento y cansado como el dolor de su dueño.

Alrededor, desconsuelo. Dos casas bajas, de piedra tallada a cuchillo, y un corral en abandono. Poco más allá, la calavera triste de una vaca. Las rancherías han sido asaltadas tantas veces en los últimos meses que nadie se atreve a vivir lejos de la ciudad. Pronto no habrá carne, ni leche, ni maíz. Las yeguas para vaquear ya escasean. El capitán atraviesa las ruinas sumido en su pecado de orgullo. Es lo único que su hermana no le ha robado. Desde hoy no permitirá que nadie más la nombre, ha muerto para el mundo de España, para santa madre iglesia. Sólo él, él la recordará en silencio.

Padre nuestro que estás en los cielos.

Agua, implora la tierra. Y el caballo que avanza cargando la contrición de su dueño. La sombra es aún más escasa. Su madre decía que en la sierra hubo muchos árboles y que las minas los devoraron. El hombre y el caballo no los han visto jamás. El nombre de su madre tampoco volverá a repetirse.

Gloria al Padre.

Un rebuzno ligero, de burro viejo, sorprende al caballero y a su montura. El fraile saluda al capitán con las palabras de paz que se acostumbran entre cristianos, pero el militar no las entiende. Sólo usted podía encontrarme aquí, fray Luis. Hay odio en su voz. Crecimos juntos, Miguel, nunca pensé que Hernanda dejaría nuestra santa fe. La indujo a ello. Un duelo de palabras, pues el religioso no usa armas, tan acre como el cruzar de espadas. ¿Ha guerreado, fray Luis, sabe con quién nos enfrentamos día tras día? Con el demonio, Miguel, el mismo que te está devorando el alma. Luego cae el silencio. Los animales siguen al paso rumbo a Zacatecas. ¿Quieres confesarte, hermano? La voz de fray Luis es la de un hombre que ha dejado de pelear.

Dichoso el que teme al señor y sigue sus caminos.

Y ahora ve a México, Miguel. El conde de la Coruña, el nuevo virrey, pide que los guachichiles sean asolados a fuego y a sangre, no entiende nada de la guerra y está convencido que el viejo Enríquez de Almanza gastó demasiado tiempo y oro en tener a raya a los rebeldes. Hazte nombrar por él, no te dejes atrapar por la Audiencia de Guadalajara. Y cásate, Miguel. Cásate, que sólo así las indias de bien serán tratadas como españolas.

Ave María Purísima.

El fraile llega a una poza de agua, desmonta y acaricia su burro. Poco más allá lo espera un indio con dos mulas. El capitán recibe la bendición. Se separan sin mayores palabras. En menos de dos horas, el militar llegará a Zacatecas, con sus hombres; y el fraile a salvo de los franciscanos de la ciudad, con fray Diego de la Magdalena, uno de ellos que como él piensa que los chichimecas dejarán la vida salvaje y aprenderán a vivir en quietud y orden cuando reciban buen tratamiento y los provechos que da la paz.

 

 

 

 

 

Antes de las lluvias, en la sierra de la Hermandad de mi Abuela, el agua de la tierra brota en medio del río. Ve ayunando hacia ella. No toques mujer, no tomes vino, sólo al anochecer muerde una biznaga y en la mañana antes de que salga el sol, tres tunas: una roja, otra naranja y la última verde. Contra el frío, quema ramas secas de huizache, nunca de mezquite ni de xotol que para ti son sagrados. Si resistes la sed, resistirás el dolor; si el hambre, tendrás la fuerza de saber lo que quieres. En el cielo está la respuesta, y en la tierra. El agua del ojo viene de madre tierra y refleja el movimiento celeste. Lávate; quítate de encima el pasado, ve limpio hacia tu futuro. Te digo esto porque presiento que no eres enemigo.

La mujer le sale al paso cuando está por entrar a la cañada. El capitán suspira. Su semental está agotado, sus hombres lo esperan, pero ése no es día para dudar y la vieja… La insolencia y el atrevimiento de los mecos han crecido tanto que no sólo nos atacan, sino que se han hecho tan fuertes y mañosos que dejan las sierras y se acercan a las ciudades, vagan por los caminos, con graves perjuicios para nuestras políticas y la santa fe. Los estancieros y los franciscanos coinciden en este análisis. El capitán mira a la mujer. Está vestida a la usanza de los aztecas pobres, tan enemigos de los mecos como cualquier español.

Yo te conozco, capitán. No nos salvaste de nada, pero desde que te vi me pareciste persona. Y cuando logramos llegar, malheridos y hambrientos pero vivos, a San Miguel el Grande, empecé a preguntar. Los siervos sabemos muchas cosas. Los indios de las misiones todavía más. El capitán reconoce el enredo de henequén, el huipil corto que no ha de protegerla del frío de Zacatecas. Eres la sirvienta de Constanza de Andrada. No, capitán; he sido abandonada por ella después del asalto a la caravana, ahora pertenezco a los franciscanos. ¿Y te permiten andar sembrando el veneno de la superstición? Capitán, a mí la Inquisición no puede tocarme porque soy india, pero tampoco me escucha si hago una denuncia. No temas. Sé que sólo el baño te libera de una religión que vas a dejar. Estás eligiendo, capitán. Y lo estás haciendo en nombre de tu dios.

El hombre se cae de cansancio, el animal huele el establo, la ciudad está tan cerca que se oyen sus voces. En otra ocasión, mujer. No hay tal, sígueme. La vieja toma las riendas del animal, pero el capitán desmonta. Caminaremos juntos, dice resignado. Ella asiente con la cabeza. Salen nuevamente a la oscuridad, los pasos se aligeran, hace frío. De pronto la mujer mueve unas ramas y entran en un corral de piedras sobrepuestas; al fondo, una choza de bajareque y poco más allá la construcción redonda de un baño de temazcal, el vapor sagrado, el íntimo espacio de la curación casera.

Deja que te atienda, capitán. ¿Por qué lo haces? Mi madre era otomí, mi padre tenochca. Nos decían chichimecas y perras en la ciudad de mi padre, pero mi madre conocía los secretos del futuro. Cuando los franciscanos nos bautizaron, con la excusa de ir a poblar la misión de fray Juan de San Miguel en Xichú, nos llevó a la sierra del río Santa María. Sus cañadas y bosques son refugio natural de E’znar y Xi’oiqi, jonaces y pames les dicen ustedes, rebeldes a la conquista y a la conversión, capitán; deberás andar con cuidado porque a ti no te darán permiso de pasar como a mi madre. Ahí ayunamos las siete hermanas y madre y padre y en la luna antes de las lluvias, al amanecer, cuando el agua hierve al salir de la tierra, se metieron primero nuestros padres, luego una a una mis seis hermanas. Yo no alcancé a entrar antes de que el cielo se abriera en un chubasco que borró el manantial, mezclándolo con las aguas del río. Soy la única que recuerda. Yo he sido bautizado al nacer, mujer, no tengo otro dios que el único, muerto en la cruz para la salvación del mundo. Eres hijo de la sierra, tu madre era muy fuerte, capitán. Rezo por ella. No hay pecado en respetar lo que no se conoce, necesitas saberlo. La mujer pasa unas ramas de mezquite alrededor del cuerpo del hombre, golpeando el aire. Le levanta la camisa de lino y le escupe agua sobre el ombligo. Piensa por qué murió tu dios.

La mujer que cura sale a prender el fuego del temazcal y regresa con una rama de ocote encendida; circunda de humo y fuego al capitán, solo e inmóvil en el centro del jacal. Las formas de los dioses son diferentes, pero es única la divinidad que los alimenta, dice. En el cerro del Tepeyac la antigua madre Tonantzin ha cedido su lugar a la nueva madre de los cristianos, ambas son la misma fuerza femenina que protege. El capitán no contesta. Dos lágrimas bajan por sus mejillas quemadas por el sol. ¿Dónde estás, hermana?, llora en silencio.

Las horas vuelan, el capitán reza. Cordero de dios que quitas los pecados del mundo. Una vez tras otra. Con la fuerza de quien busca refugio. Y algo más, la desesperada necesidad de saberle contestar a la vieja. Soy militar, no santo, se excusa por el espacio de un segundo. Cuando la mujer regresa, lo encuentra absorto. Ven, capitán, que sólo por una vez me está concedido decir tu futuro. Entran al baño. El olor a hierbas se difunde en el vapor.

Tendrás fama, oro y nietos que te amarán, cada día alguien te nombrará en sus plegarias, gran capitán, y por lo mismo enemigos que te envidiarán. Tienes cuatro oportunidades de pedir algo, cada vez que te tire agua fría en el estómago. El hombre suda. ¿Por qué te escucho? Porque como tú tengo dos sangres y los antepasados sagrados de mis pueblos eran también chichimecas y como los tuyos mis nietos serán mestizos de estas tierras. El aire está preñado de aromas a romero, ruda y albahaca, hierbas blancas en el humo indio; el calor es intenso, gotas pesadas corren por las piernas y los cuerpos. Un escalofrío repentino como el jicarazo. ¿Qué tengo que hacer? Te toca regalar una espada a un hombre muy principal, sabrás quién es cuando te pida ayuda. También regalarás tierras, y telas, y burros. No todos se convertirán, sabrás dar a quien no se bautice, ése es tu secreto. Nuevamente el calor sofocante, la espesa bruma que limpia, lo aturde. Cuando el agua lo sacude, casi grita: No entiendo, ¿qué debo hacer? ¿De verdad, capitán? Desde la mañana no has pensado en otra cosa. La paz, capitán. Tu destino es la paz. El agua otra vez. ¿Y mi hija? La vas a reconocer, capitán, y se casará honestamente como tú no harás. Tus nietos llevarán otro nombre y serán hombres de trabajo y fortuna. Poco a poco el calor se disipa, la vieja le echa una manta en los hombros, masajea sus duras piernas de jinete y le ordena descansar. Mañana será otro día, dice mientras el hombre cierra los ojos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me siento bien orgullosa de ser pame. Cuando era niña y empecé a ver, mis padres estaban vestidos más de manta que ahora. Los hombres con pantalón y camisa de manta y sombrero de palma grande y guaraches de correa. Las mujeres tenían fondo que era una falda de manta y arriba otra falda floreada y su saco de manga larga. Todas con su rebozo, el rebozo se ha usado todo el tiempo. Los guarachitos eran de tapadera de colores. Entonces todos hablaban la lengua, el pame del norte.

Ahorita los abuelos han muerto y a la juventud le da pena, porque antes los mestizos se burlaban mucho de nosotros. Decían: “esa niña es pame” y no la atendían en las tiendas, la humillaban aunque tuviera su dinerito para ir a comprar. Uno tenía miedo. Yo no bajaba a Alaquines, ni a la escuela iba. A veces los niños mestizos hasta piedras nos aventaban. Por eso no estudié y muchos de nosotros no saben defenderse. La gente se escondía. Cuando venían los médicos de la ciudad a vacunar, nos escondíamos en el cerro.

Lo único que se hacía frente a la gente de fuera eran las danzas de las ceremonias religiosas. La de la Malinche, la del Santo Entierro, patrono de Alaquines, o la de cuando bajaban la Santa Cruz. Entonces iban los mayores y los mestizos respetaban la danza, se persignaban, rezaban. Ahora la danza la bailan hasta los niños chiquitos porque se nos está quitando el temor. Hay más respeto porque ya hay maestros indígenas, un presidente municipal, otras autoridades.

Acá uno danza y le pide a Dios para que llueva, para que haya buen año, que se dé la cosecha. Para eso se saca la virgen a pasear, se ofrecen petates, comales de barro, ollas, tejidos que se hacen aquí y que son herencia de las personas pames.

Entre las costumbres que tenemos está la comida: las gordas de elote tierno molidas en el metate, las tortillas de nixtamal, los tamales con chile rojo. Aquí se cultiva mucho el chile rojo seco, el maíz, frijol, tomate de bota, tabaco y cebolla. Aunque son unos diez años que no llueve mucho y entonces la cosecha no se da y nos vamos a trabajar a otro lado, de mojados a la pizca de algodón, o a la caña de azúcar en la Huasteca, o a los cortes de leña en Aldama, Tamaulipas. Ahora ya no llueve tanto como antes, como cuando si no se sembraba, lo que había se repartía en la comunidad. Ahorita ni el maíz se da. El río de aquí ya se acaba en tiempos de seca y la mayoría del agua se la llevan para las casas de Alaquines.

Antes se tenían los hijos que Dios mandaba, ahorita yo ya planifiqué mi familia, pero en Las Guapas, en las comunidades, siguen teniendo muchos chiquitos uno tras otro. Desde muy chiquitos a los niños se les enseña a trabajar el campo. Van por agua con cubetas de plástico o con cántaros de barro, a pie y se cargan en los hombros o las mujeres en las cabezas. A la leña van con burros al cerro. Se les enseña a zadonear, a limpiar las matas de maíz cuando está chiquito.

Antes los dioses eran los santos, se hacían ofrendas el día de muertos poniendo atole, frutas, tamales. Todavía bajamos al cementerio a visitar a nuestros difuntos. El padre dice una misa y nosotros hacemos un arco de puras flores con un petate debajo donde se tiende la ofrenda. Entonces se invita a una señora que sepa rezar el rosario en la lengua.

Que yo recuerde los pames siempre vivían donde nacían, pero ahora salen a buscar la vida afuera. Hasta las señoras y las muchachas salen. Dicen que los muy antiguos también tenían unas casas de vivienda y en las secas salían a buscar la vida en los cerros, en los ríos, se volvían andariegos por un rato.

Hay personas que sí conocen de cuando la llegada de los españoles, pero no lo cuentan. A mí me contaban de la Revolución. Hay unos señores que participaron y recordaban cómo mataban a la gente. Los pames entonces enterraban sus trastes en la tierra para irse a esconder y huir de los soldados. Los soldados decían que los pames eran rebeldes. Los soldados nos martirizaban de lo feo, a las muchachas se las llevaban para hacerlas mujer y luego las mataban. Entonces las pames se escondían en las lomas y los hombres se iban a pelear. Por eso mi abuelito se fue con los revolucionarios. Duró diez años y cuando se terminó mi abuelito regresó a su tierra, pero no encontró sus cosas. Sólo después de muchos años recibió sus tierras de nuevo. Mi abuelita y las otras pames barreteaban la tierra en el monte y cuando llegaban las lluvias sembraban, a veces se iban de cacería. Así siempre han sobrevivido los pames cuando hay guerra, sólo así puede uno no rendirse.

María Rosa Montalván Hernández, auxiliar de cocina, albergue escolar José Vasconcelos, Colonia Indígena de Alaquines, San Luis Potosí, 18 de febrero de 1996.

 

 

 

 

III
LOS HOMBRES

 

Bajo el galope de potros domados por la fatiga, los pelos negros del capitán se han ido empañando como el buen nombre de muchos españoles y el agua de los ríos. Sólo el recuerdo de Hernanda y el tunal permanecen espinosos y calientes. La guerra misma es un ir y venir de ideas. Y en ella la capital, una obligación.

Completamente armado y con un arcabuz en el arzón de su silla, el capitán sale de México, atraviesa Tacuba y se promete que los caminos de su tierra serán igual de seguros. Es la tercera vez que baja a la ciudad, firma, busca hombres y se queda con los de siempre, alistados año tras año, algunos desde hace diez. Naturales de México, desbarbados por edad temprana y herencia india; nacidos en Castilla otros pocos, los más viejos, los sin dientes, los más heridos; mulato sólo hay uno, Juan Bázquez de los Reyes, con su corazón azul tatuado en el brazo derecho.

Sin embargo, esta vez el virrey lo ha mandado llamar. Es débil este conde de la Coruña. Un gran señor, pero atribulado, como si el tiempo le quemara por dentro. El capitán, tomado de sorpresa, sin saber moverse entre las tantas cosas que llenan los palacios, no supo decirle qué amarga es la paz de las armas, ineficiente la guerra rigurosa. Lo ha escuchado planear una protección de los caminos, el fortalecimiento de las guarniciones de los fuertes y ha balbuceado frases comunes sobre luchas enconadas, cuando en realidad quería defender el partido de la pacificación, el del trabajo y el comercio.

Sin darse muy bien cuenta, recibió la orden de aumentar su compañía a treinta hombres. En las tabernas y apostando en las peleas del mercado, ha escogido a un portugués y a Juan Rodríguez, natural de Amberes, en el condado de Brabán en Flandes, bien dispuesto y con la señal de que ha combatido en el labio de arriba, junto a la nariz, y a dos sevillanos habladores y alegres, y a un tuerto, un manco, otro herido en la coronilla. En fin, soldados.

En Cuautitlán ya está recuperando su seguridad y sus dudas. Niños de todas las edades, con las piernas torcidas de hambre y los mocos embarrando sus caras hundidas, aguardan de pie frente a madres nuevamente preñadas y flacas: Llévesela señor, ya sabe trabajar, tómelo a servicio, mi capitán. La misma escena ante docenas de jacales semiescondidos entre los matorrales, en espera del agua de la tarde que podría arrastrarlos. Un burrito, de repente, para sanar tanto dolor a la vista.

Pedro Benito espolea la yegua gris que acaba de comprar. También la paz tiene sus tristezas, dice al amigo que confirma sus palabras con un movimiento mudo de la cabeza. En Celaya se separarán nuevamente. Así es la vida de los hombres de a caballo. Viven casi ignorados más allá de los presidios en los que suelen parar y de repente sufren por sentimientos imprecisos, nostalgias, relámpagos de rebelión. Entonces callan o cantan. Aunque Pedro Benito siempre sabe lo que los demás ignoran, tiene para ello un sentido oculto, casi animal.

Ha alcanzado a Miguel en México, demasiado tarde para ayudarlo con el virrey, pero a tiempo para consolarlo. Lo ha llevado a la casa del caballero Manuel de Alba, un señorito de corte con sentimientos de hombre de bien, conocido en la estancia de ganado menor del bachiller Alonso Martínez en San José de la Quemada, a tres leguas de San Felipe. Frente a un vaso de vino, supo decirle las escasas palabras que los amigos necesitan para entenderse. Por una vez no han hablado de la guerra. Han reído con sus recuerdos. Se han contado los dolores que los atenazan en la espalda y las coyunturas. Y finalmente se han abierto a las dolencias del alma, esas esperanzas y urgencias que la vida y los gobernantes frustran.

Otro vaso de vino portugués y otro bocado de jamón español bajo la gran bóveda de la casa del caballero de Alba y Pedro ha soltado que el virrey no va a durar, se ha peleado con Guadalajara, nadie le obedece y gasta demasiado en armas. Tal vez lo suplante el arzobispo de México, tal vez la Audiencia. Haz la guerra, hazte pagar, pero hazla a tu manera. Además eres el mejor, lo dicen todos. ¿También Rodrigo del Río? Ve con él.

La casa de Manuel de Alba se llenó de cantos, desde su portón los hombres del capitán se dispersaron por las callejuelas y los canales de la ciudad. Noche libre. Las prostitutas indias han marcado a más de uno con su sífilis punzante, pero reincidir es un punto de honor.

Antes del amanecer, Pedro Benito y Melchor Portillo, el más joven de los soldados, se han dirigido al barrio indio de La Candelaria, el muchacho a saludar a sus padres, el otro a comprar pomadas que los franciscanos no dispensan. Entre gritos y risas de vecinos, su compañero Bernardino Despinosa salió corriendo de la casa de la que fue su mujer, ahora esposa de un mulato malencarado y presto de cuchillo.

La partida de México se hace larga; siempre hay vino, o amigos, o simplemente la cómoda seguridad de un plato de comida a cambio de dinero para retener hasta  las  mejores voluntades. Los treinta hombres salen por detrás del templo de San Agustín con el sol en lo alto.

Caballo prestado espuelas propias, reza el dicho, pero cuando de ir al norte se trata las espuelas el capitán las usa también con su bayo. Ha enviado al viejo Gaspar Alonso a la estancia de San José de la Quemada para preparar ahí, con venia del bachiller, un encuentro con el general Ponce de León. Le dirá que se regresa a su tierra, que ahí sirve más. Sus treinta y cinco años le pesan desde que ha viajado a la sierra del río Santa María, quiere defender a su hija, buscar soldados entre los indios, parecerse a Cortés. Si el principal fin de la guerra es la paz, entonces que los frailes funden monasterios, que se junten los indios cerca del agua, que unos de sus capitanejos se me alíen contra los otros.

