Plan Campesino con solteras. Novela completa

Estándar

 

Plan campesino con solteras

 

 

 

Francesca Gargallo Celentani

 

 

Para Armín Reimers, el médico de mi salud.

Para mi tía Lía Laganopoulos, la química, que me enseñó el valor del agua y las semillas, de la comunicación y la memoria.

Para mi madre la bióloga, por supuesto.

 

 

 

 

 

Mentira que todos mueren.

Duermen, maduran lentamente.

Sólo hay una verdad sobre la tierra:

la semilla.

 

Enriqueta Ochoa, Bajo el oro pequeño de los trigos

 

 

 

 

 

 

 

No hay experiencia más silenciosa que manejar por la mañana, cuando la luz se asoma al interior de un auto que corre. La noche recién pasada es apenas una sensación pastosa en la boca y los demás tienen la consistencia de los caracteres azules del tablero que brilla fosforescente en la madrugada opaca. 7.09 a.m. 13/6/2001 16° 130kmxh. Medio tanque de gasolina, el radiador y el aceite del motor sin problemas. También es azul la direccional y titila. Las cuatro pasajeras miran hacia adelante, el hombre conduce, ninguna expresión en los rostros, como si nadie estuviera realmente despierto.

Las montañas, el auto, la curvas. Los números en el tablero parpadean. 7.47 13/6/2001 18°.  Al salir de un barranco, aflora el calor y un tono amarillo, enceguecedor, borra el centelleo de las cifras azules. Las curvas siguen sobreviniendo.

Un árbol a la izquierda,  despuntan de un montículo los órganos a la derecha. Finalmente, la recta de tierra roja. Al fondo, la corpulencia del convento de Yanhuitlán. El pie de quien conduce pisa a fondo el acelerador. Los cantos expuestos, inermes, del templo parecen estarle llamando.

Separadas de su mole de piedra por un jardín polvoriento, las demás construcciones de Yanhuitlán se desdibujan en la oxidada llanura. En la plaza, un almacén recibe de la mañana a la noche a hombres tristes y a mujeres de mandil desgastado. Al tercer trago de mezcal, el único pintor de la ciudad espeta ahí algunas palabras acerca de la creación y la vida. Todos saben que, en realidad, el campanero sube a la torre del convento dominico para doblar a mujer, nueve redobles de campana chica y aguda, o a hombre, siete golpes anchos, muertos.

Se estacionan y descienden. La luz presagia el calor a venir. 8.21 13/6/2001 19°. Cada uno de los tres biólogos del Instituto Nacional de la Nutrición presta atención a un detalle distinto: la soledad de las calles, el color rojizo de las piedras, las bardas de órganos.

Leonor Ruiz divisa a un guerrero tallado, custodio solemne de una acequia mucho más antigua que la catedral; su maestra, el rápido escabullirse en la sombra de los habitantes. Santiago Báez, al pisar la tolvanera blanca que recubre la calle, percibe la inutilidad de su vida impecable y siente por vez primera desde que eligió sostenerse según las pautas de una metódica soltería, el deseo de abrazarse a un cuerpo para que le brinde alguna palpitación.

Con ellos van Dafne Castoriadis y Adriana, la nieta de ocho años de la profesora de biología molecular de plantas. No ha llovido. Es junio y no ha llovido. Las cuatro mujeres y el hombre caminan hacia una alargada construcción de adobe que cierra el lado este del jardín. Dos escopetas apoyadas contra la pared del vestíbulo, un AK47 sobre los cuadernos de la mesa de recepción y el desaliño de los guardias atrincherados al resguardo del sol desentonan con el flamante Range Rover estacionado bajo los arcos del patio trasero.

Suben por una herida escalera de mármol blanco. En el muro de apoyo las cicatrices de balas tienen edades distintas. Detrás de una puerta de mezquite, el presidente municipal está manipulando su celular y gruñe unas cuantas palabras al escuchar el llamado de sus nudillos; no es a ellos a quien espera.

Recibe de mano de la maestra Jacinta Vargas la carta que los acredita como investigadores del Instituto Nacional de la Nutrición y se parapeta detrás de una montaña de papeles. Titubea, reacio a recibirlos e incapaz de negarles explícitamente su ayuda. Mira ora la carta, ora la puerta, y hace un gesto irritado al secretario cuando su rostro aparece entre los batientes.

La periodista griega se desplaza hacia la ventana. El secretario le avisa que está prohibido tomar fotos. La apremia con un gesto brusco a retirarse con sus amigos. Entra con ellos al salón del cabildo a tiempo para escuchar al viejo funcionario sacar a palmadas a tres campesinos vestidos de blanco. Perros, piensa; los está sacando del salón como a perros de un corral. De las vigas cuelgan no sabe si bolsas o nidos de oropéndolas.

Tras una espera silenciosa, durante la cual puertas lejanas se abren y se azotan, el  munícipe les llama nuevamente a su oficina. Que lo disculpen, pero no puede moverse: el deber se lo impide. Jacinta Vargas no ha desatendido su laboratorio para que un burócrata de pueblo la eche de su oficina. Se levanta de la silla y apoya ambas manos en el escritorio del presidente.

– Quisiera recordarle que el nuestro es un proyecto de investigación nacional. ¿Sabe usted a qué se enfrenta por no facilitarnos la información sobre granos para la alimentación y la siembra?

Le tiembla la quijada de la rabia; su voz materializa la autoridad. Hasta las piedras parecen enderezarse. Los batientes de una ventana se azotan por el impulso de un aire repentino. El hombre se ancla a su sillón.

 

Al bajar por la escalinata de mármol, el sol en el cenit. Los policías han embrazado sus armas y vestido chalecos antibalas y botas antes de calarse un pasamontaña negro sobre la cara. Manchas oscuras en el fulgor del día.

Muy pocos campesinos se mueven por los parajes secos del pueblo. Los tres biólogos los siguen con la mirada.  La visita al palacio municipal les ha confirmado algunas dudas y ahora se dirigen a los aldeanos como hacia una deidad necesaria. Santiago y Leonor idolatran, en teoría, la vida del campo; para ellos la niña y la periodista, en el mejor de los casos, son testigos invitados.

Con cada lento paso que dan los biólogos, los campesinos se retraen más hacia el silencio. Se escucha el silbido del viento caliente. Los pasos desplazan el polvo. La boca lo mastica. Jacinta chasquea la lengua y pregunta algo. Los hombres del pueblo se encierran en la lengua mixteca para no contestar en español.

Por detrás de la escena hay ojos de niños que la siguen. Parecen no oír, pero corren a referir lo escuchado a sus madres. Cuando el sol parece aplastar las cosas y sus sombras, las mujeres salen a las ventanas y los patios. Siguen con la vista el desfile de esa tropa ajena que va acercándose como mendigos.

Yanhuitlán ha conocido otros tiempos, muchos otros tiempos desde que fue el gran señorío ñu saavi del valle. Los arcos de las verandas, los árboles polvorientos traen a la memoria jardines, vida, carros… Canceles floridos de hierro forjado se sostienen aún en sus goznes. Junto a unos alambres de púas, hay lienzos de piedras grandes y, luego, muros. En la última vía, de una derruida cerca una mujer de pequeña estatura despide rápidamente a su hijo.

Guadalupe Martínez no tiene edad, sólo un vestido estampado bajo el delantal. Las bolsas repletas de cosas le abultan el vientre. Se acerca a Santiago, el hombre del equipo, y empieza a susurrarle, bajito y de lado, balbuceando como si se enfrentara al cura en un confesionario:

– Vinieron hace cuatro días del gobierno y nos recomendaron no hablar con nadie.

Santiago conoce esa mezcla de lenguaje campesino y burocrático. Son las formas aprendidas de dar respuesta a agentes de la iglesia o del estado: las órdenes se acatan, las bendiciones se reparten y la lengua se formaliza en medio de insultos y palabras sin sentido. La verdad está en los gestos.

Guadalupe orienta sus labios hacia las milpas, los frunce e indica con ellos el campo: – De esto, pues…

Calla, esperando un aliciente. Santiago, a su vez, no sabe qué decir. El silencio se vuelve tan espeso que la mujer retoma su confesión.

– Pero yo voy a hablar, porque a mí me da vergüenza lo que ha sucedido.

Dice que le angustia la milpa. Sus mazorcas se han vuelto raras. Todas de granos iguales, redondos, todas de treinta y seis  hileras.

– No resisten la sequía, se chupan refeo.

De repente, se le escapa un sollozo y empieza a hablar llorando. – Y ya no se mantienen buenas de cosecha a cosecha. Y se llenan de gorgojo a los tres meses. Y a su alrededor no crecen quelites ni hierbitas. Y en épocas de lluvia, ni un huitlacoche. Y, y, y…

Guadalupe se seca la nariz con el dorso de la mano. La tierra devastada es a la vez su semblante y su trabajo. Suspira antes de decir que ha oído que allá arriba  – vuelve a levantar la boca y fruncir los labios para indicar un punto vago en el horizonte-, allá en la Sierra, está pasando algo parecido. Pero ellos sí lo han denunciado. Ellos, los innombrables, como los enemigos y las esperanzas.

– ¿Es verdad?

Pregunta retórica; Guadalupe no espera una respuesta para proseguir con su jaculatoria de pecados y explicaciones.

– De haber sabido, no habría sembrado los granos de la tienda del gobierno…  Si alguien me hubiera descreído de que ese maicito no sólo era bien rendidor, eso no habría pasado. El maíz es como nosotros, es nuestra carne. Qué vergüenza, Dios mío, qué vergüenza. En la tienda nos engañaron, lo ofendieron y nosotros no supimos defenderlo. Ay, Dios mío, tan bueno que es el maicito. Dios mío, dejamos que lo humillaran.

 

 

 

 

 

Los biólogos son pésimos sociólogos, Santiago se siente perdido ante esa revelación. La periodista interviene. ¿Podría contarnos más? Algo en esos acentos parece removerle los vagos temores que la han llevado hasta México.

Doña Guadalupe pasito a pasito los conduce hacia una casa de piedra; flores y plantas de adorno cuelgan de las ventanucas y del techo. – Entren, entren. Sírvanse.

Les ofrece tortillas y frijoles. Insiste al punto que cualquier rechazo sería una afrenta. Una vez que los ha sentado a su mesa, les propone llevarlos a la milpa. Con ellos irán sus hijos, dos muchachos fuertes. – Todavía hay luz, verán lo que les digo… Todos asienten, sólo el más pequeño de sus hijos se enconcha cuando Adriana intenta jugar con él.

 

De los ranchos, conforme los ven pasar, salen mujeres gordas, enclenques, viudas de migrantes muertos al intentar cruzar el desierto y las vallas de la frontera norte, viejas que han sufrido golpes en cada borrachera de su hombre. Muchas mujeres solas, algunas más seguras que otras.

– Tuvimos exceso de incultura, ahora no queremos guardarnos la ignorancia- suspira una de ellas, Olga, con el cansancio del trabajo esculpido en el cuerpo. Guadalupe la llama comadre.

El año en que el hielo de diciembre quemó los pocos tallos que habían sobrevivido a la sequía, Olga visitó el cementerio. Se sentó en la tumba de su madre y no se atrevió a hablarle por miedo de que su voz la traicionara. Quería decirle que se iría, que no daba más, que lo dejaría todo. Ya basta de cargar fatigas para nada, para nadie. Pero se quedó sentada tanto tiempo sin proferir palabra que el frío le entumió los dedos. Cuando se masajeó las manos, no pudo soltarse de la tumba de su madre ni abandonar la tierra en que descansaba. Ese año sembró un poco del maíz comprado en la distribuidora nacional de alimentos; no le quedaba un solo grano.

– No fui la única, otros también lo plantaron. Quisimos probar la semilla. Nadie nos dijo que ese maíz no debe sembrarse, porque a nosotros nadie nos dice nada.

Las palabras de Olga provocan pequeños gestos de aprobación. Cada historia es tan semejante a la de su vecina que se las han guardado en el seno como la tristeza por los hijos que se van. Pero de repente llegan unos oídos extraños y esas mujeres silenciosas se apresuran a narrar sus cuitas como si su relato tuviera una urgencia vital. Sus voces rozan la intensidad de un coro de tragedia.

La ronda destapa, denuncia, ratifica que no logran comercializar su maíz blanco. En la tienda encuentran uno a un precio tan bajo que, por momentos, se les quitan las ganas de seguir sembrando. La milpa suave que da quelites en junio y luego, durante seis meses, ejotes, calabazas, espigas, chile y, finalmente, maíz y frijol enlazados, está estirando la pata como la gente, como los motivos para trabajar.

– Yo no sé- levanta finalmente su voz sobre las otras Guadalupe – pero como que al presidente municipal le da alegría que nos muramos de hambre…

Sobreviene el silencio que sigue las confesiones. Solo una voz agrega:

– Y no llueve. Miren el cielo, miren. Junio y ni una nube.

Los biólogos levantan la vista al espacio despejado. Leonor Ruiz recuerda que la traducción de ñuu savi corresponde más o menos a pueblo de las nubes. Ese cielo azul, piensa, ha de serle ajeno.

Cuando Olga retoma la palabra, todas han esperado que alguna lo hiciera. La mujer ha sembrado en la parcela el grano comprado durante varios años. Obtenía una mayor producción y los bichos no se lo comían. Necesitaba más agua, agua que cargaba en cántaros del pueblo a la sementera. Luego se percató de que el maíz estaba raro –bonita la planta, pero los granos no brillaban y eran todos iguales: amarillos y sin sabor. Preguntó por aquí y por allá. Dio por fin con unos serranos que iban a la feria de Huajuapam.

Ellos tienen un laboratorio -dice.

Olga sacude la cabeza para que le crean, sabe que se trata de una cosa enorme: – Un laboratorio de ellos– repite.

Entonces Santiago musita – Sí, lo sé.

Su maestra enarca una ceja.

– En ese laboratorio vieron que el maicito que han cosechado en los últimos años, así como que no es natural aunque nazca de la madre tierra. Y que lo envían a California y que allí le confirman que tiene algo así como… modificaciones.

– Sí, modificaciones dijeron – interviene Guadalupe.

Gestos afirmativos con la cabeza.

– Si nos hubieran avisado que no debíamos sembrar ese maíz, si lo hubieran escrito con letras grandes en las bolsas que distribuyen, esto no estaría sucediendo- vuelve a decir después de un momento Olga.

La voz del coro le hace eco:

– Al maíz esto no se le puede hacer; es como matarnos.

 

 

La oscuridad cubre los sembradíos y las estrellas despuntan en la bóveda. Las campesinas de Yanhuitlán han empujado a los tres biólogos y a la periodista de una milpa a otra. La niña las ha seguido, incapaz de sustraerse al dolor de sus voces. Una fiebre de denuncia posee a las mujeres del pueblo; jalan frente a Jacinta los pelos del elote, rompen sus hojas en la cara de Santiago, prueban la resistencia de los tallos.

Leonor necesita creer que la necesitan. Con sus manos, que pocas veces han trabajado fuera del laboratorio, intenta sentir el calor de la vida subir por los brotes enraizados.

– ¿Cuánto tiempo se tarda en crecer su milpa?, pregunta.

Las mujeres empiezan a confundirse.

– Pues, eso también es raro- dice por fin Guadalupe. – Antes cosechábamos cada nueve meses. Sembrábamos en abril con las primeras lluvias y recogíamos en diciembre, a más tardar en enero. Ahora la mazorca brota cuando el sol está todavía bravo y la quema.

-¿Todas las plantitas crecen al mismo tiempo?- vuelve a preguntar Leonor. – En el camino hemos encontrado mazorcas verdes cuando deberían estar brotando.

Jacinta le sonríe, Santiago da un paso de aprobación hacia su compañera de estudios.

– No. Algunas maduran antes y las otras siguen verdes.

Los investigadores asienten con la cabeza. Nadie los ve.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las mujeres de la mañana emergen de sábanas blancas

Salen plenas de luz del fondo de la sombra

Y llevan una brisa de perfumes

Y de historias cotidianas

 

Yorgos Moleskis, El agua de la memoria

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Otra mañana, principios de mayo. Estaba a tres metros por encima del mar, plano, nuevo como en cada primavera, a punto de que despuntara el alba.

Entonces la ola helada salpicó el pecho de Dafne Castoriadis, mientras una rótula de titanio giraba en su gozne y los batientes de esa cosa con forma de ala de avión que sostenía la vela se cerraban. El catamarán planeaba sobre las aguas a cuarenta nudos por hora. El viento de la velocidad y el gris azulado del aire encarnaban la fiesta de los sentidos, pero ella tenía frío, tenía sueño, se sentía incapaz de cualquier movimiento. En un barco para ganar carreras no hay dónde descansar, y sus fatigados cuarenta y cinco años no deseaban compartir con los muchachos que la rescataron de un bar en Sevilla, el palpitar de la emoción física que los agitaba.

Era una zorra vieja en cuanto a su oficio; detectaba los peligros en el aire y encaraba impávida los acontecimientos más desgarradores. Sin embargo, el vaso de whisky le había temblado en la mano cuando los cinco jóvenes se le acercaron. Levantó los ojos hacia ellos con la bravura de los acorralados. Seis horas antes, un policía de negro había descargado varios golpes de macanas en la cabeza y la espalda de una fotógrafa francesa. Otro guardia había gritado: ¡Ésa, ésa es la puta de los campesinos!, señalándola con su garrote. Cuatro policías más la persiguieron hasta perderla en medio de una multitud atosigada por los gases lacrimógenos.

Había sido una tarde larga y caliente. Hasta hacía muy poco, unas muchachas saltimbanqui bailaban dando vuelta a bolas de fuego; seis jóvenes sobre zancos sostenían una manta; miles de voces coreaban: ¡Otro mundo es posible! Doce campesinos sembraban semillas naturales en un parque. ¡No a los transgénicos, no a los organismos genéticamente modificados, no al salmón frankenstein! Luego la violencia: inesperada, excesiva. Sólo la rapidez del grupo de manifestantes que la rodeó, permitió a Dafne escapar ilesa. El carné de prensa ya no protegía a nadie.

– Tranquila, también somos ecologistas- le dijeron los muchachos en el bar.

Su capitán la había reconocido. Sonrisas, todos hablaban la misma lengua, todos eran muy guapos. Dafne dejó de mirar el fondo ocre de su vaso de whisky como si fuera un pozo secado por el tiempo y las catástrofes. Terminó bailando. Luego se la llevaron a las Baleares; y de ahí, en tres días, de Mallorca a Patras. Días y noches de mar y velas. Para su capitán, Niko Andreakis, ése era el barco del futuro: una esperpéntica red entre dos canoas de cuatro millones de euros. Pura fuerza eólica, fría, limpia. Para Dafne aquello era una pesadilla.

A cada movimiento brusco de ambos cascos, el agua le salpicaba el rostro; los brazos y la piel se le enchinaban. Como Odiseo, se había amarrado del mástil y escuchaba el zumbido del viento y sus recuerdos recientes.

En Sevilla le tocó a ella. Tres meses antes en Toulouse un ejército de policías había descargado su furia contra ecólogos y pacifistas. También en Sacramento y Sídney y Nueva Delhi sus amigos recibieron golpes cada vez más violentos.

Le desesperaba la vastedad del mar a cruzar. Tenía prisa de sentarse a escribir. Esos empresarios y biotecnólogos entusiastas, sordos al reclamo de la realidad del hambre, decían cosas que fascinaban a las revistas de moda, que los alimentos son productos científicos, que la naturaleza ha quedado superada. Sordos a los campesinos furiosos, a los ambientalistas apaleados, las ciudades en paro, los jóvenes sin trabajo, la escandalosa riqueza de los suyos, tan sordos como la rabia sorda que se levanta, masa de pan en una cocina olvidada.

Los muchachos deshicieron el nudo que les permitiría bajar la vela y no estrellarse contra la escollera. Estaban tensos, a merced de la velocidad del viento y de las decisiones de su capitán. Su fuerza mojada se enfrentaba al reto como a una computadora, como a las pesas de su gimnasio, como al éxtasis de su discoteca. Con los músculos dibujados bajo la camiseta empapada de mar y de sudor, de miedo y de gloria, sostenían un cabo. Si uno cedía, los otros perdían las manos. Mil doscientos metros cúbicos de velamen. El peso de la vida en el ángulo de deriva. Finalmente, la maroma en la boa, un enfrenón seco, atracaron.

– Eres la mejor- le dijo Niko Andreakis al abrazarla, rubio, bronceado y vestido de azul.

-No te entiendo, dijo ella. En el muelle, se sostenía de su bolso como de un canasto, asida a una carga en la tierra.

– De veras, eres la mejor; escribe sobre esto: no hemos usado una gota de gasóleo y llegamos más rápido que una lancha del ejército.

– Sí, sí, tu barco es una esperanza- se repuso entonces ella.

Para escaparse de la contundencia de su afirmación, lo abrazó efusivamente y corrió a tomar un taxi.

–  Atenas.

Dada la indicación, se dejó ir en el asiento del Mercedes como en un sillón, durmiéndose al fin.

 

 

Dafne Castoriadis no soñó con su travesía marítima. En sueños atravesaba la tierra reverdecida por las lluvias de abril. Cruzaba por bosques de troncos gruesos y torcidos que llegaban al mar. Y bajo las copas de los olivos, ella sintió las pequeñas hojas apretadas golpearle el rostro. Era placentero y terrible, al principio un recuerdo; y luego, un malestar que nunca había experimentado de niña y que la empujó a estrechar entre los brazos los aceitunos. Fuerte, fuerte como a un abuelo que se queda en la casa, como a un hermano del que te arrancan, “porque el árbol es mío, es mi savia”. Un militar subió por las ramas entre las hojas cada vez más coriáceas. Eran más, muchos soldados más y había gente que lloraba, mujeres vestidas de negro, una familia. Un buldócer tumbó su árbol y ella cayó, cayó.

Nadie se cae en un sueño hasta tocar tierra, dicen que los simios que fuimos perdían el equilibrio en las ramas pero de abatirse al suelo se hubieran muerto. Soñamos el descenso, pero no el porrazo, porque somos los descendientes de los que sobrevivieron a las caídas. Al despertar, Dafne mantuvo los ojos cerrados. El taxista escuchaba las noticias a bajo volumen para no molestarla. Era dueña de una belleza de antigua matrona. Sus hombros anchos estaban cubiertos por una piel suave y aceitunada, que se escapaba del escote torcido del suéter azul. Color de marinera. El hombre ojeaba el asiento trasero, las caderas poderosas y el rostro definido de la mujer. Se sentía compelido a evitar los baches para protegerla, no como a una muñeca, más bien como a la gran señora que, sin saberlo él, se había hecho periodista, una de las pocas enteramente dedicada a cubrir el mundo rural.

Los barcos, el mar cabían apenas en el universo de Dafne. Igual la guerra que andaba por todos lados. Y el rico y desfasado hijo de un armador que la adoptara en Sevilla porque era griega. En un bar: – De manera que eres tú; dicen que no hay otra mejor para escribir de campesinos. Y ella: – No serás amigo de mis hermanos, ¿verdad?

 

 

Dafne intentaba descifrar los cuentos que paso a paso le echaban viejas y niños. Hacía entrevistas y tomaba notas en campiñas y a orillas de los bosques. Preguntaba cosas que hacían suspirar a personas acostumbradas al trabajo y de repente oía narraciones que nadie escuchaba. Por supuesto que después no lograba creerle a ministros, banqueros y directores de la FAO. El trabajo le había brindado noches alumbradas por una lámpara de petróleo y, al reportar, frases épicas de indignación. El periodismo la llevó también a la televisión nacional, donde entrecruzaba las investigaciones sobre el derecho a los policultivos de las culturas campesinas ancestrales con los problemas ecológicos de Europa, que le valieron los títulos de rata anarquista y enemiga del progreso, otorgados por los amigos de sus hermanos.

Despertó del todo.

 

Te hace falta una libra de cinismo, le dijo en una ocasión el director del New York Times.  Dafne sonrió y se cambió de ciudad. Usted es blanca, así que entiende de qué lado le conviene estar, le insinuó en otro momento un joven subsecretario de desarrollo rural de Brasil. También sonrió y echó a andar hasta la frontera con Paraguay y empezó a bajar los ríos del Mato Grosso, las cañadas de selvas desaparecidas, los miles de kilómetros de sembradíos rociados de plaguicidas con su gente adentro, niños que tosen, mujeres guaranís con el bebé cubierto de pústulas en los hombros y la voluntad de no reproducirse en el vientre. Soya, un mar de soya transgénica, un océano con islitas de un maíz tan triste que ni los animales lo comen, maíz para biodiesel, carne para ser quemada. Y de vez en cuando un bosquecillo que no es sino otro cultivo, teca para la industria de los pavimentos de lujo. Durante cinco semanas, devastación adentro, aterrorizada por dormir en cabañas de techos de yerba mala donde el mordisco de una vinchuca inocula el mal de Chagas, por los venenos vertidos en el agua que no tenía cómo dejar de beber, por la lepra de montaña que desde la arena de los campos esterilizados por la sobreproducción ataca los tobillos. Cruzó anchos brazos de agua donde creyó que las pirañas la devorarían. Sollozó desconsolada cuando se le agotaron las pilas, el fuego no se encendió y el rugir de quién sabe qué animal más asustado que ella no la dejó ni dormir ni comer por el pánico. Sin embargo, llegó al fin a un campamento del Movimiento de los Sin Tierra. Algunos campesinos ahí reunidos lucían tan cotidianos y poco heroicos como ella; pero, según todos sus relatos, era infinitamente mejor organizarse en una toma de tierras que volver a vivir con un patrón que se emborrachaba con ellos, cierto, como también era cierto que les dejaba de pagar sin motivo alguno la miseria de salario que les tenía asignado en los campos de soya que según él ya no los necesitaban, que no les permitía irse y que se acostaba con cuanta mujer no deseara morir. Sólo los hombres con poder -aquellos que añoran tenerlo sin límites- pueden creer que todo tiempo pasado fue mejor.

 

 

El taxi cruzó por el canal de Corinto. La ciudad se le vino encima desde orillas del puerto, extendida hasta los tanques de gasolina para los barcos. Un sol tímido amenazaba con estallar una luz invasora. Giraron a la izquierda. Para llegar al centro era indispensable rodear las plazas de la rebelión juvenil. La furia de los despidos, la represión policiaca. Nadie debería actuar creyendo que al quitarle su modo de vida a un pueblo éste se quedará tranquilo.

– A Placa cruzando por  Agya Paraskevi – dijo Dafne; pero el taxista no conocía la ciudad y cientos de estudiantes habían bloqueado la avenida Mesogeion. Escuchó a alguien gritar que la policía en la plaza Syntagma había golpeado a Manolis Glezos. El taxista blasfemó:

– Tiene 90 años nuestro héroe, hijos de puta.

Dafne subió el volumen del radio. Hablaba Mikis Teodorakis: “Estoy a punto de tomar parte en las manifestaciones, junto con Manolis Glezos, el héroe que, en el pasado, arrancó la cruz gamada de la Acrópolis, hecho que marca el comienzo de la resistencia contra Hitler, no sólo en Grecia, sino en toda Europa. Hoy en día, nuestras calles y nuestras plazas serán inundadas con cientos de miles de ciudadanos que van a demostrar su ira contra el gobierno”.

– Defendidos por viejitos, eso es; sólo los viejos saben qué está pasando, insistió el taxista.

Mundo de mierda, pensó Dafne ordenando que acelerara por la subida de la calle Patission para salvar al taxi y al taxista de las molotov: – A su izquierda, rápido.

Luego los callejones de Plaka, aparejados para los turistas como una mesa de boda repetitiva y triste La calma chata de la ignorancia que acompaña el viaje organizado. Dafne guió el taxista por las calles del centro hasta dar con la suya, tranquila, con un arbolito, a pesar de las terrazas de los cafés y los coches estacionados en doble fila.

Por las escaleras, le dolían los hombros. Por suerte no había vecinos a la vista. Cada vez que regresaba a su casa sola, por muy excitante que hubiese sido la calle, volvía a sentir  que el futuro era una mortecina vida sin esperanza, millones de sinsentidos y de furia, de adolescentes que matan a su madre para cobrar el seguro de vida y se convierten en vecinos bulliciosos que preguntan, en el descanso de la escalera, cómo te fue.

Me he convertido en una vieja amargada, se dijo metiendo la llave en la chapa. Sacudió la cabeza: el futuro, carajo, su futuro. Cuando caía en reflexiones circulares, en ese punto preciso del conflicto de su vida, Dafne suspiraba. El futuro. Otra cosa había sido antes. Ahora pensaba en él como en una próxima artritis, fatiga, terror al Alzheimer.

Se dejó caer en el sofá; había abandonado la maleta a un costado de la puerta. Miró sus cuadros uno a uno, sus tesoros. Los había arrastrado de una ciudad a otra hasta volver a instalarse en el corazón de su Atenas. La ciudad que la salvaba de Europa. Caótica, caliente. Y tan familiar como la crema de leche con canela.

Sus cuadros la miraron cada uno con su recuerdo, desde su lugar escogido. Paredes cuyo encalado se veía vivificado por el negro de un cuervo de humo y carbón sobre el fondo al óleo azul con rayas doradas de un cielo nocturno y nórdico; su propio retrato al carboncillo; una pareja gigante, la mujer con alas de polilla, el aire blanco, las siluetas verdes, brindando con conos de volcanes entre agaves.

El gusto se forma a lo largo de los años gracias a la libertad de juicio, le había dicho en una ocasión un crítico de arte al que ella había invitado a tomar una copa después de la cena. Cerró los ojos. El crítico había resultado un fracaso. El sofá, bajo su peso, era mullido; las duelas de madera, con olor a viejo. De noche crujían. Su departamento era un refugio al que siempre quiso renunciar; no tener nada, ser libre de apegos y evocaciones, pero al que volvía con un objeto más, un canasto de Somalia, un arcón español, una olla naranja de esa Mixteca mexicana donde a cada paso sentía latir en la tierra dos mil años de trabajo en barro.

El futuro era volver una y otra vez a ese hogar abrasador en verano, sola como una prófuga, sin motivos para levantarse de su jergón por la mañana. Sola como quien debe inventar cualquier tarea para sentirse viva. Sola como un atleta perdedor en un estadio vacío, como un soldado invasor.

Pensó en los hijos de sus hermanos. No los conocía, nunca siquiera se había cruzado con ellos en la calle. Se los imaginaba según la idea deformada de los hijos de ricos que había construido sobre el recuerdo de su infancia. Sobrinos hermosos, sin derecho de opinión ni libertad alguna. Ya educados a no expresar sus sentimientos, a decir ¡hola tía! como si no les dolieran las muelas o no tuvieran ganas de un chapuzón en el mar fresco que los esperaba a la vuelta del jardín. Niños incapaces hasta de reconocer su propia tristeza. Pero niños al fin, a lo mejor habitados por esperanzas y sueños que llegarían como su hijo de armador a dirigir un barco creyendo que éste es la salvación de la humanidad.

Bello el tal Niko: rubio y, sin embargo, moreno. Perfecto. Perfectamente estúpido. Como un sobrino que apareciera de repente.

Por asociación pasó de los sobrinos a los ecologistas, sus nuevos héroes, y de éstos al recuerdo de su primer amante, en el primer paso de un huir constante hacia lo más lejos de su origen. Ya la dispersión de su mente no tenía freno, sus ideas iban al galope en un caballo desbocado.

 

 

Las mujeres del sur no saben tomar decisiones, le dijo veintisiete años atrás el alemán. Ella sonrió: su forma de asentir y disentir. La sonrisa agrada. Pocas palabras con una sonrisa en la boca: el consejo supremo que su abuela dispensó a todas sus nietas. Así se atrapan a los hombres… así se sienten halagados.

Y si Dafne prefería un restaurante italiano o uno turco, a ella,  quien consideraba la mesa como el lugar de las rencillas, la pérdida de tiempo y las indigestiones, le pareció una pregunta insufrible, a la que no convenía otorgarle más tiempo que un me da igual. Recordó que le molestaba tomar decisiones, la obligaban a desechar y a escoger lo que quizá no convenía, lo ofensor, lo inapropiado. Sonrió nuevamente mientras la respiración se le entrecortaba. El alemán tampoco tomaba decisiones. Demasiado cortés él también. O crítico. O racista: Ustedes, las del sur.

En lugar de tragar duro y hablar, en lugar de poderse dar cuenta de que esa molestia que por momentos se teñía de miedo era cosa del pasado, de cuando las reprimendas de su madre si sus gustos no coincidían, de cuando las bofetadas de su padre, en lugar de todo eso sólo vivió el recuerdo de un general francés, duro, formal e infeliz, que le confesó a su abuela cómo su madre lo había educado desde la primera infancia a comer lo que no le gustaba. Día tras día en su plato se sucedieron sabores aborrecidos, texturas abominables, grasas vomitivas, hasta que la tortura se extinguió y él pudo no sentir nada, sólo su propio deglutir. Cuando se retiró del servicio, a los sesenta y cinco años, pactó unas vacaciones separadas con su esposa, rentó una cabaña en Guyana, se tendió en una hamaca y se dejó morir de inanición, finalmente feliz.

Entonces ella miró al alemán con los ojos secos y la boca cerrada. Se dijo a sí misma que fue una niña enferma de comer, de aquéllas cuya voluntad se quebró también a lo largo de quince larguísimos años con una sola orden perentoria: ¡Come! Pero ella no sabía nada de ese Georg. Había escuchado de boca de la única escritora suiza que llegó a dar una conferencia en su colegio que su abuelo había sido regalado a una campesina rica para que lo hiciera trabajar a cambio de techo y comida. ¿Y si ella era una niña rica del sur y él, un pobre niño del norte? La historia al revés. A lo mejor el alemán tenía hambre, un hambre de siglos, un hambre de campesino amordazado por la nieve, la noche, el aullido del viento.

Me da igual lo que quieras comer, amigo mío, porque de todas formas yo odio sentarme a la mesa para que me sirvan lo que no apetezco. Sólo me gustan las alubias y el chocolate, y eso es algo que no está en los menús italianos y turcos. En realidad no lo dijo; sólo sonrió. Todavía –y durante mucho tiempo más- no podría decir la verdad.

El alemán siguió con sus cavilaciones sobre los motivos que privaban a las mujeres del sur de su capacidad de decisión: padres omnipresentes, sexualidad reprimida, escasez monetaria… Era molesto, un mosquito sabihondo; no obstante, seguía teniendo la gracia de las caras llanas de los hombres del norte, tan sin malicia. Era una elegante niña del sur destinada al matrimonio. Georg tenía razón en eso. No sabía cuánta. Pero no se había escapado el día antes de su boda. Faltaba el pretendiente adecuado y Dafne decidió no esperarlo: tomó el tren.

La grandilocuencia del alemán era imparable:

– Decidir es el único acto que nos revela la libertad, porque la libertad no existe en sí, sólo es cuando un ser humano la hace ser.

Gracias, Georg, quiso decirle Dafne. Sus palabras, pronunciadas con un aire docto, ridículo, de muchacho que quiere sentirse hombre, a ella se le convirtieron en ese mismo instante en la consigna que sostendría sus acciones. Y gracias porque, mientras las pronunciaba, pasó el brazo por encima de su hombro y la hizo sentir, a pesar suyo, inmediatamente protegida.

A la vuelta de la esquina apareció un restaurante. Odiaba más que a todas las demás la cocina española, su pescado omnipresente y hediondo, sus verduras demasiado cocidas, sus inevitables carnes de puerco ahogadas en tres dedos de aceite de oliva frito. Odiaba la carne de puerco, odiaba todas las carnes menos el cordero. Pero el alemán la cobijaba y dirigía con su brazo, le hablaba, le caía bien. Dafne lo escuchaba para sentirse en su aquí y ahora. Como lo hizo cuatro días antes, cuando el tren se paró en medio del campo italiano por una huelga. Entonces escuchó al muchacho rubio que, alelado, miraba la perfecta simetría de los cipreses que recortaban las colinas sembradas de viñedos, decir a otro vecino del compartimiento que iba a Sevilla. Dichos: la cultura de una niña bien se cifra en la estulticia de los refranes, rimas que le han enseñado a falta de conocimientos: Sevilla-maravilla.

– ¿Puedo acompañarte?- preguntó entonces.

– Sólo si tienes el dinero suficiente.

– No he matado a mi abuelita, pero he roto su alcancía.

No se rió como todos sus conocidos por la referencia a la necesidad de heredar. Dafne lo adoró.

Se sentaron a la mesa. Era temprano para España, pero el alemán sentía hambre a las doce y media precisas, y sólo para agradar a su nueva amiga se esperaba media hora antes de preguntarle qué quería comer. Tus pasos, le dijo Dafne el primer día. Georg entendió que tenían muchas dificultades para comunicar al cruzar tres idiomas: el suyo, el griego de Dafne y el español que usaban como lengua franca.

Frente a ellos, un mesero mal encarado acababa de ponerse el saco negro de servicio. Hacía calor. Zumbaban un par de moscas. Georg esperaba que Dafne terminara de ordenar. Ella desde la mañana estaba ansiosa. Una ansiedad de nada, sólo una desesperación por un sentir innombrable, un deseo sin objeto que le cortaba la respiración. No se sentía atenta con su compañero de viaje.

– Pide algo- dijo el alemán.

– Un café y una natilla- solicitó entonces.

Había leído la palabra en una novela colombiana. Natilla: un término flotante pero denso, ligero y no obstante pesado.

– Esto no es una cafetería, joder.

La voz del mesero se había levantado unos decibeles por encima de la decencia. El hombre se balanceaba sobre sus piernas. Obviamente su trabajo no le gustaba. Dafne lo miró con irritación.

– La natilla está en la carta- insistió.

– ¿Es que no va a comer nada?- La voz del mesero subió nuevamente de tono.

– Las natillas se comen.

– La gracia que me hace trabajar por un duro.

– ¿Y por qué putas me has de gritar?- bramó entonces Dafne con una voz de rabia que se desconocía a sí misma.

– No levante la voz.

– Yo levanto lo que se me viene en gana.

