De mi amigo Juan Antonio Rosado: su opinión de LOS EXTRAÑOS DE LA PLANTA BAJA

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LA OTREDAD DE LA PLANTA BAJA

SEGÚN GIOVANNA LANDOLINA

 

Juan Antonio Rosado*

 

 

Lo extraño, lo extranjero, lo otro, la otredad, lo ajeno, lo distinto… casi siempre resultan ser el enemigo. Tolerarlo implica soportarlo, mas no respetarlo. En unas ocasiones, nos enfrentamos a ello por necesidad; un ejemplo: los viajes. Así se inicia Los extraños de la planta baja, de Francesca Gargallo, quien nos presenta —nombrándolos— a un conjunto de “mentirosos compulsivos”.  La narradora se remonta a la Argentina de 1944, con un microrrelato  sobre el elefante que le ganó el abuelo a un cirquero en una apuesta, texto que funciona como unidad. De repente, leer esta obra es como entrar en una galería donde cada sección aparece como imagen completa, dinámica, que narra cierta secuencia familiar, experiencia interior o urbana, algún ideal no cumplido, o anécdota terrible e impredecible. Quien le otorga unidad a todos los elementos es Giovanna Landolina, la narradora-protagonista y testigo a la vez. El viaje, por consiguiente, se dirige hacia el interior. Introspecciones y retrospecciones recrean dolorosos pasados, muertes en cascada de amigos y conocidos, masacres contra los otros, injusticia… En fin, la gente como enemiga del poder autoritario.

El yo se descubre e interpreta, narra y describe desde su punto de vista, sea producto de la emotividad, de la razón, de la vacua generalización, de la ansiedad, indignación, inquietud o idealización. Lo anterior es común en géneros autobiográficos como memorias o diarios íntimos, donde la primera persona gramatical fortalece la subjetividad, a menudo en detrimento de otros puntos de vista. Se trata, en definitiva, de  una novela monológica e intensa en su profundización del yo, pero también del otro a través de la mirada del yo.

Los temas van desde la violencia de la guerra hasta las actuales guerras calladas y callejeras, o las guerrillas de idealistas, o el peso siniestro del neoliberalismo, o la exhibición de la vida cultural de otros tiempos, con sus personajes mitificados o desmitificados. Francesca Gargallo emplea los recursos descriptivos con mesura, a fin de que sus personajes, atmósferas, secuencias y situaciones encarnen, cobren vida, y no sean como tantos personajes acartonados que son sólo su nombre porque los malos escritores que los trazan justifican su mediocridad o falta de talento diciendo que no describen porque quieren “dejarle todo a la imaginación del lector”, cuando en el fondo revelan su propia carencia de imaginación. Habría que decirles a esos autores que cualquier puede narrar, y que en el Ministerio Público hay excelentes narraciones, pero no cualquiera podría convertirlas en obras de arte literarias. A veces, con pocas pinceladas, con el simple tono y ritmo que implican la sintaxis y el léxico, Gargallo nos muestra un carácter o una imagen tan completa como intensa, que se dirige a los sentidos y dispara emociones. Para ejemplificar lo anterior, cito la siguiente secuencia enumerativa:

Entonces yo olvidé que una semana antes dos policías miserables, de esos de chamarra de cuero negro y lentes oscuros, se habían regodeado al mirar detenidamente mi cara cuando, uno tras otro, abrieron los cajones metálicos que contenían los cadáveres de mendigos aplastados por autos veloces, muchachos asesinados con cuatro perforaciones de bala, albañiles accidentados, víctimas de rituales satánicos, antes de presentarme su cuerpo muerto con una tarjeta atada al dedo gordo del pie izquierdo y abierto en canal por el tajo de la autopsia.

 

El muerto es Simón, uno de los más persistentes objetos de la mirada de Giovanna. Él aparece cerca de la muerte, con sus historias y, sobre todo, con su amistad. También aparece la hondureña Malicia, como le llama Simón, algo desdibujada porque el punto de vista es el de Giovanna. Sin embargo, Malicia conserva el sentido irónico en su —en apariencia—  apelativo alegórico.