Si corres tanto vas a llegar antes que Gaspar Alonso, espeta Pedro Benito. El capitán le sonríe: No sé ir despacio, contesta mientras retiene el caballo y se distensa en la silla. Pura fachada. A pesar del calor, sabe que por las tardes las lluvias los retendrán en alguna cueva y esta certeza le proporciona entre rabia y consuelo. Rabia porque ya quisiera estar con el general. Y tiempo, consuelo de los sabios, para terminar de construir en su cabeza la demanda, nada clara, de volver a Colotlán y acercarse a los caxcanes. Lo está pensando desde hace meses, quizás desde antes, desde que la epidemia los ha vuelto indispensables. Además, Pedro le ha dicho que su nombre vuela por la frontera como el de un indio español. Quién pudo nombrarlo. Los estancieros no, pagan y se quieren servidos por ello; los guachichiles menos, su propia hermana lo ha llamado traidor. Sólo don Nicolás, la gente de Mecatabasco y Juchipila, los caxcanes a quienes ha robado María.

Amigo es también quien sabe acompañar callando y Pedro se da cuenta que el capitán se ha escapado tras sus fantasías. Ni las lluvias lo pararán. Hasta Tepeji, o más allá, Miguel es así.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los muros de San José de la Quemada cobijan al alto mando por el espacio de unas cuantas horas. Los caballos desensillados comen. Los soldados rasos se lavan en el agua que brota tibia de un manantial cercano. En la sala de arcos sucesivos, fresca a pesar de que a las dos de la tarde el sol rompe las piedras en el patio anterior, el general Ponce de León interpela a Miguel y a los capitanes Cifuentes y Santoyo. El bachiller, para dejar a los militares a sus anchas, se ha ido a San Felipe con tres esclavos a vender su cosecha de cebada. Es la cuarta tarde sin lluvia y está muy preocupado.

El general conoce a sus capitanes. Sin la naturalidad de los galopes en las patrullas a campo abierto o la cercanía en las cantinas de las estancias que les dan cobijo, pero con la atención que respalda su rigor. Y por Miguel ha tenido siempre una punta de curiosidad; se la ha heredado Gonzalo de las Casas y fortalecido Rodrigo del Río, aunque él la ha alimentado con una observación puntillosa. Ese rostro hermoso y tan poco común, moreno claro y de ojos negrísimos, esa nariz tan pequeña y perfecta que ni en España ni en Flandes la tuviera hombre alguno, esos pómulos altos, siempre más quemados que el resto de su cara, y ese bigote espeso sobre la barba rala, le llaman poderosamente. Los mestizos de la ciudad no se le parecen, ni los bastardos de las estancias. Sólo era así el hijo de una española que prefirió morir combatiendo con los guamares que ser rescatada por el capitán Carrillo Dávila. Y además las manos de Miguel toman la pluma con una liviandad extraña a la fuerza que se les nota cuando levanta la silla. Su caligrafía es fuerte, inclinada a la derecha, con trazos descendentes redondos. Una caligrafía culta, de humanista. Y su cuerpo alto, igual de desarrollado en los hombros, la cintura y las caderas. En fin, es uno de los americanos más bellos que el general haya visto nunca y quisiera tenerlo cerca. Muy cerca, aunque, que dios me ampare, es mejor que se vaya, que se haga la voluntad del señor en sus tierras del norte, ahí donde los guaynamotecos acaban de levantarse y matar a dos franciscanos, fray Andrés de Ayala y el bueno de Francisco Gil, que hablaban su lengua y levantaron un convento, tan sólo porque les habían dado una reprimenda por sus vicios carnales. Sí, que vaya Caldera, con su espada, antes de que Guadalajara mande a Juan de Zayas que siempre hace de las suyas, idiota y más fiel a la audiencia que al virrey. ¿A cuál virrey? En fin, por suerte él es general nombrado por el rey en España, que vaya Caldera y, si dios quiere que se vuelvan a ver, que luego le cuente de los mitotes de los salvajes, ese baile que dicen hacen abrazados los hombres, sudados, encendidos, quizás briagos, del amanecer a la noche que los envuelve. Ahoga un suspiro. Capitán, deje el cuidado del camino a Cifuentes, el 4 de agosto la provincia guaynamoteca se ha levantado en rebelión. Los indios han tomado los cálices de plata de la iglesia y los han transformado en adornos para los guerreros, los distribuyen como regalos entre los vecinos y los invitan a sus mitotes. La voz del general deshace las conjeturas dispuestas por el capitán. Es una orden, aunque dada con la gracia de un hombre enamorado.

A Mecatabasco, al amanecer, contesta Miguel a Gaspar Alonso cuando el soldado se le acerca al verlo examinar la caballería. Hay que herrar unas bestias, separar las yeguas preñadas, disponer las cargas de las mulas. Todavía aturdido por la libertad que el general acaba de otorgarle, el capitán apoya la mano en el brazo de su hombre y así caminan, cercanos, hablando del canibalismo de los rebeldes, de sus deseos de riqueza en tierras de chichimecas, de las necesidades que tendrán en el camino. Paso tras paso, llegan al manantial, a la alegría que el agua ofrece a los hombres del desierto. Se zambullen con los demás.

Luego el viento mece el bigote del capitán tumbado en la hierba. Los soldados apoyan sus cabezas húmedas en la tierra y miran el cielo. El de Brabán cuenta de la guerra contra los alemanes protestantes, sus compañeros si acaso lo escuchan entre sueños. Es dulce el descanso, conserva el sabor de la última María que los ha cobijado, de la Carmen que les confió su preñez, del hijo que alguna vez levantaron en brazos y ya no saben qué edad tiene. Y dura poco.

Cuando la tarde se enfría y el color de la luz se opaca, los rangos retoman su necesaria rigidez. Vestido, el capitán es el hombre que dispone, los demás obedecen. Media arroba, seis kilos le dirán dos siglos después los constituyentes franceses que humanizando a los reyes deificaron a la razón, media arroba de maíz por caballo montado y mula de carga, y un cuarto para las bestias desensilladas, que cada soldado disponga de tres porque el camino rápido las agota. Una arroba de pólvora por arcabuz, y plomo, y además dos pares de herraduras, seis libras de tortillas secas, orejones y una calabaza del polvo de carne que los indios llaman majaz, machaca.

Así da inicio el baile de los preparativos, el temor que al ocultarse se vuelve fiebre, la agitación de la guerra que tanto se parece al enamoramiento. El herrero no descansa, Gaspar Alonso cuenta las arrobas de maíz, escoge las mulas, separa la carne, sólo Melchor Portillo se atreve a acercarse al capitán: ¿Y el agua, señor? Miguel le perdona por su joven edad. Qué no te han dicho que soy hijo de una guachichila, muchacho. Iremos de poza en poza y donde no la haya, beberemos la sangre de los caballos. Frente al asombro del cadete, sonríe y agrega: No te preocupes, estamos en temporada de lluvias.

La noche es víspera del amanecer que los verá en camino. Dicen que los generales duermen antes de las batallas, Miguel mira el techo de la estancia que lo cobija y repasa mentalmente la ruta que en una ocasión, y en fragmentos, don Rodrigo del Río le ha descrito. El Tunal Grande, desierto entre las sierras, y el palmar que lleva a Zacatecas. No tiene tiempo, si acaso diez días. El atajo pasa por el yermo territorio de los guachichiles. Una vez más la gente de su madre. Se persigna. El pueblo de su hermana. Reza. Que conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora.

El bachiller ofrece su bendición de señor a los soldados, cuando los gallos aún descansan. Inmediatamente la compañía arranca al trote silencioso que la desvía del camino real hacia las cuestas de los garambullos y las cenizas planicies de nopales y biznagas. La ruta de la prisa ha sido ablandada por las lloviznas, flores diminutas se abrazan de la tierra, la gobernadora expande su aroma medicamentoso en el aire, y a la sombra de las torcidas palmas de brazos levantados, los cardenches han templado sus espinas. Los hombres se pican con los nopales y se encomiendan a la virgen cuando los cascabeles de las serpientes se escuchan cerca de sus caballos. En cada agua se paran; les está prohibido cargar más de una botella, que los animales no pueden con lo que llevan.

El silencio es compañero del apremio. Hasta los andaluces callan y los almuerzos son rápidas paradas en que animales y hombres se reponen para seguir andando. La voz del capitán es más fuerte por lo mismo: Estamos en su territorio. Todos saben de quiénes habla. No nos atacarán porque en las lluvias se van tierra adentro, pero llevamos armas que los atraen. Mejor suéltenles una mula o dos y corran que no podemos distraernos.

Si hay decepción, no se transparenta. Vuelven a montar y pronto la inmensidad del cielo y la tierra invade los corazones de los castellanos, el sol aturde a los mestizos, la resequedad cansa al mulato. Dios les invade el alma y oran al ritmo sincopado del trote.

Al segundo día, aparece una sierra baja. Oscura y fuerte como el dorso de una mula, compacta y cubierta de piedras rodadas. Gaspar Alonso llama la atención del capitán: zopilotes. Algún animal grande, porque son muchos, comenta. Entonces debe haber una fuente. No hay más que decir, la compañía se encamina. Un bosque repentino. Es un placer andar bajo los árboles. Los andaluces se gastan una broma, otros prometen obligarlos a comer lo que les van a robar a los rapaces.

El hedor los alcanza con una ráfaga de viento y poco después el horror los vuelve a enmudecer. Caballos y hombres están en los huesos, semisepultados por un alud de piedras. La calavera que despunta del cuello de una cota lleva todavía un ojo abierto y una grotesca sonrisa descarnada. Poco más allá un brazo ha sido arrastrado por un coyote y en el cielo los zopilotes dan vueltas a la espera de que los recién llegados les permitan volver a su festín. No hay papeles para saber los nombres de los muertos, ni anillos o adornos con que identificarlos. Las armas y las botas han sido robadas, así como las sillas y los enseres, pero no se ven flechas ni rastros de combate. Sólo queda al capitán ordenar su cristiana sepultura y contemplar las cruces de madera que pronto se levantan al pie de los cerros… ahora y en la hora de nuestra muerte amén. El fin, el olvido, no hay soldado que no podría ser uno de esos desconocidos.

Al volver al camino, el de Brabán se yergue de repente en la silla: Hay que vengarlos, afirma. Una parte del desconsuelo se alivia con aquella promesa de acción que le ha sido inculcada desde niño como justa respuesta a un mal sufrido. Algunos soldados lo secundan. Vengarlos significa desquitarse con la muerte; les ofrece recobrar su hombría y además les asigna un enemigo concreto. La sierra a su alrededor adquiere la categoría de guarida y el paso de los caballos, el del fuego de una hoguera que limpia los pecados de un alma impía. Los mestizos, el capitán y Gaspar Alonso guardan silencio, pero los dos andaluces y el portugués hierven como el brabante con la pasión de los autos de fe. La noche no los aplaca. Revisan el filo de sus espadas, cargan los arcabuces, hablan entre sí con la golpeada seguridad de los inquisidores. Cuando el viejo Alonso les pregunta si están seguros de que los muertos han sido asesinados y no han caído por la escarpada, se abalanzan sobre él como sobre un hereje. El capitán interviene: No hay tiempo, el cabildo de la ciudad de Zacatecas sabrá a quién mandar cuando le presente el informe. Es un pretexto, ruge el de Brabán. Miguel Caldera desenvaina y apoya la punta de su pesado espadón sobre la manzana de adán del soldado. Consideraré la situación para no castigarte, Juan Rodríguez. Los ánimos se enfrían al hielo de las jerarquías, pero no se apacientan. El orden suple todo compañerismo.

A la madrugada siguiente, el desierto se les abre desde las alturas. Una llanura larga, estrecha y reverberante de calor los separa de la sierra que se empina oscura en el horizonte. A medio camino entre ellos y la arena seca, un bosquecillo. Luego, sólo Miguel es capaz de discernir a lo lejos unos pocos mezquites. Dejen que los animales se refresquen, ordena en el riachuelo del bosque. Les ha llevado tres horas llegar ahí. ¿Podrán cruzar El Despoblado en un día? El sol ya está en lo alto. Esperaremos la noche, ordena en fin. La mayoría de los hombres se mantiene armada y atenta mientras de dos en dos se meten al agua. Hay vestigios de fogatas, un cuenco de barro estrellado al fondo del arroyo y, al otro lado del cañón, cinco cuevas como ojos abiertos. La tarde los sorprende exaltados de cansancio y la luna les blanquea un camino de pánico.

El frío de la noche cala los huesos como quema el calor del día. Los caballos trotan nerviosos atrás de los sementales montados y se encabritan con las espinas de los cactos que se enredan en el pelo de sus patas. Miguel escruta la pista, un ojo al suelo y otro a los cerros. Gaspar Alonso, en la retaguardia, arrea las mulas. Por encima de sus cabezas, las estrellas brillan nítidas a pesar de la luna casi llena. Entonces el viento se levanta arrastrando un ritmo de tambores y sonajas que les congela la sangre.

 

 

 

 

 

 

Han turnado sus animales a la razón de uno cada dos leguas. El capitán no imaginaba que la sierra escondiera el altiplano que atraviesan. La tierra es gris, pero nopales y pitahayas refrescan las bocas de los hombres sedientos. Cerritos como dunas dificultan la ubicación en línea recta, escondiendo aun parajes muy cercanos.

De repente, unas charcas cintilean al sol. Los caballos tiran sobre las riendas, las mulas huelen el agua. Cuando el galope es irrefrenable, Gaspar Alonso grita al capitán: ¿No son casas ésas? El de Brabán lo oye y con el esfuerzo de sus piernas gruesas, logra que su caballo se dirija sobre cinco cubos de barro de los que salen huyendo media docena de mujeres y un par de niños. Una anciana con una larga lanza enfrenta impasible el galope del animal; la espada de Juan Rodríguez le parte el torso y ávida de sangre prosigue hacia las fugitivas. El disparo de Miguel tumba al soldado sobre la silla; su bayo aterrado no se detiene y, como las mujeres, desaparece entre los médanos. Los demás se zambullen en el agua lodosa que la recua entera sorbe en la orilla. Al fin y al cabo, el capitán está en su derecho. Por ley de guerra la desobediencia se castiga con la muerte.

Gaspar Alonso es el único que se arrodilla. No reza por el alma de su compañero, unas dudas fragorosas le han nacido en el pecho y casi lo sofocan. Dios mío, si éstas son casas, éste es un pueblo, y si tienen pueblos entonces los desnudos son hombres de razón. Ha escuchado cien veces a los frailes decir que la guerra es justa porque sus enemigos no tienen moral ni morada. Y ahora, ahora toda su vida… Desabrocha la babera, se quita el casco y hunde las manos en la tierra. Un grito sacude el aire cuando un alacrán amarillento le pica la muñeca. Luego la lengua se le hincha y la vista se nubla.

El capitán corre hacia el anciano que se retuerce. Ve al escorpión escapar con la cola todavía parada y recuerda cuando uno lo picó de niño. Sin perder un instante, se arranca el calzón y mea en la boca del soldado. Ahora sí que sus hombres lo miran asombrados. Gaspar se sosiega; Miguel lo levanta en vilo y lo lleva a la sombra. El capitán sí es indio, afirma entonces Melchor. Su abuela le decía que el orín de las mujeres embarazadas es antídoto contra la mordedura de las serpientes, hasta ahora nunca le había creído.

La tarde se alarga, mientras la fiebre de Gaspar Alonso sube y baja. Sus compañeros van del agua al árbol bajo el cual descansa. Temen un regreso de las mujeres; muchas atacan los caminos junto con los hombres, no son de confiar. Cuando abre los ojos, el viejo sabe que los demás desean su muerte. Déjeme aquí, capitán. Pero Miguel sacude la cabeza. En un par de horas, podrás montar. Sólo necesitas beber de tu propia pis.

 

 

 

 

Algo hay en el aire que vuelve más liviano el andar. La salud de Gaspar Alonso y la muerte del brabante son hechos tan contradictorios que no pueden explicar la repentina flaqueza, los movimientos ligeros y el descuido que los sorprenden después de cruzar unas salinas, cuando un viento frío hace piafar a los caballos.

Estamos llegando a casa, explican sencillamente los hermanos Juan y Francisco Hernández. A pesar de sus escasos veinte años han combatido tanto cerca de Zacatecas que se han vuelto hombres de la región, laboriosos e ingenuos.

Entonces el capitán reconoce el suelo rojizo de su tierra. Nos has enviado, señor, un pan del cielo que encierra en sí toda delicia y satisface todos los gustos. Su voz está llena de júbilo, como si la ciudad fuera el cielo. Gaspar Alonso, todavía dolorido, se le acerca. Miguel, he firmado por un año, pero concédame licencia para retirarme en el convento de San Francisco. La felicidad del capitán resiente las palabras como una punzada oscura. No, quisiera gritar, tú no. Le duele y le enorgullece a la vez que el viejo le pida una concesión para dejarlo. Conferirla es prerrogativa de señores y los señores saben ser generosos y arbitrarios, según les venga en ganas. Sí, no. Finalmente otorga un sí ofendido, inmediatamente seguido de la orden lanzada a todo pulmón de galopar hasta la ciudad, a mínimo seis leguas de ahí. Algo hay que sufrir para llegar a dios, querido Gaspar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si supiéramos de nuestro pasado, si estuviéramos bien fundados en lo pame, dejaríamos estos trajes, hablaríamos siempre la lengua madre, porque es bueno distinguirse. Pero el traje yo no lo conocí siquiera, aquí hace mucho que se dejó. Tampoco conocí la historia de los antiguos, sólo frases o mitos, algunos dicen que fueron muy libres, que los españoles, como no tenían miedo de nada, trajeron a la Virgen de Guadalupe de España para enseñarles el miedo y que se establecieran dejando la guerra.

Hoy las tradiciones son que para las bodas, los muchachos cuando se conocen le dicen a una persona de confianza que pida la mano de la muchacha a sus padres. Éstos ponen cierta fecha y entonces las dos familias van a la iglesia y exponen sus retratos para que el cura les dé la fecha de la boda. Le compran su vestido a la muchacha, blanco si es señorita, o amarillo, rosa o azul si estuvo casada o se la llevó el novio antes. Cuando hacen la ceremonia, va mucha gente y la felicitan en la iglesia, luego en la casa se ofrece mole de guajolote, o guisado de puerco, o matan una vaca y hacen barbacoa seca y sopa de arroz.

En la fiesta siempre hay música de vara. Ésta es de dos violines, Un primero y un segundo, y una guitarra, a veces dos. En las bodas o en las fiestas grandes se hacen encuentros de varas en los que unos músicos les lanzan versos a otros músicos que deben responderles. La gente baila zapateado, sin que el hombre toque a la mujer. Dicen que más antes, se casaban sin hacerse novios; los padres del muchacho mandaban a pedir la muchacha enviando prendas de compromiso, si la muchacha mandaba un pañuelo al muchacho entonces se celebraba la boda. También, más antes, si la muchacha no había estado casada y no era señorita el muchacho la regresaba. Ahora ya nadie le hace pasar esa vergüenza.

Los niños nacen en las casas con la partera. Ella cuida de la mamá y del niño. A la madre, la ayuda a sanar, le da hierbas hervidas tanto para dar a luz pronto como para que se recupere. La partera pide a un santito que madre e hijo salgan con vida, luego le corta el cordón al niño. Antes las mamas se quedaban cuarenta días en cama y sus padres les daban de comer, les cuidaban la dieta, les daban tés de hierbas para la leche, tortillas tostadas para que no se les dañara el estómago, atoles para las fuerzas, sopas. Sus padres también atendían la familia de la mujer, no la dejaban lavar ni barrer ni que anduviera en el aire. Después de los cuarenta días, la mujer podía volver a salir a caminar y comer todo lo que quería. En nuestra comunidad, al niño lo amamantan hasta los dos años. Durante todo ese tiempo la mujer no tiene menstruaciones y así tiene el tiempo de criar a su hijo antes de encargar a otro. Entre los antiguos era un honor esperar entre un hijo y otro, los hombres aguantándose o las mujeres conociendo de hierbas, porque así criaban bien a sus hijos.

Al año se bautiza el niño. Le buscan sus padrinos y lo llevan a la iglesia. Salen de misa y los papás dan comida, vino y música a los padrinos.