Subió el plato por encima de su cabeza y lo estrelló al piso. Salió dejando a los dos hombres con la boca abierta y su bolsa, con su pasaporte y su dinero, en el respaldo de la silla de Georg.

Desde la madrugada siguiente, caminaría por tres semanas, pero esa tarde se quedó dando vueltas por Sevilla. Luego, como los maleantes de poca monta, nunca entraría en las ciudades. Las veía desde lejos y empezaba a rodearlas. Si entonces se topaba con una autopista se sentía perdida. Toda la vida, las autopistas seguirían produciéndole esa misma sensación de desperdicio y desdén. La imposición de lo brutalmente nuevo sobre la vida, la antigua vida que late y puede morir bajo seis carriles de asfalto. Tampoco sabía si irse a la derecha o a la izquierda para encontrar un puente por dónde cruzar y el esfuerzo de tomar esa decisión la agotaba hasta obligarla a dormirse bajo un árbol. Se figuraba que iba rumbo al norte, porque hacia el sur ya habría encontrado el mar. De todas formas no iba a ninguna parte, sólo iba.

Georg la encontró antes de que saliera de Sevilla. La honestidad es una virtud nórdica; por ello, no pudo quedarse con sus cosas. Y la curiosidad por esa mujer de color aceitunado, suave y, sin embargo, resuelta como un condenado a muerte, se le había metido bajo la piel: indiscreción, atracción creciente o una brutal necesidad de serle al mismo tiempo leal y de que ella le pidiera una disculpa. Por eso no pudo entregar su bolso a la policía.

La halló recién bañada. Dafne conservaba esa forma de caminar y mirar de las niñas de buena familia por la cual ningún portero de un club se atrevería a pedirle la credencial de socia. Así se había deslizado en las regaderas del gimnasio de la sociedad de polo. Tras una larga ducha fría, se arregló la ropa con las manos y se peinó. En la terraza del bar, pidió un gin and tonic a un mesero afable, y sonrió a dos señoras que le devolvieron el saludo intentando recordar dónde la habían conocido.

Por la noche, se sentó en las gradas de una fuente de mármol; en el aire cobraba aliento un perfume de jazmín, y la brisa erizaba la superficie plana de un espejo de agua. Sintió llegar a Georg sin necesidad de darse la vuelta.  La discreción es otra virtud del norte, fue Dafne quien lo increpó:

– ¿Qué quieres saber?

En esa ocasión Georg respondió como ella:

– Lo que quieras decirme.

Él habló más que la mujer. Ella tenía un hambre de saber infinita. ¿Cómo se vive con un salario? Pues, si lo tienes no tan mal. Pero ¿cómo? Pues, como todos. ¿Todos? Ay, amigo mío, yo vengo de un mundo donde el dinero o se hereda o se hurta o se obtiene vendiendo. Primero las sobras, departamentos en barrios pobres, una hectárea reseca, luego poco a poco todo, tu hija, tu finca, tu honor, pero trabajar… ah, eso no, eso no es para la gente decente. Georg la miraba con los ojos abiertos; empezó a admirarla, a amarla, a compadecerla. Dafne se guardó casi todos los ejemplos en el pecho; eran tantos y, a la vez, tan poca cosa para entender. Lo fue abrazando. Desde afuera hasta adentro.

Más noche, Georg le preguntó por qué no le había dicho que era virgen, que él no podía imaginárselo. Dafne quiso preguntarle por qué no podía, pero sólo sonrió y dijo que no tenía la menor importancia. Cuando la luna hubo terminado de cruzar la bóveda celeste y la oscuridad se hizo densa, despertó con la idea de inscribirse en la universidad y buscar trabajo. El alemán roncaba suavemente, como un gato que ronronea. Su barbarie rubia se veía hermosa en la vulnerabilidad del sueño; sus manos fuertes agarraban la almohada como Odiseo tuvo que aferrarse al talle de Nausica, a la vez necesitado, inerme y satisfecho. Dafne cerró sus ojos frente a tanta belleza. Estuvo a punto de besarlo. Se vistió con prisa y, para no hacer ruido al salir, dejó la puerta abierta.

 

 

 

 

 

 

 

En la noche caliente de mayo, el murmullo de los bares presagiaba el verano. Dafne se durmió recordando cómo había sido joven. No quería tener nostalgias, no podía. Ahora los trenes habían sido descontinuados y los alemanes se habían convertido en inversionistas o en acontecimientos banales. Sevilla misma le parecía uno más de los lugares de la represión y los barcos del futuro, demasiado incómodos.

El teléfono timbró. Jacinta Vargas llamaba desde México, a ocho horas de huso horario, a años luz de sus recuerdos. En la meseta mexicana, las sombras envolvían los ruidos de la gran urbe, mientras infiltrándose por los postigos el sol en Atenas se reflejaba de pared encalada en pared encalada hasta dar con los ojos de Dafne.

La periodista amaba a esa bióloga de casi setenta años, que crió a cinco hijos mientras estudiaba y que aún podía caminar sin quejarse, con su mochila al hombro. Era su admiración. De ser yo más joven, se decía a veces, me enamoraría de esa mujer. El juego verbal que tenía con su propia edad era una manera de alejar lo que más temía y no podía remediar: el paso del tiempo, la inmortal superioridad de Cronos.

Dafne en su infancia había sido programada contra todo apasionamiento. No tener intereses verdaderos o amores profundos es una condición indispensable para la vida aristocrática, pues la insistencia en un atractivo despierta la inteligencia y ésta reorganiza siempre los valores. Habían fracasado con ella, por cierto. Pero la desidia, una especie de indolencia del alma, retenía a veces a Dafne. En el campo del amor, más que casta, era una mujer floja. Le daba pereza tanto desvestirse como enamorarse, y miraba desde lejos todas las formas del afecto, sin condenar ni escoger ninguna. A veces algún hombre la excitaba; entonces ella lo gozaba, contenta pero ajena a la situación. Si él se mostraba demasiado atento, Dafne prefería cortar.

Con diversos ecologistas, le sucedía algo similar. Se sentía muy a gusto en sus casas, rodeada de cultivos orgánicos y aparatos caseros para reciclar el agua. Jugaba con sus hijos ignorantes de la televisión y el fast food. Pero no pertenecía a la banda. Se dormía leyendo sin culpas por el consumo de energía eléctrica y llevaba repelente contra los moscos al campo.

Vargas era especial, una científica que no creía sólo en la productividad de las semillas. Dafne la conoció a inicios de las investigaciones genómicas, quince años atrás. En ese entonces la bióloga torcía la nariz frente a la promesa de un jitomate que ayudara a retrasar el proceso de envejecimiento, un tabaco anticaries y las papas dietéticas. ¿Y qué nos producirán a cambio?, preguntaba en 1985 Jacinta a sus colegas.

Pinche vieja tan cerrada, sacudían ellos sus cabezas, exasperados. Odiaban tener que explicar su trabajo. Con tono de hombre cuerdo frente a una idiota, midiendo cada sílaba, repitieron en coro que ningún alimento es totalmente balanceado. Y se santiguaron frente a Santa Ciencia porque ella se negó a reconocer que la biotecnología era una herramienta muy poderosa para promover el abasto alimentario mundial. Entonces Jacinta apretó los labios: – No me han contestado. Y decidió seguir investigando, a veces dentro y a veces fuera de su laboratorio, la viabilidad del consumo de transgénicos.

 

Las dos mujeres no se veían desde el verano anterior y Dafne no esperaba una llamada intercontinental de cortesía. Había estado registrando las consecuencias de la transformación de Andalucía en una tierra cubierta por viveros plásticos que impedían la absorción de la humedad por el suelo. Además intuía vagamente que el uso de agua potable para el riego podía estar relacionado con la disminución del régimen de lluvias y de la jugosidad de las uvas. En diez años la producción de uvas orgánicas para vino había bajado en un treinta por ciento. Mientras investigaba el fenómeno, decidió apoyar la marcha de los ambientalistas de Sevilla. Quizá sólo por ello estaba ya de regreso en casa.

La obsesión por el agua de los cultivos era como una firma oculta en sus reportajes. Jacinta Vargas conocía esa preferencia.

– Tú entiendes bien lo que es el desplazamiento de una especie- afirmó por ello.

– Sí- contestó Dafne.

Entonces Jacinta carraspeó y dejó caer su as en la manga:

– Pues, esta vez contaminará los ríos.

Dafne esbozó una sonrisa.

– ¿Dijiste la palabra mágica?- bromeó.

Del otro lado del teléfono, la vieja bióloga se sonrojó. Incapaz de disculparse por el intento de manipulación, abrumó a su amiga con una perorata. Le contó de las gotas de lluvia que fertilizan una tierra de millones de kilómetros cuadrados quemados por el sol y el viento, de los torrentes secos, de los ríos que se desbordan. Le habló de la desertificación que avanza, de las nuevas tormentas que nacen en el mar y sobre la tierra de bosques talados arrasan con todo, de los árboles que mueren de un ventarrón en la montaña y quedan con las raíces al aire y la copa verde en el suelo, aplastando los retoños. Pasó al millón y medio de productores que en México heredaron de sus abuelos siete mil años de sabiduría acerca de cómo seleccionar las semillas para la próxima siembra, que saben el destino que cada grano de maíz merece, que conocen los suelos y dialogan con las nubes.

La ansiedad le cortó dolorosamente la respiración. Tenía los ojos húmedos cuando dijo que las trasnacionales de la industria del agro se niegan a pasar información acerca del uso de tecnologías biológicas.

– Entiéndeme, Dafne, el maíz transgénico está contaminando las tierras de cultivo de los maíces tradicionales, cincuenta razas y cientos de variedades y colores en México, una por cada tipo de suelo, clima y régimen de lluvia.

Jacinta las recordaba desde niña. En las fiestas de cosecha su padre le ofrecía los ricos granos morados, negros, blancos, amarillos, naranjas, rojos de los elotes, y cada uno tenía un sabor particular, una textura y un tamaño distintos. Pensó en un mundo de maíces amarillos, todos iguales, largos e insípidos, y de la tristeza hipó.

– De acuerdo- dijo Dafne. – ¿Yo qué tengo que ver?

Jacinta se tardó en contestar.

– No logramos poner sobre aviso a la gente. No sé darme a entender.

Dafne acusó la falsa modestia de la bióloga.

– ¿No?

– Tampoco escuchan a mis colegas de Guatemala, de Honduras y Colombia.

– ¿Puro tercer mundo?

– Los porcicultores del sur de Estados Unidos han descubierto que cuando sus animales se nutren de maíz transgénico tienden a los embarazos ficticios.

– ¿Y en los seres humanos?-  preguntó Dafne exasperada.

– Se gastan millones para ocultar los datos.

Dafne se retorció en el sofá.

– Los lectores están acostumbrados a niños descuartizados por bombas inteligentes, así que contarles el drama de las chanchas histéricas no logrará mover a las masas contra los peligros de las biotecnologías.

Jacinta la había desacomodado. Estaba en su sillón, carajo. Se lamía las heridas. Soñoleaba sobre  compuestas amarillas, chiribitas de mil rostros que se abren al sol y la lluvia en septiembre, girasoles, manzanillas, margaritas. Carajo. Prefería dormitar que sentirse conminada a escribir sobre lo que incrementaría su condición de inadaptada.

 

 

 

Jacinta no era la primera en pedirle ayuda acerca de la difusión de los peligros que corría el agro por causa del uso de semillas modificadas. Durante el coctel de inauguración de la Cumbre de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sustentable, se había peleado con el representante inglés del World Wildlife Found cuando le había recomendado que no se preocupara.

– La única amenaza a la biodiversidad es la destrucción de los bosques- agregó el hombre. – Los incendios forestales en Brasil son provocados por los campesinos para ganarle terreno a la selva.

Ella sintió que un enfado feroz le rugía en el pecho.

– Terratenientes y ganaderos- lo corrigió. – Soya transgénica para el mercado y pastos para sus rebaños. Son enemigos de los campesinos, no son campesinos.

El inglés balbuceó un intento de frase humorística y la dejó en medio del salón atiborrado de vestidos elegantes.

Se sirvió cuatro bocadillos para ahogar el berrinche.

Masticaba furiosamente cuando una voz a su espalda la increpó.

– Frente al panorama mundial sólo nos queda incrementar a diario nuestra radicalidad- bufó un francés fornido y de escasos pelos rubios en la cima de una calva rosácea.

Tenía un saco de cuadros azules y, alrededor del gaznate, una corbata de mariposa. Además gesticulaba con una copa de vino tinto en la mano derecha y un sándwich en la izquierda.

– Señora Castoriadis, hay quien argumenta que la demanda de alimentos aumenta a medida que crece la población mundial, que la capacidad de expandir los terrenos agrícolas en el sureste asiático y en Europa es limitada, que la tierra está ya degradada por la sobreexplotación y la desertificación. Por lo tanto, que al incremento del hambre en el mundo sólo las biotecnologías pueden proporcionar una salida.

Levantó la copa y bebió. Luego la empujó hacia la mesa de servicio donde se hizo escanciar más vino.

– Ahora bien, usted sabe que esta última no es la posición de los campesinos- le guiñó el ojo y prosiguió. – ¿Por qué no los ayuda denunciando que muchas semillas mejoradas no pueden reproducirse y condenan la tierra a caer en manos de tan sólo seis grandes consorcios agrícolas?

Un escalofrío recorrió sus hombros, el placer de saberse reconocida por un extraño, y la amenaza que ese reconocimiento implicaba para una periodista incómoda al sistema.

 

 

De Jacinta no podría zafarse como lo había hecho con el francés, al que proporcionó un teléfono y una dirección inexistentes, pensando que más tarde investigaría quién era.

– Te veo a las ocho de la mañana en mi departamento el próximo miércoles, cortó la llamada la mexicana.

Como si no tuviera yo nada qué hacer. Apretó las mandíbulas. ¿Qué se cree?, dijo en voz alta, ronca. Qué se cree, repitió con la misma impotencia que había experimentado frente a las órdenes de su madre. ¡Abusiva!, mientras la rabia, el odio y el amor la sacaron de su mullido sofá para llevarla a dar trancos furiosos por el departamento.

Dos horas más tarde estaba reservando su boleto en Air France; pasar por París era inevitable.

 

 

 

 

Ojos de nubes bicolores

inundan las arrugas de na Tacha.

La sombra que la dibuja está llena de fisuras

y de vocación dual.

Los vientos la transforman en el Calvario

convirtiéndola en un perro

golpeado por sus víctimas y por su madre

 

Natalia Toledo, Na Tacha curandera y nahual

 

 

 

Jacinta Vargas había cerrado la carpeta sobre los reportes biogenéticos de la Universidad de California cuando oyó a su hija cruzar el umbral de la casa con un paso duro, cargado de celos. La tempestad se aproximaba con la prisa que tienen los nubarrones en las tardes de agosto. Jacinta quiso recordar a su pequeña tomada de la mano del hermano mayor, pero Alejandra no le dejó lugar a dudas: había dejado de ser una niña para convertirse en la hija frustrada de una madre inteligente, la que odia a su hermana por haber nacido, la que quiere el auto de su hermano y el amor de mamá todo para sí. Era una máquina de reclamos, una carga de dinamita en manos de un ciclotímico.

Vociferó muy alto que a Jacinta los hijos le importaban menos que sus estudios. Que ella no quería hacerse cargo de una madre anciana incapaz de descansar. Que su hermana no la ayudaba en nada y que sus hermanos eran incapaces de entender que ella cargaba con todas las responsabilidades de la familia. Alimentaba su furia con cientos de rabietas, aburrimientos y fiascos, mezclados a tal punto que eran imposibles de separar.

A Jacinta le contristaba que su hija fuera infeliz y la humillaba que no supiera hacer otra cosa que ensayar intereses erráticos. La literatura francesa, el amante pintor y la biología marina siguieron al montañismo y al novio banquero, todos ellos con su carga ansiosa de ser tomada en cuenta. Luego se había aliado con su hermano mayor contra el novio de la hermana, y con éste contra el hermano menor.

La primera vez que su madre le exigió que dejara fluir la vida de los demás sin entorpecerla, decidió adelgazar dieciséis kilos tomando pastillas para inhibir el hambre. A las dos semanas, en un piano bar, se peleó con el médico que acababa de conocer en una cita a ciegas concertada por su tía, la misma que alabó su figura esbelta. Estrelló la botella de whisky recién iniciada contra el espejo del mostrador, abofeteó a la mujer de la mesa contigua que la miraba con pavor y tiró una patada a los genitales del hombre que intentó defenderla. A las tres de la mañana una desganada abogada de oficio estaba llamando a los teléfonos de la familia. Su hermano mayor, primero, y su hermano menor, después, fueron recibidos al grito de: “¡Sácame de aquí, que me van a matar!”. A su hermana le aceptó un calmante y al otro hermano, un sándwich con jamón y queso. Su madre estaba en una práctica de campo. Cuando regresó, tuvo que soplarse seis sesiones de terapia, durante las cuales Alejandra no dejó de culparla de su tensión con un siquiatra cincuentón, al que acariciaba el tobillo con la punta del pie descalzo.

A los meses, Jacinta se percató de las nuevas intrigas de su hija mayor y decidió dejar que el agua corriera bajo los puentes. Entonces la llamaron del hospital; con la voz entrecortada por el hipo y los sollozos, Alejandra le pedía perdón por no lograr comprender por qué ella nunca la consideró algo más que una molestia para sus estudios. Su cuñado bebía café en el corredor, mientras un médico le explicaba que se la podía llevar a casa porque ya ningún laboratorio fabrica somníferos capaces de provocar la muerte.

Jacinta se encogió de hombros. Su hija era bellísima y exaltada, tan alta como en su familia sólo había sido el abuelo, según los recuerdos de su madre que vio desaparecer al padre en la bola de la Revolución cuando niña. Apretó los párpados: hoy le daría la razón a su hija. No le interesaba para nada cualquier cosa que viniera a decirle. Sabía que los otros cuatro estaban en paz y a ésta anhelaba mandarla a Alaska con tal de que la dejara reflexionar con calma sobre los flujos genéticos que pueden establecerse entre las variedades modificadas y las variedades tradicionales de cultivo de maíz. Tenía una prisa vital, de jovencita enamorada, por salir hacia el laboratorio del Instituto.

Sin embargo, soportar es la suerte de las madres, aun cuando las hijas tengan cuarenta años. Alejandra desempacó dos bolsas del supermercado y empezó a guardar las verduras en el refrigerador con el aliento entrecortado.

– Y te compré carne- se desgañitó hacia el cuarto contiguo a la cocina – porque no puede ser que te alimentes tan mal.

Jacinta pensaba, a pesar de los gritos, que necesitaba las secuencias del ADN del maíz oaxaqueño para esa misma noche.

– Y mañana deberás venir conmigo a Cuernavaca, he rentado una casa para reunirnos los fines de semana, porque ya lo tengo claro: en esta familia de pequeños burgueses nadie me visita porque no estoy casada- seguía vociferando Alejandra.

Jacinta enlazaba una idea con la otra: deben compararse esas secuencias con las de variedades tradicionales.

– Es una casa que me va a costar un ojo de la cara, pero a ver si así me toman en cuenta.

Variedades tradicionales de dentro y de fuera de México que crecen de acuerdo con la precipitación pluvial, las condiciones del suelo, la temperatura, el viento, la insolación, la altitud.

– ¿Se puede saber por qué ni siquiera contestas, mamá?

Alejandra fue a la sala y la encontró vacía. Al abrir la puerta de entrada, vio esfumarse la luz del elevador que iba bajando.

 

 

En la calle, Jacinta respiró hondo. El aire estaba sucio y seco, pero no dejó de pensar en qué datos arrojaría la investigación. Gerardo Castillo, su asistente, era un hombre entrecano al que la Universidad no abría un concurso de oposición para la docencia y que el Instituto de Nutrición no consideraba investigador titular. La esperaba ansioso.

Como cada vez que experimentaba una emoción, el parpadeo del ojos derecho se le volvía incontrolable. De un lado a otro del laboratorio, sus zapatos rechinaban sobre las losetas grisáceas. Fragmentos de ADN característicos de dos variedades transgénicas de maíz, en el diez por ciento de los granos de variedades nativas de la sierra zapoteca. ADN que incorpora el gen de un bacilo que produce una toxina insecticida y otro resistente a los herbicidas, en milpas cultivadas a distancias de entre cinco a veinte kilómetros de la carretera asfaltada más cercana. Y un fragmento de un virus de la coliflor utilizado como vector para modificar el maíz… Jacinta debía saberlo, debía saberlo ya.

– Los cabrones de la revista  Nature tenían razón. Y ahora ¿qué santo le va a creer a un gobierno que dice que esos maíces se contaminaron por polinización desde la frontera norte? ¡Ja! Tres mil kilómetros… ni que fuéramos estúpidos. ¡Ja!

 

 

 

Los autos corrían por la tarde del viernes que iba oscureciéndose entre hojas arrastradas, polvos de plomo y excrementos secos. Los buses repletos no paraban en las esquinas, sino a media calle, vomitando gente cansada y nerviosa sobre un carril donde los autos se veían obligados a frenar entre pitazos y maldiciones. De un taxi libre, ni sus luces. Jacinta caminaba y rumiaba, intentando alcanzar un medio de transporte cualquiera. No había aprendido a manejar, pero nunca como ahora la ciudad le pareció un monstruo inabarcable y deforme, cuyos miembros se multiplicaban de manera convulsa. Caminar ya no le provocaba placer, sólo sobresaltos. Muchos niños lloraban en autos manejados por señoras histerizadas, mientras los hombres al volante se desanudaban la corbata aplastando el acelerador y el claxon. Todos querían llegar a casa, sólo ella corría hacia su laboratorio. El trabajo, Gerardo Castillo, el maíz transgénico. Con tal que a Alejandra no se le ocurriera regalarle un teléfono celular para reclamarle su frustración hasta en la calle.

Las luces de neón de los pasillos del Instituto aplanaban los rostros y las ojeras de los pocos que deambulaban por ellos, con más prisa por irse que los conductores de autos que Jacinta acababa de dejar en la calle. Corría en sentido contrario a ellos, cuando se dio cuenta de que cojeaba un poco por culpa de la cadera, del lado derecho. Suspiró, por lo menos no le dolía. Abrió la puerta del laboratorio, mientras terminaba de abrocharse la bata. Gerardo Castillo empezó a tartamudear ansiosamente algo respecto de la Universidad de California.

– Tenían razón, los muy cabrones. El… el… el maíz está, sí…, sí…, contaminado, en Oaxaca, desde la frontera ¿Quién les va a creer?

Sacudía unos resultados y la jaló del brazo hacia la computadora. Mientras tanto, entraron por la puerta trasera Leonor Ruiz y Santiago Báez, sus jóvenes pasantes del doctorado en biología molecular de plantas, dos bichos raros, tránsfugas del mundo frenético de los equipos que quieren crear plantas como máquinas o transferir flavonoides de las uvas al jitomate. Tránsfugas del éxito.

La excitación cundía. Leonor, histérica como siempre, gritó:

– ¿Por qué los campesinos les creen más a los gringos que a nosotros, eh? ¿Por qué nosotros sólo podemos confirmar sus datos?

Jacinta Vargas, pálida, revisaba las secuencias.

– No, querida, esos campesinos mandaron a los gringos lo que ellos mismos descubrieron- le contestó a su alumna.

Todo coincidía, los temores se confirmaban. Sí, se pueden establecer flujos genéticos entre las variedades híbridas comerciales y las variedades tradicionales, ya que el maíz es una especie de polinización cruzada y abierta, y el viento es el principal vector del polen. Gerardo tosió para calmarse.

– Si el organismo vivo modificado se cruza con variedades criollas – dijo con voz grave-, los genes transferidos le dan tal ventaja a la variedad receptora que la llevan a desplazar a todas las otras. Además, las secuencias completas de ADN extraño que se insertan en las variedades tradicionales se mantienen en el maíz de una generación a la siguiente.

 

 

 

A las tres de la mañana, Leonor estaba sentada con las rodillas apretadas y los pies abiertos a los dos lados de la silla. A la cuatro, la misma Leonor experimentaba una rabia convulsa por ser mexicana, por tener un marido que la odiaba y por la mierda que le parecía el laboratorio del Instituto. El furor tenía que ver con su futuro, mitad egoísta y mitad desconsolado. Era inútil estudiar en un país donde nadie creía en su prójimo y las investigaciones se subordinaban a otras pesquisas, a paradigmas externos, a conveniencias gubernamentales o a las industrias en búsqueda de mercados potenciales. Autonomía, eso quería. Y también reconocimiento, o por lo menos la posibilidad nacional de obtenerlo sin sacrificar su propia vía de investigación.

Gerardo estaba apoyado en el respaldo del sillón de Jacinta; eran los mayores, los que debían decidir qué hacer. Pero él se sentía poca cosa, un mero analista que cumplía con las intuiciones de una mujer vieja que le quitaba, con su obstinación por seguir trabajando, un puesto que le daría un título con que enfrentar las críticas de sus hijos adolescentes.

A Santiago el cansancio le atenazaba las piernas y quería estar en su cama de sábanas perfumadas. Sólo Jacinta seguía analizando qué convendría hacer con la confirmación que tenían. En cinco días llegará Dafne, pensó. ¿Qué decir mientras tanto? A las cinco de la mañana sacudió la cabeza, despertó a Santiago y dijo:

– Aunque sea sábado, mañana a las seis de la tarde convocaremos a una conferencia de prensa. México es el punto de origen del maíz, es la primera vez que la contaminación genética llega a un centro de origen. Las posibles consecuencias de la pérdida de su diversidad ponen en riesgo la seguridad alimentaria del mundo.

Luego se quitó la bata y exigió que Gerardo Castillo la llevara a casa. Vieja abusiva, a esta hora, pensó el asistente, que vivía a tan sólo tres cuadras de ella. Leonor gimió todavía:

– ¿Qué les hemos hecho nosotros a los campesinos?

Santiago bostezó, apagó las luces y volvió a bostezar. Un remedo de caballerosidad lo obligó a ofrecerse para acompañar a su colega.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Llovía. Crachard, le dicen al escupitajo fino y persistente que cae frío, húmedo y sempiterno sobre París. Sus hombros tostados por el sol andaluz se encresparon. Recogió la mochila de la banda, mientras una piara de compatriotas con sus maletas firmadas fingía no reconocerla. Se dirigió al primer bar para tomar dos cafés, uno tras otro. Qué lunes. Había logrado enviar su artículo a las tres de la mañana, empacado la maleta a las cuatro y enfilado hacia el aeropuerto a las cinco. Desde ahí había llamado al primer canal de televisión y recomendado una entrevista con Niko Andreakis:

– Pues sí, el del barco del futuro, ¿por qué no?

– El futuro, ¿a quién le importa?

– No usaron ni una gota de gas a cuarenta nudos-. Todo mundo en Grecia sabía qué significaban cuarenta nudos, menos ella que los había experimentado. Repitió: – A cuarenta nudos.

– ¿Y ellos cómo son?-, preguntó por fin la productora.

–  Muy fotogénicos, no te preocupes.

Y me tocará hablar con Jean-Bernard hasta altas horas de la noche, pensó antes de pedir un tercer café. La mirada le recayó sobre los zapatos. Suspiró: ya sabía en qué y dónde se consolaría del cansancio. Comprar zapatos era un placer que la reconfortaba de todo.

Se deslizó en el metro y el ruido del tren la adormiló apenas. Fue al Instituto Pasteur y recogió varios números de La  Rechèrche. “Ah, ah”,  dijo mientras el doctor Couvain, de la Unidad de Agentes Antibacterianos, le explicaba que el gen blatem-1 del maíz transgénico en el tubo digestivo del ser humano podría implicar una resistencia a los antibióticos de todas las bacterias ahí alojadas. “Ah, ah”, asintió en voz alta. Y el químico, serio, en bata blanca:

– El hecho preocupante es que las bacterias patógenas que tendrían mayores posibilidades de incorporar el gen de resistencia son responsables de algunas de las infecciones que afectan al creciente sector de la población mundial que padece inmunodeficiencia.

– ¿Entonces tiene reales riesgos para la salud?- preguntó Dafne.

El investigador asintió con la cabeza.

– El desarrollo de la resistencia a los antibióticos en los microorganismos es una de las mayores amenazas a las que la humanidad deberá enfrentarse en el siglo XXI- le confirmó.

– ¿Alguna relación con la incurabilidad de la pulmonía atípica?

El hombre se encogió de hombros.

– ¿Por qué no lo prohíben y ya?- insistió ella.

Couvain volvió a encogerse de hombros. Estiró los labios cerrados hacia adelante, acompañando el gesto con un bufido teatral.

Llegó a casa de Jean-Bernard Dupoète tres horas antes que él y se dirigió directamente a su cama. Aplastó la cabeza en la almohada del hombre que considerara el más bello del mundo, pensó que de amarlo se moriría de celos y pasó al reino de Morfeo con el olor del cuero curtido de sus zapatos nuevos todavía en la nariz.

 

 

 

Jean-Bernard era nieto de una francesa, haitiano por sus otros tres costados y vivía en París porque trabajaba en la UNESCO. Pocas personas conocían las culturas, las lenguas y los problemas del Caribe mejor que él, pero su amistad con Dafne era frugal, descansaba en la confianza y en algunos paseos que compartían sin necesidad de hablar.

Al entrar en su casa a las ocho, Jean-Bernard vio la mochila y los zapatos en el suelo. Cerró la puerta despacio, corrió por un vino italiano que acababa de probar y por pan, quesos y chocolate. Sólo por un instante dudó si no era mejor un grand cru, por ejemplo un Clos-de-Vougeot. Nada de nacionalismo, se dijo, pero que los frijoles se los coma en México.

Cuando Dafne abrió los ojos, había velas en la diminuta sala y la mesa de trabajo estaba cubierta por un largo mantel bordado a mano por las mujeres del interior haitiano. Su amigo la abrazó por la espalda y le susurró en el oído que por lo general preparaba cenas íntimas para mujeres mejor peinadas que ella. Rieron y bromearon un rato en el sofá hasta que Dafne jugó a disculparse.

– Espero realmente que no tuvieras otra invitada por la noche. Debería aprender a llamarte antes de venir, ¿verdad?

Él la apretó contra sí de manera que le importara un bledo cualquier respuesta y le dio la razón: Deberías. Luego se volcaron sobre la cena entre dentelladas y sorbos de vino, un rojo transparente, rubí claro, de sabor ligeramente afrutado y de nombre impronunciablemente campestre, Ciliegiuolo.

Dafne le explicó los motivos por los que estaba yendo a México. Jean-Bernard giró apenas la silla y se enfrentó a su librero repleto de carpetas amarradas con elásticos transparentes.

– Espera, espera- dijo.

Tras pasar el dedo oscuro por varias de ellas, se golpeó la frente con la palma de la mano abierta.

– Claro que me acuerdo- dijo al fin. – En México se firmó en 1998 una moratoria en el cultivo de maíz transgénico, hay veinte años de cárcel para quien almacena, experimenta o siembra semillas modificadas.

Dafne asintió y Jean-Bernard agregó sacudiendo la cabeza:

– Por polinización no se cruzan miles de kilómetros. Es un misterio cómo han llegado los elementos del transgénico al maíz de los campesinos. A menos que no recurras al complot ecocida y la corrupción.

– Temo decepcionarte, Jean-Bernard, hay explicaciones menos policiacas. No sembrar no significa no comprar y los estadounidenses se niegan a separar los granos biológicos de los modificados a la hora de la venta.

– Las autoridades mexicanas están dejando que se siembre el maíz comprado para luego modificar la ley…

– O para que su gente no pueda seguir sembrando de manera libre. Sólo Europa, Canadá y Estados Unidos subvencionan la agricultura, el resto de los países son cada vez más dependientes de la producción masiva de cereales de los países que más transgénicos plantan.

Se miraron en silencio.

– Dime- dijo ella después de un rato haciendo rodar su silla hasta alcanzar la de su amigo: – ¿La corrupción americana es tan grave como la africana?

Un nuevo silencio, esta vez húmedo de saliva y sudor, los envolvió largo rato.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Leonor Ruiz prendió la luz mientras se quitaba los zapatos y tiraba certeramente el bolso al centro del sofá. Se estiró y percibió el jalón que le daban los chocolates que había refundido en un rincón del refrigerador para no sentirse tentada por ellos. Desde hacía años peleaba contra las harinas y el cacao que le disparaban los pocos ataques de bulimia que todavía no controlaba. El médico se lo dijo en varias ocasiones: No los compre, no los tenga en su casa.

Ella lo había admitido finalmente en las sesiones de terapia colectiva. Como sin control, sin gula, sin deseo; como cualquier cosa, a cualquier hora, al margen de toda referencia a tiempo y lugares; como porque odio engordar. La ropa se encoge, el cuerpo se deforma, nada de lo que me toque me gusta, la tela es tan pesada, las manos me agreden.

Ahí conoció a su marido. Suspiró, no tenía ganas de acostarse con él ahora.

Dos chocolates y un vasito de licor de naranja aunque sean las cinco y media de la mañana, así de poco, nada más una probadita para dormir tranquila. Y los pasos se dirigieron a la cocina. El chocolate de Oaxaca no lo contamina nadie, musitó con una punta de histeria en la voz. Qué va, yo no bebo, yo me controlo. Y ya había abierto la nevera, la caja de cartón, el papel plateado y tenía en la boca un sabor amargo y dulce, profundo y suave, afrutado al centro. Otro bombón porque éste no había terminado de experimentarlo. Y uno más porque la aflicción la embargaba. Y el siguiente, que se había picado. Luego la botella en la mano, pesada, cuadrada y el cuello en la boca. Y luego las sobras de los espaguetis del día anterior, tres medios huevos duros con mayonesa, un pedazo de pan con mantequilla, dos tantos de queso. Abrió una lata de fabada fría, hundió las manos en la gaveta en busca de galletas rancias, pan duro, dulces viejos. Hurgó en el horno y en el bote de la basura. Estaba perdida, enojada, ansiosa e incapaz de parar.

Qué asco, qué asco, qué asco de mí, sollozó al rato con la cabeza sobre el excusado. Soy una caníbal, soy una puerca, soy inmundicia.

Se quedó apoyada en la pared del baño. Ir a la cama implicaba que su marido despertara. Que la mirara, le dijera ¿Son éstas las horas de volver a casa? ¿Sólo tu trabajo importa? Suponía explicarle al hombre lo que él no quería entender, porque le valía un comino cualquier cosa que no fuese él mismo, cualquier cosa que a Leonor pudiese apasionarle. La mujer no quería verlo, oírlo, olerlo. Lo temía con la misma fuerza con que se odiaba a sí misma por no dejarlo, por tomar a escondidas la píldora anticonceptiva y por no decirle lo poca cosa que era. Obedecía sus estúpidas obsesiones por los miércoles de cine, los jueves de concierto, los viernes de cantina, con tal de que no le reclamara una explicación que invariablemente culminaría en la exigencia de más sexo y más atención. Con tal de que no le hablara más de lo estrictamente necesario.

Sonreía para no gritar cuando la hermana del hombre repetía ufana: ¿Ves cómo te quiere?, porque él llegaba a casa con una caja de chocolates o un pastel de natas al día después de que ella volviera a ir al médico. La tarde en que la oculista le confirmó que los gases de un experimento habían dañado la capa superficial de la retina y necesitaría llevar lentes, ella se ablandó y lloró en los brazos del hombre. Le contó de cuando era niña y su orgullo era ser la que podía ver más lejos y más profundamente, y de cómo le gustaban sus ojos almendrados y grandes, y de la pena que le daban sus compañeros de escuela cuando los fortachones en el recreo se reían de ellos llamándolos ¡cuatrojos! A los dos días, el tacaño de su marido llegó con unas monturas Giorgio Armani y el recado: Para que los luzcas todo el día.

De verdad no quería ir a la cama. Odiaba recordar que hace tiempo las piernas demasiado delgadas del hombre se habían enredado en las suyas para ocasionarle un deseo y unos orgasmos envenenadores. No quería oírlo roncar ni oler su pesado aliento a cenas con personajes reverenciados. No quería que su voz somnolienta le interrumpiera la mezcla de ideas sin destinatario que le rondaban por la cabeza. El descubrimiento de la noche, el interés que sentía por ese estudio, el dolor que le proporcionaba la conciencia de no ser nadie en la biología molecular, nadie para poder exigir acciones en contra de las modificaciones genéticas a través de la biotecnología… Nadie, ni siquiera alguien con quien quieran acudir unos campesinos harapientos. Sollozó.

La mañana la encontró dormida en las losetas del baño, abrazada a una toalla, con la marca de las lágrimas secas en la mejilla.

Con el lápiz labial más caro, su marido había escrito en el espejo: Me fui sin desayunar. La cama no estaba tendida a pesar de que ella no había dormido ahí. Se arrastró del baño al sofá y se sentó a pensar un rato. Preparó un café como para levantar a un muerto y lo tomó a pequeños sorbos. Lo pensó nuevamente. Suspiró hondo. Fue a la bodega y retiró tres maletas grandes. Llamó a un servicio de mudanzas y cuatro horas después estaba rentando, de una señora en bata, la cochera de un destartalado caserón de periferia para guardar sus muebles. Quién sabe cuándo tendría ganas de rentar un departamento para sí. La dueña del garaje sacudió la cabeza de un modo que ni afirmaba ni negaba.

– Tienes razón, hija, sólo las ganas cuentan.

Por la tarde, en el laboratorio, con las ojeras cubiertas de maquillaje, preguntó a Jacinta Vargas:

– Doctora, ¿podría quedarme en su casa por unos días?

– Mientras sepa qué decir ante la prensa, puede quedarse con mi cama si lo desea.

Gerardo Castillo chilló contra su propia voluntad, devorado súbitamente por los celos:

–  ¿Por qué a mí no me invita siquiera a cenar?

Jacinta levantó los ojos de la pantalla, lo miró profundamente.

– Creo que usted se parece tanto a mi hija que debería divorciarse para casarse con ella. Luego yo les conseguiría trabajo a ambos en Alaska.

