Y a propósito del imprescindible n.133 de BLANCO MÓVIL, Desaparecidos, que presentamos en el Centro Cultural Elena Garro

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Desaparecidos, imprescindible n. 133 de Blanco Móvil

 

Hay en el verbo aparecer un no sé qué de aterrador: la aparición es mágica, por ende inesperada, fuera de la capacidad de ser entendida, conlleva cambios en la vida de la persona a la que algo o alguien se le parece y por lo general es aprovechada por las religiones. Su antónimo, construido sobre la misma palabra precedida de des, prefijo de origen latín que significa negación o contrario, es aún más ominoso. Si la aparición de la virgen ha marcado la vida de varios niños en Fátima como en Croacia, la desaparición de hijas, hijos, amigas y maestros ha marcado la vida de generaciones enteras en diversos lugares del mundo, hoy precisamente en México.

Las guerras de cifras acompañan el horror. La tendencia de dar a la baja la muerte y desaparición de los propios enemigos o aliados es un instrumento que casi siempre devela de qué lado está el portavoz de la cifra. Así hoy en México el gobierno y los medios de prensa afines afirman que hay 27 659 personas desaparecidas en el territorio nacional, mientras las madres de las y los migrantes que recorren el país año tras año en busca de sus hijos hablan de aproximadamente 80 000 migrantes eclipsados en el territorio nacional, las organizaciones de familiares de desaparecidos denuncian decenas de miles y hay quien rumora que la misma Cruz Roja Internacional, de forma extraoficial, sostiene que en México han desaparecido más de 300 000 personas en los últimos 10 años. Yo nunca olvido la valentía de las madres de las mujeres secuestradas, desaparecidas, torturadas y asesinadas en Ciudad Juárez, quienes en 1993 pusieron por primera vez el dedo en la llaga de las desapariciones de personas al mencionar que por cada mujer víctima de feminicidio había 8 más de las que no se conocía el paradero. La cifra enorme de la violencia feminicida, es reflejo de la cifra enorme del ocultamiento de la verdad con respecto al destino de las personas.

Junto con el muchacho comerciante que habla con su mamá por celular mientras recorre una carretera en Coahuila y de repente no responde más a las palabras de la madre y nunca más lo hará por años y años, desaparecen en México especies animales, derechos consagrados, medicinas en los hospitales públicos, monumentos arquitectónicos de barrios devorados por la empresa edilicia, editoriales que se la juegan por un autor o autora desconocida aún, eso es posibilidades y recuerdos que construyen la memoria personal y colectiva de una nación que otrora estuvo abierta a la solidaridad hacia quienes sufrían las consecuencias de políticas siniestras. ¿Dónde ha quedado el México que acogía a las pintoras surrealistas? ¿Dónde la nación que alimentaba a los niños huérfanos de la guerra civil española?

Desaparecidos, el número 133 de Blanco Móvil, apela a muchas formas de la memoria y el derecho a la vida, a lo que no quiere apagarse y lo que se resiste a la constatación de la impermanencia de las imágenes y personas que tocan nuestra conciencia. Coordinado por Cynthia Pech, este número de nuestra revista apela al recuerdo, al des-olvido, y al hacerlo no sólo mantiene la dignidad humana sino engendra la narración como forma de escritura y oralidad que permite el conocimiento de una historia. Es poesía épica, como el Lamento por la vida de David, de Mercedes Alvarado, que sostiene la imposibilidad de llorar la muerte de quien no ha muerto, de quien nadie ha dicho que ha muerto, de quien se adueña del silencio de la casa, de quien no ha encontrado el tiempo de volver. Es denuncia política del sistema económico que transforma cualquier acto en la oportunidad de mayores ganancias para los más ricos del mundo, avasallando el último resquicio de ética de los sectores medios, como en la irónica narración  de La Liga de los Muertos Extraordinarios de Gerardo Amancio. Es la poesía civil de Juan Domingo Argüelles y su país de pesadilla. Son los estudiantes de Ayotzinapa de Coral Bracho y David Huerta.  Tanto como el tiempo desaparecido de Marcela London, quien añora a la niña que alimentaba a los pájaros, el cuerpo yerto y limpio de carnes que evoca Margarita Drago al hablar del mar mancillado por los vuelos de la muerte, la fecha de un día cualquiera, cotidiano, caminado, donde los instantes del pasado se pierden y la hija pequeña que se lleva de la mano permite captar el tiempo perdido con las hijas mayores, evocado por Rubén Don.

Han desaparecido los derechos laborales tanto como los periódicos impresos, los antes de nuestra vida, como cuando el agua no costaba, que Adolfo Castañón enumera con la fuerza de la voz poética: entre paréntesis nos dice que cuando todos los días son los mismos muertos, recordamos que éramos tan felices cuándo usábamos “las muertas” como título de novela. Al desaparecer, las personas, las imágenes, las construcciones de un esfuerzo colectivo, los árboles y los jaguares sangran y el aullido que nos despierta su ausencia nos desgarra hasta la ropa. Por ello Jorge Boccanera enumera preguntas violentas como: “Quién cubrió sus nombres con escombro y navaja creyendo en la inmortalidad del albardán histrión bufo risible de todo lo obediente?”.

José Ángel Leyva, el solidario poeta duranguenses, el enamorado del verso amigo, con sus odas a la joven que descendió del autobús en Ciudad Juárez y fue tragada por la tierra, y a los migrantes que “no estuvieron aquí camino al otro lado”, que “nunca pasaron por aquí” porque “hay peregrinos que dejan de existir para no ser prisioneros”, hizo que al leerlo se me cerrara la garganta con un nudo de dolor y emoción. Algo que hace unas semanas me sucedió en el Museo de la Memoria Indómita cuando me perdí entre las decenas y decenas de zapatos de madres, hermanos, padres, hijas, familiares de personas que en todos los rincones de México no cejan en la búsqueda de sus hijas desaparecidas y sus hermanos sustraídos por la nada. Alfredo López Casanova, el escultor y activista, en efecto ha grabado las suelas de los calzados corroídos por la búsqueda, imprimiendo en ellos las historias de amores y esperanzas que alimentan la resistencia de quien en México exige a la vida un mundo donde caminar por las calles no sea sinónimo de peligro.  Entre las hojas impresas en verde, color de la esperanza de encontrarlos con vida, y los zapatos de sus madres, me sentí como en el maso adormilado que llora las estrellas que heredó en los poblados yaqui, en el cañón donde es preferible arrojarse antes que caer prisioneros que la memoria Vicam enaltece a través de los versos de Juan Manz Alaniz.

Si vivir sin dolor es imposible, que el silencio de la pesadilla se rompa en historias e imágenes, con sus solidaridades y sentires compartidos, para permitirnos saber, como humanidad consciente, que la desaparición no es un destino impostergable. Un futuro de paz también nace de las letras comprometidas con las emociones que regresan cada noche y que con Blanca Pulido deseamos no sean más como los árboles talados, sino como la fortaleza del bosque.

 

Francesca Gargallo Celentani

Ciudad de México, 2 de junio de 2016

Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis 59 años cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tampoco amo mucho las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: he dejado la academia porque ahora no deja pensar con libertad ni escribir con placer

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