Cuando muere una persona grande o chica, la familia desocupa un cuarto y allí acomoda el ataúd. Van las amistades a acompañar la velación en la noche y se ofrece a cada persona café con pan o galletas y vino. Hay mujeres que rezan las alabanzas para el difunto. Al otro día otras personas van al cementerio a excavar la fosa y ya hecha regresan a la casa de los dolientes que les dan una comida de mole. Se bebe mucho en las muertes, se tiene pesar y se toma. Cuando llega la hora de sepultarlo, al difunto lo acompaña mucha gente que le reza en la capilla del cementerio. Terminado el rezo, lo sepultan y le ponen flores a la tumba. Al tercer día de muerto, se inicia un rezo de nueve días, durante el cual las personas que acompañan a los dolientes reciben cigarros y vino. Al noveno día se les da atole y tamales en agradecimiento de que los acompañaron hasta lo último. A la mañana siguiente se lleva la cruz al cementerio. La cruz se hizo durante la noche de la velación. Así entran y salen las personas en nuestra comunidad.

María Bibiana García Aguilar, directora del albergue escolar José Vasconcelos de Colonia Indígena de Alaquines, San Luis Potosí, 18 de febrero de 1996.

 

 

 

 

IV
LOS PACTOS

 

 

Miguel quiere quedarse el tiempo de cambiar la caballería y dirigirse a toda prisa hacia el fresco sureste de la Caxcana, pasando por el más poderoso de los imanes: los tibios muslos de María, los brazos de su hija Isabel y la cocina de María Cid. Pero Zacatecas es su ciudad, ahí están los amigos de infancia, Alonso Hernández que ya es bachiller y minero, el hermano cojo de Pedro Benito. También las roñas burocráticas y sus deberes, sus quereres, sus dolores.

Se despide de Gaspar con la cabeza descubierta, signo de arrepentimiento por su altivez y de respeto. Como él, los demás mestizos ruegan a su antiguo compañero que rece por la salud de la compañía, mientras los andaluces divulgan por las tabernas la audacia de su capitán. En seguida, entrega un informe detallado al cabildo, omitiendo que la causa de la muerte de Rodríguez fue un disparo suyo en la espalda. Los valientes no necesitan dar explicaciones y él es el héroe de una nueva ruta, de sólo cinco días, entre San Felipe y la Muy Noble y Leal Ciudad de Nuestra Señora de los Zacatecas, aquella donde el trabajo vence todas las adversidades. Y, por qué no, esconde algunas infamias.

A Alonso le cuenta de su último encuentro con Pedro Benito, pues la juventud forja amistades que perduran más allá de las diferencias de carácter y formas de vida. Se ríen juntos del chismerío de su amigo e, impulsado por la proximidad, Miguel confía sus planes al bachiller. La admiración de éste crece con las palabras de aquél y la ufanía del primero con la afirmación entusiasta del segundo. Como siempre desde que se supo inteligente pero cobarde, la bolsa de Alonso Hernández se abre a las necesidades de su atrevido camarada. Que con ella compre los paños, sayales, frazadas, huipiles, enaguas, jubones, sombreros y camisas que los caxcanes exigirán para aliársele. Aunque vete con cuidado, Miguel, que no todos los españoles quieren la paz. Habla, Alonso, quién. Constanza de Andrada y el cabildo de Mazapil. Miguel suspira. Tan bella como víbora, dice. Qué le has hecho, Miguel. Demasiado poco, para que me considere bien.

Luego soldados, muleros y capitán salen hacia el fuerte del Malpaso, donde Juan de la Hija es caudillo. Bajo las frondas de unos sauces, los capitanes se abrazan. Sus soldados los miran; no se trata de envidia, están curiosos. Desean la posición de los dos hombres, saben que han sido rasos como ellos y se preguntan si necesitan algo más que coraje. Juan de la Hija pide que traigan un garrafón de vino de Jerez. Felicidades Miguel, la hija de Hernán González se casa con Pedro, el hijo del mismísimo capitán Carrillo Dávila. Qué viva el tío, gritan los soldados y Miguel no puede remediar el lance de unos maravedíes a la salud de su sobrina María, que la familia adquiere lustre y hasta el bolo lo paga el bachiller.

Y las monedas compran vino, el vino trae fiesta, ésta el sacrificio de un chivo, y la panza llena otorga placer y sueño. Miguel se acerca a los hermanos Hernández que dormitan bajo los sauces del fuerte, ordenándoles ponerse en marcha tan pronto como llegaran a despertar. Salta sobre su bayo con la agilidad del muchacho que fue, del exaltado que es, inconsciente, feliz de lanzarse solo hacia la casa que más considera suya. La que cobija a María la caxcana y que su hermana María Cid gobierna. Que en esta Nueva Galicia no hay mujer que no se llame María.

Cuando la noche cae, es fría y tan negra que caballo y jinete tropiezan con sombras que no pueden dilucidar y que al tacto resultan ser árboles y montañas. Una punta de temor toca las entrañas del hombre, murciélagos gigantes rozan su pelo y las lechuzas lo persiguen con sus aullidos. En la oscuridad los fantasmas andan sueltos. A cuantos descansan en Cristo, concédeles señor el lugar del consuelo, de la luz y de la paz. Pero qué hacer con los espectros de los rebeldes, con sus almas enfurecidas. Ha olvidado los conjuros de su madre, nunca tuvo el plumero de los chamanes para limpiar el aire. Desmonta y acuclillado al lado de su caballo enfrenta los gritos de los búhos y el aullar de los coyotes. Sólo la luz blanquecina del alba, helada y sin embargo bendita, le ofrece un par de horas de sueño.

Una lluviecita despierta la tierra que se llena de campánulas y al capitán. Su caballo pasta, los cenzontles en las ramas de un encino le cantan su agradecimiento al árbol que los cobija. El mundo en su instante es soberbio, perfecto. Suspira de placer y en ese momento empieza a desear intensamente a María.

 

 

 

Percibe Colotlán desde el bosque de álamos. Ahí viven todas sus mujeres, todas aquellas que reconoce todavía. Y el hijo de la otra, de su innombrable Hernanda. Se lanza cuesta abajo gritando y el galope de su bayo asusta a las carretas de los vinateros que llegan a descargar en el patio de María Cid.

Es él. María no tiene dudas. Es él. Y Hernando, el tío Cristóbal, la prima Isabel, la pequeña Isabel, María Cid y su hija María, Pedro Cid, Hernán González, el tío Melchor, y, sorprendentemente pero no tanto, Pedro Benito, salen al patio, gritan, ríen. Unas manos serviles se llevan el caballo, otras más felices le arrancan el izcahuipil.

Don Pedro llega mañana. Qué hiciste, Miguel. Otro vaso de vino para el capitán. Pasos que corren ligeros sobre el piso de tierra batida. Siempre tan flaco, hermano. María Cid trae un cocido de maíz blanco y carne de puerco. A que no podías perderte la fiesta, la manaza de Hernán González le cae sobre la espalda. Está aquí de pura casualidad, lo delata Pedro Benito.

Finalmente la tibia sombra envuelve el jergón de paja y María lo abraza. Miguel, Miguel. No le pide que se quede, no lo amenaza con el recuento de su soledad. Lo atrapa con sus piernas fuertes de antigua caminante, lo envuelve en sus cinco o seis huipiles sobrepuestos de india rica y lo lame, lo moja con todas sus salivas, le muerde el cuello, le devora la lengua. Miguel, Miguel. Lo monta con la audacia de una amazona, lo vuelca, lo ama.

Cuando el último gemido se ha disuelto en el aire, María acurruca la cabeza en el pecho de Miguel. Algunos de los míos, dice entonces, se han escapado de los pueblos. No los busques a ellos, los demás sabrán servirte. Miguel suspira. ¿Me amas, María? La duda de todo soldado. Ella afirma con la cabeza antes de volverlo a morder, a sentir, a estrujar. Miguel grita, suda, tiembla. ¿Me amas, María? Sí, sí, mas no te les acerques, déjalos en paz, no todo ha de ser España. María, te lo prometo, pero dime dónde están. No puedo, Miguel, ellos no te molestarán, sólo quieren seguir siendo. Luego el placer ahoga las palabras, la respiración se rompe y el gozo los rinde.

Su abrazo cansado tiene la misma inconciencia que sus jadeos locos y los niños de la estancia mueven las cortinas de lana burda para espiar la mano del hombre sobre el pecho desnudo de la mujer. Más tarde, sentados a la espera de la sopa, dicen a Isabel: Bien que la vimos a la puta de tu madre, y se ríen imitando los gestos del coito.

La niña empieza a llorar. Inútil llamar a madre. Los adultos están en los preparativos de la fiesta. Llora y su soledad se le agiganta, su cuerpecito se sacude. Entra a la cocina el primer contingente de huéspedes, un niño que la dobla en edad reconoce la pena de Isabel. Se le acerca. Algún día no te dejaré nunca sola, dice. Su abuelo fue don Diego Pérez de la Torre, ese hidalgo extremeño que del virrey Antonio de Mendoza recibió el encargo de aprisionar a Nuño de Guzmán, el sangriento conquistador del norte, y terminó quedándose para siempre en la Nueva Galicia, hasta morir en la Guerra del Mixtón atravesado por una flecha caxcana. Su abuelo, aunque su padre lo ha tenido fuera del matrimonio, que mucho amaba a su madre, pero ella no era virgen.

La tía María Cid lo escucha. Pero qué dices Juan, Isabelita sólo tiene siete años, y le acaricia el pelo apresurada. Los huéspedes saludan a grandes voces. Son amigos de su futuro consuegro. Lleven los animales al muladar. Traigan la comida. Toda fiesta es una sarta de órdenes lanzadas. De medias frases recogidas: Que va a venir el general del Río de Loza. Que no. Que le han matado un hermano fraile los guachichiles. Que el virrey Villamanrique se ha enemistado con Guadalajara, para variar. Sólo Isabelita no pierde el punto: ¿De verdad? Y Juan le toca el hombro con la punta de los dedos: Nunca, niña, para que no llores más.

 

 

 

Los hombres del capitán llegan a media tarde, todavía borrachos. En la sementera que separa la casa del comerciante Hernán González de la de su vecino, se levantan las fogatas y un par de tendajones para que tengan reparo de las lluvias. El resto del pueblo son ramas y barro y una iglesia. Los pocos indios, tlatelolcas, llevados a poblar la frontera, cultivan las milpas de los escasos mestizos y españoles escondiéndose de las armas que es su deber empuñar contra los chichimecas. Su deber, que con él compran tierra.

Pronto las cocineras llaman a los soldados de Miguel, y los que fueron pastores sacrifican los corderos, los que sólo han sido militares se dedican a perseguir el puerco que chilla horriblemente al ser arrastrado. La fiesta de la carne. Frente al comal seis mujeres cuecen las tortillas. Otra prepara el caldo y dos nombres excavan el horno de tierra para la barbacoa de res.

La familia trabaja al ritmo de las recepciones. María Cid corre al cuarto en que duermen todas las doncellas de la casa, hijas y sirvientas sin distinción, para revisar los detalles del vestido de María hija. En la puerta de la cocina controla una sorpresiva descarga de tres carros provenientes de Mazapil, con dos quintales de maíz que envía la comercianta Constanza de Andrada. Se ríe: ay, qué le hará Miguel a las mujeres. Las carretas de Zacatecas llegan abarrotadas de vinos y dulces regalados por el bachiller Alonso Hernández; así son los amigos. Los hombres y los niños se deleitan con probaditas de carne en salmuera y de pan de horno, mientras reciben a los huéspedes que siguen llegando. Capitanes, comerciantes, frailes y bachilleres, casados algunos, otros con sus hijos. Las bodas de esa envergadura son el mejor pretexto para hacer negocios y entablar relaciones. Fray Andrés entra y sale, María Cid ha regalado a la iglesia para la ocasión un candelero de plata y un medallón con la efigie del buen pastor.

¿De dónde sacas tanto dinero, Hernán?, pregunta Miguel a su cuñado. Ahorros, hermano, y deudas que sólo una vez se te casa una hija. Si tienes suerte, agrega y le guiña un ojo. María Cid pasa corriendo y lanza un ay, hombres, a su marido y su hermano. Pedro Benito va hacia ellos conduciendo la comitiva de su antiguo capitán. Los Carrillo Dávila son una docena entre familiares y amigos. El novio se reconoce por su andar ufano y la ropa nueva, la madre por su cara preocupada. ¿Dónde pondrán a don Luis de Velasco?, inquiere tras revisar las diez casas bajas y pobres del poblado. ¿El hijo del segundo virrey?, pregunta Miguel. Y Pedro Benito, antes de que cualquiera se le adelante, profiere: Ha regresado a México y lo han hecho general; ser hijo de virreyes abre muchas puertas. Pero además éste es bueno, conoce el terreno que pisa. Dicen que viene a encontrarse con don Rodrigo del Río que no llegará, agrega. Viene a la boda de mi hijo, lo corrige molesta la mujer de Carrillo Dávila. Nosotros también somos gente de alcurnia.

La noche cae sobre el cansancio de los anfitriones, los cuchicheos de las muchachas sentadas por última vez en la cama de soltera de María, María que ya huele a novia, María que… suspiran todas, y el jolgorio de los jóvenes hombres en la tienda de campo. Juan de la Torre ha jugado toda la tarde con los de su edad, pero ahora que ellos duermen se acerca a Miguel, el padre de Isabelita. ¿Me lleva con usted, capitán? ¿No vas a entrar al seminario, muchacho? Ya no, señor. Entonces unas manos fuertes caen sobre los hombros de Juan: Qué horas son éstas de andar despierto, lo reta su padre.

 

 

 

 

 

La misa de once es la adecuada para las bodas y en esta ocasión como en las demás recibe a mujeres y hombres hambrientos, que todos quieren comulgar. Fray Andrés levanta la voz. A la novia le tiemblan las rodillas, a la madre la sacude el llanto, a las cocineras les gana la prisa. Luego estallan los gritos, los cohetes, la música y quien ayunó se desquita hasta quedar rendido a media tarde, a la sombra de un cedro, con el calzón reventado.

Don Luis de Velasco le hace honor a los modales de la frontera y se limpia la boca con la manga blanquísima de su camisa de lino. A Miguel pregunta de repente: ¿Es cierto que usted es de los de don Rodrigo, quiero decir de los del bando de la paz? Como siempre al capitán lo intimida la cercanía con un grande de España, aunque en esta ocasión está entre su gente. Muy señor mío, la guerra, nuestra guerra en particular, no ha dado resultado alguno y necesitamos a los indios pacificados para poder trabajar, responde. Trabajar, trabajar, vosotros no pensáis en otra cosa, bromea don Luis. Enseguida se pone serio: Coincido, sin embargo. Tanta sangre derramada es una vergüenza a los ojos de dios. ¿Cuál es su plan para lograr la paz? Regalos, señor, unos frailes que les enseñen la santa religión, y unos protectores que los instruyan en la labranza de sus tierras. Por unos años el rey nuestro señor pagará yuntas de bueyes, maíz y vestidos, siempre costarán menos que las armas.

Un sacudir afirmativo de cabezas y el alboroto de un carro que entra al poblado, acompañan las palabras de Miguel. Cuando el general y los capitanes vuelven al vino y las damas los atraen al baile, Constanza de Andrada está caminando hacia ellos. Quién la ha invitado, se oye preguntar. Es del bando de la guerra, otra voz. Pero, mira, camina como si el viejo Enríquez de Almanza la hubiese reconocido. Otra más. Lo trae en la sangre, interviene una mujer.

Constanza no sabe a ciencia cierta qué hace en esa fiesta. Sólo que nadie se lo cuestionará. Porque ahí están todos. Porque es la costumbre. Presiente que don Luis es demasiado peligroso para una bastarda, pero como ella es hijo  de un virrey y debe ayudarla a afianzar el poder que el cabildo de Mazapil no se atreve a reconocerle. Por mujer. Cobardes, el verdadero poder sabrá reconocer lo que valgo.

Las miradas de Luis y Constanza se encuentran y la mujer reconoce en la del hombre lo acostumbrado: la mezcla hispana de deseo y pudor. Nada más, ni el menor guiño de complicidad. Muy señor mío, lo saluda tendiéndole la mano. Don Luis si acaso la levanta, el beso se reserva a las esposas de alcurnia.

Sin caballo que apretar entre las piernas, la rabia de Constanza se convierte en la dolorosa frustración que de niña experimentaba en la Capitana. Damas y caballeros pasaban a su lado cuando don Martín Enríquez distraídamente le preguntaba algo, luego la llamaba con un nombre equivocado. Como entonces, en la boda no tiene padre, ni aliado ni sirviente. Está sola y espléndida.

Miguel reconoce a la señora del convoy, la enemiga que lo persigue desde entonces por la frontera y en la capital. Su fama se ha acrecentado, pero todavía cantan sus bellezas los poemas de salón y las baladas de los borrachos. Suspira. Por un instante ve en el gesto de la mujer la tristeza de su Isabelita. Luego la visualiza defendiendo  el bando de la guerra en el cabildo de Zacatecas. Con la fuerza de un hombre y la audacia de un coyote. Hideputa. La sangre se le ha encendido. Nunca admitirá que es deseo, aunque para Constanza la rabia es un tributo de amor. Atrapa a su María del talle y la lleva al establo.

Constanza lo ve, también lo reconoce. Ha venido por él, por su temple de hombre. Eres más que don Luis, estúpido, y por una caxcana como ella te me fuiste, quiere gritarle en la cara. Sólo la venganza sofocará el calor que le bulle bajo el brocado de española que viste. No puede llorar. Baila perdida entre las miradas de admiración de los hombres, húmedas de lascivia. Y las de las mujeres, ávidas de imitar sus gestos. Pobres envidias que la llenan de menosprecio para con sus congéneres.

Mientras tanto los abrazos de Miguel levantan las faldas almidonadas que María ha vestido para la fiesta. El estruendo se ha quedado afuera, su voz de secreto murmura al oído de su mujer: Pronto te mandaré traer. Y con los últimos besos antes de salir a buscar a sus hombres para emprender la marcha sin despedirse de nadie más, vuelve a prometerlo.

María la caxcana resplandece de placer gozado al volver a la fiesta, unas hebras de heno en el pelo. Entonces Constanza, consciente de la perfecta caída de sus hombros y de la castiza suavidad de sus ojos color de avellana, le sonríe a don Luis. Baila hacia él, se cruza. A estos indios, señor, sólo la guerra los va a educar. El general en jefe pierde el paso, se disculpa. Constanza sigue bailando. En la siguiente vuelta, agrega: Cuando quiera dignarse, mi casa está a su disposición en Mazapil. Es su riqueza, su segura caja repleta de inmigrante, la que le habla para recobrar dignidad.

Desde la fortaleza rocosa del altiplano, pocos guachichiles miran al capitán salir rumbo al sur. Una mujer se acerca a un árbol grande y llama a aquellos que han muerto antes que ella. Son los antiguos y están ahí, esperando hacer ceremonias para la vida. Miguel encabeza la compañía a caballo y la mujer grita sin mirarlo. Hermanos, hermanas, yo también iré adonde ustedes están. Allá voy. La tierra da un brinco. Danos las frutas que están en el árbol, estamos muy hambrientos. Los antiguos se ponen muy alegres. El sonido del galope de Miguel se aligera en el aire y así la música de la boda. La mujer en el altiplano da cinco pasos. El árbol se sacude. Caen frutos a la tierra. Buena vida tendrá tu sobrina, dicen los guachichiles a la mujer.

 

 

 

 

 

A dos días de trote sin tregua, el estrecho valle de Mecatabasco recibe la compañía con los perfumes que el calor y los árboles regalan a la tierra. Por entre la vegetación se distingue la capilla de piedra levantada por los franciscanos y se escucha el fluir de un río. Melchor Portillo y los hermanos Hernández rodean al capitán, para sentirse protegidos por su presencia más que con el afán de escudarlo con sus cuerpos. Nos esperan, dicen. Para confirmar sus palabras, doce guerreros con las lanzas emplumadas flanquean a los jinetes y empiezan a escoltarlos en silencio.

La compañía cruza por el frente de la iglesia vacía, donde una mesa ha sido dispuesta con vasijas de pinole hervido, tortillas y canastas de frutas. En una plazuela redonda a espaldas de la construcción española, don Nicolás está sentado solo en una piedra central. Un paso al frente, una anciana principal acompañada de su nieta fuma. Cinco ancianos más, en círculo alrededor de ellos, también fuman platicando con los dioses. Todos han ayunado por varios días y sacuden sus penachos de plumas de loro y sus adornos de urraca con el ritmo lento de una danza ceremonial. Los guerreros se disponen a su alrededor dejando afuera del círculo a los hombres del capitán. Don Nicolás entonces empieza a cantar y levanta del suelo cinco mazorcas de maíz y cuatro haces de flechas emplumadas.