Cuando Santiago Báez llegó con la cara fresca de quien ha descansado a gusto, Jacinta sintió que la tensión se relajaba. Ese muchachón tranquilo, menos brillante que Leonor pero tampoco tonto, le proporcionaba la misma paz que un día de campo.

– Vamos- dijo y se apoyó en su brazo. Le vino la imagen de una lejana mañana de agosto sacando un elote tierno de las brasas. Se sacudió ese recuero antes de entrar en la sala de prensa del Instituto y decir, transida por el dolor lúcido de los científicos:

– Señores, el maíz criollo que nos fue enviado por la Unión de Comunidades Zapotecas Chinantecas y por sus vecinos de la Sierra Norte de Oaxaca, está contaminado con transgénicos producidos por la industria agrobiotecnológica.

 

 

 

 

 

El miércoles a las ocho, el aliento de Dafne ya estaba cargado de tres cafés. Al entregar su pasaporte en el aeropuerto Benito Juárez, de su mochila había caído una hoja doblada de papel reciclado. Reconoció la escritura de Jean-Bernard.

Mi amor.

Dafne experimentó una punta de fastidio. ¿Una noche juntos le permitía a su amigo hablarle de esa manera? Ni modo.

Mi amor, si en África la corrupción se mezcla con los intereses de los señores de la guerra, en América se confunde con aquéllos de los grandes narcotraficantes y la trata de personas. Todas las policías están compradas.

Qué demonios tiene que ver el maíz con el narcotráfico… La teoría del complot, claro. Su teoría. Yo no puedo encontrar mis razones por mí misma. Hombre, al fin.

Cruzó la calle para no tomar los taxis caros del aeropuerto. Se enfrentó a la ciudad plúmbea. Se detuvo en un supermercado para las frutas del desayuno. Mientras esperaba en la cola de la caja, examinó las etiquetas de los productos de maíz: las tortillas, la harina y las palomitas no especificaban si estaban elaboradas con granos naturales o transgénicos. Luego pidió al taxi que la dejara a tres cuadras de la casa de su amiga y cruzó por un parque donde los niños corrían hacia la escuela y los hombres hacían ejercicios entre árboles enfermos de plomo y ozono. De la fuente manaba un agua verde y maloliente.

Tocó el timbre. Hasta la puerta llegaba el inconfundible olor de un café fuerte. Sonrió, indudablemente su amiga la estaba esperando. Pero una mujer joven y desconocida fue a abrirle la puerta. Se midieron al presentarse. Leonor notó los zapatos nuevos de la extranjera con una punta de envidia. Dafne, mientras le sonreía, se preguntó si la joven le había ganado la cama acolchonada del cuarto del fondo.

El desayuno, sin embargo, fue agradable en la casa aún caliente de sueño. El maíz era el tema y cada una lo abordaba desde su obsesión particular. Leonor, que no había tomado sino agua, desvariaba acerca de por qué no fue ella quien dio el anuncio en la Comisión Intersecretarial de Bioseguridad y Organismos Genéticamente Modificados, sino un gringo de la revista  Nature, un cabrón que al tener a su hermano como asesor de los campesinos de la Sierra Norte de Oaxaca se había ganado la primicia, un pinche emigrante que había llegado a la Universidad de California.

– Un maíz localizado en Oaxaca y yo ni en cuenta, como nadie más, nadie, en absoluto nadie en este país.

– Ése no es el problema- la interrumpió repentinamente Jacinta. – El problema es que en este país compramos seis millones de toneladas de granos al año, cuando hace cincuenta años éramos autosuficientes. Todavía producimos un millón y medio de toneladas de maíz blanco al año, que no se comercializan para poder importar doscientos mil a un precio tan bajo que los agricultores mexicanos no pueden competir contra él.

Para consolarse, engulló una pera.

Por su canto, Dafne se había subido al recado de Jean-Bernard como a un gramo de coca y perseguía sus ideas a mil por hora, pregunta tras pregunta, sin explicar su razonamiento, volviéndose incomprensible. Exigía saber si el punto, de casualidad, no era que los narcotraficantes querían desplazar el maíz tradicional comprando y sembrando de contrabando semillas patentadas para que, en un afán extremo de pureza, los pueblos indígenas abandonaran sus campos y ellos obtuvieran tierras y mano de obra baratas para sus sembradíos. Ésa era una de las cien explicaciones que intentaba dar al recado de Jean-Bernard.

También preguntaba si era posible transferir genes de la coca, la marihuana y la amapola al maíz para que ninguna avioneta del ejército pudiera reconocer y destruir sus sembradíos. Si los campesinos estaban amenazados. Si los narcos tenían acceso a los laboratorios de las instituciones de salud y alimentación mexicanas. Un espantoso ruido interno la mantenía  ansiosa como ante una crisis de abstinencia.

Jacinta arqueó la ceja derecha. Leonor la miró con desdén, pero la periodista seguía sus pistas sin prestarles atención:

– Las aduanas y puertos mexicanos no tienen control sobre la calidad y la cantidad de semillas, no existe ninguna normatividad para detectar las contaminadas y la mayoría de los tráficos de alimentos es legal: nada más fácil.

Se calló de repente. Las tres sacudieron la cabeza. Una melodía de organillo invadió la casa por la ventana. La ciudad a su alrededor adquirió una dimensión desesperada de cosa antigua y en desuso, un sonido escanciado de notas lánguidas. Entonces tocaron a la puerta.

 

 

 

La hija menor de Jacinta, Mónica, pidió perdón por molestarlas. Era una mujer de formas redondas. Su cuerpo daba una sensación de amorosa seguridad; sin embargo, tenía deformado el rostro por una expresión de angustia. La niña que la acompañaba se le parecía como una gota de agua, aunque sus gestos la volvían diferente.

De pie frente a la mesa, la madre tenía prisa y pena de dejar a la hija.

– Tengo que ir por él- dijo la mujer.

El marido, el hombre al que sus entrañas reclamaban, su amor, se había ido. ¿Otra mujer, una crisis, una prueba? No sabía, no le importaba saber, únicamente alcanzarlo. Doce años juntos, interminables meses de verano, largas noches de invierno. Necesitaba caminar con él, tomarle la mano, escucharlo y sentirse con vida.

Jamás la cama contigo me pareció una obligación, nunca me aburrí de tu voz ni encontré feos tus pies: requería urgentemente decirle cosas parecidas.

Jacinta había sido una esposa satisfecha y de Mario Puga, su marido, guardaba recuerdos afectuosos. Quizá por ello creyó necesario contar lo que generalmente se calla frente a los hijos. O fue porque la tristeza por los efectos de la importación de maíz le daba una fuerza agresiva a sus palabras. O simplemente porque hay momentos así. Se levantó de la silla y fue a abrazar a su hija, la preferida de su padre, Moniquita, tan grande ahora, ya madre. Las palabras le salieron como si se tratara de una narración ajena.

Al levantarse de la cama para apagar la televisión que había quedado prendida, encontró a su marido muerto con el control remoto en una mano y en la otra la pastilla contra la taquicardia. En un primer momento, un momento que duró semanas, sintió que la vida no iba a tener sentido. Luego, al volver a trabajar, empezó a experimentar tanta felicidad como nunca desde que se casara.

Sin parpadear siquiera, narró el placer de descubrirse viuda y dueña de decisiones fundamentales, viuda y patrona de sus movimientos, convaleciente de una larga enfermedad que ni siquiera había detectado, un virus insidioso que poco a poco había minado sus fuerzas, requiriendo del cuerpo afectado, un esfuerzo enorme para dar cada paso.

La hija menor no se inmutó.

Leonor y Dafne, testigos de una intimidad que no les pertenecía, con la respiración suspendida, miraban ora a la madre, ora a la hija.

– Te creo- contestó entonces Mónica. – Pero yo lo amo.

Sin más palabras, Jacinta miró a su nieta y replicó:

– ¿Qué quieres que haga con mi chiquita? Estamos por irnos a Oaxaca.

Un instante de silencio. Jacinta había tomado una decisión por todas, sin preámbulos y, sin embargo, previsible. Dafne y Leonor afirmaron con la cabeza. Mónica Puga Vargas miró la mesa del desayuno, divisó tras las lágrimas que empezaban a brotarle los rostros de dos mujeres desconocidas y el de su madre. A su lado sintió la presencia reconfortante de la niña, su mano pequeña que buscaba la suya, esa hija que era todo, pero que en ese momento no la colmaba. Entonces inhaló ruidosamente el aire.

– Llévatela; en la escuela le darán permiso, es muy buena estudiante- dijo y salió corriendo.

El amor, gimió Leonor y, para destensar el ambiente, giró el índice alrededor de la sien derecha. La niña la vio sin sonreír; se sentó y empezó a comer.

– Mi mamá tiene razón- afirmó al cabo de un momento. – Dice que tiene que buscarlo porque se va a sentir culpable si lo deja ir.

El hombre, su padre, era un vago objeto de atención; Mónica, su carne viva. El apoyo incondicional que la niña brindaba a su madre desorientó a Dafne; no supo dónde la tocó para que le doliera tan profundamente. Atinó a preguntarle, con una media sonrisa estúpida:

– ¿Te gusta el campo?

Jacinta contestó por la niña, con tono de fastidio:

– Claro que sí; Adriana es mi nieta.

– Por supuesto- asintió Dafne mientras se le cruzaba un oscuro pesar por el pecho, una tristeza enturbiada por la fatiga, un agotamiento de jet lag y un hueco afectivo. – Voy a descansar- agregó.

Los ojos, rojos de sueño y café, se desbordaron de lágrimas: un río sin destinatario, un mar de asquerosa autoconmiseración.

El mundo en que había crecido estaba determinado por algo más sofocante y definitivo que el racismo. En él vivió aplastada por la prepotente soberbia de sus padres, una mujer y un hombre que encaraban con displicencia ser diferentes de la mayoría de los mortales y se ocupaban de unos pocos obsesos por el uso correcto del tenedor y del cuchillo. A ellos no les era necesario afirmar la inferioridad de nadie; para ellos no existía el mundo. Su realidad era inalcanzable como la piel de un esquizofrénico, ajena a toda intimidad física agradable. Eran perfeccionista en cosas sin importancia. Hablaban para oír la idoneidad de su tono, comían porque era necesario reconocer el gusto y los nombres de los platillos. Siempre al acecho de una oportunidad, eternamente enojados con la suerte que no les deparaba más bienes de los que no sabrían gozar. Y así habían parido un hijo tras otro, casi con hostilidad hacia la relación sexual que los engendraba. Amar a sus padres, lo que se dice amarlos, a Dafne siempre le pareció inútil.

Leonor, a su vez, se estremeció. Frente a testigos, cuando las palabras se agotaban, la mesa se volvía para ella un lugar abominable, tentador y repugnante. Muy pronto, en el comedor sólo quedaron la abuela y su nieta.

 

 

 

 

 

 

 

Gerardo Castillo sonreía como un idiota. Su maestra iba a analizar las causas y los efectos de una siembra ilegal. Él quedaría a cargo del laboratorio a tan sólo cuatro días de haber dado a conocer un escándalo suficiente para semanas de denuncias. O más. ¿Por qué no para el Convenio de Diversidad Biológica, la Asamblea Mundial de la Alimentación, la Cumbre de la Tierra?

En la Universidad, desde que su equipo hizo la denuncia frente a la prensa, los maestros eméritos comenzaron a saludarlo, algunos con el odio agudo que se siente por quien te desbarata un plan perfecto. La inquina que es garantía de que has dado en el blanco de sus intereses.

El teléfono no paraba de sonar en el laboratorio del Instituto sobre el que señorearía solo. Levantaba la bocina con fruición. Miraba a sus lados para asegurarse que las actividades se detuvieran. Repetía, con un tono cada vez más enfático, el esquema explicativo que se había trazado en la cabeza antes de que fuera otra persona la designada para hablar en la rueda de prensa. Lo repetía para que los periodistas rescataran su nombre del anonimato y el presidente del Instituto Nacional de Ecología le pidiera consejo. Lo repetía para castigar a la maestra que había preferido que su alumna ofreciera las explicaciones a la televisión.

Santiago Báez no reconoció las actitudes del asistente de su cátedra de adscripción. Era un hombre meticuloso, pero ajeno a las obsesiones de los académicos. Llegó por la mañana como transido y se ofreció para acompañar a Jacinta. El corazón de Gerardo dio un brinco de la emoción: en la ciudad, en esa capital que en México es todo porque no produce sino palabras y humo, en ese ombligo que es centro y cicatriz a la vez, él sería la única voz del laboratorio más ridículo del Instituto, el único cuya directora repetía sin cesar: Todo conocimiento es propiedad de la humanidad; nada de patentes.

Recuperó el aplomo para organizar la entrega de la camioneta y los viáticos por parte del Instituto. Despidió a sus colegas. En el estacionamiento acató las últimas órdenes y prodigó consejos. Era un tlatoani espurio, sin embargo: el primo mentecato de una reina a la que no sabía si desear la muerte para heredar el cetro u ofrecer su vida para salvarla.

A las pocas horas, no resistió la tentación de apersonarse en los pasillos de los demás laboratorios, como si haber participado en la denuncia de un peligro colectivo le confiriese el lugar que nunca sintió suyo en el mundo. Tachó de envidiosos a los colegas que no lo reconocían. Se irguió altanero frente a los médicos y biólogos que mandaban saludar con él a la doctora Vargas.

Repartió el dinero del seguro de la camioneta del Instituto entre sus hijos. ¿Qué iba a pasarle a su maestra? Los hijos intuyeron que pronto podrían pedir más.  Con la esposa fue a cenar y ella por primera vez le prestó atención.

El placer le duraría muy poco, un par de noches cuando mucho. Soñó el tibio despertar de cuando siendo niño creía estar sentado en la taza del baño. Intentó levantarse, avergonzado de haber mojado las sábanas, pero recayó sobre su esposa que lo llevó a tiempo al hospital, donde lo entubaron y sedaron. En dos semanas, sus hijos fueron a visitarlo una vez. Jacinta se enteraría de que había tenido que abandonar su puesto en el Instituto, cuando intentó obtener un apoyo desde México que nunca conseguiría.

 

 

 

 

 

 

 

Los biólogos guardaban silencio. Al internarse en la Mixteca, se imponía la inquietante emoción de la búsqueda de una verdad. Un resplandor rojo teñía el cielo detrás de las montañas. Entre su abuela y Leonor, Adriana se sentía partícipe de la investigación y asintió con la cabeza cuando las dos decidieron seguir el camino de la historia del maíz e investigar en veinte pueblos desde Tehuacán, en el centro de una árida llanura que sus aguas minerales, entubadas al nacer, no alcanzaban bañar, hasta Comaltepec, La Trinidad, Ixtlán, Calpulalpam y Xiacuí, esos pueblos que, encaramados en sus montañas, tenían demasiado que ver con la denuncia.

Mientras los adultos preparaban el viaje, la niña había escudriñado los sitios de internet donde los paleobotánicos asentaban sus avances en los estudios del origen del cultivo y los historiadores los reutilizaban según venía al caso.

– Abue, debemos empezar en la cuenca del Río Balsas: ahí empezaron a sembrar maíz hace seis mil años- había dicho al subirse a la camioneta.

La abuela y su asistente lograron convencerla de que Tehuacán, con sus escasos cuatro mil seis cientos años de horticultura, estaba camino a Oaxaca.

– También leí sobre Tehuacán, aceptó al fin la niña.

En el asiento delantero, Dafne se negaba a entender que el nexo entre los narcotraficantes  y la siembra de maíz transgénico era una elaboración suya. Se prohibía reconocer que Jean-Bernard le había deslizado en el bolso la respuesta a la pregunta sobre los mecanismos de la corrupción que ella le formulara poco antes de besarlo.

A ambos lados de la carretera, los chimalayos, cactus viejos y largos, y los jiotillos, con sus manos espinosas de dedos levantados, parecían centinelas de hondonadas sin fin. Un par de halcones cruzaron  el cielo  manchado de nubes blancas como la cal. Con la ciudad a sus espaldas, la tierra mexicana mostraba su rostro imponente, un paisaje que como el arte de sus habitantes revelaba la presencia de las diosas, la sobrecogedora soberanía de lo terrible sobre el gusto humano. Una belleza pesimista y dolorosa que a veces, por su propio absoluto, apremiaba la destrucción.

Dafne interpeló directamente a Santiago. Las palabras, al romper el hechizo de la vista, provocaron en el hombre una oscura desazón. La mujer necesitaba llenar de sonido el silencio, de construcciones el vacío.

– Podrían empujar la cosa mucho más lejos- dijo como si Santiago hubiese escuchado su discurso interno. – Podrían estar experimentando ellos también con las siembras. El EPSide, por ejemplo, está elaborando un maíz espermicida para ser usado como anticonceptivo; son años que el plástico verde se produce a partir de la película de los granos; Pine Land Company ha desarrollado una semilla incapaz de reproducirse en cultivos subsiguientes. Y Dupont, Dau, Aventis, Monsanto y Pulsar bien podrían haber perdido, en manos de narcotraficantes, experimentos sobre las virtudes alucinógenas del maíz.

– ¿Como cuáles?- la interrumpió, irónico y molesto, Santiago.

Dafne rememoró sus terapias con LSD, en los años felices en que la corniola del trigo ofrecía su ácido a sicólogos y sicodélicos. Recordó cómo ese experimento magnífico se había convertido al cabo de poco tiempo en gotitas que se vendían en las puertas de las discotecas, cortadas con estricnina para incrementar su volumen. Su primo mismo, el hermoso Yorgos de pelo ensortijado, de la intoxicación quedó medio estúpido.

– No hay ácido lisérgico en el maíz.

– ¿Y qué si el maíz anticonceptivo se empieza a cruzar con las plantas silvestres y se dispersa?- preguntó Dafne, mirándolo como si de propósito él se negara a comprender. – Podría ocasionar la esterilidad del género humano, se contestó a sí misma, con la voz desesperada de una maestra frente a un alumno bobo.

– Y de los rumiantes y equinos- agregó llanamente Santiago.

– ¿Te da risa?- La voz de la griega rayaba en la histeria.

– De ninguna manera- contestó el microbiólogo. – Ahora tú dime  ¿qué nexo hay entre el narcotráfico y el maíz anticonceptivo?

Dafne se quedó el silencio. El cielo era ahora de un azul intenso, tan limpio como enceguecedor. Con acrimonia pensó que Santiago se parecía a Niko Andreakis. Su negativo: piel blanca y pelo negro.

Leonor, mientras Adrianita se le acurrucaba en el regazo para dormirse, divisó en la mochila abierta de la niña un trozo de pastel de chocolate. Inhaló el aire de la ventanilla que abrió nerviosamente. Había mucha gente en la camioneta, aunque nadie le prestara atención. No puedo, se dijo. No debo, enfatizó. Y entre el ritmo de la respiración y las órdenes que se mandaba, logró impedirse el robo del pastel. Pasaron unos minutos. A la doctora se le cerraban los ojos. Santiago y Dafne discutían. Nadie se daría cuenta. Esta es la premisa. ¡No, no es cierto! La negativa estalló en su cerebro como una súplica enojada, un rezo, una demanda. No es cierto, la premisa es que yo, yo, dios mío, yo no sé resistirme al pan, al pan nuestro de cada día, señor, que tantas veces, señor, recibí a regañadientes, dios, dios mío, déjame en paz. Suspiró para no llorar, pero el reclamo seguía galopando por su mente. Y no sé resistir al chocolate, a la mantequilla, a las latas de atún, las ollas del día anterior, dios mío cómo te odio: por qué, por qué me lo das a mí y no a los niños que se mueren de hambre en Etiopía, por qué, por qué, infame, desgraciado dios mío. El abatimiento siguió a esa descarga de palabras agolpadas y silenciosas.

Santiago, Adriana y Jacinta ignoraban las tribulaciones de sus dos compañeras de ruta. La niña gozaba el placer de ser considerada grande. El discípulo y la maestra se creían investidos de un deber: pasar a la sociedad los conocimientos que adquirirían sobre las responsabilidades de la industria biotecnológica.

A despecho de su extrañez por el ajetreo del mundo, Santiago sabía mucho acerca de las maniobras de Novartis en la Sierra Norte. La compañía farmacéutica suiza había financiado el laboratorio de los campesinos, a cambio del permiso para investigar las propiedades medicinales de las plantas que crecían en sus bosques mesófilos. Se lo había contado su amigo Paco Méndez cuando le llamó, unas horas antes de ofrecerse para manejar la camioneta de su maestra.

Mientras estudiaban biología, años atrás, Paco Méndez ya lo había puesto al tanto sobre la Sierra. Paco era uno de esos hombres que asustan a los otros hombres por la suavidad de su trato y la ternura de sus abrazos. Había crecido en Xiacuí y en las largas tardes de estudio, durante su licenciatura, cuando lo oscuro de la lluvia se confundía con el anochecer, recordaba los cultivos en los claros de los bosques, hablaba de los conejos de su tío y del aroma del pan de harina recién molida. Sobre todo, Paco Méndez no quería olvidar los fresnos y los pinos que las comunidades de la Sierra de Juárez rescataron para la explotación y protección comunitaria en 1988. Una larga lucha, sí. Las mujeres se acostaban en las carreteras para cerrar el paso a los camiones y abrazaban los árboles que Papel Tuxtepec quería cortar. Los hombres, a veces, temblaban de miedo.

Después de presentar su tesis, Paco Méndez había regresado a la Sierra para trabajar en el laboratorio comunitario. Lo animaba la lealtad de los niños y un verdadero horror por lo que consideraba malo. Se había formado en la cultura de la reciprocidad y le era fácil obedecer y proponer. Cuando Santiago llamó desde México, repitió varias veces: Amigo mío, qué gusto de oírte. Luego, le contó del biólogo que asesoraba a los agricultores y madereros de las comunidades desde hacía años: prefería los análisis del ADN de los hongos y las flores a los estudios taxonómicos.

A Santiago Báez el laboratorio pagado por una empresa de ingeniería genética le hacía más ruido que un panal de abejas en mayo.  ¡Carajo!, siempre algo se le quedaba afuera. Cierto es, se decía, que algunas setas cuestan más del doble que otras muy parecidas y saberlas diferenciar para comunidades que comparten la riqueza forestal es de vital importancia. Pero los estudios sobre la biodiversidad para la herbolaria médica llevados a cabo por Novartis le producían un escozor semejante a un mal presentimiento.

– ¿Qué bien a cambio de qué mal?- se atrevió a preguntarle a su amigo Paco.

El biólogo comunitario alabó el inventario de los hongos de los bosques, el estudio de su simbiosis con las orquídeas, la importancia de que cada comunidad tuviera su vivero y su banco de germoplasma. Poco a poco, el entusiasmo del serrano fue contaminándose con el silencio dubitativo de su antiguo compañero de escuela. Al finalizar la conversación, a punto de colgar, Paco volvió a tomar aliento.

– Ven- le rogó a Santiago. – Creo que nos va a servir hablar contigo. Avisaré a mis compañeros para que nos reunamos.

No le había dicho nada a la doctora. ¿Traicionaría a Paco? Lo retuvo una mezcla de sensaciones suaves y resistentes como la más alocada esperanza. Deseaba proteger el derecho del pueblo de su amigo a tener un laboratorio propio. En algún momento no sólo los habitantes de La Trinidad y Xiacuí, sino también la doctora Vargas y los agrónomos, médicos y biólogos del mundo entero, habían creído que conocimiento y tecnología iban de la mano en el camino sin retorno del progreso. Él mismo dudó de la ciencia sólo cuando vio que sus maestros abandonaban las universidades públicas para fundar empresas de biotecnología para el sector químico. La perplejidad creció con los informes prohibidos del doctor Pusztai sobre las papas modificadas. El desasosiego absoluto sobrevino al descubrir que las promesas de milagros biotecnológicos se sostenían en investigaciones clandestinas y que los temas ligados a la bioseguridad se hallaban estrechamente ligados a la política de la ciencia, a qué demonios significa ciencia. No, no estaba dispuesto a descargar un golpe sobre el único equipo moderno que pertenecía a campesinos.

 

 

 

 

 

 

La superficie seca de la Mixteca Alta se cruzó del estado de Puebla al de Oaxaca manteniendo la diversidad cromática de sus tierras, aquí rojas como el oro y allá salinas. Se divisaban entre matorrales secos, yucas, biznagas y cactos unas milpas, antigua palabra que significó maíz y que hoy indica el campo cultivado. Pocas, resecas y alejadas de la carretera. Podían haberse sembrado con granos de la cosecha anterior. O con las semillas compradas cuando la producción propia se había acabado y el hambre empujó a los campesinos a las distribuidoras gubernamentales de alimentos.

Jacinta y Santiago rastrearían al azar las milpas de diversas comunidades desde Tehuacán hasta la Sierra de Juárez, donde esperaban dialogar con los productores de la Unión de Comunidades Zapotecas Chinantecas. El equipo del laboratorio no estaba al corriente de sus intenciones. Sólo la niña concebía el plan como una aventura.

– Abuelita, debemos desviarnos- le recordó Adriana.

Leonor se despabiló: – Yo manejo- dijo.

Santiago y Dafne se pasaron al asiento trasero y la vieron arrancar a su izquierda rumbo a las caleras y las salinas de Zapotitlán, metiéndose hacia Los Reyes Metzontla, antes de poder preguntar adónde iban.

La brecha se internó en una sierra casi lunar. La pista estaba en buen estado dada la sequedad misma del terreno y, despacio pero sin saltos, el auto avanzaba entre pitayos y yucas. El desierto fue cediendo poco a poco. Mezquites y huisaches alternaban con grandes tabachines de flores anaranjadas. De repente,  un amate blanco con su tronco y sus hojas de oro claro, las raíces embarradas en una pendiente de roca. En las hondonadas donde se concentraban las aguas, bosquecillos de sabinos, enebros y sauces destacaban verdes en la inmensidad amarillenta. Entre las montañas,  pequeños valles con sus cultivos de jamaica, cebada y trigo, rojos, grises y amarillos en esa época del año. Magueyes gigantescos, verde-azulados, pequeños arroyos, yucas cargadas de racimos de flores blancas y soporíferas, parecían haber sido distribuidos entre las quebradas por un pintor muy parco.

Adriana  tenía que hacer pipí, y también necesitaba mirar y oler.

– ¿Dónde estamos?- preguntó Dafne. El paisaje no se correspondía con las palabras que detallaban una pobreza y abandono casi congénitos a la condición campesina, empleadas por los funcionarios de la Secretaría de Agricultura al describir Oaxaca.

– Para los burócratas todo el campo debería desaparecer y convertirse en una fábrica con asalariados vestidos iguales- le explicó Leonor.

– Imbéciles- espetó Santiago y Jacinta asintió.

Tomaron café de un termo y desplegaron un mapa militar. Por entre la serranía, como hilos de arañas, corrían senderos de mula, brechas y antiguos caminos reales que conducían a valles estrechos. Desde el punto mismo donde se habían detenido, Leonor se adentró en el campo y Jacinta marcó una cruz en el plano. Una hora después la microbióloga volvió con unos tallos, hojas, inflorescencias masculinas y estilos femeninos ya fecundados; así como con algunas mazorcas inmaduras.

– ¿Estamos robando los frutos del trabajo campesino?- preguntó Dafne.

– Estamos yendo hacia el próximo pueblo para saber si hay tiendas de gobierno que venden maíz de importación para la alimentación humana- arrancó el auto Leonor.

Trujuapan tenía un almacén de la Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productores del Campo.

– Éstos deberían ser los buenos- aclaró Leonor.

– Oh sí -dijo la periodista con acritud-, estamos en una película de los buenos contra los malos.

Todo intento de Santiago de hablar con alguien fue en vano. El mediodía cegador tenía a la gente recluida en sus casas. A pesar de que los carteles colgados en la puerta de la tiendita permitían conjeturar que los agricultores saldrían al encuentro del cualquier forastero con ánimos de defender su producción -¡Alto a la importación!, ¡Comercializa el maíz mexicano!- nadie fue hacia ellos.

Kilómetros más adelante volvieron a internarse en las milpas más alejadas de la carretera asfaltada. Las rancherías que cruzaban se mostraban abandonadas. En Calecilla, un perro macilento aulló a su paso y de una casa alguien le aventó un palo sin mostrarse. La tierra entera se había despoblado. Se pararon en cuatro cultivos. De ese microcosmos alimenticio que fue la vieja milpa, donde se entrelazaron el maíz y el frijol con los quelites y se escondieron los chapulines, no quedaban sino mazorcas cerradas, verdes aún y ralas.

Poco antes de Mexquitlahuaca, se detuvieron bajo un árbol negro y torcido. El cansancio y el calor los aplastaban.

– Quítense de ahí- gritó un hombre enjuto y arrugado que les hizo señas con su bastón. – Quítense de ahí: del Palo de la Mala Sombra caen unas arañas verdes y transparentes que pican como el demonio: ese árbol lo hizo Dios en un día en que estaba cansado.

Por muchas preguntas que le hicieron cuando se recuperaron del asombro de verlo aparecer, el hombre repitió siempre que, de tan vieja, la Mixteca se andaba muriendo.

– Ya no nace nadie y los pocos que todavía tienen fuerzas se van.

 

 

Al finalizar la tarde, una periferia ruidosa y desordenada los acompañó hasta el mero centro de Huajuapam, una verdadera ciudad.

– Aquí es seguro que si encontramos pruebas de contaminación, no han de venir del aire- sostuvo Adrianita con aire docto. La periodista esbozó una triste sonrisa.

Comieron en el mercado, la decepción no siempre quita el hambre. Sólo Leonor inventó una excusa para no sentarse a la mesa. Es más fácil que la bulimia se case con la anorexia que con un sano apetito. Deambuló por las calles hasta dar con la plaza y el palacio municipal. En la escalinata principal, un pintor retocaba su mural: una pareja de campesinos, el sol flechado por el primer mixteco, el agua, las nubes y, campeando sobre todos los demás elementos, una mazorca que se desprendía de sus granos para alimentar a la humanidad.

Al salir del palacio, un anciano señalaba los dibujos a un par de niños muy chicos.

– Miren, hijos, somos el pueblo de las nubes, los que detuvimos al sol en el cielo para que haya día y haya noche y recibimos de las diosas el primer grano de maíz para sembrar…

Leonor se detuvo frente a una tienda de dulces tradicionales, amarillos, rojos, blancos, cristalizados y borrachos, todos ellos perfumados como un patio en día de verano; no entró, se detuvo frente a la vidriera para que nadie la viera llorar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Yo tengo un árbol aquí en el pecho

lleno de frutas y canciones que me nutren

y crece y crece con las voces que dijeron:

sobre el mapa de tu tiempo está tu trazo y el

nuestro

 

Melissa Cardoza, Textos zafados

 

 

 

 

 

 

Las mujeres de Yanhuitlán ofrecen sus casas. La tarde oscurece el aire y el calor mengua, pero nadie se quiere separar aún, cual si las preguntas de los biólogos y las respuestas de las campesinas hubieran tejido un lazo entre ellos.

Adriana y su abuela se encaminan hacia la casa de Guadalupe; a Leonor, le destinan  la muy cercana vivienda de Olga; y a Dafne, una tercera mujer se la lleva del brazo. Con Santiago las mujeres dudan. Es comprometedor invitar a dormir a un hombre joven en una tierra donde los maridos emigran y las camas quedan vacías por años. Pero, acaso, ¿no es más grave faltarle al deber de hospitalidad? Leonor entiende de repente. Toma a su insípido colega de un brazo y dice que lo va a cuidar a las campesinas que la rodean. Miradas de entendimiento se cruzan entre las yanhuitlecas, hasta que todas se ríen y Santiago se siente incómodo.

Envuelta en una cobija en la casa de Guadalupe, Adriana saca su videojuego de la mochila. Resplandece una luz en sus manos que rápidamente se desplazan por un teclado diminuto. A cada victoria, vibran sonidos electrónicos. El hijo de Guadalupe se le acerca. Compiten hasta quedarse dormidos.

Sólo las pulgas del perro impiden que Dafne al acostarse se sienta absoluta y totalmente feliz. Cuando era niña, había sido amada por la pareja que trabajaba para su familia en la finca que todavía poseían en el Peloponeso. La trataban como a la hija del patrón, por deber; y también con una indecible pena, un sentimiento de solidaria conmiseración que le curaba la piel en las temerosas caricias que le propiciaban y la calentaba como una sopa cuando se sentaban frente al fuego. Mentían para ayudarla. No la hemos visto, decían, hasta que su madre, a quien la niña temía como al dolor y a la muerte, se olvidaba de ella, de lo que quería decirle, de lo que iba a exigirle. Comían el pan con la boca destentada y abierta, le daban vino en agua, la dejaban vagar descalza. Para ellos, todavía, Dafne guarda un agradecimiento sin edad y una nostalgia semejante a la que, en terapia, algunas personas manifiestan por el seno materno. Las risas y los problemas campesinos, compartidos en casas sin luz eléctrica, fueron sus tetas; tetas barridas de su vida primero por la necesidad de dinero de sus padres, que vendieron las tierras de sus ancestros, luego por la modernidad, que llegó tarde a su país y que, por ello mismo, llegó con una prisa que lo arrasó todo.

Por su cabeza se cruzan la resistencia y el señorío de Yanhuitlán con las excursiones infantiles entre bosques de olivos que terminaban en el mar. Intenta organizar mentalmente su reportaje, pero sueña con ninfas diáfanas que se desdibujan sobre el fondo de la campiña griega. Nadie sabe dónde empiezan los sueños, cuándo las visiones aparecen y con ellas se enhebran las historias. Cruzando por la razón adormilada de Dafne, las ninfas se transforman en cerros, cactos, hondonadas oscuras, hasta que en la mano de la mujer culebra las diosas depositan la primera semilla de maíz y en la mano del primer hombre, la coa para sembrarla. Semilla que no se dispersa sola, amarrada a una mazorca dura que sólo dedos humanos pueden desgranar y difundir sobre valles y colinas, dibujando el mapa de un largo poema sobre la tierra.

La noche enfría el silencio que se ha recostado bajo un manto de estrellas claras. Las once en Yanhuitlán: inmovilidad y sueño. Sólo el viento se deja escuchar.

El estallido y las llamas de la camioneta frente al portal de la Presidencia Municipal sobresaltan a Santiago y despiertan hasta al hombre de la choza más lejana. La doctora Vargas siente una punzada en la cadera al dar un brinco en la cama y se da cuenta de que no podrá correr. La edad la alcanzó mientras dormitaba en el colchón de lana de Guadalupe.

Una sensación de dolorosa impotencia. Tras un intento, se resigna a quedarse cuidando el sueño de su nieta, en espera de que alguien llegue a decirle qué sucede. Presiente que la explosión tiene que ver con su presencia en el pueblo. Dios mío, ¿a qué habré traído a mi pequeñita?, suspira masajeándose el anca. Adriana se remueve serena en el sueño bajo la mirada de la abuela.

Leonor cruza jadeando el umbral de la casa de Guadalupe Martínez.

– Prendieron fuego a nuestra camioneta- dice. Luego pregunta: – ¿Por qué, si ya todo mundo sabe?

Jacinta sacude la cabeza.

– Ojalá que no haya nada de cierto en las obsesiones de Dafne.

Lo dice para espantar un espectro, pero logra que Leonor suelte los fantasmas de sus celos.

– ¿A qué trajo a esa, esa…  periodista? ¿De qué nos va a servir?

La vieja doctora sonríe: puede reconocer las pasiones y prejuicios de una científica dura  desde que era estudiante.

– Verás qué buena es armando un escándalo- reprende a su discípula.

A Dafne sus narcotraficantes le han asaltado el sueño mitológico como un bombardero no tripulado a una boda afgana. Se incorpora de un brinco. De pie en la estancia vacía, experimenta el terror de quien espera una segunda arremetida.

Muy pronto empero la invade el entusiasmo ansioso que devora a los periodistas cuando creen haber dado con la noticia. Corre hacia el centro del pueblo. Divisa las llamas del auto al tiempo que unas sombras se escabullen tras los arcos posteriores al parián. Hombres, sin lugar a duda. Tres, máximo cuatro, y vestidos de blanco.

No sabrá explicar qué la empuja a seguirlos, si la curiosidad profesional o una inconsciencia alimentada por la necesidad de encontrar una pista. Calcula mal el peligro o, más bien, no lo calcula para nada. Al empezar a correr la roza la imagen de una futura charla con Jean-Bernard: ella recostada en sus piernas le cuenta como dio con una banda de corruptores del estado mexicano. A grandes trancos alcanza las sombras que se pierden entre los maizales; el aire frío la envuelve y la noche se cierra sobre el campo al alejarse del fuego y la electricidad.

Santiago distingue la silueta de la griega cuando tuerce detrás de las casuchas vacías que cierran el pueblo al sur. Quiere alcanzarla, pero frente a él se concreta la figura maciza del presidente municipal. Dos guardias vestidos de negro y armados de escopeta, vienen detrás y lo encañonan.

– ¿Qué hacemos?- preguntan mientras le apuntan al pecho.

El flujo sanguíneo de las piernas de Santiago se vuelve ardiente plomo líquido. Está a la merced de una autoridad absurda en medio de un pueblo semifantasma. Aprieta los dientes y endurece los músculos; el presidente municipal adivina su terror y un escalofrío de placer le recorre la entrepierna.

– A ver machín, ¿de qué institución dices que eres funcionario?

Las escopetas se desplazan. El primer tiro se incrusta a tres centímetros de su pie izquierdo, el segundo se pierde en el aire.

Leonor sale corriendo desde la casa de Guadalupe Martínez. Actúa como una heroína de película antigua y se interpone entre las escopetas y el hombre, pero, una vez plantada frente a la sonrisa hijoputesca del munícipe, no puede hablar ni lograr que las piernas dejen de temblarle. La imagen, en su grotesco, le provoca unas ganas estúpidas de reír. Ahí está.

Una voz de tiple y un asomo de afirmación, de exhorto, algo sorprendente sale de la boca de Santiago.

– Éste es un delito federal, nosotros somos investigadores del gobierno- alcanza a decir con un último aliento de dignidad, empujado por el antiguo deber masculino de proteger a los suyos.