La violencia es recurrente, cíclica, incluso en el interior de los personajes, como cuando la protagonista afirma: “Quería morir, porque en realidad quería vivir otra vida”. Ella sufrió miedo por la autoritaria figura paterna, trauma del que no se deshace, a pesar del ritmo del oleaje catártico de palabras y frases que la atrapa y nos atrapa en emociones e ideales truncados. Como se trata de una obra monológica y no polifónica, nada puede reprochársele a esta especie de autobiografía, pero es factible analizar la personalidad de la protagonista, quien llega a interpretar el supuesto código compartido por “todos” los varones: según ella, el respeto de la “común masculinidad”. Este juicio proviene de una deducción emanada de las circunstancias de Giovanna. Siempre somos, como diría el filósofo español, nosotros y nuestras circunstancias. Un ejemplo claro es la siguiente proposición provocativa, y si lo es, se debe a que resulta unilateral e incluso infantil, aunque se haga pasar por general. Cito: “La solidaridad masculina es misógina y se sostiene sobre la necesidad constante de justificar como natural y válida cualquier acción de un hombre”. Bastaría enlistar cierta cantidad de excepciones para derrumbar tal proposición general, y también debe recordarse que el machismo y la misoginia suelen ser impulsados desde la infancia por la propia madre sometida, que es justamente la circunstancia en que vivió la madre de Giovanna. En la realidad no siempre ocurre de esa manera: no todos los hombres padecemos de dicha “solidaridad”. Como dice el refrán: “Cada quien habla como le va en la feria”. El personaje central padece a veces de lo mismo que la mayoría de los críticos: parten de un puñado de casos particulares para sostener una proposición general que, sin embargo, sólo se adecua a dichos casos. Es comprensible dicha actitud de Giovanna contra lo que ella se figura como “lo masculino”, debido a la violencia que sufrió en la infancia por parte de su padre, y al sometimiento de la madre. Lo esencial es que se trata de un personaje convincente, porque la autora le otorgó dimensiones históricas y sicológicas. La interpretación de Giovanna —portadora de la visión general, la que nos otorga el panorama de los hechos— llega al extremo cuando un hombre se enamora de una feminista. Este ser afortunado se abstiene de la complicidad con otros de su mismo sexo sólo por serlos. La visión reduccionista sobre los hombres por parte de la profesora Giovanna es clara y se resume en la frase: “En el fondo todos [los hombres] son como mi padre”. Por fortuna, después matiza su juicio: “casi todos, algunos, en fin, casi ninguno”. Esta última frase aleja a la mujer de la proposición general y la vuelve más humana. La maestra llega también a referirse a “la estupidez” de los compañeros masculinos. Para que dejen de serlo, al parecer deben ser ungidos por la certera e irrefutable inteligencia feminista. Tal es la posición que se infiere tras leer la obra. Hay otra frase significativa: “entre hombres se entienden”. Pero literariamente el personaje es convincente. Predomina su visión; su largo monólogo es centro rector del mundo representado. El gineceo mismo tiene una lectura alegórica: dicho espacio —gobernado por mujeres— implica paz y serenidad, sin importar el hacinamiento. Cito: “El gineceo nos protege de las represalias contra los sindicatos, de los golpes de estado en Honduras, de las masacres de migrantes indocumentados en la frontera México y Estados Unidos”. La palabra gineceo se resignifica y adquiere resonancias de seguridad y placidez: ¿microutopía feminista?

Simón, el único personaje masculino delineado desde diversas ópticas por Giovanna, a pesar de las sonoridades independentistas de su apelativo, resulta física y mentalmente débil; es alcohólico e impulsivo, poco racional, aunque capaz de serlo. Tal vez sólo el abuelo sea el único hombre rescatado, y quizá también el Caderón, aunque lo conocemos poco, pese a que fue narrador relevo en un par de páginas, y pese a que gracias a él conocemos el nombre de la protagonista.