Durante largo tiempo ora cantando sin dirigir la palabra a Miguel y sus hombres. Los hermanos Hernández se arrodillan, el capitán desmonta y los andaluces y el portugués rezan a media voz los conjuros contra toda brujería. La vieja y su nieta bailan a intervalos regulares. Los ancianos despiden nubes al fumar.

Cuando aparece la primera estrella, el hermano mayor de todos los seres humanos, una inmovilidad total se apodera del valle de Mecatabasco. Finalmente, don Nicolás encara a la compañía. Pasen, dice en castellano y los guerreros los introducen al círculo. Miguel es llevado frente a la anciana que le toca la cabeza. Ahora comeremos todos juntos, afirma la vieja tras terminar su inspección.

Don Nicolás retoma la palabra: Miguel, dice, los de Mecatabasco, Juchipila, Tecualtiche y Teúl te seguirán a las órdenes de nuestro capitán Martín García, que los frailes han bautizado. Yo aquí me quedo, cautivo de la alianza que contigo pacto. A un gesto de su capitán, los soldados descargan las mulas y extienden los presentes al centro del círculo. Los guerreros se eclipsan para regresar con la mesa de las ofrendas.

Tenemos prisa, dice entonces Miguel. Pero don Nicolás sacude la cabeza. Contra los de Guaynamota tendrás mejor aliado que nosotros, le contesta. ¿Cómo sabes? El ayuno regala sueños. ¿Quién, entonces? El gran Nayarit, señor de los Coras, desde hace tiempo quiere castigar a sus antiguos tributarios por su desobediencia.

La fiesta acerca a los hombres. Se come al son de un tambor y se intercambian armas y conocimientos. Miguel confía a don Nicolás que acaba de ver a María. El viejo contesta que lo sabe. ¿Cómo?, pregunta nuevamente el capitán y el anciano guerrero, acercándose a su oído le sopla: Tienes dos sangres, Miguel, escucha también la de tu madre de vez en cuando.

Antes del amanecer, los guerreros de los pueblos caxcanes Despiertan a los soldados y les indican el camino para llegar a las pozas de agua caliente de Apozol, donde el gran Nayarit se ha bañado. Lleva el penacho de plumas de águila y de cuervo, el bastón de mando en la mano derecha y el cinturón de oro y cuentas de jade amarrado alrededor de las caderas. Miguel siente el poderío del cora y antes de enfrentarlo, se quita el izcahuipil y viste su reluciente cota de malla. En la cintura la espada cuelga limpia y aceitada. Cuando los dos hombres se encuentran, se desata un duelo de poderes inmediatamente percibido por todos los súbditos. Qué se dicen, lo ignoran, pero ven a Miguel desabrocharse el pesado espadón y ofrecerlo al Nayarit. Así como admiran al señor de los Coras bajar a una poza de agua, arrodillarse y recibir un chorro en la frente de mano de Miguel. Luego, su voz resuena en el valle: Ha venido el capitán Caldera, me ha dado su espada y me ha bautizado con el nombre de Francisco Nayarit.

 

 

 

 

 

Los guaynamotecos no vigilan la entrada a sus tierras bajas y calurosas. Libres de andar nuevamente por la sierra, han vuelto a cargar sus cosas en los hombros y a comerciar. En pequeños grupos, llevan sal y carne seca de su pueblo a los minerales de Santa María, óxidos de metales y piedras de las minas a los grupos cercanos, dejando los niños al cuidado de la comunidad. Los vecinos les compran y los dioses parecen contentos.

Cuando don Francisco Nayarit y Miguel Caldera se aparecen de repente desde el sur, la masacre es inevitable. En nombre de dios gritan coras y españoles, cargando sobre el adoratorio redondo y las casuchas de caña de los rebeldes. El capitán intenta aplacar el frenesí de sus soldados, pero en unos breves momentos el divino castigo se transforma en un correr de mujeres y hombres con hachas, cuchillos y arcos, un rodar de cuerpos entre las piedras que representan a los antepasados, un gritar de maldiciones contra los traidores. En fin, en un baño de sangre.

Por la noche, Miguel cuenta cuatrocientos veinte cadáveres en el pueblo en llamas y setecientos prisioneros. Se siente confuso. La primera expedición mixta de paz ha resultado una matanza digna de Nuño de Guzmán. Los fugitivos han sido alcanzados y destazados, los niños han desaparecido. Las mujeres detenidas se arrancan el pelo, los hombres se arañan las caras y los pechos.

A la vez, está orgulloso de haber llegado a Guaynamota antes que Juan de Zayas; idiota ha llamado al capitán neogallego el general Ponce de León y realmente ha de serlo, piensa mientras revisa el desastre, ya que no pudo llegar desde Guadalajara antes que él que para hacerlo dio la vuelta a medio virreinato. Le envalentona su próxima llegada triunfal ante la Audiencia y saborea el placer que tendrá imponiéndole victoria y aliados.

Para organizar su declaración busca entre los prisioneros alguien que sirva de traductor. Empieza a interrogar a los jefes. Poco después manda un par de hombres a las ruinas de la iglesia; descubren las cabezas y los huesos de los frailes, cocidos y limpios de toda carne, colgados ahí donde estuvo el altar. Sus enemigos son imperdonables. Se santigua. Que los guaynamotecos sean deportados y la Audiencia decida cómo ajusticiarlos y venderlos. El escarmiento ha de ser ejemplar.

Mientras Miguel ordena la pronta salida hacia la capital de la Nueva Galicia, en las afueras del poblado don Francisco y los coras festejan la victoria con un mitote que culmina en el esperado banquete de carne infantil. Los guaynamotecos conocen la costumbre, es la suya propia, reclaman, gritan, piden que los huachos intervengan en favor de sus hijos, pero los soldados juran que ningún bautizado haría algo semejante. En Guadalajara, antes de entregarlos como esclavos a estancieros y jesuitas, la Audiencia manda azotar a aquellos de Guaynamota que manchan la reputación de los aliados del honorable capitán Caldera. Sólo fray Luis, que ha llegado a toda prisa de Michoacán, escucha sus confesiones y les cree. Luego el virrey marqués de Villamanrique sostendrá su opinión: Que de aquí adelante, dictamina para que una vez más Guadalajara hierva de rabia, hasta que su majestad o yo en su real nombre o los demás virreyes que por tiempo fueren manden otra cosa, ningún teniente de capitán general ni capitán, caudillo, ni soldado ni otro ministro de guerra en toda esta Nueva España, así en el distrito de su gobernación como en el del nuevo reino de Galicia, Nueva Vizcaya, nuevo reino de León y otras cualesquiera partes donde haya indios de guerra, no los puedan dar ni den por esclavos por ningún tiempo de pocos ni muchos años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De los antepasados que vivían aquí se sabe porque teníamos un documento. Un señor de nosotros lo cuidaba y era muy antiguo. Ese documento los amparaba como una escritura. Cuando se vino la revolución en el 10, lo guardaron en una cerca. Se llamaba Juan Palomo quien lo guardaba y luego fue su hijo Jesús. Él lo enseñó a las autoridades cuando vino la paz y el gobierno devolvió las tierras como ejido, ya no como propiedad de todos.

Ahora el documento está en el INI [Instituto Nacional Indigenista], donde lo guardan y nosotros tenemos una fotocopia. Esa escritura del terreno indígena está en el idioma pame antiguo. El indígena, cuando tiene sus autoridades, el gobierno las respeta. Por ello, los indígenas eran la base del censo. Ahora como que nos quieren desconocer, pero no puede ser porque los mestizos no son los herederos de la tierra y no pueden cambiar las reglas.

Antes, todo el municipio era indígena, con sus autoridades, y los antiguos no pagaban al gobierno. Ahora pagamos el fisco y al ejido lo cortaron para acá, para el barrio de San José, en realidad fueron la gente de razón, los que no hablan el idioma, quienes nos cortaron para una orilla. Como que razonan más que nosotros, conocen las leyes de los que hablan el español y siempre intentan hacernos a un lado, como si nosotros no razonáramos, no entendiéramos. Pero los comisarios de aquí somos gente indígena y no queremos que los próximos sean gente de razón. Nosotros le vamos a hacer la lucha para estar mejor. Ya logramos el agua, al rato va a haber luz.

Somos indios, nos dicen testarudos. Pues sí, somos fieros. No supimos de dónde vino la tradición, no nos dimos cuenta de cuándo nos impusieron el idioma español. La única tradición que veneramos aquí es la católica y la hacemos en nuestra lengua. Los ancianos se frecuentaban como dueños de la iglesia, hoy organizan los permisos y las misas con un cura. Pero las fiestas son nuestras como la tierra. En Semana Santa se hacen procesiones, se pone una huerta donde Jesús estaba orando cuando lo prendieron. Se hace el simulacro de los fariseos prendiendo a Jesús. Entonces hay unos cargadores que lo llevan como prisionero a la cárcel. La madre de Jesús sale por la puerta mayor de la iglesia y Jesús agarra el camino de un costado. Se encuentran en la puerta de la iglesia los cargadores de Jesús y las cargadoras de la virgen. Las mujeres se inclinan para que la virgen mire lo que le hicieron los fariseos a su hijo. Luego se van juntos, llegan al templo y ponen a Jesús en un calvario, una compostura que se hace con carrizo verde. A las tres del viernes lo bajan, lo echan en una urna y sale de nuevo la procesión. Hay danzas en todas las estaciones. Cuando en la noche vuelve a salir la virgen sin Jesús, eso lo llamamos La Soledad. La Soledad va al sepulcro, pero no encuentra a Jesús, ya ha resucitado. El sábado se hace una velación para abrir la Gloria que es a las doce de la noche. Luego amanece el domingo. Los fariseos se retiran del templo donde han estado tres días haciendo de las suyas y deben bajar al pueblo a quemar monos que dicen que son diablos, pero es una referencia nada más.

Las cargadoras visten las imágenes y corren a los fariseos que tienen sus garrochas adornadas de papel. Durante las fiestas también habemos cuatro señores con matracas que sirven para llamar a las procesiones porque las campanas están amarradas. Repicamos tres veces con las matracas para que salgan las procesiones. Y los fariseos para asustarlas dan vueltas con sus tamboras también tres veces.

Durante toda la cuaresma los fariseos han andado con sus tamboras asustando a la gente y buscando a Jesús. Luego son ellos quienes les cobran a los vendedores que ponen sus puestos durante la Semana Santa. Esas limosnas van a la iglesia y los ancianos deciden cómo se usan para beneficio de todos. Hasta la fecha la tradición de Semana Santa es de pura gente indígena.

Don Procopio de la Cruz Armadillo, anciano pastor de la comunidad pame del norte del Barrio de San José, Ciudad del Maíz, San Luis Potosí, 20 de febrero de 1996.

 

 

 

 

V
PIRATAS

 

Entonces sucede lo que desde siempre era una posibilidad. Los corsarios que la puta inglesa ha ennoblecido vuelven a atacar. Apóstatas, ligeros, sin más órdenes que las del viento, saquean Santo Domingo y dirigen sus velas hacia las murallas de Cartagena. Luego, su capitán, Francis Drake, el dragón que dieciocho años antes había enfrentado al virrey don Martín Enríquez de Almanza, saboreando el plomo que el apuesto caballero en escarnio le envió de mano de la niña Constanza, bastardilla bien amada y armada de una antorcha para prender la mecha del cañón de la Capitana, pues ese capitán se acuerda de la derrota veracruzana y abandonando las aguas tibias del Caribe neogranadino, sube a toda prisa hacia el Golfo de México, destruye los muros de Campeche y se instala frente el fuerte de San Juan de Ulúa, baluarte de la ciudad de la Vera Cruz.

Don Álvaro de Villamanrique es más joven y emotivo que don Martín, pero no menos decidido. En dos días ordena el retiro de fondos de la frontera chichimeca y catorce mil soldados salen hacia las costas mexicanas y a la defensa de Cuba, Puerto Rico y Portobello. Para quien sólo conoce el desierto es la oportunidad de vivir la emoción que depara el aire salobre y el cansancio que la humedad provoca. Para Constanza, que sin haber perdido el porte está dejando de ser la musa de cuanto soldado hay en la frontera, en parte por su edad y en parte por el dinero que ha acumulado y la vuelve demasiado respetable, la noticia es una oleada de recuerdos; la mano derecha va al bolsillo para sostener con su donativo la guerra y la izquierda se desliza por los senos todavía duros. Mientras sus coetáneas cuidan a la docena de hijos que las aturden, ella se deja llevar por el sabor de una brisa que ha vuelto a su memoria tan repentina como el nunca confesado deseo por el hijo del virrey, su hermano.

Para Miguel Caldera, varado desde hace meses en una Guadalajara que lo adula y desconoce a la vez, es tiempo de actuar. La llegada del otoño es el fin de las aguas. Época de flores que precede el frío y la sequía, marcando el inicio de los ataques chichimecas. Tiempo de dejar el convento franciscano donde se ha dedicado a leer, de mandar llamar a Pedro Benito, y de recibir como portaestandarte a Juan de la Torre que lo ha alcanzado y no se le despega. Tiempo, en fin, de dirigirse a Mecatabasco y emprender el camino hacia el este ardiente, la tierra de su madre, el Malpais o Tunal Grande.

Sus soldados han vuelto a ser sus veintidós hijos de siempre. A los andaluces y al mulato se los ha llevado la aventura marina y a Gaspar Alonso lo sustituye el portugués. Juan de la Torre le ha dicho: En la Biblia los jóvenes que no tienen con qué pagar las arras para obtener la mano de sus esposas se quedan al servicio del padre de éstas. Sí, hijo, ha contestado Miguel y la palabra se le ha atragantado. María acaba de perder al niño que de nacer la habría podido cuidar, el hermano de Isabelita. Fray Andrés diario visita a la enferma, pero se niega a darle la absolución si ella no reniega de su relación con el capitán. Que dios te perdone porque yo no puedo, cura del demonio. Hijo, Miguel vuelve a llamar a Juan y lo abraza.

De la casi estática monotonía urbana al viaje, no hay sino un momento. Y el ritmo del trote los transporta. En Mecatabasco dos mil guerreros se les unen. En Colotlán María Cid y Hernán González ven cómo los ojos de María la caxcana se llenan de vida con la promesa renovada de Miguel de llevársela algún día. Isabelita juega con el que le jura amor eterno. Pedro Benito alcanza a la compañía con once caballos y tres mestizos en Jerez. Los vecinos reunidos se enteran así que de lograr la paz entre caxcanes y guachichiles el virrey otorgará a Miguel el título de alcalde mayor de la villa.

Nuevamente a caballo, el capitán pregunta a su amigo cómo lo ha logrado. Pedro Benito, envanecido y contento, contesta: ¿Recuerdas al caballero de Alba? Pues le he contado tus sueños, los que tú le has confesado a Alonso Hernández en Zacatecas. Miguel se echa a reír. Con amigos como tú, empieza a decir, pero no termina. Los ojos se le llenan de lágrimas. Pedro Benito lo ve y repentinamente serio agrega: No me sobreestimes, Miguel. El virrey necesita reducir los soldados en la chichimeca por culpa de los piratas y tu idea de una diplomacia de paz le vino como un anillo al dedo. Además tiene conflictos con la Audiencia de la Nueva Galicia y no le disgusta la idea de fastidiar a los oidores de Guadalajara con una jugada que los atemoriza.

Miguel calla. Los caminos de la política se le hacen ríspidos. Él quiere la paz porque está harto. Nunca ha soportado el llanto de las madres en los bandos de la guerra, las duras guachichilas y las suaves españolas tienen los mismos ojos de locas cuando sus hijos les son arrebatados por los guerreros. Miguel piensa en Hernanda. Nuevamente pisa una tierra tan seca como aquella que los vio separarse para siempre. Piensa en sus años de soldado raso, cuando capturó y vendió mujeres como ella. Repara en su ineptitud para frenar a los arqueros del gran Nayarit. Benito, hermano: ¿y si no fuera yo capaz?

 

 

 

 

 

Para consolarse, el capitán necesita estar solo, perderse, oler el desierto. Cuanto más lo desea, más se percata que sus huestes comen como langostas y ninguna poza de agua les alcanza. Nunca antes se ha movido con tanta gente, y aun así ansía ordenar el alto. Desde un campamento nocturno, divisa el promontorio donde de niño vio a los chamanes entrar a un adoratorio y fumar luego en silencio, mirando el humo subir al cielo, volverse nubes, agua, vida. Años más tarde, volvió ahí huyendo de la epidemia de viruela y su saldo de ciegos y cadáveres. No le temía tanto a la muerte como a la miseria y al desamparo de los enfermos. Lejos de los hombres se sintió mejor.

Los caxcanes lo ven salir. Pedro Benito también. El capitán galopa hacia una meseta formada por una de esas fallas geológicas que dan la impresión de ser fortalezas naturales. No va a nada, sólo a estarse un rato. A mirar el cielo. Desmonta, camina. Gestos que repite cada vez que el desierto lo llama. Respira hondo. En la inmensidad no hay otra realidad.

Tiene un reflejo de fastidio cuando percibe la mula de fray Luis y poco más allá al fraile meando. Hermano, lo saluda sin embargo. El religioso deja caer su saya, cubriendo unas piernas tan fuertes como las del hombre de a caballo. Por la decisión de Hernanda de volver con los guachichiles no ha dejado de culparlo de la pérdida de su hermana, pero se conocen desde que en las chozas techadas de los franciscanos de Zacatecas aprendieron a escribir. Se tuteaban entonces, y dios era único y severo como un comandante militar. Todopoderoso. Fray Luis recuerda a Miguel decirle: Soy mestizo, si tomara los hábitos indios y españoles no me creerían, no me queda sino la vida militar. Y Miguel rememora a Luis saliendo hacia el seminario. Como los inspirados hablaba y comía poco. Hernanda en ese entonces apoyaba cualquiera de sus decisiones.

¿Adónde vas, capitán?, pregunta el fraile. Lo sabe de sobra, por eso está ahí. A hacer la paz, hermano. ¿Igual que en Guaynamota? La pregunta es una estocada. Es usted peor que mi hermana, fray Luis. Ambos suspiran. Pero el fraile no tiene tiempo que perder en recuerdos. Miguel, dice, debes hacerte acompañar por religiosos en tus campañas, no puedes solo. El capitán sostiene la mirada de su antiguo camarada. ¿Vendrá conmigo? Bien sabes que los franciscanos no me lo permiten, actúan como dueños de estas tierras. ¿Entonces? Aun entre ellos hay algunos que son verdaderos hombres de paz. Sí, hermano, pero otros sólo son emisarios de su congregación. Y después de un silencio agrega: Como los dominicos en Chiapas y cualquier tierra que se les abra.

Fray Luis no contesta, sube a la mula. Que dios te bendiga, Miguel. El capitán lo deja ir, se sienta en el piso y vuelve a oler la inmensidad del cielo. La tierra caliente le templa el cuerpo y las articulaciones dolidas se le relajan. Un bienestar enorme lo acoge.

 

 

 

 

En Cuicillo, don Rodrigo del Río de Loza espera a Miguel con preocupación. Los vecinos han rechazado un ataque de los guachichiles y no quieren saber de un loco que va a llevarles paños y sustento con sus auxiliares indios. Interpelan al general, le recuerdan la muerte de su hermano a manos de los salvajes cuando el franciscano iba a llevar el sacramento a un soldado moribundo. Han robado tantas yeguas y caballos, se lamentan, que han despoblado nuestras haciendas. Y las mujeres: Elija capitanes que sean gente de razón que esta tierra se pierde por causa de los dichos indios de guerra. Don Rodrigo tiene a su favor el cargo, sus riquezas y muchos años de lidiar con cabildos aterrorizados. La sola mirada de un general acalla a más de un vecino, pero está intranquilo. Y Miguel no llega.

Pasan las horas. Finalmente, loado seas señor, una polvareda delata la venida de millares de personas. En la plaza, soldados y civiles rodean los sacos de maíz, pinole y carne seca dispuestos para la hambrienta compañía. Alonso Ponce, comisario franciscano, está ahí de casualidad pero, ya que dios así lo quiso, también espera.