Los policías entienden que él es autoridad. Dándose vuelta sin bajar las escopetas, las dirigen hacia el presidente municipal quien grita con su vozarrón:

– ¡No me estén apuntando, pendejos!

El tendero sale con sendas botellas de Coca Cola y, tras agitarlas, dirige la espuma a las llamas que se apagan.

 

 

 

La doctora Vargas entra a la plaza del brazo de Guadalupe Martínez. Su hijo despierta a Adriana apenas ellas han cruzado la esquina.

– Vamos; luego no van a contarnos nada.

Así también los niños penetran en la noche enardecida; nadie atestigua su fuga. Cuando las patrullas de la Policía Ministerial de Oaxaca llegan de Huajuapan, casi los arrollan en la carretera principal.

– ¿Ves?, para ellos somos invisibles.

El muchacho se sobresalta.

– No digas esas cosas de noche; es peligroso.

Mira hacia la oscuridad y un escalofrío lo sacude de pies a cabeza.

– ¿Qué pasa?- pregunta en voz muy baja Adriana.

El niño se encoge; sólo mediante un esfuerzo del que Adriana no puede dejar de percatarse susurra:

– Tú y yo no somos invisibles, no debes decir esas cosas, tú…- baja aún más la voz y la mira a los ojos. – Tú y yo somos normales- agrega y echa a correr hacia el centro del pueblo.

Llegan a los portales, mientras los policías se dispersan por el pueblo. El comandante interroga una vez más al equipo de investigación. Adriana se acerca a su abuela. La presencia de conocidos la conforta,  tiene miedo aunque no esté segura de qué. Leonor es su cómplice,  Santiago una especie de tío.

– ¿Dónde está Dafne?- pregunta.

– Dafne- musita Jacinta.

– Dios mío- le responde Santiago.

– ¿Qué?- dice Leonor.

– No está- contesta Jacinta.

– ¿Quién?- inquiere el comandante de la ministerial.

Santiago recuerda haberla visto correr hacia las afueras del pueblo y el policía pregunta si anda armada.

– No- contestan en coro los biólogos y la niña.

Al poco rato, sólo Dafne importa. Las patrullas salen por las veredas con las luces prendidas, desde las pocas casas habitadas los hombres se alistan para buscarla en las milpas, y a los niños les toca un coscorrón por andar en la calle a esas horas de la noche.

El comandante mira a Leonor; tiene las piernas fuertes dibujadas bajo el ligero camisón de seda y el escote descubierto. El comandante se sabe guapo, su pelo castaño le cae sobre los hombros anchos y el pistolón le cuelga del cincho. Pasea su mirada sobre Santiago. ¿Cómo puede dejar que él, el irresistible Carmelo Montes, mire a su mujer vestida así? En ese instante el joven biólogo rompe a llorar. El policía sacude la cabeza. Maricón, suelta entre dientes.

Sentada al lado de su colega en la banqueta del palacio municipal, Leonor le pasa un brazo alrededor de la cintura. La seda del camisón se desliza dejando al descubierto un par de muslos bien torneados y brillantes. Qué hembra para tan poco macho, resopla el comandante, inhalando el aire que le infla el pecho como a un guajolote.

 

 

 

Las horas pasan. La escarcha hiela en la madrugada. Guadalupe Martínez camina hasta la plaza por tercera vez desde su casa, con una taza de atole caliente. Beban, beban que les hará bien. Sus huéspedes obedecen a pequeños sorbos. El comandante ha ido tras sus hombres, ha vuelto para llenar papeles y se ha ido nuevamente. La luz morada anuncia el alba tras las montañas al este.

– La mataron- suspira de repente Jacinta.

Santiago sacude negativamente la cabeza.

– Ay no, doctora, nunca me lo perdonaría.

Cuando el cielo se transparenta, vuelven las patrullas, a la media hora regresan los hombres. Nada. Dafne se ha esfumado.

– Hay que avisar a los retenes de los caminos y pedir refuerzos de Tlaxiaco- ordena el comandante.

Sobre el camisón, Leonor lleva ahora una cobija de lana gruesa. El oficial lo cree un gesto de desaprobación y repentino recato, como si su fracaso en la búsqueda de la griega le quitara ese poder de seducción que cree inherente a su masculinidad armada. Leonor mira a Santiago para prevenir cualquier gesto de desesperación de ese hombre que empieza a querer como a un hermano. De edad parecida, hace lo mismo que ella; lo apoya por una primaria comunidad de intereses. El comandante conoce sus nombres, el número de sus documentos de identidad; en realidad, no sabe nada de ellos. Así que las atenciones de Leonor a Santiago le duelen como una afrenta al sentimiento que lo empuja sin razones ni derechos hacia la mujer y le remueve la sangre. Y que es nuevo, inesperado, sin sentido.

– ¡Muévete!- grita histérico a su segundo.

Radian un mensaje con una confusa descripción de la periodista griega mientras la camioneta de José Luis García entra al pueblo. Dafne está sentada a su lado y se sostiene con la  mano derecha el brazo izquierdo, empapado de sangre. Se apean  en la plaza. Todos los miran.

–  La encontré mientras venía para acá- dice García.

– Cayó del cielo – agrega Dafne. Y dirigiéndose hacia Jacinta: – Ésos no eran narcos: me hirieron con un machete porque los seguí. Los narcotraficantes llevan otro tipo de armas.

–  Así es- responde Jacinta. – Eran campesinos asustados.

Luego abraza a su amiga y se la lleva hacia la casa de Olga para curarla.

 

 

 

 

 

 

El pintor entra con su pasito medio saltarín a la cocina de Guadalupe.

– No son de aquí -dice.

La mañana disipa las brumas de la madrugada y él necesita un café para sobrellevar la desvelada.

– Eran campesinos, – dice Olga la comadre.

– Sí- contesta el pintor. – ¿Y qué más iban a ser?

Se quedan en silencio. Las mujeres limpian unos quintoniles para el almuerzo y él dobla la cabeza sobre la taza humeante.

Del otro lado de la calle, el estudio de José Luis García se desvanece al igual que las chozas a la sombra de la mole del convento colonial. Su historia ha crecido allí. Él es el pintor que jamás pudo olvidar su tierra. Ni en Berlín, donde pintó las huellas de sus pasos de rosa y verde entre su casa y la galería. Ni borracho en Moscú, donde amarró un mecate del hotel a la cantina para no extraviarse en el hielo y poder regresar a Oaxaca al final de su exposición.

José Luis García sólo acepta perderse entre las comunidades de alfareras y tejedores, pintoras y arquitectos, que dan vida al arte del pueblo de las nubes, el pueblo del polvo de agua. Va y viene de las tierras rojas de Nochistlán a las cuevas de Apuala, de los talleres de San Jerónimo al mercado de Coixtlahuaca. Sube a las cumbres de Tilantongo donde Sahuindanda flechó el sol. En Yanhuitlán, no hay mujer que no le ofrezca un asiento en su cocina.

Ahí lo encuentra el hermano de Olga, un hombre robusto, muy moreno, que viste una bata blanca.

– A su amiga no le va a pasar nada, tuvo suerte: no se detuvieron para matarla, sólo querían que dejara de seguirlos. Seis puntos derechitos; si cicatriza bien, casi no van a verse, la herida no se ha infectado- dice.

Su voz, sin embargo, no es totalmente clara, como si escondiera un fastidio. José Luis clava los ojos en el rostro del médico.

– ¿Y qué, pues?- pregunta luego de un rato.

– Pues, que no me gusta nada; esos hombres son de por ahí, de Tlaxiaco, y llegaron a la presidencia municipal para decir lo que todos aquí ya sabemos.

– ¿Qué, pues?- insiste José Luis.

– Que es mejor dejar el campo, que la tierra ya no vale nada; en fin, cosas que desde hace tiempo nos vienen repitiendo los del gobierno y también esos tipos raros de las mineras y las maquilas.

Las mujeres se encogen de hombros; los hombres se buscan la mirada. No son sembradores: ¿cómo van el médico y el pintor a opinar sobre ese propósito? El silencio en la casa de adobe pesa. El sentimiento de impotencia de los dos crece hasta invadir todo el ambiente.

– Si dejamos de creer en la tierra, nos morimos- dice entonces Olga.

Nadie contesta sus palabras, son demasiado grandes. Además, semejantes a sombras en pleno sol, en ese momento se acercan las mujeres que el día anterior han acompañado a los biólogos a la milpa. Vienen en grupo. Detrás de ellas, caminan tres hombres maduros, dos de ellos tuertos y el tercero bizco: quien tiene problemas en los ojos no puede entrar a los Estados Unidos. Se detienen en la puerta.  Guadalupe se acerca a sus paisanas.

– Pasen.

Las mujeres sacuden la cabeza.

– No, Lupe, sólo venimos a avisarte que don Nacho ha dispuesto las sillas en el patio y nos espera.

Don Ignacio Sol Hernández ha sido el último mayordomo de la fiesta de Santo Domingo, antes de que a su devoción la pararan la falta de recursos y la muerte de un hijo en el norte. Después de él, nadie se ha ofrecido y la fiesta ahora corre a cargo de una comisión. Los pocos habitantes de Yanhuitlán, sin embargo, siguen reconociendo la autoridad de don Ignacio.

– También a sus amigos del gobierno- agrega uno de los tuertos; – no son como los otros y él cree que tienen de qué hablarnos.

Luego lanzan una mirada a José Luis García y al doctor.

– Ustedes pueden venir- dice otro hombre.

Cuando están por irse, la más alta bisbisea: – Ni una palabra con el presidente municipal.

 

 

 

En el silencio recobrado, la voz de Guadalupe suena como un llamado a la realidad.

– Almorcemos primero.

Como si hubieran esperado su orden para moverse, todos se dispersan a buscar a la familia que aún falta y a los extraños.

Dafne llega acompañada por Leonor. Los niños, en la huerta detrás de la casa, las ven acercarse, pero siguen hablando de los fantasmas de Yanhuitlán, de los nahuales que son hombres capaces de salir de sí mismos para desplazarse en el aire, y nadie sabe si harán un acto bueno o uno tremendamente malo, y pueden ser visibles o invisibles.

– ¿Crees que la atacó un nahual?- pregunta emocionada Adriana apuntando el dedo hacia Dafne.

– Qué va, niña- dice el hijo de Guadalupe-, el machete lo manejan brazos de músculos, pero…- el niño mira hacia enfrente.

– ¿Sí?- susurra Adriana.

Hablar de esas cosas rezuma un miedo excitante.

– Pues, esa mujer es rara-. El niño calla por un instante como si buscara la definición de su rareza. – Yo no me hubiera atrevido a perseguir a tres hombres que huyen fuera de la ciudad durante un incendio; pues, lo más seguro es que ellos le prendieron fuego a su camioneta.

Adriana asiente con la cabeza y agarra unas piedras del suelo para lanzarlas y atraparlas en el aire.

Cuando su abuela y Santiago llegan, Guadalupe sale a la puerta y grita:

– ¡Niños, vengan a comer!

Entonces su hijo mira fijo a Adrianita.

– ¿Tú también te vas a ir?- pregunta.

– Sí.

– A mí me gustaría que te quedaras.

– ¿Por qué?

– Eres bien bonita.

Adriana siente una furia irrefrenable. Cómo es posible que los niños no sepan tener amigas. Se levanta de un brinco y tira lejos las piedritas con fuerza.

 

 

 

 

Quintoniles en salsa verde y unos puñetes de frijoles bien cocidos en el comal, y luego todos se van hacia la casa de don Nacho. Sólo el niño se queda en el patio rumiando lo pendejas que son las niñas, aun las de ciudad.

Guadalupe y Olga abren la marcha. José Luis le ha ofrecido el brazo a Jacinta Vargas y el médico se interesa en la herida de Dafne. Cruzan el pueblo sin pasar frente al Palacio Municipal y llegan a una casa antigua, limpia y muy cuidada, con un mezquite al centro del patio. Bajo su sombra, han sido dispuestas una veintena de sillas de paja con el respaldo de madera pintado de colores vivos.

Don Nacho no es más viejo que la mayoría de los hombres, aunque a todas luces es el más rico. Sus hijas atienden la única comercializadora de semillas, que a la vez es la tienda grande del pueblo; sus hijos han emigrado a Estados Unidos y cada año le envían remesas suficientes para que él pueda sufragar sus gastos de presidente de la comisión para la fiesta del 4 de agosto. Por su patio andan graznando patos, gallinas y dos pequeños nietos, todos picoteando del suelo. Los hombres de Yanhuitlán no se han atrevido a pedirle consejo, porque temen que don Nacho defienda la tienda de sus hijas, pero éstas también han llegado a la reunión.

Cuando Jacinta cruza la cerca del patio, don Ignacio va a su encuentro. La trae al centro de la reunión para que hable. La vieja bióloga se siente más intimidada por las miradas expectantes de los campesinos mixtecos, que por la rueda de prensa en el Instituto.

– Sólo sabemos que muchas más milpas de las que se han estudiado han sido contaminadas por un maíz genéticamente modificado que se ha sembrado por error- dice al fin. Y una lluvia de preguntas recae sobre ella.

– Hay que evitar la siembra del producto comprado, pues no es de una variante que se adapta a nuestros suelos y puede ser que desplace al maíz criollo- vuelve a insistir antes de que Leonor, transida por una especie de frenesí, le arrebata la palabra temblando.

– Cada año, los productores mexicanos tienen un excedente de seiscientas mil toneladas de maíz blanco. Es decir, ustedes producen más de lo que todos consumimos. Resulta que no se logra comercializar. No obstante, se importan doscientas mil toneladas de maíz blanco de Estados Unidos.

Las lágrimas inundan su cara.

– Ése es el maíz que está amenazando nuestras milpas.

La voz se le quiebra. Antes de dejarse caer en su silla, alcanza a preguntar todavía:

– ¿Por qué no se detienen esas importaciones y se comercializa el maíz mexicano tradicional?

Los campesinos dirigen la vista hacia las hijas de don Nacho.

– ¿Por qué?- preguntan en coro.

Las dos mujeres les sostienen la mirada, sin culpas, pues el gobierno les envía los granos sin especificar su proveniencia.

– Eso ya no va a pasar- dice la mayor.

Entonces, Leonor vuelve a gritar, fuera de sí:

– El desprecio de las autoridades de agricultura hacía nuestro maíz ha llevado al abandono la agricultura campesina, al total desconocimiento de las variedades mexicanas y, ahora, a su contaminación con variedades transgénicas.

Jacinta cierra los ojos.

– ¿Es cierto?- susurra don Nacho.

Él se ha preguntado por qué los camiones que transportan maíz, dejan caer tantos granos por el camino. Desprecio, es la palabra. ¿Inconsciencia también? Porque en su suelo seco el maíz puede no tener la suerte de germinar, pero en la Sierra Norte, donde las nubes humedecen a diario la tierra, cualquier grano brota y las espigas transgénicas pueden polinizar las milpas tradicionales.

– Claro que sí- suspira Jacinta-, lo que ella dice es cierto; pero ¿adónde los va a llevar con esos gritos?

– Usted no cree que nosotros somos capaces de reflexionar y controlarnos, ¿verdad? La muchacha sólo se ha exaltado, se le pasará.

Dafne se levanta y pasa el brazo sano sobre los hombros de Leonor. Cuando siente que se ha calmado, vuelve a ser la periodista de siempre.

– ¿Y ustedes qué tienen que decirnos? Estamos aquí para escucharlos.

Los mira. Son lo que queda de un pueblo de magníficos agricultores. Desdentados, tristes. No falta mucho para que alguno se levante y diga que ya es un fantasma. Que el suyo es un pueblo de fantasmas. Desde hace cientos de años combinan con sabiduría sus cultivos para proporcionar a los terrenos un equilibrio que los proteja de las sequías y las plagas. Pero su voz, diezmada por la migración y la edad, cuenta la historia de errores recientes.

Se incorpora el bizco, alto y pesado.

– Además, llegan otros campesinos a decirnos que es mejor que vendamos, que la tierra no vale nada, que pronto el gobierno nos la quitará de todas maneras.

Don Nacho asiente gravemente.

– Dime, Aurelio, ¿tú los escuchaste?

– Sí, don Ignacio, a esos tres, los que hirieron a la señorita, ellos hablaban de un plan del gobierno para hacer que estas tierras fueran como fábricas del campo… y que nosotros no tendríamos nada que hacer en ellas.

Algunas mujeres afirman con la cabeza.

– Dijeron también que si vendemos ahora- continúa Aurelio – vamos a conseguir mejores precios.

– Están locos. ¿Quién compraría?- lo interrumpe una vieja.

Muchos se encogen de hombros, pero Olga contesta:

– El presidente municipal.

 

 

 

Al final, el polvo de los campos recae sobre los caminos. Los extraños vuelven a las casas que los han hospedado para recoger sus cosas. Adrianita mira hacia el patio, el hijo de Guadalupe se ha esfumado. Desempaca el videojuego y lo deja en la mesa de la cocina. Luego se apresura para alcanzar a su abuela en la plaza.

José Luis García aguarda, apoyado en una de las bancas de piedra. Dos patrullas esperan. El pintor insiste que los biólogos no se marchen con la policía a Oaxaca.

– Todavía no, duérmanse en mi casa por esta noche.

Antes de morir, su madre le enseñó que hospedar a los caminantes es una forma de demostrarle agradecimiento a Dios por la vida y la propia abundancia. Cocinar para ellos es además un honor. José Luis le ha pedido a Olga que mate y desplume dos pollos; ella es soltera y bien puede preparar una comida ceremonial, que exige de quien la guisa por lo menos cuatro días de abstinencia sexual.

La casa y el estudio de José Luis están cercados por un muro de adobe y un seto de buganvilla de flores rojas, naranjas y blancas. El último refugio de un mundo que se esfuma; se respira en él la pasión de un artista. Dafne pasea por el jardín y entra a la cocina. José Luis y Olga agregan achiote al pollo cocido en sal para darle color y lo sazonan con hojas de acuyo. Le añaden chile seco, tostado y molido y la masa de nixtamal disuelta en agua fría, para que espese un mole amarillo y perfumado.

Dafne respira hondo y va a sentarse en la veranda, en una butaca de mimbre grueso y cojines de algodón salvaje. La mirada se le va tras las luces del atardecer. Prende un cigarro y mientras el humo se levanta no dice una sola palabra. A su alrededor van congregándose los demás. Los azules cerúleos cambian a cobalto y la noche índigo avanza sobre el cielo. Una delgada línea morada se divisa en la última luz, cuando Dafne propone lentamente:

– Bien, es hora de que hablemos.

Su brazo descansa en un pañuelo verde amarrado al cuello. Parece no molestarle; se ve serena. Nadie toma de inmediato la palabra, como si a pesar de que el momento ha llegado, la calma chicha de la espera quisiera preservar el refugio que proporciona contra la tempestad del mundo.

– Qué tarde- dice al fin Jacinta.

– Eh, sí- le hacen coro Leonor y Santiago.

Otro instante de silencio, levísimo. Luego Santiago irrumpe diciendo: – Nos toca tomar una decisión. Si vamos a Oaxaca para denunciar el incendio es probable que el Instituto nos retire de la investigación porque es peligrosa para nuestra seguridad. Si nos dirigimos a la Sierra de Juárez sin hacer la denuncia, quizá ya no seamos considerados investigadores oficiales por las autoridades de Salud, lo cual puede implicar desde que perdamos el trabajo hasta que simplemente no nos devuelvan los gastos de renta de coche y gasolina. ¿Qué hacemos?

– Qué concreto eres- se mofa Dafne.

Una sonrisa asoma en los rostros de las cinco personas sentadas. De la cocina, la luz y el aroma del mole amarillo se expanden por la casa cuando José Luis abre la puerta. Huéspedes y anfitriones se sientan a la mesa, aplazando momentáneamente toda decisión. Olga calienta las tortillas y ofrece frío chocolate en agua para la sed. Hay risas, chistes. El pintor es un cuentista nato y un chismoso de malicia suave, erótica, nada agresiva. Deja caer un comentario sobre las miradas que las mujeres le lanzan a Santiago, un piropo para Dafne, un chascarrillo que involucra a Leonor y un comentario gracioso acerca de lo mucho que don Nacho habló con Jacinta.

Por primera vez en años, Leonor come sin remordimientos. Adrianita devora su porción, se acurruca en los brazos de la abuela y se duerme. Dafne se relame los labios, se levanta ligera y feliz y da un par de pasos de baile, el brazo sano en alto, silbando. Y si la guerra estalla que nadie diga que no he sido feliz en vida, canta en su lengua.

Después de varios tragos de ese mezcal ahumado y seco que libera el cerebro y tuerce las rodillas, Dafne manifiesta que si todos deciden volver a la ciudad, ella seguirá el viaje por su cuenta ya que, de todas formas, debe desquitar el precio del boleto de avión a México.

Jacinta la ha mandado llamar y sabe que la afirmación de su amiga es un reclamo contra su cobardía, pero le duele el cuerpo, no sabe qué hacer y carga con la niña.

– Yo te acompaño- propone José Luis.

Santiago y Leonor dirigen las miradas hacia su maestra.

– Si nos corren, ¿de qué va a servir nuestra investigación?- les pregunta la vieja bióloga. -Sólo si confirmamos los datos desde un lugar público podremos incidir en las políticas de defensa de la biodiversidad en el agro- argumenta todavía.

– Doctora- dice entonces Santiago – yo siempre supe del laboratorio de La Trinidad; quisiera conocerlo y hablar con la gente.

Jacinta mira a Dafne.

– De la denuncia me ocupo yo, si ustedes me pasan los datos- la anima la periodista.

– Con la camioneta se quemaron todas las pruebas ya recogidas- alega la bióloga.

– ¿Con cuánta gente trabajas tú?- interpela Dafne a José Luis.

– Dieciséis comunidades.

– ¿Te son suficientes para monitorear los maíces de la Mixteca?

La voz de Dafne se ha vuelto dura. Tiene en sus manos la oportunidad de que Jacinta continúe con la pesquisa y no va a dejar que se rinda. No mientras ella pueda demostrar que su fuente implica hacer periodismo de verdad.

Leonor Ruiz siente en ese instante que toda su vida ha buscado un motivo, un indefinible objeto que le demuestre que es algo más que una máquina de aprender datos. No, no volverá a casa con la frustración golpeándole la boca del estómago, sola frente a una cocina enemiga, frustrada como el fondo de un paquete de chocolate.

– Entiéndame doctora, no es que no me interese el Instituto, pero yo me voy con ella.

– De acuerdo, muchachos; entonces no los voy a dejar, menos después del amago de ayer-  cede al fin Jacinta.

José Luis vuelve a sonreír.

– En mi camioneta cabemos todos.

Jacinta Vargas se yergue sobre la cadera doliente, derecha y vieja como una jefa de tribu.

– No cantes tan pronto victoria, amigo mío, en seis días necesito una doble muestra tanto de los maíces de la Mixteca como de los del Valle y del Istmo de Tehuantepec, la primera en La Trinidad y la segunda con Gerardo Castillo en el Instituto Nacional de la Nutrición de la Ciudad de México.

Un general que asume el comando de sus tropas. Camina recto hacia el cuarto donde le han preparado la cama con sábanas guardadas entre flores de poleo.

– Y todos se van a ocupar de la seguridad y de las tareas de Adrianita- establece antes de cerrar la puerta.

 

 

 

Interponen una denuncia por daños contra la nación. La camioneta era del Instituto y ellos, funcionarios públicos. No piden la intervención de abogado alguno y envían el documento ministerial a la Ciudad de México por fax. El mayor problema que enfrentan es la tajante negativa del agente de seguros de ir por la camioneta.

– Se lo repito –insiste el hombre: – no existe una póliza que los ampare. Nadie la ha pagado.

Pasan la mañana en una lóbrega delegación de policía. Los oficiales que han velado la noche entera se estiran cansados, con ganas de irse a dormir y sin hacerlo. Una especie de inercia de la voluntad los mantiene clavados frente a una taza de café desabrido. Los agentes que llegan a su turno de guardia no terminan de ajustarse al ritmo apresurado de las contingencias y de sus denunciantes. Las ventanas del Ministerio Público filtran una luz que se abrillanta instante tras instante, aunque no ilumina el espacio. Los años de denuncias, tristezas y miedos vertidos sobre las máquinas de escribir arrumbadas en un rincón de la oficina flotan en el aire, ennegreciéndolo. Además no hay dinero, nadie saca un peso de sus bolsillos para sus refrescos. Ni órdenes perentorias. Éstos no son amigos del gobernador ni del dueño del periódico local. Parecen gente, no funcionarios. A los oídos de los biólogos llegan el chirriar de los frenos de las patrullas que salen del estacionamiento y, de vez en cuando, los gritos desgarradores de una mujer o un hombre cuyo hijo se ha perdido. – Señora, su hija se ha ido con el novio, no está desaparecida, regresará a casa –oyen que dice un policía. Otro regaña al padre de un muchacho: -Estará intentando llegar a Estados Unidos por las veredas del desierto. Ya saben que es peligroso, no podemos hacer nada.

El ministerio público no da crédito que una directora de departamento no pida ayuda al aparato burocrático de su institución. Menos aún que viaje sin seguro. Las sospechas recaen sobre Jacinta, aunque nadie se salva de su amenazante desdén.

– Voy a averiguar quiénes son ustedes –amenaza el comandante.

La vieja maestra se encoge de hombros.

– Hágalo.

 

 

Mientras tanto Dafne y Adriana se desperezan en la casa de un pintor coronado por una aureola de cabellos blancos a cuya puerta José Luis ha tocado quedo, como para no despertarlo por completo.  La mirada extrañada a la mujer y a la niña que lo acompañan no le quita lo parlanchín y afable; el maestro al que ha ido a ver es uno de esos gordos que con cada gesto demuestran su entrega a los placeres de la vida. Ha pasado la noche en vela; no sabe explicárselo, no cree en presentimientos, sin embargo no puede dejar de pensar que se quedó esperando a alguien que no sabía quién sería.

Acomoda un par de sillones de paja bajo el arco de cantera verde que cierra el patio al este. Deposita café y mezcal en una mesita. Los mira refocilarse, luego, taza en mano, les ofrece un recorrido por su obra.

Dafne y José Luis son personas diurnas, despiertos moradores de las madrugadas. Sobrellevar un desvelo con tanto aplomo rebasa sus habilidades. Por lo mismo, miran fascinados al pintor que, sorbiendo su café cortado, habla de la ciudad de piedra verde que los cobija. Veinte calles reticuladas donde se han guarecido los pintores de México y Centroamérica, como si los fresnos de su plaza central los protegieran contra las bombas de los tiempos.

El aire del amanecer transporta aún el eco de bandas trasnochadas, mientras el rugir de los camiones de la Coca Cola ya hace temblar las calles aledañas. Dafne circula por el estudio de su anfitrión. Una serie de seis puertas en arco, abiertas de par en par, deja entrar la luz verde del jardín y la luz amarilla del patio. Una claraboya de cristal azula las paredes de adobe claro. Apoyadas al muro del fondo, se amontonan grandes telas donde sillas de colores intensamente oscuros forman triángulos o ruedan en círculos perfectos. Flotan, en la superficie restante, parejas y letras que resumen en un plano las propiedades de las figuras. La pared de su cuarto, en Placa, necesita de un movimiento así, fuerte y geométrico. Requiere que combine los rojos con los verdes y las tierras con las aguas. Lo precisa porque ella, una vez de regreso a Grecia, sentirá una estúpida nostalgia por esta mañana cordial.

Compra la tela cuando empieza a sentir la añoranza anticipada. Un arrebato; ¿qué importa el dinero si la imagen se esfuma, si la luz se pierde? No sabe siquiera cómo se atreve a pedirlo: nadie se explica cómo llega a besar una boca, a decir te amo. Luego, presa de una timidez agolpada, se precipita hacia un café internet. Que José Luis resuelva en compañía de su colega cómo remitirle el cuadro en Atenas.

Adriana colabora en el internet con Dafne, copiando letra por letra los mensajes que la griega apunta en lenguas desconocidas. La periodista, para probar su nuevo teléfono digital, marca el número de Jean-Bernard. Se enfrasca en una llamada que la lleva al patio trasero de la tienda, la acurruca detrás de una fuente de cantera, entre macetas de barro y malvones. Se escucha pronunciar palabras que creía desterradas de su vida. Palabras simples, cómo me haces falta, estoy cansada de estar sola.

 

 

 

 

 

El calor zumba, se hace uno con las moscas. La salida a la carretera de la Sierra está flanqueada por edificios chatos como guardias de honor a los amores clandestinos. Hay hombres que parecen hablar solos al volante. Cruzan el arco de un portón a la izquierda y se esconden entre muros anchos que absorben susurros y gritos de placer. Largas cortinas engomadas ocultan sus autos a las miradas. Los moteles tienen nombres altisonantes: La Hacienda o El Marquesado, o evocan placeres campiranos: El Buen Camino, Las Aguas y Tu Nido. Calenturas diurnas se explayan en sus camas.

La carretera serpentea cuesta arriba. Encinas y oyameles, hondonadas frescas, riachuelos infinitos que sirven de criaderos de truchas. Las orquídeas empenachan las crestas de las hayas.

– Mira los cielos, abuela, son tan hermosos que parecen dos ojos mirándote desde el mundo de los árboles.

Un Ford azul de vidrios ahumados revienta las imágenes que la niña evoca. Flanquea agresivo la camioneta de José Luis. Su máquina brama, las llantas delanteras brincotean en los sucesivos apretones de acelerador. En su interior un hombre envuelto en un gabán se sacude de la risa. En la entrada de una curva, el Ford pega con furia el costado izquierdo de la camioneta donde los seis viajan y acelera. José Luis sostiene el volante; logra detenerse antes del barranco. De la tensión le duelen los brazos y la respiración se le acelera.

El golpe sólo le ha provocado una ligera abolladura al coche, pero la ansiedad hace presa de todos. Detenidos a orilla de la carretera, hombres y mujeres inhalan y expelen el aire con un quejido. Nadie atina a registrar las placas del auto de doble tracción cuyo motor ruge cuesta arriba a cien, doscientos, trescientos metros de distancia, entre curvas cada vez más cerradas.

– Hay que denunciarlo- dice Santiago.

Leonor calla. La doctora Vargas asiente. Dafne no está de acuerdo. Qué eficacia tiene una denuncia que no está acompañada por la visibilización de los hechos. Además publicitar su investigación pondría sobre aviso a los sectores del gobierno cercanos a las trasnacionales de las semillas modificadas. Desaparecerían pruebas, confundirían pistas. Claro, también les sería más difícil matarlos impunemente.

– Por aquí nos han identificados – dice. – ¿Dónde podemos dormir sin que nos delaten?

José Luis entiende que Dafne está pidiéndole a él que les encuentre una guarida, pero no sabe qué contestar. Confía en la gente de la Sierra aunque sea un mixteco celoso; sin embargo, le cuesta menos relacionarse con un galerista alemán que con un músico de banda zapoteca. El silencio se impone.

– Podemos pedir posada al director de la radio comunitaria de Guelatao, pero hay que llegar por separados a su casa- dice después de un rato.

Rumbo a Lachatao, José Luis hace descender del auto a Santiago, Leonor y Dafne. El recodo está protegido por altos pinos muy tupidos. Con Adriana y Jacinta prosigue hacia el pueblo.

– Los turistas visitan el templo y el convento, comen  tamales de yuca y de frijol tierno al lado del semiderruido muro atrial –dice. -Nos la vamos a pasar bien.

 

 

Poco antes de encarar un abrupto sendero de montañista, Dafne vuelve a llamar a París.

– No juegues con la policía mexicana- la aconseja Jean-Bernard. – Los muertos en el país se cuentan al día por docenas, matan a poetas en sus casas y a mujeres que se dirigen a sus trabajos. Robo, trata, narcotráfico, venganzas, todo se mezcla. Contra los migrantes y contra los pueblos indígenas son particularmente despiadados. Se sabe de autos con más de dos mil agujeros de bala. Ser periodista ahí es casi una condena de muerte. Nadie sabe cuánta de la gente que se esfuma es víctima de una persecución política disfrazada.

No quiere darle miedo a la mujer, pero él es caribeño, americano hasta la médula, y ella no, él debe ponerla sobre aviso.

– Mañana- continúa- la FAO lanzará un mensaje acerca del peligro que corre el maíz en la  Sierra y los declarará sus investigadores. Dos atentados en cinco días no son una broma.

Dafne trastabilla y al apoyar la mano para no caerse apaga la comunicación. La tierra cambia de color bajo sus pies y, durante nueve silenciosas horas, con Santiago y Leonor miran las hierbas, los arbustos de poleo, las mariposas, los margaritones y los lejanos amarillos oscuros de pequeños campos de trigo. Saludan –buenas tardes, buenas tardes- a dos niños perfectamente vestidos y descalzos, con el sombrero bien calado. Turistas, se dicen los chiquillos al dejarlos atrás.

Las tinieblas encuentran sus pasos más cansados y lentos. De la tierra mojada un frío húmedo les sube hasta las rodillas fatigadas y las nubes envuelven árboles y camino. En el momento más oscuro de la noche, al doblar por un recodo, aparecen algunos pórticos encerrados por la penumbra de dos faroles. Detrás se perfila la escalera para subir a la plaza. El pueblo de Guelatao está recogido en su polvo de agua y en el silencio de las casas entregadas al sueño. Dafne, Santiago y Leonor atraviesan la explanada del monumento a Juárez, el pastor del pueblo, el presidente de México, el benemérito de las Américas, así en plural.

Se adentran en el bosquecillo de la laguna. Doblan frente a la escuela. Suben hasta la casa de adobe y madera de Eusebio Soles. El músico, obedeciendo las costumbres de su comunidad, ya ha ofrecido cobijo a doña Jacinta y a sus acompañantes.

Del coche, ni su sombra. José Luis le guiña el ojo a Santiago.

– No voy a dejar que me lo quemen, con lo que me costó comprarlo.

Luego dirige la mirada hacia la mesa y ofrece un mezcal a cada uno de los agotados caminantes.

 

 

 

Duermen, sin mayores precauciones. “Si se los quieren chingar tan evidentemente como para entrar a mi casa de noche, lo van a hacer aunque nos turnemos en la guardia”, había dicho Soles. Los huéspedes y la familia asintieron. Ahora están acostados juntos y sueñan entre los pedos y ronquidos que corresponden al nivel del cansancio de cada quien.

El frío cala hondo sobre los techos. La nube se condensa de noche, envuelve a su pueblo. Los mestizos la llaman neblina porque no saben. Zá quiere decir nube y hasta los estúpidos nahuas cuando los derrotaron conservaron el Zá en su nombre, el sagrado nombre del Binigula’zá, la lengua de las zapotecas, las mujeres que hablan y paren nimbos.

Por la mañana, arriba de las nubes bajas con olor a copal y fogatas, despierta el sol. Eusebio sale muy temprano. Todavía envuelto en su cobija, se lleva a Santiago a tomar mezcal para que el pueblo los vea en una venta de casa grande. Mientras, las cuatro mujeres se esconden bajo el toldo de la camioneta del director de la banda de Santa Catalina. Y José Luis saca la camioneta de una carpintería y enfila hacia la capital del Estado, protegido, delante y detrás, por dos camiones cargados de troncos.

Treinta kilómetros más arriba, el director de la banda de Santa Catalina le ofrece el brazo a Jacinta. Han llegado al laboratorio de La Trinidad, en el edificio de la agencia municipal.

– Con gusto me quedaría a su disposición, pero un asunto urgente –subraya la palabra alzando la voz- me requiere en Oaxaca.

De alguna manera es cierto: le cuesta irse. Por una obligación indefinida o por un cariño súbito, siente que no ha hecho lo suficiente para esas cuatro desconocidas que, por el sólo hecho de estar en su tierra, se han convertido en sus huéspedes.

– Discúlpeme tantito- dice y se lanza escalera abajo.

Vuelve con Elisa Suárez, una agrónoma alta, seca y morena que está a cargo de la instalación durante la mañana.

– Se las encomiendo mucho- insiste ceremoniosamente el hombre. – Atiéndalas como se merecen.

El director de la banda de Santa Catalina vuelve al camino. Pasa por el taller mecánico, se detiene a saludar a un amigo. Así checa que nadie lo esté siguiendo. Desde Guelatao, en la cabina viajan con él una campesina y su nieta a quienes pidió por favor que intercambiaran sus ropas con las de Jacinta y Adrianita. Se sienten tranquilas y charlan; a final de cuenta van a la capital por negocios y las están llevando gratis.

 

 

 

José Luis ha cambiado su camioneta, ya demasiado vista, por el todoterreno de su compadre, cuando se reúne con el músico en el barrio de La Esperanza.

La idea de disfrazar a la señora y a su niña ha sido ocurrencia de José Luis. Ahora los dos hombres caminan por las calles anchas de la ciudad como esos amigos que vuelven a encontrarse después de algún tiempo de no verse. Se acompañan con la alegría del reencuentro, sin necesidad de gastar muchas palabras. En realidad, sólo tienen en común la orden de llegar a una casa de ventanas insonorizadas. Allí, un par de estudiantes de periodismo los escuchan largo rato, tomando notas en libretas que apoyan en sus rodillas.

Cuando el músico y el pintor salen nuevamente a la calle, de las casas se esparce el perfume de los guisados para el almuerzo. Las dos muchachas cortan la música y radian a todo el Estado la noticia de que el laboratorio de la Sierra tiene el apoyo de un comité internacional que hay que proteger. Santiago escucha el mensaje en la casa de Eusebio Soles, borracho como una cuba.

 

 

 

 

 

 

En la orilla del camino a Nochistlán, la radio se escucha fuerte. El agua de la acequia escurre sin ruidos y el comandante de la policía ministerial de Huajuapam mira cómo arrastra unas pajitas. No sabe qué hacer. Le han propinado una semana de permiso por el arresto de un gringo acusado de pornografía infantil. Siete días de vacío. Siete días para bajar la furia y aburrirse. Un castigo disfrazado de premio.

Y eso le pasa porque es buen policía. Demasiado bueno.