La obra me deja con muchos motivos de reflexión y esto se agradece. Siempre he estado convencido de que debe morir, de una vez por todas, la supremacía de lo masculino, pero sólo en la misma medida en que debe morir (o nunca nacer) la supremacía de todo lo demás. No se trata de sustituir un logos por otro, sino de eliminar el logocentrismo, de dejar a un lado traumas, sean paternales o maternales, y ponerse a trabajar en un humanismo de la otredad, que por supuesto empezaría con una revisión crítica del humanismo tradicional a partir de Erasmo y Moro. En este sentido, para mí no se trata de erigir al feminismo, al indigenismo, al regionalismo o a la postura homosexual en nuevos logos sociales o políticos. Por ello, el humanismo de la otredad se remontaría históricamente al cruel asesinato de Hipatia y a la quema de brujas, pasando por las múltiples persecuciones contra el otro. Este humanismo bebería de las raíces teóricas del jainismo, en particular de la doctrina Anekantebada, que postula la no-violencia y la ausencia de una verdad única, pero también de la filosofía materialista Lokayata, del taoísmo, de Spinoza, Nietzsche, Bataille, Emmanuel Levinas, Karlheinz Deschner, Foucault, Todorov, Enrique Dussel  y la heterología en general; de la historia de la vida privada y de las mujeres; de lo mejor y más lúcido del feminismo, indigenismo, regionalismo, negrismo y marxismo; de Jacques Lacan y Maurice Blanchot; del filósofo y economista bengalí Amartya Sen; de la “ecosofía” o ecología profunda (y no la ecología tradicional, que mantiene la visión antropocéntrica), así como de la filosofía y teología de la liberación, siempre y cuando esta última ni siquiera intente ungirnos con la idea de su dios como logos. Ya basta de logocentrismos. Tampoco me interesa el Sogol que evoca Doufour en su libro Locura y democracia.

Independientemente de las cuestiones sexuales o sexistas, un aspecto esencial de Los extraños de la planta baja es su función crítica, la denuncia contra el machismo, el autoritarismo, la policía protectora de asesinos, la prensa sensacionalista y la misoginia del sistema de justicia. También denuncia el sistema educativo privado, el asesinato de travestis, la discriminación de jotos y la violencia contra marimachas. Es un clamor por la inclusión del otro, de la otredad en un lugar donde —cito— “nadie respeta la abundancia de pocas ahí donde todas no tienen nada”. La experiencia centroamericana, llena de genocidio y catástrofes, constituye una parte fundamental de dicho clamor.

Y más allá de la cuestión sexual, la racial me parece medular y se cifra en la siguiente frase: “Descubrir el racismo que te beneficia es seguramente otra cosa que descubrirlo por la discriminación, pero de todos modos no es placentero para quien lo desea erradicar en todas sus formas”. De esa frase podría salir un ensayo.

La autora plasma la otredad. Más que feminista o indigenista, más que reducirla a eso, yo la quisiera percibir —toda proporción guardada— como percibo a Jorge Icaza, Rosario Castellanos, José María Arguedas, Federico García Lorca, Víctor Jara o Eduardo Galeano, es decir, como a una humanista de la otredad, cuya preocupación no es sólo la condición femenina en una sociedad patriarcal y machista, sino también lo que suele ser el otro en dicha sociedad conservadora, llámese homosexual, travesti, inválido, negro, indígena, mujer, anciano, guerrillero, indigente, judío, ateo, albañil accidentado, palestino, mendigo atropellado, gitano, agnóstico, pobre, perseguido, inmigrante, gaucho o llanero discriminado, y también naturaleza y animales… Rosalba Campra hablaba de los arquetipos de la marginalidad. Algunos sufren violencia familiar; otros, violencia política, religiosa o militar. Todo poder implica violencia, porque sólo así puede mantenerse. Ni feminista ni indigenista ni revolucionaria, sino todo eso al mismo tiempo, resumido en la frase humanista de la otredad, porque el autor de la otredad escribe sobre quienes sufren el poder opresivo o discriminatorio y la violencia que implica, y un hombre puede sufrirlo en manos de una mujer. Un autor de la otredad jamás defendería a un indígena violador sólo por su raza, como tampoco justificaría a una madre que golpea a sus hijos, o a una intransigente “feminazi” sólo porque es mujer. Puede explicar su comportamiento, pero no justificarlo. El término “feminismo” además proviene de femina, palabra despectiva inventada por los primeros cristianos (hombres) para designar a un ser (la mujer) con menos fe (fe-minus) que el hombre. De esa palabra (femina) proviene el español “hembra”, y llegó a sustituir al clásico vocablo “mulier” (mujer), de signo positivo o neutral.