Los de Mecatabasco y Juchipila a la vista del presidio se adelantan, unos a pie y otros afirmados sobre los estribos de sus monturas, al grueso del ejército caxcán. Su fiesta es un circo de gritos con las plumas al viento, de risas y meneos de las cabezas y los arcos. Un grotesco teatro de las maneras chichimecas que involucra espectadores, caballos y militares. La villa no aprecia tanto humor macabro y fray Alonso Ponce debe intervenir al lado del general del Río para que a Miguel y los suyos no los apedreen. Capitán, se cobra de inmediato la ayuda el franciscano, ¿qué siervo de dios los acompaña? Y, diplomático, Caldera contesta: El que usted me recomiende, mi muy dulce hermano.

Con su general el trato es más directo: están de acuerdo. Miguel se pone de pie en la silla de la yegua pinta que le ha regalado Pedro Benito y proclama a la población reunida que necesita del apoyo de todos para llevar a los indómitos la promesa de amnistía, alimentos, ropa, tierras para establecerse y plena protección de sus personas y derechos, a cambio de que renuncien a la guerra. Los soldados lo secundan, la tajante prohibición virreinal de la esclavitud les ha quitado su mayor fuente de ingresos. Los demás son propietarios de tierras y minas, dudan del método, pero la paz les urge.

Antes de que los peros se expresen, fray Alonso Ponce toma la brida del caballo de Miguel. Con su poderosa voz de predicador y la habilidad política que ha aprendido en el oficio de su comisión, agrega: Para que estos chichimecos acepten la enseñanza cristiana y afirmen su lealtad a la corona de Castilla, fray Francisco Vallejo, mi querido discípulo, no tendrá reparo en acompañar y dirigir espiritualmente en sus conquistas de paz al capitán Caldera.

El capitán asiente, el cabildo no chista, los soldados se disponen a comer. El general del Río entrega armas y dinero a Miguel y le dice a manera de despedida que don Luis de Velasco le ha comentado haberlo conocido en la boda de su sobrina. Es un honor, ¿no piensa usted? Luego espolea su semental y treinta hombres armados lo rodean. El polvo rojizo de su tierra natal lo envuelve.

En la noche, del presidio se levantan cantos indios que los guachichiles, reunidos en un cerro que marca el límite de su territorio con el de los zacatecos, reconocen. Nunca han sido amigos de los caxcanes, jamás les han rendido tributos y los brujos de Tecualtiche han sacrificado a sus rígidos dioses más de una cabeza roja en escarmiento. Llevarlos hasta allá implica una declaración de guerra. Maxcorro la exige, de inmediato, al amanecer, a todos los guerreros. Pero Guazcalo duda y Xale lo secunda: Hay que ayunar primero, sacrificarnos al alba del quinto día. Los ancianos de inmediato separan los hombres de las mujeres y les piden que comiencen el ayuno cuando la estrella de la mañana desaparezca en la luz del día para que todos tengan el mismo sueño y una respuesta. La noche entonces envuelve de muy distinta manera el sueño de los cristianos y el rezo de los guachichiles.

 

 

 

 

Fray Francisco es joven y su manera de montar delata una noble cuna. Por la mañana se levanta temprano y acompaña al capitán en la revisión de los carros que transportan alimentos y regalos. La solidez de las ruedas, el engrasado de los arneses, la resistencia de los toldos, todo lo verifica con gestos de conocedor, dando a entender que no molestará pero que nada se le escapa. Luego bendice el desayuno y toma para sí un poco de pan y una taza de agua. Al verlo sentado junto a Miguel, Juan de la Torre debe reprimir un ataque de celos.

La larga marcha que inician inmediatamente después no tiene tiempos ni destino. El enemigo, o más bien los amigos, nadie sabe dónde están. A veces retan a la compañía atacando un rancho a menos de una legua de donde ha descansado, otras dejan ofrendas de plumas en el camino de Miguel. Por la noche pueden sentirse tambores y bígaros, así como sólo percibirse los pasos furtivos de un coyote. Martín García, capitán de los caxcanes, está nervioso y ofendido; los soldados, frenéticos. De Cuicillo rumbo a la Sierra de Pinos, de ahí de nuevo hacia arriba, de las Salinas a Charcas, luego hacia el asentamiento que hay Diego de la Magdalena, un franciscano viejo y pobre, ha logrado levantar en Mexquitic. Y a Maticoya, al río seco de los venados, y hacia abajo, por los cerros del armadillo. En ocasiones la compañía recibe noticias: los han visto beber a tres días de camino. En otras, el silencio de religiosos, indios convertidos y vecinos es total. Pero Miguel está sereno, Pedro Benito escribe cartas, Fray Francisco reza y Juan de la Torre cabalga absorto en sus sueños de niño. Nadie los perturba. Adelante, aunque sea durante meses.

Una noche el capitán hace prender una fogata de llamaradas muy altas con la última leña que les queda. Frente a ella se yergue desnudo y grita en la lengua de su madre: Vengan, sé que ahí están, todos los mezquites han sido cosechados. Luego la oscuridad envuelve el campamento hispanoindio. Por la mañana una yegua blanca con un penacho de plumas de gorrión amarrado a la testada llega trotando. El pájaro sagrado de los guachichiles y el animal que tomaron de los invasores. Miguel sale con doce caxcanes y una arroba de maíz que deposita en la base de un cerro. Antes de retirarse pide a los guerreros de Martín García que ofrezcan sus flechas en signo de paz.

No pasa nada. Otra semana de espera, hasta que la escasez de agua mueve a la gente de Caldera hacia el este. De repente, docenas de hombres pintados de blanco y de negro, colores de luto y de duda, muchas veces usados en las guerras contra los que se consideran hermanos, aparecen en el horizonte inmediato. Cuando los caxcanes se lanzan a su persecución, desaparecen dejando en su lugar cinco montones de panes de mezquite dispuestos a los cuatro puntos cardinales y su centro.

Iré solo, dice un día fray Francisco y se encamina hacia la sierra. Nunca imaginó estar tan cerca de Mexquitic. Alrededor de la capilla de enramadas y piedras sobrepuestas construida por fray Diego de la Magdalena, los ancianos y las ancianas guachichiles, atanatoyas, copuces y salineros, fuman en silencio. Fray Francisco se les acerca. Maxcorro habla por todos en voz alta: Yo no quiero la paz, su capitán trajo aquí a nuestros enemigos; pero mis hermanos quieren dialogar. ¿Te convertirás, hijo? Maxcorro estalla en una risa furiosa: ¿Me conoces, fraile?, No son acaso los vestidos como tú que dicen que no tenernos religión. Se inclina hacia una vasija y se embadurna el pelo de rojo: Mis hermanos hablarán con el mestizo Caldera, dicen que tiene su sangre. Yo y mi gente no creemos en sangres.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los caxcanes no están conformes, las palabras que reporta fray Francisco los han encendido. Ellos son guerreros, los guachichiles sus enemigos, no entienden por qué ofrecerles la paz. El capitán va y viene entre ellos. Yo soy guachichil, mi hija una de ustedes. Mujeres siempre nos han robado. Ustedes están a mis órdenes, así lo han decidido los ancianos. Martín García lo reconoce: Miguel ha sido investido de autoridad. Enfrentar al consejo de ancianos es perder el nexo con las raíces, extraviar la propia humanidad. Se retira a hablar con los de Tecualtiche que tienen fama de ser los guardianes de la tradición. Los demás guerreros callan esperando a su capitán. Cuando Martín García regresa al centro de la reunión, la paz es un hecho.

Con la cruz en alto, fray Francisco avanza a pie. Montado en la yegua blanca, le sigue Miguel con su cota de malla. Luego vienen Juan de la Torre con el estandarte, Pedro Benito y el portugués. Los soldados a caballo llevan sus arcabuces en el arzón y los caxcanes, cuyas flechas emplumadas despuntan de los carcajes, han amarrado sus arcos alrededor del cuerpo.

Frente a ellos, los guerreros guachichiles están embijados y tocados de plumas de gorrión, los zacatecos tienen el cuerpo y el pelo teñidos de negro, los salineros se han pintado de blanco, los copuces y los atanatoyas han vestido las prendas que los franciscanos les han enseñado a llevar.

Hablar no es fácil entre tantas lenguas. Miguel sabe que las palabras son sagradas cuando hay gestos que las acompañan. Reconoce en Xale un jefe. Desmonta y lo abraza. Martín García se adelanta con los guerreros caxcanes, deposita su carcaj frente a sí y ordena a sus hombres que lo imiten. Con palabras altisonantes invita a los guerreros enemigos a seguirlos hasta sus tierras. El abrazo sella el pacto.

La caravana se encamina. Cruzar el desierto y la sierra es un rito. Nadie come sal ni bebe agua sino al mediodía. Cada noche, los cantos se entonan, monótonos y persistentes, hasta la madrugada, cuando los hombres y las mujeres que han rezado y bailado sin descanso empiezan a caminar en silencio hasta el alto sucesivo. En Juchipila, el calor y el agua abruman a los guerreros del desierto. Fray Francisco no ha dejado un día de predicar su religión de amor. Muchas mujeres se le han acercado. No entienden por qué las rechaza. Don Nicolás les habla del ayuno sexual que todos los pueblos del norte conocen: el fraile está siempre preparado para un rito. El abrazo se repite frente a las piedras de la plaza ceremonial de Mecatabasco, los antepasados miran y aprueban. La ceremonia dura cinco veces cinco días. Luego la vuelta al Tunal Grande se emprende entre sahumerios y cantos indios, con la bendición católica del fraile.

De vez en cuando Miguel recibe regalos de los vecinos y los reparte entre la población que se desplaza con él, otras con su pobre sueldo de soldado compra víveres y ropa para que siempre naya distribución de premios. Poco a poco, para los principales vestirse se convierte en un símbolo de autoridad. Las mujeres se cubren los pechos con los huipiles de las indias del sur que los comerciantes llevan al norte para repartirlos entre las cristianizadas. Los bautizos se suceden. Unos pocos grupos familiares se niegan a ello y se desprenden del contingente de noche, cuando nadie se da cuenta. Otros preguntan por los animales de los blancos, quieren saber cómo obtenerlos. También se interesan por el maíz, las ollas y las armas.

A su llegada a Mexquitic, Miguel tiene un hervor de planes y de ideas resueltas a medias en su cabeza. Para asentar a los pacificados funda un poblado en honor de San Luis cerca de las aguas de Tequisquiapan y manda llamar de la frontera de Colotlán a cuanto sembrador pueda enseñarles a labrar la tierra. Necesita hombres de trabajo, maestros, comerciantes, sin embargo de Zacatecas llegan soldados y frailes. Pronto, ahí donde los guachichiles acostumbraban concentrarse en las épocas de agua, surgen Bocas de Maticoya, Las Salinas, así como los conflictos por las mejores tierras, los trabajos forzados para los indómitos, la prohibición de que los indios monten a caballo.

Miguel no descansa, preso de una obsesión, da vueltas a los asuntos de paz y de justicia, se enloquece por los errores de los españoles, las riñas de los soldados, el celo de los frailes, esos millares de detalles que podrían volver a estallar la guerra. La idea de mandar traer tlaxcaltecas de México le brilla de repente, como una luz en la oscuridad de sus aprensiones. Fray Francisco, hay que ir por ellos ya, insiste una y otra vez. Por una vez el fraile pide tiempo: Espérese capitán, mis hermanos no van a soltar tan fácilmente sus corderos. Pero si los guachichiles se mezclasen con ellos, sería mucho más fácil asegurar la paz en estas tierras. Rece, capitán, que hace mucho no pide a dios sosiego.

 

 

 

 

Las noches y los días se suceden, como las fugas de los pacificados a los que se exige demasiado. De vez en cuando, esporádicos ataques a estancias de ganado vuelven a despertar el temor entre los colonos. Miguel pregunta a Xale dónde van los escapados y el viejo guerrero levanta los hombros: Tú lo sabes. De hecho, él como cualquiera puede imaginarlo. Las casas se construyen, aunque la pobreza campea en ellas. El virrey mantiene su ofrecimiento, pero no tiene prisa de enviar mulas, bueyes y aperos para una tierra tan seca que las calabazas a duras penas se dan en ella. Al mismo tiempo, la viruela ataca a los cristianizados y la tos sacude los pechos de los niños de las mujeres asentadas, como si los dioses estuvieran furiosos. Xale repite despacio: Tú lo sabes, capitán, y a Miguel no le cabe duda de que los fugitivos huyen del mundo que los españoles les han arruinado.

Una mañana, antes de que el sol marque el inicio de su ir y venir por los asentamientos y los repartos de agua y labranzas, el capitán es despertado por un indio alto, de hermosas facciones, con el cuerpo pintado de amarillo brillante, color de la paz y la bienaventuranza. Me envía tu hermana, capitán. A Miguel se le seca la boca en el acto. Para que la emoción no se transparente, sale con el indio al campo. El portugués los ve caminar y tras un instante de indecisión empieza a seguirlos a escondidas. Algo, algo en el brillo del rostro y el pecho del recién llegado le recuerda sus años de minero en las tierras del vizconde de Vila Nova.

Entonces Hernanda está viva, dice mientras tanto Miguel. Sí y me ha enviado para que me mires bien y a cambio de mi secreto dejes a su pueblo en paz, que si no te das cuenta que com­prar a la gente verdadera es tan cruel como matarla. Miguel lanza un grito de rabia: Está loca, completamente loca. El indio lo interpreta como un rechazo: No necesitábamos nada de lo que tú nos regalas, capitán. Nada, para ser como siempre fuimos. Se da la media vuelta y empieza a correr cuando el portugués se le para enfrente. Capitán, capitán, llama a grandes voces: El embije de este hombre, mire. Pasa su mano por el pecho del indio. Qué no entiende, capitán. ¡Éste es óxido de oro!

 

 

 

 

 

Antes se caminaba mucho, a todo lado se iba caminando. Al aclarar salíamos con mi madre y mi abuelita e íbamos de arroyo en arroyo, en los magueyes sacábamos aguamiel, en un fueguito que prendíamos hacíamos atole y ya almorzadas seguíamos el camino. Para llegar a Zacatecas eran unos tres días. No había caballos para nosotros los más pobres, los más indios. Ahora tampoco hay dinero para carros. Caminábamos. Para visitar a la hermana de mi madre era un día. Para ir más lejos, dormíamos en el cerro y antes de las cinco de la mañana echábamos a andar. No era muy cansado. Tengo cuarenta y cinco años y me acuerdo muy bien. También con mis hijas salía a caminar. Pero ya menos, ellas salen a la carretera y piden “raid”.

Eduviges, mestiza de Las Salinas, Zacatecas, 1 de marzo de 1996.

 

 

 

 

VI
MINEROS Y MIGRANTES

 

 

Las cartas se cruzan. La de Miguel pidiendo mil tlaxcaltecas a Villamanrique corre a caballo rumbo a México al tiempo que dos misivas del rey se embarcan en Sevilla, una destinada al mismo marqués, agradeciéndole sus servicios, y la otra a don Luis de Velasco, nombrándolo virrey de la Nueva España sin quitarle su título de capitán general. Las de Miguel a los amigos, casi cifradas, llevadas en burro por iletrados, hablan de darse prisa, sin decirle nada a nadie. Han sido escritas a la luz de una vela, con la misma precipitación que el mensaje que despacha a su lugarteniente Diego de Huelva, imponiéndole la expropiación de un carro grande y cómodo a Diego de Monroy, carretero real en el camino de la plata, para traer a la mayor brevedad a María y a su hija. Y mando al dicho Diego de Monroy, subraya el desesperado capitán, que así lo haga y cumpla, y si a ello se opusiera, oblígalo.

Y como las cartas se cruzan los chismes. Las subidas a las colinas de Tangamanga, el hecho que de repente el portugués empiece a ser llamado por su nombre, Baltasar de Chávez, el indio se vuelva el amigo Guaulaname, y Pedro Benito calle sus conversaciones con Pedro de Anda y Gómez Buitrón, despiertan muchas suposiciones entre los franciscanos que construyen su convento aprovechando la mano de obra y el fuerte lomo de los guachichiles. Muy pronto éstas son avivadas por la llegada del escribano de Charcas, Francisco Beltrán y, a los pocos días, del enfermo y tullido tío Cristóbal de Jerez en un caballejo, de Hernán González desde la lejana Colotlán y del caudillo Juan de la Hija de Malpaso.

Los frailes rondan con toda clase de excusas la casa de Caldera, que si lo van a acompañar en la distribución de las ochenta y dos fanegas de maíz que llegaron de Salinas, que falta aceite para las lámparas del santísimo, que hay que cubrir las vergüenzas de las mujeres con paños más pesados, que no salga a pacificar sin ellos. Los guerreros se dedican a distraerlos con sus preguntas, como si de repente el interés por la nueva religión fuese fundamental en sus vidas, y los soldados de lo que resta de la compañía, a pasearlos de un rancho a otro con el pretexto de una conversión, un bautizo o una extremaunción.

La mañana del dos de marzo ni un solo hombre responde al llamado de las campanas del convento. El capitán, sus amigos, sus parientes y los indios principales, a caballo y con picas y barretas, han descendido hasta las estribaciones de la sierra, atravesado la planicie y subido a catear el cerro principal de Tangamanga. El día tres los franciscanos escriben a sus hermanos de la Provincia del Santo Evangelio, en México, que les informen de cuanto plan de paz llegue del norte sin haber salido de la Custodia de San Francisco de Zacatecas. El día cuatro, cuando se acuestan en una gruta a ras del suelo para protegerse del calor del mediodía, Pedro de Anda y Juan de la Torre juguetean con la tierra rojiza hasta que una planchuela amarilla les cae en las manos. Tanto trabajo y para qué, aquí no hay sino un poco de cobre, bromea Pedro al tiempo que la rompe. Entonces se levanta de un brinco. ¡Esto es un Potosí!, grita. Oro y plata están a la vista.

A esa mina, cuyo óxido ha sido cosechado para la preparación de pinturas rituales por generaciones de chichimecas, la bautizan La Descubridora y el cerro lo encomiendan a San Pedro, pues les está entregando las llaves para ingresar al paraíso de los mineros. El día cinco, sudados, nerviosos y ofendidos, fray Francisco Vallejo y fray Francisco Franco llegan a bendecir La Guachichila, que el escribano asienta de inmediato como propiedad del capitán Caldera. Día tras día, a lo largo de un mes, se suceden las apariciones: La Amiga, La Jerezana, La Profunda, La Leona conllevan la formación de compañías para la explotación del mineral y el levantamiento en un monte que toma su nombre de la hacienda de beneficio de Caldera, ahí donde agua y leña no escasean y él puede quedarse con el monopolio del carbón para los hornos.

Cuando María llega a Mexquitic, Miguel le tiene preparadas dos cajas de ajuar y ropa fina, pepitas de oro y pajuelas de plata, cuarzos, mulas de buen andar y sirvientas. Enamorado y rico al fin, se arrodilla frente a ella. ¿Quieres casarte conmigo? Se sobresalta cuando ella contesta: Jamás por la iglesia a la que sirve fray Andrés; tenemos muchos ritos para unirnos frente a los dioses, por qué creerle a quien nos quiso separar. En el cuarto contiguo, Juan de la Torre recibe de Isabel una respuesta más fácil de entender: Sí.

 

 

 

 

 

 

Dos días antes de alistarse para volver a Sevilla, don Álvaro Manrique de Zúñiga, marqués de Villamanrique y todavía virrey de la Nueva España, manda llamar al provincial de los franciscanos y sondea la posibilidad del envío de unas cuatrocientas familias tlaxcaltecas para la colonización del norte. Dos semanas después de haber asumido su cargo, don Luis de Velasco lo vuelve a llamar. El fraile ya puesto sobre aviso temporiza, expone las dudas de los tlaxcaltecas, negocia. Quiere ventajas para los migrantes, pero también para los que van a quedarse en Tlaxcala, su tierra predilecta, la de sus pupilos.