El comandante había visto en la estación de camiones a un hombre alto, con unos ojos verdes de bestia. No le gustó. Nadita. ¿Por qué? Vete tú a saber.

El hombre alto se detuvo para hablar con los dos niños cargadores que esperaban a un cliente en la puerta de salida; sin embargo, no llevaba maleta. El comandante entró a comprar un refresco para acercarse y escuchar. El hombre contaba unos chistes; los niños se reían de su español. Los invitó a desayunar. El comandante se sentó en la mesa contigua y vio cómo la plata brillaba en las manos del gringo, cómo jugaba a mostrarla y esconderla.

– ¿Quién quiere ganársela?- propuso.

Los ojos de bestia se desplazaban de un muchacho flaco y duro como el acero a un niño suave, con la sonrisa de un ángel desprotegido.

– ¿De veras, les sobra el dinero? –insistió.

Tras el cobertizo de las herramientas, el comandante agarró al gringo con los pantalones en las rodillas. Al niño flaco, ya le había roto la cabeza con una piedra; y el pequeño ángel lo miraba aterrado, con las manos levantadas y en la boca una mueca de miedo que le torcería la sonrisa para siempre.

El comandante odiaba a los hombres que les roban la infancia a los niños. Se peleaba con las vendedoras del mercado porque sacaban a sus hijas de la escuela para ponerlas a trabajar en la cocina del puesto. ¿Cómo no iba a darle con las botas en la boca del estómago a ese hijo de puta? Un rodillazo en las costillas, cuando encontró las fotos. Otro derechazo. Los ojos de bestia se apagaron bajo la sangre que manó de sus cejas rotas.

– ¿A quién le vendes estas fotos?

El comandante despedazó la cámara del gringo contra el suelo. Le dio duro al hombre que había caído al intentar subirse los pantalones: con la cacha de la pistola, con los nudillos, con la rabia de quien bien pudo ser uno de esos cuerpos retratados en el momento del miedo y el dolor para que viejos panzones se la jalaran en el baño.

Lo odiaba. Lo medio mató. El comandante es un policía irregularmente bueno. Porque también fue un niño feliz que correteaba por esos pueblos con su cuerpo ágil de indiecito bonito.

Y sigue siendo bonito. Lo sabe; se lo dicen todas. Leonor también debe haberlo notado. Esa mujer fuerte, de tetas y piernas redondeadas. No, no puede ser que sea la mujer de ese mequetrefe con voz de tiple que se dejó quemar la camioneta. Ése es puto, puto, los conoce bien él. Sube el volumen de la radio.

Las mujeres de la emisora hablan de las setenta y dos comunidades de la Sierra que apoyarán al grupo de investigación. El comandante de policía sacude la cabeza. Es sabido que esa unidad tan cacareada por los serranos es propaganda, que en realidad tienen tantas rivalidades cuantas alianzas han roto.

No lo reflexiona detenidamente. No tiene nada que hacer, nadie que cuidar, sólo siete días de descanso obligatorio. En su vida, en ese instante, no existe nada más que su deseo inmediato.

El cepillo de dientes y la chamarra están en su camioneta nueva de asientos de cuero. Emboca rumbo a Guelatao, pues si hay una radio involucrada en eso, puede estar seguro, la de Eusebio Soles es la madre de la noticia.

E, igualmente, puede jurarlo, la mujer esa, la bióloga de la ciudad, lo necesitará pronto.

 

 

 

 

Tres hombres muy distintos se encuentran en el sendero que sube a la casa de Eusebio Soles en Guelatao, después de que tres autos extraños se estacionaran en la plazoleta del monumento a Juárez. De la carpintería los han visto entrar al pueblo. Silban. En la subida, la dueña del expendio suena la campana. En la plaza, un anciano, con mano firme, está pintando algo que probablemente a su más eximio coterráneo, el héroe del liberalismo mexicano, poco le habría gustado: “En esta comunidad no existe la propiedad privada”. Detiene su tarea y empieza a golpear el suelo con la tapa de la lata de pintura.

De todas las ventanas del pueblo, las mujeres espían la marcha de los fuereños. Ahora, sus maridos bajan a la calle para averiguar a qué han venido.

Los extraños se cruzan y José Luis y el comandante se reconocen, deteniéndose apenas para saludarse. El tercer hombre, rápido como una cabra, salta la barda del jardín de Soles, abre la puerta de cristal de la sala y agarra a Santiago de la camisa, arrastrándolo detrás del cobertizo donde el músico guarda la leña.

– Santiago, Santiago- le susurra al oído: – Dos cabrones te andan buscando.

Santiago abre con fatiga los ojos enrojecidos por el mezcal.

– ¿Paco?, ¿Paco Méndez Juárez?- se aviva reconociendo a su amigo.

Un vuelco en el corazón. De pronto una alegría absoluta, un gozo sin aliento que lo transporta más allá de su borrachera y su miedo. Están tan cerca, casi acostados uno sobre las piernas del otro. Sudan en el frío. El mundo alrededor es verde, y rojo y amarillo como lo habían platicado en las noches de estudios, muchos años antes, allá abajo, en México.

El mundo es verde y huele a estercolero abierto. Dos hombres entran al jardín de Eusebio Soles gritando ¡Santiago! Paco cubre con el suyo el cuerpo del amigo para protegerlo.

¡Santiago!, vuelven a gritar el comandante y José Luis cuando no lo encuentran en la casa.

Al biólogo lo conmueve el peso del amigo, su entrega. Siente un calor dentro, unas ganas de llorar, un sentirse querido que jamás había valorado. Se despabila y, tomando a Paco de la mano, sale del cobertizo.

– Aquí estoy, es un amigo.

Parados en la verja, diez comuneros con palos y azadones miran la escena. Vuelven camino abajo sólo cuando Eusebio Soles regresa de la emisora de la Sierra y les dice que muchas gracias, de veras muchas gracias.

 

 

 

La tarde termina de aclararse y los tres hombres explican, como pueden, qué hacen ahí. Paco sonríe. El comandante se escuda detrás de una mirada hosca. José Luis chacotea.

Entonces Eusebio se remueve en la silla. Una necesidad imperiosa de quedarse solo lo asalta. Sin otro síntoma de fastidio, deja de tolerar los ruidos provocados por las voces y las vibraciones de la respiración ajena. Un ritmo, las palabras que lo acompañan, la mezcla entre sonidos y conjunciones empiezan a brotarle en el cerebro, tan inesperados como urgidos de soledad y silencio para ser escuchados. Se encierra en un cuartito aislado al fondo del jardín, a unos pocos pasos del bosque. Con el lápiz sigue la métrica acompasada que corretea por su cerebro. Su mujer y sus hijos no le hacen caso, es obvio que al músico alejarse de los demás le es necesario como el aire.

– Es un artista-. Ninguna otra explicación es necesaria.

Los huéspedes se dispersan. Paco y Santiago van a sentarse a orillas del charco en que se ha transformado durante la temporada seca la laguna. El comandante termina de un trago la botella de mezcal que Eusebio ha dejado abierta sobre la mesa. Se acerca a José Luis que pasea a orillas del bosque. Desea la complicidad de su paisano. Primero en voz baja y luego con ritmo creciente de bolero quejumbroso, empieza a balbucear.

– Puto, yo sabía que ese es puto. Es parte de mi trabajo, los reconozco con una sola ojeada. Y la pobre mujer ¿qué?, ¿no se da cuenta?

Busca con los ojos la mirada de José Luis.

– Ésa, la científica; ya sabe de quién hablo, ¿verdad? Tan bonita, ¿cree usted que la podrá satisfacer un puto?

José Luis no se esperaba una charla íntima. Se pregunta si el policía está borracho o si quiere sacarle información. Finge una atención confabulada que le permita ahorrarse las palabras. El comandante, por el contrario, no puede dejar de hablar, está preso de una compulsión que a él mismo le parecería ridícula. Mezcla prejuicios con amores, deseos con reconocimientos. Claro como el agua que la noche en Yanhuitlán no ha sido para él de rutina. Dice cosas extrañas que José Luis duda que haya pensado solo. Frases entreveradas de respeto hacia la científica, lo que no debe serle habitual, semejantes a que: “El pueblo tiene derecho a saber;  no todos los funcionarios son corruptos; pongo mi pistola a disposición de quien trabaja de verdad”.

Con gestos repetidos de la cabeza, José Luis asiente. La parte más sólida de su conciencia le ordena no confiar: un tira es siempre un tira.

Conforme el alcohol se le va bajando, el comandante se pone melancólico. Sacude su largo pelo extrañamente castaño y termina confesando que está allí por ella, exclusivamente por ella. Nadie sabe dónde está, hasta ha apagado la radio. ¿Estima José Luis que ella lo reconocerá? De hombre a hombre, ¿qué debe decirle cuando la vea?

Desconcertado, el pintor no le cree y sí le cree. Un policía enamorado es más de lo que su fantasía alcanza. Y enamorado de una mujer que cree comprometida con otro, al que no toma en cuenta porque desprecia a los homosexuales. O que considera homosexual porque se siente más digno de esa mujer a la que no ha dirigido la palabra. O porque únicamente estimándolo homosexual puede no imaginarlo metido en la cama de la mujer que lo obsesiona, la única forma de no enloquecer. José Luis se pasa la mano por el pelo.

La noche vuelve a bajar, tan helada como la anterior. La esposa de Eusebio Soles sale al terraplén frente a su casa. Los reflejos morados de las nubes dibujan tempestades en el suelo del valle. De considerarlo siquiera posible, la mujer se olvidaría hoy de atender a los hombres. El viento frío le enrojece los pómulos y el ocaso le provoca una felicidad extraña, teñida del deseo de volver a ser joven, de gustarle a su marido. De gustarle a cualquiera. Se pasa la mano por el pelo, con un gesto absolutamente distinto al de José Luis. Las canas son tan sedosas como los fueron sus largas trenzas de muchacha. Se pasa la mano por los labios. Suspira. La mano se desplaza hacia el pecho. Los pezones, endurecidos por una emoción inesperada, rozan el algodón tosco de su camiseta.

Por un instante en el cielo se arremolina un mundo poblado de trenes, caballeros y ciudades azules. Azul mar, casi negro, terrible y seductor como una pesadilla. La mujer de Eusebio Soles retiene la respiración y el tiempo. Un escalofrío le recorre la espalda y baja hasta las pantorrillas. Siente miedo; qué es ese no estar dispuesta a los demás; desde cuándo se imagina al centro de sus fantasías. Vocea a los hombres para que suban a servirse una sopa caliente. Al llamarlos, se muerde un labio.

El músico sigue escribiendo en el cuartucho, envuelto en una cobija de lana y no se inmuta. Paco y Santiago llegan caminando despacio, deteniéndose en el camino para contarse algo más antes de sentarse a la mesa. Tienen dibujada en el rostro una felicidad inconsciente.

José Luis entra a la casa detrás del policía. Y se pregunta qué hacía él ahí. Carajo, ¿y a mí qué…?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La casa que los comuneros de La Trinidad han ofrecido al equipo de investigación está sumida en el denso sigilo que las personas crean cuando descansan. Entre Dafne y la abuela, duerme Adriana. Hacia la medianoche, la niña se apretuja contra el cuerpo de la griega murmurando “mamá, mamá”. En una cama individual pegada a la pared de enfrente, Leonor bufa presa de una convulsión tan soñada como real. Delira, agoniza, gime.

Un orgasmo implica siempre un clímax. Cuando los estertores se calman, una sonrisa suave se dibuja en el rostro dormido. La periodista levanta la cabeza para ver las reacciones de Jacinta, pero la vieja duerme tan profundamente como su alumna y su nieta.

Bosteza; el sueño se le ha espantado y está despierta. Se cubre con la chamarra rompevientos y, prendiendo uno de esos cigarrillos que guarda en el fondo de la mochila, se sienta en los escalones de la puerta de entrada. En el valle brillan las luces de la iglesia y del ayuntamiento.

El silencio se mantiene hasta el alba, cuando un carro empieza a chirriar a lo lejos, bajo el peso de los instrumentos de labranza. Entonces los perros se despabilan, los gallos cantan, las puertas se abren y unos cuantos pasos suenan sobre el empedrado. Dafne reconoce una a una todas las emociones que le provocan los sonidos del despertar.

A las seis de la mañana, se seca una lágrima con el dorso de la mano y agradece a un joven de rostro ancho y dientes grandes el pan de huevo que del horno de Calpulalpam le manda doña Matilde, la panadera más joven. Un perfumado pan consolador, redondo, amarillo, caliente. Entra a la casa y pone el café y la leche en el fuego para el desayuno. Prende la radio justo a tiempo para escuchar al vicesecretario de agricultura afirmar que si los ecologistas no estuvieran movidos por oscuros intereses, festejarían los avances de la investigación agroquímica. Un mensaje con destinatario: – Nosotros-, dice en voz alta, para sí.

Apoyada en el quicio de la puerta, Leonor también contesta a la voz de la radio.

– Hijo de puta, oscuros intereses los de tus amiguitos.

Y dirigiéndose hacia Dafne: – ¿Ya viste cómo viven aquí? Pues, éstos son campesinos ricos, imagínate a los otros.

La griega se encoge de hombros. Preferiría discutir a solas con el aparato.

– Pensar que en menos de diez años de libre comercio, seis grupos de productores ganaron veinticinco mil millones de dólares, aprovechándose de las compras subsidiadas de granos, sobrepasando los cupos de importación permitidos, y dejando pudrir la cosecha nacional- continúa Leonor.

– Hijos de su sucio culo- dicen en coro y hunden sus bocas en las humeantes tazas de café.

Adrianita despierta triste. Quiere a su mamá, quiere ir a la escuela, quiere a su papá, a sus amiguitos y su computadora. El café no le gusta, apenas muerde el pan.

– Me aburro- dice al fin. – Ustedes tienen qué hacer, yo no.

La abuela se altera, la niña rompe a llorar.

– Tu mamá, tu mamá- se exaspera Jacinta.

– Es una niña de ocho años, ¿no te das cuenta?- interviene Dafne.

– Allá afuera hay diez millones de niños que no tendrán escuela, ni madre ni comida si no denunciamos la competencia desleal de las importaciones agropecuarias- grita la anciana bióloga.

– Esta niña no es un número, es tu nieta- brama más alto aún la periodista y sale dando un portazo.

Leonor corre hacia la puerta para retenerla, pero la griega se aleja a grandes trancos camino arriba. En la casa, Adriana llora en un rincón y la abuela, sentada en la mesa. La joven bióloga molecular de plantas toma su ropa de la silla y en silencio se encierra en el baño para vestirse. Rumbo al laboratorio, veinte minutos después, nadie pronuncia una palabra.

 

 

 

 

Los hombres llegan cuando la maestra y su asistente ya están trabajando al lado de Elisa Suárez. En el laboratorio reina un mutismo exasperado. Las biólogas sacan del congelador unos tubos de ensaye cónicos que van acomodando en la centrífuga para diluir el germen del maíz. Meticulosas y rutinarias se desplazan entre los caros y precisos instrumentos de un recinto modelo: un servibar al lado del congelador de menos de 80°, la ultracentrífuga redonda y el amplificador de DNA con su forma de caja registradora.

Cerca de los matraces con sustancias coloreadas y gradillas con tubos de ensaye de remembranzas brujeriles, hay más caros y menos obvios aparatos: el secuenciador con su placa gelatinosa sostenida por una segunda placa, metálica, sobre la que la corriente eléctrica corre lanzando las sustancias analizadas hacia los polos positivo o negativo, una fuente de luz ultravioleta y una cámara polaroid.

Una sombra oscura ha bajado sobre las primeras luces de la mañana. Como las malas noticias, el malhumor pesa sobre el ambiente. Adrianita se ha cansado de lloriquear, levantarse, sentarse y volver a lloriquear. Las investigaciones se han convertido en prácticas mecánicas de algo aprendido en una escuela que rebasa los saberes y las ganas de una niña. Y el hartazgo no es siquiera lo peor. Le falta entender el sentimiento de morriña que la posee. Un anhelo urgente, perentorio casi, de estar cerca de la madre y hacer cosas cotidianas, repetitivas y nítidas como prepararse el desayuno, intercambiar un beso en la entrada de la escuela, volver a verse a las pocas horas. Tiene miedo de nunca regresar a su rutina y, a la vez, conciencia de que no es precisamente eso lo que añora. Se siente dentro y fuera de sí misma, al interior de un día que la expulsa hacia donde ella debe dejar de ser niña aunque no lo quiera.

El humor de Adriana no aplaca la determinación cada vez más ansiosa de la abuela, cargada de una gravedad de preocupación universal que la hace actuar como un autómata neurótico. Santiago se acerca a su maestra, que ni siquiera lo ha saludado. Paco se instala en su lugar habitual a lado de Elisa.

– Contrastemos resultados- dice.

Entonces el comandante, Adriana y José Luis salen a la calle. Sus zapatos hacen un ruido feo en el breve pasillo frente a la escalera. Taconean y rechinan como los pasos de  alguien que se aleja sintiéndose inútil y no deseado.

El comandante, que se llama Carmelo Montes y se hace llamar comandante porque no le gusta su nombre, no se ha presentado, llegando al laboratorio como si no quisiera la cosa, incapaz de explicar su presencia en el lugar. José Luis decide que ése no es problema suyo.

A Carmelo Montes le habría gustado que José Luis ingeniara algo, pero sabe que ya no son niños. Que un hombre no defiende a otro, no miente ni inventa cuentos para él, sólo porque han pasado una tarde juntos. Y si José Luis hubiese dicho la verdad, si lo hubiese presentado con un: El comandante está aquí porque se enamoró de Leonor, lo habría odiado por delator. Con un odio de niño, un coraje de niño, una vergüenza de niño.

A Carmelo Montes le provoca una indefinible melancolía no ser ya, no volver nunca más a ser un mocoso. Suspira: qué bella hubiese sido su vida de ser para siempre el hijo amado por su madre, su tía, su abuela y su madrina. Ay, sus mujeres, muertas cuando acababa de cumplir los diecinueve años. Las había perdido a todas, junto con la antigua casa donde vivían para complacerlo, mimarlo, plancharle sus camisas y alabarle su ocho en matemáticas, su destreza con la bicicleta y la primera novia que exhibió como un trofeo la noche del baile de San Isidro Labrador. Un terremoto. Un terremoto más de su tierra bailarina.

Su madre nunca lo hubiera dejado para ir a buscar a otro hombre, aunque éste fuera su padre. Por ello siente que Adriana está sola y tiene ganas de convertirse en su hermano mayor, su cómplice; quisiera llevarla a jugar a la antigua casa de su abuela y, antes, de la abuela de su abuela. Recuerda con dolor que el caserón de su infancia aguantó en firme las lluvias del verano, pero, reblandecido, cayó sobre las cabezas dormidas de las mujeres que Carmelo Montes amaba, cuando los siete grados de la escala de Richter sacudieron sus cimientos en un terrible mes de septiembre de muchos años antes.

Casi inmediatamente después, sus amigos de la primaria emigraron y él se inscribió en la academia de policía de la Ciudad de México. ¿Quería ser un paladín de la justicia? No se lo preguntó siquiera. Necesitaba irse del pueblo donde nunca antes había estado solo, del hogar que sepultó a su madre.

Convivió con jóvenes que no pasaron por el amor y su infierno, la infancia y su nostalgia: muchachos que medían los beneficios en relación con el riesgo y el esfuerzo. Ellos no perdían oportunidades, eran hombres sin un solo recuerdo de sus abuelas y nunca vivieron en casas donde todas las mujeres competían para volver imperceptible el paso del tiempo. Estudió con jóvenes adultos que querían dinero. Más bien: dinero, poder e impunidad. Ni uno de ellos se convirtió en su amigo, pero él casi sin darse cuenta empezó a parecérseles. Cuando, años después, fue nombrado comandante gozó eróticamente del poder de ser obedecido, a la vez que de una autonomía ética no siempre muy legítima.

Desde que entró a la academia de policía, de su vida desapareció el niño que le presta las canicas al recién llegado para tantear si será su amigo. Ese niño, sin embargo, saltó desde el centro mismo de su ombligo cuando al terminarse la botella de mezcal de Eusebio Soles le contó a José Luis cómo las piernas de Leonor lo habían arrollado la noche en Yanhuitlán, cuando ése, ése, ese mequetrefe se había dejado incendiar la camioneta y la griega loca pensó bien en perseguir a tres hombres armados. Qué grupo, Dios mío, qué grupo.

Ahora camina por el aire límpido de la Sierra Madre de Oaxaca con José Luis – ¿será mi amigo, será mi amigo?- y la nieta de una bióloga. Una chiquilla preciosa, de gesto decidido. Una niña de verdad, tan sola sin su mamá como desganada sin sus amigos.

Pasan frente al edificio de la escuela, con el jardín cercado para el recreo y muchos dibujos pegados en los vidrios de las ventanas. Adriana busca con la mirada la presencia de otros niños. No, ella no quiere estar sola. Frunce las cejas para penetrar las paredes y divisar las bancas de madera, los juguetes, las cabezas cercanas dobladas sobre un libro grande. Parpadea por el esfuerzo.

No hay necesidad de una sonrisa ni de un comentario, por alguna de sus intuiciones el comandante es buen policía. Toma en brazos a Adriana.

– ¿Te gustaría estar en clases?

Sin esperar respuesta, Carmelo entra al salón de tercero con la niña que empieza a sonreír. Se dirige hacia la maestra que, al verlo cruzar la puerta, se le para enfrente. El comandante duda por un segundo de su capacidad de seducirla. Esboza un saludo. En la Sierra ninguna profesora le teme a un policía. En el padre, el marido y el cura se agotan los poderes masculinos, la autoridad pública no impone.

Suerte es que el pelo castaño y suave de Carmelo Montes se meza de repente por el aire que entra de la puerta abierta. Y que ella lo mire a los ojos. Y que él sonría al hablar. Suerte, porque a los cinco minutos Adriana está sentada en la segunda fila y él ha recobrado su seguridad de niño amado por las mujeres.

– Vamos- dice saliendo del edificio escolar. José Luis se ha sentado en un mojón de carretera, con un lápiz imaginario en la mano. Mide el paisaje que observa, dibuja la brisa.

– Vamos- insiste el comandante, transido por la inconsciente confianza del seductor: – La chiquilla está contenta y nosotros debemos encontrar a la que se perdió esa noche. Dafne, se llama así, ¿verdad?

 

 

 

 

 

 

 

 

Dafne baja de la montaña. Ha caminado con paso rápido por las cuestas altas, hasta expulsar con las gotas de sudor toda su rabia. Cómo explicarse ese oscuro sentimiento de indefensión frente a una amiga, si sus emociones de infancia son una verdad clandestina, a la que ella misma tiene acceso en pocas ocasiones. Está triste y enojada, Adrianita le cae bien, no pudo prever que una niña lograría alterar su rutina de narradora de lo real inmediato. Por años justificó sus sentimientos de impotencia recurriendo al espíritu del tiempo, esa posguerra indecible en la que había nacido, madre de la educación oficial y del mito del desarrollo. Pero ahora se siente incapaz de escribir y no hay reclamo al hado maligno que le robó la tierra que le valga de consuelo.

Para no llorar, la periodista marcha. Un, dos, yo puedo, yo puedo. Salta un tronco caído, remueve las hojas, brinca un riachuelo. Así, poco a poco, le perdona a Jacinta su rígida catalogación de las buenas y las malas actitudes de una criatura que ha empujado lejos de su casa sólo porque no sabe estarse quieta. Tus proezas no son menos que tu nieta… Desanda veredas a trancos veloces. Qué terca eres Jacinta, mi maravillosa gigante. Finalmente puede aminorar el paso. Suspira, siente la transpiración de su piel. Entonces se acuerda de que carga el teléfono.

Está a un centenar de metros por encima del punto de la carretera donde el comandante se reúne con el pintor. No sabe que se preocupan por ella, que quieren buscarla. Se siente enteramente arropada por los árboles. Y su celular es potente no tanto porque la enlaza con el otro lado del océano sino porque cruza la espesa cortina del bosque. Se mete la mano en el bolsillo y encuentra un papelito que desdobla. Sonríe al leer el número de Niko Andreakis. ¿Por qué no? Estará en alta mar lanzando órdenes, se dice.

 

 

Intercambian palabras frívolas con el acento nasal y cantado de los muchachos bien de Neón Psikikó. Luego Niko la sorprende: habla de la lucha contra la globalización, del derecho al bienestar y agrega que navegará hacia Honduras para encontrarse con un ecólogo.

– Ah, sí- dice como toda respuesta Dafne.

– ¿No te gusta?- se preocupa Niko.

– Mucho, de veras, sólo que no me esperaba que estas cosas te interesaran.

– Tú también me crees un idiota- se entristece Niko.

– No, no, de veras.

Rápidamente el muchacho cambia de tono, las dudas se le disipan pronto.

– ¿Y quién es Anna Castoriadis, eh?- pregunta coqueto.

Dafne recuerda a una tía abuela con ese nombre. Debe haber muerto. Pero, qué tonta, sí: una sobrina. Necesariamente Anna Castoriadis es su sobrina.

– Muy bien, tía- a Niko se le escapa una risita excitada. – ¿Nos alcanzas en Honduras?

Cuando cuelgan, Dafne se pregunta si es el caso de conocer a su sobrina vía su amante de último momento. Un hombre rico. Un barco del futuro. ¿Y si su hermano no lo sabe, si su sobrina se ha escapado con un amigo guapo por la simple emoción del viaje? Bufa como si se hubiese equivocado de sensación. Ya estoy pensando como vieja, ¿a mí qué? Se regaña a sí misma mientras un gusto raro se le esparce por la boca, como si esa inesperada Anna Castoriadis la remitiese a un sabor sanguíneo, oxidado. Un asqueroso sabor a familia.

El primer impulso es volver a caminar taconeando por el bosque, rehaciendo para atrás los pasos dados. De pronto siente flojera y se apoya a un pino altísimo. Llama a Jean-Bernard. No contesta. Para consolarse marca a su amiga del Canal Uno de televisión. Está deseando enlazarse con alguien que la saque del ritmo español de la lengua. Mentira: con alguien que la salve del miedo de no estar a la altura de lo que su amiga Jacinta le pide.

– Te estás volviendo importante y te olvidas de mí- le dice Rita Angelopoula.

– ¿Importante yo?-  pregunta Dafne.

– Por aquí dicen que has tenido varios atentados, eso es ser importante ¿o no?

– ¿Quién carajo…?

– Rumores; no voy a revelarte mis fuentes- se ríe la griega en Atenas. – Pero, pero…- sigue coqueteando con Dafne,  – ¿si te mando un camarógrafo, qué noticias vas a conseguir para mi programa?

– Ninguna novedad, ya todo mundo sabe que aquí hay maíz transgénico.

– ¿Nada más?

– Un maíz que puede desplazar a todas las variedades autóctonas y que nos va a dejar sin defensas en la próxima infección, pero nada verdaderamente letal.

Ese cinismo suyo es nauseabundo; su amiga Rita simula no prestarle atención.

– Te lo mando igual: está en Guatemala porque han matado a media docena de defensores de los derechos humanos.

La cifra exagerada tiene el fin de imitar la obscena, impudente, andanada de desprecio y tristeza de la primera.

– ¿Eso es noticia para ti?

– Algo.

– Algo diferente a CNN- la corrige Dafne.

– Exactamente: me gusta la exclusiva marca reflexión.

Ambas levantan su ceja: buen punto.

– Mándamelo, cuando menos tendrás hermosas imágenes del paisaje mexicano- cede Dafne. Intuye que una mueca por teléfono no puede ser vista, pero igualmente significa algo.

 

 

José Luis y el comandante pasan a pocos metros de ella sin detenerse, confundiendo el sonido del griego con el del binigula’zá. La periodista retoma con calma su paseo; podría ir hacia cualquier lado, así que emboca un sendero secundario y va a dar con la casa de una pareja de viejos.

El señor acostumbra sacar aguamiel de los magueyes que crecen en los linderos del bosque, luego lo fermenta con piloncillo. Eso dice la anciana cuando le ofrece un vaso grande del jugo refrescante y ligeramente alcohólico. – Siéntese, descanse un poco. Limpia las plantitas que tiene en las macetas al frente de la casa y la mira de vez en cuando. Cuando Dafne termina su tepache de pulque, le sirve otro y se sirve uno. Tiene ganas de hablar y el aguamiel le desencadena una orgía de palabras que van y vienen. El señor se le acerca y mueve afirmativamente la cabeza cada vez que su esposa aborda un nuevo recuerdo, cómo diez años antes ha llegado al pueblo la carretera,  que han abandonado el viejo molino de agua, que rara vez alguien llega a su casa para escucharlos.

La vieja extraña el molino; las noches de su adolescencia trascurrieron a la espera de su labor. Las palas movían lentamente dos pesadas piedras circulares que en doce horas molían cincuenta kilos de grano. Recuerda los ruidos de las aspas, su chapoteo. Afuera el silencio se hacía gigante y adentro chirriaba la máquina. Luego amanecía al lado del río y pasaban los pastores. Dios, qué de añoranzas. Por los ojos de la vieja cruza un pasado de mujer bonita, una arcadia americana.

– ¿Qué se le va a hacer? Ahora ya no tengo que esperar, hay un molino eléctrico que en dos horas muele una tonelada.

– ¿Tanto produce usted?- pregunta Dafne.

– No- contesta la vieja.

El marido va del huerto a la veranda, del cobertizo al sendero del bosque. Se ausenta por una decena de minutos y vuelve a pasar cerca de ellas sin emitir palabra. De pronto dice unas palabras en zapoteco a su esposa y ésta coge la mano de la periodista.

– Hay dos hombres que parecen buscarla, ¿los conoce?

Miran por una rajadura en las maderas de la cocina hacia el camino real. Ahí pasean José Luis y el comandante. Dafne la tranquiliza, sí son conocidos. Se sonríen.

 

 

 

 

 

 

 

Recupera

su integridad la anaconda sagrada de la vida

 

Orlando Guillén, Versario pirata

 

 

 

 

 

 

 

 

Decenas de muestras de maíz llegan en los siguientes dos días de la Mixteca, del Istmo de Tehuantepec y de la Sierra de Tuxtepec. Paco y Elisa encuentran resultados positivos de contaminación en todas ellas.

Hay un momento de parálisis ante la tan temida confirmación. Hasta ahora han sospechado sin saber, esperando que sus ideas fijas fueran hijas del miedo. Se acarician las bocas con la palma abierta de la mano; se estrujan la frente. ¿Por qué ellos?, ¿por qué su tierra? Ni siquiera saben cómo transmitir la noticia a sus compañeras que han salido para el almuerzo. Gesticulan, limitándose a hacer ruido con sus bocas, gestos para demostrarle al otro lo que ya sabe: que su dolor va transformándose en ira. Conforme se levantan de los bancos donde han dejado caer sus cuerpos, su enojo se convierte en urgencia de actuar.

De México no llegarán confirmaciones. Gerardo Castillo está tendido en su cama de hospital y no puede evitar que los materiales procedentes de Oaxaca pasen de laboratorio en laboratorio hasta que, en uno de ellos, una orden girada por el subsecretario de agricultura logre impedir que las dobles hélices del ADN del maíz sean analizadas. Es perentoria: “Está prohibido ratificar las falsedades que un grupo de ecologistas contrarios al progreso difunde desde un laboratorio de muertos de hambre, incapaces de producir de manera moderna”.

A Gerardo Castillo los médicos lo sedan durante dos días más. Por seguridad, señora; el agotamiento tiene efectos incontrolables sobre las coronarias, le dicen a su esposa. Al despertar se encuentra con la noticia que los laboratorios de la universidad en el Estado de Guanajuato lo reclaman como investigador titular. El Instituto Nacional de la Nutrición cierra la dirección a cargo de Vargas, pues no hay nadie en sus instalaciones y la directora anterior tiene una demanda pendiente por haber desestimado las precauciones necesarias a la seguridad de su personal, ni siquiera ha pagado el seguro de la camioneta del laboratorio. Poco importa si desde otros países los datos sobre la corrupción del maíz se convalidan; los otros países no cuentan. Los otros países bien pueden ser modelos imposibles de alcanzar como naciones de extranjeros perniciosos, sin alteraciones en el tono de la voz de los funcionarios de la Secretaría de Agricultura.

Al subsecretario, que el maíz criollo contaminado con genes de variedades transgénicas ponga en evidencia la falta de comunicación con respecto a la coordinación de las investigaciones en el gobierno federal, más que preocuparlo lo alegra en lo más íntimo. Para cuando la Secretaría del Medio Ambiente compruebe la dimensión del contagio, él y sus amigos habrán encontrado modo de volver legal la siembra de granos modificados genéticamente. Para ello hay científicos que claman por el derecho a la libertad de investigación y la venta de patentes. Cada voz de botánico que haga énfasis en que la diversidad genética debe ser protegida porque es fundamental para evitar una hambruna de dimensiones catastróficas, enfrenta a diez biólogos moleculares sin trabajo dispuestos a afirmar las ventajas de la biotecnología en agricultura. Por cada recomendación de especialista favorable al control del mejoramiento genético a través de la biotecnología, ofrecerán decenas de puestos a agrónomos resueltos a declarar que la contaminación del centro de origen de uno de los tres granos más importantes para la alimentación mundial no es un hecho preocupante. Y a filósofos, y a médicos, todos amantes irrestrictos del progreso, de la ciencia para la industria.

– Aquí no es necesario que llegue la guerra- dice el vicesecretario mostrando sonriente las fotos del periódico- para que nos convirtamos en liberales agrícolas. Suficiente con darle trabajo a una docena de hijos de papá para demostrar científicamente que todos se mueren de hambre y que la industria de los alimentos transgénicos nos convertirá en competidores de la Unión Europea y África.

Emitido su juicio, el vicesecretario regresa al Caribe para terminar sus vacaciones, que una información caída del cielo ha interrumpido. Se merece una media semana de sol y vodka, antes de presentar su plan frente a una cámara de diputados a medio camino entre el desconcierto y los intereses pecuniarios.

 

 

 

 

Paco Méndez abre su computadora y una información proveniente de Bangladesh le provoca un temor supersticioso. Constatar que el boletín reporta algo que dista de su problemática inmediata no lo tranquiliza. Más bien le impone el presentimiento que Gerardo Castillo defraudará a la doctora Vargas. Es totalmente incapaz de hilar una derivación lógica entre su pronóstico y el mensaje proveniente del otro lado del mundo, pero es como si alguien, muy dentro de él, le esté diciendo que no puede confiar. Ningún funcionario, desde la ciudad, los respaldará.

Cuando Santiago entra al cuarto donde su amigo mira el techo sentado frente a la computadora, ve la mueca que le tuerce la boca. Se coloca a espaldas del amigo, apoya una mano en su hombro derecho y lee el correo con una curiosidad urgente.

Aquí Ubinig. Hemos recibido información acerca de que no sólo las transnacionales petroleras, sino también la industria de los alimentos transgénicos quiere lucrar con la guerra contra el tercer mundo. Estas empresas intervienen en la ayuda humanitaria a través de la distribución de alimentos que no han sido evaluados y que fueron desechados por otros.

– ¿Qué es esto?, ¿por qué te preocupa?- pregunta.

– ¿Quieren lucrar? Explícame qué significa. ¿Quiere decir que producimos más ganancias cuando nos morimos de hambre y nos transformamos en mendigos?

La voz de Paco se le va enronqueciendo hasta convertir cada palabra en un reclamo hiriente. De un brinco, encara a Santiago.

-¿Quiere decir que para ustedes en las ciudades los campesinos sólo debemos ser una masa obediente?

Santiago sale dando un portazo. Se siente agredido y sin respuestas. Ganas de llorar le atiborran el pecho y la cabeza, mezclándose a justificaciones que elabora una tras otra, como si debiera justificarse ante su amigo y su pueblo. “Se acabó”, se dice deteniéndose en seco en la calle para gesticular su enojo. “Yo también trabajo aquí”, musita a un interlocutor inexistente. A pesar de sí, unos lagrimones le mojan la camisa.

Paco por primera vez en su vida se encoge de hombros ante su propia descortesía. Entre la certeza de los datos recabados con Elisa y la seguridad de que alguien bien colocado en México frenará su difusión por intereses económicos, llega a la conclusión que sólo La Soltera puede ayudarlo.

Elisa es conocida como La Soltera. Un apodo simple, que remite a un defecto de amabilidad para con los hombres. Tan soltera como todas esas benditas viejas que han llegado al laboratorio. Ha vivido con la tía materna hasta su muerte y ahora es dueña de una casa grande, una huerta de cuatro hectáreas y cosechas de peras y duraznos. Las plantas, el agua que corre por las hojas nuevas, el bramido de los venados en el bosque despiertan en ella una pasión que ningún prospecto de marido le ha provocado jamás. Un par de campesinos ricos han intentado acercársele; ella nunca les abrió las ventanas al escuchar sus cantos por la madrugada, ni les regresó el saludo en la calle. El maestro rural de Xiacuí, un borracho del que nadie sabe dónde ha encontrado el dinero para comprarse un Ford azul de doble tracción -un cochazo que lanza contra los otros carros en las curvas para estremecer a conductores y familias- se le ha enfrentado como si su soltería lo ofendiera. Elisa prometió una merienda de fruta y mermeladas en su huerta, y todos los niños de Xiacuí se pasaron a la escuela de La Trinidad, donde las maestras los acogieron entusiastas.

La Soltera no permite que las dudas la asalten cuando toma una resolución. Es dura y confiable, según la opinión de todos. Ella, a veces, cerrando la puerta de su casa, tiene la impresión que entrega su vida al trabajo a cambio de una conmiseración que preferiría ver transformada en un gesto de amistad, en una caricia no necesariamente sexuada.

En estos días tensos, le parece que Paco es capaz de ver en ella algo más que su metódica responsabilidad. Se siente querida sin temer el acoso, a cambio de lo cual ofrece su consejo con una espontaneidad consoladora. Ha encontrado a un igual. Por él recorre las cocinas de ochenta casas. Come pan recién horneado y les recuerda a las mujeres cómo han trabajado para recuperar sus montes y salvar el bosque veinte años atrás.