Pero feminismo, indigenismo o negrismo son actividades necesarias en nuestro ámbito, aunque especializadas y a veces reduccionistas. El humanismo de la otredad las contempla y abarca mucho más que los aspectos sexuales, hormonales, traumáticos, raciales, étnicos o de edad. A muchos se nos olvida, además, que el machismo es en gran medida invención de las madres que educan a sus hijos varones de ese modo, para que sean machos. En gran parte se trata de una cuestión cultural, más que hormonal o sexual. También se nos olvida que hay mujeres tan (o incluso más) celosas que muchos hombres, y que también padecen del deseo irrefrenable de controlar al otro. Yo he padecido a mujeres de este tipo. ¿Y quién no recuerda a la Mataviejitas, célebre asesina serial? ¿Quién no recuerda a las hermanitas Valenzuela, conocidas como las Poquianchis, que hicieron trata de blancas durante más de 20 años con la complicidad de las autoridades y con el solo fin de enriquecerse y explayar su sadismo?

Más allá de su tesis feminista, Los extraños de la planta baja nos otorga una visión personal, subjetiva, y allí radica su valor. Es una obra semiautobiográfica en que son identificables diversas situaciones reales; obra que nos muestra un mundo donde es difícil desafiar las “reglas del miedo impuesto”, pero también a una Guatemala como país del eterno genocidio o a los encajuelados “al mejor estilo mexicano”.

Acaso la palabra clave de esta novela sea la palabra “huella”, que sintetiza la continuidad y el cambio. Hay una o muchas historias detrás la huella que deja la narradora, pero su permanencia se nutre del espacio: allí está siempre, recordándonos el tiempo y la persistencia de sus desastres. La huella es la identidad: la huella que alguien imprime en la espalda del asesino, como en la película de Fritz Lang; la huella de los ismos reduccionistas y también de la otredad perenne; la huella de la hondureña Malicia y la del sol; la huella de la violencia y la conciliación.

Para concluir, cito un breve texto que escribí hace ya tiempo, pero que considero pertinente: “Todo tipo de discriminación (contra los ateos o personas de otras religiones en un país de católicos hipócritas que le tienen miedo a lo que sería un orgullo: la excomunión; contra los homosexuales en un país de machos y gays de clóset capaces de darle la espalda a su amante frente a su mujer de adorno; contra los izquierdistas en un reino de recalcitrante y podrida ultraderecha, con cada vez menos oportunidades y una creciente depauperación; contra las mujeres en un país de misóginos que las controlan, suprimen su libertad y las convierten en menores de edad desde que nacen hasta que mueren; contra los minusválidos cuando se les quita espacios y oportunidades, y se les humilla por su condición; contra los drogadictos al confundirlos con negociantes y privarlos de la libertad en lugar de encontrar vías para sacarlos del hoyo; contra los indígenas cuando sólo se admira su pasado prehispánico y se olvida su presente de explotación…). Toda discriminación —como decía— en el fondo no es sino producto del mismo miedo a lo largo de la historia: el miedo al otro, a la otredad, a lo que no somos y no cuadra con la sociedad consumista-cristiana-patriarcal-masculina. EL otro es el enemigo de esa sociedad, y ese miedo siempre lo excluye, lo segrega, lo encarcela y a menudo lo mata, lo suprime de una vez por todas, para que prevalezca una sola visión, y la sociedad  —aparentemente   cohesionada—  pueda   ser   más controlable por el Poder (eclesiástico, político, económico, militar, jurídico, cultural…)”.

Gracias por su atención.

* Narrador y ensayista. Doctor en Letras por la UNAM. Autor de la novela El cerco, del libro de cuentos Las dulzuras del limbo, y de diversos libros de ensayos, entre los cuales cabe mencionar El engaño colorido; Erotismo y misticismo; Bandidos, héroes y corruptos o nunca es bueno robar una miseria; Juego y revolución, y Cómo argumentar. Pronto aparecerán sus libros Avatares literarios en México y Grandezas de Liliput. Fue dos veces becario del Fonca y Premio de ensayo Juan García Ponce. Ha participado en varios proyectos de investigación; el último fue una edición crítica y anotada de Clemencia y El Zarco, de Ignacio Manuel Altamirano.

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Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis 59 años cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tampoco amo mucho las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: he dejado la academia porque ahora no deja pensar con libertad ni escribir con placer

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