Los peligros de la Gran Chichimeca son tan notorios que en el centro del país los indios llaman guachichilas a las avispas más aventadas y los tlaxcaltecas han sido siempre los favoritos de los frailes por haber prestado una ayuda inconmensurable a Cortés a la hora de la conquista. Fray Gerónimo de Mendieta, el cronista, interviene: La paz no durará y nuestros amados indios serán corderos inmolados por los salvajes. Los capitanes de Tlaxcala exigen poder organizar ellos la expedición. Los señores, que en sus barrios no entren españoles. Los principales, que las tierras, ríos, pastos, montes, pesquerías, salinas y molinos que reciban en repartimiento no se les puedan quitar por despobladas. El virrey negocia. La paz sostenida por Caldera se mantiene. Finalmente don Luis capitula y el seis de mayo firma:

Que todos los indios que así fuesen de la dicha ciudad y provincia de Tlaxcala, a poblar de nuevo con los dichos chichimecos, sean ellos y sus descendientes, perpetuamente, hidalgos, libres de todo tributo, pecho, alcabala, y servicio personal, y en ningún tiempo, ni por alguna razón, se les pueda pedir ni llevar cosa alguna de esto. Que los indios principales puedan tener y traer armas y andar a caballo ensillado sin incurrir en pena, y para hacer el viaje se les dé el bastimento necesario y ropa, y por espacio de dos años se les ayude en eso, y con romper las tierras para las sementeras.

Miguel llega a galope tendido. El 18 de junio está con el virrey en las afueras de la Ciudad de México esperando la gran caravana. Don Luis de Velasco está feliz de desquitarse de los problemas que le han llovido desde el principio de la organización del viaje. Ha cancelado las deudas de los tlaxcaltecas inscritos en las listas de colonos, ha castigado a quien se oponía al viaje difundiendo mentiras y temores, ha liberado a los indios de los obrajes y hasta se ha peleado con los despechados padres franciscanos. Con cierta ironía confiere a Miguel el título de Primer Justicia Mayor de su Majestad en la Frontera. Y con la voz suficiente para que sólo el capitán lo escuche, dice: El problema es todo suyo, amigo Caldera. A ver cómo los ampara.

Los capitanes tlaxcaltecas escogidos para escoltar a su pueblo hasta el norte se adelantan a los más de cien carros, cuatrocientas veinte mujeres, ciento ochenta y siete niños y trescientos cuarenta y cinco hombres casados que han salido de Tlaxcala diez días antes. Necesitamos mayor cantidad de agua, conminan. Y que nos den más mulas para cargar nuestras cosas, ordenan. Y dos carros para los enfermos que hay que separar de las familias, exigen. El virrey se ríe: Son enteramente suyos capitán, vuelve a decir. Y con paso firme se dirige a un templete levantado bajo un arco de flores trenzadas. Bendice a la expedición en nombre del rey Felipe que dios guarde y en el suyo particular.

Una vez más el caballo de Miguel patea la ruta de la plata, su larga historia de asaltos y riquezas, sus aguas escasas, los animales sedientos, los bueyes de arrastre, las estancias ganaderas que se abren, los presidios abandonados, el bullicio de los campamentos, las peleas de los borrachos, los chismes de las mujeres. Si no le dolieran los huesos y el ansia por sus minas, el capitán se sentiría como el joven soldado que desde Zacatecas fue enviado a San Felipe, en los años en que guachichiles y guamares eran inaprensibles como el viento, feroces como el fuego. El rechinar de los ejes de las carretas y el polvo son los mismos, aunque nunca caravana tan grande ha partido jamás ni fue recibida con iguales ceremonias a lo largo del camino. A caballo el capitán se ha tardado dieciséis días de San Miguel Mexquitic a México, ahora lleva más de un mes avanzando y está a la mitad del recorrido. Un sentimiento nuevo lo acompaña: tiene nostalgia, pena de rico, no sólo de enamorado.

Juan de la Hija lo alcanza poco antes de que llegue al punto de reunión con los capitanes protectores y el general del Río. Antes de llevarse un contingente de tlaxcaltecas hacia Mexquitic, le acrecienta la angustia: Miguel, ¿tienes enemigos? ¿Quién está libre de ellos? No es broma, un soldadito, un don nadie, dice que él ha sido el pacificador de los guachichiles. Es ridículo, Juan. Sí, pero ya sabes qué significa en estas tierras ser hijo legítimo de padres españoles. En Cuicillo, a punto de entregar los tres contingentes restantes a sus respectivos capitanes protectores, Pedro Benito lo interpela nuevamente: ¿Conoces a Fuenmayor? Sí, Gabriel Ortiz de Fuenmayor, un mayordomo de estancia. Un envidioso de mierda, querrás decir. Cuídate de él, Miguel, es amigo de Constanza de Andrada.

La distribución de los tlaxcaltecas para que vayan a civilizar con su ejemplo Charcas, San Luis, Mexquitic, Saltillo, Chalchihuites, Colotlán y la reconfortante compañía del general del Río de Loza, aunque viejo y enfermo, lo distraen. Entre discursos, bailes y ceremonias recuerda que su María lo ha esperado durante tantos años, qué son para ella unos meses. Piensa también que Fuenmayor es un arrogante, quién puede creerle.

Don Rodrigo habla, su religiosidad ha crecido con la edad y a pesar de su cota más parece santo que soldado. Miguel, le dice, ya has sembrado el ejemplo, un buen hombre, el capitán Juan Morlete, en Mazapil, está pacificando guachichiles. Y en Saltillo igual cosa hace el capitán Francisco de Urdiñola. Por favor dale tu apoyo, sobre todo al primero que una mujer lo ataca todo el tiempo y la secundan algunos soldados. La curiosidad de repente es más fuerte que la decencia: General, ¿conoce usted a Gabriel Ortiz?, pregunta. Un arribista, hijo. No te preocupes por él.

 

 

 

 

 

 

Miguel rechaza la invitación de Hernán González de pasar unos días en Colotlán. Qué más quisiera, la presencia de su hermana María Cid es para él un tónico; pero no puede desestimar una segunda petición del general de ayudar a Morlete. A pesar del tiempo transcurrido de la boda de su sobrina, recuerda perfectamente a la mujer que lo ataca. Bella y venenosa como una coralillo. Como su dinero. Como las cartas que envía al virrey: Que los colonos estamos preocupados por el declinar de las ganancias en esta paz y los soldados desertan sin el incentivo de la esclavitud de los salvajes. Evoca la sensación de ardor que le provocó verla bailar, el odio que le inspiró cuando la conoció en el camino a San Miguel el Grande. El vehemente deseo de prevenir al entonces legendario capitán Cano y alejarlo de ella, de sus gestos, de su olor a zorrillo en celos, agresivo y penetrante como una daga. Sus muslos, sus dientes, su porte entero. Iba montada en un alazán digno de una reina.

María, María, suspira, mientras el desafío que vio catorce años antes en los ojos de la española le vuelve a la memoria. Se aferra del nombre de su mujer porque ella es el único anclaje a su realidad de mestizo rico, capitán indispensable, magnate sin descendencia. María, María, para no perderse en el deseo de volver a tener treinta años aunque ni un solo peso ni a su alrededor ese estruendo de feria de ganado, ese ir y venir de capitanes, carros, familias que se despiden, y que en realidad es el inicio de la paz en la Nueva España, su creación, su fama, su orgullo.

Ensilla y a los dos capitanes guachichiles que para honrarlo se han hecho bautizar Miguel el Caldera y Capitán Miguel Caldera, como si nombre, apellido y grado fuesen un solo apelativo, les ordena que busquen a cinco arcabuceros españoles para que lo alcancen en Zacatecas, armados de todo punto.

El galope lo ensordece, amortiguándole la mezcla de angustia y rabia que siente por alejarse de su casa. Hernán González le ha dicho demasiadas cosas: que María Cid lo echa de menos, pues así son las hermanas, que igual cosa siente María la caxcana, pero cómo pensar que no lo haría, y también que Juan de la Hija para no equivocarse ha mandado parar el trabajo de sus minas mientras no regrese. Por qué será que no puede ocuparse primero de lo suyo. Juan de la Torre ha sido más hábil: Querido suegro, me consagraré a los atanatoyas como un padre, pero jamás me separaré de Isabelita, y así diciendo se ha llevado a su hija, su niña que ya va a ser madre, su retoño que de rodillas en la iglesia ha esperado que el padre llegara de una más de sus misiones para dar el sí. ¿Serán suficientes catorce años para eso? Nuevamente siente que demasiados pensamientos lo asaltan a la vez. Como entonces.

Se deja caer en la casa de Alonso Hernández, para eso son los amigos. No importan los huéspedes españoles, no importan las damas y los jueces, los comerciantes, los mineros y el gordo de fray Antonio en su saya marrón de franciscano pobre. Miguel ha llegado a puerto y bebe con una prisa que lo acomuna a los indios que pacifica. Grandes tragos de vino, uno tras otro, de prisa, sin respiro, hasta perder la razón de ser, el recuerdo de sí. Y grita: María, María, y luego solloza porque no sabe contestar a pregunta que no formula: Por qué envejezco señor, por qué la muerte no me ha llevado antes de estas canas, de estos dolores. Bebe y bebe, avienta el vaso, se deja caer sobre la mesa. Como si un resorte lo empujara, de repente se levanta y toma más. Qué viva la fiesta, aúlla con una mezcla de dolor y placer que se vuelve quejido: Ay ay ay. El capitán es indio, lo justifica el bachiller, su amigo, su financiador, su socio. Los españoles sacuden la cabeza con reprobación, los criollos levantan los hombros, resignados. Ambos comercian un brandy barato que Castilla, Nápoles y Sicilia no compran y fabrican en tierra de indios sauza un destilado de agave que venden a quien antes de la paz sólo bebía el tesgüino de las borracheras sagradas, esos carnavales que al término de los castigos y el ayuno alegran a los dioses.

Porque esa mujer me la pela, babea en los brazos de Alonso que lo acuesta en un jergón. Me la pela. El bachiller tiene prisa de volver a atender a sus huéspedes. Además de qué mujer está hablando. Hará cosa de diez años que nadie le conoce otra que María. Me la pela Alonso, entiendes. Sí, Miguel, sí.

Despertar es un dolor de ojos. Los oídos estallan, la náusea sube y las piernas flaquean. Hasta su yegua blanca recula al olerlo. Los soldados que lo alcanzan a la salida de Zacatecas no se atreven a formular una palabra. Perdón diosito santo, se santigua Miguel pasando frente a una ermita. Y paso a paso avanza, mientras las olas del alcohol se rompen contra el acantilado de su cabeza, incesante flujo y reflujo de asco y tristeza. Al caer la tarde han andado sólo ocho leguas, pero los soldados saben que acampan en el último riachuelo antes del pedregal y que mañana el capitán tendrá ganas de bañarse.

 

 

 

 

Constanza de Andrada avanza hacia la sede del cabildo, el antiguo presidio levantado por Francisco Cano. Su rica falda de damasco se arrastra por la calle, aunque está ligeramente levantada por delante, dejando entrever botines de vaqueta y un pantalón de manta. El corpiño no se ciñe demasiado a la cintura y los hombros y los brazos descansan holgados en la tela carísima que, aun en plena calle, ninguna mantilla recubre. Para protegerse del sol, la mujer lleva un sombrero de palma ancho, apenas más pequeño que el de los hombres. Unos pasos atrás la siguen sus tres sirvientes de confianza.

Señores, dice entrando, como no hay marido ni hermano ni hijo que pueda representarme, yo misma expondré los motivos por los cuales hemos de rechazar la política del capitán Morlete. Los estancieros, mineros y comerciantes han aprendido a sus expensas a no reírse de ella y por ello mismo la odian, la desean y la temen. Esa mujer que se manda traer joyas con los muleros que cargan ultramarinos en Veracruz y México y tiene dispensa papal para montar a caballo como hombre, no conoce amor, compasión ni misericordia, pero ocupa toda su atención, los embelesa y les permite esperar que de obedecerle podrán algún día escapar de las prisiones domésticas, sus hijas vírgenes, sus esposas quejumbrosas, sus hermanas envejecidas, y partir al galope y con ella revolcarse, gemir, gritar, perderse hasta la muerte, hasta la vuelta a su prisión, sus dependencias vitales, sus deberes.

Señora, ya la instamos a no reunirse con nosotros. Constanza estalla en una risa argentina y fresca, más feroz que las palabras de los cabildos. Ya sé, pero como sus mercedes no saben escribir aquí tengo para mandarla al virrey la carta con que expondremos los motivos por los cuales la zona de Mazapil al pico de Maticoya puede no figurar en la comarca pacificada y seguir nosotros haciendo entradas en territorio de los salvajes y a no pagar alcabalas por el transporte del ganado. Juan Morlete entra en ese instante. Los demás miembros del cabildo le dirigen una mirada cuestionadora. Señora, le ruega el joven capitán, estime por favor la paz que dios nuestro señor ama y el virrey defiende.

Quien por Cristo muere la vida alarga, capitán; luchar contra los indios de guerra es defender nuestra santa religión. Y llenar sus bolsillos de esclavista, asevera Miguel Caldera. Su voz es fuerte y pausada. Juan Morlete suspira, el cabildo escruta al recién llegado, Constanza se da la vuelta como para medir a quién arrastrará con el fuete que lleva siempre colgando del brazo derecho, en lugar del abanico.

Catorce años antes habían estado frente el uno a la otra, a caballo, todavía jóvenes, pero no tan fuertes ni bellos. No hay rastro de la borrachera en las facciones de Miguel, la soledad no ha amargado las líneas de Constanza. El duelo es el arte de los golpes que se asestan con elegancia. Un paso al lado de las largas y fuertes piernas del caballero, el movimiento de la falda que se desliza sobre la tierra pisada del presidio. Un baile de desafíos imperceptibles, el intensificar de una mirada, la cuadratura de la quijada. Entonces Constanza deja caer la primera estocada: Claro está, capitán, que usted ha encontrado en la paz cómo hacerse rico; dicen por las estancias de San Felipe que de cada recua que entrega a sus protegidos se queda con la mula mejor. Nunca nadie ha dudado de la honestidad de Miguel, así que en ese campo él se cree invencible: Nombres señora, que de sus fechorías tengo por testigos a frailes e indios principales. Constanza no se amedrenta: Un capitán que usted ha querido opacar por envidia de bastardo, el criollo Ortiz de Fuenmayor.

Un murmullo se levanta del cabildo. Un punto a favor de Constanza. Mi bastardía, señora, no es de tan elevada cuna corno la vuestra, pero nunca me ha llevado a abandonar mujeres y heridos en manos enemigas pudiendo salvarlos. Los miembros del cabildo se miran en silencio. ¿Fechas quieren?, pues el 14 de abril de 1580, a siete leguas de San Miguel el Grande.

El señor es compasivo y misericordioso, interviene Juan Morlete, y la cristiandad del capitán no puede ser puesta en duda ya que por la paz está arriesgando sus propios negocios. La defensa es más que acertada en un pueblo de frontera. Constanza queda sola. Con dignidad levanta la cola de su vestido y sale del presidio. El capitán detiene a sus tres sirvientes con un gesto de la mano y va tras ella. Como antaño parece dueño de todo lo que ella posee. Señora, empieza a decir. Constanza gira sobre sus talones y le cruza la cara de un fuetazo. Ahora podemos hablar, capitán. De acuerdo, dice él tomándola de la muñeca.

En la ancha estancia de muros de adobe y techos bajos, Constanza se ríe. Bendito seas capitán, ya que me pruebas que la sangre es más fuerte que el bolsillo. El capitán se desconcierta. Si dejas a tu india, me casaré contigo; te vendrá bien blanquearte un poco ahora que eres rico. El capitán está tan cerca de ella que puede oler la mirada que le lanza y tiene sabor a fuego y rabia, a ironía esforzada, a derrota asumida con orgullo. Sí mujer, lo que tú digas. Constanza tiende otro movimiento hacia él. Sus senos redondos y maduros quedan a portada de la mano del capitán. Dime que la dejas. La dejo. El cordón que cierra el escote se afloja en la mano del capitán. Y a la bastardilla que te alejó de mí. También la dejo, mujer. Las salivas se juntan y los alientos. El sabor de la carne dura del capitán y el placer de perder la virginidad. Quítame la falda. Prefiero levantártela. La mano de la mujer por la entrepierna enardecida del hombre. Las lenguas por las orejas, los cuellos, los pechos. Sé que tu hermana se te fue, le decían Atenahué sus paisanos. El capitán se separa bruscamente de la mujer que ahora ríe vulgarmente. Tener esclavos te da la oportunidad de escuchar sus chismes. Habla, mujer del demonio. Demuéstrame qué amante eres. Amante no es palabra que puedas mencionar, grita Miguel tirándola al suelo. Qué poco te controlas, capitán; tu hermana ha sido más brava. Dicen que se sacrificó en los adoratorios del altiplano que domina Colotlán, dejando que la tierra bebiera hasta la última gota de su sangre. Dicen y no lo dudo, la superstición de los indios es enorme. Miguel ve repentinamente negro. No te tocaré, mujer, morirás sin saber qué es un amante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El verdadero médico tradicional es el que cura con las plumas, el que aleja los males y chupa las enfermedades del cuerpo. La hierba es tradición también, porque se ha venido acostumbrando a curarse con ellas desde nuestros antepasados.

Quien cura puede hacerlo porque tiene un don. A veces uno no sabe que lo tiene, hasta que le sucede algo que se lo descubre, entonces el curandero puede decidir si comprometerse con el camino que tiene. Yo empecé a echarle ganas a la medicina porque me puse malísimo de los riñones. Entonces estudié las plantas, las que podía aprovechar y las que no me servían. Probé sobre mí mismo, y encontré recetas en libros antiguos, así como en la tradición de mi abuela y de mi madre que siempre nos curaron con plantas. Me hice un jarabe y me di cuenta que las hierbas curan y además no intoxican, no tienen drogas.

Aprendí mucho en los libros de plantas medicinales, ahí vienen un montón de hierbas que uno no conoce. Yo las comparaba con las que tenía en mi zona y hacía práctica. También hubo plantas que me vinieron a la mente en el momento que las necesitaba, como si alguien me dijera cómo y cuál utilizar. También el barro, el agua, curan.

Por lo general una verdadera cura se hace entre dos. Primero los enfermos van con el curandero que les hace una limpia con unas flechas y plumas y con rezos. Ahí el curandero ve si tienen una enfermedad maligna y si es así se dedica a retirarles la enfermedad. Es un trabajo muy peligroso porque el mal puede tocar también al curandero si es muy fuerte. O ve si es trabajo del hierbero o del sobero, éste cuando se trata de un empacho, o del huesero. Cuando los enfermos llegan conmigo yo veo si es cosa de darles un té, o una pomada, o de prepararles un jarabe o una tintura. Cuando se trata de personas con varios problemas de salud, les recomiendo una dieta y les quito los alimentos que les hacen daño.

Ahora los médicos tradicionales de la sierra del Nayar estamos organizados y hemos logrado, exigiendo la ayuda del INI y con la firma de todos, que el presidente de la república nos donara un hospital donde todos podemos participar. Ahí curamos con igual capacidad que los otros médicos y queremos enseñar. A mí en mi labor toda mi familia me ayuda, espero también enseñarle a quien se me acerque en las reuniones de los médicos tradicionales, alguien que tenga el don de la curación, porque no siempre la planta sola va a curar.

Cuando yo veo a un paciente muy grave, de momento me viene a la mente cómo atenderlo. Debe existir ese don para que la medicina actúe. A mí quizás me vino de mi madre y de mi abuelita que curaba con puras plantas. Cuando se empieza a conocer y a creer en las plantas, éstas le responden a uno. Por eso no hay que decirle a cualquiera los secretos de la medicina tradicional. El camino del hierbero es una vía de respeto a la naturaleza.

José Navarrete, yerbero de la comunidad nayari (cora) de Jesús María, Nayarit, 20 de marzo de 1996.

 

 

 

 

VII
EL DOLOR

 

 

La angustia encubre el dolor por miedo de sentirlo. Es urgida y cobarde, una pésima consejera. El capitán galopa hacia Mexquitic con la cabeza atestada de pensamientos tan fugaces e inútiles como su deseo de no saber. Señor, padre santo, dios todopoderoso y eterno que no sea cierto, por favorcito que no lo sea. De nada valen los consejos de Morlete: Cuídese, que guachichiles y salineros cuando huyen se atrincheran en la Sierra del Cobre y bajan hasta el camino a Zacatecas para atacar. Ni la rabia. Sólo puede calmarlo ver a María, a Isabel, interrogar a Guaulaname, mandar por María Cid, Hernán, sus sobrinos. Pedro Benito, tú que todo lo sabes, dónde estás. La familia, último refugio de los desesperados, primer peldaño de la tiránide. Los cinco españoles galopan tras él aterrorizados y sedientos. Su capitán no habla y de la planicie desolada despuntan repentinos cactos como sombras de guerreros, enormes y espinosos. Cuando el sueño los vence, permite un alto histérico, durante el cual se acuesta sin poder dormir y del que se levanta como un gallito hambriento. Los caballos enflacan a la vista. Cámbienlos tantas veces como sea necesario, es la orden.