Paco Méndez se para en la orilla de la carretera y espera la bajada de los coches de los mercaderes. Sube a los viveros donde los campesinos se turnan en el trabajo comunitario. Camina rumbo a la escuela con los maestros y mezcla harina, sal y azúcar con los panaderos. Habla con todos.

Por la noche, bajo la techumbre de alfarjes de madera de la iglesia de San Martín, solemne, compacta y majestuosamente acogedora, se reúnen cuatro comunidades, los hombres con sus sombreros y las mujeres envueltas en sus rebozos. El comandante pide permiso para asistir. El cura le ordena que entre desarmado, de tal manera que deja la pistola en un hueco de la fachada de piedras blancas y va a sentarse al fondo de la asamblea, bajo la mirada adusta de una santa vestida de flores. Leonor, exhausta, se deja caer a su lado.

Mientras Paco pregunta quién está dispuesto a llevar copias de los resultados a Oaxaca, México, Puebla, Veracruz, y aun a Estados Unidos, en una de esas pasadas que se vuelven cada día más difíciles y que, sin embargo, continúan demostrando que la más controlada de las fronteras no deja de ser porosa. Mientras Elisa cuenta las manos levantadas y recoge las propuestas de sus paisanos. Mientras Dafne toma notas, Jacinta ordena sus ideas y Adriana se acerca a sus nuevas compañeras de clases. Mientras todo ello acontece, el comandante ve en el gesto de Leonor una anuencia a sus requerimientos. Sin poder contenerse un instante más, Carmelo Montes le vomita encima la más estrafalaria declaración de amor. Dice que ella lo necesita, que él lo sabe, que por favor lo ame.

Leonor Ruiz, la bulímica que se cree fea, no lo ha notado siquiera. Trabaja con los reactivos para limpiar las muestras; obcecadamente, rompe las moléculas y llega a la información sobre el núcleo. A la salida del laboratorio, nunca ha reparado en los ojos negros y suplicantes del policía que llegó con el pintor, ni sus nalgas redondas de hombre feliz. Son tan raros los de aquí, se dice rehusando buscar mayores explicaciones.

Ahora, medio acostada en una banca de la iglesia, sin sueño y sin prisa, divisa la figura de un hombre que no intentará rebajarla con sus prejuicios de presunto intelectual. Un hombre que, además, tiene piernas torneadas y brazos morenos y fuertes bajo la camisa de percal de manga corta. Un hombre que no le teme al aire nocturno de la Sierra. Un macho soberbio.

Piensa en tres cosas: el cansancio de su espalda encorvada; que no ha tenido ningún ataque de hambre canina que la engorde; y que son semanas que no toca a un hombre. Tres cosas, una tras otra, sumándose. Sin proponérselo siquiera, a medio camino entre la decisión y la inconsciencia, desplaza su mano en el aire, acercándola al indio bonito con un extraño pelo castaño. El halago sin preaviso la trastorna. Su cuerpo es sacudido por un deseo que sube desde las pantorrillas, convirtiéndose en un verdadero remolino en la entrepierna. Le falta el aire por una milésima de segundo. Luego esboza un gesto mínimo de asentimiento, imperceptible. Se van la una en el otro aún antes de tocarse. A pesar de que él es tira, a pesar de que anda armado.

En el pórtico a oscuras que cierra el lado oeste del atrio, Leonor Ruiz y Carmelo Montes se besan con una gula creciente. Sus alientos ligeros pasan a tener sabor a sal y saliva, a lengua espesa, capaz de recorrer escotes, tetillas, ombligos. Sus manos desabrochan camisas y pantalones, se meten por debajo de sostenes y calzones, se percatan de la redonda fuerza de las nalgas de Leonor y de los músculos apenas recubiertos de carne del tronco de Carmelo. Sus pechos se hallan excitados y a la ofensiva, sus ombligos cuchichean y las piernas de ella comprueban la solidez del cuerpo de él al abrazarlo como un tronco en que treparse.

Caen en un montón de paja seca, puesto por un hada bienhechora bajo el último arco del pórtico. La ropa dispersa, las pieles erizadas, sus besos encarnan torturas y delicias. Para cuando la lengua de Carmelo desata los gemidos de Leonor, su pelvis se levanta y suspendida en el aire reciba la embestida de un pene que hierve de excitación. Convertidos en un único cuerpo, se pierden por los caminos que el aire respirado traza por arriba y por debajo de sus pieles, hasta volver siglos o instantes después a la oscura brisa de la noche, húmedos y, a la vez, exhaustos y dispuestos a desearse más.

 

 

 

Incapaces de decir una palabra, asidos el uno de la otra, los amantes son los primeros en ver a Alcibíades Phaphoutis cuando se apea de un taxi y husmea el silencio vacío del pueblo. Divisando una luz amarillenta por debajo del portón de la iglesia, el hombre se dirige hasta ahí con paso firme y silencioso. Pocos metros antes de la entrada, baja al suelo su mochila y empieza a montar lo que poco a poco el comandante va reconociendo como una subametralladora.

Phaphoutis enrolla su cañón al cajón de los mecanismos, acomoda la caña sobre un corto afuste. El comandante aprieta todavía más contra el suyo el cuerpo de Leonor. Luego, sacudiéndose de encima el deseo animal de proteger sólo, únicamente, a su hembra, la empuja al rincón más oscuro de la sombra del pórtico. Se enfunda los pantalones y corre en silencio hacia su pistola, que descansa en el hueco de piedra blanca de la fachada de la iglesia de San Martín de Calpulalpam.

Phaphoutis levanta su videocámara y se encara al cañón de la nueve milímetros del comandante.

– Prometí defenderlos- profiere el hombre armado.

Alcibíades Phaphoutis levanta las manos. La cámara se cae al suelo de piedra del atrio. Un golpe seco que desplaza el lente. En otra situación, Phaphoutis blasfemaría contra la suerte, pero está paralizado, a la espera del proyectil que cortará su vida bajo un manto de estrellas aterciopeladas, hermosas, lejanísimas. La intensidad del peligro poco a poco va transformando el miedo fulminante en una aterrada conciencia del ridículo. Alcibíades ha presenciado tantas guerras, ha entrevistado a presidentes y asesinos y ahora morirá porque un hombre armado y descalzo se interpone a un simple reportaje sobre unos campesinos organizados.

El comandante entonces profiere:

– Policía. No se mueva.

Phaphoutis blasfema al fin. Insulta al comandante. Chilla maldiciones.

Por sus gritos el pueblo se dispone a la defensa dentro de la iglesia. Los viejos y los niños son empujados hacia los cuerpos laterales del templo, escondidos en los confesionarios y bajo los ropones de los santos. A los dos lados del portón, los comuneros de Comaltepec organizan a las mujeres y a los hombres jóvenes. Los zapotecos obedecen enarbolando candelabros, horquetas, reclinatorios. El cura pide calma.

Paco toma la palabra.

– Padre, lo único que nos sorprende es que hayan llegado tan pronto.

Los habitantes de la Sierra saben a qué se enfrentan. Lo conocen por su piel, por su historia. Es siempre la misma. Si el cura es su pastor, que lo sepa de una vez: resistir es enfrentar la muerte.

José Luis, Santiago y Dafne cruzan la nave y se suman a los jóvenes del pueblo. Con candelabros y palos en mano, se preparan para reivindicar el honor de sus pueblos. Adriana y Jacinta se encuentran entre los viejos y los niños, bajo un altar sobre el que descuella un magnífico retablo de una virgen barroca coronada de flores. La abuela abraza a su nieta.

– Si me hieren, tú sálvate, no pienses en mí.

Poco después todos emiten el olor acre del sudor del miedo y la espera. La decisión de resistir los ha convertido en una sola voluntad. Cuando se enteran de que sólo ha llegado el camarógrafo que esperaba Dafne y notan que el comandante está descalzo y a torso desnudo, la unidad está hecha. Y no la deshace ni siquiera la carcajada que rompe el miedo y es mitad histeria, mitad gozo.

 

 

 

Alcibíades Phaphoutis ha desacomodado algo más que un lente: sea lo que sea ese plan campesino que va urdiéndose por las montañas enarboladas, él le ha quitado la sorpresa. La productora del canal Uno de la televisión griega no lo contactó en Guatemala, donde había terminado su trabajo, sino en el bar de un hotel de cuatro estrellas en una islita del Caribe mexicano. Su teléfono celular sonó mientras él hablaba con un simpático funcionario de gobierno. Joven, blanco, algo fofo para su edad, pero definitivamente buen bebedor. Un subsecretario de agricultura, un hombre de veras exquisito. Buscaba escabullirse de sus hijos, por ello había ido por hielo a la sombra de una techumbre de palmera para uso exclusivo de los adultos. Alcibíades estaba en su tercer whisky, como todo periodista que se respete. Le contó lo que la productora le dijo. Y agregó de su cosecha: “Para que denunciemos de una vez por todas a estos cerdos neoliberales que ensucian el mundo para incrementar sus ganancias”. Se rió mostrando el paladar equino. El subsecretario registró cada palabra; siguió sonriendo e invitó otra y otra y otra ronda de copas.

Luego Phaphoutis se tiró al sol y olvidó con quien había bebido y por qué despertaría con un horrible dolor de cabeza. En el bolsillo de su pantalón de lino encontró las instrucciones de su jefa y se aprestó a volar hacia Oaxaca.

En el atrio de la iglesia con las manos medio levantadas, la bragueta mojada y sus treinta y tantos años de alcoholes resentidos, Dafne lo ve y piensa con un sentimiento esnob de molestia, casi una antipatía de clases, que no se ve muy joven, pero seguramente ha de ser pendejo.

El comandante ya no lo encañona, más bien soporta una andanada de insultos, bajo la vista de los comuneros y la escondida, pero mucho más viva, mirada de Leonor. Improperios gratuitos. Dafne califica al comandante como un hombre en quien confiar y fustiga al recién llegado con el desprecio de una gran reportera mal pagada hacia un técnico con sueldo fijo y pensión de vejez garantizada.

– Espero que sepa arreglar su videocámara- dice arrogantemente a su paisano. Y se aleja sin esperar respuesta.

– Gracias, comandante- musita tomando del brazo al policía para alejarlo del portal de la iglesia. Huele su esfuerzo de cumplir contra su propia voluntad y envidia por un instante la suerte de Leonor. No duda en identificar el motivo de esos pies descalzos, ese tórax desnudo. Un sentimiento de afecto se hace presente. Sí, siente cariño por la joven tan exaltada que pronto abrazará otra vez a ese macho espectacular, mezclará su pelo negro con el pelo extrañamente castaño del hombre, jadeará nuevamente en la espera de una satisfacción que llegará como premio. Ya no en sueños.

En el interior de la iglesia, las mujeres se agrupan nuevamente del lado del retablo de la virgen y los hombres bajo el púlpito barroco. Algunos han aprovechado la confusión para justificar su retirada. Paco llama desde el altar a los restantes a la cordura.

– Que hable la doctora Vargas.

Silencio. La doctora Vargas ha desaparecido. Lívida de pánico, Adrianita, de pie al lado del altar lateral, no logra decir nada. Santiago y Dafne van hacia ella. La niña está petrificada, apenas se le mueve la nariz al inhalar el aire pesado. Los campesinos ven desaparecer el cuerpo alto de Santiago por debajo de la peana de piedra labrada.

– Traigan agua, la doctora Vargas se ha desmayado- pide con su voz de tiple.

Dafne abraza a la niña que, al escuchar al biólogo, se deja arrastrar por un llanto de miedo disipado.

Alguien acomoda una cobija bajo la cabeza de Jacinta que vuelve en sí con la desagradable sensación de no estar recordando en qué momento el mareo le borró los colores, apagó las voces y dobló sus rodillas. Se ha sumido en la nada cuando cerró los ojos por más tiempo que los oídos y ha vuelto en sí al escuchar la opinión de una mujer. “¡Qué desconsiderados sus estudiantes; se la la llevan de un lado para otro, pobre viejita!” Ha oído también a Paco implorar: “No, Dios mío no”, como si esa vieja, que es ella misma, le fuera importante y querida.

Abre los ojos al fin. Busca a Leonor entre la gente y no la encuentra. Ve, a cambio, los ojos rojos de José Luis. Carraspea; no sabe si puede hablar. ¿Puedo, no puedo? No se atreve a intentarlo porque la duda es mejor que la certeza, inspirada por el terror, de haber quedado paralizada. Pasan segundos de inmovilidad expectante, eternos, que se quiebran de repente en el movimiento de los dedos de un pie.

– No es nada, sólo me faltó el aire- dice entonces con su nítida, perfecta voz de siempre.

Del brazo de Santiago llega hasta el altar. El cura le da su silla y la vieja Jacinta, a quien Dafne mira con devoción agigantada, empieza a explicar que el tipo de contaminación que han detectado en el treinta por ciento del maíz de todo el estado de Oaxaca es semejante, lo cual implica que los cultivadores no han comprado de firmas distintas las semillas, sino que éstas se difunden mediante un mismo distribuidor criminal.

– Produzcan más- termina diciendo. – No compren nada, cada vez que compran, sin saberlo atentan contra su propio patrimonio ancestral.

Las palabras son rebuscadas, quizás un error de la fatiga, pero su significado es claro. José Luis asiente con un gesto tímido de la cabeza. Levanta su mano acostumbrada a sostener el pincel y, acompañando sus frases con el movimiento ritmado de quien distribuye colores sobre una tela, dibuja en el aire una tierra devastada, con campesinos desesperanzados y hambrientos a orillas de los campos. Explica que aún menos que comprar hay que recibir donaciones.

– La ayuda humanitaria a los países pobres es un arma para las relaciones públicas de las compañías agroquímicas. A la vez que permite desplazar el excedente de granos que tienen, contamina nuestra tierra de manera que nuestras semillas queden rezagadas.

En el silencio anuente de la iglesia, un hombre se levanta.

– Es cierto- dice. – En Estados Unidos han empezado antes que aquí y ya casi se ha eliminado la agricultura familiar. Allí los campesinos son blancos, pero tenían sus tierritas, su casa, sus animales. Ahora están en las orillas de las ciudades, desesperados, sin nada que hacer. Dicen que fuimos nosotros a quitarles el trabajo; Dios no me dejará mentir: nos odian.

El hombre cojea porque, en un bar de Nebraska, seis granjeros embargados por el Agricultural Bank decidieron que los había ofendido al llegar a bailar con una campesina blanca empobrecida.

Dafne se dirige hacia Phaphoutis.

– ¿Ha podido grabar esto?

El camarógrafo comprueba que su compatriota lo trata peor que a todos los ahí reunidos. Una jodida aristócrata sin dinero.

Dafne va hacia los muchachos de la radio de Eusebio Soles: – Ayúdenlo, ése no será capaz de arreglar nada.

Los periodistas de la Sierra, sin mediar palabras, arrancan la videocámara de las manos de Phaphoutis y se la llevan a su estudio de Guelatao.

Elisa, Paco, José Luis y Santiago se quedan hasta la madrugada en la iglesia. El cura les trae agua, pan y manzanas. Dafne conduce a Jacinta y a su nieta a La Trinidad y vuelve a Calpulalpam. En todos los pueblos, al cobijo de las gruesas paredes de sus casas, los comuneros y los fuereños se acomodan a una comunión somnolienta: el merecido descanso tras un día agotador y en la antesala de la batalla. Adrianita se acurruca al lado de su abuela que tarda en dormirse, asustada todavía por su desmayo en la iglesia. La niña tampoco descansa de inmediato; no se atreve a preguntar nada. El miedo se alimenta de sigilos.

Sólo Carmelo y Leonor cruzan la noche de aires fríos en el calor de su abrazo. No duermen, no hablan y, en el silencio de las montañas ataviadas de nubes, su pasión alcanza la línea clara de la aurora que despunta violeta en el horizonte del valle.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Llueve. El bosque, cada árbol y los trigales, alfalfares y milpas resplandecen cobrizos unos y esmeraldas otros. A las ocho de la mañana, la montaña es un inmenso vaivén verde. Al son de bandas y canciones de protesta, la radio comunitaria de Guelatao ha despertado a la Sierra húmeda. Eusebio tararea y pone los discos en los platos de la cabina. Sus muchachos regresan a Calpulalpam con dos videocámaras bajo sus ponchos de hule: la de Phaphoutis, que entregan al griego, y otra, que ocultan, de un camarógrafo independiente, tan calvo en la parte superior de la cabeza como de largos pelos alrededor.

– Eusebio confía en él- explican a Dafne levantando la barbilla hacia El Greñas. – Nadie más que nosotros sabe que está aquí.

– Bien.

Bajo los almendros de la plaza, Dafne se estremece a veces por una gruesa gota que, tras haber recogido el agua de varias hojas, se desprende gorda, redonda, para caerle en el pelo y escurrírsele por el cuello de la camisa, empapándola tercamente. Día mojado que pone fin al calor de la semana anterior.

– No contamos con la gente de Ixtlán por el momento- agregan los muchachos de la radio.

Dafne abre las manos; no entiende bien a bien qué significa. El comandante y Leonor aparecen detrás de ella.

– Era de esperarse- dice el policía a los muchachos.

Los zapotecos lo miran con el doble recelo que le pueden tener a un tira y a un mixteco. Sólo cuando José Luis los alcanza con su sonrisa pícara, a la vez cómplice y censora, se dan cuenta de que con esos dos hombres del valle comparten mucho más que un peligro inmediato.

– Grábalo todo- le dice Dafne al camarógrafo independiente. – Todo, aun lo que parece sin importancia y antes de editarlo para ti mismo manda los materiales a Rita Angelopoula al canal Uno, en Atenas. Te pagará.- Sonríe: – Tarde o temprano.

– Hay un problema- dicen los muchachos de Eusebio entonces.

Todos los demás levantan las cejas interrogativamente.

– La policía estará aquí en la nochecita o a más tardar mañana por la madrugada.

El comandante sacude, pensativo, la cabeza.

– Es una orden que viene de alguien muy arriba, quizá del gobierno federal. En Ixtlán hay dos colegas de la ministerial y casi nunca nadie enviado de fuera pasa de ahí sierra arriba. En los hechos, ésta es una tierra a la que se le reconoce su autonomía- sonríe cortésmente a los muchachos.

Vehemente como siempre, hermosa de amor recién estrenado, Leonor le arrebata la palabra.

– Una autonomía no legalizada que se parece a la tolerancia, a un castigo postergado, no al respeto.

– Pues sí.

Eso es lo que comparten los serranos con los dos hombres del valle, una represión siempre latente. La que persigue a los chamanes. La que rebaja su trabajo. La que los llama indios, así, sin más, todos igualitos y sin nombre: indios. No importa de dónde sean ni qué trabajo hagan. Policías, campesinos, pintores, biólogos, todos muertos de hambre, todos ignorantes, todos indios, todos de un lugar al que han cambiado el nombre. También la rabia; sí, comparten una rabia al rojo vivo que debe pelear contra la sensación de que resistir es en vano. Y lo hace, caray si lo pelea, para no convertirse en el sordo rencor de los perdedores. Para hacer frente al presente.

En la densa atmósfera que se respira bajo los almendros, Dafne no aguanta la curiosidad.

– ¿Ustedes cómo lo saben?

Los muchachos se miran sonriendo.

– Discúlpennos comandante- se dirigen a Carmelo y, casi riendo, agregan: – La mitad de los soldados de este país son zapotecos y ya saben que el ejército no se lleva mucho con la policía.

José Luis inclina la cabeza de un lado y se echa a reír. El comandante se encoge de hombros, pero los pómulos y las orejas se le tiñen de rojo.

 

 

 

 

En la plazoleta de La Trinidad, una veintena de kilómetros Sierra arriba, la enfermera del centro de salud de Calpulalpam acompaña a Elisa Suárez a sacarle una muestra de sangre a la doctora Vargas.

– No es necesario, muchachas- dice la maestra al verlas entrar.

– Sí lo es- contesta la bióloga más joven.

Adriana inclina la balanza hacia la razón: – A mí no me dejarías opinar, abuelita; así que hazte los análisis como ellas dicen.

A dos cuadras de ahí, Paco y Santiago fotocopian las escaleras de electroforesis y demás resultados impresos. Una copia para doña Ramona que se va en camioneta a Puebla para entregarla a un periodista. Otra para Esteban García, a Tuxtepec en el próximo camión y de ahí a Veracruz en el auto de la cooperativa de la piña. Otra más para Juana Villegas, a la radio de Oaxaca. Y para Hernán Chávez, a los zapotecas de Juchitán, aunque tenga que llevársela corriendo. Todavía otra para México, en la ropa de Adrianita, que a ella no la tocarán. Y tres más, decreta Paco, para que se vayan al norte: con el hermano de nuestro asesor, con las organizaciones chicanas y con la red ecologista.

En el salón de actas pegado al laboratorio, el presidente municipal dispone:

– Resistencia pasiva. No insulten, no disparen, no tiren piedras. Finjan que no pasa nada, caminen por en medio de la carretera, siéntense donde están. Así de simple: no los dejen llegar fácilmente al laboratorio, pa’ que no sospechen.

Diez minutos más tarde, con la sangre en el tubo de ensaye listo para entrar a la ultracentrífuga, Elisa empieza a organizar dónde llevar ese equipo que quien envía a la policía considera un peligro, un enemigo a desaparecer, pues está en manos de indios.

Los comuneros nunca toman órdenes de nadie, pero ahora no hay tiempo de reunirse. Y lo que ella dice es cierto, lo saben: – No permitirán nunca que volvamos a tener un laboratorio, si logran destruirlo.

– Los policías son como nosotros, no saben nada de ciencia, Elisa- le contesta un gordo. – Así que démosle lo que ellos consideran un laboratorio, lo más barato.

Elisa bufa; le molesta perder un par de gradillas con sus tubos de ensaye simple, pero quizá si los llenan de colores….

En un segundo concibe el plan: el ultramplificador de DNA al horno de la casa de los García; la fuente de luz ultravioleta y la cámara Polaroid a la tienda de don Ernesto, el fotógrafo del pueblo; el secuenciador de DNA, con sus láminas de gel, que se disfrace de algo en el taller del mecánico; el congelador y el ultracongelador a la heladería de doña Carmela.

– Hoy es día de construir maquetas- ordenan las maestras a sus niños, poniéndolos a trabajar.

De un cartón liso que endurecen y abrillantan con resina y aguarrás, arman una  caja registradora con teclas y agujeros, alrededor de un rectángulo de vidrio negro. Vienen de siglos de arte popular, tienen manos de carpinteros y se saben todos los secretos de las alfareras. En otro salón, inventan una máquina redonda, con una tapa circular que se levanta.

– Cuiden bien los bordes- especifican las maestras; – que parezcan de verdad.

Las niñas mezclan los colores; Adriana supervisa los tonos. Los hornos de Calpulalpam levantan grandes volutas de humo blanco. Con el pan se cocinan extrañas formas de barro: medio alambiques medio copones para pintarse.

Cuando Santiago y Paco llegan al laboratorio, Elisa les pide tiempo para culminar los análisis de la doctora, luego todo debe cambiarse de lugar. Al ver los resultados, sacuden la cabeza.

– Puede que sea sólo un poco de azúcar alta- insinúa Santiago.

– No te mientas- le contesta Elisa Suárez.

– Ni tú ni yo somos médicos ¿sí?- se quiebra su voz de oboe histerizado.

En Calpulalpam, Dafne envía a Phaphoutis hacia cualquier punto turísticamente interesante. Le aconseja además de que se dirija a Ixtlán al finalizar, para enviar sus imágenes y entrevistas a Grecia. El presidente municipal, el director de la oficina de bienes comunales y la encargada del molino suspenden sus actividades para hablar con él, lo pasean por las sementeras, le dan a beber el agua de las montañas en el cuenco de sus manos. Sonríen. Explican. Divulgan lo que saben que el gobierno federal cree que saben.

Al mismo tiempo, los muchachos de la radio comunitaria y el camarógrafo independiente se apostan en las curvas de la carretera, en el campanario, bajo el puente. Dafne escribe sin cesar ya no a Jean-Bernard su amor, Jean-Bernard el amante del chocolate y los paseos, sino a Monsieur J.B. Dupoète, funcionario de la UNESCO, acerca de los usos que las compañías transnacionales hacen de las fuerzas policiales nacionales para reprimir la difusión de todo conocimiento que ponga en entredicho la legalidad de sus acciones. Monsieur J.B. Dupoète transmite la información a la sala de traducciones y a las oficinas de la FAO y los Organismos No Gubernamentales registrados. En francés, chino, árabe, inglés y ruso, burocráticas y eficientes las palabras de la reportera griega llegan a contagiar los escritorios de funcionarios internacionales que, para seguir considerándose honestos, las ceden a la prensa, y ésta lacónicamente informa a los lectores de Ucrania, Sri Lanka, Dinamarca, Paraguay que, según fuentes oficiales, ya no existe derecho internacional ni defensa contra la manipulación genética de las semillas.

A las tres de la tarde, las pantallas de ambas computadoras se borran y los teléfonos de la Sierra son cortados. Jean-Bernard se deja caer en el respaldo de su sillón; cierra los ojos y reza para que los dioses del camino, del agua y de los vientos protejan a esa viajera empedernida que en medio de América, sin entender verdaderamente nada, se está convirtiendo en parte de la triste historia de su continente. A esa amiga que él, en la cama, ya ha sustituido por una francocanadiense de diecinueve  años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Leonor y Carmelo  aguantan la respiración para no decirse lo obvio. Solos e inmóviles en medio de una actividad que ocupa a todos de manera sincrónica, esperan un milagro sin esperarlo. Ahora que los acontecimientos los alcanzan, él vuelve a ser un policía, aunque un policía incomprensible, un tira más raro que un perro guardián sin casa. Ella es nuevamente una investigadora, el miembro de un equipo.

A media mañana Leonor se sacude la congoja que le entorpece las decisiones.

– Ve a La Trinidad y dile a la doctora que te la llevas a México con la niña.

La voz le duele por la proximidad de la separación.

– ¿Y tú?

– No los dejaré.

– Yo prometí protegerlos- sostiene entonces, con una leve esperanza de morir pero no irse, el comandante.

– No- dice Leonor inhalando: – yo aquí me quedo, tú te vas.

– Vendré por ti.

Ella afirma con la cabeza y sonríe mordiéndose el labio inferior. El comandante prende el motor de su camioneta de asientos de cuero, su camioneta cara de hombre que ha gustado estar al borde de la impunidad.

El motor ruge cuesta arriba mientras el mismo aire que el auto sacude se quiebra en el pecho de Leonor en cien astillas de deseo interrumpido. Luego, sorprendida porque la sangre no ha llegado a su boca, la mujer se incorpora a sus tareas. Las que sean.

 

 

Reunidos con la doctora en el laboratorio del primer piso de la agencia municipal de La Trinidad, Paco y Elisa esperan que al dejar de llover el sol levante una neblina clara del asfalto húmedo. Un muchachito gordo entonces sube corriendo con la noticia que los teléfonos han sido cortados. El comandante se ha sentado con Adriana en los escalones más alto del edificio. Se levanta para dejar pasar al mensajero jadeante y lo escucha. En medio de su aturdida pena de amor, que lo hace actuar sin una conciencia total de lo que causa, la voz de alerta suena como una sirena en la niebla de un puerto. Es un profesional. Da un paso al centro del laboratorio.

– Ya van a subir. No hablen de nada importante por el celular ni por más de minuto y medio. Si quieren conocer las noticias, pónganles pilas a la radio.

Los biólogos miran a su maestra.

– No me voy a ir, muchachos.

– Está usted enferma- intenta disuadirla Santiago.

– Lo sé; quizá sea mejor así, ya no tengo nada que perder. En México me creerán, pero van a sofocar la información de mil maneras, cuestionando que haya venido aquí sin permiso.

Hace entrar a su nieta y la toma de ambas manos. La ve bellísima, igualita que su pequeña Mónica, la hija preferida de su papá, muchos años antes.

– Mi amor, el comandante te va a llevar a casa, con tu mamá, como querías.

La niña aprieta con fuerza las manos de la abuela. Busca con la mirada a Leonor y a Dafne, pero sus aliadas no están.

– ¿Y tú, abue?

– Yo me quedo, pero tú vas a llevar mis estudios a México. Somos equipo ¿o no?

La niña se siente importante, se siente perdida, piensa en su madre, en su escuela, en sus amigos, todo al mismo tiempo.

– Y Leonor, y Dafne ¿dónde están? Abuela: mamá quizá quiera estar sola con papá. ¿Y yo…,  yo qué hago en México sin ti?

Las palabras le salen con ganas de irse y de quedarse, de serle fiel a unas y a otras, a sabiendas de que es imposible pero sin encontrarle una verdadera contradicción. Por fin, las ansias de ver a su mamá y de ser importante, las dos poderosísimas, y las ganas de viajar en el coche de cuero y rugidos del comandante, dominan la timidez de estar sola con un hombre y la pena de separarse de la abuela.

– Rápido- interviene entonces Carmelo Montes- mi carro, si es que pasa, será el último que baje hasta Oaxaca hoy. Quizá José Luis pueda intentar el camino de la Sierra y rodeándola ir de Tuxtepec a Huautla y de ahí a Veracruz o a Puebla, pero depende de él si quiere arriesgarse.

El pintor dirige a su paisano la mirada de ofendido reclamo que los niños más débiles les lanzan a sus amigos fortachones cuando éstos no los creen capaces de seguirlos en una aventura. El policía baja la vista.

– Claro que sí, tú puedes- se exculpa.

Una vez más el motor de su coche ruge, ahora montaña abajo. Frente a Calpulalpam, el comandante no orienta su mirada hacia la plaza. Al interior de las oficinas municipales, Leonor detiene sus manos sobre los paquetes de maíz que va confeccionando; el ruido del auto, de su velocidad desesperada, suena como un sello al aplastarse sobre la cera y el papel. El sello que destierra un amor imposible de su vida.

Ahora volveré a ser yo misma, suspira. Pero, mientras se lo dice, siente una vez más el abrazo del hombre cuyo sudor aún le humedece  la piel.

 

 

 

 

 

A las cinco de la tarde, Alcibíades Phaphoutis da por terminada su tarea. Es hora de cumplir con informar a Atenas y regalarse un trago menos rasposo que el mezcal casero de la fonda de don Abelardo. Aspira voluptuosamente el aire húmedo pensando que en el bar de Ixtlán, a la sombra, sin prisa, podrá invitar a una muchacha a bailar, mientras los hielos de su whisky se diluyan en el vaso. Busca al taxista frente al palacio municipal. No es más frívolo que la mayoría de sus colegas y está satisfecho con la información recogida. En Atenas, Rita Angelopoula hará una buena edición con sus historias a medio camino entre el folclore y la ecología.

Baja a sesenta kilómetros por hora rumbo al retén policial, dos horas después de que el comandante engañara a sus colegas.

– Nada nuevo; sólo aprovechaba el permiso para darle seguimiento a una investigación acantonada- había dicho Carmelo Montes con la cara impávida de quien habla con un igual.

Otro hombre grande como él, vestido de negro, se apoyó a la lámina de su coche. Carmelo fingió no darse cuenta de que el otro fingía no mirar hacia el interior. Entre colegas no se hace. Pero la niña asentía sonriendo a su lado; triste, bonita, bien peinada: su sobrina. Se saludaron.

– Entonces, ¿nada extraño?

– No, nada.

Y con la mano izquierda fuera de la ventanilla, el comandante saludó a los otros hombres vestidos de negro. Veintidós, contó. Ni una cara conocida, nadie de Oaxaca, todos más o menos blancos. Aceleró y el motor bramó un insulto orgulloso cuesta abajo: él es un chingón, que esos cabrones desteñidos lo sepan.

La niña y el policía enfrentaron más curvas, suspirando ambos. Compraron un helado en Oaxaca para ponerse contentos. Tomaron la autopista a México para llegar rápido. Cruzaron las calles de la gran ciudad con la Guía Roji en mano, hasta la casa mostaza en la colonia Narvarte; una casa de clase media, acomodada, sin excesos.

 

 

Tocan a la puerta, cansados. Adrianita baila sobre su pie izquierdo de la emoción. Se le sale por los ojos la ansiedad de olerla, de mirarla, de besarla: mamá, mamá. Vuelven a tocar, pero la campanilla no timbra. Reculan un paso para ver si hay luces en la casa. Entonces oyen los gritos medio sofocados, un gran golpe contra la pared, el cristal de la ventana estrellarse.

– A un lado, niña.

Una patada sola y el comandante tira la puerta frente a la cual alguien ha arrastrado el sofá. Salta por encima de cosas rotas, platos, un reloj.

Sube las escaleras de madera crujiente pisando el desparramado contendido de una bolsa de mujer. Golpes y forcejeos resonaron detrás de otra puerta cerrada. Carmelo se mete al cuarto con la fuerza de un viento que rompe goznes y herrajes; de un bofetón certero tira al suelo al papá de Adriana que intenta golpear la cabeza de su mamá contra la pared. Por eso es policía, para pegar donde duele.

– ¿Y éste de dónde chingados sale?- grita el padre de Adriana, los ojos rojos, la nariz sangrando, borracho y, sin embargo, levantándose como una víbora pisada en la cola, derecho contra Mónica, los puños adelante. – Pinche puta.

No puede volver a repetirlo. Carmelo Montes también ha perdido el control de sí mismo. Desde hace demasiadas horas sofoca su dolor por haber dejado a Leonor y su rabia por no haber sabido decirle que no, que él no se iría. Cargado de odio, libera sus manos y se justifica diciéndose que él a los hombres que golpean a las mujeres no los traga. Se le ahogan los ojos de lágrimas porque recuerda cuánto él amaba a su mamá, a su abuela, a sus tías y, en este preciso instante, aún más, ama a una mujer que se ha quedado en la Sierra, sin hombre, y que quizá uno de sus colegas la golpeará porque es bióloga y el maricón de voz de tiple no será capaz de protegerla.

Mientras se atraganta de mocos con todo eso, Carmelo Montes le da con los nudillos en la nariz al papá de Adriana, le rompe las gafas de montura cara, le mancha de sangre la camisa de lino, le hunde la rodilla en las costillas.

– Hijo de tu pinche madre, ¿por qué no te metes con los de tu tamaño?

Él es el fortachón de la escuela, el que se ha atrevido a mirar a José Luis García como a un incapaz de correr riesgos. No es un buen tipo. Por ello le propina otra sacudida al papá de Adriana y lo levanta por la solapa. Hasta que Mónica se seca las lágrimas, retoma el aliento, ve a su hija aterrada en el quicio de la puerta. Entonces le dice al comandante:

– Párele ya; por favor, cálmese.-

Carmelo se va serenando, ella le acaricia la mano y agrega: – Sería bueno que me acompañara, quiero denunciar a este cabrón por violencia intrafamiliar.

El comandante se ilumina. Ahora sí, su palabra tendrá algún valor. Él tambiéb dice: – Vamos.

Arrastra por las escaleras a un hombre sin fuerzas que ha intentado matar a su esposa porque ella quería volver con él. Un hombre que  harto de su vida que decidió convertir en un infierno la de su mujer. Detrás de él, Mónica abraza a su Adrianita.

– Niña mía, caíste del cielo, mi amor, mi amor…

Ambas se sienten fuertes. La madre, la increíble madre que ella echaba de menos en la Sierra, la tiene en sus brazos. No importan las magulladuras de los labios ni las cejas rotas, no importan los moretones ni el miedo. No importan; su mamá es capaz de levantarse, de denunciar al hombre sin valor alguno que es su padre, que bien puede amarlo, pero no así, no contra su madre, no contra sí misma.

– Mamá, luego, debemos ayudar a la abuela- afirma Adrianita. Una niña gigante, piensa la madre y la aprieta aún más fuerte contra su cuerpo.

 

 

A la misma hora, Alcibíades Phaphoutis está parado fuera del taxi en el retén. Unos hombres vestidos de negro le tiran al piso la cámara; el lente vuelve a desplazarse. Le preguntan para quién trabaja. Él se mete una mano en el bolsillo para sacar su credencial. Uno de los veintidós hombres vestidos de negro le tuerce el brazo.

– Soy reportero de la televisión griega- levanta la voz ofendido.

– Ah sí, ¿y quién te da el permiso de decir mentiras?- mientras le golpean los hombros y él levanta el brazo libre para protegerse la cabeza.

 

 

A la misma hora, Dafne Castoriadis se culpa por haberle tendido una trampa tan fea a su colega y paisano. Se reprocha que el hombre esté enfrentando lo que no pudo prever porque ella se lo ha mantenido en secreto. Probablemente él la traicione, sería lógico, después de todo ella es una mierda y se lo merece.

 

 

 

A la misma hora, Paco Méndez y Santiago Báez se encuentran solos en Xiacuí. Deambulan por la casa de los padres de Paco que ahora dormita grande y vacía, con sus tres camas sin huéspedes, limpia de personas y de documentos, de maquinaria y de papeles. Todo ha ido a parar a la casa de esos vecinos que el pueblo dirá que le tienen envidia a Paco, que han tenido problemas de linderos con sus papás y que ahí, por 1974, sus vacas le han comido la milpa.

Paco y Santiago están cansados de cargar cajas y cajas y, de tan sudados, se han quitado las camisas empapadas y siguen frente a la ventana que inmiscuye una luz plateada de tarde en el interior oscuro de una habitación que sufre de abandono y silencio. Deben volver al laboratorio, pero no pueden moverse. Están frente a la ventana.

La familia de Paco ha emigrado a los Estados Unidos: primero su hermano mayor, y tras él, uno por uno, sus hermanas, su madre y el padre. El viejo, cuando terminó de pagar los estudios de Paco en México, acarició los muebles que habían sido de sus padres, colgó los aperos de una viga y regaló sus gallinas. La Unión de Migrantes Mixtecos Zapotecos le presentó a quien lo ayudaría en la pasada de esa frontera que, como una divinidad guerrera, exige la sangre de uno de cada cinco migrantes.

En la casa no hay nadie más que ellos. Tienen igual miedo de lo que vendrá, miedo de estar solos y miedo de no decirse lo que en el pecho de ambos remolonea como un niño que mata el tiempo con tal de no terminar la tarea.