Los nervios son tales que sólo el incesante andar impide que estallen. Cuando los seis hombres desmontan frente a la casa de adobe del capitán, no se percatan del desorden que campea en el pueblo. Veinte casas semiconstruidas están siendo abandonadas por tlaxcaltecas que se separan con abrazos y fuertes gritos de sus connacionales, los frailes corren por las calles polvorientas intentando retenerlos, los mineros van y vienen a caballo seguidos por docenas de hombres encadenados y sucios. A la par, donde antes se levantaba la choza de Gómez de Buitrón, han sido descargadas carretas de cantera y arquitectos españoles y maestros aztecas erigen un palacio; alrededor de la hacienda de Pedro Benito se yergue arrogante una muralla de piedra gris; y la mujer del portugués Baltasar de Chávez, una mestiza de carnes firmes, se pasea entre hileras de indias enteramente vestidas de blanco como ella.

Con la primera copa de vino frío que les llevan los sirvientes de María, los arcabuceros españoles empiezan a pelear entre sí. Cobarde. Coño de tu madre. Los espadazos vuelan. Así una oreja. Y más insultos. Miguel ni los oye. Grita como loco al cruzar la puerta: María, María: ¿dónde está Guaulaname? La mujer con mirarlo siente al hombre atormentado, algo que no sabe qué es y que sin embargo lo sobrecoge y lo derrota, volviéndola a ella pequeña e impotente. Calla su propio dolor, la separación de su hija, las punzadas que en la madrugada la despiertan. Lo abraza. Miguel, le murmura en el oído. El tiempo se suspende por un instante. Enlazados ambos tienen un sentido. Luego poco a poco, María lo acaricia: Ya eres abuelo, capitán. Un varoncito, Melchor, como tu tío. Los músculos del hombre se aflojan. Somos abuelos, viejita, dice con ternura. Pero cuando Pedro Benito entra corriendo, la zozobra del viaje lo atenaza nuevamente. ¿Dónde está Guaulaname?, pregunta con tanta angustia que la cintura y los hombros se le tensan dolorosamente sacándole un quejido. María mira al amigo, inquieta. Ha muerto, contesta Pedro Benito. Nadie sabe qué animal lo ha atacado en los cerros de Tangamanga, porque tenía el pecho, el pene y las muñecas arañadas, sin una gota de sangre. ¡Entonces es cierto!, hipa Miguel doblándose sobre sí mismo.

 

 

 

 

 

 

De manera confusa los días recuperan una apariencia de cordura. El trabajo suspendido en las minas y la hacienda de beneficio se reanuda sin mayores esfuerzos, que los guachichiles prefieren trabajar para el capitán y no en los obrajes de sus parientes. Miguel va y viene en una mula de buen andar; María lo acompaña y a veces intercambian opiniones, muchas otras callan. Pedro Benito también siente el peso del silencio. Trabaja con su amigo en la construcción de los hornos que transforman la madera de las palmas en el carbón indispensable para la fundición del mineral, pero no parlotea. Una congoja hostil enluta sus secretos.

Fray Francisco Vallejo llega hasta la hacienda de beneficio del monte de Caldera para despedirse de su antiguo compañero de aventura. ¿Quieres confesarte, capitán? No, hermano. Sin embargo los saludos son cariñosos y los deseos de éxito sinceros. Uno más que se va, suspira el capitán luego de que el fraile se ha perdido en el horizonte.

Se siente solo, suspira María. Necesita una limpia, le contesta Miguel el Caldera, que por muy bautizado que sea no deja de confiar en las curas de los cantadores guachichiles. La mujer afirma con un gesto de la cabeza; también lo cree. Sólo hay que cuidarnos de los franciscanos, insiste el guachichil. Yo busco al curandero.

El capitán accede a los ruegos de su mujer, pero exige que nadie lo acompañe. Hace años decidí ser sólo católico para que mis hombres pudieran obedecerme, no quiero arrepentirme frente a nadie. María se encoge de hombros, ni ella ni Pedro Benito entienden qué pasa. Poco antes del rito, Isabelita viene a ver a su padre, con el niño en los brazos y los ojos rodeados de círculos oscuros. Juan de la Torre como siempre está con ella. No se separen nunca muchachos, les dice el capitán y ellos tampoco alcanzan la hondura de su tristeza. Parten ofendidos por el escueto recibimiento que el abuelo ha ofrecido a su hijo. Finalmente, los signos se manifiestan y casi a escondidas, Miguel sale de la hacienda por la mañana arrastrando dos vaquillas para el curandero. No hay fuerza en sus brazos robustos, ni en su corazón. Avanza porque sus piernas saben conducir un caballo casi a su pesar y ayuna porque para comer se necesitan ganas. Gaspar siente acercarse la pesadumbre del capitán antes de divisar su figura encogida en la silla. Hace años era hermano de Xale, luego partió con Maxcorro y finalmente se quedó solo en las montañas para proteger a su gente con la fuerza de los cantos heredados y los sacrificios. Ha visto al capitán en varias ocasiones cuando el diálogo sobre las formas que tendría la paz se efectuaba a la luz de los fuegos sagrados y de las velas católicas. Ha oído hablar de él muchas más veces. Hombres tan conocidos son difíciles de curar, su vida atrae envidias y su propia fuerza impide que las bendiciones los protejan.

El encuentro no tiene formalidad alguna. Las reses pasan de mano, el capitán es conducido bajo un árbol y olvidado ahí. Cuando Gaspar enarbola las flechas emplumadas y baila a su alrededor, lo hace sin prevenirlo, sin pedirle nada. Y pasan las horas. Gestos iguales, pasos ritmados y silenciosos, una vez y otra. Chupa de su espalda el dolor, lo escupe al viento de la sierra. Vuelve, lo sacude, lo espolvorea. Lentamente entona un canto que acompaña movimientos más cadenciosos e igual de inexplicables. El sol cruza el arco del día, la noche se extiende sobre la tierra, la luna sube plateada, la aurora reaparece roja. Horas y horas, hasta que Gaspar se sienta a los pies del árbol y se duerme de sopetón.

Miguel respira mejor, puede alargar los dedos de las manos y pensar en su hermana. La recuerda, ya no está en él. Y como años antes lo hizo su madre, despierta al cantador y pregunta: ¿Me he equivocado? Gaspar mira al cielo y contesta: Hay cuatro dioses, nuestra madre tierra y nuestra madre agua, nuestro padre sol y nuestro padre viento, y estás tú. Los otros dioses reciben de los cinco los sacrificios que se hacen para que la vida fluya como un venado corre. Tú has sacrificado mucho, pero desde hace tiempo has olvidado volver a la tierra, escuchar el viento. Cuando Guaulaname te ofreció su secreto lo rechazaste. Miguel sonríe: Me lo concedió de todas formas. Acaricia la bolsa de oro que cuelga de su cinturón. No capitán, Guaulaname no pudo decirte que era tu hermano, que por eso Atenahué lo envió. ¿Mi hermano? Miguel tiembla. Capitán, nadie decide una sola vez, nadie olvida para siempre, nadie sabe todo. Tus hermanos se han inmolado y a ti te toca vivir todavía.

Gaspar se levanta y se estira. Poco más allá, recoge un hatillo con las tortillas y comienza a tostarlas: Come capitán, que yo ya tengo hambre y a ti te esperan.

 

 

 

 

 

La noticia del levantamiento de San Andrés llega a la hacienda de beneficio del Monte como una trompeta del destino. Desde que ha vuelto de la sierra, Miguel baja seguido a San Luis con el alcalde mayor de las minas del Potosí, Juan de Oñate, fundando y refundando los asentamientos guachichiles y tlaxcaltecas y los barrios españoles, inventando plazas, abriendo minas, canalizando el agua para los beneficios. Se reparten los mejores solares, tantos para mi gente, tantos para la tuya, yo por esforzado y tú por tu rica cuna. Regresan a sus casas satisfechos y orgullosos. María, que ha dado la orden a sus sirvientes de no comentar sus males con el patrón, se levanta de la cama para atenderlo y gozar de su presencia. Pedro Benito corre entonces con sus caballos mejores de Mexquitic al cerro y llega alborotando indios, mestizos y españoles con chismes calientes y rumores políticos. La paz ha durado cinco temporadas de sequía, el virrey está contento, otro nieto aguarda en las entrañas de Isabel y todo parece indicar que el luto por Hernanda se está cicatrizando.

Entonces, el rayo. En un día de rebelión, han muerto setenta tlaxcaltecas y cuarenta guachichiles cristianos, todos ellos emigrados bajo la supervisión del capitán, con la bendición del virrey y la oposición de los franciscanos. El ataque ha sido sorpresivo, algunos de los de San Andrés se han unido a sus asaltantes, quizás reconociéndolos, o hartos de los malos tratos los han llamado. Nadie sabe. El rey ha sido puesto sobre aviso por fray Jerónimo de Mendieta, el cronista: Bien se acordará que en una de las cartas que de Tlaxcala escribí a V.S. cuando andaba solicitando el despacho de los cuatrocientos indios, decía que temía no me quedase de aquel negocio que llorar el tiempo que me durase la vida, lo que bien se ha verificado en este desgraciado suceso. Don Rodrigo del Río ha renunciado a su comisión de Capitán General de la Nueva Galicia y soportado que don Diego Fernández de Velasco, con mejor nombre que capacidad militar, lo suplante. Constanza de Andrada y Ortiz de Fuenmayor se han reunido en Guadalajara, atizando en la Audiencia el recuerdo de cómo don Luis de Velasco pasó por encima de ella en la designación de Miguel para guardián de la paz.

No hay de otra. Convencer a su majestad de que están en lo justo, implica que sean guachichiles los que castiguen a los revoltosos. Capitán y virrey lo saben. El treinta de abril Miguel llega a México y compra huipiles, camisas tejidas, frazadas y cuchillos de arpón para halagar a los caciques asentados en Charcas, Mexquitic y Colotlán. El doce de mayo habla con ellos, el catorce recolecta el maíz que a toda prisa le ha juntado Juan de la Hija, el veintiuno en Zacatecas recoge el ganado para la expedición. Y el veintitrés, doscientos guachichiles, el capitán de los tlaxcaltecas don Francisco, y Juan de la Hija, Diego de Huelva, Pedro Gómez de Mójica, Andrés de Fonseca, Hernán Buitrón y, por primera vez sin Isabel, Juan de la Torre, salen con él hacia Huejúcar y las sierras en las que el Gran Nayarit recibe a cuanto chichimeca logre huir, que está muy arrepentido de la ayuda dada a los españoles. Para desconsuelo de Pedro Benito y su gran sorpresa, Gabriel Ortiz de Fuenmayor se queda con el encargo de servir San Luis y Mexquitic en las ausencias de Caldera. Así no habrá dudas de que es mi subordinado, explica el capitán al amigo. Ay Miguel, qué ingenuo eres.

En Colotlán, María Cid sale corriendo de su casa para recibir al hermano. Reconocería entre miles al jinete que sigue mimando como a un niño. Él la mira llegar desde su posición de avanzada. Han pasado los años, los ve en ella, en su rengueo acentuado por la gordura, en la caída de sus hombros y las canas que manchan sus trenzas; los siente en sí mismo, en la añoranza per Hernanda, en su incapacidad de imaginarla envejecida. Es un hombre tímido el que salta de caballo y abraza a la señora grande de Colotlán. Un hombre incapaz de decirle que en los cerros que se divisan imponentes y oscuros como una fortaleza, su hermana ha muerto sacrificándose a los dioses de su madre. Por primera vez no se deja arrastrar hacia la cocina, mira el suelo, inventa excusas; entonces María Cid con un hilo de voz dice: Se trata de Hernanda, ¿verdad? La bulliciosa entrada de Hernán González no logra que los hermanos se distraigan de su dolor.

 

 

 

 

 

Luego la guerra es la guerra, la misma persecución idiota desde el inicio de los tiempos. De San Andrés a Acaponeta, a lo largo de todo el extremo occidental del arco chichimeca, rastreadores que corren por los cerros, disparos, resistencia, ataques. Por momentos se divisan las grandes pasiones que fascinan a los poetas, en otros sólo se logra oler el tufo de la carne quemada de los muñones cauterizados. Todo entre plegarias franciscanas, trompetas y lejanos sonidos de bígaros. Nadie duda de que los españoles han abusado de los guachichiles, tepeques y usiliques. Los prisioneros hablan de derechos violados, de las entradas a sus casas para tomar cualquier cosa, de las invasiones de sus huertas y sembradíos por los bueyes, mulas y caballos que los carreteros dejan pastar, de los oficiales que a cada rato llegan a sus ranchos a imponer impuestos. El destrozo de los rebeldes, sin embargo es magnificado. Los franciscanos cuentan de los reyes nayaritas de la meseta y tiemblan. La paz nuevamente se compra: Díganme quién es el jefe y tendrán otro pueblo, más tierras, ganado, nuevos vecinos.

Y mientras se funda Huejuquilla con zacatecos y guachichiles traídos de lejos, y tepehuanes y huicholes que se acercan curiosos, mientras se ofrecen mayores garantías de seguridad a los tlaxcaltecas, mientras se juega a los dados bajo las enramadas, Miguel recorre la sierra. Paso a paso de su caballo, mira las piedras en las que los indios esgrafían historias de caza y símbolos sacros. Descubre las plataformas cuadrangulares de las necrópolis. Percibe caminos en los bosques. Con su espada destapa la entrada de grutas que contienen adoratorios abiertos a los precipicios. Se detiene a mirar el cielo, juguetea con las ofrendas de plumas y madera dejadas en los altares.

De pronto siente la presencia de su enemigo. Finalmente Maxcorro está a su lado en la cima del Cerro de la Chiva, embijado de rojo y blanco, guerra y muerte. ¿Sabes que cuatro caballos te desmembrarán en un crucero? No puedes imponerme la pena para los traidores porque yo nunca reconocí tu señorío. Miguel suspira. No hay nadie conmigo, vete. No puedo abandonar mi camino. El jefe hace un gesto con la mano y se sienta frente a un paisaje inmenso, solo, al borde del abismo. Su voz es pausada. Cuando me ejecutes, dile a todos en guachichil y en español que no me he rendido, que me has tomado prisionero. ¿Por qué quieres que la guerra siga? Porque nos gusta hacerla, se ríe Maxcorro. No mientas. Entonces el jefe mira al capitán: Tus hermanos creían que era posible convivir sin tocarse, mantenernos a pesar de tu avanzada. Ofrecieron su sangre a la tierra por ello. Su sacrificio fue grande, pero sólo nuestros arcos te mantendrán lejos de nuestro suelo. Miguel lo golpea en la nuca con el hacha que el guerrero ha dejado en el suelo al sentarse.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay que ir a las aguas, arrancar las hierbas y desde las cuatro de la mañana moler el nixtamal en el metate para hacer las tortillas. A veces una está bien cansada, pero igual debe levantarse a las cuatro, si no la familia no come. Siempre se ha comido chile, frijoles y calabaza, y hay que acompañarlos con tortilla. Tortear es el único trabajo que sólo las mujeres hacen. Cazar es el único que hacen sólo los hombres. Aunque casi siempre son hombres los que van por leña, pescan, más bien pescaban en el río, porque antes sacaban mucho pescado, hasta camarones de agua dulce; yo le echo la culpa a la rociada, a los venenos y los fertilizantes: los rociadores lavan sus tanques en el río y matan todo.

Las muchachas ahora ya ni saben hilar. Antes yo tenía borregos y sacaba lana negra y blanca y con ello hacía bolsas para el elote y la calabaza. Todos los coras llevan bolsas cuando salen de sus casas, en ellas meten todo lo que recogen, los guamúchiles, las compras. Yo hilaba la lana y tejía la tela, la lana negra la hilaba muy fina, con ella podía bordar. Algunas bolsas las vendía.

Desde que me quité de mis padres y me junté con mi hombre, me enseñé a mantenerme: hacía las bolsas y también ollas de barro cocidas con leña. Al campo van mujeres y hombres, yo siempre trabajaba con mi esposo en el coamil. Tumbaba los árboles con hacha Pira sembrar el maíz. Eso se hace antes, muy antes de las aguas. Luego de tumbar, se seca y se quema el coamil y en junio con las primeras lluvias se siembra. Yo siempre sembré con la coa, es que los terrenos son muy en pendiente. También para no separarme de él me enseñé a pegar piedras, hacer las mezclas; antes, cuando se construían muchas casas, yo trabajaba con él. Y los niños nos seguían a veces; su hermana mayor los cuidaba. Pronto aprendió a tortear y eso me dejaba libre de ir con mi esposo. Ahora ya no hay trabajo y los coras somos pobres, muchos se van. Claro que vuelven, para nosotros es muy importante volver a la tierra. Uno se enferma si deja mucho tiempo de volver, si no cumple con la tierra.

En las fiestas tradicionales los hombres tocan. Hay un violín primero y los otros músicos lo secundan. Las mujeres nunca tocan, sólo la flauta, pero bailan en el mitote y muelen para la comunidad en Semana Santa, y rezan. Yo hubiera podido ser buena curandera, pero me dio miedo comprometerme más. Es que el compromiso es muy fuerte y es muy peligroso curar, ayudar a los demás. Tengo un compadre curandero en la Mesa del Nayar, es un hombre bueno, yo sé qué significa su sacrificio. Las mujeres y los hombres no deben pelear, son como los colores, la tierra y el cielo, la virgen María y el señor Jesús.

Doña María Valentín Solís, anciana nayari (cora) del municipio de Jesús María, Nayarit, 20 de marzo de 1996.

 

 

 

 

VIII
EL FIN

 

 

El jefe ha huido monte arriba, informa el capitán cuando regresa de la sierra. Poco a poco los rebeldes se acercan a los nuevos poblados. La entrega de tierras y presentes se efectúa entonces con la solemnidad acostumbrada y los frailes pregonan que con el favor divino los hicieron volver a la paz. La campaña ha durado setenta y cinco días y no una misa como ellos afirman, pero para qué exasperarse. Miguel tiene prisa, Juan de la Torre brama por regresar a casa, las aguas caen y con ellas se hunden los primeros socavones en el Cerro de San Pedro. Las ansias que se comen son de amor y por cuestiones muy materiales, de todas formas exigen que la compañía avance muy rápidamente hacia Mexquitic.

En Zacatecas sin embargo es imposible no detenerse. El general Diego de Velasco y don Rodrigo del Río, ahora gobernador de la Nueva Vizcaya y a punto de partir hacia ella, exigen la presencia del capitán. Las fiestas para los vencedores son parte de un ritual tan repetitivo como la guerra misma. Miguel no es quién para rechazar halagos. Los vinos, los saludos, las mujeres. Los discursos, las medallas, los desfiles. Satisface escuchar el propio nombre retumbar entre tambores por los muros de la ciudad natal. Su séquito está igual de airoso, espejeando la fortuna que el discurso oficial produce. Arrogantes y soberbios, los esforzados impartidores de justicia amigos de Miguel reciben honores, cuentan sus andanzas y lloran sus penas en los pechos de matronas y prostitutas. Sólo Juan de la Torre, al recibir la paga, salta sobre su yegua para correr a Maticoya.

Cuando Pedro Benito llega a la capital de la plata, los laureles coronan una cabeza que deja de pensar en sus minas cuando su posición oficial es adulada, aunque sabe que sin el real del Cerro de San Pedro su crédito en la frontera no estaría tan alto. Los verdaderos amigos son pocos, Pedro Benito, lo abraza Miguel. El parlanchín, el chismoso, no sabe contestar. ¿Qué pasa? , ¿te molesta mi triunfo? No, hermano, responde con un hilo de voz y corre a casa de Alonso Hernández. Díselo tú, por favor. Yo no puedo. La noche se escurre en silencio. Desde Maticoya podrían oírse el grito de Juan de la Torre, el vagido de Marcos, su segundogénito, y los pasos de las procesiones fúnebres de Isabel y su madre María la caxcana.

 

 

 

 

 

 

Los mineros, los trituradores, lavadores y separadores de plata, los setenta carboneros, las cientotrés cargadoras de leña, los esclavos africanos, los soldados, las ocho cocineras, los sembradores, los muleros, las cuadrillas de albañiles, camineros, hidráulicos, los fogoneros, los fuelleros, indios, españoles, medias castas, todos los trabajadores de la hacienda del Monte reciben al capitán con la mirada fija en el suelo. Él inclina la cabeza agradeciéndoles su condolencia. Se ha arrastrado en el barro de los caminos, ha llorado abrazando las piedras. El sol no ha logrado secarlo, el aire le ha partido los labios. Le duelen los huesos, la mano derecha se crispa sobre las riendas. Para qué, para qué, gime. Sin embargo, es el patrón y por mucho que desee no tener otro día, bendice a su gente y le pide que duplique sus esfuerzos ahora que la señora ha muerto.

Bajo los cielos cargados de septiembre y la luz fría de octubre, Miguel Caldera trabaja. De la mañana a la noche, la construcción de la paz se ha vuelto una triste rutina burocrática. Y los días que pasan iguales, con el caballo al paso de una mina a otra, de la estancia de Armadillo a las Bocas de Maticoya, de la presencia de su yerno a la de su amigo, tienen la constancia de las funciones monásticas. De vez en cuando piensa en fray Luis. Sabrá de la muerte de su hermana, de su dolor. No lo recuerda con rabia; él como todo está envuelto en un manto de tristeza, clara conciencia de la temporalidad humana.

Don Luis de Velasco todavía lo requiere. Está dispuesto a hacerle concesiones, a callar las voces que lo describen acabado y por ello le regala estancias de ganado, bosques, ríos. Que el señor te bendiga desde Sion, que veas la prosperidad de Jerusalén, todos los días de tu vida. El capitán se persigna y cumple. Acompaña a los nuevos protectores, instruye a Ortiz de Fuenmayor para que le suceda como Justicia Mayor. Quién mejor que él, Pedro Benito. Me tiene tanta envidia, que para que lo amen será capaz de superarme. Y distribuye maíz en Nieves, ropa en Pinos, arados en Mexquitic. Las autoridades de Zacatecas, San Luis y México lo honran por lo mucho y bien que ha servido. A veces en su labor, se encuentra con veteranos de guerra que como él sienten el peso de la edad. A los que conoce, se atreve a preguntar cómo han sobrevivido al aniquilamiento de su mundo, y éstos responden con evasivas, dudando entre el propio escaso entendimiento y la cordura del capitán. Cuando le llega la noticia de la muerte de fray Francisco de Vallejo todavía es capaz de estremecerse: Pedro Benito, muchas de nuestras desgracias se deben a que en el Monte no hay iglesia. Deberíamos levantar una, no crees.

Y de repente, la última tristeza. Con la rapidez de las velas, llega la orden de que el virrey Velasco se embarque para el Perú. Amigo Caldera, la despedida tiene mil confusiones. Don Luis se va, sus veinte años se quedan en la Gran Chichimeca, pero sus glorias se forjan en la espera del oro del Alto Perú, el verdadero Potosí. Amigo Caldera, la mano del grande de España se pierde en la artrítica del mestizo, sus gafas redondas se empañan. Pero no hay más tiempo, las congregaciones lo despiden, los poetas lo saludan, la llegada del conde de Monterrey, su sucesor, lo arroja del suelo donde nació.

Hasta Acapulco Miguel no lo acompaña. Debe continuar la construcción de misiones y la enseñanza de la agricultura, alimentar a los asentados y sosegar a los dudosos. El único virrey que conoció en persona la guerra y la paz de la Gran Chichimeca, al llegar al puerto escribe sudando en su ropa negra:

Cuando llegué a este reyno, le hallé con harta dificultad en lo que era la quietud y paz de los indios de guerra. Se debe dar sin limitación, pues jamás por larga mano que en esto se tenga no llegará el gasto de la paz al de la guerra.

Del pacificador mestizo ni una palabra: su tarea ha concluido.

 

 

 

 

 

Papá, el abuelo ya no es el mejor jinete de México, hoy se ha caído de caballo. Melchor describe el paseo que han efectuado rumbo a las minas, detrás de las lomas que circundan los campos arados y las huertas. Miguel le acaricia el pelo. La estancia de las Bocas de Maticoya es enorme, fresca y más rica de lo que jamás imaginó. Al lado de la casa patronal, la tumba de Isabel, que el padre ha visitado, cada mañana atrae los pasos del viudo, que sólo el intendente español trata todavía de convencer de volverse a casar. La tristeza de la muerte es mitigada por la riqueza; la vejez, por la sonrisa de los nietos, Juan, quisiera que trajeras aquí a Miguel de Arévalo, el escribano de San Luis. Sabes, debo pasar revista de mi pasado antes de comparecer en el juicio final. Hay una calma inesperada, casi divertida, al disponer el testamento: Que la virgen me ampare y mi cuerpo se entierre en Colotlán, del que soy alcalde mayor; que se cante por mi alma una misa de réquiem y por las ánimas de mis padres en el monasterio de San Francisco de Zacatecas se digan doscientas. Ordeno que a los indios que me han servido en mis haciendas se les paguen sus servicios, tomando en cuenta que son gente sencilla y dócil a la que es fácil engañar. Es mi voluntad que en todo lo que debo por recibos y otras cuentas, nadie entre en gastos de pleito, pues no es apropiado que gasten su dinero de ese modo. Mira a su yerno y levantando la voz: Ítem, declaro que yo no he sido casado ni obligado a sujeción de matrimonio ni tengo padre ni madre porque son difuntos. Dejo y nombro por mis sucesores a Marcos y Melchor, mis nietos, hijos de Juan de la Torre y de Isabel Caldera, mi hija difunta. A Pedro Cid, mi sobrino, las diez mulas que suelo llevar en mis viajes con mis criados, ocho caballos, dos cotas de malla, dos arcabuces, sillas de montar, un rebaño de cincuenta vacas mansas y todas las yeguas que sean de mi propiedad entre aquí y Zacatecas. Ya las sobrinas de Pedro Benito, para ayudarlas a casarse, cuatro mil pesos. Empieza a firmar, pero sólo le sale Migu de sus dedos tullidos. De acuerdo Arévalo, termine usted, ordena con voz fuerte. Luego se levanta. Juan tiene los ojos rojos, el escribano la mano dolida. No me entristezcan muchachos, que debo llegar a México. Suspira: Donde ya nadie me conoce. Marcos le sonríe: No se vaya, abuelo. Y el viejo, como si de repente recordara algo, dice: Qué raro, este muchacho sacó los ojos verdes de mi padre. Luego cae al suelo con un grito de dolor, un encogerse de huesos, un ladearse de labios. La baba lo moja, el dolor lo atonta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Les dijimos a los franciscanos que no volvieran. ¿Qué vienen a hacer? A contarnos muchas historias, pero los ancianos también saben muchas y son las nuestras. No nos interesan las otras historias, las ajenas. Los franciscanos sabían la fecha de construcción de la iglesia, pero querían cambiar nuestros ritos. Y pues ahí están los santos que son los patronos, ahí está la iglesia. Cuándo la hicieron no nos importa. Dios sólo sabe por qué ha hecho tantas creencias, tantas lenguas, si la sangre humana es una sola. Por eso les dijimos que no volvieran, que nosotros les respetamos sus creencias y que ellos respeten las nuestras.

A veces es muy difícil seguir la costumbre. El dios nos dice qué hacer, luego no sé por qué es tan difícil hacerlo. Tenemos la costumbre del venado, de ofrendar la vida y la sangre del venado a la tierra en todas las fiestas grandes. El venado es la naturaleza y hay que seguirlo adonde sea, hasta fuera de nuestro territorio, hasta que se entrega a los cazadores. Y eso los policías no lo entienden. Una vez cazamos un venado y me agarraron, ahí por Monte Escobedo. Me interrogaron y para eso sí que son buenos: dan miedo, preguntan y preguntan. Y qué va a explicarle uno, ¿que el venado es la ofrenda mayor? No lo entienden. Nos apresaron a todos los que íbamos de cacería. Nos incautaron las armas y nos entambaron durante nueve horas.

El venado no puede acabarse, es como si se acabara todo, la vida. Puede irse lejos, pero acabarse no. Hoy es más difícil cazarlo, porque los téwaris (los no huicholes) no entienden que hay que seguirlo y alcanzarlo donde sea. Apenas si las autoridades nos aceptan lo del jícuri (peyote), que al fin es parte de nuestra tradición y sólo es una planta que está ahí, esperándonos.

Todo lo que hacemos es caminando, siempre caminando. Al coamil, a las compras, a Mezquitic  para pelear las tierras. Antes iba al mar con mi familia, cargando a los niños, a las cosas. Eran siete días para llegar a Jesús María, veinte para la peregrinación a Real de Catorce. Hoy en día hay caminos, se cruzan camionetas. Por eso creo que los jóvenes ya no saben caminar.

Antonio Candelario, Consejo de Vigilancia de la comunidad wirrárica (huichola) de Tuapurie, Cuescomatitlán Santa Catarina, municipio de Mezquitic, Jalisco, 6 de abril de 1996.

 

 

 

 

IX
EL AMIGO

 

 

virrey se ha aburrido rápidamente del palacio y juega a caballo con las denuncias de Ortiz de Fuenmayor: Que el capitán Caldera ha favorecido a su séquito; que el capitán Caldera es desleal competidor en los beneficios; que el capitán Caldera está moribundo. Los gobernadores otomís de Querétaro no saben nada de dicho capitán y el virrey se pasea por las aguas termales de El Despoblado con la magnificencia de una corte ansiosa de diversión y alcurnia. ¡Qué hastío! Entonces Ortiz, ¿al norte queda algo? Preguntas de rutina, del rutinario deseo de ser conquistador. Juan de Oñate ha descubierto Nuevo México. Respuesta de lacayo. ¿Acaso no hay nada más para mí?

Miguel se incorpora como puede. Necesita hablar con el conde de Monterrey, recomendarle a los capitanes Juan de la Hija y Diego de Huelva, contarle del valor y la lealtad de Pedro de Anda. El bigote entrecano ha crecido durante la enfermedad, cubriéndole el labio ladeado. Lástima que la dicción haya quedado torcida. Se apoya en el espaldar de una silla de nogal. Debo, debo, debo. Da un paso, luego otro. Jamás camino alguno le ha costado tanto. Arrastra el hombro derecho por los muros de adobe y piedra. Llega a las cuadras, escoge los caballos. Pedro Benito lo encuentra ahí. No te vas a ir solo, amigo mío.

El conde de Monterrey visita las ruinas de los presidios que don Martín Enríquez mandó construir, Villamanrique abandonar, y Velasco custodiar. Así que usted es originario de San Felipe, Ortiz. Ganadero, eh. Qué bien, qué bien. Lástima que deba yo volver a México, ahora ya todo es paz.

Miguel se manda construir un bastidor que, amarrado a la silla, le sostenga la espalda mientras cabalga. Me duele, Pedro, pero no me arrepiento. Quizás mi hermana tenía razón y hubiese sido mejor que nuestros pueblos no se tocasen, aunque la verdad es que prefiero haber hecho la paz, al precio que fuera, antes que ganarme el pan con los toques de trompeta. Alonso Hernández siempre ha dicho que eras demasiado soñador para volverte rico. Los dos hombres se ríen y se ven en el mismo camino tan contentos como la primera vez que escoltaron una caravana, la primera noche que se revolcaron con una doncella mexica huida de los carros de su familia. ¿Recuerdas? El perfume de los jazmines sembrados en San Miguel, los cantos de los soldados alrededor de las fogatas. Y sus caras morenas de grandes dientes blancos, sus ojos como una sorpresa. Pedro Benito, si volvieras a nacer, ¿volverías a tirar todo tu dinero en el pozo sin fondo de la paz. ¿Te lo he dicho alguna vez, amigo mío? Sin ti la vida no me habría gustado tanto.

Los caminos convergen en Querétaro. Ortiz vuelve, Pedro Benito y Miguel avanzan lentamente. Ese pobre idiota, dice en una taberna el joven capitán; ninguno de los parroquianos le hace caso. Los pasos de los caballos de los dos amigos no se detienen, a su alrededor niños y mujeres mendigas, prostitutas viejas, ciegos. Que dios te lo pague, graznan cada vez que una moneda les cae en la mano. La prosperidad de las estancias ganaderas necesita de la pobreza de unos cuantos. Los vaqueros sueñan con encontrar su propio Potosí.

El virrey en el palacio revisa las cuentas de la paz. Es un alto servidor real, qué puede hacer para matar tanta aburrición, para agradar al soberano. Ordeno y mando una pesquisa minuciosa de los fondos imperiales. Es necesario ver si se pueden reducir tales gastos, o si pueden eliminarse por completo sin poner en peligro la paz en la tierra.

Miguel está convencido: en México, dirá al conde de Monterrey que le aumente el sueldo a los capitanes protectores, que muchos les dan a sus indios incluso lo que ellos mismos necesitan. Pedro Benito asiente. Ha estado con Francisco Beltrán y su esposa noches enteras velando a los chichimecas durante una epidemia.

El agua brilla al sol en San Juan del Río con la misma alegría que les brindaba el laguito de Zacatecas cuando de muchachos regresaban del desierto con un venado cruzado sobre su silla. Descansemos. Por aquí censé a los tlaxcaltecas, recuerda Miguel: Creo que me trae buena suerte. Voy por vino, ofrece Pedro Benito. Luego se arrepiente: Para qué, mejor durmamos. Sí. Es la última palabra de Miguel. Sus ojos se quedan abiertos sobre el cielo que se tiñe de rojo.

 

 

 

 

A MANERA DE EPÍLOGO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El 19 de julio de 1599, a sólo siete años de la fundación de San Luis del Potosí, una chamana guachichila es acusada de brujería, condenada y ahorcada en el arco de veinticuatro horas. Decepcionada por las promesas de los españoles, tras la muerte de su hija y viendo la situación en que guachichiles y tlaxcaltecas, o sea todos los indios, viven en los barrios de las ciudades españolas, ha derribado los altares de dos iglesias y llamado a sus hermanos y hermanas de sangre a sublevarse y a huir hacia el lugar mítico de La Laguna. Ahí, viviendo según sus antiguas costumbres, los indios recobrarían número, fuerza y libertad.

Miguel Caldera ha muerto dos años antes y su rival, el envidioso Gabriel Ortiz de Fuenmayor, es el Justicia Mayor de San Luis. La manda ahorcar porque teme su llamado y la fuerza de las mujeres entre los antiguos chichimecas, subrayada cuarenta años antes por el cronista y general Gonzalo de las Casas.

Para ese entonces, a los antiguos indómitos chichimecas les estaba destinada una mezcla forzosa para que se domesticasen e ynstruiensen en la vida política y christiana. Para evitarla, eludiendo con ella su desaparición y esclavitud, muchos de ellos se retiraron a los despoblados o a los cerros inaccesibles del norte y de la Sierra del Nayar. Se mezclaron entre sí y aceptaron en su seno a los esclavos africanos que escapaban de las minas, así como a los españoles que huían de la inquisición y el sistema colonial; no obstante mantuvieron sus rasgos culturales dominantes.

Luego la rebelión chichimeca se trasladó al norte. Durango, Nayarit, Sonora, Chihuahua, Arizona fueron los escenarios de una lucha que, según los testimonios de los sobrevivientes de los antiguos chichimecas, pames, jonaces, huicholes, coras y mestizos (sus denigrantes nombres en castellano), no se ha acabado. Hoy en día se manifiesta como reivindicación política de su alteridad en un mundo plural en el que la riqueza, la tierra y la justicia no deben repartirse tan arbitrariamente.

Cuatro siglos de resistencia de Tenamaxtli el caxcán a Jerónimo el apache, cinco mil años de cultura. Antes, durante y después de los españoles, los E’znar, Xi’oiqi, Wirrárika y Nayari se han relacionado con su entorno, del cual sacan a sus dioses. Reclaman que en otra parte, sin que tengan que ver con ello, alguien o algo les está destruyendo las lluvias, las tierras, los truenos, el sol y el cielo. Ahora luchan contra el desastre ecológico.

Huir, esconderse, rebelarse cuando es posible, llenar de tradiciones antiguas la nueva religión, mezclar con las antiguas palabras los conceptos del español, caminar, sembrar, dedicarse a la ganadería, han dado pie a unas vivas culturas indígenas. Nuevas en muchos sentidos, pero de origen y fuerzas tan antiguas que en ellas no se separan conceptualmente las actividades ceremoniales de las físicas.

 

 

 

 

Agradecimientos

 

 

 

 

 

 

Todo libro y éste como cualquiera es fruto de una serie de inspiraciones, ayudas y deducciones. Es a la vez obra de una escritora y de su entorno. Quiero agradecer por lo tanto a algunos de los que me insuflaron y sostuvieron la pasión por Miguel Caldera y su tierra. Primeramente, a Luis de la Torre, amigo, dibujante e historiador de su Querencia. En las interminables sesiones del taller literario del Alfil Negro, desgraciadamente asesinadas por el desarrollo urbano de la Ciudad de México, me convenció que Zacatecas era mucho más que el territorio de mis paseos turísticos predilectos y que sus hijos tenían una historia particular. Inmediatamente después, a dos libros: La guerra chichimeca y Capitán Mestizo del historiador norteamericano Philip Waine Powell. Mientras leía el primero, nació mi bella Helena, que su padre y yo apodamos de inmediato La Guachichila, por su hermosura y su carácter indómito.

Muchas gracias también al Instituto Zacatecano de Cultura, en la persona de su director, Luis Félix Serrano, músico excepcional y maestro, que me ha proporcionado el financiamiento necesario para recorrer durante tres meses el arco de la Gran Chichimeca, del actual estado de Hidalgo a la Sierra del Nayar. Y a mis amigos Eduardo Langagne, Eduardo Mosches y Julio César Javier Quero que apadrinaron el proyecto de la novela.

Finalmente, muchas gracias a quienes me prestaron sus casas, sus orejas, sus lenguas y sus computadoras: entre otros muchos, la comunidad xi’oiqi de Santa María Acapulco; Tere Chávez Montes y Efraín Gutiérrez de la Isla en Zacatecas; Nacho Delgadillo en San Luis Potosí; Roxana Spinolo y Felipe de la Torre en Mezquitic; Cristina Renaud, Aurelio Fuentes, Ignacio de Cerega y el colectivo feminista Chillis Willis -Adela Hernández, Salvador Mendiola y Gloria Hernández- en la Ciudad de México; las autoridades y las familias de Tuapurie, Cuescomatitlán Santa Catarina; y a Carmen Ros que siempre se ha llamado a sí misma Hija de la Gran Chichimeca.

 

 

 

 

Pie de página para puntillosos

 

 

 

 

 

 

El capitán Caldera era muy guapo. Con el resto de la información histórica he jugado a mi antojo. Sé que la migración de familias tlaxcaltecas al norte de la Nueva España se efectuó antes del descubrimiento de las minas del cerro de San Pedro, que nunca nadie se ha puesto de acuerdo si Guaulaname avisó al capitán o a fray Diego de la Magdalena de la presencia del oro en la sierra de Tangamanga, que probablemente María no era caxcana. Asimismo acorté los documentos oficiales y castellanicé las oraciones para insertarlos en cursivas en el texto.

Se desconoce si Hernando Balderas era hijo de una hermana o un hermano de Miguel, por lo tanto Hernanda es la contraparte ficcional de su hermano histórico. La campaña contra los rebeldes de San Andrés sucedió en 1592, dos años antes de la ubicación que yo le doy en la novela. Constanza de Andrada sólo fue una prestamista de los soldados del capitán Cano en Mazapil. Algunos historiadores subrayan el papel positivo de la evangelización franciscana.

Pueden buscar más detalles, insistir en que Miguel Caldera era hijo de una zacateca y no de una guachichila, que María Cid nunca fue buena cocinera y que el entonces capitán general don Luis de Velasco no asistió a la boda de su hija en Colotlán. Sostengan si quieren que Juan de la Torre fue un pésimo marido. Ni ustedes ni yo lo sabemos y ésta es una novela.

 

 

 

 

Índice

 

  1. LA AVENTURA
  2. LA FE

III. LOS HOMBRES

  1. LOS PACTOS
  2. PIRATAS
  3. MINEROS Y MIGRANTES

VII. EL DOLOR

VIII. EL FIN

  1. EL AMIGO

A MANERA DE EPÍLOGO

Agradecimientos

Pie de página para puntillosos

 

Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis 59 años cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tampoco amo mucho las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: he dejado la academia porque ahora no deja pensar con libertad ni escribir con placer

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