En el momento en que Mónica, Adriana y Carmelo Montes llegan a la delegación de policía; en que Phaphoutis recuerda que es hijo de un militante socialista que enfrentó con la cabeza erguida la carga de los militares contra su sindicato durante la dictadura de los coroneles; en que Dafne agarra del brazo a El Greñas y lo conmina a grabar la llegada de la policía y recular para no caer en sus manos hasta la casa de los campesinos que cada mañana preparan tepache de aguamiel; en ese momento Santiago carraspea.

Afuera y adentro la espera agranda el terror, se convierte en la oscura presencia de un más allá imprevisible. Entonces el suspenso de la carne viva y sus torsos desnudos se apersonan indiferentes al futuro y Santiago atrae hacia sí el cuerpo de Paco que se estremece.

Se besan, se tocan, cruzan el umbral de sus castidades con el fuego de una primera vez absoluta. Los penes erectos empujan las braguetas cerradas. Cada uno va al pantalón del otro, se desvisten brutalmente con la prisa del peligro y las ganas. Caen sobre la cama de los padres de Paco. Frente a frente, sus torsos resbalan de saliva y sudor. Paco encoge las piernas y Santiago se desliza bajo su cadera e intenta penetrarlo sin poder entrar al ano seco del amigo. Se besan, se lamen, se vuelven a montar hasta que la sangre de ambas virginidades se mezcla, una y otra vez, en las sábanas de algodón crudo de los señores Méndez.

No tienen una noche como Leonor y Carmelo. A su tiempo lo recorta el helicóptero que desgarra el aire de su suspenso, mientras todavía sin palabras se reconocen, comparten el dolor y el placer, lamentando las horas perdidas desde que se han vuelto a encontrar en el cobertizo para la leña de Eusebio Soles.

El helicóptero recorre la cañada y baja rumbo a los pueblos más cercanos. La columna de patrullas sube desde Oaxaca. Del helicóptero se fotografían sierra arriba las actividades aparentemente normales de Comaltepec. A Hernán Chávez no le hacen caso, un indio más que camina. El helicóptero sólo se interesa por los autos. El jeep del primo de José Luis, con doña Ramona y Esteban García envueltos en unos cuantos papeles, arranca cuando el ruido de sus aspas se pierde tras la loma alta de la mina. Puede aterrizar en cualquier lado, aunque prefiere sembrar el desconcierto quedando suspendido sobre las canchas de baloncesto, con sus niños mirando hacia arriba, la pelota en las manos y los calzoncillos movidos por el viento. Fracasa sobre las casas de tejas rojas donde todo ha sido escondido ya y el aroma de las sopas sube por el tiro de las chimeneas.

En el jeep tres corazones laten apresurados. La carretera poco a poco ennegrece, pero José Luis no prende los faros. En esa misma noche sin luna Santiago, vestido y bañado, afirma al salir de la casa de los padres de Paco:

– Cuando esto termine, quiero quedarme contigo.

 

 

 

 

 

 

 

 

La policía invade las calles, entra a los palacios municipales, irrumpe en los molinos y los hornos de pan, viola las puertas de las casas de los dirigentes campesinos. Allana cada una de las sedes comunitarias. El Greñas graba a escondidas sus manos torpes removiendo herramientas, sacos de granos, ropa limpia en los cajones. Graba a los consejeros municipales encogiéndose de hombros ante sus preguntas; a las mujeres sacudiendo las cabezas; a los niños rodeándolos. Cada vez se adelanta a los movimientos de la fuerza pública.

Cruza corriendo por entre una multitud de cabezas masculinas con sombrero y de hombros de mujer envueltos en rebozos; una multitud que lo esconde tras sus siluetas, permitiéndole enfilar hacia el lecho del río. El Greñas desciende los rápidos de la curva grande de la mina, mientras las lavanderas interrumpen la corrida de las patrullas bajando a media calle los canastos de la ropa. Se esconde tras los muros de piedra de casas donde, a su paso, se apagan los quinqués para que la sombra no lo delate. Por el tronco fuerte de un capulín, sube al techo de la agencia municipal de La Trinidad, carga la película de infrarrojos, emplaza el lente en un hueco de la ventana y se queda esperando.

Siete policías se apostan alrededor del edificio, tres por la escalera, dos entran en el salón de juntas donde interrumpen el juego de dominó de cuatro jóvenes con sus botellas de cerveza al lado de la mesa. Desde la iglesia al fondo de la cañada, las campanas responden a los campanarios de San Martín y poco a poco repican las de San Andrés, San Antonio y cada cencerro de ahí a Yalalag, por un lado de la Sierra, y hasta la Mixe, por el otro. Decenas de viejitas salen a las calles, las cabezas cubiertas, el rosario en la mano. Ay Dios, dicen al ponerse frente a las patrullas; ay Dios, al preguntarle a los hombres vestidos de negro adónde van; ay Dios, a los guardias apostados alrededor de la agencia municipal de La Trinidad, distrayendo su atención, permitiéndole así a El Greñas grabar.

El otro hombre grande como Carmelo Montes, el mandón vestido de negro como sus hombres y que no es de Oaxaca sino medio blanco, hace una seña con la cabeza a los tres de la escalera que entran empujando a Jacinta Vargas sentada en su sillón giratorio, a Elisa Suárez con la mano en la portezuela abierta de un aparato con lucecitas rojas, a Leonor Ruiz frente a un cazo blanco lleno de un líquido grisáceo.

– ¡No se muevan: policía!- gritan.

Una ráfaga, antes de que los que cargan fusiles dejen caer sus culatas sobre el aparato blanco del que salen centenares de filamentos azules, sobre el cazo que se rompe esparciendo un olor apestoso, sobre una gradilla de madera con tubos de vidrio llenos de líquidos rojos y verdes, sobre la cuadrada caja de una computadora apagada que lanza chispazos tan violentos que alcanzan la toma de electricidad del laboratorio y hacen estallar otros cubos blancuzcos de los que salen más hilitos azules y foquitos. El cuarto entero empieza a llamear y humear. Las tres mujeres sollozan.

– ¿Qué hacen, por Dios, qué hacen?

La doctora Vargas, más coja que nunca, se apoya en un bastón esgrimiendo su edad y la credencial del Instituto Nacional de la Nutrición. Elisa se agarra de uno de los policías, en un muy ensayado ataque de histeria creciente. Lo empuja hacia las llamas de su pretendido condensador pidiéndole que la ayude, que ése es el laboratorio de un pueblo de trabajadores, que se lo salven por favor. Mientras, le hace bajar la mano armada hacia unos filamentos que se funden al calor y que se le pegan a la piel. Entre gritos de terror, Leonor esparce los materiales encendidos por todo el laboratorio. Pide auxilio con tal estruendo de voces que su maestra le exige que se calme.

– No haga tanto escándalo, señorita Ruiz, es usted una funcionaria.

Los policías se detienen. El laboratorio es una ruina, no queda un alambique entero, la centrífuga en el suelo cruje bajo sus botas con un ruido a barro cocido que no saben reconocer. La palabra funcionaria, la credencial de un instituto federal, la edad de Vargas, los obligan a dudar por un instante. Entonces el estallido del condensador de la luz suena como un cañonazo sobre las olas. En la oscuridad ruidosa de la calle, las viejitas con sus rosarios rodean a los demás policías al grito de Ay, Dios, qué pasa.

El rostro del capitán se pierde en la sombra del bosque sin luna. El hombre sube las escaleras de tres en tres, con una lámpara en la mano. Apunta el chorro de luz a los ojos de la doctora Vargas que lo encara desde los achaques de sus setenta años.

– ¿Qué sucede, oficial?

El helicóptero ronda sobre La Trinidad. El Greñas logra deslizarse desde el techo por el tubo del agua y escapar hacia los linderos del bosque. Dos faros traspasan la noche, barriendo el edificio de la agencia municipal y las callejuelas empinadas.

Santiago y Paco corren hacia el laboratorio. Su destino es el de los habitantes de los pueblos de la Sierra: enfrentar una noche de insomnio y nervios.

El helicóptero va y viene en busca de personas dispersas como un perro ovejero. Al amo empistolado que sigue sus movimientos desde las ventanas de la agencia municipal, muestra al hombre desprevenido que viene arrastrándose por los senderos y a las viejitas reunidas frente a la iglesia. Encuentra en la entrada del pueblo a los dos biólogos, los ilumina y, como si de repente se diera cuenta de que hay más ovejas descarriadas, se lanza por la carretera zigzagueando en el aire, transformándose de perro en moscardón.

En el jeep, José Luis, Esteban García y doña Ramona callan. Los tres no entienden el motivo por el cual los portadores de las noticias deben ser tantos y dirigidos a puntos diversos. Cuando se habían remitido las primeras muestras a Estados Unidos, éstas habían viajado fácilmente, precedidas por los resultados obtenidos en la Sierra enviados por internet. Los biólogos del laboratorio de La Trinidad, tal como José Luis en las comunidades de artistas de la Mixteca, han insistido hasta el cansancio que todas y todos sepan usar los medios de comunicación más modernos, aunque sólo sea para enviar a las tiendas de arte los precios de su producción más reciente. El uso de teléfonos celulares también ha roto con el vicio atávico de cobrarle más a los más pobres: era común que los dueños de las casetas de teléfonos, en los poblados alejados, reclamaran cifras intercontinentales para comunicar a campesinos y pastores con sus hijos en los pueblos cercanos. Sin embargo, una sensación de angustia más que de perplejidad, un miedo inexplicable, hace brotar la duda en los viajeros del  jeep de que esa facilidad es un arma de dos filos.

Ramona carga su celular apagado en el bolso. Elisa Suárez, al acomodarle los papeles bajo la ropa, le dijo que las señales de la telefonía satelital pueden ser rastreadas.

– ¿Pero cómo, si no tienen cable?- había insistido una y otra vez Ramona.

Tras decirle que no sabía, y no sabía, y no sabía, Elisa terminó por encogerse de hombros y contestar: – Brujería, doña Ramona.

Esteban García se incomoda más que su madrina por la respuesta de la bióloga. “Ni que seamos pendejos para creer que no sabe”, ha mascullado entre dientes. Aunque, la verdad, es que no entiende por qué entregar a la Universidad de Veracruz los resultados de sus estudios. Los veracruzanos no los quieren y ellos menosprecian a los veracruzanos. Indios patarrajadas, les dicen aquellos. Pinches negros, les contestan éstos. Sin embargo, aprieta contra su costado los papeles; no acostumbra cuestionar las decisiones de la comunidad.

El helicóptero los alcanza como un asaltante repentino. No perciben el ruido de las aspas en la noche silenciosa. El monstruo alado los sorprende tras una colina, encendiendo de repente sus faros sobre el coche que huye a oscuras. El altoparlante dicta la ley.

– ¡Deténganse ahí donde están!

José Luis acelera para llegar a las copas de unos árboles inmensos y frondosos que cubren la carretera desde lo alto. Que Esteban y doña Ramona se deshagan de sus paquetes, aventándolos al barranco. Del helicóptero sale una ráfaga de disparos que hace impacto en el asfalto y el motor del jeep. José Luis aprieta el pedal del freno y el jeep empieza a deslizarse hacia la pendiente.

Por fin se detiene. Los dos hombres y la mujer, inmóviles, esperan otros disparos, la muerte. El helicóptero aterriza sobre el asfalto. Dos policías corren hacia ellos, cada uno con una subametralladora de fabricación israelí bajo el brazo. Un interrogatorio furioso, a rajatabla, empieza desde antes de que el jeep sea evacuado.

– ¿Adónde pensaban huir, hijos de puta?

Algo, en esa misma violencia, permite que aflore no tanto el valor como la indiferencia del pintor y de los campesinos: si los van a matar, qué más da. Así que caminan mudos y tiesos hacia el helicóptero con las manos en alto. Esperan el tiro en la espalda que no llega. Suponen luego  que los lanzarán al vacío, pero tampoco. Y a los papeles ni siquiera se los buscan encima; regresan con ellos a La Trinidad y los queman en el fogón de su casa después de doce horas de prisión.

Hernán Chávez se agacha bajo los pinos, a pesar de que el helicóptero no puede divisarlo, tan lejos al este de su camino. Al verlo volar bajando hacia la carretera, piensa en los tres paisanos que viajan en auto, y aguza sus oídos al escuchar la ráfaga. Se santigua: primero Dios, él llegará al Istmo, aunque sea para honrar la memoria de sus muertos.

 

 

 

 

 

 

 

 

En la Ciudad de México, el subsecretario de agricultura se mueve con precisión. La noche anterior, ha cenado en el último piso de un edificio circular con el presidente de la comisión de desarrollo agrícola del Senado. Un sorbo de vino, apenas para acompañar el mero a la  peruana, mientras calcula las palabras de su acompañante. Por la mañana, ha desayunado en un jardín florido con los comisionados de la Cámara. Y ahora tiene prisa, pues considera propicio el momento. Sus amigos deben aprovechar la calma chicha de una victoria aparente de la oposición en materia escolar, para que sus diputados vuelvan, como si se tratara de un asunto sin importancia, a proponer la libertad de siembra en el territorio mexicano.

Libertad de siembra, o sea sustitución de variedades criollas, migración de campesinos a las maquilas y compra de tierras para la producción extensiva. Hay científicos en la universidad que reclaman el derecho a la investigación sin restricciones; tal y como está la ley, cualquier investigador puede ser juzgado por contravenir la orden de no procesar el germen del maíz.

Pues así, más fácil. Defenderé la libertad de estudio, el crecimiento del país, la modernidad. El subsecretario se ha formado en Berkeley, en los laboratorios equipados por compañías farmacéuticas y agroindustriales que patentan los resultados de sus estudios. Los diputados que presentarán su propuesta al pleno no necesitan ser comprados: han estudiado en universidades parecidas, pertenecen al mundo de sus intereses, comparten con él las riquezas del país y la visión de la realidad. El tiempo de las corrupciones ha quedado atrás. Además el campo, ¿a quién le importa el campo? El desarrollo lo traen las inversiones, no los alimentos.

 

 

 

Phaphoutis escucha al comandante de policía comunicarse por el teléfono del hotel de Ixtlán con la Secretaría de Agricultura. Escucha como éste describe, se disculpa, pide órdenes.

Ya que sólo menciona a los biólogos y a los campesinos, deduce que no han encontrado a Dafne, aunque hayan interceptado el auto de José Luis. No tiene otras válvulas de escape para la inquietud que lo devora que no sean sus fantasías; falso libre, falso preso, sin instrumentos, sin teléfono, sin auto. Está aterrado.

No vuelven a golpearlo. Los policías se exculpan por los malos tratos, esgrimiendo la excusa de su seguridad para retenerlo, pero no le regresan la videocámara ni su computadora portátil.

El subsecretario ha recibido ya las imágenes de su reportaje y Phaphoutis no abre boca acerca de la presencia de Dafne en la Sierra. Heroico Phaphoutis, capaz de atrasar la venganza contra esa mujer insoportable.

El subsecretario se ríe de él y de la televisión extranjera. Está particularmente satisfecho con la destrucción del laboratorio y con la constatación de que, una vez más, los campesinos son tan estúpidos como para no confiar en un extranjero, un pobre idealista como el periodista griego.

Se la ha creído, pensó Phaphoutis. Niño rico que sostiene sus prejuicios, tanto como él ingenuamente cayó en la trampa de sus deseos.

– Así está bien, comandante. Aguántense nada más hasta pasado mañana para dejar la Sierra. Pase lo que pase, en dos días esas semillas serán legales- se alegra por teléfono el subsecretario.

Sin embargo,  Alcibíades Phaphoutis sólo escucha anuencias monótonas: – Sí señor; de acuerdo, señor; a primeras horas, señor.

El camarógrafo griego desea ser protagonista de una historia que contar. La de un testigo. Un aventurero que presencia el asalto a los últimos representantes de una economía campesina preocupada en conservar el grano hasta la siguiente cosecha. Poco importa que sea verdadera en los detalles. Ésa es la historia de la humanidad y él  su cronista. Personaje de la narración de un modo de vida.

¿Para qué hado se trabaja? La pregunta no le roza la sesera, de haberlo hecho se habría quedado en la cama. Phaphoutis recela de sus pensamientos. La gente llama supersticiosa a su actitud; él se siente atravesado por la conciencia de que las grandes acciones conllevan dolores que sólo un héroe soporta. No es un cobarde, aunque ¿héroe?

Tampoco su paisana pasaría por donde acaba de cruzar un gato negro, él lo sabe sin ninguna necesidad de comprobarlo. Además teme la realidad y sus interpretaciones, la clara luz de la mañana y la sombra de la luna, la súbita aparición de las dudas y la inconsciente sonrisa de un rostro hermoso. Cada conocimiento que adquiere, le aporta nuevos temores. El karma indio, la envidia mexicana, el mal de ojo turco, la magia simpática se suman a sus supercherías sin que nada  aplaque su pánico, ni un dios único, ni una acción humana y redentora. Todo puede ser premonitorio para quien sobreinterpreta el cosmos, aunque nunca ha dado muestra de presciencia.

Ni de prevención. Debería saber que en México ser periodista es peligroso y que la censura adquiere con la muerte de los informadores una eficacia indudable. Pero para qué hados se trabaja es algo que nunca se piensa cuando vendría bien hacerlo. Al escuchar la conversación del comandante, cree que le ha llegado el momento de demostrar a su madre que el hijo es digno de su padre. Aunque, la verdad sea dicha, el padre era un hombre anodino. Regresaba cansado del trabajo a una casa con olor a tomillo y aceite de olivo, olores buenos. Un hombre que nunca se dio cuenta de que con él vivía un niño a quien, cada mañana, una madre triste recordaba que tenía suerte, y pan, y escuela. Él era el niño que no había vivido las razias italianas, los bombardeos alemanes, los combates casa por casa, la traición inglesa. “La dictadura de los coroneles apenas te ha rozado al nacer. Ay, porque en nuestros tiempos…”

Para nadie más que para su madre, su padre era un héroe.

– ¿Por qué?, si no le ha pasado nada- decía Alcibíades cuando chico.

– No lo digas ni en broma, no atraigas la mala suerte- contestaba invariablemente su madre.

Su padre fue el héroe impronunciable, tan incomprensible e innombrable como un dios, mientras él se construía con miedo a mencionar cualquier aspecto de la realidad para que los hados no lo tocaran. Jamás desafió en juego a las olas del mar en verano. Nunca subió a la cima de las colinas bajo el sol ardiente del mediodía.

Se transformó en un joven con la suerte de encontrar trabajo -y no pudo creer que la fortuna le sonriera bajo pena de perder su estrella. En un enamorado que no siguió a la mujer de sus sueños -tanta felicidad se le habría volteado en contra. Y ahora… Phaphoutis va hacia un destino inefable porque al escuchar la conversación de su carcelero se le revela su grama existencia.

La madre se la había construido así de indigna la vida, piensa, al amar a un estúpido sindicalista del montón durante una dictadura que, una vez más, presentaba a Grecia como un pedacito de tierra empobrecida pegado a la cola de Europa.

Afuera, el mundo germina bajo el sol con su movimiento imperceptible.

En Ixtlán la gente se ha incomodado con la llegada de la policía, pero lo que hacen los comuneros de Calpulalpam y Xiacuí no les importa mucho. Que los castiguen un poco, a esos pendejos que no les han podido explicar por qué otorgaron a Novartis el permiso para investigar las plantas medicinales del bosque. Pos sí, cabrones, ¿a poco ellos no eran los que aguantaban en firme cada vez que la policía dejaba entrar a los taladores clandestinos? Qué, pues, ¿acaso el bosque no es de todos?

Ocho años de no hablarse de frente. Orgullos de aldeanos y muchas historias de competencias han envenenado las relaciones entre las comunidades. Antes, cuando muchos eran jóvenes y la carretera no había sido asfaltada aún, juntos habían recuperado el bosque de la papelera. Veinte años antes. Que se frieguen los cabrones esos con su laboratorio, piensan en Ixtlán.

No opinan lo mismo en Guelatao. Ni en la radio que se desplaza de un lugar a otro de la Sierra en una camioneta, previniendo que la policía la intervenga. Poco a poco, Ixtlán reacciona. Ellos igualmente son zapotecos, y comuneros, y defensores de la propiedad colectiva. A ellos nadie les ordena que no salgan de su pueblo. Y, menos, van a decirles a quiénes deben traicionar.

Cuando Phaphoutis no responde al alto del policía vestido de negro que lo sorprende saliendo del atrio de la iglesia. Cuando el griego queda tendido arriba de su sangre roja en la tierra grisácea, muerto porque no se ha detenido en pensar para qué hado trabaja. Cuando el disparo resuena en el aire, Ixtlán entero apresa al agente, lo golpea, entra al hotel, se posesiona del teléfono, habla con la televisión universitaria y la radio de los maestros. Ixtlán completo requisa la patrulla y el autobús de línea que la policía ha detenido al llegar a la plaza del pueblo. Ixtlán sube a Calpulalpam, captura a los dos guardias que el capitán ha dejado en la plaza y, con los comuneros, de ahí se encamina hacia La Trinidad.

 

 

 

 

 

 

 

El comandante no recibe alarma alguna de los hombres que ha dejado en el palacio municipal de Calpulalpam, pues el pueblo los sorprende mientras comen. Se apresta a entretenerse con los juguetes que mandó encerrar en la agencia municipal. Soy el macho alfa que hay que temer. Se chupa los labios y siente la verga hinchársele bajo la bragueta. Presagia el placer de castigar a los dos maricones amarrados en la sala de juntas del municipio. Resopla de excitación con la idea de vengarse de las tres putas biólogas encerradas en el laboratorio. Las ha espiado, a la pinche vieja y a sus achichincles; sí, caray, la ha visto comer, cagar y dormir entre los escombros. Brama de gusto con la idea de poner a cuatro patas al puto presidente municipal, hacerse servir por el cura zopilote, solazarse con el hambre del cuidador de los viveros y del encargado del banco de germoplasma que ha confinado a la sacristía.

– ¿Qué esconden, terroristas, indios cabrones, comunistas?- se desgañita el hombre que hay que temer Y pega, Le gusta pegar, le divierte. – ¿A quién creen dar miedo, pendejos muertos de hambre? ¿Qué pueblo de putos es éste?

Más pasan las horas, más es presa de un ardor peligroso, a medio camino entre la histeria y la acción reptil. Ha perdido el control, se lanza contra todo. No necesita razones para actuar. Disfruta al insultar y goza del miedo de sus prisioneros, su quebrarse sobre sí mismos, el gesto de protección que dispensan a su cuerpo o a la gente amada. Se reserva el derecho de conceder el alimento o la hambruna, el descanso y la fiebre, el dolor, la muerte, la injuria. Le gusta suministrar la agonía sin motivo. Otorgar la muerte es el sucedáneo imperfecto, el consuelo a la imposibilidad de crear la vida. Todopoderoso, sí; sobre ese microcosmo de parias a los que nadie echa en falta.

– Un gueto, eso son los pueblos: un gueto sobre el que disparar cuando se levanta y sale. Indios, maricones y putas.

Se desabrocha la bragueta y se masturba echando al suelo un semen blancuzco y ardiente junto con sus vituperios blenorrágicos. Luego abre la puerta y grita. Sus hombres lo escuchan en pie de guerra. Los aldeanos aguardan: el peligro mayor está siempre al acecho cuando falta poco para el desquite. Como quien aguanta, confían sólo en su capacidad de esperar.

 

 

El viejo y la vieja que preparan tepache de aguamiel por la mañana, bajan al pueblo cada par de horas, uno a la vez, a vender pan o a comprar panela. Regresan a su casa como los ancianos que son, como los puede ver cualquiera. Se acercan al cobertizo de la leña, porque en casa tienen frío. Mueven los palos más altos y les cuentan a Dafne y a El Greñas cómo al pueblo no entra un solo vehículo y el comandante hostiga a sus amigos.

– ¿Y la doctora Vargas cómo está?- se preocupa Dafne.

– Como los demás, sólo que más vieja.

Van a la cocina y le suben el volumen al programa de radio. El Greñas y Dafne escuchan atentos.

– Pues sí, señor- dicen al policía que pasa frente a la cerca-, es lo único que se oye aquí y nosotros ya estamos algo sordos.

Los muchachos de la radio han logrado volver a Guelatao por los senderos de la montaña y no son testigos de la mortificación de Calpulalpam y La Trinidad. Las beatas envueltas en sus rebozos y rosarios piden por el párroco durante una noche y media mañana, luego se retiran a sus casas. La plaza ha quedado en mano de las fuerzas públicas, pero éstas no parecen contentas. El helicóptero se levanta en vuelo por ratos para demostrar que sigue patrullando unas montañas paralizadas de miedo.

José Luis no logra recuperarse del terror de la ráfaga en el motor del jeep de su primo y es el único hombre que vaga sin que nadie lo moleste de una calle a otra. Si se apoya en la patrulla, los policías no dejan de hablar entre sí. El miedo lo ha embobado, lo consideran menos que una cosa sin voluntad ni memoria.

Los escucha contar cómo, allí en el norte, cerca del pueblo de uno de ellos, el presidente municipal se ha vuelto rico con la venta de las tierras de los campesinos que le han dado la espalda a la siembra: tan seca la tierrita, tan inútil. Él se la ha comprado, como si de hacerle un favor se tratase. Poco antes habían pasado por ahí unos paisanos de otro pueblo, contando cómo la tierra ya no valía nada, y convencieron a mucha gente de irse para el norte. Algunos le firmaron la cesión al presidente municipal a cambio de los boletos para viajar con toda la familia a la ciudad.

– Pues, imagínate la suerte del cabrón- sigue refiriendo el policía- a los pocos meses, que llegan los dueños de la maquila y que le compran la tierra al triple de lo que acababa de pagar.

– Que suerte ni que ocho cuartos -contesta el otro agente tras escupir a los pies del pintor- a ése ya le habían ventilado que por ahí levantarían las maquilas.

– O le dieron el dinero los narcos. Ya ves que ahora invierten.

– Mientras a ningún pendejo se le ocurra hacerles la guerra, que nos matan a todos.

– No, todos los gobernadores reciben dinero de los narcos. No podrían hacer nada sin esa plata.

– Después de los gobernadores, es a los presidentes municipales a quienes los dueños de las ensambladoras les pagan para obtener todos los servicios sin impuestos.

José Luis escucha y los ojos se le llenan de lágrimas. Entiende al fin qué está pasando en Yanhuitlán, pero comprender no le sirve de nada. Es un trapo, un hombre roto, nunca más tendrá el valor para enfrentar la realidad de abusos que lo rodea. Piensa en Yanhuitlán. Está tan lejos de casa. Tan distante de cualquier deseo.

– Sht, sht -lo ahuyentan como a un perro los policías.

José Luis arrastra los pies camino arriba. Se sienta con los hombros doblados en el mojón donde, cinco días antes, ha encarado el paisaje con un pincel imaginario en la mano.

Así lo divisa al bajar el viejo del aguamiel. Y así lo vuelve a encontrar a su regreso. Ha comprado una botella de mezcal y toma al pintor del brazo.

– Acompáñeme, joven; no sea malito.

El viejo tiende un par de cobijas en el suelo del cobertizo, le quita la camisa y los zapatos a José Luis y lo fricciona por horas, cantando alabanzas al señor, pidiendo la intervención de los santos, demandando la fuerza de la madre tierra. Le pasa trapos de agua fría por los costados, le pega con ortigas en los brazos y las piernas y, al finalizar, lo escupe con el licor helado que sale impulsado de sus labios semi cerrados. José Luis suspira y un sueño arrasador le pega los ojos.

– Así se cura el espanto- explica El Greñas a Dafne mientras el pintor empieza a roncar y el aguamielero lo tapa amorosamente.

– ¿Y por qué lo hizo?- pregunta Dafne.

El Greñas la mide con la mirada.

– ¿De veras no sabes?

Ella sacude la cabeza: -No.

– Pues, porque quien tiene el poder está ligado al servicio; si el viejo sabiendo curar no curara, todo se le voltearía en su contra.

 

 

 

 

 

 

Los gestos de la vida cotidiana se recuperan con rapidez. Un día es suficiente para engullir el honor malherido y volver a la milpa o al mercado. En un pueblo nadie tiene derecho a quedarse paralizado o a rumiar el miedo y la rabia. La vida empuja. Si la victoria no se asoma, es necesario fingir que nadie la estuvo esperando y hundirse en la normalidad más anodina, ese trabajo rutinario que borra del rostro tanto las esperanzas como la frustración. Puede que no sea valiente, se explican tras el asalto de la policía las señoras de La Trinidad al reunirse en la cocina, pero hay que barrer las calles, cocinar las hierbas, pasar la harina por el cedazo, que a eso vinimos al mundo.

Sus maridos se sobresaltan al escuchar el motor del camión que entra por la curva del norte. En realidad, mujeres y hombres han estado esperando el milagro: un prodigio tan grande que ni siquiera se han atrevido a pedirlo. Doña Ramona saca la sopa del fogón para escuchar mejor. Esteban García se queda con la pala del pan en la mano, suspendido en vilo, aguardando el momento soñado de aplazar la necesidad y apersonarse en la venganza.

Con parsimonia, los viejos del tepache destapan a Dafne y a El Greñas. La griega se arrodilla cerca de José Luis y lo mira dormir. Aventura un gesto, una caricia que no lo toca. Desde lejos, puede escuchar el camión de Ixtlán que ruge como un león cuesta arriba. Detrás del motor, los gritos de una multitudinaria furia humana que la metralla del helicóptero no dispersa, apenas si la empuja hacia las zanjas que bordeaban el camino. La rabia crece como un torrente en el deshielo cuando la sangre de una mujer alcanzada por un tiro en la cabeza toca el suelo. Joven ella, madre de tres hijos. El furor rompe los cauces porque una bala arranca el brazo de una viejecita de rebozo. Se desborda por la pierna quebrada de un estudiante y el hombro ensangrentado de un minero desempleado.

Se trata de una fiereza de machetes, azadones, hachas, que arrincona a los policías debajo de la escalera del laboratorio de la agencia municipal. Los desarma con el sólo terror que les provoca. Una cólera impetuosa que lanza una piedra certera y rompe cuatro dientes al comandante que empuña ya no su miembro fláccido sino una pistola impotente. Y lanza la segunda, a su entrecejo. Y la tercera que le abre el pómulo. Y la cuarta, la quinta, la sexta hasta que el presidente municipal rompe a patadas la puerta del cuarto donde aquél lo tenía prisionero y sale a gritarle a su gente: ¡Ya estuvo, hermanos! ¡Ya estuvo!

Es tarde para pedir calma. El helicóptero, con la soberbia de los más fuertes, o quizá con el imperativo desesperado de rescatar a los suyos, baja sobre la multitud enardecida mostrando su portezuela abierta, con un hombre embrazando la metralleta, listo para abrir fuego. Las piedras vuelan, mientras una reata y otra y otra enganchan el patín del helicóptero cuando baja para que el francotirador identifique un líder sobre quien disparar. Muchos hombres se agarran de la cuerda. Con la fuerza de una ola, jalan: un, dos tres; vuelven a jalar: un, dos, tres; más fuerte, con más gente: un, dos, tres. Los comuneros se excitan y fortalecen con sus gritos: ¡Duro, duro, duro! Hasta que todo el ruido de la masa cuaja en un rugido de victoria y las aspas del helicóptero se estrellan en el suelo.

Al interior de la agencia municipal, Santiago toma la mano de Paco y la besa. La doctora Vargas abraza a Leonor y Elisa se santigua. Cuando Dafne llega corriendo, la puerta del laboratorio se abre para dejar salir a sus héroes. El cura se yergue en el barandal y El Greñas lo graba con la mano levantada, absolviendo a su pueblo de toda culpa, omnipotente por ser tan sólo uno más de ellos.

 

 

 

 

 

En el silencio que sigue a esa victoria sorprendente y rapidísima, a Dafne le regresan las ganas de escribir. Empezará diciendo: La cultura del maíz se mantiene viva, se transforma y se reinventa cada vez que unas manos campesinas siembran, intercambian y cruzan las semillas que ha guardado durante generaciones, conservando o creando nuevas variedades adaptadas a sus gustos y a las variaciones de las condiciones climáticas en las que viven. Por eso no basta con conservar congelados, en los bancos, los genes de las variedades locales de maíz. Es necesario mantener la libertad de las manos que construyen día tras día un modo de vida inquebrantable.

Elisa se lo viene dictando en ese preciso momento. En el desbarajuste del triunfo La Soltera ha llegado al lado del cura. Toda su comunidad ha inclinado la cabeza a la hora de la absolución. Ella es la única capaz de levantarla cuando el silencio cae como una ducha fría entre los de Ixtlán, los de Calpulalpam y los de Xiacuí. Entonces su voz grave, todavía ronca por el encierro, agradece lentamente a los comuneros de Ixtlán por haber salvado el plan de los campesinos de la Sierra alta. Pide a las mujeres y a los hombres de su comunidad que les cuenten a sus compañeros ixtlanecas cuál ha sido la estrategia, los invita a sus casas para ofrecerles el pan horneado. Ofrece mezcal y los cuentos de los niños.

En el movimiento titubeante que originan sus palabras, se insertan los camiones que vienen entrando por el camino del sur. En la cabina del primero, está sentado Hernán Chávez, con el rostro desfigurado por la angustia y por haber corrido ciento diez kilómetros cerro arriba y cerro abajo. Dos días y dos noches sin detenerse, sin comer, bebiendo el agua de los charcos hasta llegar al Istmo, con el bazo a punto de reventar, los pies llagados y los ojos ya sin lágrimas.

Ha llamado a las comunidades zapotecas de los Loxichas y a los mixes de la Sierra, Hernán Chávez. Y todos le creyeron porque a cada paso oró por sus muertos abrazando los documentos que le había fajado bajo la ropa Elisa. Los mismos documentos que habían pasado por el scanner de la unión de vendedoras del mercado de Tehuantepec, llegando desde ahí a los correos de todas las universidades del país y a los periodistas amigos, a las organizaciones ambientalistas, a las asociaciones de compradores de productos orgánicos y a las terminales de la secretaría de agricultura cuyos técnicos intervienen todas las líneas de internet, abriéndose cuando por ellas cruza la palabra transgénicos.

Nuevamente Elisa Suárez sabe qué hacer. Lo llama héroe de todos y agradece a los mixes y a sus hermanos del Istmo por haberlo acompañado de regreso. Los chinantecos empiezan a bailar. Los presidentes municipales de las cuatro comunidades van por Hernán Chávez a la cabina y lo toman en brazos y lo llevan al lado del cura, quien con un gesto de la mano, manda al sacristán a la iglesia para que suelte las campanas. Un repique vivo y rápido de fiesta, de domingo de gloria, de boda, que espanta las palomas gordas de las plazas, por horas y horas.

Los que han apagado sus celulares, los prenden. Vuelan llamadas a México, a Atenas, a París y llega el helicóptero de una televisión privada que se atreve a decir que los serranos se han rebelado contra la autoridad por los apoyos que los indios insurrectos reciben de los parlamentarios europeos. Los camiones de radios de Oaxaca y la Ciudad de México llegan a entrevistar a la gente para desmentir la televisión más que para dar a conocer la verdad.

Mientras tanto, frente al Congreso, Greenpeace enciende dos enormes bocinas por las que se escucha la voz de Jacinta. Una valla de policía mantiene fuera a cientos de manifestantes. Policías y más policías: pueblo y autoridades no han de mezclarse. Mónica flanqueada de Adrianita y de varios ex-alumnos de su madre, sin embargo, interpelan a los diputados que pretenden emitir una ley que siente las bases para la siembra y la comercialización indiscriminada de organismos genéticamente modificados.

– Por supuesto que si México es signatario del Protocolo de Bioseguridad de Cartagena- grita la hija de la mujer que ha sido apresada durante tres días por la policía enviada por el subsecretario de agricultura – por supuesto, que debe detener cualquier importación  de granos, semillas y otros materiales modificados ante la falta de un reglamento y de una política de bioseguridad.

– ¿Qué hay de malo en el progreso?- gritan unos diputados jóvenes del partido de gobierno.

– A los ecologistas habría que encerrarlos en el zoológico- se avienta otro, sin lograr que nadie se ría. Adrianita aprieta la mano de su madre.

– La liberación al ambiente y el consumo de cultivos transgénicos implica riesgos de salud que aún desconocemos; urge que se aplique el principio precautorio ante el uso y la investigación genética de plantas- contesta Mónica.

– ¡Pinche vieja!- dicen por lo bajo el director de un centro de investigaciones de la escuela politécnica y un diputado, pero una legisladora de la oposición los oye y los encara a gritos.

– ¿Por qué, cabrones? ¿Porque les arruinó sus ganancias fáciles?

Afuera del recinto legislativo empiezan a llegar los contingentes de más de cuarenta organismos no gubernamentales, mujeres y hombres de sus casas, taxistas curiosos, estudiantes, feministas, jubilados. Los indigentes arrastran bultos de ropa y sus cartones y botellas vacías, corriendo hacia todas las direcciones, asustados por el escándalo de las patrullas que llegan con las sirenas desplegadas.

La Ciudad de México es tan grande que engulle sus protestas. Por la noche hay quien al entrar a su casa bufa que no entiende qué pudo provocar un tráfico tan espantoso. Burócratas y burguesas dicen que hay que prohibir las manifestaciones, que qué gobierno tan cobarde frente a los revoltosos. La tele no pasa la noticia. Pero sus hijos siguen en sus lap tops las imágenes de un periodista griego muerto de un tiro, un comandante de policía resguardado por una fuerza del orden compuesta por comuneros armados de machete, una vieja medio torcida del dolor que levanta los resultados de una investigación de campo que comprende a todo el territorio oaxaqueño, en la agencia municipal de un poblado donde un helicóptero de la policía yace en tierra destruido.

Gracias a la labor del señor Dupoète, la UNESCO esa noche tiene listo un desplegado que compara la contaminación del maíz con un atentado a la cultura de México y al patrimonio colectivo de la humanidad. Sin embargo, Jean-Bernard no llama al celular de Dafne y ésta entiende que ya no tendrá casa donde llegar en París.

La televisión griega tiene la primicia sobre el desarrollo de los sucesos: ha puesto el muerto y es la heroína. Desde Atenas se levanta una condena internacional por los abusos policíacos contra un modelo agrícola milenario, provechoso y ambientalmente válido. Rita Angelopoula tiene la oportunidad de vender a todas las emisoras europeas las imágenes de El Greñas, videasta independiente, y la música de Eusebio Soles, impenitente compositor borracho y teórico de la comunalidad.

Desde Londres, la organización mundial de periodistas realiza un acto conmemorativo a la labor de Phaphoutis, entrega a su madre una medalla  y vuelve a denunciar que México es el país con el mayor número de asesinatos, desapariciones forzadas y secuestros de informadores, con 111 periodistas y ocho trabajadores de prensa victimados en los últimos 28 años, 83 de ellos en los últimos diez años, todos absolutamente impunes.

Un par de magistrados intentan decir que la justicia sólo debe proporcionarla el Estado a través de sus instituciones. Ni el presidente de la república les hace caso. Está entre la espada de los defensores de los derechos humanos y la pared de sus promesas de venta libre a las trasnacionales de fertilizantes, herbicidas, plaguicidas, nuevas semillas y tierras para las maquilas en un corredor que va del estado de Puebla hasta toda Centroamérica.

En un bar de Tlaxiaco, Carmelo Montes mira a la mujer con quien ha vivido la intensidad absoluta de la pasión y el abandono en menos de 24 horas: sale de la puerta del laboratorio demacrada y sucia y busca con los ojos entre la multitud. Es la sexta vez que la televisión repite esas imágenes, pero él ha estado toda la mañana investigando un caso. La cámara enfoca luego a la doctora Vargas y a Elisa; él sabe que la bióloga lo anda buscando. A él.

Está de servicio. El estómago le duele por el esfuerzo de contenerse. Pide una cerveza. Leonor buscándolo y él detenido, sin siquiera poder dedicarle desde lejos la condena del presidente municipal de Yanhuitlán que, está seguro, es el mandante de la quema de su camioneta, y contra el cual no ha obtenido una sola prueba. Leonor buscándolo y él incapaz de mandar todo a la chingada para correr con ella. Leonor sola. Leonor con frío. Leonor demasiado flaca. Empina la cerveza y la cámara enfoca al capitán de la policía judicial, desfigurado a pedradas. De la que me salvé, se ríe para no echarse a llorar. Luego ve a José Luis García entre Dafne y la doctora Vargas y piensa que ese hombre es su amigo.

Alejandra también está frente a la televisión, en su casa de Cuernavaca, alquilada para poder demostrar a su familia que es una triunfadora. Un pie descalza al otro y de una patada envía la sandalia de tacón grueso contra la pantalla. Su pinche madre, y ahora su pendeja hermana, siempre son más personajes que ella.

Sólo Gerardo Castillo llora de rabia en ese día. Ni siquiera el subsecretario de agricultura. El subsecretario impreca contra el comandante que ha enviado desde la capital por incompetente y se retira del Congreso para no quedar atrapado por los manifestantes. La ley pasará apenas las aguas se calmen, de eso se encargará personalmente… Al llegar a su casa se esconde tras un whisky doble en las rocas.

Gerardo Castillo, por el contrario, se dobla sobre sus maletas a medio hacer, sobre su plaza en Guanajuato, sobre su sueldo duplicado cuando escucha a la doctora Vargas, en el momento solemne de la denuncia y la gloria, agradecerle los años de colaboración en el Instituto, recordándolo por televisión como a un hombre cabal y un excelente biólogo.

– Nunca me lo dijo antes la muy hija de puta- solloza.

 

 

 

 

 

 

 

 

Qué difícil es

acechar paciente

el ocaso venidero

 

Melba Guariglia, Sublevación del silencio

 

 

 

 

 

Niko Andreakis atraca en Tela, la playa más bella de Honduras. Su cabello rubio, trenzado por el viento, descansa sobre una sonrisa medio ida. Ya no se parece a la portentosa mezcla de Teseo con un futbolista, sino a cualquier hombre enamorado. Los amigos que lo rodeaban en Sevilla han disminuido. Una mujer lo agarra de la mano para descender a tierra. Quieren comer.

Caminan por la playa con sus bellezas a cuesta, dioses perdidos en un paraíso ajeno. Se miran, se sueltan y sus largos miembros bronceados vuelven a juntarse pocos pasos más adelante. Anna Castoriadis tiene hambre, el hambre plena de las mujeres satisfechas por la mañana, cuando a los veinte años creen en el amor y se aferran de él para inventarse un futuro. Niko comerá lo que ella quiera.

Llegan a una cabaña al final de la playa, grande, de troncos pulidos a machete, cuya terraza es levemente barrida por la brisa. Un museo, se ríen al leer el cartel de la entrada. Una mujer alta y fuerte, absolutamente negra y, sin embargo, de pelo lacio, los invita a probar comida garífuna. Cruzan por el corredor de paredes pintadas con la historia de un pueblo indómito, mitad caribe y mitad africano, y van a sentarse entre objetos de arte y de uso cotidiano en el mirador suspendido entre la playa y la laguna. Les sirven pescado, té de pimienta, pan de yuca en grandes platos de madera dura.

Descansan en un paraíso apenas diferente al de la playa. Igualmente ajeno, prestado, incapaz de requerirles cualquier compromiso. Hasta que la mujer prende la televisión a todo volumen. Entonces, tras la publicidad de gaseosas y licores, aparece la cara de Dafne enmarcada por el fresco y urgido paisaje de alta montaña.

La fiesta se está apagando demasiado aprisa en Calpulalpam y Niko no se ha siquiera enterado. Pocas televisiones extranjeras prestan todavía atención a una revuelta campesina; más bien, atacan a sus defensores después de que la Secretaría de Agricultura de México lograra demostrar la baja producción de los cultivos tradicionales. Dos minutos, la voz de Dafne hablando una vez más de los derechos campesinos. La imagen se esfuma para dar paso a una visión de infierno: jóvenes baleados en las calles de San Pedro Sula, campesinos atrincherados en el Aguán, venganzas contra la policía de Tegucigalpa que adquieren las características de un tiro de gracia en la sien a centenares de desconocidos en los autobuses urbanos, una figura presidencial sin representación, mandatario espurio, listo para un golpe de estado, dictamina el exterminio de todo aquel que llevara un tatuaje en su piel.

El horror acalla a los dioses. Niko y Anna se agarran de las manos, impotentes, urgidos de protección, repentinamente conocedores de la fragilidad de sus vidas. Tienen cita en La Ceiba con un francés gordo y calvo y con un muchacho que, como ellos, llena sus casas de libros sobre el apocalipsis ambiental.

– La que acabas de ver es tu tía – comenta entonces Niko con un hilo de voz, mientras libera su mano derecha de la de Anna y hace gestos a la encargada de la cocina del museo para que le baje el volumen a la televisión.

Anna lo mira meterse un pedazo de pargo a la pimienta, deglutir, darle un sorbo al té y clavar su mirada en sus ojos negros. Le toca a ella reaccionar, fingir que no han llegado al futuro pronosticado por los pesimistas veinte años antes.

– ¿La conoces?

Niko arquea las cejas.

– Es fantástica.

Anna sonríe.

– En mi casa es una especie de leyenda. A mi padre literalmente le sudan las manos cuando le preguntan por el parentesco; pero es también una piedra de toque: a ver quién es capaz de imitarla, a ver quién tiene sus ovarios.

Niko olvida los muertos de Tegucigalpa para recordar el rincón de la barra de madera oscura donde estaba sentada en Sevilla esa mujer con los ojos rojos y el whisky en la mano. Dura como una piedra y, sin embargo, herida.

Acercársele y protegerla con su dinero y su barco, había sido el gesto más libre de su vida. Y un triunfo. La mujer indefendible, la roca inexpugnable, bailó con él y sus amigos para no llorar. Él lo supo siempre, porque también disfrazaba de alegría el dolor. Luego conoció a esa morena delgada que se le parecía en el gesto y que tenía muchos años menos que ella.

Anna, por Dios, te amo porque antes que tú Dafne me fascinó. No, no será tan estúpido como para decirle la verdad a la diosa que venera. Menos aún en esa tierra sin leyes, donde un policía de Sevilla podría confundirse con un defensor de la justicia. Anna, Dios santo, ¿dónde te he llevado?

La televisión hondureña sigue mostrando escenas de pánico entre músicas bailables, muertos y asesinos en traje de baño, publicidad, ron, cigarros, autos y mujeres arrastradas por los cabellos. Más ron, más muertos y también sindicalistas organizadas en manifestaciones, plantones, mítines.

 

 

 

Dafne de repente piensa en Niko. De haberle conocido veinte años antes le habría dado el biberón, qué lástima, carajo. Se sorprende deseando que la rescate nuevamente. A final de cuenta ella nunca ha tenido un príncipe azul y en ese mismo continente, a dos mil kilómetros de las manos de Niko y Anna enlazadas para sobrellevar la masacre de los humanos supernumerarios que ha empezado en Honduras, está herida y sola.

Por la mañana, el Instituto Nacional de la Nutrición ratifica el cierre del departamento de investigación en biología molecular de plantas. Han jubilado a su amiga y reubicado a sus dos doctorandos en otros equipos de investigación. Por la importancia de sus aportes a la biología mexicana se le otorga la Medalla Marie Curie a la Excelencia en Divulgación Científica, han redactado los directores de dos universidades en el informe que le es remitido a la doctora Vargas en la presidencia municipal de Xiacuí. Una medalla, un diploma para ocultar que, en realidad, la están jubilando para sacarla de la jugada.

Un clima adverso echa un manto de invisibilidad sobre lo ocurrido. Dafne detecta las maniobras de desinformación desde que era una niña, cuando la madre la presentaba como si la quisiese a otras madres, quienes igualmente utilizaban a sus hijas para mantenerse a flote en la tempestad sonriente de las noches de buena sociedad. Ahora, reconoce las noticias intencionalmente manipuladas: mentiras contadas con la verdad, invariables promesas de represión.

Qué moda han desatado. La tele entrevista a biólogos. Decenas de biólogos se pelean entre sí para explicar en los telenoticieros que la modificación de plantas utiliza el material genético de un virus o una bacteria para conseguir la incorporación de nuevo material genético en un organismo huésped. Desean cinco minutos de gloria. Según la tele, mujeres que nunca se han preguntado por los ingredientes de las galletas que dan a sus hijos entenderán ahora que la mejora genética de plantas tiene como fin último obtener genotipos que produzcan fenotipos mejor adaptados a las necesidades humanas del momento. ¿Biólogos versus telenovelas? Si nadie los entiende parecerán más inteligentes. Rematan sus intervenciones insistiendo en el aumento de la capacidad productiva potencial de los individuos o en el éxito de la incorporación del insecticida a la planta para que ésta sea más eficiente en la lucha contra determinados parásitos como el taladro del maíz, que no se combaten de forma eficaz con la distribución de insecticidas por vía externa.

Con la esperanza de causar asombro, los promotores de las modificaciones genéticas dictan a la prensa páginas y páginas de datos para defender la domesticación de nuevas especies, transformando a las silvestres en cultivadas con utilidad y rentabilidad. Atacan abiertamente la falta de visión económica de los ecologistas, esos turistas de la política y las ciencias. Una universidad agrede a la otra, un instituto al instituto de al lado, una facultad a su vecina.

Elisa Suárez atrasa la reinstalación del laboratorio en La Trinidad por la presencia de la Policía Federal Preventiva. Por supuesto no es noticia. No obstante está urgida de que alguien escuche su denuncia: la Federal se ha instalado en los municipios y arma a sus colaboradores con la excusa de proteger la autonomía de las comunidades.

Mientras tanto, Leonor da vueltas por Calpulalpam. Incapaz de detenerse, come sin cesar pan de huevo, chocolates, quesos, frutas, todo lo que puede cargar en la mano y morder caminando de un lado a otro. A cada mordisco, un inútil y por ello mismo más violento paso contra la tierra, para bajar las calorías engullidas. Por instantes se para y habla en voz alta, completamente sola, sin asidero.

Paco y Santiago viven su luna de miel. Nadie en el pueblo cuestiona su decisión de mudarse a la casa de los padres de Paco, ni la de firmar juntos todos los desplegados.

– Los huevos se demuestran en los hechos y no en la cama- corta las dudas del cura el presidente municipal.

– Debo irme- dice por la noche a sus amigos Dafne.

Las sombras bajan lentamente sobre la sierra enrojecida donde se han apagado los ruidos de los aserraderos y de las carpinterías comunales. Se sosiegan los pueblos y la carretera queda desierta. El pan ha vuelto a hornearse tres veces por semana y las piedras del molino a girar en las madrugadas. José Luis, embarcado el jeep de su primo en un tráiler, ocasiona una despedida dolorosa y lenta a orillas de la casa de los viejos del tepache de pulque. La emoción impide que sus amigos emitan una palabra y él tampoco habla, sólo con la mano acaricia la cicatriz del brazo de Dafne.

– Creo que te llevas una igual en el corazón.

Se abrazan.

– Ahí te llevo a ti también- le responde al oído ella.

Hernán Chávez vuelve a su trabajo de comerciante. Cada vez que se adentra en la Sierra con su pick up suspira porque ya nada es como antes: “No llueve ahora ni siquiera en el mes de julio, ay, Señor”.

– Necesito irme- repite Dafne por la mañana.

Sin embargo, se siente incapaz de armar su maleta y despedirse. Abúlica y pasiva como las hijas de familia frente al pretendiente impuesto por la madre. Como los deprimidos. Las excusas para atrasar su necesidad de volver a trabajar son muchas y aparentemente válidas: una entrevista, una reunión en la Mixe, un encuentro de campesinos. Vaga por las orillas del bosque, a veces olvida recargar su teléfono celular, no contesta su correo electrónico. Y por la noche se tira vestida sobre la cama, sin fuerzas.

 

 

 

Anna y Niko llegan a La Ceiba en un coche blindado de vidrios polarizados. Se encuentran con un ecólogo y un defensor de los derechos humanos parapetados detrás de las rejas de una casa con sistemas de alta seguridad. En ese momento, Dafne acaba de sentarse en la butaca de la oficina de la presidencia municipal. Es el final de una tarde hermosa, azul, sólo demasiado luminosa para quien espera la lluvia para sembrar.

Se dobla hacia delante para recoger las hojas de un cuaderno que se le han caído debajo del escritorio del presidente municipal. En una de ellas ha anotado el número de teléfono de Niko. Se sonríe; Niko siempre aparece en los momentos menos esperados.

Entonces explota el vidrio de la oficina del munícipe de Calpulalpam. Tres tiros y ve caer hacia atrás a los dos hombres con quien ha estado charlando. Se les va abriendo una estrella roja en el pecho. Sólo uno de ellos alcanza a gemir mientras un encapuchado cuerpo de atleta vestido de negro abandona su fusil de alta precisión en el tejado de la casa vacía del sindicato de mineros.

– ¡Lo vi! ¡Puta madre, lo vi! –grita Dafne.

Sin esperar un segundo marca el número de su niño bonito. ¡Que venga a defenderme, que mande alguien a rescatarme, que llame a Rita Angelopoula, carajo que alguien me ayude, han matado a dos hombres! Niko palidece al oír los gritos de su heroína por teléfono. Con una mueca de espanto traduce a sus compañeros palabra por palabra lo que Dafne le está diciendo. Anna sacude la cabeza al son de un no puede ser, no puede ser. El francés deglute y su gaznate se mueve de arriba abajo antes de proferir: – Fallaron, es a ella a quien quieren matar.

 

 

 

Los topiles entran al salón del presidente municipal, armados de escobas. Son todos los hombres que regresan de la limpieza colectiva de las calles y escuchan los gritos de terror de Dafne. Dos de ellos se tiran sobre la mujer y la sacan protegida de enfrente de los ventanales. La Policía Federal Preventiva llega, entre sirenas y vestidos negros idénticos al del asesino, gritos, pistolas. Los munícipes han muerto. Los llantos se levantan por el pueblo, las campanas doblan por ellos en el aire de la tarde.

Dafne se niega a los interrogatorios y a quedarse sola con la policía. La mirada desencajada por el terror anteriormente experimentado por José Luis se ha vuelto la suya. Cuando la doctora Vargas llega con Elisa y Leonor, la periodista se refugia en sus brazos.

– Lo vi, lo vi claramente- les dice en voz baja. – Era un policía, abandonó el arma.

Pero el fusil ha desaparecido del techo. Santiago Báez llega a la misma conclusión que el francés.

–  La quieren callar- le dice a Paco.

Va a la cabina telefónica de Calpulalpam a investigar el número de la embajada de Grecia. Luego se acuerda de El Greñas y lo busca con Eusebio Soles; el camarógrafo tiene el contacto con la televisión de Atenas, pero no está en ningún lado.

– Debemos protegerla. No sólo los narcotraficantes compran a las autoridades, las comercializadoras de granos han pasado al ataque.

 

 

 

 

Niko regresa a su barco en Tela con la conciencia cabal de que la ecología es más peligrosa que navegar sin gasóleo y que él todavía no entiende nada. Maneja en silencio y a toda prisa, con Anna a su lado y el francés en el asiento posterior. El hondureño no tiene un pasaporte que le sirva para entrar a México sin una visa. Empieza a llover mientras enfilan rumbo al noroeste. El viento silba fuerte y el velamen tiene que ser reducido a la mitad.

– Que nadie vomite que trae mala suerte- ordena Niko antes de encerrarse a estudiar la ruta en la cabina que ahora aletarga a su barco. Anna se queda con el francés, entumido de miedo al mar.

– Conocí a su tía- recuerda el hombre para entablar una conversación cualquiera.

– Yo nunca- lo corta la muchacha.

El sordo ruido del viento, de las velas y la lluvia se apodera de ellos. Niko sale de la cabina.

– Desplieguen el velamen, no hay tiempo que perder.

 

 

 

 

 

 

 

Las mujeres con quien Dafne ha pasado las últimas semanas de su vida, la separan de la policía. Con ellas se siente arropada, pero no la dejan pensar. Los cuerpos de las biólogas se han erigidos en escudos y le evitan la necesidad de preguntar por los dos hombres con quien estuvo charlando de una cosa y de otra hasta que les brotó en el pecho una flor roja de sangre.  Han muerto y ella no. ¿De qué estaban hablando?

Poco a poco recuerda que al finalizar la mañana salieron del pueblo por el sendero antiguo. Iban contando anécdotas, riéndose por los recuerdos que les venían a la mente acerca de camiones atascados y de mulas revolcadas, historias muy parecidas a las que ella había escuchado en todos los pueblos donde acababan de asfaltar los caminos. Habían pasado por la vieja calera, torcido por debajo de un acantilado y allí se habían detenido a mirar una cascada. Hacía calor.

Los tres se habían sentado en el piso. Ella escarbaba con las manos el suelo. Un juego, una manía, en realidad un gesto sin ninguna finalidad explícita. De improviso, aparecieron unas piedras. Un ángulo rectángulo perfecto, una forma inexistente en la naturaleza. Había preguntado si por ahí hubo casas y los dos hombres sacudieron las cabezas. Siguió escarbando y apareció un murito de piedra tallada. Los munícipes empezaron a ayudarla,  interesados.

– Esto es una pirámide- dijeron.

Ella agarró un palo con que remover la tierra. Las horas transcurrieron sin que se percataran del esfuerzo y el hambre, sudaban en silencio, totalmente absortos en su labor. Sacaron a la luz una pequeña construcción cuadrada al centro de la  cual había un gran hoyo y del lado de la cascada, subiendo de las aguas, tres escalones.

– Un altar- dijo ella.

– De los antiguos- hicieron coro ellos.

Y ahora han muerto. Eran tan felices de haber descubierto un monumento y nadie lo sabrá. De eso hablaban en la oficina municipal, de cómo decirle al pueblo que habían encontrado un altar de los antiguos a  pocos metros de donde la comunidad empezaría a construir un hotelito después de las lluvias. Estaban realmente contentos cuando entraron en la presidencia municipal.

Dafne suspira. ¿Para qué contar estas cosas? El celular timbra en un bolsillo de su saco de pana; lo pasa a la Soltera. ¿Para qué  hablar?

La Soltera se despega de Dafne, ladea la cabeza y con una mano tapa su boca ante la bocina del celular. Jacinta y Leonor no le prestan atención. El dolor de la muerte anestesia los demás sentimientos y entre ellas se limitaban a un deambular vagamente blancuzco entre las decisiones a tomar y las necesidades. Matar a dos hombres es un delito; acusar a un policía de haberlo hecho es un suicidio, se dice Dafne.

– Debes denunciarlo.

-Tienes que hacerlo.

Dafne jadea. En ese preciso instante, nada más quiere seguir viviendo. El aire se le ha vuelto espeso, le cuesta inhalarlo. La policía ministerial de Ixtlán sube con las sirenas desplegadas.

– Ésta es mi zona- le dice el que parece el jefe al jefe de los federales – y ella está bajo mi custodia.

Paco y Santiago se disponen al lado de su policía. Poco después, con el pelo revuelto y las ojeras oscuras, Leonor le dice algo al jefe de la ministerial.

– Por favor, avise a su colega de Nochistlán. El comandante Montes va a ser el único escolta que la señorita Castoriadis va a aceptar.

 

 

 

 

 

 

 

 

Las horas se suceden nocturnas y oscuras, pero sin sueño. Niko sortea la tempestad en altamar. Los cartílagos de Jacinta se endurecen dolorosamente por la tensión. Leonor se muerde las uñas.

Únicamente La Soltera se mueve aún en la lonja donde la ministerial ha recluido a Dafne para que nadie tenga acceso a ella. La Policía Federal Preventiva rodea a la ministerial, creando un cerco alrededor de la plaza central.

Elisa se escabulle hacia la casa que la comunidad presta a las investigadoras, dobla la ropa de la griega, recoge sus papeles y guarda todo en la maleta que se ha comprado durante un viaje a la Ciudad de México. Luego, con dos mudas y seis de sus propios libros, llena la mochila de Dafne. Vuelve al cuarto de guardia. Jacinta y Leonor le abren la puerta y le presentan al cónsul griego, un hombre que se resume en una barba gris y el pelo revuelto. Lo acompaña el agregado militar; el encargado de prensa se ha quedado en la plaza. Niko llama. La Soltera contesta y le pasa el teléfono al cónsul. Luego lo retoma y, envolviéndolo con su mano izquierda, camina hacia una esquina de la antigua bodega.

– ¿Dónde vas a atracar?

– ¿Qué quieren que haga?- grita Dafne desde el otro rincón del cuarto.

La voz le duele, asustada, altísima. El jefe de la ministerial abre la puerta, arma en mano. Paco y Santiago empuñan un azadón.

– No es nada, no es nada- se apresura a decir Jacinta.

– ¿Dónde está el comandante Montes?- pregunta nuevamente Leonor.

El policía sonríe, el chisme ha llegado a sus oídos.

– No vendrá.

La Soltera confirma la noticia sacudiendo la cabeza.

– ¿Quién es ése?,- pregunta el cónsul.

– Un amigo- responde Jacinta y el cónsul se da por satisfecho, retomando el hilo de sus deberes de protector oficial de los ciudadanos de su país. Su obligación es salir bien librado, ojalá y eso signifique también alguna remuneración.

– Señora Castoriadis, tengo que tramitar su extradición; puede no declarar, pero será entregada a las autoridades griegas y no podrá volver a México mientras no sea probada su inocencia.

– ¿De qué?- preguntan en coro las cuatro mujeres.

– Asesinato- responde el cónsul.

– Es ridículo-, vuelve a levantarse, histérica, la voz de Dafne.

Jacinta Vargas tose hasta atragantarse.

– Es peor que ridículo; es la manera en que el vicesecretario de agricultura ha decidido lavarse las manos. Tú – impulsa su índice derecho hacia el pecho de Dafne – serás, oficialmente, quien ordenó la muerte de los munícipes y de Phaphoutis, para atraer la atención sobre el problema ecológico que se está viviendo en la Sierra.

Jacinta aprieta la mandíbula, antes de continuar.

– Eres una loca, una exaltada, contarán cómo te fuiste de tu casa, demostrarán tu desequilibrio emocional, expondrán las fotos de tus amantes.

La Soltera sale nuevamente. Pide al patrullero de la ministerial que la lleve a la caseta telefónica del pueblo. Éste le ofrece su celular.

– No, gracias, necesito buscar un número en el directorio.

Marca a Yanhuitlán apenas el policía la deja sola en el cuartucho de adobe donde se concentran seis teléfonos en casi desuso. En el gran estudio de José Luis García, el timbre repica varias veces.

– Ve a buscar a Montes – dispone cuando el pintor contesta al fin.

Elisa hace luego un rápido recuento de los hechos y corta de pronto.

– No cambies de plan ni llames a mi celular, toda telefonía móvil puede rastrearse casi de inmediato.

En la lonja frente a cuya puerta se ha quedado el jefe de la ministerial, preso con sus custodiados por el cerco de policías federales, a su vez observados desde la torre del palacio municipal por el encargado de prensa y el agregado militar de Grecia, Jacinta y Leonor ponen sus manos en los hombros de Dafne.

– Si nos permite- le dicen al cónsul y se retiran a una esquina.

– Tú sabes cuál es tu deber- indica la anciana.

– Pero tu seguridad está primero- agrega la más joven.

La Soltera entra y se acerca al coro de mujeres.

– Aquí no- corta cruzando un dedo sobre sus labios.

Dafne pide papel y lápiz. Se recarga en la pared. Después de unos minutos empieza a escribir. Sus cuatro acompañantes salen. La Soltera se fuma un cigarrillo con el policía ministerial, el cónsul pasea por el patio desconchabado.

– ¿Volverá con ella a la Ciudad de México?- le preguntan a la doctora Vargas Santiago y Paco.

– Ya dejen de cuidarme, muchachos. Vendré a la clínica tradicional de Calpulalpam.

– ¡Son poco más que brujos!- se escandaliza Santiago.

– ¿Y qué es un científico?- le contesta la vieja bióloga enojada.

La noche pasa en vela. Al perfilarse las primeras líneas de un violeta tenue en el lomo  de las montañas, el policía pone fin a la espera.

– Levantemos el acta en Ixtlán; el homicidio no es un delito federal. Está en mi jurisdicción.

– Dispararon con un arma de uso exclusivo del ejército- lo corrige Leonor. Ese sí es un delito federal.

Un silencio desesperado cala sobre las piedras húmedas, cortadas a cincel, de la plaza. Un sigilo  inmóvil. No hay nada qué hacer.

– Tiene razón el oficial- se despabila de repente Jacinta. – Una primera denuncia asentará los hechos.

– Usted sí que entiende- le sonríe el policía.

El cónsul dormita en el asiento trasero de su auto; el agregado militar revisa los uniformes de la federal; el encargado de prensa vuelve del palacio municipal. Dafne se ha recostado sobre una docena de hojas garabateadas en español y griego y duerme. La Soltera la despierta.

– Te vamos a acompañar.

La griega acepta con un gesto de la cabeza, resignada a lo inevitable. Sigue a sus amigas en la madrugada neblinosa. El cónsul con los dos agregados de embajada dispone su auto detrás de la policía ministerial, que lleva a las mujeres. El capitán de la Policía Federal Preventiva los mira hacer, preso de una sensación molesta de ansiedad. Ordena a los hombres que tiene cerca que sigan a esa comitiva con dos patrullas, a unos trescientos metros de distancia, a sabiendas de que no tiene derecho de ordenarlo ni que puede dejar de hacerlo. De la iglesia de San Martín se levantan las voces en falsete de las plegarias para los muertos. Dafne se santigua con un gesto que a las mexicanas parece equivocado, como hecho al revés.

– Aquí está mi declaración- dice la periodista entregando las hojas a Jacinta. Los ojos rojos, la boca pastosa. – Soy una cobarde, no puedo decir más. Además, el que disparó tenía el rostro cubierto, no podría identificarlo.

El policía ministerial prende la radio; la música tapa la conversación del asiento posterior. La Soltera reza por sus muertos. Leonor, rabiosa, la increpa.

– ¿Qué son para ti dos campesinos?

– Licenciada Ruiz, no tiene usted derecho- trona Jacinta.

Dafne no se mueve, siente que no se merece esa pregunta, pero es incapaz de defenderse. La lágrima se le seca. Lo sabe. Desde que se fue de su casa, nunca ha dejado de ser una niña rica para los demás. Aunque se muriera de hambre.

En una curva cerrada, a setecientos metros de la entrada de Ixtlán, cerca de los aserraderos, un camión cargado de troncos se ladea peligrosamente, invadiendo la pista contraria entre el coche de la ministerial y el del cónsul. Los griegos frenan, blasfeman y retoman el camino cuando la policía federal ya los ha alcanzado.

Recordando el desconcierto de su capitán, los patrulleros disminuyen la velocidad para ofrecer nuevamente al cónsul la sensación de no ser perseguido. Del otro lado de la curva, una camioneta negra se cruza por la carretera, dos hombres bajan pistola en mano; los dos policías ministeriales empuñan otras armas.

– ¡Las están raptando!- grita el agregado militar desde lejos.

El cónsul frena y su auto resbala sobre el asfalto mojado mientras ve desde la ventanilla cómo dos mujeres son arrastradas hacia la camioneta, la mochila de la griega en la mano de un hombre empistolado.

– No tiren, no la pongan en riesgo- aúlla el cónsul desde la ventanilla de su auto a la policía ministerial.

La camioneta arranca, la placa cubierta de tierra, la niebla por encima del camino. La Policía Federal Preventiva llega por detrás, frena a pocos centímetros de los dos coches parados. La ministerial ordena a sus colegas:

– Corran, se las han llevado, agárrenlos- sin mover la patrulla de en medio del asfalto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dafne termina de dictar su denuncia de los hechos al Ministerio Público, la firma con la pluma fuente del hombre que la ha escuchado y sale a la plaza grande de Ixtlán. Del otro lado de los arcos, Hernán Chávez está apoyado en su pick up, con una taza de atole en la mano. Jacinta, Paco y Santiago se han sentado cerca, dejándose calentar por los rayos del sol.

El jefe de la ministerial los alcanza al salir de su oficina.

– La señorita Castoriadis es una testigo esencial, debe quedar a disposición- dice y se da la media vuelta.

Hernán Chávez se encoge de hombros.

– Ni modo, comandante, usted ya sabe: necesito que alguien me acompañe, el camino es largo.

El oficial en ese preciso instante comienza a gritarle a un niño que se baje del cofre de su coche y no lo escucha. Tampoco ve qué camino toman para cruzar la Sierra, pocos instantes después de que Dafne le pida a su vieja amiga que abrace por ella a la pequeña Adriana. La maleta de La Soltera va en la cabina del pick up.

– Llámame de vez en cuando; quién sabe cuándo podré regresar.

– Ésta es tu casa- contesta la vieja.

 

 

 

 

A la entrada de Oaxaca, las patrullas de la policía federal y el coche del consulado de Grecia alcanzan la camioneta de Carmelo Montes. El comandante está abrazado a la mujer de sus sueños. En el asiento trasero, José Luis García y Elisa Suárez calculan cuánto tiempo ocuparán Olga y Guadalupe Martínez para ir de Yanhuitlán al funeral de los dos munícipes de Calpulalpam.

 

 

A la misma hora, Niko llama por radio pidiendo a la capitanía de puerto el permiso para atracar.

– ¿Qué coño es eso?- pregunta el capitán tras otorgarlo.

El catamarán entra a la desembocadura del río Papaloapan en la laguna de Alvarado con sus mil doscientos metros cúbicos de velamen desplegado. Hasta los tiburones se detienen para contemplarlo.

 

Benque Viejo del Carmen, Belice, agosto de 2001- abril de 2012

 

A MANERA DE AGRADECIMIENTOS

 

Esta es la primera de una serie de tres novelas en las que intenté expresar la dimensión biológica y narrativa de la vida.

Mi pasión por la Madre Tierra es tan antigua como mis primeros recuerdos, y quién sabe desde dónde más viene. De niña era feliz, en verano y en invierno, cuando podía tirarme de espalda en la hierba o la nieve y no había carne en la mesa. Si la mar estaba cerca, el gozo era total. Y sí, es cierto, odio con toda mi alma las autopistas y el asfalto en general, lo cual provoca mucho desconcierto entre mis amigos y amigas. Puedo no volver nunca más a un lugar que amé sólo porque han asfaltado el camino para llegar.

Es esta pasión espontánea por los desiertos y las selvas, la agricultura y la vida nómada, la que me ha llevado a concebir unos puentes entre la literatura, en sus expresiones clásicas, aunque no trabajadas poéticamente, de la épica, la tragedia y la lírica, y las ciencias de la vida y del ser, la biología, la física y la geología.

El inspirador inconsciente de estas páginas es el poeta colombiano Jorge Bustamante García quien, en una luminosa mañana de 1989, caminando en las cercanías del Lago de Cuitzeo, empezó a mostrarnos a su hija Natalia, entonces de 12 años, a mí y a Olga, la belleza de la Tierra, lo mineral de la vida, los colores de las piedras. Como Goethe y Novalis, Jorge es un verdadero geólogo.

La relación inextricable entre Tierra, humanidad, amor y trabajo se la debo entera a don Inocente Morales Baranda, Teuctli, anciano guardián de la tradición chichimeca de Milpa Alta, último reducto agrícola de la Ciudad de México.  Luego Lorena Cabnal, la feminista xinka, me explicó que territorio es tierra, agua, aire, bosque, gente y espíritu.

Francisco Hernández Zamora ni siquiera sabe la impresión tan honda que han provocado en mí sus geoglifos, esas pinturas gigantescas de conchas y piedras que, con la ayuda de enteras comunidades de campesinas y pescadores del desierto frente al mar, ha trazado sobre los promontorios de Baja California. Francisco, con su ballena de seiscientos metros de largo y su venado, relaciona lo telúrico con el océano, el pasado de la tradición desconocida de Nazca con el futuro de nuestro regreso a la tierra.

Melissa Cardoza, la poeta;  Perla Betanzos Gondar, la tlazoltéotl; Carlos Lenkensdorf, el transmisor de los conceptos tojolabales de la filosofía; Carlos Gutiérrez Angulo, el pintor; Iván Amezcua, biólogo, activista político y amante irrestricto de todo lo mineralmente vivo, me han regalado su tiempo y sus saberes.

La entrega de dos personas apasionadas, la física india Vandana Shiva, cuya defensa de la Madre Tierra abarca el intento de explicar las formas y utilidad de las comunidades campesinas del mundo que resisten sin saberlos al capitalismo globalizado, el derecho de los árboles, la vida del agua, hasta llegar a ser una con el todo, y el caleño José Zuleta Ortiz, en las páginas de cuya aventura, la revista de poesía Clave, encontré los versos de Smohalla, en medio de una hermosísima colección de poesía indígena americana, de La Pampa a Alaska, han sido mis inspiradores lejanos.

Jaime Martínez Luna está seguro de que hay “una necesidad diabólica del mercado: su modelo arroja la producción a la basura y al campesino, a la ciudad”, por ello dirige una radio comunitaria en Guelatao y hospeda a los amigos que quieren conocer la vida comunitaria de la Sierra de Juárez en Oaxaca. En esa Sierra siguen entrando camiones con hombres enviados por las papeleras para llevarse a los comuneros y talar los montes; las mujeres de los pueblos continúan en la resistencia. Cerca de Ixtlán,  a dos de ellas, en septiembre de 2003, estos mercenarios les dieron patadas en los vientres hasta hacerlas abortar.

Es saber popular que en México los policías obedecen a los poderosos y no las leyes; sin embargo, algunos de ellos, aquí como en Bolivia, se saben parte de su pueblo.

La generosa hospitalidad del pueblo de Calpulalpam de Méndez implica haber comido pan de huevo de sus hornos, bebido el tepache de pulque en sus bosques, almorzado en casa de Paco y Lisette, dormido en la de don Antonio, con quien efectivamente encontramos una construcción antigua, probablemente un altar, frente a una cascada, mientras platicábamos acerca del trabajo del campo.

El biólogo Sergio Luna, el escritor para niños -y en gran medida niño él también- Óscar Martínez Vélez, el cocinero lector Coquena, la estricta amante de la novela francesa Carmen Ros, y mi viejo y exaltado lector de literatura heroica Ángel Mario Trías, han sido solidarios con mi épica biológica. Me hubiera encantado tener un amigo marinero, pero no.

Hace cuatro años, Karla Ortega Rocha me prestó todas sus guías, artículos y libros sobre Mongolia. En lugar de ponerme a ahorrar para viajar, empecé a escribir. Al estudiante de filosofía que dejó sus elucubraciones para dedicarse a las matemáticas aplicadas, Martín Márquez, le debo que haya explicado a una maestra de Historia de las Ideas, es decir a mí, la Ley de Faraday y de Ampere. Pero es a la atención de Carlos Ruiz Suárez que debo el entendimiento de lo relacional que es la física, sus imbricaciones con la química y con el pensamiento humano, amén de que haya soportado e intentado poner en orden todos mis desvaríos filosóficos sobre el tiempo como espacio del ser, calmando en parte mi terror hacia los efectos de nuestro enloquecido desarrollo científico-industrial. Desarrollo que sigo visualizando hijo del raciocinio cuantificador y opresivo de la legislación romana que pretende que todos seamos iguales y medibles bajo su férula.  Una ciencia para una ley que niega el saber si no le es propicio.

 

A todos y todas, gracias.

Acerca de Francesca Gargallo Celentani

Escribo, soy lenta, pienso y odio las burocracias. A mis 59 años cuando tengo calor me desvisto porque siempre me ha gustado andar desnuda. He viajado todo lo que he podido con mi hija y ahora estoy feliz de que ella viaje por su cuenta: me encanta descubrir el mundo a través de su mirada (no siempre coincide con la mía). Tampoco amo mucho las tecnologías que nos hacen dependientes y nos controlan el tiempo diciendo que nos lo ahorran. A este propósito: he dejado la academia porque ahora no deja pensar con libertad ni escribir con placer

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s